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Full text of "Historia de los pp. Dominicos en las islas Filipinas y en sus misiones del Japon, China, Tung-kin y Formosa, que comprende los sucesos principales de la historia general de este archipiélago, desde el descubrimiento y conquista de estas islas por las flotas españolas, hasta el año de 1840"

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THE  LIBRARY 

OF 

THE  UNIVERSITY 

OF  CALIFORNIA 

LOS  ANGELES 


lUS^:^ 


GIFT  OF 


Clark  J,  Milliron 


n<XK-</1/^^u-<^^íé;^^ 


HISTORIA 

DE   LOS   PP.   DOMINICOS 

EN  LAS  ISLAS  FILIPINAS 

Y  m  m  MISIOIS  DEL  JAPÓN,  CHINA,  MGRl  Y  FORMOSA. 


HISTORIA 

DE  LOS  PP.  DOMINICOS 

EN  LAS  ISLAS  FILIPINAS 

Y  EN  SUS  mmm  del  japón,  china,  tü.\g-kin  y  foíimosa, 

QUE    COMPRENDE 

LOS   SUCESOS   PRINCirALES    DE    LA    HISTORIA    GENERAL   DE    ESTE   AUCHIPIÉLACx.O, 

DESDE  EL 

DESCUBRIMIENTU  Y  CONQUISTA  DE  ESTAS  ISLAS  POR  LAS  FLOTAS  ESPAÑOLAS, 
hasla  el  m  de  1840. 

OBRA  ORIGINAL   É   INÉDITA   DEL 

M.  R.  P.  Fr.  JUAN  FERRANDO, 

UECIOR    Y   CANCELARIU   QVE   FUÉ    DE    LA    UMVICR.SIUAÜ    DE   SANTO   TOMÁS    DE    MANILA, 
Y  COIIRKGIDA,    VAIUADA   Y   REFUNDIDA 

EN  SU  PLAV,  EN  SUS  FORMAS  \  EN  SU  ESTILO 

POR  EL  M.  n.  \\  F\\.  JOAQUÍN  FONSECA, 

PROFüSOR  DE   TEOLOGÍA,    Y   VICE-HECTOR    DE   LA   MISM  V    LMVERSIDAÜ 

CON  UM    /II'KNDICK    H\STA    NUESTROS    1)US. 


SE    IMPRIME    FOn    ORDEN   UEL    DI.    B.    P.    FROVINCIAL 

Fr.  PEDRO  PAYO. 
TOMO  I. 


COA     I.AS    I  1CE^CI.\S     i\ECESAI\IAS. 


MADRID.— 1870. 

IMPUENXA    y     HSTERKOTIPIA     DE    M.     RIVADENEYRA, 

calle  del  Duque  de  Osuna,  numero  3. 


ntispiclo  eje  la  Iglesia  conventual  de  Santo  Domingo  de  Manila,  reedificada  después  del  terremoto  del  3  de  Junio  de  1S63  , 
siendo  F^rovincial  el  M.  R.  P.  Fr.  Domingo  Tresserra. 


•y.f 

Á  LA  GLORIOSA  VIRGEN  MADRE, 

REINA  DEL  SANTÍSIMO  ROSARIO, 


señora: 

Antes  de  pisar  el  suelo  filipino  los  venerables  fundadores  de  la  Provincia, 
que  por  tantos  títulos  es  vuestra,  colocaron  sus  trabajos  bajo  vuestros  auspi- 
cios amorosos.  Reunidos  en  la  capital  del  nuevo  Mundo  en  1586,  y  próxi- 
mos á  trasladarse  á  los  países  más  remotos,  con  el  fin  de  propagar  en  ellos  el 
reino  de  vuestro  Hijo  amantísimo,  creyeron  que  ante  todas  cosas  debían  ele- 
giros por  Patrona  de  su  obra.  Y  en  efecto,  en  las  Ordenaciones  primordiales 
que  establecieron  en  17  de  Diciembre  de  aquel  año,  como  su  base  y  funda- 
mento, dieron  á  esta  Provincia  el  glorioso  título  de  vuestro  Santísimo  Rosa- 
rio. Animados  con  la  poderosa  protección  que  esperaban  de  vuestra  piedad, 
luego  que  llegaron  á  Manila  dieron  principio  á  sus  tareas  apostólicas ,  y  con 
ella  vencieron  mil  y  mil  dificultades,  para  plantear  el  estandarte  de  la  Cruz 
entre  naciones  bárbaras  y  propagar  la  luz  brillante  de  la  fe  en  donde  una  den- 
sa niebla  tenía  sumergidos  á  sus  infelices  habitantes  en  las  tinieblas  de  la  igno- 
rancia y  del  error. 

Pero  las  islas  Filipinas  eran  un  campo  demasiado  reducido  para  el  ardiente 
celo  de  aquellos  apostólicos  varones;  habían  renunciado  generosamente  las  co- 
modidades de  la  madre  patria  para  llevar  la  palabra  de  salud  á  los  infieles,  y 
no  podían  permanecer  tranquilos  en  Manila,  cuando  veian  en  su  alrededor 
reinos  muy  extensos  y  poblados  de  paganos,  que  ignoraban  todavía  la  doctri- 
na de  la  fe.  Sin  abandonar  los  bosques  de  Luzon,  mientras  unos  se  ocupaban 
en  desmontarlos  y  cultivarlos,  otros,  atravesando  tempestuosos  mares,  se  pre- 
sentaban con  la  mayor  intrepidez  en  Japón,  en  la  Formosa,  en  Camboja,  en 
China  y  en  Tung-Kin,  procurando,  como  laboriosos  y  fieles  operarios,  sem- 
brar en  todas  partes  la  semilla  del  santo  Evangelio  y  renovar  los  tiempos  apos- 
tólicos, con  su  desprendimiento  de  los  bienes  temporales,  con  su  ardiente  celo 
por  la  gloria  de  Dios,  con  su  valor  heroico  en  sostener  la  verdad  que  predi- 
caban'; sufriendo  un  gran  número  de  ellos  prisiones,  destierros,  tormentos,  y 
la  misma  muerte  en  medio  de  suplicios  espantosos. 

La  tierra,  sin  embargo,  que  tantos  varones  eminentes  han  procurado  cul- 

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t¡\ar,  no  ha  sido  la  más  agradecida;  en  unas  partes  la  crueldad  de  los  tiranos 
ha  obstruido  enteramente  la  entrada  á  la  luz  del  Evangelio,  en  otras  las  pre- 
ocupaciones y  la  suspicacia  de  los  hijos  del  error  han  detenido  sus  progresos,  y 
en  todas  ha  sido  necesario  hacer  esfuerzos  indecibles  para  conservar  lo  que 
una  vez  se  ha  plantado.  Esto  no  obstante,  el  celo  de  los  modernos  hijos  de 
Domingo  no  ha  degenerado  todavía;  aun  los  hay  que,  émulos  de  las  glorias 
de  sus  padres,  se  ocupan  con  igual  constancia  en  propagar  y  conservar  la  doc- 
trina de  la  fe,  sin  temer  ni  la  cuchilla  del  tirano,  ni  el  destemplado  y  ardo- 
roso clima  de  países  intertropicales,  habitados  de  neófitos  y  bárbaros.  Así  ga- 
nan millares  de  almas  para  Dios,  y  propagan  la  gloria  de  su  divino  nombre 
en  donde  no  era  conocido;  y  es  preciso  confesar  que  todos  estos  frutos  vues- 
tros son,  oh  Madre  amorosa,  porque  vos  alentáis  el  fervor  de  vuestros  siervos, 
y  fecundáis  las  tiernas  plantas  que  cultivan  bajo  vuestro  amparo  poderoso. 

Yo,  Seniora,  bien  quisiera  poderos  presentar  ahora  alguna  prenda  de  gran 
valor,  digna  de  Vos;  pero  tengo  el  desconsuelo  de  no  hallar  en  mí  sino  la 
buena  voluntad.  Salí,  lo  confieso,  de  mi  patria  animado  de  los  mismos  senti- 
mientos que  nuestros  padres;  pero  no  he  tenido  la  dicha,  ó  más  bien  no  he 
sido  digno  de  ser  contado  entre  los  hermanos  que  tan  gloriosamente  honran 
todavía  la  Orden  y  Provincia  que  protegéis  con  tan  amorosa  piedad.  Pero  ya 
que  no  puedo  ofreceros  tareas  apostólicas,  conversiones  de  infieles,  conflictos 
y  padecimientos  sufridos  entre  salvajes  y  tiranos,  os  ofrezco,  no  obstante,  lo 
que  puedo :  la  Historia  de  vuestra  Provincia  predilecta,  que,  con  el  auxilio  del 
Señor  y  vuestra  mediación,  he  terminado.  Recibid,  Señora,  este  pequeño  tra- 
bajo, que  el  menor  de  vuestros  siervos  os  dedica,  y  dignaos  bendecirlo,  á  fin 
de  que  pueda  ser  útil  á  mis  hermanos,  y  vuestro  nombre  glorioso  sea  siempre 
más  engrandecido  y  honrado. 

A  vuestras  sagradas  plantas,  el  menor  de  vuestros  siervos, 
Fr.  Juan  Ferrando. 


AL  LECTOR. 


En  cuatro  partes  se  habian  publicado  los  hechos  gloriosos  de  los  hijos  de  la 
Prov'mcici  del  Santísimo  Rosario  que  han  tenido  lugar  en  estas  regiones  asiáti- 
cas, desde  que  á  ellas  aportaron  en  1587  hasta  1765,  y  conforme  á  este  mé- 
todo deberían  ahora  publicarse  los  restantes  en  una  quinta,  como  prosecución 
de  las  primeras.  Mas  esto  sería  dar  á  los  lectores  una  historia  incompleta,  y 
privarles  de  las  noticias  que  en  aquéllas  se  contienen. 

En  efecto,  la  primera,  escrita  por  el  limo.  Sr.  D.  Diego  Aduarte  hasta  el 
capítulo  LV  de  su  segundo  libro,  y  proseguida  hasta  el  fin  por  el  venerable 
P.  Fr.  Domingo  González,  con  la  segunda,  que  compuso  el  P.  Fr.  Baltasar  de 
Santa  Cruz,  habian  sido  impresas  en  Zaragoza  el  año  de  1693,  y  de  ellas 
apenas  habia  cu;uro  ejemplares  en  las  islas  Filipinas.  Poco  menos  sucedía  con 
la  tercera  y  cuarta,  escrita  aquélla  por  el  P.  Fr.  Vicente  Salazar,  y  ésta  por 
el  limo.  Sr.  D.  Fr.  Domingo  Collántes,  á  excepción  de  los  sucesos  referidos 
en  los  diez  y  ocho  primeros  años,  que,  como  dice  el  mismo  autor,  lo  fueron 
por  el  P.  Fr.  Luis  Sierra.  La  reimpresión  de  estas  cuatro  partes,  ademas  de 
que  sería  muy  costosa,  su  lectura  en  el  dia  ofrecerla  muy  poco  interés,  ora 
por  la  diversidad  de  su  estilo,  ora  por  su  demasiada  difusión.  Esto  me  ha 
movido  á  presentar  la  Historia  de  la  Provincia  en  toda  su  integridad,  compen- 
diando las  noticias  que  nos  trasmitieron  los  autores  referidos  desde  el  princi- 
pio hasta  el  indicado  año  de  1765,  en  que  la  dejó  el  limo.  Collántes,  y  en 
seguida  proseguirla  bajo  un  mismo  método  hasta  los  tiempos  más  recientes- 
Esta  idea  ya  trataba  de  realizarla  el  citado  autor  de  la  cuarta  parte,  lo  que  no 
hizo,  tal  vez,  por  haber  sido  promovido  poco  después  á  la  silla  de  Nueva  Cá- 
cercs. 

Sin  embargo  de  lo  dicho,  para  escribir  la  historia  de  lo  acontecido  en  el 
dilatado  espacio  de  ciento  ochenta  años,  de  que  hablan  las  cuatro  partes  re- 
feridas, no  me  he  limitado  á  las  noticias  que  en  ellas  se  refieren;  para  mayor 
exactitud  he  procurado  consultar  cuantos  documentos  existen  todavía  en  los 
archivos  del  convento  y  colegios  de  Manila,  y  los  escritos  que  se  han  publi- 
cado hasta  nuestros  dias  relativos  á  los  sucesos  de  las  islas  Filipinas  y  sus  mi- 
siones. Aun  he  llevado  mis  trabajos  más  allá  de  lo  que  pedia  la  historia  p.u- 
ticular  de  una  provincia  religiosa;  la  primera  parte  da  principio  con  la  funda- 


cion  de  la  Provincia  del  Sntit'is'nno  Rosario ,  y  con  ella  sola  el  lector  casi  nada 
puede  saber  de  lo  que  pasó  en  las  expresadas  islas  hasta  entonces.  Para  llenar 
este  vacío,  he  creido  oportuno  dar  en  compendio  una  noticia  de  la  topogra- 
fía y  estado  del  país,  así  como  también  de  la  historia  de  los  sucesos  más  no- 
tables que  acontecieron  en  las  mismas,  desde  la  expedición  de  Magallanes 
hasta  la  llegada  de  nuestros  fundadores  á  Manila.  Y  á  fin  de  que  la  lectura 
fuese  más  amena  y  variada ,  he  procurado  interpolar  los  sucesos  más  notables 
que  se  han  verificado  aún  en  lo  político,  los  que  no  han  sido  enteramente 
ajenos  de  la  Provincia;  porque  en  casi  todos  ellos  han  tenido  alguna  parte, 
ora  activa,  ora  pasiva,  algunos  religiosos  de  la  misma.  El  que  tratara  en  el  dia 
de  dar  á  luz  una  historia  general  de  Filipinas,  con  dificultad  podria  presentar 
suceso  alguno  memorable,  que  no  se  halle  en  los  once  libros  y  puntos  preli- 
minares de  la  presente. 

Excusado  es  hablar  ahora  de  la  gran  dificultad  que  se  me  ha  ofrecido  para 
referir  los  sucesos  de  los  últimos  setenta  y  seis  años.  Sus  noticias,  si  se  excep- 
túan las  que  existen  en  las  actas  de  los  Capítulos  provinciales.  Consejos  de  Pro- 
vincia, y  algunas  relaciones  de  hechos  aislados,  ha  sido  indispensable  reco- 
gerlas de  una  multitud  innumerable  de  cartas  y  papeles  sueltos,  que,  cuando 
se  escribieron,  no  pensaban  ciertamente  sus  autores  que  habían  de  servir  para 
la  prosecución  de  la  Hisloria.  El  trabajo  que  para  coordinarlas  ha  sido  necesa- 
rio emplear,  sólo  el  que  se  ha  ocnpado  en  dar  á  luz  esta  clase  de  escritos  po- 
drá justamente  apreciarlo.  Esto  mismo  podrá  ser  un  motivo  poderoso  para 
inducir  al  lector  á  usar  de  indulgencia  acerca  de  los  defectos  que  notare. 


ADVERTENCIA. —  Las  censuras  y  aprobación  de  toda  la  obra 
se  pondrán  en  el  último  tomo. 


OTRA. —  Aunque  se  ha  procurado  dejar  íntegro  el  texto  del 
autor,  con  todo,  en  algunas  cosas  principalmente  de  las  siguientes 
Nociones  preliminares  ^  se  ha  arreglado  á  las  condiciones  actualmente 
existentes  por  lo  que  hace  á  la  división  territorial  y  administrativa 
de  las  islas  en  su  parte  civil  y  eclesiástica. 


PROTESTA  DEL  AUTOR. 


En  cumplimiento  de  los  Decretos  del  Santísimo  Pa- 
dre Clemente  VIII  y  de  cualquiera  otras  determina- 
ciones canónicas,  protesto:  que  cuanto  se  contiene  en 
esta  Historia  perteneciente  á  las  materias  de  que  ha- 
blan los  expresados  Decretos,  no  merece  más  crédito 
que  el  de  una  persona  privada  que  escribe  de  buena 
fe.  Protesto  asimismo  que  cuando  se  refieren  como  he- 
chos milagrosos  los  que  no  están  aún  autenticados  le- 
galmente,  ó  llamo  mártires  á  los  que  no  lo  son  ca- 
nónicamente, no  es  mi  ánimo  prevenir  el  juicio  infa- 
lible del  Romano  Pontífice;  tan  sólo  expreso  el  pare- 
cer privado  y  piadoso  de  graves  escritores  que  así  lo 
expresan. 


NOTICIAS    PRELIMINARES 

Á  LA 

HISTORIA  DE  LA  PROVIIIA  DEL  SANTÍSIMO  ROSARIO 

DE  FILIPINAS. 


SECCIÓN  PRIMERA. 


geografía  y   estado  de  las  islas   filipinas. 

Situación. —  Clima. — Montes  y  llanuras. — Rios  y  lagos. —  Aguas  termales. — • 
Volcanes. —  Minerales. —  Vegetales. — -Reino  animal.  —  Población. — Ra- 
zas.—  Estadística. —  Parte  política  y  administrativa. — Parte  eclesiástica. 

Forman  las  islas  Filipinas  uno  de  los  archipiélagos 
más  notables  que  se  conocen  en  el  orbe.  Situadas  en  la 
zona  tórrida,  entre  los  5°  30'  y  22°  40'  latit.  N.  y  123° 
40'  y  132°  20'  longit.  E.  del  meridiano  de  Cádiz  (i), 
gozan  de  la  posición  más  ventajosa.  El  número  de  ellas 
es  difícil  designarlo;  pasan  sí  de  ciento,  y  si  se  toman  en 
cuenta  las  pequeñas  é  islotes,  hay  quien  las  hace  subir 
á  mil.  Las  más  notables,  mayores  y  menores,  habita- 


(i)  Siguiendo  nuestras  observaciones,  dice  el  P.  Buzeta,  las  Filipinas  se 
hallan  comprendidas  entre  los  120°  40'  y  los  130°  37'  longit.  E.  del  meri- 
diano de  Madrid,  con  una  latitud  comprendida  entre  los  5°  9'  y  los  21°  3'. 
La  longitud  de  Este  á  Oeste  de  las  Filipinas  en  su  parte  meridional,  formada 
por  las  islas  de  San  Juan,  Mindanao  y  Palauan,  consta  de  más  de  180  le- 
guas, y  la  latitud,  desde  las  islas  de  Serangan ,  en  el  extremo  S.  E. ,  hasta  las 
Büschi  septentrionales,  como  de  unas  320. 

Apenas  se  encuentran  dos  autores  acordes  en  fijar  lo.^  límites  de  este  archi- 
piélago. 


—    2 


das  y  sujetas  al  gobierno  de  S.  M.  Católica  en  todo  ó 
en  parte,  son  las  siguientes:  Luzon,  Mindanao,  Min- 
doro,  Samar,  Panay,  Ley  te.  Cebú,  Negros,  Paragua, 
Basil'an  y  Joló,  las  cuales  ocupan  una  extensión  consi- 
derable. Entre  las  menores  pueden  reputarse  Bohol, 
Calamianes,  Batanes,  Babuyanes,  Masbate,  Catandua- 
nes,  Siquijor,  Tablas,  Romblon,  Sibuyan,  Burías,  Po- 
lilio  y  Ticau,  y  las  Marianas,  con  otras  de  menor  ex- 
tensión. Su  clima  y  sus  producciones  naturales  son 
muy  variadas.  Están  muy  distantes  todavía  de  contener 
la  población  de  que  son  capaces,  y  para  formar  una 
idea  más  exacta  de  su  topografía,  sería  necesario  visi- 
tarlas, tanto  en  sus  playas  como  en  su  interior,  lo  cual 
es  absolutamente  impracticable,  particularmente  por  lo 
que  toca  á  las  mayores.  Sus  numerosos  rios,  sus  impe- 
netrables bosques,  la  insalubridad  de  la  atmósfera  en 
los  países  montuosos,  y  las  tribus  salvajes  y  carnívoras 
que  hay  en  muchas  partes,  serán  en  todo  tiempo  una 
dificultad  insuperable  para  poderlas  perfectamente  des- 
cribir. Daré,  sin  embargo,  una  noticia  de  lo  más  no- 
table que  hasta  ahora  se  ha  podido  averiguar. 

Clima. —  No  se  experimentan  por  lo  general  en 
ninguna  de  las  islas  Filipinas  calores  sofocantes,  á  pe- 
sar de  que  el  sol  pasa  dos  veces  perpendicularmente 
por  su  suelo  (i).  Las  brisas  y  monzones  atemperan  la 


(i)  Según  observaciones  aproximadas,  el  termómetro  suele  fijarse: 

REAUMUR.  CENTÍGRADO.  FAHRENHEIT. 


de  Noviembre  á  Marzo  1 8,0  =  á  22,0:      22,5  ==327,5 
de  Marzo  á  Junio  23,0  =  327,0:      28,8  =  333,8 

de  Junio  á  Noviembre  20,0  =  á  25,0:      25,0=331,2 


53,o  =  a  81,9. 
84,0  =  3  93,9. 
57,o  =  á  88,3. 


—  3  — 
atmosfera,  y  las  lluvias,  que  suelen  durar  desde  Junio 
hasta  Noviembre,  constituyen  una  larga  primavera. 
Sólo  en  los  meses  de  Abril  y  Mayo  es  el  calor  algo 
molesto,  con  motivo  de  las  calmas  que  hay  en  este 
tiempo;  pero  aun  entonces  está  muy  lejos  del  que  se 
suele  experimentar  en  muchas  provincias  de  España  en 
los  meses  de  Julio  y  Agosto.  En  Manila,  en  donde 
molesta  más  que  en  otras  partes  por  razón  de  los  edi- 
ficios de  piedra  y  murallas,  rara  vez  pasa  de  los  92  gra- 
dos en  el  termómetro  de  Fahrenheit  (i);  sus  efectos 
tampoco  suelen  ser  muy  molestos,  porque  casi  siempre 
se  traspira,  y  por  otra  parte,  rara  vez  suelen  faltar  los 
vientos  de  la  mar  cuando  su  actividad  debiera  ser  ma- 
yor. Las  monzones,  ó  vientos  periódicos,  nunca  faltan 
en  las  islas;  la  del  sudoeste,  que  en  Manila  se  llama 
vendaval,  suele  empezar  por  Julio  y  acaba  á  fines  de 
Octubre,  la  cual  sopla  con  gran  furia  y  trae  lluvias  (2). 
La  del  nordeste  principia  regularmente  por  Noviem- 
bre, y  termina  en  Febrero  ó  Marzo;  los  tiempos  inter- 
medios los  ocupan  brisas  variables  y  ligeras.  El  cambio 


(1)  Suponiendo  que  Manila  tiene  una  latitud  norte  de  14°=  36'  (Mon- 
sieur  de  La-Lande  le  da  solamente  14°  3c'),  el  sol  cortará  su  vertical  el  dia  29 
de  Abril  y  el  dia  13  de  Agosto,  pasando,  por  lo  tanto,  perpendicular  sobre 
la  ciudad.  Por  lo  mismo,  su  dia  máximo  será  el  dia  21  de  Julio,  teniendo 
de  duración  12  horas  y  55',  y  de  noche  1 1  horas  y  5',  incluyendo  en  éstas 
los  crepúsculos;  y  el  dia  mínimo  el  22  de  Diciembre,  con  una  duración  de 
solas  II  horas  5',  y  12  horas  55'  de  noche,  con  los  crepúsculos,  y  será  la 
noche  mayor. 

El  Sr.  Cuarterón  fija  los  puntos  de  la  catedral  de  Manila,  comparada  en  su 
longitud  con  San  Pedro  de  Roma,  en  esta  forma  :  lat.  N.  14°  35'  7",  lon- 
gitud E.  108"  27'  35",  en  un  apéndice  á  su  obra  italiana  Spiegíizione  é  Tra- 
duxione  dei  xiv  quadri  relativi  alie  Isole ,  etc. 

(2)  Hace  algunos  años  que  se  nota  bastante  irregularidad  en  estas  monzo- 
nes, particularmente  desde  el  gran  terremoto  del  ario  1863. 


—  4  — 

de  las  monzones  no  se  verifica  regularmente  sin  estre- 
pitosos movimientos  subterráneos  ó  atmosféricos,  que 
suelen  ser  funestos.  Las  tronadas  que  preceden  á  los 
vendavales  son  espantosas:  despiden  las  nubes  muchos 
rayos  y  lluvias  furiosas,  aunque  de  poca  duración.  El 
vapor  que  se  levanta  entonces  de  la  tierra,  seca  y  llena 
de  grietas,  causa  enfermedades,  como  dolores  de  cabe- 
za, etc. ,  y  después  de  las  tronadas  se  siguen  las  calmas, 
que  molestan.  El  otro  cambio  de  monzón  por  lo  co- 
mún termina  con  huracanes  ó  tifones,  llamados  aquí 
baguios  ( I ) ,  los  que  suelen  derribar  los  árboles  más  cor- 
pulentos, y  dejar  la  campiña  desolada  y  las  poblaciones 
destrozadas.  Afortunadamente  su  mayor  duración  no 
suele  pasar  de  seis  ú  ocho  horas,  y  su  radio  no  es  de 
mucha  extensión;  á  veces  en  pocos  dias  se  experimen- 
tan dos  ó  más  en  unos  mismos  lugares.  El  que  acon- 
teció en  Manila  en  1B31  destrozó  casi  todos  los  bu- 
ques que  se  hallaban  en  bahía,  y  arrojó  muchos  de 
ellos  á  la  playa.  En  Cavite  la  fragata  Union,  buque 
de  600  toneladas,  fué  arrojada  encima  de  la  muralla 
que  se  estaba  fabricando.  En  la  ciudad  fueron  desen- 
cajados muchos  balconajes  de  madera  y  conchas,  y  las 
planchas  de  plomo  que  cubrían  la  Aduana,  que  se  aca- 
baba de  construir,  fueron  arrancadas,  y  arrojadas  á 
gran  distancia  en  todas  direcciones. 

No  fué  menos  violento  el  que  aconteció  en  la  costa 


(í)  Baguio  es  un  fuerte  viento  acompañado  de  lluvia.  Suele  durar  24  ho- 
ras, variando  cada  tres  ó  más  de  dirección,  de  modo  que  en  las  24  recorre 
todas  las  direcciones  de  la  brújula.  El  año  de  1865  ha  sido  fecundo  en  ba- 
guios, pues  casi  en  todas  las  islas  se  han  experimentado  dos  ó  tres,  los  que 
han  causado  desgracias  y  pérdidas  de  mucha  consideración. 


de  Cagayan  el  dia  7  de  Octubre  de  1845  :  todos  los 
pueblos,  Pamplona  y  Buguey  por  una  parte,  hasta 
Gattáran  por  la  otra,  fueron  enteramente  destruidos, 
sin  haberse  librado  los  techos  de  las  iglesias  y  conven- 
tos. Pereció  en  ellos  mucha  gente  é  infinitos  animales; 
sólo  en  Camalaniúgan  murieron  doce  personas  y  niu- 
chas  más  quedaron  mal  heridas.  Los  campos  y  los 
montes  quedaron  arrasados  y  abrasados  como  si  hubie- 
ran sido  incendiados.  Durante  el  huracán  se  sintió 
temblar  la  tierra  fuertemente  y  cayeron  muchos  rayos. 
Nueve  pueblos  quedaron  destruidos,  y  sus  infelices 
habitantes  en  la  mayor  miseria,  la  cual  poco  después 
fué  en  gran  parte  aliviada,  ora  por  la  caridad  del  al- 
calde y  de  los  curas,  ora  por  el  donativo  gratuito  que 
dio  la  Provincia  del  Santísimo  Rosario  y  su  colegio  de 
Santo  Tomas,  de  la  cantidad  de  cuatro  mil  pesos,  con 
otros  tres  mil  que  la  Real  Hacienda  facilitó  de  las  ca- 
jas de  comunidad.  Muchos  otros  huracanes  podríamos 
citar,  que,  tanto  en  la  mar  como  en  tierra,  han  cau- 
sado desgracias  y  pérdidas,  que  difícilmente  se  pueden 
calcular. 

Las  lluvias  son  en  Filipinas  copiosas:  en  Manila,  sin 
embargo  de  no  ser  el  punto  en  donde  llueve  más,  se 
han  hecho  experiencias,  que  han  dado  98  pulgadas  por 
una  lluvia  media  anual  (i).  En  los  montes  del  interior, 
particularmente  en  los  del   N.   de   Luzon,  suele  caer 


(i)  Esto  se  escribió  cuando  en  Manila  llovia  más  que  en  la  actualidad. 
Según  observaciones  practicadas  en  un  quinquenio,  el  término  medio  de  la 
lluvia  calda  anualmente  son  unas  74  pulgadas.  En  el  año  de  1860  llovió  86, 
mientras  que  en  1864  llovió  apenas  61 ,  y  si  algún  año  llueve  más,  ya  se 
considera  como  extraordinario  en  lluvias. 


granizo  alguna  vez;  pero  el  agua  nunca  llega  a  conge- 
larse, ni  aun  en  los  meses  de  Diciembre  y  Enero,  en 
los  cuales  se  suele  experimentar  un  frió  penetrante  y 
muy  sensible,  aunque  en  algunos  puntos  se  la  experi- 
menta con  principios  de  congelación  en  su  superficie. 
En  estos  meses,  como  los  cuerpos  no  traspiran  como 
en  tiempo  de  calor,  hay  más  enfermedades,  particular- 
mente en  la  clase  de  españoles,  de  los  cuales  mueren 
muchos  (i).  Sin  embargo,  las  enfermedades  más  co- 


(l)  Es  observación  que  hacen  los  estadistas  y  geográficos,  de  que  bajo  los 
trópicos  la  estación  del  invierno  es  la  menos  favorable  para  la  vida.  Aunque 
muchas  sean  las  causas  que  contribuyen  á  fijar  la  mayor  ó  menor  mortandad 
en  un  país,  con  todo,  los  datos  de  defunciones  comparados  con  los  estados  de 
almas  y  de  nacimientos  suelen  ser  considerados  como  barómetro  de  la  salu- 
bridad de  un  clima  dado.  Según  esto,  Filipinas  en  su  generalidad  debe  ser 
considerado  como  un  país  bastante  sano.  Hay  mucha  variedad  entre  los  auto- 
res en  fijar  el  término  medio  de  la  mortridad  anual  en  Europa,  y  mientras 
unos  lo  fijan  en  i  por  33,  otros  lo  extienden  hasta  i  por  43.  En  una  me- 
moria ó  sea  Ensaco  físico  descriptivo  de  la  provÍ7icia  de  Bataan,  para  la  cual 
proporcionó  muchos  datos  el  inteligente  y  observador  D.  lííigo  Azaola,  se 
dice  uque  es  cálculo  generalmente  admitido  que  en  Filipinas  de  21  personas 
nace  l ,  y  de  cada  39  muere  i ,  cuyo  cálculo  es  bastante  aproximado  al  que 
hemos  hecho  en  vista  de  los  datos  suministrados  por  los  estados  de  diez  arios 
de  las  corporaciones  religiosas;  pues  aunque  no  han  dado  un  resultado  igual  á 
aquél  (nacidos  I  por  22  '/j^;  muertos  i  por  36  '/lo)'  '^^  dudamos  en  lla- 
marle aproximado  á  aquél,  principalmente  en  cuanto  á  defunciones;  porque 
están  incluidos  los  años  pasados  en  que  reinó  el  cólera  en  casi  todo  este  ar- 
chipiélago, y  además  porque  el  número  de  defunciones  es  mucho  más  exacto 
que  el  de  almas.  De  esperar  es  que,  extendida  la  vacuna  en  las  islas  con 
buenos  vacunadores,  sea  el  resultado  de  defunciones  más  favorable,  por  ser 
muchos  los  que  mueren  en  la  infancia  por  las  viruelas. 

Las  muertes  en  la  clase  de  españoles  son  más,  pues  según  los  datos  de  de- 
funciones de  este  distrito  municipal  salen  á  i  por  21  en  el  año  de  1865,  si 
es  cierto  lo  que  se  dice,  que  hay  unos  5.150  de  la  clase  de  españoles,  sin 
contar  los  mestizos,  pues  han  sido  unas  240  las  defunciones;  pero  como  se 
cree  más  exacto  el  número  de  defunciones  que  el  de  vivos,  en  cuyo  número 
se  queda  corta  la  estadística,  se  cree  también  que  es  bastante  excesivo  el  nú- 
mero comparativo  de  defunciones.  En  España,  en  el  quinquenio  de  1858-62, 
resultaron  las  defunciones,  según  la  estadística,  i  por  36,  y  en  las  capitales 
de  provincia  i  por  28;  y  en  el  año  1863,  i  por  34,  y  1  por  24  en  las  ca- 


—  7  — 
muñes  son  la  disentería  y  la  tisis,  que  provienen  del 
continuo  calor,  que  altera  é  irrita  el  estómago.  Por  lo 
demás,  la  suavidad  del  clima,  la  bondad  de  los  alimen- 
tos, el  verdor  y  lozanía  de  los  campos,  con  la  abun- 
dancia de  todo  lo  que  puede  apetecer  el  gusto,  consti- 
tuyen á  estas  islas  uno  de  los  países  más  agradables  del 
mundo  conocido.   ' 

Montes  y  llanuras. — Son  las  Filipinas,  por  lo 
general,  bastante  montuosas  :  la  isla  de  Luzon  está  cor- 
tada de  varias  cordilleras,  habitadas  solamente  de  sal- 
vajes. El  monte  Mariveles,  que  está  situado  á  mano 
izquierda  de  la  entrada  de  la  bahía  de  Manila,  es  uno 
de  los  más  elevados  ( i )  y  da  principio  á  una  cordillera 
que  se  prolonga  hasta  Bolinao,  de  la  provincia  de  Zam- 
bales,  dejando  una  depresión  en  frente  de  Balanga  y 
otra  en  Llana-Hermosa.  Al  pié  de  esta  cordillera  por 
el  E.  están  las  provincias  de  Bataan,  Pampanga  y  Pan- 
gasinan,  confinantes  por  el  mismo  punto  con  las  de 
Nueva  Ecija,  Bulacan  y  Tondo,  que,  con  la  de  Cavite, 
situada  á  la  otra  banda  de  la  bahía,  forman  unas  lla- 
nuras muy  extensas,  que  dan  muy  ricas  producciones 
de  arroz,  azúcar  y  aííil.  Desde  la  provincia  de  la  La- 
guna y  Tayabas  van  saliendo  otras  cordilleras,  de  las 
cuales  la  principal  va  discurriendo  por  toda  la  contra- 


pitales.  Siendo  así  que  los  datos  que  se  han  presentado  de  aquí  son  del  dis- 
trito municipal,  no  hay  grande  diferencia  con  España,  aun  cuando  el  núme- 
ro 5.150  se  considere  exacto;  y  si  bien  es  verdad  que  algunos  españoles  se 
van  á  morir  á  España,  habiendo  contraído  aquí  la  enfermedad  mortal,  con 
todo  se  puede  tal  vez  considerar  esta  rebaja  en  las  defunciones  como  recom- 
pensación de  la  rebaja  que  puede  haber  en  el  cómputo  de  los  habitantes. 
(i)  Le  dan  de  3.900  á  4.. 800  pies  de  elevación  sobre  el  nivel  del  mar, 


costa  hasta  el  cabo  de  Engaño,  al  N.  de  Luzon.  De 
ella  salen  varios  ramales,  en  los  cuales  se  elevan  los  en- 
cumbrados montes  de  San  Cristóbal  (i)  y  Maquíling 
en  las  márgenes  de  la  Laguna  de  Bay;  y  desde  Baler 
la  de  los  ilongotes,  que  separa  las  provincias  de  la 
Nueva  Écija  y  Nueva  Vizcaya,  la  cual  se  prolonga  de 
E.  á  O.  hasta  San  Fabián,  en  el  golfo  de  Lingayen. 
De  aquí  sigue  su  arranque  ladeando  las  provincias  de 
la  Union  é  llocos  Sur  y  Norte,  terminándose  al  N.  de 
Luzon  entre  el  cabo  de  Bojeador  y  Cabicúngan.  Entre 
estas  cordilleras  están  las  extensas  llanuras  que  forman 
las  provincias  de  Cagayan  y  Nueva  Vizcaya,  regadas 
por  el  Magat  y  el  grande  Ibanag,  con  quien  se  junta 
en  Gamú.  Al  O.  de  estas  dos  provincias  está  el  país  de 
los  infieles  de  varias  naciones  todas  bárbaras,  que  ha- 
bitan en  las  faldas  de  los  montes  y  orillas  de  los  rios  y 
esteros,  en  donde  suele  haber  valles  y  llanuras  de  poca 
extensión.  En  el  interior  del  país  llamado  de  los  igor- 
rotes  está  el  monte  Polac,  el  más  elevado  del  N.  de 
Luzon,  porque,  según  dicen  los  infieles  que  han  estado 
en  su  cumbre,  se  divisan  de  allí  las  dos  costas  de  la  isla, 
esto  es,  la  de  Nueva  Écija  y  la  de  llocos.  Otro  monte 
hay  bastante  elevado  en  la  cordillera  del  O.,  llamado 
Tangió,  en  frente  de  Santo  Tomas  y  de  Agoo.  Al  pié 
de  esta  cordillera  están  las  llanuras  de  la  Union  y  de  Ilo- 


(i)  E]  llamado  San  Cristóbal,  dice  el  P.  Félix  Huerta,  en  su  por  más  de 
un  concepto  interesante  Estado  geográfico ,  etc.,  de  su  Religiosa  provincia  de 
PP.  Franciscanos,  viene  á  ser  como  un  desprendimiento  del  elevado  Banájao, 
midiendo  éste,  según  el  mismo,  7.030  pies  con  7  pulgadas  sobre  el  nivel  del 
mar.  Otros  le  dan  algo  más,  y  otros  algo  menos.  Al  Maquíling  le  dan  algu- 
nos 3.446  pies  sobre  el  nivel  del  mar. 


—  9  — 

eos  Sur  y  Norte,  de  poca  anchura;  pues  la  mayor  no 
pasa  de  una  legua,  aunque  detras  de  ella  se  hallan  dos 
bastantes  considerables  en  el  Abra,  Dingras  y  Piddig. 
Ríos  Y  LAGUNAS.  —  Los  rios  principales  de  Luzon 
tienen  su  origen  en  la  cordillera  del  monte  Caraballo, 
entre  las  provincias  de  Nueva  Ecijay  la  Nueva  Vizcaya, 
y  en  el  país  de  los  igorrotes.  Los  más  considerables  son 
los  de  Cagayan,  Pampanga,  Abra  y  de  Vigan,  en  llo- 
cos Sur.  El  primero,  llamado  Ibanag,  sale  de  aquella 
cordillera  por  la  parte  en  donde  están  los  ilongotes,  y 
corre  hacia  el  N.  En  Carig  ya  es  considerable,  y  de  allí 
sigue  su  curso  por  el  Difun,  pasando  por  los  pueblos 
de  Camarag,  Angadanan  y  Cauayan.  En  Gamú  se  le 
junta  el  Magat,  de  no  menos  caudal,  y  riega  en  se- 
guida lo  restante  de  la  Nueva  Vizcaya  (i)  y  Cagayan 
(recibiendo  en  Nassiping  las  aguas  del  Rio  Chico  ó  de 
Itaves)  (2),  hasta  el  mar  de  China,  desaguando  en 
Aparri  por  una  anchurosa  desembocadura,  que  tiene 
por  lo  menos  milla  y  media  de  extensión.  El  de  la  Pam- 
panga nace  en  la  opuesta  vertiente  de  la  misma  cordi- 
llera, en  frente  de  Pantabangan  y  Carraglan  de  Nue- 
va Ecija,  y  tiene  un  curso  á  la  inversa  de  aquél,  esto 
es,  de  N.  á  S.  En  Cabanatuan  recibe  las  aguas  de  otro 


(i)  Antes  de  erigirse  la  provincia  de  la  Isabela,  formada  de  parte  de  las  de 
Cagayan  y  Nueva  VÍ7xaya,  por  Real  orden  de  31  de  Marzo  de  1856,  era 
verdad  que  el  Rio  Grande  desde  Gamú  regaba  /o  restante  de  Nueva  Vizcaya; 
mas  ahora  se  debe  entender  ¡o  restante  Je  ¡a  Isabela. 

(2)  El  Rio  Chico  tiene  dos  orígenes  principales :  el  uno  viene  del  centro 
del  partido  de  Itaves,  y  el- otro  más  al  poniente,  que  es  el  llamado  propia- 
mente Rio  Chico.  Ambos  se  juntan  un  poco  al  N.  de  Giat,  denominándose 
entonces  rio  de  Bangag,  hasta  juntarse  con  el  Rio  Grande,  denominado  tam- 
bién el  Tajo,  al  N.  O.  de  Nassiping. 


lO 


rio  llamado  Chico,  pasa  por  Arayat,  San  Luis,  San  Si- 
món y  Apalit.  En  Calumpit  se  le  junta  el  caudaloso 
rio  Quingoa,  y  después  de  haber  regado  las  llanuras  de 
Agonoy,  desagua  por  varias  bocas  en  la  bahía  de  Ma- 
nila. El  del  Abra  sale  del  monte  Polac,  pasa  por  las 
cordilleras  que  habitan  los  buries  y  busaos,  se  le  juntan 
otros  rios  en  la  llanura  de  aquel  nombre,  sale  por  una 
rara  abertura  cerca  de  Santa  Catalina,  y  luego  desa- 
gua en  la  mar.  En  sus  grandes  avenidas  rebosa  hasta 
Vigan,  en  donde  tom.a  dos  direcciones  que  forman 
las  barras  de  Dile  y  de  Pandang.  Otros  rios  hay  en 
la  isla  de  Luzon  y  en  las  otras  islas  del  archipiélago, 
cuyo  curso  sería  largo  describir.  Los  más  notables  son : 
en  la  de  Luzon  el  Agno  en  Pangasinan ,  Amburayan 
en  llocos,  el  Pasig  en  Tondo,  y  el  Orani  que  divide  la 
Pampanga  de  Bataan. 

Hay  ademas  en  Filipinas  grandes  lagos ,  algunos  de 
los  cuales  dejan  de  serlo  en  tiempo  de  secas.  La  lagu- 
na llamada  de  Bay  tiene  más  de  treinta  leguas  de  bo- 
geo,  y  es  navegable  en  todas  direcciones.  La  de  Bom- 
bón en  Batangas  es  también  de  mucho  fondo  y  grande 
extensión.  Los  lagos  de  Agonoy  en  Bulacan,  de  Can- 
daba y  Cañaren  en  la  Pampanga,  y  el  Mangabol  en 
Pangasinan,  también  tienen  muchas  leguas  de  bogeo 
en  la  estación  de  lluvias,  porque  reciben  las  aguas  de 
varios  rios  que  no  pueden  desaguar  por  sus  cauces  na- 
turales, con  motivo  de  la  poca  elevación  del  terreno, 
resultando  de  ahí  que  á  veces  Se  inundan  provincias 
enteras.  En  tiempo  de  secas  se  visten  de  hermosísimas 
praderas  que  sirven  de  pasto  para  los  animales,  y  se 
hacen  grandes  pescas  de  dalag,  particularmente  en  el 


II 


Mangabol,  que  conservan  desecado  como  bacalao. 
También  en  la  isla  de  Mindoro  hay  un  gran  lago,  y 
dos  en  la  de  Mindanao. 

Aguas  termales.  —  En  varias  partes  de  Luzon 
abundan  las  aguas  minerales  y  calientes.  Las  más  co- 
nocidas son  las  del  pueblo  de  Mainit,  conocido  con  el 
nombre  de  los  Baños,  situado  al  pié  del  Maquñing, 
en  la  playa  de  la  laguna  de  Bay.  Los  PP.  Francisca- 
nos, que  administran  en  lo  espiritual  el  pueblo,  tenian 
en  él  antiguamente  un  hospital  muy  bien  montado, 
cuyo  edificio  existe  todavía  en  el  dia,  que  ya  sólo  sirve 
páralos  soldados  enfermos  de  Manila  (i).  A  una  me- 
dia legua  de  distancia  se  hallan  muchos  manantiales 
de  agua  caliente  de  varias  temperaturas,  y  el  más  cau- 
daloso, que  sale  al  pié  del  hospital,  tiene  el  calor  en 
sumo  grado.  En  la  provincia  de  Albay  también  hay 
aguas  termales,  cuya  virtud  no  es  tan  conocida;  pero 
no  hay  duda  que  podria  producir  los  mismos  resultados 
que  las  de  la  laguna  de  Bay.  Otros  muchos  manantia- 
les hay  en  estas  islas,  cuyas  virtudes  y  aplicaciones  no 
son  aun  bien  conocidas. 

Volcanes. —  Tres  son  en  el  dia  los  volcanes  que 
hay  al  S.  de  la  isla  de  Luzon,  y  uno  en  Babuyanes. 
Hubo  antiguamente  otros  muchos  en  Tayabas  y  Ba- 
tangas,  y  también  en  el  N.  de  Luzon,  cuyos  cráteres 
son  lagunas  ó  están  cubiertos  de  altas  y  espesas  arbole- 
das. El  mayor  y  el  que  despide  casi  siempre  llamas  es 
el  Mayon  (2),  en  la  provincia  de  Albay:  el  monte  en 


(i)  Hoy  dia  ya  no  existe  tampoco  en  tal  concepto. 

(2)  Dicen  que  tiene  1.628  pies  de  elevación  sobre  el  nivel  del  mar. 


12    — 


cuya  cumbre  está  el  cráter  tiene  la  figura  de  un  pilar 
de  purificar  azúcar,  de  mucha  elevación.  Su  base  tiene 
algunas  leguas  de  circunferencia  (i).  Se  descubre  desde 
el  mar  á  gran  distancia,  y  es  de  mucha  utilidad  para 
los  marinos  que  navegan  desde  las  Américas  á  Fili- 
pinas. Otro  se  descubre  no  muy  distante  de  aquél  en 
la  misma  provincia  de  Albay,  llamado  Bulusan,  el  cual 
humea  sin  interrupción,  y  de  vez  en  cuando  arroja  lla- 
mas. Lo  mismo  sucede  en  e\  de  Taal ,  de  la  provincia 
de  Batangas;  mas  éste  ha  tenido  erupciones  espantosas, 
que  han  consternado  á  toda  la  provincia.  Según  las  ob- 
servaciones del  farmacéutico  D.  Víctor  López,  que  lo 
visitó  personalmente,  su  cráter  es  ovalado  y  tiene  sobre 
dos  millas  de  diámetro.  En  su  centro  hay  una  laguna 
que  baña  el  muro  de  la  banda  del  Sur,  y  deja  libre  la 
mitad  de  su  terreno,  que  es  llano  y  sólido.  Entre  éste 
y  la  laguna  hay  un  gran  trozo  en  estado  de  reciente 
ignición.  La  cantidad  de  azufre  que  allí  se  halla  es  in- 
mensa. En  el  terreno  libre  del  cráter  existe  un  cubo  de 
pórfido  de  veinte  á  veinte  y  cinco  pies  cuadrados.  El 
muro  es  por  todas  partes  perpendicular,  y  por  el  N., 
que  es  de  mayor  elevación ,  tiene  doscientas  toesas  de 
altura,  con  ciento  y  cincuenta  por  la  parte  más  baja. 
Otras  notabilidades  dejó  escritas  aquel  diligente  oficial, 
que  podrian  ser  muy  útiles  si  se  aprovechasen. 

Los  montes  y  crestas  de  las  provincias  de  Manila, 
Batangas,  Laguna,  Cavite  y  Bulacan,  muestran  que 
hubo  en  otro  tiempo  muchos  más  volcanes  y  erupcio- 


(i)  Bogea  unas  catorce  leguas,  dice  el  P.  Huerta. 


nes  que  ahora,  porque  todos  ellos  se  componen  de  ce- 
nizas y  lavas  volcánicas.  A  una  milla  al  O.  de  Indan, 
provincia  de  Cavite,  hizo  la  provincia  del  Santísimo 
Rosario,  en  1847,  una  mina  entre  los  rios  Zamboc  y 
Jabo,  á  una  profundidad  de  treinta  y  dos  metros  en  la 
parte  más  elevada  de  la  loma  intermedia,  para  dirigir 
las  aguas  del  primero  al  segundo,  y  regar  con  ellas  su 
hacienda  de  Naic;  y  en  su  fondo  se  hallaron  varios  ma- 
deros, unos  en  estado  de  descomposición,  y  otros  en- 
teros todavía.  En  el  medio  de  la  loma  se  hizo  un  poco, 
y  en  toda  su  altura  hasta  el  fondo  de  la  mina  se  ven 
capas  volcánicas,  y  se  ignora  la  profundidad  de  la  base 
sobre  la  cual  están  asentadas.  Habida  consideración  á 
su  estructura  geológica,  es  muy  verosímil  que  todo 
aquel  terreno  fuese  mar,  del  cual  dista  aquel  punto 
muy  cerca  de  tres  leguas.  Esta  sola  observación  nos 
manifiesta  las  grandes  revoluciones  que  ha  sufrido  esta 
parte  de  Luzon,  causadas,  á  no  dudarlo,  por  la  violen- 
cia del  fuego  interior,  que  todavía  subsiste  en  sus  en- 
traíias.  De  aquí  provienen  los  temblores  que  se  expe- 
rimentan, los  que  algunas  veces  han  sido  muy  funestos. 
De  algunos  se  hará  mérito  en  el  decurso  de  esta  His- 
toria; ni  de  ellos  podríamos  prescindir,  en  cuanto  que 
han  causado  en  varias  ocasiones  grandes  destrozos  en 
los  edificios  de  Manila  y  otros  pueblos  de  nuestra  ad- 
ministración. 

Minerales. — Hay  en  Filipinas  muchos  y  ricos 
minerales  que  no  se  benefician.  Se  halla  oro,  hierro, 
cobre,  imán,  piedra  cuadrada,  ulla  y  azufre  en  abun- 
dancia. Sólo  en  Paracale  y  en  el  centro  del  país  de  los 
igorrotes  se  saca  el  primero  de  las  entrañas  de  la  tierra, 


—   14  — 

pero  de  un  modo  muy  imperfecto,  sin  arte  ni  conoci- 
mientos. Las  minas  de  aquel  pueblo  eran  ya  famosas 
cuando  Legaspi  se  posesionó  de  la  isla  de  Luzon.  Juan 
de  Salcedo  las  visitó  por  la  primera  vez  en  1571,  y 
desde  entonces  sólo  algunos  naturales  se  han  dedicado 
á  explotarlas  en  la  superficie  de  la  tierra.  Los  igorrotes 
de  Pancutcutan,  pueblo  situado  en  las  faldas  del  E.  del 
monte  Polac,  benefician  las  suyas  de  Acopan,  Apayao 
y  Locio,  con  otras  menos  considerables.  Las  poseen  al- 
gunos principales  de  su  nación ,  y  las  explotan  por  me- 
dio de  esclavos,  extrayendo  una  tierra  colorada,  que 
contiene  el  oro  en  granos  de  quilates  muy  subidos.  Los 
trabajadores  se  iluminan  con  teas  de  pino,  que  llenan 
de  humo  las  minas  á  poco  tiempo  de  trabajar  en  ellas, 
y  les  impide  la  faena.  Cuando  pierden  la  veta,  ó  des- 
aparece de  su  vista,  hacen  algunos  sacrificios  al  nonoy 
según  su  bárbara  y  confusa  creencia,  y  en  seguida  ba- 
jan los  más  inteligentes  para  encontrarla.  La  mayor 
parte  del  oro  que  aquellos  bárbaros  bajan  á  las  provin- 
cias de  Pangasinan,  Union  é  llocos  Sur,  es  de  estas 
imperfectas  minas,  sin  que  se  hayan  agotado  en  mu- 
chos siglos. 

Pero  no  son  éstas  las  únicas  que  hay  en  Filipinas: 
muchos  rios  conducen  con  sus  aguas,  en  las  grandes 
avenidas,  arenas  de  este  metal  tan  estimado,  y  muchos 
pueblos  se  dedican  á  recogerlas  y  lavarlas.  El  rio  Agno, 
el  de  San  Jacinto,  el  de  San  Fabián,  el  de  Aringay,  el 
de  Baoan  v  el  del  Abra  las  conducen  á  las  provincias 
referidas,  que  confinan  con  el  igorrotismo.  El  de  Abu- 
lug,  en  Cagayan  ,  las  tiene  en  «abundancia,  y  en  Aparri 
habia  un   lavadero  que  producia  much©  á  los  indios. 


—  t^  — 

En  otras  provincias  de  Luzon  hay  ríos  que  conducen 
arenas  del  mismo  mineral  á  las  llanuras,  lo  cual  indica 
que  en  las  entrañas  de  los  montes  por  donde  pasan 
abunda  el  oro.  En  Caraga  y  Misamis  se  halla  en  lami- 
nillas en  la  superficie  de  -la  tierra,  y  los  naturales  no  se 
toman  otra  pena  para  beneficiarlo  que  lavar  un  pedazo 
de  tierra,  y  recoger  el  que  se  descubre  a  su  vista.  En 
Calamianes  también  se  halla.  En  Mindoro  y  otras  par- 
tes hay  vetas  descubiertas,  y  se  puede  asegurar,  se- 
gún la  expresión  de  Basco,  que  todas  las  islas  Filipi- 
nas están  engastadas  en  oro.  A  pesar  de  la  grande  apa- 
tía de  los  indios  al  trabajo,  y  de  los  modos  imperfectos 
de  que  usan  par^  beneficiarlo,  no  baja  de  doscientos 
mil  pesos  anuales  el  valor  del  que  se  coge,  cuya  ley 
varía  de  los  i6  á  22  quilates.  Esto  no  obstante,  el  pue- 
blo en  Filipinas  que  se  dedica  á  recoger  oro,  suele  ser 
miserable  :  la  mejor  mina  son  los  campos  bien  culti- 
vados. 

El  hierro  es  otro  mineral  que  se  da  en  mucha  abun- 
dancia, especialmente  en  Luzon.  Se  halla  en  varias 
partes  de  Cagayan,  en  Nueva  Vizcaya,  en  Santa  Inés, 
al  N.  de  San  Isidro,  y  en  las  faldas  de  la  cordillera  de 
Jayabahan,  en  Morong  de  la  Laguna  de  Bay,  y  sobre 
todo  en  los  montes  del  E.  desde  Silihan  hasta  San  Mi- 
guel de  Mayumo.  Es  tan  rica  y  abundante  la  veta  de 
este  mineral  en  los  montes  de  Angat,  que  se  descubre 
en  la  superficie  de  la  tierra,  y  con  la  mayor  facilidad  se 
funde  y  suaviza.  Hay  mineral  de  hierro  en  otras  partes; 
pero  cuando  no  se  benefician  las  minas  de  oro  por  falta 
de  brazos  y  capitales,  no  es  de  extrañar  estén  olvidadas 
las  de  hierro. 


—  i6  — 

En  los  montes  de  los  igorrotes  se  halla  mucho  cobre 
de  muy  buena  calidad,  del  cual  hacen  varios  utensilios 
mal  forjados  (i).  También  lo  hay  en  abundancia  en 
la  isla  de  Masbate.  En  Camiguing  y  cabo  de  Engaño 
se  halla  el  imán.  En  Bangui  existe  la  piedra  cuadrada, 
sembrada  en  una  especie  de  pizarra.  El  azufre  abunda 
en  el  volcan  de  Taal  y  en  las  islas  de  Masbate  y  Cami- 
guing. La  hulla  se  halla  también  en  abundancia  en  va- 
rias partes,  pero  no  es  tan  buena  como  la  que  viene  de 
Inglaterra.  Tal  vez  en  lo  interior,  si  sus  minas  se  ex- 
plotasen, sería  mejor  que  el  que  ahora  se  descubre  en 
la  superficie  de  la  tierra.  Pero  en  todo  caso  sería  una 
ventaja  si  los  vapores  de  Manila  se  surtiesen  de  este 
combustible,  aunque  fuese  algo  inferior  al  extranjero. 
En  1834  se  remitieron  al  Ministerio  de  Fomento  por 
este  superior  Gobierno  139  ejemplares  de  minerales  y 
rocas  (2). 

Vegetales. — -Sobre  el  reino  vegetal  de  estas  islas 
se  han  escrito  ya  varios  tratados  curiosos,  y  sin  embar- 
go^ su  historia  todavía  está  muy  atrasada.  No  hace  mu- 
cho que  el  R.  P.  Fr.  Manuel  Blanco,  ex-provincial 
de  Agustinos,  dio  á  luz  la  Flora  Filipina,  que,  á  no 
dudarlo,  es  la  obra  más  completa  que  en  su  clase,  hasta 
el  presente,  se  ha  escrito  en  Filipinas.  Trata  la  materia 
de  un  modo  científico,  según  el  sistema  de  Linneo,  y 
puede  ser  de  mucha  utilidad  para  la  medicina  é  histo- 


(i)  Son  ya  famosas  las  minas  de  cobre  de  Mancayan,  en  el  distrito  de  Le- 
pante, que  beneficia  la  sociedad  denominada  Cántabro-Filipina,  cuyo  cobre 
es  ya  conocido  y  apreciado  en  los  mercados  de  Europa. 

(2)  Puede  verse  la  lista  en  el  cuaderno  ix  de  las  Memorias  históricas  y  es- 
tadísticas de  Filipinas ,  publicadas  por  el  Sr.  Arenas. 


—  17  — 

ria  natural.  Yo  al  presente  haré  mención  tan  solamente 
de  algunos  árboles  y  plantas  principales  á  fin  de  que 
pueda  formarse  algún  concepto  de  la  riqueza  de  estas 
privilegiadas  islas. 

Entre  sus  innumerables  vegetales  hay  muy  pocos 
que  se  parezcan  á  los  del  mundo  antiguo.  El  pino,  en- 
tre los  árboles,  es,  á  no  dudarlo,  el  más  parecido  y  de 
la  misma  calidad :  se  halla  en  grande  abundancia  en  el 
centro  del  país  de  los  igorrotes,  y  su  madera  sólo  sirve 
para  fabricarse  estos  bárbaros  algunas  chozas  y  casas 
mal  formadas,  é  iluminarse  con  su  tea.  También  hay 
cepas  silvestres,  particularmente  en  Batanes,  muy  pa- 
recidas á  las  europeas :  dan  uvas  negras  bastante  dulces, 
pero  pequeñas  y  de  mala  calidad.  Se  hallan  en  varias 
partes  de  las  islas  árboles  tan  altos  y  corpulentos,  que 
asombran  al  espectador.  Del  guijo  se  fabrican  canoas 
de  una  sola  pieza,  de  veinte  y  cinco  varas  de  largo  y 
dos  de  ancho.  De  la  narra,  madera  de  mucha  duración, 
algo  parecida  á  la  caoba,  se  sacan  tablas  para  hacer 
mesas  de  una  sola  pieza,  de  dos  varas  de  ancho  y  siete 
de  largo.  De  las  mismas  dimensiones  se  saca  á  veces 
del  Alintatao,  madera  de  mucha  dureza  y  de  color  ama- 
rillento, parecido  al  de  la  paja.  El  molave  es  incorrup- 
tible y  excelente,  así  para  edificios  como  para  buques; 
es  algo  vidrioso,  pero  de  mucha  solidez  y  fácil  de  la- 
brar. El  tíndalo,  especie  de  narra  de  color  negruzco, 
el  mangachapoy  y  el  bañaba,  para  tablazón,  también 
son  excelentes,  así  como  el  yacal  para  tirantes,  vigas  y 
soleras  de  las  casas.  Hay  ébano,  aunque  muy  pequeíío; 
pero  en  cambio  se  halla  en  nbundancia  el  camagon, 
que  recibe  el  mismo  brillo,  es  negro  con  vetas  amari- 


lientas,  y  de  él  se  fabrican  los  muebles  más  lujosos  y 
de  gusto.  El  sibucao  6  palo  campeche  se  da  en  todas 
partes,  y  forma  uno  de  los  artículos  más  considerables 
del  comercio  de  las  islas. 

f  Se  hallan  muchas  especies  de  palmas  :  las  principales 
son  el  coco,  de  cuya  fruta  se  saca  vino,  agua  y  aceite. 
Este  para  luces  es  preferible  al  de  olivo  :  es  oloroso, 
claro  y  medicinal.  La  bonga,  ó  areca,  es  mucho  más 
delgada  que  el  coco  :  su  fruta  es  muy  parecida  á  los  dá- 
tiles, y  su  interior,  que  tiene  el  gusto  de  bellota,  sirve 
para  el  betel  ó  buyo,  como  lo  llaman  en  Manila.  El 
hurí  es  corpulento,  y  de  sus  hojas  se  hacen  esteras  de- 
licadas y  preciosas,  sacos  para  conducir  arroz,  sombre- 
ros y  otros  utensilios.  Su  tronco  molido  sirve  para  co- 
mer y  es  muy  parecido,  al  sagú.  Del  agua  que  le  sacan 
cortándole  el  cogollo  se  hace  una  especie  de  azúcar 
muy  moreno,  pero  muy  estimado  por  ser  medicinal. 
En  los  buques  y  edificios  se  consumen  muchas  made- 
ras en  las  islas;  pero  aun  existen  muchos  bosques  en 
donde  no  ha  entrado  todavía  el  hacha  del  trocero. 

Las  especies  de  cañas  que  se  dan  en  Filipinas  son 
muchas  y  de  excelente  calidad.  El  cauayan  toto  de  los 
tagalos,  ó  caña  espina,  como  lo  llaman  los  españoles, 
crece  hasta  veinte  y  cinco  ó  treinta  varas  de  altura,  y 
tiene  de  diámetro  ocho  pulgadas.  Se  cria  en  matas  ó 
grupos  reunidos,  y  de  ellas  salen  ramas  con  espinas, 
que  parecen  arboledas  encumbradas.  Otra  especie  de 
caña,  muy  parecida  á  ésta,  es  el  cauayan  quiling  ó  caña 
macho:  crece  lo  mismo  que  aquélla,  pero  es  algo  más 
delgada  y  torcida,  aunque  tiene  la  carnosidad  más  grue- 
sa; de  suerte  que  una  caña  de  cinco  pulgadas  de  diá- 


—  19  — 

metro  apenas  tiene  en  el  centro  la  cavidad  de  una.  Es 
tan  dura,  que  de  ella  se  forman  travesanos  para  asegu- 
rar los  tablones  ó  piso  de  los  andamios,  y  una  tira  de 
una  cuarta  parte,  algo  adelgazada,  de  dos  varas  de  lar- 
go, sirve  para  llevar  un  hombre  el  peso  de  ocho  ó  diez 
arrobas  en  sus  extremidades.  Ambas  sirven  para  fabri- 
car las  casas  de  los  indios,  sus  techos,  pisos  y  paredes; 
para  formar  puentes,  cercos  y  andamios,  con  otra  mul- 
titud de  usos  que  sería  difícil  enumerar.  Hasta  los  pa- 
los de  los  paraos,  que  son  embarcaciones  muy  capaces, 
y  pueden  conducir  más  de  cuarenta  hombres,  se  ha- 
cen por  lo  regular  del  cauayan.  Otras  hay  más  cortas  y 
delgadas,  pero  de  mucha  más  dureza.  La  más  parecida 
á  las  que  se  dan  en  España  es  la  bojo,  tanto  por  su  sen- 
cillez, cuanto  por  la  forma  de  los  caíiaverales;  aunque 
también  las  hay  que  tienen  los  nudos  á  una  vara  de 
distancia,  y  de  ellas  hacen  los  igorrotes  de  la  Nueva 
Vizcaya  lanzas  arrojadizas,  endurecidas  sus  puntas  con 
el  fuego. 

De  la  caña  es  hermano  el  bejuco,  por  su  semejanza  y 
uso,  aunque  es  macizo  y  poroso  en  su  interior.  Se  pro- 
duce en  los  bosques  como  las  enredaderas,  y  los  hay  de 
varias  especies.  El  común  y  el  palasan  son  los  más  lar- 
gos :  el  primero  sirve  para  amarrar  las  cañas ,  empacar 
fardos  y  cajones,  formar  enrejados  de  aparadores,  pisos 
de  catres,  sillas  y  otros  utensilios,  hacer  sombreros,  sa- 
lacots (i),  de  que  usan  los  indios,  y  otros  muebles  ex- 
quisitos. Del  palasan  se  hacen  maromas  para  amarrar 


(i)  Especie  de  sombrero  grande,  de  tbrma  redonda  y  convexa. 


—    20   — 

buques  de  cabotaje  y  asegurar  las  balsas  de  los  ríos;  los 
hay  que  crecen  más  de  cien  varas,  con  sola  una  pul- 
gada de  diámetro.  Ademas  de  los  bejucos  hay  otras 
muchas  enredaderas,  que  sirven  para  los  mismos  usos. 
En  Cagayan  con  una  de  ellas  se  aseguran  las  campa- 
nas en  las  torres,  sin  que  jamas  llegue  á  romperse. 
También  las  hay  muy  medicinales,  y  entre  éstas  es 
muy  conocido  el  macabuhay ,  que  es  de  unas  tres  líneas 
de  grosor,  y  de  color  verde.  Es  más  amarga  que  el 
acíbar;  se  curan  con  ella  las  tercianas  más  rebeldes, 
calenturas  y  tabardillos,  y  es  eficaz  remedio  contra  la 
ponzoña.  Otras  muchas  plantas  hay  en  Filipinas,  con 
las  cuales  los  naturales  del  país  se  alivian  de  sus  males 
sin  necesidad  de  médicos  científicos  ni  boticas. 

Sin  embargo  de  que  los  filipinos  tienen  mucha  di- 
versidad de  frutas,  son  pocas  las  acomodadas  al  paladar 
del  europeo.  La  manga  es,  sin  contradicción,  la  mejor 
de  todas  ellas.  Suele  tener  de  largo  escasamente  un 
geme.  Es  algo  aplastada,  y  de  figura  recorvada  por  la 
punta  á  manera  de  un  corazón;  de  color  muy  amarillo, 
y  de  olor  bastante  fuerte,  muy  parecido  al  de  la  brea. 
El  árbol  que  la  produce  es  muy  copado  y  corpulento, 
y  no  hay  quizás  en  Europa  árbol  frutal  que  se  le  pa- 
rezca. Es  mucho  mayor  que  las  higueras,  algarrobos  y 
nogales. 

De  la  familia  de  los  plátanos  se  hallan  muchísimas 
especies,  y  de  ellas  las  hay  de  sabor  muy  agradable. 
De  una  de  ellas  sale  el  abacá,  el  renglón  de  comercio 
más  rico  y  productivo  de  las  islas.  Se  saca  de  las  pencas 
que  forman  su  tronco  desde  la  raíz  hasta  las  hojas,  cu- 
yos filamentos,  semejantes  á  los  de  la  pita,  sirven  para 


II 


hacer  cuerdas  y  maromas.  De  los  mismos  se  fabrican 
tejidos  y  ropas  de  varias  especies,  desde  las  guiñaras 
hasta  el  más  fino  y  delicado  sinamay,  muy  parecido  á 
la  pina.  Los  chicos^  algo  parecidos  á  los  nísperos  en  su 
tamaño  y  color,  también  son  fruta  delicada,  así  como 
los  lanzones,  que  se  dan  en  grandes  racimos  en  los 
troncos  de  sus  árboles.  La  pina,  aunque  la  hay  en  abun- 
dancia, no  es  tan  dulce  y  suculenta  como  la  de  Java  y 
Singapore.  Se  dan  muy  buenas,  sin  embargo,  en  los 
montes  de  Bataan.  En  éstos  y  en  los  de  llocos  Sur  se 
da  también  la  lechía,  muy  parecida  á  la  de  China :  es 
tan  dulce  y  suculenta  como  ésta,  pero  de  mucho  me- 
nor carnosidad;  de  suerte  que  apenas  cubre  su  pepita. 
La  nanea,  entre  todas  las  frutas  filipinas,  es  la  que  más 
llama  la  atención  del  europeo.  Las  hay  que  pasan  de 
tres  palmos  de  largo  y  uno  y  medio  de  diámetro.  En 
lo  exterior  es  verde,  y  está  llena  de  puntas  romas  algo 
blandas,  y  en  su  interior  tiene  muchas  pepitas,  que  co- 
cidas se  parecen  á  las  castañas.  Su  carne  es  amarilla, 
muy  dulce,  de  un  olor  muy  fuerte,  pero  muy  indigesta. 
También  hay  abundancia  de  naranjas,  cajeles  y  limo- 
nes, y  éstos,  aunque  más  pequeños  que  los  reales,  son 
más  suculentos  y  de  un  ácido  más  fuerte. 

Los  vegetales  más  útiles  y  productivos  de  las  islas, 
ademas  del  abacá,  son  el  arroz,  la  caña  dulce,  el  añil 
y  el  algodón.  El  arroz  se  da  en  todas  partes,  y  lo  hay 
de  varias  calidades,  algunas  de  las  cuales  son  más  finas, 
blancas  y  sabrosas  que  el  de  Valencia.  El  que  llaman 
de  monte  se  siembra  como  el  trigo,  y  el  llamado  ba- 
cal por  los  tagalos  se  da  en  menos  de  dos  meses.  El  co- 
mún, y  del  que  hay  también  varias  especies,  se  siem- 


22 


bra  en  tierras  bajas  y  requiere  siempre  mucha  agua.  Si 
las  lluvias  no  escasean,  la  cosecha  es  segura,  á  no  ser 
que  la  destruya  la  langosta  ó  las  inundaciones.  En  tier- 
ras buenas  produce  regularmente  el  arroz  cincuenta 
por  uno  de  su  semilla.  Este  arroz  de  tubigan  ó  de  re- 
gadío, se  siembra  primeramente  en  almácigas,  y  cuan- 
do tiene  media  vara  de  altura  se  planta  en  la  tierra  pre- 
parada, que  por  lo  regular  está  cubierta  de  agua.  Esta 
operación  se  hace  regularmente  por  Agosto  en  tierra 
de  tagalos,  y  se  corta  por  Diciembre.  Es  el  arroz  el 
verdadero  pan  de  los  indios  filipinos :  lo  comen  cocido 
con  agua  solamente,  y  sin  ella  lo  conservan  hasta  vein- 
te y  cuatro  horas. 

La  caña  dulce  sería  suficiente  por  sí  sola  para  llenar 
de  riqueza  las  islas  Filipinas.  La  hay  de  tres  calidades 
por  lo  menos  :  la  que  llaman  los  tagalos  tubu  zafnbale 
crece  hasta  seis  y  ocho  varas,  es  más  blanca  que  las 
otras ,  y  el  zumo  no  tan  dulce.  Esta  caña  la  plantan  los 
indios  para  mascarla,  á  que  son  en  extremo  aficiona- 
dos. La  colorada  es  la  mejor  para  el  beneficio  del  azú- 
car; es  más  corta  y  delgada  que  aquélla,  más  dura  y 
compacta,  y  el  zumo  más  dulce  y  abundante.  La  blan- 
ca, que  también  se  beneficia,  es  muy  parecida  á  la  se- 
gunda en  la  perfección,  y  en  algunas  partes  la  prefie- 
ren. La  caña  de  azúcar,  plantada  en  buenas  tierras  y 
beneficiada  con  buenas  máquinas,  puede  producir  un 
ciento  por  ciento  al  cosechero.  Está  regularmente  un 
año  en  la  tierra,  y  se  beneficia  en  las  islas  desde  Fe- 
brero hasta  Junio. 

El  tabaco  es  otro  de  los  vegetales  más  productivos  é 
importantes  de   estas  islas.   Ha  sido  importado  en  el 


—  23  — 

país  por  iniciativa  del  Gobierno,  y  es  la  producción 
más  rica  para  las  rentas  del  Estado.  Lo  hay  de  varias 
clases  y  de  calidades  muy  distintas,  según  las  condicio- 
nes del  terreno  y  los  diferentes  modos  de  beneficiarlo 
y  cultivarlo.  En  algunas  partes  se  produce  tan  bueno 
como  el  más  rico  y  aromático  de  la  misma  isla  de  Cuba. 
Aunque  se  da  en  muchas  provincias  de  este  archipié- 
lago, y  pudiera  producirse  en  todas  ellas,  sin  embargo 
en  ninguna  es  tan  general  y  beneficioso  su  cultivo  como 
en  las  de  Cagayan  y  la  Isabela.  Mejorada  su  elabora- 
ción, dirigido  con  inteligencia  su  cultivo,  y  dada  una 
administración  bien  comprendida,  sería  el  ramo  de  ri- 
queza más  fecundo  é  inagotable  que  se  conoce  univer- 
salmente  en  toda  la  industria  agrícola.  Su  siembra  en 
la  actualidad,  y  el  procedimiento  general  de  su  cultivo, 
está  en  perfecta  armonía  con  la  paciencia  prolija  de  es- 
tas razas.  Ante  todo  se  preparan  y  limpian  los  terrenos 
de  toda  maleza  extraña,  y  terminada  ya  con  todo  es- 
mero esta  operación  preparatoria,  se  introducen  los 
granos  en  la  tierra  á  cierta  profundidad.  A  su  tiempo 
se  hace  el  trasplante,  que  suele  ser  cuando  la  hoja  se 
eleva  como  una  cuarta  sobre  la  superficie  de  la  tierra, 
y  entonces  se  forman  cuadros  separados  por  surcos,  que 
se  cortan  á  distancias  convenientes,  para  dar  salida  al 
agua  en  la  estación  de  las  lluvias.  Cuando  la  planta  del 
tabeco  se  desenvuelve  de  la  tierra,  y  desplega  ya  sus 
hojas  á  cierta  elevación  determinada,  hay  que  regis- 
trarlas diariamente  una  por  una  en  las  primeras  horas 
de  la  mañana,  para  limpiarlas  de  un  gusano  que  las 
acomete  con  frecuencia,  y  las  destruye  totalmente  si  se 
abandonan  á  sí  mismas.  A  esta  operación  asisten   las 


—    24   — 

mujeres,  que  son  las  que  llevan  la  mayor  parte  del  tra- 
bajo en  el  beneficio  de  esta  planta,  á  las  que  también 
se  asocian  los  niños  mayores  de  cuatro  años.  Es  in- 
mensa la  escala  de  los  detalles  minuciosos  y  de  todas 
las  operaciones  que  constituyen  el  beneficio  del  tabaco 
desde  el  trabajo  de  la  siembra  hasta  su  entrega  y  depó- 
sito en  los  almacenes  públicos. 

El  añil  es  otra  planta  de  rica  producción.  Crece  en 
algunas  partes  hasta  dos  varas  de  altura;  tiene  mucho 
ramaje;  las  hojas  finas,  pequeñas  y  ovaladas,  parecidas 
á  las  de  las  lentejas,  y  la  semilla  en  vainillas  encarna- 
das. Se  corta  el  arbusto  antes  de  que  eche  la  semilla; 
se  pone  en  grandes  tinas  llenas  de  agua,  y  se  deja  en 
fiírmentacion  por  espacio  de  veinte  y  cuatro  horas. 
Después  trasladan  el  zumo  á  otra  más  pequeña  6  á  un 
estanque,  lo  baten  y  lo  hacen  precipitar  con  cal.  Del 
fondo  sacan  en  seguida  una  pasta  azul,  que  forman  en 
ladrillos,  y  disecado  es  el  precioso  índico,  tan  estimado 
en  las  tintorerías.  Los  chinos  prefieren  el  tintarron,  que 
es  el  mismo  zumo  del  añil  antes  de  coagularse,  que 
colocan  en  tinajas  y  se  lo  llevan  en  champanes. 

La  planta  del  algodón  también  se  da  en  muchas 
partes  de  las  islas.  Crece  hasta  vara  y  media,  pero  no 
prospera  en  donde  llueve  muy  temprano.  Los  capullos 
en  donde  está  el  algodón,  si  se  mojan,  se  llenan  de 
gusanos  y  se  pierden.  En  llocos,  que  es  tierra  bastante 
seca,  se  produce  bien,  y  es  muy  estimado  en  Europa 
el  de  esta  provincia.  Lo  hay  también  de  árbol;  pero 
sólo  sirve  para  llenar  las  almohadas,  y  no  para  tejer, 
porque  tiene  la  fibra  demasiado  corta  y  de  poca  con- 
sistencia. El  café  y  el  cacao  se  dan  también  en  estas  is- 


—    25    — 

las,  y  el  primero  en  abundancia  y  de  excelente  calidad; 
pero  como  las  otras  producciones  se  logran  con  más 
facilidad,  no  ha  llegado  todavía  este  renglón  al  estado 
de  prosperidad  que  es  de  desear.  En  Mindanao  se  da 
asimismo  la  canela,  pero  no  es  tan  fina  como  la  de 
Ceylan. 

Reino  animal. —  Las  producciones  de  los  tres  rei- 
nos naturales  son  en  Filipinas  muy  ricas  y  variadas : 
para  describirlas  clara  y  distintamente  sería  necesario 
emplear  muchos  volúmenes,  que  podrían  formar  una 
parte  muy  interesante  de  la  historia  natural,  lo  cual  es 
ajeno  de  mi  objeto  y  superior  á  mis  conocimientos.  En 
orden  á  los  animales,  no  hay  en  estas  islas  cuadrúpedos 
feroces  y  dañinos,  como  leones,  tigres,  panteras,  osos, 
lobos,  etc.  Los  únicos  que  dañan  á  los  hombres,  al  ver- 
se acosados,  son  los  jabalíes  y  búfalos  silvestres,  ó  cara- 
baos cimarrones;  y  sin  embargo,  los  cristianos  é  infie- 
les los  cazan  con  destreza.  El  carabao,  á  pesar  de  ser 
más  corpulento  que  los  mayores  toros  de  Europa,  y  de 
mayor  ferocidad,  es  á  veces  derribado  de  una  -lanzada 
que  le  da  el  cazador  á  carrera  tendida  de  caballo.  Tam- 
bién hay  en  Filipinas  abundancia  de  venados,  que  se 
cogen  con  redes,  perros  y  caballos,  llevando  el*  jinete 
una  lanza,  que  tira  á  la  vez  á  gran  distancia  sin  errar. 
Los  pueblos  que  más  se  dedican  á  la  caza  de  estos  ani- 
males son  los  de  la  Nueva  Ecija  y  Vizcaya.  Luego  que 
los  cogen  los  digecan  á  los  ardores  del  sol,  y  venden  á 
buen  precio  sus  carnes  y  sus  cueros,  que  constituyen 
un  artículo  muy  lucrativo  de  comercio  con  la  China. 
En  los  bosques  hay  gatos  de  algalia  y  de  otra  especie 
llamado  alamid,  que  con  el  auxilio  de  membranas  pasa 


—    26    — 

de  un  árbol  á  otro,  á  distancia  de  treinta  á  cuarenta 
pies.  Hay  monos  de  diferentes  castas.  Suelen  ir  á  ma- 
nadas, y  cuando  son  muchos  acometen  al  que  trata  de 
incomodarlos.  En  Mindanao  los  hay  enteramente  blan- 
cos y  también  negros,  pero  su  color  por  lo  común  es 
pardo  y  algo  ceniciento.  También  hay  ratones  de  varias 
especies,  y  en  tanta  abundancia  en  algunas  partes,  que 
destruyen  en  una  sola  noche  una  sementera  de  trigo  ó 
la  cosecha  del  cacao.  Ambos  artículos  se  dan  muy  bien 
en  la  Nueva  Vizcaya,  y  con  motivo  de  estos  animales 
se  han  tenido  que  abandonar.  Entre  los  domésticos  se 
cuentan  búfalos  y  toros,  carneros,  cabras,  cerdos,  ca- 
ballos, perros  y  gatos.  Los  caballos  y  los  toros  son  oriun- 
dos de  los  peninsulares,  aunque  algo  más  pequeííos; 
pero  éstos  son  muy  mansos,  y  aquéllos  poco  nobles, 
aunque  de  mucha  resistencia. 

Hay  reptiles  de  muchísimas  especies  :  muchas  cule- 
bras, y  entre  ellas  las  hay  de  un  veneno  muy  activo. 
El  dahum-palay  y  tangacybiya  y  balabag  de  los  tagalos, 
matan  con  sus  mordeduras,  sin  dar  tiempo  muchas  ve- 
ces á  la  cura.  Me  han  asegurado  que  la  última  es  larga 
sólo  de  dos  pies-,  da  saltos  á  ocho  y  diez  varas  de  dis- 
tancia, y  daíía  por  las  dos  extremidades:  es  una  espe- 
cie de  lombriz,  de  color  muy  aplomado.  La  que  en  la 
Nueva  Vizcaya  llaman  tuna  tiene  también  un  veneno 
muy  activo:  es  mortífera  su  mordedura,  y  tiene  cua- 
tro patas  muy  pequeñas.  La  que  llaman  sauá  los  taga- 
los y  bova  los  españoles  crece  hasta  veinte  varas  de 
largo  y  más  de  un  pié  de  gueso.  Estos  culebrones  ca- 
recen de  veneno,  pero  enroscados  de  medio  cuerpo  en 
un  árbol,  arrebatan  con  la  cola  á  un  venado,  lo  suben 


—    27    — 

y  lo  devoran.  Algunos  indios  las  cuidan  en  sus  casas, 
y  venden  su  excremento  á  los  chinos,  que  lo  pagan 
muy  bien  para  ciertas  medicinas.  La  iguana  es  una  es- 
pecie de  lagarto,  que  suele  crecer  hasta  una  vara:  á 
proporción  es  más  delgado  que  los  del  mundo  antiguo, 
pero  mucho  más  ligero :  los  indios  comen  sus  huevos 
y  sus  carnes,  que  dicen  ser  comida  delicada.  Habitan 
en  los  bosques,  y  también  en  las  casas,  en  donde  son 
muy  útiles,  porque,  sin  hacer  daño  á  la  gente,  se  co- 
men los  ratones,  culebras  y  demás  insectos;  pero  en 
donde  están  ellas  no  puede  haber  gallinas.  YS.  chacón  es 
otra  especie  de  lagarto,  más  parecido  al  de  Europa  que 
la  iguana,  pero  mucho  más  pequeño  y  oscuro.  Canta 
con  frecuencia,  particularmente  por  las  noches  :  tiene 
la  voz  muy  gruesa,  ronca  y  torpe.  Hay  también  otra 
especie  de  lagarto  más  amarillo,  con  membranas,  con 
cuyo  auxilio  pasa  de  un  árbol  á  otro.  También  se  co- 
noce la  sagita  volante.  Hay  muchas  lagartijas,  algunas 
de  las  cuales  cantan;  cien  pies,  alacranes,  tarántulas  y 
muchas  especies  de  arañas,  con  otra  multitud  de  rep- 
tiles difícil  de  enumerar. 

La  volatería  no  es  muy  abundante  en  Filipinas.  Se 
hallan,  sin  embargo,  muchas  aves  desconocidas  en  Eu- 
ropa, l^-ü  págala,  que  se  halla  en  los  rios  y  lagunas,  es 
bastante  corpulenta;  algunas  de  ellas  crecen  hasta  cin- 
co pies  de  alto.  Las  que  yo  he  visto  en  Calamba  no 
pasan  de  dos  pies,  sin  contar  con  la  cabeza,  y  son  mu- 
cho mayores  las  grullas,  que  crecen  más  de  cuatro: 
son  cenicientas  y  tienen  una  mancha  encarnada  en  la 
cabeza.  Se  halla  el  casili,  ó  cuervo  marino,  mucha  di- 
versidad de  patos,  y  el  pavo  real  en  la  Paragua.  E\ca- 


—    28    — 


lao  se  cria  en  los  bosques,  y  tiene  el  pico  y  la  cabeza 
muy  disformes.  Hay  abundancia  de  cuervos  y  muchas 
especies  de  palomas  silvestres,  y  entre  ellas  de  colores 
muy  hermosos  :  hay  una  que  tiene  en  el  pecho  una 
mancha  de  color  de  sangre,  que  parece  una  herida  re- 
cien hecha,  por  lo  que  la  llaman  comunmente  de  la 
puñalada.  También  hay  un  ave  singular,  parecida  á  la 
golondrina,  llamada  por  los  naturales  salangan,  cuyo 
nido  forma  uno  de  los  artículos  de  comercio  de  las  is- 
las. Es  de  una  materia  glutinosa,  dura  y  trasparente, 
que  los  chinos  comen  como  cosa  regalada  y  muy  ali- 
menticia. Hay  varias  especies  de  loros  y  otras  aves  de 
plumaje  muy  hermoso,  pero  son  pocas  las  que  tienen 
el  canto  agradable.  También  hay  muchas  especies  de 
murciélagos  :  algunos  tienen  rabo  como  los  ratones. 
Los  llamados  paniquis  son  de  una  magnitud  disforme, 
tienen  más  de  una  vara  de  la  una  á  la  otra  punta  de 
sus  alas.  Los  hay  enteramente  negros,  rojos  y  mancha- 
dos :  sus  pieles  son  muy  estimadas  por  su  finura  en 
Europa,  y  sus  carnes  lo  son  todavía  más  en  Filipinas. 
El  pavón,  que  es  del  tamaño  de  un  pollo  regular,  echa 
unos  huevos  rojos  y  largos,  mayores  que  los  de  galli- 
na; los  entierra  debajo  de  las  arenas,  sale  el  pollo  por 
sí  solo,  y  en  seguida  se  echa  á  volar.  Entre  las  aves  do- 
mésticas se  halla  el  pavo,  la  ánade,  el  pato,  la  gallina 
y  la  paloma.  Es  admirable  el  método  que  usan  los  in- 
dios de  Pateros  y  Taguig  para  empollar  los  huevos  de 
los  patos.  Los  echan  en  grandes  cauas,  especie  de  cal- 
deras, entre  la  cascara  del  grano  de  arroz,  y  sólo  con 
el  calor  lento  del  fuego  los  hacen  nacer  y  los  crian  á 
millares.  Les  forman  sus  casas  cerca  del  rio;  los  ali- 


—  29  — 
mentan  con  unos  caracolillos  que  sacan  en  abundancia 
del  mismo  rio  ó  de  la  laguna  de  Bay.  Salan  los  huevos 
sin  abrirlos,  cuya  habilidad  han  aprendido  de  los  chi- 
nos, y  los  venden  á  buen  precio.  La  cría  de  los  patos 
es  la  subsistencia  principal  de  estos  pueblos. 

Es  imposible  describir  y  ni  siquiera  enumerar  las  es- 
pecies principales  de  insectos,  con  alas  y  sin  ellas,  que 
hay  en  estas  islas.  Las  abejas  se  crian  en  los  bosques 
sin  cuidarlas.  Las  hay  de  dos  ó  tres  especies,  y  tal  vez 
podrían  abastecer  de  cera  á  todas  las  iglesias  de  las  islas 
é  iluminación  de  muchos  particulares.  La  miel  es  poco 
estimada,  sin  duda  porque  abunda  el  azúcar.  La  lan- 
gosta á  veces  destruye  los  arrozales  y  deja  como  abra- 
sados los  mismos  cañaverales.  Se  levanta  una  nube  de 
ellas,  que  cubre  el  sol.  Para  el  indio  es  comida  muy 
sabrosa,  y  la  comen  frita  ó  cocida  con  vinagre.  Las  hay 
de  varias  clasee,  y  se  halla  en  los  guayabales  una  espe- 
cie de  ellas,  cuyas  alas  y  color  se  confunden  con  las 
hojas  de  este  árbol,  de  las  que  se  alimentan.  También 
hay  muchas  especies  de  moscardones  de  colores  muy 
vistosos  y  brillantes,  y  unos  escarabajos  con  un  cuerno 
en  la  cabeza,  que  tienen  más  de  dos  pulgadas.  Se  des- 
cubre con  frecuencia  un  gran  número  de  lucernas  vo- 
lantes de  mucho  resplandor,  que  trasforman  los  árbo- 
les, en  cuyas  ramas  voletean ,  en  grupos  hermosísimos 
de  luz,  que  se  divisan  en  medio  de  la  oscuridad  á  una 
gran  distancia.  Pero  quizás  no  hay  país  en  donde  más 
abunden  las  mariposas.  Las  hay  de  bellísimos  colores  y 
de  una  magnitud  verdaderamente  monstruosa.  Se  ha- 
llan hormigas  de  varias  especies  y  tamaños,  y  en  tanta 
abundancia,  que  en  las  casas  es  preciso  aislar  con  agua 


—  30  — 

los  dulces  y  comida  para  evitar  que  se  apoderen  de  ellos 
al  momento.  Las  hay  de  cinco  líneas  de  largo.  Muchas 
algo  menores  :  crian  en  las  ramas  de  los  árboles,  en 
donde  forman  grandes  bolsas  para  depositar  sus  hue- 
vos, los  que  comen  los  indios  de  algunas  provincias 
como  alimento  delicado.  El  anay ^  que  en  la  India  es 
conocido  con  el  nombre  de  hormiga  blanca,  es  el  in- 
secto más  dañino  de  las  islas :  penetra  por  las  paredes, 
corroe  las  maderas,  á  excepción  de  algunas  privilegia- 
das por  su  amargo  como  el  molave  y  la  narra,  y  des- 
truye en  pocas  horas  un  aparador  de  ropa.  En  los  cam- 
pos levanta  unos  mogotes  de  tierra  de  la  altura  de  una 
vara  y  más,  en  donde  forma  sus  casillas.  En  el  fondo 
está  la  que  llaman  reina,  que  es  una  especie  de  gusano 
de  pulgada  y  media  de  largor.  Nadie  diria  que  este  in- 
secto fuese  la  madre  del  anay,  y  sin  embargo,  él  pro- 
duce los  huevos  á  millares,  y  si  se  le  mata,  queda  des- 
truido el  enjambre.  Esta  clase  de  hormigas  son  blancas 
y  rojizas,  á "excepción  de  la  cabeza,  que  es  algo  negra. 
Siempre  andan  cubiertas  por  un  camino  que  ellas  mis- 
mas se  hacen  de  lodo.  Si  se  las  deja  descubiertas,  son 
devoradas  al  momento  por  las  hormigas  ordinarias,  sus 
enemigas  implacables.  Con  las  tenacitas  que  tienen  en 
su  boca  corroen  la  ropa  y  las  maderas  de  la  mayor  du- 
reza, las  que  humedecen  antes  para  ablandarlas.  En  las 
primeras  aguas  salen  muchas  aladas,  que  vuelan  cerca 
de  la  luz  hasta  que  las  alas  se  les  caen.  Hay  también 
anay  negro,  muy  parecido  al  blanco  en  su  figura,  pero 
no  es  dañino  como  éste. 

Población  y   división   territorial. — Todo  el 
territorio  filipino  sujeto  al  Gobierno  está  dividido  en 


—  3^  — 
corregimientos,  comandancias  y  provincias,  muchas 
de  las  cuales  ocupan  parte  de  una  misma  isla,  y  otras 
una  entera.  Según  el  nuevo  reglamento,  hay  provin- 
cias de  entrada,  ascenso  y  término,  y  todos  los  alcaldes 
deben  ser  letrados,  y  las  servidas  por  gobernadores  mi- 
litares deben  tener  tenientes,  también  letrados,  para  la 
administración  de  justicia.  Todos  estos  jefes,  así  alcal- 
des como  gobernadores,  están  subordinados  inmedia- 
tamente al  Gobernador  y  Capitán  General  de  las  islas 
en  lo  gubernativo,  y  a  la  Real  Audiencia  en  lo  judicial. 
Instruyen  las  sumarias  y  sentencian  hasta  la  definitiva, 
debiendo  consultar  sus  sentencias  en  lo  criminal  con 
la  Audiencia;  pero  se  puede  apelar  de  sus  providencias 
á  la  Real  Audiencia,  ó  recurrir  al  Gobernador  Capitán 
General  en  los  asuntos  gubernativos  ó  militares. 

Puede  considerarse  la  población  de  Filipinas  en  ad- 
venediza é  indígena.  En  la  primera  clase  se  compren- 
den los  españoles  con  los  demás  europeos  y  americanos 
de  la  casta  blanca,  chinos  y  oriundos  de  entrambas 
castas;  y  en  la  segunda  la  malaya  civilizada,  la  malaya 
independiente  ó  infiel,  y  la  negra  oceánica.  Los  euro- 
peos y  americanos  blancos,  con  los  oriundos  de  los 
mismos,  no  pasan  de  veinte  y  cinco  mil.  Los  chinos 
son  como  diez  mil,  y  los  mestizos  de  estos  extranjeros 
y  de  Indias  ascienden  á  unos  ciento  y  veinte  y  cinco 
mil.  Los  llamados  naturales,  que  son  los  civilizados  y 
cristianos  de  la  casta  malaya,  no  bajan  de  tres  millones, 
y  los  independientes,  inclusos  los  mahometanos  de  Jólo 
y  Mindanao,  son  más  de  un  millón  y  medio.  Por  ma- 
nera que  toda  la  población  del  archipiélago,  por  un 
cálculo  aproximado,. es  de  cinco  millones  y  medio  de 


—  32  — 

habitantes.  Su  verdadero  censo  no  se  puede  saber  con 
toda  exactitud,  porque,  ademas  de  ocultar  los  pueblos 
civilizados  á  muchos  individuos,  nadie  ha  podido  pe- 
netrar en  las  muchas  rancherías  de  salvajes  que  hay  en 
Luzon,  Joló  y  Mindanao,  y  las  estadísticas  que  se  po- 
seen en  detall  no  están  conformes  en  sus  datos  (i); 

Españoles. —  Pocos  son  los  europeos,  si  es  que  hay 
alguno,  que  pasan  á  Filipinas  con  la  idea  de  estable- 
cerse en  el  país,  á  excepción  de  los  religiosos.  Los  más 
viven  en  Manila  y  sus  arrabales,  y  se  dedican  al  co- 
mercio. Los  hay  también  en  el  ejército,  ya  oficiales, 
ya  soldados;  aunque  soldados  rasos  solamente  los  hay 
en  la  brigada  de  artillería,  compuesta  toda  de  europeos. 
Muchos  son  empleados  de  Hacienda  y  en  las  adminis- 
traciones de  gobierno  y  justicia.  Viven  por  lo  regular 
un  tiempo  dado  en  las  islas,  y  procuran  reunir  un  ca- 
pital, ó  aspiran  á  un  grado,  ó  á  un  retiro  ó  cesantía  de- 
corosa, que  les  asegure  un  futuro  bienestar,  en  recom- 
pensa de  haber  dejado  la  madre  patria  y  de  sus  servi- 
cios en  estas  tierras.  Algunos,  sin  embargo,  se  casan  en 
las  islas,  y  á  sus  hijos,  ó  los  mandan  á  España  ó  al  ex- 
tranjero, lo  que  hacen  pocos;  ó  siguen  alguna  carrera, 
como  la  de  la  milicia,  la  eclesiástica,  del  pilotaje,  etc. 
Muchos  tienen  empleos  en  las  oficinas  de  Gobierno, 
Hacienda,  Estancadas;  bastantes  se  dedican  al  comer- 
cio, y  si  se  realizan  los  deseos  del  Gobierno,  de  mejo- 
rar los  estudios,  poniendo  carreras  de  aplicación,  para 


(i)  Al  fin  del  primer  tomo  se  pone  un  estado  de  la  div^ision  territorial,  que 
comprende  también  la  parte  administrativa  tanto  civil  como  eclesiástica;  y  te 
rectificará  el  censo  de  la  población  en  sus  respectivos  lugares. 


lo  cual  mucho  ha  contribuido  y  tiene  que  contribuir 
mi  Corporación  (i),  se  les  abrirán  nuevas  carreras  á 
que  puedan  dedicarse.  Gozan  todos  estos  de  las  mis- 
mas consideraciones  que  sus  padres. 

Chinos. —  Estos  son  los  verdaderos  urones  de  las 
islas:  trabajadores  á  la  par  que  viciosos,  llevan  por  lo 
común  una  vida  miserable  v  no  conocen  otro  dios  que 
el  interés.  A  pesar  de  que  son  muy  orgullosos,  se  aba- 
ten y  envilecen  por  el  lucro,  porque  la  codicia  es  su 
pasión  predominante.  Su  principal  ocupación  es  el  co- 
mercio :  toman  dinero  á  un  quince  y  veinte  por  ciento, 
pagan  al  Gobierno  un  tributo  muy  crecido,  y  sin  em- 
bargo, muchos  se  enriquecen.  De  sus  tiendas  se  pro- 
veen los  españoles  y  naturales,  no  sólo  de  Manila  y  sus 
contornos,  sino  también  de  las  provincias  más  distan- 
tes de  las  islas.  En  esta  parte  nadie  puede  competir  con 
ellos,  por  su  grande  economía  y  por  su  sistema  de  aso- 
ciación. Los  más  de  estos  extranjeros  son  de  la  provin- 
cia de  Fo-kien  y  partido  de  Chinchen;  pero  también  los 
hay  de  Macao,  que  se  dedican  á  la  herrería,  carpinte- 
ría y  zapatería.  Se  les  deja  vivir  libremente  en  su  infi- 
delidad, pero  les  está  prohibido  el  ejercicio  de  su  falsa 
religión;  sin  embargo,  practican  muchas  supersticiones 
en  sus  casas,  particularmente  en  los  entierros,  fiestas 
de  año  nuevo  y  otras  de  su  culto.  Son  pocos  los  que 
se  convierten,  y  raros  los  que  se  hacen  cristianos  por 
una  verdadera  convicción.  Los  más  piden  el  bautismo 
con  el  fin  de  habilitarse  para  contraer  matrimonio  con 


(i)   Mucho  se  ha  aJciiintado  ya  en  esto,  de  \o  caal  ^e  tratará  en  otro  lugar. 

TOMO    I.  3. 


-  u  — 

indias  6  mestizas  cristianas,  6  para  tener  algún  padrino 
que  les  patrocine  en  sus  ganancias  y  negocios.  Muchos, 
después  de  haber  hecho  su  fortuna,  abandonan  sus  hi- 
jos y  mujeres,  y  regresan  á  su  patria  para  reunirse  con 
las  consortes  que  dejaren  en  su  infidelidad,  ó  morir  co- 
mo sus  antepasados.  Más  de  una  vez  han  sido  funestos 
á  las  islas,  y  las  muchas  trabas  que  el  Gobierno  pone 
á  su  entrada  es  la  verdadera  causa  de  no  haber  muchos 
millares  más  en  ellas.  No  faltan  especuladores  que  opi- 
nan por  la  libre  entrada  de  estos  extranjeros,  para  po- 
blar el  país  y  fomentar  la  agricultura,  sin  considerar  las 
fatales  consecuencias  que  podria  producir  un  número 
excesivo  de  ellos  en  donde  no  pudiesen  vigilarlos  las 
autoridades.  La  circunstancia  de  no  venir  con  sus  mu- 
jeres trae  como  consecuencia  la  sodomía  entre  ellos  á 
la  que  son  muy  inclinados,  y  la  prostitución  de  las  mu- 
jeres cristianas,  lo  que  debe  el  Gobierno,  como  católi- 
co, celar  y  evitar. — ^En  la  actualidad  habrá  unos  cua- 
renta mil  en  todas  las  islas. 

Mestizos. — Los  beneficios  que  las  islas  reportan  de 
esta  laboriosa  casta  de  mestizos  de  sangley,  así  deno- 
minados los  que  traen  su  origen  de  chino  é  india,  es 
la  única  ventaja  que  resulta  de  la  venida  de  los  chinos. 
Son  generalmente  graves,  generosos,  económicos,  lim- 
pios y  astutos  :  se  dedican  al  comercio,  á  la  agricultura 
y  á  las  artes.  Saben  conservar  lo  que  adquieren ,  y  en 
las  fiestas,  casamientos  y  entierros  gastan  con  mucha 
profusión.  Son  los  verdaderos  potentados  del  país,  y  los 
que  dan  el  dinero  adelantado  á  los  indios,  regularmen- 
te con  interés  para  cobrarse  en  la  cosecha.  Tienen  en 
sus  casas  muchos  santos  de  marfil  ricamente  adorna- 


-  J5  - 

dos,  y  son  muy  afectos  á  funciones  de  Iglesia.  En  la 
clase  de  mujeres  las  hay  muy  piadosas,  que  por  lo  re- 
gular son  más  activas  que  los  hombres,  y  tienen  gran 
talento,  tanto  para  manejar  sus  intereses,  como  para 
acrecentarlos  con  seguridad.  Su  vicio  dominante  es  el 
juego,  en  el  cual  así  mujeres  como  hombres  aventuran 
muchas  veces  su  fortuna. 

Naturales. —  Con  este  nombre  son  conocidos  en 
las  islas  todos  los  filipinos  cristianos  sujetos  al  Gobier- 
no y  procedentes  de  la  casta  malaya.  Su  carácter  no 
puede  bien  definirse;  en  todo  son  extremados,  y  cuan- 
tos han  querido  describir  sus  cualidades  se  han  queda- 
do cortos.  El  que  más  ha  dicho  en  la  materia  ha  sido 
el  Agustiniano  fray  Gaspar  de  San  Agustín,  á  quien  se 
atribuye  una  larga  carta  que  anda  manuscrita,  conoci- 
da con  el  nombre  de  cuadragmta.  En  ella,  sin  embar- 
go de  asegurar  que  los  habia  tratado  por  espacio  de 
cuarenta  años,  confiesa  ingenuamente  que  todavía  no 
llegó  á  conocerlos,  aunque  no  estamos  conformes  con 
todas  sus  apreciaciones.  Otro  P.  Agustino  ha  impreso, 
no  hace  mucho,  un  folleto  sobre  las  islas  Filipinas,  en 
el  cual,  hablando  de  estos  naturales,  hace  una  ligera 
descripción  de  su  carácter,  que  me  parece  bastante 
exacta,  si  bien  muy  diminuta.  «El  indio  indígena  de 
origen  malayo,  dice,  es  de  color  de  cobre,  bien  for- 
mado, pelo  negro,  largo,  barbilampiño,  indolente,  apa- 
sionadísimo de  la  música  y  del  baile  hasta  el  extremo, 
y  más  apasionado  del  gallo,  su  compañero  inseparable 
y  su  amigo  predilecto  :  viven  mucho,  pues  algunos  lle- 
gan hasta  los  ciento  y  veinte  años,  si  bien  no  son  co- 
munes estos  ejemplos  de  longevidad.  No  se  cuida  del 


-36  - 

porvenir,  ni  se  calienta  la  cabeza  en  pensar  mucho.  A 
cualquier  hora  y  adonde  quiera  duerme  como  si  fuese 
en  blanda  y  mullida  cama.  Si  tiene  un  peso  ó  ciento, 
eso  gasta;  y  sino,  se  conforma,  sin  que  se  le  apriete  el 
corazón.  Pide  cuanto  necesita,  aunque  después  cueste 
trabajo  el  cobrarle;  pero  los  hay  muy  puntuales.  Gusta 
de  lucir,  y  si  tiene  con  qué,  viste  con  lujo.  Su  traje 
ordinario  es  un  calzón  y  una  camisa  con  un  pañuelo 
en  el  cuello  ó  en  la  mano,  y  su  rosario.  Y^o'í,  principales 
usan  ademas  una  chaqueta  :  el  traje  de  fiesta  es  de  la 
misma  forma  que  el  de  trabajo,  pero  de  pina,  de  seda 
y  de  mucho  más  lujo,  con  un  sombrero.  Las  mujeres, 
que  generalmente  tienen  esbeltos  cuerpos,  usan  de  una 
breve  camisa  de  sinamay  ó  pina,  ó  lienzo  blanco  ó  azul, 
con  bordados  ó  sin  ellos,  según  sus  posibles,  enagua 
blanca  de  coco  ó  muselina  interior,  saya  de  algodón  ó 
de  seda  rayada,  chinelas  bordadas  de  oro  y  plata,  ó  li- 
sas, y  pañuelo  al  cuello,  bordado  ó  liso,  llevando  so- 
bre el  traje  principal  ó  enagua,  un  tapis  (especie  de  re- 
fajo) de  algodón  rayado  6  de  seda  que  le  ciñe  el  cuer- 
po. En  V^isayas  y  otros  puntos,  fuera  de  las  provincias 
tagalas,  no  usan  del  tapis,  y  visten  casi  al  estilo  de  Es- 
paña, con  su  mantilla  y  saya  suelta.  En  muchos  pue- 
blos y  en  Manila  las  que  viven  en  beateríos,  para  ir  á 
las  funciones  de  iglesia  usan  de  una  especie  de  manti- 
lla negra  muy  decente;  otras  usan  sólo  un  pañuelo.  Los 
indios  tienen  el  talento  en  el  ojo  ó  en  la  mano;  pues 
son  excelentes  imitadores,  buenos  músicos,  pintores, 
talabarteros,  y  sobre  todo  buenos  marineros,  especial- 
mente en  Visayas.  No  carecen  de  valor,  mucho  más 
cuando  el  español  va  al  frente  y  los  anima.  Estos  son 


—  37  — 
los  caracteres  principales;  pues  para  definir  al  indio  se 
ha  escrito  mucho,  y  mucho  pudiera  yo  decir. »  La  cali- 
dad del  traje  que  se  describe  en  esta  relación,  por  lo  que 
toca  a  las  mujeres,  sólo  puede  convenir  á  las  mestizas 
de  Manila  y  sus  arrabales,  porque  fuera  de  ella,  rara 
es  la  india  que  usa  la  saya,  ó  tapis  de  seda,  ni  camisa 
de  pina,  y  ninguna  el  pañuelo  en  el  cuello  al  estilo  de 
las  europeas,  sino  tirado  en  e]  hombro  ó  en  la  cabeza. 
Pudiera  añadirse  que  muchas  usan,  particularmente  en 
los  dias  festivos,  de  ricos  rosarios  de  coral  y  oro  en  el 
cuello,  aretes  también  de  oro,  y  peinetas  de  carey  guar- 
necidas de  oro,  con  mucho  bordado  en  los  tapis,  ca- 
misas y  pañuelos,  aunque  sean  de  algodón  :  el  tapis  lo 
usan  en  todas  las  provincias  de  Luzon.  Son  las  indias 
fecundísimas,  pues  cuentan  muchas  de  diez  á  doce  hi- 
jos, sin  que  la  muchedumbre  les  apure,  por  pobres  que 
sean.  Los  que  tienen  más  hijas,  más  ricos  se  conside- 
ran, porque  al  casarlas,  en  vez  de  dotarlas,  reciben  la 
dote  que  debe  darles  el  marido,  ó  exigen  de  éste  en 
muchas  partes  servicios  personales  por  mucho  tiempo 
antes  de  entregarle  la  hija  por  esposa.  Al  indio  filipino 
ni  le  sobra  ni  falta,  porque  no  sabe  conservar,  y  se  pro- 
vee fácilmente  en  sus  necesidades;  vive  sin  cuidados  y 
muere  resignado.  Aunque  bastante  perezosos  para  el 
cumplimiento  de  sus  deberes,  inclusos  los  deberes  reli- 
giosos, hay,  con  todo,  algunos,  principalmente  entre 
las  mujeres,  que  son  muy  buenos  cristianos  y  se  entre- 
gan con  fervor  á  los  ejercicios  de  piedad.  La  escasez  de 
ministros  contribuye  mucho  á  que  en  lo  general  no 
sean  tan  exactos  en  el  cumplimiento  de  sus  deberes; 
pues  el  indio  es  dócil,  si  bien  bastante  indolente.  Sus 


-  3^  -- 

pueblos  se  pueden  llamar  agrícolas;  algunos  se  dedican 
á  la  pesca,  á  la  navegación,  al  comercio,  á  las  artes,  á 
la  milicia,  y  pocos  en  proporción  á  las  letras. 

Infieles  de  la  casta  malaya. —  Son  todavía 
numerosas  las  tribus  de  salvajes  que  pueblan  las  partes 
montuosas  de  las  islas  Filipinas,  y  viven  en  la  infideli- 
dad:  todas  las  cordilleras  desde  San  Fabián,  sito  al  E. 
del  golfo  de  Lingayen,  hasta  la  contra-costa  de  Valer, 
y  los  montes  que  median  entre  Cagayan,  Nueva  Viz- 
caya, Union,  ó  llocos  Sur  y  Norte  hasta  lámar,  están 
habitadas  de  naciones  bárbaras,  las  más  independientes, 
que  no  conocen  más  gobierno  que  el  de  sus  valientes 
ó  ancianos.  Los  más  conocidos  son  los  igorrotes,  tin- 
guianes,  apayaos,  mayoyaos  é  ilongotes.  En  Cagayan 
dan  á  todos  los  infieles  de  los  montes  que  tienen  á  la 
vista  el  nombre  de  calinga,  que  significa  enemigo. 
Muchos  pueblos  que  ahora  en  nada  se  distinguen  de 
los  que  fueron  reducidos  en  los  tiempos  de  Legaspi,  y 
están  sujetos  al  Gobierno,  se  han  formado  de  aquellas 
naciones,  que  en  el  dia  son  aun  feroces  y  crueles.  To- 
das ellas  tienen  sus  peculiares  caracteres,  si  bien  poco 
conocidos  todavía,  por  el  poco  roce  que  tienen  con  los 
pueblos  cristianos.  Haré  una  breve  reseña  de  los  más 
principales,  á  saber:  de  los  tinguianes,  igorrotes  é  ilon- 
gotes. 

Tinguianes. —  Los  infieles  y  cristianos  reducidos 
de  esta  nación  ocupan  los  montes  y  llanuras  del  Abra, 
hasta  el  pueblo  de  Candong,  en  llocos  Sur.  Antigua- 
mente eran  muy  temibles,  porque  acosaban  á  los  pue- 
blos cristianos  y  asaltaban  á  los  pasajeros;  mas  en  el  dia 
son  pacíficos,  reconocen  al  Gobierno,  á  quien  pagan 


—  39  — 
tributo,  y  se  nota  muy  poca  diferencia  entre  ellos  y  los 
cristianos  de  los  pueblos  de  la  costa.  En  las  plazas  de 
Narvacan  y  Vigan  los  hay  que  trafican  con  frecuencia 
con  los  cristianos,  sin  que  les  interese  mucho  la  reli- 
gión. A  primera  vista  parecen  descendientes  de  chinos  : 
son  bien  formados,  más  blancos  que  los  demás  indios, 
dotados  de  mucha  viveza  y  suspicacia,  pero  ni  tienen 
el  ojo  rasgado  como  aquellos,  ni  se  les  parecen  en  sus 
usos  y  costumbres.  El  traje  de  los  varones  es  un  pan- 
talón blanco,  bastante  apretado,  que  les  llega  hasta 
media  pierna  solamente,  una  chaqueta  del  mismo  co- 
lor, pero  sin  cuello,  y  una  especie  de  turbante  de  cor- 
teza de  válete  suavizada,  ó  un  salacot  como  los  de  los 
indios.  Las  mujeres,  ademas  de  la  camisa  corta  como 
la  de  las  indias,  pero  rayada  por  lo  regular,  llevan  una 
especie  de  manta  blanca,  que  les  llega  desde  la  cintura 
hasta  las  rodillas,  que  les  sirve  de  saya  y  tapis  á  la 
vez :  en  los  brazos  llevan  enroscados  muchos  avalorios, 
y  en  la  cabeza  un  sarto  de  los  mismos,  que  pasándoles 
por  encima  del  cabello  por  la  frente,  les  sujeta  el  mo- 
ño por  detras  con  alguna  gracia.  No  dan  culto  á  divi- 
nidad alguna  conocida,  ni  tienen  templos,  ni  efigies: 
toda  su  religión  consiste  en  practicar  algunas  supersti- 
ciones, que  suelen  ir  acompañadas  de  la  embriaguez, 
como  todas  sus  fiestas.  Sus  matrimonios  no  son  indiso- 
lubles entre  ellos,  pues  se  descasan  y  vuelven  á  casarse 
con  la  misma  facilidad  que  los  igorrotes,  sus  vecinos. 
Tienen  sementeras  de  arroz  y  de  maíz,  y  los  hay  bas- 
tante acaudalados,  porque  suelen  ejercer  el  contraban- 
do del  tabaco,  que  compran  á  los  igorrotes  y  lo  ven- 
den á  los  cristianos,  sus  vecinos.  El  lujo  de  los  ricos 


—  4'^  — 
consiste  en  presentar  muchas  tinajuelas  embarnizadas 
llenas  de  basi^  especie  de  vino  que  sacan  de  la  caña 
dulce,  con  el  cual  se  embriagan  fácilmente.  Bailan  al 
compás  de  una  especie  de  sonaja  de  latón  ó  cobre,  que 
tocan  con  la  palma  de  la  mano,  puesta  en  el  cuello,  y 
su  movimiento  es  solo  con  las  puntas  de  los  pies,  los 
que  mueven  con  gran  velocidad  y  suavidad  al  mismo 
tiempo.  El  hombre  muestra  con  las  manos  á  la  mujer 
un  tapis  extendido,  y  ésta  un  pañuelo  de  la  misma 
forma  al  primero.  Nada  tiene  de  agradable  este  baile, 
y  sin  embargo,  se  fatigan  mucho  los  danzantes. 

Las  rancherías  de  los  tinguianes,  más  inmediatas  á 
las  de  los  bárbaros  guinaanes,  cuya  nación  habita  en 
los  montes  situados  al  E.  del  Abra,  suelen  estar  en  con- 
tinua guerra  con  ellos,  y  son  una  barrera,  como  los 
gaddanes  de  Nueva  Vizcaya  respecto  de  los  mayoyaos, 
para  que  no  bajen  impunemente  á  molestar  á  los  cris- 
tianos. Algunos  están  confederados  con  ellos  y  les  pa- 
gan su  tributo,  sin  embargo  que  también  lo  pagan  al 
Gobierno,  porque  prefieren  tolerar  esta  doble  carga 
que  abandonar  sus  posesiones.  Hace  ya  más  de  dos  si- 
glos que  se  convirtieron  muchos  individuos  de  esta  na- 
ción ,  de  los  cuales  se  formaron  los  pueblos  de  Banguet 
y  Tayom,  con  el  celo  de  los  PP.  Agustinos  y  de  un 
venerable  misionero  de  la  orden,  compañero  del  obis- 
po, llamado  P.  Fr.  José  Polanco,  que  murió  con  opi- 
nión de  santidad  en  la  misión,  el  año  de  1679;  pero 
desde  entonces  quedó  paralizada  la  conversión  de  los 
tinguianes  hasta  el  año  de  1822,  en  que  la  emprendió 
de  nuevo  el  célebre  Agustiniano  P.  Fr.  Bernardo  La- 
gos, quien  redujo  á  la  fe  á  un  gran  número  de  ellos,  y 


—  41  — 
formó  los  pueblos  de  la  Paz  y  Pidigan  en  el  x\bra,  el 
de  la  Nueva  Cobeta  cerca  de  Santa  María,  con  el  de 
Santo  Tomas  y  otro  barrio  en  la  jurisdicción  del  pue- 
blo de  Candong.  Últimamente  se  ha  erigido  el  Abra  en 
Alcaldía,  cuya  cabecera  se  ha  colocado  en  Bucay,  y  con 
las  diligencias  y  celo  de  los  PP.  misioneros  x^gustinos 
se  hacen  algunas  conversiones,  habiéndose  formado 
otro  pueblo,  llamado  San  J'osé.  En  las  elecciones  de 
ministros  de  justicia  que  hizo  el  Alcalde  de  llocos  Sur 
en  1844  tuve  la  satisfacción  de  asistir  á  algunas  de 
ellas,  y  observé  que  los  gobernadorcillos  de  estos  infie- 
les, al  recibir  la  vara  de  manos  de  aquel  jefe,  en  vez 
del  juramento  que  hacen  los  cristianos,  de  administrar 
justicia,  proferían  la  siguiente  imprecación  :  Un  mal 
aire  me  toque,  el  rayo  me  mate  y  el  caimán  me  coja  dor- 
mido, si  no  cumpliere  con  mi  deber.  Todos  sus  juramen- 
tos son  imprecativos  y  suelen  cumplirlos  fielmente. 

Igorrotes. —  El  país  de  estos  bárbaros  propiamente 
dicho  tiene  su  principio  en  los  montes  situados  al  N. 
de  Pangasinan,  sigue  por  el  E.  hasta  los  últimos  pue- 
blos de  la  Nueva  Vizcaya,  y  por  el  N.  hasta  en  frente 
de  Candong.  En  seguida  se  hallan  otras  naciones  bár- 
baras, que  pueden  considerarse  como  fracciones  de 
aquélla,  entre  Cagayan,  Abra  é  llocos  Sur  y  Norte, 
hasta  el  fin  de  las  cordilleras  que  terminan  en  el  mar, 
entre  Bangui  y  Cabicungan.  Las  más  nombradas  son 
la  de  los  guinaanes,  que  habitan  en  frente  de  los  tin- 
guianes,  y  la  de  los  apayaos,  que  ocupan  los  montes 
de  Santa  Rita  hasta  Cagayan.  Los  gaddanes  también 
deben  mirarse  como  nación  distinta  de  los  mayoyaos, 
sus  enemigos  implacables,  que  ocupan  las  llanuras  y 


—  42  — 
faldas  de  los  montes  al  O.  de  la  Nueva  Vizcaya.  Los 
igorrotes  propiamente  dichos  tienen  sus  principales 
rancherías  en  las  sierras  más  altas,  detras  de  la  primera 
cordillera  que  se  halla  al  E.  de  la  Union  y  primeros 
pueblos  de  llocos  Sur,  cerca  de  las  minas  de  oro  de 
Pancutcutan,  á  las  faldas  del  monte  Polac,  el  más  ele- 
vado del  N.  de  Luzon.  De  allí,  como  centro  de  su 
país,  bajan  á  Nueva  Vizcaya,  Pangasinan,  Union  é 
llocos  Sur,  y  se  comunican  con  los  de  otras  rancherías 
más  distantes.  Son  por  lo  común  los  igorrotes  bien 
formados,  algo  más  blancos  que  los  naturales  civiliza- 
dos de  las  costas,  de  cara  redonda  y  juanetes  abultados, 
particularmente  los  burios,  con  la  circunstancia  de  te- 
ner el  ojo  algo  rasgado  como  los  chinos.  Tienen  un 
idioma  diferente  del  que  hablan  los  cristianos  de  las 
llanuras,  aunque  la  matriz  del  que  hablan  todos  ellos 
es  la  misma;  lo  que  prueba  que  los  igorrotes  y  los  na- 
turales civilizados  son  de  una  misma  casta.  Su  religión 
consiste  en  practicar  algunas  ceremonias  supersticiosas, 
para  tener  buenas  cosechas,  fortuna  en  sus  viajes,  di- 
cha en  los  casamientos,  y  lograr  la  salud  de  los  enfer- 
mos y  felicidad  de  los  difuntos.  En  algunas  rancherías 
creen  en  la  trasmigración  de  las  almas,  y  tienen  vanas 
observancias  en  el  canto  de  los  pájaros;  pero  general- 
mente su  primer  cuidado  lo  ponen  en  venerar  á  los  di- 
funtos, en  lo  cual  se  asemejan  á  los  chinos,  atribuyén- 
doles el  bien  y  el  mal  que  acontece,  por  cuyo  motivo 
les  hacen  sacrificios  por  medio  de  algunos  viejos  y  vie- 
jas, que  fingen  estar  los  difuntos  en  sus  cuerpos.  No 
tienen  templos,  ni  altares,  ni  ídolos,  ni  sacerdotes,  y 
se  puede  asegurar  como  cosa  cierta  que  toda  su  religión 


—  43  — 
se  reduce  á  ciertas  niñerías  y  grandes  comilonas.  Dice 
el  P.  Fr.  Francisco  Antolin,  misionero  de  la  Orden, 
que  trabajó  muchos  años  en  Ituy,  en  un  copioso  ma- 
nuscrito que  dejó  sobre  estos  infieles,  que  en  cierta 
ocasión  dijeron  los  igorrotes  á  los  cristianos  lo  siguien- 
te :  « Las  fiestas  de  los  cristianos  nada  valen ,  porque 
todo  cuanto  hacen  se  reduce  á  hacer  mucho  ruido  con 
campanas,  tambores  y  escopetas,  yendo  cada  uno  en 
seguida  á  comer  lo  que  tiene  en  su  casa.  Pero  no  su- 
cede así  en  las  fiestas  de  nuestros  principales,  pues  sin 
hacer  tanto  ruido,  son  de  más  gusto  y  provecho  :  ma- 
tan los  animales  de  diez  en  diez  para  comerlos,  y  todos 
beben  hasta  quedar  embriagados,  y  esto  suele  durar  á 
veces  muchos  dias. »  Hé  aquí  los  actos  principales  de  la 
religión  de  estos  bárbaros,  que  puede  convenirles  en 
propiedad  el  nombre  de  ateos  prácticos,  cuyo  fin  es  su 
vientre,  sin  cuidarse  de  lo  que  les  ha  de  suceder  des- 
pués de  esta  vida. 

Carecen-  absolutamente  de  letras  y  escrituras.  Sus 
cómputos  los  hacen  con  las  lunas  y  soles,  valiéndose 
de  nudos  hechos  en  unos  cordelitos,  como  lo  hacian 
los  americanos.  Su  gobierno  es  por  lo  común  patriar- 
cal. Cada  parentela  suele  componer  una  ranchería,  re- 
gida por  los  ancianos  ó  por  los  más  valientes  de  la  na- 
ción, que  hacen  el  oficio  de  jueces,  cuyas  sentencias  se 
reducen  á  comer  y  beber  á  costa  del  culpado.  El  adul- 
terio de  la  mujer  y  el  estupro  se  castiga  en  muchas 
rancherías  con  la  pena  capital :  más  de  una  vez  se  ha 
verificado  enterrar  viva  á  la  mujer  embarazada  que  ha 
tenido  una  fi-agilidad  siendo  soltera.  La  poligamia  no 
está  en  uso  entre  ellos,  pero  no  tienen  por  indisoluble 


—  44  — 
el  matrimonio.  Si  la  mujer  es  estéril,  enferma,  pere- 
zosa 6  de  mal  genio,  la  abandonan  fácilmente  y  toman 
otra;  pero  el  que  la  desecha  tiene  que  pagar  una  multa 
á  sus  parientes,  que  rara  vez  baja  de  dos  carabaos.  El 
adulterio  también  es  causa  de  repudio,  y  la  parte  cul- 
pada tiene  que  pagar  la  multa.  Sus  casas  son  bajas  y 
asquerosas:  los  principales,  sin  embargo,  suelen  tener- 
las algo  espaciosas,  fabricadas  de  tablas  de  pino,  cuya 
madera  es  muy  abundante  en  su  país.  Su  traje  se  com- 
pone de  una  mala  faja  para  cubrirse  las  partes  natura- 
les, con  una  manta  de  algodón,  que  rara  vez  se  lava. 
El  cabello  se  lo  cortan  á  manera  de  cerquillo  encima 
de  las  orejas,  y  llevan  casi  siempre  descubierta  la  ca- 
beza. No  conocen  la  cortesía;  son  en  todo  muy  gro- 
seros y  pedigüeíios  sempiternos.  Duermen  encima  de 
una  piel,  andan  siempre  descalzos,  y  rara  vez  se  ba- 
ñan. Los  que  bajan  á  los  pueblos  de  la  Union  y  Pan- 
gasinan  están  llenos  de  suciedad,  siendo  hasta  asquero- 
sos, y  parece  que  acaban  de  salir  de  un  hospital.  Tie- 
nen sin  enterrar  mucho  tiempo  á  sus  difuntos,  y  para 
que  la  corrupción  no  les  moleste,  les  sacan  los  intesti- 
nos por  el  orificio,  ó  los  abren  y  después  los  salan  y  los 
exponen  á  los  ardores  del  sol  para  disecarlos.  Los  tie- 
nen sentados  durante  el  tiempo  de  sus  honras,  que 
consisten  en  comerse  toda  la  hacienda  del  difunto  en 
su  presencia.  Las  armas  predilectas  de  los  igorrotes  son 
la  lanza  y  el  campilan,  que  es  una  especie  de  cuchilla 
á  manera  de  sable,  corto  y  ancho  por  la  punta.  Los 
mayoyaos  hacen  lanzas  arrojadizas  de  palos  y  cañas  tos- 
tadas en  sus  puntas,  y  generalmente  todos  los  igorro- 
tes, para  defenderse  de  sus  enemigos,  é  impedir  .que 


^  45  — 
penetren  en  sus  Tancherías  libremente,  clavan  en  el 
suelo  puntas  de  cañas  tostadas,  abren  pozos  que  cubren 
con  malezas,  y  arman  unas  trampas  que  al  pisar  un 
cordelito  escondido  en  el  suelo,  disparan  dos  dardos 
que  atraviesan  al  que  tocan.  Los  infieles  fronterizos 
suelen  ser  los  que  se  comunican  con  los  pueblos  cris- 
tianos, y  no  permiten  que  los  del  interior  pasen  libre- 
mente por  sus  tierras.  El  oro  que  éstos  sacan  de  sus 
minas  pasa  regularmente  por  dos  ó  tres  manos,  y  lo 
mismo  sucede  con  los  animales  y  ropas,  con  que  lo 
cambian  los  primeros.  Los  que  bajan  á  Nueva  Vizcaya 
se  incomodan  si  se  les  habla  de  religión  :  á  las  instan- 
cias de  los  PP.  misioneros  contestan  francamente  que 
ellos  también  tienen  su  dios  y  almas  de  los  difuntos  que 
les  guardan,  y  que  su  religión  consiste  en  buscar  oro, 
viajar  y  comerciar  para  comer  y  saciarse.  Algunos  han 
opinado  que  descienden  de  los  chinos;  pero  tan  lejos 
están  ellos  de  pensarlo,  que  conservan  entre  sus  fábu- 
las la  tradición  de  haberse  ahogado  todos  los  hombres 
en  una  grande  inundación,  y  que  sólo  se  salvaron  un 
hombre  y  una  mujer  en  el  encumbrado  monte  Polac, 
de  quienes  dicen  que  descienden  todos  los  que  compo- 
nen su  nación. 

Los  que  habitan  en  las  sierras  fronterizas  á  los  pue- 
blos cristianos  de  Nueva  Vizcaya  son  conocidos  con 
los  nombres  de  yauas,  yumanguies,  panipuyes,  iliabt- 
nes,  itinos,  altabanes,  quianganes,  bugueyes,  mayo- 
yaos  y  gaddanes.  Los  iliabenes  poseen  entre  todos  la 
singular  habilidad  de  fabricar  excelentes  cuchillos,  lan- 
zas y  campilanes  de  pedazos  de  sartén,  ó  cauas  y  rejas 
de  hierro  colado,  sin  más  instrumentos  que  dos  piedras, 


-4é- 

que  la  una  les  sirve  de  martillo  y  la  otra  de  yunque. 
Los  itinos  hacen  también  buenos  calderillos  de  cobre 
colorado  que  sacan  de  sus  minas.  Los  mayoyaos,  que 
habitan  al  N.  de  Nueva  Vizcaya,  á  la  otra  banda  del 
Magat ,  son  feroces  y  crueles  :  han  estado  casi  siempre 
en  guerra  con  los  cristianos  é  infieles  que  no  son  de  su 
nación,  particularmente  con  los  gaddanes,  sus  vecinos. 
Tienen  el  bárbaro  placer  de  cortar  las  cabezas  de  los 
vencidos  é  incautos  que  sorprenden,  en  torno  de  las 
cuales  bailan  con  grande  algazara  en  sus  pueblos,  y 
colocan  como  trofeos  en  sus  casas.  Sus  casamientos, 
siembras  y.  siegas  se  celebran  regularmente  con  cabe- 
zas. Sus  rancherías,  situadas  en  las  faldas  de  montes 
escarpados,  contienen  muchos  habitantes  y  tienen  bue- 
nas sementeras  de  arroz  y  de  camote,  que  riegan  con 
ímprobo  trabajo.  En  1 847  se  les  obligó  á  reconocer  al 
Gobierno  y  desistir  de  sus  hostilidades.  El  año  siguien- 
te bajaron  sus  principales  á  Manila  con  el  Gobernador 
de  la  provincia  y  uno  de  nuestros  misioneros  para  pres- 
tar obediencia  al  Gobierno.  En  1849  recibieron  dos 
padres  misioneros  en  sus  pueblos,  para  quienes  fabri- 
caron casas  para  principiar  su  conversión;  pero  nada  se 
ha  podido  adelantar  en  tres  años,  á  pesar  de  que  no 
tratan  mal  á  dichos  misioneros.  Lo  mismo  sucede,  á 
corta  diferencia,  con  los  quianganes,  que  habitan  al 
O.  de  aquéllos,  entre  los  cuales  hay  otros  dos  misio- 
neros, porque,  como  gente  bárbara,  deben  ante  todas 
cosas  aprender  á  obrar  como  racionales  (i). 


(i)  Del  estado  actual  de  nuestras  misiones  entre  esos  infieles  se  dará  cuenta 
en  su  lugar  respectivo  de  esta  Historia  de  nuestra  provincia. 


—  47  — 

Por  la  parte  de  llocos  y  al  N.  de  los  igorrotes  se  si- 
guen los  burles,  busaos,  guinaanes,  iletapanes,  calaoas 
y  apayaos,  entre  los  cuales  deben  contarse  los  manda- 
yas.  Todas  estas  naciones  tienen  sus  usos  y  costumbres 
diferentes,  y  sólo  convienen  en  pintarse  el  cuerpo  de 
muchas  y  varias  maneras,  según  el  capricho  de  cada 
uno  de  sus  pueblos. 

Ilongotes. — Estos  bárbaros,  con  sus  vecinos,  los 
italones  por  una  parte,  y  los  ibilaos  por  la  otra,  ocupan 
los  montes  situados  al  E.  de  Nueva  Vizcaya  entre  Bam- 
bang  y  Bayombong.  Los  padres  Franciscanos  se  dedi- 
caron á  su  conversión;  pero  el  fruto  no  correspondió  á 
sus  fatigas.  Son  muy  reducidas  ya  estas  naciones,  y  de 
ellos  se  han  convertido  muchos,  especialmente  de  los 
ilongotes  é  italones.  Los  ibilaos  son  más  inconstantes, 
y  nunca  se  presentan  con  la  cara  descubierta:  de  todo 
el  mundo  se  recelan,  y  son  cobardes  y  traidores.  Tiran 
la  flecha  con  destreza,  suelen  incomodar  á  los  pasaje- 
ros del  monte  Caraballo,  están  en  guerra  casi  siempre 
con  los  negritos,  y  mutuamente  se  van   aniquilando. 
Los  montes  en  donde  habitan  son  ásperos  y  muy  po- 
blados de  arboleda.  Se  produce  en  ellos  muy  bien  la 
caña  dulce  y  otros  vegetales,  como  en  las  llanuras.  Re- 
cogen mucha  cera,  que  dan  las  abejas  en  los  troncos 
de  los  árboles,  y  tiñen  de  encarnado  el  bejuco,  cuya 
habilidad  ha  sido  hasta  ahora  para  ellos  un  secreto,  que 
á  nadie  han  querido  revelar. 

Desde  la  llegada  de  los  españoles  á  Filipinas  se  han 
hecho  muchas  tentativas  para  reducir  el  igorrotismo  á 
la  obediencia  del  Gobierno;  pero  todas  han  tenido  fu- 
nestos resultados.  El  oro  de  sus  minas  ha  sido  un  ali- 


^  48  - 

cíente  poderoso  para  internarse  en  sus  pueblos,  y  los 
agravios  que  han  hecho  en  todo  tiempo  á  los  fieles  sub- 
ditos de  la  Majestad  católica  han  sido  causas  muy  sufi- 
cientes para  sujetarlos  con  las  armas;  mas  la  fi'agosidad 
del  terreno  que  habitan,  la  falta  de  salud  que  allí  ex- 
perimentan los  de  las  llanuras,  y  la  escasez  de  habitan- 
tes que  lo  ocupan ,  los  ha  hecho  inconquistables  hasta 
hoy.  ¿Qué  interés  pueden  ofi^ecer  al  conquistador  unos 
hombres  que,  al  verlo  cerca  de  sus  pueblos,  lo  aban- 
donan todo,  y  se  remontan  á  las  eminencias  sólo  á  ellos 
accesibles?  ¿Qué  utilidad  puede  esperarse  de  un  país 
que  apenas  ofrece  la  población  de  cien  vecinos  en  mu- 
chas leguas  de  viaje,  por  cerros,  valles  y  rios  la  mayor 
parte  del  año  intransitables?  Hé  aquí  la  mayor  seguri- 
dad de  estas  tribus,  que  en  el  dia  son  tan  bárbaras  co- 
mo la  primera  vez  que  las  visitaron  los  españoles,  hace 
ya  cerca  de  tres  siglos.  Benguet,  sitio  muy  ameno,  era 
uno  de  los  más  poblados  del  país  de  estos  bárbaros, 
cuando  Galbey  lo  visitó  en  1829,  y  sin  embargo,  ape- 
nas llegaban  á  quinientos  sus  vecinos.  Se  estableció  des- 
pués allí  un  fuerte  con  una  respetable  guarnición  que 
sirviese  de  barrera  para  los  pueblos  cristianos,  de  freno 
para  toda  su  nación,  y  principio  de  sujeción;  pero  esta 
medida  sin  misioneros  que  pudiesen  contener  las  de- 
masías de  la  tropa  y  suavizar  las  costumbres  de  los  bár- 
baros, sólo  ha  podido  conseguir  el  primer  fin.  El  re- 
sultado ha  sido  que  aquella  población ,  que  por  ser  de 
igorrotes  podia  llamarse  numerosa,  ha  quedado  redu- 
cida á  muy  pocas  chozas  miserables.  Otra  prueba  de  la 
inutilidad  de  las  expediciones  militares  sin  PP.  misio- 
neros, nos  ofrece  el  mismo  Galbey  en    1837,  siendo 


—  49  — 
gobernador  interino  de  las  islas  D.  Pedro  Antonio  Sala- 
zar.  Entró  en  diferentes  puntos  del  igorrotismo  en  llo- 
cos, Pangasinan  y  en  lo  que  ahora  es  Nueva  Vizcaya: 
celebró  tratados  de  paz  con  los  principales  de  sus  pue- 
blos, particularmente  con  los  mayoyaos  y  quianganes 
de  los  montes  vecinos  á  la  última  provincia;  fundó  pre- 
sidios en  sus  mismas  rancherías,  y  el  resultado  fué  nin- 
guno. Gastó  el  erario  mucho,  los  indios  cristianos  pa- 
decieron mucho  también,  murió  mucha  tropa  por  las 
enfermedades,  tanto  de  la  clase  de  soldados  como  de 
sargentos  y  oficiales,  y  al  fin  los  presidios  se  tuvieron 
que  abandonar,  y  los  bárbaros  han  hecho  después  más 
asesinatos  que  antes. 

Ninguna  época  se  ha  presentado  más  halagüeña  para 
la  reducción  de  los  infieles  igorrotes  que  la  del  gobierno 
de  D.  Manuel  Arandia,  en  1755.  El  alcalde  mayor  de 
Pangasinan,  D.  Manuel  Arza,  con  motivo  de  las  mu- 
chas tropelías  que  aquellos  bárbaros  estaban  cometien- 
do impunemente  en  su  provincia,  particularmente  en 
los  del  partido  llamado  de  llocos,  que  ahora  pertenece 
á  la  provincia  de  la  Union,  prohibió  estrechamente  su 
comunicación  con  los  cristianos  de  los  pueblos  de  su 
jurisdicción,  y  se  dispuso  á  entrar  en  su  país  con  una 
división  de  dos  mil  hombres,  con  el  fin  de  sujetarlo. 
Habiendo  algunos  igorrotes  infringido  el  bando  del  Al- 
calde, fueron  presos  y  se  les  confiscó  el  oro  que  traian 
á  vender.  El  provincial  de  Agustinos,  Fr.  Manuel  Car- 
rillo, estaba  á  la  sazón  visitando  á  los  religiosos  de  su 
Orden  en  aquel  partido,  y  tenía  deseos  de  reducir  á  la 
nación  igorrota  por  medio  de  sus  misioneros  á  la  fe,  y 
mientras  se  ocupaba  de  este  negocio  interesante,  se  le 


—  50  — 

presentaron  por  escrito  algunos  principales  de  sus  pue- 
blos, pidiéndole  misioneros  para  instruir  á  los  suyos  en 
el  catecismo;  que  fuesen  puestos  en  libertad  los  presos 
y  se  les  devolviese  el  oro  confiscado.  La  primera  peti- 
ción no  parecia  muy  sincera,  en  atención  á  las  dos  úl- 
timas; sin  embargo,  aquel  superior,  después  de  haber 
obtenido  de  los  suplicantes  algunas  protestas  favorables 
á  su  fin,  les  ofreció  enviarles  misioneros,  y  escribir  al 
Superior  Gobierno  de  las  islas  para  lograr  las  gracias 
que  pedian.  Algunos  de  los  mismos  igorrotes,  ya  ins- 
truidos en  las  verdades  de  nuestra  santa  fe,  fueron  en- 
viados á  Manila  con  los  despachos  del  dicho  P.  Pro- 
vincial Carrillo,  que  fueron  honrosamente  recibidos. 
Arandia  les  ofreció  cuanto  pedian,  y  después  de  haber 
accedido  á  que  se  bautizasen  en  Tondo  algunos  de  ellos, 
de  los  cuales  fueron  padrinos  las  primeras  notabilidades 
de  la  capital,  fueron  despachados  con  muchas  gracias 
y  regalos.  Su  vuelta  al  pueblo  de  Agoo  aconteció  á  la 
sazón  en  que  otros  principales  de  su  nación  estaban  asi- 
mismo recibiendo  el  bautismo,  mientras  otros  muchos, 
que  pasaban  de  ciento,  estaban  aprendiendo  el  catecis- 
mo. Estos  sucesos  debian  de  llenar  á  todo  el  igorro- 
tismo  de  un  extraordinario  entusiasmo  religioso,  y  el 
P.  Carrillo  llegó  á  persuadirse  que  era  llegada  ya  la 
hora  de  su  salud.  Sin  pérdida  de  tiempo  designó  á  dos 
celosos  misioneros  de  su  Orden  para  dar  principio  á  lá 
deseada  conversión  en  los  mismos  pueblos  de  los  bár- 
baros, que  sin  dificultad  los  recibieron,  y  en  breve  se 
ofrecieron  á  recibir  el  Santo  Sacramento  del  Bautismo 
mil  setecientos  sesenta  y  siete,  de  veinte  y  siete  ran- 
cherías que  nombra  el  mismo  Provincial  en  una  reía- 


—  51  — 
cion  que  dio  á  luz  y  se  imprimió  en  Madrid  el  año 
de  1756,  en  la  cual  aseguraba  que  en  otras  muchas 
rancherías  se  manifestaban  las  mismas  disposiciones. 
Pero  desgraciadamente  todo  aquel  entusiasmo  se  des- 
vaneció como  el  humo,  porque,  ora  por  falta  de  cons- 
tancia, ora  por  la  emulación  de  otras  naciones,  ora,  en 
fin,  por  la  escasez  de  misioneros,  aquella  misión  que 
tanto  prometía,  quedó  reducida  á  la  nada,  sin  que  se 
hubiese  podido  conseguir  establecer  un  solo  pueblo 
cristiano  en  aquel  país  ingrato. 

No  es  posible  reducir  á  los  salvajes  á  vida  cristiana 
antes  de  reducirlos  á  vida  social.  Lo  segundo  es  abso- 
lutamente imposible  mientras  no  se  les  obligue  á  vivir 
en  las  llanuras  ó  en  pueblos  formados,  en  donde  se  les 
pueda  adoctrinar  y  amansar.  Para  ambas  cosas  se  han 
tocado  siempre  dificultades  insuperables,  porque  no  es 
fácil  arrancarlos  de  las  rancherías  en  donde  han  nacido 
ó  han  sido  enterrados  sus  mayores.  No  han  sido,  sin 
embargo,  enteramente  infructuosas  las  diligencias  que 
han  practicado  los  PP.  misioneros  de  los  pueblos  in- 
mediatos á  sus  montes  :  en  el  dia  el  país  de  los  infieles 
está  más  reducido.  A  mediados  del  siglo  pasado  nues- 
tros religiosos  redujeron  á  la  fe  y  á  la  obediencia  del 
Gobierno  todas  las  llanuras  del  Difun  de  la  Nueva 
Vizcaya,  cuyo  país,  ocupado  por  las  naciones  Yogat  y 
Gaddan,  habían  sido  intransitables  hasta  entonces.  Las 
inmediaciones  de  Ituy  y  Paniqui,  en  la  misma  provin- 
cia, estaban  pobladas  de  igorrotes,  que  en  el  dia  son 
todos  cristianos,  y  muchos  pueblos  de  llocos  Norte  y 
Sur,  Abra,  Union,  Pangasinan,  Nueva  Ecija,  Nueva 
Vizcaya  y  Cagayan,  se  han   formado,  ó  enriquecido 


—  5^  — 
considerablemente,  con  los  individuos  de  varias  nacio- 
nes de  infieles  convertidos  á  la  fe.  En  la  actualidad 
cuasi  todos  los  infieles  de  la  casta  malaya  están  á  gran 
distancia  de  los  pueblos  sujetos  al  Gobierno. 

Negros. —  No  sólo  en  Luzon,  sino  también  en  las 
Visayas  se  hallan  los  verdaderos  negros  occeánicos  que 
forman  una  casta  diversa  enteramente  de  las  demás  que 
se  conocen  en  el  mundo  descubierto.  En  Filipinas  son 
conocidos  por  los  españoles  con  el  nombre  de  negri- 
tos, y  por  los  naturales  con  los  de  aetas,  itas,  etas,  ba- 
higas,  etc.,  según  las  provincias  en  cuyas  cercanías  ha- 
bitan. Verosímilmente  son  los  primitivos  habitantes  del 
país.  En  nada  se  parecen  á  los  de  la  casta  malaya  en 
sus  facciones,  color,  cabello,  costumbres  y  modo  de  vi- 
vir. Hasta  su  dialecto  es  distinto  del  que  hablan  las  na- 
ciones procedentes  de  aquella  casta;  mas  como  los  que 
bajan  á  los  pueblos  hablan  el  idioma  de  los  indios,  no 
falta  quien  duda  si  tienen  idioma  propio,  aunque  en 
sus  danzas  cantan  de  un  modo  ininteligible:  mas  pa- 
rece que  aullan  que  no  que  cantan.  En  el  pelo  no  to- 
dos son  iguales  :  algunas  tribus  lo  tienen  algo  lacio, 
pero  el  de  la  generalidad  es  crespo,  como  el  de  los  de 
África,  aunque  no  tan  negro.  Tampoco  el  color  del 
cuerpo  es  tan  atezado,  pero  mucho  más  que  el  de  los 
naturales  de  la  casta  malaya.  Tienen  la  boca  más  an- 
cha que  lo  regular,  y  más  distante  de  la  nariz,  que  es 
pequeña,  y  en  algunos  afilada.  Cuasi  todos  tienen  pa- 
tillas, y  algunos  no  carecen  de  barba.  Su  traje  es  una 
miserable  faja  que  les  cubre  sus  vergüenzas,  y  las  mu- 
jeres cuando  bajan  á  los  pueblos  cristianos  suelen  cu- 
brirse los  pechos  con  otra  hecha  de  algodón  ó  corteza 


—  S2  — 
de  válete.  Son  de  muy  limitada  inteligencia,  aunque 
en  algunos  se  descubren  señales  que  indican  más  que 
regular  talento,  si  lo  cultivaran.  Su  casta  puede  repu- 
tarse por  la  última  de  la  especie  humana;  su  mismo 
físico  tiene  todos  los  caracteres  de  una  raza  salvaje  y 
degradada:  ellos  mismos  tienen  una  idea  tan  baja  de 
sí,  que  dicen  que  no  son  hombres  ni  gente,  sino  aetas. 
Habitan  entre  bosques  en  la  cordillera  del  O.  de  la  ba- 
hía de  Manila,  desde  Mariveles  hasta  Pangasinan;  en 
lae  faldas  de  una  y  otra  banda,  de  la  que  atraviesa  la 
isla  de  E.  á  O.  desde  San  Fabián  hasta  Valer;  al  O.  de 
algunos  pueblos  de  Cagayan,  y  en  la  otra  cordillera 
desde  el  Cabo  de  Engaño  hasta  Tayabas;  en  los  mon- 
tes de  San  Mateo  y  Camachin;  en  algunas  partes  de 
las  provincias  del  Sur;  en  una  palabra,  los  hay  en  casi 
todos  los  montes  de  Luzon,  reunidos  en  pequeñas  tri- 
bus con  relaciones  entre  sí,  particularmente  los  cerca- 
nos de  una  misma  cordillera.  No  tienen  más  vivienda 
que  unas  malas  chozas  debajo  de  los  árboles,  y  á  veces 
algunas  ramas  enredadas  para  evitar  de  algún  modo  los 
efectos  de  la  intemperie.  Los  más  duermen  donde  les 
coge  la  noche,  y  cuando  tienen  frió,  ó  la  humedad  es 
muy  grande,  encienden  hogueras  y  se  revuelcan  en  la 
ceniza  caliente.  No  se  dedican  á  la  agricultura  y  se 
mantienen  de  raíces  silvestres,  hojas  de  árboles  y  reses 
que  la  casualidad  les  presenta  á  tiro  de  flecha;  en  tiem- 
po de  lluvias  padecen  mucho,  y  se  pasan  dias  enteros 
sin  probar  otra  cosa  que  hierbas.  Para  la  caza  de  los 
jabalíes,  o  cerdos  montaraces,  tienen  unas  flechas,  cu- 
yas puntas  de  hierro  sólo  se  sujetan  con  la  caña  por 
medio  de  unos  fuertes  cordelitos,  de  los  cuales  se  des- 


—  54  — 
prenden  al  entrar  en  el  cuerpo  de  la  fiera,  la  que  lue- 
go queda  presa  en  los  matorrales,  y  el  cazador  se  libra 
fácilmente  de  sus  colmillos,  que  son  temibles  cuando 
se  conoce  herida.  Su  gobierno  consiste  en  dejar  á  cada 
uno  en  la  más  completa  libertad,  y  en  la  observancia 
de  algunas  prácticas  que  han  heredado  de  sus  mayores: 
una  de  ellas  es  el  comerse  de  común  las  reses  grandes 
que  coge  algún  particular.  No  se  ve  entre  ellos  señal 
alguna  de  religión,  como  no  sea  alguna  práctica  que 
indica  su  creencia  en  la  inmortalidad  del  alma.  Sus  ma- 
trimonios se  solemnizan  con  algunas  fiestas  brutescas, 
que  no  merecen  la  pena  de  referirlas.  La  ceremonia 
esencial  consiste  en  hacer  dar  una  vieja  algunas  cabe- 
zadas á  los  desposados  entre  sí,  diciendo  algunas  veces 
las  siguientes  expresiones :  c  Produzca  el  hombre,  pro- 
duzca la  mujer»,  muy  propias  para  designar  el  fin  pri- 
mario del  enlace,  en  lo  cual  apenas  se  diferencian  de 
las  bestias.  En  algunos  puntos  se  van  extinguiendo  no- 
tablemente, como  sucede  en  los  montes  de  Bataan, 
efecto  de  la  vida  miserable  que  llevan,  y  de  que  faltan 
mujeres,  pues  no  pocas  las  compran  las  indias  tagalas 
para  su  servicio.  Estas  se  mezclan  á  veces  con  los  in- 
dios, y  los  mestizos  que  de  ellas  nacen  no  tienen  el 
pelo  crespo,  y  hay  quien  dice  que  su  fisonomía  es  me- 
jor que  la  del  tagalo  mismo. 

Sus  tribus  se  trasladan  de  una  parte  a  otra  con  la 
mayor  facilidad,  pero  no  se  apartan  jamas  á  gran  dis- 
tancia del  distrito  que  sus  antepasados  ocuparon.  La 
muerte  de  cualquier  individuo  de  la  tribu  es  suficiente 
causa  para  hacerles  variar  de  domicilio,  y  como  no  tie- 
nen muchos  muebles,  casas  ni  sementeras,  no  les  da 


—  ss  — 

mucha  pena  abandonar  el  sitio  que  antes  ocupaban. 
Los  que  habitan  en  las  cercanías  de  los  pueblos  cristia- 
nos son  esclavos  voluntarios  de  éstos.  Por  un  poco  de 
arroz  ú  otra  friolera  les  traen  de  gran  distancia  cera, 
maderas,  cañas  y  bejucos.  Todos  tienen  sus  padrinos, 
que  les  dan  hospedaje  cuando  bajan  á  los  pueblos,  cuyo 
beneficio  no  es  poco  favor  en  atención  á  la  asquerosi- 
dad que  se  descubre  en  sus  cuerpos,  cubiertos  por  lo 
regular  de  herpes  y  empeines.  Desde  que  los  misione- 
ros españoles  empezaron  la  conversión  de  los  naturales 
de  las  islas,  trataron  también  de  reducir  á  los  de  esta 
casta  degradada;  pero  ninguno  hasta  ahora  se  ha  po- 
dido gloriar  de  haber  tenido  por  mucho  tiempo  una 
sola  tribu  sujeta  y  reunida,  para  enseñarle  la  vida  civil 
y  cristiana.  Si  se  ks  habla  de  religión,  oyen  con  la  ma- 
yor indiferencia  cuanto  se  les  dice;  contestan  siempre 
con  niñerías,  y  su  última  respuesta  es,  que  sus  ante- 
pasados vivieron  como  ellos  y  que  los  quieren  imitar 
eji  la  muerte.  Muchos  cristianos  tienen  la  maña  de 
comprar  chiquillos  y  chiquillas  de  esta  casta  para  bau- 
tizarlos y  servirse  de  ellos  como  de  esclavos;  pero  los 
más  se  vuelven  á  los  montes  cuando  han  llegado  á  la 
pubertad.  Entre  los  pangasinanes  ya  es  proverbio  que 
los  hijos  de  los  negros  son  como  los  gallos  de  monte, 
que  en  sabiendo  volar,  aunque. hayan  nacido  de  huevos 
empollados  por  gallinas  caseras,  se  marchan  á  los  bos- 
ques (i). 

Estadística.  —  Parte  política  y  administrativa. — 


(i)  En  1868  y  69  se  contaban  unos  13.000  de  la  casta  de  negritos,  redu- 
cidos ó  conocidos;  pero  pocos  serian  cristianos. 


-  56  - 

Todas  las  islas  Filipinas  sujetas  al  Gobierno  español, 
con  las  Marianas,  están  bajo  el  cuidado  de  un  jefe  mi- 
litar, que  al  cargo  de  Gobernador  Superior  Civil  reúne 
los  de  Capitán  General,  de  Vice-patrono  regio,  de 
Presidente  de  la  Real  Audiencia  con  otros  de  menos 
entidad;  y  á  él  solo  están  confiadas  la  seguridad  y  de- 
fensa del  país;  motivo  por  que  su  autoridad  es  de  al- 
gún modo  ilimitada  en  ciertos  casos.  Para  el  debido 
desempeííp  de  estos  interesantes  cargos  tiene  varias  ofi- 
cinas, un  asesor  y  un  auditor  de  guerra,  á  cuyos  pare- 
ceres suele  conformar  sus  resoluciones  :  por  manera 
que  estos  dos  letrados,  particularmente  el  asesor,  son 
los  verdaderos  gobernadores  de  las  islas  (i). 

En  cada  pueblo  hay  un  gobernadorcillo,  á  quien  los 
indios  llaman  capitán,  con  varios  tenientes  y  alguaciles, 
que  le  ayudan  en  el  desempeño  de  sus  atribuciones, 
que  consisten  en  decidir  los  asuntos  de  poco  interés, 
mantener  el  buen  orden  en  el  pueblo,  castigar  con 
multa  ó  arresto  á  los  culpados,  formar  las  primeras  di- 
ligencias sobre  graves  delitos,  cuidar  de  la  conservación 
de  las  obras  públicas,  puentes  y  caminos  en  donde  no 
hay  oficiales  públicos  destinados  á  este  objeto  (2),  y 
publicar  las  órdenes  que  le  comunica  el  Alcalde.  Los 
gobernadorcillos  de  los  pueblos  de  Filipinas  vienen  á 
ser  los  alcaldes  pedáneos  de  la  Península.  El  empleo 


(i)  Hoy  ya  no  existe  el  cargo  de  asesor,  desde  que  se  creó  el  Consejo  de 
Administración,  que  absorbe  sus  atribuciones.  Ni  es  el  Capitán  General  Pre- 
sidente de  la  Audiencia,  sino  del  Consejo  de  Administración  y  del  Ayunta- 
miento. 

(2)  Hoy  están  estas  obligaciones  á  cargo  de  los  llamados  inspectores  de  ca- 
nsinos Y  obras  públicas. 


—  57  — 
de  todos  estos  ministros  es  electivo  y  dura  un  año  sola- 
mente. Su  elección  se  hace  hacia  el  fin  de  cada  año  por 
la  clase  de  los  llamados  principales,  y  los  confirma  el 
Alcalde  ó  el  Superior  Gobierno.  Hasta  el  año  de  1 847 
fueron  los  electores  del  gobernadorcillo  los  doce  cabe- 
zas de  barangay  (i)  más  antiguos  con  el  saliente.  El 
electo  presentaba  una*  lista  de  los  tenientes  y  demás 
oficiales  subalternos,  y  los  confirmaba  el  Alcalde  en  el 
acto  si  eran  de  su  satisfacción.  Mas  en  dicho  año  el 
gobernador  D.  Narciso  Clavería  varió  este  método  an- 
tiguo por  un  bando,  publicado  el  5  de  Octubre  del 
expresado,  que  contenia  25  artículos,  de  los  cuales 
el  3.°,  4.°,  y  6.°,  prescribían  lo  esencial  de  las  futuras 
elecciones  (2). 

Hé  aquí  su  contenido:  «Artículo  3.^  Estas  eleccio- 
«nes  ó  propuestas  se  harán  por  una  junta,  que  se  com- 
«pondrá  del  gobernadorcillo  saliente  y  de  doce  vecinos, 
«que  se  sortearán,  la  mitad  de  entre  los  capitanes  pasa- 
))dos,  y  de  los  que,  habiendo  sido  cabezas  de  barangay 
))por  espacio  de  diez  años  consecutivos,  hubiesen  deja- 
))do  de  serlo  sin  mala  nota;  estos  seis  en  calidad  de 
«principales;  y  la  otra  mitad  de  entre  los  que  fuesen  ca- 
))bezas  de  barangay  en  ejercicio  al  tiempo  de  la  elec- 
))cion.))  «4.°  Para  poder  ser  elector,  se  necesita,  ademas 
))de  pertenecer  á  una  de  las  tres  clases  sobredichas  y 


(i)  Barangay  es  un  grupo  de  tribunales  compuesto  de  50  familias,  como 
se  dirá  más  adelante. 

(2)  Por  reales  órdenes  de  19  y  28  de  Agosto  de  1862  se  han  introducido 
algunas  variaciones  en  el  decreto  de  1847.  Los  gobcrnadorcillos  duran  dos 
años  :  la  elección  se  hace  al  i."  de  Abril,  menos  en  las  provincias  cosecheras 
de  tabaco;  en  provincias  distantes  solamente  no  lo  confirma  el  Superior  Go- 
bierno. 


-  58  - 

«expresadas  en  el  artículo  anterior,  tener  un  oficio  ó 
))modo  de  vivir  conocido;  no  estar  impedido  ó  entre- 
«dicho  judicialmente,  por  incapacidad  física  ó  moral; 
))no  ser  de  los  que  en  sus  casas  acostumbran  tener  jue- 
))gos  prohibidos,  ó  de  los  que  hayan  sido  penados  por 
)) reincidencia  en  este  detestable  vicio;  no  estar  proce- 
«sado  criminalmente  ni  haber  sido  sentenciado  á  penas 
«corporales,  aflictivas  6  infamantes,  sin  haber  obtenido 
«rehabilitación;  no  ser  deudor  á  los  caudales  munici- 
«pales  ó  de  la  Hacienda  pública;  no  ser  deudor  que- 
«brado;  no  haber  concurrido  á  junta  clandestina  con 
«objeto  de  ganar  votos  para  las  elecciones,  ni  haberlos 
«solicitado  con  dádivas  ó  promesas,  para  sí,  sus  parien- 
wtes  ó  para  otras  personas.  Tampoco  podrán  ser  electo- 
«res  los  criados  de  los  alcaldes  mayores,  gobernadores, 
«tenientes  de  gobernadores  y  curas  párrocos,  ni  los  sir- 
« vientes  de  las  iglesias.)^  «6.°  Sorteados,  como  va  dicho 
«(artículo  5.°),  los  doce  electores,  sin  que  contra  ellos 
«se  hubiese  hecho  objeción  alguna,  ó  resuelta  ésta,  se- 
«gun  se  dispone  en  el  art.  10,  y  desocupada  la  sala  de 
«todos  los  demás  que  entraron  en  suerte,  se  procederá 
«á  la  propuesta  para  gobernadorcillo  en  la  forma  si- 
«guiente :  El  jefe  de  la  provincia,  ó  quien  en  su  defec- 
«to  presida  el  acto,  después  de  una  alocución  sencilla, 
«análoga  al  objeto  de  que  se  trata,  entregará  á  cada  uno 
))de  los  doce  electores  y  al  gobernadorcillo  saliente,  ó 
«por  falta  de  éste  al  teniente  mayor  ó  primero,  una  pa- 
«peleta  según  el  modelo  número  i.°,  en  que  diga:  «Fu- 
«lano  de  tal,  capitán  pasado,  cabeza  de  barangay  que 
«ha  sido,  ó  que  lo  es,  propone  para  gobernadorcillo  en 
«el  año  próximo  de  tanto,  del  pueblo  de  faquí  el  nom- 


—  59  — 
y\bre  del  pueblo)  á  N.  N.  ( aqui  los  nombres  y  apellidos  de 
))dos  individuos  que  se  han  de  proponer)));  y  hecha,  la  en- 
«tregará  al  Presidente,  quien,  reunidas  todas  las  pape- 
piletas  en  la  forma  indicada,  y  sin  expresar  en  ellas,  por 
«pretexto  ninguno,  primero  ni  segundo  lugar,  sino  sólo 
«los  nombres  y  apellidos  de  los  dos  propuestos,  proce- 
ftderá  inmediatamente  al  escrutinio,  »y  en  seguida  á  la 
«publicación  del  resultado  de  la  votación,  con  expre- 
«sion  del  número  de  votos  que  cada  uno  haya  obteni- 
»do;  debiendo  entenderse  propuesto  en  primer  lugar,  y 
))Ocupar  el  mismo  en  la  terna,  aquel  á  cuyo  favor  hu- 
«biese  resultado  mayoría,  y  el  segundo  el  que  tenga 
«más  votos  después  de  él.  En  caso  de  empate  se  repe- 
«tirá  la  votación  entre  los  empatados  solamente,  para 
«ver  quién  debe  ocupar  el  primero  y  segundo  lugar,  y 
«no  resultando  tampoco  mayoría,  decidirá  la  discordia 
«el  que  presida  el  acto.»  El  tercer  lugar  lo  ocupará 
siempre  el  gobernadorcillo  saliente,  con  el  cual  y  los 
dos  propuestos  del  modo  dicho  se  formará  la  terna  que 
se  ha  de  remitir  al  Superior  Gobierno. 

Por  estas  disposiciones  se  ha  hecho  la  esencial  va- 
riación de  quitar  el  derecho  exclusivo  que  tenian  los 
doce  cabezas  de  barangay  más  antiguos,  con  el  gober- 
nadorcillo saliente,  y  trasmitirlo  á  todos  los  goberna- 
dorcillos  pasados  y  cabezas  de  barangay,  exentos  de  las 
notas  que  se  prescriben  en  el  art.  6.",  una  de  las  cua- 
les es,  ser  criado  del  alcalde  ó  del  cura  del  pueblo,  ó 
sirviente  de  sus  iglesias,  y  quitar  el  de  ser  elegido  á  los 
que  no  son  cabezas  de  barangay.  Con  esto  se  ha  tra- 
tado, á  no  dudarlo,  de  conservar  la  libertad  de  los  elec- 
tores, que  podría  coartarse  de  algún  modo  por  la  in- 


—  6o  — 

fluencia  de  aquéllos.  Pero  no  se  ha  tenido  presente  que 
con  esta  medida  se  minora  el  prestigio,  especialmente 
de  los  curas,  y  que  las  iglesias  estarán  en  adelante,  por 
lo  regular,  peor  servidas;  porque  ningún  cabeza  ni  go- 
bernadorcillo  pasado  querrá  prestar  estos  servicios,  que 
los  miraban  casi  en  todas  partes  como  los  más  honorí- 
ficos, que  requerían  hombres  de  mucha  probidad,  par- 
ticularmente los  oficios  de  fiscal,  de  sacristán  mayor, 
maestro  de  cantores,  mayordomos  de  los  curas  y  otros. 
Ademas,  no  siendo  estas  elecciones  más  que  propues- 
tas, que  puede  desechar  el  Superior  Gobierno,  pudien- 
do  echar  mano  del  tercero  que  no  ha  sido  propuesto, 
y  perpetuarlo  en  el  empleo,  ¿por  qué  tantas  trabas  y 
precauciones?  (i). 

Las  cabezas  -de  barangay  forman  la  verdadera  aris- 
tocracia en  Filipinas.  Cada  uno  suele  tener  45  6  50 
tributos,  que  constituyen  otras  tantas  familias  bajo  su 
cuidado,  en  cuyo  barrio  está  precisado  á  residir.  Debe 
cobrarles  el  tributo  y  entregarlo  al  gobernadorcillo  ó 
alcalde  mayor  de  la  provincia,  bajo  su  responsabilidad, 
garantida  con  fianzas.  Cuidar  del  buen  orden  y  armo- 
nía de  las  familias  de  su  barangay ^  repartir  entre  sus 
individuos  los  servicios   personales  y  pecuniarios  con 


( I )  Algunas  variaciones  ó  modificaciones  se  han  introducido  posteriormen- 
te en  este  reglamento,  ademas  de  las  citadas;  pero  no  es  nuestro  objeto  el 
enumerarlas.  Sobre  las  atribuciones  de  los  gobernadorcillos  se  dio  el  decreto 
de  21  de  Diciembre  de  1861  sobre  el  modo  de  cumplir  sus  deberes.  La  Real 
Audiencia  en  varias  ocasiones,  y  también  por  reales  órdenes  se  les  han  fijado 
sus  atribuciones  en  la  parte  de  justicia.  Para  conocer  las  atribuciones  y  debe- 
res de  los  gobernadorcillos  en  el  ramo  principalmente  de  justicia,  puede  con- 
sultarse el  Manual  del  gobernadorcillo ,  escrito  por  D.  José  Feced,  inteligente 
y  celoso  alcalde  mayor,  siéndolo  de  Albayen  1867. 


—  6i  — 

que  deben  concurrir  para  el  bien  común  del  pueblo,  y 
transigir  las  diferencias  que  se  susciten  entre  ellos. 

Esta  institución,  mucho  más  antigua  que  la  sujeción 
de  las  islas  al  Gobierno,  ha  merecido  siempre  las  ma- 
yores atenciones.  En  un  principio  eran  las  cabecerías 
hereditarias,  y  constituían  la  verdadera  hidalguía  del 
país;  mas  en  el  dia,  si  bien  en  algunas  provincias  toda- 
vía se  trasmiten  por  sucesión  hereditaria,  las  hay  tam- 
bién de  elección,  particularmente  en  las  provincias  más 
inmediatas  á  Manila,  en  donde  han  perdido  su  presti- 
gio y  son  una  verdadera  carga.  En  las  provincias  dis- 
tantes todavía  se  hacen  respetar,  y  allí  es  precisamente 
en  donde  la  autoridad  tiene  menos  que  hacer,  y  el  or- 
den se  conserva  sin  necesidad  de  medidas  coercitivas; 
porque  todavía  existe  en  ellas  el  gobierno  patriarcal, 
por  el  gran  respeto  que  la  plebe  conserva  aún  á  lo  que 
llaman  aquí  principalía.  Están  exentos  de  pagar  el  real 
tributo,  con  sus  mujeres  é  hijos  primogénitos,  y  en  las 
iglesias  suelen  tener  un  lugar  de  preferencia.  Abusan 
con  frecuencia  del  prestigio  que  gozan  en  las  provin- 
cias lejanas;  pero  deben  ser  protegidos  por  la  autori- 
dad, porque  de  otra  suerte  sería  muy  difícil  á  sus  jefes 
gobernar  un  solo  pueblo  sin  el  auxilio  de  la  fuerza  ( i ) 
Parte  eclesiástica. — No  se  permite  en  Filipinas 


(i)  Por  el  reglamento  de  20  de  Diciembre  de  1863,  art.  16,  no  son  ad- 
misibles á  los  cargos  de  gobernadorcillos  y  tenientes  de  los  mismos,  ni  podrán 
formar  parte  de  la  principalía,  salvo  si  la  gozasen  por  juro  de  heredad,  los 
indígenas  que  no  supiesen  hablar,  leer  y  escribir  el  idioma  castellano,  á  los 
I  5  años  de  establecida  una  escuela  en  el  pueblo  respectivo.  Como  en  mu- 
chas provincias  miran  esos  destinos  como  onerosísima  carga,  en  ellas  puede 
esta  disposición  producir  un  efecto  contrario  al  que  se  intenta. 


—    62    — 

el  ejercicio  de  otra  religión  que  el  de  la  católica  apos- 
tólica romana,  á  excepción  de  algunos  puntos  de  las 
Visayas,  sujetos  nuevamente,  en  donde  se  ha  garanti- 
do el  de  la  mahometana.  Los  primeros  misioneros  que 
principiaron  á  anunciar  el  cristianismo  en  estas  islas 
fueron  los  padres  Agustinos,  que  acompañaron  á  Le- 
gaspi  en  1565  (i).  A  ellos  se  siguieron  los  PP.  Fran- 
ciscanos, los  de  nuestra  Orden,  los  de  la  Compañía  de 
Jesús,  y  finalmente,  los  Recoletos  ó  Agustinos  descal- 
zos. Sin  embargo  de  que  no  faltaron  desde  un  princi- 
pio sacerdotes  del  clero  secular  que  los  coadyuvaron, 
particularmente  en  las  cercanías  de  Manila,  no  se  de- 
dicaron como  aquéllos  á  las  misiones  de  intento.  Don 
Juan  de  Vivero  fué  el  primero  que  pasó  á  Cebú,  antes 
de  haberse  establecido  el  gobierno  de  Manila,  y  poco 
después  el  fundador  de  la  Misericordia,  los  cuales  ob- 
tuvieron destinos  en  la  misma  capital.  Para  fundar  y 
sostener  una  misión  entre  salvajes  no  bastan  el  celo  y 
la  virtud;  es  necesaria  una  corporación  que  pueda  reem- 
plazar los  misioneros  y  mantener  un  sistema  uniforme 
y  sostenido  que  le  dé  la  fijeza  indispensable;  y  sobre 
todo  un  gran  desprendimiento  de  los  intereses  tempo- 
rales, para  no  hacerse  odioso  el  misionero  á  los  mise- 
rables que  trata  de  ganar  para  el  cielo. 

Fundada  la  iglesia  de  Manila  en  1581,  como  ma- 
triz y  cabeza  de  todas  las  islas  Filipinas,  fué  también 
creado  su  cabildo,  mantenido,  como  su  prelado,  á  ex- 
pensas del  erario.  Luego  se  erigió  esta  iglesia  en  silla 


(i)  No  se  hace  mención  aquí  de  los  que  vinieron  con  Magallanes,  porque 
no  llegaron  á  establecerse  definitivamente  por  entonces. 


-63  - 

arzobispal  y  metropolitana,  se  dividieron  las  islas  entre 
ella  y  tres  obispados  sufragáneos',  tales  como  existen  en 
el  dia  (i). 

Tanto  en  el  arzobispado,  como  en  los  obispados  su- 
fragáneos hay  un  provisor,  un  secretario,  un  promotor 
fiscal  y  algunos  notarios,  sin  más  renta  que  las  obven- 
ciones de  la  curia  y  derechos  de  la  secretaría,  que  son 
muy  pocos  (2).  Concede  ademas  S.  M.  á  cada  uno  de 
los  prelados  dos  capellanes  de  honor,  ó  de  solio,  con 
cien  pesos  de  estipendio  anuales.  En  las  causas  eclesiás- 
ticas, tanto  civiles  como  criminales,  del  metropolitano, 
por  concesión  especial  de  Gregorio  XIII,  se  apela  al 
obispo  más  cercano,  como  delegado  apostólico,  y  si  las 
dos  sentencias  son  conformes,  queda  la  causa  definiti- 
vamente terminada,  sin  recurso  á  otra  parte;  y  si  no  lo 
son,  se  puede  apelar  á  otro  obispo,  también  el  más  cer- 
cano, y  la  sentencia  de  éste  es  también  en  tal  caso  ir- 
revocable. En  sede  vacante  gobierna  el  cabildo  en  el 
arzobispado,  y  en  los  sufragáneos  el  diocesano  más  cer- 
cano. Tanto  el  Arzobispo  como  los  obispos  sufragáneos 
gobiernan  la  diócesis  con  sólo  el  real  nombramiento. 


(i)  últimamente  se  ha  creado  el  obispado  de  Jaro,  en  la  isla  de  Panay. 
Véase  el  estado  que  se  pone  al  fin  de  este  tomo,  donde  se  consignan  las  pro- 
vincias que  comprende  su  administración,  con  los  pueblos  v  número  de  almas 
que  corresponden  á  cada  diócesis. 

(2)  Por  real  orden  de  i.°  de  Julio  de  1860  se  señalan  3.000  pesos  anuales 
al  Provisor  y  2.000  pesos  a?  Fiscal  de  la  curia  del  arzobispado  de  Manila;  si 
son  prebendados,  disfrutarán,  ademas  de  su  prebenda  la  mitad  de  estos  suel- 
dos. Igualmente  por  real  cédula  de  18  de  Agosto  de  1853  se  dispone  que  el 
cargo  de  provisores  se  provea  necesariamente  en  las  sufragánqas  en  individuos 
del  cabildo  metropolitano,  y  puede  en  ellos  proveerse  el  de  secretario,  de 
acuerdo  siempre  con  el  Arzobispo;  en  cuyos  casos,  para  las  distribuciones  y 
demás  consideraciones  personales,  se  les  considerará  como  presentes  en  el  ca- 
bildo. 


-64- 

antes  de  recibir  las  bulas  pontificias,  ora  por  algún  pri- 
vilegio especial,  del  cual  no  es  fácil  dar  razón,  ora  por 
la  costumbre,  en  lo  que  convienen  los  autores  de  In- 
dias. En  todas  las  provincias  tienen  los  señores  ordina- 
rios sus  vicarios  foráneos,  facultados  para  dispensar  en 
muchos  casos,  comunicar  á  los  curas  párrocos  de  sus 
distritos  respectivos  las  órdenes  de  los  obispos,  y  des- 
empeñar las  comisiones  que  especialmente  les  cometen. 
Los  curatos  y  misiones  son  servidos  por  clérigos  se- 
glares y  religiosos  de  las  cuatro  Ordenes,  que  tienen 
sus  conventos  principales  en  Manila.  Los  que  deben 
proveerse  por  sacerdotes  del  clero  secular  se  dan  por 
concurso  ú  oposición.  A  este  fin  pasan  circulares  los 
diocesanos,  y  en  los  dias  designados  examinan  por  sus 
sinodales  á  los  que  se  presentan,  y  son  admitidos.  En 
seguida,  de  acuerdo  con  los  mismos  sinodales,  forman 
las  ternas  y  las  elevan  al  Sr.  Vice-patrono,  el  cual  elige 
uno  y  lo  presenta  al  mismo  Ordinario,  para  que  le  des- 
pache la  canónica  institución.  El  mismo  método  se 
observa  respecto  de  los  curatos  confiados  á  las  corpo- 
raciones religiosas,  á  excepción  de  las  oposiciones;  pues 
basta  que  los  nombrados  estén  examinados  y  tengan 
licencias  de  confesar  para  que  puedan  obtener  la  cura 
de  almas  y  la  canónica  institución  (i). 


(i)  Por  real  cédula  de  19  de  Octubre  de  1852  se  restableció  la  Com- 
pañía de  Jesús  en  estas  islas.  Por  real  orden  de  10  de  Marzo  de  1858  se 
dispuso  que  se  estableciese  en  Manila  una  casa  de  la  dicha  Compañía  de 
Jesús  con  destino  á  las  misiones  de  Mindanao.  Por  real  orden  de  10  de  Se- 
tiembre de  1861  se  declara  que  á  los  Jesuítas  pertenece  exclusivamente  el 
planteamiento  y  desarrollo  sucesivo  de  las  misiones  vivas  en  la  isla  de  Min- 
danao, y  que  deben  encargarse  de  la  administración  de  los  curatos  y  doctri- 
nas ya  reducidos  por  los  Agustinos  recoletos,  á  medida  que  éstas  vayan  va- 


-  é5  - 

Desde  el  principio  de  la  reducción  de  las  islas  Fili- 
pinas hasta  fines  del  siglo  pasado,  los  regulares  habian 
administrado  á  los  indios,  como  simples  misioneros, 
sin  examen,  canónica  institución  ni  visita  de  los  dio- 
cesanos, y  si  bien  aquéllos  procedían  en  virtud  de  pri- 
vilegios pontificios,  éstos,  no  obstante,  se  miraban 
privados  de  una  de  sus  prerogativas  principales.  Antes 
de  erigirse  obispado  alguno  en  las  islas,  ya  trató  el 
Arzobispo  de  Méjico  de  nombrar  un  delegado,  que 
ejerciese  sobre  ellos  su  jurisdicción  relativamente  á  la 
cura  de  almas;  pero  fué  contradicha  por  los  mismos, 
y  se  mantuvieron  en  su  posesión  hasta  los  tiempos  del 
arzobispo  de  Manila  D.  Basilio  Sancho  de  Si:nta  Justa 
y  Rufina,  y  del  gobernador  Anda.  De  aquí  se  origi- 
naban competencias  poco  edificantes,  y  S.  M.  tomó  la 
medida  de  entregar  los  curatos  al  clero  secular.  Pero 
esto  no  agradó  á  los  que  gobernaban  en  Manila,  por- 
que habia  en  ello  muchos  y  graves  inconvenientes  si 
llegaban  á  faltar  los  religiosos.  Por  esto  se  suspendie- 
ron las  Reales  disposiciones  que  trataban  de  la  secula- 
rización de  los  curatos,  y  se  obligó  a  los  regulares  á 
servirlos  con  la  canónica  institución,  sujetos  á  las  leyes 
del  patronato  de  las  Indias.  El  Sr.  Anda  fué  el  ejecutor 
de  esta  disposición,  causando  al  efecto  muchos  sinsa- 
bores y  disgustos  á  los  que  habian  sido  la  causa  prin- 


cando,  y  se  faculta  á  la  provincia  de  San  Nicolás  de  Recoletos  para  admi- 
nistrar los  curatos  de  la  provincia  de  Cavite  ú  otros  que  hubiere  servidos 
por  el  clero  indígena,  al  paso  que  vayan  tamoien  vacando.  Esta  detcrnunu- 
( ion  ha  dado  motivo  á  varias  cuestiones  y  ocasionado  varias  disposiciones 
p)Steriores,  quedando  ella  en  pié.  Hay,  pues,  ahora  cinco  Ordenes  religiosas 
q  le  administran  en  este  archipiélago. 

TOMO  I.  5. 


~  66  — 

cípal  de  su  elevación.  Este  gobernador  quería  que  los 
curatos  de  las  islas  estuviesen  servidos  por  los  regulares; 
pero  los  queria  curas,  y  sujetos  en  un  todo  al  rigor 
del  patronato. 


-  67  - 
SECCIÓN   SEGUNDA. 


IDEA     GENERAL      HISTÓRICA. 


PRIME'lA     ÉPOCA     HASTA     LA    TOMA     DE    MANILA    POR    LEGASPI. 

Magallanes. —  Su  empresa. —  Descubrimiento  del  estrecho  que  lleva  su  nom- 
bre.—  Vicisitudes  de  su  navegación. — Descubrimiento  de  estas  islas.- — ■ 
Llegada  de  Magallanes  á  Cebú. —  Su  muerte. —  Serrano  es  nombrado  en 
su  lugar  jefe  de  la  expedición. — Su  muerte  alevosa  con  otros  compañeros. 
— Le  sucede  en  el  mando  Juan  Carballo. — Su  tratado  con  Almanzor  en  la 
isla  de  Tidore. —  Regreso  á  España  de  la  fragata  Victoria  al  mando  de 
D.  Sebastian  del  Cano. — Nueva  expedición  á  las  Molucas  bajo  la  conducta 
del  general  Loaysa. — Otra  expedición  á  las  Molucas ,  organizada  en  Aca- 
pulco,  al  mando  de  D.  Alvaro  Saavedra. —  Muerte  de  Saavedra. —  Trata- 
do de  paz  con  los  portugueses,  y  nueva  línea  divisoria  de  sus  posesiones. — 
Varias  otras  expediciones  al  mar  del  Sur. —  Nueva  expedición  á  las  islas 
Filipinas  al  mando  de  Villalobos. —  Muerte  de  este  jefe. — Nueva  expedi- 
ción á  estas  islas  al  mando  del  general  Legaspi,  por  orden  de  Felipe  IL — 
Urdaneta. —  Nueva  posesión  de  las  islas  Filipinas  por  el  adelantado  Legas- 
pi.—  Sus  primeras  operaciones  y  tratados  en  las  islas  Visayas. —  Se  esta- 
blece después  en  Cebú  como  centro  y  base  de  sus  operaciones. —  Regreso 
á  Nueva  España  y  á  la  corte  del  P.  Urdaneta. —  Su  vuelta  á  Nueva  Espa- 
ña y  su  muerte. — Llegada  á  Cebú  del  navio  San  Jerónimo,  procedente  de 
Méjico. — Horrores  y  desgracias  de  su  viaje. — Nuevos  proyectos  de  hosti- 
lidad por  parte  de  los  portugueses. —  El  gobernador  portugués  de  las  Mo- 
lucas se  presenta  en  Cebú  con  una  escuadra  disputando  á  Legaspi  sus  de- 
rechos sobre  las  islas  Visayas. —  Es  rechazado  en  el  terreno  de  las  negocia- 
ciones y  de  las  armas. —  La  escasez  de  víveres  obliga  á  Legaspi  á  trasladar 
el  campo  á  la  isla  de  Panay,  al  mando  de  Salcedo. —  Ovación  de  Legaspi 
en  la  isla  de  Panay. —  Libra  sus  costas  de  piratas. —  Expediciones  con  este 
objeto. —  Primera  expedición  á  Manila  al  mando  de  D.  Martin  Goiti. — 
Sus  tratados  con  el  régulo  llamado  Raja  Matana. —  Alevosía  y  hostilidades 
de  Solmian  su  sobrino. —  Su  derrota  y  escarmiento  por  los  españoles. — 
Regreso  de  Goiti  á  la  isla  de  Panay. — Fundación  de  la  villa  de  Cebú  por 
Legaspi  bajo  la  denominación  del  Santísimo  Nombre   de  Jesús. 

I. 

Entre  las  inmensas  posesiones  con  que  la  divina  Pro- 
videncia se  dignaba  enriquecer  en  otro  tiempo  á  nues- 
tra católica  nación,  ocupan  un  lugar  muy  distinguido 


—  os- 
las islas  Filipinas,  descubiertas  en  1521  por  el  insigne 
é  intrépido   marino   Hernando  Magallanes,  protegido 
por  D.  Carlos  I  de  España  y  V  de  los  emperadores  de 
Alemania  de  este  nombre,  en  los  principios  de  su  rei- 
nado glorioso.  Los  españoles  ya  empezaban  entonces  á 
poblar  el   continente   americano,  y  tenian  noticia  del 
mar  del  Sur,  descubierto  en  1 5 1  3   por  Vasco  Nuñez 
de  Balboa,  uno  de  los  primeros  pobladores  del  Darien, 
y  se  procuraba  con  empeño  hallar  algún  estrecho  por 
donde  se  pudiese  navegar  desde  España  por  la  via  del 
poniente  á  las  Indias  Orientales,  que  ya  los  portugue- 
ses explotaban  con  éxito  feliz.  Algunos  extranjeros  ha- 
bian  intentado  sin  efecto  este  paso  deseado;  el  mismo 
Colon  hizo  varias  tentativas  al  intento,  luego  que  vio 
no  ser  Lipangas  ni  el  Catay  las  islas  de  Cuba  y  Haiti; 
mas  la  gloria  de  este  descubrimiento  importante  esta- 
ba reservada  á  Magallanes.  No  faltan  escritores  portu- 
gueses que  lo  culpan  de  haber  hecho  traición  á  su  país, 
sin  hacerse  cargo  de  que  antes  de  pasar  á  ofrecer  sus 
servicios  á  la  corte  española,  habia  propuesto  el  pro- 
yecto á  su  rey  D.   Manuel,  de  quien   fué   altamente 
desairado.  El  rey  D.  Carlos,  por  el  contrario,  no  me- 
nos deseoso  de  atraer  á  su  nación  el  comercio  lucrativo 
de  Oriente,  que  de  promover  su   gloria  con   nuevos 
descubrimientos,   escuchó  benignamente  al   intrépido 
marino,  y  lo  envió  á  su  Consejo  para  que  en  él  expu- 
siese francamente  las  razones  en  que  fundaba  su  grande 
pensamiento. 

Habia  trabajado  Magallanes  en  Mauritania,  y  nave- 
gado por  espacio  de  siete  años  por  las  Indias  en  tiem- 
po del  famoso  capitán  D.  Alonso   de  Alburquerque; 


-69- 

tenía  relaciones  íntimas  con  Abreu  y  Serrano,  que  ha- 
bían reconocido  las  islas  de  Java,  Bali,  Sumbava,  Ma- 
dura, Solón  y  las  Molucas,  por  cuyas  memorias,  y  por 
lo  que  habia  observado  él  mismo,  estaba  este  jefe  con- 
vencido de  que  estas  islas,  con  otras  del  Pacífico,  se 
extendían  hasta  las  inmediaciones  de  la  América  del 
Sur,  y  que  se  podría  navegar  hacia  ellas  por  la  vía  del 
poniente,  atravesándola  por  algún  estrecho,  de  que  ten- 
dría ya  noticias,  que  habia  más  allá  de  las  costas  del 
Brasil,  cuyo  país  había  sido  casualmente  descubierto 
en  1500  por  D.  Pedro  Álvarez  Cabral.  El  Rey,  según 
el  parecer  de  su  Consejo,  después  de  haber  oído  la 
oposición  de  Portugal,  que  no  le  hizo  fuerza,  aprobó 
el  proyecto  original  de  Magallanes,  y  desde  luego  lo 
condecoró  con  el  hábito  de  Santiago,  honor  muy  dis- 
tinguido en  aquel  tiempo.  Se  extendieron  en  seguida 
las  instrucciones  que  debían  observarse,  y  dispuso  S.  M. 
que  se  aprestasen  en  Sevilla  cinco  naves  al  efecto,  con 
la  gente  necesaria  y  víveres  para  dos  años. 

El  dia  10  de  Agosto  de  15 19  dejó  Magallanes  aque- 
lla capital ,  y  el  2  de  Octubre  principió  á  surcar  el 
Océano,  dejando  en  espectacion  á  todas  las  naciones 
europeas,  que  dudaban  del  éxito  feliz  de  esta  grande 
empresa.  Después  de  haber  tenido  algunos  vientos  fa- 
vorables, muchas  calmas  y  fuertes  temporales,  el  dia 
1 3  de  Diciembre  dio  fondo  en  la  gran  bahía  de  Ge- 
neyro,  en  donde  hizo  escala  hasta  el  dia  27,  en  que 
zarpó  y  se  dirigió  hacia  el  polo  antartico.  Al  llegar  á 
la  bahía  de  San  Julián  le  fué  preciso  invernar,  por  el 
rigor  de  la  estación.  Prosiguiendo  después  del  invierno 
su  viaje,  dobló  el  cabo  de  las  Vírgenes,  y  al  llegar  4 


—  70  — 

los  53  grados  de  latitud  austral,  el  dia  4  de  Noviem- 
bre de  1520,  empezó  á  descubrir  el  grande  estrecho 
que  ha  inmortalizado  su  nombre.  La  pequeña  escua- 
dra española  se  metió  entonces  con  la  mayor  intrepi- 
dez por  este  sitio  desconocido  y  peligroso,  y  el  dia  27 
del  mismo  mes  salió  al  anchuroso  mar  del  Sur,  que  no 
habia  sido  surcado  todavía  por  ninguna  nave  europea. 
Las  contradicciones  y  disgustos  que  Magallanes  tuvo 
que  sufrir  hasta  llegar  á  este  punto  deseado,  no  es  fácil 
descifrarlos :  toleró  tormentas  espantosas  y  frios  rigo- 
rosos:  los  víveres  se  le  acabaron,  se  rebeló  la  tripula- 
ción de  una  nave,  que  regresó  á  Europa  por  la  costa 
de  Guinea,  y  se  le  perdió  otra  en  el  estrecho,  aunque 
la  gente  se  salvó;  pero  el  gozo  de  ver  ya  superadas  las 
dificultades  mayores  le  hizo  olvidar  este  cúmulo  de 
males. 

Habiendo  dejado  este  estrecho,  prosiguió  con  tres 
buques  solamente  la  derrota  hacia  el  N.  O.  hasta  llegar 
á  unas  islas,  que  llamó  Desventuradas,  por  el  poco  re- 
frigerio que  en  ellas  encontró,  y  luego  siguiendo  en 
derechura  hacia  donde  suponia  las  Molucas,  objeto 
principal  de  su  jornada,  el  sábado  de  la  Dominica  de 
Pasión  descubrió  un  grande  archipiélago,  á  que  dio  el 
nombre  de  San  Lázaro,  por  la  oportunidad  del  dia  que 
la  Iglesia  celebraba..  Visitó  de  paso  las  islas  que  ahora 
se  apellidan  Marianas,  y  él  llamó  de  los  Ladrones,  y 
en  seguida  navegó  hasta  los  1 1  grados  de  latitud  N.  y 
descubrió  la  punta  más  austral  de  Samar,  llamada  de 
Guiguan,  de  cuyos  habitantes  fué  bien  recibido.  Por 
algunos  utensilios  de  los  indios  conoció  que  ya  no  es- 
taba muy  distante  de  las  islas  que  buscaba.  De  allí  pasó 


—  71  — 

á  Mindanao,  en  cuyas  costas  hizo  algunas  ligeras  de- 
tenciones; y  al  llegar  á  Butuan,  pueblo  muy  conside- 
rable de  Caraga,  se  detuvo  algunos  dias  para  celebrar 
la  fiesta  de  la  Pascua.  Sus  primeras  diligencias  fueron 
levantar  un  altar  al  verdadero  Dios,  en  el  que  se  cele- 
bró la  primera  misa  en  aquel  solemne  dia;  y  en  segui- 
da plantó  una  cruz  en  la  eminencia  de  un  montecillo 
cercano  á  la  playa,  cuya  ceremonia  fué  acompañada 
con  muchas  lágrimas  de  gozo  por  aquellos  piadosos 
navegantes,  porque  consideraban  que  la  verdadera  re- 
ligión empezaba  desde  aquel  dia  á  poseer  un  país  do- 
minado  hasta  entonces  por  el  error  y  la  barbarie. 

Aquí  debieran  empezar  las  glorias  del  intrépido  ma- 
rino y  sus  dignos  compaiieros,  si  no  tuvieran  la  des- 
gracia de  verse  precisados  á  tratar  con  pérfidos  isleños, 
cuyo  carácter  no  conocían  todavía.  De  Mindanao  pasó 
Magallanes,  acompañado  de  un  régulo  que  en  Lima- 
sava  se  le  mostró  muy  complaciente,  á  la  isla  de  Cebú, 
y  el  dia  i.°  de  Abril  de  1521  fondeó  en  la  ensenada 
de  Mandave.  No  intentaba  fijar  su  residencia  en  este 
punto,  porque  el  objeto  principal  de  su  expedición 
era  llegar  á  las  Molucas;  pero  la  buena  acogida  que 
halló  entre  los  cebuanos  le  indujo  á  detenerse  entre 
ellos  algún  tiempo,  y  celebrar  su  convenio  amistoso  con 
Hamabar,  que  los  regía.  Admirado  este  régulo  de  las 
imponentes  ceremonias  de  la  religión  de  los  recien 
llegados  á  su  isla,  mostró  deseos  de  hacerse  cristiano, 
y  al  efecto,  algo  instruido  en  sus  misterios  y  doctrina, 
se  bautizó  con  algunos  principales.  Quizá  no  se  proce- 
dió en  este  punto  con  la  prudencia  que  un  asunto  tan 
grave  requería ,  porque  no  podian  los  cebuanos  en  tan 


—  72  — 

breve  tiempo  conocer  el  espíritu  de  nuestra  santa  re- 
ligión; pero  se  debe  respetar  su  buena  intención.  Ma- 
gallanes se  entendia  con  ellos  por  medio  de  un  moris- 
co cristiano,  llamado  Enrique,  procedente  de  Sumatra, 
que  habia  llevado  consigo  á  Europa,  porque  hablando 
el  malayo,  que  entienden  fácilmente  los  naturales  de 
estas  islas,  le  servia  de  intérprete. 

Pero  no  todos  los  régulos  cercanos  trataron  con  igua- 
les muestras  de  afecto  á  Magallanes.  Calipulaco,  que 
dominaba  en  la  pequeria  isla  de  Mactan,  no  sólo  se 
negó  á  sus  requerimientos,  sino  que  ademas  tuvo  valor 
para  desafiarlo.  Aquel,  ora  para  dar  una  prueba  de 
gratitud  á  su  aliado  Hamabar,  con  quien  estaba  en 
guerra  el  segundo,  ora  para  humillarlo,  admitió  el 
desafío  y  se  presentó  en  su  isla  con  cincuenta  compa- 
íieros.  La  muchedumbre  de  isleños  enemigos  y  la  fra- 
gosidad de  un  país  desconocido  debían  advertirle  el 
grave  riesgo  á  que  se  exponía;  pero  confiado  indiscre- 
tamente en  su  valor  y  superioridad  de  las  armas  espa- 
ñolas, peleó  sin  las  precauciones  oportunas,  y  pagó  su 
imprudencia  con  la  vida.  El  combate,  no  obstante,  fué 
reñido:  murieron  en  la  refriega  muchos  isleños;  pero 
Magallanes  fué  atravesado  de  una  lanza  enemiga,  de 
cuya  herida  cayó  luego  desmayado,  y  murió  en  el 
campo  de  batalla.  Murieron  también  otros  seis  espa- 
ñoles, que  no  qujsieron  abandonar  al  capitán,  y  los 
demás  se  retiraron,  persuadidos  de  que  fuera  temeri- 
dad insistir  en  la  demanda.  Murió   Magallanes el 

intrépido  marino,  cuya  memoria,  sin  embargo  de  sus 
infortunios,  será  siempre  celebrada  por  los  españoles 
amantes  de  su  patria  como  uno  de  sus  héroes  famosos. 


—  73  — 
Aconteció  este  suceso  lamentable  el  dia  27  del  mismo 
mes  y  aíío  (Abril  de  1 521),  en  que  aportó  la  pequeña 
escuadra  española  á  Cebú,  y  en  seguida  Juan  Serrano 
fue  nombrado  de  común  acuerdo  jefe  de  la  expedi- 
ción (i). 

Este  nuevo  capitán ,  en  cuyo  valor  confiaron  los  ex- 
pedicionarios su  seguridad  y  suerte,  no  tardó  en  ser 
víctima  de  la  perfidia  malaya,  que  no  habia  podido 
prever.  El  intérprete  Enrique,  como  ya  no  ignoraba 
la  mala  disposición  de  Hamabar,  por  los  recelos  que 
le  inspiraban  los  nuevos  aliados,  muerto  su  amo,  pro- 
puso vengarse  de  una  ofensa  que  un  español  le  hizo  de 
palabra.  Con  este  fin  persuadió  al  régulo  que,  si  que- 
ría librarse  de  los  extranjeros  que  tenía  en  su  puerto, 
supuesto  que  ya  no  existia  el  capitán  con  quien  habia 
celebrado  sus  tratados,  les  ofreciese  un  convite,  y  que 
durante  el  bullicio  de  la  mesa  podria  deshacerse  de  ellos 
á  su  salvo.  El  régulo^  como  sabía  por  la  experiencia 
que  los  españoles  no  eran  inmortales,  aceptó  el  pérfido 
consejo.  Con  este  fin  dijo  á  Serrano  que,  deseoso  de 
festejarlo  por  la  elección  de  jefe  y  capitán  que  habia 
hecho  su  gente  en  su  persona,  queria  darle  un  convi- 
te, y  le  rogó  se  dignase  aceptarlo,  bajando  con  su  gente 
á  su  palacio.  Serrano,  como  no  tenia  motivos  de  rece- 
larse de  Hamabar,  y  persuadido  ademas  que  no  con- 
venia desairarlo,  para  asegurar  su  alianza,  creyó  que 


(i)  Parece  que  el  26,  y  no  el  27.  El  P.  Buzcta  pone  la  muerte  de  Maga- 
llanes en  26  de  Agosto.  El  nombrado  jefe  de  la  expedición  no  fué  Serrano, 
sino  Eduardo  (a)  Duarte  de  Barbosa,  primo  de  Magallanes,  tanto,  que  Ser- 
rano tuvo  por  temeridad  el  que  Barbosa  hubiese  aceptado  el  convite. 


—  74  — 
no  debia  negarse  á  sus  deseos.  Bajó,  pues,  el  día  de- 
signado á  Cebú  con  veinte  y  cinco  compañeros;  entró 
con  ellos  en  donde  estaba  dispuesto  el  convite,  y  cuan- 
do estaban  más  desprevenidos,  sin  haber  notado  seííal 
de  la  traición  premeditada,  vieron  salir  de  improviso 
á  los  asesinos ,  que  les  quitaron  la  vida  cruelmente.  Sólo 
el  capitán  pudo  desprenderse  de  sus  manos,  y  se  fué 
precipitadamente  á  la  playa  para  pedir  auxilio  á  los 
que  habian  quedado  en  los  buques;  pero  temerosos 
éstos  de  alguna  nueva  traición,  se  hicieron  sordos  á  sus 
gritos,  y  el  desgraciado  fué  despedazado  á  su  vrsta. 

Entonces  Juan  Carballo  fué  nombrado  capitán  de 
la  expedición,  y  á  la  prudencia  de  este  jefe  se  debe  el 
éxito  que  tuvo,  que  no  fué  tan  desgraciado  é  infeliz 
como  era  de  temer.  El  atentado  cri*el  de  aquel  régulo 
merecia  ciertamente  un  castigo  ejemplar ;  pero  los 
ofendidos  no  se  hallaban  en  disposición  de  ejecutarlo 
por  entonces,  porque  "ya  eran  pocos  y  aun  no  habian 
llegado  al  fin  de  su  viaje.  En  su  vista  echaron  á  pique 
una  nave,  y  salieron  de  Cebú  con  la  Trinidad  y  la 
Victoria.  Desde  allí  tomaron  la  derrota  hacia  las  Mo- 
lucas;  costearon  la  grande  isla  de  Borneo,  y  después 
de  haber  hecho  algunas  detenciones  en  sus  puertos, 
navegaron  hasta  el  dia  8  de  Noviembre  del  mismo 
aiio,  en  el  cual  aportaron  á  Tidore,  una  de  las  islas 
que  buscaban,  de  cuyos  habitantes  fuercfn  perfecta- 
mente recibidos.  La  circunstancia  de  haber  muerto  los 
tidores  á  otro  Serrano,  amigo  del  malogrado  Magalla- 
nes ,  por  haber  favorecido  á  los  malayos,  á  quienes 
odiaban,  y  la  noticia  de  que  los  españoles  estaban  bien 
provistos  de  mercaderías  europeas,  para  cambiarlas  con 


—  75  — 
las  producciones  del  país,  los  movieron  á  tratarlos  co- 
mo amigos,  con  cuya  protección  esperaban  rechazar 
las  vejaciones  que  ya  padecian  de  los  aventureros  por- 
tugueses. Se  hicieron  amigos  de  Almanzor,  reyezuelo 
de  la  isla,  y  del  de  Bachian,  su  deudo;  celebró  con  ellos 
un  tratado ,  por  el  cual  se  reconocian  vasallos  de  los 
reyes  de  Castilla;  y  desde  luego  se  abrieron  las  comu- 
nicaciones entre  los  habitantes  de  la  isla  y  los  nuestros, 
á  cuyos  almacenes  traian  en  abundancia  el  clavo  que 
buscaban,  porque  á  la  sazón  era  la  cosecha  principal 
de  esta  droga,  tan  apreciada  en  aquel  tiempo. 

Cargados  los  dos  buques  de  las  especerías  de  Tido- 
re,  Bachian  y  Gilolo,  trataron  los  expedicionarios  es- 
pañoles de  regresar  á  la  Península.  En  la  primera  or- 
ganizaron ante  todas  cosas  una  factoría,  en  donde  se 
quedaron  algunos  individuos,  y  recibieron  en  los  bu- 
ques algunos  marineros  de  la  misma  isla,  trece  de  los 
cuales,  con  diez  y  ocho  españoles  solamente,  llegaron 
con  la  Victoria  á  Sevilla,  por  el  cabo  de  Buena-Espe- 
ranza,  al  mando  de  D.  Sebastian  del  Cano,  el  dia  8 
de  Diciembre  de  1522  (i),  después  de  tres  años  dos 
meses  y  seis  dias  de  haber  dejado  las  costas  de  España. 
La  Trinidad,  bajo  el  mando  de  D.  Gonzalo  de  Espi- 
nóla, debia  regresar  al  mismo  punto  por  el  estrecho  de 
Magallanes;  pero  desgraciadamente  antes  de  salir  de 
las  Molucas  fué  apresada  por  los  portugueses  de  Ter- 
nate,  que  se  consideraban  como  dueños  exclusivos  del 
comercio  de  la  especería.  Don  Sebastian  del  Cano ,  á 


(1)  Entró  en  Sanlúcar  de  Barrameda  el  6  ó  7  de  Setiembre  del  dicho  año 
1522,  según  muchos  historiadores. 


-  76  - 
SU  llegada,  fué  condecorado  con  muchas  gracias  y  mer- 
cedes, y  S.  M.  le  dio  por  armas  un  globo  de  plata 
con  esta  inscripción:  Hic  prtmus  geometres:  Hic primus 
circumdedit  me.  Sus  compañeros  también  fueron  pre- 
miados, según  el  mérito  de  ellos,  y  se  dio  á  la  viuda 
de  Magallanes  una  renta  vitalicia.  Hasta  la  nave  Vic- 
teria  se  guardó  mucho  tiempo  en  Sevilla,  por  haber 
sido  la  primera  que  dio  la  vuelta  al  mundo  y  condujo 
á  España  las  especerías  de  Oriente,  que  habia  sido  el 
principal  intento  de  Colon  en  sus  expediciones  y  pro- 
yectos. 


II. 


Portugal  hizo,  desde  luego,  las  más  vivas  y  enér- 
gicas protestas,  alegando  que  el  comercio  de  las  Mo- 
lucae  le  pertenecia  exclusivamente,  por  caer,  según 
decia,  en  su  demarcación.  Su  rey  dio  al  propio  tiempo 
las  instrucciones  más  severas  al  jefe  que  tenía  en  Ma- 
laca, para  que  los  españoles  fuesen  perseguidos  y  arro- 
jados de  aquellas  partes,  y  se  posesionase  cuanto  antes 
de  aquellas  islas,  con  cuyos  régulos  no  habian  tenido 
los  portugueses  hasta  entonces  más  que  tratados  de  co- 
mercio. Desde  esta  época  data  la  rivalidad ,  que  ha 
existido  entre  las  dos  naciones  hasta  ahora.  Nunca  ce- 
saron los  portugueses  de  perseguir  á  los  españoles  que 
osaban  penetrar  en  alguna  parte  de  las  Indias  Orienta- 
les, sin  exceptuar  á  los  misioneros,  que  sólo  trataban 
de  propagar  la  luz  del  Evangelio;  y  á  esta  animosidad 
debe  atribuirse  la  preponderancia  que  llegaron  á  tomar 
los  holandeses  en  la  India,  porque  los  portugueses  ni 


—  77  — 
podían  por  sí  solos  conservar  sus  posesiones,  ni  querían 
admitir  en  ellas  á  los  españoles,  siempre  temerosos  de 
que  tuviesen  que  partir  con  ellos  sus  ganancias. 

El  Rey  de  España  también  dispuso  por  su  parte  que 
se  aprestase  en  la  Coruña  otra  armada,  para  proseguir 
por  la  vía  del  Poniente  y  estrecho  de  Magallanes  el 
intento  que  lo  había  movido  á  proteger  á  este  desgra- 
ciado navegante.  En  su  consecuencia  se  equiparon  en 
aquel  puerto  siete  buques  bien  provistos  de  géneros  y 
vituallas,  con  cuatrocientos  hombres  escogidos.  Don 
Gonzalo  Jofre  de  Loaysa  fué  nombrado  general,  y 
D.  Sebastian  del  Cano  su  teniente,  quien  debía  suce- 
derle,  en  caso  de  muerte,  en  el  gobierno  de  la  expe- 
dición. Se  agregó  también  á  ellos  el  célebre  Urdaneta, 
que  le  prestó  grandes  servicios,  como  marino  inteli- 
gente. El  2  de  Setiembre  de  1525  (i)  se  hicieron  á  la 
vela  con  dirección  al  estrecho  referido,  y  navegaron 
con  felicidad  hasta  Enero  del  siguiente,  en  cuyo  mes 
pasó  la  escuadra  al  mar  del  Sur,  y  sólo  una  nave  se 
perdió,  por  haber  varado  en  aquel  paso  peligroso  y 
desconocido  todavía.  Desde  allí  siguieron  sin  novedad 
la  derrota  de  la  primera  expedición ,  atravesaron  feliz- 
mente las  aguas  apacibles  de  aquel  mar,  que  con  razón 
se  le  da  el  nombre  de  Pacífico,  hasta  que  llegaron  al 
archipiélago,  al  que  dio  Magallanes  el  nombre  de  San 
Lázaro;  pero  aquí  les  sobrevino  un  furioso  temporal, 
que  dispersó  las  naves  de  la  expedición  ,  las  obligó  á 
seguir  el  viento,  y  todas,  á  excepción  de  la  Capitana, 


(1)  En  Junio  ó  Julio  de  I  524  salió  de   la  Coruña,  y  en  Mayo   ^ic  1525 
entró  en  el  mar  del  ÍSur. 


-  78  - 

se  perdieron.  Murió  también  el  General,  y  luego  Don 
Sebastian  del  Cano,  á  quienes  sucedió  Martin  Iñiguez 
de  Carquizano,  que  llegó  al  fin,  en  31  de  Diciembre 
del  mismo  año  ( i ),  á  las  Molucas. 

El  Rey  habia  autorizado  á  Loaysa  para  celebrar  con- 
federaciones con  los  reyezuelos  de  Tidore  y  otras  islas 
del  Moluco,  y  establecer  colonias  y  factorías  en  los 
territorios  donde  los  portugueses  no  las  tuviesen  for- 
malizadas ni  perteneciesen  á  su  demarcación,  cuyo  de- 
recho en  manera  alguna  queria  infringir;  la  cual,  según 
el  convenio  celebrado  en  Tordesillas,  venía  á  ser  ima- 
ginaria; porque  en  él  sólo  se  designaba  el  punto  de  la 
ruta  que  cada  una  de  las  dos  naciones  habia  de  seguir 
en  sus  expediciones.  Partiendo  Portugal  por  la  via  del 
Oriente,  y  España  por  la  del  Poniente,  podia  muy  bien 
verificarse  que  saliendo  á  la  vez  dos  buques  por  estas 
rutas  llegasen  igualmente  á  las  Molucas.  De  aquí  pro- 
cedían las  competencias  y  disputas,  y  en  realidad  nin- 
guna de  las  dos  naciones  podia  alegar  mejor  derecho 
de  preferencia  que  la  posesión  legítima  de  los  países  que 
se  cuestionaban. 

Carquizano  'fué  recibido  por  los  tidores  con  las  ma- 
yores muestras  de  afecto :  estos  isleños  miraban  ya  en- 
tonces a  los  españoles,  no  sólo  como  amigos,  sino 
también  como  á  defensores,  porque  los  portugueses  los 
perseguían  por  haber  celebrado  tratados  de  comercio  y 
amistad  con  los  de  la  expedición  de  Magallanes.  Aquel 


(i)  a  El  Cano  sucedió  Toribio  Alonso  de  Salazar,  que  falleció  poco 
después,  y  sucedióle  Carquizano.  En  3  I  de  Diciembre  de  1526  arribaron  á 
Tidor  en  las  Molucas. 


—  19  — 
jefe,  sin  embargo  del  mal  estado  de  su  gente,  confiado 
en  la  que  todavía  esperaba  de  los  demás  buques  de  la 
escuadra,  se  decidió  á  dar  auxilio  á  sus  aliados,  como 
debia;  pero  las  enfermedades  que  los  suyos  hablan  con- 
traído en  los  pasados  contratiempos  no  le  permitieron 
ponerlos  en  campaña.  Sólo  tenía  ciento  y  cincuenta 
hombres,  debilitados  y  enfermos,  y  las  fuerzas  portu- 
guesas ya  eran  á  la  sazón  muy  considerables  en  la  In- 
dia. Estas  circunstancias  le  obligaron  á  fortificarse  en 
un  punto  de  la  isla,  y  allí  estuvo  aguardando  el  socor- 
ro que  la  Providencia  se  dignase  depararle. 

Cortés,  según  las  providencias  que  habia  recibido 
de  su  rey,  aprestó  el  año  siguiente  de  1527  (i)  una 
pequeña  escuadra  de  tres  buques,  al  mando  de  Don 
Alvaro  de  Saavedra,  para  reforzar  la  de  Loaysa,  cuyo 
fin  desgraciado  aun  se  ignoraba.  Salió  de  Acapulco  este 
jefe  el  mismo  año,  y  por  Enero  del  siguiente  llegó 
sin  novedad  á  las  de  los  Ladrones,  de  las  cuales  se  po- 
sesionó en  nombre  de  la  corona  de  Castilla.  Siguió  en 
seguida  su  derrota  hasta  Mindanao,  en  donde  supo  la 
desgracia  que  habia  acontecido  á  la  escuadra  de  Loaysa, 
por  medio  de  algunos  españoles  de  la  misma,  que  ha- 
lló refugiados  en  algunos  pueblos  de  sus  costas.  Prosi- 
guiendo luego  su  viaje  hacia  las  Molucas,  llegó  sin 
novedad  especial  á  la  isla  de  Tidore,  en  donde  halló 
todavía  los-  restos  de  la  escuadra  que  iba  á  reforzar.  Su 
presencia  alentó  de  tal  manera  á  los  españoles  del  pre- 
sidio, que  trataban  de  vengar  las  vejaciones  y  moles- 


(i)  En  31  de  Octubre  de  1528  salió  del  puerto,   al  mando  de  D.  Alvaro 
(Alonso  le  llaman  otros)  de  Saavedra. 


—  8o  — 

tías  que  habían  recibido  de  los  portugueses;  mas  él,  que 
nada  favorable  podía  prometerse  de  las  hostilidades, 
sólo  trató  de  carenar  sus  buques  y  regresar  con  las  es- 
pecerías que  se  habían  recogido,  á  Nueva  España.  El 
30  de  Mayo  se  hizo  á  la  vela,  y  no  pudo  llegar  á  los 
Ladrones  ,  porque  después  de  muchas  calmas  tuvo 
vientos  contrarios  que  le  obligaron  á  regresar  á  la  mis- 
ma isla  de  Tidore,  en  donde  ya  fué  recibido  con  las 
armas  de  los  portugueses.  Entonces  se  vieron  los  espa- 
ñoles en  la  necesidad  de  defenderse,  y  sostuvieron  una 
guerra  desigual  hasta  Mayo  de  1529,  en  cuyo  tiempo, 
reducida  su  escuadra  á  una  débil  nave,  emprendió  por 
segunda  vez  el  regreso  á  Nueva  España;  mas  á  los  26 
grados  de  altura  una  recia  enfermedad  le  quitó  la  vida 
en  pocos  dias.  Al  ver  los  españoles  que  su  navegación 
cada  vez  se  les  hacia  más  difícil,  y  perdidas  las  espe- 
ranzas de  poder  llegar  al  puerto  deseado,  se  vieron  en 
la  necesidad  de  regresar  á  las  Molucas  y  acogerse  á  la 
clemencia  de  sus  rivales.  En  medio  de  sus  infortunios 
tuvieron  el  consuelo  de  saber  que  las  diferencias  sobre 
las  Molucas  se  habian  arreglado  entre  España  y  Por- 
tugal, y  que  los  españoles  que  se  hallaban  en  aquellos 
países  debian  regresar  á  la  Península  por  la  via  de  la 
India.  Entre  ellos  se  hallaban  Hernández  de  la  Torre 
y  Andrés  de  Urdaneta,  que  se  habian  distinguido  por 
sus  conocimientos  náuticos  en  aquella  expedición  des- 
graciada, los  cuales  llegaron  con  otros  compañeros  á 
España  el  año  de  1536. 

Otras  expediciones  que  se  habian  enviado  desde  Es- 
paña y  América,  en  demanda  del  comercio  oriental, 
tuvieron  igual  suerte  que  las  ya  referidas;  las  cuales  al 


—  8í   — 

fin  animaron  4  Carlos  V,  ya  emperador  de  Alemania, 
á  transigir  con  Portugal,  y  cederle  el  derecho  que  su 
nación  tenía  sobre  las  Molucas,  por  la  suma  de  tres- 
cientos cincuenta  mil  ducados.  Esta  cesión  no  fué,  sin 
embargo,  absoluta,  sino  por  via  de  empeño,  pues  po- 
día la  corona  de  Castilla  recuperar  aquel  derecho   de- 
volviendo igual  suma.  Entonces  se  imaginó  otra  línea 
divisoria,   ora  para  dirimir  las  competencias   que  pu- 
dieran suscitarse,  ora  para  no  privarse  la  España  de  las 
nuevas  posesiones  que    podia  adquirir  por  su    via  del 
Poniente,  y  su  principal  intento  fué  reservar  las  islas 
del  Moluco  á  los  portugueses  solamente.  Pero  los  es- 
pañoles no    quedaban  satisfechos   de   esta  transacción, 
porque  creian  que  el  mejor  medio  de  que  podia  echar 
mano  la  nación  para  resarcirse  de  las  pérdidas  pasadas 
era  proseguir  las  expediciones  al  Oriente  por  su  anti- 
gua ruta,  supuesto  que  ya  estaba  descubierta,  y  no  era 
conveniente  que  los  portugueses  frecuentasen  exclusiva- 
mente los  países  de  donde  se  extraían  las  preciosas  dro- 
gas aromáticas.  Mas  el  Emperador  se  mantuvo  firme 
en  su  propósito,  persuadido  de  que  podrían  obtenerse 
iguales  resultados  enviando  nuevas  expediciones  á  otras 
islas  no  comprendidas  en  la  demarcación  de  Portugal. 
Con  este  fin  se  procuró  averiguar  si  por  la  California, 
ó  mar  Pacífico  del  N.,  habla  paso  para  llegar  hasta  el 
gran  Catay   ó  China,  en  donde  se  suponían  muchas 
preciosidades,  que  los  mahometanos  extraían  por  la  via 
de  Malaca.  El  primero  que  trató  de  realizar  esta  idea 
fué  el  famoso   Cortés,  el   cual  envió  al  intento  varias 
escuadrillas  hacia  aquella   parte,  y   él  mismo  con  una 
de  ellas  llegó  al    golfo  de   California,   llamado  de   las 


—    82    — 

Perlas,  que  también  se  llamó  en  un  principio  el  mar 
Rojo  de  Cortés.  Su  contemporáneo,  Pedro  de  Alvara- 
do,  organizó  también  otra  escuadra  en  prosecución 
del  mismo  fin ,  y  cuando  ya  estaba  para  hacerse  á  la 
vela,  murió  de  improviso  en  Palisco.  El  primer  virey 
de  Nueva  Espaíía,  D.  Antonio  de  Mendoza,  dando 
cumplimiento  á  los  deseos  y  disposiciones  de  la  corte, 
envió  también  algunas  expediciones  al  mar  del  Sur 
desde  el  año  de  1539.  En  una  de  ellas,  despachada  el 
año  de  1542,  iba  el  piloto  D.  Juan  Rodrigo  Cabriolo, 
el  cual  con  dos  naves  solamente  se  remontó  hasta  les  44 
grados  de  latitud  N.;  pero  la  violencia  de  los  frios  y 
falta  de  víveres  le  obligaron  á  retroceder  y  regresar  á 
Nueva  España. 

Poco  después  envió  aquel  virey  á  D.  Ruiz  López 
de  Villalobos  á  las  islas  del  Poniente  (i),  llamadas  así 


•  (i)  Que  también  se  llamaron  desde  entonces  Indias  Occidentales.  Curioso 
es  el  saber  lo  que  se  entiende  oor  Indias  Orientales  y  Occidentales,  y  por 
donde  pasa  el  meridiano  que  las  divide.  Advierte  el  erudito  Morelli  que  el 
nombre  mismo  de  Indias  es  muy  vago,  tanto  entre  los  antiguos  como  entre 
los  modernos.  Mas  para  nuestro  objeto  basta  notar,  con  el  mismo  Morelli, 
que  por  Indias  Orientales  se  entendía  comunmente  por  los  portugueses,  des- 
de el  cabo  de  Buena  Esperanza,  todas  las  regiones  comprendidas  al  Oriente; 
pero  tenía  que  haber  alguna  demarcación  ó  línea  divisoria.  El  citado  Morelli, 
en  su  Fastus  Novi  Orbis  (ordin.  i  56,  not.  11),  dice  á  este  propósito  que  «por 
»donde  precisamente  se  deba  tirar  la  línea  de  demarcación  no  está  determi- 
Dnado,  nondtitn  definitutn  est.  Con  todo,  cita  á  Herrera  {Descripción  de  las 
i) Indias  Occidentales ,  cap.  xxv»),  quien  dice:  Indias  del  Poniente  son  todas 
))las  islas  y  tierra  firme  comprendidas  en  la  demarcación  de  Castilla  y  León, 
«al  fin  occidental áft  la  dicha  demarcación,  cuya  línea  pasa  por  la  otra  parte 
«del  mundo  por  la  ciudad  de  Malaca. -i)  Esto  tal  vez  no  aclara  del  todo  el 
punto;  pero  es  lo  cierto  que,  según  el  derecho  de  Indias  (ley  33,  tít.  xiv,  li- 
bro I,  Rec.  Ind.)y  el  Japón  y  las  Indias  Occidentales  (al  poniente  ciertamente 
de  la  América,  por  donde  venian  los  descubridores  españoles),  cuya  denomi- 
nación de  Indias  Occidentales,  dada  á  Filipinas  por  nuestro  derecho  índico, 
concuerda  con  varias  bulas  de  ¿umos  pontífices,  que  así  las  llaman.  Según  esto. 


83 


las  Filipinas  desde  la  expedición  de  Magallanes,  con 
el  íin  de  fundar  establecimientos  en  algunas  de  ellas. 
Para  llevar  á  efecto  esta  expedición  se  aprovechó  de  la 
escuadra  que  habia  dispuesto  Alvarado,  compuesta  de 
tres  naves  de  alto  bordo,  de  una  galeota  y  un  lanchon 
o  fusta.  Ademas  de  la  marinería  y  gente  de  servicio, 
iban  en  ellas  trescientos  setenta  y  cuatro  hombres  con 
semillas  y  lo  necesario  para  fundar  establecimientos, 
cuatro  religiosos  Agustinos  y  cinco  sacerdotes  del  clero 
secular,  en  calidad  de  capellanes;  pero  en  las  instruc- 
ciones se  prevenia  al  General,  según  las  órdenes  que 
tenía  de  la  corte  el  Virey,  que  no  debia  tocar  en  las 
Molucas  ni  otras  islas  comprendidas  dentro  de  la  de- 
marcación de  Portugal.  Esta  escuadra  salió  del  puerto 
de  Natividad  (i)  el  dia  i.°  de  Noviembre  de  1542; 
halló  en  el  discurso  del  viaje  muchas  islas,  4  las  cuales 
dieron  nombres,  y  sin  haber  tenido  otra  pérdida  que 
la  de  la  fusta,  llegó  al  archipiélago  de  San  Lázaro.  Co- 
mo no  hallaban  en  parte  alguna  lugar  acomodado  para 
fundar   los    establecimientos   proyectados,   empezaron 


se  comprenderán  por  Indias  Occidentales,  cuyo  descubrimiento  pertenecía  á 
los  csparíoles,  desde  trescientas  setenta  leguas  al  Occidente  de  la  isla  de  San 
Antonio  en  el  Cabo-Verde  hasta  la  línea  que  pasa  por  Malaca,  según  Herre- 
ra citado.  Ésta  parece  ser  la  demarcación  que  se  infería  del  convenio  de  Tor- 
desillas,  celebrado  entre  España  y  Portugal  en  7  de  Junio  de  1494,  y  de  va- 
rias disposiciones  pontificias;  pero  las  muchas  disputas  y  dificultades  que  opu- 
sieron los  portugueses,  como  se  ve  en  lo  que  queda  referido  y  se  dirá  en  esta 
Historia ,  dieron  lugar  á  otros  convenios,  quedándose  finalmente  los  españoles 
en  estos  mares  en  la  actualidad ,  por  no  haber  hecho  caso  de  las  islas  que  les 
pertenecían  en  el  Pacífico,  con  lo  que  se  comprende  en  el  archipiélago  filipi- 
no, según  la  nota  i.^,  hablando  de  l.i  extensión  de  Filipinas,  tomada  del  Pa- 
dre Buccta.  Puede  verse  al  citado  Morelli  (ordin.  10)  y  las  otras  á  que  en  la 
dicha  se  refiere. 

(i)  Otros  dicen  'Juan  Gallego. 


^  84  - 

allí  á  tener  consultas  y  disputas  acerca  de  la  derrota 
que  habían  de  tomar  para  no  infringir  las  instruccio- 
nes de  Mendoza,  y  al  fin,  contra  el  dictamen  del  pilo- 
to D.  Antonio  Conzo,  que  habia  navegado  con  Saa- 
vedra,  y  que  queria  siguiese  la  escuadra  hasta  los  once 
grados  de  latitud,  se  sotaventaron  de  tal  suerte,  que  ya 
no  pudieron  coger  a  Guiguan,  como  querían.  Empero 
las  noticias  de  la  expedición  de  Magallanes  les  sirvie- 
ron para  dirigirse  á  Cebú,  Mactan  ó  Mindanao.  Sin 
embargo,  hasta  el  dia  2  de  Febrero  de  1543  no  pu- 
dieron coger  tierra  en  la  última,  á  excepción  de  la  ga- 
leota, que  aportó  en  Abuyoc  y  Tandaya  de  la  isla  de 
Ley  te,  é  hizo  un  buen  acopio  de  víveres.  Anclada  la 
escuadra  en  la  costa  oriental  de  Mindanao,  entre  Ca- 
raga  y  el  cabo  llamado  de  San  Agustin,  hallaron  la 
tierra  inhabitada,  y  luego  empezaron  á  enfermar  de 
escorbuto.  Entonces  pensó  Villalobos  en  trasladarse  á 
la  punta  más  al  N.  de  la  isla,  en  donde  los  indios  pa- 
recian  ii)uy  pacíficos,  y  la  tierra  abundante;  pero,  sin 
embargo  de  que  estuvieron  muchos  dias  porfiando  con 
el  viento,  no  pudieron  doblar  la  punta  y  se  vieron  en 
la  necesidad  de  detenerse  en  la  parte  del  Sur.  De  allí, 
al  ver  que  las  enfermedades  y  contratiempos  se  iban 
sucediendo,  se  trasladaron  á  una  isleta,  llamada  Saran- 
gan,  situada  en  la  misma  costa  del  Sur  de  Mindanao. 
Aquí  sembraron  algunas  sementeras  de  maíz,  para  en- 
tretener el  tiempo,  mientras  procuraban  adquirir  noti- 
cias de  las  tierras  en  donde  pudiesen  establecer  una 
colonia  espaíiola,  y  evitar  las  disensiones  que  los  por- 
tugueses de  las  Molucas  pudieran  suscitarles;  pero  no 
tardaron  en  descubrir  embarcaciones  con  emisarios  de 


-  85  - 

los  mismos,  requiriéndoles  que  dejasen  inmediatamen- 
te aquella  isla,  por  ser  de  la  demarcación  de  Portugal. 
La  respuesta  de  Villalobos  fué,  que  en  manera  alguna 
trataba  de  perjudicar  á  su  derecho,  pues  que  tenía  or- 
den de  su  rey  de  no  establecerse  en  las  Molucas,  y  po- 
der bastante  para  hacerlo  en  las  partes  que  caian  en  la 
demarcación  de  Castilla. 

Por  la  respuesta  de  este  general,  y  por  la  que  dio 
después  Legaspi  en  Cebú,  parece  que  entrambos  ig- 
noraban los  límites  de  la  nueva  demarcación,  porque 
ninguno  de  los  dos  queria  infringir  los  tratados  cele- 
brados entre  los  soberanos  de  España  y  Portugal,  y  sin 
embargo,  creian  que  las  islas  del  Poniente  (llamadas 
Filipinas  en  esta  expedición  de  Villalobos,  en  contem- 
plación al  príncipe  D.  Felipe,  hijo  del  Emperador) 
caian  fuera  de  la  demarcación  trazada  por  el  último 
convenio,  la  cual,  según  Herrera,  debia  pasar  de  polo 
á  polo  por  las  islas  de  los  Ladrones.  Unos  y  otros 
procedian  de  buena  fe,  á  no  dudarlo,  y  los  espaíioles 
llegaron  á  posesionarse  formalmente  de  las  expresadas 
islas,  dejando  á  los  portugueses  pacíficamente  en  las 
Molucas,  hasta  que  se  unieron  las  coronas.  En  estas 
embarcaciones  portuguesas  habia  algunos  indios  de 
Tidore,  que  se  entendieron  con  los  españoles  en  secre- 
to, y  los  invitaron  á  que  fuesen  á  su  isla,  para  librarlos 
de  la  opresión  en  que  los  portugueses  los  tenian;  pero 
Villalobos  desechó  sus  pretensiones,  porque  se  le  habia 
prevenido  lo  contrario. 

Entre  tanto  despachó  este  jefe  uno  de  sus  buques 
para  la  Nueva  España,  con  el  fin  de  dar  noticia  al  Vi- 
rey  del  mal  estado  de  su  gente,  y  descubrimientos  he- 


—  86  —     . 

chüs  en  su  expedición;  pero  no  pudo  pasar  de  los  trein- 
ta grados  de  altura,  más  allá  de  las  Ladrones,  porque 
habiendo  padecido  allí  una  tormenta,  se  vio  precisado 
á  regresar  á  Filipinas.  Los  demás,  después  de  ocho  me- 
ses de  aguardar  en  Sarangan  con  pocos  adelantos,  sa- 
lieron con  intento  de  establecerse  en  Cebú  ó  en  otra 
isla  inmediata;  pero  las  corrientes  y  los  vientos  contra- 
rios los  arrebataron  á  otra  parte,  y  toda  la  escuadra  se 
vio  luego  en  el  mayor  conflicto,  porque  los  víveres  se 
les  iban  acabando,  con  pocas  esperanzas  de  remedio. 
Entonces  Villalobos,  contra  el  voto  de  los  demás,  se 
determinó  á  pasar  á  las  Molucas  con  el  único  fin  de 
reponerse  de  sus  necesidades  y  averías  en  Tidore.  Para 
justificarse  mandó  al  escribano  de  la  armada  que  le 
diese  un  testimonio  en  que  constase  no  haber  en  sus 
naves  otros  víveres  que  un  poco  de  arroz,  el  que,  dis- 
tribuido á  dos  onzas  por  cabeza  en  cada  veinte  y  cua- 
tro horas,  sólo  podia  durar  escasamente  veinte  dias,  sin 
esperanzas  de  poder  hallar  otro  socorro  en  las  islas  que 
dejaban.  Con  este  documento  se  creia  asegurado  de  la 
responsabilidad  que  pesaba  sobre  él;  pero  los  pareceres 
singulares  siempre  suelen  ser  funestos.  La  escuadra  lle- 
gó, en  efecto,  sin  dificultad,  el  24  de  Abril  de  1544  á 
Tidore;  pero  fué  mal  recibida,  como  era  de  suponer, 
por  los  portugueses,  posesionados  de  la  isla.  Convenci- 
dos, sin  embargo,  de  la  necesidad  que  habia  obligado 
á  los  nuestros  á  esta  verdadera  arribada,  no  les  hacian 
mucha  fuerza  en  un  principio,  para  que  se  marchasen; 
pero  no  tardaron  en  requerirlos  y  amenazarlos,  hasta 
que  llegó  á  dicha  isla  un  capitán  humano,  que  cortó 
las  diferencias,  y  permitió  que  los  españoles  se  repu- 


-  87  - 

siesen  de  sus  necesidades  hasta  que  se  marchasen  á  otra 
parte. 

En  esta  ocasión  observaron  los  expedicionarios  de 
Villalobos  una  novedad  muy  digna  de  notarse.  Cele- 
braban la  fiesta  de  San  Marcos  un  dia  después  que  los 
portugueses  de  la  isla,  y  por  de  pronto  estaban  en  la 
persuasión  que  éstos  tenian  la  cuenta  del  calendario 
equivocada;  mas  luego  habiendo  examinado  el  punto 
con  demostraciones  astronómicas,  hallaron  que,  sin 
embargo  de  la  diferencia  de  un  dia,  todos  llevaban 
bien  la  cuenta,  porque  este  dia  se  gana  ó  se  pierde, 
según  por  donde  se  navega  á  dicho  punto.  Esta  misma 
cuenta  se  llevó  en  Filipinas  hasta  el  ario  de  1844,  en 
el  que,  para  uniformar  su  calendario  con  el  de  los  que 
navegan  á  las  Indias  Orientales  por  la  via  del  Oriente, 
se  suprimió,  de  acuerdo  de  las  dos  autoridades,  el  dia 
de  San  Silvestre  de  dicho  año.  Con  esta  novedad  se 
borró  un  perenne  testimonio,  que  manifestaba  haber 
sido  los  españoles  los  primeros  que  pasaron  á  la  Ocea- 
nía  por  la  via  del  Poniente. 


III. 


Villalobos,  durante  el  tiempo  de  las  treguas  que  los 
portugueses  le  otorgaban,  se  apresuró  á  enviar  un  bu- 
que á  Nueva  España  para  pedir  algún  refuerzo  al  Vi- 
rey,  porque  de  otra 'suerte  ya  no  podia  ni  siquiera 
regresar  de  su  desgraciada  expedición,  cuanto  menos 
establecerse  en  las  islas  del  Poniente.  El  buque  salió 


cargado  de  canela  y  otros  efectos  que  se  hablan  reco- 
gido en  Mindanao;  pero  no  tardó  en  regresar  al  mis- 
mo punto,  impelido  por  los  vientos.  Noticioso  entre 
tanto  el  virey  de  la  India  portuguesa  de  la  llegada  de 
los  nuestros  á  Tidore,  envió  sin  pérdida  de  tiempo  sus 
apremiantes  órdenes  á  su  capitán  de  las  Molucas  para 
que  los  echasen  inmediatamente  de  todas  aquellas  islas, 
de  grado  ó  por  fuerza.  Con  esto  Villalobos  se  vio  en 
el  mayor  conflicto,  porque  ni  podia  defenderse,  ni  sus 
buques  estaban  en  disposición  de  hacer  un  viaje  peli- 
groso, y  en  su  vista,  se  vio  en  la  dura  necesidad  de  po- 
nerse á  discreción  de  sus  contrarios.  Los  portugueses 
se  posesionaron  de  sus  buques,  y  él  con  los  restos  de  la 
expedición  se  embarcó  en  uno  portugués,  con  intento 
de  regresar  desde  allí  á  la  Península;  pero  no  pasó  de 
la  isla  de  Amboino,  en  donde,  no  pudiendo  soportar 
tantas  contradicciones  y  reveses,  cayó  enfermo  grave- 
mente, de  resultas  de  una  melancolía  muy  profunda, 
que  en  breve  lo  condujo  al  sepulcro.  Allí  tuvo  el  con- 
suelo de  ser  asistido  por  el  apóstol  de  las  Indias,  San 
Francisco  Javier,  cuyos  consejos  saludables,  si  bien 
consiguieron  resignarlo,  no  fueron  eficaces  para  curar- 
le; porque  al  fin,  vencido  por  la  enfermedad,  murió 
poco  después  en  la  misma  isla  de  Amboino. 

Con  la  muerte  del  General  la  gente  de  aquella  ex- 
pedición se  fué  cada  uno  por  su  parte.  Los  religiosos 
Agustinos  intentaron  ir,  desde  allí,  al  imperio  de  Chi- 
na para  predicar  en  él  el  santo  Evangelio;  pero  los  por- 
tugueses no  se  lo  permitieron,  porque  no  eran  de  su 
nación,  y  se  vieron  precisados  á  embarcarse  para  Eu- 
ropa. Por  Agosto  de  1549  llegaron  á  Lisboa,  habiendo 


empleado  siete  años  en  su  malhadada  expedición.  No 
fué,  sin  embargo,  infructuosa  su  misión,  porque  con 
sus  consejos  saludables  consolaron  muchas  veces  á  la 
gente,  y  fueron  como  exploradores  evangélicos  de  las 
islas,  en  donde  sus  hermanos  debian  empezar,  después 
de  pocos  años,  á  predicar  y  propagar  la  doctrina  de  la 
fe  á  los  gentiles. 

Con  esta  desgraciada  expedición  terminaron  los  co- 
natos del  emperador  Carlos  V,  dirigidos  á  posesionarse 
de  las  Molucas  é  islas  del  Poniente,  para  atraer  el  opu- 
lento comercio  de  las  especerías  á  España,  y  propagar 
en  ellas  la  verdadera  religión.  Magallanes,  como  se  ha 
visto,  hizo  con  mucha  gloria  su  viaje  hasta  la  isla  de 
Cebú,  en  cuyas  cercanías  pereció  por  el  honor  y  lustre 
de  las  armas  españolas;  y  aunque  su  escuadra  tuvo  el 
desgraciado  fin  que  ya  queda  referido,  una  de  sus  na- 
ves, sin  embargo,  logró  dar  la  vuelta  al  mundo  por  la 
primera  vez,  y  decidir,  con  las  noticias  adquiridas,  á 
nuestros  católicos  monarcas  á  posesionarse  de  los  paí- 
ses que  la  divina  Providencia  les  tenía  reservados. 
Loaysa  y  Saavedra  adelantaron  poco  más  que  Maga- 
llanes en  sus  descubrimientos  :  sus  fuerzas  hubieran 
sido  suficientes  para  enseñorearse  del  Moluco  y  robus- 
tecer el  derecho  que  daba  á  su  nación  el  convenio  de 
Tordesillas;  pero  entrambos  tuvieron  la  desgracia  de 
llegar  al  fin  de  su  carrera  con  los  buques  destrozados 
y  su  gente  aniquilada.  Villalobos,  por  último,  cuando 
tenía  todas  las  probabilidades  de  secundar  los  intentos 
del  piadoso  Carlos  V,  tuvo  el  desconsuelo  de  sufrir  una 
serie  de  desgracias  imprevistas,  sus  naves  en  poder  de 
sus  rivales,  y  sometido  él  mismo  á  merced  de  un  des- 


—  90  — 

pota  virey;  último  esfuerzo  de  aquel  monarca  podero- 
so, que  con  tanto  empeño  queria  enarbolar  el  estan- 
darte de  la  Cruz  en  estas  partes,  y  participar  del  lu- 
crativo comercio  de  Oriente. 

El  Sr.  D.  Felipe  II,  con  la  corona  de  España,  he- 
redó también  el  celo  de  su  digno  padre  por  la  propa- 
gación del  Evangelio.  Las  islas  Filipinas,  que  habian 
sido  así  denominadas  por  su  respeto  cuando  aun  no 
habia  empuñado  el  cetro  de  Castilla,  debian  ser,  por 
consiguiente,  el  objeto  predilecto  de  su  religiosa  am- 
bición. Desde  la  desgraciada  expedición  de  Villalobos 
estaba  abandonado  el  proyecto,  tantas  veces  procurado 
y  nunca  felizmente  obtenido,  de  conducir  á  España  las 
especerías  del  Oriente  por  la  via  del  Poniente,  y  pro- 
pagar al  mismo  tiempo  la  religión  de  Jesucristo  entre 
los  isleños,  á  quienes  los  sectarios  de  Mahoma  con  las 
relaciones  mercantiles  reduelan  á  su  ley.  El  nuevo  mo- 
narca no  podia  ignorar  los  sucesos  referidos,  y  persua- 
dido que  de  mandar  otras  expediciones  á  sus  islas  no 
perjudicaba  á  los  derechos  de  Portugal,  y  que  de  ellas 
podrían  resultar  grandes  utilidades  á  la  religión  y  al 
Estado,  propuso  á  su  Consejo  en  1558  que  se  tratase 
en  él  seriamente  si  sería  ó  no  conveniente  enviar  otras 
expediciones  á  las  referidas  islas.  El  Consejo  estuvo 
por  la  afirmativa,  y  en  su  consecuencia  el  2  de  Se- 
tiembre del  mismo  año  expidió  S.  M.  una  cédula  real, 
dirigida  al  virey  de  Nueva  España,  don  Luis  de  Ve- 
lasco,  ordenándole  que  sin  pérdida  de  tiempo  dispu- 
siese lo  conveniente  para  la  reducción  de  las  islas  del 
Poniente.  Este  católico  virey,  no  menos  celoso  por  la 
gloria  de  Dios  que  por  los  servicios  del  Monarca,  vis- 


—  pi- 
ta la  cédula  real  por  el  real  acuerdo,  trató  de  realizar 
sin  pérdida  de  tiempo  cuanto  S.  M.  le  ordenaba,  aun- 
que no  pudo  despachar  la  ya  organizada  expedición, 
prevenido  por  la  muerte.  Sin  embargo,  no  por  esto 
desistió  el  Gobierno  del  proyecto.  En  Navidad  se  fa- 
bricaron dos  navios,  un  pequeño  galeón  y  un  patache; 
se  juntaron  cuatrocientos  hombres  con  valientes  y  ex- 
pertos capitanes,  y  se  manifestó  al  P.  Urdaneta  que 
era  voluntad  del  Rey,  explicada  en  otra  real  carta,  que 
acompaiíase  aquella  expedición.  Este  religioso  era  va- 
ron  de  grandes  prendas,  y  el  más  á  propósito  para  di- 
rigir con  sus  conocimientos  y  consejos  la  jornada.  En 
la  expedición  de  Loaysa  habia  dado  pruebas  de  su  gran 
pericia  en  la  náutica:  estuvo  algunos  años  en  los  países 
orientales,  y  se  habia  conducido  siempre  con  pruden- 
cia en  los  reveses  de  aquella  desgraciada  expedición. 
Era  uno  de  los  pocos  que  hablan  regresado  á  la  Pe- 
nínsula cuando  se  arreglaron  los  negocios  sobre  las  is- 
las del  Moluco  entre  España  y  Portugal;  y  habiendo 
regresado  á  Nueva  España,  desengañado  de  lo  que 
puede  dar  el  mundo,  recibió  el  santo  hábito  de  Padres 
Agustinos  en  la  capital  de  Méjico.  El  Rey  tenía  noti- 
cias muy  circunstanciadas  de  su  mérito,  y  cuando  de- 
terminó enviar  su  primera  expedición  á  las  islas  sobre- 
dichas, le  escribió  aquella  carta,  en  la  que  le  rogaba  y 
encargaba  que  se  embarcase  en  las  naves  que  hablan 
de  salir  para  su  descubrimiento,  por  la  experiencia  que 
tenía  de  aquellos  países.  El  P.  Urdaneta,  sin  embargo 
de  su  avanzada  edad,  no  dudó  hacer  un  costoso  sacri- 
ficio, por  la  esperanza  que  tenía  de  que  sus  servicios 
podrían  redundar  en  honor  de  su  nación  y  gloria  de 


—  PE- 
DIOS. Su  provincial  le  dio  cinco  sacerdotes  compañe- 
ros de  su  Orden,  y  los  seis  fueron  destinados  desde  en- 
tonces para  propagar  la  luz  brillante  de  la  fe  en  las  is- 
las Filipinas. 

El  capitán  de  la  expedición,  con  el  título  de  general 
de  mar  y  tierra,  era  D.  Miguel  López  de  Legaspi, 
natural  de  Zumárraga,  en  Guipúzcoa,  hombre  de  gran 
prudencia  y  valor,  cual  se  requeria  para  el  éxito  feliz 
de  la  empresa.  En  él  depositó  el  gobierno  de  la  Nueva 
España  la  confianza  de  S,  M.,  y  no  tuvo  por  qué  ar- 
repentirse de  esta  elección.  El  dia  21  de  Noviembre 
de  1564  se  hicieron  á  la  vela  (i),  siguiendo  el  derro- 
tero que  habia  llevado  la  escuadra  de  Villalobos  hasta 
la  distancia  de  cien  leguas.  Entonces  abrió  el  general 
un  pliego  cerrado  que  contenia  una  orden  de  la  Real 
Audiencia  de  Méjico,  por  la  que  se  le  prevenia  que  la 
jornada  debia  ser  á  las  islas  Filipinas,  ú  otras  inmedia- 
tas á  las  mismas,  que  no  estuviesen  fuera  de  los  límites 
de  la  demarcación  de  la  corona  de  Castilla,  lo  cual 
daba  claramente  á  entender  que  no  se  tenía  noticia  de 
la  línea  divisoria  que  debia  pasar  por  Marianas,  ó  que 
ya  estaba  olvidada.  No  era  de  este  parecer  el  P.  Urda- 
neta  :  habia  propuesto  al  virey  difunto  que  la  expedi- 
ción se  dirigiese  á  la  Nueva  Guinea,  y  en  esta  persua- 
sión estaba  hasta  que  vio  las  instrucciones  dirigidas  á 
Legaspi;  pero  ya  entonces  no  podia  retroceder,  y  tuvo 
que  conformarse  con  lo  mandado.  Desde  entonces  se 
dispuso  que  el  patache,  como  buque  más  pequeño,  na- 


(i)  En  el  puerto  de  Navidad. 


—  93  — 
vegase  al  frente  de  los  demás,  para  descubrir  los  bajos 
é  islotes  que  hubiese  en  unos  mares  tan  poco  conoci- 
dos; mas  á  los  cuatro  dias  de  viaje  abandonó  á  los  de- 
mas  y  se  fué  á  Mindanao.  Su  capitán  era  D.  Alonso 
de  Arellano,  y  su  piloto  un  mulato  llamado  Lope  Mar- 
tin :  como  sabian  que  en  aquella  isla  abundaba  la  ca- 
nela, posponiendo  el  honor  y  la  lealtad  á  la  codicia, 
desertaron  con  ánimo  de  regresar  á  Nueva  España, 
ocultando  su  maldad.  Allí  supieron  la  feliz  llegada  de 
Legaspi  á  Cebú,  y  sin  embargo  de  que  la  tripulación 
queria  presentarse,  los  más  culpados  se  mantuvieron 
hrmes  en  su  deserción,  temerosos  de  perder  sus  inte- 
reses y  la  vida  al  llegar  á  la  presencia  de  Legaspi.  Esta 
nave  volvió  en  efecto  á  Nueva  España,  y  fué  la  pri- 
mera que  hizo  el  viaje  redondo  desde  las  islas  Filipi- 
nas hasta  allí,  por  lo  cual  los  desertores  todavía  preten- 
dían se  les  premiase,  antes  de  haberse  descubierto  su 
delito.  ' 

Las  otras  naves  siguieron  su  derrota  sin  la  guía  del  pa- 
tache, y  al  llegar  á  las  Ladrones  fondearon  en  Guahan. 
Aquí  refrescaron  los  víveres,  y  Legaspi  volvió  á  tomar 
posesión  de  estas  islas  en  nombre  de  la  corona  de  Cas- 
tilla, por  cuyo  motivo  se  le  confirió  después  el  título 
de  adelantado  de  las  mismas,  sin  embargo  de  que  ya 
lo  habia  hecho  Saavedra  mucho  antes.  Sus  naturales 
no  rehusaban  comunicar  con  los  recien  llegados  y  con- 
ducirles víveres  en  cambio  de  algunos  efectos  de  Eu- 
ropa; pero  luego  cometieron  una  maldad,  que  Legas- 
pi castigó  ejemplarmente.  Los  marineros  solían  pasear- 
se por  la  playa  sin  que  les  aconteciese  cosa  alguna; 
mas  luego  un  grumete  perdió  la  vida  en  manos  de  los 


—  94  — 
bárbaros,  que  lo  mataron  á  lanzazos,  dormido  debajo 
de  unos  palmares.  Legaspi,  noticioso  del  suceso,  man- 
dó desembarcar  alguna  tropa,  que  vengó  la  maldad  de 
los  isleños.  Poco  después  de  este  suceso,  á  principios 
de  Febrero,  levaron  anclas,  y  el  i  3  del  mismo  mes 
descubrieron  las  primeras  islas  Filipinas,  y  reconocie- 
ron luego  las  costas  de  Samar  y  Leyte  en  demanda  de 
los  pueblos  de  Abuyoc  y  Tandaya,  cuyos  habitantes 
hablan  recibido  bien  á  los  españoles  que  antes  hablan 
aportado  en  sus  islas.  Mas  en  esta  ocasión  ni  quisieron 
darles  víveres,  ni  recibirlos  en  sus  pueblos.  Legaspi, 
sin  embargo,  los  dejó  en  paz  y  se  dirigió  á  la  isla  de 
Bohol,  en  donde  tuvo  igual  recibimiento;  lo  que  no 
dejó  de  llamarle  la  atención.  Estando  la  armada  fon- 
deada todavía  en  frente  de  esta  isla,  se  les  acercó  un 
buque  de  moros  de  Borneo  :  Legaspi  les  envió  un  bote 
para  reconocerlos,  mas  habiendo  despreciado  los  re- 
querimientos y  opuesto  resistencia,  fué  luego  apresado 
con  seis  hombres  solamente,  porque  habiendo  muerto 
el  capitán  de  una  bala,  los  más  se  escaparon  con  un 
parao,  ó  embarcación  pequeña  del  país,  más  ligera  que 
el  bote  de  los  nuestros.  Entre  los  moros  que  no  pudie- 
ron ó  no  quisieron  escaparse,  habia  el  piloto  de  su  em- 
barcación y  el  factor  de  uno  de  los  reyes  de  su  isla,  que 
luego  fueron  de  grande  utilidad  para  Legaspi,  particu- 
larmente el  primero.  Preguntados  por  intérprete  sobre 
la  calidad  de  sus  personas  y  motivos  de  la  resistencia 
que  habian  hecho,  se  sinceraron  con  franqueza:  con- 
testaron que  eran  de  la  grande  isla  de  Borneo;  que 
habian  hecho  aquel  viaje  con  licencia  y  en  interés  de 
su  rey  para  contratar  con  la  gente  de  Mindanao,  y  que 


—  95  — 
si  se  habían  resistido,  fué  porque  juzgaban  que  los 
querian  apresar.  Legaspi,  oida  su  respuesta,  creyó  que 
debia  tratar  con  deferencia  á  estos  hombres,  y  desde 
luego  los  dio  por  libres,  devolviéndoles  su  buque  y 
cargamento. 

Agradecidos  los  borneos  por  un  favor  que  ya  no  es- 
peraban, no  tuvieron  dificultad  de  satisfacer  a  todas  las 
preguntas  que  Legaspi  les  hacia.  Le  manifiestan,  en 
primer  lugar,  que  sus  mercadurías  consistían  en  oro  de 
su  isla,  benjuí  para  perfumes,  hierro,  ropas  bastas  y 
pintadas,  de  algodón,  que  extraían  de  la  India,  cuchi- 
llos y  lanzas  de  acero,  calderas  y  sartenes  de  hierro  co- 
lado, armas  de  fuego,  sonajas  de  cobre  á  manera  de 
cazos  aplastados,  platos  y  tinajuelas  de  porcelana,  cu- 
yos efectos  se  fabricaban  en  Siam,  China  y  Malaca,  y 
los  cambiaban  por  cera,  pimienta,  mantas  gruesas,  oro 
en  polvo,  esclavos  y  unos  caracolillos  de  la  mar,  lla- 
mados sigáis,  que  en  algunas  partes  de  la  India  servían 
y  aun  sirven  de  moneda.  Los  nuestros  les  mostraron 
sus  efectos  de  Europa,  que  consistían  en  tafetanes, 
lienzos  y  paños  de  lana,  espejos,  abalorios,  cascabeles 
y  otras  cosas  de  adorno,  y  en  su  vista  les  aseguraron 
que  estas  cosas  en  aquellas  islas  serian  poco  estimadas. 
Después  les  sacaron  algunas  monedas  y  barras  de  plata 
de  la  Nueva  España,  las  que  apreciaron  mucho,  y  los 
mismos  empezaron  á  cambiarlas  por  algunas  cosas  que 
hacían  falta  á  la  armada,  asegurándoles  que  aquella 
mercaduría  era  de  mucha  estima  en  todas  las  regiones 
asiáticas.  Como  Legaspi  trataba  de  enviar  uno  de  sus 
buques  á  la  Nueva  España  con  canela,  les  preguntó 
también  sí  por  allí  se  hallaría  esta  droga  en  abundan- 


-96- 

cía,  á  lo  cual  le  contestaron  que  en  Mindanao  la  ha- 
llarla, así  como  también  oro,  pimienta  y  otros  artículos 
de  estimación;  y  que  á  un  pueblo  de  la  misma  isla, 
llamado  Botuan,  iban  las  embarciones  mercantes  de 
Luzon,  que  solian  traer  efectos  de  la  China.  También 
averiguó  que  á  pocas  leguas  de  allí  estaba  la  isla  de 
Cebú,  con  cuyos  habitantes  tanto  los  moros  de  Bor- 
neo como  los  de  Manila  hacian  buen  comercio.  Esta 
noticia  fué  muy  satisfactoria  para  Legaspi,  porque  ha- 
bia  resuelto  fijar  su  residencia  en  donde  Magallanes 
habia  aportado  el  primero  de  los  navegantes  europeos. 


IV. 


Faltaba  todavía  averiguar  la  verdadera  causa  de  la 
esquivez  y  enemistad  que  le  habían  mostrado  los  pue- 
blos de  Leyte  y  Bohol,  huyendo  unos  y  recibiendo 
otros  á  los  suyos  con  las  lanzas,  cuando  le  constaba  por 
relaciones  fidedignas  que  eran  muy  humanos.  Los  bor- 
nees, que  no  ignoraban  estos  hechos,  le  dijeron  que  ng 
era  de  extraiíar  los  hubiesen  recibido  y  tratado  como  á 
enemigos,  por  que  hacia  como  cosa  de  dos  años  que 
los  europeos  de  las  Molucas  habían  venido  con  ocho 
buques  bien  armados  á  Bohol  y  otros  puntos,  en  don- 
de al  principio  fueron  amigablemente  recibidos;  pero 
que  después  cometieron  robos  y  asesinatos,  llevándose 
cautivos  á  muchos  de  estos  infelices.  Legaspi  no  quiso 
dejar  la  isla  de  Bohol  sin  haberse  sincerado  y  dejar 
bien  asentado  su  buen  nombre  entre  unos  pueblos  cuya 


—  97  — 
amistad  le  interesaba  en  gran  manera.  Ante  todas  co- 
sas dijo  á  los  borneos  que  ellos  no  eran  los  europeos  de 
las  Molucas,  sino  subditos  de  otro  rey,  que  los  habia 
enviado  para  el  bien  de  estas  islas,  y  que,  por  consi- 
guiente, no  se  les  podian  imputar  en  manera  alguna 
aquellas  tropelías ,  cometidas  tal  vez  para  hacerles  odio- 
sos, y  esquivar  á  los  naturales  del  país  de  su  amigable 
trato.  Luego  le  rogó  que  desengañase  en  su  nombre  á 
Sicatuna,  reyezuelo  de  la  isla,  del  error  en  que  estaban 
sus  vasallos  de  mirarlos  como  europeos  de  las  Molu- 
cas, y  que  no  temiese  en  tratar  con  ellos;  pues  debia 
estar  seguro  que  ningún  daño  les  habian  de  hacer. 
Los  borneos  se  ofrecieron  desde  luego  á  ser  mediado- 
res de  la  paz  que  Legaspi  deseaba  entablar  con  Sica- 
tuna,  y  al  efecto  el  principal  de  ellos  bajó  á  tierra  y  se 
vio  con  este  régulo,  dándole  razón  de  cuanto  el  Gene- 
ral le  habia  manifestado.  Sin  embargo  de  la  amistad 
que  mediaba  entre  el  moro  y  Sicatuna,  éste  se  portó 
en  un  principio  con  gran  desconfianza;  temia  alguna 
traición  y  nuevos  daños,  porque  no  podia  persuadirse 
que  la  gente  de  Legaspi  fuese  diferente  de  los  portu- 
gueses, que  antes  los  habian  tan  injustamente  maltra- 
tado. Condescendió  al  fin,  y  prometió  que  celebrarla 
paces  con  los  europeos  de  los  buques  que  tenía  en  fren- 
te de  su  isla,  siempre  que  uno  de  sus  principales  bajase 
á  sangrarse  con  su  hijo.  Esto  era  un  juramento,  cuya 
ceremonia  consistía  en  echar  en  un  vaso  lleno  de  agua 
algunas  gotas  de  sangre  de  los  que  celebraban  el  trata- 
do, y  bebería  en  seguida.  Legaspi  no  tuvo  la  menor  di- 
ficultad en  aceptar  esta  propuesta,  y  desde  luego  envió 
á  uno  de  los  suyos  á  la  isla,  acompañado  del  borneo. 


-  98  - 
para  practicar  la  diligencia  que  propuso  Sicatuna,  en- 
cargándoles que  dijesen  á  este  régulo  que  deseaba  fuese 
en  persona  á  saludarle  en  sus  naves.  La  ceremonia  de 
la  sangre  se  llevó  á  efecto  sin  la  menor  dificultad,  y 
desde  aquel  momento  se  consideró  Sicatuna  como  alia- 
do de  los  nuestros.  No  depuso,  sin  embargo,  toda  su 
desconfianza;  porque  cuando  trató  de  embarcarse  para 
satisfacer  á  los  deseos  de  Legaspi  se  detuvo  en  la  pla- 
ya, y  envió  á  éste  un  recado  haciéndole  decir  que  ba- 
jase él  primero  á  su  isla  sin  acompañamiento  de  gente 
armada.  Pero  el  General  le  hizo  contestar  que  repre- 
sentando la  persona  de  un  monarca  poderoso,  no  le  era 
permitido  desamparar  la  escuadra  que  le  habia  confia- 
do; que  si  tenía  verdadera  voluntad  de  ser  amigo,  po- 
dia  sin  recelo  subir  á  su  navio,  y  que  en  todo  caso  le 
enviaria  para  su  satisfacción  á  dos  hombres  de  los  su- 
yos, y  otros  tantos  moros  de  Borneo  sus  conocidos. 
Entonces  Sicatuna  ya  se  determinó  á  presentarse  á  Le- 
gaspi en  su  navio,  de  quien  fué  honrosamente  recibido 
y  tratado.  Luego  le  manifestó  que  por  entonces  no 
trataba  de  otra  cosa  que  tener  relaciones  con  su  gente, 
recibir  comestibles  y  efectos  de  la  isla,  en  cambio  de 
otros  que  él  traia  de  Europa,  y  que  nadie  de  los  suyos 
les  habia  de  hacer  la  más  pequeña  violencia.  El  régulo 
accedió  sin  dificultad  á  cuanto  le  propuso;  le  dio  satis- 
facción de  su  desconfianza,  y  le  confirmó  la  noticia  que 
le  habian  dado  los  borneos  sobre  que  los  portugueses 
de  las  Molucas,  dos  años  antes,  le  habian  hecho  trai- 
ción y  causado  muchos  daños.  Estas  relaciones  amis- 
tosas proporcionaron  á  Legaspi  cuanto  habia  menester 
para  remediar  las  necesidades  que  padecia  la  escuadra. 


—  99  — 
porque  los  boholes  empezaron  desde  entonces  á  con- 
ducirle víveres,  y  le  franquearon  sus  maderas  para  la 
carena  de  los  buques. 

Entre  tanto  trató  Legaspi  de  averiguar  la  posición  y 
estado  de  Cebú  y  de  las  islas  más  vecinas.  A  este  fin 
despachó  pon  uno  de  sus  buques  el  piloto  mayor  de  la 
escuadra,  á  quien  acompañó  el  piloto  borneo,  que  era 
muy  inteligente  y  estaba  perfectamente  enterado  de  la 
situación  de  todas  ellas.  Al  salir  le  fijó  cierto  número 
de  dias  dentro  de  los  cuales  debia  regresar;  pero  los 
vientos  contrarios  y  las  corrientes  no  le  permitieron 
terminar  la  comisión  en  el  tiempo  prefijado.  Su  tar- 
danza inquietó  al  General,  y  pidió  á  Sicatuna  enviase 
una  de  sus  embarcaciones  para  averiguar  el  paradero 
de  su  buque;  mas  éste  no  tardó  en  presentarse  sin  ha- 
ber sido  visto  de  aquélla.  Este  reconocimiento  produjo 
los  buenos  resultados  que  Legaspi  podia  prometerse : 
en  vista  de  las  informaciones  del  piloto,  trató  en  una 
junta  si  sería  conveniente  establecerse  en  la  capital  de 
la  isla  de  Cebú,  y  fijar  allí  su  residencia  como  centro 
de  sus  operaciones.  La  junta  resolvió  la  parte  afirmati- 
va, y  en  su  consecuencia  la  escuadra  levó  anclas  y  se 
presentó  en  frente  de  Cebú. 

El  dia  27  de  Abril  de  1565,  dos  meses  y  medio 
después  de  haber  llegado  la  escuadra  á  las  primeras  is- 
las Filipinas,  fondeó  en  la  ensenada  de  Mandave,  y 
luego  requirió  el  General  pacíficamente  al  reyezuelo 
de  Cebú.  Tupas,  que  era  el  nombre  de  este  principal, 
no  recibió  mal  á  los  enviados  de  Legaspi;  les  contesto 
en  todo  conforme  á  sus  deseos  y  les  aseguró  que  el  dia 
siguiente  iria  personalmente  á  visitarle  en  sus  naves; 


—    ÍOÓ   — 

pero  entre  tanto  determinó  asegurar  cuanto  tenían  los 
suyos  en  la  población ,  y  oponerse  con  las  armas  al  des- 
embarque de  los  esparioles  que  tenía  a  la  vista.  La  mala 
fe  de  este  régulo  fué  luego  descubierta,  porque  los 
nuestros  desde  las  naves  observaban  que  los  cebuanos 
trasportaban  á  toda  prisa  por  mar  y  tierra  sus  haberes 
á  otras  partes.  No  faltaron  en  la  escuadra  hombres  ani- 
mosos que  representaron  al  General  la  necesidad  de  lle- 
var á  efecto  el  desembarque  cuanto  antes,  y  castigar  la 
doblez  con  que  Tupas  procedia;  mas  aquel  prudente 
jefe,  que  trataba  de  asegurar  la  dominación  española 
en  estas  islas  con  modos  humanos  y  pacíficos,  tuvo 
paciencia  de  aguardar  inútilmente  que  el  régulo  cum- 
pliese espontáneamente  su  palabra.  Al  dia  siguiente  le 
envió  una  comisión,  presidida  por  el  P.  Urdaneta,  que 
tenía  el  título  de  protector  de  indios,  el  cual  le  hizo 
presente  la  falta  de  no  haber  dado  cumplimiento  á  su 
promesa,  y  volvió  á  requerirlo  que  dentro  de  dos  ho- 
ras se  presentase  sin  falta  al  General  para  celebrar  amis- 
tosamente un  tratado,  y  que  si  se  negaba  á  su  requeri- 
miento, le  dijese  francamente  los  motivos  que  tenía 
para  ello.  Disculpóse  Tupas,  pretextando  que  no  habia 
ido  á  visitar  al  General  por  cortedad  y  miedo;  pero 
que  de  nuevo  prometia  que  iria  dentro  del  plazo  seña- 
lado. Se  pasaron  las  dos  horas  y  no  compareció;  se  re- 
pitió el  requerimiento  y  todo  fué  en  vano,  porque 
aquel  régulo  sólo  trataba  de  ganar  tiempo  y  burlar  la 
buena  fe  del  General.  Este,  sin  embargo,  tuvo  sufi- 
ciente calma  para  enviarle  una  cuarta  comisión,  la  que 
ya  fué  recibida  con  las  armas.  La  población  de  Cebú 
ya  estaba  á  la  sazón  exhausta  de  gente  :  sólo  hablan 


lOI 


quedado  los  varones  de  armas  tomar,  que  reunidos  en 
un  gran  número  de  pequeñas  embarcaciones  y  gran- 
des pelotones  en  la  playa,  trataban  de  recibir  hostil- 
mente á  nuestra  gente.  Aun  entonces  no  quiso  Legas- 
pi  usar  de  violencia  con  los  imprudentes  cebuanos,  sin 
oir  el  voto  de  los  capitanes  de  la  escuadra,  los  cuales 
unánimemente  decidieron  que  se  hallaban  en  el  caso 
de  rechazar  la  fuerza  con  la  fuerza. 

Esta  medida,  aunque  violenta,  estaba  apoyada  en  la 
justicia :  el  honor  nacional  habia  sido  vulnerado  por  la 
doblez  y  mala  fe  con  que  habia  procedido  el  jefe  de 
Cebú  :  la  gravísima  injuria  que  este  pueblo  habia  he- 
cho á  la  escuadra  del  malogrado  Magallanes  no  estaba 
todavía  satisfecha  ni  vengada.  La  perfidia  de  Hamabar, 
que  con  capa  de  amistad  habia  quitado  la  vida  cruel- 
mente á  Serrano  y  compañeros  cuando  sólo  trataban 
de  refrescar  sus  víveres  é  ir  á  las  Molucas,  es  uno  de 
aquellos  casos  que  justifican  la  declaración  de  guerra 
contra  cualesquiera  soberanos;  y  Legaspi  en  esta  oca- 
sión podia  castigarla,  6  pedir  una  satisfacción  condig- 
na; y  sobre  todo,  el  modo  hostil  con  que  ahora  reci- 
ben á  sus  enviados  lo  provocaba  á  la  guerra,  la  que  no 
debia  ni  podia  rehusar,  siendo  bastante  poderoso  para 
dejar  en  buen  lugar  el  pabellón  victorioso  de  Castilla. 
Ordenóse,  pues,  el  desembarque:  los  buques  se  pusie- 
ron en  orden  de  batalla,  echáronse  los  botes  á  la  mar, 
y  la  gente  armada  se  fué  acercando  bien  prevenida  á 
la  playa.  La  sola  artillería  de  los  buques  fué  bastante 
para  despejar  el  campo,  porque  los  cebuanos,  al  ver 
los  estragos  de  las  balas,  llenos  de  un  pánico  terror,  se 
pusieron  en  precipitada  fuga;  de  suerte  que  la  tropa  á 


I02 


SU  llegada  ya  no  halló  enemigos  que  les  hiciesen  resis- 
tencia. Los  mismos  indios  en  su  retirada,  llenos  de  des- 
pecho, incendiaron  á  Cebú,  y  los  españoles  salvaron 
muchas  casas,  de  las  que  se  posesionaron  como  cosa 
abandonada.  De  esta  suerte  quedó  Legaspi  en  un  mo- 
mento dueño  de  aquella  población,  provocado  por  sus 
mismos  habitantes  á  una  guerra,  que  trataba  seriamen- 
te de  evitar. 

En  una  de  las  casas  que  se  preservaron  del  incendio 
se  halló  una  imagen  preciosa,  que  representaba  el  niño 
Dios.  Era  de  una  tercia  de  alto  con  camisa  de  volante, 
ropa  de  damasco  colorado  y  un  gorro  flamenco  de  ve- 
lludo :  llevaba  en  la  mano  una  esfera  y  en  el  cuello  una 
crucecita  colgada  de  una  cadena  de  oro.  Hallóla  un 
afortunado  marinero  vizcaíno,  llamado  Juan  Camus, 
al  registrar  la  casa,  metida  en  una  caja  de  pino  y  liada 
con  una  cuerda  de  cáñamo,  materia  que  no  se  halla  en 
el  país.  El  gozo  de  que  se  hallaba  poseído  el  piadoso 
marinero  al  descubrirla,  no  es  posible  describirle;  aun- 
que la  caja  estuviera  llena  de  piedras  preciosas,  no  pu- 
diera expresarse  con  mas  satisfacción  y  alegría.  Una 
novedad  tan  rara  debia  de  llamar  precisamente  la  aten- 
ción de  los  presentes :  en  su  vista  se  hincaron  todos  de 
rodillas  delante  de  la  imagen  prodigiosa,  la  adoraron 
llenos  de  una  santa  emoción,  y  dieron  gracias  al  Se- 
ñor, que  de  esta  suerte  se  dignaba  consolarlos,  endul- 
zando sus  fatigas,  sufridas  por  la  gloria  de  su  nombre. 
No  se  pudo  averiguar  de  positivo  cómo  y  cuándo  ad- 
quirieron los  cebuanos  esta  prenda  de  amor;  pero  es 
verosímil  la  llevasen  á  esta  población  los  primeros  es- 
pañoles de  la  expedición  de  Magallanes,  Ni  hace  fuer- 


—  I03  — 
za  el  dicho  de  los  indios,  que  después  aseguraron  ha- 
berla poseido  de  tiempo  inmemorial;  porque  los  cua- 
renta y  cuatro  arios  que  hablan  transcurrido  desde  en- 
tonces, eran  suficientes  para  borrar  de  su  memoria  el 
tiempo  y  circunstancias  de  su  adquisición.  Puede  ser 
también  que  los  cebuanos  ocultasen  de  propósito  estas 
mismas  circunstancias,  para  que  no  se  les  privara  de 
un  tesoro,  que  sin  conocerlo  apreciaban.  Sin  embargo 
de  las  súplicas  que  después  hicieron  á  Legaspi  para  que 
les  devolviese  la  sagrada  imagen,  no  fueron  atendidos. 
El  Santo  Niño  fué  considerado  como  propiedad  de  la 
armada,  y  Legaspi,  como  general  de  ella,  lo  entregó  á 
los  PP.  Agustinos  que  lo  acompañaban,  quienes  lo  co- 
locaron desde  luego  en  una  iglesia  subsidiaria,  que 
luego  se  fabricó  bajo  la  invocación  del  Santísimo  Nom- 
bre de  Jesús.  Su  invención  fué  el  mismo  dia  en  que 
los  españoles  se  posesionaron  de  Cebú;  esto  es,  el  dia 
28  de  Abril  de  1565. 


V. 


Sin  embargo  de  que  los  cebuanos  abandonaron  su 
población,  huyendo  de  los  nuestros,  de  noche  solian 
hacer  sus  correrías  y  molestar  á  los  centinelas  que  ve- 
laban por  la  seguridad  del  campamento.  Fiados  en  la 
escabrosidad  y  maleza  del  terreno,  se  insolentaban  de 
tal  suerte,  que  una  vez  consiguieron  pegar  fuego  en 
los  cuarteles  que  se  hablan  levantado  para  la  tropa. 
Entonces  mandó  el  General  arrasar  las   arboledas  y 


—   I04  — ■ 

malezas  en  derredor  del  campamento,  y  construir  un 
fuerte  de  empalizada,  cuyas  sencillas  diligencias  fueron 
suficientes  para  precaver  los  daños  que  podian  meditar 
los  enemigos,  los  cuales,  refugiados  entre  tanto  en  los 
cercanos  bosques,  padecían  muchas  privaciones  y  mo- 
lestias. La  obra  del  fuerte  se  principió  el  8  de  Mayo, 
dia  en  que  celebra  la  Iglesia  la  aparición  de  San  Mi- 
guel, cuya  circunstancia,  con  la  de  llamarse  con  este 
nombre  el  General,  motivó  el  haberse  dado  este  mis- 
mo nombre  á  la  nueva  población. 

Algunos  principales  de  Cebú,  al  fin,  fueron  depo- 
niendo el  miedo,  y  acercáronse  al  campamento,  mos- 
trando deseos  de  confederarse  con  los  nuestros.  Cuan- 
do se  les  echaba  en  cara  las  hostilidades  nocturnas,  las 
atribuian  á  otros  enemigos;  y  al  proponer  las  amista- 
des, les  hacia  contestar  Legaspi  que  no  podia  con- 
cluirse cosa  alguna  mientras  no  se  presentase  Tupas, 
su  señor.  Después  de  muchas  instancias  y  demandas, 
se  presentó  al  campamento  uno  de  los  principales,  que 
dijo  ser  hermano  de  este  régulo,  y  aseguró  al  General, 
que  á  la  sazón  estaba  muy  lejos  de  allí,  pero  que  no 
tardarla  en  presentarse,  siempre  que  se  le  diese  un  sal- 
voconducto y  se  le  perdonase  lo  pasado.  Legaspi,  que 
no  aspiraba  á  otra  cosa,  accedió  á  sus  propuestas,  y  le 
dio  cuantas  seguridades  podia  desear;  pero  el  régulo, 
cuya  mala  fe  le  hacia  cada  vez  más  receloso,  no  se  re- 
solvía á  cumplir  lo  prometido,  hasta  que,  al  fin ,  com- 
pelido  por  las  instancias  repetidas  de  los  suyos,  com- 
pareció á  la  presencia  de  Legaspi.  Iba  acompañado  de 
Tamoyan  y  otros  principales  de  la  isla,  y  fué  recibido 
de  aquel  jefe  con  agrado:  le  dijo,  sin  embargo,  que 


—  I05  — 

extrañaba  en  gran  manera  hubiese  tardado  tanto  tiem- 
po en  cumplir  lo  que  tantas  veces  habia  prometido, 
puesto  que  hasta  entonces  ningún  agravio  habia  reci- 
bido de  su  gente,  y  sólo  se  trataba  de  asegurar  la  paz, 
que  á  todos  convenia. 

Contestóle  Tupas  que  él  también  deseaba  por  su 
parte  estar  en  paz  con  ellos  y  celebrar  tratados  amisto- 
sos, y  que  no  habia  comparecido  antes  por  temor.  En- 
tonces dirigió  Legaspi  á  todos  la  palabra  y  les  habló 
así:  «No  podéis  ignorar  ¡oh  cebuanos!  lo  que  sucedió 
en  tiempo  de  Hamabar,  soberano  de  la  isla,  con  los 
españoles  de  la  expedición  de  Magallanes.  Este  era  un 
general  que  venía,  como  yo,  en  nombre  de  mi  rey;  fué 
recibido  como  amigo,  y  prendado  aquel  régulo  de  su 
amable  trato,  recibió  su  religión,  con  muchos  de  los 
suyos,  prometiendo  por  un  tratado  guardar  fidelidad 
al  Rey  de  España.  Magallanes  murió  luego,  peleando 
como  bueno  contra  los  enemigos  de  Cebú,  y  ¿cómo 
correspondisteis  á  las  finezas  de  vuestros  aliados?  Lejos 
de  consolarlos  por  la  pérdida  de  su  amado  general,  ase- 
sinasteis luego  alevosamente  á  Serrano,  que  le  habia 
sucedido  en  el  mando  (i)  con  veinte  y  cinco  compa- 
ñeros. Mas  yo,  si  bien  pudiera  ahora  castigar  un  aten- 
tado tan  atroz,  no  trato  de  vengar  injurias  pasadas,  sino 
tan  solamente  de  que  renovéis  el  tratado  que  antes  ce- 
lebrasteis con  Magallanes.  Ni  creáis  que  os  recuerde 
vuestros  yerros  para  confundiros  con  su  memoria,  sino 
para  que  conozcáis  el  valor  de  la  clemencia,  y  sepáis 


(i)  Ya  se  ha  indicado  que,  según  otros  autores,  no  fué  Serrano  sino  Bar- 
bosa el  jefe  que  sucedió  á  Magallanes  en  el  mando. 


—  io6  — 

apreciar  el  perdón  que  os  ofrezco  en  nombre  de  mi 
rey,  os  mostréis  rendidos  á  este  soberano,  y  le  profeséis 
amor  y  lealtad.  Pagaréis  un  escaso  reconocimiento,  y 
yo  os  admitiré  debajo  de  su  poderosa  protección.»  Es- 
cucharon los  cebuanos  muy  atentos  la  arenga  de  Le- 
gaspi;  se  excusaron  de  la  deslealtad  de  sus  antepasados, 
que  les  habia  recordado,  echando  la  culpa  á  sus  auto- 
res; le  agradecieron  el  perdón,  y  le  ofrecieron  desde 
luego  pagar  el  conocimiento  que  les  pedia,  según  sus 
fuerzas.  Luego  añadió  Legaspi  que  convenia  se  deter- 
minasen los  precios  de  los  comestibles  que  necesitaba 
para  el  abasto  de  su  gente,  con  el  fin  de  evitar  con- 
tiendas y  disgustos,  y  les  señaló  tres  dias  para  que  de- 
liberasen de  común  acuerdo  lo  que  más  les  importaba, 
y  después  no  alegasen  ignorancia  de  lo  que  habian  ofre- 
cido. De  esta  suerte  se  terminó  la  primera  conferencia. 
Tupas  y  los  principales  de  Cebú  dieron  á  entender  al 
General  que  les  parecia  bien  cuanto  les  habia  dicho,  y 
le  prometieron  volver  á  darle  la  última  respuesta  den- 
tro del  plazo  señalado. 

Se  ignora  lo  que  los  cebuanos  resolvieron  al  sepa- 
rarse de  la  presencia  de  Legaspi;  pero  lo  cierto  es  que 
se  pasaron  los  tres  dias  aplazados,  sin  que  Tupas  ni 
otro  alguno  de  aquellos  principales  compareciese,  fi- 
gurándose quizás  que  los  españoles,  á  quienes  no  po- 
dían rechazar,  hostigados  por  la  necesidad,  al  fin  aban- 
donarían á  Cebú.  Entre  tanto  sucedió  un  lance  lasti- 
moso, que  contribuyó  en  gran  manera  al  desenlace  del 
asunto  principal.  Un  gentil-hombre  de  Legaspi,  pa- 
seándose, contra  su  orden,  fuera  del  campamento,  fué 
atravesado  por  una  lanza  enemiga;  le  cortaron  inme- 


—  loy  — 

diatamente  la  cabeza,  y  se  la  llevaron  embarcados,  sin 
ser  vistos  ni  sentidos.  Luego  que  Legaspi  tuvo  noticia 
de  este  atentado,  envió  al  maestre  de  campo  D.  Mateo 
del  Saus  con  una  partida  de  soldados,  para  averiguar  el 
caso  y  castigar  á  los  culpados.  Dirigióse  hacia  donde 
se  habian  refugiado  los  agresores;  pero  á  su  llegada  sólo 
halló  en  unas  chozas  miserables  siete  mujeres,  que 
prendió  y  llevó  al  campamento.  Esta  fué  la  única  sa- 
tisfacción que  se  pudo  tomar  de  aquel  asesinato;  pero 
la  prisión  de  estas  mujeres  fué  un  medio  poderoso  para 
establecer  las  paces  entre  los  españoles  y  naturales  de 
la  isla. 

Durante  la  ausencia  del  maestre  de  campo,  Legaspi 
se  quedó  en  el  real,  y  dispuso  que  los  gentiles-hombres 
le  hiciesen  la  guardia  para  el  decoro  y  seguridad  de  su 
persona.  Esta  disposición  era  muy  justa  y  natural,  y, 
sin  embargo,  ellos  sintieron  vivamente  que  se  les  exi- 
giese un  servicio  á  que  no  estaban  acostumbrados,  y 
no  faltó  entre  ellos  quien  tuvo  el  descaro  de  decir  al 
General  que  hacer  la  guardia  era  más  propio  de  laca- 
yos que  de  gentiles-hombres.  Este  jefe  sintió,  como 
era  natural,  tamaño  insulto,  pero  creyó  que  por  enton- 
ces debia  disimular,  para  evitar  mayores  males.  No  fué 
de  este  parecer  el  maestre  de  campo;  porque,  noticio- 
so del  suceso,  procuró  que  se  disolviese  aquel  cuerpo, 
y  los  que  lo  componían  fuesen  agregados  á  las  demás 
compañías  de  soldados,  supuesto  que  en  su  concepto 
sólo  les  servia  de  lujo  aquel  título.  Esta  medida  exaspe- 
ró de  tal  manera  á  aquellos  hombres  insolentes,  que  se 
precipitaron  en  su  vista  á  cometer  un  atentado,  que  pu- 
diera haber  sido  la  ruina  de  todo  el  campamento;  por- 


—    \0\ 


que  incendiaron  la  casa  en  donde  se  habia  quedado  el 
General,  que,  como  construida  de  materiales  combus- 
tibles, cerca  de  los  reales  almacenes,  todos  los  haberes 
de  la  armada  estuvieron  en  inminente  peligro  de  per- 
derse. Desde  luego  se  sospechó  quiénes  pudieran  ha- 
ber sido  los  culpados;  en  su  consecuencia  se  practica- 
ron diligencias,  y  dos  individuos  del  cuerpo  suprimido 
fueron  probados  criminales,  y  expiaron,  como  incen- 
diarios, su  delito  en  la  horca  para  escarmiento  de  los 
demás. 

Poco  después  de  este  suceso  deplorable  envió  Legas- 
pi  uno  de  sus  buques  á  la  Nueva  España,  con  el  fin  de 
pedir  más  gente  y  dar  cuenta  de  sus  descubrimientos 
al  superior  Gobierno.  Nombró  cabo  mayor  de  él  á  su 
nieto,  D.  Felipe  de  Salcedo,  y  encargó  la  derrota  y 
dirección  del  viaje  al  padre  Fr.  Andrés  de  Urdaneta. 
Zarparon  de  la  ensenada  de  Cebú  el  dia  i."  de  Junio 
del  mismo  año,  y  habiéndose  remontado  hasta  los  36 
grados  por  las  islas  de  los  Ladrones,  el  30  de  Octubre 
llegaron  sin  novedad  especial  al  puerto  de  Acapulco. 
La  noticia  de  su  llegada,  y  la  relación  que  hicieron 
verbalmente  de  los  sucesos  de  la  escuadra,  causaron 
mucha  sensación  en  la  capital  del  Nuevo  Mundo,  por- 
que nada  se  sabía  aún  de  estos  hechos.  En  su  vista  se 
repicaron  las  campanas  en  señal  de  regocijo,  cuya 
práctica  se  continuó  después  por  mucho  tiempo,  siem- 
pre que  llegaba  á  Nueva  España  algún  galeón  de  Fi- 
lipinas. El  P.  Urdaneta  prosiguió  su  viaje  hasta  la  cor- 
te; entregó  al  Rey  la  correspondencia  de  Legaspi  y  le 
dijo  de  palabra  cuanto  deseaba  saber  de  su  larga  expe- 
dición. A  su  llegada,  D.  Alonso  de  Arellano,  capitán 


del  patache  que  habia  desertado  de  la  escuadra  de  Le- 
gaspi,  estaba  en  la  misma  corte  negociando  recom- 
pensas por  haber  sido  el  primero  que  dio  la  vuelta  á 
Nueva  España  desde  las  Filipinas;  pero  su  maldad  fué 
desde  luego  descubierta  con  las  relaciones  de  Legaspi 
é  informes  de  aquel  distinguido  religioso.  En  su  vista, 
fué  metido  desde  luégcten  una  cárcel,  y  después  envia- 
do á  Nueva  España  bajo  partida  de  registro,  con  orden 
de  que  fuese  enviado  á  Legaspi  para  que  lo  castigase. 
El  P.  Urdaneta,  concluidos  sus  negocios,  volvió  á  la 
ciudad  de  Méjico,  y  terminó  sus  dias  entre  los  herma- 
nos de  su  Orden,  con  opinión  de  gran  virtud. 

Legaspi  en  Cebú,  no  desviándose  un  paso  de  la 
senda  que  le  habia  trazado  su  gran  prudencia,  se  ha- 
cia querer  de  sus  mismos  enemigos.  Una  de  aquellas 
mujeres  que  prendió  Saus  cuando  salió  para  castigar 
el  asesinato  del  gentil-hombre,  le  suplicó  que  le  per- 
mitiese ir  con  su  criada  para  llamar  á  su  marido,  ase- 
gurándole que  sin  falta  volveria.  Sin  embargo  de  que 
no  parecía  cuerdo  el  fiarse  de  la  palabra  de  una  mujer 
que  no  se  hallaba  con  la  libertad  suficiente,  el  Gene- 
ral le  otorgó  lo  que  pedia,  y  conociendo  por  su  aire  que 
no  era  ordinaria,  le  encargó  que  procurase  hacer  saber 
á  Tupas  que  lo  estaba  aguardando.  Cumplió  la  india, 
en  efecto,  su  palabra,  y  dio  satisfacción  á  los  deseos  de 
Legaspi,  pues  Tupas  no  tardó  en  enviarle  un  moro 
que  sabía  la  lengua  malaya,  para  que  le  comunicase 
por  su  medio  lo  que  bien  le  pareciese,  y  dijese  al  mis- 
mo tiempo  lo  que  pedia  por  el  rescate  de  las  presas. 
Legaspi  recibió  muy  bien  al  emisario,  y  le  dijo  que 
estaba  muy  sentido  de  Tupas  y  principales,  ora  por 


—  lio 


no  haberle  cumplido  la  palabra  de  volver  á  su  presen- 
cia dentro  de  los  tres  dias  designados,  ora  por  la 
muerte  alevosa  que  habian  cometido  en  uno  de  sus 
gentiles-hombres.  Por  lo  que  tocaba  á  la  libertad  de 
las  mujeres,  le  aseguró  que  se  la  otorgaria,  tan  pronto 
como  la  paz  se  asentase,  sin  ninguna  clase  de  rescate, 
y  que  entre  tanto  estarian  bajo  su  cuidado,  bien  trata- 
das. Se  despidió  el  moro  de  Legaspi,  y  no  tardó  en 
volver  al  campamento  con  dos  principales  cebuanos, 
llamados  Maquiong  y  Catipan,  de  los  cuales  el  prime- 
ro era  marido  de  una  de  las  presas,  y  padre  de  otras 
dos.  Habiendo  á  su  llegada  pedido  audiencia  á  Legaspi, 
se  le  presentaron  y  le  dijeron  que,  noticiosos  del  buen 
trato  que  se  daba  á  las  presas,  entre  las  cuales  tenía  el 
uno  á  su  mujer  y  dos  hijas,  estaban  muy  agradecidos; 
y  que  supuesto  no  queria  permitirles  se  fuesen  á  sus  ca- 
sas, que  á  lo  menos  no  les  negase  a  ellos  el  consuelo 
de  estar  entre  los  suyos.  Legaspi,  en  vista  de  una  acción 
tan  noble  y  generosa,  accedió  gustoso  á  sus  deseos  y 
procuró  ganarles  el  afecto.  Por  este  medio  consiguió 
el  prudente  General  lo  que  no  pudiera  con  las  armas, 
porque  aquellos  principales,  vencidos  por  los  beneficios 
que  recibían  con  frecuencia  de  los  españoles,  empeza- 
ron á  cobrarles  afición,  y  luego  allanaron  el  camino 
para  terminar  las  negociaciones  de  la  paz. 

Maquiong  fué  el  primero  que  se  ofreció  á  ser  ami- 
go de  los  españoles  y  subdito  de  su  gobierno,  y  Le- 
gaspi le  dijo  entonces  francamente  que  era  necesario 
establecer  la  paz,  llevando  á  efecto  las  propuestas  que 
antes  les  habia  hecho.  Desde  entonces  este  principal 
y  su  compañero  Catipan  se  constituyeron  mediadores 


Itt  — 


entre  el  General  y  los  principales  de  Cebú.  El  dia  si- 
guiente volvieron  á  su  alojamiento  llevando  á  un  hijo 
de  Tupas,  y  le  dieron  cuenta  del  buen  estado  del  ne- 
gocio. Entonces  Maquiong  se  quedó  en  el  campamen- 
to con  el  nuevo  compañero,  sin  duda  con  el  fin  de 
hacerle  observar  que  los  españoles  no  eran  tan  fero- 
ces como  creian,  y  Catipan  volvió  á  verse  con  el  ré- 
gulo para  decidirlo  á  que  aceptase  las  proposiciones 
de  Legaspi.  No  se  cumplieron  en  este  dia  sus  deseos; 
mas  el  régulo,  ya  determinado,  envió  á  Legaspi  cuatro 
hombres,  asegurándole  que  el  dia  siguiente  se  le  pre- 
sentaria,  lo  que  al  fin  cumplió,  acompañado  de  algu- 
nos principales  y  sesenta  hombres  de  respeto ,  como 
guardia  de  honor.  El  General  lo  recibió  sin  muestras 
de  resentimiento,  pero  con  la  gravedad  que  la  visita 
reclamaba,  y  dirigiéndole  en  seguida  la  palabra,  le  dijo: 
« Extraño  es  \  oh  Tupas !  el  poco  aprecio  que  has  hecho 
de  la  amistad  y  perdón  de  los  agravios  que  te  habia 
ofi-ecido  en  nombre  de  mi  rey  :  me  has  mirado  con  la 
desconfianza  de  enemigo ,  y  has  preferido  las  molestias 
é  incomodidades  de  la  fuga  á  la  compañía  de  los  que 
hemos  venido  de  lejanas  tierras  para  colmaros  de  feli- 
cidad y  gloria.  Habla,  en  fin  con  claridad:  elige  entre 
la  guerra  y  la  paz;  y  sin  embargo  de  que  repetidas 
veces  me  has  provocado  á  lo  primero,  todavía  tienes 
tiempo  para  meditar  acerca  del  partido  que  más  ven- 
tajoso te  parezca.))  Enterado  Tupas  del  lacónico  dis- 
curso de  Legaspi,  le  contestó,  por  medio  de  intérprete, 
que  siempre  habia  tenido  voluntad  de  concluir  los  tra- 
tados comenzados;  que  su  tardanza  en  presentarse  más 
habia  procedido  de  vergüenza  que  de  malicia;  porque, 


—  III  — 

sin  embargo  de  que  no  rehusaba  pagar  el  reconoci- 
miento que  le  habia  anunciado,  la  necesidad  que  pa- 
decian  sus  vasallos  le  ponia  en  el  caso  de  faltar  al 
compromiso,  y  que,  finalmente,  hablándole  con  la 
claridad  que  le  inspiraba  la  confianza  con  que  lo  tra- 
taba, debia  decirle  que  siempre  habia  temido  á  su 
gente;  pero  que  ya  estaba  convencido  que  la  paz  y 
amistad  con  él  era  el  partido  más  ventajoso  que  podia 
adoptar,  y  que  en  su  consecuencia  desde  aquel  mo- 
mento él  y  sus  vasallos  se  colocaban  bajo  la  protección 
de  su  monarca,  y  le  prometía  por  sí  y  sus  descendien- 
tes guardarle  lealtad.  Legaspi  admitió  desde  luego  á 
los  cebuanos  la  sujeción  que  ofi'ecian  por  medio  de 
Tupas,  su  señor,  á  la  corona  de  Castilla,  y  para  la 
firmeza  de  un  hecho  de  tanta  gravedad  se  extendieron 
por  escrito  los  conciertos  con  las  formalidades  necesa- 
rias. Sentimos  carecer  de  este  documento  importante, 
que  sería,  á  no  dudgrlo,  un  rico  ornamento  para  la 
historia  de  las  islas  Filipinas. 

Desde  aquel  dia  los  cebuanos  entraban  y  sallan  con 
frecuencia  en  el  real  ó  campo  de  los  españoles,  y  los 
principales  repetían  sus  visitas  á  Legaspi,  atraídos  más 
bien  por  los  regalos  que  les  hacia  que  por  el  afecto 
que  en  la  apariencia  le  mostraban.  La  visita  más  in- 
teresante de  que  hablan  las  historias  antiguas  de  las 
islas,  fué  sin  duda  la  que  le  hizo  la  mujer  del  régulo: 
llevaba  en  su  comitiva  muchos  deudos  y  principales 
de  la  isla,  que  de  dos  en  dos  iban  entrando  en  la  es- 
tancia del  General.  Detras  venía  la  señora,  cercada  de 
mujeres  bien  vestidas  con  faldellinas  y  mantas  borda- 
das con  flores  muy  vistosas;  llevaban  en  la  cabeza  unos 


—  113  — 
adornos  curiosos  hechos  de  palma  fina,  con  guirnaldas 
de  flores  naturales  con  mucha  gracia.  Tenian,  ademas, 
en  los  pies  y  muñecas  una  especie  de  argollas,  y  en 
los  dedos  anillos  de  oro  abrillantado,  de  quilates  muy 
subidos.  Todos  entraban  cantando,  a  excepción  de  la 
señora,  que  andaba  con  mucha  gravedad,  apoyada 
sobre  los  hombros  de  dos  niños.  El  General  la  recibió 
con  la  afabilidad  posible,  la  obsequió  como  convenia, 
la  convidó  á  su  mesa,  y  después  la  regaló  muy  buenas 
ropas  y  dos  sartos  de  perlas  finas,  con  otros  adornos  de 
buen  gusto.  Al  fin  de  la  visita  salió  con  el  mismo  orden 
que  habia  guardado  en  la  entrada,  muy  satisfecha  y 
prendada  de  la  fineza  y  obsequios  de  Legaspi. 

Luego  que  los  cebuanos  empezaron  á  tratar  amiga- 
blemente con  los  nuestros,  también  los  padres  misio- 
neros procuraron  dar  principio  á  la  propagación  del 
Evangelio.  Ante  todas  cosas  hicieron  admirar  á  los  in- 
fieles la  majestad  del  culto  é  imponentes  ceremonias 
de  nuestra  santa  religión,  y  luego  les  hablaron  de  la 
ley  santa  del  Señor,  cuya  doctrina  admiraban,  y  no 
pocos  mostraron  poco  después  deseos  verdaderos  de 
abrazarla.  Pero  el  ejemplo  de  los  que  hablan  recibido 
el  santo  sacramento  del  Bautismo  en  tiempo  de  Ma- 
gallanes los  hizo  cautos,  y  en  su  vista  anduvieron  con 
mucha  circunspección  en  esta  parte  en  un  principio, 
administrando  solamente  las  aguas  de  salud  á  los  que 
daban  pruebas  de  perseverancia  con  las  obras.  Una 
sobrina  de  Tupas,  ofrecida  por  este  regulo  á  Legaspi 
para  el  servicio  de  su  casa,  fué  la  primera  que  tuvo 
la  dicha  de  ser  regenerada.  Este  jefe  quiso  tener  el 
gusto  de  apadrinarla,  y  le  puso  el  nombre  de  Isabel, 


—  114  — 

por  ser  éste  el  de  su  mujer  difunta;  procuro  solemni- 
zar el  acto  con  muchas  demostraciones  de  regocijo,  y 
luego  él  mismo  dotó  á  la  nueva  ahijada  y  la  casó  con 
Andrés,  calafate  de  la  armada. 


VI. 


El  mayor  trabajo  que  á  la  sazón  afligia  á  Legaspi 
era  la  escasez  de  víveres  que  su  gente  padecía:  habia 
ya  algunos  meses  que  se  hallaban  en  Cebú,  y  los  na- 
turales de  la  isla,  á  pesar  de  los  ricos  retornos  que  les 
ofrecían,  no  trataban  de  llevar  comestibles  al  real: 
táctica  de  que  hablan  echado  mano  los  que  los  man- 
daban, á  fin  de  que  los  españoles  los  dejasen.  Pero  al 
fin,  lo  que  no  pudieron  conseguir  de  los  que  ya  eran 
considerados  como  amigos,  lo  consiguieron  de  unos 
moros  cuyo  país  todavía  ignoraban.  Eran  éstos  unos 
mercaderes  de  Luzon  procedentes  de  Manila,  que  ya 
entonces  era  corte  de  los  rajáes  que  dominaban  en  sus 
costas,  los  cuales,  noticiosos  de  la  llegada  de  los  nues- 
tros á  Cebú,  y  de  los  ricos  cambios  que  tenian,  se 
apresuraron  á  llevarles  arroz  y  otros  comestibles.  Le- 
gaspi los  recibió  á  su  satisfacción ,  les  tomó  todo  el  ar- 
roz á  precios  subidos,  y  consiguió  por  este  medio  que 
le  condujesen  más  cantidad  de  este  cereal  de  la  isla  de 
Panay,  no  distante  de  Cebú,  en  donde  abundaba.  Des- 
de entonces  concibió  Legaspi  el  proyecto  de  trasladar 
su  campo  á  Manila,  en  atención  á  ser  país  más  abun- 
dante, y  á  la  escasez  de  víveres  que  experimentaba  en 


.       —  115  — 
Cebú.  Con  este  fin,  al  despedirse  los  moros  mercade- 
res, encargó  á  Mahomat,  uno  de  ellos,  que  dijese  de 
su  parte  al  jefe  de  Manila  que  pensaba  enviarle  una 
embajada  para  celebrar  con  él  tratados  amistosos. 

A  consecuencia  de  esta  escasez  de  víveres,  que  tanto 
afligia  al  General,  se  apoderó  el  descontento  de  algu- 
nos hombres  inquietos ,  que  deseosos  de  aliviar  los  ma- 
les que  todos  padecian  y  mejorar  deposición,  trataron 
de  fugarse  con  uno  de  los  buques  de  que  se  compo- 
nía la  pequeña  escuadra  española.  Su  intento  era  robar 
lo  que  pudiesen,  barrenar  los  demás  buques  para  que 
no  pudiesen  perseguirlos,  y  refugiarse  en  Francia,  que 
siempre  solia  estar  en  guerra  en  aquel  tiempo  con  Es- 
paña. La  conspiración  fué  descubierta  un  dia  antes  del 
aplazado  para  llevarla  á  efecto,  por  haberla  delatado 
un  veneciano,  llamado  Juan  María,  uno  de  los  princi- 
pales conjurados.  Legaspi,  en  su  vista,  prendió  á  los 
culpados,  los  encausó,  y  resultando  criminales  Pablo 
Hernández,  Pedro  Prim  y  Jorge  Griego,  los  dos  últi- 
mos el  dia  siguiente  amanecieron  ahorcados;  el  prime- 
ro se  fugó,  pero  luego  la  necesidad  le  obligó  á  entre- 
garse, y  sufrió  la  misma  pena.  Castigados  los  cabezas 
de  la  conspiración,  desistió  el  General  de  las  pesquisas 
comenzadas;  pero  hizo  una  arenga  delante  de  todo  el 
campamento,  afeando  como  convenia  un  atentado  que 
podia  destruir  las  esperanzas  que  de  tantos  sacrificios 
hechos  hasta  allí  debian  prometerse. 

El  ejemplar  castigo  ejecutado  en  las  personas  de 
aquellos  criminales,  si  bien  produjo  por  de  pronto  los 
efectos  deseados,  no  fueron  estos,  sin  embargo,  de  lar- 
ga duración ,  porque  no  habia  sido-  posible    todavía 


—  ii6  — 

remediar  el  mal  que  habia  motivado  la  conspiración 
de  aquellos  infelices.  En  efecto,  otros  mal  contentos, 
que  no  sabian  resignarse  en  la  adversidad  presente,  tra- 
maron una  nueva  insurrección ,  con  intento  de  aban- 
donar el  campo  de  Cebú  y  pasarse  a  los  portugueses 
del  Moluco.  Hallábanse  al  frente  Juan  Nuñez  Carrion, 
Miguel  Gómez  y  un  tal  Chaves,  los  cuales,  practica- 
das las  diligencias  oportunas,  también  fueron  ahorca- 
dos. Con  estos  castigos,  al  parecer  severos,  pero  muy 
saludables,  atendidas  las  apremiantes  circunstancias  en 
que  todos  se  hallaban,  atajó  el  General» el  contagio  que 
iba  cundiendo  en  su  campo,  y  aseguró  la  tranquilidad 
y  salud  de  los  demás.  El  rigor  que  desplegaba  Legaspi 
contra  los  principales  criminales,  herrnanado  con  la 
clemencia  en  los  demás,  contribuyó-  en  gran  manera 
al  éxito  feliz  que  tuvieron  sus  empresas;  porque  la 
gente  que  tenía  á  la  sazón  era  en  extremo  necesaria 
para  hacerse  respetar  de  los  isleños  entre  quienes  ha- 
bitaba, y  por  otra  parte  no  con  venia  tolerar  la  insu- 
bordinación. 

Entre  tanto,  con  sus  pocas  fuerzas  disponibles,  Le- 
gaspi se  iba  suavemente  apoderando  de  los  demás  pue- 
blos de  Cebú  é  islas  circunvecinas,  unas  veces  forzado 
por  la  necesidad,  y  otras  llamado  por  sus  mismos  ha- 
bitantes, que  se  sometian  espontáneamente  á  su  go- 
bierno para  que  los  defendiese  de  la  tiranía  de  otros 
enemigos.  De  este  sistema  de  conquista,  sin  derramar 
sangre  ni  oprimir  con  vejaciones  á  los  pueblos,  se 
obtenía  el  objeto  deseado,  porque  los  amigos  se  le  mos- 
traban más  afectos  y  los  vencidos  más  sumisos.  En  uno 
de  estos  lances  envió  al  capitán  D.  Martin  Goiti  con 


—  117  — 
cíen  hombres  contra  unos  pueblos  que  molestaban  á 
sus  aliados  de  Cebú,  en  cuya  expedición  fué  tan  afor- 
tunado este  jefe,  que  de  paso,  sin  echar  mano  de  la 
fuerza,  consiguió  que  otros  muchos  pueblos  recono- 
ciesen el  Gobierno;  pacificó  á  los  pueblos  enemigos  sin 
haber  muerto  un  solo  hombre,  y  regresó  con  dos  em- 
barcaciones cargadas  de  comestibles  al  campo  de  Cebú. 
Toda  esta  isla  á  los  pocos  meses  ya  estaba  sometida  á 
la  obediencia  de  Legaspi,  á  excepción  de  los  pueblos 
de  Mactan  y  Gabi,  que  se  mantenían  en  su  indepen- 
dencia. Sus  habitantes,  persuadidos  de  que  eran  im- 
potentes para  oponerse  hostilmente  á  las  armas  espa- 
rtólas, se  dispersaron,  y  persuadieron  á  los  de  otros 
pueblos  desafectos  que  no  sembrasen  aquel  año,  para 
que  de  esta  suerte  los  españoles  se  viesen  en  el  caso 
de  marcharse  de  su  isla,  impelidos  por  el  hambre.  Un 
hecho  semejante  refieren  las  historias  de  los  indios  de 
Haiti,  que  contribuyó  en  gran  manera  á  su  despo- 
blación, sin  que  por  esto  los  españoles  pereciesen.  Lo 
mismo  sucedió,  á  corta  diferencia,  en  Cebú,  porque 
Legaspi,  noticioso  de  la  necedad  de  los  isleños,  se  pro- 
veyó de  víveres  á  tiempo,  y  la  malicia  de  aquellos  se- 
ductores recayó  sobre  todos  sus  paisanos. 

El  mismo  Goiti  fué  enviado  poco  después  con  se- 
senta hombres  á  los  pueblos  de  Aboyoz  y  Cabalian; 
por  medio  de  los  cambios  que  llevaba,  consiguió  en 
breve  un  acopio  muy  considerable  de  arroz,  y  sujetó 
de  paso  aquellos  pueblos,  cuyos  habitantes  no  se  resis- 
tieron á  reconocer  el  gobierno  español.  No  fué  menos 
feliz  el  maestre  de  campo  en  su  expedición  á  Minda- 
nao,  porque,  sin   embargo  de  que  su  viaje  fué  más 


—   ii8  — 

largo  de  lo  que  se  habia  calculado,  regresó  á  Cebú  con 
más  de  mil  fanegas  de  arroz,  y  aseguró  á  Legaspi  que 
todos  los  pueblos  de  Butuan,  isla  de  Negros  y  Panay 
reconocían  su  gobierno  y  hablan  ofrecido  pagar  tribu- 
to anual  de  todo  lo  que  tenian. 

El  capitán  Juan  de  la  Isla  también  habia  salido  de 
Cebú,  como  los  anteriores,  en  demanda  de  arroz:  iba 
convoyado  por  el  segundo;  mas  luego  se  dividieron, 
andando  cada  uno  por  su  parte,  para  dar  cumplimien- 
to á  las  disposiciones  de  Legaspi.  Cuando  ya  trataba 
de  regresar  á  su  destino,  y  andaba  por  aquellas  islas 
buscando  al  compañero,  descubrió  un  galeón  con 
bandera  española,  que  habia  sido  enviado  desde  Aca- 
pulco  para  reforzar  la  escuadra  y  gente  de  Cebú.  Era 
el  navio  San  Jerónimo,  cuyos  sucesos  lastimosos  no 
pueden  omitirse  sin  hacer  injuria  ala  histo/ia.  Su  viaje 
desde  allí  á  Filipinas  fué  una  serie  no  interrumpida 
de  desgracias,  ocasionadas  por  la  imprevisión  y  mali- 
cia de  los  hombres.  Su  capitán,  ó  cabo  mayor,  era 
D.  Pedro  Sánchez  Pericón,  y  su  sargento  mayor  don 
Juan  Ortiz  de  Mosquera,  los  cuales,  al  salir  de  Méjico 
para  embarcarse,  ya  estaban  enemistados.  Desgracia- 
damente éste,  poco  después  de  haberse  hecho  el  navio 
á  la  vela,  contrajo  amistad. con  el  piloto  Lope  Martin; 
aquel  mulato  que,  habiendo  desertado  con  el  patache 
de  la  escuadra  de  Legaspi,  era  enviado  en  esta  ocasión 
á  la  presencia  de  este  jefe  para  que  lo  castigase,  y 
por  consiguiente  estaba  en  disposición  de  cometer 
cualquiera  atentado.  A  los  pocos  dias  de  viaje.  Mos- 
quera, que  ya  habia  tenido  varios  disgustos  con  Peri- 
cón, determinó  asesinarlo.   Combinado  con  otros  dos 


—  119  — 

malvados,  entró  de  noche  en  la  cámara  de  este  capí- 
tan  desgraciado,  y  lo  asesinó  atrozmente  con  su  hijo, 
arrojando  en  seguida  sus  cuerpos  palpitantes  á  la  mar. 
Lejos  de  ruborizarse  el  asesino  por  un  delito  tan  atroz, 
tuvo  la  desfachatez  de  publicarlo  por  sí  mismo  á  la 
gente,  añadiendo  que  tenía  motivos  para  ello,  y  que 
daria  razón  de  su  conducta  en  Cebú;  pero  no  tardó  en 
pagar  el  atentado.  El  mulato  en  cuyo  arrojo  confiaba, 
fué  su  verdugo.  Dueño  el  asesino  del  mando  del  navio, 
se  enemistó  con  éste  y  trató  de  asegurarlo;  mas  no 
llevó  á  efecto  su  intento,  porque  se  lo  estorbaron  sus 
amigos.  Resentido  éste  de  la  conducta  de  Mosquera, 
concibió  el  proyecto  de  vengarse,  y  para  conseguirlo 
se  reconcilió  con  él,  y  después  le  persuadió  que  con- 
venia hacer  una  justificación  en  forma  de  lo  ejecutado 
con  los  asesinados;  porque  decia  que  la  gente  estaba 
descontenta;  que  al  efecto  debia  dejarse  prender;  que 
él,  como  piloto  mayor,  le  formaria  la  sumaria  á  su 
satisfacción  y  lo  declararía  libre.  El  incauto  se  dejó 
alucinar  por  el  pérfido  mulato,  el  cual  por  modo  de 
broma,  corno  decia,  lo  mandó  ahorcar  en  el  peñol 
de  la  verga  mayor,  sin  darle  tiempo  para  confesarse, 
como  él  habia  hecho  con  los  desgraciados  Pericones. 
Constituido  el  mulato  dueño  absoluto  del  navio,  su 
confidente  Ocampo,  después  de  haber  arrojado  á  la 
mar  el  cuerpo  de  Mosquera,  arengó  á  la  gente,  y  le 
dijo,  en  nombre  de  aquél,  que  su  intento  no  era  ir  á 
Cebú,  sino  á  otra  parte,  en  donde  podrían  hacer  más 
pronto  su  fortuna,  y  que  si  alguno  no  se  determinaba 
á  seguirles,  lo  pondrían  en  una  isla  cercana  á  Cebú 
para  que  desde  allí  pudiese  incorporarse  fácilmente  con 


I20 


Legaspi.  Tal  fué  la  propuesta  del  mulato  por  medio 
de  Ocampo;  pero  su  intento  y  el  de  sus  cómplices  era 
otro.  La  memoria  de  sus  delitos  lo  tenía  inquieto;  sabía 
que  en  llegando  á  la  presencia  de  Legaspi  sería  seve- 
ramente castigado,  y  no  podia  estar  tranquilo  en  me- 
dio de  muchos  leales,  que  detestaban  su  conducta. 
Llegaron  poco  después  á  una  de  las  islas,  llamada  de 
los  Barbados,  que  estaba  inhabitada,  y  el  mulato  dijo 
que  debia  fondearse,  porque  el  navio  necesitaba  de 
carena;  su  verdadero  fin  era  abandonar  en  ella  á  los 
leales,  y  él  marcharse  con  los  de  su  partido  en  donde 
no  pudiesen  ser  castigadas  sus  maldades;  pero  Dios 
dispuso  que  cayese,  con  los  suyos,  en  el  lazo  que  ha- 
bia  armado  para  perder  á  los  primeros.  Con  el  fin  de 
ocultar  su  designio,  los  traidores  bajaron  á  la  isla,  el 
mulato,  Ocampo  y  otros  secuaces,  con  algunos  de 
aquéllos:  el  capellán,  que  era  un  virtuoso  sacerdote, 
llamado  Juan  Vivero,  habiendo  penetrado  la  trama 
urdida,  por  algunas  expresiones  que  habia  oido,  alusi- 
vas al  intento;  libre  de  los  principales  cabezas  de  mo- 
tin,  persuadió  á  Rodrigo  del  Angle ,  contra-maestre 
del  navio,  que  se  pronunciase  por  el  Rey.  Bartolomé 
de  Lara,  que  habia  cooperado  al  asesinato  de  los 
Pericones,  lo  ayudó,  persuadido  de  que  después  se  le 
daria  el  mando  del  navio;  arengaron  á  la  gente,  levaron 
anclas  y  llamaron  á  los  leales,  que  estaban  en  la  isla, 
para  que  se  reembarcasen  cuanto  antes,  porque  el  na- 
vio proseguía  su  viaje.  Con  esto,  sólo  se  quedaron  en 
la  isla  el  mulato  y  Ocampo,  con  algunos  de  los  rebel- 
des, que  probablemente  perecerían  allí  de  hambre, 
porque  ya  no   se  supo   más  de  ellos.  Todavía  no   se 


121 


terminaron  con  este  acertado  golpe  las  tragedias;  por- 
que Lara,  al  ver  que  no  se  le  daba  el  mando  del  navio, 
empezó  á  sembrar  cizaña  entre  la  gente  para  sublevar- 
la y  llevar  á  cabo  el  proyecto  del  mulato;  pero  Angle 
lo  prendió  y  lo  mandó  ahorcar  como  asesino  del  capi- 
tán Pericón  é  hijo.  De  esta  suerte  la  paz  se  consolidó 
en  el  navio,  y  se  prosiguió  el  viaje  hasta  las  islas  Fi- 
lipinas, adonde  llegaron  sin  víveres  y  con  el  navio  es- 
tropeado. Finalmente  arribaron  á  la  primera  isla  que 
descubrieron,  en  donde  los  indios  les  negaron  toda 
suerte  de  auxilio,  porque  no  tenian  cambios  para  pa- 
garlos. En  este  infeliz  estado  los  halló  Juan  de  la  Isla, 
quien  inmediatamente  dio  cuenta  á  Legaspi  del  suceso, 
y  éste  les  envió  una  fragata,  que  llevó  á  remolque  el 
galeón  hasta  Cebú.  Informado  el  General  de  los  su- 
cesos del  viaje,  encausó  al  escribano  Zaldibas,  y  lo 
mandó  ahorcar  como  cómplice  también  del  atentado 
cometido  contra  los  Pericones,  reprendió  á  los  demás 
culpados  y  premió  á  los  leales. 

A  fines  de  Noviembre  de  1566,  solícito  Legaspi  para 
que  no  faltaran  víveres  en  el  campo  de  Cebú,  envió 
al  sargento  mayor  D.  Luis  de  la  Haya  con  dos  fra- 
gatillas  á  recoger  el  arroz,  que  los  pueblos  amigos  ha- 
bian  ofrecido  por  el  reconocimiento.  Al  mismo  tiempo 
despachó  también  al  maestre  de  Campo  á  la  costa  de 
Mindanao,  para  recoger  canela  por  cuenta  del  erario, 
con  intento  de  remitirla  á  la  Nueva  España  en  la  pri- 
mera ocasión.  El  viaje  del  segundo  no  tuvo  el  mejor 
éxito,  por  haberle  sobrevenido  un  temporal  fuera  de 
puerto,  que  lo  puso  en  grave  riesgo  de  perderse;  pero 
descubrió  algunas  naves  dispersadas  por  el  mismo  tem- 


122 


poral.  Eran  de  una  escuadra  portuguesa,  mandada  por 
el  capitán  D.  Gonzalo  Pereira,  cabo  mayor  de  las 
Molucas,  enviado  por  el  Virey  de  la  India  para  expeler 
á  Legaspi  de  todas  las  islas  Filipinas.  No  llegó  Pereira 
á  Cebú  en  esta  ocasión,  porque  no  habiendo  podido 
reunir  todos  los  buques  de  que  se  componía  su  escua- 
dra, se  vio  precisado  á  regresar  á  las  Molucas.  El  año 
siguiente  envió  el  mismo  capitán  dos  embarcaciones  a 
Cebú,  con  una  carta  dirigida  á  Legaspi ,  escrita  desde 
los  mares  del  Moluco,  con  fecha  del  25  de  Mayo  de 
1567.  En  ella  le  decia,  en  términos  generales,  que 
suponía  casual  su  llegada  á  Cebú,  en  donde  se  habria 
fortificado  para  defenderse  de  la  gente  del  país;  que  el 
año  anterior,  noticioso  de  esta  novedad,  habia  deter- 
minado hacerle  una  visita  con  el  fin  de  socorrerlo, 
por  ser  aquella  isla  comprendida  en  la  demarcación  de 
Portugal,  y  que  se  holgaría  mucho  de  que  al  dejarla, 
en  su  regreso  á  España  pasara  por  las  Molucas,  como 
lo  hablan  hecho  las  escuadras  anteriores,  enviadas  por 
Carlos  V  á  las  islas  del  Poniente.  Legaspi,  por  no  fal- 
tar á  la  urbanidad,  contestó  á  Pereira  en  los  mismos 
términos;  pero  sin  concederle  ni  negarle  lo  que  éste 
daba  por  asentado  en  su  carta.  Sin  embargo  de  que  los 
portugueses  de  la  comisión  hacian  alarde  de  la  paz  y 
buena  correspondencia  que  deseaban  tener  con  los  es- 
pañoles de  Legaspi,  se  averiguó  por  algunos  enfermos 
que  bajaron  á  la  población  para  curarse,  que  en  las 
Molucas  se  estaban  haciendo  grandes  preparativos  para 
arrojarlos  de  las  islas  Filipinas ,  y  que  Pereira  sólo 
aguardaba  la  respuesta  de  Legaspi  para  llevar  á  cabo 
la  expedición  premeditada,  en  el  caso  de  no  favorecer 


—  123  — 
á  sus  intentos;  lo  que  no  pudo  verificar  en  aquel  año, 
por  estar  ya  muy  adelantada  la  estación. 

A  principios  de  este  mismo  año  habia  Legaspi 
vuelto  á  enviar  al  maestre  de  campo  á  Mindanao  en 
demanda  de  canela,  para  apresurar  la  salida  del  pata- 
che San  Juan,  que  debia  hacer  viaje  á  Nueva  España. 
Acompañaban  á  Saus  en  esta  ocasión  unos  ochenta 
hombres,  y  una  fragatilla  mandada  por  el  sargento 
mayor  Juan  de  Morones.  Las  compras  fueron  muy 
felices,  porque  en  breve  tiempo  se  recogieron  cuarenta 
quintales  por  lo  menos  de  aquella  droga,  y  se  hubie- 
ran acopiado  muchos  más,  si  no  faltaran  los  cambios 
ó  rescates.  Pero  el  buen  suceso  de  los  cambios  moti- 
varon la  muerte  de  aquel  valiente  militar,  que  aconte- 
ció en  el  viaje,  antes  de  llegar  ala  isla  de  Cebú.  Estaba 
atacado  de  una  fuerte  calentura,  y  algunos  compañeros, 
seducidos  por  el  portugués  Martin  Hernández,  contra- 
maestre del  patache,  conspiraron  contra  su  vida  para 
apoderarse  del  buque  y  cargamento.  El  doliente  tuvo 
algunos  indicios  de  la  traición  premeditada,  y  en  su 
vista  hizo  llamar  á  D.  Juan  de  Morones  y  le  encargo 
que  dejando  la  fragata  se  hiciese  cargo  del  patache. 
Esta  oportuna  providencia,  si  bien  salvó  lo  que  se  in- 
tentaba, no  libró  de  la  muerte  al  que  la  diera.  Don 
Juan  de  Morones,  posesionado  del  mando  del  patache, 
averiguó  el  hecho  de  que  Saus  tenía  sospechas  sola- 
mente, y  en  su  consecuencia  mandó  ahorcar  á  Martin 
Hernández,  que  antes  de  espirar  lo  confesó.  Sin  em- 
bargo de  haberse  ocurrido  al  mal  que  se  trataba  de 
cortar,  el  maestre  de  campo  no  por  esto  se  alivió  de 
su  dolencia;  antes  bien  la  misma  pesadumbre  que  le 


124   — 

causó  la  memoria  de  la  deslealtad  é  ingratitud  de  los 
conspiradores,  le  agravfS  las  calenturas,  que  le  quitaron 
la  vida  en  medio  de  la  expedición.  La  muerte  del  pri- 
mer maestre  de  campo  de  las  islas  Filipinas  fué  muy 
sentida  de  los  verdaderos  españoles  del  campo  de  Cebú, 
y  particularmente  de  Legaspi,  que  tenía  bien  probadas 
sus  apreciables  prendas  de  valor,  patriotisnx)  y  lealtad. 
El  capitán  D.  Martin  Goiti  fué  nombrado  en  su  lugar, 
y  luego  se  apresuró  la  marcha  del  patache  con  el  prin- 
cipal intento  de  pedir  nuevos  socorros  al  Virey  de 
Nueva  España. 

El  dia  27  de  Julio  de  aquel  año  se  hizo  el  patache 
á  la  vela,  y  el  20  de  Agosto  inmediato  aparecieron  en 
la  ensenada  de  Cebú  dos  galeones,  que  reconocidos, 
llenaron  á  todos  de  contento :  eran  españoles,  que 
hablan  sido  enviados  desde  Acapulco  con  un  buen 
refuerzo  de  soldados,  municiones  y  pertrechos  para 
reforzar  el  establecimiento  de  Cebú,  y  venía  en  uno 
de  ellos,  de  regreso,  D.  Felipe  de  Salcedo,  nieto  de 
Legaspi,  con  un  hermano  de  solos  diez  y  ocho  años, 
llamado  D.  Juan  del  mismo  apellido,  que  después 
llegó  á  ser  el  héroe  que  más  se  distinguió  en  el  des- 
cubrimiento y  sujeción  de  las  islas  Filipinas.  Con  este 
auxilio  ya  no  temia  Legaspi  la  llegada  de  Pereira,  y 
aun  se  alegrara  que  apareciera  cuanto  antes  para  darle 
una  lección  y  humillarlo;  pero  no  compareció  cuando 
se  le  aguardaba,  y  presumiendo  que  habria  desistido 
del  empeño,  se  resolvió  á  despachar  la  capitana,  car- 
gada de  canela,  para  la  Nueva  España,  á  cargo  de  su 
mismo  nieto  D.  Felipe.'  Se  hizo  en  efecto  este  buque 
á  la  vela,  y  navegó  sin  novedad  hasta  las  islas  de  los 


—  125  — 
Ladrones;  mas  aquí,  estando  fondeado  en  Guahan,  le 
sobrevino  el  1 5  de  Agosto  un  fuerte  temporal ,  que  lo 
arrojó  sobre  la  costa,  en  donde  se  estrelló.  El  rico  car- 
gamento de  canela  se  perdió,  pero  la  gente  se  salvó, 
la  que,  sin  embargo,  pereciera  en  manos  de  los  bárba- 
ros ó  acosada  por  el  hambre,  si  la  necesidad  no  les 
inspirara  una  traza  para  librarse  del  conflicto.  Apro- 
vechando los  pedazos  de  la  nave  destruida,  formaron 
una  embarcación  capaz  sobre  el  batel  que  se  conservó 
intacto,  y  con  él  llegaron  sin  novedad  á  la  ensenada 
de  Cebú,  precisamente  cuando  Pereira  estaba  ame- 
nazando el  campo  de  Legaspi. 


VIL 


En  efecto,  el  dia  17  de  Setiembre  de  1568  apareció 
el  capitán  de  las  Molucas  en  frente  de  Cebú  con  cua- 
tro galeones,  dos  galeotas,  cuatro  fustas  y  más  de 
veinte  embarcaciones  de  menor  porte,  que  conducian 
á  su  bordo  setecientos  hombres  aguerridos  con  mu- 
chos auxiliares  molucanos  y  malabares.  Al  principio 
aparentó  Pereira  que  su  venida  era  pacífica,  pero  no 
tardó  en  causar  á  nuestro  General  desazones  y  disgus- 
tos con  disputas  y  etiquetas  impertinentes.  Legaspi 
procuraba  con  prudencia  evitar  un  rompimiento  por  su 
parte;  pero  estaba  al  mismo  tiempo  determinado  á  no 
abandonar  el  campo  mientras  le  quedase  un  soldado. 
Todas  las  disputas  entre  ambos  capitanes  versaban  sobre 
la  demarcación  que  habia  designado  Alejandro  VI,  á 


126    

fin  de  que  no  se  confundieran  las  posesiones  ultrama- 
rinas que  Portugal  y  Esparía  adquiriesen.  Pereira  es- 
taba empellado  en  sostener  que  la  isla  de  Gebú  y  las 
demás  circunvecinas  caian  bajo  la  demarcación  de 
Portugal,  y  Legaspi  sostenía  con  firmeza  lo  contrario. 
Por  la  bula  Alejandrina  ciertamente  nada  se  podia 
concluir,  porque  sin  faltar  los  españoles  á  su  conte- 
nido podian  llegar  a  dichas  islas  por  la  via  del  ponien- 
te, como  lo  realizaron,  sin  perjudicar  al  derecho  que 
asistia  á  Portugal,  así  como  éstos  podian  haberlo  ve- 
rificado sin  perjuicio  del  derecho  que  favorecía  á  los 
nuestros.  Resultaba,  pues,  que  la  cuestión  debia  resol- 
verse por  la  primacía  de  los  descubrimientos,  y  por 
esta  parte  Legaspi  debia  triunfar,  porque  está  fuera  de 
duda  que  los  portugueses  no  habian  pasado  de  las 
Molucas  cuando  Magallanes  celebró  tratados  en  nom- 
bre de  Castilla  con  el  soberano  de  Cebú.  Si  Pereira 
en  sus  disputas  hubiera  alegado  el  último  convenio 
celebrado  entre  Carlos  V  y  el  rey  de  su  nación,  en  tal 
caso  sus  razones  hubieran  sido  concluyentes;  pero,  se- 
gún parece,  ni  Pereira  ni  Legaspi  tenian  presente  este 
convenio,  porque  todos  estaban  en  la  inteligencia  que 
con  él  sólo  habia  cedido  la  España  el  derecho  que  pre- 
tendía tener  sobre  las  islas  del  Moluco,  de  las  que  Por- 
tugal no  habia  aun  entonces  tomado  posesión.  El  re- 
sultado de  la  primera  conferencia  fué,  que  al  fin  dijo 
redondamente  Pereira  a  Legaspi  que  se  marchara  con 
su  gente  de  Cebú,  y  se  fuese  con  su  armada  á  las  Mo- 
lucas, para  auxiliar  á  su  nación  en  la  guerra  que  hacia 
á  los  infieles;  lo  cual,  decia  que  todo  redundarla  en 
servicio  de  Dios,  nuestro  Señor.  Esta  conferencia  se 


127   — 

tuvo  en  la  capitana  de  la  escuadra  portuguesa,  y  luego 
volvió  Pereira  la  visita  á  Legaspi.  En  la  playa  fué  re- 
cibido honrosamente;  oyeron  juntos  el  santo  sacrificio 
de  la  misa  y  luego  fueron  á  la  morada  de  Legaspi. 
Después  de  la  comida  volvió  Pereira  á  suscitar  la  cues- 
tión sobre  la  demarcación  Alejandrina;  pero  tampoco 
en  esta  vez  adelantó  más  que  en  la  primera.  Desde 
este  dia  ya  no  volvió  Pereira  á  ver  la  cara  á  Legaspi, 
ni  lo  trató  sino  por  cartas.  Pero  eran  éstas  tan  frecuen- 
tes y  tan  apremiantes  al  principio,  que  Legaspi  apenas 
tenía  tiempo  para  contestar  á  ellas.  Tres  meses  se  man- 
tuvo el  capitán  portugués  con  su  escuadra  en  frente  de 
Cebú,  sin  que  intentara  la  toma  de  la  población  en 
todo  este  tiempo,  sino  dos  veces,  si  bien  en  ambas  fué 
rechazado  con  valor.  Legaspi  tomaba  sus  disposiciones 
por  la  parte  que  Pereira  trataba  de  atacar,  y  éste  tenía 
por  insultos  las  prevenciones  naturales  de  aquél.  Era 
tal  la  simpleza  del  jefe  portugués,  que  llegó  á  decir  á 
Legaspi,  en  un  oficio,  que  bien  podia  excusar  los  pa- 
rapetos y  reparos  que  iba  levantando,  porque  antes  de 
atacarlo  le  pasaria  un  aviso.  Mas  un  dia  en  que  habia 
determinado  hacer  el  desembarque,  al  acercarse  á  los 
parapetos  su  escuadra,  le  envió  Legaspi  algunas  balas 
sin  aguardar  lo  avisase,  y  al  ver  que  recibia  más  daño 
en  sus  naves  del  que  él  podia  hacer  en  los  parapetos, 
se  retiró  adonde  no  pudiesen  alcanzarlo.  Entonces  trató 
de  bloquear  el  campo  de  Cebú.,  hasta  que  al  fin,  des- 
engañado de  la  inutilidad  de  sus  esfuerzos,  ofreció  la 
paz  á  nuestro  general  con  algunas  condiciones,  que 
fueron  rechazadas,  porque  con  ellas  trataba  en  realidad 
de  salir  victorioso  sin  haber  todavía  peleado. 


—    128    — 

Ante  todas  cosas,  con  el  fin  de  tantear  la  disposición 
é  intentos  de  Legaspi,  le  envió  un  padre  jesuíta  que 
tenía  de  capellán  en  su  escuadra.  Éste,  al  llegar  al  cam- 
po de  Cebú,  visitó  á  los  padres  Agustinos,  y  les  habló 
acerca  de  las  proposiciones  que  deseaba  Pereira  fuesen 
aceptadas  antes  de  retirarse  á  las  Molucas,  rogándoles 
que  no  se  negasen  á  ser  mediadores  de  la  paz.  Luego 
se  presentó  ante  Legaspi,  y  le  dijo  francamente  que 
Pereira  estaba  inclinado  á  ofrecerle  la  paz,  porque  le 
repugnaba  derramar  la  sangre  española.  El  General  le 
contestó  que  no  la  rehusaba;  pero  que  ante  todas  cosas 
propusiese  las  condiciones  con  que  se  la  queria  ofrecer, 
y  que  en  su  vista  determinarla  lo  que  le  pareciese  más 
conveniente.  No  tardó  en  volver  el.jesuita  con  la  res- 
puesta de  Pereira,  que  se  reduela  á  dos  proposiciones 
solamente,  á  saber:  i.^,  que  Legaspi  le  diese  cien  sol- 
dados españoles  para  auxiliarlo  en  la  guerra  que  hacia 
á  los  régulos  de  Achen  y  Ambón,  enemigos  declara- 
dos de  Portugal;  y  2.^,  que  se  levantase  en  Cebú  una 
columna  ó  padrón  con  las  armas  de  su  reino.  Legaspi 
contestó  á  lo  primero  que  no  tenía  inconveniente  en 
concederle  los  cien  soldados  españoles  que  pedia  para 
los  fines  indicados,  siempre  que  dejase  en  Cebú  algu- 
nos rehenes  de  su  satisfacción,  para  que  concluida  la 
guerra  le  fuesen  restituidos  al  momento ;  y  á  lo  segun- 
do, que  le  parecía  impertinente  la  propuesta,  cuando 
sólo  se  trataba  de  arreglar  la  paz  entre  los  dos,  y  no  de 
asentar  derechos  :  que  en  las  cortes  se  podría  ventilar 
aquella  cuestión,  y  si  se  decidiese  en  favor  de  Portu- 
gal, entonces  podría  levantar  á  su  placer  cuantos  pa- 
drones le  pareciese.  No  salió  muy  satisfecho  el  emisa- 


rio  de  Cebú;  se  despidió,  sin  embargo,  cortésmente,  y 
Pereira,  leida  la  respuesta  de  Legaspi,  le  escribió  que 
habia  variado  ya  de  pensamiento,  y  que  los  cien  solda- 
dos españoles  no  le  hacian  falta.  Después  celebráronse 
las  pascuas  de  Navidad  con  bastante  alegría;  los  dos 
jefes  se  hicieron  mutuamente  sus  regalos,  y  luego  la 
escuadra  portuguesa  se  hizo  á  la  vela  para  las  islas  del 
Moluco,  dejando  pacíficamente  á  los  españoles  en  las 
Filipinas. 

Desembarazado  el  General  del  importuno  Pereira, 
mejoró  la  posición  del  campo  de  Cebú,  y  procuró  al 
mismo  tiempo  adelantar  los  intereses  de  la  corona,  ex- 
tendiendo cada  dia  más  sus  posesiones  y  consolidando 
sus  derechos.  La  constancia  en  llevar  á  efecto  los  planes 
prudentemente  combinados,  y  la  destreza  con  que  so- 
lia  manejar  sus  escasas  fuerzas  lo  hacian  cada  dia  más 
temido  de  los  enemigos  de  Cebú.  El  odio  inveterado 
que  muchos  pueblos,  aun  de  una  misma  isla,  se  te- 
nían entre  sí,  y  las  guerras  intestinas  con  que  mutua- 
mente se  aniquilaban,  contribuyeron  poderosamente  á 
la  felicidad  de  sus  empresas.  Los  amigos  pedíanle  au- 
xilio para  vengar  los  agravios  de  otros  pueblos  más 
fuertes,  los  cuales,  con  la  dirección  y  superioridad  de 
las  armas  de  los  nuestros,  se  miraban  invencibles.  De 
esta  suerte,  pueblos,  por  otra  parte  poderosos,  no  'se 
desdeñaban  de  humillarse  y  sacrificar  su  antigua  inde- 
pendencia para  colocarse  bajo  los  auspicios  del  gobier- 
no, paternal  y  poderoso  al  mismo  tiempo,  de  Legaspi. 

La  escasez  de  víveres  que  cuasi  siempre  se  experi- 
mentaba en  Cebú  era  lo  que  más  ocupaba  la  atención 
del   General.  Los  apuros  en  que  se  vio  en  esta  parte 


—  130  — 

durante  la  presencia  de  Pereira,  le  hicieron  advertir 
que  no  era  aquel  punto  la  posición  más  ventajosa  para 
formar  el  cuartel  general  de  sus  operaciones  militares. 
Por  otra  parte  observaba  que  los  pueblos  más  distantes, 
que  no  hablan  recibido  tantos  favores  como  los  cebua- 
nos,  eran  más  generosos  y  mostraban  más  afecto  á  los 
suyos  que  los  últimos,  que  sólo  deseaban  verlos  fuera 
de  su  isla  para  negarles  la  obediencia,  que  con  tanta 
repugnancia  les  hablan  prometido.  Sabía  que  Panay 
abundaba  en  arroz,  que  su  gente  era  muy  dócil  y  tra- 
table, y  que  desde  allí  podria  con  más  facilidad  aciídir 
á  otras  partes,  sin  el  cuidado  siempre  apremiante  de  los 
víveres.  En  su  consecuencia,  obtenido  el  voto  de  la  jun- 
ta, á  la  cual  solia  proponer  los  asuntos  de  alguna  tras- 
cendencia, trasladó  el  campo  á  la  expresada  isla  de  Pa- 
nay, bajo  el  cuidado  de  su  nieto  D,  Felipe,  en  donde 
por  de  pronto  levantó  unos  pequeños  fuertes  de  empa- 
lizada para  la  defensa  de  su  gente.  Apenas  asentó  en 
esta  isla  sus  reales,  se  le  presentaron  algunos  principa- 
les, pidiendo  los  auxiliase  contra  otros  que  no  cesaban 
de  inquietarlos.  Desde  luego  accedió  á  sus  deseos  y  en 
breve  terminó  las  diferencias,  quedando  los  enemigos 
humillados,  y  los  amigos  se  le  mostraron  más  agrade- 
cidos y  afectos. 

Entre  tanto  Legaspi  estaba  trabajando  en  Cebú  para 
despachar  á  Nueva  España  el  patache  San  Lúeas;  su 
nieto  D.  Felipe  (i)  debia  mandarlo,  y  para  que  no 
faltara  en  el  nuevo  establecimiento  de  Panay  un  sujeto 


(i)  Algún  autor  Je  llama  íóbi'no. 


—  131  — 
de  toda  su  satisfacción,  envió  en  su  lugar  al  otro  nieto, 
hermano  de  aquél,  que  sin  embargo  de  su  poca  edad 
era  hombre  de  valor  y  gran  prudencia.  Apenas  D.  Fe- 
lipe se  habia  hecho  á  la  vela,  regresó  al  mismo  puerto 
de  Cebú  por  haber  visto  un  buque  grande  no  lejos  de 
allí.  Era  el  galeón  San  Juan,  que  venía  de  Acapulco 
con  soldados  y  dos  PP.  Agustinos.  Despachado  por 
segunda  vez  aquel  patache,  se  trasladó  Legaspi  á  Pa- 
nay,  en  donde  los  principales  de  la  isla  lo  recibieron 
con  extraordinarias  demostraciones  de  afecto.  En  se- 
guida se  dispuso  para  castigar  las  tropelías  que  hacia 
por  aquellas  cercanías  una  escuadra  de  piratas  com- 
puesta de  borneos  y  joloanos,  aunque  no  fué  necesaria 
su  presencia,  porque  Goiti  salió  con  nueve  embarca- 
ciones desde  Cebú  en  su  alcance,  y  con  sólo  dos  de 
ellas,  con  que  pudo  alcanzar  á  los  enemigos  ya  fugi- 
tivos, apresó  cuatro  de  sus  embarcaciones  con  su  gen- 
te, cuyos  despojos  repartió  al  llegar  á  Cebú  entre  los 
que  le  hablan  acompañado.  Con  esta  sola  acción  el 
nombre  espaííol  ya  fué  temido  de  aquella  clase  de  ca- 
nalla, y  más  respetado  de  los  indios  pacíficos. 

Poco  después,  dos  principales  de  Aclan  é  Ibahay, 
pueblos  de  la  misma  isla  de  Panay  (i),  se  presentaron 
á  Legaspi,  quejándose  de  las  violencias  y  tropelías  que 
recibían  de  los  indios  de  Mindoro,  muy  dados  á  la  pi- 
ratería en  aquel  tiempo;  y  como  este  jefe  se  habia  pro- 
puesto proteger  á  todos  los  que  estaban  colocados  bajo 
la  protección  de   su  gobierno,   desde   luego  despachó 


(i)  Son  puntos  en  la  provincia  de  Capiz ,  de  la  isla  dicha  de  Panay. 


—    132    — 

una  partida  de  soldados  bajo  el  mando  de  su  nieto 
D.  Juan  de  Salcedo,  para  castigar  ejemplarmente  á  los 
piratas.  Salió  el  joven  capitán  bien  instruido  por  su  pru- 
dente abuelo,  con  encargo  de  pacificar  algunos  pue- 
blos de  la  misma  isla  de  Panay,  que  andaban  algo  in- 
quietos todavía.  En  Aclan  se  le  agregaron  quinientos 
indios  escogidos,  que  los  principales  babian  reunido 
para  coadyuvar  á  los  espaíioles  de  Salcedo  en  su  expe- 
dición. Dista  Panay  de  la  isla  de  Mindoro  veinte  le- 
guas, y  cuarenta  de  la  punta  de  Aclan,  de  donde  de- 
bió de  salir  Salcedo  con  su  gente.  Hizo  sin  novedad  la 
travesía,  y  procuró  llegar  de  noche  al  pueblo  de  los 
piratas.  Puso  las  embarcaciones  en  donde  no  pudiesen 
verlas  sus  contrarios,  y  bajó  á  tierra  con  un  principal 
que  sabía  las  entradas  para  reconocer  el  sitio  que  tra- 
taba de  tomar.  Después  de  esta  indispensable  diligen- 
cia cenó  la  gente,  y  dio  las  providencias  oportunas  para 
sorprender  á  los  piratas.  Al  amanecer  dio  el  asalto  con 
los  españoles  y  doscientos  indios  solamente,  y  sin  em- 
bargo de  que  los  enemigos  le  opusieron  una  vigorosa 
resistencia,  cayeron   muchos  de  ellos  en   sus  manos. 
Después  les  concedió  la  libertad  por  cierta  cantidad  de 
oro,  que  repartió  entre  su  gente,  porque  no  podia  con- 
fiar en  su  palabra  sin  darles  por  de  pronto  una  lección 
severa.  En  seguida  se  dirigió  al  pueblo  de  Lubang,  en 
donde  se  hablan  refugiado  los  que  lograron   evadirse 
del  primero,  confiados  en  su  ventajosa  posición.  Este 
pueblo  estaba  á  la  sazón  muy  bien  asegurado :  ademas 
de  un  foso  lleno  de  agua  que  lo  cercaba,  tenía  á  la 
otra  banda  una  fuerte  estacada;  defensa  suficiente  para 
burlarse  de  los  enemigos  con  quienes  hablan   tenido 


—  ^33  — 
que  pelear  hasta  entonces.  Salcedo  formó  su  gente,  y 
luego  requería  de  paz  á  los  cercados;  mas  éstos,  que 
se  miraban  suficientemente  asegurados,  se  burlaron  de 
sus  proposiciones.  Entonces  dio  orden  para  el  asalto, 
que  no  fué  difícil  para  su  gente  valiente  y  aguerrida. 
Los  más  decididos  pasaron  el  foso  con  embarcaciones, 
rompieron  algunos  palos  de  la  estacada  y  despejaron 
con  las  balas  el  paso  á  los  demás.  Llenos  de  pavor  los 
enemigos,  se  retiraron,  el  pueblo  fué  tomado  y  Salcedo 
dictó  la  ley  á  los  vencidos.  Por  de  pronto  les  impuso 
una  buena  multa,  les  señaló  un  tributo  anual,  y  luego 
regresó  con  los  suyos,  cargados  de  despojos,  victorioso 
á  Paney. 

Después  de  este  feliz  suceso,  al  ver  Legaspi  su  cam- 
po bastante  asegurado,  y  sujetos  ya  á  su  gobierno  cuasi 
todos  los  pueblos  de  Visayas,  trató  de  posesionarse  de 
la  grande  isla  de  Luzon,  la  más  extensa,  rica  y  pode- 
rosa de  las  Filipinas.  Con  el  fin  de  dar  principio  á  su 
proyecto  grandioso,  llamó  á  Goiti,  que  con  su  familia 
se  hallaba  en  Cebú,  y  le  ordenó  que  acompañado  de 
su  nieto  D.  Juan  capitanease  una  expedición  que  ya 
tenía  organizada  en  Panay  para  hacer  una  visita  al  so- 
berano de  Manila.  En  las  instrucciones  qite  le  dio,  se 
le  prevenía  que  antes  de  atacar  á  los  que  le  opusiesen 
resistencia,  los  requiriese  siempre  con  la  paz,  y  excu- 
sase todo  rompimiento  hostil  en  cuanto  estuviese  de  su 
parte.  Salió  Goiti  con  Salcedo  de  Panay  á  mediados 
de  Abril  ó  principios  de  Mayo  de  1570,  acompañado 
de  ciento  y  treinta  españoles  y  muchos  indios  amigos 
de  las  Visayas.  Al  descubrir  la  isla,  se  dirigió  con  el 
grueso  de  la  expedición  hacia  la  bahía  de  Manila, 


—  134  — 

Era  conocido  con  el  nombre  de  raja  Matanda,  ó  el 
Viejo,  el  que  á  la  sazón  tenía  el  señorío  de  Manila. 
Por  su  avanzada  edad  habia  confiado  las  riendas  del  go- 
bierno á  un  sobrino  suyo,  llamado  raja  Solimán,  joven 
emprendedor,  orgulloso  é  inquieto.  El  maestre  de  cam- 
po de  Legaspi  á  su  llegada  fué  recibido  amigablemen- 
te de  entrambos,  y  celebró  con  ellos  tratados  amisto- 
sos, con  las  ceremonias  acostumbradas  para  su  mayor 
firmeza.  En  esta  conformidad  estaban  las  cosas,  cuan- 
do llegó  Salcedo  á  la  misma  capital,  de  retirada  de 
Batangas,  adonde  habia  hecho  una  ligera  excursión  y 
cuya  provincia  estaba  alarmada  é  inquieta.  Pero  raja 
Solimán,  á  quien  no  agradaba  la  vecindad  de  nuestra 
gente,  no  tardó  en  romper  las  amistades  con  un  hecho 
indiscreto,  y  declararse  abiertamente  contra  ellos.  Pri- 
meramente trató  de  cortar  las  comunicaciones  de  los 
indios  con  los  nuestros,  á  quienes  conduelan  víveres 
por  los  preciosos  cambios  que  les  daban ;  luego  intentó 
asesinar  á  dos  españoles  que  se  estaban  paseando  tran- 
quilamente por  la  playa,  y  por  fin  acabó  con  declarar 
la  guerra  á  la  escuadra. 

Al  N.  O.  de  Manila,  en  la  desembocadura  del  rio 
Pásig,  donde  ahora  está  el  castillo  de  Santiago,  tenian 
los  señores  mahometanos  un  fuerte  de  maderos,  mon- 
tados por  doce  piezas  de  artillería  regular  (i).  Raja 
Solimán  desde  allí  mandó  batir  a  la  escuadra  española 
fondeada  en  la  bahía,  y  no  satisfecho  del  poco  efecto 


(i)  Hay  quien  opina  que  esta  especie  de  baluarte  revelaba  en  su  construc- 
ción al  genio  europeo ,  y  que  un  artillero  portugués  dirigía  la  defensa  de  este 
fuerte,  siendo  víctima  por  fin  del  ^s^ltg  d?  los  españoles. 


—  ^3S  — 
de  las  balas,  despachó  algunas  embarcaciones  peque- 
ñas, armadas  con  falconetes,  capitaneadas  por  el  mis- 
mo, con  el  fin  de  batirla  más  de  cerca.  Goiti,  sin  em- 
bargo de  este  improvisado  ataque,  ni  se  amilanó,  ni 
creyó  que  debia  mantenerse  á  la  defensiva  solamente. 
Dispuso  desde  luego  que  Salcedo  maniobrase  en  los 
buques,  y  él  se  dirigió  hacia  el  fuerte  con  la  gente  más 
valiente  y  decidida,  con  intento  de  tomarlo.  Hizo  el 
desembarque  cerca  de  las  mismas  baterías,  y  mandó 
disparar  á  sus  arcabuceros  sobre  los  artilleros.  Salió  esta 
disposición  tan  acertada,  que  á  las  primeras  descargas 
cayó  el  capitán  del  fuerte  con  otros  artilleros,  y  ater- 
rados los  demás,  se  dieron  á  la  fuga.  Posesionado  de 
este  interesante  punto,  mandó  cargar  á  Solimán,  que 
lo  estaba  aguardando  con  su  gente.  Trabóse  entre  los 
dos  un  combate  porfiado;  pero  al  fin,  no  pudiendo  re- 
sistir los  mahometanos  las  descargas  de  la  gente  de  Goi- 
ti, abandonaron  el  campo  de  batalla  y  se  decidió  la 
victoria  por  los  nuestros.  Raja  Matanda  no  tuvo  parte 
en  las  alevosías  del  sobrino,  pues  aseguran  las  historias 
antiguas  de  las  islas  que  durante  el  combate  siempre 
tuvo  una  bandera  blanca  enarbolada,  y  que  ninguno 
de  los  suyos  se  mezcló  con  la  gente  que  mandaba  So- 
liman.  Sin  embargo  de  que  Goiti  triunfó  completa- 
mente en  este  dia,  y  pudiera  imponer  la  ley  á  los  ven- 
cidos, creyó  que  por  entonces  debia  disimular  la  ofensa 
recibida.  Se  apoderó,  no  obstante,  de  las  piezas,  las 
condujo  á  sus  buques  y  en  seguida  se  retiró  al  puerto  de 
Cavite,  porque  tampoco  pudiera  con  la  poca  gente  que 
tenía  conservar  la  capital,  estando  en  guerra  con  los 
partidarios  del  arrojado  Solimán.  En  aquel  puerto  re- 


—  136  — 

fresco  sus  víveres,  hizo  alianza  con  los  principales, 
oprimidos  por  el  gobierno  del  joven  Solimán,  que  dis- 
ponia  despóticamente  de  sus  bienes  y  personas,  y  lue- 
go regresó  con  toda  su  escuadra  á  Panay  á  dar  razón 
de  su  expedición  al  General. 

Durante  la  ausencia  de  Goiti,  llegó  a  Cebú  Juan  de 
la  Isla  con  tres  galeones  enviados  de  la  Nueva  Espa- 
ña y  un  buen  refuerzo  de  soldados  para  consolidar  y 
adelantar  las  conquistas  comenzadas :  traia  despachos 
de  la  corte  concernientes  á  la  sujeción  y  gobierno  de 
las  islas,  y  el  título  de  adelantado  de  las  islas  de  los 
Ladrones  en  favor  de  Legaspi,  por  haber  sido  el  pri- 
mero que  tomó  posesión  de  ellas  en  la  forma  ordinaria. 
También  se  encargaba  á  este  jefe  que  procurase  poblar 
de  espaíioles  las  provincias  sujetas,  y  repartirlas  en  en- 
comiendas entre  los  que  más  se  hubiesen  distinguido. 
Celebráronse  con  públicos  festejos  las  mercedes  que 
S.  M.  habia  hecho  á  Legaspi,  y  luego  dispuso  que  el 
mismo  Isla  regresase  con  dos  galeones  de  los  tres  en 
que  viniera.  Entre  algunas  cosas  curiosas  que  Legaspi 
remitió  á  la  corte  en  esta  ocasión  habia  doce  plantas 
de  canela. 

Con  el  nuevo  socorro  de  gente  y  municiones,  ya  no 
dudó  Legaspi  que  era  llegado  el  momento  en  que  po- 
dia  marchar  sobre  Manila;  pero  antes  de  ausentarse  de 
Visayas  quiso  dejar  organizada  la  primera  colonia  de 
las  islas,  á  fin  de  que  no  se  malograsen  las  ventajas 
que  con  tantos  trabajos  y  afanes  se  habian  conseguido 
hasta  entonces.  Mandó  en  su  consecuencia  publicar  un 
bando,  en  que  anunciaba  la  próxima  erección  de  una 
villa  española  en   Cebú,  é  invitaba  á  establecerse  en 


—  137  — 
ella  á  las  familias  que  quisiesen.  Cincuenta  solamente 
se  presentaron  al  efecto,  y  con  ellas  se  dio  principio  á 
la  nueva  fundación  el  dia  i.°  de  Enero  de  1571,  que 
se  denominó  del  Santísimo  Nombre  de  Jesús,  en  me- 
moria de  la  imagen  del  Santo  Niño  que  se  habia  ha- 
llado en  aquel  sitio.  Luego  se  edificó  un  fuerte  para  la 
seguridad  de  los  nuevos  colonos,  y  Legaspi,  arreglados 
los  negocios  de  la  nueva  villa,  regresó  al  campo  de 
Panay. 


—  138  — 


SECCIÓN  TERCERA. 


SEGUNDA      ÉPOCA,      DESDE     LA     TOMA     DE      MANILA      POR      LEGASPI      HASTA      LA 
FUNDACIÓN    DE    LA    PROVINCIA    DEL    SANTÍSIMO    ROSARIO    EN     I587, 

Legaspi  se  posesiona  de  esta  capital. —  Un  moro  desafia  á  los  españoles  y 
muere  en  Bancusav. —  Fundación  de  la  ciudad  de  Manila. — Muerte  de  raja 
Matanda. —  Sujeción  de  Taytay  y  Cainta. —  Sujeción  de  la  Laguna  y  viaje 
de  Salcedo  á  Paracale. —  Sujeción  de  Bétis  y  Lubao. —  Se  sublevan  algu- 
nos pueblos  de  Visayas,  vejados  por  los  encomenderos. —  Expedición  de 
Salcedo  á  Cagayan,  y  su  vuelta  por  la  contra-costa. —  Muere  Legaspi  y  le 
sucede  Lavezares. —  Expedición  de  Goiti  á  Pangasinan  é  llocos,  y  pacifi- 
cación del  rio  del  Vicol. —  Viaje  de  Salcedo  á  Vigan,  y  llegada  del  cor- 
sario Li-ma-hon. —  Manila  es  atacada  por  Sioco,  su  general. —  Es  atacada 
con  todo  su  ejército,  y  huye  su  escuadra  de  la  bahía. —  Sublevación  de 
raja  Solimán  y  Lacandola. —  Expedición  mandada  por  Salcedo  contra  Li- 
ma-hon. —  Sitio  del  corsario  y  su  fuga. —  Llega  á  Manila  el  gobernador 
Sande,  y  muere  Salcedo. — Pacificación  de  algunos  pueblos  de  Camarines. — 
Expedición  á  Borneo. —  Sujeción  de  Mindanao,  y  utilidad  de  los  PP.  mi- 
sioneros.— Llegan  á  Manila  los  PP.  Franciscanos. —  El  Arzobispo  de 
Méjico  nombra  sus  delegados  á  las  islas  Filipinas. — Llega  á  las  islas  el  Go- 
bernador Ronquillo. —  El  primer  obispo  de  Filipinas. —  Hecho  escanda- 
loso de  un  encomendero. —  Pacificación  de  Cagayan. —  Expedición  des- 
graciada á  la  isla  de  Ternate,  y  muerte  de  Ronquillo. —  Le  sucede  su  so- 
brino.—  Gobierno  de  Vera. 


I. 


A  principios  de  Abril  de  aquel  año  ya  estaba  pre- 
venida la  escuadra  que  debia  salir  para  la  proyectada 
expedición.  Se  componia  de  veinte  y  siete  buques,  en- 
tre mayores  y  menores,  que  conducian  doscientos 
ochenta  españoles  y  muchos  más  indios  fieles  de  Visa- 
yas, particularmente  de  Panay.  Sus  principales  cabos 


—  139  — 
eran  el  maestre  de  campo  D.  Martin  Goiti  y  los  capi- 
tanes D.  Juan  de  Salcedo,  D.  Andrés  Ibarra  y  Don 
Luis  de  la  Haya,  bajo  la  dirección  y  mando  del  Ade- 
lantado, que  quiso  capitanear  personalmente  esta  fa- 
mosa expedición.  El  dia  15  de  aquel  mes  dejó  la  escua- 
dra las  costas  de  Panay,  é  hizo  escala  en  la  isla  de  Min- 
doro,  con  el  fin  de  aguardar  los  buques  que  se  hablan 
extraviado,  de  resultas  de  un  fuerte  viento  que  tuvie- 
ron antes  de  llegar  á  este  punto.  De  paso  se  procuró 
que  sus  pueblos  se  sometiesen  al  gobierno,  y  se  libró 
con  su  auxilio  un  champan  de  chinos  mercaderes,  que 
estaba  para  naufragar  en  las  costas  de  la  isla,  en  la  cual, 
según  la  bárbara  costumbre  del  país,  hubieran  per- 
dido sus  mercaderías  y  la  libertad.  Desde  entonces  han 
sido  conocidos  estos  extranjeros  por  los  españoles  de 
las  islas  con  el  nombre  de  Sangley,  de  la  voz  china 
Sang-lay,  que  significa  tratar  y  contratar;  porque  pre- 
guntados quiénes  eran,  contestaron  en  su  propio  idio- 
ma con  la  indicada  expresión,  queriendo  decir  que  eran 
viajeros  mercaderes.  La  generosidad  de  Legaspi,  que 
los  salvó  graciosamente  con  todos  sus  haberes,  admi- 
rada por  aquellos  chinos,  dio  principio  al  comercio  lu- 
crativo entre  su  país  y  la  capita4  de  Filipinas,  que  se 
ha  continuado  hasta  nuestros  dias  sin  interrupción. 
Desde  Mindoro  pasó  la  escuadra  de  Legaspi  á  Cavite, 
en  donde  hizo  una  ligera  detención  para  carenar  algu- 
nos buques  que  hablan  padecido  averías  en  el  viaje,  y 
sin  embargo  de  que  allí  fué  reconocida  por  los  emisa- 
rios de  los  rajaes  de  Manila,  no  tardó  en  presentarse 
en  frente  de  esta  capital,  y  luego  entró  sin  oposición 
por  el  Pásig,  que  baña  sus  murallas.  Sus  habitantes,  al 


—  140  — 

ver  una  escuadra  tan  numerosa,  á  cuyas  fuerzas  no  po- 
dían resistirse,  á  imitación  de  los  naturales  de  Cebú 
ocultaron  sus  haberes  y  pegaron  fuego  á  las  casas;  mas 
luego,  convencidos  de  que  los  recien  llegados  venían 
de  paz,  se  tranquilizaron  y  apagaron  el  incendio. 

Fondeada  la  escuadra,  se  presentaron  á  Legaspi  raja 
Matanda  y  Lacandola,  régulo  de  Tondo,  cuyo  pueblo 
forma  en  el  día  uno  de  los  extramuros  de  Manila.  El 
General  los  recibió  con  mucho  agrado,  aunque  extra- 
ñó la  ausencia  del  joven  Solimán,  y  manifestó  su  re- 
paro á  los  dos  régulos.  Temía  con  razón  que  se  le  cas- 
tigara por  los  desafueros  cometidos  contra  Goiti  el  año 
anterior;  pero  asegurado  del  perdón,  los  mismos  régu- 
los ofrecieron  á  Legaspi  que  el  día  siguiente  se  le  pre- 
sentaría. Compareció  en  efecto  Solimán  con  los  régu- 
los, y  Legaspi,  sin  hacerle  cargo  de  la  traición  pasada, 
manifestó  á  los  tres  el  objeto  principal  de  su  venida,  y 
la  necesidad  de  celebrar  un  tratado  con  las  formalida- 
des de  estilo.  Desde  aquel  día  juraron  los  tres  régulos 
guardar  fidelidad  á  nuestro  católico  monarca,  y  Legas- 
pi los  recibió  bajo  la  real  protección  de  su  gobierno. 
Sin  embargo,  después  se  supo  que  Solimán  se  confe- 
deró con  Lacandola  para  expeler  de  su  país  á  los  recien 
llegados  tan  pronto  como  se  les  presentase  algún  lance 
favorable  á  sus  designios,  cuya  mala  fe  disimuló  Le- 
gaspi con  prudencia,  si  bien  estuvo  siempre  á  la  mira 
para  que  no  llevasen  á  efecto  su  intento. 

Arreglados  los  asuntos  entre  los  rajaes  de  Manila  y 
régulo  de  Tondo  con  el  gobierno,  Legaspi  se  apresuró 
á  tomar  posesión  del  sitio  de  Manila,  cuya  ceremo- 
nia se  verificó  el  día   19  de  Mayo   del   mismo   año 


—   141   — 

de  1 57 1  (i)>  y  dio  las  providencias  necesarias  para  le- 
vantar un  fuerte  en  donde  estaba  el  de  los  rajaes.  Man- 
dó también  proseguir  la  estacada  que  éstos  habian  em- 
pezado; edificó  un  palacio  para  sí,  una  iglesia  con  su 
convento  para  los  PP.  Agustinos  que  lo  acompañaban, 
y  las  casas  necesarias  para  los  españoles  de  la  escuadra. 
La  noticia  de  estos  sucesos  memorables  no  tardó  en 
publicarse,  y  en  su  vista  se  fueron  presentando  los  prin- 
cipales de  los  pueblos  más  inmediatos  á  Manila,  con 
el  fin  de  reconocer  el  nuevo  gobierno  y  asegurar  su 
amistad. 

Entre  éstos  habia  un  valiente  moro  que,  acaudillando 
una  partida  de  Pampangos  de  Agonoy  y  Macabebe,  se 
habia  presentado  en  Tondo  para  inducir  á  Lacandola  á 
sublevarse.  Legaspi  tuvo  noticia  de  su  llegada,  aunque 
ignoraba  su  objeto,  y  aun  creia  que  habia  venido  á  pre- 
sentarse, como  lo  habian  hecho  otros  muchos.  En  esta 
persuasión  le  envió  dos  españoles,  para  que  le  dijesen 
de  su  parte  que  podia  ir  á  visitarlo  sin  recelo,  y  que 
no  dudase  de  conseguir  su  amistad.  Cuando  el  moro 
entendió  el  mensaje,  se  levantó  enfurecido,  desenvainó 
el  alfanje,  y  blandiéndolo  con  tono  amenazador,  dijo 


(i)  Dia  de  Santa  Potcnciana,  celebrándose  una  misa  solemne  en  honor  de 
la  Santa,  que  en  tal  concepto  fué  declarada  patrona  de  estas  islas,  y  lo  es 
por  los  baguios.  Según  tradición,  en  el  mismo  dia  se  halló  milagrosamente  la 
imagen  de  Nuestra  Sefiora  de  Guía,  que  es  muy  venerada  en  esta  ciudad. 
Dícese  que  la  halló  un  soldado  de  Legaspi  entre  unas  palmeras,  llamadas  aquí 
pandan,  y  le  edificaron  una  capilla  ó  ermita  en  el  sitio  en  que  fué  hallada, 
llamado  ahora  pueblo  de  la  Ermita  :  aquella  capilla  ó  iglesia  fué  en  un 
tiempo  parroquia  de  españoles.  Se  cree  haber  sido  el  primer  santuario  de 
esta  isla  de  Luzon.  Destruida  la  iglesia,  que  era  suntuosa,  por  un  terremoto, 
y  luego  derribada  hasta  los  cimientos  después  de  la  guerra  de  los  ingleses,  des- 
pués de  1762,  nada  queda  de  aquel  edificio. 


—    142   — 

en  voz  alta:  «El  sol  me  parta  por  el  medio,  y  caiga  yo 
en  desgracia  de  mis  mujeres  para  que  me  aborrezcan, 
si  fuese  en  algún  tiempo  amigo  de  los  españoles.»  Di- 
cho esto  salió  del  aposento  y  añadió:  «En  la  barra  de 
Bancusay  os  espero.»  Enseguida  saltó  por  la  ventana 
para  hacer  alarde  de  valor,  y  fué  á  incorporarse  con  su 
gente,  que  estaba  reunida  en  aquel  sitio,  distante  poco 
más  de  una  milla  de  Manila. 

Cuando  Legaspi  supo  la  disposición  y  desafío  del 
pampango  ordenó  al  maestre  de  campo  que  sin  pérdi- 
da de  tiempo  fuese  á  encontrarlo  con  una  partida  de 
soldados.  Salió  Goiti  el  mismo  dia,  embarcado  con 
ochenta  hombres  de  su  satisfacción,  y  se  presentó  en 
Bancusay,  en  donde  efectivamente  estaban  los  pam- 
pangos  en  disposición  de  batirse,  capitaneados  por 
aquel  moro.  El  combate  se  trabó;  pero  fué  de  corta 
duración,  porque  habiéndose  adelantado  el  capitán  de 
los  contrarios  para  animarlos,  cayó  herido  mortalmente 
de  una  bala,  y  en  su  consecuencia  volvieron  las  po- 
pas á  los  nuestros  y  se  pusieron  en  precipitada  fuga, 
habiendo  perdido  en  su  retirada  mucha  gente,  perse- 
guidos por  los  vencedores.  El  éxito  feliz  que  tuvieron 
las  armas  españolas  en  este  dia  consolidó  en  gran  ma- 
nera el  gobierno  de  Legaspi ,  porque  desanimó  al  mis- 
mo tiempo  á  Solimán  y  Lacandola,  dispuestos  á  su- 
blevarse si  los  pampangos  hubieran  salido  victoriosos. 
La  mala  fe  del  régulo  de  Tondo  no  dejó  de  traslucirse 
en  esta  ocasión;  porque  entre  los  prisioneros  se  halla- 
ron un  hijo  suyo  y  dos  sobrinos.  Legaspi,  sin  embargo, 
no  se  dio  por  entendido,  y  se  los  devolvió  generosa- 
mente sin  ninguna  suerte  de  rescate.  Con  esta  sola  vic- 


—  143  — 
toría  los  pueblos  que  todavía  se  mantenian  indecisos, 
sabido  el  resultado,  se  apresuraron  a  ofrecer  sus  home- 
najes al  afortunado  General.  En  breve  se  vio  Manila 
constituida  reina  de  una  gran  comarca,  y  su  gobierno 
con  poder  bastante  para  subyugar  á  los  pueblos  más 
altivos,  que  antes  estaban  en  continua  guerra. 

Legaspi  ya  no  dudaba  que  Manila  habia  de  ser  la 
capital  de  las  islas  Filpinas,  y  por  lo  mismo  se  apresuró 
á  concluir  las  obras  comenzadas  para  erigirla  en  ciudad 
de  la  colonia.  Los  edificios  se  fabricaron  por  entonces 
de  madera,  caña  y  paja,  al  estilo  del  país,  según  las 
circunstancias  permitían,  y  al  mes  de  haberse  comen- 
zado ya  eran  habitables.  Para  la  nueva  erección  nom- 
bró el  General  dos  alcaldes  ordinarios,  doce  regidores, 
un  alguacil  mayor  y  un  escribano,  y  el  dia  24  de 
Junio  del  mismo  año  hizo  la  ceremonia  de  fundación 
con  las  formalidades  necesarias.  Dejóle  el  nombre  que 
tenía  de  Manila  (i)  y  la  constituyó  metrópoli  de  la 
Nueva  Castilla,  nombre  que  dio  á  la  isla  de  Luzon. 
S.  M.  confirmó  después  las  disposiciones  de  Legaspi, 
honrando  á  su  ciudad  con  los  títulos  de  Noble  y  siem- 
pre leal,  y  concediéndole  todos  los  privilegios  de  que 
gozan  las  capitales  de  reino,  á  cuyo  fin  expidió  dos  cé- 
dulas reales  en  21  de  Junio  de  1594  y  19  de  Noviem- 
bre de  1595. 

Establecida  ya  la  capital,  sólo  faltaba  proseguir  los 


(i)  Los  naturales  la  llaman  aún  ahora  May/ii/t: ,  compuesto  de  May  y  un 
árbol  llamado  Nilad  ó  Nilar,  que  quiere  decir  un  lugar  en  donde  hay  mu- 
chos de  estos  árboles.  El  nombre  científico  de  este  árbol  es  Ixorú.  Véase 
al  P.  Blanco  en  su  Flortí  de  Filipinas ,  verb.  Ixora  Manila. 


—   144  — 

descubrimientos  de  Luzon,  y  apaciguar  algunos  pue- 
blos de  pampangos  con  los  tagalos  de  Taytay  y  Cainta. 
Ambas  cosas  hubieran  podido  terminarse  mucho  antes; 
pero  Legaspi  no  queria  valerse  de  las  armas  sino  cuan- 
do la  necesidad  lo  exigia;  porque  no  queria  derramar 
la  sangre  humana  para  engrandecer  á  su  nación.  La 
falta  de  víveres  que  ya  se  padecia  en  la  ciudad,  la  obli- 
gó á  enviar  al  maestre  de  campo  con  alguna  gente  y 
embarcaciones  á  los  pueblos  amigos  de  la  Pampanga 
que  respetaban  á  Lacandola,  en  donde  sabía  que  abun- 
daba el  arroz,  encargándole  que  de  paso  procurase  su- 
jetar á  los  amotinados.  Goiti  hizo  luego  un  buen  acopio 
de  aquel  grano,  que  remitió  á  la  capital,  y  fué  obede- 
cido en  muchas  partes  sin  mucha  resistencia.  En  esta 
pequeña  expedición  lo  acompaíiaron  Solimán  y  Lacan- 
dola, traza  de  que  se  habia  valido  el  General  para  que 
fuese,  con  la  presencia  de  éstos,  más  respetado  de  los 
pueblos;  pero  estos  régulos  secundaron  tan  mal  los 
deseos  del  jefe  de  Manila,  que  sigilosamente  incitaban 
á  los  desafectos  á  la  oposición  y  resistencia.  Las  dis- 
posiciones hostiles  de  los  de  Bétis,  que  por  entonces 
no  se  pudieron  sujetar  á  la  obediencia  del  Gobierno, 
dieron  bastante  fundamento  á  las  sospechas  que  se  te- 
nian  de  su  mala  fe,  las  que  se  confirmaron  con  la  fuga 
clandestina  del  segundo  cuando  Goiti  estaba  tomando 
providencias  para  batirlo;  pero  Legaspi,  al  verlo  en 
Tondo  sin  permiso,  lo  prendió  y  lo  tuvo  detenido 
hasta  que  Goiti  intercedió  por  él  á  su  llegada,  y  en 
seguida  le  confiscó  quince  piezas  de  artillería,  con  el 
doble  fin  de  castigar  su  falta  y  consolidar  la  paz  jurada. 
Esta  medida,  al  parecer  severa,  refrenó  á  los  demás,  y 


—  145  — 
aseguró  la  dominación  española  en  Manila,  a  pesar  de 
la  mala  disposición  de  aquel  régulo. 

Por  este  mismo  tiempo  enfermó  gravemente  el  an- 
ciano raja,  señor  de  Manila  y  su  comarca,  y  no  quiso 
morir  sin  abrazar  la  religión  de  los  españoles,  á  quie- 
nes siempre  habia  mostrado  mucho  afecto.  Parece  que 
el  Señor  quiso  premiarle  en  aquella  hora  los  interesan- 
tes servicios  que  habia  hecho  á  la  causa  de  la  fe,  pues 
habia  facilitado  su  predicación  en  sus  dominios,  y  per- 
suadido á  los  que  le  obedecian  á  que  la  abrazasen.  Ins- 
truido suficientemente  en  sus  misterios  y  doctrina,  y 
convencido  de  la  necesidad  del  bautismo  para  llegar  á 
obtener  la  felicidad  eterna,  se  lo  administró  á  su  solici- 
tud el  virtuoso  sacerdote  D.  Juan  Vivero,  que  habia 
pasado  de  la  Nueva  España  á  Cebú  con  la  nao  San  Je- 
rónimo. Después  de  algunos  dias  se  le  agravó  la  enfer- 
medad, y  al  fin  muy  resignado  entregó  su  alma  en  ma- 
nos del  Señor.  La  muerte  de  este  régulo  fué  muy  sen- 
tida de  los  españoles,  y  particularmente  de  Legaspi, 
quien  perdió  en  él,  no  sólo  un  amigo,- sino  también  un 
príncipe  pacífico,  cuya  buena  voluntad  y  diligencias 
contribuyeron  mucho  á  la  facilidad  con  que  se  posesio- 
nó, sin  derramar  una  gota  de  sangre,  de  la  comarca  de 
Manila.  Se  honró  en  seguida  la  memoria  del  difunto  con 
un  solemne  funeral,  según  las  ceremonias  de  la  Iglesia, 
á  que  ya  pertenecía;  cuya  función  admiraron  los  natu- 
rales que  la  presenciaron  porque  todavía  no  hablan  visto 
un  acto  semejante.  En  su  enfermedad,  Legaspi  le  pro- 
metió poner  en  posesión  del  señorío  de  Manila  á  su 
sobrino  Solimán,  como  él  se  lo  habia  suplicado;  cuya 
promesa  fué   religiosamente  cumplida,  ordenando   al 


—  146  — 

efecto  que  todos  los  naturales  de  la  comprensión  de 
sus  dominios  lo  reconociesen  como  su  natural  señor  y 
le  prestasen  la  debida  obediencia.  Agradecido  el  joven 
raja  á  las  finezas  de  Legaspi,  renovó  su  promesa  de 
guardar  fidelidad  á  su  gobierno,  lo  que  cumplió  du- 
rante la  vida  del  Adelantado. 

Si  se  medita  seriamente  sobre  la  conducta  de  Legas- 
pi en  el  descubrimiento  y  sujeción  de  las  islas  Filipi- 
nas, se  echará  de  ver  que  no  ejercia  sobre  los  natura- 
les subyugados  más  que  un  dominio  de  protección.  En 
las  Visayas  ayudaba  siempre  á  los  amigos,  y  sujetaba 
solamente  con  las  armas  á  los  que  los  ofendian,  y  aun 
después  de  subyugados  no  les  exigia  más  que  un  re- 
conocimiento en  especie,  á  que  se  obligaban.  La  perfi- 
dia y  mala  fe  de  Lacandola  fué  castigada  solamente 
con  pena  de  arresto  y  privación  de  su  artillería,  por- 
que así  lo  reclamaban  el  bien  y  la  conveniencia  de  la 
paz;  pero  antes  y  después  ejerció  su  señorío  entre  los 
suyos,  lo  mismo  que  los  régulos  de  Cebú  y  de  Ma- 
nila. Por  fin,  á  petición  de  éste  confirmó  el  que  obte- 
nia  en  su  sobrino,  y  robusteció  la  sujeción  que  le  de- 
bian  sus  vasallos,  mandando  que  le  obedeciesen.  Estos 
jefes  son  los  principales  que  existian  en  aquel  tiempo 
en  Filipinas  :  los  demás,  ó  no  eran  sino  cabezas  de  ba- 
rafigay ,  aliados  en  naciones,  ó  unos  tiranos,  que  se 
hacian  respetar  por  la  única  ley  del  más  fuerte,  de  cuyo 
sistema  de  gobierno  se  originaban  guerras  intestinas, 
con  que  se  aniquilaban.  En  atención  á  esto,  sin  des- 
pojar Legaspi  á  los  antiguos  soberanos  de  sus  legítimos 
derechos,  exigia  de  los  pueblos  el  vasallaje,  que  era 
reputado  por  muy  justo,  atendido  el  derecho  que  los 


—  147  — 
Vicarios  de  Jesucristo  habían  otorgado  á  nuestros  ca- 
tólicos Monarcas,  por  el  bien  de  la  humanidad  y  por 
la  propagación  de  la  religión  cristiana,  conforme  al 
precepto  de  nuestro  divino  Redentor :  Euntes  in  mun- 
dum  universiim,  prcedicate  Evangelium  omni  ere  atura; 
lo  cual  no  es  posible  entre  bárbaros  sin  el  freno  de  una 
autoridad  humana  y  poderosa.  Con  esta  conducta  tan 
prudente,  constantemente  sostenida,  adquirió  el  gran 
Legaspi,  para  la  corona  de  Castilla  y  para  la  Iglesia, 
la  posesión  de  las  ricas  y  populosas  Filipinas. 

Cuando  en  Manila  se  honraba  la  memoria  del  bene- 
mérito Matanda,  tuvo  Legaspi  la  feliz  noticia  de  haber 
llegado  á  Cebú  dos  galeones  con  soldados  y  seis  reli- 
giosos Agustinos.  En  seguida  ordenó  que  fuesen  trasla- 
dados á  la  capital,  y  dispuso  que  el  maestre  de  campo 
trajese  su  familia,  porque  ya  debia  estar  en  ella  de 
asiento. 

Entonces  todavía  los  moros  de  Taytay  y  Cainta  se 
mantenían  independientes  de  la  obediencia  del  gobier- 
no de  Manila,  y  convenia  sujetarlos.  Legaspi,  arre- 
glando su  conducta  á  las  instrucciones  que  tenía  del 
católico  Monarca,  en  las  que  se  disponía  que  excusase 
en  lo  posible  las  batallas,  y  procurase  atraer  con  medios 
pacíficos  á  los  naturales  de  las  islas  á  su  obediencia  y 
al  gremio  de  la  fe,  habia  invitado  varias  veces  á  aque- 
llos habitantes  á  que  se  sujetasen;  mas  ellos,  abusando 
de  su  condescendencia,  atribulan  á  debilidad  y  cobar- 
día la  prudencia  y  bondad  del  General;  y  pasando  aun 
más  adelante,  se  insolentaron  de  tal  suerte,  que  llega- 
ron á  desafiarlo,  é  incitar  á  los  pueblos  ya  sujetos  á  que 
se  sublevasen.  Confiados  en  sus  fortificaciones  y  per- 


—   i4B  — 

trechos  se  creían  invencibles,  porque  todavía  no  habían 
entrado  en  campaña  sino  con  los  indígenas,  á  quienes 
impunemente  oprimían.  Ya  causaban  indignación  á 
Legaspi  estos  moros  con  sus  repetidas  insolencias,  á 
quien  al  fin  forzaron  á  que  les  enviase  una  partida  de 
valientes  para  que  los  sujetasen  por  la  fuerza.  La  jor- 
nada fué  confiada  á  Salcedo,  su  nieto,  á  quien  hizo  las 
prevenciones  oportunas,  que  llenó  á  su  satisfacción. 
Embarcado  este  valiente  joven  con  su  gente,  subió  por 
el  Pásig  hasta  descubrir  el  pueblo  de  Cainta,  cuyos 
habitantes  ya  estaban  prevenidos  y  dispuestos  á  oponer 
una  vigorosa  resistencia.  Dispuestas  las  embarcaciones 
y  soldados  en  orden  de  batalla,  intimó  la  rendición  á 
los  cercados,  ofreciéndoles  la  paz  y  el  perdón;  pero  le 
contestaron,  insolentes,  que  no  querían  paz  con  los  es- 
pañoles de  Manila.  Entonces  ya  no  le  quedaba  más 
arbitrio  que  abandonarlos  ó  batirlos. 

El  pueblo  de  Cainta,  distante  media  jornada  sola- 
mente de  Manila,  estaba  á  la  sazón  defendido  por  la 
naturaleza  y  por  el  arte.  Situado  á  la  orilla  de  un  rio, 
tenía  muy  buenas  estacadas  terraplenadas,  con  torreo- 
nes montados  de  artillería  gruesa,  que  defendían  su 
entrada.  Por  la  banda  de  tierra  había  en  su  alrededor 
cañaverales  muy  compactos  entretejidos  con  bejucos  y 
malezas,  que  componían  una  especie  de  muro  impe- 
netrable, fosos  llenos  de  agua  y  una  estacada  en  su  cir- 
cunferencia. Sus  habitantes  estaban  bien  armados  y  dis- 
puestos, y  no  creían  que  los  nuestros  pudiesen  pene- 
trar en  su  recinto.  La  primera  diligencia  que  prac- 
ticó Salcedo,  después  de  los  requerimientos,  fué  man- 
dar á  su  alférez  que  reconociese  toda  la  cerca,  el  cual 


—  149  — 
averiguó  que  á  la  otra  banda  de  un  riachuelo  estaba 
más  débil  que  en  otra  parte,  y  que  por  allí  podia  pe- 
netrarse con  más  facilidad.  En  vista  de  lo  cual  ordenó 
que  desde  el  rio  se  batiesen  los  torreones,  en  los  cuales 
estaba  la  defensa  principal  de  los  del  pueblo,  y  él  con 
una  partida  de  soldados  se  dirigió  hacia  el  riachuelo 
anunciado,  previniendo  á  los  que  batian  los  torreones 
no  desistiesen  de  la  carga  hasta  que  él  se  hallase  pose- 
sionado de  la  población.  A  su  llegada  rompió  la  esta- 
cada; se  abrió  portillo  con  el  fuego  de  sus  arcabuceros, 
y  los  moros,  al  ver  la  tropa  que  entraba  sin  retroceder 
un  paso,  se  dieron  á  la  fuga,  abandonándoles  el  pueblo. 
Como  Salcedo  habia  conseguido  ya  el  principal  objeto, 
no  se  cuidó  de  perseguirlos.  Desde  luego  se  apoderó 
de  la  artillería,  demolió  los  parapetos,  y  en  seguida  se 
echó  sobre  Taytay,  que  na  estaba  menos  fortificado 
que  Cainta.  Sus  habitantes,  desanimados  con  la  noticia 
de  la  suerte  que  habia  cabido  á  los  de  este  pueblo,  no 
trataron  ya  de  resistirse,  y  en  su  consecuencia  recibie- 
ron de  paz  al  vencedor.  Este  no  les  impuso  otras  con- 
diciones que  las  de  entregar  la  artillería,  demoler  los 
parapetos  y  someterse  á  la  obediencia  del  Gobierno. 
Todo  se  efectuó  entonces  njismo,  y  los  de  Cainta  no 
tardaron  en  presentarse  y  someterse.  Luego  regresó 
Salcedo  con  su  gente  victoriosa  á  Manila,  en  donde 
recibió  los  honores  del  triunfo. 

Las  prendas  relevantes  del  joven  capitán  decidieron 
á  Legaspi  á  confiarle  otra  jornada  de  mayor  importan- 
cia todavía  que  la  pasada.  Hay  al  E.  de  Manila,  á  me- 
dia jornada  de  distancia,  un  gran  lago,  conocido  con  el 
nombre  de  Laguna  de  Bay.  En  sus  riberas  habia  rnu- 


—  I50  — 

chos  pueblos  que  aun  no  reconocian  el  Gobierno.  Tra- 
tó, pues,  el  General  de  reducirlos  á  su  obediencia  por 
medios  pacíficos,  á  cuyo  fin  se  resolvió  á  enviarles  á  su 
nieto,  acompañado  de  un  religioso  anciano,  llamado 
Fr.  Alonso  de  Alvarado,  que  también  se  habia  hallado 
en  la  expedición  enviada  sobre  Cainta  y  Taytay.  Salie- 
ron de  Manila  con  una  galeota  y  doce  caracoas  bien 
montadas,  y  al  llegar  á  la  Laguna  se  dirigieron  al  pue- 
blo que  da  nombre  al  gran  lago,  que  á  la  sazón  era  la 
capital  de  la  comarca.  Salcedo,  á  su  llegada,  trató  de 
atraer  á  los  principales  á  la  paz  y  amistad  que  deseaba; 
pero,  como  estaban  ya  preocupados  con  motivo  de  las 
relaciones  que  tenian  antes  con  los   moros  de  Taytay 
y  Cainta,  lo  recibieron  con  las  armas.  Por  de  pronto 
no  les  hizo  violencia;  pero  trató  el  negocio  con  el  re- 
ligioso que  lo  acompañaba?,  y  de  común  acuerdo  se  re- 
solvió éste  á  bajar,  y  convencer  á  dichos  principales 
con  razones  que  admitiesen  la  paz  que  se  les  proponía. 
Ocho  dias  tardó  el  religioso  en  triunfar  de  la  tenaz  re- 
sistencia que  le  oponian;  pero  al  fin  admitieron  á  Sal- 
cedo con  los  suyos,  y  se  sometieron  á  la  obediencia  del 
Gobierno.  Con  el  ejemplo  de  Bay,  los  demás  pueblos 
ya  no  opusieron  resistencia,  y  á  los  pocos  dias  todos 
los  habitantes  de  las  riberas  del  gran  lago  se  ofi'ecieron 
á  pagar  su  reconocimiento  á  Manila. 

Terminada  tan  felizmente  la  pacificación  de  la  La- 
guna de  Bay,  se  determinó  Salcedo  á  visitar  las  minas 
de  oro  que  le  aseguraron  habia  en  Paracale,  pueblo  de 
Camarines  Norte.  Antes  de  emprender  un  viaje  tan 
largo  y  peligroso,  por  no  estar  aún  sujeto  el  país,  con- 
sultó su  proyecto  con  Legaspi,  su  abuelo,  el  cual   no 


—  151  — 

sólo  aprobó  su  pensamiento,  sino  que  ademas  le  envió 
personas  de  confianza  que  le  acompafíasen.  Con  su  res- 
puesta favorable  despachó  la  escuadrilla  para  la  capital, 
y  él  se  internó  con  ochenta  hombres  solamente  hacia 
el  S.  E.  con  algunos  guías  que  sacó  del  pueblo  de  Bay. 
Estos,  ora  fuese  por  ignorancia,  ora  por  malicia,  lo 
encaminaron  por  el  pueblo  de  Majayjay  por  senderos 
muy  difíciles,  y  en  él  halló  á  sus  habitantes  prevenidos, 
que  trataron  de  impedirle  el  paso  con  las  armas;  pero 
él  con  su  intrepidez  allanó  las  dificultades  y  se  apoderó 
del  pueblo.  Entonces  trató  de  recorrer  los  pueblos  más 
cercanos;  pero  los  halló  desiertos,  porque  su  gente 
amedrentada  se  habia  refugiado  en  los  vecinos  mon- 
tes. Después  de  algunos  dias  de  fatigas  y  trabajos  in- 
fructuosos un  indio  le  desengaííó,  asegurándole  que 
por  allí  no  podia  irse  á  Paracale.  En  vista  de  esto  re- 
gresó á  Bay;  despachó  la  gente  que  tenía  enferma  para 
Manila,  y  con  cuarenta  compañeros  emprendió  por 
otra  parte  la  marcha  hacia  el  pueblo  deseado.  A  los 
pocos  dias  llegó  á  Malapang,  y  de  allí  por  la  contra- 
costa prosiguió  su  viaje  hasta  llegar  á  Paracale.  Con  el 
aviso  que  los  habitantes  de  Camarines,  ó  rio  del  Vicol, 
habian  recibido  de  los  de  la  Laguna,  ya  estaban  con  las 
armas  en  las  manos  para  oponerse  á  su  entrada;  mas  él 
se  atrincheró  en  aquel  pueblo,  se  defendió  bizarra- 
mente de  los  ataques  de  los  indios,  y  logró  visitar  las 
minas,  objeto  principal  de  su  expedición.  Legaspi  en- 
tre tanto  estaba  muy  solícito  por  su  tardanza,  y  por 
haberse  dicho  en  Manila  que  habia  muerto  en  el  via- 
je. En  tal  concepto  se  determinó  á  enviar  á  Paracale 
alguna  gente  embarcada,  la  que  á  su  llegada  halló  fe- 


—    152    — 

lizmente  vivo  á  Salcedo  con  los  suyos,  si  bien  muy 
debilitados  y  enfermos.  Entonces  se  embarcaron  los 
más  para  Manila,  y  el  joven  capitán  con  pocos  com- 
pañeros atravesó  los  montes  otra  vez  hasta  la  Laguna 
de  Bay,  en  donde  se  embarcó  para  Manila,  de  cuyo 
gobernador  y  habitantes  fué  recibido  con  las  mayores 
demostraciones  de  alegría.  Salcedo  en  esta  expedición 
averiguó  que  la  realidad  de  las  minas  de  Paracale  no 
correspondia  á  la  exagerada  fama  de  la  abundancia  del 
metal ,  y  estudió  al  mismo  tiempo  la  situación  del  país, 
para  reducirlo  á  la  obediencia  del  Gobierno. 

Entre  tanto  el  maestre  de  campo,  vuelto  con  su 
familia  de  Cebú,  se  ocupaba  en  pacificar  los  pueblos 
más  belicosos  de  la  Pampanga,  que  por  la  mala  fe  de 
Lacandola  estaban  aún  en  su  independencia,  con  per- 
juicio de  los  pueblos  amigos,  á  quienes  molestaban.  Ya 
dejamos  dicho  que  en  su  primera  expedición  halló 
muy  prevenidos  á  los  de  Bétis,  cuyo  pueblo,  por  no 
haber  sido  entonces  humillado,  persistía  más  tenaz  é 
insolente.  Era,  pues,  ya  necesario  hacerlo  entrar  por 
el  camino  de  los  demás  tan  pronto  como  se  ofreciese 
algún  lance  favorable.  Este  se  presentó  al  fin,  con  mo- 
tivo de  una  queja  que  dio  al  General  contra  los  de  Bé- 
tis un  principal  amigo,  haciéndole  presente  los  agra- 
vios que  de  ellos  habia  recibido,  y  suplicándole  que  lo 
auxiliase  para  reprimir  sus  insolencias.  Legaspi,  que 
nunca  se  negaba  á  proteger  á  los  adictos ,  destinó  al 
efecto  una  partida  de  soldados  al  mando  del  maestre 
de  campo,  cuya  expedición  se  ofreció  á  dirigir  el  mis- 
mo principal  que  habia  elevado  la  queja  al  Gobierno, 
y  sus  medidas  fueron  tan  acertadas,  que  introdujo  la 


—  ^S3  — 
tropa  en  el  pueblo  enemigo,  sin  ser  vista  ni  sentida. 
Bien  quisieran  los  enemigos  defenderse;  pero  con  el 
desorden  consiguiente  á  la  sorpresa,  sólo  pensaron  en 
poner  en  salvo  sus  personas,  abandonando  el  pueblo  á 
merced  de  la  tropa  de  Manila.  Goiti  ya  no  trató  de 
perseguirlos,  porque  no  dudaba  que,  convencidos  de 
su  flaqueza  é  impotencia,  abrazarian  el  partido  de  la 
paz,  que  desde  luego  les  propuso,  como  se  verificó, 
quedando  así  más  agradecidos  y  obligados  á  la  gene- 
rosidad del  vencedor.  En  su  consecuencia  se  sometie- 
ron á  la  obediencia  del  Gobierno,  entregaron  sus  falco- 
netes  al  jefe  de  la  tropa  y  demolieron  ellos  mismos  los 
terraplenes  que  habian  levantado  para  su  seguridad. 
En  seguida  se  dirigió  la  tropa  hacia  el  pueblo  de  Lu- 
bao,  que  también  se  habia  mantenido  independiente 
has^  entonces;  pero  noticiosos  sus  vecinos  de  la  suerte 
que  habian  sufrido  los  de  Bétis,  sin  embargo  de  las 
muchas  prevenciones  que  tenian  hechas  para  defen- 
derse, abrieron  al  momento  sus  puertas  al  vencedor  y 
se  sujetaron  á  las  mismas  condiciones. 


II. 


Concluida  felizmente  la  paz  con  los  pueblos  y  pro- 
vincias más  cercanas  á  Manila,  y  sujetas  casi  todas  las 
Visayas  á  la  obediencia  del  Gobierno,  repartió  Legaspi 
en  encomiendas  á  los  indios  tributantes  entre  los  capi- 
tanes que  más  se  habian  distinguido,  según  las  instruc- 
ciones que  habia  recibido  de  la  corte.   El  intento  del 


—  154  — 
Rey  era,  no  tanto  premiar  el  mérito  de  los  conquista- 
dores, cuanto  atender  al   bien  de  los  mismos  indios, 
como  soberano  y  protector.  Los  encomenderos  debian 
mantener  á  los  pueblos  de  sus  distritos  respectivos  en 
la  obediencia  del  Gobierno,  defenderlos  de  la  tiranía  de 
los  principales,  civilizarlos  é  instruirlos  en  la  verdadera 
religión  por  medio  de  los  PP.  misioneros,  á  quienes 
debian  mantener  á  sus  expensas;  y  en  recompensa  uti- 
lizarse del  reconocimiento  moderado  que  los  primeros 
les  habian  de  pagar.  Esta  sabia  y  paternal  medida,  que, 
atendidas  las  circunstancias  del  tiempo,  era  la  mejor  y 
más  prudente  que  podia  adoptarse,  fué  muy  pronto 
convertida  por  algunos  hombres  codiciosos  en  mortí- 
fero veneno,  que  iba  empeorando  la  suerte  de  los  in- 
dios, que  el  piadoso   Soberano   estaba  empeñado  en 
mejorar.  Decididos  á  hacer  su  fortuna  antes  de  tiempo 
á  costa  de  los  infelices  indios  que  les  habian  sido  en- 
comendados, empezaron  á  mortificarlos  con  injustas 
exacciones,  con  las  cuales  el  paternal  cuidado  con  que 
debian  atenderlos  fué  muy  pronto  violento  y  abusivo. 
Los  indios  de  algunas  partes,  cansados  ya  del  yugo  que 
sufrian,  se  pronunciaron  contra  sus  opresores,  y  las 
consecuencias  hubieran  sido  muy  funestas,  si  el  mal 
no  se  hubiera  atajado  cuanto  antes.  En  la  misma  isla 
de  Panay,  cuyos  indios  habian  sido  siempre  tan  afectos 
al  gobierno  de  Legaspi,  en  Bohol  y  Marinduque  ma- 
taron algunos  encomenderos  y  soldados,  y  no  tardara 
en  propagarse  el  incendio  á  otras  partes,  si  Legaspi  con 
prudencia  no  lo  apagara  en  sus  principios.  Al  efecto, 
no  habiendo  podido  dejar  la  capital,  comisionó  al  ca- 
pitán D.  Luis  de  la  Haya,  quien  á  su  llegada  apaciguó 


—  ^ss  — 

á  los  indios  sublevados,  castigó  á  los  culpados  y  dio 
muy  oportunas  providencias  para  corregir  los  males  y 
abusos  que  eran  el  origen  del  descontento  de  los  in- 
dios. El  comisionado  de  Legaspi  regresó  muy  satisfe- 
cho á  Manila,  creyendo  haber  desemperíado  felizmen- 
te su  delicado  cargo;  pero  en  realidad  dejó  la  raíz  del 
mal  en  todo  su  vigor,  porque  no  pudo  arrancar  la  co- 
dicia, que  era  la  verdadera  causa  del  general  desconten- 
to. Los  PP.  Agustinos,  que  ya  por  este  tiempo  tenian 
muy  adelantadas  sus  misiones,  particularmente  en  las 
Visayas,  se  tenian  que  fatigar  mucho  más  en  contener 
á  los  indios,  que  se  marchaban  á  los  montes,  huyendo 
de  la  tiranía  de  sus  encomenderos,  que  en  reducirlos  á 
la  verdadera  religión.  Con  la  fuerza  moral  de  la  pala- 
bra y  vida  ejemplar  adelantaban  más  seis  ú  ocho  mi- 
sioneros que  todo  el  poder  de  las  armas  españolas;  por- 
que, si  bien  lograban  éstas  con  la  fuerza  contener  los 
primeros  movimientos,  no  podian  conservar  la  paz  en 
su  ausencia.  Es  cosa  averiguada  que,  sin  el  auxilio  de 
aquellos  varones  apostólicos,  todas  las  ventajas  de  Le- 
gaspi se  hubieran  desvanecido  como  el  humo,  y  hu- 
biera sido  necesaria  mucha  tropa  para  conservar  algu- 
nos puntos  de  las  islas,  sin  lograrse  el  objeto  principal 
que  se  propusieran  nuestros  católicos  monarcas  en  la 
adquisición  de  estas  ricas  posesiones.  Desde  entonces 
se  procuró  entablar  entre  los  indios  de  las  islas  un  sis- 
tema de  gobierno  paternal,  que  sin  echar  mano  de  la 
fuerza  sino  cuando  la  necesidad  imperiosa  lo  exigiese, 
los  conservarse  en  la  fidelidad  debida  á  Dios  y  á  su  rey. 
Ya  entonces  el  bizarro  nieto  de  Legaspi  se  hallaba 
restablecido  de  los  padecimientos  sufridos  en  su  expe- 


-  156  - 

dicion  de  Paracale.  Su  briosa  juventud,  su  patriotismo 
y  su  amor  4  la  gloria  de  nuevos  descubrimientos  le  de- 
terminaron á  emprender  una  jornada  más  difícil  toda- 
vía y  más  arriesgada  que  las  anteriores.  Nada  ó  muy 
poco  se  sabía  hasta  entonces  de  las  provincias  situadas 
al  N.  de  Luzon.  Sólo  se  tenía  alguna  noticia  muy  con- 
fusa de  que  existian  por  aquellas  partes  muchos  pue- 
blos de  distintos  idiomas,  con  quienes  algunos  moros 
de  Manila  solian  contratar,  viajando  á  sus  provincias 
por  mar  en  ciertas  épocas  del  año.  Salcedo,  pues,  trató 
de  reconocer  toda  la  costa,  hasta  el  grande  rio  Ibanag, 
que  riega  la  extensa  provincia  de  Cagayan,  y  desagua 
en  el  mar  de  China  al  N.  de  la  isla.  Obtenido  el  per- 
miso de  Legaspi,  hizo  disponer  algunas  embarcaciones, 
buscó  gente  de  su  satisfacción,  y  con  cuarenta  y  cinco 
soldados  solamente  que  le  facilitó,  se  hizo  á  la  vela  el 
dia  20  de  Mayo  de  1572.  Desde  luego  costeó  la  pro- 
vincia de  Zambales,  reconoció  sus  pueblos  sin  la  me- 
nor contradicción,  y  al  llegar  á  Bolinao,  halló  un  bu- 
que de  chinos  mercaderes,  que  se  habia  apoderado  de 
un  principal  y  varios  indios  del  pueblo,  con  intento  de 
aplicarlos  á  los  trabajos  de  la  mar,  ó  venderlos  como  es- 
clavos. Salcedo,  que  ya  miraba  á  todos  los  naturales  de 
la  isla  como  colocados  bajo  la  protección  de  su  gobier- 
no, arrebató  la  presa  de  manos  de  los  chinos  y  la  puso 
en  libertad.  Este  generoso  hecho,  que  no  tardó  en  di- 
vulgarse, cautivó  de  tal  manera  el  corazón  de  los  zam- 
bales, que  desde  luego  se  sometieron  á  la  obediencia 
del  Gobierno.  Después  de  algunos  dias  de  descanso, 
prosiguió  la  escuadrilla  su  derrota  hasta  Pangasinan, 
en  donde  fué  bien  recibida  de  los  pueblos  situados  en 


—  157  — 
la  costa,  y  asistida  con  abundancia  de  víveres,  sin  la 
menor  dificultad.  No  sucedió  así  en  los  pueblos  de  lo 
interior,  porque  luego  que  Salcedo  trató  de  visitarlos, 
le  opusieron  resistencia,  y  como  no  trataba  de  sujetar- 
los con  la  fuerza,  se  retiró  á  sus  embarcaciones  y  pro- 
siguió su  viaje  hacia  el  N.  de  la  isla.  En  breve  recorrió 
todas  las  barras  de  la  costa  de  llocos,  sin  hallar  oposi- 
ción, hasta  que  llegó  á  Vigan,  pueblo  situado  en  las 
márgenes  del  gran  rio  llamado  del  Abra,  distante  hoy 
dos  millas  de  la  mar.  Sus  habitantes  le  disputaron  la 
entrada  con  las  armas;  pero  rechazados,  se  retiraron  á 
Bantay,  que  se  halla  en  una  loma  á  la  otra  banda  de 
su  rio,  dejando  sus  casas  y  haberes  á  merced  de  los  es- 
pañoles vencedores.  Salcedo  no  trató  de  perseguirlos, 
ni  molestó  á  los  que  no  se  hablan  escapado,  y  esta  con- 
ducta, nunca  practicada  entre  bárbaros,  hizo  regresar  á 
los  prófugos  al  pueblo,  persuadidos  de  que  no  debian 
ser  enemigos  ni  hombres  malos  los  que  tan  benigna- 
mente les  trataban.  Vueltos  ya  pacíficamente  á  sus  ca- 
sas, Salcedo  celebró  amistad  con  ellos,  y  después  de 
algunos  dias  de  escala  prosiguió  la  navegación  hasta  el 
rio  de  Laoag.  Aquí  halló  una  grande  población,  cuyos 
habitantes  lo  recibieron  hostilmente.  Se  opusieron  á  su 
desembarque  con  las  flechas,  y  no  desistieron  de  mo- 
lestarlos, á  pesar  de  los  requerimientos  pacíficos  que 
se  les  hizo  por  intérprete,  hasta  que  se  les  desalojó  de 
la  ribera  con  la  mosquetería.  Estuvieron  los  españoles 
de  Salcedo  muchos  dias  en  las  cercanías  de  Laoag,  sin 
que  los  indios  quisiesen  recibirlos  ni  suministrarles  ví- 
veres; y  en  una  ocasión  se  vio  el  capitán  en  un  con- 
flicto, en  que  por  poco  pierde  la  cabeza.  Hallábase  en 


-  .58- 

la  playa  con  los  suyos  muy  tranquilo,  cuando  desde 
lejos  lo  provocó  un  indio,  blandiendo  la  lanza  en  ade- 
man de  desafiarlo.  Salcedo,  deseoso  de  humillar  su  in- 
solencia, lo  atacó  armado  de  espada  y  rodela,  y  le  des- 
alojó sin  dificultad  del  sitio  en  donde  se  hallaba.  Lle- 
vado Salcedo  de  su  natural  ardor,  persiguió  al  indio  en 
su  fuga,  sin  precaverse  del  lazo  que  los  enemigos  le 
tendieran.  Estos,  en  efecto,  estaban  emboscados  en  el 
sitio  adonde  lo  condujo  el  primero  con  su  fingida  fuga, 
y  el  incauto  capitán  se  vio  de  improviso  cercado  de  un 
gran  número  de  ellos,  de  cuyas  manos  no  le  era  fácil 
evadirse.  Por  de  pronto  se  arrimó  á  una  peña,  y  logró 
defenderse  con  el  auxilio  de  su  rodela  de  las  muchas 
flechas  que  le  tiraban.  Ya  tenía  rota  la  defensa  y  esta- 
ba en  extremo  fatigado,  cuando  afortunadamente  llegó 
á  socorrerle  el  alférez  Hurtado  con  algunos  hombres, 
y  lo  libró  de  la  chusma  enemiga,  que  de  otra  suerte 
no  tardara  en  degollarlo.  Por  fin,  arrepentidos  los  in- 
dios de  haber  desechado  los  primeros  requerimientos 
de  Salcedo,  después  de  algunas  escaramuzas,  en  las  que 
siempre  llevaban  la  peor  parte,  le  dieron  satisfacción  y 
celebraron  paces  y  amistad  con  él,  asistiéndole  desde 
entonces  con  generosidad,  hasta  que  se  despidió  de 
ellos.  Cansada  ya  la  gente  de  Salcedo  con  tantas  cor- 
rerías, y  temerosa  de  doblar  el  cabo  N.  de  la  isla,  del 
que  ya  no  estaban  muy  distantes,  con  sus  débiles  em- 
barcaciones, dio  á  entender  al  capitán  que  no  gustaba 
de  continuar  la  comenzada  expedición.  Este  por  de 
pronto  no  tuvo  más  remedio  que  conformarse,  porque 
la  gente  descontenta  no  es  la  más  á  propósito  para  aco- 
meter grandes  empresas.  En  su  vista,  se  determinó  re- 


—  159  — 
gresar  á  Vigan  embarcado,  y  ordeno  a  su  alférez  que 
con  algunos  hombres  reconociese  por  tierra  los  pueblos 
de  la  costa,  y  que  de  paso  procurase  reducirlos  bue- 
namente á  la  obediencia  del  Gobierno. 

A  los  pocos  dias  llegó  Salcedo  á  Vigan,  de  cuyos 
habitantes  fué  bien  recibido,  y  desde  luego  determinó 
hacer  un  fuerte  en  una  eminencia  cercana,  para  la  se- 
guridad de  los  suyos,  y  facilitar  con  esta  salvaguardia 
la  sujeción  de  la  comarca.  Esta  obra  se  principió  4  la 
llegada  de  Hurtado,  sin  oposición  por  parte  de  los  na- 
turales del  país.  Luego  volvió^  tratar  de  la  prosecución 
de  su  viaje,  y  no  fué  al  principio  más  feliz  en  esta  oca- 
sión que  en  Laoag,  porque  la  mayoría  de  su  gente 
mostraba  la  misma  repugnancia.  Pero  resuelto  á  llevar 
á  cabo  su  proyecto,  determinó  que  el  alférez  se  quedase 
en  el  fuerte  de  Vigan  con  veinte  y  siete  de  los  descon- 
tentos, y  que  los  demás  le  siguiesen  hasta  el  rio  Iba- 
nag,  los  que  al  fin  se  conformaron  y  se  hicieron  á  la 
vela.  La  navegación  fué  muy  feliz,  porque  apoco  do- 
blaron el  cabo  N.  de  la  isla,  llamado  Bojeador,  y  no 
tardaron  en  descubrir  algunos  cagayanes  en  la  barra 
de  un  rio.  Salcedo  queria  reconocer  la  tierra  mediante 
su  auxilio;  pero  luego  que  la  escuadrilla  se  dirigió  hacia 
ellos  se  escaparon  precipitadamente.  Al  fin  se  determi- 
nó á  proseguir  la  derrota  hacia  el  E.  A  pocas  horas  de 
viaje,  después  de  este  lance,  descubrió  la  barra  de  otro 
rio,  y  en  la  playa  unos  salineros,  que  lo  aguardaron  y 
recibieron  con  agrado.  Suplicóles  que  le  hiciesen  el 
favor  de  llamar  al  jefe  de  su  pueblo,  con  quien  deseaba 
hablar,  v  accediendo  á  sus  deseos,  no  tardaron  en  apa- 
recer unos  veinte  valentones,  armados  con  lanzas  v  ro- 


—  1 6o  — 

délas,  que  con  despejo  preguntaron  á  los  nuestros  quié- 
nes eran  y  qué  buscaban  por  allí.  Salcedo  les  dijo  por 
intérprete  que  deseaba  ver  al  principal  á  quien  obede- 
cian,  porque  debia  tratar  con  él  algunos  asuntos  de 
grande  importancia.  Oida  la  propuesta  se  despidieron, 
y  á  poco  volvieron  con  la  contestación,  y  dijeron  que 
los  ancianos  del  pueblo  no  querian  que  su  principal 
bajase  á  la  playa.  Después  de  muchos  ruegos,  seguri- 
dades y  demandas,  al  fin  se  presentó  el  régulo  muy 
bien  acompañado,  pero  Salcedo  no  pudo  lograr  que 
fuese  á  bordo  de  su  embarcación.  Al  ver  tanta  descon- 
fianza en  aquella  gente,  que  por  otra  parte  no  le  pa- 
reció mal  intencionada,  se  resoWió  á  bajar  con  algu- 
nos de  los  suyos  á  la  playa,  para  ver  si  podria  entrar 
en  relación  con  su  pueblo.  Fuese  desde  luego  hacia 
donde  lo  aguardaba  el  principal,  y  trató  de  darle  un 
abrazo  en  señal  de  amistad;  mas  como  el  bárbaro  no 
entendia  esta  clase  de  caricias,  y  figurándose,  por  el 
contrario,  que  trataba  de  prenderlo,  se  fugó  precipita- 
damente con  su  gente.  Con  esto  volvió  Salcedo  á  em- 
barcarse, y  prosiguió  la  navegación  hasta  el  rio  que 
buscaba,  del  cual  ya  no  estaba  muy  distante,  porque, 
según  todas  las  apariencias,  y  por  el  nombre  de  Tu- 
lag,  ó  Tular,  que  el  intérprete  dio  al  lugar,  sería,  á  no 
dudarlo,  la  barra  del  rio  que  ahora  se  llama  de  San 
Juan,  ó  Abulug. 

En  la  corta  travesía  que  luego  tuvieron  que  hacer  se 
vieron  en  el  mayor  conflicto  :  navegaron  por  espacio 
de  tres  horas  felizmente;  mas  á  la  entrada  de  la  noche 
les  sobrevino  un  viento  duro  que  los  constituyó  en  los 
últimos  apuros.  Se  les  abrió  la  popa  de  una  embarca- 


—  léi  — 

cion;  tuvieron  que  echar  al  agua  la  carga  más  pesada 
de  otra,  y  cuando  ya  estaban  á  pique  de  perderse,  el 
Señor,  á  quien  llamaron  de  todo  corazón,  los  consoló, 
calmando  el  viento  y  las  olas  :  de  suerte  que  al  amane- 
cer ya  estaban  cerca  de  la  barra  llamada  hoy  de  Apar- 
ri,  por  donde  desagua  aquel  caudaloso  rio.  Luego  se 
metieron  por  sus  desconocidas  aguas,  y  dieron  fondo 
al  lado  de  una  isleta  que  formaba  el  mismo  rio,  a  la 
vista  de  un  pueblo,  que  debió  ser  el  de  Camalanyugan; 
porque  el  de  Aparri  aun  no  existia.  Salcedo,  según  cos- 
tumbre, requirió  de  paz  á  sus  vecinos,  quienes  por  de 
pronto  no  la  rehusaron,  mas  luego  dieron  á  entender 
que  trataban  de  recibirlo  con  las  armas.  Desde  luego 
empezaron  á  levantar  una  estacada  en  la  ribera,  y  se 
fué  reuniendo  mucha  gente  en  ademan  de  defenderse 
y  disputar  á  los  nuestros  la  entrada.  Estos  estuvieron 
fondeados  allí  algunos  dias,  sin  atreverse  á  efectuar  el 
desembarque,  porque  no  estaban,  por  su  corto  núme- 
ro, en  disposición  de  batirse  con  los  prevenidos  caga- 
yanes;  lo  que  movió  á  Salcedo  á  desistir  por  entonces 
de  sus  requerimientos,  satisfecho  ya  de  haber  llegado 
al  punto  deseado.  Luego  se  hizo  á  la  vela  hacia  el  Cabo 
de  Engaño  que  dista  pocas  leguas  de  allí,  y  navegando 
por  la  contra-costa  de  lo  que  ahora  es  Nueva  Ecija, 
fué  á  parar  al  puerto  de  Piapi,  cerca  de  la  Laguna  dé 
Bay.  Allí  dejó  las  embarcaciones  con  su  gente,  y  con 
solos  cuatro  compañeros  atravesó  los  montes  y  salió  á 
Paete,  donde  se  embarcó  en  una  débil  canoa  para  ir 
por  agua  hasta  Manila. 

Cuando  parecía  al  intrépido  Salcedo  que  ya  estaba 
al  fin  de  su  hrga  expedición,  le  aconteció  un  lance  que 


l62    — • 

lo  constituyó  en  los  últimos  apuros.  Al  hallarse  en  el 
medio  del  gran  lago,  una  ola  volcó  la  canoa  que  lo 
conducía.  Los  indios  bogadores  se  salvaron  á  nado,  y  él, 
que  carecia  de  esta  habilidad,  no  tuvo  más  arbitrio  que 
agarrarse  del  casco,  y  colocarse  en  las  manos  de  la  di- 
vina Providencia.  Afortunadamente,  cuando  ya  estaba 
medio  desmayado,  pasaron  por  allí  unos  moros  ami- 
gos de  Manila,  que  lo  salvaron  y  lo  llevaron  en  seguida 
á  la  casa  de  un  encomendero  adonde  iban.  Aliviado 
ya  de  esta  avería,  volvió  á  embarcarse  á  fin  de  presen- 
tarse cuanto  antes  en  la  capital,  para  dar  cuenta  á  su 
abuelo  de  los  sucesos  de  su  expedición  y  descansar  de 
sus  trabajos.  Pero  en  Taguig,  cuando  apenas  habia  de- 
jado las  aguas  de  la  Laguna,  tuvo  la  fatal  noticia  de 
su  fallecimiento ,  y  penetrado  del  más  vivo  sentimiento, 
entró  en  Manila  ocultamente,  sin  dejarse  ver  en  mu- 
chos días. 

La  nueva  capital  se  tenía  por  dichosa  de  verse  colo- 
cada bajo  el  paternal  y  sabio  gobierno  de  su  ilustre  fun- 
dador. La  corona  de  Castilla  adquiría  todos  los  dias 
nuevos  brillos  con  la  obediencia  que  por  sus  afanes  y 
cuidados  le  prestaban  muchos  pueblos  de  diferentes 
lenguas  y  naciones.  La  religión  verdadera  por  su  celo 
abrigaba  nuevos  hijos  en  su  seno,  para  derramar  sobre 
ellos  sus  benéficos  influjos;  las  Filipinas  todas  por  su 
vigilancia  caminaban  con  rápido  progreso  en  pos  de  la 
verdadera  luz  que  las  habia  de  iluminar  un  dia,  para 
que  pudiesen  en  verdad  apellidarse  cristianas.  Enton- 
ces, cuando  el  aspecto  de  todas  estas  islas  se  presentaba 
tan  risueño,  cortó  la  fatal  Parca  el  hilo  de  la  vida  al 
pacífico  conquistador,  al  insigne  adelantado  D.  Mi- 


guel  López  de  Legaspi.  Los  mismos  indios  á  quienes 
habia  subyugado  mostraron  notable  sentimiento  por  su 
muerte,  porque  ya  no  ignoraban  las  ventajas  que  ha- 
blan reportado  con  el  cambio  de  gobierno.  Su  muerte 
aconteció  el  dia  20  de  Agosto  de  1572,  de  resultas  de 
una  grave  desazón  que  le  causó  una  persona  distingui- 
da de  su  campo,  con  motivo  de  sus  indiscretas  preten- 
siones. Pasó  de  esta  vida  á  la  eterna  sin  haber  podido 
recibir  los  últimos  auxilios  de  la  religión;  pero  dejó 
muy  asegurada  la  opinión  de  haber  llegado  felizmente 
al  fin  de  su  carrera,  porque  se  confesó  generalmente  y 
recibió  el  cuerpo  sacrosanto  de  Señor  el  dia  de  la 
Asunción  de  la  Virgen,  cinco  dias  antes  de  su  falleci- 
miento. 


in. 


Muerto  Legaspi,  el  factor  del  Rey,  el  maestre  de 
campo  y  demás  oficiales  registraron  sus  papeles  para 
ver  lo  que  se  hallaba  dispuesto  relativo  á  la  persona  que 
le  habia  de  suceder  en  el  gobierno  de  las  islas,  y  halla- 
ron una  provisión  de  la  Real  Audiencia  de  Méjico, 
en  la  cual  se  ordenaba  que  el  maestre  de  campo  don 
Mateo  del  Saus  debia  sucederle  en  primer  lugar,  y  por 
su  falta  el  tesorero  D.  Guido  de  Lavezares.  Dióse  cum- 
plimiento á  lo  dispuesto  en  este  documento,  é  inme- 
diatamente fué  reconocido  el  segundo  jefe  superior  de 
Filipinas,  por  haber  fallecido  el  primero. 

Luego  que  Lavezares  se  hizo  cargo  del  supremo  car- 
go, trató  de  llevar  á  cabo  las  empresas  de  su  digno  an- 


—  164  — 

tecesor,  y  consolidar  las  reducciones  que  Salcedo  habla 
comenzado  á  sus  expensas  en  las  provincias  de  Zam- 
bales,  Pangasinan  é  llocos.  Parecía  regular  que  la  glo- 
ria de  esta  obra  se  reservara  á  su  primer  descubridor, 
puesto  que  por  ella  habia  hecho  el  más  generoso  sa- 
crificio; pero  la  envidia,  que  suele  atropellar  los  dere- 
chos más  sagrados,  desconceptuó  al  joven  héroe  en  la 
opinión  del  nuevo  gobernador.  Salcedo  sufrió  resigna- 
do los  desaires,  y  Lavezares  no  tardó  en  conocer  la 
ponzoña  que  destruía  sin  motivo  su  buen  nombre.  En- 
tre tanto  la  sujeción  de  aquellas  provincias  lejanas  fué 
confiada  al  maestre  de  campo  D.  Martin  Goiti,  quien 
á  este  fin  se  hizo  á  la  vela  de  Manila  con  veinte  y  tres 
embarcaciones  bien  provistas,  con  las  cuales  el  18  de 
Diciembre  del  mismo  año  de  1572  dobló  el  cabo  Bo- 
linao,  entró  en  Lingayen,  visitó  los  pueblos  de  la  cos- 
ta, con  los  de  la  provincia  de  llocos,  y  cobró  el  recono- 
cimiento que  antes  hablan  ofrecido,  sin  haber  hallado 
oposición  en  parte  alguna,  porque  Salcedo  con  su  buen 
comportamiento  le  habia  allanado  el  camino.  Desde 
esta  fecha  data  la  noticia  que  se  tiene  de  la  existencia 
de  las  minas  de  oro  que  hay  en  el  país  de  los  igorrotes, 
porque  Goiti  ya  compró  á  estos  bárbaros  una  conside- 
rable cantidad  de  este  metal  que  bajaban  de  sus  mon- 
tes. Con  esta  sola  expedición,  y  la  que  habia  hecho  an- 
tes D.  Juan  de  Salcedo,  quedaron  aquellas  provincias 
definitivamente  sometidas  á  la  obediencia  del  Go- 
bierno. 

Por  Julio  del  año  siguiente,  reconciliado  ya  Salce- 
do con  el  anciano  Lavezares,  mereció  la  confianza  de 
ser  nombrado  por  este  general  pacificador  de  Camari- 


-  i6s  - 

nes,  que  había  reconocido  en  la  expedición  á  Paracale. 
Salió  de  la  capital  con  diez  y  ocho  embarcaciones,  para 
conducir  ciento  y  veinte  soldados,  con  mayor  número 
de  indios  amigos  y  las  provisiones  necesarias  para  el 
viaje.  Subió  por  el  rio  Pásig  y  navegó  hasta  el  Sur  de 
la  Laguna,  en  donde  arregló  la  marcha  por  el  mismo 
camino  que  habia  andado  en  la  citada  expedición,  y 
despachó  las  embarcaciones  para  Manila.  No  dejó  de 
tener  algunos  encuentros  con  los  indios  antes  de  llegar 
al  rio  del  Vicol;  pero  de  todos  salió  con  lucimiento. 
La  tierra  que  debia  sujetar  era  muy  extensa  y  mon- 
tuosa, su  gente  belicosa  y  con  poca  disposición  de  so- 
meterse á  la  obediencia  de  un  gobierno  extranjero.  La 
oposición  qufe  algunos  pueblos  le  habian  hecho  antes 
los  tenía  en  gran  cuidado;  pero  con  la  humanidad  y 
prudencia  que  habia  heredado  el  capitán  de  su  ilustre 
abuelo,  sin  cometer  violencias  ni  estorsiones  venció  to- 
dos los  obstáculos.  Humilló  á  los  pueblos  más  belico- 
sos de  toda  la  provincia,  consiguió  que  reconociesen  al 
Gobierno,  y  para  tenerlos  más  sujetos,  fundó  una  villa 
española  cerca  del  rio  del  Vicol,  llamada  Santiago  de 
Libón,  habiendo  regresado  victorioso  á  la  capital  á  los 
cinco  meses  de  ausencia. 

Entonces  Lavezares  se  determinó  á  presentarse  en 
las  Visayas,  para  visitar  personalmente  las  islas  de  Pa- 
nay.  Cebú  y  Bantayan,  con  motivo  de  las  repetidas 
quejas  de  los  indios  contra  los  encomenderos  y  solda- 
dos de  quienes  eran  molestados  con  frecuencia;  pero  el 
alivio  de  estos  infelices  sólo  duró  el  tiempo  que  el  jefe 
estuvo  entre  ellos,  porque  la  codicia  de  los  primeros  y 
las  necesidades   de  los  segundos  por  la   misma  causa 


—  i66  — 

quedaban  en  todo  su  vigor.  De  aquí  también  dimana- 
ban los  disgustos  de  los  PP.  misioneros;  porque  los  in- 
dios se  volvían  á  los  montes  después  de  haberlos  redu- 
cido á  poblado  con  trabajos  indecibles,  figurándose  es- 
tos isleños  que  los  misioneros  hacian  causa  común  con 
sus  codiciosos  opresores.  Vuelto  Lavezares  de  Visa- 
yas,  y  sujetas  las  provincias  de  Camarines,  Pangasi- 
nan  é  llocos,  repartió  algunas  encomiendas  entre  los 
españoles  beneméritos  que  más  se  habian  distinguido. 
A  Salcedo  se  las  dio  en  llocos,  y  lo  nombró  justicia 
mayor  de  la  provincia;  recompensándole  así  de  algún 
modo  los  servicios  distinguidos  que  habia  prestado  á  la 
patria,  adquiriéndole  aquellas  provincias  populosas. 

Por  Enero  de  1574  salió  de  la  capital  con  alguna 
gente  para  Vigan,  de  cuyos  habitantes  fué  honrosa- 
mente recibido.  Luego  tom.ó  posesión  de  sus  enco- 
miendas, y  en  virtud  del  oficio  que  el  gobernador  le 
habia  conferido,  fundó  la  villa  Fernandina  en  la  mis- 
ma población  de  Vigan.  Dio  en  seguida  las  disposicio- 
nes necesarias  para  levantar  una  iglesia,  casa  Real  y 
fortaleza,  y  finalmente  nombró  oficiales  subalternos 
para  su  policía  y  buen  gobierno.  Ocupado  en  estas 
obras,  se  vio  precisado  á  despachar  una  galeota  con  in- 
dios y  soldados  á  una  encomienda  que  tenía  en  Sinait, 
distante  unas  seis  leguas  de  la  villa,  con  el  fin  de  ha- 
cer algún  acopio  de  víveres  para  aliviar  á  los  de  Vigan, 
que  trabajaban  en  los  edificios  que  se  estaban  fabrican- 
do. Cuando  la  embarcación  ya  no  estaba  muy  distante 
del  referido  pueblo,  fué  de  improviso  atacada  por  la 
escuadra  de  un  corsario  poderoso.  Los  soldados  se  re- 
sistieron con  valor;  pero  al  fin,  oprimidos  por  la  mu- 


—  167  — 

chedumbre  enemiga,  fueron  todos  pasados  á  cuchillo. 
Salcedo  no  tardó  en  saber  esta  triste  novedad,  y  teme- 
roso de  que  los  enemigos  entrasen  en  la  nueva  villa, 
se  dispuso  del  mejor  modo  posible  para  defenderla  con 
las  armas;  pero  sus  preparativos  sólo  sirvieron  para  mos- 
trar á  sus  vecinos  que  no  faltaba  valor  á  los  españoles 
para  defenderlos,  porque  la  escuadra  del  corsario  pasó 
de  largo  hacia  el  S.,  en  donde  está  la  capital,  y  Salcedo, 
penetrando  su  intento,  embarcó  su  gente  y  le  siguió 
por  la  retaguardia. 

Era  este  corsario  el  famoso  chino  Li-ma-hon,  na- 
tural de  la  provincia  de  Cui-tam,  el  cual  desde  joven 
se  mostfó  muy  inclinado  al  ejercicio  de  las  armas,  y 
dio  á  conocer  muy  pronto  que  á  su  tiempo  sería  el 
azote  de  sus  paisanos.  Constituido  capitán  de  una  par- 
tida de  foragidos,  se  apoderó  de  algunos  buques  fon- 
deados en  un  puerto,  y  de  ladrón  quedó  trasformado 
en  pirata.  Su  escuadra  cometia  toda  suerte  de  atroci- 
dades, é  infundia  el  terror  en  los  mares  que  infestaba. 
Varias  veces  se  apoderó  de  los  buques  de  sus  persegui- 
dores, y  su  poder  se  hacia  cada  dia  más  temible.  Can- 
sado el  Emperador  de  perseguirlo  sin  provecho,  trató 
de  capitular  con  él,  y  al  efecto  le  envió  comisionados 
ofreciéndole  el  perdón  si  queria  presentarse;  mas  él, 
despreciando  la  clemencia  del  Monarca,  degolló  á  los 
enviados.  Este  atentado  indignó  al  Emperador  de  tal 
manera,  que  lo  mandó  perseguir  con  ciento  y  cin- 
cuenta embarcaciones,  tripuladas  con  cuarenta  mil  sol- 
dados. Esta  formidable  escuadra  lo  acosó  por  todas  par- 
tes, y  temeroso  al  fin  de  caer  en  manos  de  sus  perse- 
guidores, se  determinó  á  dejar  aquellos  mares  y  refu- 


—  i68  — 

giarse  en  algún  país  distante  de  su  patria.  Por  unos 
chinos  mercaderes  que  apresó,  procedentes  de  Manila, 
supo  el  estado  de  las  islas  Filipinas,  se  enteró  de  sus 
riquezas,  de  la  condición  de  los  naturales  del  país  y  del 
corto  número  de  españoles  que  las  tenian  dominadas. 
Estas  noticias  le  parecieron  muy  acomodadas  á  sus  mi- 
ras; por  lo  que  se  decidió  á  tomar  por  fuerza  la  me- 
trópoli, y  en  seguida  posesionarse  de  las  islas,  para  co- 
ronarse señor  de  todas  ellas.  Escogió  para  el  efecto  se- 
tenta y  dos  embarcaciones,  las  que  montó  de  su  mejor 
artillería  con  dos  mil  hombres  aguerridos,  sin  contar 
con  las  mujeres  y  la  marinería  necesaria.  Con  esta  ar- 
mada se  presentó  el  corsario  en  la  bahía  de  Manila  pa- 
ra posesionarse  de  esta  capital,  á  fines  de  Noviembre 
de  1574. 

Como  práctico  pirata,  no  ignoraba  el  valor  de  las 
sorpresas  para  conseguir  el  fin  de  la  campaña.  Así  que, 
tan  luego  dobló  la  punta  de  Capones,  envió  por  de- 
lante seiscientos  hombres  escogidos,  capitaneados  por 
su  general  Sioco,  natural  de  las  islas  de  Japón,  soldado 
muy  valiente,  de  quien  se  valia  el  corsario  para  realizar 
las  empresas  más  difíciles.  Este  cuerpo  de  vanguardia, 
con  que  se  habia  prometido  sorprender  la  capital  de  Fi- 
lipinas, fué  costeando  de  noche  la  bahía  con  embarca- 
ciones más  pequeñas  por  la  provincia  de  Cavite  hasta 
llegar  á  Parañaque,  creyendo  ser  la  plaza  que  trataban 
de  tomar.  Descubierto  el  error,  fueron  caminando  por 
la  playa,  llevando  sus  embarcaciones  á  la  sirga  hasta 
Manila,  que  al  fin  fué  sorprendida.  Los  indios  de  Ma- 
late  ya  los  habian  visto;  pero  como  decian  que  eran 
moros  de  Borneo,  no  fueron  creídos  cuando  dieron  el 


—  169  — 

aviso,  por  ser  fuera  de  tiempo.  Pero  Sioco  no  tardó  en 
llegar,  y  entró  al  frente  de  los  suyos  en  la  plaza  por  el 
sitio  en  donde  está  ahora  la  puerta  Real ,  sin  hallar  opo- 
sición. La  primera  víctima  de  estos  foragidos  fué  el 
maestre  de  campo  D.  Martin  Goiti,  que  todavía  esta- 
ba en  cama.  Los  soldados  de  su  guardia  se  defendieron 
con  valor,  pero  fueron  oprimidos  por  la  muchedumbre 
de  los  agresores.  Los  enemigos  en  seguida  pegaron  fue- 
go á  la  casa,  y  Goiti,  al  saltar  por  la  ventana,  fué  al 
momento  acuchillado.  A  la  gritería  de  los  chinos  se  so- 
bresaltó la  vecindad,  y  Lavezares,  al  frente  de  los  es- 
pañoles, que  se  fueron  replegando  en  el  fuerte,  dio  las 
disposiciones  necesarias  para  la  defensa.  Con  su  peque- 
ño escuadrón  se  defendió  bizarramente  de  los  enemigos, 
que,  formando  sobre  el  fuerte  una  media  luna,  trata- 
ban de  asaltarlo.  Maá  á  la  sazón  llegaron  los  valientes 
capitanes  D.  Alonso  Velazquez,  Amador  de  Arisan  y 
Gaspar  Ramirez,  que  con  su  gente  batieron  á  los  chi- 
nos en  todas  direcciones.  Al  ver  los  estragos  que  su- 
frian  de  las  balas,  se  desanimaron  y  se  retiraron  hacia 
la  playa,  en  donde  habian  dejado  sus  bateles.  En  segui- 
da se  reembarcaron,  llevándose  los  cadáveres  que  pu- 
dieron recoger,  y  se  fueron  á  dar  cuenta  á  Li-ma-hon 
de  su  derrota.  Aconteció  este  suceso  memorable  el  dia 
de  San  Andrés  del  referido  año  de  1574. 

Cuando  el  corsario  entraba  en  la  bahía  con  su  escua- 
dra orgullosa,  creyendo  que  Sioco  ya  era  dueño  de  Ma- 
nila, éste  se  retiraba  confuso  para  encontrarlo  en  Cavi- 
te,  en  donde  enterró  algunos  muertos.  Este  jefe  atribuia 
su  desgracia  al  cansancio  de  la  gente,  y  prometió  á  su 
señor  que  repetiria  el  asalto  al  tercer  dia  y  lo  pondria 


—  170  — 

en  posesión  de  la  ciudad.  Esta  corta  demora  contribuyó 
en  gran  manera  á  la  salvación  de  nuestra  gente,  porque 
Lavezares  tomó  desde  luego  las  disposiciones  más  enér- 
gicas para  la  defensa  de  la  plaza,  y  mandó  despacho  á 
los  españoles,  que  no  estaban  lejos,  para  que  se  presen- 
tasen cuanto  antes.  Trabajó  la  gente  con  calor  en  me- 
jorar los  parapetos,  se  montaron  todos  los  cañones  dis- 
ponibles, y  entre  tanto  llegó  Salcedo  con  su  gente. 
Este  valiente  y  activo  capitán,  que,  como  se  ha  dicho, 
seguia  tras  la  escuadra  del  corsario ,  al  llegar  á  la  bahía 
de  Manila  supo  que  aquél  estaba  en  Cavite.  Entonces 
acercó  su  escuadrilla  á  la  costa,  navegó  por  frente  de 
Bataan  y  la  Pampanga,  y  llegó  á  tiempo  á  la  plaza  con 
cincuenta  y  cinco  españoles,  sin  ser  visto  del  corsario. 
Su  presencia  animó  en  gran  manera  á  los  demás;  todos 
lo  miraban  como  el  salvador  de  h.  ciudad,  y  el  Gober- 
nador lo  abrazó  amorosamente,  confiriéndole  desde  lue- 
go el  honroso  título  de  maestre  de  campo,  que  vacaba 
por  la  muerte  del  malogrado  Goiti. 

El  dia  2  de  Diciembre  por  la  madrugada  se  supo 
en  Manila  que  Li-ma-hon  estaba  levando  anclas,  y  lue- 
go apareció  su  numerosa  escuadra  que  fondeó  en  frente 
de  la  plaza.  Para  entusiasmar  su  gente,  é  infundir  más 
terror  á  la  ciudad,  disparó  un  fuerte  cañonazo  en  su 
nave  capitana,  que  fué  correspondido  por  las  demás 
con  tres  tiros.  Llamó  entonces  á  los  cabos  de  su  tropa, 
V  les  arengó  con  energía.  Les  trajo  á  la  memoria  las 
hazañas  pasadas,  las  victorias  conseguidas,  el  valor  de 
sus  guerreros,  las  escasas  fuerzas  españolas  de  Manila, 
la  imposibilidad  de  regresar  á  su  país,  y  la  necesidad  de 
colocar  su  señorío  en   la  tierra  que  tenian  á  la  vista. 


—  171  — 

Concluida  su  arenga,  acordó  inmediatamente  el  asalto 
á  las  órdenes  del  citado  Sioco,  quien,  al  despedirse,  le 
aseguró  que  le  pondría  la  plaza  en  sus  manos  ó  mori- 
rla en  la  demanda. 

Estaba  persuadido  el  orgulloso  japonés  que  á  su  vista 
desaparecerían  los  españoles  como  el  viento,  y  reducirla 
la  ciudad  á  un  montón  de  escombros;  pero  salieron  va- 
nas sus  necias  esperanzas.  Con  mil  quinientos  hombres 
hizo  sin  oposición  el  desembarque;  los  dividió  en  tres 
columnas,  y  dispuso  que  la  una  se  quedase  en  la  playa 
de  reserva,  que  la  otra  recorriese  la  orilla  del  Pásig,  y 
él  con  la  tercera  entró  á  sangre  y  fuego  por  el  mismo 
sitio  que  la  vez  primera.  Abrasó  el  convento  de  PP. 
Agustinos;  degolló  á  cuantos  indios  caian  en  sus  ma- 
nos, y  colocado  en  frenffe  de  la  fortaleza,  desafiaba  á 
los  españoles  á  que  salieran  para  pelear  con  él  á  campo 
raso.  Cansado  al  fin  de  aguardar,  se  acercó  á  las  trin- 
cheras, se  batió  valerosamente  con  los  nuestros,  y  hasta 
consiguió  que  algunos  de  los  suyos  asaltasen  y  entra- 
sen en  el  fuerte.  Entonces  los  españoles  hicieron  pro- 
digios de  valor;  quitaron  la  vida  á  cuantos  hablan  en- 
trado en  el  cerco,  y  jugando  la  artillería  felizmente, 
hicieron  estragos  horrorosos  en  los  que  ya  estaban  á 
tiro  de  metralla.  Los  enemigos,  sin  embargo,  se  iban 
acercando  á  las  trincheras;  pero  pagaban  con  la  vida 
su  arrojo  temerario.  Intentó  Sioco  repetidas  veces  el 
asalto,  pero  siempre  fué  rechazado  con  valor.  Al  ver 
Li-ma-hon,  que  se  prolongaba  el  combate  más  de  lo 
que  esperaba  y  que  su  gente  se  iba  replegando  en  la 
playa  para  coger  los  bateles,  que  él  habia  retirado  de 
intento,  bajó  personalmente  con  cuatrocientos  hombres 


—  172  — 

de  refuerzo  para  reanimar  á  los  demás;  pero  todos  sus 
esfuerzos  se  frustraron.  Sioco  habia  muerto,  y  los  chi- 
nos, aterrados,  preferían  perder  la  vida  en  la  playa  á  vis- 
ta de  su  jefe  que  volver  á  las  trincheras.  ¡Tal  era  el  pá- 
nico terror  que  se  habia  apoderado  de  aquellos  foragi- 
dos,  que  poco  antes  se  consideraban  invencibles!  El 
corsario  al  fin  se  convenció  de  que  los  españoles  eran 
otra  clase  de  gente  muy  diversa  de  la  que  habia  batido 
hasta  entonces,  y  se  reembarcó  con  la  tropa  que  le  ha- 
bia quedado.  En  su  retirada  recorrió  la  playa  hasta  Pa- 
rañaque,  cuyo  pueblo  abrasó,  robando  y  degollando  á 
cuantos  indios  encontraba;  y  vuelto  á  sus  naves,  se 
hizo  á  la  vela  hacia  media  noche,  para  ir  á  ocultar  su 
ignominia  á  otra  parte. 

Luego  que  Manila  se  vio*  libre  de  tan  terrible  ene- 
migo, y  al  considerar  los  españoles  el  gran  peligro  de 
que  se  acababan  de  librar,  dieron  gracias  á  Dios  y  al 
apóstol  S.  Andrés,  de  quien  se  creian  especialmente 
protegidos.  En  su  consecuencia  lo  eligieron  patrón  de 
la  ciudad,  y  se  ha  procurado  perpetuar  la  memoria  del 
beneficio  recibido  hasta  hoy,  celebrando  este  triunfo 
con  una  fiesta  aniversaria,  que  tiene  el  doble  carácter 
de  cívico-religiosa.  En  seguida  se  procuró  reparar  en 
lo  posible  los  daños  sufridos,  y  se  confirmó  en  Salcedo 
el  nombramiento  de  maestre  de  campo,  ó  sea  de  la 
segunda  autoridad  de  las  islas  Filipinas,  que  ya  le  ha- 
bia sido  conferido  á  su  llegada.  Después  se  trabajó  en 
apagar  el  fuego  de  la  rebelión,  que  Lacandola  y  Soli- 
mán hablan  encendido  y  atizado  durante  la  campaña. 
Estos  régulos ,  cuando  los  nuestros  se  batian  como  fie- 
ras contra  el  común  enemigo,  que  no  perdonaba  á  los 


—  173  — 
indígenas,  creyeron  que  habia  llegado  ya  el  momento 
favorable  que  aguardaban  para  recobrar  su  antigua  in- 
dependencia, faltando  vergonzosamente  á  la  fe  de  los 
tratados  que  hablan  jurado  observar.  Mataron  aquel 
dia  á  los  indios  más  adictos  al  Gobierno,  sin  perdonar 
siquiera  á  los  inocentes  sacristanes  que  los  PP.  Agus- 
tinos tenian  en  su  iglesia  de  Tondo.  Rechazado  el  cor- 
sario, lejos  de  apresurarse  á  reparar  su  falta,  se  obsti- 
naron en  su  rebelión.  Al  intento  se  marcharon  para 
refugiarse  en  los  sitios  más  seguros,  al  frente  de  algu- 
nos principales  y  muchos  indios  de  la  plebe  que  ha- 
blan envuelto  en  su  perfidia;  pero  este  nuevo  despro- 
pósito era  efecto  de  su  mala  conciencia,  temiendo  con 
razón  ser  castigados  por  su  falta  de  fidelidad  en  el  crí- 
tico momento  en  que  más  peligraba  el  Gobierno.  Así 
lo  creyeron  los  mismos  á  quienes  estaba  confiada  la  se- 
guridad de  todos,  y  al  efecto  se  trató  de  no  reducir  á 
los  rebeldes  á  la  desesperación,  si  se  les  perseguía  con 
las  armas.  El  P.  Fr.  Jerónimo  Marin,  prior  de  Tondo, 
que,  á  no  dudarlo,  hubiera  sido  víctima  de  la  perfidia 
si  no  se  hubiera  escondido,  empezó  las  negociaciones 
con  los  prófugos,  las  que  se  concluyeron  felizmente 
con  la  promesa  que  les  hizo  Salcedo  de  perdonarlos  si 
se  presentaban  al  momento.  Con  esta  seguridad  depu- 
sieron los  rebeldes  las  armas,  y  dieron  á  Lavezares  va- 
rias excusas  de  su  pronunciamiento  vergonzoso,  quien 
les  otorgó  el  perdón  ofrecido  en  nombre  de  S.  M. 

Entonces  se  tomaron  providencias  para  perseguir  á 
Li-ma-hon  y  desalojarlo  de  Pangasinan,  en  donde  se 
habia  constituido  soberano.  Despachó  al  efecto  Lave- 
zares  órdenes  á  Camarines,  Panay  y  Cebú,  disponlen- 


—  174  — 
do  que  toda  la  tropa  disponible  se  presentase  cuanto 
antes  en  la  capital,  y  se  invitase  á  los  indios  más  adic- 
tos para  auxiliarla  en  la  próxima  campaña.  De  aquella 
provincia  no  tardó  en  llegar  el  capitán  Chaves  con  se- 
senta y  cinco  españoles,  y  á  su  tiempo  fueron  llegando 
los  demás  de  las  Visayas.  Con  estos  refuerzos  se  pudie- 
ron destinar  doscientos  y  cincuenta  soldados  españoles 
para  la  proyectada  expedición,  sin  quedar  abandonada 
la  ciudad,  á  los  cuales  se  agregaron  mil  y  quinientos 
indios  fieles  de  Visayas,  ademas  de  la  gente  destinada 
para  la  maniobra  de  las  embarcaciones,  que  no  baja- 
ban de  sesenta.  El  encomendero  D.  Esteban  Rodrí- 
guez de  Figueroa  se  distinguió  en  esta  ocasión  por  su 
patriotismo,  pues  se  presentó  á  Lavezares  con  seis  em- 
barcaciones de  su  propiedad,  armadas  y  tripuladas  con 
doscientos  indios  valientes,  conducidos  á  su  costa.  El 
Provincial  de  los  PP.  Agustinos  no  quiso  faltar  en  esta 
famosa  expedición,  llevándose  de  compañero  al  Padre 
Fray  Martin  de  Rada.  Salcedo  por  su  parte,  á  quien 
se  confió  esta  jornada,  tomó  la  precaución  de  llevarse 
á  Lacandola  con  algunos  de  sus  parientes  y  amigos,  y 
un  chino  muy  inteligente  que  sirviese  de  intérprete. 
Hasta  el  22  de  Marzo  no  pudieron  hacerse  á  la  vela: 
costearon  sin  novedad  la  provincia  de  Zambales,  é  hi- 
cieron escala  en  Bolinao.  Aquí  se  informaron  circuns- 
tanciadamente de  lo  que  necesitaban  saber,  y  Salcedo 
formó  el  plan  de  ataque  que  le  pareció  más  oportuno 
para  el  logro  del  intento  deseado.  Dejaremos  por  un 
momento  á  la  escuadra  española  en  Bolinao,  para  re- 
ferir lo  que  los  chinos  ejecutaron  desde  su  salida  de 
Manila. 


—  175 


IV. 


El  3  de  Diciembre  se  marchó  el  corsario  de  la  ba- 
hía de  la  capital,  desesperado  y  furioso  por  haber  sa- 
lido mal  de  su  empresa.  Formó,  sin  embargo,  el  pro- 
yecto de  fundar  en  otra  parte  de  las  islas  su  colonia  y 
dar  principio  á  su  soñado  imperio.  En  su  retirada  pro- 
turaba  imbuir  á  los  indios  de  las  costas  en  la  falsa  idea 
de  que  ya  no  habia  más  españoles  en  Manila,  por  ha- 
berlos muerto,  según  aseguraba,  en  el  asalto  que  habia 
dado  a  esta  capital.  Con  esta  maliciosa  estratagema  re- 
dujo á  los  incautos,  y  no  dejó  de  causar  daños,  que 
fueron  harto  funestos  en  Mindoro;  porque  los  natu- 
rales se  sublevaron,  y  prendieron  á  los  PP.  misioneros 
que  trataban  de  reducirlos  á  la  fe,  á  quienes  tuvieron 
arrestados  en  el  monte,  con  intento  de  matarlos  tan 
pronto  como  se  confirmase  la  noticia.  Costeó  después 
la  provincia  de  Zambales,  dobló  el  cabo  Bolinao,  y 
navegando  por  el  golfo  de  Lingayen,  entró  con  su  es- 
cuadra por  la  desembocadura  del  rio  Agno,  fondeando 
á  una  legua  de  distancia  de  la  mar  entre  Salasa  y  San 
Isidro.  Hizo  luego  el  desembarque  en  una  isleta  que 
forma  el  expresado  rio  con  un  brazo  que  viene  de  Lin- 
gayen, levantando  allí  un  fuerte  de  empalizada  para  su 
seguridad.  En  lo  interior  fabricó  algunas  casas  de  ma- 
dera para  él  y  sus  principales  capitanes,  y  en  otro  re- 
cinto bien  cercado  de  una  fuerte  estacada,  defendido 
por  aquél,  levantó  otras  casas  y  pabellones  para  la  gen- 
te ordinaria.  Creyéndose  bastante  asegurado,  se  declaró 


—  176  — 

señor  absoluto  del  país,  y  como  tal  se  hacia  obedecer; 
pero  su  reinado  no  fué  de  larga  duración,  como  ve- 
remos. 

Resuelto  Salcedo  á  dar  al  enemigo  el  primer  ataque 
antes  de  que  pudiese  prevenirse,  manda  zarpar  de  Bo- 
linao  y  fondear  tras  una  isleta  tres  leguas  distante  sola- 
mente del  sitio  que  éste  ocupaba.  Desde  allí  mandó  al 
capitán  D.  Juan  de  Ribera  con  dos  hombres  á  reco- 
nocer el  rio,  y  practicada  esta  diligencia,  salió  el  30  de 
Marzo  antes  de  amanecer,  entrando,  sin  ser  visto  de 
los  chinos ,  en  el  rio,  cuya  boca  cerró  por  la  parte  más 
estrecha.  En  seguida  efectuó  el  desembarque,  levantó 
apresuradamente  un  baluarte  y  colocó  en  él  algunas 
piezas.  Al  salir  el  sol,  las  obras  más  precisas  ya  estaban 
acabadas,  y  desde  luego  se  propuso  sorprender  al  ene- 
migo y  abrasarle  la  escuadra.  Con  este  fin  mandó  al 
capitán  Ribera  que  con  su  gente  se  acercase  á  su 
fuerte,  y  que  al  mismo  tiempo  los  capitanes  Chacón  y 
Chaves  con  los  suyos  y  ocho  «embarcaciones  se  apode- 
rasen de  los  buques  enemigos,  y  que  en  seguida  con- 
dujesen algunos  de  ellos  al  campamento  para  obstruir 
la  parte  más  profunda  de  la  barra,  y  diesen  fuego  á  los 
demás.  El  plan  se  llevó  en  todas  sus  partes  á  efecto  :  á 
los  primeros  tiros  de  la  compañía  del  primero,  los  ma- 
rineros chinos  abandonaron  los  champanes  para  refu- 
giarse en  el  fuerte,  y  los  capitanes  que  debian  apresar- 
los se  apoderaron  de  todos  ellos  sin  la  menor  dificultad. 
Muchos  de  los  prófugos  perdieron  la  vida  en  manos 
de  la  gente  de  Ribera  antes  de  entrar  en  el  recinto. 
Entre  tanto  sólo  Chaves  se  quedó  en  los  champanes,  y 
Chacón  salió  con  los  suyos  en  auxilio  de  RibeVa,  cuya 


—  177  -- 
gente  ya  estaba  fatigada;  pero  con  el  nuevo  refuerzo 
atacaron  á  los  enemigos  con  tanto  entusiasmo,  que  se 
apoderaron  del  primer  cerco,  en  donde  estaba  el  cam- 
pamento del  corsario.  Entonces  los  soldados  é  indios, 
codiciosos  del  botin,  empezaron  á  desordenarse  para 
apoderarse  de  lo  que  los  chinos  hablan  abandonado  en 
sus  casas;  mas  éstos  entre  tanto,  replegados  en  el  fuer- 
te, se  aprovecharon  del  desorden  de  los  nuestros  y  les 
desalojaron  del  recinto.  Muchas  veces  la  codicia  del 
soldado  malogra  el  éxito  de  los  planes  sabiamente  com- 
binados de  los  más  diestros  capitanes,  y  les  quita  la 
victoria  de  las  manos.  Los  soldados  de  Salcedo  experi- 
mentaron en  esta  ocasión  cuánto  es  esto  verdad.  Aver- 
gonzados, sin  embargo,  de  la  ventaja  de  los  chinos, 
volvieron  sobre  sí,  se  reanimaron  mutuamente  y  con- 
tinuaron con  nuevos  bríos  el  ataque.  En  tan  buena 
ocasión  llegó  el  capitán  Hurtado  con  dos  barriles  de 
pólvora  y  cincuenta  hombres  de  refuerzo.  Entonces, 
rechazando  al  enemigo,  recobraron  lo  perdido,  incen- 
diaron sus  pabellones,  les  batieron  en  sus  trincheras,  y 
se  apoderaran  de  su  fuerte  si  tuvieran  los  instrumentos 
indispensables  para  escalarlo.  Chacón,  que  hasta  en- 
tonces habia  estado  custodiando  los  champanes,  al  ver 
que  el  combate  se  prolongaba  más  de  lo  que  esperaba, 
se  resolvió  á  incendiarlos  y  acudir  con  su  gente  en  au- 
xilio de  los  demás.  El  combate  fué  terrible,  porque  los 
chinos,  atrincherados,  se  batian  á  la  desesperada;  y  su 
obstinada  resistencia,  el  ardor  del  sol,  el  humo  de  las 
naves  y  pabellones  enemigos  fatigaron  de  tal  suerte  á 
los  nuestros,  que  se  vieron  precisados  á  desistir  del 
combate  y  retirarse.   Lleváronse  á  varios  hombres  y 


-  lyS  - 

mujeres  que  cogieron  prisioneros  en  los  pabellones  y 
champanes,  y  se  presentaron  al  campamento  muy  can- 
sados, pero  con  ánimo  de  repetir  la  carga  otro  dia. 

Salcedo  no  quedó  todavía  satisfecho  ni  con  la  que- 
ma de  las  naves  enemigas,  ni  con  los  estragos  causa- 
dos á  los  chinos.  El  intento  principal  era  rendirlos  ó 
acabarlos,  y  persuadido  de  que  esto  no  podia  conse- 
guirse sin  el  auxilio  de  la  artillería,  se  apresuró  á  si- 
tuarla cerca  del  fuerte  para  batirlo  con  más  seguridad; 
pero  esta  diligencia  tan  precisa  fué  tardía;  porque  Li- 
ma-hon  aquella  misma  noche  reparó  sus  parapetos, 
montó  la  artillería  gruesa  y  se  preparó  para  rechazar 
enérgicamente  los  ataques  que  temia  de  los  nuestros. 
Por  la  mañana,  sin  embargo,  quedó  sorprendido  al 
ver  tan  cercana  la  batería  española :  indeciso  acerca 
del  partido  que  habia  de  tomar,  suspendió  por  enton- 
ces la  campan^.  Viendo  Salcedo  que  no  hacia  ninguna 
maniobra  para  defenderse,  aprovechó  las  treguas  y  or- 
denó al  intérprete  que  le  escribiese  una  carta  exhor- 
tándole á  que  se  entregase  á  discreción,  porque  de  esta 
suerte  sería  bien  tratado.  Contestóle  con  orgullo  el  cor- 
sario «que  prefería  la  muerte  á  entregarse  de  este  modo: 
que  él  no  rehusaba  la  paz;  pero  que  si  debia  llevarse  á 
efecto,  se  marchasen  los  españoles  á  Manila,  y  que 
luego  él  y  sus  capitanes,  con  los  deudos,  irian  á  besar 
las  manos  al  Gobernador  y  hacerle  el  debido  acata- 
miento.» Entonces  aquel  jefe  le  hizo  escribir  otra  carta 
en  su  nombre,  asegurándole  que  no  saldría  de  allí  sin 
llevarlo  por  delante.  Pero  no  por  esto  se  acobardó  el 
corsario,  pues  sin  contestarle  por  escrito,  le  hizo  decir 
«que  no  era  hombre  á  quien  las  amenazas  asustaban.» 


—  179  — 

Así  se  pasó  aquel  dia  sin  haberse  disparado  un  ca- 
ñonazo; mas  en  el  siguiente,  en  que  la  artillería  de  los 
nuestros  ya  estaba  en  disposición  de  operar,  empezó  á 
batir  el  fuerte  enemigo  con  bastante  resultado.  Los 
chinos  correspondían  con  igual  y  aun  con  mayor  ven- 
taja, por  tener  en  mejor  disposición  su  artillería.  Al 
ver  Salcedo  que  las  balas  enemigas  podian  causar  da- 
ños á  los  nuestros,  que  trataba  de  evitar,  retiró  los  ca- 
ñones, y  se  resolvió  a  tener  sitiado  al  enemigo  ínterin 
consultaba  á  Lavezares  si  queria  que  se  tomase  el 
fuerte  por  asalto,  ó  aniquilar  á  los  chinos  por  el  ham- 
bre. El  Gobernador  le  envió  más  fuerzas  y  le  escribió 
que  procurase  concluir  cuanto  antes  la  campaña.  Sal- 
cedo, en  su  vista,  se  apresuró  á  dar  el  último  asalto;  pero 
halló  tantas  dificultades  en  su  ejecución,  que  se  vio 
precisado  á  desistir,  á  pesar  suyo,  de  su  empeño  y  con- 
tinuar con  el  asedio,  dando  al  mismo  tiempo  una  sa- 
tisfacción cumplida  al  Gobernador,  con  el  parecer  uná- 
nime de  todos  los  capitanes  de  su  campo. 

El  sistema  que  adoptó  Salcedo  era  ciertamente  el 
más  prudente :  en  los  asaltos  debian  perecer  por  pre- 
cisión muchos  soldados  españoles,  que  hacian  mucha 
falta  para  conservar  las  islas;  Li-ma-hon,  por  otra 
parte,  se  veia  cada  vez  más  apurado  y  acosado  por  el 
hambre,  lo  que  obligaba  á  muchos  de  los  suyos  á  pa- 
sarse al  campo  de  los  nuestros,  sin  esperanzas  de  so- 
corros. La  situación  era  la  más  apremiante,  y  sólo  le 
quedaba  el  arriesgado  medio  de  fugarse,  lo  cual  pare- 
cia  imposible  á  Salcedo;  porque  por  tierra  debia  pere- 
cer á  manos  de  los  españoles  y  de  los  indios  á  quienes 
habia  tiranizado,  y  por  agua  no  habia,  al  parecer,  sali- 


—  i8o  — 

da,  pues  no  tenía  buques,  y  la  bocana  del  rio  estaba 
bien  guardada.  Mas  él,  en  sus  apuros,  halló  recursos 
para  burlarse  de  la  seguridad  con  que  los  nuestros  es- 
peraban triunfar  completamente. 

Durante  el  asedio  del  corsario,  llegaron  al  campo 
de  Salcedo  dos  buques  chinos  á  cargo  de  Pe-sung-au- 
mon,  enviado  por  el  virey  de  la  provincia  de  Fo-Kien, 
con  un  salvo-conducto  del  Emperador  para  Li-ma-hon, 
en  el  caso  de  quererse  presentar.  El  emisario  tuvo  an- 
tes una  conferencia  con  el  jefe  de  los  nuestros,  y  luego 
habló  con  el  corsario,  á  quien  entregó  en  propia  mano 
los  despachos.  Se  ignora  lo  que  hablaron  entre  sí;  pero 
Aumon  salió  muy  satisfecho  de  su  presencia,  y  des- 
pués se  fué  para  la  capital  con  intento  de  verse  con  el 
Gobernador.  Este  le  aseguró  que  Li-ma-hon,  muerto 
ó  vivo,  sería  entregado  á  su  emperador  tan  pronto 
como  cayese  en  manos  de  la  tropa;  y  con  esta  con- 
fianza regresó  á  la  provincia  de  Fo-Kien  con  los  pri- 
sioneros que  se  habian  cogido  al  corsario,  entre  los 
cuales  habia  algunas  mujeres  principales,  que  él  habia 
arrebatado  del  seno  de  sus  familias. 

Los  PP.  Agustinos  quisieron  aprovecharse  de  esta 
ocasión  para  introducir  la  luz  del  Evangelio  en  el  im- 
perio de  China.  Con  este  fin  se  embarcaron  con  Au- 
mon los  PP.  Fr.  Martin  de  Rada  y  Fr.  Gregorio  Ma- 
rin,  en  calidad  de  embajadores  de  Manila,  acompaña- 
dos de  dos  españoles  solamente.  El  1 2  de  Junio  de  i  ^y^ 
salieron  de  Manila,  y  el  5  de  Julio  llegaron  al  puerto 
de  Tiong-so-song.  Fueron  tratados  con  mucha  distin- 
ción en  todos  los  pueblos  del  tránsito  hasta  Hong-chia, 
en  donde  estaba  el  Virey,  á  quien  entregaron  los  des- 


I8l 


pachos  del  Gobernador  de  Filipinas,  en  los  cuales  le 
daba  cuenta  de  la  llegada  del  corsario  á  la  isla  de  Lu- 
zon,  de  los  daños  que  habia  causado  en  sus  pueblos  v 
del  aprieto  en  que  lo  tenian  con  los  suyos.  Leyó  aquel 
jefe  oon  mucha  atención  los  despachos,  dio  las  debidas 
gracias  á  los  embajadores  por  los  importantes  servicios 
que  hablan  hecho  en  Manila  á  su  nación  en  la  causa 
del  corsario,  y  les  dio  regalos  para  el  Gobernador  y 
luego  trató  de  despacharlos.  Terminados  los  negocios 
de  la  embajada,  los  religiosos  le  pidieron  permiso  para 
quedarse  en  su  provincia,  con  el  fin  de  predicar  y  pro- 
pagar la  religión  de  Jesucristo;  pero  tuvieron  el  des- 
consuelo de  oir  que  no  estaba  en  su  mano  otorgarles 
la  gracia  que  pedian,  porque  siendo  un  asunto  de  mu- 
cha gravedad,  debia  ante  todas  cosas  consultarlo  con  el 
Emperador.  Esto,  en  buenos  términos,  equivalía  á  una 
negativa  absoluta,  por  lo  cual  aquellos  celosos  misio- 
neros se  resolvieron  á  regresar  á  Filipinas.  El  2  de 
Agosto  se  hicieron  á  la  vela,  y  hasta  el  28  de  Octubre 
no  llegaron  á  la  capital  de  Filipinas,  en  donde  supie- 
ron con  la  mayor  sorpresa  que  Li-ma-hon  se  habia 
escapado  con  los  suyos,  dejando  burlados  y  confusos  á 
sus  sitiadores. 

La  fuga  del  corsario  se  verificó  de  un  modo  verda- 
deramente ingenioso.  Con  los  restos  de  los  champanes 
abrasados  y  sumergidos  en  el  rio,  fabricó  algunas  em- 
barcaciones dentro  de  su  fuerte,  por  medio' de  las  cua- 
les salió  de  su  encierro.  Los  españoles,  que  no  ignora- 
ban sus  trabajos,  redoblaban  la  vigilancia  en  la  barra 
del  Agno,  que  desde  un  principio  tenian  bien  asegura- 
da, ignorando  que  más  arriba  de  donde  hoy  está  el 


—    I82    


pueblo  de  Salasa,  tenía  el  mismo  rio  otro  brazo,  que 
desagua  en  Dagupan,  tres  leguas  más  al  E.  de  aqué- 
lla. Por  otra  parte,  el  fuerte  del  corsario  estaba  algo 
distante  de  la  ribera,  y  no  parecia  fácil  echar  los  bu- 
ques al  agua.  Pero  él,  á  manera  de  un  tigre  encerrado, 
á.  quien  se  comparaba,  se  procuró  salida  á  fuerza  de 
trabajo.  Terminada  la  obra  de  sus  embarcaciones,  man- 
dó abrir  una  gran  zanja  (seg-un  tradición  de  los  pan- 
gasinanes,  en  una  sola  noche),  por  la  cual  las  echó  al 
rio  Agno  muy  temprano,  de  donde  salieron  por  la 
barra  de  Dagupan  á  la  mar,  sin  ser  vistas  de  los  nues- 
tros hasta  que  ya  estaban  navegando  á  remo  y  vela  por 
el  golfo.  El  P.  Gaspar  de  San  Agustin  supone,  contra 
la  dicha  tradición,  que  los  chinos  no  acabaron  en  un 
solo  dia  los  trabajos  de  la  zanja;  pues  dice  que  con  la 
misma  tierra  que  sacaban,  formaban  parapetos,  en  don- 
de colocaban  sus  cañones,  para  alucinar  á  los  sitiado- 
res; que  el  dia  de  la  salida,  con  embarcaciones  peque- 
ñas y  muchas  luces  hicieron  un  falso  ataque  al  campo 
de  Salcedo,  y  que  entre  tanto  las  demás  realizaron  su 
salida.  Sin  embargo  de  la  mucha  fe  que  merece  este 
autor,  que  es  uno  de  los  más  antiguos  de  las  islas,  es 
preciso  confesar,  en  obsequio  de  la  verdad,  que  su  re- 
lación en  este  punto  no  es  probable,  atendida  la  situa- 
ción del  punto  que  los  chinos  ocupaban.  Existe  toda- 
vía en  el  dia  el  canal,  que  llaman  de  los  Chinos,  y  de 
Li-ma-hon  (que  yo  he  visitado),  en  la  punta  de  la  isla 
que  forma  dicho  rio  con  el  brazo  que  pasa  por  Lin- 
gayen,  cortándole  en  una  punta,  á  dos  millas  más  aba- 
jo de  este  pueblo.  El  canal  se  parece  á  un  estero,  con 
varias  direcciones,  poblado  en  sus  riberas  de  nipales,  y 


-  i83  - 
todavía  es  navegable  para  embarcaciones  chicas  en  ple- 
na mar.  Tal  vez  ya  habria  entonces  alguna  comunica- 
ción por  agua  desde  el  fuerte  de  los  chinos  (cuyo  punto 
fijo  se  ignora)  hasta  el  rio,  y  que  en  la  noche  de  la 
fuga  lo  profundizarian;  lo  cual  no  sería  muy  difícil, 
atendida  la  calidad  del  terreno,  que  es  anegadizo,  y  la 
construcción  de  los  buques  chinos,  que  no  tenian  qui- 
lla y  pueden  navegar  en  una  vara  de  fondo.  Si  su  fuga 
hubiera  sido  por  la  barra  que  hoy  se  llama  de  San  Isi- 
dro, la  relación  del  P.  Gaspar  sería  más  fundada;  pero 
en  este  caso  hubieran  sido  aprendidos  antes  de  salir  al 
rio  Agno,  en  cuya  barra  estaba  el  campo  español  con 
más  de  setenta  embarcaciones,  y  no  se  conforma  con 
la  tradición  que  asegura  haber  sido  su  salida  por  Da- 
gupan. 

Grande  fué  por  cierto  la  sorpresa  de  los  nuestros  al 
ver  las  embarcaciones  de  los  chinos  navegando  á  toda 
vela  en  alta  mar.  Ya  no  fué  posible  perseguirlos,  por- 
que se  hallaban  á  una  gran  distancia,  y  sus  buques 
eran  mucho  más  ligeros.  En  el  fuerte,  que  luego  fué 
reconocido,  se  hallaron  muchos  muerros,  que  habian 
sido  víctimas,  tal  vez,  de  la  crueldad  del  tirano  Li- 
ma-hon,  para  aligerar  la  carga.  Muchos  de  los  chinos 
de  esta  expedición  se  salvaron  por  tierra  con  la  fuga,  y 
no  faltan  autores  que  opinan  que  algunas  rancherías 
de  igorrotes  que  hay  en  el  dia  en  los  montes  más  cer- 
canos de  Pangasinan  y  Union  descienden  de  aquéllos. 
Lo  cierto  es  que  Li-ma-hon  vino  á  Filipinas  con  al- 
gunos millares,  y  se  marchó  con  muy  pocos  indivi- 
duos. Salcedo  sin  pérdida  de  tiempo  recorrió  por  mar 
las  costas  de  llocos,  para  ver  si  podria  alcanzar  todavía 


—  i84  — 

al  corsario;  pero  hasta  la  villa  Fernandina  no  halló  sino 
rastros  de  su  ferocidad,  con  muchos  muertos  de  su  gen- 
te. Li-ma-hon  no  se  detuvo  en  toda  aquella  costa  sino 
el  tiempo  más  preciso  para  recoger  víveres,  y  más  tar- 
de se  supo  que  fué  á  parar  á  la  isla  de  Ta-cao-ti-can 
para  carenar  sus  buques,  y  que  perseguido  por  el  vi- 
rey  de  la  provincia  de  Fo-Kien,  trató  de  refugiarse  en 
Siam,  en  donde  su  rey  no  quiso  recibirlo,  temeroso  de 
la  vecindad  de  un  hombre  tan  famoso.  Esta  fué  la  pri- 
mera y  última  noticia  que  se  tuvo  en  Manila  del  cor- 
sario, después  de  haberse  escapado  de  las  manos  de  los 
nuestros. 

Vuelto  Salcedo  de  la  villa  Fernandina,  halló  en  Ma- 
nila de  gobernador  á  D.  Francisco  Sande,  nombrado 
en  interinidad  por  el  Virey  de  Nueva  España,  que  ha- 
bia  tomado  posesión  de  su  interesante  cargo  el  dia  24 
de  Agosto  de    1575,   á  satisfacción  de  Lavezares,  á 
quien  pesaba  ya  demasiado  tanta  carga.  Salcedo  le  dio 
cuenta» de  su  expedición,  y  trató  de  retirarse  á  Nueva 
España,  en  donde  tenía  dos  hermanos,  á  cuyo  fin  le 
pidió  el  permiso  competente.  Sande,  informado  de  sus 
prendas,  si  bien  accedió  á  sus  deseos,  lo  hizo  con  har- 
to sentimiento,  porque  en  realidad  era  el  hombre  de 
más  valía  é  importancia  que  á  la  sazón  habia  en  Fili- 
pinas. Obtenido  el  permiso,  volvió  á  dicha  villa  con 
el  fin  de  realizar  sus  intereses;  pero  á  poco  de  haber 
llegado  fué  atacado  de  unas  fuertes  calenturas,  que  lo 
condujeron  al  sepulcro.  Murió  con  mucha  humildad 
y  poseído  de  sentimientos  piadosos,  habiendo  pedido 
perdón  á  todos  de  las  faltas  que  hubiese  cometido.  En 
Manila  habia  hecho  testamento,  y  sólo  tuvo  que  aña- 


—  i85  — 

dir  algunas  cosas  en  su  codicilo,  disponiendo  por  una 
cláusula  especial  que  el  remanente  de  sus  bienes  se 
repartiese  fielmente  entre  los  indios  de  su  encomienda 
de  Vigan.  Aconteció  su  muerte  el  dia  1 1  de  Marzo 
de  1576,  á  los  27  años  de  edad,  y  su  cuerpo  fué  en- 
terrado en  el  convento  de  los  PP.  Agustinos  de  Ma- 
nila, al  lado  de  su  abuelo  D.  Miguel  López  de  Le- 
gaspi. 

El  nuevo  gobernador  procuró  con  mucho  emperío 
continuar  los  descubrimientos  de  las  islas,  y  reducir  á 
sus  naturales  á  la  obediencia  de  su  gobierno.  Con  este 
fin  envió  desde  luego  al  capitán  Chaves  al  rio  del  Vi- 
col  ó  Camarines.  Salcedo  habia  adelantado  mucho  la 
conquista;  pero  como  aun  no  habia  suficientes  fuerzas 
españolas  en  las  islas,  ni  misioneros  que  con  la  fuerza 
moral  de  la  persuasión  apaciguasen  á  los  indios,  los 
de  Naga  principalmente,  Baao  y  Bula  hicieron  mucha 
oposición  al  nuevo  conquistador.  Al  fin,  con  valor,  cons- 
tancia y  paciencia  realizó  los  deseos  del  Gobierno,  y 
fundó  en  el  primero  de  aquellos  pueblos,  por  disposi- 
ción de  Sande,  la  ciudad  de  Nueva  Cáceres,  que  des- 
pués se  erigió  en  silla  episcopal  del  mismo  nombre. 
Por  este  y  otros  servicios  interesantes,  muerto  Salcedo, 
fué  condecorado  con  el  título  de  maestre  de  campo 
General  de  Filipinas. 


V. 


Luego  se  ofreció  á  Sande  una  expedición  muy  glo- 
riosa á  su  gobierno,  que  realizó  con  la  mayor  facilidad. 


—  i86  — 

Portugal,  durante  el  reinado  de  D.  Sebastian,  había 
decaído  mucho  de  su  antiguo  esplendor,  y  en  la  India 
eran  ya  sus  armas  muy  poco  respetadas,  por  estar  de- 
masiado repartidas  sus  posesiones.  Poseia  muchos  pun- 
tos de  grande  importancia,  es  verdad;  pero  sus  régu- 
los, especialmente  los  de  las  Molucas,  estaban  en  la 
más  completa  independencia,  y  sólo  se  valían  del  fa- 
vor de  los  europeos,  particularmente  portugueses,  para 
hacerse  la  guerra  y  aniquilarse  mutuamente.  Las  guer- 
ras de  Mauritania  tenían  á  los  portugueses  muy  ocu- 
pados, y  por  fin  fueron  allí  completamente  derrotados 
por  los  moros  con  su  rey,  que  pereció  en  la  batalla. 
Al  desgraciado  D.  Sebastian  sucedió  su  tío  el  cardenal 
D.  Enrique,  por  no  haber  dejado  ningún  hijo,  y  lue- 
go la  corona  de  Portugal  se  reunió  con  la  de  Castilla 
en  1580  por  derecho  hereditario,  reinando  todavía  en 
España  el  Sr.  D.  Felipe  II.  Como  las  Molucas  estaban 
ya  poco  menos  que  abandonadas,  este  previsor  monarca 
había  ordenado  al  Gobernador  de  Filipinas  que  se  apre- 
surase á  reconquistarlas,  y  con  este  fin  reunió  Sande 
una  escuadra  respetable  para  sujetar  al  reyezuelo  de 
Ternate,  la  que  sólo  sirvió  para  reponer  á  Sí  reía,  rey 
desposeído  de  Borneo.  Este  soberano  se  había  presenta- 
do en  Manila  ofreciendo  vasallaje  á  la  corona  de  Casti- 
lla, con  tal  que  se  le  auxiliase  contra  un  hermano  suyo, 
que,  según  decía,  le  había  usurpado  el  trono.  Sande,  en 
vista  de  la  queja,  y  persuadido  de  la  legitimidad  de  su 
derecho,  accedió  á  su  solicitud,  y  se  resolvió  á  destinar 
á  este  fin  la  escuadra  que  debia  ir  á  las  Molucas,  sin 
abandonar  por  esto  el  objeto  principal.  El  mismo  Go- 
bernador quiso  mandar  personalmente  esta  famosa  ex- 


—  i87  — 

pedición,  que  se  componia  de  cuatrocientos  españoles, 
más  de  mil  y  quinientos  indios  para  el  manejo  de  la  fle- 
cha, y  unos  trescientos  borneos  que  Sirela  tenía  de  toda 
confianza.  Las  embarcaciones  que  debian  conducirlos 
pasaban  de  cuarenta,  y  sus  principales  capitanes  eran 
D.  Esteban  Rodríguez  de  Figueroa,  D.  Juan  de  Mo- 
rones, D.  Antonio  Saavedra  y  D.  Amador  de  Arrian. 
En  treinta  dias  llegaron  á  Borneo,  y  desde  luego  la 
gente  de  Sirela  se  adelantó  para  dar  aviso  á  sus  adictos, 
á  fin  de  que  se  reuniesen  á  sus  poderosos  aliados.  La 
escuadra  de  Manila  navegó  por  el  gran  rio  que  con- 
duce á  la  capital,  y  no  fondeó  hasta  que  se  halló  en 
fi-ente  del  palacio,  del  cual  fué  desalojado  inmediata- 
mente el  intruso.  Este,  sin  embargo,  trató  de  oponer- 
se á  las  fuerzas  del  hermano,  auxiliado  por  algunos 
portugueses  que  tenía  á  su  servicio;  pero  no  tardó  en 
verse  abandonado  de  los  suyos  y  precisado  á  refugiarse 
en  los  montes.  Los  portugueses,  por  buena  composi- 
ción, tuvieron  que  retirarse  á  la  India.  Sirela  quedó  en 
pacífica  posesión  de  su  gobierno,  agradeció  á  los  espa- 
ñoles el  beneficio  recibido,  y  juró  con  sus  principales 
guardar  fidelidad  al  Rey  de  España.  Sande,  contra  el 
parecer  de  los  capitanes  del  ejército,  ya  no  quiso  por 
entonces  proseguir  la  expedición  hasta  las  islas  del  Mo- 
luco,  y  en  su  consecuencia  dispuso  el  regreso  para  las 
islas  Filipinas,  sin  haber  producido  tantos  gastos  más 
utilidad  para  la  corona  de  Castilla,  que  la  gloria  de  te- 
ner un  vasallo  coronado,  que  al  fin  volvió  á  perder 
otra  vez  el  cetro  que  los  españoles  hablan  mal  asegu- 
rado en  sus  manos. 

Llegado  Sande  á  Manila,  al  ver  tantas  fuerzas  reuni- 


das,  sin  poder  ir  á  las  Molucas  aquel  año,  quiso  apro- 
vecharlas para  sujetar  la  gran  isla  de  Mindanao  y  la 
pequeíía  de  Joló,  cuyos  habitantes  no  cesaban  ya  en- 
tonces de  molestar  á  los  subditos  del  gobierno  español 
con  depredaciones,  quemas  y  cautiverios.  Comisionó 
al  efecto  á  D.  Esteban  Rodriguez  de  Figueroa,  el  cual 
á  su  llegada  fué  recibido  con  poca  resistencia,  y  redu- 
jo fácilmente  á  los  principales  pueblos  de  entrambas 
islas  á  la  obediencia  del  Gobierno.  Mas,  como  no  dejó 
ni  guarnición ,  ni  misioneros  que  consolidasen  la  con- 
quista; muy  pronto  se  malograron  sus  trabajos,  porque 
aquellos  pueblos,  que  ya  profesaban  la  secta  de  Maho- 
ma,  volvieron  á  su  antigua  independencia,  y  á  ejercer 
la  piratería  como  antes.  Tan  cierto  es  que  los  españoles 
sin  el  auxilio  de  los  PP.  misioneros  jamas  hubieran 
llegado  á  poseer  pacíficamente  las  islas  Filipinas :  hu- 
bieran derramado,  sí,  torrentes  de  sangre  y  sujetado 
á  los  pueblos  más  civilizados  de  las  costas  y  llanuras; 
pero  ni  la  obediencia  forzada  que  les  exigian  hubiera 
sido  duradera,  ni  hubieran  llegado  á  reducir  á  los  que 
se  hallaban  diseminados  por  los  bosques,  sin  sociedad 
ni  sujeción,  los  cuales  formaban  entonces  la  mayoría 
de  los  indígenas  procedentes  de  la  casta  malaya. 

Pero  lo  que  más  ha  honrado  a  los  misioneros  espa- 
ñoles de  las  islas  ha  sido  el  tesón  con  que  constante- 
mente se  han  opuesto  á  las  vejaciones  é  injusticias  de 
algunos  hombres  codiciosos  é  inmorales,  que  por  des- 
gracia de  la  humanidad  no  han  faltado  algunas  veces. 
A  los  principios  tuvieron  que  lidiar  con  los  encomen- 
deros, y  cuando  desaparecieron  éstos,  lo  han  tenido 
que  hacer  con  otros,  destinados  para  el  gobierno  y  pa- 


—  189  — 

cificacion  de  los  indígenas,  y  que  abusaban  á  veces  de 
su  autoridad  y  de  su  fuerza.  Esta  pugna  ha  causado 
más  disgustos  á  los  celosos  misioneros,  que  trabajaban 
en  la  propagación  de  nuestra  santa  fe  entre  los  indios, 
procurándoles  su  dicha  y  bienestar.  Algo  se  ha  dicho 
ya  de  la  materia  en  este  histórico  bosquejo,  y  se  verá 
más  adelonte  que  el  mal  cundia  é  iba  en  aumento.  No 
es  esto  una  mancha  para  el  Gobierno  español,  siempre 
celoso  y  vigilante  del  bien  de  los  que  á  su  obediencia 
se  reducian,  ni  tampoco  en  general  de  los  hidalgos  es- 
paíioles  que  han  formado  la  clase  de  jefes  de  provin- 
cias, pues  muchos  han  tratado  á  estos  naturales  como 
padres  y  protectores  de  ellos,  y  me  complazco  en  de- 
jarlo consignado. 

Durante  el  gobierno  del  Sr.  Sande  se  fundó  en  Fi- 
lipinas la  apostólica  provincia  de  San  Gregorio  Magno, 
de  los  PP.  Franciscanos.  El  destino  de  sus  primeros 
fundadores  era  ir  á  predicar  el  Evangelio  á  las  islas  de 
Salomón  y  Nueva  Guinea,  que  los  españoles  en  aque- 
llos tiempos  empezaban  á  reducir;  mas  estando  su  mi- 
sión esperando  por  momentos  en  Sevilla  la  salida  de 
las  naves  que  debian  conducirla,  el  Rey  varió  de  pen- 
samiento y  la  destinó  á  las  islas  Filipinas,  en  donde  ha- 
bla tantos  pueblos  que  convertir  y  tanta  escasez  de  ope- 
rarios. Por  Julio  de  1576  se  hizo  á  la  vela  de  aquella 
capital,  y  después  de  un  viaje  muy  penoso,  en  el  que 
murieron  algunos  misioneros,  que  fueron  reemplazados 
en  la  Nueva  España,  llegó  á  Manila,  compuesta  de  so- 
los diez  y  seis,  el  dia  24  de  Junio  de  1577.  En  esta 
ciudad  fueron  honrosamente  recibidos  de  las  autorida- 
des y  vecinos,  y  los  PP.  Agustinos,  que  hasta  entón- 


r 


—  190  — 

ees  habían  sido  solos  en  las  islas,  los  hospedaron  como 
hermanos  en  sus  conventos  de  Tondo  y  de  la  capital, 
ínterin  se  les  estaba  disponiendo  casa  propia.  Luego 
fueron  destinados  á  las  provincias  de  llocos,  Pangasi- 
nan.  Camarines,  Laguna  de  Bay,  Panay  y  Cebú,  se- 
gún su  cronista  (part.  i.^,  lib.  11,  cap.  xviii),  en  don- 
de empezaron  sus  misiones.  Según  el  mismo,  llegaron 
estos  Padres  á- Manila  en  el  tiempo  de  la  mayor  nece^ 
sidad  de  operarios  evangélicos;  porque  asegura  que 
no  habia  más  en  Filipinas  que  diez  religiosos  Agusti- 
nos, á  quienes  era  absolutamente  imposible  convertir 
y  conservar  en  la  fe  á  los  naturales  de  las  islas,  que  ya 
entonces  estaban  casi  todas  descubiertas  y  sujetas  á  la 
obediencia  del  Gobierno. 

Hasta  entonces  habian  usado  los  PP.  Agustinos  de  la 
facultad  o??í?iímoda  en  todos  aquellos  casos  en  que  no  se 
requiere  orden  episcopal,  concedida  por  la  Santidad  de 
Adriano  VI  á  los  religiosos  misioneros  ocupados  en  la 
conversión  del  Nuevo  Mundo;  y  los  mismos  fueron 
jueces  delegados  de  la  Silla  Apostólica,  según  los  privi- 
legios concedidos  por  Paulo  IIL  Ninguna  duda  se  ha- 
bia ofrecido  acerca  de  estos  puntos,  habiendo  ejercido 
siempre  su  delegada  facultad  los  expresados  religiosos 
cuando  la  necesidad  y  utilidad  de  las  misiones  lo  pe- 
dian;  mas  el  Sr.  Arzobispo  de  Méjico,  como  diocesano 
más  inmediato  de  los  dominios  españoles,  empezó  á 
perturbarlos  en  el  uso  de  estas  facultades  con  el  nom- 
bramiento de  juez  delegado  que  despachó  en  favor  de 
dos  sacerdotes  seculares,  para  que  ejerciesen  su  juris- 
dicción en  todas  las  islas  Filipinas.  Los  PP.  Agustinos 
se  opusieron  á  esta  disposición,  que  infringía  sus  más 


—  191  — 

terminantes  privilegios,  y  se  presentaron  desde  luego 
al  Gobernador,  para  que,  como  vice-patrono  regio,  los 
amparase  en  sus  derechos.  Luego  que  se  terminó  aque- 
lla competencia,  el  provincial  de  Agustinos  renunció 
el  cargo  de  juez  delegado  de  S.  S.  en  la  persona  del  pa- 
dre Custodio  de  la  provincia  de  San  Gregorio,  y  éste 
lo  ejerció  hasta  la  llegada  del  primer  obispo  de  las  is- 
las, que  sucedió  pocos  años  después. 

El  gobierno  de  D.  Francisco  Sande  fué  uno  de  los 
más  tranquilos  y  gloriosos  de  las  islas.  Procuró  este 
iefe  la  reducción  de  muchos  pueblos,  contuvo  los  ex- 
cesos de  los  encomenderos,  protegió  paternalmente 
las  misiones,  y  cuando  se  estaba  disponiendo  para  su- 
jetar las  islas  del  Moluco,  llegó  á  Manila  D.  Gonzalo 
Ronquillo,  nombrado  por  S.  M.  gobernador  propieta- 
rio de  esta  capital  é  islas  Filipinas,  que  tomó  posesión 
de  su  cargo  en  Abril  de  1580.  Una  de  las  primeras 
disposiciones  de  su  gobierno  fué  reunir  á  los  chinos, 
que  ya  entonces  venian  á  millares  á  Manila  tras  del  oro 
de  la  Nueva  Espaíia,  bajo  los  caííones  de  la  fuerza  en 
Bay-bay,  entre  el  rio  Pasig  y  el  pueblo  de  Tondo,  vi- 
gilados por  un  alcaide.  Con  esta  medida  tan  prudente, 
se  precavian  las  inquietudes  que  podian  causar  disemi- 
nados, y  se  evitaban  al  mismo  tiempo  los  escándalos 
que  con  sus  idolatrías  clandestinas  podian  causar  á  los 
neófitos,  poco  cimentados  todavía  en  la  fe.  Luego  se 
vio  en  la  necesidad  de  reponer  al  rey  Sirela  en  su  tro- 
no de  Borneo,  del  que  habia  sido  despojado  otra  vez 
por  su  hermano,  protegido  por  algunos  portugueses 
descontentos,  capitaneados  por  un  tal  Brito.  El  capitán 
Ribera  tué  á  desempeiiar   esta  importante   comisión, 


—  192  — 

que  concluyó  en  breve  tiempo  felizmente  y  luego  re- 
gresó á  Filipinas  con  su  gente. 

En  Marzo  del  año  siguiente  de  1581  llegó  á  Ma- 
nila el  limo.  Sr.  D.  Fr.  Domingo  Salazar,  de  nuestra 
Orden,  consagrado  primer  obispo  de  todas  las  islas  Fi- 
lipinas. Con  él  llegaron  también  una  misión  de  Fran- 
ciscanos, los  cuatro  primeros  jesuítas,  dos  sacerdotes 
y  dos  coadjutores,  que  fundaron  en  Manila,  y  un  reli- 
gioso de  nuestra  Orden,  que  fué  provisor  del  ilustrísi- 
mo  prelado  y  misionero  de  Bataan  (i).  Poco  después 
de  haber  tomado  posesión  de  su  iglesia,  se  dedicó  á  la 
reforma  de  las  costumbres,  y  trató  de  remediar  varios 
abusos  que  la  costumbre  autorizaba;  lo  que  le  causó  más 
de  una  vez  disgustos  muy  pesados.  Mas  no  por  esto  de- 
jaba de  aplicar  el  cauterio  cuando  lo  exigia  la  dolencia. 
En  vista  de  los  males  que  por  sí  solo  no  podia  reme- 
diar, echó  mano  de  los  medios  que  la  disciplina  ecle- 
siástica ofrece;  y  al  efecto  convocó  un  sínodo,  al  que 
asistieron  los  religiosos  y  clérigos  más  doctos  y  celosos 
de  las  islas,  y  se  trataron  algunos  puntos  de  grave  im- 
portancia para  el  mejor  gobierno  de  la  iglesia  y  misio- 
nes de  las  islas. 

Más  tarde  causó  alguna  turbación  á  los  PP.  misio- 
neros con  motivo  de  haberlos  querido  sujetar  á  la  vi- 
sita; pero  como  su  pretensión  procedía  de  un  verdade- 
ro celo  por  el  cumplimiento  de  su  deber,  desistió  de 
su  empeño  tan  luego  como  conoció  los  pareceres  de 
los  religiosos  doctos  de  la  Nueva  España,  en  que  pro- 


(1)  Llamábase  P.  Fr.  Cristóbal  de  Salvatierra,  hombre  muy  docto. 


—  193  — 
baban  la  exención  de  los  misioneros  regulares,  y  la  le- 
gitimidad de  sus  facultades  y  privilegios ,  en  orden  á  la 
administración  de  los  santos  sacramentos  á  los  indios, 
y  conversión  de  los  infieles,  con  independencia  de  la 
autoridad  diocesana.  Esta  pretensión,  que  después  re- 
novaron algunos  'obispos  de  las  islas,  ha  dado  mucho 
que  hacer  á  las  provincias  religiosas  de  las  mismas,  á 
cuya  organización  parecía  más  conforme  el  carácter  de 
misioneros  que  de  párrocos;  hasta  que  por  fin  acepta- 
ron y  recibieron  dicha  visita  diocesana,  interviniendo 
al  efecto  el  acuerdo  de  la  Santa  Sede.  Nadie  que  tu- 
viese noticia  de  las  virtudes  eminentes  de  este  venera- 
ble obispo  de  Manila,  y  del  afecto  con  que  miraba  á 
los  PP.  misioneros,  hubiera  dicho  que  con  esta  medi- 
da trataba  de  causarles  la  menor  inquietud,  ni  perju- 
dicarles en  sus  derechos;  porque  sabía  que  eran  dignos 
de  todas  las  atenciones,  por  el  celo  infatigable  con  que 
procuraban  la  propagación  del  Evangelio.  No  pudo  te- 
ner en  esta  parte  otras  miras  que  salvar  las  preeminen- 
cias de  la  dignidad  episcopal  y  la  tranquilidad  de  su 
delicada  conciencia,  pareciéndole  que  hallándose  pre- 
sente el  Ordinario,  á  quien  se  podia  recurrir,  debia  ce- 
sar la  potestad  delegada:  por  esto,  aun  los  que  podían 
mirarse  como  partes  hacen  justicia  á  la  sana  intención 
con  que  procedía  en  el  asunto. 

El  2 1  de  Diciembre  del  mismo  año  de  su  llegada 
erigió  la  iglesia  catedral,  en  virtud  de  una  bula  de  Gre- 
gorio XIII;  le  dio  constituciones  y  ordenanzas  pecu- 
liares y  la  tituló  de  la  Purísima  Concepción.  Creó  su 
cabildo,  compuesto  del  deán,  cuatro  dignidades  y  otras 
tantas  canongías,  dotadas  por  el  Real  erario,  cuya  ren- 

TOMO    I.  13. 


—   194  — 

ta,  así  como  la  del  Arzobispo,  ha  variado  con  el  tiem- 
po. La  fábrica,  que  se  principió  en  este  año,  y  se  acabo 
durante  el  gobierno  de  D.  Gómez  Pérez  Dasmaririas, 
se  arruinó  con  los  temblores  de  la  noche  de  San  An- 
drés en  1 645 ,  y  se  volvió  después  á  levantar  con  más 
solidez  y  elegancia  ( i ). 


VI. 


Los  males  que  los  PP.  misioneros  deploraron  desde 
que  se  repartieron  en  encomiendas  los  indios  tributan- 
tes, y  que  tantas  lágrimas  de  sangre  hicieron  derramar 
en  otro  tiempo  á  los  religiosos  de  la  Orden  en  la  isla 
española,  si  bien  habian  sido  remediados  en  parte,  no  lo 
fueron  totalmente,  y  volviendo  á  reproducirse  con  más 
fuerza,  necesitaban  de  una  mano  poderosa  para  ser  efi- 
cazmente reprimidos.  Abusando  algunos  encomende- 
ros de  esta  merced  del  Soberano,  no  podian  tolerar  las 
saludables  amonestaciones  de  aquellos  á  quienes  estaba 
confiada  la  defensa  de  estos  pueblos.  Uno  habia  en 
Mindanao,  llamado  Blas  de  Laserna,  que  era  tan  es- 
tragado en  sus  costumbres  como  duro  é  inhumano 
con  sus  encomendados;  y  por  consecuencia  era  ene- 
migo de  los  PP.  misioneros;  que  no  podian  tolerar  sus 
escandalosos  hechos.  Este,  pues,  tan  mal  español  como 
peor  cristiano,  se  estrelló  con  un  religioso  Agustino,  y 
dio  harto  que  sentir  al  prelado  de  Manila.  Cansado  de 


(i)  En  la  actualidad  se  halla  en  ruinas  por  efecto  del  terremoto  del  3  de 
Junio  de  1863. 


—  195  — 
oír  las  amonestaciones  de  aquél,  que  no  cesaba  de  ad- 
vertirle su  deber  de  tratar  con  humanidad  á  sus  enco- 
mendados, ampararlos,  darles  buen  ejemplo  y  procu- 
rar que  aprendiesen  la  doctrina  cristiana,  según  S.  M. 
le  prevenia,  lejos  de  seguir  sus  consejos,  hacia  de  pro- 
pósito lo  contrario,  con  el  fin  de  apurar  su  paciencia, 
tratando  como  esclavos  á  los  indios  y  viviendo  públi- 
camente amancebado  con  una  india.  Obstinado  siem- 
pre más  en  sus  excesos,  llegó  por  fin  el  caso  en  que 
el  P.  misionero  creyó  que  debia  echar  mano  de  las  ar- 
mas que  la  Iglesia  le  habia  confiado;  y  en  su  conse- 
cuencia, después  de  las  amonestaciones  oportunas,  le 
excomulgó  públicamente.  Esta  saludable  medicina,  le- 
jos de  aprovechar  á  un  enfermo  que  ya  estaba  desahu- 
ciado, lo  precipitó  á  rebelarse  contra  el  juez,  maltra- 
tándole delante  de  los  indios.  Noticioso  el  Obispo  del 
atentado  de  Laserna,  procedió  criminalmente  contra 
él,  y  lo  hizo  traer  á  la  capital  para  juzgarlo  y  castigar- 
lo según  el  resultado  de  la  causa.  Ronquillo,  que  no 
guardaba  la  mejor  correspondencia  con  el  prelado,  en 
vez  de  auxiliarlo,  como  debia,  favoreció  la  obstinación 
del  criminal.  Instado  por  los  amigos  de  Laserna,  se  vol- 
vió contra  todos  los  PP.  misioneros  para  causar  más 
sentimientos   al   prelado,  adoptando   medidas   odiosas 
que  tendian  á    sujetarlos   al  favor  que  los  encomen- 
deros quisiesen  dispensarles.  Pero  no  faltaron  tampo- 
co  hombres  justos   entre  los   mismos   encomenderos, 
que  disuadieron  á  este  jefe   de   llevar  á  efecto  aque- 
llas sugestiones,  saliendo  en  defensa  de  los  PP.  misio- 
neros, sin  los  cuales,  no  dudaban   afirmar  que  ningu- 
no sería  capaz  de  recoger  los  frutos  de  sus  encomien- 


—  196  — 

das.  Por  entonces  se  serenó  algún  tanto  la  borrasca, 
porque  Ronquillo  desistió  de  sus  intentos;  pero  no  por 
esto  cesaron  los  disgustos,  porque  su  causa  todavía  sub- 
sistia.  El  Provincial  de  Agustinos,  en  vista  de  los  ma- 
les que  se  seguían  á  la  causa  de  la  fe,  y  padecimientos 
de  los  PP.  misioneros  de  su  obediencia,  se  embarcó 
para  Méjico,  y  de  allí  se  presentó  al  Rey  en  nombre 
de  su  provincia,  manifestándole  la  injusticia  con  que  se 
les  perseguía,  y  la  necesidad  de  abandonar  las  islas ,  para 
lo  cual  le  pedia  desde  entonces  el  permiso  competente 
para  regresar  con  todos  ellos  á  la  Nueva  España.  S.  M., 
enterado  de  sus  quejas,  le  escribió  una  Real  carta,  con 
fecha  1 8  de  Junio  de  1582,  por  la  cual  le  ofrecía  el  re- 
medio deseado  y  lo  animaba  á  la  perseverancia.  Al  mis- 
mo tiempo  escribió  otra  á  Ronquillo,  mandándole  la 
más  rigorosa  observancia  de  las  cédulas  reales  despa- 
chadas en  beneficio  de  los  indios,  y  que  tratase  con 
amor  y  suavidad  á  los  religiosos,  y  les  ayudase  en  su 
empresa  para  llevar  adelante  la  civilización  cristiana  de 
estos  países. 

Por  este  mismo  tiempo  empezó  á  reducirse  á  la  obe- 
diencia del  Rey  la  gran  provincia  de  Cagayan,  que 
hasta  entonces  sólo  había  sido  visitada  de  paso  en  sus 
playas  por  el  valiente  y  laborioso  D.  Juan  Salcedo.  La 
empresa  se  confió  al  capitán  D.  Pablo  Carrion,  con 
motivo  de  la  llegada  de  una  escuadra  de  japones,  man- 
dada por  el  corsario  Tayfusa  (i),  á  las  playas  de  la 
desembocadura  del  rio  Ibanag.  Salió  aquel  jefe  de  Ma- 
nila con  los  auxilios  que  se  conceptuaron  necesarios  de 


(i)  Tayzufu  le  llama  la  4/  parte  de  nuestra  Historia. 


—  197  — 
gente  y  municiones,  acompañado  del  P.  Fr.  Cristóbal 
de  Salvatierra,  religioso  de  la  Orden,  compañero  v 
provisor  del  obispo  de  las  islas,  y  un  religioso  Agus- 
tino, según  afirma  el  P.  Gaspar  de  San  Agustin.  El 
éxito  de  la  jornada  correspondió  á  las  esperanzas  de 
Ronquillo,  porque  los  japones,  después  de  un  tenaz 
combate,  fueron  desalojados,  y  Carrion  se  quedó  en  la 
provincia  para  sujetarla  á  la  obediencia  del  Gobierno. 
Fundó  la  ciudad  de  la  Nueva  Segovia  en  el  pueblo  de 
Lal-lo,  como  se  dirá  más  largamente,  tratando  de  la 
entrada  de  nuestros  religiosos  en  la  misma  provincia, 
para  reducirla  al  gremio  de  la  fe. 

Otra  expedición  se  hizo  durante  el  gobierno  de 
Ronquillo,  cuyo  funesto  resultado  abrevió  la  carrera 
de  su  vida.  Habia  en  aquel  tiempo  un  decidido  empe- 
ño en  Manila  para  posesionarse  de  la  isla  de  Ternate, 
la  más  considerable  de  las  Molucas;  porque  se  temia 
con  mucho  fundamento  que  tanto  ella  como  sus  ad- 
yacentes cayesen  en  manos  enemigas,  y  de  allí  exten- 
diesen su  poder  á  las  islas  Filipinas,  que  todavía  no 
estaban  suficientemente  aseguradas.  Para  esta  jornada 
se  aprestaron  tres  galeones  de  guerra  y  cincuenta  cara- 
coas  (i)  perfectamente  pertrechadas,  que  debian  con- 
ducir trescientos  soldados  españoles,  y  mil  quinientos 
indios  de  las  provincias  más  belicosas  de  las  islas.  Salió 
la  escuadra  de  Manila,  pasando  por  Borneo,  con  el 
doble  objeto  de  limpiar  la  travesía  de  los  muchos  pi- 
ratas que  la  infestaban,  y  hacer  escala  en  la  isla  de 
Muriel  para  asegurar  á  sus  naturales  en  la  obediencia 


(i)  Caracoas,  una  especie  de  esquifes  ó  embarcaciones  ligeras. 


—  198  — 

de  D.  Pedro  de  Lima,  su  gobernador.  De  allí  pasó  sin 
dificultad  á  la  de  Ternate;  se  hizo  el  desembarque  fe- 
lizmente, se  asestó  la  artillería  contra  la  capital,  y  se  la 
batió  con  mucho  acierto.  La  plaza  hubiera  caido  muy 
pronto  en  manos  de  los  nuestros,  si  la  malignidad  del 
clima  no  pelease  contra  ellos.  En  breve  se  apoderó  del 
campo  el  berbén,  enfermedad  endémica  de  esta  isla, 
con  la  cual  se  hinchan  los  que  la  contraen,  se  les  en- 
torpecen los  miembros,  y  en  llegando  al  corazón  mue- 
ren al  momento.  Al  ver  los  cabos  que  ya  no  tenian  la 
tercera  parte  de  la  gente  disponible,  resolvieron,  de 
común  acuerdo,  levantar  el  sitio  y  regresar  con  los  en- 
fermos á  Manila,  como  lo  efectuaron,  abandonando 
por  entonces  la  empresa. 

Ronquillo  se  afectaba  demasiado  por  los  reveses  que 
sufria :  las  medidas  que  tomaba  eran,  al  parecer,  muy 
acertadas,  y  sus  intenciones  sanas;  pero  los  resultados 
solian  por  lo  regular  ser  infelices.  El  mal  éxito  que 
tuvo  la  costosa  expedición  á  la  isla  de  Ternate,  las  in- 
terminables disensiones  entre  misioneros  y  encomen- 
deros, y  otras  desazones  que  tuvo  en  su  gobierno,  le 
causaron  una  profunda  melancolía,  que  le  quitó  la  vida 
á  los  seis  meses,  después  de  haber  gobernado  tres  años 
solamente.  Parece  que  las  desgracias  no  le  dejaron  des- 
cansar ni  siquiera  en  el  sepulcro,  porque  mientras  se 
estaban  celebrando  sus  exequias  en  la  iglesia  de  pa- 
dres Agustinos  en  Marzo  de  1583,  se  incendió  el  ca- 
tafalco, se  abrasó  el  templo  y,  comunicándose  el  fuego 
á  la  población,  en  breve  redujo  á  cenizas  las  dos  ter- 
ceras partes  de  la  ciudad. 

Entre  los  papeles  del  difunto  se  halló  una  cédula 


—  199  — 

real,  en  la  que  se  disponía  que  por  su  fallecimiento, 
pasase  el  gobierno  de  estas  islas,  en  interinidad,  á  su 
sobrino  D.  Diego  Ronquillo,  quien  tomó  desde  luego 
posesión  de  su  destino,  y  empezó  á  gobernar  con  el 
mayor  acierto.  Su  primera  disposición  fué  mandar  que 
la  nao  despachada  para  Acapulco,  que  habia  arribado  á 
las  costas  de  China,  prosiguiese  su  viaje,  en  el  cual 
consistía  entonces  la  suerte  de  los  vecinos  de  Manila. 
Auxilió  á  los  portugueses  de  las  Molucas,  que  se  halla- 
ban en  el  mayor  conflicto,  por  todas  partes  acosados,  y 
pacificó  muchos  pueblos  de  las  islas  de  su  mando,  que 
se  habían  sublevado  con  motivo  de  los  excesos  que  al- 
gunos encomenderos  cometían.  Este  mal,  de  tan  difícil 
remedio  y  de  tanta  trascendencia,  fué  el  que  más  lla- 
mó su  atención,  pues  dictó  al  momento  las  más  serias 
y  prudentes  providencias,  con  las  cuales  muchos  de  los 
pueblos  sublevados  volvieron  á  la  obediencia  del  Go- 
bierno, en  provecho  de  los  mismos  que  los  habían  es- 
quivado con  sus  inoportunas  é  injustas  exigencias.  Su 
gobierno  fué  demasiado  corto  para  que  con  su  influjo 
las  islas  Filipinas  pudiesen  llegar  al  colmo  de  su  pros- 
peridad, como  deseaba;  pero  las  esperanzas  de  los  bue- 
nos españoles  se  fundaban  en  el  gobernador  propieta- 
rio que  le  sucedió,  y  llegó  á  Manila  en  Mayo  de  1584. 
Era  este  ilustre  español  D.  Santiago  de  Vera,  cuyo 
gobierno  fué  muy  pacífico  y  glorioso.  Trajo  la  comi- 
sión de  fundar  la  Real  Audiencia,  cuya  jurisdicción 
debía  comprender  las  islas  Filipinas  y  Molucas  (i),  y 


(i)  Véanse    las   Reales  Cédulas  do    5   de  Mayo  de  1583  y  25  de  Mayo 
de  1589,  que  forman  la  lev  l  i,  tít.  xv,  lib.  11  de  la  Recopilación  de   Indias. 


200 


con  él  llegaron  los  primeros  oidores  D.  Melchor  Aré- 
valo  y  D.  Pedro  Rojas,  ambos  licenciados  en  dere- 
cho, y  el  fiscal  de  S.  M.,  D.  Gaspar  de  Ayala.  Fun- 
dóse el  tribunal  según  las  instrucciones  que  S.  M.  ha- 
bia  dado  al  nuevo  Gobernador,  y  desde  luego  empezó 
á  funcionar  conociendo  en  los  asuntos  contenciosos, 
civiles  y  criminales,  á  excepción  de  los  de  patronato, 
militares  y  gubernativos,  que  se  reservaron  al  Gober- 
nador. 

No  tardó  Vera  en  saber  los  desórdenes  que  algunos 
encomenderos  impunemente  cometian,  en  perjuicio  de 
la  pública  tranquilidad,  y  deseoso  de  remediarlos,  apli- 
có su  atención  á  este  interesante  punto.  El  Obispo,  que 
habia  llorado  tantas  veces  estos  males,  por  los  daños 
que  resultaban  á  la  fe  de  sus  ovejas,  procuraba  esti- 
mular su  celo  en  esta  parte.  Afortunadamente  habia 
recibido  el  Prelado  una  Real  cédula  en  la  que  S.  M., 
después  de  haber  hecho  una  reseña  de  los  abusos  refe- 
ridos, le  rogaba  y  encargaba  que  tuviese  particular 
cuidado  en  ver  y  atender  que  se  cumpliese  lo  ordena- 
do y  lo  que  en  adelante  se  ordenare  en  beneficio  de 
los  indios;  mandando  en  la  misma  á  los  vireyes  y  go- 
bernadores que  castigasen  con  rigor  á  los  trasgresores 
de  las  disposiciones  despachadas  en  beneficio  de  los 
mismos.  A  consecuencia  de  los  excesos  indicados,  pro- 
cedió el  Gobernador  contra  D.  Bartolomé  de  Ledes- 
ma,  encomendero  de  Abuyoc,  y  algunos  otros  muy 
culpables,  á  quienes  quitó  las  encomiendas.  Desde  en- 
tonces el  aspecto  de  las  islas  ya  se  presentaba  más  ri- 
sueño, porque  los  demás  se  moderaron,  y  los  ministros 
del  santo  Evangelio  ya  podian  trabajar  con  más  satis- 


20I    

facción  en  sus  misiones.  A  los  tres  años  de  haber  lle- 
gado el  Sr.  Vera  á  Manila,  llegaron  también  los  fun- 
dadores de  la  Provincia  del  tantísimo  Rosario,  á  cuya 
historia  voy  á  dar  principio,  sin  omitir  en  ella  los  su- 
cesos más  notables  de  las  islas,  que  han  tenido  alguna 
relación  con  sus  individuos  y  misiones. 


PLAN    GENERAL 


DE  LA 


HISTORIA  DE  LA  PROVINCIA  DEL  SANTÍSIMO  ROSARIO 

DE  FILIPINAS. 


Dada  la  idea  general  histórica  de  los  tiempos  que 
precedieron  á  la  fundación  de  la  Provincia  del  Santísi- 
mo Rosario  en  estas  islas,  vamos  á  concretar  la  narra- 
ción al  desenvolvimiento  de  los  hechos  que  constitu- 
yen propia  y  especialmente  su  historia,  sin  omitir,  como 
ya  queda  indicado,  las  conexiones  que  aquéllos  puedan 
tener  en  el  país  con  la  marcha  y  desarrollo  común  de 
los  sucesos  que  pertenecen  al  dominio  de  su  historia 
general. 

División. — Para  seguir  con  mayor  claridad  y  des- 
embarazo la  marcha  de  los  acontecimientos  que  van  á 
ser  el  objeto  de  nuestra  sencilla  narración,  dividiremos 
esta  Historia  en  once  libros,  bajo  el  programa  siguiente. 

El  primero  da  principio  con  la  fundación  de  esta 
Provincia  por  los  años  de  1587,  y  concluye  con  el 
capítulo  provincial  celebrado  en  1602,  en  que  se  acor- 
dó enviar  misioneros  de  la  Orden  al  imperio  del 
Japón. 


—  104  — 

El  segundo  comprende  desde  esta  fecha  hasta  el 
capítulo  provincial  celebrado  en  el  año  de  1619,7  da 
razón  de  los  trabajos,  persecuciones  y  martirios  de 
aquella  cristiandad;  bien  así  como  de  la  fundación  de 
varias  casas  de  la  Orden  en  esta  Provincia. 

El  tercero  continúa  los  sucesos  de  la  persecución 
cristiana  en  el  Japón,  habla  de  nuestra  primera  misión 
de  Formosa  y  de  las  cuestiones  de  competencia  susci- 
tadas entre  las  autoridades  de  estas  islas. 

El  cuarto  comprende  la  historia  del  origen  y  perse- 
cuciones primitivas  de  nuestra  misión  en  China,  la 
sublevación  de  los  sangleyes  en  Manila,  y  las  tentativas 
de  los  holandeses  para  apoderarse  de  estas  islas. 

El  quinto  continúa  hablando  de  los  trabajos  y  vici- 
situdes de  nuestras  misiones  de  China  y  Formosa;  re- 
fiere la  nueva  sublevación  de  los  chinos  en  el  Parian, 
y  el  resultado  de  las  famosas  controversias  sobre  los 
ritos  de  China. 

El  sexto  comprende  el  origen  y  primeras  persecu- 
ciones de  nuestra  misión  del  Tung-kin,  los  trabajos  y 
la  administración  espiritual  de  la  provincia  de  Zamba- 
Íes  por  nuestros  misioneros,  y  las  disidencias  del  señor 
Pardo  con  la  Real  Audiencia. 

El  séptimo  trata  de  nuestras  misiones  en  Cagayan, 
de  los  progresos  de  nuestra  misión  en  el  Tung-kin, 
gestiones  del  Sr.  Camacho  sobre  la  visita  diocesana  de 
los  curas  regulares  en  estas  islas,  y  persecución  cruel 
de  nuestras  misiones  en  el  Tung-kin. 

El  octavo  se  refiere  á  las  nuevas  gestiones  entabladas 
sobre  los  ritos  de  China,  y  confirmación  de  los  decretos 
anteriores  sobre  dichas  controversias,  al  alzamiento  de 


—   205   — 

Cagayan,  y  á  los  progresos  de  las  misiones  en  estas 
islas. 

El  noveno  da  principio  con  los  grandes  trabajos  de 
nuestros  misioneros  en  el  país  de  los  Isinayes;  habla 
del  proyecto  y  resultado  de  la  traslación  de  los  Batanes 
á  la  provincia  de  Cagayan ,  y  de  las  persecuciones  y 
martirios  de  nuestros  misioneros  en  China.  Concluye 
con  la  toma  de  Manila  por  los  ingleses. 

El  décimo  trata  de  los  males  y  perturbaciones  que 
dejara  en  pos  de  sí  la  guerra  de  los  ingleses,  habla  de 
los  procesos  incoados  sobre  los  mártires  de  China  y 
Tung-kin;  del  arreglo  definitivo  de  los  pueblos  de 
Batanes,  y  de  la  devolución  de  los  curatos  á  los  regu- 
lares, que  los  hablan  dejado  al  clero  con  motivo  de  la 
visita  diocesana. 

El  undécimo  se  refiere  al  estado  floreciente  de  la 
misión  de  Tung-kin,  después  de  las  pasadas  persecu- 
ciones. A  continuación  reseña  otra  cruenta  persecución 
en  aquel  reino;  habla  de  los  edictos  contra  la  religión 
cristiana  y  nuestros  misioneros  en  la  China,  de  la  in- 
surrección de  Novales,  y  de  los  mártires  que  fijeron 
víctimas  de  la  sangrienta  persecución  en  el  Tung-kin, 
por  los  años  de  1838,  39  y  40. 

Estos  once  libros  se  dividirán,  á  su  vez,  en  breves 
períodos,  que,  condensando  los  hechos  en  grupos  de- 
terminados, habida  consideración  al  tiempo,  al  lugar, 
á  las  personas  y  demás  afinidades  especiales  que  pue- 
dan ligarlos  entre  sí,  seguirán  sin  dificultad  y  sin  vio- 
lencia el  curso  natural  de  los  sucesos  que  se  irán  des- 
envolviendo á  nuestra  vista,  á  medida  que  se  avance 
en  el  campo  circunscrito  de  esta  historia.  Ha  parecido 


—   2o6  — 

más  conveniente  acomodar  la  narración  á  esa  relación 

y  afinidad  más  ó  menos  compleja  de  los  hechos,  que 
á  un  método  cronológico  rigorosamente  exacto.  Mas 
como  quiera  que  no  era  dable  el  prescindir  absoluta- 
mente de  la  razón  de  los  tiempos,  ni  seguir  demasia- 
do lejos  el  encadenamiento  de  las  cosas  en  un  orden 
determinado  de  sucesos,  perdiendo  tal  vez  de  vista  el 
resto  del  panorama  que  se  debe  ir  desenvolviendo  si- 
multáneamente en  el  curso  de  esta  obra,  ha  sido  ne- 
cesario alguna  vez  cambiar  repentinamente  las  deco- 
raciones de  la  escena,  para  reanudar  todos  los  hilos  de 
la  narración  histórica. 

El  apéndice  no  entra  en  este  plan  general. 


HISTORIA 


DE  LA 


PROVINCIA  DEL  SANTÍSIMO  ROSARIO 

DE  FILIPINAS. 

LIBRO  PRIMERO. 


PRIMER     PERIODO.  — COMPRENDE    LA     FUNDACIÓN     DE    ESTA    PROVINCIA 

y    LOS    PRIMEROS    TRABAJOS    DE    LOS    MISIONEROS,    HASTA     EL     PRIMER    CAPÍTULO 

PROVINCIAL,    CELEBRADO    EN     I  588. 

CAPÍTULO    PRIMERO. 

El  Sr.  obispo  Salazar  parte  con  una  misión  de  religiosos  de  la  Orden  para 
Manila,  y  mueren  casi  todos  en  el  viaje.  —  E!  P.  Fr.  Juan  Crisóstomo  es 
enviado  desde  Méjico  á  Madrid  y  Roma  para  organizar  la  fundación  de  la 
provincia. —  Es  despachado  favorablemente  por  el  General  de  la  Orden  y 
por  el  Papa. —  Halla  dificultades  en  Madrid  á  su  proyecto. —  Sus  motivos. 

—  Obtiene  finalmente  el  permiso  de  S.  M.  para  embarcar  una  misión. — 
Su  viaje  hasta  Sanlúcar. —  Contradicciones  que  padecen  los  primeros  funda- 
dores.—  Llegan  á  Vera-Cruz  y  enferman  en  la  Puebla.  —  Son  tentados  en 
Méjico  á  fijar  allí  su  residencia,  y  el  P.  Alonso  Sánchez  trata  de  impedir 
la  prosecución  de  su  viaje.  —  El  Virey  permite  que  se  embarquen  hasta 
veinte.  —  Ordenaciones  primordiales  de  la  provincia.  —  Se  embarcan  tres 
de  los  fundadores  para  Macao  y  quince  para  Manila.  —  Viaje  de  los  pri- 
meros.—  Fundan  un  convento  en  aquel  puerto  y  son  expelidos  para  Goa. 

—  Dos  de  ellos  prosiguen  su  viaje  hasta  España,  v  el  uno  funda  un  colegio 
en  aquella  capital.  —  Viaje  de  los  quince.  —  Padecen  una  tormenta  antes 
de  llegar  á  la  bahía  de  Manila.  —  Su  entrada  en  esta  capital.  —  El  señor 
Obispo  los  hospeda  en  su  palacio. —  Primera  fiesta  de  nuestro  Santo  Ro- 
sario. 

! .  Gobernaba  santamente  la  iglesia  de  Manila  su  pri- 
mer obispo,  el  limo.  Sr.  D.  Fr.  Domingo  Salazar,  cuan- 
do nuestros  religiosos  llegaron  á  las  islas  Filipinas  para 


—  2o8  — 

fundar  la  provincia  del  Santísimo  Rosario.  Aquel  pre- 
lado habia  sido  promovido  á  esta  silla  por  el  piadoso 
rey  D.  Felipe  II,  á  la  sazón  en  que  negociaba  asuntos 
importantes  en  favor  de  los  indios  de  Nueva  España, 
como  protector  de  ellos.  Habia  aceptado  la  nueva  dig- 
nidad, forzado  por  las  circunstancias,  y  con  la  espe- 
ranza de  emplear  el  resto  de  sus  dias  en  beneficio  de 
infieles  y  cristianos  nuevamente  convertidos.  Noticioso 
de  la  mies  abundante  que  habia  en  su  Iglesia  y  de  la 
escasez  de  operarios,  sus  primeras  diligencias  se  enca- 
minaron a  procurarse  algunos  religiosos  celosos  de  la 
Orden,  para  destinarlos  á  la  conversión  de  los  gentiles 
que  abundaban  todavía  en  el  vasto  país  de  esta  su  ju- 
risdicción. Obtuvo,  en  efecto,  una  lucida  misión,  con 
la  cual  se  embarcó  alegremente  en  el  nombre  del  Se- 
ííor;  pero  en  la  navegación  se  apoderó  la  peste  de  la 
nave  que  los  conducia,  y  murieron  casi  todos  antes  de 
llegar  á  Nueva  España.  Los  que  sobrevivieron,  enfer- 
mos y  desanimados;  no  se  atrevieron  á  proseguir  el  viaje 
hasta  Manila  (i).  Sólo  el  P.  Fr.  Cristóbal  de  Salvatierra 
acompañó  al  limo.  Prelado,  á  quien  sirvió  después  de 
provisor  de  la  diócesis  y  de  gobernador  en  su  ausencia. 
2.  No  perdió  el  Sr.  Salazar  las  esperanzas  de  ver  á 
sus  hermanos  radicados  en  las  islas  Filipinas ,  porque  ha- 
biendo consultado  sus  nobles  sentimientos  con  los  Pa- 
dres que  regian  la  provincia  de  Méjico,  halló  entre  ellos 
la  más  favorable  acogida.  Desde  luego  se  determinaron 


(i)  Sólo  sobrevivieron  dos,  como  se  dirá  más  adelante;  y  de  estos  dos  el 
uno  era  el  mismo  P.  Salvatierra.  Sólo,  pues,  se  t|uedó  uno  en  Nueva  España 
por  enfermo,  y  éste  fué  el  P.  Fr.  Jerónimo  García. 


• —  á09  — 

4  nombrar  un  hábil  religioso  que  pasara  a  las  cortes  de 
Madrid  y  Roma  para  negociar  la  fundación  de  una 
provincia  religiosa,  cuyo  principal  objeto  habia  de  ser 
propagar  la  fe  en  las  islas  Filipinas  y  reinos  circunve- 
cinos. Éste  fué  el  P.  Fr.  Juan  Crisóstomo,  hijo  del 
convento  de  San  Pablo  de  Sevilla,  en  quien  se  reunían 
las  circunstancias  que  una  comisión  tan  espinosa  re- 
quería. Se  le  dieron  los  despachos  necesarios  y  cartas 
del  Obispo,  y  entregado  en  manos  de  la  divina  Provi- 
dencia salió  de  Nueva  España,  con  dirección  á  la  Pe- 
nínsula, en  1 58 1.  Puesto  en  la  corte,  trato  del  impor- 
tante fin  á  que  habia  sido  enviado,  y  cuando  sus  ne- 
gocios presentaban  el  aspecto  favorable  que  podia  pro- 
meterse, se  partió  para  Italia.  En  Bolonia  halló  al 
maestro  de  la  Orden,  que  lo  era  á  la  sazón  el  reveren- 
dísimo P.  Fr.  Pablo  Constable  de  Ferrara,  á  quien  co- 
municó el  fin  de  su  llegada  y  los  despachos  que  lleva- 
ba. Halló  en  S.  Rma.  la  disposición  que  debia  esperar, 
porque  bien  informado  de  las  bases,  sobre  las  cuales 
habia  de  cimentarse  la  proyectada  fundación,  le  otor- 
gó cuanto  pedia.  En  14  de  Julio  de  1582  despachó 
el  Rmo.  sus  letras  de  oficio,  autorizando  al  P.  fray 
Juan  Crisóstomo  para  reunir  una  misión  de  treinta  re- 
ligiosos de  las  provincias  de  España,  y  fundar  conven- 
tos é  iglesias  en  las  islas  Filipinas,  é  imperio  de  Chi- 
na, bajo  el  tenor  de  vida  con  que  fué  instituida  la  pro- 
vincia de  Santiago  de  Méjico  :  concediendo  á  esta  pro- 
vincia que  fundasen,  los  mismos  privilegios  que  los 
antiguos  generales  de  la  Orden  hablan  concedido  á 
aquellas,  á  excepción  de  no  poder  por  ningún  caso  ni 
pretexto  retener,  ni  impedir  sus  letras  ni  preceptos,  ni 

TOMO   I.  14. 


—  lio  — 


apartarse  de  la  llana  obediencia  y  cumplimiento  de  los 
mismos.  También  lo  nombraba  su  vicario  con  las  fa- 
cultades  de  que  gozan  los  provinciales  de  la  Orden, 
autorizándole  para  poder  comunicar  el  mismo  cargo  á 
otro  religioso,  en  caso  de  muerte  ú  otro  impedimento; 
prohibiendo  en  las  mismas  á  los  provinciales,  presiden- 
tes de  los  conventos,  y  á  cualesquiera  religiosos  de  su 
obediencia,  con  precepto  formal  y  pena  de  excomu- 
nión mayor  ¡at¿e  sententia^  el  que  pudiesen  impedir  al 
expresado  vicario  general  y  religiosos  que  eligiere  de 
su  santo  propósito,  ni  les  molestasen  de  manera  alguna. 

3.  Obtenida  la  licencia  del  maestro  general  de  la  Or- 
den, se  trasladó  el  P.  Crisóstomo  á  Roma  para  la  con- 
clusión de  sus  negocios.  A  su  llegada  visitó  al  cardenal 
protector  de  la  Orden,  y  luego  tuvo  una  larga  confe- 
rencia con  la  Santidad  de  Gregorio  XIII,  que  á  la  sa- 
zón regía  la  Iglesia,  quien  le  otorgó  un  breve,  con  fe- 
cha 15  de  Setiembre  del  mismo  año,  en  el  cual  con- 
cedía indulgencia  plenaria  á  todos  los  religiosos  que  se 
embarcasen  para  la  provincia  que  habia  de  fundar  en 
las  Indias  Orientales,  y  facultad  de  ser  absueltos  una 
vez  por  cualesquiera  sacerdotes  deputados  por  sus  pre- 
lados para  oir  confesiones  de  todos  sus  pecados  y  cen- 
suras reservadas  a  la  Santa  Sede ,  y  de  todas  las  irregu- 
laridades en  el  fuero  de  la  conciencia.  Dióle  otras  mu- 
chas gracias  y  reliquias  preciosas,  y  lo  despidió  con  su 
apostólica  bendición. 

Entre  tanto  falleció  el  Rmo.  Constable,  y  temeroso 
el  P.  Crisóstomo  de  que  se  ofreciese  alguna  dificultad 
en  la  ejecución  de  sus  despachos,  procuró  por  medio 
del  cardenal  protector  que  S.  S.  lo.s  confirmase,  lo  que 


CL\  I 


obtuvo  sin  la  menor  oposición ,  con  la  circunstancia  de 
haber  extendido  á  su  provincia  los  mismos  privilegios 
de  que  gozaban  las  de  Méjico  y  Chiapa.  El  Vicario 
general  de  la  Orden ,  que  abundaba  en  los  mismos  sen- 
timientos que  el  Rmo.  difunto,  aprobó  también  la 
concebida  fundación,  y  dio  á  su  vicario  una  carta  muy 
piadosa,  á  fin  de  animar  á  los  religiosos  que  quisiesen 
alistarse  para  llevar  á  cabo  una  empresa  tan  conforme 
al  espíritu  de  la  Orden. 

4.  Despachado  el  P.  Crisóstomo  á  medida  de  su  gus- 
to, trató  de  trasladarse  á  Madrid,  en  donde  creia  que 
poco  le  quedarla  que  hacer;  pero  el  éxito  no  corres- 
pondió á  sus  deseos.  ¿Quién  pensara  que,  después  de 
haber  obtenido  sus  despachos  tan  favorablemente,  ora 
de  S.  S.,  ora  de  la  cabeza  de  la  Orden,  habla  de  ha- 
llar oposición  á  su  proyecto  en  la  corte  española?  Los 
misioneros  que  á  la  sazón  ya  trabajaban  en  las  islas  no 
podían  atender  á  todas  las  conversiones  comenzadas: 
el  Gobernador  estaba  convencido  de  que  sin  el  auxilio 
de  un  mayor  número  de  religiosos  no  era  posible  man- 
tener á  los  indios  sumisos  á  su  rey;  el  Obispo  clamaba 
por  la  venida  de  nuevos  operarios;  y  sin  embargo,  al 
llegar  el  procurador  de  la  provincia  á  la  corte,  halló 
todos  los  pasos  obstruidos  para  llevar  á  cabo  sus  santas 
pretensiones.  Se  le  denegó  el  permiso  que  solicitaba 
para  embarcar  religiosos  de  la  Orden  y  mirando  como 
desesperado  el  negocio,  se  retiró  á  su  convento,  re- 
suelto á  terminar  allí  su  trabajada  vida.  No  estuvo,  sin 
embargo,  ocioso  en  Sevilla :  por  disposición  de  su  pre- 
lado se  dedicó  á  la  instrucción  de  los  novicios,  y  entre 
tanto  no  cesaba  de  pedir  á  Dios  se  dignase  allanar  las 


—  lii 


dificultades  que  los  hombres  oponían  á  la  obra,  que 
conceptuaba  muy  útil  á  su  santo  servicio.  Sus  ruegos 
fueron  sin  duda  atendidos  en  el  tribunal  de  la  clemen- 
cia divina;  porque,  movido  por  un  impulso  interior, 
ignorando  todavía  que  el  estado  de  sus  cosas  hubiese 
cambiado  de  aspecto,  se  presentó  de  nuevo  á  la  corte, 
y  en  breve  consiguió  cuanto  antes  se  le  habia  dene- 
gado. 

5.  No  es  difícil  adivinar  cuáles  fueron  los  motivos 
que  entorpecieron  en  Madrid  los  negocios  del  P.  fray 
Juan  Crisóstomo.  Las  Filipinas  habian  sido  muy  costo- 
sas al  erario,  sin  esperanzas  de  poder  cubrir  en  mucho 
tiempo  lo  que  anualmente  se  expendía  para  su  conser- 
vación. Enviábanse  soldados,  oficiales  y  PP.  misioneros 
á  costa  del  Estado,  y  los  políticos,  que  sólo  atendían  á 
los  intereses  de  la  tierra,  miraban  con  indiferencia  la 
propagación  del  santo  Evangelio  en  unos  países  tan  re- 
motos. El  Monarca  piadoso,  por  el  contrario,  estaba 
empeñado  en  conservar  y  mejorar  unos  dominios  que 
tantos  afanes  habian  costado  á  su  solicitud;  y  si  bien 
bastaran  sus  deseos  para  vencer  la  oposición  de  sus  mi- 
nistros, las  comunicaciones  encontradas  que  se  reci- 
bían de  Manila  dejaban  problemática  la  cuestión  so- 
bre si  convenia  enviar  nuevos  misioneros  á  las  islas.  El 
Obispo,  el  Gobernador  y  las  dos  corporaciones  reli- 
giosas existentes  (i)  instaban  por  un  número  mayor 
de  operarioe  evangélicos;  pero  algunos  españoles,  parti- 


(i)  Eran  ya  tres  las  corporaciones  religiosas  que  existían  en  estas  islas,  si 
por  corporación  pueden  contarse  dos  solos  jesuítas  que  habia  á  la  sazón  en 
Manila. 


—  213  — 
cularmente  de  aquellos  que  poseían  encomiendas,  á  cu- 
yos excesos  se  oponían  los  misioneros,  lo  repugnaban; 
y  la  Real  Audiencia,  neutralizando  los  partidos,  acon- 
sejaba que  las  remesas  de  misioneros  fuesen  moderadas. 
En  esta  pugna  estaban  los  negocios  de  las  islas  cuando 
el  P.  Crisóstomo  llegó  de  Roma  á  Madrid. 

6.  A  pesar  de  los  obstáculos  que  los  cortesanos  opu- 
sieron al  P.  Fr.  Juan  Crisóstomo,  obtuvo  el  Real  per- 
miso para  embarcar  una  misión  de  veinte  y  cuatro  re- 
ligiosos que  reunió  de  las  provincias  de  Espaíia,  ocho 
de  los  cuales  eran  del  convento  de  Valladolid,  y  entre 
ellos  se  contaban  dos  lectores  actuales  de  teología  y  dos 
de  artes.  La  cédula  Real  en  favor  de  los  nuevos  misio- 
neros fué  despachada  en  Tortosa  á  30  de  Mayo  de 
1685,  y  son  dignos  de  notarse  los  términos  con  que 
S.  M.  se  expresaba.  Hablando  en  ella  con  el  Globerna- 
dor  de  Filipinas,  le  decia :  «El  P.  Fr.  Juan  Crisósto- 
mo, de  la  Orden  de  Santo  Domingo,  va  á  esas  islas, 
y  lleva  veinte  y  cuatro  religiosos  de  su  Orden,  con 
el  fin  de  plantarla  en  ellas,  y  gran  deseo,  según  me 
han  significado,  de  ocuparse  en  la  doctrina  y  enseña- 
miento de  los  naturales  é  idólatras  que  no  tienen  co- 
nocimiento de  nuestra  santa  fe  católica;  y  para  esta 
tan  santa  y  apostólica  empresa  se  han  movido  muy 
ejemplares  y  doctos  religiosos,  como  tengo  relación 
que  lo  son  los  que  van  en  esta  compañía;  y  porque  mi 
voluntad  es  ayudar  para  conseguir  el  fin  de  su  preten- 
sión tan  piadosa,  y  de  tanto  celo  del  servicio  de  nues- 
tro Señor,  y  propagación  de  su  santa  ley  evangélica,  os 
mando  les  ayudéis,  honréis  y  favorezcáis,  consolándo- 
los y  animándolos  mucho  á  la  perseverancia,  para  que 


214   — 

se  haga  fruto,  y  el  demonio  no  pueda  poner  estorbo 
en  ello.»  Con  este  favor  del  católico  Monarca,  y  confia- 
dos, sobre  todo,  en  el  auxilio  del  cielo,  empezaron  los 
nuevos  misioneros  su  viaje  desde  sus  conventos  á  Sevi- 
lla, para  embarcarse  en  las  naves  de  la  flota  que  se  es- 
taban aprestando  para  el  puerto  de  Vera-Cruz. 

7.  Desde  luego  empezaron  á  observar  estos  apostó- 
licos varones  el  método  de  vida  que  después  hablan  de 
practicar  en  sus  destinos;  hacian  el  viaje  á  pié,  pedian 
limosna  en  donde  no  habia  conventos  para  hospedarse, 
fundaban  la  cofradía  del  Rosario  en  las  parroquias  que 
no  la  tenian,  predicaban  la  divina  palabra,  y  derrama- 
ban por  todas  partes  el  olor  de  sus  virtudes.  Cuando  el 
P.  Crisóstomo  los  vio  juntos  en  Sevilla,  admirado  de 
ver  una  comunidad  tan  respetable  de  sabios  y  venera- 
bles religiosos,  y  penetrado  de  sus  humildes  sentimien- 
tos, no  pudo  menos  de  avergonzarse  en  regirla,  y  en  su 
vista  abdicó  el  oficio  de  vicario  general  en  la  persona 
del  P.  Fr.  Juan  de  Castro,  que  habia  sido  provincial 
en  Chiapa  y  Guatemala.  Este  venerable  anciano,  no 
menos  humilde  que  aquél,  no  pudo  resolverse  á  reci- 
bir sobre  sus  hombros  una  carga  por  otra  parte  tan 
honrosa,  hasta  que  á  ruegos  de  los  demás  la  admitió, 
sujetándose  á  la  voluntad  de  la  cabeza  de  la  Orden,  en 
cuya  virtud  obraba  el  P.  Fr.  Juan  Crisóstomo,  que  así 
lo  disponía;  el  cual  se  reservó  el  trabajo  de  las  nego- 
ciaciones, que  para  personas  recogidas,  en  tales  cir- 
cunstancias no  dejan  de  ser  muy  engorrosas. 

8.  La  misión  estuvo  reunida  en  Sevilla  hasta  la  pró- 
xima partida  de  la  flota.  Pasaron  después  los  religiosos 
á  Sanlucar,  en  donde  celebraron  con  gran  devoción  la 


—  215  — 

fiesta  solemnísima  del  Corpus,  y  el  día  designado  se 
dispusieron  para  embarcarse  en  el  navio  que  el  P.  Cri- 
sóstomo  habia  fletado  al  efecto.  En  esta  ocasión ,  parece 
que  el  Señor  quiso  probar  la  constancia  de  los  que  se 
mostraban  tan  celosos  para  la  gloria  de  su  nombre.  En 
Sanlúcar  se  embarcaron  en  un  pequeño  buque,  para 
trasladarse  á  bordo  del  navio  que  estaba  fondeado  en  la 
bahía  de  Cádiz,  habiendo  enviado  por  delante  el  equi- 
paje en  otra  embarcación  del  mismo  porte.  Apenas  se 
hicieron  á  la  vela,  les  sobrevino  un  viento  muy  duro, 
que  les  obligó  á  saltar  á  tierra,  y  desde  allí  hicieron  su 
viaje  á  pié  hasta  el  Puerto  de  Santa  María.  El  barco 
que  llevaba  el  equipaje,  no  habiendo  podido  vencer  el 
viento,  regresó  al  puerto  de  Sanlúcar,  sin  ser  visto  de 
los  PP.  misioneros.  Creyendo  éstos  que  habia  hecho  su 
viaje,  volvieron  á  embarcarse  y  se  presentaron  al  navio 
que  los  habia  de  conducir  á  Nueva  España;  pero  los 
oficiales,  al  ver  que  no  llevaban  provisiones  ni  equipaje 
alguno,  no  quisieron  admitirlos,  á  pesar  de  sus  protes- 
tas, y  los  afligidos  misioneros  sé  vieron  precisados  á  re- 
gresar, harto  desconsolados,  al  puerto  de  donde  habian 
salido.  Para  su  mayor  pena  y  desconsuelo,  aquella  mis- 
ma tarde  la  flota  levó  anclas  y  se  hizo  á  la  vela,  que- 
dando ellos  en  el  puerto  con  pocas  esperanzas  de  poder 
realizar  por  entonces  sus  deseos. 

9.  El  que  no  estuviese  revestido  de  la  conformidad 
y  celo  de  estos  venerables,  hubiera  desde  luego  abando- 
nado la  empresa;  porque,  según  el  juicio  de  los  hom- 
bres, parecía  imposible  que  por  entonces  pudiesen  pro- 
seguir su  comenzada  expedición;  más  ellos  se  pusieron 
en  manos  de  la  divina  Providencia,  redoblando  sus  ora- 


2l6    

clones  para  que  el  Señor  proveyese  de  remedio,  si  su 
misión  habia  de  ceder  en  mayor  gloria  de  su  nombre. 
Para  mayor  prueba  de  su  celo  tuvieron  en  aquellos  dias 
otra  clase  de  tentación  más  temible  aún  que  la  pasada, 
porque  se  la  veia  revestida  con  capa  de  piedad.  El  ade- 
lantado de  Castilla,  Duque  de  Medina-Sidonia,  ha- 
biendo tratado  algunas  veces  con  nuestros  misioneros, 
les  habia  tomado  un  singular  afecto,  y  al  verlos  ahora 
tan  desconsolados,  les  propuso  que  si  era  de  su  gusto 
les  fundaria  un  convento  con  las  rentas  necesarias  en 
alguna  de  sus  villas,  para  que  allí  pudiesen  dedicarse  á 
la  santificación  propia  y  á  la  de  sus  vecinos.  Nada  más 
conforme  al  fervor  de  aquellos  religiosos  que  una  pro- 
posición tan  ventajosa;  pero  como  habian  abandonado 
ya  todas  las  comodidades  de  la  patria  para  entregarse 
exclusivamente  á  la  conversión  de  los  infieles  en  los 
países  más  remotos,  agradecieron  al  Duque  la  merced, 
y  le  significaron  que  Dios  proveerla  de  remedio.  Veri- 
ficóse según  sus  esperanzas,  porque  á  los  tres  dias  vie- 
ron regresar  uno  de  los  navios  de  la  flota,  para  reco- 
ger unas  anclas  que  habia  dejado  en  Cádiz  por  olvido. 
¡Admirable  disposición  de  la  divina  Providencia!  En- 
tonces se  embarcaron  sin  la  menor  oposición,  y  ha- 
biendo recogido  el  navio  lo  que  le  faltaba,  se  hizo 
con  nuestros  misioneros  á  la  vela  el  dia  17  de  Julio 
de  1586. 

I  o.  Luego  que  dejaron  el  puerto,  echaron  de  ver  las 
incomodidades  que  habian  de  sufrir  en  el  viaje;  porque 
como  el  buque  no  estaba  preparado  para  conducir  á 
tantos  pasajeros,  lleno  como  estaba  de  efectos  mercan- 
tiles, apenas  tenía  sitio  para  su  tripulación.  Sin  embar- 


—   217   — 

go,  nuestros  fervorosos  misioneros  toleraban  con  santa 
resignación  estas  molestias,  y  aun  se  alegraban  en  su- 
frirlas, porque  las  miraban  dirigidas  al  glorioso  fin  de 
su  empresa.  Desde  el  primer  dia  arreglaron  el  método 
de  vida  que  habian  de  guardar  en  la  navegación;  se- 
ñalaron las  horas  más  acomodadas  para  el  rezo  y  ora- 
ción, y  determinaron  el  tiempo  necesario  para  el  estu- 
dio y  descanso  corporal.  Acomodaron  la  mesa,  com- 
puesta de  dos  largos  tablones,  encima  de  cubierta;  te- 
nían lectura  durante  la  comida,  y  observaban  el  más 
rígido  silencio,  según  las  constituciones  de  la  Orden. 
Toda  la  tripulación  miraba  con  asombro  la  regularidad 
y  ejemplo  de  aquella  comunidad  santa,  y  por  su  res- 
peto cesaron  bien  pronto  las  blasfemias  y  palabras  tor- 
pes, tan  frecuentes  entre  la  marinería.  En  las  pocas  ho- 
ras que  se  detuvieron  en  Canarias,  el  P.  Vicario  Ge- 
neral celebró  el  santo  sacrificio  de  la  misa  y  administro 
la  comunión  á  los  demás,  cuyo  acto,  ejecutado  con  de- 
voción y  modestia  religiosa,  edificó  á  todos  los  presen- 
tes. Antes  de  llegar  á  la  isla  de  Ocoa,  en  donde  el  ca- 
pitán determinó  hacer  aguada,  les  aconteció  un  lance 
que  los  puso  en  gran  consternación.  Al  preparar  los 
marineros  el  batel  para  saltar  á  tierra,  se  les  incendió 
el  alquitrán ,  y  la  llama  se  propagó  inmediatamente  al 
castillo  y  á  las  jarcias.  Este  suceso  inesperado  llenó  de 
un  pánico  terror  á  cuantos  iban  en  la  nave,  sin  saber 
qué  partido  habian  de  tomar  para  librarse  de  la  última 
ruina.  Afortunadamente  ocurrió  al  P.  Cobo  echar  una 
manta  mojada  encima  del  caldero,  con  cuya  diligencia 
cortó  la  llama,  y  los  demás  pudieron  fácilmente  acu- 
dir á  otras  partes,  y  apagar  el  fuego,  que  todavía  no  ha^ 


21 


bía  tomado  mucho  cuerpo.  Libres  del  peligro,  rindie- 
ron las  debidas  gracias  al  Señor,  y  no  pudieron  menos 
de  ponderar  la  grave  tribulación  en  que  se  habían  vis- 
to. En  esta  isla  hallaron  á  los  restantes  buques  de  la 
flota,  que  sin  duda  estaban  aguardando  á  esta  nave  re- 
zagada; cuya  circunstancia  no  permitió  á  los  religiosos 
lavar  su  ropa,  porque  luego  se  hicieron  á  la  vela  en 
prosecución  de  su  vfaje.  En  aquella  travesía  sufrieron 
recios  temporales,  que  pusieron  á  la  flota  en  el  mayor 
conflicto.  En  uno  de  ellos  la  nave  que  conduela  á  nues- 
tros misioneros  perdió  el  bauprés,  y  al  izar  la  vela  ma- 
yor, se  rompió  la  verga  y  mató  á  un  joven  pasajero, 
que  afortunadamente  se  habia  confesado  el  dia  ante- 
rior. Al  llegar  á  Vera-Cruz,  hallaron  faltar  el  navio, 
cuyos  oficiales  no  habían  querido  recibir  á  la  misión  en 
Cádiz,  habiendo  desaparecido  en  aquellos  temporales. 
Los  religiosos,  al  saber  la  triste  novedad,  adoraron  ren- 
didos las  disposiciones  de  la  divina  Providencia,  y  tri- 
butaron infinitas  gracias  al  Señor  por  haberse  dignado 
librarlos  de  la  muerte  por  unos  medios  tan  ajenos  de 
los  juicios  de  los  hombres. 

II.  Fondearon,  pues,  en  Vera-Cruz  el  dia  29  de 
Setiembre,  y  se  hospedaron  en  el  hospital,  por  no  ha- 
ber otro  lugar  más  acomodado  para  ellos  en  el  puerto. 
Allí  fueron  tratados  con  mucha  caridad  y  alegría  por 
sus  vecinos,  quienes  á  porfía  se  esmeraban  en  obse- 
quiar á  los  nuevos  misioneros.  Descansaron  en  este 
puerto  algunos  días,  sin  dejar  sus  acostumbrados  ejer- 
cicios, y  luego  emprendieron  el  viaje  para  Méjico.  En 
la  Puebla  de  los  Angeles  fueron  caritativamente  reci- 
bidos por  sus  hermanos  en  el  convento  de  la  Orden; 


219   — 

pero  como  no  habia  local  suficiente  para  todos  en  esta 
santa  casa,  el  provincial  los  repartió  en  otras  á  solici- 
tud de  sus  prelados.  Entonces  sucedió  que  los  que  se 
hablan  conservado  tan  robustos  entre  las  privaciones  y 
peligros  de  la  mar,  empezaron  á  enfermarse  y  decaer 
en  su  salud.  Murieron  tres  de  la  misión,  y  los  demás 
recuperaron  la  salud  con  el  cuidado  de  los  religiosos 
del  convento.  Restablecidos  ya  perfectamente,  prosi- 
guieron su  viaje  hasta  Méjico,  en  donde  fueron  asi- 
mismo recibidos  con  extraordinarias  demostraciones 
de  afecto,  particularmente  por  los  Padres  de  la  provin- 
cia de  Santiago,  quienes  miraban  como  hija  la  provin- 
cia que  iban  á  fundar  en  Filipinas.  También  allí  fueron 
repartidos  en  varios  conventos,  cuyos  prelados  tenian 
un  placer  especial  en  obsequiar  á  los  recien  llegados; 
pero  si  en  la  Puebla  hallaron  enfermedades  que  les  qui- 
taron la  salud,  en  Méjico  fueron  combatidos  contra  su 
vocación  y  llamamiento.  No  faltaban  en  esta  capital 
personas  que  hablan  vuelto  de  Manila,  las  cuales,  para 
cohonestar  su  inconstancia,  vilipendiaban  el  país  que 
hablan  abandonado,  y  ensalzaban  á  la  vez  las  propor- 
ciones y  ventajas  que  ofrecían  las  Américas.  A  estas 
voces  desconsoladoras  se  agregaban  las  noticias  que 
otros  descontentos  escribían  desde  las  islas  adonde  los 
nuestros  iban  á  fundar,  y  estas  voces  y  noticias,  confir- 
madas de  palabra  por  una  persona  grave  que  acababa 
de  llegar  de  Manila,  comprometieron  el  fervor  y  el 
ardiente  celo  de  los  fundadores  de  la  provincia  del 
Santísimo  Rosario. 

12.   La  escala  que  los  misioneros  destinados  para  las 
islas  Filipinas  solían  hacer  en  la  capital  del  Nuevo  Mun- 


220    

do  era  un  motivo  poderoso  para  que  muchos  desistie- 
sen de  la  prosecución  de  su  viaje.  Allí  solian  ponderar- 
les las  ventajas  de  la  tierra,  la  escasez  de  misioneros  y 
los  muchos  infieles  que  podian  convertir;  por  otra  par- 
te, las  molestias  sufridas  en  el  viaje  de  mar  y  tierra 
hasta  allí  solian  acobardarlos  cuando  reflexionaban 
que  sólo  estaban  en  la  mitad  de  la  carrera.  El  caso 
llegó  á  ser  de  tanta  trascendencia,  que  S.  M.  se  vio 
precisado  á  prohibir  por  repetidas  cédulas  que  los  re- 
ligiosos destinados  á  las  islas  Filipinas  se  quedasen  en 
las  provincias  de  Nueva  España.  Nuestros  venerables 
fundadores  tropezaron  con  este  mismo  escollo,  aunque 
es  diverso  el  modo  con  que  lo  refieren  diversos  histo- 
riadores. El  limo.  Aduarte  (lib.  i,  cap.  vi)  asegura 
«que  algunos  de  los  nuestros  se  desanimaron,  particu- 
larmente por  unas  persuasiones  de  una  persona  religio- 
sa que  habia  venido  de  Manila,  porque  contó  tales 
cosas  de  aquella  tierra,  que  algunos,  llamándose  á  en- 
gaño, juzgaron  por  pecado  proseguir  en  el  viaje,  ase- 
gurándolas que  les  sería  imposible  entrar  en  la  gran 
China  (como  algunos  deseaban),  y  que  en  Filipinas 
no  eran  necesarios  por  ser  muy  corta  la  tierra,  y  con- 
vertirse muy  pocos  de  sus  habitantes.))  Esta  persona 
religiosa  (no  era  de  nuestra  Orden),  que  nuestro  histo- 
riador no  designa,  se  halla  consignada  con  su  nombre 
y  apellido  en  la  historia  que  el  P.  Fr.  Antonio  Re- 
masal  escribió  de  Chiapa  y  Guatemala,  y  siendo  este 
historiador  contemporáneo  y  extraño  á  la  provincia  del 
Santísimo  Rosario,  merece  entera  fe  en  esta  parte,  y 
más  que  otro  autor  que  escribió  sobre  este  punto,  re- 
gido por  unos  manuscritos,  los  cuales  hacen  poco  fa- 


—  111  — 


vor  á  quien  trata  de  vindicar,  por  la  falta  de  exactitud 
en  las  palabras  que  pone  en  su  boca;  pues  dice  que  la 
persona  religiosa  de  quien  habla  el  Sr.  Aduarte,  en 
una  conferencia  que  tuvo  con  el  P.  Fr.  Juan  Volante 
en  Madrid,  decia  «que  baria  mucho  escrúpulo  y  aun 
engaño  si  dijese  que  S.  M.  haga  gasto  sin  provecho; 
porque  sé  muy  cierto,  aiíadia,  que  cuando  los  setenta 
frailes  fueron  de  aquí  con  mucha  costa  del  Rey,  y  lle- 
garon á  la  Nueva  Espaíia,  donde  hay  muchos  que 
vienen  de  Filipinas,  y  les  desengañan  de  la  verdad  de 
lo  que  allá  pasa,  y  es  muy  contrario  de  lo  que  V.  R. 
imagina,  se  han  de  hallar  muy  confusos,  y  los  cuerdos 
no  han  de  pasar  adelante,  y  S.  M.  allí  no  los  habia 
menester,  ni  de  ordinario  hacen  nada,  sino  quedarse 
en  los  conventos  de  entre  españoles,  y  volverse,  como 
yo  lo  he  visto  dos  veces  :  la  una  fueron  á  costa  de  S.  M. 
cuarenta  frailes  con  un  obispo,  y  ninguno  quiso  pasar 
á  Manila;  y  el  año  pasado  hallé  yo  á  otros  tantos  que 
hablan  ido  con  otro  religioso  su  comisario.»  Y  más 
adelante  supone  que  la  república  de  Manila  pedia  á 
S.  M.  que  les  hiciese  la  merced  que,  «estando  en  la 
estrechura  en  que  estaban,  no  les  cargase  de  nueva  re- 
ligión, sino  que  los  que  se  hubiesen  de  enviar  fuesen 
de  los  que  ya  tenian  allá  hecha  la  costa  de  conventos, 
y  que  los  que  fuesen,  en  ninguna  manera  saliesen  para 
China,  por  los  grandes  daños  que  esto  causaba  á  las 
mismas  islas  y  á  la  China.»  Dice  luego  en  los  capítu- 
los siguientes  que  «el  Sr.  obispo  Salazar  iba  acompa- 
ñado con  una  misión  de  cuarenta  religiosos,  y  que  nin- 
guno de  ellos  pasó  á  Filipinas,  ni  viajó  con  él  hasta 
Manila»;  no  pudiendo  ignorar  que  el  P.  Fr.  Cristúbul 


111 


de  Salvatierra  no  se  quedó  en  Nueva  España,  n¡  re- 
gresó á  la  Península;  que  la  misión  no  era  de  cuarenta, 
sino  de  solos  veinte,  y  que  no  se  quedaron  en  Méjico 
ni  se  negaron  á  ir  á  Filipinas,  sino  que  casi  todos  mu- 
rieron en  el  viaje;  que  mal  podia  pretextar  la  república 
de  Manila,  para  que  S.  M.  no  les  enviase  nueva  reli- 
gión, la  estrechura  en  que  estaba,  cuando  nada  de 
ella  exigian  los  religiosos  para  sus  iglesias  y  conventos, 
sino  tan  sólo  recibir  con  acción  de  gracias  lo  que  qui- 
sieran darles  de  limosna;  y  que,  por  fin,  la  ida  de  al- 
gunos á  China  ni  podia  ser  dañosa  á  este  imperio,  ni 
mucho  menos  á  las  islas  Filipinas.  Oigamos  ahora  al 
P.  Remasal. 

Este  ilustre  religioso,  en  el  lib.  1 1,  cap.  vii,  núme- 
ro 2  de  la  historia  citada,  habla  de  la  misión  que  de 
España  se  llevó  el  obispo  Salazar  en  estos  términos : 
«Pidió  licencia  para  llevar  allá  religiosos  de  la  Orden, 
y  diósela  para  veinte  que  escogió,  todos  moradores  del 
convento  de  Salamanca,  y  los  catorce,  hijos  de  la  casa, 
religiosos  ancianos,  y  los  que  no  lo  eran  tanto  como 
los  más  antiguos,  grandes  estudiantes  y  aventajados  en 
religión.  Dio  peste  en  el  navio  en  que  iban  estos  reli- 
giosos con  el  Obispo,  y  en  la  mar,  antes  de  llegar  á 

Méjico,  murieron  los  doce Viéndose  el  obispo  sin 

sus  religiosos,  y  que  de  todos  ellos  sólo  quedaron  vivos 
Fr.  Jerónimo  García  y  Fr.  Cristóbal  de  Salvatierra,  su 
compañero,  procuró  en  Méjico  otros  religiosos  v,  de  la 
misión  que  llevó  el  P.  Fr.  Juan  Crisóstomo,  que  es  lo 
que  el  P.  Sánchez  halló  en  Méjico. 

13.  Las  ordenaciones  de  que  habla  el  P.  Remasal, 
son  las  primordiales  de  la  provincia  del  Santísimo  Ro- 


—    223    — 

sario.  Las  compuso,  en  efecto,  el  P.  Vicario  General 
Fr.  Juan  de  Castro,  poco  después  de  haber  llegado  á 
Nueva  España,  con  el  consejo  y  parecer  de  los  padres 
más  graves  y  prudentes,  como  base  y  fundamento  del 
método  de  vida  que  habian  de  observar  los  hijos  de 
esta  apostólica  provincia  en  sus  ministerios  y  misiones. 
Después  de  una  exhortación  patética  y  elegante,  ro- 
bustecida con  textos  oportunos  de  la  Sagrada  Escritura, 
doctrina  de  los  Santos  Padres  y  ejemplos  de  la  historia 
eclesiástica,  se  hace  una  reseña  de  los  votos  religiosos, 
y  en  seguida  se  establecen  algunos  documentos  impor- 
tantes para  facilitar  la  observancia  necesaria  de  aqué- 
llos. Este  precioso  documento  está  animado  de  un  es- 
píritu verdaderamente  apostólico,  y  por  lo  mismo  no 
pudo  menos  de  merecer  la  aprobación  de  la  cabeza  de 
la  Orden.  Lleva  la  fecha  de  17  de  Diciembre  de  1586, 
y  lo  firmaron  los,  veinte  religiosos  que  se  ofrecieron  á 
pasar  á  Filipinas  (i). 

14.  Vencidos  ya  los  embarazos  que  en  Méjico  se 
opusieron  á  los  fundadores  de  la  provincia,  é  instando 
la  partida  de  los  buques  que  debian  conducirlos,  se 
juntaron  el  dia  de  San  Matías  de  1587,  les  hizo  el  Vi- 
cario General  una  plática  enérgica,  y  de  nuevo  se  ofre- 
cieron al  Señor  para  trasladarse  á  las  regiones  asiáticas, 
con  el  fin  de  propagar  su  sacrosanta  religión.  De  los 
veinte  misioneros  se  quedaron  por  entonces  dos  en 
Méjico  con  un  hermano  lego:  el  P.  Fr.  Juan  Cobo 


(1)  En  el  archivo  de  provincia  se  conserva  un  ejemplar,  firmado  de  puño 
y  Ierra  del  V.  P.  Fr.  Juan  de  Castro.  Fueron  aprobadas  por  el  Rmo.  P.  maes- 
tro Fr.  Juan  B.  ile  Mariiiis,  en  4  de  Agosto  de  1668,  por  su  autoridad,  y 
por  autorid:id  especial  apostólica  que  tenía  para  ello. 


—    214   — 

para  la  expedición  de  algunos  negocios  importantes  re- 
lativos á  la  misión,  y  el  P.  Fr.  Juan  Crisóstomo  por 
enfermo.  De  los  restantes  diez  y  ocho,  tres  fueron  des- 
tinados á  Macao  para  fundar  en  este  puerto  un  con- 
vento que  sirviese  de  escala  para  los  misioneros  que 
habian  de  pasar  á  predicar  el  evangelio  en  China,  y 
los  quince  debian  embarcarse  para  las  islas  Filipinas. 
Despidiéronse  por  fin  de  sus  caritativos  bienhechores, 
les  dieron  afectuosas  gracias  por  las  finezas  que  de  ellos 
habian  recibido  durante  su  mansión  en  aquella  capital, 
y  luego  se  pusieron  en  camino  para  el  puerto  de  Aca- 
pulco,  en  donde  habia  un  galeón  y  un  patache  dis- 
puestos á  salir,  éste  para  Macao,  y  aquél  para  Manila. 
Los  misioneros  que  fueron  encargados  de  la  espinosa 
comisión  de  fundar  convento  en  Macao,  eran  los  pa- 
dres Fr.  Antonio  de  Arcediano,  Fr.  Alonso  Delgado 
y  Fr.  Bartolomé  López,  cuyos  hechos  y  trabajos  voy 
á  referir  concisamente. 

15.  El  dia  3  de  Abril  se  hicieron  á  la  vela  en  el 
patache  Sa?2  Martin ,  confiado  al  capitán  D.  Lope  de 
Palacios.  Su  viaje  fué  tranquilo  hasta  las  costas  de  Chi- 
na; mas  aquí  les  asaltó  un  furioso  temporal  que  los  ar- 
rojó sobre  la  playa,  en  donde  se  hizo  pedazos  el  pata- 
che y  se  perdió  el  cargamento.  La  gente  se  salvó  como 
por  milagro ,  y  los  religiosos  fueron  recibidos  con  mu- 
cha humanidad  en  casa  de  un  chino  principal,  que  los 
trató  con  mucho  afecto  y  confianza.  En  una  sala  es- 
paciosa levantaron  un  altar,  y  ofrecieron  al  Señor  el 
incruento  sacrificio  del  Cordero  sin  mancilla.  El  infiel 
no  cesaba  de  admirar  las  augustas  ceremonias  de  nues- 
tra sagrada  religión  y  santidad  de  vida  de  sus  huéspe- 


des.  Fiados  estos  en  las  buenas  disposiciones  que  mos- 
traba su  bienhechor,  le  propusieron  que,  si  le  parecia 
bien,  se  quedarían  en  su  casa  con  el  fin  de  predicar  la 
religión  del  Dios  del  cielo,  y  dar  noticia  de  su  santa  é 
inmaculada  ley  á  los  naturales  del  país;  mas  el  infiel, 
no  atreviéndose  á  conceder  lo  que  pedian,  les  contestó 
que  gustoso  accedería  á  sus  deseos  si  el  Virey  de  la 
provincia  les  otorgase  su  permiso,  y  que  haria  las  dili- 
gencias necesarias  para  obtenerlo;  pero  que  entre  tanto 
podrían  trasladarse  á  Macao  con  los  demás  compañe- 
ros de  viaje,  y  allí  les  daria  cuenta  del  resultado.  Así 
salieron  nuestros  religiosos  de  aquella  tierra,  dejando 
acreditada  nuestra  sacrosanta  religión,  pero  al  mismo 
tiempo  engañados. 

1 6.  En  Macao  fueron  recibidos  y  consolados  por 
los  PP.  Agustinos,  que  ya  tenian  casa  en  este  puerto; 
pero  tan  luego  como  las  autoridades  tuvieron  noticia 
de  su  llegada  y  proyecto  que  llevaban,  empezaron  á 
temerlos,  dando  cabida  á  los  recelos  que  siempre  tu- 
vieron los  portugueses  de  los  castellanos.  Celebraron 
al  efecto  varias  juntas,  en  las  cuales  los  pareceres  fue- 
ron varios :  los  más  exaltados  opinaban  que  convenia 
echar  cuanto  antes  á  los  recien  llegados  de  4a  ciudad, 
porque  tras  los  religiosos,  decian,  vendrán  los  seglares 
y  nos  quitarán  el  puerto,  ó  su  comercio.  La  mayoría, 
sin  embargo,  adoptó  la  medida  de  que  podian  fundar 
convento  en  hora  buena;  pero  que  debian  atenerse  á  la 
disposición  que  tomase  el  Virey  de  la  India,  á  quien 
se  daria  cuenta  en  la  primera  ocasión.  Con  esta  preca- 
ria garantía  fundaron  nuestros  religiosos  un  convento, 
bajo  la  invocación  de  Nuestra  Señora  del  Rosario,   en 

TOMO    I.  15. 


—    126   — 

el  solar  de  unas  casas  que  habían  sido  del  Provisor  del 
obispado,  el  cual  les  hizo  donación,  con  la  carga  de 
celebrar  por  su  intención  las  tres  misas  de  Navidad. 
Levantada  una  iglesia  con  la  decencia  que  las  circuns- 
tancias permitían,  empezaron  á  ejercer  su  ministe- 
rio, predicando  al  pueblo  con  frecuencia,  y  sus  sermo- 
nes eran  oidos  con  gusto  de  aquellos  cristianos,  quie- 
nes no  cesaban  de  alabar  á  Dios  por  haberles  enviado 
tan  santos  misioneros.  Los  informes  que  los  portugue- 
ses de  Macao  enviaron  al  Virey  no  serian  sin  duda  fa- 
vorables á  nuestros  religiosos,  por  la  simple  circuns- 
tancia de  ser  castellanos,  á  pesar  de  que  todos  obede- 
cían á  un  mismo  soberano,  pues  aquel  jefe  desaprobó 
la  nueva  fundación,  y  dispuso  que  los  religiosos  fuesen 
enviados  cuanto  antes  á  la  metrópoli  de  Goa,  cuya 
orden  fué  ejecutada  sin  pérdida  de  tiempo,  con  senti- 
miento de  nuestros  misioneros  y  lágrimas  del  pueblo 
fiel,  que  les  había  cobrado  un  singular  afecto.  Los  re- 
ligiosos portugueses  de  la  Orden  que  luego  fueron  á 
Macao,  se  apoderaron  del  convento  que  los  hijos  de 
la  provincia  del  Santísimo  Rosario  fundaron,  y  sin  em- 
bargo de  haber  sido  declarado  el  derecho  de  los  nues- 
tros, y  decretada  su  devolución  por  varios  capítulos 
generales  de  la  Orden,  hasta  hoy  no  se  ha  verificado, 
porque  el  gobierno  portugués  siempre  se  ha  opuesto  á 
la  entrega. 

17.  En  Goa,  á  pesar  de  las  preocupaciones  del  Vi- 
rey,  nuestros  misioneros  de  Macao  fueron  tratados 
como  nacionales,  y  su  virtud  y  talento  merecieron  muy 
pronto  la  confianza  de  ambas  autoridades.  El  P.  Ar- 
cediano, teólogo  muy  hábil  y  perito,  aprovechando  el 


—  i27  — ■ 

favor  que  le  dispensaban  el  Arzobispo  y  el  Virey,  em- 
prendió la  fundación  de  un  colegio  para  los  religiosos 
de  la  Orden,  bajo  la  invocación  del  Angélico  Doctor, 
que  después  ha  sido  el  consuelo  del  estado  eclesiástico 
de  aquellas  posesiones.  En  él  explicó  con  mucho  aplau- 
so los  seis  años  que  permaneció  en  esta  capital,  siendo 
el  oráculo  á  quien  todos  consultaban.  Desde  allí  envió 
á  la  corte  á  los  PP.  Delgado  y  López,  sus  compañe- 
ros, con  el  fin  de  negociar  la  devolución  del  convento 
é  iglesia  de  Macao,  cuyo  asunto  lo  detenia  únicamen- 
te en  la  capital  de  la  India  portuguesa;  pero  nada  de 
cuanto  alcanzaron  en  su  favor  llegó  á  efectuarse.  Can- 
sado el  P.  Arcediano  de  esperar,  y  llegando  á  deses- 
perar del  buen  éxito  de  sus  deseos,  trató  de  retirarse  á 
su  convento  para  terminar  en  él  pacíficamente  la  car- 
rera de  la  vida.  Mas  allí,  sin  pensarlo  ni  pretenderlo, 
fué  nombrado  lector  de  teología,  y  al  fin  murió  en 
Santo  Tomas  de  Ávila  en  i  599,  en  cuyo  tiempo  falle- 
ció también  en  el  convento  de  Atocha  el  P.  Fr.  Bar- 
tolomé López.  El  P.  Fr.  Alonso  Delgado  no  cesó  de 
trabajar  por  la  provincia  á  que  pertenecia;  porque  des- 
pués de  haber  insistido  en  su  demanda,  concluido  el 
capítulo  general  celebrado  en  Venecia  en  1593,  re- 
unió en  la  Península  una  misión  de  veinte  y  cuatro 
reHgiosos,  que  condujo  hasta  Méjico,  en  donde  pasó  á 
mejor  vida,  como  en  su  lugar  veremos. 

18.  Si  los  tres  misioneros  que  fueron  á  Macao  pa- 
saron trabajos  peligrosos  al  fin  de  su  viaje,  los  quince 
que  se  embarcaron  con  dirección  á  las  islas  Filipinas 
los  tuvieron  que  sufrir  mucho  mayores  desde  que  se 
hicieron  á  la  vela.  El  6  de  Abril  del  dicho  año   1587 


—   128   — 

dejaron  el  puerto  de  Acapulco,  estación  demasiado 
adelantada  para  navegar  por  aquellos  mares.  A  los  po- 
cos dias  se  les  maleó  el  rancho,  y  tuvieron  que  pasar 
el  viaje  con  solas  habas  y  garbanzos.  Pero  no  sentían 
nuestros  misioneros  estas  privaciones,  porque  al  fin  eran 
comunes,  y  muy  análogas  al  espíritu  de  mortificación 
y  penitencia  que  habian  profesado.  Lo  que  más  afligia 
á  sus  corazones  piadosos  eran  las  discordias  y  disensio- 
nes que  luego  se  suscitaron  entre  los  magnates  del  na- 
vio; estaban  en  continuas  alarmas,  y  traian  dividida  la 
tripulación,  sin  que  ni  los  ruegos,  ni  las  exhortaciones, 
ni  las  lágrimas  de  nuestros  venerables  misioneros  fue- 
sen capaces  de  mover  la  voluntad  de  aquellos  tercos  é 
imprudentes.  Algunas  veces  se  les  vio  fortificados,  los 
unos  en  el  castillo  de  popa  y  los  otros  en  el  de  proa, 
dispuestos  á  batirse  con  las  armas,  como  enemigos  ir- 
reconciliables. En  fin,  aquel  viaje  llevaba  todas  las  tra- 
zas de  ser  tan  desgraciado  como  el  del  galeón  San  Je- 
rónimo, en  donde  fueron  asesinados  los  Pericones,  y 
sucedieron  las  escenas  desastrosas  de  que  hablan  las 
historias  de  Filipinas.  Desesperanzados  nuestros  misio- 
neros de  lograr  la  paz  con  sus  palabras,  acudieron  con 
sus  oraciones  al  Señor,  del  cual  al  fin  fueron  oidos  en  su 
misericordia;  porque,  mediante  su  auxilio  poderoso,  re- 
conciliáronse los  ánimos,  y  se  restableció  la  buena  cor- 
respondencia en  el  navio.  Todos  conocieron  la  eficacia 
de  la  oración,  que  habia  obrado  esta  especie  de  prodi- 
gio, y  los  mismos  seglares  no  dudaban  confesarla,  atri- 
buyéndola á  la  virtud  de  nuestros  venerables  misioneros. 
19.  En  el  archipiélago  filipino  les  sobrevino  de  im- 
proviso una  tormenta  furiosa  que  los  colocó  en  los  úl- 


—   llg  — 

timos  apuros,  no  tanto  por  la  violencia  de  los  vientos, 
cuanto  por  la  situación  peligrosa  del  lugar.  Las  innu- 
merables islas  de  este  mismo  archipiélago,  las  corrien- 
tes encontradas  y  el  peligro  de  caer  en  manos  de  los 
bárbaros,  eran  motivos  muy  fundados  para  temer  un  fin 
funesto,  aunque  se  libraron  de  ser  sepultados  en  el  pro- 
fundo de  las  aguas.  Mucho  tiempo  les  duró  la  incerti- 
dumbre  de  salvarse,  caminando  el  navio  hacia  su  rui- 
na, sin  que  el  tiempo  mejorase.  Perdieron  los  maste- 
leros el  palo  de  mesana,  la  vela  de  trinquete  y  otras, 
quedándoles  tan  sólo  la  mayor,  con  la  cual  apenas  el 
timón  podia  gobernar.  Cuando  vieron  que  el  naufragio 
era  ya  inevitable,  toda  la  gente  del  navio,  religiosos, 
españoles,  capitán  y  marineros,  acudieron  al  Señor,  de 
quien  sólo  esperaban  el  remedio,  prometiéndole  hacer 
una  procesión  de  disciplina  si  los  llevaba  á  puerto  de 
salvamento.  No  era  posible  que  Dios  se  hiciese  sordo 
á  los  ruegos  de  sus  siervos,  y  á  los  de  tantos  hombres 
atribulados;  cesó,  pues,  el  temporal,  las  olas  se  apaci- 
guaron, y  el  dia  siguiente  (21  de  Julio)  entraron  en 
la  bahía  de  Manila  y  fondearon  en  el  puerto  de  Ca- 
vite  (i).  Con  este  último  trabajo  parece  que  el  Señor 
quiso  acabar  de  purificar  el  celo  de  aquellos  venerables 
misioneros,  y  castigar  los  muchos  pecados  que  en  la 
navegación  se  habian  cometido;  pues  todos  entraron 
en  el  puerto  compungidos,  olvidando  las  discordias 
pasadas,  y  muy  obligados  á  las  misericordias  de  Dios, 
por  quien  se  reconocian  salvados  del  naufragio. 


(i)  Por  esto  fué  elegida  Santa  María  Magdalena  por  patrona  de  esta  pro- 
vincia. 


—  230  — 

20.  El  Sr.  Obispo,  luego  que  supo  la  llegada  de 
nuestros  misioneros,  mandó  á  Cavite  á  un  sobrino  que 
tenía,  para  darles  la  bienvenida  en  su  nombre  y  con- 
ducirlos cuanto  antes  á  Manila;  lo  que  verificaron  el 
dia  del  apóstol  Santiago  de  1587.  El  recibimiento  que 
se  les  hizo  en  la  ciudad  fué  imponente :  el  gobernador 
y  capitán  general  D.  Santiago  de  Vera,  con  lo  más  no- 
ble y  lucido  de  la  plaza,  los  acompaííó  desde  la  puerta 
hasta  la  iglesia  mayor,  en  donde  el  Obispo  con  el  cle- 
ro y  sagradas  religiones  los  estaba  aguardando  para  dar- 
les su  pastoral  bendición.  Al  tender  la  vista  el  Prelado 
sobre  sus  hermanos,  y  al  ver  á  este  precioso  coro  de 
venerables  misioneros,  no  pudo  reprimir  los  afectos  de 
su  enternecido  corazón,  derramando  copiosas  lágrimas 
de  gozo.  Llévalos  después  á  su  palacio;  y  dando  en  se- 
guida lugar  al  desahogo,  mientras  los  abrazaba  amo- 
rosamente, les  decia :  «¿í^s  posible  que  mis  ojos  hayan 
llegado  á  ver  en  estos  países  tan  remotos  á  los  hijos  de 
mi  Santo  Patriarca?  ¡Bendito  sea  Dios,  que  así  se  ha 
dignado  consolarme!  ¡Ya  por  fin  tengo  en  mi  casa  á 
mis  hermanos,  por  quienes  tanto  habia  suspirado!»  Así 
hablaba  aquel  prelado  virtuoso,  colocado  en  medio  de 
los  fundadores  de  la  provincia  del  Santísimo  Rosario, 
de  quienes  se  constituyó  desde  entonces  su  más  deci- 
dido protector.  Luego  fueron  felicitados  de  las  demás 
autoridades,  de  las  órdenes  religiosas  que  habia  en  la 
ciudad,  del  clero  y  españoles,  mostrando  todos  con  sus 
palabras  y  afectos  cuan  distantes  estaban  de  pensar  lo 
que  les  habia  atribuido  el  P.  Alonso  Sánchez. 

2 1 .  En  el  palacio  quedaron  hospedados  hasta  la  fiesta 
de  nuestro  Santo  Patriarca,  regalados  del  Obispo  se- 


—    231    — 

gun  le  permitía  su  pobreza,  y  con  el  afecto  que  se  deja 
entender.  Para  celebrar  aquella  fiesta  por  la  primera 
vez  en  Filipinas,  suplicaron  al  Prelado  les  cediese  la 
iglesia  catedral,  y  les  permitiese  defender  algunas  con- 
clusiones, análogas  al  ministerio  apostólico  á  que  de- 
bian  dedicarse.  Nada  más  conforme  á  sus  inclinaciones 
y  deseos,  y  en  su  consecuencia  la  fiesta  se  celebró  con 
la  mayor  solemnidad.  Por  la  tarde  del  mismo  dia  el 
P.  Fr.  Miguel  de  Benavides  presidió  el  ejercicio  lite- 
rario que  sustentó  el  P.  Fr.  Pedro  de  Soto,  quien  mos- 
tró en  esta  ocasión,  con  sus  sabias  y  eruditas  soluciones, 
que  habia  en  Filipinas  quien  podia  defender  con  digni- 
dad la  verdad  y  pureza  de  nuestra  santa  fe.  No  tuvieron 
nuestros  venerables  fundadores  este  acto  literario  para 
ostentar  erudición,  sino  para  dar  á  entender  que,  sin 
embargo  de  ser  los  indios  á  quienes  debian  enseiiar, 
gente  ignorante  entonces  y  de  cortos  alcances,  no  de- 
bian olvidar  las  letras  ni  menospreciar  la  sabiduría,  por- 
que sabian  que  cuanto  más  rudo  es  el  discípulo,  mayor 
habilidad  se  requiere  en  el  maestro  que  lo  ha  de  ins- 
truir. Era  ademas  esta  práctica  muy  conforme  á  las 
costumbres  de  aquellos  tiempos,  en  que  tanto  florecia 
el  estudio  de  las  sagradas  letras. 


—    232    — 


CAPÍTULO  II. 

Los  fundadores  de  la  provincia  se  trasladan  al  convento  de  N.  P.  San  Fran- 
cisco, en  donde  son  tratados  con  mucha  caridad.  —  El  Vicario  General  los 
destina  á  las  misiones.  —  Fundación  del  convento  de  N.  P.  Santo  Domingo 
de  Manila,  y  circunstancias  extraordinarias  que  mediaron  al  efecto.  —  Prii 
meras  provincias  donde  se  han  establecido  nuestros  celosos  misioneros. — 
Preocupaciones  supersticiosas  en  la  provincia  de  Bataan.  —  Su  desaparición 
y  su  remedio.  —  Frutos  de  nuestros  religiosos  en  esta  capital.  —  Se  reedifica 
la  iglesia  varias  veces. — Limosnas  para  este  objeto.  —  Imagen  milagrosa  de 
nuestra  Sefíora  del  Rosario.  —  Conversión  de  su  escultor.  —  Devoción  ex- 
traordinaria de  los  fieles  hacia  ella. — Milagro  con  que  alargó  la  vida  á  un 
devoto.  —  Prodigios  que  obra  hasta  hoy  por  su  vestido. 

22.  Celebrada  la  fiesta  de  nuestro  Santo  Patriarca, 
trataron  los  fundadores  de  la  provincia  de  hospedarse 
en  otra  parte  hasta  que  tuviesen  casa  propia,  porque  no 
les  parecia  bien  molestar  por  más  tiempo  al  Prelado, 
en  cuyo  palacio  no  podian  estar  con  desahogo,  por  no 
haber  en  él  capacidad  suficiente,  ni  poderse  practicar 
los  ejercicios  religiosos  con  el  recogimiento  y  libertad 
que  convenia.  Los  PP.  Franciscanos,  sus  hermanos,  les 
cedieron  muy  gustosos  una  parte  del  convento,  en  don- 
de los  trataron  con  amor  y  caridad.  Era  á  la  sazón  cus- 
todio de  la  provincia  de  San  Gregorio  el  B.  P.  Fr.  Pe- 
dro Bautista  ( i ) ,  que  después  padeció  martirio  glorio- 
so en  el  Japón,  y  guardián  de  la  casa  el  V.  P.  Fr.  Vi- 
cente Valero,  religioso  adornado  de  aquellas  virtudes 
que  hacen  á  los  santos  amables  á  Dios  y  á  los  hom- 
bres. Bajo  el  amparo  de  tan  grandes  prelados  es  de.su- 
poner  que  nuestros  religiosos  no  echarían  de  menos  el 
afecto  y  el  cariño  corf  que  les  habia  tratado  el  Obispo. 


(i)  Está  ya  canonizado. 


—  ^33  — 

Poco  después  trató  el  P.  Vicario  General  de  repar- 
tir á  sus  hermanos  en  los  ministerios  que  les  habia  de- 
signado el  Prelado.  Entonces  los  españoles  ya  tenian  en 
obediencia  á  la  mayor  y  mejor  parte  de  las  islas.  Los 
pueblos  más  civilizados  reconocian  el  gobierno  de  Su 
Majestad,  y  los  encomenderos  les  cobraban  el  tributo. 
Sólo  faltaban  obreros  para  desmontar  las  malezas  de  la 
gentilidad,  y  suavizar  las  costumbres  de  los  muchos  in- 
dios que,  diseminados  en  sus  bosques,  sólo  obedecían 
por  temor,  sublevándose  con  el  menor  pretexto.  Las 
provincias  más  cercanas  de  Manila  estaban  entregadas 
al  cuidado  de  los  religiosos  Agustinos  y  Franciscanos, 
sin  dejar  por  esto  de  acudir  á  otras  más  remotas.  Con 
sus  apostólicos  esfuerzos  no  dejaba  de  adelantar  la  obra 
del  Señor,  pero  con  aquella  lentitud  que  les  permitía 
el  corto  número  de  individuos  que  contaban  entrambas 
religiones.  Eran  éstos  tan  escasos,  que  según  asegura 
el  P.  Mansilla  (autor  contemporáneo  que  trabajó  en 
las  islas  Filipinas)  en  el  cap.  lv  del  libro  que  compuso 
sobre  la  propagación  del  Evangelio  en  estas  partes,  ci- 
tado por  el  P.  Remasal,  lib.  ii,  cap.  vii,  núm.  7  de 
su  historia,  «los  PP.  Agustinos  eran  siete  u  ocho,  los 
Franciscanos  descalzos  doce  ó  catorce,  y  los  PP.  de  la 
Compañía  dos  sacerdotes  y  un  lego.» 

Era  natural  que  los  primeros  misioneros  procurasen 
convertir  á  la  fe  aquellos  indios  que  habitaban  en  pue- 
blos ya  formados,  y  que  menos  repugnancia  mostra- 
ban en  recibirla;  de  suerte  que,  si  bien  podia  de  al- 
gún modo  afirmarse  que  el  santo  Evangelio  habia  sido 
predicado  en  todas  las  provincias  de  las  islas,  habia, 
no  obstante  en  casi  todas  ellas  muchos  pueblos  y  par- 


—  234  — 
tidos  de  una  extensión  inmensa,  cuyos  habitantes  no 
habian  aún  oido  la  palabra  de  salud.  Pangasinan  y  Ca- 
gayan,  y  aun  el  partido  de  Bataan,  que  fueron  el  tea- 
tro en  donde  nuestros  primeros  misioneros  ejercieron 
su  ardiente  celo,  podian  contarse  entre  ellas.  En  Ba- 
taan, que  á  la  sazón  era  un- partido  gobernado  por  el 
alcalde  mayor  de  la  Pampanga,  aunque  á  la  llegada 
de  nuestros  religiosos  habian  entrado  para  predicar  la 
fe  algunos  PP.  Agustinos,  Franciscanos  y  aun  Cléri- 
gos, estaba  la  reducción  tan  imperfecta,  que  apenas  se 
habia  organizado  su  evangelizacion.  En  Pangasinan  es- 
taban sus  vecinos  todavía  más  lejanos  de  la  fe,  no  tanto 
por  la  falta  de  ministros  que  se  la  predicasen,  cuanto 
por  la  resistencia  que  la  oponian  con  la  mayor  tenacidad. 
Desde  la  expedición  que  hizo  D.  Juan  de  Salcedo  por 
las  provincias  del  Norte  de  la  isla  en  1 572,  hasta  la  en- 
trada de  nuestros  misioneros,  habian  sido  visitados  por 
algunos  religiosos  Franciscanos,  Clérigos  y  Agustinos; 
pero  las  ventajas  que  habian  obtenido  entre  ellos  eran 
de  tan  poca  importancia,  que  los  últimos  en  1587  sólo 
adoctrinaban  el  pueblo  de  Lingayen,  á  la  sombra  de 
los  españoles  que  residian  en  el  presidio  de  esta  cabe- 
cera. El  Sr.  Obispo  no  ignoraba  la  mucha  población 
que  en  esta  provincia  existia,  sujeta  casi  toda  al  Go- 
bierno y  no  podia  desentenderse  de  procurar  su  con- 
versión luego  que  tuvo  á  su  disposición  misioneros 
animosos  que  se  le  ofrecieron.  Hé  aquí  por  qué  Panga- 
sinan y  Bataan  fueron  los  partidos  que  se  confiaron  á  la 
provincia  del  Santísimo  Rosario,  luego  que  llegaron  sus 
primeros  fundadores  á  Manila:  de  la  misma  suerte  se  le 
confió  poco  después  la  extensa  provincia  de  Cagayan. 


—  ^3S  — 

23.  Designadas  las  provincias  que  nuestros  misio- 
neros debian  reducir  á  la  verdadera  religión,  los  juntó 
el  P.  Vicario  General,  y  les  encargó  que  encomenda- 
sen al  Señor  el  acierto  de  la  elección  que  pensaba  ha- 
cer de  ellos,  para  destinarlos  al  ministerio  apostólico. 
Después  de  esta  diligencia  les  hizo  una  plática  muy 
fervorosa,  los  animó  á  la  empresa,  y  en  seguida  nom- 
bró á  los  sujetos  que  habían  de  pasar  á  Pangasinan  y 
á  Bataan.  A  ésta  destinó  al  P.  Fr.  Juan  Ormaza  de 
Santo  Tomas,  con  los  PP.  Fr.  Alonso  Ximenez,  fray 
Pedro  Bolaños  y  Fr.  Domingo  de  Nieva,  que  todavía 
era  diácono.  A  Pangasinan  envió  al  P.  Fr.  Bernardo 
Navarro  de  Santa  Catalina,  con  los  PP.  Fr.  Gregorio 
de  Ochoa,  Fr.  Juan  de  Castro,  su  sobrino,  Fr.  Pedro 
de  Soto,  Fr.  Marcos  de  San  Antonino  y  Fr.  Juan  de 
la  Cruz,  quedándose  él  en  Manila  con  los  PP.  fray 
Miguel  de  Benavides,  Fr.  Diego  de  Soria,  Fr.  Juan 
Maldonado  y  el  hermano  Fr.  Pedro  Rodríguez.  Estos 
quince  campeones  de  la  gracia  fueron  los  que  dieron 
principio  á  la  provincia  del  Santísimo  Rosa?'¿o  en  Fili- 
pinas, empezando  los  unos  las  tareas  apostólicas  entre 
indios,  y  los  otros  trabajando  en  el  ministerio  de  las 
almas  en  la  capital,  edificando  á  la  vez  el  convento 
principal  y  su  iglesia. 

24.  En  Setiembre  del  mismo  año  en  que  nuestros 
religiosos  llegaron  á  Manila,  tomaron  posesión  de  los 
campos  espinosos  en  donde  debian  trabajar,  y  en  el 
mismo  tiempo  el  P.  Vicario  General  y  compañeros  se 
ocupaban  en  las  obras  indicadas.  Pero  ¿con  qué  medios 
cuentan  estos  venerables  para  realizarlas?  Ellos  no  po- 
seen rentas,  y  han  formado  el  plan  de  no  tenerlas  á 


—  136  — 

no  exigirlo  así  la  necesidad.  Con  los  indios  no  tienen 
que  contar,  y  los  españoles  son  todavía  pocos,  y  éstos 
afanados  en  reunir  una  fortuna  que  les  asegure  su  fu- 
turo bienestar.  Pero  los  que  todo  lo  han  abandonado 
por  amor  á  Jesucristo,  se  han  entregado  al  mismo 
tiempo  á  la  divina  Providencia,  y  no  dudan  que  el 
Señor  es  su  herencia.  En  efecto,  al  principio  sólo  con- 
taban con  la  caridad  del  señor  Obispo,  cuyas  rentas 
eran  tan  escasas,  que  con  ellas  no  podia  socorrer  á  sus 
hermanos  como  deseaba.  Mas  luego  tuvieron  tantos 
bienhechores,  que  nunca  les  faltaron  los  auxilios  nece- 
sarios para  llevar  á  cabo  las  costosas  obras  que  se  vie- 
ron precisados  á  edificar.  La  mayor  dificultad  que  para 
la  erección  de  iglesia  y  convento  se  les  ofreció,  era  la 
falta  de  solar  en  donde  pudiesen  cimentarlos.  En  Ma- 
nila habia  á  la  sazón  poco  terreno,  y  aun  éste  ya  es- 
taba ocupado  por  los  conventos  é  iglesias  de  las  otras 
religiones,  cuarteles,  oficinas  y  casas  de  españoles.  Sólo 
se  veian  en  su  contorno  algunas  lagunas  y  sitios  pan- 
tanosos que  cubria  la  marea,  y  se  inundaban  con  las 
avenidas  del  caudaloso  Pasig.  Esto  era  lo  que  más  afli- 
gia  por  entonces  al  Obispo,  que  deseaba  con  más  ansia 
que  nuestros  religiosos  el  dar  principio  cuanto  antes  á 
las  obras  proyectadas.  Sin  embargo,  no  por  esto  se  des- 
animó el  limo.  Prelado,  pues  hablando  en  una  ocasión 
con  el  P.  Vicario  General  le  dijo :  « Consulte  V.  R.  el 
negocio  con  Dios,  y  yo  haré  lo  mismo;  y  no  dude 
que  su  divina  Majestad  nos  dará  medios  para  efectuar 
las  obras  que  deseamos  levantar.»  El  mismo  dia,  como 
si  ya  hubiese  obtenido  del  Señor  lo  que  le  habia  supli- 
cado, salió  de  su  oratorio  muy  de  noche,  y  dijo  al  ma- 


—  m  — 

yordomo  de  palacio  que  buscase  trescientos  pesos  para 
comprar  un  pedazo  de  terreno,  en  donde  se  habian  de 
edificar  la  iglesia  y  convento  para  sus  hermanos;  pues 
esa  cantidad  era  la  que  su  dueño  queria  se  le  diese.  El 
mayordomo,  que  siempre  andaba  alcanzado,  pues  ape- 
nas recibía  el  tercio  de  la  renta  del  Obispo  cuando  se 
veia  precisado  á  repartirla  á  los  pobres,  le  dijo  llana- 
mente que  ni  tenía  ni  sabía  de  donde  debia  sacar  aquel 
dinero.  No  se  alteró  por  esto  el  Prelado,  pues  luego 
halló  la  suma  indicada  sin  que  se  supiese  de  dónde  la 
habia  sacado,  y  volviendo  entonces  á  llamar  al  mayor- 
domo, se  la  entregó,  diciéndole  que  fuese  á  verse  con 
D.  Gaspar  de  la  Isla,  y  le  comprase  el  terreno  que  es- 
taba terraplenando  en  la  orilla  del  rio  por  aquel  dinero. 
Nadie  tenía  por  bueno  este  sitio  para  levantar  en  él  los 
edificios  proyectados.  El  Obispo,  sin  embargo,  con  la 
mayor  seguridad  lo  adquirió  con  este  fin,  y  el  dia  si- 
guiente encargó  al  citado  mayordomo  y  capellán  que 
con  una  cruz ,  estola  y  agua  bendita  fuesen  á  bende- 
cirlo y  tomar  posesión  de  él  en  su  nombre;  lo  que  ve- 
rificaron el  dia  1 6  de  Agosto  de  1587,  embarcados  en 
canoa,  y  en  seguida  lo  donó  á  nuestros  religiosos  para 
los  fines  indicados. 

Desde  luego  se  dio  principio  á  las  obras  verdadera- 
mente colosales  en  aquel  tiempo,  y  se  trabajó  en  ellas 
con  tanta  rapidez,  que  el  dia  i.°  de  Enero  del  año  si- 
guiente de  1588  ya  estaban  concluidas.  Entonces  se 
pasó  á  bendecirlas;  se  les  dio  por  patrón  y  titular  á 
nuestro  P.  Santo  Domingo,  y  luego  las  ocuparon  nues- 
tros religiosos,  después  de  haberse  despedido  de  los 
PP.  Franciscanos,  y  agradecido  la  caridad  con  que  los 


—  238  — 

hablan  tratado  hasta  entonces.  El  primer  superior  de 
esta  casa,  á  quien  se  dio  entonces  el  nombre  de  Vica- 
rio solamente,  fué  el  P.  Fr.  Diego  de  Soria,  sujeto  el 
más  digno  para  cimentar  la  observancia  regular  en  un 
convento  que  habia  de  ser  la  norma  y  el  modelo  de 
penitencia  en  un  país  tan  relajado.  Los  vecinos  de  Ma- 
nila se  aficionaron  desde  luego  á  nuestros  religiosos  de 
una  manera  particular;  frecuentaban  su  iglesia,  y  los 
socorrían  con  tal  generosidad,  que  en  mucho  tiempo 
no  hubo  cocina  abierta  en  el  convento.  En  estos  actos 
de  beneficencia  y  caridad  se  distinguió  el  capitán  don 
Francisco  Rodriguez,  con  cuyo  socorro  contaban  dia- 
riamente nuestros  religiosos  del  convento;  pero  tam- 
bién el  Señor,  complacido  de  la  misericordia  que  usa- 
ba con  sus  siervos,  la  usó  con  el,  dándole  fruto  de 
bendición  de  que  habia  carecido  en  diez  años  que  lle- 
vaba de  casado;  lo  que  tanto  él  como  su  consorte  ha- 
blan deseado  en  gran  manera;  y  después,  reconocidos, 
no  dudaban  afirmar  que  hablan  obtenido  este  beneficio 
por  la  liberalidad  con  que  hablan  socorrido  á  los  pa- 
dres del  convento.  También  fueron  especiales  bien- 
hechores de  esta  santa  casa  doña  Ana  de  Vera,  con- 
sorte del  maestre  de  campo  D.  Pedro  Chaves,  doña 
María  de  Céspedes,  doña  María  Pérez,  el  capitán  Cas- 
tillo y  otros  que  no  nombra  la  historia;  pero  á  quienes 
hasta  hoy  tiene  muy  presente  la  comunidad  para  en- 
comendarlos á  Dios  en  sus  oraciones,  agradecida  á  los 
beneficios  que  prestaron  á  los  primeros  fundadores. 

25.  Aunque  los  primeros  edificios  de  iglesia  y  con- 
vento se  edificaron  de  madera,  y  los  adornos  de  aqué- 
lla eran  pobres,  no  por  esto  se  dejaban  de  celebrar  las 


—  2J9  — 
funciones  más  lucidas,  ni  el  Señor  era  menos  servido, 
porque  no  se  paga  tanto  de  la  magnificencia  de  los 
templos,  cuanto  de  la  simplicidad  y  pureza  con  que  es 
adorado,  según  la  posibilidad  de  nuestras  fuerzas.  Era 
ya  entonces  este  pobre  templo  un  verdadero  santuario, 
que  los  fieles  frecuentaban  con  gran  devoción,  y  el 
fruto  que  nuestros  religiosos  recogían  con  sus  confe- 
siones y  sermones  eran  visibles  en  toda  la  ciudad.  Lle- 
gó á  ser  tan  notable  la  reforma  de  costumbres  en  esta 
capital,  que  un  vecino  de  categoría  de  la  misma,  es- 
cribiendo al  capitán  Chacón,  que  era  gobernador  de 
la  Nueva  Segovia,  le  decia:  «Han  llegado  á  Manila 
algunos  PP.  Dominicos,  y  la  ciudad  parece  un  monas- 
terio.» Así  podia  llamarse  ya  entonces  en  comparación 
de  lo  que  habia  sido  antes;  porque  muchas  personas 
visibles  y  de  nota,  que  se  confesaban  con  nuestros  re- 
ligiosos, guardaban  una  vida  muy  conforme  á  las  má- 
ximas del  santo  Evangelio,  habiendo  abandonado  el 
lujo  y  la  vanidad  con  que  hablan  escandalizado  á  sus 
vecinos.  A  esta  dirección  han  llamado  algunos  rigidez, 
como  si  los  confesores  pudiesen  contemporizar  con  los 
caprichos  de  sus  penitentes,  cuando  son  contrarios  á 
la  ley  santa  del  Señor.  Desgraciadamente  subsiste  aún 
por  nuestros  dias  en  muchos  esta  preocupación,  que 
por  otra  parte  nos  hace  mucha  honra. 

26.  No  tuvieron  nuestros  religiosos  el  consuelo  de 
disfrutar  por  largo  tiempo  de  sus  primeros  edificios, 
pues  como  construidos  de  malas  maderas  y  con  dema- 
siada rapidez,  empezaron  luego  á  mostrarse  ruinosos. 
A  los  dos  años  ya  se  desplomó  el  techo  de  la  iglesia, 
aunque  sucedió  esta  desgracia  á  puertas  cerradas,  y  se 


—  240  — 

preservó  lo  más  precioso  que  habia  en  ella.  Este  suceso 
lo  comunicó  Dios  de  antemano  á  un  santo  novicio  del 
convento,  quien,  al  saber  que  su  divina  Majestad  así 
lo  habia  decretado,  le  suplicó  que,  supuesto  era  inevi- 
table la  ruina,  no  permitiese  que  en  ella  pereciese  per- 
sona alguna,  y  se  preservase  el  sagrario  en  donde  es- 
taba reservado  el  Santísimo,  y  la  imagen  de  Nuestra 
Señora  del  Rosario.  Todo  se  verificó  así  como  el  novi- 
cio lo  habia  suplicado,  pues  hallándose  en  oración  con 
el  P.  Vicario  General,  á  quien  tan  sólo  habia  comuni- 
cado la  revelación,  mientras  l®s  demás  religiosos  del 
convento  estaban  en  la  mesa,  se  desplomó  el  techo  de 
la  iglesia,  y  quedó  el  altar  de  la  Virgen  cubierto  á 
manera  de  un  pabellón  y  guarda-polvo,  sin  que  la 
santa  imagen  ni  el  sagrario  recibiesen  daño  alguno. 
Cuando  los  vecinos  de  Manila  tuvieron  noticia  del 
suceso,  admirados  de  la  «providencia  del  Señor,  vene- 
raron con  más  devoción  aquella  sagrada  imagen,  pre- 
servada de  un  modo  que  parecia  prodigioso,  y  por  esto, 
cuando  se  hizo  la  que  ahora  existe  de  cara  y  manos  de 
marfil,  suplicaron  al  Prior  que  colocara  la  primera  en 
algún  sitio  en  donde  pudiesen  prestarle  sus  obsequios. 
Se  cumplieron  á  su  tiempo  sus  deseos,  porque  se  colo- 
có en  la  fachada  de  la  iglesia,  en  donde  persevera  hasta 
hoy,  y  se  ilumina  todas  las  noches.  Según  el  dictamen 
de  la  prudencia  humana,  parece  que  el  Vicario  Gene- 
ral, con  la  noticia  anticipada  que  tuvo  del  suceso,  de- 
biera de  haber  separado  el  Santísimo,  la  imagen  de  la 
Virgen  y  cuanto  estaba  á  riesgo  de  dañarse,  y  no  dejar 
estos  objetos  preciosos  pendientes  de  la  contingencia 
de  un  milagro;  mas  el  Señor  quizás  permitió  este  des- 


—    241    — 

cuido,  para  dispertar  la  fe  y  la  devoción  de  los  habi- 
tantes de  Manila. 

27.  Parece  natural  que  nuestros  religiosos  debieran 
afligirse,  al  verse  sin  iglesia  y  sin  medios  para  reparar- 
la; mas  no  sucedió  así,  porque  se  resignaron  con  la 
divina  voluntad,  se  tuvieron  por  muy  dichosos  al  ver 
que  nadie  habia  perecido,  y  hablan  quedado  sin  lesión 
los  tesoros  inestimables  del  Santísimo  é  imagen  de  la 
Virgen.  Esperaban  en  el  Señor,  que  así  como  les  ha- 
bia sido  tan  propicio  para  levantar  la  iglesia  arruinada, 
no  les  faltarla  en  las  obras  que  se  resolvieron  á  empe- 
zar con  más  perfección.  En  efecto,  á  los  pocos  dias  de 
haber  dado  principio  á  otra  iglesia  más  capaz,  sólida  y 
más  hermosa,  enfermó  de  peligro  el  capitán  D.  Do- 
mingo de  Mendiola,  el  cual,  llamando  al  Prior,  le  dio 
la  tercera  parte  de  sus  bienes  para  costear  la  parte  del 
edificio  que  habia  de  ser  capilla  de  Nuestra  Señora  del 
Rosario.  Doña  María  Pérez,  consorte  del  capitán  Ro- 
dríguez, murió  también  por  entonces,  y  dio  para  la 
obra  dos  mil  pesos,  sin  otra  carga  que  la  de  encomen- 
darla á  Dios;  lo  cual  ha  cumplido  siempre  fielmente 
el  convento,  nombrándola  expresamente  en  los  sufra- 
gios que  se  aplican  para  los  bienhechores  de  la  Orden. 
También  el  capitán  Castillo  dio  una  gruesa  cantidad 
para  el  mismo  fin,  y  no  faltaron  las  limosnas  de  otros 
bienhechores  hasta  que  la  obra  llegó  á  su  perfección. 
Se  hicieron  ademas  en  el  convento  dos  grandes  dormi- 
torios con  las  oficinas  necesarias,  y  á  los  tres  años,  esto 
es,  el  dia  9  de  Abril  de  1592,  ya  estaban  las  obras  aca- 
badas. 

28.  Con  estos  nuevos  y  fuertes  edificios  parecía  que 


16. 


—    1^2   — 

no  tendrían  nuestros  religiosos  necesidad  de  ocuparse 
en  otras  obras  en  mucho  tiempo,  mas  á  los  once  años, 
el  dia  30  de  Abril  de  1603,  aconteció  en  Manila  un 
incendio  espantoso,  que  los  redujo  á  cenizas.  En  esta 
ocasión  sucedieron  algunos  casos  muy  notables.  Existia 
en  el  refectorio  del  convento  un  retrato  de  nuestro 
P.  San  Francisco,  y  habiendo  sido  pasto  de  las  llamas 
cuanto  habia  en  su  alrededor,  se  preservó  el  lienzo  del 
retrato.  También  se  preservaron  los  papeles  de  la  ofi- 
cina del  comisario  del  santo  oficio,  siendo  así  que  se 
abrasaron  unos  papeles  heréticos  que  estaban  en  una 
mesa  de  la  misma.  De  la  iglesia  sólo  se  salvaron  el 
Santísimo  y  la  imagen  de  la  Virgen,  lo  cual  no  dejó 
de  ser  un  consuelo  poderoso  para  nuestros  afligidos  re- 
ligiosos, que  se  vieron  reducidos  á  una  pequeña  parte 
del  convento,  preservada  por  el  Señor  para  la  necesa- 
ria vivienda  de  sus  siervos.  Cuando  se  trató  de  reedifi- 
car las  obras  destruidas ,  se  creyó  conveniente  hacer  la 
iglesia  con  bóveda  de  piedra,  con  el  fin  de  preservarla 
de  otros  acontecimientos  semejantes :  para  esto  fué  pre- 
ciso levantar  el  edificio  desde  los  cimientos,  porque  de 
otra  suerte  no  hubiera  podido  sostener  la  gran  mole 
que  la  habia  de  cubrir.  Diez  años  se  emplearon  en  la 
obra,  que  costó  más  de  cincuenta  mil  duros;  pero  salió 
un  templo  verdaderamente  grandioso.  Este  edificio  per- 
severó sin  novedad  hasta  el  año  de  1 645 ,  en  cuyo  tiem- 
po se  desplomó  la  bóveda  del  cuerpo  principal,  con 
motivo  de  los  grandes  temblores  que  acontecieron  el 
dia  de  San  Andrés  de  este  año.  Todavía  subsistia  la  del 
crucero  y  presbiterio  después  de  la  catástrofe  primera; 
pero  quedó  muy  resentida  y  maltratada  en  los  que  su- 


—  243  — 
cedieron  á  los  tres  años,  el  dia  de  San  Bernardo.  En- 
tonces se  trató  de  reedificar  de  nuevo  la  iglesia,  y  como 
la  inconstancia  del  terreno  no  ofrecía  la  seguridad  su- 
ficiente, se  levantaron  con  mucha  solidez  tres  naves,  y 
se  cubrieron  de  teja  con  bóveda  de  madera  bien  labra- 
da y  dorada,  en  cuyas  obras  se  expendieron  más  de 
cuarenta  mil  duros,  que  la  caridad  y  devoción  de  los 
fieles  facilitaron.  Este  edificio  se  ha  burlado  de  las  vi- 
cisitudes de  los  tiempos ,  pues  ha  llegado  hasta  nuestros 
dias  en  un  estado  sólido  y  perfecto  (i).  La  nave  ma- 
yor tiene  50  varas  de  largo  y  14  de  anchor,  y  las  co- 
laterales con  el  mismo  largor.  Tiene  cinco  arcos  en 
cada  lado  y  diez  encima,  que  dan  salida  á  las  tribunas. 
El  crucero  es  irregular,  pues  le  faltan  algunas  varas 
para  que  sea  cuadrado,  y  el  presbiterio  es  muy  capaz 
desde  que  lo  alargó  el  limo.  Sr.  Arechederra.  Añadió- 
sele  después  una  capilla  para  Nuestra  Señora  del  Ro- 
sario, á  la  mano  izquierda  del  crucero,  ó  sea  al  lado 
de  la  epístola.  Esta  capilla  es  hermosa  y  perfecta,  pues 
tiene  las  dimensiones  proporcionadas  á  su  altura,  con 
ventanas  en  el  centro  de  sus  paredes  y  en  la  bóveda, 
que  también  es  de  madera.  El  coro  de  la  iglesia  está 
colocado  sobre  dos  arcos  rebajados  á  la  altura  de  las 
naves  colaterales.  Tiene  una  sillería  de  tíndalo,  madera 
de  mucha  duración,  semejante  á  la  narra;  pero  á  los 
pocos  años  toma  el  color  de  ébano. 

29.  La  imagen  de  Nuestra  Señora  del  Rosario  que 


(i)  En  el  horroroso  terremoto  de  1863  se  desplomó  casi  toda  la  iglesia,  y 
se  reedificó  posteriormente  bajo  otro  orden  de  arquitectura ,  como  se  dirá  en 
el  apéndice. 


—  244  — 
se  venera  en  su  capilla,  fué  regalada  por  el  caballero 
D.  Luis  Pérez  Dasmariñas,  gobernador  que  fué  inte- 
rino de  las  islas  :  tiene  de  alto  siete  palmos,  cara  y  ma- 
nos de  marfil.  Es  obra  de  un  chino  infiel,  bajo  la  di- 
rección del  capitán  Hernando  de  los  Rios,  que  después 
se  ordenó  de  sacerdote,  y  salió  cual  se  podia  desear. 
Está  labrada  con  tal  primor,  que  aun  después  de  dos- 
cientos y  cincuenta  años,  conserva  una  majestad  en- 
cantadora, sin  embargo  de  haber  perdido  mucho  de  su 
primitivo  brillo.  Los  prodigios  que  la  Virgen  ha  obra- 
do por  su  medio  la  han  hecho  muy  famosa,  y  los  fie- 
les imploran  su  amparo  amoroso  en  los  tiempos  más 
calamitosos.  Era  tal  la  fe  que  el  artífice  tenía  en  su 
imagen,  que  solia  decir,  estando  avecindado  en  llocos, 
que  no  recibiría  el  bautismo  sino  en  su  presencia;  lo 
que  al  fin  verificó,  con  gran  consuelo  de  su  alma  y 
alegría  de  los  que  asistieron  al  acto. 

30.  Es  la  capilla  de  Nuestra  Señora  del  Rosario  de 
Manila  uno  de  los  santuarios  más  venerados  de  las  is- 
las, y  no  hay  festividad  más  concurrida  que  la  llamada 
Naval,  que  anualmente  se  celebra  en  la  primera  do- 
minica de  Octubre  y  su  octava.  Son  muchas  las  comu- 
niones que  en  su  altar  se  administran  en  estos  dias,  y 
serían  aun  más  numerosas  si  en  la  capital  y  sus  extra- 
muros hubiese  suficientes  confesores.  Sus  devotos  se  han 
mostrado  en  todos  tiempos  muy  generosos  en  enrique- 
cer á  la  sagrada  imagen  de  preciosas  joyas,  mostrándo- 
le así  de  algún  modo  su  agradecimiento.  Pocas  son  las 
personas  que  no  hayan  experimentado  sus  misericor- 
dias, si  la  han  invocado  con  amor,  pues  los  prodigios 
que  ha  obrado  son  sin  número,  y  muchos  están  jurí- 


—  245  — 
cucamente  comprobados  por  el  Ordinario,  según  las 
formalidades  de  la  presente  disciplina.  Serian  necesa- 
rios volúmenes  enteros  para  referir  los  conocidos,  lo 
que  no  permite  la  brevedad  de  la  historia.  Hablaré,  no 
obstante,  del  que  aconteció  en  1613  en  favor  de  don 
Francisco  López,  retratado  por  disposición  del  arzo- 
bispo de  Manila  D.  Fr.  Miguel  Serrano,  después  de 
haber  sido  comprobado  por  el  deán  de  su  cabildo  don 
Francisco  Gómez  de  Arellano,  mediante  la  deposición 
de  diez  testigos  fidedignos  y  contestes. 

Era  López  un  español  de  costumbres  estragadas, 
pero  devoto  al  mismo  tiempo  de  Nuestra  Señora  del 
Rosario.  Iba  á  las  fuerzas  de  Ternate  en  una  de  las 
galeras  que  en  dicho  año  despachó  el  gobernador  don 
Juan  de  Silva,  bajo  las  órdenes  de  D.  Fernando  de 
Ayala,  y  al  doblar  la  punta  de  Calavite  en  Mindoro, 
les  sobrevino  un  recio  temporal  que  arrojó  las  galeras 
á  la  costa.  Los  españoles  y  forzados  salvaron  las  vidas 
á  nado;  y  los  segundos,  al  verse  en  la  isla,  se  determi- 
naron á  salvar  también  su  libertad.  Aquéllos  trataron 
de  perseguirlos;  mas  éstos,  habiéndose  apoderado  de 
un  cerro  escabroso,  despeñaron  á  sus  perseguidores, 
quienes  perecieron  miserablemente  en  los  derrumba- 
deros. Entre  estos  desgraciados  se  hallaba  D.  Francisco 
López,  el  cual,  al  verse  á  las  puertas  de  la  muerte,  y 
acordándose  en  aquel  terrible  trance  de  sus  costumbres 
depravadas,  llamó  de  todo  corazón  á  la  Santísima  Vir- 
gen del  Rosario,  y  le  suplicó  que  le  alcanzase  un  ver- 
dadero arrepentimiento  de  sus  culpas  y  sacerdote  con 
quien  pudiese  confesarse.  No  salieron  fallidos  sus  de- 
seos, porque  la  Virgen,  no  pudiéndose  mostrar  indife- 


—  246  — 

rente  á  los  ruegos  de  su  devoto,  le  oyó  piadosa  y  le 
conservó  milagrosamente  la  vida,  hasta  que  hubo  opor- 
tunidad de  proporcionarle  lo  que  pedia.  A  los  tres  dias 
de  este  suceso  lamentable,  pasó  por  allí  otra  galera  que 
llevaba  un  capellán  :  los  vientos  no  le  permitieron  pa- 
sar más  adelante ,  y  el  capitán  mandó  atracar  y  saltar  á 
la  isla,  precisamente  en  el  punto  en  donde  estaba  el 
moribundo  López.  Al  oir  éste  las  voces  de  la  gente, 
llamóla  en  su  auxilio,  y  un  soldado  llamado  Gonzalo 
Salcedo,  habiendo  percibido  sus  lastimeras  voces,  se 
acercó  al  sitio  de  donde  salian,  y  luego  vio  al  infeliz 
cubierto  de  heridas  hediondas  en  varias  partes  de  su 
cuerpo.  Quedó  Salcedo  asombrado  en  su  presencia, 
pues  le  parecía  imposible  que  un  cuerpo  humano  tan 
horriblemente  maltratado  estuviese  animado,  cuando 
ya  era  pasto  de  gusanos.  Llamó  el  soldado  al  cirujano 
y  compañeros,  quienes  trataron  de  aliviar  al  moribun- 
do; pero  su  cuerpo  ya  no  era  susceptible  de  los  reme- 
dios del  arte :  su  vida  se  conservaba  milagrosamente 
para  recibir  el  beneficio  de  la  absolución  sacramental, 
y  esto  era  únicamente  lo  que  López  deseaba.  Acercóse 
entonces  el  P.  capellán,  que  era  un  religioso  Francis- 
cano llamado  Fr.  Pedro  de  los  Cobos;  le  oyó  en  con- 
fesión, le  absolvió  de  sus  pecados,  declarando  el  pa- 
ciente que  por  intercesión  de  la  Virgen  del  Rosario  se 
habia  conservado  vivo  hasta  entonces;  y  después  de 
haber  pedido  perdón  á  todos  de  sus  excesos  y  escán- 
dalos, entregó  su  alma  al  Criador. 

31.  La  misma  celestial  Señora  que  se  dignó  obrar 
este  prodigio  quiso  dar  á  entender  de  algún  modo  que 
habia  usado  de  su  gran  misericordia  en  favor  de  su  de- 


—  247  — 
voto  López,  mediante  su  sagrada  imagen  del  convento 
de  Manila.  Hé  aquí  cómo  refiere  este  hecho  el  ilustrí- 
simo  Sr.  D.  Fr.  Diego  Aduarte,  lib.  i,  cap.  xii  de  la 
primera  parte  de  su  historia  :  « Una  señora  llamada  do- 
ña Ana  de  Vera,   entre  otras   devociones   que   tenía, 
acudia  de  ordinario  á  vestir  esta  santa  imagen ,  mudán- 
dole los  vestidos  según  el  tiempo  y  las  festividades  lo 
pedian.  Viniendo,  pues,  una  vez  á  este  santo  ejercicio 
acompañada  de  otras  mujeres  devotas,  vieron  que  unas 
sandalias  que  el  Niño  Jesús  tenía  puestas ,  tenian  algún 
lodo  y  arenas,  y  aun  parecian  estar  algo  gastadas,  como 
de  haber  servido  en  lugares  ásperos  y  lodosos,  de  que 
quedaron  espantadas;  y  creció  su  admiración  cuando 
vieron  la  basquina  de  la  Madre  Santísima  por  el  ruedo 
y  un  palmo  en  alto  húmeda,  lodosa  y   rozada:  caso 
que,  por  ser  nueva  la  basquina  y  estar  el  tabernáculo 
enjuto  y  seco  y  en  lugar  eminente,  les  dio  que  pensar 
y  dijeron:  ¿Qué  es  esto,  Señora?  ¿Por  dónde  habéis 
andado?  Y  vos,  Señor,  ¿de  qué  se  os  han  enlodado  las 
sandalias?  ¿Cómo  las  tenéis  tan  gastadas?  ¿Os  habéis 
acaso  segunda  vez  ido  perdido,  y  vuestra   Santísima 
Madre  habrá  ido  á  buscaros,  que  estáis  Hijo  y  Madre 
tan  llenos  de  humedad  y  arena?  Pero  ¿quién  duda  que 
habréis  ido  á  hacer  alguna  obra  digna  de  vuestras  ma- 
nos? Avisaron  al  prior  del  convento,  que  admirado  del 
caso,  mandó  guardar  la  saya,  y  el  P.  Fr.  Bernardo  de 
Santa  Catalina,  que  también  habia  acudido ,  guardó  las 
sandalias  por  inestimable  reliquia;  y  por  no  poder  ima- 
ginar lo  que  podria  ser,  dejaron  al  Señor  el  descubrirlo 
cuando  fuese  servido,  que,  como  obra  suya,  la  mani- 
festó después  de  algunos  años.»  Refiere  en  seguida  el 


—  248  — 

prodigio  obrado  en  favor  de  López,  y  concluye  el  su- 
ceso en  estos  términos :  « Celebróse  mucho  este  mila- 
gro cuando  se  comprobó  el  año  de  1621,  y  recorrien- 
do la  memoria  y  contando  los  tiempos,  se  halló  que 
era  éste,  cuando  la  imagen  de  Ntra.  Sra.  del  Rosario  de 
este  convento  se  halló  con  la  saya  mojada,  y  las  sanda- 
lias del  Santísimo  Niño  con  arena,  rozadas  y  gastadas, 
como  de  quien  habia  caminado  mucho  y  por  áspero 
camino;  que  el  salvar  á  una  alma  distraida  cuéstale  á 
Dios  mucho  sudor  y  cansancio,  pero  en  siendo  en  hon- 
ra de  su  Santísima  Madre  todo  se  facilita. » 

El  que  lea  y  examine  este  hecho  con  superficial  filo- 
sofía lo  reputará  por  un  absurdo;  pero  será  otro  su  jui- 
cio, si  se  hace  cargo  que  Dios  suele  acomodarse  en  su 
modo  de  obrar  á  nuestra  débil  y  limitada  inteligencia, 
practicando  circunstancias  que  á  veces  nos  parecen  im- 
pertinentes, pero  que  en  realidad  son  muy  propias  para 
movernos  hacia  su  amor  y  alabar  su  gran  misericor- 
dia. Las  sagradas  letras  nos  ofrecen  con  frecuencia 
ejemplos  de  igual  naturaleza,  según  el  fin  que  la  Ma- 
jestad Divina  se  proponía  en  sus  obras.  Lo  cierto  y  po- 
sitivo es,  que  esta  saya  y  sandalias  se  han  conservado 
hasta  hoy  como  reliquias  preciosas,  y  que  por  su  me- 
dio ha  obrado  la  Virgen  una  multitud  innumerable  de 
prodigios  en  favor  de  sus  devotos,  particularmente  de 
las  mujeres  que  se  hallan  de  parto  peligroso, librándo- 
las con  solo  su  contacto.  A  su  tiempo  se  referirán  las 
victorias  religiosas  que  en  1646  reportaron  las  armas 
de  Manila  contra  una  escuadra  holandesa,  mediante  el 
patrocinio  de  Ntra.  Sra.  del  Rosario. 


249  — 


CAPITULO  III. 

Estado  del  partido  de  Bataan. —  Fatigas  de  nuestros  religiosos  en  su  reducción. 

—  Muere  el  P.  Bolaños,  uno  de  ellos. — Reseña  de  su  vida. —  Progresos 
en  las  nuevas  conversiones. —  Acredítase  la  ley  de  Dios  y  el  bautismo. — 
Reducen  los  PP.  misioneros  las  muchas  rancherías  del  partido  en^pueblos. 

—  Mala  disposición  de  los  pangasinanes  para  reducirse  á  la  fe. —  ídolo  lla- 
mado Ana-gaoley. —  Enmudece  el  demonio. —  Trabajos  de  nuestros  mi- 
sioneros.—  Inocencia  vindicada.  —  Empiezan  los  pangasinanes  á  conver- 
tirse.— Razón  y  motivo. —  Caso  prodigioso  de  un  bautismo. —  Casipit  y 
su  conversión. —  Cambio  radical  de  esta  provincia  obrado  por  la  religión  y 
por  la  fe. —  Resurrección  de  un  difunto. —  Otro  caso  prodigioso. 

32.  Mientras  en  Manila  trabajaban  nuestros  reli- 
giosos en  las  obras  de  iglesia  y  convento  y  en  la  re- 
forma de  costumbres,  el  P.  Fr.  Juan  de  Ormaza  con 
sus  venerables  compañeros  adelantaban  en  Bataan  la 
conversión  de  sus  vecinos.  La  topografía  del  país  nada 
favorecia  en  aquel  tiempo  á  sus  tareas  apostólicas,  y  la 
manera  con  que  se  habia  procurado  hasta  entonces 
propagar  la  luz  del  Evangelio  en  el  país,  ofrecia  nue- 
vos embarazos  y  dificultades  á  estos  primeros  misione- 
ros de  la  Orden.  En  una  lengua  de  tierra  llana,  de  seis 
leguas  de  N.  á  S.,  y  poco  más  de  media  de  E.  á  O.,  ha- 
bia como  setecientos  habitantes  diseminados  en  trein- 
ta pueblos  ó  rancherías,  colocadas  en  tierras  anegadi- 
zas y  cruzadas  de  varios  arroyos,  que  hacian  intransi- 
table el  terreno.  Era,  pues,  Bataan  un  punto  de  mu- 
chísimo trabajo,  y  poco  el  fruto  que  de  él  se  podia  es- 
perar; por  lo  que  no  es  extraño  que  no  perseveraran 
los  misioneros  que  habian  entrado  en  este  partido  an- 
tes de  la  llegada  de  los  nuestros.  Pero  no  era  esto  lo 
que  más  afiigia  á  estos  celosos  operarios;  porque,  por 


—  250  — 

una  sola  alma  que  ganaran  para  Dios  dieran  por  bien 
empleadas  sus  fatigas.  Lo  más  espinoso  que  les  ofreció 
el  ministerio  era  la  poca  y  embrollada  religión  que  en 
el  país  hallaron.  Al  principio,  por  la  docilidad  que  veian 
en  los  indios  y  falta  de  experiencia,  ignoraban  la  gra- 
vedad del  mal  que  inutilizaba  sus  trabajos;  mas  luego 
que  los  conocieron,  hallaron  que  apenas  habia  entre 
ellos  quien  estuviese  penetrado  de  la  verdad  de  nuestra 
sagrada  religión.  Eran,  los  ya  bautizados,  cristianos  á 
medias  solamente,  que  confundidos  con  los  gentiles, 
sólo  se  distinguian  de  ellos  por  el  nombre;  pues  prac- 
ticaban las  mismas  supersticiones,  y  en  nada  se  diferen- 
ciaban en  las  obras  de  los  mismos.  Hubo  sacerdote  de 
los  que  antes  los  habian  visitado,  que  cometió  la  im- 
prudencia de  bautizar  en  varias  ocasiones  á  cuantos  se 
le  presentaban,  contentándose  con  dejar  el  nombre  que 
les  imponia  escrito  en  una  lista,  abandonándolos  des- 
pués entre  sus  padres  y  familias,  que  los  educaban  en 
la  infidelidad.  De  aquí  resultaba  que  la  religión  hacia 
pocos  progresos  entre  ellos,  y  la  gran  dificultad  que 
hallaron  nuestros  religiosos  en  discernir  á  los  cristianos 
de  los  gentiles;  porque  muchos  negaban  el  bautismo 
recibido  para  librarse  de  sus  cargas,  y  otros  afirmaban 
que  ya  estaban  bautizados,  para  que  no  se  les  adminis- 
trase el  Santo  Sacramento.  Con  la  predicación  de  fray 
Domingo  de  Nieva,  que  siendo  el  más  joven  de  nues- 
tros primeros  misioneros,  aprendió  más  pronto  el  idio- 
ma, empezaron  á  conocer  los  indios  la  fealdad  de  sus 
ficciones  y  la  verdad  de  nuestra  fe.  Descubierto  ya  el 
mal,  se  procedió  á  proveer  de  remedio  competente,  pro- 
curando que  se  bautizasen  en  secreto  los  que,  siendo  aún 


—    251    — 

infieles  eran  tenidos  por  cristianos;  y  se  apartasen  de  su 
errado  proceder  los  que,  siendo  aún  cristianos,  prefe- 
rían ser  tenidos  por  gentiles.  De  esta  suerte,  sin  men- 
gua de  la  reputación  de  nadie,  en  breve  tiempo  des- 
embrollaron aquel  intrincado  laberinto,  y  separaron  la 
zizaña  del  buen  grano. 

33.  El  aumento  de  las  nuevas  conversiones  acrecen- 
taba las  fatigas  de  aquellos  celosos  misioneros;  pues 
alentados  con  el  fruto  de  sus  trabajos  apostólicos,  an- 
daban de  dia  y  de  noche  de  pueblo  en  pueblo,  en  me- 
dio de  las  lluvias  y  de  un  sol  abrasador,  entre  lodaza- 
les y  pantanos,  ora  descalzos  de  pié  y  pierna,  ora  em- 
barcados en  débiles  canoas,  buscando,  como  el  buen 
Pastor,  la  oveja  perdida,  sin  reparar  en  los  peligros  é 
incomodidades  consiguientes  á  un  estado  tan  pobre  y 
desprovisto.  El  P.  Fr.  Pedro  Bolaños,  anciano  de  se- 
senta años  de  edad,  no  pudo  soportar  por  mucho  tiem- 
po el  peso  de  tan  penoso  ministerio,  de  suerte  que  á 
los  pocos  meses  enfermó  de  gravedad ,  y  se  vieron  pre- 
cisados sus  hermanos  á  llevarlo  á  la  enfermería  del  con- 
vento de  nuestro  P.  S.  Francisco  de  Manila,  por  no 
estar  todavía  concluido  el  que  nuestros  religiosos  fabri- 
caban en  la  misma  capital.  Padecia  dolores  de  vientre 
tan  agudos,  que  le  hacian  prorumpir  en  altos  gritos. 
Allí  fué  cuidado  con  mucha  caridad,  y  después  de  ha- 
berse aliviado,  volvió  al  mismo  ministerio,  en  donde 
hacia  mucha  falta;  pues  sin  embargo  de  que  no  po- 
dia  predicar  ni  confesar,  por  no  saber  el  idioma  de  los 
indios,  instruia  á  los  niños,  enseñándoles  á  leer  y  es- 
cribir, é  imponiéndolos  en  el  canto  eclesiástico  para 
alabar  á  Dios  en  la  iglesia.  Con  el  cariño  y  afabilidad 


—  252  — 

con  que  trataba  á  los  pequeños,  los  grandes  se  aficio- 
naban á  los  PP.  misioneros  y  á  la  doctrina  que  les  en- 
señaban. Vuelto  á  Bataan,  no  tardó  en  recaer  en  la 
misma  enfermedad,  la  cual  en  breve  le  colocó  á  las 
puertas  del  sepulcro.  Por  segunda  vez  fué  llevado  á 
Manila,  y  asignado  al  convento  de  nuestro  P.  Santo 
Domingo  de  esta  capital,  espiró  después  de  la  celebra- 
ción del  primer  capítulo  provincial. 

Era  el  P.  Bolaños  hijo  del  convento  de  Nuestra  Se- 
ñora de  la  Peña  de  Francia,  y  noticioso  de  que  se  re- 
unian  religiosos  de  la  Orden  para  fundar  una  provin- 
cia en  Filipinas,  se  sintió  interiormente  inspirado  para 
ir  con  los  que  ya  estaban  alistados  para  tamaña  em- 
presa. Habiendo  consultado  sus  deseos  con  algunos  pa- 
dres graves  de  su  convento,  le  disuadieron  del  intento, 
juzgando  que  por  su  avanzada  edad  más  servirla  de  es- 
torbo que  de  alivio  á  los  restantes  compañeros.  Con 
este  parecer  no  se  resolvia  á  dar  su  nombre,  y  estando 
en  sus  incertidumbres  lo  animó  el  P.  Arcediano,  repre- 
sentándole que  en  una  provincia  nueva  podian  ser  muy 
útiles  religiosos  ancianos,  porque  con  su  buen  ejem- 
plo podian  servir  de  norma  para  los  jóvenes  que  en  ella 
debian  admitirse  y  educarse.  Con  las  razones  y  persua- 
siones del  P.  Arcediano  se  acabó  de  resolver;  siguió  á 
los  primeros  fundadores,  y  trabajó  no  poco  en  el  par- 
tido de  Bataan,  pasando  después  á  mejor  vida,  para 
recibir  allá  en  el  cielo  el  premio  de  sus  trabajos. 

34.  Sabido  en  Bataan  el  fallecimiento  del  ejemplar 
y  laborioso  anciano,  fué  notable  el  desconsuelo  que 
tuvieron  los  pocos  misioneros  que  allí  trabajaban.  Por 
su  falta  se  acrecentaron  sus  fatigas,  pues  se  vieron  pre- 


—  253  — 
cisados  á  suplir  los  servicios  que  él  habia  prestado  á  la 
misión,  cuando  apenas  tenian  lugar  para  desempeñar 
los  altos  cargos  del  ministerio  apostólico.  El  que  más 
se  distinguía  en  estas  ocupaciones  era  el  joven  diácono, 
que  tenía  que  predicar,  enseñar  el  catecismo,  y  ave- 
riguar los  enredos  en  materia  de  supersticiones,  matri- 
monios mal  habidos,  usuras  y  tiranías,  que  los  pode- 
rosos ejecutaban  contra  los  desvalidos.  Ordenado  ya  de 
sacerdote,  y  asociado  con  otro  joven  llamado  Fr.  Juan 
de  la  Cruz,  empezó  á  confesar  á  los  nuevos  cristianos, 
y  esta  diligencia  produjo  desde  luego  los  más  felices 
resultados.  La  embriaguez  era  tan  general  y  frecuen- 
tada cuando  llegaron  á  este  partido  nuestros  primeros 
misioneros,  que  parecia  imposible  poderla  desterrar 
de  sus  costumbres;  pero  su  celo  halló  un  arbitrio  de 
tanta  eficacia,  que  con  él,  sin  necesidad  de  usar  de  vio- 
lencia, consiguieron  el  efecto  deseado.  Dispuso,  pues, 
el  P.  Vicario  provincial,  como  superior  de  la  misión, 
que  los  ebrios  de  nadie  fuesen  visitados  ni  recibidos 
en  las  casas :  con  esta  especie  de  excomunión  los  más 
culpados  empezaron  á  conocer  su  mala  posición,  y 
avergonzados  luego  por  verse  de  algún  modo  separa- 
dos de  los  vecinos  más  honrados,  cobraron  horror  in- 
sensiblemente á  un  vicio  que  los  hacia  tan  desprecia- 
bles. Después  la  predicación  y  las  exhortaciones  amo- 
rosas produjeron  finalmente  los  más  felices  resultados; 
pues  aun  los  que  antes  eran  tenidos  por  los  más  incli- 
nados á  este  brutal  vicio,  se  hicieron  capaces  de  reci- 
bir los  Santos  Sacramentos,  y  toda  la  provincia  le  co- 
bró horror,  habiendo  sido  después  una  de  las  más  so- 
brias de  las  islas. 


—  254  — 

La  idolatría  se  exterminó  con  el  desprecio.  Unas 
viejas,  llamadas  catalonas^  eran  las  sacerdotisas,  las  cua- 
les tenian  buen  cuidado  de  conservar  sus  prácticas  ri- 
diculas, que  ejercían  con  ciertos  instrumentos  en  los 
sitios  más  ocultos,  por  la  cuenta  que  les  tenía.  Los  mis- 
mos cristianos,  ignorantes  de  la  fe  que  hablan  recibido 
en  el  bautismo,  encubrían  á  estas  malas  mujeres,  y  los 
misioneros  no  pudieron  descubrir  este  abuso  hasta  des- 
pués de  mucho  tiempo.  Al  fin  lograron  apoderarse  de 
los  idolillos  é  instrumentos  supersticiosos,  y  no  fué  ne- 
cesario practicar  más  diligencias,  para  que  los  cristianos 
é  infieles  los  despreciasen,  que  entregarlos  á  los  mu- 
chachos de  la  escuela,  los  cuales  los  arrastraron  con  al- 
gazara, y  luego  los  entregaron  á  las  llamas.  Con  ésto, 
y  con  castigar  á  las  viejas  mentirosas,  no  se  habló  más 
de  idolatrías  en  todo  el  partido  de  Bataan. 

No  fué  tan  fácil  el  remedio  acerca  de  las  usuras,  es- 
clavos y  solución  de  las  deudas  legalmente  contraidas; 
porque  estando  tan  arraigada  la  injusticia,  y  no  ha- 
biendo en  el  partido  rigor  suficiente  en  las  autoridades, 
los  ricos  se  burlaban  de  los  pobres,  los  poderosos  délos 
débiles  y  los  deudores  de  sus  acreedores.  Sin  embargo, 
no  por  esto  perdieron  nuestros  religiosos  las  esperanzas 
de  remediar  aquellos  males ;  porque  al  fin ,  con  el  au- 
xilio del  Señor  y  la  gracia  de  los  Sacramentos,  pudieron 
conseguir  que  los  culpados  conociesen  su  enormidad  y 
los  fuesen  detestando. 

35.  El  Bautismo  era  tenido  al  principio  por  muchos 
indios  de  Bataan,  como  un  mal  que  creian  habia  de 
hacerlos  infelices.  De  aquí  resultaba,  que  muchos  de 
los  que  se  bautizaban  por  respetos  humanos  al  verse 


—  255  — 
libres  del  P.  misionero,  se  lavaban  la  cabeza  para  qui- 
tar el  crisma  y  óleo  de  los  catecúmenos,  con  el  fin  de 
precaverse  de  los  males  que  temian.  Esta  preocupación 
perniciosa  desapareció  muy  pronto  del  partido,  cuando 
sus  naturales  fueron  ilustrados  con  la  doctrina  de  la  fe. 

El  demonio  quedó  también  muy  pronto  despojado 
del  tiránico  dominio  que  ejercía  entre  estos  infelices, 
en  grave  perjuicio  de  sus  almas  y  haciendas;  pues  el 
que  antes  solia  afligirlos  de  varias  maneras  como  escla- 
vos suyos,  después  los  dejaba  libres  con  la  simple  vista 
de  algún  P.  misionero. 

Todas  estas  ventajas  eran  frutos  de  la  predicación  y 
celo  de  los  PP.  misioneros,  á  quienes  el  Señor  solia 
consolar  también  con  algunos  hechos,  en  los  cuales  se 
mostraba  de  un  modo  especial  su  admirable  providen- 
cia. Entre  varios  casos  que  refiere  el  limo.  Sr.  D.  fray 
Diego  Aduarte,  que  lo  comprueban,  es  digno  de  ad- 
mirarse lo  que  aconteció  al  P.  Fr.  Juan  de  Ormaza, 
estando  presente  el  Sr.  Obispo  en  el  partido.  Reparó 
el  misionero  en  una  ocasión ,  que  pasaba  por  frente  de 
la  casa  una  vieja  infiel,  que  en  su  concepto  no  podía 
vivir  mucho.  Compadecido  de  su  alma,  la  llamó  y  le 
habló  de  la  religión  cristiana,  y  de  la  necesidad  que  te- 
nía de  abrazarla  para  alcanzar  la  vida  eterna.  Escuchó 
la  vieja  con  atención  y  docilidad  al  misionero,  y  movi- 
da sin  duda  por  la  gracia,  accedió  gustosa  á  abrazar  lo 
que  le  proponía.  Le  ordenó  entonces  que  asistiese  dia- 
riamente á  la  iglesia  cuando  se  instruía  en  el  catecismo 
á  los  demás,  y  no  negándose  la  vieja,  fué  inscrita  en  el 
número  de  los  catecúmenos.  Después  de  algunos  días 
de  puntual  asistencia  faltó  la  catecúmena,  y  el  P.  mislo- 


—  256  — 

nero,  sin  advertir  su  falta,  leyó,  después  de  la  misa,  en 
alta  voz  la  lista  de  los  catecúmenos;  y  no  constándole  la 
asistencia  de  la  vieja,  envió  á  su  casa  un  muchacho  para 
llamarla.  No  tardó  éste  en  volver  con  la  noticia  de  que 
la  catecúmena  se  estaba  muriendo.  Entonces  fué  á  verla 
el  misionero,  y  como  si  aguardase  solamente  la  gracia 
del  Bautismo  para  salir  de  esta  vida,  recibió  las  aguas 
saludables  y  en  seguida  espiró.  El  Obispo  y  los  demás 
que  tuvieron  noticia  del  suceso,  dieron  gracias  al  Se- 
ííor  y  adoraron  los  juicios  de  su  admirable  providencia. 
Con  esta  clase  de  sucesos  endulzaba  el  Señor  las  fati- 
gas de  sus  siervos,  y  aquellos  indios  llegaron  á  formar 
en  breve  una  de  las  cristiandades  más  bellas  de  las  islas, 
por  su  docilidad  y  observancia  de  la  ley  santa  que  ha- 
bían abrazado. 

36.  Acreditada  ya  entre  estos  neófitos  la  palabra  de 
salud,  trataron  nuestros  misioneros  de  reducir  sus  mu- 
chas rancherías  á  pueblos  formales,  con  el  fin  de  su- 
ministrarles con  más  facilidad  el  pasto  espiritual  y  en- 
señarles á  vivir  como  fieles  subditos  del  Rey.  Eligieron 
desde  luego  como  centro  de  sus  apostólicas  tareas  el 
pueblo  de  Abucay,  en  donde  estaban  de  asiento,  y  en 
él  observaban  á  la  vez  la  regularidad  del  claustro  como 
en  el  convento  más  bien  organizado.  De  allí  acudian 
á  las  necesidades  de  los  cristianos,  arreglaban  su  poli- 
cía, componian  sus  discordias,  les  administraban  los 
Santos  Sacramentos  y  les  imbuian  en  las  máximas  sa- 
gradas del  santo  Evangelio.  Más  tarde  se  fué  subdivi- 
diendo  el  partido  en  varios  ministerios,  por  razón  del 
mayor  número  de  fieles.  En  la  actualidad  son  siete  los 
que  cuenta  este  partido,  erigidos  por  nuestros  religio- 


—  257  — 
sos  y  confiados  al  cuidado  de  la  provincia  del  Satitísi- 
mo  Rosario,  á  excepción  del  pueblo  de  Nuestra  Señora 
del  Pilar,  que  lo  fué  en  la  época  en  que  lo  administró 
el  clero  secular,  si  bien  formado  de  una  parte  de  Ba- 
lan ga,  ministerio  que  ya  entonces  contaba  muchos 
años  de  existencia.  La  totalidad  de  cristianos  asciende 
en  el  dia  al  número  de  veinte  y  nueve  mil  seiscien- 
tos cincuenta  y  cuatro  ( i ) ,  que  todos  estarian  todavía 
sumergidos  en  las  tinieblas  del  error,  si  el  celo  de  los 
padres  misioneros  no  los  ilustrara  con  la  luz  brillante 
de  la  fe. 

37.  El  mismo  año  de  1587  entraron  en  Pangasi- 
nan  los  seis  primeros  religiosos  de  la  Orden  que  nom- 
bró el  P.  Vicario  general,  para  convertir  á  sus  feroces 
habitantes.  Dista  esta  provincia  de  Manila  unas  treinta 
leguas  hacia  el  Norte  en  la  misma  isla  de  Luzon.  Tie- 
ne por  límites  en  el  mismo  punto  el  mar  y  la  provin- 
cia de  llocos,  y  recientemente  la  de  la  Union;  al  S.  la 
de  Pampanga,  al  E.  la  Nueva  Ecija  y  montes  de  los 
igorrotes,  y  al  O.  los  de  la  provincia  de  Zambales. 
Nuestros  misioneros  fueron  recibidos  por  sus  habitan- 
tes como  era  de  esperar  de  unos  bárbaros,  á  quienes  el 
demonio  habia  persuadido  de  antemano  que  no  reci- 
biesen la  religión  que  los  españoles  trataran  de  predi- 
carles. Aquellos  apostólicos  varones,  sin  embargo,  con- 
fiados en  el  auxilio  del  Señor,  entraron  sin  el  menor 
recelo  en  sus  pueblos,  y  se  hospedaron  al  principio  en 
una  casita  de  caña  y  ñipa  que  les  ofreció  el  encomen- 
dero Jiménez  del   Pino.   En  seguida  levantaron   una 


(i)  Hoy  asciende  ese  número  á  37.068. 

TOMO  I.  17, 


—  258  — 

pobre  iglesia  en  el  pueblo  de  Binalatongan ,  conocido 
ahora  con  el  nombre  de  San  Carlos,  cuyo  ministerio 
fué  el  primero  que  se  recibió  como  casa  de  la  Orden 
en  el  capítulo  provincial  de  1588. 

38.  Apenas  los  PP.  misioneros  levantaron  la  serial 
de  nuestra  Redención  en  frente  de  su  iglesia,  el  de- 
monio alborotó  á  los  habitantes  del  país  para  que  cuan- 
to antes  los  arrojasen  de  toda  la  provincia.  La  tiranía 
que  el  padre  de  la  mentira  ejercía  entre  estos  infelices 
indios  era  espantosa,  y  el  culto  con  que  se  hacia  ado- 
rar muy  parecido  al  que  le  tributaban  los  pueblos  de 
otras  provincias  de  Luzon.  Tenian  unos  templos  mi- 
serables, dedicados  á  un  ídolo  llamado  Ana- Gao  ley ,  el 
cual  daba  sus  respuestas  por  medio  de  unas  mujeres 
llamadas  Managanito ,  que  eran  las  que  hacian  el  ofi- 
cio de  sus  sacerdotisas.  Vestian  un  traje  especial  para 
servirle,  y  le  ofrecian  aceites,  ungüentos,  olores  y  per- 
fumes en  unos  vasos  primorosos,  y  después  de  las 
ofrendas  les  daba  sus  respuestas  en  un  retrete  acerca  de 
lo  que  le  consultaban.  Cuanto  el  ídolo  ó  el  demonio 
pedia  por  medio  de  estas  diabólicas  mujeres  le  era  con- 
cedido sin  reparo,  aunque  fuese  la  vida  de  muchos  ino- 
centes, como  á  veces  sucedía.  Todo  el  poder  de  un 
enemigo  tan  temible  quedó  desvanecido  con  la  llegada 
de  nuestros  religiosos,  sin  que  diese  más  respuestas  á 
las  ilusas  mujeres,  por  más  esfuerzos  que  hicieron  con 
el  fin  de  aplacarlo. 

39.  Bien  pudieran  los  pangasinanes  haber  salido  de 
su  error  al  ver  la  impotencia  de  un  dios  á  quien  la 
cruz  y  la  presencia  de  seis  hombres  hablan  enmude- 
cido y  atado;  argumento  que  fué  suficiente  para  con- 


—  ^S9  — 
vertir  al  sacerdote  de  un  templo  de  Apolo,  en  donde 
se  habia  hospedado  San  Gregorio  Taumaturgo;  mas 
estos  bárbaros  ni  tenian  la  luz  ni  capacidad  suficiente 
para  deducir  la  consecuencia  que  debia  resultar  de 
aquel  antecedente;  pues  lejos  de  respetar  á  los  PP.  mi- 
sioneros, como  superiores  y  más  poderosos  que  su  ído- 
lo, se  irritaron  contra  ellos  y  se  determinaron  á  matar- 
los. Mas  el  Señor,  que  velaba  por  su  conservación,  no 
permitió  que  los  bárbaros  realizasen  su  designio  de- 
pravado. Faltó  á  los  pangasinanes  el  valor  para  des- 
hacerse de  nuestros  misioneros  por  medio  del  acero; 
pero  desde  luego  adoptaron  la  medida  de  agotar  su  celo 
y  paciencia,  negándoles  el  sustento  más  preciso  y 
cuanto  habian  menester  para  cubrir  las  necesidades  de 
la  vida;  medio  terrible  en  un  país  extraño,  cuyos  na- 
turales no  conocen  el  interés  ni  la  codicia.  Sufi'ian  aque- 
llos celosos  misioneros  con  heroica  resignación  la  te- 
nacidad y  los  malos  tratamientos  de  los  pangasinanes, 
y  como  no  ignoraban  cuál  era  el  autor  de  la  guerra 
que  les  hacian,  aunque  delante  de  los  hombres  procu- 
raban disimular  su  aflicción,  pedian,  no  obstante,  al 
Señor  en  sus  oraciones  que  remediara  con  su  poder  los 
males  que  sufrían,  y  ablandara  la  dureza  de  aquellos 
infelices,  á  quienes  el  demonio  cerraba  la  puerta  de  su 
salvación. 

40.  En  aquellos  dias  azarosos  aconteció  á  los  afligi- 
dos misioneros  un  suceso,  que  á  los  ojos  de  los  hom- 
bres era  de  sí  suficiente  para  malograr  los  sacrificios 
que  hasta  entonces  habian  hecho  en  beneficio  de  los 
indios.  Sucedió,  pues,  que  una  mujer  principal,  siendo 
soltera,  apareció  embarazada,  la  cual,  según  sus  barba- 


—  26o  — 

ras  costumbres,  debia  ser  enterrada  viva  con  el  cóm- 
plice de  su  delito.  La  india,  instigada  sin  duda  por  el 
padre  de  la  mentira,  dijo  que  el  autor  de  su  desgracia 
era  el  P.  Fr.  Bernardo  de  Santa  Catalina,  superior  y 
vicario  provincial  de  la  misión.  Los  indios,  que  profe- 
saban un  odio  mortal  á  este  misionero  porque  procu- 
raba con  más  eficacia  su  conversión,  como  ya  estaban 
predispuestos,  creyeron  al  momento  la  calumnia,  y  sin 
más  averiguación  salieron  muchos  de  ellos  para  pren- 
derlo y  ejecutar  en  él  la  pena  acostumbrada.  No  se  al- 
teró al  verlos  el  virtuoso  misionero;  antes  bien,  luego 
que  supo  el  motivo  y  fin  de  su  venida,  procuró  ante 
todas  cosas  sosegarlos  con  blandura,  y  les  dijo  que  él 
daria  cuenta  de  su  persona.  Logró  con  sus  persuasiones 
calmar  á  los  alborotados  indios;  se  hizo  acompañar  á 
la  casa  de  la  mujer  embarazada,  y  al  verla  la  preguntó 
si  sabía  en  qué  tiempo  habia  cometido  aquella  falta. 
La  culpada,  sin  prever  la  consecuencia  de  la  respues- 
ta, confesó  llanamente  lo  que  se  le  pedia :  entonces  el 
P.   misionero  manifestó  que  en    aquel    tiempo    habia 
estado  ausente  del  lugar  en  donde  ella  habia  cometido 
su  pecado,  y  los  indios,  no  pudiendo  replicar,  lo  deja- 
ron, quedando  más  acreditada  su  virtud.  No  por  esto 
depusieron  estos  bárbaros  el  odio  mortal  que  tenian  á 
los  PP.  misioneros,  porque  los  miraban  como  enemi- 
gos de  su  culto  y  preocupaciones,  por  más  chocantes 
que  pareciesen  á  la  luz  de  la  razón. 

41.  Nadie  mejor  que  el  limo.  Sr.  D.  Fr.  Miguel 
de  Benavides  podia  saber  lo  que  pasaba  en  Pangasinan 
en  aquel  tiempo;  ni  es  de  presumir  exagerase  los  he- 
chos, cuando  daba  razón  de  su  iglesia  á  la  Santidad 


26l    , 

de  Clemente  VIII.  Voy  á  trasladar  algunas  de  las  cláu- 
sulas de  la  relación,  tales  como  se  hallan  en  la  historia 
del  limo.  Sr.  Aduarte :  «Los  milagros,  dice,  con  que 
se  han  convertido  estas  gentes,  han  sido  la  vida  de  los 
ministros;  aunque  tampoco  han  faltado  milagros,  por- 
que el  Señor  de  cuando  en  cuando  ha  descubierto  su 
poderosa  mano.  Fueron  allá  (á  Pangasinan)  al  princi- 
pio seis  religiosos  de  la  dicha  Orden  de  Predicadores, 
y  viéndolos  los  indios,  luego  les  preguntaban  cuándo 
se  hablan  de  ir :  no  veian  la  hora  de  echarlos  de  sí  y 
de  su  tierra,  y  como  los  aborrecían,  no  habia  remedio 
que  les  diesen  de  comer,  ni  por  su  dinero;  y  así  pade- 
cieron por  espacio  de  tres  años  muchos  trabajos;  pero 
corrían  parejas  la  rebeldía  de  ellos  y  la  paciencia  de  los 
padres.  Sobre  esto  cayeron  enfermos  de  ellos  cinco,  y 
lo  estuvieron  cinco  meses;  pero  al  cabo  de  ellos,  sin 
médicos,  ni  medicinas,  ni  regalos,  fué  Dios  servido  de 
darles  la  salud.  Eran  tales  los  tratamientos  que  les  ha- 
cían los  indios,  sin  tratar  de  convertirse  ninguno  de 
ellos  á  nuestra  santa  fe,  que  teniendo  noticia  de  ello  el 
Sr.  Obispo  de  estas  islas  D.  Fr.  Domingo  Salazar,  á 
petición  de  muchos  capitanes  españoles,  quiso  que  los 
religiosos  les  dejasen  y  se  saliesen  de  entre  ellos;  los 
cuales  eran  realmente  la  más  mala  gente  y  más  fiera 
y  cruel  que  habia  en  la  tierra;  gente  indómita,  y  que 
sus  fiestas  eran  cortarse  la  cabeza  unos  á  otros;  pero  el 
prelado  que  entonces  era  de  la  Orden  no  quiso  con- 
venir en  ello,  antes  dijo :  Egos  indios  tan  malos,  quiero 
yo  que  los  conviertan  mis  frailes.  Después  de  tres  años, 
en  los  cuales  sólo  bautizaron  algunos  niños  (que  las 
niñas  no  las  querían  dar),  comenzaron  á  creer  á  los 


—  262  — 

religiosos,  y  fué  el  principio  que  el  Señor  tomo  para 
ello,  que  como  vieron  los  indios  el  modo  de  vivir  de 
los  frailes,  los  ayunos  y  penitencias  que  hacian,  su  pa- 
ciencia en  los  trabajos,  y  que  no  solamente  no  les  ha- 
cian mal  alguno,  antes  acudian  á  sus  necesidades,  co- 
menzaron á  ablandarse  y  creer  lo  que  les  decian. » 
(Aduarte,  lib.  i,  cap.  xxi.)  No  puede  darse  un  testi- 
monio más  brillante  de  los  padecimientos  y  dificulta- 
des que  nuestros  misioneros  experimentaron  en  la  con- 
versión de  los  pangasinanes;  testimonio  que  tanto  por 
la  calidad  de  la  persona  que  lo  escribió,  cuanto  por  la 
del  Papa  á  quien  se  dirigia,  y  tiempo  en  que  se  hizo, 
merece  toda  fe. 

42.  Es  á  la  verdad  un  grande  desconsuelo  para  los 
predicadores  del  Santo  Evangelio  el  hallar  tanta  dureza 
y  pertinacia  en  aquellos  4  quienes  procuran  reducir  al 
gremio  de  la  fe,  principalmente  cuando  éstos  despre- 
cian altamente  el  tesoro  inestimable  de  la  doctrina  que 
se  les  predica  en  nombre  del  Señor,  y  aquéllos  no  pue- 
den vislumbrar  el  fin  de  sus  trabajos  y  afanes.  En  estos 
casos  es  preciso  revestirse  de  una  constancia  heroica,  y 
recordar  la  máxima  consoladora  del  Apóstol  :  que  el 
hombre  planta  y  riega,  pero  que  Dios  es  quien  da  el 
incremento.  Nuestros  venerables  misioneros  experi- 
mentaron á  la  letra  esta  verdad  entre  los  pangasinanes, 
pues  plantaban  y  regaban  la  semilla  evangélica,  sin  que 
medrase,  en  la  estéril  tierra  de  aquellos  empedernidos 
indios,  hasta  que  Dios,  mediante  el  extraordinario  au- 
xilio de  su  gracia,  satisfecho  de  las  penas  y  oraciones 
de  sus  siervos,  ablandó  la  dureza  de  los  indios,  y  em- 
pezó á  hacer  fructificar  de  un   modo   maravilloso  su 


26ji    

palabra.  Más  había  de  un  año  que  nuestros  misioneros 
estaban  en  aquella  provincia,  sin  haber  podido  conse- 
guir ninguna  clase  de  ventajas,  ni  lograr  siquiera  que 
los  indios  oyesen  sus  sermones.  ¡Tal  era  la  repugnan- 
cia que  tenian  á  la  nueva  religión !  Cansado  el  P.  Vi- 
cario provincial  de  aguardar  inútilmente,  le  pareció 
que  ya  era  tiempo  de  romper  el  silencio  y  procurar 
que  los  esquivos  indios  los  escuchasen.  Aprovechando 
el  favor  que  le  facilitaba  D.  Juan  de  Vera,  indio  prin- 
cipal, que  por  haber  estado  algún  tiempo  en  Manila 
ya  era  cristiano,  y  de  un  hermano  suyo  que  gobernaba 
el  pueblo,  se  determinó  á  ir  por  las  casas  y  pedir  que 
los  indios  le  entregasen  los  niños  para  administrarles  el 
santo  sacramento  del  Bautismo,  ya  que  los  grandes  es- 
taban empeñados  en  rechazar  un  don  tan  precioso. 
Por  este  medio  fué  Dios  servido  de  conceder  á  este 
celoso  misionero  que  comenzase  á  recoger  las  primi- 
cias de  la  fe;  pero  aun  fué  necesario  que  su  divina 
Majestad  obrase  un  milagro. 

En  efecto,  cerciorado  el  misionero  que  en  una  de  las 
casas  que  tenía  á  la  vista  habia  una  criatura  de  poca 
edad,  subió  á  ella,  acompañado  del  V.  P.  Fr.  Luis  Gan- 
dullo,  la  pidió  para  administrarle  el  bautismo,  y  los  de 
la  casa,  que  ya  la  hablan  escondido,  le  aseguraron  que 
allí  no  había  criatura  alguna.  Pero  ésta  desmintió  por 
sí  misma  el  dicho  de  sus  padres,  porque  levantando  la 
cabeza  en  su  mismo  escondite,  fué  vista  por  el  com- 
pañero del  Vicario,  y  hablándole  en  lengua  española, 
le  dijo:  "Vén,  hijo  mió,  que  no  sabes  el  valor  del  bien 
que  pierdes  escondiéndote  del  santo  sacramento  del 
Bautismo.»  ¡Cosa  maravillosa!  Con  esta  invitación,  que 


—  264  — 

el  niño  naturalmente  no  podía  entender,  salió  y  se  aco- 
gió á  los  brazos  de  este  venerable  misionero,  quien  lo 
abrazó  con  ternura  y  le  llevó  á  la  iglesia,  en  donde  lo 
bautizó  sin  repugnancia  de  sus  padres,  que  no  pudie- 
ron menos  de  conocer  que  la  mano  de  Dios  habia 
obrado  este  milagro.  Con  este  y  otros  casos  extraordi- 
narios se  fué  ablandando  la  dureza  de  aquellos  fieros 
corazones,  y  empezaron  á  respetar  á  los  PP.  misione- 
ros, que  con  tanta  paciencia  insistían  en  convertirlos 
á  la  fe. 

43.  La  mudanza  que  el  Señor  obró  en  algunos  prin- 
cipales que  reglan  á  la  plebe,  contribuyó  en  gran  ma- 
nera á  la  conversión  de  toda  la  provincia.  Entre  ellos 
se  distinguió  uno  de  Magaldan,  llamado  Casipit :  habia 
sido  antes  tan  enemigo  de  la  fe,  que  hallándose  en  una 
ocasión  un  padre  Franciscano  en  su  pueblo,  habia  de- 
terminado asesinarle  :  con  este  fin  ya  le  tenía  derribado 
en  el  suelo,  y  consumara,  á  no  dudarlo,  su  delito,  si 
otros  indios  más  prudentes  no  se  lo  estorbaran.  A  la 
llegada  de  nuestros  misioneros  todavía  no  estaba  do- 
mada esta  fiera;  antes  bien  hacia  tal  oposición  á  sus 
proyectos,  que  se  presentó  en  Manila  para  que  el  go- 
bierno dispusiese  que  saliesen  de  su  pueblo,  habiendo 
antes  ofrecido  la  mitad  de  su  hacienda  al  encomendero, 
á  fin  de  que  lo  ayudase  para  lograr  su  necia  pretensión. 
Este  Saulo  perseguidor  no  tardó  en  convertirse  en  otro 
Pablo,  apóstol  de  su  nación.  El  Señor,  para  ablandarlo, 
convirtió  primeramente  á  su  mujer  mediante  las  celo- 
sas diligencias  del  P.  Soto,  el  cual,  persuadido  de  que 
su  conversión  habia  sido  milagrosa,  la  llamó  Gracia 
en  el  Bautismo.  Estando  la  neófitá  bien  impuesta  en  la 


—  265  — 

doctrina  de  la  religión  que  tan  de  veras  habia  abraza- 
do, no  tardó  en  procurar  la  conversión  de  su  marido, 
y  éste  empezó  también  á  escuchar  con  poca  repugnan- 
cia las  exhortaciones  piadosas  de  su  consorte.  Convir- 
tióse al  fin,  y  abrazó  de  veras  la  religión  que  tanto  habia 
odiado.  Fué  siempre  muy  constante  y  fiel  á  su  primera 
vocación,  y  con  sus  exhortaciones  y  ejemplo  indujo  a 
otros  muchos  á  que  pidiesen  el  bautismo.  A  su  con- 
versión se  siguió  la  de  tres  hijas  que  tenía  y  de  toda  su 
familia,  que  era  numerosa.  Luego  empezó  á  manifes- 
tar á  Dios  su  agradecimiento,  dando  muchas  limosnas 
para  hermosear  su  casa,  y  atender  á  la  subsistencia  de 
los  PP.  misioneros.  Costeó  el  retablo  mayor  de  la  igle- 
sia, contribuyó  con  una  suma  muy  considerable  para 
levantar  los  colaterales,  y  nunca  dejó  de  ser  su  más 
fiel  y  constante  bienhechor.  Su  casa,  que  antes  habia 
sido  el  asilo  de  la  superstición,  fué  convertida  en  un 
verdadero  oratorio,  en  donde  sólo  se  trataba  de  servir 
al  verdadero  Dios.  De  esta  y  otras  conversiones  verda- 
deramente milagrosas,  resultó  el  gran  respeto  que  tu- 
vieron luego  los  pangasinanes  á  los  PP.  misioneros  y 
su  doctrina,  entrando  por  el  camino  real  de  la  Iglesia, 
y  convirtiéndose  en  un  pueblo  fiel  y  fervoroso,  habien- 
do sido  antes  tan  rebelde  á  la  gracia  como  dócil  á  las 
instigaciones  del  demonio. 

44.  Luego  que  los  pangasinanes  empezaron  á  reci- 
bir la  fe,  ellos  mismos  procuraron  desterrar  la  idolatría, 
que  por  tantos  años  habia  dominado  en  su  país,  y  á  fin 
de  que  los  PP.  misioneros  no  dudasen  de  su  sinceridad, 
les  descubrian  los  secretos  y  les  suministraban  medios 
para  que  la  verdad  triunfase  completamente  del  error. 


—  266  — 

En  efecto,  muchos  principales  cristianos  y  catecúme- 
nos que  de  veras  habian  abrazado  la  doctrina  de  la  fe, 
les  decian  sin  rodeos:  «Es  necesario,  padres,  que  para 
convertir  á  todos  los  habitantes  de  esta  provincia,  les 
quitéis  de  una  vez  todo  lo  que  tienen  deputado  para 
el  culto  del  demonio.»  Como  los  PP.  misioneros  no 
deseaban  otra  cosa,  desde  luego  adoptaron  el  consejo 
v  se  resolvieron  á  llevarlo  á  efecto  con  la  prudencia  y 
precaución  que  un  asunto  de  tanta  trascendencia  re- 
queria.  Era  tal  el  temor  que  la   preocupación   habia 
infundido  en   el  corazón   de  los  pangasinanes  acerca 
de  las  cosas  deputadas  á  su  antiguo  culto,  que  no  ha- 
bia entre  ellos  quien  se  atreviese  á  tocarlas;  mas  los 
PP.  misioneros  entraron  á  su  vista  en  los  sitios   que 
ellos  tenian  por  sagrados,  y  sacaron  cuanto  habia  en 
ellos,  para  desengañarlos.  Los  utensilios  de  sus  supers- 
ticiones consistian  casi  todos  en  piezas  de  loza  fina,  y 
también  tenian  un  gran  número  de  tinajas  llenas  de 
vino  muy  añejo,  del  cual  sólo  hacian  uso  las  sacerdo- 
tisas, y  á  ningún  otro  era  permitido  probarlo  ni  tocar- 
lo. Destruidas  todas  estas  cosas,  la  muchedumbre  abrió 
los  ojos  á  la  luz  de  la  verdad;  quedaron  los  indios  con- 
vencidos de  la  inutilidad  de  lo  que  siempre  habian  mi- 
rado con  respeto,  y  desde  entonces  se  entregaron  sin 
dificultad  á  la  instrucción  del  catecismo. 

Dispuestos  los  catecúmenos  como  convenia  para  re- 
cibir el  santo  sacramento  del  Bautismo,  procuraban  los 
PP.  misioneros  dar  un  realce  especial  á  las  imponentes 
ceremonias  que  la  Iglesia  tiene  señaladas  para  la  ad- 
ministración de  tan  augusto  sacramento  cuando  se  ha 
de  conferir  á  los  adultos.  Para  ello  solian  escoger  las 


—  267  — 

vigilias  de  Pascua  y  Pentecostés,  en  cuyos  dias  apare- 
cian  en  las  iglesias  todos  los  catecúmenos  dispuestos,  y 
se  les  reengendraba  con  gran  solemnidad  á  la  vida  de 
la  gracia. 

Vencidas  las  primeras  dificultades,  creció  de  tal  ma- 
nera aquella  cristiandad  naciente,  que  muy  pronto  se 
vio  libre  la  provincia  de  infieles,  pues  nadie  se  podia 
resistir  al  influjo  poderoso  de  la  gracia  para  recibir  la 
doctrina  de  una  ley  predicada  por  tan  dignos  minis- 
tros como  eran  aquellos  celosos  y  ejemplares  misio- 
neros. En  una  relación  que  escribió  en  161 2  el  padre 
Fr.  Bernardo  de  Santa  Catalina,  verdadero  apóstol  de 
los  pangasinanes,  se  explicaba  en  estos  términos :  «Con 
el  gran  cuidado  que  tienen  por  acá  nuestros  religiosos 
de  vivir,  como  hijos  de  nuestro  Padre,  en  la  observancia 
regular  y  celo  de  las  almas,  han  vencido  gentes  indó- 
mitas, que  no  habia  quien  se  pudiese  avenir  con  ellas, 
y  son  ahora  como  unos  mansos  corderos,  grandes  cris- 
tianos :  de  los  niños  recien  nacidos  y  bautizados  tiene 
ya  esta  provincia  de  Pangasinan  diez  mil  en  el  cielo : 
con  estas  partidas  se  va  aumentando  el  número  de  los 
predestinados. »  Así,  después  de  muchas  amarguras,  em- 
pezaron á  probar  aquellos  misioneros  las  dulzuras  y 
consuelos  de  la  gracia,  cogiendo  á  manos  llenas  los 
frutos  preciosos  de  sus  apostólicas  tareas  con  los  mu- 
chos hijos  que  reengendraban  para  Dios  y  su  Iglesia, 

Binalatongan  fué  por  mucho  tiempo  el  centro  de  sus 
operaciones;  pues  de  allí  salian  recorriendo  los  pueblos 
comarcanos,  enseñando,  predicando  y  publicando  con 
la  mayor  solemnidad  el  santo  Evangelio.  La  segunda 
iglesia  que  edificaron  fué  la  de  un  pueblo  inmediato. 


—  268  — 

llamado  Gabon,  que  ha  perdido  ya  su  existencia,  in- 
corporado con  el  de  Calasiao,  y  sólo  se  ha  conservado 
su  nombre  en  un  barrio  no  distante  del  convento  de 
éste,  en  el  camino  que  va  á  Magaldan.  Su  casa,  sin 
embargo,  se  halla  aceptada  en  el  primer  capítulo  pro- 
vincial celebrado  en  1588. 

45.  Decia  el  limo.  Sr.  D.  Fr.  Miguel  de  Benavi- 
des  á  su  Santidad  que  no  faltaron  milagros  en  Panga- 
si  nan  á  los  principios  de  su  conversión;  y  en  efecto,  el 
Sr.  Aduarte  (lib.  i,  cap.  xxiii)  refiere  algunos  casos 
que  comprueban  lo  que  aquel  prelado  venerable  afir- 
maba. No  se  obraron  ciertamente  con  la  frecuencia  que 
en  la  primitiva  Iglesia;  pero  no  faltaron  los  suficientes 
para  que  estos  indios  conociesen  que  nuestros  misio- 
neros les  predicaban  una  religión  divina.  En  Calasiao 
se  puede  muy  bien  asegurar  que  empezó  la  conversión 
de  sus  vecinos  por  medio  de  un  milagro.  Estaba  allí 
el  P.  Fr.  Alonso  Montero  muy  afanado  en  predicar 
las  verdades  de  nuestra  santa  religión  y  la  necesidad  del 
bautismo  á  los  indios :  en  esta  sazón  le  dijeron  que 
en  un  campo  distante  de  la  iglesia  habia  muerto  una 
criatura  sin  bautismo.  Al  oir  el  celoso  misionero  una 
nueva  tan  poco  agradable,  se  afligió  en  gran  manera, 
y  como  si  el  Señor  le  hubiese  inspirado  lo  que  habia 
de  suceder,  lleno  de  fe,  suplicó  á  los  circunstantes  con 
empeño  que  le  trajesen  aquella  criatura  muerta  ó  viva. 
Obedecieron  los  indios  á  su  voz;  se  presentarork  en 
donde  estaba  el  cadáver,  y  pidiéndolo  en  nombre  del 
misionero  á  sus  padres,  lograron  fácilmente  lo  que  sólo 
servia  á  éstos  de  estorbo.  Serian  las  doce  de  la  noche 
cuando  los  indios  llegaron  al  convento,  y  apenas  estuvo 


—  269  — 

la  criatura  en  presencia  del  P.  misionero  empezó  á  dar 
señales  de  vida;  abrió  los  ojos,  y  parecia  que  disperta- 
ba de  un  profundo  sueño.  Entonces  se  le  administra- 
ron las  aguas  saludables  del  bautismo,  y  desde  luego 
empezó  á  mejorar  hasta  que  recobró  perfectamente  la 
salud.  Creció  la  criatura  afortunada,  y  vivió  muchos 
años  como  buen  cristiano,  dando  siempre  buen  ejem- 
plo á  los  demás.  Su  vida  era  la  admiración  de  todos,  y 
no  era  conocido  por  otro  nombre  que  por  el  de  resu- 
citado. Es  lamentable  el  descuido  de  nuestros  primeros 
misioneros  en  practicar  aquellas  diligencias  que  son  in- 
dispensables para  la  calificación  de  un  hecho  milagro- 
so. En  este  caso  no  consta,  es  verdad,  por  diligencias 
jurídicas  que  los  enviados  por  el  P.  misionero  hallasen 
á  la  criatura  muerta;  mas  las  circunstancias  con  que  lo 
refiere  aquel  ilustre  historiador,  y  los  efectos  saludables 
que  produjo,  colocan  el  hecho  sobre  la  esfera  de  las 
leyes  de  la  naturaleza. 

46.  Daré  fin  á  este  capítulo  con  otro  caso  prodigio- 
so, para  que  conste  que  el  Señor  no  dejaba  de  mostrar 
de  vez  en  cuando  su  admirable  omnipotencia  en  testi- 
monio de  su  fe.  Uno  de  aquellos  primeros  misioneros, 
al  pasar  en  una  ocasión  por  una  calle  para  administrar 
la  confesión  á  un  enfermo,  fué  llamado  para  que  su- 
biese á  una  casa  en  donde  habia  una  cristiana  que  es- 
taba padeciendo  los  dolores  de  parto  más  terribles.  Diez 
dias  habian  trascurrido  con  peligro  de  morir  juntamente 
con  el  feto,  y  al  ver  al  P.  misionero  en  su  presencia, 
animada  de  una  viva  fe,  le  suplicó  que  le  leyese  el 
Santo  Evangelio.  El  misionero  accedió  gustoso  á  los 
deseos  de  la  neóhta;  rogó  á  los  circunstantes  que  reza- 


—  270  — 

sen  entre  tanto  algunas  oraciones,  y  él  leyó  en  alta  voz 
el  evangelio  de  San  Juan  :  In  principio  erat  Verbum.  Al 
llegar  á  las  palabras :  Rt  Verbwn  caro  factuf?i  est ,  se 
oyó  llorar  á  la  criatura,  que  acababa  de  nacer  buena  y 
salva,  sin  que  la  madre  hiciese  en  el  acto  demostración 
alguna  de  dolor.  Los  presentes,  en  su  vista,  no  pudieron 
menos  de  admirarse  y  confesar  la  eficacia  de  las  ora- 
ciones de  la  Iglesia.  De  esta  suerte  se  iba  acreditando 
y  propagando  la  doctrina  de  la  fe,  y  los  PP.  misione- 
ros eran  respetados  de  una  gente  que  al  principio  los 
miraba  con  horror.  No  es  menos  admirable  la  seguri- 
dad con  que  andaban  éstos  de  un  pueblo  á  otro,  solos 
y  desarmados,  cuando  aun  eran  tan  aborrecidos;  pero 
también  es  preciso  confesar  que  el  Señor,  por  cuya 
gloria  trabajaban,  los  guardaba  por  medio  de  una  vir- 
tud superior,  como  los  mismos  indios  llegaron  á  en- 
tenderlo. Lo  cierto  es  que  siempre  anduvieron  de  esta 
suerte  entre  ellos,  mientras  los  españoles  no  podían 
dar  un  paso  sin  gran  riesgo  si  no  andaban  bien  acom- 
pañados y  armados. 

« Otros  muchos  milagros  podrian  ponerse  aquí  (con- 
cluye el  mismo  limo,  autor),  que  se  dirán  después, 
tratando  de  muchos  religiosos  de  gran  virtud  que  esta 
provincia  ha  tenido,  y  muchos  más  son  los  que  se  ca- 
llarán, por  haberlos  ocultado  sus  autores.»  Y  puedo 
añadir  que  lo  dicho  basta  para  manifestar  la  gran  pre- 
dilección con  que  el  Señor  ha  mirado  á  la  nación  pan- 
gasinana,  la  que  ha  perseverado  hasta  nuestros  dias 
profesando  con  fervor  la  doctrina  de  la  fe,  tal  como  se 
la  predicaron  los  primeros  fundadores  de  la  provincia 
del  Santísimo  Rosario. 


—  I']  I  — 


SEGUNDO  PERIODO. 

COMPRENDE  DESDE  EL  PRIMER  CAPÍTULO  PROVINCIAL,  CELEBRADO  EN  I  588, 
HASTA  EL  NUEVO  Y  VOLUNTARIO  VASALLAJE  PRESTADO  POR  LOS  HABI- 
TANTES DE  ESTAS  ISLAS  X  LA  CORONA  DE  ESPAÑA  X  ÚLTIMOS  DEL  SI- 
GLO   XVI. 

CAPÍTULO   IV. 

Llegan  á  Manila  otros  cuatro  religiosos  de  la  Orden.  —  Primer  capítulo  pro- 
vincial en  1588.  —  Patronato  de  Santa  María  Magdalena.  —  Aceptación 
de  las  primeras  casas  de  la  provincia.  —  Mucre  el  P.  Fr.  Gregorio  de 
Ochoa.  —  Primera  visita  del  provincial  Fr.Juan  de  Castro.  —  Llegan  otros 
religiosos,  y  se  da  principio  al  ministerio  de  los  chinos.  —  Fundación  del 
hospital  de  San  Gabriel.  —  ídem  de  la  iglesia  y  convento  de  Binondo. — 
Viaje  del  P.  Provincial  y  Fr.  Miguel  de  Benavides  al  imperio  de  China. — 
Sus  trabajos,  y  regreso  á  Manila. — Gobierno  y  visita  del  P.  Fr.  Juan  Co- 
bo.—  Muerte  del  V.  P.  Fr.  Juan  Crisóstomo. 

En  1588  llegaron  á  Manila  cuatro  religiosos  de  la 
Orden,  que  deben  reputarse  entre  los  fundadores  de  la 
provincia  del  Sajitísimo  Rosario.  El  P.  Fr.  Juan  Cri- 
sóstomo debia  pasar  á  Filipinas  en  esta  ocasión,  por  ha- 
llarse ya  algo  aliviado  de  sus  males,  y  en  efecto  se  puso 
en  camino  para  el  puerto  de  Acapulco;  mas  en  Tissa 
recayó  en  su  enfermedad,  y  se  vio  precisado  á  quedar- 
se en  Nueva  España  por  entonces,  con  harto  senti- 
miento de  no  poder  seguir  á  sus  hermanos.  Los  reli- 
giosos que  llegaron  eran,  en  primer  lugar,  el  P.  fray 
Juan  Cobo,  de  quien  dijimos  que  se  habia  quedado 
en  Méjico  el  año  anterior  para  la  expedición  de  los  ne- 
gocios de  la  nueva  fundación.  No  hubiera  sin  duda  de- 
jado por  entonces  la  ciudad,  si  el  Virey  no  le  hiciera 
tuerza  por  un  hecho  que  hace  mucho  honor  á  su  vir- 


—  272  — 

tud.  Como  verdadero  hijo  de  nuestro  Santo  Patriarca, 
reprendia  en  la  cátedra  sagrada  los  vicios  dominantes, 
sin  dirigirse  á  personas  y  sin  temor  á  respetos  huma- 
nos. Mas  aquel  magnate,  que  quizás  era  el  más  cul- 
pable ,  no  sufria  que  los  predicadores  de  la  verdad  cum- 
pliesen con  su  deber  sagrado.  En  su  consecuencia  en- 
vió á  Filipinas  á  nuestro  Fr.  Juan  Cobo  y  al  P.  fray 
Luis  Gandullo  por  igual  motivo,  en  calidad  de  dester- 
rados, cuya  pena  aceptaron  con  acción  de  gracias ,  por- 
que, ademas  de  serles  muy  honrosa,  era  muy  confor- 
me á  sus  deseos.  Con  ellos  se  embarcaron  también  el 
P.  Fr.  Juan  García  y  el  hermano  Fr.  Juan  Deza.  Por 
Febrero  se  hicieron  á  la  vela  en  un  pequeño  y  mal  acon- 
dicionado galeón,  que  naturalmente  debia  irse  á  pique 
en  cualquier  mediano  temporal  que  les  aconteciese.  No 
les  faltó  este  trabajo,  y  los  restantes  pasajeros  no  duda- 
ron en  atribuir  su  salvación  á  las  oraciones  de  estos  ve- 
nerables misioneros,  en  particular  á  las  del  P.  Fr.  Luis, 
quien  tuvo  una  revelación  de  la  Virgen  Santísima,  ase- 
gurándole que  no  hablan  de  perecer  en  él.  Pasaron, 
sin  embargo,  muchos  sustos,  y  llegaron  á  Manila  an- 
tes que  la  provincia  celebrase  su  capítulo  provincial, 
cuyo  acto  se  habia  diferido  por  la  noticia  anticipada 
que  tuvo  el  Vicario  General  de  su  próxima  llegada. 

47.  Entonces  se  trató  de  dar  la  última  sanción  á  la 
nueva  provincia.  El  Vicario  General  aguardaba  impa- 
ciente la  nueva  elección,  con  la  esperanza  de  dejar  el 
cargo  que  estaba  desempeñando  desde  que  la  misión 
se  reunió  en  Sevilla,  no  para  librarse  del  trabajo,  sino 
con  el  piadoso  fin  de  hallarse  expedito  para  dedicarse 
exclusivamente  á  la  conversión  de  los  infieles.  Convo- 


—  273  — 
có,  pues,  á  los  PP.  que  debían  gozar  de  voz  activa  pa- 
ra la  elección  de  prior  provincial,  y  al  efecto  designó 
el  dia  12  de  Junio  de  1588.  En  dicho  dia  se  juntaron 
todos  los  PP.  que  pudieron  reunirse  en  el  convento  de 
nuestro  P.  Santo  Domingo  de  Manila,  y  eligieron  de- 
finidores á  los  PP.  Fr.  Diego  de  Soria,  prior  deí  mis- 
mo, Fr.  Juan  Cobo,  Fr.  Juan  de  Santo  Tomas,  vica- 
rio de  Bataan,  y  Fr.  Bernardo  de  Santa  Catalina,  vica- 
rio de  Pangasinan;  todos  religiosos  excelentes  y  dota- 
dos de  una  virtud  nada  común.  Después  se  procedió  4  la 
elección  de  provincial,  y  no  dudaron  los  vocales  en  pro- 
longar el  gobierno  de  la  provincia  en  la  persona  del  pa- 
dre vicario  general  Fr.  Juan  de  Castro,  que,  sin  em- 
bargo de  que  no  faltaban  sujetos  que  podian  obtener 
con  mucha  dignidad  la  prelacia  superior  de  la  provin- 
cia, como  en  efecto  después  la  obtuvieron,  en  aquellas 
circunstancias  pareció  el  más  apto  para  regir  una  cor- 
poración á  la  cual  habia  dado  el  ser.  Salió ,  pues ,  canó- 
nicamente electo  provincial  ;j  y  ésta  fué  la  tercera  vez 
que  recayó  en  él  la  carga  de  esta  prelacia,  pues  habia 
sido  ya  provincial  dos  veces  en  Chiapa  y  Guatemala. 
Esta  primera  asamblea,  que  en  calidad  de  capítulo  pro- 
vincial celebró  la  provincia  del   Santísimo  Rosario,  si 
bien  contaba  todavía  muy  pocos  individuos,  fué,  no 
obstante,  una  de  las  más  respetables  que  se  han  cele- 
brado hasta  ahora.  Los  vocales  eran  religiosos  venera- 
bles, y  dotados  de  un  celo  extraordinario  por  la  gloria 
de  Dios.  No  reinaba  entre  ellos  la  ambición  de  domi- 
nar; sólo  se  trataba  de  dar  á  la  provincia  un  prelado 
que  la  rigiese  dignamente,  y  adelantase  la  obra  comen- 
zada para  llevarla  á  su  debido  complemento.  Por  esto, 


18. 


—  274  — 
acabado  el  capítulo,  sólo  tuvieron  motivos  de  alabar  a 
Dios,  y  no  pensaron  en  otra  cosa  que  en  volver  á  sus 
trabajosos  ministerios. 

48.  Poco  tuvo  que  hacer  el  definitorio  en  sus  sesio- 
nes, porque  no  habia  abusos  que  corregir  ni  excesos 
que  enmendar.  En  las  ordenaciones  primordiales,  que 
de  común  consentimiento  se  habían  establecido  en  Mé- 
jico dos  años  antes,  se  prevenía  lo  que  los  PP.  misio- 
neros debian  practicar  para  desempeñar  fielmente  el 
ministerio  de  las  almas,  y  cumplir  con  los  deberes  de 
un  perfecto  religioso  :  ahora  sólo  restaba  aceptarlas  é 
inculcar  su  observancia ,  lo  que  hicieron  en  el  princi- 
pio de  sus  actas.  Se  dio  también  á  la  provincia  el  glo- 
rioso título  de  Nuestra  Señora  del  Rosario ,  colocándola 
bajo  el  amparo  de  su  poderoso  patrocinio,  y  se  nom- 
bró por  segunda  patrona  á  la  discípula  amada  del  Se- 
ñor, Santa  María  Magdalena,  como  asegura  el  ilustrí- 
simo  Aduarte;  aunque  en  sus  actas  no  se  hizo  mención 
especial;  se  infiere,  sin  embargo,  de  una  denunciación 
que  se  hizo  en  el  capítulo  provincial  celebrado  en  1 608, 
por  estas  palabras  terminantes  :  T)enuntia?nus ,  divam 
Mariam  Magdalenam  patronam  fuisse,  et  es  se  hujus  nos- 
tr^e  provmcice  ab  initio  suce  fundationis,  licet  actenus  non 
fuerit  litteris  .mandatum;  et  si  necesse  est,  illam  denuo  in 
nostram  patronam  eiigimus.  Se  declaró  que  en  la  pro- 
vincia no  se  admitiesen  curatos,  ni  sus  religiosos  ad- 
ministrasen á  los  indios  ligados  con  el  vínculo  de  jus- 
ticia, sino  que  toda  su  obligación  debia  depender  úni- 
camente de  la  caridad,  por  manera,  que  debia  siempre 
de  quedar  á  su  arbitrio  dejar  los  ministerios  cuando 
bien  les  pareciese;  dando  aviso  de  antemano  á  los  se- 


—  275  — 
ñores  ordinarios,  para  que  entre  tanto  pudiesen  proveer 
á  sus  ovejas  de  ministros.  Esta  saludable  disposición  se 
observó  por  el  dilatado  tiempo  de  dos  siglos,  hasta  que 
por  autoridad  real,  fundada  en  breves  pontificios,  se 
obligó  á  todas  las  corporaciones  religiosas  de  las  islas  á 
recibir  la  institución  canónica  para  administrar  los  pue- 
blos que  no  conservan  el  nombre  de  misiones,  como 
se  dirá  en  su  lugar. 

49.  En  este  capítulo  provincial  se  aceptaron  las  cin- 
co primeras  casas  que  se  hablan  fundado  hasta  enton- 
ces, a  saber:  el  convento  de  nuestro  P.  Santo  Domin- 
go de  Manila,  la  casa  de  Binalatongan,  la  del  partido 
de  Bataan  ó  de  Abucay,  la  de  Gabon,  la  cual  luego 
fué  incorporada  con  la  de  Calasiao,  y  la  de  Nuestra 
Seííora  del  Rosario  de  Macao.  Se  amonestó  en  seguida 
á  todos  los  religiosos  aplicados  al  ministerio  de  los  in- 
dios que  tratasen  á  estos  neófitos  con  mucha  caridad 
y  espíritu  de  mansedumbre,  como  á  hijos  muy  ama- 
dos; mostrándoles  el  amor  que  les  debian,  no  sólo  con 
palabras,  sino  también  con  obras;  y  que  si  alguna  vez 
se  viesen  precisados  á  castigarlos  no  lo  hiciesen  con  sus 
propias  manos,  sino  por  medio  de  otros,  «con  el  fin 
(dicen  los  PP.)  de  que  no  se  convierta  en  furor  la  pa- 
ternal corrección  que  se  hiciere.» 

La  erección  de  la  provincia  del  Santísimo  Rosario ,  y 
la  elección  de  provincial  recaída  en  la  persona  del  padre 
Fr.  Juan  de  Castro,  fueron  confirmadas  en  el  capítu- 
lo general  celebrado  en  Venecia  el  año  de  159^-  Y 
el  Rmo.  P.  Maestro  general  de  la  Orden,  Fr.  Hipó- 
lito María  Vecaria  escribió  una  carta  de  oficio  ala  pri- 
mera, en  la  cual,  entre  otras  cosas,  daba  noticia  a  sus 


—  276  — 

religiosos  del  gran  placer  que  los  PP.  definidores  ha- 
bian  tenido  por  la  erección  de  una  provincia  dedicada 
á  un  fin  tan  elevado  y  tan  conforme  á  los  fines  de  la 
Orden,  asegurándoles  al  mismo  tiempo,  para  su  satis- 
facción, que  no  se  habia  dado  á  la  prensa  la  confirma- 
ción de  ella  en  sus  actas  por  olvido  de  los  que  habian 
corrido  con  la  impresión. 

50.  Poco  después  murió  el  P.  Fr.  Gregorio  de 
Ochoa,  uno  de  los  primeros  misioneros  que  fueron  en- 
viados á  la  conversión  de  los  pangasinanes.  Efa  hijo 
del  convento  de  San  Pablo  de  Valladolid,  en  donde 
vivió  algunos  años  con  grande  ejemplo  de  virtud.  Sus 
conversaciones  sólo  eran  de  Dios,  ó  dirigidas  á  su  glo- 
ria, de  suerte  que  le  disgustaba  cualquiera  otra,  que 
miraba  como  ajena  de  su  estado.  Luego  que  llegó  á  su 
noticia  que  se  trataba  de  fundar  una  provincia  en  Fi- 
lipinas, dedicada  á  la  conversión  de  los  infieles,  se  alistó 
entre  los  primeros  fundadores,  con  los  cuales  llegó  a 
Manila  en  1587.  Destinado  por  el  Vicario  General  á 
la  misión  de  Pangasinan,  enfermó  luego  de  peligro 
por  los  malos  tratamientos  de  sus  feroces  habitantes. 
Como  no  era  fácil  que  recobrase  la  salud  en  donde  no 
se  le  podia  tratar  con  ninguna  clase  de  regalos,  lo  en- 
viaron sus  hermanos  á  Manila,  en  donde  se  restableció; 
mas  cuando  trataba  de  arreglar  una  gramática  para  fa- 
cilitar á  los  principiantes  el  estudio  de  la  lengua  de 
aquella  provincia,  recayó  en  la  misma  enfermedad,  de 
la  cual  no  estaba  todavía  bien  curado;  y  satisfecho  el 
Seííor  de  sus  servicios,  le  dio  la  muerte  de  los  justos, 
para  premiarle,  como  es  de  creer,  sus  merecimientos 
en  la  gloria. 


—  277  — 

Hacia  el  mismo  tiempo  debió  de  fallecer  el  P.  Bo- 
laños,  misionero  de  Bataan,  del  cual  ya  se  ha  hecho 
mención;  no  habiendo  podido  suceder  su  muerte  antes 
del  primer  capítulo  provincial,  como  supone  el  ilustrí- 
simo  Sr.  D.  Fr.  Diego  Aduarte,  por  hallarse  asignado 
en  sus  actas  al  convento  de  nuestro  P.  Santo  Domin- 
go de  Manila,  en  donde  debió  morir,  y  no  en  el  de 
San  Francisco;  pues  no  es  probable  que  pasase  su  en- 
fermedad en  casa  ajena,  cuando  la  propia  estaba  ya 
concluida  y  habitada. 

51.  Concluido  el  capítulo,  y  vueltos  los  vocales  á 
sus  respectivos  ministerios,  trató  el  provincial  de  visi- 
tar personalmente  las  misiones  de  Pangasinan  y  de  Ba- 
taan. El  fin  de  su  visita  no  era  ciertamente  corregir 
abusos,  porque  no  los-habia;  sino  alentar  á  sus  amados 
subditos  y  dirigirlos  en  sus  tareas  apostólicas,  como  tan 
perito  en  ellas,  por  los  muchos  años  de  experiencia 
que  tenía.  Empezó  su  visita  por  Bataan,  y  quedó  muy 
satisfecho  de  los  progresos  de  la  misión,  admirando  la 
gran  docilidad  de  aquellos  habitantes,  y  la  afición  con 
que  se  dedicaban  á  la  instrucción  del  catecismo.  De 
allí  pasó  á  la  provincia  de  Pangasinan,  y  observó  que 
las  noticias  que  corrían  por  Manila  de  las  fatigas  y  pa- 
decimientos de  sus  hijos  eran  todavía  diminutas,  y  les 
faltaba  mucho  para  manifestar  lo  que  realmente  suce- 
dia.  Los  vio  habitar  en  chozas  miserables  en  una  de 
las  provincias  más  húmedas  y  destempladas  de  las  islas 
en  aquel  tiempo;  sin  tener  apenas  con  qué  alimentarse, 
ni  medicinas  con  que  aliviarse  de  los  achaques  consi- 
guientes á  una  vida  tan  austera  y  trabajosa.  Contem- 
plaba gozoso  la  fuga  del  demonio  de  aquella  tierra,  que 


—  278  — 

por  tanto  tiempo  había  tiranizado,  y  fué  testigo  de 
muchas  maravillas,  en  vista  de  las  cuales  no  pudo  me- 
nos de  conocer  que,  á  pesar  de  la  tenacidad  con  que 
aquellos  indios  se  oponian  á  la  fe,  no  estaba  lejos  el  di- 
choso dia  de  su  completa  reducción.  Consoló  á  los  re- 
ligiosos, los  animó  á  la  perseverancia,  y  lleno  de  espe- 
ranzas, regresó  ala  capital,  en  donde  no  le  faltaba  que 
hacer  en  beneficio  de  las  almas  y  gloria  de  Dios. 

5¿.  No  tardó,  después  de  su  visita,  en  recibir  un 
nuevo  consuelo  con  la  llegada  de  cuatro  venerables  reli- 
giosos, entre  los  cuales  se  contaba  el  P.  Fr.  Juan  Cri- 
sóstomo,  que  tanto  habia  trabajado  para  llevar  á  efecto 
la  provincia  del  Santísimo  Rosario^  á  quien  al  fin  dio  el 
Señor  el  consuelo  de  ver  su  obra  más  adelantada  de  lo 
que  podia  prometerse.  Los  restafites  eran  los  PP.  fray 
Francisco  de  la  Mina,  Fr.  Tomas  Castellar  y  Fr.  Alon- 
so Montero  :  los  tres  habían  sido  ya  ministros  de  la 
Nueva  España,  y  el  primero  habia  trbajado  con  mucho 
fruto  por  el  largo  tiempo  de  cuarenta  años.  Este  fué 
destinado  al  partido  de  Bataan,  y  los  otros  dos  á  la  pro- 
vincia de  Pangasinan.  El  P.  Fr.  Juan  Crisóstomo,  co- 
mo más  anciano  y  achacoso,  se  quedó  en  Manila  cui- 
dando de  los  chinos,  que  habian  sido  confiados  á  la 
provincia  del  Santísimo  Rosario. 

Este  ministerio  fué  uno  de  los  primeros  que  el  se- 
ñor Obispo  de  Manila  entregó  á  nuestros  religiosos 
luego  que  llegaron  á  las  islas.  Antes  de  proceder  á  esta 
diligencia  invitó  á  los  superiores  de  otras  provincias  re- 
ligiosas; pero  ninguno  se  determinó  á  cargar  sobre  su 
corporación  un  cuidado  tan  difícil,  y  que  á  la  sazón 
era  de  muy  poca  utilidad,  por  el  escaso  número  que  de 


—  279  — 
esta  nación  se  convertía  á  la  fe.  No  negaré  que  ya  en- 
tonces se  hubiesen  dedicado  algunos  religiosos  de  otras 
órdenes  á  la  conversión  de  estos  extranjeros;  pero  está 
fuera  de  duda  que  á  la  llegada  de  los  nuestros  no  ha- 
hia  un  solo  sacerdote  á  quien  estuviese  confiado  este 
cargo,  y  se  ocupara  en  ello  de  intento;  pues  entonces 
sucedía,  con  poca  diferencia,  lo  que  en  el  dia,  en  que, 
por  regla  general,  tan  sólo  se  bautizan  los  que  tratan 
de  casarse  ó  juzgan  que  con  la  nueva  religión  mejo- 
rará de  suerte  su  fortuna.  Con  el  permiso  del  Obispo 
y  asenso  del  Sr.  Vice-patrono  el  gobernador  D.  San- 
tiago de  Vera,  se  hizo  cargo  la  Provincia  de  este  mi- 
nisterio, y  el  Vicario  General  destinó  á  su  cuidado  á 
los  PP.  Fr.  Miguel  de  Benavides  y  Fr.  Juan  Maldo- 
nado,  quienes  tomaron  posesión  de  él  por  Setiembre 
de  1587.  Desde  luego  se  aplicaron  al  estudio  del  difí- 
cil idioma  de  la  gente  que  debian  administrar;  y  sin 
embargo  de  la  avanzada  edad  de  ambos,  no  tardaron  en 
predicarles  é  instruirles  en  el  mismo,  habiendo  admi- 
nistrado el  santo  sacramento  del  Bautismo  á  tres  de  los 
recien  catequizados,  el  dia  de  los  Reyes  de  1588. 

53.  La  primera  iglesia  que  se  edificó  para  el  cuida- 
do de  los  chinos  estaba  cerca  del  convento  de  nuestro 
P.  Santo  Domingo  de  Manila,  en  el  sitio  donde  está 
ahora  el  baluarte  llamado  de  San  Gabriel,  y  se  le  dio 
por  tutelar  al  glorioso  San  Pedro  Mártir.  Allí  tuvo 
principio  el  hospital  del  Santo  Arcángel,  que  después 
de  varias  traslaciones,  duró  el  dilatado  tiempo  de  dos 
siglos.  En  él  se  cuidaban  los  chinos  enfermos,  á  quie- 
nes al  principio  se  suministraban  los  alimentos  necesa- 
rios desde  la  enfermería  del  convento.  El  año  siguiente 


—  28o  — 

de  1588  se  trasladaron  estos  edificios  más  allá  del  Pa- 
rian,  quedando  este  pueblo  chino  entre  el  convento  y 
el  hospital,  que  desde  entonces  fué  conocido  con  el 
solo  nombre  de  San  Gabriel.  Esta  variación  no  fué  ca- 
sual, ni  obra  exclusiva  de  los  hombres;  porque,  opo- 
niéndose algunos  religiosos  á  que  se  mudase  el  santo 
patrón,  echaron  suertes  entre  los  nombres  de  varios 
santos,  y  por  tres  veces  salió  el  de  San  Gabriel,  mani- 
festándose de  esta  suerte  la  voluntad  de  Dios  en  un 
asunto  que  parecía  de  tan  poca  importancia.  Entonces 
el  P.  Fr.  Juan  Maldonado  fué  substituido  por  el  insig- 
ne P.  Cobo,  quien  acompañó  al  P.  Benavides  en  los 
trabajos  de  este  ministerio,  y  se  dedicó  singularmente 
al  cuidado  de  los  enfermos  con  el  auxilio  del  hermano 
Fr.  Pedro  Rodríguez.  A  la  hora  de  la  muerte  no  ha- 
bía chino  que  no  pidiese  y  aceptase  el  bautismo  que  se 
le  proponía,  y. por  esta  via  empezó  la  conversión  de 
esta  gente  de  una  manera  asombrosa,  de  suerte  que  no 
tardó  en  formarse  una  cristiandad  interesante.  Por  los 
años  de  1597,  con  motivo  de  un  incendio  que  sucedió 
en  el  Parlan,  se  abrasaron  los  edificios  de  la  iglesia  y 
hospital,  y  nuestros  religiosos  empezaron  luego  á  re- 
edificarlos con  más  perfección  y  solidez,  levantándolos 
de  piedra,  cuando  antes  eran  de  tabla  y  ñipa;  pero  la 
ciudad  se  opuso  á  la  prosecución  de  estas  obras,  con- 
siderándolas peligrosas  á  la  seguridad  de  esta  plaza  por 
la  poca  confianza  que  los  chinos  inspiraban  al  gobierno 
de  las  islas.  Por  esta  causa  sólo  se  levantaron  unos  dé- 
biles tabiques,  asegurados  con  maderas,  que  eran  sos- 
tenidas por  pilares.  La  obra  de  este  hospital,  que  á  la 
sazón  se  levantó,  llegó  á  servir;  pero  fué  de  corta  du- 


—    28l    

ración,  y  como  la  provincia  tenía  un  decidido  empeño 
en  conservar  un  establecimiento  de  tanta  importancia, 
el  año  siguiente  de  1598  lo  trasladó  á  la  isla  de  Binon- 
do,  al  lado  del  Pasig,  que  la  separa  de  Manila.  Allí 
permaneció  en  un  estado  más  ó  menos  imperfecto, 
hasta  que  por  último  en  1774  fué  suprimido  por  un 
auto  de  la  Real  Audiencia  de  las  islas,  como  se  dirá  en 
su  lugar. 

54.  Con  la  traslación  del  hospital  quedó  suprimida 
la  iglesia  del  Parian,  y  los  religiosos  dedicados  á  la  en- 
señanza de  los  chinos  se  trasladaron  á  la  de  Binondo, 
fundada  en  1596  bajo  la  misma  invocación  del  Santo 
Arcángel  para  los  chinos  convertidos,  á  quienes  el  ca- 
ballero D.  Luis  Dasmariñas  habia  cedido  la  expresada 
isla  de  Binondo,  con  el  fin  de  tener  á  los  cristianos  de 
su  nación  separados  de  los  infieles;  pues  con  su  vecin- 
dad y  comunicación  no  era  fácil  evitar  las  muchas  su- 
persticiones que  los  chinos  suelen  practicar,  burlando 
la  más  cuidadosa  vigilancia  d«  las  autoridades.  Al  mis- 
mo tiempo,  y  con  el  mismo  fin,  edificaron  nuestros 
religiosos  otra  casa  é  iglesia  en  el  sitio  de  Baybay,  ex- 
tramuros de  Manila,  bajo  la  invocación  de  Nuestra 
Señora  de  la  Purificación;  la  cual  era  como  aneja  de 
aquélla,  y  las  dos  constituian  el  ministerio  de  los  chi- 
nos. Baybay  estaba  situado  entre  Tondo  y  el  Pasig, 
hacia  la  banda  de  la  playa.  Esta  administración  fué  lar- 
go tiempo  disputada  á  la  provincia  del  Santísimo  Ro- 
sario por  los  PP.  Agustinos,  primeros  doctrineros  del 
expresado  Tondo,  hasta  que  por  fin  quedó  agregada  á 
Binondo  por  la  famosa  transacción  que  se  celebró 
en  1 6 1  3  entre  esta  provincia  y  la  del  Santísimo  Nom- 


—    282    — 

bre  de  Jesús.  El  año  siguiente,  por  disposición  del  ca- 
pítulo provincial  que  en  él  se  celebró,  fué  su  iglesia 
suprimida,  y  los  religiosos  que  la  cuidaban  trasladados 
á  la  casa  de  Binondo,  con  cuyo  pueblo  ha  formado 
una  sola  parroquia  desde  entonces,  si  bien  ha  estado 
casi  siempre  su  administración  á  cargo  de  un  religioso, 
especialmente  destinado  á  este  objeto. 

^^.  Este  ministerio  era  considerado  por  la  provincia 
del  Santísimo  Rosario  como  la  llave  que  le  habia  de 
franquear  la  entrada  al  imperio  de  China,  para  predi- 
car en  él  la  doctrina  del  santo  Evangelio.  En  él  los 
religiosos  más  doctos  y  celosos  se  instruian  en  el  idio- 
ma y  costumbres  de  aquellos  extranjeros,  y  procura- 
ban adquirir  relaciones  dirigidas  al  santo  fin  que  inten- 
taban. El  mismo  provincial  Fr.  Juan  de  Castro,  sin 
embargo  de  los  muchos  años  de  edad  que  ya  contaba, 
era  el  que  más  lo  deseaba.  No  sabía,  es  verdad,  el 
idioma  de  los  chinos,  requisito  indispensable  para  que 
pudiese  surtir  algún  efazto  favorable  su  misión;  mas 
tenía  á  su  lado  un  celoso  é  insigne  misionero  que  ya 
lo  poseia.  Era  éste  el  P.  Fr.  Miguel  Benavides,  con 
quien  trató  seriamente  de  hacer  una  tentativa  en  la 
provincia  de  Fo-kien,  de  donde  son  la  mayor  parte  de 
los  chinos  que  van  á  sus  negocios  á  Manila.  Con  este 
intento,  concluida  la  segunda  visita  de  su  provincia, 
se  vio  con  el  Obispo  y  Gobernador,  les  habló  de  su 
proyecto,  y  obtuvo  de  los  mismos  el  permiso  compe- 
tente para  llevarlo  á  efecto.  Faltaba,  no  obstante,  quien 
quisiere  conducirlos;  porque  en  China  está  rigorosa- 
mente prohibida  la  entrada  á  cualesquiera  extranjeros, 
y  los  conductores  son  siempre  castigados  con  severidad, 


—  283  — 
si  tienen  la  desgracia  de  caer  en  manos  de  los  gober- 
nadores. El  fervor,  no  obstante,  de  dos  neófitos  que 
habian  sido  bautizados  en  Manila,  venció  esta  dificul- 
tad, que  parecía  insuperable.  Llamábase  el  uno  Tomas 
Sey-guan  y  el  otro  Francisco :  el  primero  habia  reci- 
bido el  santo  sacramento  del  Bautismo  de  manos  del 
Sr.  Obispo  Salazar,  habiendo  sido  apadrinado  por  el 
Sr.  Gobernador  D.  Santiago  de  Vera  y  su  sobrina  dona 
Ana;  el  segundo  era  hombre  rico  y  de  mucha  influen- 
cia entre  los  suyos :  de  suerte  que  todos  estaban  con- 
fiados en  que,  con  el  favor  de  estos  cristianos,  se  alla- 
narían los  obstáculos  que  se  pudiesen  ofrecer  á  su  lle- 
gada. Pero  las  disposiciones  de  la  divina  Providencia 
eran  otras. 

El  Provincial,  antes  de  salir  de  las  islas  Filipinas, 
nombró  por  su  Vicario  al  P.  Fr.  Juan  Cobo,  para  re- 
gir á  la  provincia  en  su  ausencia,  y  trató  al  mismo 
tiempo  de  enviar  á  la  corte  de  Madrid  al  P.  Fr.  Diego 
de  Soria,  para  desempeñar  el  cargo  de  procurador  ge- 
neral de  la  provincia.  Por  Mayo  de  1590  se  hicieron 
á  la  vela,  llegaron  felizmente  á  las  costas  de  Fo-kien, 
y  registrado  el  buque  que  los  conduela  por  la  marina 
del  Gobierno,  fueron  desde  luego  asegurados  y  con- 
ducidos presos,  con  Tomas  Sey-guan,  á  la  ciudad  de 
Hai-teng,  en  donde  fueron  depositados  por  de  pronto 
en  una  pagoda  dedicada  á  Neo-ma,  diosa  de  la  mar, 
á  quien  los  chinos  navegantes  tienen  gran  veneración. 
En  este  lugar  inmundo  se  vieron  precisados  los  vene- 
rables misioneros  á  celebrar  la  fiesta  de  Pentecostés,  y 
después  de  muchos  dias  fueron  presentados  al  juez  su- 
perior, reputados  por  espías.  Puestos  de  rodillas,  como 


—  284  — 

reos,  en  su  presencia,  sufrieron  un  breve  interrogatorio, 
contestando  á  las  preguntas  el  P.  Benavides.  Este  ce- 
loso misionero  no  tuvo  reparo  en  asegurar  al  orgulloso 
juez  que  su  entrada  en  el  imperio  tenía  por  objeto 
predicar  y  enseñar  á  la  gente  del  país  la  verdadera  re- 
ligión, en  la  cual  se  halla  solamente,  con  exclusión  de 
toda  otra,  la  felicidad  eterna  de  las  almas.  En  esta  au- 
diencia no  fueron  los  venerables  presos  maltratados; 
pero  tuvieron  el  desconsuelo  de  averiguar  la  mala  dis- 
posición de  los  infieles  entre  los  cuales  se  hallaban, 
para  recibir  la  luz  de  la  verdad.  Cuando  el  juez  enten- 
dió que  unos  extranjeros  hablan  ido  á  su  país  para  en- 
señar á  sus  compatriotas  una  nueva  religión,  sólo  dijo 
que  no  tenian  razón,  y  en  seguida  mandó  que  los  de- 
volviesen al  lugar  de  su  depósito. 

56.  Después  ríe  la  primera  audiencia  no  estuvieron 
muchos  dias  nuestros  venerables  misioneros  en  la  pa- 
goda; porque  habiendo  sobrevenido  luego  una  grande 
inundación,  se  denó  de  agua  el  pavimento,  y  se  vieron, 
con  este  incidente,  precisados  á  abandonar  un  asilo  tan 
poco  agradable,  refugiándose  á  una  mala  garita  que 
habia  no  lejos  de  allí  en  la  muralla.  Con  las  incomodi- 
dades causadas  por  los  vientos  y  las  aguas,  y  con  las 
privaciones  consiguientes  á  un  estado  tan  aflictivo,  en- 
fermó de  gravedad  el  anciano  Provincial,  y  para  su 
consuelo  movió  Dios  el  corazón  de  un  gentil  que  ha- 
bia estado  en  Manila,  quien  pidió  al  juez  que  le  per- 
mitiese tener  hospedados  en  su  casa  á  los  dos  presos. 
Obtenido  el  permiso,  trató  á  nuestros  venerables  con 
esmero,  y  les  proporcionó  todas  las  comodidades  que 
podian  desear  en  un  país  infiel.  En  la  mejor  pieza  de 


—  285  — 

la  casa  que  les  designó  exclusivamente  para  su  vivien- 
da, levantaron  un  altar,  y  en  él  celebraban  el  santo  sa- 
crificio de  la  misa  con  extraordinario  consuelo.  El  juez 
procedia  entre  tanto  con  rigor  contra  los  capitanes  que 
los  habian  conducido,  y  esto  era  lo  que  más  atormen- 
taba á  nuestros  venerables.  Tomas  Sey-guan,  que  era 
el  principal,  fué  condenado  á  azotes  y  á  servir  en  la 
milicia,  cuya  pena  es  la  mayor  que  en  China  puede 
sufrir  un  hombre  honrado.  Nuestros  misioneros,  sabi- 
da la  sentencia,  se  interpusieron  con  el  mayor  empeño 
para  que  se  revocase,  ofreciéndose  á  sufrirla  en  sus  per- 
sonas, en  atención  á  haber  sido  ellos  los  autores  de  la 
causa;  mas  el  juez,  si  bien  perdonó  á  Tomas  la  pena 
de  azotes,  admirado  de  la  caridad  de  los  intercesores, 
ejecutó  la  más  penosa,  cual  era  la  de  servir  en  la  mili- 
cia en  clase  de  soldado.  Sin  embargo,  el  fervoroso  neó- 
fito se  conformó  resignado  con  la  pena,  creyéndose 
dichoso  de  sufrirla,  por  habérsela  impuesto  con  moti- 
vo de  haber  procurado  que  el  nombre  del  Señor  fuese 
conocido  en  su  país. 

^"j.  Luego  que  el  juez  llegó  á  penetrarse  de  la  vir- 
tud y  candidej  de  los  venerables  misioneros,  y  vio  la 
gran  conformidad  con  que  sufrían  sus  trabajos,  empezó 
á  tratarlos  con  blandura,  convencido  ya  de  que  no  po- 
dían ser  espías,  como  antes  presumía,  unos  hombres 
de  costumbres  tan  puras  y  sencillas.  Mas  entonces  un 
perverso,  al  ver  la  deferencia  con  que  los  trataba,  atri- 
buyendo á  cohecho  lo  que  sólo  procedia  de  su  buen 
natural,  lo  acusó  á  otro  juez  superior,  inventando  al 
efecto  un  escrito,  en  el  que  se  aseguraba  que  los  pre- 
sos habian  sido  efectivamente  enviados  como  espías  de 


—  a86  — 

Luzon.  La  suspicacia  de  los  chinos,  la  poca  integridad 
y  mucha  codicia  de  estos  jueces,  y  la  falta  de  medios 
que  tenian  los  venerables  presos  para  defenderse  de  una 
impostura  tan  maliciosamente  combinada,  pusieron  el 
negocio  en  un  estado  deplorable.  El  P.  Benavides,  que 
defendia  en  persona  la  inocencia  de  entrambos,  se  es- 
forzaba con  todo  su  talento  en  manifestar  el  único  fin 
que  los  habia  conducido  al  país;  pero  el  juez  apreciaba 
mucho  más  los  cargos  del  falso  acusador  que  las  razo- 
nes alegadas  en  contrario.  El  venerable  Provincial,  por 
otra  parte,  no  estaba  ocioso,  pues  encomendaba  desde 
su  retrete  el  negocio  al  Señor,  quien  al  fin  se  dignó 
consolar  á  sus  afligidos  siervos  en  su  tribulación.  A  su 
divino  auxilio  se  debió  sin  duda  el  desenlace  de  la  tra- 
ma, que  la  malevolencia  y  la  astucia  habian  urdido 
contra  la  inocencia  y  el  candor  de  estos  venerables  mi- 
sioneros. En  una  de  las  muchas  idas  y  venidas  que  el 
P.  Benavides  hacia  al  tribunal,  se  le  hizo  encontradizo 
un  desconocido,  y  le  preguntó  que  adonde  iba  y  cuál 
era  el  negocio  que  traia  entre  manos.  Iba  el  religioso 
á  satisfacer  á  sus  preguntas,  cuando  el  mismo  lo  in- 
terrumpió, añadiendo  que  ya  estaba  de  todo  enterado, 
y  que  la  defensa  de  su  causa  era  muy  sencilla,  pues 
sólo  consistía  en  suplicar  al  juez  que  le  mostrase  el  es- 
crito presentado  contra  él  y  su  prelado,  el  que  hallaria 
sin  firma,  y  por  lo  tanto  ninguna  fe  podia  merecer  en 
aquel  tribunal  superior;  porque,  si  fuese  cierto  lo  que 
en  él  se  afirmaba,  no  debia  ocultar  su  nombre  el  autor, 
puesto  que  ningún  peligro  corría  su  persona  en  dar  la 
cara  contra  dos  indefensos  extranjeros.  Con  la  insinua- 
ción del  desconocido  bienhechor  halló  el  P.  Benavides 


—  287  — 

la  solución  de  la  dificultad;  porque,  adoptando  sus  con- 
sejos, extendió  en  debida  forma  un  escrito,  que  visto 
por  el  juez  lo  absolvió  de  la  demanda,  y  dio  luego  por 
terminado  el  asunto. 

58.  Sucedió  al  P.  Benavides,  durante  el  litigio,  un 
caso  extraordinario,  que  le  mostró  de  un  modo  muy 
patente  el  auxilio  con  que  el  Señor  y  su  Madre  Santí- 
sima lo  estaban  protegiendo.  Habia  presentado  un  es- 
crito en  caracteres  sínicos,  y  estaba  concebido  con  tal 
perfección  y  maestría,  que  el  juez  no  pudo  persuadirse 
fuese  el  firmante  su  autor,  y  aun  llegó  á  sospechar  que 
una  mano  oculta  agitaba  el  negocio.  Como  el  padre 
negaba  este  cargo,  le  mandó  que  compusiese  otro  es- 
crito de  igual  naturaleza  en  su  presencia.  No  dejó  de 
conocer  aquél  la  gran  dificultad  que  en  la  ejecución  se 
ofrecía,  pues  él  mismo  estaba  admirado  de  haber  sali- 
do tan  feliz  en  el  primero.  Entonces  suplicó  al  juez  se 
sirviese  concederle  algún  plazo  para  meditar  acerca 
de  lo  que  habia  de  hacer :  poniéndose  desde  luego  de 
rodillas,  rezó  una  parte  del  rosario  y  pidió  á  la  Virgen 
lo  amparase  para  salir  felizmente  del  conflicto.  Acaba- 
da su  breve  oración,  arregló  el  papel,  echó  mano  del 
pincel  que  sirve  de  pluma  á  los  chinos,  y  empezó  á 
trazar  los  caracteres  en  presencia  de  todos  con  tanta  ó 
mayor  facilidad  que  antes.  Esta  prueba  acabó  de  incli- 
nar al  juez  en  su  favor,  y  no  pudo  menos  de  conocer 
que  los  acusados  procedían  sin  malicia  y  eran  inocen- 
tes. Dispuso,  sin  embargo,  que  debian  salir  cuanto  an- 
tes del  imperio,  por  no  ser  permitida  la  entrada  á  ex- 
tranjero alguno,  según  las  leyes,  sin  autorización  supe- 
rior. Con  esto  quedaron  nuestros  venerables  misioneros 


convencidos  de  que  todavía  estaba  cerrada  en  este  gran- 
de imperio  la  puerta  para  entrar  en  él  la  luz  brillante 
de  la  fe,  por  los  juicios  inescrutables  del  Señor,  que  gra- 
ciosamente confiere  este  precioso  don  á  quien  le  place. 
En  la  primera  ocasión  se  dispusieron  para  regresar  a 
Filipinas;  y  dejaron,  no  sin  dolor,  á  este  país  ingrato, 
sacudiéndose  el  polvo  de  sus  calzados,  según  el  conse- 
jo del  Señor.  Tuvieron  una  feliz  navegación  hasta  Ma- 
nila, en  donde  fueron  recibidos  con  imponderable  gozo 
de  sus  hermanos,  que  con  impaciencia  deseaban  tener 
alguna  noticia  favorable  de  unas  personas  tan  amadas. 
Durante  la  ausencia  del  P.  Provincial  y  compañero, 
el  P.  Fr.  Juan  Cobo  gobernó  la  provincia  con  el  celo 
y  tino  que  era  de  esperar,  en  atención  á  sus  bellas 
prendas  personales;  pero  su  principal  cuidado,  y  lo  que 
más  ocupaba  su  solicitud,  era  el  ministerio  de  los  chi- 
nos, que  á  la  sazón  tan  lisonjeras  esperanzas  prometía 
para  propagar  el  Evangelio  en  su  nación.  Al  ver  que 
no  podia  por  sí  solo  llevar  el  peso  de  un  ministerio  tan 
costoso,  llamó  en  su  auxilio  al  laborioso  joven  Fr.  Do- 
mingo F.  Nieva,  que  con  tanto  celo  habia  trabajado  en 
Bataan,  y  destinó  al  mismo  tiempo  al  hermano  fray 
Pedro  Rodríguez  para  el  cuidado  de  los  chinos  enfer- 
mos de  San  Gabriel,  en  donde  trabajó  con  mucha  ca- 
ridad y  fué  un  instrumento  fiel  de  las  misericordias  del 
Señor.  Visitó  también  las  misiones  de  Pangasinan  y  de 
Bataan,  consoló  á  sus  hermanos,  que  tan  gloriosamente 
trabajaban  en  la  conversión  de  los  infieles,  y  los  animó 
á  la  perseverancia.  En  este  partido  dispuso  que  se  re- 
uniesen á  los  pueblos  de  Samal  y  Abucay  algunas  ran- 
cherías que  habia  en  sus  alrededores,  y  en  las  más  dis- 


—  2B9  — 

tantes  dio  las  providencias  necesarias  para  que  en  ellas 
se  levantasen  hospitales,  en  donde  los  enfermos  pudie- 
sen ser  aliviados  y  asistidos  con  los  auxilios  espirituales 
competentes. 

59.  Por  este  mismo  tiempo  falleció  el  venerable  pa- 
dre Fr.  Juan  Crisóstomo,  satisfecho  el  Señor  de  sus 
merecimientos.  Tuvo  el  consuelo  de  ver  en  su  vejez, 
como  otro  Simeón,  cumplidos  sus  deseos  de  pasar  á 
mejor  vida  fundada  ya  y  muy  adelantada  la  provincia, 
por  la  cual  habia  trabajado  tantos  años  con  celo  infa- 
tigable. Perteneció  este  venerable  misionero  á  tres  pro- 
vincias :  á  la  de  Andalucía,  de  donde  era  hijo;  á  la  de 
Méjico,  en  cuyas  misiones  pasó  lo  más  florido  de  su 
vida  religiosa,  y  á  la  del  Santísimo  Rosario,  que  fundó, 
y  todas  ellas  pueden  gloriarse  con  razón  de  haber  po- 
seído un  hijo  muy  ilustre.  Cuanto  queda  referido  acerca 
de  la  fundación  de  la  provincia  es  suficiente  para  for- 
mar el  elogio  más  completo  de  su  mérito;  y  si  bien  es 
cierto  que  no  tuvo  el  gusto  de  asistir  con  sus  herma- 
nos en  las  primeras  tareas  apostólicas  que  emprendie- 
ron en  las  islas  Filipinas,  no  por  esto  desmerece  el 
glorioso  nombre  de  fundador  de  ella.  Se  quedó  enfer- 
mo en  la  capital  del  Nuevo  Mundo  en  1587,  sufrien- 
do resignado  esta  terrible  prueba  de  su  celo;  en  el  si- 
guiente, no  restablecido  todavía,  se  puso  en  camino 
para  Acapulco,  y  también  se  frustaron  sus  deseos;  en 
el  de  1589  llegó  por  fin  á  su  apetecido  término,  más 
bien  para  ser  testigo  de  los  copiosos  frutos  que  su  pre- 
ciosa planta  producía,  que  para  cooperar  al  apostolado 
de  sus  hijos.  En  el  poco  tiempo  que  vivió  en  la  pro- 
vincia, ya  que  por  sus  achaques  y  vejez  no  le  fué  po- 

TOMO    I.  19- 


—    1^0   — 

sible  trabajar  entre  los  indios,  se  dedicó  con  mucha 
caridad  á  la  asistencia  de  los  chinos  enfermos,  en  cuyo 
hospital  pasó  el  resto  de  su  trabajada  vida.  Aquí  su  es- 
píritu acabó  de  purificarse  en  el  crisol  de  los  trabajos, 
porque  toleró  una  terrible  enfermedad,  en  la  cual  parece 
que  el  Señor  le  hizo  purgar  los  defectos  que  son  inse- 
parables de  la  condición  humana,  con  el  fin  de  pre- 
miarle en  seguida  sus  merecimientos  en  la  gloria.  Mu- 
rió, ó  más  bien  dejó  de  existir  en  este  valle  de  mise- 
rias, el  año  de  1590,  y  su  memoria  ha  quedado  siem- 
pre muy  impresa  en  el  corazón  de  los  verdaderos  hijos 
de  la  provincia  del  Santísimo  Rosario. 


—  291 


CAPITULO  V. 

Llega  á  Manila  el  gobernador  D.  Gómez  Pérez  Dasmariñas,  y  suprime  la 
Real  Audiencia  de  las  islas.  —  Sus  competencias  con  el  Obispo.  —  Conduc- 
ta que  en  ellas  observan  nuestros  religiosos.  —  El  Obispo  se  resuelve  á  pre- 
sentarse personalmente  en  la  corte.  —  Su  viaje.  —  Trata  sus  asuntos  con  el 
Rey.  —  Divididas  las  islas  en  un  arzobispado  y  tres  sufragáneos,  es  nom- 
brado arzobispo  del  primero  y  muere  ántss  de  recibir  las  bulas.  —  Reseña 
de  su  vida.  —  Celébrala  provincia  su  capítulo  en  1592,  y  el  P.  Fr.  Alonso 
Jiménez  es  electo  provincial.  —  Sus  disposiciones  acerca  de  las  vicarías. — 
Muerte  del  P.  Fr.  Juan  Castro,  y  reseña  de  su  vida.  —  Embajada  del  Em- 
perador de  Japón  al  gobierno  de  Manila.  —  Intrigas  de  Foranda. —  Se  cele- 
bra en  Manila  una  junta,  y  el  P.  Fr.  Juan  Cobo  es  nombrado  embajador. — 
Su  llegada  al  Japón  y  nuevas  intrigas  de  Foranda.  —  Infieles  relaciones  de 
algunos  sujetos  acerca  de  esta  embajada.  —  El  P.  Cobo  desempeña  feliz- 
mente su  comisión  y  muere  en  su  regreso.  —  Vuelta  de  Foranda  á  Manila. 

60.  Por  Mayo  de  1590  llegó  á  Filipinas  su  gober- 
nador el  caballero  D.  Gómez  Pérez  Dasmariñas,  cuyo 
nombramiento  habia  procurado  el  P.  Alonso  Sánchez. 
Sólo  faltaba  á  este  ilustre  personaje  la  moderación  de- 
bida á  su  genio  colérico,  para  llenar  perfectamente  el 
interesante  cargo  que  S.  M.  le  confiara;  pero  este  solo 
defecto  le  hizo  cometer  por  desgracia  excesos  indiscul- 
pables, y  lo  indujo  á  romper  la  buena  armonía  con  el 
virtuoso  Obispo  de  Manila.  Trajo  una  buena  porción 
de  tropa  para  la  seguridad  y  firmeza  del  gobierno  de 
las  islas,  y  una  real  disposición  para  suprimir  la  Au- 
diencia de  Manila,  la  que  llevó  á  efecto  con  general 
sentimiento  del  país.  Esta  providencia  fatal  fué  uno  de 
los  amargos  frutos  que  produjo  la  misión  que  llevó  el 
P.  Alonso  Sánchez  á  Madrid,  y  por  desgracia  el  señor 
Obispo  fué  el  que  más  sintió  sus  consecuencias;  por- 
que hallándose  Manila  tan  distante  de  la  corte ,  faltan- 
do el  contrapeso  de  aquel  tribunal  superior,  el  Go- 


—  1^1  — 

bernador  se  constituía  en  un  soberano  casi  indepen- 
diente, de  cuyos  fallos  no  podia  apelarse  más  que  al 
Consejo  de  las  Indias.  Por  esto  se  suscitaron  luego  com- 
petencias entre  las  dos  autoridades,  que  Dasmariñas 
decidia  siempre  en  favor  de  su  jurisdicción.  Para  adop- 
tar esta  medida  se  habia  alegado  como  causa  princi- 
pal la  necesidad  de  una  respetable  guarnición  para  la 
plaza  de  Manila,  cuyos  gastos  podian  suplirse  de  algún 
modo  con  el  sueldo  que  se  daba  á  los  magistrados  y  de- 
mas  oficiales  del  tribunal;  como  si  el  gran  Felipe  II 
fuese  de  tan  mezquino  corazón,  que  por  esto  dejara 
abandonados  á  sus  amados  subditos  á  un  sistema  de 
administración  y  de  gobierno  menos  conveniente.  Sin 
embargo,  la  medida  se  llevó  á  efecto,  porque  así  lo 
creyó  mejor  el  Consejo  de  Indias,  alucinado  por  las  re- 
presentaciones de  aquel  inexperto  enviado,  y  desde  lue- 
go se  tocaron  los  inconvenientes  de  un  paso  tan  poco 
meditado.  Era  Dasmariñas  tan  nimio  en  sostener  lo 
que  miraba  como  propio  de  la  autoridad  Real ,  que  por 
ella,  á  pesar  de  sus  sentimientos  religiosos,  no  repara- 
ba en  deprimir  la  jurisdicción  eclesiástica;  y  como  el 
Obispo  no  tenía  en  Filipinas  á  quien  pudiese  apelar,  su- 
fría humillaciones  con  frecuencia  contra  su  divina  é 
indisputable  autoridad;  pues  la  fuerza  triunfaba  siem- 
pre de  la  razón  y  la  justicia. 

6i.  Nuestros  religiosos,  como  era  natural,  partici- 
paban de  las  penas  que  afligían  al  Prelado,  las  que  llo- 
raron por  mucho  tiempo  en  el  silencio,  á  fin  de  no 
empeorarlas  con  su  positiva  resistencia.  Pero  al  fin  cre- 
yeron que  no  podian  mantenerse  indiferentes  abando- 
nando á  un  padre  y  protector  á  quien  tanto  debían ,  sin 


—  293  — 
incurrir  en  la  odiosa  nota  de  ingratos.  Resueltos,  pues, 
á  defenderlo  con  todos  sus  esfuerzos  dentro  de  los  lí- 
mites que  dictaba  la  prudencia,  tomaron  la  iniciativa, 
procurando  ante  todas  cosas  el  remedio  de  los  males 
por  las  vias  conciliadoras  de  la  paz.  Entablaron  al  efec- 
to negociaciones  eficaces,  propusieron  honrosas  tran- 
sacciones, y  practicaron  cuantas  diligencias  les  suge- 
rian  la  caridad  y  el  saber;  pero  en  vano,  porque  Das- 
mariñas,  parapetado  con  la  Real  autoridad  de  que  se  ha- 
llaba revestido,  creia  que  no  debia  retroceder  sin  men- 
gua de  la  misma,  aunque  se  atravesasen  consideracio- 
nes dé  personas  respetables.  Convencidos  de  la  inutili- 
dad de  sus  esfuerzos ,  pasaron  á  defender  la  verdad  y  la 
justicia  con  la  publicidad  que  estaba  á  sus  alcances,  sin 
temor  de  las  duras  pesadumbres  que  podia  causarles  su 
absoluto  antasfonista.  Los  ecos  v  la  voz  de  su  concien- 
cia  llegaban  a  oidos  de  este  jefe,  y  sin  embargo  de  que 
solia  prorumpir  en  amargas  quejas,  nunca  se  atrevió  á 
usar  de  violencia  contra  ellos,  porque  por  otra  parte 
tenian  buen  cuidado,  como  virtuosos,  de  no  traspasar 
los  límites  de  la  moderación.  El  que  más  se  distinguió 
en  la  defensa  del  Obispo  fué  el  P.  Fr.  Diego  de  Soria, 
y  sin  embargo,  este  insigne  religioso  siempre  mereció 
las  atenciones  y  elogios  de  Dasmariñas. 

62.  Duraron  estas  disensiones  mientras  estuvieron 
juntos  en  las  islas  Dasmariñas  y  el  anciano  Salazar;  y 
los  males  que  éste  deploraba  eran  de  tanta  gravedad, 
que  juzgó  necesaria  su  presencia  en  la  corte  para  re- 
mediarlos, á  pesar  de  que  ya  rayaba  en  los  ochenta  años 
de  edad.  Resuelto,  pues,  á  emprender  un  viaje  tan 
largo  y  penoso,  pidió  á  la  provincia  del  Santísimo  Ro- 


—  294  — 
sario  le  asociase  al  referido  P.  Fr.  Diego  de  Soria;  pe- 
ro Dasmariñas,  temiendo  quizás  las  diligencias  que  éste 
deberia  practicar  contra  sus  disposiciones,  le  negó  el 
pasaporte,  si  bien  lo  concedió  después  al  P.  Fr.  Mi- 
guel de  Benavides,  que  fué  sustituido  al  primero.  Por 
esta  via  S.  M.  llegó  á  conocer  el  mérito  de  este  sabio  y 
virtuoso  misionero,  y  no  tardó  en  elevarlo  sucesivamente 
á  las  sillas  de  Nueva  Segovia  y  de  Manila.  El  Gober- 
nador no  podia  menos  de  temer  la  presencia  del  Pre- 
lado en  Madrid,  y  para  que  tuviese  allí  quien  pudiese 
defenderlo,  nombró  por  su  apoderado  al  Agustiniano 
Fr.  Francisco  de  Ortega.  El  Obispo,  antes  departirse, 
arregló  los  negocios  de  su  diócesis,  y  nombró  por  su 
gobernador  al  P.  Fr.  Cristóbal  de  Salvatierra,  su  pro- 
visor y  compañero. 

63.  En  1 59 1,  diez  años  después  de  haber  goberna- 
do santamente  sus  ovejas,  se  hizo  á  la  vela  el  ilustrísi- 
mo  Prelado,  con  no  poco  sentimiento  de  dejar  á  su  es- 
posa en  una  ausencia  tan  larga,  si  bien  estaba  en  la  fir- 
me confinza  de  volver  á  consolarla  con  el  remedio  de 
los  males  que  sufría.  Desde  Manila  hasta  el  puerto  de 
Acapulco  no  tuvo  más  novedad  que  un  grave  susto, 
motivado  por  la  caida  en  el  mar  de  su  amado  com- 
pañero el  P.  Fr.  Miguel  de  Benavides.  Pero  en  este 
lance  se  patentizó  también  la  gran  privanza  de  que  su 
Ilustrísima  gozaba  ante  la  majestad  de  Dios.  Adverti- 
da la  desgracia,  se  practicaron  desde  luego  las  diligen- 
cias oportunas;  pero  fueron  éstas  tan  tardías,  que  de  na- 
da aprovecharan  si  el  Sr.  Obispo  no  procurara  por  otra 
parte  el  remedio;  porque  cuando  el  piloto  tuvo  noticia 
del  suceso,  ya  estaba  él  caido  más  de  tres  cables  cum- 


—  ^9S  — 
piídos  del  navio  por  la  popa.  Aun  entonces  la  turba- 
ción que  era  consiguiente  á  un  suceso  tan  grave  é  ines- 
perado retardó  la  echada  del  bote  al  agua,  de  suerte 
que  ya  quedaban  muy  pocas  esperanzas  de  remedio. 
Entonces  el  Obispo  se  arrojó  á  los  pies  de  una  imagen 
de  Nuestra  Señora,  en  extremo  afligido,  y  fué  su  ora- 
ción de  tanta  eficacia,  que  sin  otra  diligencia  tuvo  lue- 
go el  consuelo  de  ver  á  su  amado  compaíiero,  mojado 
y  maltratado,  pero  vivo,  en  su  presencia.  Inclinóse  en 
seguida  encima  de  una  caja,  y  dio  gracias  al  Sefior  y 
á  su  Madre  Santísima  por  un  favor  tan  señalado,  ha- 
biendo quedado  todos  asombrados  del  suceso. 

También  en  la  ensenada  de  Campeche  les  aconte- 
ció otro  suceso  digno  de  consignarse  en  la  historia.  Al 
llegar  á  este  sitio  peligroso,  asaltóles  con  efecto  un 
temporal  tan  furioso,  que  arrojó  de  improviso  el  navio 
sobre  una  cala,  en  la  que  quedó  varado  y  profunda- 
mente inclinado  á  una  banda.  La  tripulación ,  que  des- 
de luego  se  tuvo  por  perdida,  se  apresuró  á  saltar  cuan- 
to antes  á  la  playa,  creyendo  con  razón  que  el  casco 
muy  luego  sería  destrozado  por  la  furia  de  las  olas  que 
sobre  él  se  estrellaban.  Mas  el  Obispo,  puesta  la  con- 
fianza en  Dios,  se  quedó  en  él  con  un  solo  sacerdote 
que  lo  acompañaba;  y  habiéndose  puesto  inmediata- 
mente en  oración,  el  navio,  sin  haber  recibido  daño 
alguno,  se  enderezó  antes  de  haber  subido  la  marea. 
Los  que  habian  saltado  á  tierra,  admirados  de  un  suce- 
so que  no  podian  menos  de  considerarlo  milagroso,  se 
reembarcaron  al  momento,  y  se  hicieron  á  la  vela  con 
dirección  á  la  Habana,  en  donde  se  hallaba  una  flota 
que  debia  salir  luego  para  Cádiz.  La  nave  que  condu- 


—  296  — 

cia  al  Obispo  se  incorporó  con  ella,  y  en  breve  llegó 
á  su  destino  sin  haberle  sucedido  otra  novedad  en  el 
viaje. 

64.  La  noticia  de  la  llegada  del  Obispo  de  Manila 
no  fué  grata  en  un  principio  á  los  oidos  de  S.  M.;  pero 
luego  que  estuvo  enterado  de  los  motivos  que  lo  ha- 
bian  conducido,  se  alegró  en  gran  manera,  y  se  mani- 
festó muy  dispuesto  á  otorgarle  cuantas  medidas  pro- 
pusiese en  bien  de  su  iglesia.  Allí  conoció  el  Prelado 
virtuoso  el  grave  daño  que  habia  hecho  el  P.  Alonso 
Sánchez  con  sus  proyectos  peregrinos,  los  que  fueron 
combatidos  victoriosamente  en  varios  escritos  que  pre- 
sentó al  Real  Consejo  de  las  Indias,  auxiliado  por  el 
celoso  y  sabio  P.  Fr.  Miguel  de  Benavides;  algunos  de 
los  cuales  se  conservan  todavía  en  el  archivo  del  con- 
vento de  Manila.  Entre  otras  cosas,  consiguió  que  se 
restableciese  la  Real  Audienia  de  Manila,  y  se  divi- 
diesen eclesiásticamente  las  islas  Filipinas  en  cuatro 
diócesis,  erigiéndose  en  arzobispado  la  silla  de  Manila, 
para  la  cual  fué  propuesto  á  la  Silla  Apostólica  el  mis- 
mo obispo  Salazar.  También  obtuvo  de  la  piedad  del 
católico  Monarca  que  los  prebendados  de  su  iglesia 
fuesen  mejor  dotados,  y  que  se  despachasen  algunas 
providencias  para  atajar  los  abusos  y  excesos  de  los  en- 
comenderos; abusos  que  ellos  sostenian  con  empeño 
como  legítimas  costumbres,  en  grave  perjuicio  de  los 
indios  y  desdoro  del  nombre  español. 

65.  Ya  estaba  aprobada  por  el  Papa  la  erección  de 
las  cuatro  sillas  episcopales  en  las  islas  Filipinas,  y  se 
aguardaban  las  nuevas  bulas  en  favor  del  Sr.  Salazar 
para  metropolitano  de  Manila,  cuando  el  Señor,  satis- 


—  297  — 
fecho  de  los  merecimientos  de  este  prelado' virtuoso,  lo 
llamó  para  sí,  coronando  sin  duda  tantos  méritos  con 
el  premio  de  la  gloria.  Mientras  estaba  trabajando  con 
escritos  y  palabras  en  la  corte  en  favor  de  sus  ovejas, 
le  asaltó  la  postrera  enfermedad,  que  no  tardó  en  con- 
ducirlo al  sepulcro,  terminando  su  larga  y  trabajada 
vida  con  la  muerte  de  los  justos.  Con  motivo  de  sus 
exequias  sucedió  un  hecho  sorprendente,  que  hace  mu- 
cho honor  á  la  piedad  del  gran  Felipe  II :  en  el  mis- 
mo dia  debian  celebrarse  las  del  Arzobispo  de  Toledo, 
y  los  grandes,  según  costumbre,  debian  asistir  á  en- 
trambas. Perplejos  sobre  lo  que  debian  practicar,  ele- 
varon á  S.  M.  una  consulta  acerca  de  lo  que  debian 
hacer  en  aquel  caso,  y  el  piadoso  Monarca,  sin  aten- 
der á  las  grandes  preeminencias  del  Primado,  determi- 
nó que  honrasen  con  su  asistencia  al  prelado  más  po- 
bre y  más  modesto.  En  vista  de  esta  resolución  sobe- 
rana, asistieron  á  las  honras  del  Sr.  Obispo  de  Manila. 
De  esta  suerte  quiso  el  Señor  que  fuese  glorioso  el  se- 
pulcro de  este  prelado  venerable,  que  habia  sido  tan 
amante  de  la  humildad  y  la  pobreza. 

66.  El  limo.  Sr.  D.  Fr.  Domingo  Salazar  fué  uno 
de  los  prelados  más  insignes  que  han  tenido  las  iglesias 
de  las  Indias.  Nació  en  la  Rioja  y  tomó  el  santo  há- 
bito en  el  convento  de  San  Esteban  de  Salamanca.  Fué 
contemporáneo  y  condiscípulo  de  los  sabios  maestros 
Fr.  Domingo  Bañez  y  Fr.  Bartolomé  Medina,  á  quie- 
nes no  era  inferior  en  el  talento  y  en  la  continua  apli- 
cación á  los  estudios.  Pudiera  haber  obtenido  la  nom- 
bradla y  honores  que  la  cátedra  proporcionó  á  estos 
grandes  hombres,  si  los  deseos  de  ocupar  su  vida  en 


—  298  — 

otra  clase  de  trabajos  más  penosos  no  se  lo  estorbaran. 
A  este  fin,  abandonando  las  esperanzas  que  sus  letras 
y  aplicación  le  ofrecian,  se  trasladó  á  la  provincia  de 
Santiago  de  Méjico,  con  el  objeto  de  ocuparse  en  la 
conversión  de  los  infieles,  que  tanto  abundaban  en  aque- 
lla sazón  en  el  vasto  Nuevo  Mundo.  Pero  allí,  contra 
su  inclinación,  lo  destinaron  sus  prelados  á  la  cátedra, 
y  como  religioso  observante,  se  conformó  con  la  volun- 
tad de  aquellos  á  quienes  debia  obedecer.  No  tardó  en 
dar  pruebas  manifiestas  de  su  extraordinario  talento; 
pues  luego  mereció  ser  condecorado  con  el  grado  de 
maestro  en  sagrada  teología,  última  preeminencia  á 
que  puede  aspirar  un  religioso  dominico  en  la  Orden. 
A  pesar  de  esto,  como  no  habia  pasado  á  aquella  apos- 
tólica provincia  para  obtener  honores,  el  Prelado  con- 
descendió al  fin  con  sus  deseos,  que  eran  el  poderse  de- 
dicar exclusivamente  á  la  conversión  de  los  indios,  y 
fué  destinado  á  la  provincia  de  Guajaca,  en  donde  tra- 
bajó con  mucho  celo  y  mucho  provecho  de  las  almas. 
Allí  redujo  á  muchos  infieles  al  redil  de  Jesucristo,  y 
defendió  con  pecho  invencible  á  los  indios  de  toda  cla- 
se de  vejaciones  é  injusticias.  De  aquel  punto  fué  tras- 
ladado á  la  Florida  en  donde  padeció  trabajos  indecibles, 
y  después  de  muchos  años  fué  llamado  á  la  ciudad  de 
Méjico  para  desempeñar  los  cargos  át  prior  del  con- 
vento de  la  Orden  y  de  vicario  provincial ,  honrándolo 
al  mismo  tiempo  el  Santo  Oficio  con  el  distinguido 
título  de  su  primer  consultor.  Después  de  cuarenta 
años,  empleados  gloriosamente,  ora  en  la  conversión  de 
los  infieles,  ora  en  los  diferentes  cargos  que  le  confió 
la  Orden  en  la  capital  del  Nuevo  Mundo,  cuando  creia 


—  299  — 
que  su  muerte  no  podia  estar  distante,  fué  enviado  á  la 
corte  como  protector  de  indios,  para  allanar  dificulta- 
des que  se  ofrecian  con  frecuencia  en  orden  á  la  con- 
versión y  gobierno  de  los  mismos.  En  Madrid  desem- 
peñó su  grave  comisión  con  la  energía  que  habia  here- 
dado de  su  hermano  en  el  hábito,  el  célebre  Fr.  Bar- 
tolomé de  las  Casas,  clamando  siempre  y  procurando 
el  remedio  de  los  males  que  afectaban  á  sus  amados 
protegidos.  Sus  diligencias  é  instancias  no  producian, 
sin  embargo,  el  éxito  feliz  que  se  habia  prometido,  y 
no  tardó  en  ser  nombrado  para  primer  obispo  de  las 
islas  Filipinas. 

67.  Si  se  para  la  consideración  en  las  intrigas  que 
suelen  reinar  en  las  cortes,  no  es  difícil  inferir  cuál  fue- 
se el  objeto  de  los  que  propusieron  á  S.  M.  tal  elec- 
ción; pero  también  es  preciso  confesar  que  en  Mani- 
la, á  la  sazón,  era  absolutamente  necesaria  la  presencia 
de  un  prelado  que  reuniese  las  circunstancias  del  padre 
Salazar.  Colocado  en  la  capital  de  las  islas  Filipinas,  no 
tardó  con  efecto  en  descubrir  los  males  de  que  adole- 
cia  su  iglesia.  Sus  habitantes  se  habian  hallado  hasta 
entonces  sin  pastor,  sujetos  en  lo  espiritual  álos  padres 
misioneros  solamente,  que  si  bien  muchos  de  ellos  es- 
taban revestidos  de  un  celo  verdaderamente  apostólico, 
no  tenian  en  su  mano  los  medios  necesarios  para  con- 
tener los  abusos  que  eran  consiguientes  al  primitivo 
orden  de  cosas,  habida  consideración  á  la  distancia  que 
separa  estas  provincií^s  de  la  metrópoli.  Con  estos  abu- 
sos tan  sensibles  se  vio  precisado  á  lidiar  el  limo.  Pre- 
lado con  notable  riesgo  de  la  vida;  pues  se  ofrecieron 
á  su  celo  varios  lances  peligrosos  y  difíciles,  en  los  que 


—  300  — 

campeó  su  valor  y  prudencia  de  un  modo  admirable. 
Tuvo  disgustos  á  su  llegada  con  motivo  de  la  visita 
diocesana  que  trató  de  plantear;  pues  la  miraba  como 
un  deber  anejo  á  la  dignidad  episcopal,  y  á  la  que  ya 
se  habian  allanado  los  ministros  evangélicos  del  Nuevo 
Mundo. 

Pero  es  preciso  confesar  que  en  esta  parte  el  celo 
del  Prelado  no  fué  del  todo  discreto,  porque  los  regu- 
lares se  hallaban  á  la  sazón  competentemente  autoriza- 
dos para  ejercer  el  ministerio  de  los  indios  sin  ese  re- 
quisito, y  pedia  la  equidad  y  la  prudencia  contempo- 
rizar con  ellos,  pues  eran  los  únicos  que  con  sus  traba- 
jos y  fatigas  mantenían  y  acrecentaban  la  grey  de  Je- 
sucristo en  toda  la  extensión  de  las  islas  Filipinas.  Si  se 
medita,  no  obstante,  ^obre  las  circunstancias  que  ro- 
deaban al  Prelado,  no  será  difícil  descubrir  los  motivos 
que  pudieron  inclinarlo  á  suscitar  una  cuestión  tan  de- 
licada. En  las  islas  habia  excesos  que  corregir,  y  los  pa- 
dres misioneros  no  tenian  el  vigor  suficiente  para  ex- 
terminarlos :  la  autoridad  diocesana  era  sin  duda  más 
poderosa  y  más  fuerte  para  conseguir  aquel  designio; 
pero  al  mismo  tiempo  era  indispensable  que  gozase  de 
prestigio.  Tampoco  debe  omitirse  que  el  Sr.  Obispo  no 
procedía  en  sus  determinaciones  graves  sin  consejo  :  ha- 
cia mucho  aprecio  de  los  dictámenes  del  P.  Alonso 
Sánchez,  y  no  es  de  creer  que  se  apartase  de  su  opi- 
nión en  este  asunto.  Así  lo  juzga  el  autor  de  la  Histo- 
ria universal  de  Filipinas,  part.  ii,  cap.  xv,  núm.  lo, 
en  donde,  hablando  del  asunto,  dice:  «No  es  muy  ex- 
traño tuviese  el  P.  Alonso  Sánchez  la  mayor  parte  en 
las  disensiones  con  los  Agustinos,  pues,  como  dice  la 


—    JOI    — 

carta  del  Obispo  al  Pontífice,  con  él  consultaba  todos 
los  negocios,  casos  y  dificultades.»  El  mismo  P.  Gas- 
par de  San  Agustin,  sin  embargo  de  ser  parte  en  la 
materia,  habla  del  Sr.  Salazar  con  el  mayor  respeto,  no 
dudando  en  apellidarle  santo  muchas  veces,  y  atribu- 
yendo aquellas  disensiones  á  su  timorata  y  escrupulosa 
conciencia,  la  que  pronto  se  aquietó,  dice,  al  ver  los 
pareceres  de  los  PP.  Cruz  y  Aguirre,  residentes  en  la 
Nueva  España,  á  quienes  consultó  S.  lima,  desde  Ma- 
nila. Su  buen  corazón  lo  engañó  en  haber  depositado 
tanta  confianza  en  aquel  padre,  que  no  tardó  en  cau- 
sarle gravísimos  disgustos;  y  puede  asegurarse  que  sus 
proyectos  fueron  la  causa  de  su  viaje  á  la  corte;  viaje 
superior  á  sus  debilitada^  fuerzas  en  una  edad  tan  avan- 
zada. 

68.  Sucedió  su  dichosa  muerte  el  dia  4  de  Diciem- 
bre de  1594,  la  que  fué  muy  sentida  de  cuantos  tu- 
vieron el  gusto  de  tratarlo.  La  provincia  del  Santísimo 
Rosario  fué  la  que  más  debió  llorarla;  pero  se  consola- 
ba con  la  esperanza  de  que  no  la  dejarla  abandonada 
en  la  presencia  de  Dios  el  que  tanto  se  habia  esmera- 
do por  su  prosperidad  viviendo  en  la  tierra.  Su  cuerpo 
fué  enterrado  en  la  iglesia  del  convento  de  Santo  To- 
mas de  Madrid,  en  donde  se  celebraron  sus  exequias, 
y  su  memoria  jamas  se  borrará  del  corazón  de  los  ver- 
daderos hijos  de  esta  Madre  agradecida,  que  con  el  fin 
de  perpetuarla  hace  de  él  mención  especial  en  las  ac- 
tas de  sus  capítulos  provinciales.  El  epitafio  que  se  co- 
locó en  su  sepulcro  explica  en  compendio  las  virtudes 
en  que  se  distinguió  este  venerable  é  ilustrísimo  prela- 
do. Dice,  pues,  así:  Hic  jacet  D.  Fr.  Dominicus  de 


—    302    — 

Sa/azar  Ordinis  Prcedicatorum,  Philippinarum  Episco- 
piiSy  doctrina  clarus,  verus  religiosa  vita  sectator,  sua- 
rum  ovium  piissimus  Pastor ,  pauperum  Pater^  et  ipse 
veré  pauper.  Obiit ,  4  die  T>ecembris  anno  1594. 

69.  Volvamos  ahora  á  reanudar  el  hilo*  de  nuestra 
narración.  Terminado  el  cuatrienio  del  P.  Fr.  Juan  de 
Castro,  se  procedió  á  nueva  elección.  A  este  fin  se  jun- 
taron los  vocales  en  el  convento  de  nuestro  P.  Santo 
Domingo  de  Manila  el  día  19  de  Abril  de  1592,  y 
eligieron  al  P.  Fr.  Alonso  Jiménez,  que  era  a  la  sazón 
prior  del  expresado  convento.  Seglares  y  religiosos  ce- 
lebraron tan  acertada  elección ,  porque  consideraban  al 
electo  muy  digno  de  ocupar  empleos  más  honrosos. 
Entonces  se  estrenó  la  nueva  iglesia  de  piedra  que  nues- 
tros religiosos  edificaron  después  de  haberse  arruinado 
la  primera,  cuyo  acto  dio  más  realce  á  este  capítulo 
provincial.  En  ella  se  defendieron  públicamente  algu- 
nas conclusiones  teológicas  relativas  á  los  abusos  que 
los  PP.  misioneros  debian  impugnar  y  exterminar,  y 
se  decidieron  puntos  muy  interesantes,  con  el  fin  de 
que' los  religiosos  de  la  provincia  del  Santísimo  Posario 
fuesen  de  un  mismo  parecer  y  sentencia  en  asuntos  que 
afectaban  al  ministerio  de  las  almas.  En  particular  se 
ventiló  con  mucha  erudición  el  gravísimo  punto  rela- 
tivo á  la  obligación  que  tienen  los  misioneros  de  las 
islas  de  residir  entre  los  indios  que  les  estaban  enco- 
mendados, á  fin  de  poderles  adoctrinar  personalmente; 
y  se  probó  de  una  manera  incontestable  que  no  po- 
dian  en  conciencia  abandonarlos  con  frivolos  pretex- 
tos; condenando  á  culpa  grave  á  los  que  practicasen 
lo  contrario,  en  atención  á  la  escasez  de  sacerdotes  que 


—  303  — 
pudiesen  sustituirles.  Este  pensamiento  fué  á  la  sazón 
muy  oportuno  para  evitar  que  los  misioneros  abando- 
nasen el  ministerio  de  los  indios  al  ver  que  no  podian 
lograr  los  adelantos  que  les  dictaban  sus  deseos  y  su 
fervoroso  celo  por  la  salvación  de  las  almas.  Es  cons- 
tante que  ni  todos  los  judíos  á  quienes  predicaba  Jesu- 
cristo, ni  todos  los  atenienses  que  oyeron  a  San  Pablo 
en  el  Areópago  se  convirtieron.  Es  una  verdad  inne- 
gable que  en  la  conversión  de  los  infieles  el  hombre 
es  sólo  instrumento  de  la  gracia.  Su  misión  en  esta 
parte  se  reduce  á  sembrar  la  buena  semilla  en  su  cam- 
po respectivo,  y  á  regarla  con  su  celo,  su  caridad  y  su 
constancia.  A  Dios  corresponde  el  incremento  y  des- 
arrollo, según  el  pensamiento  del  Apóstol. 

En  este  capítulo  provincial  se  adoptó  la  máxima  de 
que  fuesen  de  poca  duración  las  vicarías :  por  esto  ve- 
mos en  el  título  de  Absolutiones  que  se  absuelve  al 
sub-prior  del  convento  de  Manila  y  á  todos  los  vica- 
rios de  las  casas,  reeligiéndolos  de  nuevo  ó  trasladán- 
dolos á  otras  casas,  al  arbitrio  de  los  PP.  definidores. 
Al  presente  todavía  se  pone  esta  fórmula  y  se  observa 
esta  práctica  en  las  actas  de  los  capítulos.  También  se 
dispuso  en  el  título  Ordinationes  que  todos  los  religio- 
sos sacerdotes  celebrasen  diez  misas  por  cada  difunto 
de  la  provincia;  pero  se  nota  al  mismo  tiempo  que 
esta  disposición  habia  de  durar  tan  solamente  hasta  que 
hubiese  siete  casas  erigidas;  pues  en  este  caso,  debien- 
do de  ser  mayor  el  número  de  individuos,  sólo  queda- 
rían obligados  á  celebrar  seis,  como  se  ha  practicado 
hasta  nuestros  dias.  • 

70.   Poco  después  de  la  celebración  de  este  capítulo 


—  304  — 

perdió  la  provincia  al  célebre  P.  Fr.  Juan  de  Castro, 
su  principal  fundador,  columna  y  sosten  de  la  regular 
observancia  de  la  misma,  la  que  le  ha  merecido  justa- 
mente el  glorioso  título  de  Santo.  Sintieron  mucho  los 
religiosos,  como  era  natural,  un  golpe  tan  sensible, 
pues  todos  le  miraban  como  un  padre  amoroso,  que 
con  su  prudencia,  doctrina  y  santidad  de  vida  habia 
elevado  la  nueva  fundación  á  un  estado  floreciente.  Era 
natural  de  la  ciudad  de  Burgos  é  hijo  de  hábito  del 
convento  de  San  Pablo  de  la  misma.  Desde  los  prin- 
cipios de  su  vida  religiosa  dio  muestras  especialísimas 
de  lo  que  habia  de  ser,  pues  se  entregaba  de  un  modo 
singular  al  estudio  de  la  virtud  y  de  las  letras,  y  cuan- 
do su  convento  podia  ofrecerle  una  cátedra  para  con- 
decorarlo á  su  tiempo  con  los  honores  con  que  la  Or- 
den suele  premiar  el  mérito  de  sus  hijos  aplicados,  él 
se  trasladó  al  Nuevo  Mundo  para  dedicarse  á  la  con- 
versión de  los  infieles,  á  pesar  de  la  fuerte  oposición 
que  su  padre  y  su  familia  le  hizo  á  fin  de  que  no  se 
ausentara  de  su  patria.  En  Guatemala  trabajó  hasta  su 
última  vejez,  ora  en  el  ministerio  apostólico,  ora  en  los 
oficios  que  la  Corporación  le  conferia,  habiendo  des- 
empeñado por  dos  veces  la  honrosa  prelacia  de  pro- 
vincial. Después  de  haber  honrado  por  dilatados  años 
su  provincia,  fué  enviado  á  la  corte  con  el  fin  de  ob- 
tener de  S.  M.  la  decisión  de  varios  asuntos  en  benefi- 
cio de  los  indios,  y  concluida  felizmente  su  comisión, 
se  retiró  á  su  convento  primitivo  de  San  Pablo  de  Bur- 
gos, á  fin  de  disponerse  para  la  última  partida.  Tal  era 
su  ocupación  cuando  el  P.  Fr.  Juan  Crisóstomo  pro- 
yectó la  fundación  de  la  provincia  del  Santísimo  Rosa- 


rio  Y  principió  á  reunir  algunos  religiosos  para  el  efec- 
to. Con  esta  novedad  se  reanimó  su  celo  por  la  gloria 
de  Dios  y  propagación  del  Evangelio,  y  persuadido  de 
que  aun  podria  ser  de  alguna  utilidad  en  la  proyectada 
fundación,  se  alistó  con  los  primeros  religiosos  de  la 
Orden  que  se  determinaron  á  pasar  á  Filipinas.  Desde 
su  convento  hizo  el  viaje  á  pié  hasta  Sevilla,  y  aquí  se 
vio  en  la  precisión  de  hacerse  cargo  de  la  presidencia 
y  vicaría  general  de  los  demás,  á  quienes  desde  enton- 
ces dirigió  y  condujo  á  la  tierra  deseada,  desempeíian- 
do  los  oficios  de  Moisés  y  de  Josué.  Nombrado  en  Ma- 
nila primer  provincial,  tuvo  el  consuelo  de  presenciar 
los  progresos  que  hacian  sus  amados  hijos  y  hermanos 
en  el  ministerio  apostólico,  y  deseoso  de  allanarles  el 
camino  para  conducir  la  fe  al  imperio  de  la  China, 
hizo  un  viaje  con  la  mayor  intrepidez,  como  queda 
dicho,  á  la  provincia  de  Fo-Kien,  en  donde  padeció 
grandes  trabajos.  Sin  embargo  de  que  habia  recibido 
una  Real  Cédula,  por  la  cual  S.  M.  lo  nombraba  obis- 
po de  Vera- Paz,  tuvo  la  modestia  de  ocultar  á  sus  her- 
manos esta  Real  gracia,  y,  sin  aceptarla,  prosiguió  en 
sus  acostumbrados  ejercicios  religiosos  hasta  la  última 
enfermedad.  Persuadido  ya  de  que  su  hora  era  llegada, 
se  retiró  al  hospital  de  San  Gabriel,  con  el  fin  de  mo- 
rir pobre  entre  los  pobres.  Allí  la  enfermedad  siguió 
su  curso,  y  al  fin,  entre  los  .brazos  y  lágrimas  de  sus 
hermanos,  entregó  plácidamente  su  dichosa  alma  en 
manos  del  Señor. 

Por  este  mismo  tiempo  se  vio  Manib  en  un  con- 
flicto:  su  gobernador,  que  tanto  habia  molestado  al 
santo  obispo  Salazar  y  religiosos  de  la   Orden   que   lo 


—  3o6  — 

habían  defendido ,  se  vio  en  la  necesidad  de  buscar  en- 
tre ellos  el  remedio,  quienes,  por  el  bien  de  la  ciudad 
y  de  las  islas,  perdieron  con  este  motivo  á  uno  de  sus 
más  ilustres  y  graves  cohermanos :  el  hecho  es  el  si- 
guiente. 

71.  Taycosama,  poderoso  emperador  de  las  islas  de 
Japón,  envió  una  embajada  á  Filipinas,  por  medio  de 
la  cual  pedia  nada  menos  que  ser  reconocido  como  se- 
ñor de  ellas,  á  quien  debian  rendirle  sus  moradores 
vasallaje,  con  la  arrogante  amenaza  de  destruirlas  en  el 
caso  de  negarse  su  gobierno  á  sus  imperiosas  exigen- 
cias. No  era  desconocido  en  Manila  el  genio  guerrero 
del  monarca  japonés,  su  orgullo  y  su  poder,  la  proxi- 
midad de  su  imperio  y  el  arrojo  de  sus  tropas,  valien- 
tes y  aguerridas.  Estas  circunstancias,  atendido  el  corto 
número  de  españoles  que  habia  en  Manila  á  la  sazón, 
la  poca  ó  ninguna  confianza  que  se  tenía'  aún  en  los 
indios,  y  la  imposibilidad  de  obtener  nuevos  socorros, 
era  de  sí  suficiente  para  infundir  el  terror  y  el  espanto 
en  el  ánimo  de  todos,  persuadidos  de  que  si  aquel  po- 
deroso emperador  llegaba  á  efectuar  sus  amenazas,  la 
ruina  de  las  islas  sería  inevitable,  si  por  otra  parte  no 
las  salvaba  Dios  por  medio  de  un  prodigio.  Y  es  la 
verdad  que  ni  Dasmariñas  ni  los  españoles  á  quienes 
gobernaba  se  creian  bastante  fuertes  para  resistir  á  tan 
formidable  adversario,  sin  que  por  eso  estuviesen  tam- 
poco dispuestos  á  condescender  con  las  exigencias  de 
aquel  monarca.  No  quedaba,  pues,  otro  medio,  en  tal 
estado  de  cosas,  que  optar  entre  la  esclavitud  6  la 
muerte.  Para  deliberar  en  situación  tan  apremiante  se 
formaron  juntas,  se  emitieron  pareceres,  se  consulta- 


_  307  — 

ron  los  medios  más  prudentes,  y  por  fin  se  resolvió 
que  convenia  entretener  al  orgulloso  soberano  por  me- 
dio de  otra  embajada,  con  la  cual  se  debia  procurar 
ganar  su  voluntad,  y  entablar  solamente  relaciones 
amistosas  de  comercio  entre  Manila  y  Japón,  sin  acce- 
der á  su  propuesta. 

72.  Las  pretensiones  de  Taycosama  habian  sido  pro- 
movidas por  un  japonés  llamado  Foranda  Kiemon, 
quien  tuvo  la  rara  habilidad  de  triunfar  y  hacer  por 
algún  tiempo  su  fortuna  con  embustes.  Este  malvado 
habia  perdido  sus  caudales  juntamente  con  la  fe,  que 
habia  recibido  en  el  bautismo ,  y  tenía  suficientes  no- 
ticias del  estado  de  Manila  por  el  largo,  tiempo  que 
habia  estado  tratando  con  los  españoles  de  esta  capital. 
Era  muy  amigo  de  Laxevadono,  uno  de  los  privados 
de  Taycosama,  y  por  su  medio  pensó  salir  de  la  mise- 
ria, proponiendo  á  este  soberano  la  sujeción  de  las  islas 
FiHpinas  á  su  corona;  cuya  propuesta  no  podia  menos 
de  hallar  en  él  la  más  favorable  acogida,  en  atención 
á  su  carácter  dominante  y  ambicioso.  Presentóle  al 
efecto  un  memorial,  en  que  le  pintaba  á  su  modo  la 
situación  de  Filipinas  muy  acomodada  al  éxito  feliz  de 
su  proyecto :  le  decia  que  estas  islas  estaban  bien  po- 
bladas de  gente  acostumbrada  al  trabajo,  sujeta  á  unos 
extranjeros  que  se  llamaban  castellanos,  á  los  cuales 
pagaban  tributos  los  naturales  del  país  en  oro,  cera, 
mantas  de  algodón,  y  otros  géneros;  que  los  domina- 
dores eran  pocos  y  casi  desarmados,  quienes  no  podrian 
resistirse  á  su  poder;  y  concluia  asegurándole  que,  si 
era  de  su  gusto,  él  mismo  iria  en  persona  á  intimarles 
que  le  rindiesen  obediencia  y  vasallaje.  El  memorial 


—  3o8  — 

tuvo  la  acogida  que  Foranda  podia  prometerse,  porque, 
persuadido  el  ambicioso  emperador  que  de  esta  suerte 
podria  fácilmente  extender  sus  dominios,  se  determinó 
á  enviar  á  Filipinas  una  embajada,  que  confió  al  mismo 
Foranda,  á  quien  dio  una  carta  para  el  gobernador  de 
dichas  islas,  en  la  que  se  esforzaba  en  ponderar  sus 
conquistas,  su  valor  y  el  poder  de  su  imperio;  mani- 
festándole también  que  trataba  de  conquistar  la  China 
y  reino  de  Manila,  y  que  habia  suspendido  el  último 
proyecto  por  las  noticias  que  tenía  del  buen  trato  y 
acogida  que  en  esta  capital  se  daba  á  sus  vasallos.  En 
atención  á  esto,  decia  que  se  habia  limitado  á  enviarle 
una  honrosa  embajada  y  proponerle  que  le  reconocie- 
se como  seíior  de  las  islas,  sin  demora;  pues  de  lo  con- 
trario enviarla  sus  ejércitos  para  destruir  y  asolar  toda 
la  tierra.  Estas  arrogantes  letras  iban  acompañadas  de 
una  catana  ó  sable  al  estilo  de  Japón,  con  la  siguiente 
inscripción  :  Gui-Hoc-Can;  cuyo  significado  se  inter- 
pretaba por  un  perito,  bajo  de  juramento,  en  estos  tér- 
minos :  « Ahí  te  envió  esa  muestra  de  amor  fraternal : 
pasa  la  mar,  para  que  sujeto  me  reconozcas.»  Por  ma- 
nera que  la  señal  misma  de  afecto  que  Taycosama  en- 
viaba á  Dasmariñas,  mostraba  su  altivez  y  arrogancia, 
diciendo  en  compendio  lo  que  se  leia  en  su  larga  carta. 
73.  Despachado  Foranda  de  la  corte,  se  encaminó 
hacia  Nangasaqui  para  embarcarse,  y  presentarse  en 
Manila;  mas  en  aquel  puerto  no  le  faltaron  amigos 
que,  noticiosos  de  las  pretensiones  del  monarca  japo- 
nés y  del  genio  de  los  españoles,  le  manifestasen  que 
con  los  despachos  imperiales  que  llevaba  se  exponía  á 
dejar  la  cabeza  en  aquella  capital,  si  no  procuraba  algún 


—  309  — 

salvo  conducto  para  templar  de  algún  modo  la  dureza 
con  que  en  ellos  se  expresaba  Taycosama.  Con  este  fin 
procuró  Foranda  algunas  cartas  de  los  PP.  Jesuítas  que 
estaban  á  la  sazón  en  Nangasaqui;  mas  el  P.  Valigna- 
no,  visitador  de  la  Compañía,  se  excusó  modestamen- 
te, y  no  accedió  á  sus  deseos  en  este  particular.  Con 
esta  repulsa  ya  no  se  atrevió  Foranda  Kiemon  á  pre- 
sentarse en  Manila  á  desempeñar  la  embajada,  que  él 
mismo  habia  procurado;  se  fingió  enfermo,  y  la  confió 
á  otro  Foranda,  su  sobrino  y  factor,  que  no  corria  tan- 
to riesgo  como  él.  Tales  fueron  los  principios  del  su- 
ceso que  consternó  al  gobierno  y  habitantes  de  Mani- 
la en  1592. 

La  medida  que  en  las  juntas  se  habia  adoptado  era 
ciertamente  la  más  prudente  y  acertada;  pero  faltaba 
quien  se  encargase  de  una  misión  tan  delicada  y  peli- 
grosa. No  halló  Dasmariñas  entre  los  seglares  un  su- 
jeto que  reuniese  las  circunstancias  que  eran  indispen- 
sables para  salir  bien  del  compromiso,  y  le  buscó  en- 
tre los  religiosos  de  la  provincia  del  Santísimo  Rosario, 
la  cual  no  dudó  en  sacrificar  en  esta  ocasión  á  uno  de 
sus  hijos  más  ilustres  para  la  salud  común  de  Filipi- 
nas. Este  fué  el  P.  Fr.  Juan  Cobo,  religioso  sabio  y 
virtuoso,  y  dotado  al  mismo  tiempo  de  un  valor  inal- 
terable, del  cual  ya  habia  dado  muestras  en  repetidas 
ocasiones.  El  Provincial,  á  quien  se  habia  dirigido 
Dasmariñas,  sin  embargo  del  riesgo  que  llevaba  esta 
grave  comisión,  mandó  al  expresado  religioso  que  la 
aceptase,  y  éste,  que  no  tenía  otra  voluntad  que  la  de 
su  prelado,  se  sujetó  humildemente  y  se  conformó  con 
el  mandato. 


—  3^0  — 
74-  Vencidas  las  dificultades  que  se  habian  ofrecido 
en  el  asunto,  trató  Dasmariñas  de  despachar  la  emba- 
jada con  el  decoro  que  pedia  el  honor  nacional.  Escri- 
bió una  carta  á  Taycosama,  y  le  mandó  una  docena 
de  dagas  y  otras  tantas  espadas  de  regalo,  presente  muy 
análogo  al  que  él  mismo  le  habia  enviado  por  medio 
de  su  embajador  anteriormente.  En  la  carta  hacia  una 
sencilla  relación  de  la  llegada  de  su  embajador  con  un 
escrito  en  su  nombre,  de  cuya  realidad  dudaba,  por 
no  haber  venido  á  Manila  una  persona  autorizada,  como 
con  venia  á  su  majestad  imperial;  y  que  con  el  fin  de 
certificarse  le  enviaba  al  P.  Fr.  Juan  Cobo,  como  su 
lugarteniente,  quien  por  la  embajada  recibida,  en  el 
caso  de  ser  real  y  verdadera,  le  haria  el  debido  acata- 
miento, sin  apartarse,  empero,  de  la  intención  y  obliga- 
ción que  tenía  á  su  rey  y  señor,  á  quien  daria  cuenta, 
para  que  S.  M.  se  dignase  resolver  lo  que  fuese  de  su 
mayor  agrado;  que  finalmente  le  enviaba  algunas  co- 
sas de  regalo,  las  que  no  dudaba  serian  de  su  gusto,  y 
que  el  P.  embajador  tenía  las  convenientes  instruccio- 
nes para  informarle  acerca  de  lo  que  S.  M.  imperial  de- 
seaba saber.  De  esta  suerte  daba  salida  ingeniosamente 
á  los  apuros  en  que  se  hallaba,  y  podia  prevenirse  en 
el  caso  de  que  Taycosama  tratase  de  efectuar  sus  ame- 
nazas. Con  este  despacho  salió  de  Manila  el  P.  emba- 
jador por  Julio  de  1592,  acompañado  de  D.  Lope  de 
Llanos,  capitán  de  infantería.  La  navegación  no  fué 
pesada,  pues  sin  haber  tenido  contratiempos  llegó  la 
embajada  en  breve  tiempo  al  puerto  de   Satzuma,   en 
donde  la  estaba  aguardando  el  intrigante  Foranda  Kie- 
mon.  De  aquí  pasó  el  P.  embajador  por  agua  á  Nan- 


—  311  — 
gasaqui,  y  luego  emprendió  por  tierra  su  viaje  hasta 
Nangoya,  en  donde  estaba  Taycosama.  Foranda,  que  lo 
acompañaba,  trató  de  llevar  á  cabo  sus  enredos  con  nue- 
vos embustes  é  intringas,  y  á  este  fin  trataba  de  per- 
suadir al  P.  embajador  que  las  dagas  y  espadas  que 
el  Gobernador  de  Filipinas  enviaba  á  su  emperador  no 
eran  un  regalo  que  le  pudiese  ser  muy  grato,  y  que  en 
su  lugar  le  aconsejaba  que  le  presentase  mil  pesos  en 
moneda  acuñada.  Mas  el  P.  embajador,  que  penetró 
desde  luego  sus  intentos,  se  negó  abiertamente  á  tal 
propuesta;  pues  debia  estar  en  la  inteligencia  de  que 
no  era  un  reconocimiento  lo  que  Dasmariñas  enviaba, 
como  él  quería  dar  á  entender,  sino  un  presente,  de 
costumbre  en  semejantes  casos.  No  falta  quien  diga 
que  Foranda,  sin  embargo  de  la  repulsa  que  le  dio  el 
P.  Cobo,  se  procuró  por  otra  parte  algunos  pesos,  y 
que  los  entregó  en  nombre  del  segundo  en  señal  de 
vasallaje;  mas  esta  noticia  carece  de  verosimilitud  y 
fundamento. 

j^.  En  Nangoya  fué  recibido  el  P.  Cobo  con  las 
atenciones  debidas  á  su  carácter :  fué  obsequiado  y  re- 
galado, y  á  su  tiempo  desempeñó  la  embajada,  entre- 
gando á  Taycosama  los  despachos  y  regalo  del  Gober- 
nador de  Filipinas,  que  aquél  recibió  con  muestras  de 
afecto,  y  después  de  haber  sido  recibido  en  algunas 
audiencias  especiales  y  obsequiado  del  monarca,  fué 
despachado  favorablemente  para  Manila. 

Esta  embajada  ha  sido  la  piedra  de  escándalo  en  que 
han  tropezado  algunos  historiadores  que  han  escrito 
del  Japón ,  fundados  en  el  texto  del  P.  Luis  Guzman, 
autor  á  quien  no  juzgamos   imparcial  en  la  materia. 


—   312    — 

Los  portugueses,  sin  duda  con  buena  intención,  tenían 
un  vivo  empeiío  en  tener  ellos  solos  misioneros  de  su 
país  en  el  imperio  del  Japón,  y  bastaba  que  cualquiera 
religioso  que  no  fuese  portugués  pusiese  los  pies  en  el 
país,  para  alebrestarse  por  su  llegada,  y  culparlo  de  los 
males  que  sufrían.  Cuando  el  P.  Cobo  entró  en  el  Ja- 
pon,  ya  los  PP.  Jesuítas  habían  sido  extrañados  por  un 
decreto  imperial;  de  suerte  que  la  persecución  mas  fu- 
riosa que  habían  sufrido  aquellos  dignos  ministros  del 
Señor  desde  su  entrada  en  el  imperio,  dio  principio  en 
I  587.  Sin  embargo,  el  P.  Guzman  pone  todo  su  empe- 
ño en  exagerar  los  males  de  la  Compañía  y  de  la  cris- 
tiandad de  este  imperio,  con  motivo  de  las  embajadas 
de  Manila.  Quiere  suponer,  según  el  cronista  de  la  pro- 
vincia de  San  Gregorio  (part.  3.^,  lib.  11,  cap.  vii, 
núm.  70),  que  á  la  llegada  del  P.  Fr.  Juari  Cobo  á  Nan- 
gasaqui  había  cierta  diferencia  entre  dos  castellanos  que 
estaban  ya  en  Japón  y  portugueses,  y  que  á  pesar  de 
haber  querido  los  PP.  mediar  con  su  acostumbrada  ca- 
ridad, valió  poco,  no  obstante,  su  autoridad  para  el  te- 
son  de  los  portugueses;  y  que  entonces  se  enconaron 
los  castellanos  contra  religiosos  y  seglares,  quejándose 
á  Taycosama  del  agravio,  é  informándole  que  los  pa- 
dres se  mantenían  en  Japón,  contra  sus  decretos.  No 
hay  duda  que  si  aquellos  castellanos  obraran  de  tal 
suerte,  como  sin  fundamento  asegura,  se  portaran  ini- 
cuamente; pero  no  se  para  en  una  acusación  tan  odio- 
sa :  quiere  todavía  que  los  males  que  se  agravaron  so- 
bre aquella  infeliz  iglesia  fuesen  en  parte  consecuen- 
cia de  la  embajada  del  P.  Fr.  Juan  Cobo,  por  suponer 
que  este  embajador  se  llevó  de  Nangasaqui  á  Nangoya 


—  3^3  — 
á  uno  de  aquellos  castellanos  agraviados,  que  se  queja- 
ron ante  el  Emperador,  quien  por  ello  se  alteró  de  tal 
manera,  que,  dice,  escribió  al  Gobernador  de  Manila 
otra  carta  tan  arrogante  y  llena  de  amenazas  como  la 
primera;  que  amenazó  de  muerte  á  los  portugueses,  y 
que  les  quitó  los  gobernadores  que  tenian  cristianos, 
poniéndoles  uno  gentil  en  su  lugar;  de  todo  lo  cual 
deduce  como  consecuencia  legítima  que  este  mal,  y 
los  demás  que  le  siguieron,  fueron  producidos  por 
la  embajada  de  Manila.  De  suerte,  concluye  el  Padre 
Guzman,  que  de  toda  esta  embajada  no  se  siguió  otro 
fruto  ni  provecho  sino  la  destrucción  de  aquella  igle- 
sia y  casa  de  Nangasaqui,  y  el  desconsuelo  universal 
de  aquella  cristiandad. 

76.  Es  necesario  tener  una  venda  en  los  ojos,  para 
no  ver  la  ligereza  que  dirigía  la  pluma  de  este  escritor, 
quien  parece  se  propuso  hacer  un  panegíriso  de  los 
portugueses,  y  condenar  cuanto  no  era  conforme  á  sus 
miras.  Cotejado  su  relato  con  lo  que  dice  el  limo,  se- 
íior  Aduarte,  podrá  formarse  un  juicio  más  exacto  de 
la  fe  que  en  la  materia  merece  su  aseveración;  pues, 
según  éste,  el  P.  embajador,  no  sólo  no  abogó  por  los 
castellanos  contra  sus  contrincantes  los  portugueses  de 
Japón  y  PP.  Jesuítas,  sino  que,  como  caritativo  y  ce- 
loso misionero,  intercedió  por  éstos,  á  ñn  de  que  pu- 
diesen habitar  libremente  en  el  imperio  y  reparar  las 
iglesias  destruidas;  ni  es  de  presumir  obrara  de  otra 
suerte  un  sujeto  que  por  su  extraordinaria  virtud  ocu- 
pa un  lugar  muy  distinguido  en  las  crónicas  de  la  pro- 
vincia del  San f istmo  Rosario.  Igual  equivocación  se  ad- 
vierte en  el  P.  Colin,  lib.  111,  cap.  vi,  fundado  en  los 


—  3H  — 
escritos  del  citado  P.  Luis  de  Guzman,  pues  dice  «que 
no  teniendo  el  P.  Cobo  intérprete  de  la  lengua  por  su 
parte ,  fué  necesario  que  para  tratar  los  negocios  lo  fue- 
sen Foranda  Kiemon  y  su  padrino,  el  valido  del  Em- 
perador, que  le  dio  la  mano  para  sus  embustes;  y  que 
como  éstos  daban  á  la  carta  y  palabras  del  embajador 
las  traducciones  que  les  eran  más  favorables,  y  al  gus- 
to del  Emperador  más  conformes,  les  hizo  éste  tanto 
agasajo  y  honras  á  los  embajadores;  porque  lo  que  lle- 
gó á  entender  fué  la  obediencia,  el  reconocimiento  y 
vasallaje,  que  él  deseaba,  de  los  españoles.»  [Crónica  de 
la  provincia  de  San  Gregorio,  parte  3.^,  lib.  i,  capítu- 
lo VII,  núm.  1 16.) 

De  esta  suerte  desfiguraba  los  hechos  el  citado  his- 
toriador, porque  las  embajadas  que  de  Manila  se  des- 
pachaban para  las  islas  de  Japón  no  eran  conformes  á 
las  pretensiones  de  los  portugueses,  empeñados  en  man- 
tener un  absoluto  exclusivismo  en  el  Japón.  Pues  bien; 
si,  según  el  P.  Guzman,  el  P.  Cobo  pasó  por  Nan- 
gasaqui;  si  allí  fué  informado  por  los  castellanos  de  las 
disensiones  que  tenian  con  los  portugueses,  y  si  uno  de 
aquéllos  lo  acompañó  á  Nangoya,  ¿cómo  se  hace  creí- 
ble que  el  embajador  se  presentase  ante  el  Emperador 
sin  un  intérprete  de  su  entera  confianza?  Si,  según  el 
P.  Colin,  fueron  los  embajadores  tan  agasajados  y  hon- 
rados del  Emperador  porque  entendió  que  se  le  con- 
cedía lo  que  habia  pretendido,  ¿por  qué,  entonces,  se- 
gún el  P.  Guzman,  se  portó  con  tanta  aspereza,  tanta 
arrogancia  y  soberbia?  Pero  oigamos  al  limo.  Aduarte, 
autor  contemporáneo,  que  podia  estar  perfectamente 
informado  de  estos  hechos. 


—  3^S  — 
77.  «Supo,  dice,  el  P.  Juan  representarles  bien  la 
grandeza,  magnificencia  y  riquezas  de  nuestro  rey,  la 
fortaleza  de  sus  soldados,  y  cuan  poco  era  Japón  en  su 
comparación;  que  con  muy  poca  gente  habia  conquis- 
tado un  nuevo  mundo;  cosas  bien  ajenas  de  las  que  el 
Emperador  solia  oir,  que  son  todas  lisonjas  y  superio- 
ridades, sin  que  haya  quien  se  atreva  á  hablar  jamas 
de  otra  manera;  pero  como  las  que  el  padre  le  decia 
eran  tan  manifiestas,  y  las  veia  puestas  en  práctica  en 
la  Nueva  España,  en  Filipinas  y  en  la  India,  que  es 
lo  que  él  conoce,  templóse  algo  y  dijo:  que  cesarla  de 
su  intento  si  los  españoles  de  aquellas  islas  le  diesen 
cada  año  algún  presente  en  parias  y  reconocimiento  de 
algún  vasallaje.  A  lo  cual  el  padre  respondió  que  pri- 
mero darian  las  vidas  que  tal  hiciesen;  que  bien  po- 
drían ser  muertos  por  ser  pocos,  pero  no  vencidos,  ni 
sujetos  en  la  tierra  a  otro  que  á  su  rey  legítimo  y  na- 
tural; que  si  Japón  queria  su  amistad,  se  la  harian  muy 
buena  y  la  guardarían  con  gran  fidelidad;  pero  que  no 
esperase  más  de  ellos  por  ningún  caso. »  (Lib.  i ,  capí- 
tulo XXXIII.)  Prosigue  luego  el  mismo  limo,  autor  que, 
lejos  de  indignarse  Taycosama  con  esta  respuesta  tan 
contraria  á  sus  intentos,  le  cayó  en  gracia,  agasajó  al 
embajador,  le  convidó  á  su  mesa  y  le  hizo  grandes  fa- 
vores; que  en  su  vista  se  adelantó  el  P.  Cobo  á  ro- 
garle se  dignase  levantar  la  mano  de  la  persecución 
que  habia  declarado  á  los  PP.  jesuítas,  y  permitiese  re- 
parar sus  iglesias,  que  habia  mandado  destruir;  que  to- 
do cuanto  le  pidió  se  lo  concedió  gustoso,  y  lo  despi- 
dió favorablemente.  Sea  lo  que  se  quiera  de  la  exacti- 
tud de  esta  relación,  la  cual  está  fundada,  sin  embargo. 


—  3i6  — 

en  los  documentos  más  verídicos,  de  cuya  verdad  no 
se  puede  dudar,  ni  se  dudaba  por  nadie  cuando  el  se- 
ñor Aduarte  escribia  su  historia,  lo  cierto  es  que  el  pa- 
dre embajador  se  dispuso  con  la  mayor  celeridad  para 
regresar  á  Filipinas,  y  dar  á  sus  compatricios  la  feliz 
noticia  del  buen  despacho  de  su  embajada;  y  que  Fo- 
randa,  más  perito  en  la  navegación  de  aquellos  mares, 
aguardó  el  buen  tiempo  para  presentarse  en  Manila 
como  embajador  de  Taycosama,  con  el  fin  de  dar  la 
última  mano  á  los  negocios  que  aquél  habia  dejado  en 
buen  estado.  Ahora  bien;  si  Foranda  interpretó  en  sen- 
tido contrario  la  carta  del  Gobernador  de  Filipinas  y 
discursos  del  P.  embajador;  si  persuadió  á  Taycosama 
que  aquél  convenia  en  que  los  españoles  le  prestasen  la 
obediencia  que  de  ellos  pretendia;  si  habló  de  otra  suer- 
te con  el  mismo  embajador,  dándole  á  entender  que  el 
Emperador  quedaba  satisfecho  con  las  relaciones  amis- 
tosas que  aquél  le  proponia,  ¿cómo  fuera  posible  que 
se  atreviese  á  presentarse  ante  el  Gobernador  de  Fipili- 
nas  en  persona,  cuando  antes  se  habia  fingido  enfermo, 
temeroso  de  perder  la  vida  por  la  propuesta  indiscreta 
de  su  emperador?  Las  relaciones,  pues,  de  los  PP.  Guz- 
man  y  Colin  son  inverosímiles,  carecen  de  fundamen- 
to, se  destruyen  por  sí  mismas  y  son  opuestas  á  noti- 
cias más  imparciales,  que  los  demás  autores  graves  y 
contemporáneos  nos  han  legado. 

78.  Alegre  el  P.  Cobo  con  el  resultado  feliz  de  su 
misión,  salió  de  la  corte  y  se  presentó  en  Nangasaqui 
con  los  despachos  necesarios.  Entre  tanto  escribió  y 
entregó  por  precaución  una  carta  á  Foranda,  en  la  que 
daba  noticia  á  las  autoridades  de  Manila  de  los  sucesos 


—  317  — 
de  la  embajada,  y  luego  se  embarcó  en  un  tiempo  pe- 
ligroso para  llegar  cuanto  antes  á  las  islas  Filipinas; 
pero  desgraciadamente  le  asaltó  sin  duda  algún  furioso 
temporal,  que  estrelló,  como  se  cree,  su  embarcación 
sobre  las  costas  de  la  Formosa,  en  donde  pereció  con 
los  que  lo  acompañaban.  Esto  es  lo  que  se  conjetura  de 
su  desgracia,  pues  nada  se  pudo  saber  de  positivo,  des- 
pués de  su  salida  de  las  islas  de  Japón. 

Por  Abril  de  1593  llegó  Foranda  a  Manila  con  el 
carácter  de  embajador  de  Taycosama;  cuya  noticia  al- 
teró en  gran  manera  á  sus  vecinos,  pues  nada  todavía 
se  sabía  del  resultado  que  habla  tenido  la  embajada  del 
P.  Cobo;  mas  el  contenido  de  la  carta  de  este  religio- 
so con  su  verdadera  firma  templó  el  vulgar  rumor,  es- 
tando ya  persuadidos  que  la  embajada  habia  surtido  los 
más  felices  resultados.  Pero  la  extraordinaria  tardanza 
en  llegar  el  P.  embajador  enlutó  de  algún  modo  la  ale- 
gría general,  y  se  trató  con  disimulo  á  Foranda,  por- 
que ya  no  se  ignoraban  en  Manila  sus  intrigas,  y  con- 
venia también  no  dar  á  Taycosama  motivo  alguno  de 
disgusto,  pues  su  enemistad  pudiera  ser  funesta  á  las 
islas  y  al  comercio  que  muchos  de  sus  vecinos  ejercían 
en  Japón.  La  provincia  del  Santísimo  Rosario  fué  la 
que  más  perdió  en  esta  desgracia,  porque  quedó  pri- 
vada de  un  hijo  cuya  ciencia,  prudencia  y  santidad  de 
vida  la  honraban  sobremanera,  particularmente  en  una 
época  en  que  poseía  un  número  tan  escaso  de  sujetos. 
El  Sr.  Aduarte  asegura  que  algunos  religiosos  de  gran 
virtud  tuvieron  privadas  revelaciones,  en  las  que  se  les 
manifestó  que  el  P.  Fr.  Juan  Cobo  habia  pasado  á  go- 
zar de  Dios,  sin  expresar  las  circunstancias  de  su  muerte. 


—  3i«  — 


CAPITULO   VI. 

Dasmariñas  organiza  una  expedición  para  posesionarse  de  las  Molucas,  y  es 
asesinado  por  los  chinos  de  su  galera  en  el  viaje.  —  Observación  acerca  de 
su  muerte. — Le  sucede  en  el  gobierno  su  hijo  D.  Luis,  y  envia  al  P.  fray 
Luis  Gandullo  á  China  para  recuperar  lo  que  los  asesinos  de  su  padre  ha- 
blan robado.  —  Frutos  de  su  viaje. — Llegan  á  Manila  algunos  mandarines 
chinos. — Junta  intermedia  de  1594.  —  La  administración  espiritual  de  Ca- 
gayan  es  entregada  á  la  provincia.  —  Conquista  final  de  Cagayan  por  Car- 
rion.  —  Su  combate  con  unos  corsarios  japones.  —  Guiab  y  sus  dos  herma- 
nos.—  Sujeción  de  la  provincia.  —  Los  PP.  Agustinos  en  la  Nueva  Sego- 
via.  —  La  dejan,  y  entran  en  su  lugar  los  nuestros.  —  Primeros  misioneros 
de  la  Orden  que  dan  principio  á  la  predicación  del  santo  Evangelio  en  sus 
pueblos. — La  sacerdotisa  Fulangan  desaparece  en  Cabicungan.  —  Conver- 
sión de  Siriban.  —  Primeros  bautismos  en  Lal-lo.  —  Tratan  los  de  Abulug 
de  expeler  á  los  PP.  misioneros.  —  Se  convierten  por  último  á  la  fe. —  Te- 
naz resistencia  de  los  de  Camalanyugan. —  Conversión  de  Siguiran. —  Pres- 
tan espontánea  obediencia  al  Rey,  nuestro  seííor,  mediante  las  diligencias 
de  nuestros  religiosos.  —  Relación  del  Sr.  D.  Fr.  Miguel  de  Benavides. 

79.  Luego  que  D.  Gómez  Pérez  Dasmariñas  des- 
pachó su  segunda  embajada  al  soberano  de  Japón,  me- 
diante la  persona  del  santo  mártir  Fr.  Pedro  Bautista, 
de  quien  se  hablará  después,  trató  de  realizar  su  gran 
proyecto,  premeditado  mucho  antes,  sóbrela  conquista 
de  los  Molucas.  Al  efecto  habia  juntado  mil  soldados, 
cuatrocientos  pampangos  arcabuceros,  y  mil  indios  de 
Visayas  entre  lanceros  y  flecheros,  con  cuatrocientos 
chinos  para  el  remo  y  la  marinería  necesaria.  Debian 
conducirlos  un  galeón,  algunas  fragatillas  de  particu- 
lares, varias  galeras  y  otros  buques  de  menor  porte; 
por  manera  que  se  componia  la  escuadra  de  cien  bu- 
ques regulares,  capaces  de  atravesar  aquellos  tempes- 
tuosos mares.  En  Otong  estaba  D.  Esteban  Rodriguez 
de  Figueroa  con  el  mejor  tercio  de  las   tropas,  y  en 


—  JI9  — 
Cebú,  con  otro  tercio,  D.  Luis  Pérez  Dasmariñas,hijo 
del  Gobernador,  el  cual  debia  salir  de  Manila  con  el 
resto  del  ejército,  que  debia  incorporarse  con  la  gente 
de  entrambas.  Este,  contra  el  parecer  de  los  pruden- 
tes ,  quiso  capitanear  personalmente  la  compañía ,  per- 
suadido quizá  de  que  no  habia  por  entonces  un  militar 
en  Filipinas  á  quien  pudiese  confiar  una  escuadra  tan 
crecida.  Salió  del  puerto  de  Cavite  el  17  de  Octubre 
de  1593  con  una  hermosa  galera,  acompañado  de  al- 
gunos religiosos  y  españoles,  y  conduciendo  la  caja 
para  el  pago  de  la  tropa.  Las  demás  embarcaciones  se 
hicieron  al  mismo  tiempo  á  la  vela,  y  navegaron  to- 
das al  principio  con  viento  favorable;  pero  no  tardó  en 
declararse  un  leste  furioso,  que  fatigaba  á  los  bogado- 
res sin  provecho.  La  capitana,  sin  embargo,  más  lige- 
ra y  mejor  provista  que  las  demás,  se  adelantó  más  de 
lo  que  convenia,  hasta  que,  advertido  el  atraso  de  las 
otras  embarcaciones  por  el  Gobernador,  dio  fondo  jun- 
to á  la  punta  de  Santiago,  en  la  costa  de  Batangas.  Aquí 
los  chinos  bogadores  fraguaron  una  conspiración,  que 
desbarató  los  planes  de  esta  grande  empresa.  El  proyec- 
to de  los  desleales  no  dejaba  de  ser  arriesgado,  porque, 
sin  embargo  de  ser  los  traidores  en  número  mayor  que 
los  españoles,  estaban  éstos  bien  armados  y  eran  gente 
de  valor;  mas  la  codicia  envalentonó  á  los  primeros,  y 
la  demasiada  confianza  perdió  á  los  segundos.  Para  rea- 
lizar su  traición  aprovecharon  el  silencio  de  la  noche, 
y  mientras  los  incautos  españoles  estaban  entregados  al 
descanso,  se  armaron  de  todas  armas,  sin  dar  lugar  á 
que  éstos  se  juntasen  ni  pudiesen  defenderse.  Sorpren- 
diéndolos, pues,  en  lo  más  profundo  de  su  sueño,  em- 


—  320  — 

pezaron  á  decapitarlos,  asesinando  á  cuantos  se  les  opo- 
nian.  A  la  gritería  y  confusión  que  eran  consiguientes 
á  la  sorpresa,  despertó  el  Gobernador,  y  al  sacar  la  ca- 
beza por  la  escotilla  se  la  partieron  de  un  sablazo.  Al 
verse  herido  mortalmente  se  retiró  al  camarote,  cogió 
el  libro  del  rezo  de  su  Orden  (era  caballero  del  hábi- 
to de  Santiago),  y  abrazado  con  una  imagen  déla  Vir- 
gen, espiró.  Quedaron  con  vida  un  P.  Franciscano,  el 
secretario  del  Gobernador  y  algunos  otros,  que  logra- 
ron evadirse  de  las  manos  de  los  traidores  á  nado  ó 
con  el  bote,  bien  así  como  los  que  se  hablan  mante- 
nido encerrados  bajo  de  cubierta,  á  quienes  perdona- 
ron los  sublevados,  satisfechos  con  el  rico  botin  de  que 
se  hablan  hecho  dueííos.  Consumado  ya  el  atentado, 
dirigieron  la  proa  los  traidores  hacia  las  costas  de  Zam- 
bales  é  llocos,  para  refugiarse  en  su  país  y  gozar  el 
fruto  de  su  perfidia.  Mas  su  impericia  ó  los  vientos  los 
condujeron  á  Cochinchina,  en  donde  el  Rey  y  sus  mag- 
nates los  despojaron  del  botin. 

Esta  desgracia  desanimó  á  los  capitanes  del  ejército, 
porque,  al  verse  sin  cabeza  ni  dineros,  no  se  atrevieron 
á  proseguir  la  comenzada  expedición,  y  en  su  conse- 
cuencia regresaron  con  sus  buques  á  Manila.  Aquí  tuvo 
lugar  á  la  sazón  una  pequeña  competencia  acerca  del 
sujeto  en  quien  debia  recaer  el  gobierno  de  las  islas : 
algunos  estaban  empeñados  en  reconocer  al  licenciado 
Rojas;  mas  la  elección  ya  estaba  hecha  por  el  difunto 
en  la  persona  de  su  hijo  D.  Luis,  en  virtud  de  una 
Real  disposición  que  habia  recibido,  cuyo  documento 
se  halló  en  un  baulito  que  habia  depositado  en  poder 
del  P.  Agustino  Fr.  Diego  Muñoz.  Con  esto  se  ter- 


—    321    — 

minó  la  competencia,  y  D.  Luis  Pérez  Dasmariñas  to- 
mó posesión  de  su  gobierno  el  dia  3  de  Diciembre  del 
mismo  año. 

80.  Sentimos  como  es  debido  la  desgraciada  muerte 
del  valiente,  del  noble  y  leal  D.  Gómez  Pérez  Das- 
mariñas, pues  ha  sido  uno  de  los  gobernadores  que  más 
han  ilustrado  el  nombre  español  en  las  islas  Filipinas; 
pero  tuvo  como  hombre  sus  defectos.  Se  dejó  llevar 
más  de  una  vez  de  su  genio  colérico,  y  la  supremacía 
del  gobierno  temporal  le  deslumhró  y  no  le  dejó  ver 
como  era  debido  la  superioridad  del  espiritual  en  los 
asuntos  que  competen  á  la  jurisdicción  eclesiástica;  fal- 
tas que  empañaron  su  gobierno,  por  otra  parte  glorio- 
so. Ya  dejamos  dicho  que  la  poca  conformidad  con  el 
Sr.  obispo  Salazar  motivó  graves  competencias,  que 
obligaron  á  este  prelado  virtuoso  á  emprender  un  via- 
je á  la  corte  en  su  avanzada  edad  de  ochenta  años. 
Ahora  veamos  el  distinto  fin  que  la  divina  Providencia 
tenía  reservado  á  uno  y  otro.  Este  salió  victorioso  ante 
la  persona  del  Monarca  de  todos  sus  empeños,  y  acabó 
en  paz  sus  dias  con  la  muerte  de  los  justos;  fué  hon- 
rada y  obsequiada  su  memoria  por  el  Rey  y  por  la 
grandeza  de  la  monarquía  con  preferencia  al  que  es 
mirado  como  primado  de  la  misma,  y  su  venerable 
cuerpo  fué  depositado  como  convenia  á  su  carácter  en 
el  templo  del  Señor.  Su  desdichado  antagonista,  por  el 
contrario,  tuvo  la  desgracia  de  ser  asesinado  un  año 
antes,  sin  que  su  cadáver  pudiese  ser  honrado  con  se- 
pultura eclesiástica,  pues  fué  arrojado  á  la  mar.  La  di- 
ferencia es  muy  notable,  y  sin  necesidad  de  andar  en 
busca  de  milagros,  no  hay  inconveniente  en  afirmar 


—  3^2  — 

que  la  Justicia  divina  quiso  de  algún  modo  reparar  en 
este  mundo  los  agravios  que  habia  recibido  en  la  per- 
sona de  su  representante  en  la  iglesia  de  las  islas,  sin 
que  por  esto  sea  visto  prejuzgar  el  fin  eterno  de  en- 
trambos, que,  piadosamente  hablando,  es  de  creer  se- 
ría cual  se  debe  desear. 

8 1.  Luego  que  el  nuevo  gobernador  arregló  los 
asuntos  de  su  mando,  trató  de  averiguar  el  paradero  de 
los  asesinos  de  su  padre,  rescatar  lo  que  pudiese  de  lo 
robado,  y  pedir  en  donde  convenia  una  satisfacción 
condigna  de  tamaño  atentado.  En  Manila  se  ignoraba 
todavía  el  lugar  adonde  habian  aportado  los  traidores; 
pero  se  presumia  que,  siendo  naturales  del  partido  de 
Chin-chen ,  estarían  allí  refugiados.  Al  efecto  se  deter- 
minó enviar  al  Virey  de  la  provincia  de  Fo-kien,  á  cu- 
ya jurisdicción  pertenece  aquel  distrito,  á  su  sobrino 
D.  Fernando  de  Castro,  acompañado  del  venerable  pa- 
dre Fr.  Luis  Gandullo,  religioso  de  la  Orden,  con 
otro  hermano  de  la  misma,  quienes  debían  entregarle 
una  carta  para  el  Emperador  y  otra  para  él,  entrambas 
dirigidas  al  deseado  fin.  La  salida  no  sufría  demora; 
pero  el  tiempo  no  era  el  mejor  para  efectuarla,  con 
motivo  de  los  nortes  que  suelen  dominar  con  furia  por 
aquellos  mares  desde  Noviembre  hasta  Marzo.  Por  es- 
ta misma  causa,  en  vez  de  ir  directamente  a  la  provin- 
cia de  Fo-kien,  se  vieron  precisados  á  tocar  en  la  de 
Quan-tung,  confinante  con  aquélla  al  O.  del  imperio. 
Los  guarda-costas  los  tuvieron  desde  luego  por  piratas, 
y  como  tales  los  prendieron  y  los  llevaron  ante  el  Vi- 
rey  de  la  provincia,  el  cual,  enterado  del  motivo  de  su 
arribada  y  fin  de  su  viaje,  los  absolvió;  si  bien  escuchó 


—  3^3  — 
con  mucha  frialdad  la  queja  que  le  dieron  contra  los 
asesinos,  por  si  acaso  se  hubiesen  refugiado  en  algún 
punto  de  su  jurisdicción.  A  este  jefe  entregaron  la  carta 
dirigida  al  Emperador,  y  porque  en  su  entrega  no 
guardaron  las  enfadosas  ceremonias  que  se  acostum- 
bran en  el  país,  se  irritó  en  gran  manera  contra  ellos, 
prohibiéndoles  fuesen  á  verle  otra  vez,  y  previniéndo- 
les que  dentro  de  quince  dias  se  debian  ausentar  de  su 
provincia.  Sin  embargo,  el  P.  Gandullo,  mediante 
cierta  suma  que  le  facilitó  el  favor  de  un  amigo,  con- 
siguió que  se  revocase  esta  orden ,  y  se  practicasen  las 
pesquisas  que  el  caso  requería,  para  ver  si  se  podrían  ha- 
llar los  asesinos  que  buscaban. 

82.  No  fué  del  todo  infructuoso  el  viaje  de  este  ve- 
nerable misionero  á  la  provincia  de  Quan-tung,  pues 
habia  en  su  capital  varios  cristianos,  que  habiéndose 
escapado  del  poder  de  los  portugueses  de  Macao,  vi- 
vían allí  como  apóstatas,  sin  acordarse  de  la  religión 
que  profesaban,  y  él  procuró  reducirlos  al  verdadero 
camino  de  su  salvación.  Predicóles  varias  veces  sobre 
lo  que  más  les  convenia,  y  si  bien  los  más  le  escucha- 
ban enternecidos,  familiarizados  ya  con  su  mal  estado, 
se  quedaron,  no  obstante,  en  su  obstinación,  habiéndo- 
se determinado  cuatro  ó  cinco  de  ellos  solamente  á 
presentarse  á  sus  amos  y  vivir  como  debian.  Allí  el 
venerable  misionero  cayó  enfermo  de  peligro;  pero  fué 
Dios  servido  de  restituirle  la  salud  con  una  extraria  co- 
mida de  cangrejos  que  se  le  antojó,  y  luego  se  fué  al 
puerto  de  Macao  con  los  cristianos  prófugos  que  se 
determinaron  á  seguirle.  Aquí  fueron  honrosamente 
recibidos  de  los  portugueses  sus  vecinos,  y  después  de 


—  3^4  — 
refrescar  sus  provisiones  se  partieron  para  Chin-cheu. 
En  esta  ciudad  no  adelantaron  más  en  las  pesquisas  que 
en  Quan-tung,  y  vista  por  D.  Fernando  la  inutilidad 
de  sus  esfuerzos,  trató  de  regresar  á  Filipinas.  Como 
el  celo  del  P.  Gandullo  por  la  propagación  del  Evan- 
gelio habia  sido  el  primer  móvil  que  lo  habia  decidido 
á  emprender  este  viaje,  tanteó  algunos  medios  para  ver 
si  sería  posible  entablar  una  misión  en  el  país,  pero  tu- 
vo el  desconsuelo  de  averiguar  la  extraordinaria  repug- 
nancia que  tenían  los  gobernadores  de  que  se  queda- 
sen extranjeros  en  el  imperio.  Ya  que  le  era  preciso 
regresar  á  Filipinas,  preguntó  si  sería  asequible  un  per- 
miso de  la  autoridad  para  el  efecto  deseado,  y  los  man- 
darines inferiores,  siempre  sedientos  de  dinero  y  dis- 
puestos á  comprometer  el  honor  por  el  ínteres,  le  sig- 
nificaron que  era  cosa  fácil  dando  alguna  suma  por  la 
chapa  ó  licencia.  El  misionero  no  tuvo  inconvenien- 
te en  franquear  la  suma  pedida  para  facilitar  el  fin  que 
tanto  deseaba  la  provincia,  y  en  seguida  recibió  un  pa- 
pel escrito  en  caracteres  que  él  no  entendía;  mas  lue- 
go que  se  lo  interpretaron,  halló  que  la  licencia  sólo  se 
extendía  á  que  podía  comprar  víveres  en  la  ciudad  du- 
rante su  permanencia  en  la  misma.  Con  este  chasco  se 
acabó  de  convencer  que  aun  no  ^ra  tiempo  de  intro- 
ducir en  este  ingrato  imperio  la  ley  santa  del  Sefior. 
Entre  tanto  los  asesinos  de  Dasmariñas  andaban  erran- 
tes por  Cochinchina  y  reinos  circunvecinos,  y  más 
tarde  fueron  habidos  algunos  de  ellos  por  el  gobierno 
de  Macao,  los  que,  remitidos  á  Manila,  expiaron  en  la 
horca  su  perfidia;  pequeña  satisfacción  por  un  delito 
tan  atroz  y  de  tan  funestas  consecuencias. 


—  3^S  — 

83.  Poco  después  de  haber  llegado  á  Manila  el  pa- 
dre Gandullo,  aparecieron  en  la  bahía  de  la  misma 
capital  embarcaciones  chinas  con  algunos  mandarines, 
los  cuales  visitaron  por  dos  veces  al  Gobernador,  sin 
haberse  podido  traslucir  el  verdadero  fin  de  su  viaje. 
Esta  novedad,  con  las  circunstancias  de  la  traición  de 
los  chinos  que  asesinaron  al  malogrado  Dasmariñas,  é 
indiferencia  con  que  los  vireyes  de  Quan-tung  y  de 
Fo-Kien  trataron  á  los  comisionados  del  gobierno  de 
las  islas,  hizo  concebir  sospechas  sobre  si  habria  al- 
gún plan  entre  los  chinos  (que  á  la  sazón  eran  en  gran 
número  en  la  capital  y  sus  alrededores)  contra  el  go- 
bierno español :  sospechas  que  se  hacian  más  creibles, 
en  atención  á  que  los  champanes  apenas  traian  efectos 
de  comercio.  Sin  embargo,  no  por  esto  temió  el  Go- 
bernador sorpresa  alguna,  porque  tenía  la  ciudad  bien 
guarnecida,  y  con  los  recursos  necesarios  para  oponer- 
se á  cualquiera  tentativa.  Con  este  motivo,  y  la  incer- 
tidumbre  que  se  tenía  del  buen  éxito  que  podria  tener 
la  segunda  embajada  enviada  á  Japón,  no  se  llevó  á 
efecto  por  entonces  la  expedición  organizada  para  su- 
jetar las  islas  del  Moluco. 

84.  Estos  acontecimientos  alarmantes  fueron  quizá 
el  motivo  principal  porque  la  provincia  del  Santísimo 
Rosario  omitió  en  1594  la  celebración  del  capítulo  in- 
termedio en  el  tiempo  designado;  pero  como  era  muy 
conveniente  celebrar  estas  religiosas  asambleas  cuando 
la  corporación  no  estaba  aún  perfectamente  organiza- 
da, el  Provincial,  con  el  parecer  de  los  PP.  más  nota- 
bles de  la  misma,  se  determinó  á  convocar  una  junta 
que  pudiese  suplir  las  veces  de  aquél,  para  el    14  de 


—  3'^^  — 
Diciembre  del  expresado  año.  En  ella  se  aceptaron  las 
actas  del  capítulo  general  que  se  habia  celebrado  en 
\^enecia  el  año  de  1592,  con  algunas  glosas  acomoda- 
das á  las  circunstancias  del  país  y  estado  excepcional 
de  la  provincia.  Se  decidieron  también  en  la  misma 
junta  muchos  puntos  relativos  á  la  uniformidad  que 
sus  religiosos  debian  observar  en  la  administración  de 
los  santos  sacramentos,  y  se  hicieron  algunas  ordena- 
ciones que  muestran  el  espíritu  de  fervor  que  animaba 
á  los  pocos  religiosos  de  que  se  componia  á  la  sazón  la 
provincia  del  Santísimo  Rosario. 

85.  Estando  los  padres  en  la  junta  se  les  presentó 
personalmente  el  gobernador  interino  de  las  islas,  don 
Luis  Pérez  Dasmariñas,  manifestándoles  la  gran  nece- 
sidad que  habia  de  ministros  evangélicos  en  la  provin- 
cia de  Cagayan,  pues  hasta  los  españoles  que  guarne- 
cian  la  ciudad  de  la  Nueva  Segovia  estaban  sin  sacer- 
dote que  les  confesase  y  celebrase  el  santo  sacrificio  de 
la  misa,  y  les  rogó  se  hiciesen  cargo  de  su  administra- 
ción. Muchos  indios  de  aquella  provincia  reconocían 
ya,  por  otra  parte,  el  gobierno  de  S.  M.  Católica,  y  pa- 
gaban su  tributo  á  los  encomenderos,  sin  que  se  hu- 
biese tratado  hasta  entonces  de  adoctrinarlos  en  la  ver- 
dadera religión,  por  falta  de  PP.  misioneros.  Nuestros 
religiosos,  que  no  deseaban  menos  propagar  la  luz  del 
Evangelio  que  el  piadoso  Gobernador,  si  bien  se  ale- 
graron en  el  alma  de  una  propuesta  tan  acomodada  á 
sus  intentos,  sentían,  no  obstante,  la  falta  de  sujetos 
para  llevarlo  á  efecto;  porque  era  indispensable  fundar 
misiones  en  su  extenso  territorio,  y  sostenerlas,  lo  cual 
no  les  era  posible  por  entonces.  Accedió,  sin  embargo, 


—  3^7  — 
4  los  deseos  del  celoso  Dasmariñas,  enviando  desde 
luego  al  intento  á  dos  excelentes  religiosos,  para  que, 
como  exploradores  evangélicos,  tomasen  posesión  de 
la  tierra  y  preparasen  el  camino  á  otros  misioneros  que 
aguardaba  la  provincia,  y  pensaba  destinar  para  la  con- 
versión de  los  muchos  pueblos  y  naciones  que  habita- 
ban al  norte  de  Luzon,  sumergidos  en  las  tinieblas  de 
la  gentilidad. 

86.  La  provincia  de  Cagayan  habia  sido  reconocida 
por  la  primera  vez  en  algunos  puntos- de  su  costa,  por 
el  célebre  conquistador  D.  Juan  de  Salcedo  el  aíio 
de  1572,  como  ya  queda  indicado  en  su  lugar.  Entró 
en  los  rios  de  Cubicungan  y  Abulug,  y  por  último  re- 
quirió á  los  indios  que  habitaban  en  las  riberas  del 
grande  Ibanag,  que  casi  baña  toda  la  provincia,  y  es, 
sin  contradicción,  el  más  caudaloso  de  las  islas,  al  cual 
llamaron  Tajo  los  primeros  españoles  que  fundaron  la 
ciudad  de  Nueva  Segovia.  No  estaban  los  cagayanes 
por  entonces  en  disposición  de  obedecer  á  unos  extran- 
jeros que  no  conocian  todavía,  ni  Salcedo  tenía  ele- 
mentos para  subyugarlos  con  las  armas;  por  esto  desis- 
tió de  proseguir  en  sus  requerimientos  amistosos,  y  con 
harto  peligro  de  la  expedición  se  hizo  á  la  vela  y  los 
dejó  en  su  independencia;  luego  dobló  el  cabo  de  En- 
gaño, desde  cuyo  punto  navegó  por  la  contra-costa 
hasta  el  puerto  de  Piapi. 

87.  Cagayan  quedó  independiente  hasta  el  año 
de  1 58 1.  En  esta  época  dio  principio  su  conquista  con 
motivo  de  la  llegada  de  un  corsario  japonés,  llamado 
Tay-fusu,  que  se  creyó  trataba  de  enseñorearse  de  sus 
costas.  Don  Gonzalo  Ronquillo,  que  á  la  sazón  gober- 


—  328  — 

naba  estas  islas,  noticioso  del  suceso,  trató  seriamente 
de  desalojar  de  ellas  al  corsario,  y  al  mismo  tiempo 
sujetar  toda  la  provincia  á  la  obediencia  de  S.  M.  El 
héroe  á  quien  se  confió  tamaña  empresa  era  el  capi- 
tán D.  Pablo  Carrion,  quien  se  hizo  á  la  vela  en  la 
bahía  de  Manila  en  dicho  año,  al  frente  de  una  pe- 
queña escuadra,  compuesta  de  algunos  buques  y  sesen- 
ta y  seis  soldados  españoles  solamente,  á  los  cuales  se 
agregaron  ocho  en  Bolinao  y  cuarenta  en  la  villa  Fer- 
nandina.  También  estaban  á  sus  órdenes  algunos  indios 
fieles,  y  por  capellán  de  la  escuadra  iba  el  P.  Fr.  Cris- 
tóbal de  Salvatierra,  compañero  y  provisor  del  señor 
Obispo  de  Manila,  como  asegura  el  limo.  Sr.  D.  Fray 
Diego  Aduarte.  Se  agregó  igualmente  á  esta  expedi- 
ción un  P.  Agustino,  llamado  Fr.  Francisco  Rodríguez, 
según  el  P.  Gaspar  de  San  Agustín.  Hechas  las  deten- 
ciones necesarias  en  los  puntos  indicados,  siguió  la  es- 
cuadra su  derrota  hacia  el  cabo  de  Bojeador,  y  después 
de  haberlo  doblado  felizmente,  descubrieron  un  buque 
japonés,  que  se  vieron  precisados  á  batir.  Los  corsarios 
opusieron  una  resistencia  inesperada,  y  por  el  valor 
que  desplegaron,  aunque  al  fin  vencidos,  dieron  á  en- 
tender á  sus  contrarios  que  eran  otra  clase  de  guerre- 
ros de  los  que  hasta  entonces  hablan  conocido  en  las 
islas.  Este  incidente  fué  muy  útil  á  los  nuestros,  porque 
les  instruyó  acerca  de  las  trazas  que  tenian  para  pelear 
sus  adversarios,  y  en  su  vista  tomaron  las  precauciones 
necesarias  para  salir  victoriosos.  Vencido  el  buque  ja- 
ponés, siguió  la  escuadra  su  viaje  hacia  el  Este  de  la 
isla  hasta  la  barra  del  gran  rio  Ibanag,  en  donde  estaba 
con  los  suyos  Tay-fusu.  Afortunadamente  hizo  su  en- 


—  329  — 

trada  nuestra  escuadra  en  medio  de  la  noche  sin  ser 
vista,  y  en  seguida  dispuso  Carrion  levantar  un  peque- 
ño baluarte  de  fagina  con  una  estacada,  montado  por 
dos  piezas  y  un  pedrero.  Tay-fusu  no  tardó  en  tener 
noticia  de  la  cercanía  de  la  escuadra  española;  pero  no 
la  creia  ya  internada  en  el  rio.  Por  la  mañana,  cuando 
la  aurora  empezó  a  disipar  las  tinieblas  de  la  noche, 
reparó  el  corsario  con  asombro  que  las  naves  españo- 
las estaban  fondeadas  no  muy  lejos  de  las  suyas,  y  des- 
de luego  reunió  su  gente,  la  puso  en  orden  de  batalla 
y  se  dispuso  á  batir  á  los  nuestros  en  su  fuerte.  No 
creian  sin  duda  los  japones  hallarlos  prevenidos,  y  sin 
embargo,  fiados  más  de  lo  que  les  convenia  en  su  va- 
lor, dieron  principio  a  un  combate  desigual.  Ellos  ata- 
caban con  alfanje  y  rodela,  y  los  nuestros,  ademas  del 
sable  y  lanza,  tenian  cañones  y  buenos  arcabuces;  de 
suerte  que,  al  acercarse  los  japones  á  la  estacada  reci- 
bieron una  carga,  en  la  que  muchos  de  ellos  perecieron. 
En  su  primera  embestida  mataron  al  valiente  D.  Mar- 
tin de  Saldivia  é  hirieron  á  D.  Gonzalo  de  Heredia; 
pero  desconfiados  de  poderse  apoderar  del  fuerte  por 
aquella  parte,  lo  atacaron  por  la  otra,  en  donde  estaban 
las  piezas  cargadas  de  metralla,  las  que  disparadas, 
como  suele  decirse,  á  quema-ropa,  hicieron  en  ellos 
estragos  horrorosos.  El  campo  quedó  cubierto  de  cadá- 
veres, y  advirtiendo  los  pocos  enemigos  que  quedaban 
el  riesgo  que  corrian  de  insistir  en  su  demanda  teme- 
raria, se  retiraron  á  sus  buques,  levaron  anclas  y  se 
hicieron  á  la  vela,  dejando  á  los  nuestros  señores  de  la 
tierra.  Murieron  en  esta  acción  cuatro  soldados  espa- 
ñoles, y  á  los  pocos  dias  otros  dos,  de  los  nueve  heri- 


—  330  — 
dos  que  llevaron  á  la  villa  Fernandina  para  curarlos. 
Carrion  dio  cuenta  en  seguida  á  Ronquillo  del  éxito 
feliz  de  la  jornada,  y  su  noticia  llenó  de  júbilo  á  los 
vecinos  de  Manila.  Se  premió  á  los  que  más  se  distin- 
guieron en  esta  heroica  acción,  se  dio  una  encomienda 
al  capitán,  y  se  le  ordenó  que  no  regresase  á  la  capital 
hasta  que  la  provincia  reconociese  su  gobierno. 

88.  Carrion,  con  la  orden  terminante  de  Ronquillo, 
emprendió  desde  luego  la  conquista  de  una  provincia 
belicosa,  pero  dividida  en  partidos,  que  se  aniquilaban. 
Habia  en  ella  á  la  sazón  un  guerrero  muy  famoso,  lla- 
mado Guiab;  hombre  de  gran  estatura,  de  muchas 
fuerzas  y  valor,  que  con  trescientos  hombres  que  tenía 
muy  adictos  y  aguerridos,  imponía  la  ley  á  los  pueblos 
y  los  tiranizaba  á  su  salvo.  Noticioso  de  la  llegada  de 
los  nuestros,  y  del  modo  con  que  hablan  derrotado  á 
los  japones,  quedó  poseído  de  asombro  y  de  terror. 
Ponderáronle  el  orden  que  guardaban  en  la  pelea j  su 
valor,  la  blancura  de  sus  rostros,  la  singularidad  de  sus 
vestidos,  las  guarniciones  de  hierro  que  llevaban,  y  al 
fin,  que  tenian  unos  palos,  con  los  cuales  arrojaban  ra- 
yos para  matar  á  quien  querían.  Esta  noticia,  que  debia 
alebrestarlo,  le  hizo  entrar  en  reflexión  y  tomar  un 
partido  razonable.  Desde  luego  se  determinó  á  entablar 
con  ellos  amistad,  les  envió  por  delante  algunos  comes- 
tibles de  regalo,  y  en  seguida  se  presentó  como  amigo 
en  su  campo.  Los  vecinos  pueblos,  al  ver  las  diligen- 
cias que  Guiab  estaba  practicando,  juzgaron,  no  sin 
fundamento,  que  los  intentos  del  que  hasta  entonces 
los  habia  tiranizado  no  eran  otros  que  de  tenerlos  más 
sujetos  y  rendidos,  con  el  favor  de  los  guerreros  que 


—  33"^  — 
ya  consideraban  invencibles.  En  tal  concepto  procura- 
ron desacreditarlo,  y  manifestar  á  Carrion,  que  siempre 
habia  procedido  con  doblez,  que  era  un  tirano,  que  los 
tenía  oprimidos,  y  que  ellos  preferían  prestar  obedien- 
cia al  gobierno  español  que  estar  por  más  tiempo  bajo 
la  influencia  de  un  hombre  á  quien  justamente  odiaban. 
89.  Aquel  capitán,  falto  de  experiencia,  acogió  con 
ligereza  las  quejas,  tal  vez  exageradas,  de  los  enemigos 
del  guerrero,  quienes  no  deseaban  otra  cosa  que  librar- 
se de  un  rival  á  quien  temian.  Es  cierto  que  Guiab  era 
un  tirano  que  se  hacia  respetar  por  su  valor;  pero,  ¿acaso 
era  otro  el  principio  de  autoridad  reconocido  por  los 
pueblos  cagayanes?  Si  el  capitán  de  nuestra  gente  hu- 
biera conservado  la  amistad  que  de  tan  buena  fe,  pa- 
rece, le  ofrecía  aquel  jefe,  hubiera  seguramente  redu- 
cido la  provincia  con  más  facilidad  y  sin  derramar  san- 
gre; mas  él  creyó  que  debia  anteponer  la  sujeción  que 
unos  pueblos,  al  parecer  sencillos  y  pacíficos,  le  ofre- 
cían, á  la  correspondencia  amistosa  de  un  valiente  que 
tenía  ya  por  sospechoso.  En  su  consecuencia  se  declaró 
la  guerra  entre  Guiab  y  Carrion,  cuyas  fuerzas  no  tar- 
daron en  batirse.  Este,  ademas  de  los  soldados  españo- 
les, contaba  con  los  indios  enemigos  de  aquél,  y  el  re- 
sultado no  podia  ser  dudoso.  En  efecto,  después  de  al- 
gunos combates,  Guiab  cayó  en  las  manos  de  los  nues- 
tros, y  Carrion  lo  mandó  ahorcar,  en  pena  de  las  mu- 
chas vejaciones  que  habia  causado  á  los  pueblos  en  el 
largo  tiempo  de  su  despótico  dominio.  Con  esto  pen- 
saba el  capitán  que  la  provincia  quedaria  desde  enton- 
ces sujeta  á  su  gobierno;  pero  sus  cálculos  en  esta  parte 
se  frustraron;  pues  los  cagayanes,  libres  ya  del  enemigo 


—  33^  — 
que  los  había  oprimido,  se  negaron  á  la  obediencia 
prometida,  y  en  seguida  se  dispusieron  á  disputarles  la 
tierra  con  las  armas,  cuyos  resultados  hubieran  sido 
muy  funestos  para  las  armas  españolas,  si  la  providen- 
cia no  les  proporcionara  una  buena  coyuntura,  de  la 
que  Carrion  se  supo  aprovechar  con  más. acierto. 

90.  En  los  pueblos  de  la  costa  habia  dos  hermanos 
poderosos,  pero  tan  mal  avenidos,  que,  olvidando  los 
deberes  de  la  sangre,  se  hacian  la  más  cruda  guerra. 
Tuliao,  uno  de  ellos,  logró  en  una  ocasión  sorprender 
al  otro  hermano,  y  no  atreviéndose  á  matarlo  ni  de- 
jarlo en  libertad,  lo  encerró  en  una  jaula,  en  donde  lo 
tuvo  por  mucho  tiempo  asegurado.  El  infeliz  prisio- 
nero, cansado  de  sufrir  esta  penosa  afrenta,  suplicaba 
al  hermano  que  lo  librase  de  un  estado  tan  ignominio- 
so, ó  le  quitase  de  una  vez  la  vida,  que  ya  no  podia 
soportar.  Consiguió  al  fin  su  deseada  libertad,  y  en  vez 
de  mostrarse  agradecido  á  su  hermano  vencedor,  se 
resolvió  á  vengar  los  ultrajes  recibidos,  declarándole  la 
guerra,  cuyos  sucesos  eran  varios  y  crueles  cuando  Car- 
rion entró  en  Cagayan.  El  partido  que  temia  sucumbir 
imploró  el  auxilio  de  los  nuestros,  con  el  cual  triunfó 
de  sus  contrarios;  pero  todos  reconocieron  desde  luego 
la  autoridad  del  jefe  que  representaba  la  persona  de 
S.  M.  en  la  provincia.  Sólo  así  pudieron  terminarse  las 
guerras  intestinas  con  que  mutuamente  se  aniquilaban 
los  infelices  cagayanes,  y  franqueárseles  la  puerta  para 
entrar  en  el  seno  de  la  religión  y  de  la  Iglesia,  que 
paulatinamente  los  trasformó  de  lobos  carnívoros  en 
mansos  corderos,  muy  sumisos  á  la  voz  del  buen 
Pastor. 


—  333  — 
Luego  que  aquellos  pueblos  reconocieron  al  gobier- 
no español,  se  dio  principio  á  la  fundación  de  la  ciu- 
dad de  la  Nueva  Segovia  en  el  pueblo  de  Lal-lo,  tres 
leguas  distante  de  la  mar,  en  la  ribera  derecha  del  rio 
Ibanag.  Levantaron  un  fuerte,  edificaron  una  iglesia  y 
los  PP.  Agustinos  se  hicieron  cargo  de  su  administra- 
ción. El  P,  Gaspar  de  San  Agustín  quiere  suponer  que 
desde  allí  acudían  los  religiosos  de  su  provincia  á  la 
conversión  de  otros  pueblos:  éstos  serian,  á  no  dudar- 
lo, sus  deseos,  y  tal  vez  lo  probarían,  atendiendo  el  celo 
de  los  primeros  misioneros  de  las  islas;  mas  el  resulta- 
do no  correspondería  á  sus  esfuerzos,  porque  cuando 
en  1596  entraron  definitivamente  nuestros  religio- 
sos en  esta  provincia,  ni  hallaron  fuera  de  la  ciudad 
iglesias,  ni  capillas,  ni  cagayanes  bautizados.  Aquellos 
primeros  misioneros  más  bien  fueron  capellanes  de 
tropa  ocupada  en  pacificar  los  indios,  que  ministros 
apostólicos  de  éstos,  establecidos  en  aquella  provincia 
para  llevar  á  cabo  su  completa  evangelizacion  y  cate- 
quismo. El  limo.  Aduarte,  que  hablaba  de  lo  mismo, 
asegura  que  habia  oido  á  los  que  lo  presenciaron,  y 
visto  por  sus  ojos,  que  á  la  llegada  de  los  nuestros  ha- 
cia mucho  tiempo  que  ya  no  habia  religiosos  Agusti- 
nos en  la  ciudad,  por  haberla  abandonado,  convenci- 
dos de  la  inutilidad  de  su  ministerio,  por  las  guerras  y 
vida  corrompida  de  muchos.  «Estando,  dice,  los  reli- 
giosos juntos  en  esta  ocasión  (de  la  junta  intermedia 
referida),  entró  el  Gobernador,  que  entonces  era  don 
Luis  Pérez  Dasmariñas,  y  les  representó  la  necesidad 
grande  en  que  estaban  los  españoles  en  la  ciudad  y  pro- 
vincia de  la  Nueva  Segovia,  sin  sacerdote  que  los  con- 


—  334  — 
fesase,  cuanto  menos  quien  enseñase  y  predic9se  el 
Santo  Evangelio  á  los  indios  naturales  de  ella,  que  ha- 
biendo ya  muchos  años  que  estaban  sujetos  á  S.  M.  y 
pagaban  tributo  á  sus  encomenderos,  nunca  habian 
tenido  quien  les  predicase  la  fe,  y  se  estaban  tan  cie- 
gos é  infieles  como  si  nunca  hubieran  reconocido  por 
rey  4  un  príncipe  católico»  (i).  Y  más  abajo  añade: 
«El  sacerdote  que  en  aquellos  primeros  lances  acom- 
pañó á  los  españoles  fué  el  P.  Fr.  Cristóbal  de  Salva- 
tierra, de  la  Orden  de  nuestro  Padre  Santo  Domingo, 
que  fué  el  primer  sacerdote  que  aquellos  indios  vieron; 
y  aunque,  por  no  saber  la  lengua,  no  trató  de  su  con- 
versión, no  dejó  de  hacerles  mucho  bien,  yendo  á  la 
mano  4  los  soldados  para  que  no  les  hiciesen  tantos 
agravios,  que  excusarlos  todos  era  imposible:  volvió 
presto  4  Manila,  que  era  necesaria  allí  su  persona,  y 
fueron  4  aquella  provincia  religiosos  de  nuestro  Padre 
San  Agustin,  y  vivieron  en  la  nueva  ciudad  con  los 
españoles;  mas  no  trataron  del  ministerio  de  los  indios, 
pareciéndoles  que  4un  no  estaban  de  sazón,  por  andar 
muy  alborotados  con  las  guerras,  como  en  las  demás 
partes  de  las  Indias  se  ha  hecho.  El  modo  de  proceder 
de  los  soldados  y  vecinos  que  por  este  tiempo  allí  re- 
sidían, era  tan  poco  cristiano,  y  las  exhortaciones  de 
los  sacerdotes  hacían  en  ellos  tan  poco  efecto,  que  to- 
maron por  buen  consejo  dejarlos  en  sus  disensiones; 
pues  no  querían  la  paz  que  les  persuadían,  y  una  no- 


( I )  Ya  se  dice  después  la  causa  por  que  se  retiraron  de  allí  los  PP.  Agusti- 
nos, y  nos  complacemos  en  consignarlo,  para  que  conste  sienpre  que  no 
fué  por  su  voluntad  ni  por  falta  de  celo,  que  lo  tenian  bien  acreditado. 


—  33S  — 
che,  sin  ser  sentidos,  los  dejaron  y  se  fueron.  Mucho 
tiempo  vivieron  sin  sacerdote,  sin  sacramentos  y  sin 
doctrina,  y  tan  descuidados  de  Dios  y  de  sus  almas, 
que  dejaban  pastear  las  vacas  en  la  iglesia,  y  una  tabla 
de  Nuestra  Señora  que  en  ella  habia  quedado  estaba 
llena  de  telarañas,  sin  que  hubiese  quien  en  esto  repa- 
rase, como  gente  olvidada  de  sus  almas.  En  esta  nece- 
sidad estaba  aquella  provincia,  cuando  el  noble  y  de- 
voto gobernador  D.  Luis  Pérez  Dasmariñas  pidió  en 
la  junta  dicha  se  enviasen  religiosos  que  siquiera  ad- 
ministrasen los  sacramentos  á  los  españoles.»  (Lib.  i, 
cap.  XXXIV.)  Tal  es  el  cuadro  lastimoso  que  presenta 
este  gravísimo  autor  de  la  provincia  de  Cagayan,  antes 
de  que  nuestros  religiosos  entrasen  en  ella  para  redu- 
cirla al  gremio  de  la  fe;  cuya  relación  debe  tenerse  por 
verídica,  en  atención  á  la  virtud  de  su  autor  y  tiempo 
de  que  hablaba;  habiendo  llegado  á  Manila  en  1595, 
cuando  se  confió  la  conversión  de  ella  á  la  provincia 
del  Santísimo  Rosario. 

9 1 .  Los  primeros  religiosos  de  la  Orden  que  fueron 
enviados  á  la  Nueva  Segovia  en  virtud  de  lo  dispuesto 
por  los  PP.  de  la  junta  de  1594,  fueron  los  PP.  fray 
Diego  de  Soria  y  Fr.  Tomas  Castellar,  ambos  misio- 
neros de  prendas  relevantes;  siendo  el  primero  á  la  sa- 
zón prior  del  convento  de  Manila  y  después  segundo 
obispo  de  aquella  ciudad,  y  el  segundo  vicario  de  Pan- 
gasinan.  El  estado  en  que  hallaron  la  provincia  era  ver- 
daderamente deplorable.  En  su  vista,  no  trataron  por 
entonces  de  fundar  misión  alguna,  y  sólo  procuraron 
aprender  el  idioma,  y  reconciliar  los  ánimos  de  aque- 
llas gentes,  que  tanta  necesidad  tenian  de  ministros. 


—  33^  — 
Permanecieron  entre  ellos  medio  año,  hasta  que  des- 
animados y  sin  esperanzas  de  poder  conseguir  los  altos 
fines  que  se  habia  propuesto  la  provincia,  se  resolvie- 
ron á  salir  de  un  país  en  donde  creian  inútil  su  pre- 
sencia, como  lo  hablan  hecho  los  PP.  Agustinos.  Ya 
estaban  en  el  pueblo  de  Pata,  último  de  la  provincia 
por  la  parte  del  O.,  con  intento  de  trasladarse  á  Mani- 
la (por  Agosto  de  1595),  cuando  llegó  al  mismo  pue- 
blo una  nave  que  conducía  seis  PP.  misioneros  de  la 
misma  Orden  y  provincia  nuestra,  que  el  Provincial 
habia  despachado  para  la  conversión  de  Cagayan,  en 
virtud  de  la  licencia  que  le  hablan  otorgado  el  gober- 
nador D.  Luis  Pérez  Dasmariñas  y  el  cabildo  eclesiás- 
tico en  sede  vacante,  en  25  de  Junio  del  mismo  año. 
No  es  difícil  entender  cuál  sería  el  contento  de  aque- 
llos virtuosos  misioneros  al  verse  juntos :  desde  luego 
mudaron  los  primeros  de  intento,  se  reunieron  á  los 
recien  llegados ,  y  todos  se  presentaron  en  la  ciudad  de 
la  Nueva  Segovia  con  intento  de  dar  principio  cuanto 
antes  á  las  tareas  apostólicas.  Permanecieron,  no  obs- 
tante, en  el  convento  hasta  Setiembre,  disponiéndose 
para  tamaña  empresa  con  la  oración,  penitencias  y  ayu- 
nos, á  fin  de  alcanzar  los  auxilios  necesarios  del  Señor. 
El  ejemplo  de  estos  virtuosos  misioneros  contribuyó  en 
gran  manera  á  excitar  y  disponer  los  ánimos  de  los  in- 
dios en  favor  de  la  religión  que  predicaban,  y  su  vida 
penitente  les  inspiró  una  idea  capaz  de  hacerles  tribu- 
tar la  veneración  que  convenia,  para  que  oyesen  su 
doctrina  y  abrazasen  la  fe  que  les  debian  anunciar  con 
su  palabra.  Aparejados  ya  los  nuevos  operarios  para  tra- 
bajar en  el  campo  del  Señor,  dieron  principio  desde 


—  337  — 
luego  á  tres  misiones,  en  las  cuales  se  comprendían  to- 
dos los  pueblos  de  la  costa.  Los  PP.  Fr.  Miguel  de 
San  Jacinto  y  Fr.  Gaspar  Zarfate  fueron  enviados  al 
pueblo  de  Pata;  el  P.  Fr.  Ambrosio  de  la  Madre  de 
Dios,  con  el  hermano  Fr.  Domingo  de  San  Blas,  lo 
fué  al  de  Tular  ó  Abulug;  el  P.  Fr.  Antonio  de  So- 
ria, con  otro  hermano  lego,  al  de  Camalanyugan,  y 
el  P.  Vicario  provincial,  Fr.  Diego  de  Soria,  con 
el  P.  Fr.  Tomás  Castellar,  se  quedaron  en  la  ciudad, 
para  cuidar  de  los  españoles  soldados  de  la  guarni- 
ción é  indios  de  Lal-lo.  En  estos  pueblos  se  levanta- 
ron iglesias  y  casas  para  la  habitación  de  los  PP.  mi- 
sioneros, pero  con  la  pobreza  extremada  que  era  con- 
siguiente en  aquel  tiempo,  en  que  los  religiosos  care- 
cian  de  recursos,  y  no  convenia  molestar  á  los  infieles, 
para  no  hacerles  odiosa  la  vida  cristiana,  á  que  se  tra- 
taba de  convertirlos. 

Los  de  Pata  fueron  los  que  mejor  recibieron  á  los 
PP.  misioneros,  pues  los  dominaba  un  indio  principal, 
llamado  Lúngan,  que  sin  embargo  de  ser  aún  infiel, 
tenía  mucho  afecto  al  Gobierno  español.  Con  su  acti- 
vidad las  obras  de  casa  é  iglesia  se  llevaron  muy  pronto 
á  término,  y  fueron  las  primeras  que  nuestros  religio- 
sos dedicaron  al  culto,  dándoles  por  titular  la  gloriosa 
Santa  María  Magdalena,  bajo  cuyo  amparo  se  dio  prin- 
cipio al  catecismo,  que  no  rehusaron  muchos  de  sus 
naturales. 

92.  No  debe  dejarse  sepultado  en  el  olvido  un  caso 
prodigioso,  que  habia  sucedido  en  este  pueblo  antes  de 
la  llegada  de  nuestros  misioneros,  y  que  los  alentó  en 
gran  manera  para  emprender  su  conversión.  En  él  ha- 


-  338  - 
liaron  levantada  una  cruz,  y  como  no  habia  aun  cris- 
tiano alguno,  les  llamó  la  atención  esta  novedad.  Pre- 
guntaron los  misioneros  desde  luego  cuál  habia  sido 
el  motivo  de  tener  el  distintivo  de  nuestra  santa  reli- 
gión siendo  gentiles,  y  sin  dificultad  les  contestaron 
que  algunos  años  antes  habia  sucedido  en  el  pueblo 
una  enfermedad  contagiosa,  que  causaba  estragos  hor- 
rorosos; que  habia  á  la  sazón  un  encomendero  muy  hu- 
mano y  pacífico,  llamado  D.  Juan  Fernandez  de  Na- 
jara, á  quien  los  habitantes  respetaban,  y  que  al  verse 
éstos  en  extremo  afligidos,  se  le  presentaron  y  le  pi- 
dieron les  facilitase  algún  remedio  saludable  para  li- 
brarse de  la  calamidad  que  padecían.  El  encomendero 
les  confesó  ingenuamente  que  no  sabía  curar;  pero  al 
mismo  tiempo  añadió :  « Dios  es  el  que  sabe  y  puede 
remediar  estos  males.  Confiemos  en  él  y  en  su  unigé- 
nito Hijo,  que  se  hizo  hombre  y  murió  en  una  Cruz, 
en  cuya  señal  os  curará :  es  cosa  que  nosotros  los  cris- 
tianos reverenciamos  y  estimamos  mucho,  y  podrá  ser 
que  por  esta  devoción  el  Señor  se  apiade  de  vosotros: 
traed  los  maderos  y  la  trazaremos. »  Hizo  Najara  una 
cruz,  la  colocó  en  aquel  sitio  y  dispuso  se  la  honrase 
con  una  salva  de  arcabucería;  y  en  seguida,  puesto  él 
y  los  suyos  de  rodillas,  á  los  cuales  los  indios  imitaron, 
suplicaron  al  Señor  que  se  dignase  suspender  aquel 
castigo  por  la  señal  de  la  Santa  Cruz,  con  la  cual  Je- 
sucristo habia  redimido  el  mundo.  Las  oraciones  de 
Najara  fueron  oidas,  pues  cesó  inmediatamente  la  epi- 
demia, y  los  indios  respetaron  desde  entonces  aquel 
instrumento  prodigioso  de  salud.  De  esta  suerte  se  dig- 
naba el  Señor  preparar  de  antemano  á  los  indios  caga- 


—  339  — 
yanes,  para  que  pudiesen  recibir  dignamente  el  tesoro 
inestimable  de  la  fe.  El  mismo  Iringan  habia  hecho 
una  cruz  pequeña  á  imitación  de  la  primera,  y  la  con- 
servaba devotamente  en  su  casa,  persuadido  de  que  con 
ella  se  preservarla  de  la  peste.  Tal  era  la  impresión  que 
esta  señal  admirable  de  salud  habia  hecho  en  su  alma. 

93.  Estas  disposiciones,  sin  embargo,  y  el  afecto  de 
los  indios  hacia  los  PP.  misioneros,  no  facilitaban  á  es- 
tos celosos  operarios  los  progresos  que  debian  prome- 
terse. Sus  hechiceras  ó  sacerdotisas  los  tenian  alucina- 
dos con  embustes,  y  éstas  eran  las  que  con  todos  sus 
esfuerzos  y  tenaz  resistencia  se  oponian  á  la  doctrina 
santa  del  Señor.  Pero  no  tardaron  en  experimentar  un 
manifiesto  desengaño,  que  les  anunciaba  la  próxima 
ruina  de  la  falsa  religión  que  practicaban.  El  enemigo 
común,  cuya  causa  hablan  hecho  hasta  entonces,  se 
apareció  en  una  ocasión  á  Fulangan,  una  de  ellas,  y  le 
dijo:  «Ya  no  me  hallarás  más,  ni  puedo  estar  por  más 
tiempo  entre  vosotros,  de  vergüenza  por  haber  recibi- 
do en  vuestro  pueblo  á  los  encogullados.)-)  Esta  aparición 
la  manifestó  la  misma  hechicera  á  los  PP.  misioneros 
y  á  muchos  cristianos,  y  sea  cual  se  quiera  la  realidad 
del  hecho  (que  bien  pudo  ser  algún  ardid  para  po- 
nerse en  buen  lugar  la  embustera),  los  efectos  se  paten- 
tizaron por  la  experiencia,  porque  desde  aquel  dia  ce- 
saron los  oráculos  con  que  los  vecinos  de  este  pueblo 
eran  lastimosamente  fascinados. 

Otra  hechicera  muy  famosa  habia  en  Cabicunga, 
que  hacia  notable  oposición  á  los  PP.  misioneros,  re- 
trayendo á  los  indios  y  excitándolos  á  permanecer  obs- 
tinados en  sus  errores.  Aquéllos  la  amenazaron  al  prin- 


—  340  — 

cipio,  y  le  dijeron  que  si  no  desistia  de  seducir  al  pue- 
blo, harian  que  fuese  castigada  en  la  ciudad;  pero  ella, 
cada  dia  más  tenaz,  los  despreciaba  altamente,  sin  de- 
sistir de  su  empeíío.  Los  PP.  por  fin  se  resolvieron,  an- 
tes de  proceder  á  ulteriores  medidas,  á  enviarle  á  Irin- 
gan  para  que  la  redujera,  ó  á  lo  menos  procurara  que 
desistiese  de  seducir  á  los  demás.  Este  principal  no  se 
negó  á  desempeííar  la  comisión;  pero  temeroso  de  al- 
gún funesto  resultado,  no  se  atrevió  á  presentarse  en  la 
casa  de  aquella  mujer  endiablada,  á  quien  todos  temian, 
sino  armado  con  la  señal  poderosa  de  la  Cruz.  El  pa- 
dre misionero  se  la  pintó  en  el  pañuelo  que  llevaba  en 
la  cabeza,  y  de  esta  suerte  se  presentó  en  Cabicunga. 
Fué  tan  eficaz  esta  piadosa  diligencia  de  Iringan,  que 
la  hechicera  desapareció  al  verle,  dejando  á  los  indios 
muy  creidos  en  que  el  demonio  se  la  habia  llevado  á 
los  abismos  del  infierno.  En  vista  de  unos  hechos  que 
no  podian  explicarse  sino  atribuyéndolos  á  una  virtud 
divina,  los  indios  cagayanes  de  la  costa  empezaron  á 
desconfiar  de  sus  sacerdotisas  y  respetar  á  los  PP.  mi- 
sioneros, que  les  persuadian  á  entrar  por  el  sendero  de 
la  verdadera  religión. 

94.  Algún  tiempo,  sin  embargo,  transcurrió  sin  que 
aquella  mies,  que  tanto  prometía,  estuviese  en  sazón. 
En  Pata  eran  los  PP.  misioneros  bien  tratados;  pero  el 
pueblo,  envejecido  en  sus  antiguas  supersticiones  y  er- 
rores, no  se  determinaba,  en  su  grande  mayoría,  á  mu- 
dar de  religión.  El  primer  triunfo  de  la  gracia  fué  la 
conversión  de  Siriban,  obrada  por  el  ministerio  y  dili- 
gencias del  vicario  provincial  Fr.  Diego  de  Soria.  Era 
Siriban  un  indio  muy  valiente,  y  por  lo  mismo  temido 


—  341  — 
y  respetado  de  los  indios  de  toda  la  comarca,  y  su  au- 
toridad se  extendia  hasta  Masi.  Acusado  por  sus  ému- 
los al  Sr.  Alcalde  mayor  de  la  provincia,  fué  perseguido 
por  este  jefe,  el  cual  procedió  con  muy  poco  mira- 
miento contra  el  régulo,  atendido  su  prestigio  é  in- 
fluencia. Uno  de  los  cargos  que  se  hacian  á  Siriban  era 
que  tenía  muchas  mujeres,  y  el  Alcalde  cometió  la  im- 
prudencia de  prenderlas  y  azotarlas,  á  pesar  de  que  la 
una  estaba  á  la  sazón  embarazada.  Este,  resentido  de 
una  disposición  tan  ofensiva,  se  asoció  con  algunos 
compañeros  de  valor  y  se  retiró  á  los  montes,  deseoso 
de  vengarse  en  la  primera  ocasión  favorable  que  se 
ofreciese  á  sus  designios.  Esto  habia  sucedido  antes  de  la 
llegada  de  nuestros  religiosos  á  Cagayan,  quienes,  en- 
terados de  las  circunstancias  del  hecho,  aplicaron  desde 
luego  su  cuidado  á  remediar  del  mejor  modo  un  mal 
que  pudiera  ser  la  ruina  de  sus  planes.  Las  nobles  dis- 
posiciones que  mostraba  Siriban  para  entablar  una  hon- 
rosa transacción  animaron  á  aquel  ilustre  misionero 
para  procurar  su  conversión.  Ante  todas  cosas  interesó 
á  todos  los  religiosos  de  la  provincia  para  que  pidiesen 
con  instancias  al  Señor,  en  sus  sacrificios  y  oraciones, 
se  dignase  ablandar  el  corazón  de  aquel  jefe  principal 
con  los  auxilios  de  su  gracia,  persuadido  de  que  su 
conversión  determinarla  la  de  toda  la  provincia,  como 
se  verificó  efectivamente.  Oyó  sin  duda  el  Señor  los 
ruegos  de  sus  siervos,  pues  á  los  pocos  días  accedió 
gustoso  Siriban  á  bajar  á  cierto  sitio  convenido,  en 
donde  el  P.  Fr.  Diego  sin  acompañamiento  de  solda- 
dos, le  podria  decir  lo  que  bien  le  pareciese.  Verificóse 
en  efecto  la  anunciada  conferencia,  v  fué  su  resultado 


—  342  — 
tan  extraordinario  y  sorprendente,  que  desde  luego  el 
principal  bajó  á  Pata,  se  puso  como  un  manso  cordero 
en  las  manos  de  los  PP.  misioneros,  aprendió  el  cate- 
cismo como  un  niño,  y  por  la  Pascua  de  Resurrección 
de  I  596  recibió  el  santo  sacramento  del  Bautismo,  con 
otros  siete  principales,  en  la  ciudad  de  Nueva  Segovia. 
Tales  fueron  las  primicias  que  nuestros  misioneros  ofre- 
cieron al  Señor  en  la  clase  de  adultos  de  Cagayan.  Des- 
de entonces  aquella  viña  tan  estéril  empezó  a  producir 
tan  copiosos  frutos,  que  para  recogerlos  no  bastaran 
otros  tantos  operarios. 

95.  Desde  Pata  fué  la  gracia  dilatando  la  esfera  de 
sus  conquistas  hasta  Tular  ó  Abulug,  en  donde  el  rei- 
no de  Dios  debia  anunciarse  á  la  tierra  por  medio  de 
un  prodigio  manifiesto.  Se  habia  levantado  una  iglesia 
en  este  pueblo  por  sus  mismos  habitantes;  mas  aun  no 
habia  llegado  entonces  para  ellos  la  hora  de  su  verda- 
dera vocación  al  cristianismo;  y  si  se  hablan  prestado 
á  trabajar  en  la  construcción  del  templo,  no  era  tanto 
por  afecto  á  la  religión  á  que  se  dedicaba,  sino  por  te- 
mor de  la  autoridad  ya  entonces  constituida.  De  esta 
suerte  tenian  á  los  PP.  misioneros  entretenidos  con 
pretextos  y  evasivas,  excusando  la  instrucción  del  ca- 
tecismo, y  permitiendo  tan  sólo  que  algunos  niños  lo 
aprendiesen.  Celebraban  juntas,  en  las  cuales  discutían 
y  trataban  de  qué  modo  podrían  expelerlos  de  su  tier- 
ra. El  resultado  de  sus  reuniones  fué,  que  dos  princi- 
pales, llamados  Cafagao  y  Tuliau,  con  buena  cantidad 
de  oro,  se  resolvieron  á  partir  para  Manila,  con  el  fin 
de  gestionar  ante  el  Gobierno  el  fin  de  sus  designios.  Se 
hicieron,  en  efecto,  á  la  vela  en  una  buena  embarca- 


—  343  — 
don,  y  después  de  haber  sufrido  algunas  borrascas  pe- 
ligrosas, llegaron  á  la  villa  Fernandina,  en  donde  ma- 
nifestaron su  proyecto  á  varios  principales  conocidos. 
Estos,  en  vez  de  apoyarles  en  su  necia  pretensión,  como 
ellos  esperaban,  procuraron  disuadirlos  del  intento,  ha- 
ciéndoles presente  que  era  un  error  expeler  de  su  pue- 
blo á  los  PP.  misioneros,  estando  sometidos  á  la  obe- 
diencia del  gobierno  de  Manila.  Los  comisionados  ca- 
gayanes  se  empeñaron,  no  obstante,  en  proseguir  su 
viaje,  puesto  que  ya  estaban  en  la  mitad  de  su  carrera. 
Siguieron  en  efecto  costeando  hacia  el  Sur;  pero  luego 
advirtieron  con  asombro  que  una  virtud  oculta  los  de- 
tenia á  su  pesar,  y  veian  con  asombro  que  otros  bu- 
ques seguian  su  derrota  sin  oposición  hacia  el  mismo 
punto,  sin  que  el  suyo  adelantase  ni  pudiera  moverse 
de  su  sitio.  Cansados  ya  de  forcejar  en  vano,  y  deses- 
peranzados de  poder  llegar  por  entonces  á  Manila,  re- 
gresaron á  la  misma  villa,  y  sus  amigos  volvieron  á  di- 
suadirles de  su  necia  pretensión.  « Los  religiosos  que 
tenéis,  les  decian,  no  os  han  de  hacer  mal  alguno;  os 
defenderán,  por  el  contrario,  de  los  agravios  que  los 
soldados  os  hicieren.  Los  pangasinanes  están  con  ellos 
muy  contentos;  comen  hierbas  y  pescado,  andan  a  pie, 
no  van  en  busca  de  riquezas,  y  lo  poco  que  les  sobra 
lo  distribuyen  entre  los  necesitados.  >>  Con  estas  persua- 
siones eficaces ,  y  la  experiencia  de  lo  acontecido  en  su 
viaje,  se  resolvieron  á  regresar  á  su  pueblo,  y  manifes- 
tar á  los  que  les  hablan  enviado,  la  verdadera  causa  de 
su  vuelta.  Verificáronlo  así,  y  los  que  antes  se  hablan 
mostrado  tan  rebeldes  á  la  fe,  fueron  los  más  decidi- 
dos en  pedir  la  instrucción  de  la  doctrina  y  aprender 


—  344  — 

el  catecismo  para  recibir  el  santo  sacramento  del  Bau- 
tismo. Otros  muchos  imitaron  su  ejemplo,  y  en  breve 
los  fieles  de  Abulug  se  distinguieron  por  su  fervor,  de- 
voción y  caridad,  habiendo  sido  en  varias  ocasiones  el 
consuelo  de  toda  la  provincia. 

96.  Terminadas  ya  las  obras  de  casa  é  iglesia  de 
Abulug,  trataron  nuestros  religiosos  de  edificar  otro 
templo  en  Camalanyugan.  Este  pueblo,  sin  embargo 
de  ser  el  más  cercano  á  la  ciudad,  pues  sólo  dista  de 
ella  poco  más  de  una  legua,  era  el  que  más  se  resistia 
á  recibir  la  doctrina  de  la  fe.  Sus  vecinos  habian  pro- 
fesado siempre  mucho  afecto  á  los  españoles,  á  quie- 
nes habian  auxiliado  fielmente  en  los  combates  que  se 
habian  ofrecido  con  motivo  de  la  oposición  de  otros 
pueblos  á  su  obediencia;  pero  no  manifestaban  las  mis- 
mas disposiciones  respecto  á  su  religión  y  á  sus  creen- 
cias. No  se  opusieron,  es  verdad,  á  recibir  en  aquel 
pueblo  á  los  PP.  misioneros  que  el  Vicario  provincial 
les  designó,  ni  á  trabajar  en  las  obras  necesarias  de  casa 
é  iglesia;  pero  estaban  muy  lejos  de  pensar  que  habian 
de  tenerlos  por  largo  tiempo  entre  ellos.  Para  mostrar 
de  algún  modo  el  disgusto  que  su  presencia  les  causa- 
ba, se  retraian  de  tratar  con  ellos  pública  y  privada- 
mente; y  si  alguna  vez  se  veian  á  ello  precisados,  lo 
hacian  con  el  mayor  disgusto,  preguntándoles  con  fre- 
cuencia cuándo  se  marchaban  de  su  pueblo;  los  padres 
tomaron  el  arbitrio  de  contestarles  que  lo  harían  cuan- 
do el  rio  grande  que  baña  este  pueblo  se  secase.  Con 
esto  ya  no  les  molestaron  más  con  aquella  pregunta 
importuna;  pero  no  dejaron  de  portarse  con  la  misma 
indiferencia  con   ellos.  Las   mujeres,   aunque   muchas 


—  345  — 
veces  por  curiosidad  procuraban  verlos,  solian  practi- 
carlo á  escondidas  y  por  las  espaldas,  y  al  verse  des- 
cubiertas, se  apresuraban  á  ocultarse  como  fieras.  Su- 
cedía á  veces  que  al  pasar  en  frente  de  algún  P.  mi- 
sionero con  alguna  carga,  la  tiraban  al  momento,  con 
el  fin  de  estar  más  expeditas  para  esconderse.  A  pesar 
de  esta  repugnancia  y  aversión,  con  la  paciencia,  cons- 
tancia y  celo  de  los  PP.  misioneros  los  camalanyuga- 
nes  recibieron  al  fin  la  instrucción  del  catecismo,  y  se 
convirtió  á  la  fe  todo  aquel  pueblo,  que  tan  mal  dis- 
puesto se  mostraba  á  recibirla.  Poco  después  se  levantó 
también   una  iglesia  en  el  pueblo  de  Bugay,  el  más 
distante  de  la  provincia  por  la  banda  del  E.,  y  no  lejos 
del  cabo  de  Engaño,  el  cual,  por  contener  pocos  veci- 
nos, quedó  por  entonces  como  anejo  ó  visita  de  aquél. 
97.   Éstos  fueron  los  primeros  pueblos  que  nuestros 
religiosos  convirtieron  á  la  fe  en  la  extensa  provincia 
de  Cagayan,  los  mismos  que  más  de  una  vez  han  dado 
pruebas  nada  equívocas  de  fidelidad  y  adhesión  al  go- 
bierno que  los  rige.  Cuando  S.  M.  á  fines  del  siglo  xvi, 
con  motivo  de  los  irregulares  procedimientos  de  los 
primeros  conquistadores,  dispuso  que  se  procurase  por 
medios  prudentes  y  suaves  que  los  indios  de  las  islas 
prestasen  de  nuevo  obediencia  á  su  corona  para  aquie- 
tar ciertos  escrúpulos,  los  habitantes  de  estos  pueblos 
tan  lejos  estuvieron  de  oponerse  á  la  voluntad  del  pia- 
doso Rey,  que  fueron  los  primeros  en  apoyarla.  Siri- 
ban,  principal  de  Pata,  de  quien  se  ha  hecho  mención, 
dijo  francamente  «que  por  sí  y  por  los  suyos  daba  de 
muy  buena  gana  esta  obediencia  al  Rey,  nuestro  seíior, 
por  el  gran  bien  que  les  habia  hecho  con  haberles  en- 


--  346  — 
viado  religiosos,  á  los  que  si  antes  hubieran  conocido 
mejor  hubieran  ido  á  buscarlos  en  su  tierra.»  Los  prin- 
cipales de  otros  pueblos  dijeron  «que  daban  la  obe- 
diencia con  la  misma  buena  voluntad,  por  haber  ido 
espaiioles  á  su  tierra,  que  los  libraron  de  la  tiranía  de 
sus  régulos,  y  enviado  religiosos  que  los  defendiesen 
de  las  vejaciones  de  algunos  de  ellos.» 

98.  El  primer  obispo  de  la  Nueva  Segovia,  el  señor 
D.  Fr.  Miguel  de  Benavides,  en  la  relación  que  di- 
rigió á  la  Santidad  de  Clemente  VIII  acerca  del  estado 
de  su  iglesia,  después  de  haber  hablado  de  los  panga- 
sinanes,  refiere  lo  que  de  los  cagayanes  habia  visto  y 
oido  de  testigos  oculares  en  los  términos   siguientes : 
«Esta  provincia  de  Cagayan  aun  es  más  nueva  en  la 
predicación  del  Evangelio;  tres  años  sólo  há  que  hay 
en  ella  ministros  de  la  Orden  de  Santo  Domingo;  pues 
antes  sólo  habia  habido  uno  que  otro  sacerdote  en  el 
lugar  de  los  españoles,  y  en  lo  que  tocaba  á  la  predi- 
cación de  los  indios  aun  no  se  habia  tratado.  La  gente 
natural  de  ella  es  muy  briosa,  y  su  pacificación  ha  cos- 
tado á  los  españoles  harto  trabajo  y  vidas  de  muchos. 
Entrando  en  ella  los  religiosos  de  Santo  Domingo,  se 
fueron  luego  á  vivir  entre  los  indios,  é  hicieron  sus 
iglesias  y  casas,  que  más  parecían  chozas.  El  no  ha- 
berlos muerto  los  indios,  sino  antes  recibirlos  en  sus 
pueblos  (aunque  hubo  sus  dificultades  para  ello  en  al- 
gunas partes),  procedió  del  buen  nombre  que  habia 
llegado  á  ellos  de  los  que  ya  se  hallaban  en  la  provin- 
cia de  Pangasinan,  que  trataban  á  los  indios  como  hi- 
jos, y  los  defendían   de  quien  los  ofendia.   Conside- 
rando ellos  el  modo  de  los  religiosos  en  su  entrada, 


—  347  — 
su  paciencia  en  los  trabajos,  su  comida  de  vigilia,  sus 
muchos  ayunos,  mucha  oración  y  gran  pobreza,  su 
mansedumbre  y  amor  con  que  los  trataban,  ha  sido 
Dios  servido  que  en  los  pueblos  donde  hay  religiosos 
todos  quieren  ser  cristianos;  de  manera  que  no  sólo  se 
han  allanado  para  Dios,  sino  también  páralos  españo- 
les; de  suerte  que  los  religiosos  han  pacificado  y  ase- 
gurado lo  que  antes  no  lo  estaba,  pues  eran  menes- 
ter presidios  y  muchos  soldados  en  donde  ahora  están 
de  sobra.))  Otras  varias  noticias  escribia  aquel  prelado, 
que  nos  dan  una  idea  nada  equívoca  de  los  progresos 
que  la  doctrina  de  la  fe  hacia  á  la  sazón  en  Cagayan, 
cuyos  habitantes,  por  otra  parte,  de  un  carácter  belicoso, 
se  interesaban  de  un  modo  extraordinario  en  tener  mi- 
nistros de  la  verdadera  paz  para  que  les  enseñasen  los 
dogmas  y  preceptos  de  nuestra  santa  religión ,   cuan- 
do antes  se  habian  mostrado  tan  tenaces  y  rebeldes. 
Tales  eran  los  efectos  sorprendentes  que  producía  en- 
tre ellos  la  palabra  de  salud,  pronunciada  por  ministros 
tan  ejemplares  y  llenos  de  celo  por  la  gloria  de  Dios. 


—  348  — 


TERCER  PERÍODO. 

COMPRENDE  DESDE  EL  aRO  1595,  Y  EXPEDICIÓN  AL  REINO  DE  CAMBOJA, 
HASTA  EL  CAPÍTULO  PROVINCIAL  CELEBRADO  EN  1 602 ,  EN  QUE  SE  ACUER- 
DA LA  IDA  DE  NUESTROS  PRIMEROS  MISIONEROS  Á  JAPÓN,  Y  SE  DA  FIN 
AL    PRIMER    LIBRO. 

CAPITULO  VII. 

Llega  una  misión  ala  provincia  en  1595.  —  Expedición  al  reino  de  Camboja 
de  los  PP.  Fr.  Alonso  Jiménez  y  Fr.  Diego  Aduarte.  —  Sus  trabajos  en  la 
mar.  —  Estado  del  reino.  —  Exploran  el  ánimo  de  su  gobernador.  —  Su 
viaje  á  Churdamue. — Visita  el  P.  Aduarte  un  monasterio  de  bonzos. — 
Los  chinos  molestan  á  los  espafíoles,  y  son  privados  de  sus  champanes. —  El 
P.  Jiménez  se  presenta  en  la  corte,  y  averigua  que  el  intruso  trató  de  ma- 
tarle con  los  suyos. — Vuelve  solo  á  Churdamue,  y  el  P.  Aduarte  va  á  con- 
solar á  los  españoles  detenidos.  —  Atacan  éstos  de  noche  el  palacio,  para 
librarse  de  las  manos  del  intruso.  —  Se  frustran  sus  intentos.  —  Su  heroica 
retirada.  —  Vadean  un  rio,  á  pesar  de  los  esfuerzos  de  sus  perseguidores. 
—  Llegan  felizmente  á  Churdamue. —  Llega  al  mismo  punto  Gallinato,  jefe 
de  la  expedición,  y  salen  para  Cochinchina.  —  El  rey  del  país  se  declara 
contra  los  españoles.  —  Salen  para  Manila.  —  Nuevos  trabajos  del  padre 
Aduarte.  —  Combate  peligroso  con  unos  piratas.  —  Se  libran  los  españoles 
de  sus  manos  y  llegan  á  Malaca. 

99.  Los  religiosos  que  habían  sido  enviados  á  Ca- 
gayan  á  mediados  de  1595  para  convertir  á  sus  habi- 
tantes á  la  fe,  eran  de  la  misión  que  llegó  á  Manila  el 
mismo  año,  reunida  en  España  por  el  celo  del  P.  fray 
Alonso  Delgado,  uno  de  los  que  fueron  enviados  á 
Macao  en  1587.  Este  laborioso  misionero,  estando  en 
Madrid,  tuvo  el  consuelo  de  hallar  al  venerable  Obis- 
po de  Manila,  el  Sr.  Salazar,  y  al  P.  Fr.  Miguel  de  Be- 
navides,  su  amable  compañero,  quienes  procuraron  que 
se  hiciese  cuanto  antes  á  la  vela  para  Veracruz,  con  la 
buena  compañía  de  religiosos  que  se  habian  alistado 
para  la  provincia  del  Santísimo  Rosario,  por  la  suma 


—  349  — 
falta  que  hacían  en  la  misma.  Por  Julio  de  1594  ya 
estaba  reunida  en  Sevilla  la  misión,  y  en  el  mismo  mes 
se  embarcó  en  una  de  las  naves  de  la  flota  que  debia 
ir  á  Nueva  España.  En  la  Puebla  de  los  Angeles  en- 
fermaron algunos  de  los  padres,  como  habia  sucedido 
con  los  primeros  fundadores,  y  murieron  tres  de  ellos. 
En  Méjico  también  murieron  otros  dos,  y  uno  de  ellos 
fué  el  mismo  superior  de  la  misión.  Los  restantes,  al 
verse  sin  cabeza,  nombraron  de  común  acuerdo  al  pa- 
dre Fr.  Miguel  de  San  Jacinto  por  su  vicario  y  presi- 
dente, el  cual  partiendo  con  ellos  del  puerto  de  Aca- 
pulco  el  dia  23  de  Marzo  de  1595,  los  condujo  feliz- 
mente hasta  el  fin  de  su  viaje.  Se  les  habian  agregado 
en  Nueva  España  otros  once  religiosos  de  la  Orden, 
con  los  cuales  llegaron  á  Manila  en  mayor  número  de 
los  que  habian  salido  de  la  Península,  á  pesar  de  los 
difuntos :  aportaron  á  estas  islas  el  dia  1 1  de  Junio  de 
aquel  año.  Contaba  esta  misión,  entre  los  veinte  que 
venian,  sujetos  muy  apreciables,  entre  los  cuales  ocu- 
pa un  lugar  muy  distinguido  el  P.  Fr.  Diego  Aduarte, 
que  tanto  ilustró  á  la  provincia  del  Santísimo  Rosario 
con  su  virtud  y  celo. 

IDO.  Poco  después  de  la  llegada  de  estos  religiosos 
se  ofreció  una  expedición  al  reino  de  Camboja,  que  no 
produjo  más  utilidad  que  acrisolar  la  paciencia  de  dos 
ilustres  misioneros  y  un  hermano  lego  de  la  provincia 
del  Santísimo  Rosario.  El  Rey  de  Camboja,  que  guarda- 
ba buena  correspondencia  con  el  gobierno  de  Manila, 
viéndose  amenazado  por  el  de  Siam,  mucho  más  po- 
deroso y  aguerrido,  con  quien  estaba  enemistado,  en- 
vió á  esta  capital  una  embajada,  que  confió  á  los  capi- 


—  35^  — 
tañes  Diego  Velloso  y  Blas  Ruiz,  portugués  el  primero 
y  castellano  el  segundo,  pidiendo  á  su  gobernador  al- 
gún socorro  de  soldados  para  librarse  de  su  competidor. 
A.1  mismo  tiempo,  y  quizá  para  dar  más  fuerza  á  la 
demanda,  le  decia  que  le  enviase  algunos  religiosos 
dominicos  con  el  fin  de  propagar  la  religión  de  Jesu- 
cristo en  sus  dominios.  Dasmariñas  no  se  hallaba  á  la 
sazón  en  el  mejor  estado  para  satisfacer  los  deseos  del 
soberano  de  Camboja  acerca  de  su  primera  preten- 
sión, pues  era  preciso  desmembrar  las  fuerzas  españolas 
de  las  islas,  tan  escasas  y  necesarias  para  su  conserva- 
ción. Mas  el  aliciente  que  á  su  piedad  ofrecía  la  se- 
gunda parte,  que  parecía  completar  el  objeto  de  la  em- 
bajada, le  hizo  adoptar  un  justo  medio,  con  el  cual,  ni 
su  autoridad  quedase  en  descubierto,  ni  la  religión  que- 
josa. Dispuso,  pues,  que  sólo  se  enviasen  á  Camboja 
cuarenta  soldados  españoles  á  las  órdenes  del  capitán 
D.  Juan  Suarez  Gallinato,  á  quien  nombró  por  su  pri- 
mer embajador.  Mas,  sin  orden  ni  conocimiento  del 
Gobernador,  se  embarcaron  también  furtivamente  otros 
que,  reunidos  con  aquellos,  componían  una  respetable 
compañía  de  ciento  y  treinta  españoles,  con  algunos 
indios  y  japones.  Oida  y  aprobada  la  propuesta  de  los 
embajadores  de  Camboja,  se  dirigió  Dasmariñas  á  la 
provincia  del  Santísimo  Rosario^  para  que  destinase  si- 
quiera un  religioso,  que,  revestido  también  con  la  ca- 
lidad de  embajador,  acompañase  á  la  expedición.  El 
Prelado  trató  desde  luego  el  asunto  en  Consejo,  y  en 
él  se  acordó  que  fuese  á  desempeñar  este  importante 
cargo  el  mismo  Provincial,  cuyo  oficio  estaba  para  es- 
pirar. La  mayor  dificultad  que  se  ofreció  entonces  á  los 


—  3Si  — 
padres  versaba  acerca  del  sujeto  que  se  debia  destinar 
para  compañero  del  anciano  Provincial,  que  sin  hacer 
falta  á  la  provincia,  pudiese  llenar  este  vacío  á  su  satis- 
facción. Después  de  varias  propuestas,  fué  por  último 
nombrado  el  P.  Fr.  Diego  Aduarte,  que  á  la  sazón 
sólo  tenía  veinte  y  seis  años  de  edad,  y  para  el  servicio 
de  entrambos  el  hermano  Fr.  Juan  Deza.  Para  llevar 
á  cabo  lo  dispuesto  con  la  urgencia  que  requería  el 
asunto,  echaron  mano  apresuradamente  de  una  fraga- 
tilla  y  dos  buques  aparejados  al  estilo  de  Camboja,  lla- 
mados comunmente  juncos.  En  aquélla  se  embarcó  Ga- 
llinato,  en  el  junco  mayor  Blas  Ruiz  con  la  mayor 
parte  de  la  tropa,  y  en  el  menor  los  religiosos,  con 
Diego  Velloso  y  el  resto  de  la  expedición. 

I  oí.  El  dia  i8  de  Enero  de  1596,  tiempo  en  que 
los  nortes  suelen  apretar  con  violencia  en  el  mar  de 
China,  se  hicieron  á  la  vela  con  dirección  á  la  isla  de 
Luban.  Hablan  dispuesto  surgir  en  uno  de  sus  puertos, 
y  continuar  en  seguida  su  derrota  en  convoy  hasta 
Camboja.  El  junco  menor  y  la  fragata  llegaron  juntos, 
con  efecto,  á  la  isla  designada;  mas  el  mayor,  que  llegó 
á  la  misma  isla  más  tarde  de  lo  que  convenia,  no  se 
atrevió  á  aportar  por  entonces,  temeroso  el  capitán  de 
dar  encima  de  algún  bajo  en  su  entrada.  En  aquella 
noche  no  pudo  éste  mantenerse  á  la  capa,  como  con- 
venia, y  sin  ser  visto  de  los  otros  hizo  solo  su  viaje  a 
Camboja.  Al  amanecer,  cuando  los  que  hablan  queda- 
do fondeados  en  la  isla  no  pudieron  divisarlo,  sospe- 
chando lo  que  realmente  habia  sucedido,  levaron  an- 
clas y  con  harta  pena  siguieron  su  derrota.  El  junco 
que  conduela  á  los  religiosos,  á  los  tres  dias  de  nave- 


—  J5^  — 
gacion  con  viento  en  popa  y  con  poca  mar,  perdió  el 
palo  mayor,  y  fué  preciso  que  la  fragata  le  alargase  un 
cable,  á  fin  de  que  no  quedase  abandonado  en  tan  mal 
estado  en  medio  de  la  mar.  De  esta  suerte  navegaron 
hasta  que  hallaron  fondo  a  las  cuarenta  brazas,  y  juz- 
gando que  ya  no  estaban  lejos  de  la  tierra  que  busca- 
ban, recogió  el  cable  la  fragata.  No  tardaron,  en  efecto, 
en  ver  tierra;  mas  no  la  del  puerto  adonde  debian  diri- 
girse, habiéndose  sotaventado  á  una  gran  distancia.  En 
su  consecuencia  determinaron  fondear,  con  el  fin  de 
emprender  después  una  derrota  más  segura.  El  fondea- 
dero, por  desgracia,  no  podia  ser  más  peligroso;  dis- 
taba más  de  dos  leguas  de  la  playa,  y  sin  embargo,  no 
habia  más  que  tres  brazas  de  agua,  soplando  al  mismo 
tiempo  un  viento  furioso,  que  los  tenía  en  un  conflic- 
to. La  fragata,  no  habiéndose  podido  mantener  en  aquel 
sitio,  se  hizo  á  la  vela  y  fué  arrojada  á  Malaca,  dos- 
cientas leguas  por  lo  menos  sotaventada  de  Camboja. 
El  junco,  que  no  estaba  en  disposición  de  seguirla,  se 
quedó  allí,  casi  desesperanzado  de  remedio. 

102.  Aquí  comienza  una  serie  de  sucesos  que  pare- 
cen verdaderamente  fabulosos,  y  sin  embargo,  la  más 
sana  crítica  no  puede  rechazarlos.  El  historiador  que 
los  ha  trasmitido  á  la  posteridad  es  el  expresado  pa- 
dre Fr.  Diego  Aduarte,  que  los  presenció,  y  sus  pala- 
bras deben  ser  el  documento  más  auténtico  de  su  rea- 
lidad. «Cerróse  la  noche,  dice  (lib.  i,  cap.  xlvi),  que 
fué  la  que  medió  entre  8  y  9  de  Febrero,  y  todos 
entendimos  que  fuera  la  postrera  de  nuestros  dias,  sin 
que  ninguno  se  prometiese  llegar  al  siguiente :  con  la 
fuerza  del  viento  dimos  en  seco,  estando  más  de  dos 


leguas  de  tierra;  y  nos  fué  necesario  cortar  el  pedazo 
de  árbol  mayor  que  habia  quedado,  y  echar  á  la  mar 
el  timón  y  cuanto  habia  en  el  navio,  que  todo  nos  ha- 
cia daño.  El  batel  que  pudiera  servirnos  se  anegó,  y 
los  marineros  que  en  él  habia  se  entraron  en  el  navio, 
no  para  escapar  la  vida,  sino  para  alargarla  algo;  por- 
que corria  el  mismo  riesgo  de  las  olas,  que  á  veces  le 
encapillaban;  pero  no  le  podian  echar  á  fondo,  porque 
estaba  ya  varado  en  tierra.  Yo  estuve  toda  la  noche  sen- 
tado en  el  combés  (porque  no  habia  hombre  que  pu- 
diese estar  en  pié),  y  allí  confesé  á  los  cristianos  y  ca- 
tequicé á  los  infieles  que  allí  iban,  y  bauticé  á  veinte 
y  dos  de  ellos,  de  diferentes  lenguas,  con  la  disposición 
á  que  el  grande  aprieto  en  que  estábamos  dio  lugar;  y 
sacramentados  todos,  los  animaba  al  trabajo  que  para 
no  perecer  era  necesario.  A  vueltas  de  esto,  iba  algu- 
nas veces  á  la  popa  á  confesarme  y  confesar  al  santo 
viejo,  mi  provincial,  que  allí  estaba  esperando  la  muer- 
te, en  cuyo  artículo  nos  velamos,  con  la  soga  ya  (co- 
mo dicen)  en  la  garganta.  Todo  era  plegarias  y  apelar 
de  la  divina  justicia  á  la  misericordia,  de  quien  parecía 
haber  salido  ya  contra  nosotros  sentencia  de  muerte; 
pero,  como  era  sólo  conminatoria,  admitió  nuestra  ape- 
lación por  entonces,  y  diónos  espera  para  que  pudiése- 
mos, con  su  ayuda,  pagar  nuestras  deudas,  cuya  virtud, 
en  aquella  ocasión,  casi  palpamos  con  las  manos,  en- 
tre las  cuales  parecía  ya  andarla  muerte,  haciendo  eje- 
cución con  las  vidas  de  los  que  allí  estábamos Al 

fin  las  mismas  olas  que  iban  á  reventar  á  la  orilla,  ar- 
rojaron allá  el  navio  que  iba  casi  vacío,  como  si  fuese 
un  palo  seco.  Esto  fué  con  la  creciente  del  mar,  y  va- 

TOMO    I.  23. 


—  354  — 
ciando  después  con  la  menguante,  quedamos  en  seco 

un  tiro  de  cañón  fuera  de  la  mar Puestos  en  tierra, 

fueron  exploradores  á  unas  partes  y  á  otras  á  recono- 
cerla, y  después  de  bien  cansados,  trajeron  por  nueva 
que  era  desierta,  y  morada  sólo  de  fieras,  sin  rastro  de 
rio  ni  fuente,  á  lo  menos  por  la  costa;  y  que  la  tierra 
adentro  parecía  inaccesible,  por  ser  anegadiza  y  todo 
espesura.  Con  tales  nuevas  nos  pareció  menos  mal  la 
mar  que  tal  tierra,  y  las  tormentas  pasadas  leves  peli- 
gros respecto  de  lo  que  aquel  deseado  y  desgraciado 
puerto  nos  ofrecía, 

103.  ))Como  el  comer  y  beber  es  pensión  forzosa  y 
de  cada  dia,  y  la  comida  y  bebida  era  muy  poca,  y 
nosotros  éramos  más  de  cien  personas,  hicimos  gran- 
des diligencias  en  busca  de  algún  remedio;  y  porque 
la  sed  era  lo  que  más  nos  apretaba,  abrimos  pozos  en 
las  partes  más  secas  que  hallamos,  y  cuando  dábamos 
con  agua,  era  más  salada  que  la  de  la  mar.  Doy  fe,  co- 
mo quien  lo  experimentó,  que  hasta  el  rocío  del  cielo 
que  aparecía  por  las  mañanas  en  las  hojas  de  los  árboles 
silvestres  que  allí  habia  era  salado;  y  así,  pues,  negán- 
donos la  tierra  la  comida,  nos  determinamos  de  volver 
á  la  que  al  fin  nos  habia  perdonado  las  vidas,  y  nos 
daba  más  esperanzas  de  poderlas  conservar.  Para  esto 
era  necesario  echar  mano  del  triste  navio  varado  en 
tierra,  sin  árboles,  ni  velas,  ni  timón,  ni  cosa  de  pro- 
vecho; porque  entre  esto  y  perecer  no  habia  medio 
ninguno,  y  para  esto  también  era  necesario  no  alzar  la 
mano  del  trabajo  hasta  ponerlo  en  perfección.  Lo  más 
que  habia  que  hacer  en  él  era  deshacer,  y  acomodarle 
á  que  necesitase  de  poca  agua  y  pudiese  andar  cerca 


—  3SS  — 
de  la  costa  al  remo;  porque  el  remedio  se  había  de  bus- 
car en  tierra;  pero  el  que  la  tierra  lo  tuviese  se  habia 
de  buscar  por  la  mar;  que  ya  no  tratábamos  de  con- 
quistas ni  embajadas,  sino  de  buscar  agua,  por  la  cual 
diéramos  todo  lo  que  ha  dado  el  cerro  del  Potosí,  si 
fuera  nuestro.  Tardamos  diez  dias  en  acomodar  el  na- 
vio á  nuestro  intento;  quitáronle  todas  las  obras  muer- 
tas, y  de  las  vivas  buen  pedazo,  y  echándole  doce  re- 
mos por  banda,  quedó  á  manera  de  galeota  mal  tra- 
zada; y  de  timón,  árboles  y  velas,  la  poblamos  de  re- 
miendos. Aquellos  dias,  mientras  andaban  unos  en  es- 
tas obras,  iban  otros  á  descubrir  tierra,  haciendo  pun- 
tas en  busca  de  agua;  de  los  cuales  vinieron  unos  con 
buenas  nuevas,  diciendo  que  como  cuatro  leguas  de 
allí,  por  la  costa  adelante,  iba  un  rio  muy  grande  la 
tierra  adentro,  y  que,  aunque  allí  junto  á  la  mar  era 
el  agua  salada,  sería  el  rio  arriba  dulce;  y  más,  que  ha- 
blan visto  huellas  de  hombres  en  su  playa.))  Según  el 
mismo  autor,  con  tan  placenteras  noticias  se  animaron 
todos  al  trabajo,  y  echando  el  buque  al  agua,  anduvie- 
ron en  busca  del  anunciado  rio.  Entraron  luego  por  su 
boca,  navegaron  por  él  algunos  dias,  y  después  de  ha- 
ber excitado  más  la  sed  con  el  trabajo  de  los  remos, 
averiguaron  que  aquel  soñado  rio  no  era  otra  cosa  que 
un  seno  de  agua  salada,  internado  en  la  tierra.  Deses- 
peranzados ya  de  hallar  el  agua  apetecida,  se  resolvie- 
ron á  retroceder  en  busca  de  una  choza  que  habían  des- 
cubierto; la  asaltaron  de  noche  con  cautela,  y  hallaron 
en  ella  dos  hombres  y  un  niño  que  estaban  durmiendo, 
los  que  maniataron  para  que  no  se  fugasen ,  y  después 
de  haberles  asegurado  que  no  les   harían   mal   alguno, 


—  3S^  — 
los  subieron  á  bordo  de  la  nave.  Con  este  hallazgo  fué 
tal  el  gozo  que  se  apoderó  de  la  gente,  que  desde  luego 
se  repartió  medio  cuartillo  de  agua  por  persona,  y  los 
religiosos  entonaron  el  Te  Deum,  creyendo  equivoca- 
damente que  en  donde  habitaban  hombres  no  habia 
de  faltar  alguna  fuente  ó  depósito  de  agua  dulce.  Pero 
¿cuál  sería  su  sorpresa  cuando  supieron  que  en  aque- 
lla tierra  no  habia  gente,  agua  ni  alimentos?  Aquellos 
se  habian  escapado  de  la  casa  de  sus  amos,  y  se  hablan 
refugiado  en  aquel  desierto  :  su  alimento  eran  unos  pes- 
cadillos  que  casualmente  cogian  en  la  playa,  y  su  be- 
bida el  agua  llovediza  que  podian  recoger  en  unos  tu- 
bos de  caña  que  tenian  al  intento.  Les  aseguraron,  no 
obstante,  que  algunas  jornadas  más  adelante  habia  un 
rio,  y  que  por  él  podia  irse  á  la  corte;  pero  no  con 
aquel  barco,  por  ser  el  rio  muy  pequeño.  Sin  embargo 
de  unas  noticias  tan  poco  halagüeñas,  se  resolvieron  á 
proseguir  el  viaje  por  no  morir  de  sed. 

104.  El  dia  de  San  Matías  descubrieron  una  isla  á 
unas  seis  leguas  de  distancia,  y  creyendo  que  hallarían 
allí  el  agua  deseada,  enderezaron  á  ella  la  proa;  pero  el 
buque  estaba  tan  desmantelado,  que  habiéndose  levan- 
tado alguna  marejada,  se  vieron  precisados  á  volverse 
á  la  costa.  La  sed  que  padecían  era  tal,  que  los  impe- 
lía á  tantear  toda  clase  de  arbitrios  para  apagarla;  por- 
que, puestos  á  medio  cuartillo  de  ración  al  dia,  en  un 
país  tan  caluroso,  apenas  tenian  la  necesaria  para  mo- 
jarla boca.  Algunos,  para  ahorrarla,  tostaban  el  arroz, 
otros  mojaban  la  boca  con  agua  de  la  mar,  sin  dejar 
por  esto  de  probar  si  podrían  aliviar  su  gran  necesidad 
con   el  vapor  de  aquella  misma  agua;  pero  en  vano. 


—  357  — 
porque  con  estas  diligencias  se  acrecentaban  sus  con- 
gojas. Empero,  si  Dios  aprieta,  también  es  cierto  que 
no  ahoga,  como  se  dice  vulgarmente.  En  efecto,  cuan- 
do se  hallaban  más  desesperanzados  de  remedio,  y  no 
les  quedaba  más  agua  que  para  dos  dias,  aun  repartida 
escasamente  para  no  morir,  entonces  acudió  en  su  ayu- 
da la  divina  Providencia,  pues  les  sacó  de  las  mortales 
agonías  en  que  se  veian  sumergidos.  «Ordenó,  pues,  el 
Señor  de  la  vida  (dice  el  limo.  Aduarte  en  el  lugar  ci- 
tado) que  las  olas  de  la  mar  nos  espaldeasen  á  una  en- 
senada pequeña  que  hacia  allí  la  tierra,  en  donde  sur- 
gimos, con  intención  de  no  levantarnos  más  de  allí, 
sino  concluir  en  aquel  puerto  viaje  y  vida.  Sucedió, 
pues,  que  un  indio  de  los  que  iban  en  nuestro  navio 
se  echó  al  agua  para  refrigerar,  bañándose  algo  por  el 
gran  calor  que  hacia,  y  templar  alguna  cosa  la  sed  que 
nos  mataba.  Llegóse  nadando  á  tierra,  y  allí  luego,  en  la 
playa,  que  era  de  lama,  como  toda  la  que  hablamos  cos- 
teado, al  pié  de  una  palma  silvestre  se  le  hundieron  á 
él  los  suyos;  y  sintiendo  que  habian  dado  en  agua,  sa- 
cándolos, aplicó  los  labios  al  hoyo  que  habian  hecho,  y 
halló  que  era  dulce,  y  sin  permitirle  la  sed  que  espe- 
rase á  que  se  asentase,  bebió  agua  y  lodo  hasta  satis- 
facerse; y  dándonos  á  voces  parte  de  su  hallazgo,  no 
habia  quien  le  creyese,  hasta  que  porfiando  el  indio  en 
afirmarlo,  se  echaron  todos  al  agua  á  ver  aquella  ma- 
ravilla, que  se  podia  poner  á  la  par  de  lo  que  Dios  hi- 
zo sacando  agua  de  una  piedra  para  que  bebiera  su 
pueblo  en  el  desierto;  pues  no  nos  pareció  menos  mi- 
lagrosa el  agua  dulce  en  tierra  tan  allegada  á  la  mar. 
Dimos  mil  gracias  á  Dios,  y  en  el  regocijo  de  la  fiesta 


-  358  - 
olvidamos  el  trabajo  y  el  ayuno  que  en  tan  larga  vigi- 
lia habiamos  hecho.» 

Aliviados  de  la  sed,  y  llenas  de  agua  sus  vasijas,  pro- 
siguieron el  viaje  en  busca  de  alimentos,  y  á  las  pocas 
jornadas  llegaron  á  la  barra  de  un  rio  que  conducía  á 
la  corte  de  Camboja,  en  donde  habia  un  presidio  guar- 
necido por  los  habitantes  del  país.  Aquí  les  informaron 
de  varios  sucesos  alarmantes,  que  les  presagiaban  un  fin 
funesto.  El  otro  junco  estaba  fondeado  en  Churdamue, 
á  unas  ocho  leguas  de  la  corte  y  ochenta  de  allí;  pero 
nada  se  sabía  de  la  fragata,  en  donde  iba  Gallinato, 
primer  embajador  de  aquella  empresa.  Les  aseguraron 
que  el  reino  habia  sido  invadido  por  el  soberano  de 
Siam,  y  que  no  hallándose  el  suyo  con  suficientes  fuer- 
zas para  defenderse  de  su  competidor,  se  habia  retira- 
do al  reino  de  los  Laos  para  salvarse;  que  vencido  y 
saqueado  el  país,  se  habia  marchado  el  enemigo;  pero 
que  un  principal  valiente,  llamado  Nacparan,  con  las 
tropas  que  pudo  reunir,  le  habia  picado  la  retaguardia, 
arrojándolo  del  reino  á  toda  prisa  con  mucha  pérdida  de 
gente;  que,  finalmente,  engreido  este  principal  con  la 
victoria,  se  habia  declarado  soberano,  y  que  como  tal 
estaba  gobernando.  Esta  relación  era  ciertamente  poco 
grata;  pues  no  podia  dejar  de  ocurrírseles  que  el  intruso 
los  miraria  como  enemigos,  siendo  el  objeto  de  su  ex- 
pedición auxiliar  al  rey  legítimo,  cuyo  trono  tenía  ocu- 
pado. En  tal  estado  las  cosas,  dictaba  la  prudencia  re- 
gresar á  Filipinas;  pero  el  junco  no  estaba  en  disposi- 
ción de  hacer  aquella  peligrosa  travesía;  sus  compañe- 
ros, ademas,  estaban  en  lo  interior  del  reino,  y  se  ig- 
noraba el  paradero  del  jefe  principal  de  aquella  desdi- 


—  359  — 
chada  expedición.  En  tal  conflicto,  tuvieron  por  más 
conveniente  ponerse  á  discreción  del  que  mandaba; 
pues  juzgaron  que  éste  era  el  partido  menos  espinoso 
y  más  prudente  que  podian  adoptar.  Desde  luego  en- 
viaron á  la  corte  á  uno  de  los  soldados  más  expertos, 
con  el  fin  de  visitar  en  nombre  de  todos  al  intruso, 
ofi'ecerle  su  auxilio ,  y  de  paso  ponerse  de  acuerdo  con 
los  españoles  del  otro  junco,  que  estaba  fondeado  en 
Churdamue. 

105.  El  comisionado  fué  recibido  bien  por  el  in- 
truso, á  quien  hizo  presente  la  llegada  de  sus  compa- 
ñeros al  punto  en  donde  los  dejara;  el  fin  de  su  viaje, 
su  situación,  y  la  disposición  en  que  todos  se  hallaban 
de  servirle,  en  atención  á  que  ocupaba  el  supremo  pues- 
to del  estado;  y  finalmente,  que  estaban  á  sus  órdenes, 
si  en  algo  podian  servir  á  sus  intentos.  El  intruso  le 
dio  á  entender  que  agradecía  sus  ofrecimientos;  que  él 
no  era  el  soberano  legítimo  del  reino,  sino  su  lugar-te- 
niente solamente,  y  que  daria  órdenes  á  fin  de  que 
pudiesen  reunirse  con  los  otros  españoles  que  ya  esta- 
ban en  Churdamue.  En  efecto,  no  tardó  en  despachar 
una  orden  al  jefe  que  mandaba  en  la  costa,  disponiendo 
proveyese  de  carretas  y  embarcaciones  chicas  á  los  es- 
pañoles que  estaban  en  aquellas  aguas,  para  que  pu- 
diesen trasladarse  con  sus  equipajes  al  expresado  puer- 
to :  en  fin,  cuando  hubo  tomado  estas  providencias, 
despidió  al  enviado  con  muestras  de  afecto.  Sus  dispo- 
siciones, al  parecer,  no  podian  ser  más  favorables,  y 
sin  embargo,  era  otro  el  concepto  que  los  españoles  que 
estaban  en  Churdamue  hablan  formado  de  sus  miras. 
Éstos  estaban  en  la  persuasión  de  que  sólo  trataba  de 


—   T^6o  

tenerlos  juntos  en  donde  no  les  fuese  fácil  escaparse, 
para  desprenderse  de  todos,  cuando  se  le  ofreciese  al- 
guna buena  coyuntura,  si  bien  juzgaban  que  convenia 
por  entonces  contemporizar  con  las  circunstancias,  en 
atención  á  los  apuros  en  que  todos  se  hallaban.  Com- 
prendian,  sin  embargo,  la  necesidad  de  reunirse  cuan- 
to antes  en  un  punto,  para  determinar  de  común 
acuerdo  el  partido  que  podian  adoptar,  á  fin  de  poder 
salvar  la  existencia  de  todos.  Con  esta  confusión  y  mez- 
colanza de  noticias,  al  parecer  contrarias,  regresó  el 
enviado  á  la  costa,  y  los  del  junco,  adoptando  el  con- 
sejo de  los  de  Churdamue,  se  aprovecharon  del  auxilio 
que  les  franqueaba  el  intruso,  y  se  dispusieron  para  la 
marcha. 

1 06.  La  cuaresma  á  la  sazón  ya  estaba  muy  adelan- 
tada. En  Churdamue  habia  muchos  españoles  é  indios 
cristianos  que  debian  cumplir  con  el  precepto  anual,  y 
en  tal  concepto  dispuso  el  P.  Jiménez  que  el  P.  Aduar- 
te  se  adelantase  al  convoy,  para  confesarlos  y  admi- 
nistrarles la  comunión  pascual,  como  lo  hizo.  En  el 
viaje  tuvo  este  religioso  la  oportunidad  de  visitar  de 
paso  dos  monasterios  de  bonzos,  que  siendo  para  él 
tan  nuevos,  no  dejaron  de  llamarle  la  atención.  Al  lle- 
gar al  primero,  el  superior  de  la  comunidad,  que  era 
un  respetable  anciano,  lo  trato  con  mucha  deferencia: 
se  ¡untaron  los  bonzos,  y  le  hacian  muchas  cortesías; 
entendiéndose  con  él  por  serías,  por  ignorar  el  Padre 
Aduarte  el  idioma  del  país.  Luego  quiso  tener  el  gusto 
de  visitar  su  templo,  cuya  descripción  no  deja  de  ser 
bastante  curiosa.  «Diéronme,  dice,  colación  de  alguna 
fruta,  y  luego  el  sacristán  me  llevó  á  su  templo la 


-36i  - 

puerta  era  pequeña,  y  él  de  bóveda,  redondo  y  peque- 
ño, sin  más  luz  de  la  que  le  entraba  por  una  claravoya 
que  tenía  en  lo  alto.  Al  lado  de  la  puertecilla  tenía  un 
altar  de  tierra,  sucio  de  polvo  y  sin  aderezo  ninguno, 
en  que  estaban  cuatro  figuras  de  hombre  de  estatura 
ordinaria,  en  pié,  arrimados  á  la  pared;  y  tenian  la 
media  cara  negra,  y  la  media  dorada.  Delante  de  estas 
figuras  habia  otros  tres  órdenes  de  ídolos  menores,  y 
al  labio  del  altar,  que  era  algo  ancho,  estaban  unos 
niños  de  metal  sentad itos,  rematando  lo  alto  de  las  ca- 
bezas en  un  espigoncillo.  El  sacristán  debia  de  ser  de- 
voto, y  así  se  puso  luego  en  oración,  y  entre  tanto  es- 
taba yo  manoseando  aquellas  figuras  y  mirándolas  con 
atención;  pero  no  las  trataba  con  menosprecio,  por  no 
escandalizar,  haciendo  cosa  de  que  no  podia  dar  razón, 
por  falta  de  lengua :  más  todavía;  le  daba  á  entender 
con  señas  que  aquello  no  se  habia  de  adorar,  sino  otra 
cosa  superior.))  Despidióse  luego  de  los  bonzos,  y  pro- 
siguiendo su  viaje,  no  tardó  en  hallar  otro  monasterio, 
cuyos  bonzos  rezaban  muy  temprano  en  voz  alta  á  dos 
coros.  Estos,  dice  el  P.  Aduarte,  iban  vestidos  de  unas 
mantas  amarillas  que  llegaban  hasta  los  pies,  con  una 
especie  de  rosca  á  manera  de  las  que  usan  en  sus  becas 
los  colegiales,  al  lado  izquierdo.  Llevaban  los  pies  des- 
calzos, como  todos  los  del  país,  y  el  pueblo  los  mira 
con  gran  respeto;  de  suerte  que  si  los  seglares  se  en- 
cuentran con  alguno  de  ellos,  le  ceden  el  lugar  más 
preferente,  se  paran  y  le  hacen  una  inclinación  con  la 
cabeza. 

107.   Después  de  algunos  dias  de  viaje,  llegó  el  pa- 
dre Aduarte  á  Churdamue,  en   donde  encontró   á  la 


—  3^2  — 

gente  del  otro  junco  bastante  afligida.  Se  contaron  mu- 
tuamente sus  aventuras  y  trabajos,  y  aguardaron  la  lle- 
gada de  los  restantes  compañeros,  que  aparecieron  sin 
novedad  después  de  quince  dias.  Desde  luego  trataron 
de  los  medios  que   podrían   adoptar  para   salir  de  los 
conflictos  en  que  todos  se  hallaban,  y  no  dudaron  que 
el  Señor,  que  los  habia  librado  de  tantos  trabajos  sufri- 
dos hasta  allí,  los  librarla  también  de  los  futuros.  Pero 
no  tardó  en  acontecerles  un  lance  peligroso,  que  agra- 
vó su  posición.  Habia  en  el  mismo  rio,  en  donde  es- 
taba fondeado  el  junco  de  los  nuestros,  cuatro  cham- 
panes de  chinos  mercaderes  que  traficaban  en  Cambo- 
ja.  Éstos,  con  los  que  ya  estaban  radicados  en  el  país, 
ascenderían  á  dos  mil,  y  no  miraban  con  serenidad  y 
buenos  ojos  la  presencia  de  los  españoles  en  aquel  pun- 
to, temerosos  de  perder  con  su  vecindad  las  ventajas 
del  comercio.  Esta  idea  equivocada,  la  protección  que 
les  dispensaba  el  intruso,  y  la  superioridad  del  número, 
en  que  ellos  ponian  su  confianza,  los  inducían  á  mo- 
lestarlos con  frecuencia,  y  causarles  sentimientos.  Blas 
Ruiz,  conociendo  su  desgraciada  posición,  habia  pro- 
curado contener  á  sus  soldados,  exhortándolos  al  su- 
frimiento: V  entre  tanto  daba  cuenta  al  intruso  de  las 
demasías  de  los  chinos,  á  fin  de  que  proveyese  de  re- 
medio. Este  se  hacia  sordo  á  sus  instancias,  y  los  chi- 
nos, cada  vez  más  insolentes,  provocaban  á  cada  paso 
con  nuevas  tentativas  á  los  nuestros,  á  quienes  al  fin 
fiíltó  la  paciencia  necesaria  para  contener  la   ira,   que 
debian    reprimir   á   todo   trance.   El   primer  domingo 
después  de  la  Pascua  de  Resurrección  bajaron  tres  ó 
cuatro  soldados  españoles,  con  permiso  de  su  jefe,  á  pa- 


—  3^3  — 
searse  por  el  pueblo.  De  allí  á  una  hora  volvió  uno  de 
ellos  muy  colérico,  con  la  espada  desenvainada ,  asegu- 
rando que  los  chinos  le  habian  ofendido  y  maltratado. 
Con  esta  novedad  se  alborotaron  los  demás,  y  se  ar- 
maron para  vengar  la  injuria  recibida,  sin  que  ni  los 
ruegos  de  los  padres  ni  la  autoridad  del  jefe  pudiesen 
contenerlos.  El  P.  Aduarte,  que  hablaba  el  idioma  de 
los  chinos,  se  adelantó  para  ver  si  podria  arreglar  con 
medios  pacíficos  aquella  diferencia;  pero  á  su  llegada 
ya  estaban  éstos  con  sus  armas,  esperando  á  los  españo- 
les en  orden  de  batalla.  Entre  tanto  llegaron  setenta  de 
éstos  bien  armados  con  espadas  y  mosquetes,  y  dispa- 
rando desde  lejos  sobre  los  chinos,  los  dispersaron  en 
todas  direcciones,  después  de  haber  muerto  á  un  gran 
número  de  ellos,  sin  que  los  Cambojas  se  tomasen  el 
trabajo  de  favorecerlos;  antes,  por  el  contrario,  daban 
bastante  á  entender  que  no  les  disgustaba  el  extermi- 
nio de  aquellos  extranjeros.  Cansados  ya  los  españoles 
de  matar  chinos,  volvieron  las  armas  sobre  sus  cham- 
panes, de  los  cuales  se  apoderaron  al  momento,  echán- 
dose al  agua  los  que  los  custodiaban.  Comprometidos 
ya  los  nuestros  con  un  hecho  que  no  podia  ser  grato 
al  intruso,  trataron  de  conservar  las  embarcaciones  de 
los  chinos,  porque  de  esta  suerte,  ni  éstos  podrian  per- 
seguirlos, ni  aquél  impunemente  molestarlos.  Al  efecto 
los  anclaron  en  el  medio  del  rio,  y  los  juntaron  con  el 
fin  de  vigilarlos  con  poca  gente.  El  P.  Aduarte,  mien- 
tras los  españoles  estaban  maniobrando,  subió  al  junco 
para  ver  y  consolar  al  venerable  anciano  P.  Jiménez, 
harto  afligido  por  el  hecho.   Luego  se  trasladó  á  los 
champanes,  en  donde  procuró  que  se  diese  libertad  a 


—  3^4  — ■ 
los  chinos  prisioneros,  y  curó  caritativamente  á  los  he- 
ridos. 

1 08.  No  tardó  en  saber  el  intruso  la  desgracia  de 
los  chinos,  y  lleno  de  coraje,  mandó  preguntar  á  los 
españoles  por  qué  habian  entrado  en  su  reino  y  usado 
de  violencia  con  los  chinos.  Contestáronle  los  nuestros 
que  el  motivo  de  su  venida  era  dar  la  embajada  que  el 
gobierno  de  Manila  enviaba  al  soberano  del  país;  y  que 
si  habian  castigado  á  los  chinos,  habia  sido  porque 
ellos  los  habian  provocado;  que  culpara  á  la  insolencia 
de  éstos  y  á  su  propia  negligencia  en  no  haberles  con- 
tenido, después  de  haberle  dado  cuenta  tantas  veces 
de  lo  que  estaba  sucediendo.  Su  respuesta  fué,  que 
fuesen  cuanto  antes  á  darle  la  embajada. 

No  habia  llegado  todavía  Gallinato,  ni  se  sabía  en 
donde  estaba :  su  presencia  pudiera  librar  á  la  expedi- 
ción de  compromisos;  pero  su  falta  lo  entorpecía  todo. 
Sin  embargo,  como  el  estado  de  las  cosas  estaba  ya 
tan  complicado,  pareció  á  todos  que  el  P.  Jiménez,  que 
era  el  segundo  embajador,  podria  satisfacer  á  los  de- 
seos del  intruso,  y  luego  tratarían  de  salir  de  aquel 
complicado  laberinto.  Presentóse,  al  efecto,  con  la  mi- 
tad de  la  gente  más  determinada  en  la  corte  :  alojáronse 
en  donde  el  intruso  habia  ya  dispuesto,  sitio  distante 
del  Real  palacio  un  cuarto  de  hora  solamente ;  pero 
interceptado  por  dos  rios,  que  no  podían  fácilmente 
vadearse.  A  su  llegada  hicieron  los  nuestros  la  salva  de 
costumbre;  mas  el  intruso  les  mandó  decir  que  no  le 
verian  mientras  no  entregasen  los  champanes  á  los  chi- 
nos, y  que  entre  tanto  se  estuviesen  en  su  alojamiento. 
En  demandas  y  respuestas  se  pasaron  algunos  dias  sin 


provecho;  porque  el  intruso  se  mantuvo  firme  en  su 
empeño,  á  pesar  de  los  esfuerzos  que  hacia  el  P.  em- 
bajador para  doblarlo;  hasta  que  al  fin  se  decidió  éste 
á  pedirle  les  permitiese  volverse  á  Churdamue,  con  el 
fin  de  consultar  el  punto  con  los  restantes  compañeros, 
sin  cuyo  parecer  no  podia  definitivamente  decidirse. 
Mas  el  intruso,  que  ya  estaba  decidido  á  matarlos,  como 
se  sabía  por  los  espías  que  los  nuestros  tenian,  y  sólo 
deseaba  tenerlos  desarmados  para  llevar  á  cabo  su  pér- 
fido proyecto,  se  lo  dio  á  él  tan  solamente,  disponien- 
do que  los  demás  se  quedasen  como  en  rehenes  en  la 
corte,  de  donde  no  les  sería  fácil  escaparse.  Con  harta 
pena  los  dejó  el  P.  Giménez;  pero  llevando  cartas  de 
los  mismos,  en  las  que  pedian  á  los  de  Churdamue 
que  en  manera  alguna  soltasen  los  champanes,  puesto 
que  si  ellos  perecían  en  manos  del  intruso,  se  pudiesen 
salvar  los  que  allí  quedaban,  lo  .cual  no  podrían  en 
manera  alguna  conseguir,  si  accedían  á  lo  que  pretendía 
aquel  malvado. 

109.  Llegó  el  P.  Giménez  á  Churdamue,  entregó 
las  cartas  de  sus  afligidos  compañeros  que  habia  dejado 
en  la  corte,  y  les  habló  del  conflicto  en  que  estaban. 
Convencidos  éstos  de  las  razones  que  aquéllos  alega- 
ban, adoptaron  su  opinión,  negándose  á  entregar  los 
champanes  á  los  chinos,  cuya  resolución  era  en  cierto 
modo  declarar  la  guerra  al  intruso.  El  venerable  ancia- 
no ya  no  se  atrevió  á  volver  á  la  corte :  su  presencia 
sólo  podría  servir  de  embarazo  á  los  cautivos,  y  por 
otra  parte  no  convenia  dejarlos  desamparados.  En  aten- 
ción á  esto,  preguntó  al  P.  Aduarte  si  tendría  valor 
para  ir  á  darles  la  respuesta,  confesarlos  y  animarlos  en 


sus  conflictos,  los  que,  fuera  de  duda,  eran  los  más 
apremiantes.  Este  virtuoso  y  valiente  joven  bien  sabía 
que  acceder  á  los  deseos  del  Prelado  era  lo  mismo  que 
ponerse  espontáneamente  en  los  brazos  de  la  muerte; 
pero  la  obediencia  y  el  patriotismo  no  reparan  en  pe- 
ligros:  contestóle,  pues,  muy  decidido,  que  iria  con 
la  bendición  de  Dios  y  la  suya;  y  desde  luego,  habién- 
dose confesado  como  para  morir,  salió  con  dos  solda- 
dos, y  se  presentó  en  donde  estaban  los  españoles  como 
presos.  Con  su  llegada  se  alegraron  en  el  alma,  como 
gente  que  ya  se  miraba  condenada  á  muerte,  y  que 
deseaba  en  gran  manera  tener  un  confesor.  Trataron, 
sin  embargo,  de  los  medios  que  podrian  adoptar  para 
conseguir  su  libertad;  pues  ya  no  pensaban  en  dar  res- 
puesta alguna  al  intruso,  constándoles  que  sólo  pensa- 
ba en  ejecutar  su  muerte.  En  esto  estaban  todos  de 
acuerdo;  pero  no  en  el  modo  de  llevar  á  efecto  su  in- 
tento, como  suele  suceder  en  los  casos  arriesgados  y 
dudosos;  pues  unos  proponian  que  se  retirasen  todos  á 
Churdamue  con  orden,  defendiéndose  de  los  que  tra- 
tasen de  ofenderlos;  y  los  más  que  sería  más  acertado 
atacar  de  noche  al  palacio  y  apoderarse  de  la  persona 
del  intruso,  de  su  mujer  y  de  alguno  de  sus  hijos,  para 
tenerlos  en  rehenes,  y  asegurar  con  su  vidala  de  todos. 
Para  tomar  una  medida  tan  desesperada  y  atrevida,  se 
fundaban  los  que  tenian  conocimiento  del  país,  en  que 
de  este  acontecimiento,  aun  cuando  nada  de  lo  dicho 
sucediese,  resultaria  retirarse  los  indios  á  los  montes, 
y  dejarles  el  paso  franco  para  su  retirada;  porque  sabian 
por  experiencia  que  éstos  son  gamos  en  huir  de  los 
que  los  acometen,  y  leones  en  acometer  á  los  que  hu- 


•—  3^7  — 
yen.  Este  parecer  aterrador,  que  era  el  de  la  mayoría, 
fué  adoptado  con  poca  oposición,  y  se  dio  fin  a  la  con- 
ferencia, todos  ya  dispuestos  á  realizar  este  arriesgado 
pensamiento  cuanto  antes,  mirándolo  como  indispen- 
sable para  su  salvación. 

1 10.  Convenidos  en  atacar  aquella  misma  noche  el 
palacio  Real,  se  dispusieron  ante  todas  cosas  con  el 
sacramento  de  la  penitencia,  porque  el  golpe  era  de 
vida  ó  de  muerte.  El  P.  Aduarte  los  estuvo  confesando 
hasta  media  noche,  y  en  seguida  les  advirtió  lo  que 
era  lícito  en  aquella  ocasión ,  en  que  sólo  se  trataba  de 
salvar  la  vida,  injustamente  amenazada.  Luego  dispu- 
sieron el  orden  que  habian  de  guardar,  y  aunque  el 
P.  Aduarte  trataba  de  quedarse,  no  por  cobardía,  sino 
porque  á  su  vez  la  tentativa,  que  no  podria  dejar  de 
ser  sangrienta,  era  muy  ajena  de  su  estado,  le  fué 
preciso  por  fin  acompañar  á  los  demás,  siquiera  para 
asistirlos  en  los  últimos  momentos.  Serian  las  dos  de  la 
madrugada,  cuando  pasaron  los  dos  rios  que  mediaban 
entre  su  alojamiento  y  el  palacio;  y  á  pesar  del  orden 
y  silencio  que  guardaron,  fueron  descubiertos  por  la 
gente  del  país,  que  desde  luego  comenzó  á  rebullirse 
y  amontonarse  en  pelotones.  Los  nuestros,  sin  embargo, 
dieron  el  asalto,  penetraron  sin  oposición  hasta  lo  más 
interior  del  Real  palacio,  y  con  el  ruido  que  causaron 
al  entrar,  rompiendo  puertas  y  enrejados  y  cuanto  po- 
dia  embarazarles  en  su  marcha,  se  escapó  el  intruso 
con  los  suyos,  dejándolos  burlados  con  la  fuga.  Enton- 
ces trataban  algunos  de  entregar  el  edificio  á  las  lla- 
mas; mas  el  P.  Aduarte,  que  no  creia  este  medio  ade- 
cuado á  su  defensa,  no  quiso  en  manera  alguna  per- 


-  368  - 

mítirlo.  Encendieron,  sí,  algunas  hogueras,  á  fin  de 
que  con  la  oscuridad  no  se  perdiesen  de  vista  unos  á 
otros. 

III.  No  se  fugaron  los  Cambojas,  como  mal  habian 
conjeturado  algunos  de  los  nuestros;  antes,  por  el  con- 
trario, se  reunieron  en  una  plaza,  con  una  gritería  es- 
pantosa, animados  sin  duda  por  el  intruso,  que  no  ig- 
noraba el  corto  número  de  los  que  se  habian  apode- 
rado por  sorpresa  del  palacio.  Éstos,  al  ver  frustrado  su 
proyecto,  y  mirándose  cercados  de  una  turba  innume- 
rable de  enemigos  prácticos  en  el  país,  que  sólo  aguar- 
daban la  primera  luz  del  dia  para  despedazarlos,  se 
desanimaron  algún  tanto.  «Quisiera  yo  entonces  (dice 
el  limo.  Aduarte)  se  detuviera  el  sol  en  salir  lo  que 
se  detuvo  en  tiempo  de  Josué  en  ponerse,  porque  te- 
nía aquella  noche  por  capa  de  pecadores  afligidos.  Pero, 
si  no  hizo  el  Señor  este  milagro,  por  no  merecerlo  nos- 
otros, hízole  por  quien  él  es,  en  escaparnos :  por  tal 
se  puede  tener,  pues  fué  consejo  raro  y  sobre  conse- 
jos y  fuerzas  humanas.  Al  amanecer,  pues,  como  ya 
los  indios  nos  comenzaron  á  distinguir  de  los  suyos  y 
nos  vieron  tan  pocos,  dieron  en  nosotros  como  en  real 
de  enemigos,  lloviendo  flechería  sobre  nosotros;  y  de 
la  primera  rociada,  que  fué  entre  dos  luces,  salió  un 
soldado  atravesado  un  carrillo  de  una  flecha,  y  el  capi- 
tán Diego  Velloso  una  rodilla  con  otra,  de  que  no  se 
pudo  más  menear  sino  es  en  hombros  de  dos  hom- 
bres. Hicieron  todos  una  rueda  al  rededor  de  mí  en 
aquel  aprieto,  y  fué  Dios  servido  darme  ánimo  para 
darle  á  todos;  y  porque  el  que  hacia  el  oficio  de  capi- 
tán no  estaba  de  provecho  para  hacerlo  por  su  herida, 


—  3^9  — 
á  ruegos  de  todos  le   hube  de  comenzar  á  hacer  yo, 
porque  en  tener  buen  orden  estaba  nuestro  remedio, 
si  alguno  teníamos.))  (Cap.  xlvii.) 

112.  En  tal  conflicto,  ordenáronse  del  mejor  modo 
posible,  rechazando  siempre  las  avenidas  de  los  ene- 
migos, que  por  todas  partes  los  estaban  atacando.  El 
intruso,  montado  en  un  coloso  elefante,  no  cesaba  de 
animar  á  los  suyos  al  combate,  sembrando  por  donde 
quiera  el  espanto  y  el  terror.  Cuando  ya  el  dia  fué  más 
claro,  estando  los  nuestros  en  la  entrada  de  una  calle, 
les  envió  una  tropa  de  valientes  con  sables  y  rodelas, 
que  con  intrepidez  se  lanzaron  sobre  el  pequeño  es- 
cuadrón de  los  españoles.  Su  capitán  venía  culebreando 
para  evitar  algún  balazo,  y  se  acercó  de  tal  manera, 
que  á  los  pocos  pasos  ya  pudiera  repartir  sus  tajos  so- 
bre los  nuestros.  El  P.  Aduarte  ya  estaba  decidido  á 
salir  y  oponerse  á  este  valentón;  mas  luego  ordenó  á 
Blas  Ruiz  que  lo  acometiera,  lo  que  hizo  con  tal  des- 
treza y  pujanza,  que  de  un  golpe  de  alabarda  le  pasó 
la  rodela  con  el  cuerpo,  y  lo  tendió  en  medio  de  la 
calle :  en  seguida  se  adelantaron  algunos  japones  que 
iban  con  los  nuestros,  é  hicieron  tajadas  su  cuerpo  á 
pesar  de  los  hechizos  que  llevaba.  Muerto  el  capitán, 
la  tropa  de  los  cambojas  que  lo  seguia  se  retiró,  y  los 
nuestros,  entre  tanto,  tuvieron  lugar  de  salir  á  despo- 
blado, en  donde  les  pareció  que  podrian  defenderse  con 
más  seguridad.  Afortunadamente,  á  los  primeros  lan- 
ces cayó  herido  el  intruso,  y  á  las  dos  horas  espiró, 
preguntando  siempre  si  hablan  muerto  á  los  nuestros. 
Por  entonces  no  supieron  los  nuestros  este  golpe  for- 
midable que  habían  dado  á  sus  contrarios;  mas  obser- 

TOMO    I.  24. 


—  37Ó  — 

Váron  que  los  enemigos  ya  no  los  atacaban  con  el  brío 
que  á  las  primeras  cargas,  y  aprovechando  estas  tre- 
guas, trataron  de  retirarse  al  lugar  de  su  alojamiento 
para  escaparse  con  sus  embarcaciones.  Sin  duda  los 
cambojas  penetraron  su  intento,  porque  se  adelantaron 
á  su  paso,  cortándoles  un  mal  puente  de  palos  y  cañas 
que  habia  en  el  rio  por  donde  habian  de  pasar.  Con 
esto  se  vieron  precisados  á  retirarse  por  tierra  con  buen 
orden,  debiendo  de  hacer  doble  camino  con  motivo 
de  una  gran  laguna  que  habian  de  salvar. 

1 13.  Con  la  retirada  de  los  nuestros  se  reanimaron 
los  cambojas,  persuadidos  de  que  no  les  sería  difícil 
acabar  con  tan  poca  gente.  Iban  armados  con  flechas 
y  alfanjes,  y  formando  una  media  luna,  disparaban  so- 
bre ellos  sin  cesar.  Aquéllos  habian  dispuesto  la  retira- 
da con  el  mejor  orden  que  pudieron  en  aquellas  cir- 
cunstancias. Iba  á  la  vanguardia  el  capitán  herido,  el 
alférez  con  su  bandera  en  el  centro,  y  el  P.  Aduarte 
en  la  retaguardia,  que,  estando  la  compañía  de  retira- 
da, era  el  lugar  más  peligroso.  Andaban  siempre  á  paso 
lento  para  no  fatigarse,  y  de  vez  en  cuando  disparaban 
sus  mosquetes  sobre  la  multitud  de  los  cambojas,  sin 
perder  tiro :  los  unos  se  sucedian  á  los  otros,  y  los  he- 
ridos se  ponian  á  la  vanguardia,  cuyo  paso  era  forzoso 
seguir,  si  ya  no  iban  á  hombros  de  los  sanos.  De  esta 
suerte  sólo  anduvieron  cuatro  leguas  en  el  dilatado 
tiempo  de  catorce  horas,  sin  haber  muerto  más  que  un 
japón  y  un  indio,  ni  quedado  herido  de  gravedad  más 
que  un  español,  que  murió  á  los  pocos  dias  del  com- 
bate. Después  de  una  retirada  tan  heroica,  bajo  de  un 
sol  abrasador,  sin  haber  comido  ni  bebido  en  todo  el 


—  J7Í  — 
dia,  llegaron,  á  la  caida  de  la  tarde,  á  un  sitio  en  donde 
les  aguardaba  el  mayor  riesgo.  La  tierra  se  les  habia 
acabado,  y  para  seguir  su  marcha  hacia  Churdamue 
debian  vadear  un  rio  caudaloso.  No  tenian  qué  comer, 
ni  podían  quedarse  en  la  ribera  sin  entregarse  en  los 
brazos  de  la  muerte;  carecían  ademas  de  barcas,  y 
muchos  de  los  enemigos  estaban  ya  en  la  otra  banda, 
adonde  hablan  pasado  á  nado  ó  montados  sobre  ele- 
fantes; de  suerte  que,  ajuicio  de  los  hombres,  todos  los 
nuestros  debian  perecer  en  aquel  sitio,  estando  como 
toros  encerrados  en  el  matadero.  El  conflicto  era  tal, 
que  ya  no  temian  morir,  sino  caer  vivos  en  poder  del 
enemigo.  Algunos  proponían  que  sería  quizás  más  acer- 
tado atacarlos,  para  morir  peleando;  y  los  más  cuerdos, 
discurriendo  como  cristianos  afligidos,  dijeron;  que 
debian  ponerse  en  las  manos  de  Dios,  puesto  que  les 
habia  dado  tantas  pruebas  de  clemencia,  sacándolos 
de  tantos  peligros  como  hablan  arrostrado  hasta  allí. 
Mientras  estaban  discurriendo  acerca  de  los  medios 
que  podrían  adoptar  para  salir  del  conflicto  en  que  se 
hallaban  atollados ,  para  mayor  prueba  de  su  constan- 
cia ,  se  preparó  al  anochecer  una  espantosa  turbonada, 
que  amenazaba  mucha  lluvia,  la  cual  inutilizaría,  á  no 
dudarlo,  sus  mosquetes,  y  entre  tanto  pudieran  los  ene- 
migos impunemente  acabarlos.  Ya  se  preparaban  éstos 
para  darles  una  furiosa  acometida,  y  los  nuestros,  cu- 
briendo del  mejor  modo  posible  los  fogones  de  sus 
mosquetes,  se  formaron  en  ala,  colocados  los  heridos 
entre  el  rio  y  sus  espaldas.  El  P.  Aduarte  se  paseaba 
por  delante  de  las  filas,  confesando  á  unos  y  animando 
á  otros,  mostrando  en  lo  exterior  que  deseaba  les  acó- 


—  372  — 

metiesen  los  cambojas.  «Llamamos  (habla  el  ilustrísimo 
Aduarte)  de  todo  corazón  á  la  que  es  Madre  de  mise- 
ricordia y  consuelo  de  los  afligidos,  y  no  tardó  en  oir- 
nos,  haciendo  que  cesase  el  agua,  con  haber  habido 
amagos  de  ser  grande,  y  así  se  quedo  también  en  ama- 
gos el  acometimiento  de  los  indios;  pero  la  dificultad 
de  pasar  el  rio  siempre  se  quedaba  en  pié,  y  aun  pare- 
cia  imposible  el  pasarlo.» 

1 14.   Serian  las  diez  de  la  noche  cuando  pareció  al 
P.  Aduarte,  cuya  voz  era  respetada  y  obedecida  de  to- 
dos, que  ya  era  tiempo  de  probar  si  estaban  de  vida  ó 
de  muerte  en  aquel  trance.  El  rio  tenía  en  aquel  sitio 
dos  vados,  á  cual  más  difícil  de  vencer,  y  guardados 
ademas  por  los  cambojas  desde  la  otra  banda,  monta- 
dos en  elefantes  bien  armados.  El  más  ancho  era,  como 
suele  suceder,  menos  profundo,  y  se  decidieron  á  pasar 
por  éste.  Tuvieron  la  precaución  de  poner  varias  mechas 
encendidas  en  las  matas,  y  quedarse  atrás  seis  hombres 
solamente,  haciendo  fuego  nutrido  para  que  los  ene- 
migos entendiesen  que  allí  quedaban  muchos  más,  y 
entre  tanto  empezaron  los  restantes  á  vadear  el  rio.  Ya 
estaban  todos  en  el  agua,  cuando  los  de  la  vanguardia 
fueron  atropellados  por  los  elefantes  enemigos  y  retro- 
cedieron algún  tanto;  pero  animados  por  el  P.  Aduar- 
te,  vencieron  aquella  gran  dificultad  que  parecía  insu- 
perable. «Cuando  yo,  dice,  los  vi  en  tan  grande  aprie- 
to, los  comencé  á  animar,  diciéndoles  que  en  aquella 
ocasión  sólo  estaba  la  esperanza  que  teníamos  de  vi- 
vir;  pues   fuera  de  ella  el  morir  era  cierto,  supues- 
to que  no  teníamos  de  donde  esperar  socorro,  ni  aun 
comida  ninguna,  y  la  gente  que  quedaba  adonde  que- 


—  373  — 
riamos  volver,  era  más  que  la  que  tenían  delante;  que 
pues  estábamos  dispuestos  para  morir,  pasaran  adelan- 
te, pues  el  retirarse  era  huir  de  menor  á  mayor  nú- 
mero de  enemigos.  Fué  Dios  servido,  continúa,  para 
mayor  gloria  suya,  por  un  instrumento  tan  flaco  dar 
ánimo  á  los  más  valientes,  y  fué  tal,  que  volviendo  á 
hacer  rostro  á  los  que  teníamos  delante,  desde  el  medio 
del  río,  adonde  daba  el  agua  á  muchos  á  la  barba,  se 
dio  una  rociada  de  arcabucería  contra  ellos,  como  se 
pudiera  dar  en  campo  raso,  y  muchos,  volviendo  á  car- 
gar (que  llevaban  la  pólvora  sobre  las  cabezas  porque 
no  se  mojase),  dieron  otra  carga;  con  que  abriendo  por- 
tillo por  entre  sus  enemigos,  á  mal  de  su  grado,  y  con 
grande  asombro  suyo,  tomaron  tierra  los  delanteros,  á 
los  cuales  siguieron  todos  los  demás,  sin  faltar  ninguno, 
con  habernos  acrecentado  la  dificultad  del  pasaje  el  ser 
la  madre  del  rio  de  lama,  que  se  nos  atollaban  en  ella 
las  piernas  hasta  la  rodilla,  tanto  que  para  sacar  yo  las 
mías,  hube  de  dejar  allá  en  prendas  los  zapatos  y  cal- 
zas, que  no  las  pude  desatollar;  pero  de  haber  sacado 
el  pellejo  dimos  todos  á  Dios  mil  gracias,  pues  estos 
sucesos  tanto  más  parecían  mercedes  de  su  franca  mano, 
cuanto  más  eran  sobre  trazas  y  fuerzas  humanas;  y  así 
pienso  que  tienen  poca  ocasión  de  vanagloria  los  que 
se  hallaron  en  ellas,  y  muchísima  de  hacimíento  de 
gracias  al  Señor,  á  quien  allí  debimos  la  vida  segunda 
vez,  como  si  después  de  muertos  nos  hubiese  resu- 
citado.» 

115.  Habiendo  vadeado  el  rio  con  el  peligro  refe- 
rido, emprendieron  la  marcha  á  paso  lento,  dejando  á 
los  cambujas  en  el  mismo  sitio,  sin  que  les  molestasen 


—  374  — 
en  toda  la  noche,  ni  tratasen  de  seguir  sus  pasos  en  la 
oscuridad.  Por  la  mañana  se  desayunaron  con  la  fruta 
de  unos  árboles  que  hallaron  por  especial  providencia 
del  Señor,  pues  ya  estaban  muy  extenuados  con  motivo 
del  hambre  y  del  cansancio.  Los  heridos  eran  el  mayor 
estorbo  que  tenian,  causando  notable  pena  á  los  cora- 
zones compasivos,  y  el  P.  Aduarte  se  vio  precisado  á 
cargar  uno  de  ellos  un  gran  trecho,  el  cual  de  otra 
suerte  se  hubiera  quedado  en  el  camino  á  merced  de 
los  cambojas,  porque  harto  trabajo  tenian  todos  con  an- 
dar y  llevar  sus  armaduras.  Afortunadamente  hallaron 
poco  después  una  pequeña  embarcación,  en  donde  co- 
locaron á  los  tres  heridos  de  mayor  gravedad,  y  les  en- 
cargaron que  bogando  ellos  mismos,  diesen  aviso  á  los 
compañeros  de  Churdamue  de  su  próxima  llegada,  y 
que  atracasen  á  la  ribera  una  de  sus  naves,  para  que 
pudiesen  embarcarse  á  la  brevedad  posible.  Esta  dili- 
gencia los  libró  de  un  nuevo  peligro.   Serian  las  diez 
de  la  mañana,  cuando  los  cansados  y  fatigados  com- 
batientes llegaron  al  puerto  deseado,  y  no  tardaron  en 
llegar  los  enemigos,  si  bien  desordenados;  pero  con  la 
precaución   que  tomaron  los  primeros  de  poner  á  las 
espaldas  algunas  ramas,  y  luego  con  la  artillería  de  las 
naves,  se  logró  embarcar  toda  la  gente  sin  haber  reci- 
bido daño  alguno,  dejando  á  los  enemigos  burlados  y 
asombrados.  Por  más  cobardes  que  se  quisiera  suponer 
á  los  cambojas,  no  era  posible  por  el  orden  natural  la 
salvación  de  los  nuestros  en  un  país  desconocido.  Hi- 
cieron, es  verdad,   prodigios   de  valor   y  desplegaron 
un  heroismo  fabuloso,   desconocido  por  completo   en 
las  historias  verdaderas.  Mas,  sin  una  protección  espe- 


—  375  — 
cial  de  Dios,  no  se  libraran  de  las  manos  enemigas  en 
alguno  de  los  muchos  lances  peligrosos  que  tuvieron 
que  vencer.  El  fin  que  les  habia  conducido  á  la  em- 
presa era  bueno,  y  los  acompañaban  ademas  dos  vene- 
rables religiosos,  muy  amigos  del  Señor  por  su  virtud 
y  celo,  á  quien  invocaban  de  todo  corazón.  Sólo  así 
puede  explicarse  el  desenlace  favorable  de  una  tragedia 
de  tantas  maneras  complicada  y  de  situaciones  tan  di- 
fíciles. 

lió.  Al  verse  ya  en  los  buques  nuestros  héroes,  les 
parecía  un  sueño  cuanto  acababan  de  hacer.  Desde  luego 
se  reconocieron  deudores  de  su  vida  á  las  misericordias 
del  Señor,  y  le  rindieron  gracias  infinitas  por  los  favores 
recibidos.  Su  satisfacción  pudiera  haber  sido  completa 
con  la  llegada  de  la  capitana  con  Gallinato,  que  luego 
se  verificó,  si  este  militar  estuviera  dotado  de  un  hu- 
mor menos  destemplado.  Cuanto  le  contaban  le  parecian 
fábulas,  y  aun  aquello  que  creia  lo  desaprobaba,  quizá 
porque  no  se  halló  presente,  como  nota  el  P.  Aduart'e. 
Sin  embargo  de  la  adversidad  de  los  sucesos  tan  recien- 
tes, ni  este  religioso  ni  sus  valerosos  compañeros  eran 
de  opinión  de  abandonar  por  entonces  el  reino  de  Cam- 
boja;  porque  ni  habia  enemigos  extranjeros  que  comba- 
tir, ni  era  difícil  restituir  el  cetro  al  rey  prófugo.  Pero 
Gallinato,  contra  la  opinión  de  h  mayoría,  se  empeñó 
en  restituirse  á  Manila,  pretextando  escasez  de  provi- 
siones. Adoptada  esta  determinación,  y  con  harto  sen- 
timiento de  los  que  se  acababan  de  batir  con  tanto  he- 
roísmo, levó  anclas  y  se  dirigió  á  Cochinchina,  con  el 
fin  de  comprar  víveres  y  proseguir  en  seguida  su  viaje 
á  Filipinas, 


-  J76- 
Allí  fueron  amigablemente  recibidos,  y  averiguaron 
que  los  asesinos  de  Dasmariñas,  padre  del  entonces  go- 
bernador de  Filipinas,  habian  aportado  á  este  reino,  en 
donde  habian  sido  despojados  del  fruto  de  su  perfidia. 
Gallinato  creyó  entonces  oportuno  reclamar  el  real  es- 
tandarte é  intereses,  que  el  Rey  y  sus  magnates  se  ha- 
bian repartido.  Esta  imprudente  exigencia,  practicada 
sin  las  debidas  precauciones,  motivó  un  suceso  peligroso, 
que  expuso  á  la  pequeña  escuadra  espaíiola  á  un  evi- 
dente riesgo  de  perderse.  La  demanda  fué  mal  recibida 
por  el  Rey,  y  el  comisionado  se  dio  por  muy  dichoso 
de  haber  escapado  con  vida  de  la  corte.  Rotas  ya  las 
amistades  entre  el  rey  y  Gallinato,  debiera  éste  de  ha- 
berse hecho  á  la  vela  cuanto  antes;  pero  sin  hacerse 
cargo  que  trataba  con  un  soberano  sin  honor,  se  man- 
tuvo impasible,  fondeado  en  el  puerto.  A  fines  de  Agos- 
to empezó  á  extenderse  un  rumor  sobre  que  el  Rey  tra- 
taba de  apoderarse  de  los  españoles  y  sus  buques,  y  el 
3  de  Setiembre  se  vieron  las  alturas  coronadas  de  mu- 
cha gente  armada,  y  en  la  mar  una  escuadra  que  se 
dirigia  hacia  nuestros  buques,  y  ademas  quince  embar- 
caciones más  pequeñas  amarradas  de  tres  en  tres,  con 
mucha  leña,  y  un  hombre  que  dirigia  el  timón;  la  idea 
era  abrasar  los  buques  de  los  nuestros,  y  apoderarse  en 
seguida  de  su  gente.  La  capitana  y  el  junco  menor,  pi- 
cando las  amarras,  pudieron  fácilmente  zafarse  del  pe- 
ligro, á  merced  de  un  ligero  viento  favorable;  mas  el 
junco  mayor  hubiera  sido  pasto  de  las  llamas,  á  no  du- 
darlo, si  no  lograran  matar  á  balazos  á  los  timoneles  de 
las  naves  incendiarias,  las  que  careciendo  entonces  de 
gobierno,  se  desviaron.  A  la  sazón  estaba  el  P.  Jiménez 


—  377  — 
en  el  convento  de  los  PP.  Agustinos  misioneros  de  la 
corte,  y  con  este  motivo  fué  preso,  despojado  de  sus 
hábitos  y  presentado  como  reo  ante  el  Gobernador. 
Este  mandó  se  le  devolviesen  los  vestidos;  pero  reclamó 
á  Gallinato  un  rescate  para  ponerlo  en  libertad.  Con- 
siderando este  jefe  que  la  demanda  era  contra  toda  ley, 
é  indecoroso  el  satisfacerla,  se  desentendió  de  ella  y  se 
hizo  á  la  vela,  dejando  al  venerable  anciano  en  tierra, 
el  cual  poco  después  logró  su  libertad,  y  se  embarcó 
sin  oposición  para  el  puerto  de  Macao. 

1 17.  Poco  después  de  haber  llegado  nuestros  expe- 
dicionarios á  Cochinchina,  tuvieron  noticias  muy  fa- 
vorables de  Camboja,  que  Gallinato  pudiera  haber 
aprovechado.  El  intruso,  como  queda  dicho,  habia 
muerto,  y  los  partidarios  del  Rey,  que  se  habia  refu- 
giado á  la  corte  de  los  Laos ,  habian  logrado  apoderarse 
del  supremo  mando,  y  proclamado  á  éste  por  su  legí- 
timo señor.  Así  las  cosas,  habian  enviado  á  buscar  y 
suplicar  á  los  españoles,  tan  maltratados  por  aquél,  para 
que  regresasen  á  su  reino ;  mas  á  la  llegada  de  los  emisa- 
rios á  la  mar,  los  nuestros  ya  estaban  navegando  á  toda 
vela,  y  por  ser  las  embarcaciones  de  aquellos  muy  pe- 
queñas, no  pudieron  alcanzarlos.  Gallinato,  puesto  ya 
en  Cochinchina,  no  quiso  regresar  al  reino  de  Cam- 
boja,  pareciéndole  quizá  que  las  turbulencias  de  aquel 
país  y  la  ausencia  de  su  rey  no  le  ofrecian  la  seguridad 
que  deseaba.  Permitió,  no  obstante,  á  los  capitanes  Die- 
go Velloso  y  Blas  Ruiz  que  se  trasladasen  á  la  corte  de 
los  Laos  para  ofrecer  sus  servicios  al  rey  prófugo,  como 
ellos  deseaban.  Mas  si  bien  mostraron  un  vivo  interés 
en  que  el  P.  Fr.  Diego  Aduarte  los  acompañase,  éste 


—  378  — 
no  se  atrevió  á  dejar  al  anciano  P.  Jiménez,  y  sólo  fué 
con  ellos  hasta  Sinoa,  en  donde  estaba  gobernando  un 
hijo  del  rey  de  los  laos.  Los  recibió  muy  bien  el  joven 
príncipe,  y  aun  mostró  un  decidido  emperio  en  que  se 
quedase  allí  el  religioso,  ofreciéndole  que  le  edificarla 
una  iglesia  á  su  costa.  Esto  era  lo  mismo  que  permi- 
tirle fundar  allí  una  misión,  lo  cual  era  un  asunto  de 
mucha  gravedad,  y  no  podia  abordar  este  compromiso 
sin  expresa  licencia  del  Prelado.  Con  tan  justo  pretexto 
se  excusó  de  aceptar  la  propuesta  de  aquel  gobernador, 
y  regresó  á  Cochinchina,  en  donde  halló  todavía  á  Ga- 
Uinato,  que  aun  permanecía  en  las  mismas  aguas. 

1 1 8.  Después  del  atentado  cometido  por  el  gobierno 
cochinchino,  ya  no  estaban  los  españoles  seguros  en  su 
puerto.  Por  otra  parte,  la  debilidad  y  la  insignificancia 
de  su  armada  no  les  ofrecía  los  recursos  que  eran  indis- 
pensables para  tomar  la  satisfacción  debida;  y  habida 
cuenta  de  esto ,  se  determinó  Gallinato  á  levar  anclas  y 
hacerse  cuanto  antes  á  la  vela  para  la  capital  de  Filipi- 
nas. La  fragata  con  el  viento  de  bolina  hizo  felizmente 
su  viaje;  mas  el  junco  en  donde  iba  el  P.  Aduarte,  se  vio 
precisado  á  arribar.  Después  de  un  mes  de  trabajos  y 
de  malos  tiempos,  cuando  creían  estar  en  las  cercanías 
de  Manila,  se  hallaron  entre  unos  arrecifes,  cuya  exis- 
tencia y  situación  ignoraba  el  piloto  mismo,  en  donde 
infaliblemente  hubieran  perecido,  si  Dios  no  los  libra- 
ra. El  junco  se  habia  metido  por  un  canal,  de  donde 
no  podia  salir  sino  por  donde  habia  entrado.  Los  arre- 
cifes estaban  por  una  y  otra  parte  á  un  tiro  de  piedra, 
y  tan  acantilados,  que  entre  ellos  no  habia  fondo  para 
echar  el  ancla.  Fué  Dios,  servido  por  fin,  que  habiendo 


—  379  — 
cambiado  el  viento,  y  soplando  favorable,  saliesen  de 
allí  sin  avería.  Pero  este  mismo  viento,  que  por  enton- 
ces los  salvó,  era  contrario  al  viaje  que  debian  hacer 
para  Manila,  y  como  sólo  trataban  de  salvar  la  vida, 
se  resolvieron  dirigirse  á  Malaca. 

119.  En  Pulo-Timon  fueron  avisados  que  á  cinco 
leguas  de  allí  habia  unos  corsarií)s  que  andaban  por 
aquellas  cercanías,  y  robaban  á  cuantos  tenian  la  des- 
gracia de  caer  en  sus  manos.  Esta  noticia  les  dio  mu- 
cho cuidado,  porque  siendo  ellos  pocos  y  los  corsarios 
muchos,  no  les  sería  fácil  evitar  un  lance  peligroso. 
Prosiguieron,  pues,  en  su  derrota,  y  no  tardaron  en 
hallar  lo  que  temían.  Los  corsarios  eran  más  de  dos- 
cientos, y  tenian  cuatro  buques,  el  uno  grande,  fuerte 
y  bien  montado,  y  los  restantes  más  pequeños.  Cuando 
los  españoles  advirtieron  el  peligro,  sin  poderlo  evitar, 
pasaron  á  son  de  tambor  á  vista  de  los  corsarios,  para 
darles  á  entender  que  no  temian  su  encuentro.  Mas  al 
ver  éstos  que  su  buque  era  pequeño  y  no  contenia  mu- 
cha gente,  se  dispusieron  desde  luego  á  batirle  y  apre- 
sarle. A  su  misma  vista  levaron  anclas,  y  toda  la  noche 
les  siguieron  á  la  caza,  hasta  la  mañana,  en  que  se  dio 
principio  á  un  combate  porfiado.  La  desigualdad  de  las 
armas  fué  la  salvación  de  nuestra  gente,  porque  las  de 
los  corsarios  eran  unas  malas  lanzas  y  puntas  arrojadi- 
zas, mientras  los  españoles  estaban  bien  provistos  de 
arcabuces  y  cañones.  Así  que,  no  obstante  ser  los  cor- 
sarios más  de  doscientos  hombres  acostumbrados  á  ba- 
tirse con  valor,  cuando  los  españoles  apenas  llegaban  a 
la  mitad  de  aquel  número,  se  defendieron  éstos  como 
leones  indómitos.  En  el  calor  del  combate  se  incendió 


—  38o  — 

á  los  españoles  un  pequeño  depósito  de  pólvora,  que 
produjo  alguna  turbación  entre  los  nuestros  y  dio  áni- 
mo á  los  corsarios;  pero  al  fin  quedaron  aquéllos  victo- 
riosos, y  éstos  se  vieron  precisados  á  retirarse  vergon- 
zosamente derrotados,  con  pérdida  de  más  de  la  mitad 
de  su  gente.  Los  nuestros  pudieron  fácilmente  apode- 
rarse de  las  naves  enemigas,  si  no  fueran  más  veleras 
que  la  suya,  y  esta  circunstancia  fué  la  única  que  salvó 
á  los  corsarios  de  caer  todos  en  sus  manos,  y  que  per- 
mitió salir  con  vida  del  combate  á  los  pocos  que  no  ha- 
bían perecido  en  la  demanda. 

El  P.  Aduarte,  que  desde  la  popa  animaba  á  los  su- 
yos, quedó  gravemente  herido  en  esta  ocasión.  Recibió 
allí  un  bote  de  pica  en  la  tetilla  derecha,  que  le  obligó 
á  ponerse  en  otro  lugar  menos  expuesto;  pero  no  pudo 
evitar  otra  herida,  que  le  molestó  mucho  más  que  la 
primera.  Hé  aquí  cómo  refiere  él  mismo  este  lance: 
«Recibí  el  aviso  y  bájeme;  pero  antes  de  llegar  al  com- 
bés, me  alcanzó  una  lanza  en  la  mejilla  derecha,  don- 
de quebró  la  punta  y  dejó  más  de  cien  astillas,  como 
después  en  la  cura  se  echó  de  ver.  Al  fin,  con  las  dos 
manos  en  las  dos  heridas,  fui  á  confesar  á  algunos  he- 
ridos que  estaban  de  peligro.  Viendo  los  enemigos  que 
les  costaba  mucho  la  presa,  nos  dejaron  y  se  fueron, 
sin  poderlos  seguir  nosotros,  por  tener  mal  navio.  Des- 
pués supimos  en  Malaca  que  de  doscientos  que  eran, 
habian  muerto  más  de  la  mitad,  y  nosotros  los  más 
quedamos  heridos,  y  murieron  dos  ó  tres  á  manos  de 
los  enemigos,  y  otros  dos  á  las  de  unos  bisónos  nues- 
tros, que  estando  en  nuestra  proa  tirando  al  enemigo, 
que  venía  por  la  popa,  dieron  á  los  amigos,  y  faltó  bien 


—  3^1  — 
poco  para  despacharme  á  mí  como  a  ellos.»  (Libro  i, 
cap.  xLviii.) 

1 20.  Libres  ya  de  este  gravísimo  peligro,  prosiguie- 
ron su  viaje  con  la  esperanza  de  llegar  en  breve  á  Ma- 
laca, para  curarse  de  las  heridas  y  descansar  de  sus  tra- 
bajos; pero  tuvieron  en  el  estrecho  de  Singapore  un 
sobresalto,  que  los  aterró  en  gran  manera.  Descubrieron 
en  sus  aguas  ochenta  galeras,  con  cañones  en  sus  cru- 
gías  y  pedreros;  desde  luego  se  figuraron  que  serian  una 
escuadra  de  corsarios,  de  cuyas  manos  no  les  sería  po- 
sible evadirse;  mas  luego  supieron  que  eran  del  Rey  de 
Achen,  que  estaba  en  guerra  con  el  de  Lor,  hostilizan- 
do las  embarcaciones  que  éste  tenía  en  las  entradas  de 
los  rios.  Estos  soberanos  habian  celebrado  un  concierto 
con  los  portugueses  de  Malaca  sobre  que  podrían  és- 
tos proveer  á  los  partidarios  de  ambos  soberanos  de  ví- 
veres y  municiones,  pero  á  ninguno  con  entrambas  co- 
sas, debiendo  de  quedar  neutrales  en  la  guerra.  Por  esto 
pasó  el  buque  de  los  nuestros  sin  molestia,  reputado 
por  amigo,  y  aun  fueron  convidados  por  los  jefes  de 
las  galeras  á  que  subiesen  á  su  bordo;  pero  se  excusa- 
ron con  motivo  del  concieto. 

En  Malaca  fué  el  P.  Aduarte  caritativamente  reci- 
bido en  el  convento  de  la  Orden,  y  halló  entre  sus  her- 
manos todo  el  consuelo  que  podia  prometerse.  Estaba 
horriblemente  maltratado  y  desfigurado,  y  los  religiosos 
del  convento,  sin  preguntarle  de  dónde  venía,  ni  por  el 
motivo  de  sus  males,  le  mudaron  la  ropa,  y  se  hicie- 
ron cargo  con  el  mayor  esmero  de  su  cura.  Tres  me- 
ses estuvo  padeciendo  agudísimos  dolores,  pues  casi  to- 
dos los  dias  le  sacaba  el  cirujano  algunas  astillas  de  la 


—  3^2  — 

herida  que  tenía  en  el  rostro;  mas  al  fin  logró  la  salud 
deseada  para  regresar  á  Filipinas.  Allí  se  dividieron  sus 
comparieros  de  trabajos;  algunos  se  marcharon  á  la  In- 
dia, otros  volvieron  á  Camboja  y  los  demás  regresaron 
con  él  á  Filipinas.  En  este  último  viaje  no  le  sucedió 
más  novedad  que  la  de  haberse  principiado  un  incendio 
en  la  nave,  que  si  no  lo  atajaran  con  presteza,  hubiera, 
sin  duda,  terminado  sus  expediciones  y  trabajos.  El 
fuego  salió  de  la  bitácora,  y  tomó  desde  luego  tanto 
incremento,  que  ya  parecia  imposible  el  remedio.  Ra- 
bia en  el  buque  trescientas  personas  á  lo  menos,  que 
levantando  sus  alaridos  hasta  el  cielo,  causaban  la  con- 
fusión más  espantosa.  El  capitán,  que  debiera  ser  el 
primero  en  animar  á  los  demás,  postrado  á  los  pies  del 
P.  Aduarte  le  pedia  confesión;  mas  este  decidido  joven 
lo  arrojó  de  su  presencia,  y  le  dijo  que  no  era  tiempo 
aquél  de  confesiones,  sino  de  acudir  cuanto  antes  al 
remedio.  Animados  los  demás  con  sus  palabras,  moja- 
ron toda  la  ropa  de  que  se  pudo  echar  mano,  la  fue- 
ron arrojando  por  el  escotillón  y  por  este  medio  logra- 
ron apagar  el  fuego.  Fué  tal  el  asombro  que  este  suce- 
so imprevisto  causó  en  el  ánimo  de  todos,  que,  según 
el  mismo  P.  Aduarte  asegura,  hizo  en  ellos  el  efecto 
que  en  los  deslumhrados  por  la  caida  de  un  rayo.  Por 
fin  el  1 6  de  Agosto  de  1597,  dia  dedicado  al  glorioso 
San  Jacinto,  llegó  el  P.  Aduarte  á  Manila,  y  poco 
después  el  ex-provincial  P.  Jiménez  por  la  via  de  Ma- 
cao,  habiendo  empleado  año  y  medio  en  una  jornada 
tan  penosa,  sin  haber  logrado  otro  fruto  que  auxiliar 
y  consolar  á  sus  compañeros  de  trabajos.  Los  buenos 
deseos,  sin  embargo,  de  estos  venerables  religiosos  no 


-  3h  - 

quedarían  sin  recompensa  ante  la  majestad  de  Dios, 
por  cuya  gloria  hablan  emprendido  el  viaje. 

CAPÍTULO  VIII. 


Elección  de  provincial  en  la  persona  del  P.  Fr.  Bernardo  de  Santa  Catalina 
en  1596,  y  se  admiten  algunas  administraciones. —  Misión  del  P.  Ledes- 
ma. —  El  Sr.  de  Benavides,  obispo  de  la  Nueva  Segovia,  procura  reunir 
otra  misión  y  llega  con  ella  á  Manila. — Junta  intermedia  de  1598. —  Se 
admiten  muchos  pueblos  y  se  resuelven  casos  importantes. —  Segunda  em- 
bajada del  Rey  de  Camboja  al  gobierno  de  Manila. —  Expedición  desgra- 
ciada á  este  reino,  organizada  por  D.  Luis  Pérez  Dasmariñas. —  El  Padre 
Aduarte  naufraga  en  Babuyanes,  va  á  Cagayan  y  regresa  á  Manila. — Tra- 
bajos de  Dasmariñas  en  Lampacao,  en  donde  había  naufragado. —  El  Padre 
Aduarte  hace  un  viaje  para  librarlo  con  su  gente. —  Sus  trabajos  en  Can- 
tón — Sale  Dasmariñas  para  Manila,  y  el  P.  Aduarte  para  Macao. — Viaje 
de  los  PP.  Fr.  Juan  Maldonado  y  Fr.  Pedro  de  la  Bastida  á  Camboja. — 
Muere  éste  en  Churdamue. —  Entra  el  primero  en  Siam. —  Crueldades  de  su 
rey. —  Combate  naval  para  salvar  íi  un  padre  portugués. —  Muere  el  Padre 
Maldonado. —  Reseña  de  su  vida. —  Muerte  y  reseña  de  la  vida  del  P.  fray 
Alonso  Jiménez. 


121.  Durante  la  malhadada  expedición  al  reino  de 
Camboja,  la  provincia  del  Santísi?no  Rosario  celebró  en 
Manila  su  capítulo,  el  dia  25  de  Junio  de  1596,  y  en 
él  salió  electo  el  P.  Fr.  Bernardo  Navarro  de  Santa 
Catalina,  vicario  de  Pangasinan.  Los  capitulares  se 
hablan  dividido  antes  entre  dos  sujetos  que  ambos  eran 
muy  dignos  de  ocupar  la  misma  prelacia;  pero  al  fin 
se  decidieron  por  aquel  venerable  fundador.  Por  las 
actas  de  este  capítulo  provincial  se  advierte  un  aumento 
verdaderamente  prodigioso  en  las  misiones  confiadas  á 
nuestros  religiosos:  sólo  faltaban  operarios  para  atender 
al  cuidado  de  las  muchas  doctrinas  que  de  nuevo  se  esta- 
ban erigiendo.  En  Cagayan  se  admitieron  las  casas  de 
Lal-lo  (antes  Nueva  Segovia),  Pata,Tulag,  Camalanyu- 


-  384  — 

gan,  Bugay  y  Nassiping,  cuyos  pueblos  comprendían 
todo  el  partido  de  la  costa  Siguiran.  Pata  ya  no  existe  en 
el  dia,  y  Tulag  se  trasformó  á  los  pocos  años  en  el  de 
Abulug,  habiendo  quedado  su  antiguo  nombre  en  un 
barrio  cercano  á  la  barra  del  rio  de  San  Juan ,  en  donde 
Salcedo  hizo  la  segunda  mansión  cuando  fué  á  reco- 
nocer esta  provincia.  En  Pangasinan  se  admitió  la  casa 
de  Calasiao,  y  en  Zambales  la  de  Santiago  de  Bolinao, 
cuyo  ministerio  renunció  la  provincia  del  Santísimo 
Rosario  en  1600,  por  la  gran  dificultad  que  tenía  en 
cuidarlo.  También  se  admitió  la  casa  de  Samal  en  Ba- 
taan,  separándola  de  la  de  Abucay,  en  cuyo  ministerio 
habia  estado  comprendida  hasta  entonces,  y  finalmente, 
la  de  San  Gabriel  de  Binondo,  extramuros  de  Manila, 
erigida  para  los  chinos  cristianos,  con  el  fin  de  tenerlos 
separados  de  los  infieles. 

122.  Poco  después  de  la  celebración  de  este  capítu- 
lo llegó  á  Manila  una  misión  de  religiosos  de  la  Or- 
den, que  desde  luego  fueron  enviados  á  diferentes  mi- 
nisterios. Este  socorro,  inestimable  en  aquel  tiempo,  lo 
facilitó  el  limo.  Sr.  D.  Er.  Miguel  de  Benavides,  electo 
ya  primer  obispo  de  la  Nueva  Segovia,  que  hasta  en- 
tonces habia  desempeñado  el  cargo  de  procurador  ge- 
neral de  la  provincia  en  la  corte  de  Madrid.  No  pudo 
por  entonces  el  Prelado  regresar  á  Eilipinas,  ni  acom- 
pañar á  sus  hermanos;  mas  les  dio  por  vicario  y  presi- 
dente al  P.  Er.  Pedro  de  Ledesma,  que  habia  traba- 
jado muchos  años  en  las  misiones  de  Nueva  España,  y 
á  la  sazón  se  hallaba  descansando  en  su  convento.  Vol- 
vió, sin  embargo,  á  sacrificar  su  amado  retiro  y  tran- 
quilidad, movido  por  la  escasez  de  operarios  evangéli- 


-  3^  - 
eos  que  padecía  la  provincia  del  Santísimo  Rosario.  Pof 
Julio  de  1596  llegó  esta  misión  á  Manila,  en  donde 
fué  recibida  con  tanta  mayor  satisfacción,  cuanto  era 
más  grande  el  ansia  con  que  fuera  deseada.  Desde  lue- 
go dispuso  de  ellos  el  Prelado,  y  pueden  de  algún 
modo  reputarse  como  fundadores  de  esta  apostólica 
provincia,  por  haber  sido  casi  todos  destinados  á  nue- 
vas conversiones. 

123.  Entre  tanto  el  mismo  limo.  Prelado,  que  ha- 
bla enviado  este  socorro,  no  cesaba  de  practicar  las  más 
activas  diligencias,  para  excitar  el  celo  de  otros  reli- 
giosos de  la  Orden  y  conducirlos  á  Manila.  Ya  en- 
tonces habia  cambiado  la  opinión  de  los  cortesanos, 
que  con  tanto  empeño  se  habia  sostenido  por  alguno 
respecto  á  no  mandar  nuevas  misiones  á  estas  islas,  por- 
que S.  M.  estaba  convencido  de  que  estos  remotos  do- 
minios de  su  reino  sólo  podian  prosperar  abundando 
en  ellos  los  PP.  misioneros.  La  misión  de  sesenta  reli- 
giosos  de  la  Orden,  que  el  P.  Fr.  Juan  Volante  habia 
pretendido  organizar  desde  el  año  de  1588,  para  llevar 
la  luz  del  Evangelio  á  las  naciones  infieles,  fué  otorga- 
da en  esta  ocasión  por  el  Monarca,  sin  duda  por  el  po- 
deroso ascendiente  que  tenía  aquel  limo.  Prelado  en 
la  corte.  El  mismo  P.  Volante  debia  ser  el  conductor 
de  esta  misión  tan  numerosa,  y  los  religiosos  ya  esta- 
ban casi  todos  en  Andalucía,  para  embarcarse  en  la 
flota  que  debia  salir  de  Cádiz  en  1597.  Mas  la  toma 
de  este  puerto,  que  verificaron  entonces  los  ingleses,  des- 
vaneció sus  esperanzas,  porque  la  flota  no  hizo  su  via- 
je á  Nueva  España,  y  aquéllos  trataron  de  restituirse  á 
sus  conventos  respectivos.  El  celo  del  Obispo,  sin  em- 


as- 


-  3^^  - 
bargo,  alentó  á  veinte  y  ocho  de  los  mismos,  embar- 
cándose con  ellos  finalmente  en  un  pequeíío  buque  que 
se  despachó  para  aquel  punto,  entre  tantas  dificultades 
y  peligros.  Nada  les  sucedió,  no  obstante,  en  el  viaje, 
y  el  Obispo,  al  llegar  á  Méjico,  trató  de  edificar  una 
hospedería  para  los  religiosos  enviados  á  la  provincia 
del  Sa?itísmo  Rosario.  El  negocio  estaba  tan  adelanta- 
do, que  ya  iban  á  cerrarse  las  escrituras;  mas  halló  el 
buen  Obispo  tales  dificultades  en  su  ejecución,  que  tuvo 
por  más  conveniente  desistir  por  entonces  del  proyecto. 

No  fué  menos  feliz  su  navegación  desde  Acapulco 
hasta  las  islas  Filipinas,  en  la  cual,  ademas  de  no  ha- 
berles sucedido  cosa  alguna  que  pudiera  inquietarlos, 
experimentaron  la  providencia  del  Señor  de  un  modo 
especial.  Estando,  con  efecto,  en  aquel  puerto,  el  ge- 
neral del  galeón  habia  apresurado  de  tal  suerte  su  sali- 
da, que  los  religiosos  no  pudieron  embarcar  sus  provi- 
siones; mas  Dios  ocurrió  próvida  y  generosamente  á  su 
gran  necesidad,  proporcionándoles  pescado  fresco  en 
toda  la  navegación;  cosa  maravillosa  y  nunca  vista  en 
un  viaje  tan  largo  y  tan  difícil.  Llegaron  á  Manila  por 
Mayo  de  1598:  al  entrar  se  incorporaron  con  una  pro- 
cesión de  rogativas  que  se  estaba  haciendo  desde  la  ca- 
tedral hasta  la  iglesia  de  nuestro  Padre  Santo  Domin- 
go, y  el  obispo  que  venía  con  la  misión  predicó  en 
lugar  del  que  estaba  designado,  causando  su  presencia 
un  gran  consuelo  en  los  que  tuvieron  el  gusto  de  oirlo, 
porque  todos  lo  amaban  cordialmente.  Profunda  debió 
ser,  con  efecto,  la  impresión  que  no  podia  menos  de 
causar  en  el  concurso  esta  circunstancia  extraordinaria. 

I  24.   La  llegada  del  Sr.  obispo  Benavides  y  su  mi- 


-  38?  - 
síon  dio  mucha  celebridad  á  la  junta  intermedia  del 
provincialato  del  P.  Bernardo  de  Santa  Catalina,  que 
se  tuvo  el  dia  24  del  mismo  mes.  Animados  los  padres 
de  ella  con  el  socorro  de  los  muchos  y  muy  buenos 
religiosos  que  les  acababa  de  llegar,  recibieron  un  gran 
número  de  casas  ó  ministerios  que  se  leen  en  sus  actas. 
En  Cagayan  se  hicieron  cargo  de  San  Antonino  de 
Dumon,  de  Santa  Catalina  de  Maquila,  de  San  Ilde- 
fonso de  Nalavangan,  de  San  Pablo  de  Pilitan  y  de 
San  Raimundo  de  Lobo.  En  el  dia  sólo  existe  el  últi- 
mo de  estos  pueblos,  conocido  con  el  nombre  de  Ta- 
bang,  anejo  ó  visita  de  Piat,  bajo  la  invocación  de  Santa 
Inés.  Llamóse  en  un  principio  de  Lobo,  porque  con 
este  nombre  era  conocido  el  rio  chico  de  Cagayan  que 
lo  baña,  y  se  incorpora  con  el  Ibanag  en  Nassiping.  El 
pueblo  de  San  Pablo  de  Pilitan  era  en  aquel  tiempo 
uno  de  los  primeros  ministerios  de  aquella  provincia,  y 
daba  grandes  esperanzas  á  nuestros  religiosos,  por  el 
prodigioso  número  de  infieles  que  habitan  en  sus  her- 
mosas y  pintorescas  vegas,  baríadas  por  varios  riachue- 
los, que  las  cruzaban  en  todas  direcciones.  Contó  algu- 
nos aíios  de  existencia,  y  por  lo  regular  residian  cua- 
tro religiosos  en  su  casa  primitiva,  ocupados  en  la  con- 
versión de  los  habitantes  de  todo  el  partido  llamado 
de  Irraya.  Su  nombre  en  la  actualidad  apenas  es  cono- 
cido en  la  provincia,  y  sólo  se  conservan  los  cimientos 
de  la  iglesia  en  un  barrio  llamado  Canapi,  situado  en- 
tre llagan  y  Tumauini.  Su  primer  vicario  fué  el  padre 
Fr.  Antonio  de  Soria,  hijo  del  convento  de  la  Puebla, 
en  Nueva  España,  á  quien  se  puede  reputar  por  el 
verdadero   apóstol   de  la  Irraya,  adonde  pasó  después 


-  388  - 

de  haber  hecho  sus  primeros  ensayos  apostólicos  en 
Camalanyugan  y  Bugay.  Su  celo  y  sus  afanes  por  la 
conversión  de  aquellos  infelices,  que  á  su  llegada  ya- 
cian  en  las  tinieblas  de  la  gentilidad,  le  abreviaron  la 
carrera  de  la  vida,  y  murió  en   lo  más  florido  de  sus 
dias.  Terminada  la  junta  intermedia  de  que  se  ha  he- 
cho mención  anteriormente,  en   la  cual  asistió  como 
definidor  dicho  misionero,  regresó  después  á  su  mi- 
sión; mas  no  tardó  en  caer  enfermo  gravemente.  En- 
tonces se  determinó  á  trasladarse  al  convento  de  la 
Nueva  Segovia,  para  aliviarse  de  sus   males  y  luego 
volver  á  sus  tareas  apostólicas;  mas  el  Señor,  que  ya  es- 
taba satisfecho  de  sus  fatigas  y  trabajos,  lo  llamó  para 
sí,  con  el  fin  de  premiárselos,  como  es  de  creer,  en  la 
patria  dichosa  de  los  bienaventurados.   Bien  pudiera 
ponerse  en  el  sepulcro  de  tan  joven  y  tan  celoso  mi- 
nistro la  inscripción  del  hombre  justo :  Consumtnatus 
in  brevif  explevit  témpora  inulta. 

También  en  Pangasinan  se  adelantaba  por  este  mis- 
mo tiempo  la  obra  de  la  fe :  desde  Calasiao  cuidaban 
nuestros  religiosos  de  los  cristianos  que  hablan  conver- 
tido en  Mangaldan,  y  trabajaban  en  reunir  unas  ran- 
cherías de  infieles,  que  vivian  esparcidos  como  fieras 
en  sus  vecinos  bosques.  Más  tarde  se  fundó  en  este  si- 
tio el  hermoso  pueblo  de  San  Jacinto  (i),  uno  de  los 
más  bellos  y  amenos  de  aquella  provincia  populosa. 


(i)  En  la  actualidad  (con  fecha  3  de  Noviembre  de  1869)  ha  decretado 
el  Superior  Gobierno  la  división  de  San  Jacinto,  sepaiando  civilmente  eJ 
barrio  de  Claris,  erigiéndolo  en  pueblo  con  el  nombre  de  Pozorubio ;  y 
según  la  legislación  vigente ,  se  ha  consultado  á  España  el  erigirlo  en  parro- 
quia separada. 


9 


—  3^9  — 

La  casa  de  San  Gabriel  de  Binondoc  fué  en  esta 
junta  erigida  en  vicaría,  y  se  la  separó  del  convento 
de  nuestro  padre  Santo  Domingo  de  Manila,  en  don- 
de habian  estado  asignados  hasta  entonces  los  religio- 
sos que  se  dedicaban  á  la  conversión  de  los  sangleyes. 
Algunos  otros  pueblos  que  antes  se  habian  recibido 
fueron  de  nuevo  aceptados,  ó  más  bien  erigidos  en  vi- 
carías, cuyos  superiores  debian  de  gozar  de  voz  activa 
en  las  futuras  elecciones, 

125.  Hacia  este  mismo  tiempo  llegó  á  Manila  otra 
embajada  del  soberano  de  Camboja,  con  el  mismo  fin 
que  la  pasada.  Ya  queda  referido  cómo  sus  capitanes 
Diego  Velloso  y  Blas  Ruiz  desde  Cochinchina  se 
trasladaron  á  la  corte  del  reino  de  los  Laos,  para 
ofrecer  de  nuevo  sus  servicios  al  rey  desposeído  de 
aquél.  A  su  llegada  lo  hallaron  ya  difunto;  mas  no 
por  esto  desistieron  de  su  empeño,  porque  anima- 
ron á  su  hijo  Prauncar,  legítimo  heredero  de  su  trono, 
á  que  recuperase  sus  dominios  con  el  auxilio  que  podia 
prestarle  el  de  los  Laos.  Decidido  el  nuevo  príncipe  a 
seguir  los  consejos  de  estos  valientes  capitanes,  entró 
en  efecto  al  frente  de  sus  auxiliares  en  Camboja,  y  no 
tardó  en  ser  reconocido  soberano  de  todas  sus  provin- 
cias. Entonces,  agradecido  á  los  servicios  que  le  habian 
prestado  los  expresados  capitanes,  á  quienes  debia  su 
trono,  los  elevó  á  la  categoría  de  cJiofas ,  los  primeros 
dignatarios  del  país,  y  los  hizo  señores  de  las  provin- 
cias de  Tran  y  Babano,  dándoles  al  mismo  tiempo  mu- 
chas tierras  y  vasallos.  Estos  capitanes  habian  hecho, 
á  no  dudarlo,  su  fortuna,  elevándose  á  una  esfera  su- 
perior á  sus  deseos;  pero  no  la  miraban  muy  segura, 


—  390  — 
en  atención  á  los  partidos  en  que  estaba  dividido  aquel 
infeliz  reino,  y  precaria  posición   del  Soberano.  Ade- 
mas no  se   encontraban   bien   sin   sacerdotes  y  sin  los 
auxilios  espirituales  de  la  religión  cristiana.  En  tal  con- 
cepto trataron  de  mejorar  su  situación,  y  al  efecto  in- 
dujeron á  su  nuevo  rey  á  que  pidiese  sus  auxilios  al 
gobernador  de  Filipinas,  haciéndole  pedir  también  á 
los  PP.  Jiménez  y  Aduarte,  que  tanto  habian  padeci- 
do en  su  primera  expedición.  Al  primero  de  estos  re- 
ligiosos escribió  el  mismo  rey  una  carta  muy  afectuosa, 
en  caracteres  del  país,  autorizada  con  el  Real  sello  en 
tinta  roja,  pero  traducida  en  castellano.  Ert  ella  le  daba 
muestras  de  su   agradecimiento  por  los  servicios  que 
habia  prestado  á  su  país  y  trabajos  sufridos  en  deman- 
da de  su  embajada,  y  le  decia    que  habiendo  llegado 
á  Camboja,  y  noticioso  de  que  se  habia  quedado  en 
Cochinchina,  le  habia  enviado  una  comisión  para  tras- 
ladarlo á  su  corte;  pero  que  el  buque  habia  sido  apre- 
sado; que  deseaba  mucho  fuese  cuanto  antes  á  su  rei- 
no para  que  descansase  y  gozase  del  fruto  de  sus  fati- 
gas entre  los  chofas  capitanes  y  demás  españoles  que  ha- 
bia en  el  mismo;  y  que  llevase,  finalmente,  en  su  com- 
pañía al  P.  Aduarte,  supuesto  que  los  dos  habian  con- 
tribuido á  restaurarlo  en  su  trono.  Le  ofrecia  también 
que  les  edificaria  iglesias,  los  cuidaria,  y  daria  permiso 
á  los  cambojas  para  que  se  hiciesen  cristianos.  Por  fin 
le  otorgaba  sus  poderes  para  que  pudiese  reclamar  sus 
intereses  en  Manila,  y  se  los  llevase  á  Camboja.  Esta 
carta  iba  acompañada  con  otras  de  los  capitanes  Diego 
Velloso  y  Blas  Ruiz,  suplicándole  encarecidamente  que 
accediese  á  los  deseos  que  mostraba  aquel  monarca,  y 


—  39^  — 
no  malograse  la  bella  ocasión  que  se  presentaba  para 
reducir   al   gremio  de  la  religión  al   infeliz   reino  de 
Camboja. 

126.  Estas  noticias  causaron  mucha  sensación  en 
los  piadosos  habitantes  de  Manila.  Todos  estaban  en  la 
persuasión  de  que  serian  muy  agradables  á  entrambas 
majestades  los  servicios  que  se  prestasen  al  soberano 
de  Camboja.  El  gobernador  de  Filipinas  era  á  la  sazón 
D.  Francisco  Tello  de  Guzman,  y  D.  Luis  Pérez  Das- 
mariñas  vivia  como  particular  en  el  retiro ,  entregado 
enteramente  á  sus  piadosos  ejercicios.  Mas,  si  bien  se 
deseaba  complacer  á  Prauncar,  la  falta  de  medios  pe- 
cuniarios tenia  perplejo  al  Gobierno,  y  no  podia  re- 
solverse á  aceptar  tan  grave  empeño.  En  tal  estado  las 
cosas,  el  piadoso  Dasmariñas  no  dudó  sacrificar  sus  in- 
tereses por  la  gloria  de  Dios,  ofreciéndose  á  costear  de 
su  hacienda  los  gastos  de  la  expedición.  Desde  luego 
se  destinaron  como  ciento  y  cincuenta  hombres  á  las 
órdenes  del  mismo  Dasmariñas,  y  las  órdenes  reli- 
giosas de  Santo  Domingo  y  San  Francisco  nombraron 
dos  misioneros  de  cada  corporación ,  para  dar  principio 
á  la  predicación  del  Evangelio  en  el  reino  de  Cambo- 
ja. Mas  la  carena  de  los  buques  que  debian  conducir- 
los se  confió  al  cuidado  de  oficiales  reales,  que  la  hi- 
cieron mal  y  tarde,  lo  que  malogró  completamente  los 
costosos  sacrificios  de  esta  también  desgraciada  expe- 
dición. 

127.  El  dia  17  de  Setiembre  de  1598,  estación  la 
más  fatal  para  navegar  por  los  mares  de  China,  se  hi- 
cieron á  la  vela  los  tres  buques  que  se  habian  destina- 
do al   efecto.  En  la  capitana  iba  Dasmariñas  con  el 


—  392  — 
P.  Jiménez  y  los  dos  religiosos  franciscanos,  y  en  la 
que  hacia  de  almiranta  el  P.  Aduarte,  á  cuyas  órdenes 
debia  atenerse  el  que  mandaba  á  los  soldados,  según  dis- 
puso el  General.  Navegaron  al  principio  los  tres  buques 
en  convoy,  con  orden  de  no  separarse  hasta  Camboja; 
mas  el  viento,  que  no  tardó  en  convertirse  en  un  furio- 
so temporal,  desbarató  sus  planes  á  los  seis  dias  de  nave- 
gación. El  buque  más  pequeño,  que  era  una  mala  ga- 
leota, fué  el  que  salió  más  bien  librado,  porque  logró 
refugiarse  en  un  buen  puerto  de  estas  islas.  La  Capitana 
perdió  luego  el  batel  y  el  palo  mayor,  y  siguiendo  el 
temporal  con  el  trinquete  y  mesana,  fué  arrojada  en 
una  mala  isla  de  las  costas  de  China,  en  donde  naufragó 
el  dia  3  de  Octubre,  víspera  de  San  Francisco.  La  gen- 
te se  salvó ;  pero  quedó  como  sitiada  en  aquel  país  ingra- 
to, padeciendo  largo  tiempo  las  privaciones  y  trabajos 
de  un  penoso  cautiverio.  La  almiranta,  ya  repuesta  de 
sus  primeras  averías,  continuó  arrostrando  el  temporal, 
y  poco  después  perdió  también  el  palo  de  mesana;  y  si 
bien  con  sólo  el  de  trinquete  se  podia  gobernar  regu- 
larmente, no  tardaron  en  romperse  las  hembras  del  ti- 
món, cuya  falta  tuvieron  que  suplir  con  dos  palos  bien 
trabados.  Durante  la  tormenta  todo  el  casco  amenaza- 
ba una  total  ruina;  de  suerte  que  se  vieron  precisados  á 
sujetarlo  con  tres  amarraduras  pasadas  por  la  quilla,  y 
apretadas  con  cafíones  de  arcabuz  encima  del  combés. 
Hasta  la  proa  se  les  queria  desprender,  la  que  también 
aseguraron  con  amarras.  En  este  infeliz  estado,  salva- 
dos como  por  milagro  en  alta  mar,  fueron  á  parar  en 
una  de  las  islas  Babuyanes,  sitas  al  Norte  de  Luzon,  en 
donde  aportaron  tristemente.  Ya  estaba  próxima  la  vis- 


—  393  — 
pera  de  San  Francisco,  cuando  amenazados  de  un  nue- 
vo temporal,  desembarcaron  las  municiones  y  pertre- 
chos, dejando  solamente  la  artillería  en  el  buque;  mas 
éste  no  tardó,  con  el  mal  tiempo,  en  irse  á  pique,  ha- 
ciéndose astillas  todo  el  casco.  En  la  playa  levantaron 
unas  chozas,  y  en  ellas  se  guarecieron  del  viento  y  llu- 
via, que  duró  dos  dias  solamente.  Apaciguada  la  tor- 
menta, sacaron  la  artillería,  que  consistía  en  cuatro  pie- 
zas de  un  calibre  mediano,  las  que  colocaron  encima 
de  un  fuerte  de  empalizada  que  por  de  pronto  levan- 
taron ,  con  el  fin  de  defenderse  de  los  habitantes  de  la 
isla  en  el  caso  de  que  tratasen  de  ofenderlos.  No  tar- 
daron éstos  en  aparecer  cerca  del  campamento  de  los 
náufragos,  armados  con  lanzas  de  hierro  y  otras  de 
ébano  arrojadizas;  mas  los  nuestros  les  hablaron,  por 
medio  de  un  indio,  con  señales  de  paz,  á  las  que  ellos 
respondieron  enviando  también  á  uno  de  los  suyos, 
que  fué  tratado  con  muestras  de  afecto  por  los  nues- 
tros. Hiciéronle  efectivamente  algunos  regalillos,  y  le 
encargaron  que  dijese  á  los  suyos  les  trajesen  víveres, 
que  era  lo  que  necesitaban;  asegurándole  desde  luego 
que  serian  satisfechos  religiosamente  por  el  precio  esti- 
pulado. A  los  pocos  dias  rompieron  las  paces  los  isle- 
ños; mataron  á  un  japón  que  iba  en  la  expedición,  é 
hirieron  á  un  indio,  que  logró  matar  al  agresor.  Rotas 
ya  las  amistades,  cesaron  también  los  isleños  de  con- 
ducir más  víveres  al  campamento;  pero,  como  la  ne- 
cesidad es  superior  á  toda  ley,  los  náufragos  se  vieron 
en  la  precisión  de  tomarlos  por  la  fuerza. 

128.   Entre  tanto  el  P.  Aduarte  dispuso  que  se  ca- 
renase el  batel,  que  afortunadamente  se  habia  librado 


—  394  — 
del  naufragio,  para  ir  con  el  piloto  y  dos  hombres  bo- 
gadores á  la  provincia  de  Cagayan,  distante  unas  vein- 
te leguas  de  allí.  Al  efecto  le  alargaron  la  quilla,  le  pu- 
sieron algunas  tablas  en  los  costados,  hasta  levantar  el 
bordo  como  una  media  vara,  y  con  esta  débil  nave  hi- 
cieron en  tres  dias  el  viaje,  sin  haberles  sucedido  ave- 
ría alguna  en  aquella  peligrosa  travesía.  El  Alcalde,  á 
su  llegada,  mandó  apercibir  dos  fragatillas,  y  las  envió 
con  comestibles  á  la  isla,  para  sacar  á  los  náufragos  de 
ella.  Por  otra  parte  el  P.  Aduarte  escribió  algunas  car- 
tas á  Manila,  dando  cuenta  del  suceso  á  su  prelado  y 
á  los  agentes  del  caballero   Dasmariñas.  Enterado  el 
Gobernador  de  esta  desgracia,  dispuso  que  la  gente 
refugiada  en  Cagayan  prosiguiese  su  viaje,  y  el  Pro- 
vincial, por  su  parte,  ordenó  inmediatamente  que  el  pa- 
dre Aduarte  regresase  cuanto  antes  a  Manila.  Todos 
dieron  cumplimiento  á  lo  dispuesto;  pero  la  falta  de 
este  religioso  fué  la  perdición  de  aquella  gente ,  porque 
hallándose  en  las  costas  de  China,  se  arrojaron  á  co- 
meter un  atentado,  que  él  hubiera  podido  evitar  con  su 
consejo;  si  bien  recibieron  luego  su  castigo  los  perpe- 
tradores de  aquel  crimen,  que  no  pasó  finalmente  de 
un  conato.  Con  este  motivo  el  buque  varó  en  unos  ba- 
jos ignorados,  en  donde  pereció  con  muchos  de  los  que 
lo   tripulaban;  los  pocos  que  lograron   salvar  la  vida 
fueron  tratados  como  piratas  en  varios  tribunales,  en 
donde  tuvieron  mucho  que  sufrir;  hasta  que  al  fin  fue- 
ron á  parar  á  Lampacao,  en  donde  estaba  Dasmariñas 
con  los  suyos,   alimentándose  de  lo  poco  que  podian 
recoger  en  sus  desiertas  playas. 

129.  Esta  isla  está  situada  al  S.  O.  de  Macao,  de 


395  — 
donde  sólo  dista  siete  leguas.  Los  portugueses,  establecí- 
dos  desde  mucho  antes  en  este  puerto,  y  que  hubieran 
podido  aliviar  al  afligido  caballero  Dasmariñas  y  gente 
que  lo  acompañaban  en  su  desgracia,  todavía  agravaron 
más  su  mísera  situación  en  aquel  trance.  Persuadidos  de 
que  habían  hecho  aquel  viaje  en  perjuicio  desús  nego- 
cios mercantiles,  desde  luego  se  declararon  sus  enemigos 
mortales,  y  trataron  de  arrojarlos  con  las  armas  de  aquel 
punto.  El  P.  Jiménez  hizo  varios  viajes  á  Macao  con 
el  fin  de  procurar  algún  socorro  á  los  náufi-agos;  pero 
todos  sus  esfuerzos  se  frustraron,  pues  no  le  fué  posi- 
ble ablandar  la  dureza  de  aquellos  hombres  codiciosos. 
Al  fin  logró  Dasmariñas  enviar  algunos  de  los  suyos  á 
Manila,  para  dar  cuenta  al  Gobierno  de  su  estado  las- 
timoso, y  con  el  fin  de  que  le  enviasen  un  buen  buque 
para  regresar  á  Filipinas. 

130.  Las  cartas  de  este  piadoso  caballero  causaron 
mucha  sensación  en  los  vecinos  de  Manila,  y  desde 
luego  se  dieron  providencias  para  socorrerle  en  tal  ex- 
tremo. Esta  comisión  se  confió  al  mismo  P.  Fr.  Die- 
go Aduarte,  el  cual,  sin  embargo  de  que  no  estaba 
para  exponerse  otra  vez  á  los  peligros  de  la  mar,  por 
caridad  y  obediencia  se  prestó  á  desempeñarla.  Pero  en 
esta  ocasión  no  se  fió  ya  de  nadie,  para  dejar  el  buque 
que  lo  había  de  conducir  en  buen  estado.  El  mismo  se 
encargó  de  inspeccionar  la  carena,  la  que,  á  pesar  de 
sus  más  activas  diligencias,  no  pudo  terminarse  á  en- 
tera satisfacción,  sino  después  de  cuatro  meses.  Al  fin 
se  hizo  á  la  vela  el  dia  6  de  Setiembre  de  1599,  y  lle- 
gó sin  novedad  adonde  estaba  D.  Luis  en  quince  días 
de  viaje.  Para  dejar  á  este  mal  aventurado  puerto,  aun 


—  39^  — 
fué  necesaria  una  chapa  ó  licencia  del  virey  de  la  pro- 
vincia de  Kuan-tung  (Cantón),  y  esta  diligencia,  tan 
sencilla  al  parecer,  ocasionó  muchos  gastos  y  no  pocas 
molestias  y  trabajos  al  P.  Aduarte,  que  la  procuró  per- 
sonalmente. 

131.  Halló,  por  su  desgracia,  á  la  sazón  en  la  capi- 
tal de  la  provincia  un  visitador  eunuco,  que  con  sus 
robos  y  estafas  arruinaba  á  cuantos  tenian  la  desgracia 
de  caer  bajo  su  férula.  Los  españoles  de  Manila  tenian 
en  China  mucha  fama  de  ricos,  porque  ya  era  muy 
conocida  á  la  sazón  en  el  imperio  la  plata  que  se  acu- 
ñaba en  Nueva  España.  Cuando  el  eunuco  llegó  á  en- 
tender que  lo  necesitaba  uno  de  ellos,  creyó  haber  halla- 
do una  mina,  que  se  propuso  explotar  completamente. 
El  P.  Aduarte,  acompañado  de  dos  soldados  y  un  in- 
dio, se  hospedó  en  una  casa  de  sus  grandes  arrabales, 
y  á  los  dos  dias  fué  llamado  por  el  dicho  visitador  de 
la  provincia,  para  dar  razón  de  su  persona  y  de  la  ges- 
tión que  motivaba  su  presencia  en  aquella  capital.  An- 
tes de  entrar  le  hizo  decir  dicho  padre,  que  él  no  se 
pondría  de  rodillas  al  estar  en  su  presencia;  pues  los 
religiosos  y  capitanes  castellanos  á  nadie  hacian  esta 
cortesía,  ni  delante  de  los  reyes  de  estos  países  asiáti- 
cos. Porfió  por  algún  tiempo  el  eunuco  en  sostener  el 
ceremonial  acostumbrado,  hasta  que  al  fin,  cegado  por 
el  interés  que  aguardaba,  le  dispensó  de  practicar  esta 
ceremonia  humillante,  y  le  mandó,  ó  hizo  decir  que 
le  hiciese  la  cortesía  y  reverencia  que  á  su  rey  solia. 
Con  esta  condición  entró  el  religioso,  y  halló  al  visi- 
tador eunuco  sentado  detras  de  un  bufete  con  mucha 
gravedad,  y  una  numerosa  comitiva  de  ministriles  y 


--  397  — 
verdugos,  que  ejecutaban  inmediatamente  sus  manda- 
tos, sin  que  nadie  pudiese  apelar  de  sus  resoluciones. 
No  ignorando  Dasmariñas  la  costumbre  del  imperio, 
en  el  cual  no  es  posible  obtener  cosa  alguna  de  prove- 
cho sin  ir  por  delante  los  regalos,  habia  entregado  el 
P.  Aduarte  una  pieza  de  grana  y  un  grande  espejo  con 
su  cadena  de  plata,  ambas  cosas  de  mucha  estimación 
en  aquel  tiempo.  En  esta  primera  audiencia  creyó  que 
debia  hacer  este  regalo  al  eunuco,  el  cual  lo  recibió 
muy  bien;  pero  haciendo  gestos  y  mirando  hacia  el 
cielo,  dándole  á  entender  que  él  era  hombre  de  con- 
ciencia delicada,  y  que  no  recibía  aquellas  cosas  como 
regalo,  sino  por  su  valor,  que  se  deberla  computar  en- 
tre los  derechos  que  se  le  debian  satisfacer  por  la  licen- 
cia. En  seguida  pidió  el  P.  Aduarte  que  ordenase  fuese 
medido  el  buque,  y  luego  se  volvió  á  su  alojamiento. 
Los  agentes  del  eunuco  eran,  á  no  dudarlo,  tan  la- 
drones como  él;  los  oficiales  que  mandó  á  Lampacao 
eran  tan  probos,  que  en  la  primera  medición  del  bu- 
que hicieron  subir  los  derechos  del  anclaje  á  la  suma 
exhorbitante  de  mil  y  ochocientos  ducados;  pero  co- 
hechados luego,  y  pasando  á  segunda  medición,  reba- 
jaron los  mil  que  hablan  aumentado  injustamente  en 
la  primera.  El  P.  Aduarte,  entre  tanto,  persuadido  de 
que  ya  estaba  satisfecha  la  codicia  del  eunuco,  se  es- 
taba muy  tranquilo  en  su  posada,  esperando  el  resul- 
tado de  la  medición  del  buque  y  la  licencia;  mas  á  los 
tres  dias  el  eunuco  mandó  llamar  á  los  dos  soldados 
que  lo  acompañaban,  y  á  su  llegada,  con  muchas  de- 
mostraciones de  enojo  hizo  dar  cinco  azotes  al  intér- 
prete, porque  dijo  que  no  habia  prevenido  á  aquellos 


-  39^  - 
extranjeros  acudiesen  á  su  presencia,  conforme  debian  a 
su  dignidad.  Luego  ordenó  que  también  fuesen  azota- 
dos los  soldados;  mas  cuando  ya  estaban  desnudos  para 
recibir  los  golpes  de  la  penca,  hizo  suspender  el  casti- 
go y  dispuso  fuesen  conducidos  á  la  cárcel.  Bien  co- 
nocia  el  P.  Aduarte  que  estas  vejaciones  se  dirigian  á 
sacarle  la  plata,  que  no  tenía  y  deseaba  aquel  inicuo, 
quien,  al  fin,  el  dia  de  Todos  los  Santos,  después  de 
haber  celebrado  el  religioso  el  santo  sacrificio  de  la  misa 
en  una  capilla  que  tenian  los  PP.  Jesuitas  cerca  del 
rio,  lo  hizo  llamar  á  su  palacio.  Al  presentarse  en  su 
estancia  le  mandó  se  pusiese  de  rodillas  ante  él,  y  des- 
de luego,  gritando  con  voz  atiplada,  empezó  á  decirle 
que  sin  duda  sería  algún  espía,  cuando  no  le  acudia 
como  era  de  su  obligación.  Después  de  su  sermón  lo 
mandó  azotar,  y  los  verdugos  lo  tendieron  inmediata- 
mente en  el  suelo  para  ejecutar  la  sentencia  ya  pronun- 
ciada. En  tal  conflicto  sacó  el  afligido  religioso  un  gran 
papel  que  le  hablan  facilitado  los  chinos  de  Manila  en 
sus  propios  caracteres,  en  el  cual  manifestaban  los  mu- 
chos beneficios  que  los  de  su  nación  recibian  de  nues- 
tros religiosos  en  aquella  capital.  Leyólo  el  eunuco; 
pero,  como  no  era  acomodado  á  su  intento,  lo  despre- 
ció; mandó,  sin  embargo,  suspender  el  castigo  de  los 
azotes,  y  lo  conmutó  en  otro  no  menos  aflictivo.  En 
efecto,  hizo  acercar  al  religioso  á  su  bufete,  y  le  pusie- 
ron dos  cañitas  con  muezcas  en  los  dedos  de  entrambas 
manos,  los  que  fueron  apretando  de  tal  suerte,  que  al 
fin  cayó  el  paciente  desmayado.  Entonces  mandó  el 
cruel  eunuco  quitarle  las  cañitas,  y  lo  despidió  de  su 
presencia,  diciéndole  que  si  no  le  daba  mil  taeles  (que 


—  ^99  — 
en  el  dia  importan  la  suma  de  1.395  pesos)  (i),  lo  ha- 
bia  de  matar. 

132.  Quedó  el  P.  Aduarte  en  extremo  maltratado, 
y  se  fué  á  su  alojamiento  como  pudo;  mas  á  su  llega- 
da se  halló  con  que  el  dueño  habla  recibido  un  man- 
damiento del  eunuco,  que  le  prohibia  lo  recibiese  en 
su  casa.  Entonces  se  refugió  en  un  buque  de  merca- 
deres portugueses,  que  luego  tuvo  que  abandonar,  por- 
que no  tardó  en  comparecer  el  dueño,  diciéndole  que 
la  ciudad  andaba  muy  alborotada  por  haberse  presen- 
tado él  en  dicho  buque,  y  le  rogó  se  fuese  á  otra  parte, 
por  el  daño  que  podria  hacer  á  sus  negocios.  Entonces 
se  vio  precisado  á  dejar  aquel  refugio  y  volver  á  tierra, 
en  donde  todos  huian  de  él,  temerosos  del  visitador 
que  sin  humanidad  lo  perseguia.  Por  su  fortuna  halló 
á  un  chino  mercader  que  habia  estado  en  Manila,  y  lo 
recibió  en  su  casa.  Luego  recogió  trescientos  taeles 
ayudado  de  su  huésped,  y  los  remitió  al  eunuco,  ro- 
gándole se  sirviese  recibirlos.  Le  suplicaba  á  la  vez  que 
diese  libertad  á  los  soldados,  y  á  los  tres,  permiso  para 
regresar  á  Lampacao.  Ni  aun  por  esto  consiguió  ade- 
lantar un  paso;  pues  el  mismo  dia  fué  llamado  por  el 
eunuco  otra  vez,  y  después  de  haberle  dicho  y  repeti- 
do que  él  no  entendia  la  lengua  en  que  le  hablaba,  lo 
mandó  llevar  con  cadena  al  cuello  á  la  misma  cárcel 
en  donde  estaban  sus  compañeros  de  trabajos.  A  su  lle- 


(i)  En  el  último  tratado  con  China  se  fijó  el  peso  en  72  céntimos  de  tíiel, 
conforme  con  las  tablas  de  reducción  de  los  autores,  según  las  que  cada  100 
pesos  tienen  72  taeles  (aunque  no  es  siempre  ni  en  todas  partes  igual  el  valor 
del  tael);  según  lo  cual,  i.ooo  taeles  son  i.jSS'Sp  pesos. 


• —  400  — 
gada  fué  presentado  con  una  orden  del  eunuco  a  un 
mandarín,  que  impuesto  de  los  motivos  de  su  prisión, 
le  dio  á  entender  que  parecia  injusto  aquel  decreto; 
pero  añadió  que  nadie  podia  revocar  lo  dispuesto  por 
aquél,  y  le  aconsejó  que  procurase  contentarlo,  porque 
de  otra  suerte  no  sabía  cuándo  podia  salir  libre,  en 
atención  á  que  el  visitador  estaba  para  salir  á  una  pes- 
quería de  perlas  en  el  golfo  de  Hainan,  y  se  ignoraba 
el  tiempo  de  su  regreso.  En  seguida  le  quitaron  la  ca- 
dena y  lo  metieron  en  la  cárcel. 

133.  Cuando  los  soldados  españoles  vieron  al  padre 
Aduarte,  no  pudieron  menos  de  llorar  de  pena  en  su 
presencia;  mas  él  estaba  más  tranquilo  y  consolado  que 
cuando  se  hallaba  en  libertad;  pues  por  ellos  habia  pa- 
decido hasta  entonces,  y  no  habia  querido  abandonar- 
los, marchándose  ocultamente  sin  licencia,  como  lo 
hicieron  después,  á  Lampacao.  En  la  cárcel  habia  á  la 
sazón  como  unos  trescientos  presos,  muchos  de  los 
cuales  estaban  condenados  á  pena  capital.  Era  tan  he- 
diondo y  tan  insano  aquel  lugar,  que  no  tardó  el  pa- 
dre Aduarte  en  sentir  las  malas  influencias,  que  la  su- 
ciedad, la  destemplanza  y  la  carencia  de  abrigo  no  po- 
dian  menos  de  causar  á  su  delicada  complexión.  Mas 
fué  Dios  servido  que  sólo  estuviese  en  él  tres  dias ;  pues 
habiendo  salido  su  huésped  por  fiador  de  los  mil  tae- 
les  que  pedia  el  eunuco,  fué  puesto  en  libertad  con  los 
soldados.  Entonces  le  acometieron  los  ministriles,  por- 
teros y  satélites,  y  todos  le  pedian  sus  derechos  res- 
pectivos; de  suerte  que  no  bastaran  otros  mil  taeles  para 
pagarlos,  y  como  no  los  tenía,  acometieron  al  fiador 
por  todas  partes,  molestándolo  de  dia  y  de  noche,  para 


—  40I   — ' 

que  les  diese  lo  que  el  padre  no  podía  concederles.  Co- 
mo el  fiador,  por  otra  parte,  tampoco  permitía  que  él 
y  los  soldados  se  fuesen  á  su  buque  ni  saliesen  de  su 
casa,  éstos  al  fin  lograron  burlar  su  vigilancia.  Teme- 
roso el  P.  Aduarte,  de  que  Dasmariñas,  cansado  de 
tanto  aguardar  se  hiciese  á  la  vela,  trato  de  cualquier 
modo  de  fi^igarse  con  los  suyos  de  la  casa  de  su  hués- 
ped. A  este  fin  se  compuso  con  un  chino  que  solia  vi- 
sitarlos, quien  por  la  mezquina  suma  de  diez  taeles  se 
comprometió  á  sacarlos  de  su  encierro,  y  llevarlos  á 
Lampacao.  Hizo,  pues,  su  contrabando  á  media  no- 
che, con  una  embarcación  pequeña  por  un  estero  que 
conduela  al  rio  grande;  los  puso  en  otra  mayor,  y  ha- 
ciéndose á  la  vela  rio  abajo,  llegaron  al  dia  siguiente 
adonde  estaba  Dasmariñas.  A  las  pocas  horas  llego 
también  el  fiador,  y  su  primera  diligencia  fué  inquirir 
y  preguntar  por  el  que  los  habia  sacado  de  su  casa  y 
conducido  á  la  isla;  pero  nada  pudo  averiguar.  Das- 
mariñas le  pagó  inmediatamente  la  fianza,  lo  despachó 
muy  satisfecho,  y  los  nuestros  se  hicieron  luego  á  la 
vela  para  Manila,  á  excepción  del  P.  Aduarte,  que 
quiso  trasladarse  á  Macao  para  descansar  y  reponerse 
de  su  salud  tan  quebrantada,  con  motivo  de  los  malos 
tratamientos  y  disgustos  sufridos  en  Cantón. 

1  34.  Mientras  Dasmariñas  y  los  que  lo  acompaña- 
ban en  su  desventurada  expedición  corrían  las  desgra- 
cias que  quedan  referidas,  otros  religiosos  hacían  su 
viaje  al  mismo  reino  de  Camboja.  El  Gobernador  de 
F'ilipinas,  cuando  arribó  aquella  galeota  que  habia  sa- 
lido de  Manila  con  la  Capitana  y  Almíranta,  temeroso 
de  lo  que  podía  haberles  sucedido,  dispuso  que  saliese 


z6. 


—  402   

cuanto  antes  otro  buque  en  demanda  de  la  misma  ex- 
pedición, y  en  él  se  embarcaron  los  PP.  Fr.  Juan  Mal- 
donado  de  San  Pedro  Mártir  y  Fr.  Pedro  de  la  Bas- 
tida  de  Jesús,  ambos  religiosos  de  la  Orden.  Su  viaje 
fué  más  feliz  por  el  pronto  que  el  de  los  primeros; 
pero  su  fin  no  fué  menos  desastroso.  El  P.  Maldonado, 
á  quien  el  Gobernador  habia  confiado  el  cuidado  de 
desempeñar  la  embajada  en  el  caso  de  no  haber  llega- 
do Dasmariñas,  se  presentó  en  la  corte  de  aquel  reino; 
pero  no  fué  recibido  como  era  de  esperar.  A  la  sazón 
habia  muerto  ya  Prauncar,  que  habia  pedido  el  auxilio 
de  soldados  españoles,  y  llamado  con  empeño  á  los  pa- 
dres Jiménez  y  Aduarte,  según  queda  ya  indicado.  Le 
habia  sucedido  por  desgracia  un  hijo  de  menor  edad, 
que  estaba  bajo  la  tutela  de  su  madrastra,  dominada 
enteramente  por  los  malayos,  que  no  miraban  con  se- 
renidad, ni  á  los  europeos,  ni  á  la  religión  de  Jesu- 
cristo que  éstos  profesaban.  Por  otra  parte,  los  pocos 
portugueses  que  tenian  su  residencia  en  Camboja  tam- 
poco conservaban  buena  armonía  con  los  españoles, 
porque  temian  como  siempre,  que  si  éstos  llegaban  á 
enseñorearse  del  país,  les  quitarían  sus  ganancias.  En 
atención  á  esto,  no  es  de  extrañar  que  el  padre  emba- 
jador fuese  recibido  fríamente  v  despachado  con  des- 
aire; pues  le  dieron  á  entender  que  el  Rey  ni  habia 
llamado  á  los  españoles  de  Manila,  ni  estaba  obligado 
á  observar  los  tratados  que  su  padre  hubiese  con  ellos 
celebrado.  Con  tan  triste  desengaño,  pidió  el  padre  Em- 
bajador su  pasaporte  para  retirarse  á  su  buque;  mas  se  le 
negó  rotundamente,  y  se  vio  precisado  á  marcharse  sin 
perniibo,  con  ánimo  de  retirarse  con  los  suyos  á  IVlanila. 


_  403    — 

I  35.  Habia  hallado  en  el  puerto,  á  su  llegada,  algu- 
nos españoles,  portugueses  y  malayos,  todos  divididos 
y  enemistados.  Antes  habian  tenido  va  algunas  disen- 
siones, y  el  capitán  del  buque  que  habia  conducido  á 
los  padres,  habiendo  tratado  de  reconciliar  los  ánimos, 
fué  envuelto  en  la  traición  que  loa  malayos  tramaron 
contra  todos,  alentados  y  dirigidos  por  los  que  estaban 
al  frente  del  gobierno,  que  favorecían  su  partido.  Como 
los  ánimos  ya  estaban  predispuestos,  no  tardaron  en 
romper  abiertamente  los  partidos;  los  españoles  y  por- 
tugueses se  vieron  precisados  á  unirse  en  aquel  tran- 
ce, para  defenderse  de  los  malayos,  que  eran  infinita- 
mente en  mayor  número.  Se  dio  principio  en  seguida 
á  un  combate  muy  reñido,  en  el  cual  recibieron  hor- 
roroso daño  los  malayos,  y  se  dieron  por  vencidos,  por- 
que no  sabian  manejar  las  armas  de  fuego  como  aqué- 
llos; mas  al  fin  lograron  incendiar  el  buque  de  Mani- 
la. No  pudiendo  los  españoles  evitar  los  efectos  del  in- 
cendio, procuraron  salvarse  de  oíros  modos,  y  los  que 
sabian  nadar  se  libraron  al  abrigo  de  los  otros  euro-- 
peos.  Mas  el  P.  Fr.  Pedro  de  Jesús,  que  carecía  de 
esta  habilidad,  se  desprendió  por  la  popa  y  se  quedó 
asido  del  timón,  encomendándose  á  Dios  y  dispo- 
niéndose para  la  muerte,  que  ya  no  podia  evitar.  Entre 
tanto,  sin  haberle  podido  los  nuestros  socorrer  en  aque- 
lla situación,  lo  cercaron  los  malayos,  y  dándole  una 
lanzada,  lo  precipitaron  al  agua,  en  donde  acabó  de  es- 
pirar. 

136.  En  el  mismo  puerto  habia  otra  fragatilla  fon- 
deada, del  capitán  Juan  de  Mendoza,  vecino  de  Ma- 
nila, que  sólo  habia  ido  á  Camboja  con  el  fin  de  ob- 


—  404  — 
servar  los  acontecimientos  de  este  reino  y  trasladarse 
al  de  Siam.  El  P.  Maldonado,  herido  también  por  los 
malayos,  aunque  levemente,  se  habia  salvado  á  nado 
con  otros  compañeros,  y  se  acogió  á  esta  fragatilla,  que 
luego  se  hizo  á  la  vela  para  el  dicho  reino  de  Siam.  Aquí 
hallaron  á  un  P.  misionero  de  la  Orden,  portugués, 
que  estaba  como  preso  en  un  pueblo  cercano  de  la  cor- 
te. A  su  llegada  fué  á  visitarlos,  y  les  dio  tales  noticias 
de  las  crueldades  que  cometía  aún  con  los  suyos  el  so- 
berano de  este  reino,  que  en  su  vista  no  pudieron  me- 
nos que  llenarse  de  horror.  Decia  que  por  los  más  le- 
ves motivos  mandaba  despedazar  a  sus  vasallos  por  las 
trompas  de  los  elefantes,  que  no  pocas  veces  los  hacia 
freir,  y  que  haciéndoles  arrancar  sus  carnes  con  tena- 
zas, mandaba  á  los  verdugos  que  las  aplicasen  á  la  bo- 
ca de  los  desgraciados  pacientes.  La  relación  de  este 
misionero  podia  ser  tal  vez  exagerada;  mas  les  supo 
pintar  las  cosas  de  tal  suerte,  que  se  las  hizo  muy  creí- 
bles. Al  fin  les  suplicó  que  le  hiciesen  la  caridad  de 
recibirlo  en  su  nave,  protestando  que  se  hallaba  muy 
dispuesto  á  ir  con  ellos  á  cualquier  parte,  sólo  por  li- 
brarse de  las  manos  del  tirano.  Lastimado  el  capitán  de 
este  afligido  misionero,  é  instado  con  caridad  por  el  pa- 
dre Maldonado,  se  ofreció  á  recibirle  en  su  buque 
finalmente.  Mas,  temeroso  de  caer  por  esta  causa  en 
desgracia  de  aquel  monstruo,  le  dio  algunas  instruccio- 
nes, que  por  no  haberlas  observado  causó  á  todos  las 
consecuencias  más  funestas.  Como  el  viaje  por  el  rio 
debia  ser  mucho  más  largo  que  por  tierra,  y  si  el  Rey 
llegase  á  tener  noticia  de  su  fuga,  estando  el  buque 
cercano  á  la  corte,  podria  fácilmente  apresarlo,  acor- 


—  405  — 
daron  que  primero  saliese  éste  con  las  licencias  necesa- 
rias, V  que  él  podria  embarcarse  en  cierto  punto,  en 
donde  las  corrientes  no  les  estorbaran  la  salida.  Con 
esto  la  fragatilla  se  hizo  á  la  vela,  y  el  P.  Maldonado 
se  quedó  en  compañía  del  misionero  portugués  en  el 
lugar  de  su  prisión.  Empero,  temiendo  éstos  no  poder 
alcanzar  la  fragatilla ,  salieron  aquella  misma  noche  en 
su  alcance,  y  la  hallaron  cuando  apenas  habia  hecho 
diez  leguas  de  viaje,  faltándoles  aún  más  de  cuarenta 
para  salir  á  la  mar.  Al  verlos  desde  el  buque,  no  pu- 
dieron menos  de  temer  todos  algún  funesto  resultado. 
Los  recibieron  á  bordo  sin  embargo,  y  se  dispusieron 
para  lo  que  pudiese  suceder.  Por  la  mañana  de  aquel 
mismo  dia  supo  el  Rey  la  fuga  del  misionero  portu- 
gués, y  presumiendo  que  debia  estar  en  el  buque  de 
Manila,  que  se  habia  hecho  á  la  vela  el  dia  anterior, 
envió  desde  luego  una  armadilla  en  su  alcance.  Tras  de 
ésta  envió  otra,  y  por  fin  una  tercera.  Sus  buques  eran 
pequeños,  pero  conducian  á  su  bordo  mucha  gente  ar- 
mada con  pedreros,  arcabuces,  lanzas  y  flechas.  Los  de 
la  fragata  no  pasaban  de  veinte  europeos;  pero  estaban 
decididos  á  burlarse  de  toda  la  chusma  enemiga.  No 
tardaron  en  verse  cercados  por  todas  partes  de  las  na- 
ves siamesas,  ni  tampoco  se  tardó  en  dar  principio  á 
un  combate  sangriento  y  horroroso.  Mientras  la  ma- 
rea era  favorable  podian  los  nuestros  defenderse  y  ofen- 
der con  poco  riesgo;  pero  cuando  se  veian  precisados  á 
dar  fondo  para  que  la  corriente  no  los  arrastrara  hacia 
atrás,  tenian  que  pelear  como  leones  para  no  caer  en 
poder  del  enemigo.  De  los  siameses  morian  sin  cuento 
y  sin  medida,  porque,  siendo  mucho  más  alto  el  bu- 


—  4o6   — 

que  de  los  nuestros,  y  estando  aquéllos  sin  reparo,  te- 
nían que  pelear  á  pecho  descubierto,  y  las  balas  y  me- 
tralla de  los  nuestros  hacían  en  ellos  estragos  horroro- 
sos. Bien  pudieran  aquellos  infelices  haber  evitado  tanta 
mortandad,  dejando  en  paz  á  los  que  sólo  trataban  de 
marcharse;  pero  como  temían  una  muerte  más  cruel  si 
volvían  á  la  corte  sin  el  P.  misionero,  hicieron  esfuer- 
zos de  valor.  Tres  días  duró  este  combate  encarnizado 
y  espantoso;  pero  al  fin  los  nuestros  salieron  victoriosos 
á  la  mar,  y  los  siameses  tuvieron  que  volverse  sin  la 
presa,  lamentando  para  siempre  su  confusión  y  su  der- 
rota. Mas  el  triunfo  fué  bien  costoso  á  los  nuestros.  Mu- 
rió el  piloto  de  un  balazo,  y  quedaron  muchos  heridos, 
de  los  cuales  algunos  murieron  en  Malaca  :  tales  fue- 
ron el  capitán  Mendoza,  un  portugués  llamado  Jorge 
de  la  Mota,  y  en  la  mar  el  P.  Maldonado.  Una  bala 
le  había  roto  un  brazo,  y  aunque  la  herida  no  parecía 
mortal  en  un  principio,  le  cortó  luego  la  carrera  de  la 
vida,  por  falta  de  remedios  y  asistencia,  y  sin  el  auxi- 
lio de  un  verdadero  inteligente  en  el  arte  de  curar.  Se 
confesó  con  el  P.  misionero  portugués  que  motivó  es- 
tas desgracias;  toleró  con  gran  conformidad  los  dolores 
agudísimos  que  le  causaba  la  herida;  dictó  una  carta 
para  los  PP.  de  Manila,  en  la  cual  hacia  una  breve  re- 
lación de  los  sucesos  del  viaje,  y  decia  que  moría  con- 
solado por  haber  hecho  la  jornada  enviado  por  la  obe- 
diencia para  predicar  el  santo  Evangelio  á  los  infieles, 
y  haber  libertado  á  un  hermano;  al  fin  espiró  tranqui- 
lamente en  frente  de  Cochínchina;  cuyo  cuerpo  fué 
sepultado  en  la  isla  de  Pulo-Catovan. 

I  37.   El  P.  Fr.  Juan  Maldonado  de  San  Pedro  Mar- 


—  407  — 
tír,  uno  de  los  primeros  fundadores  de  la  provincia  del 
Santísimo  Rosarioy  nació  en  Alcalá  de  Guadiana,  v  tomo 
el  hábito  de  la  Orden  en  el  convento  de  San  Pablo  de 
Valladolid.  Desde  los  principios  de  su  vida  religiosa  se 
distinguió  por  el  amor  que  tenía  á  la  observancia  regu- 
lar, y  como  verdadero  hijo  de  nuestro  Santo  Patriarca, 
estaba  poseido  de  un  celo  muy  ardiente  por  la  conver- 
sión de  los  infieles.  Por  esto  inscribió  su  nombre  entre 
los  primeros  religiosos  de  la  Orden ,  que  debían  pasar 
á  Filipinas  para  fundar  esta  apostólica  provincia.  Un 
año  después  de  su  llegada  fué  destinado  á  la  conver- 
sión de  los  pangasinanes,  y  después  de  haber  trabajado 
con  ardiente  celo  por  algún  tiempo  en  su  provincia, 
fué  trasladado  al  partido  de  Bataan.  Por  último  se  le 
confió  por  su  prelado  el  ministerio  de  los  chinos,  en 
cuya  conversión  habia  trabajado  ya  con  mucho  fruto, 
poco  después  de  su  llegada  á  Filipinas.  En  todas  partes 
manifestó  su  celo  por  la  salvación  de  las  gentes,  v  con- 
vencidos los  sangleyes  del  grande  amor  que  les  tenía, 
lo  nombraron  su  protector  oficial  en  estas  islas,  con 
cuyo  honroso  título,  ademas  de  los  oficios  de  padre  y 
misionero,  debia  ejercer  también  el  de  abogado  desús 
amados  feligreses.  Era  tan  notorio  el  mérito  de  este 
insigne  misionero,  que  la  inquisición  de  Méjico  no 
dudó  en  nombrarle  su  Comisario  en  las  islas  Filipinas. 
Cuando  se  ofreció  la  jornada  de  Camboja,  pudiera 
el  P.  Maldonado  haberse  excusado  fácilmente  con  sus 
muchos  aííos  y  dolencias;  pero  en  tratándose  de  la  glo- 
ria de  Dios  y  de  cumplir  la  voluntad  de  su  prelado» 
no  reparaba  en  dificultades  ni  peligros.  Pasó  á  Cam- 
boja en  clase  de  embajador,  es  cierto;  pero  su  intento 


—  4o8  — 

principal  era  fundar  una  misión  para  convertir  á  sus 
naturales  á  la  fe,  lo  que  no  pudo  ejecutar  por  los  jui- 
cios inexcrutables  del  Señor,  que  abre  y  cierra  la  en- 
trada á  su  palabra,  según  el  beneplácito  de  su  santa 
voluntad,  y  los  designios  profundos  de  su  alta  provi- 
dencia. Allí  se  libró  de  un  gravísimo  peligro;  mas  lue- 
go á  su  salida  de  Siam  perdió  la  vida,  como  es  visto, 
por  haberla  procurado  á  uno  de  sus  hermanos;  y  es  de 
creer  que  el  Seííor,  por  cuya  gloria  habia  hecho  aquel 
viaje  tan  heroico,  premiaria  en  el  cielo  sus  trabajos, 
como  mártir  de  la  caridad  y  de  la  obediencia  religiosa. 
138.  Por  aquel  mismo  tiempo  próximamente  pasó 
también  á  mejor  vida  en  la  ciudad  de  Macao  el  vene- 
rable P.  Fr.  Alonso  Jiménez,  uno  de  los  fundadores 
de  la  Orden  en  las  islas  Filipinas,  y  segundo  prelado 
provincial  de  ésta  del  Santísimo  Rosario.  Era  hijo  de 
hábito  del  célebre  convento  de  San  Esteban  de  Sala- 
manca, que  tantos  misioneros  ha  dado  á  esta  provincia 
religiosa,  de  donde  habia  salido  en  un  principio  para 
las  nuevas  conversiones  que  hacian  por  aquel  tiempo 
sus  hermanos,  en  las  vastas  regiones  de  la  Nueva  Es- 
paña. Trabajó  efectivamente  con  mucho  fruto  algunos 
años  en  la  provincia  de  Guatemala;  mas  por  justas  y  ra- 
zonables causas  regresó  finalmente  á  su  convento,  de- 
seoso de  pasar  el  resto  de  sus  dias  en  el  silencio  y  tranqui- 
lidad del  claustro.  Mas  su  celo  inextinguible  por  la  con- 
versión de  los  infieles,  le  hizo  abandonar  de  nuevo  las 
conveniencias  de  la  patria,  tan  luego  tuvo  noticia  de 
que  el  P.  fray  Juan  Crisóstomo  procuraba  organizar  una 
misión  de  religiosos  de  la  Orden  para  su  apostólica  em- 
presa. Su  primer  destino,  una  vez  llegado  á  Filipinas, 


—  409  — 

fué  el  ministerio  de  Bataan,  cuyas  misiones  fueron  el 
primer  teatro  de  su  celo,  donde  mostró  su  gran  pericia 
en  el  admirable  arte  de  convertir  á  los  infieles  y  de  ganar 
almas  para  el  cielo.  Mas  para  conseguirlo  fué  preciso 
que  ante  todo  aprendiese  el  idioma  del  país;  en  lo  cual, 
atendida  su  avanzada  edad,  hizo  progresos  admirables. 
Terminadqs  ya  el  cuatriennio  del  segundo  provincia- 
lato  y  prelatura  del  P.  Fr.  Juan  de  Castro,  los  padres 
que  debian  proceder  á  nueva  elección  en  el  capítulo 
que  ya  queda  mencionado,  pusieron  desde  luego  en  él 
los  ojos;  pues  su  gran  virtud,  celo  y  prudencia,  que 
son  las  dotes  principales  que  deben  brillar  especial- 
mente en  un  prelado,  eran  de  todos  conocidas.  Rigió 
la  provincia  sabiamente,  como  era  de  esperar,  y  eran 
tales  sus  deseos  de  propagar  la  luz  del  Evangelio  en 
los  países  infieles,  que  antes  de  que  se  terminase  su 
oficio,  no  dudó  emprender  por  Dios  aquella  desgra- 
ciada expedición  que  le  condujo  al  reino  de  Camboja, 
dirigido  por  un  fin  piadoso  y  santo,  en  armonía  con  el 
objeto  principal  que  presidiera  á  la  fundación  de  la 
provincia.  Aquel  viaje  tuvo  el  desgraciado  éxito  que  ya 
queda  referido;  mas  no  por  esto  dejó  de  merecer  el 
varón  santo  el  galardón  y  la  corona  prometida  por  el 
cielo  á  los  que  pelean  con  valor  las  batallas  del  Señor 
en  este  mundo. 

A  pesar  de  los  sucesos  tan  adversos  de  la  primera  ex- 
pedición, no  se  negó  á  repetir  segunda  vez  aquella 
jornada  dolorosa  para  conseguir  el  mismo  fin,  y  esta 
vez  sus  padecimientos  fueron  mayores  todavía,  y  más 
prolongados  que  los  de  la  primera.  Habiendo  naufra- 
gado en  Lampacao  con  Dasmaririas,  fué  allí  partici- 


—  4IO  — 

pante  de  las  penas  con  que  Dios  se  dignaba  acrisolar 
la  virtud  de  este  piadoso  caballero.  Desde  aquella  des- 
venturada isla  repetia  sus  viajes  á  Macao,  para  mover 
á  sus  vecinos,  como  cristianos  y  subditos  de  un  mismo 
soberano,  á  que  auxiliasen  á  los  náufragos,  y  les  pro- 
porcionasen algún  buque  para  salir  de  aquel  inhospi- 
talario país;  pero  todas  sus  diligencias  se  frustraoan, 
porque  el  odio  y  la  codicia  tenian  sofocados  los  senti- 
mientos de  la  humanidad  en  aquellos  habitantes,  sin 
que  ni  su  virtud,  ni  sus  venerables  canas  lograran  ablan- 
dar aquellos  duros  corazones.  El  odio  y  la  malevolen- 
cia lusitana  que  allí  se  hallaba  habian  llegado  á  tal  ex- 
tremo, que  se  llegó  al  caso  de  publicar  bandos,  en  que 
se  prohibia,  bajo  gravísimas  penas,  que  nadie  auxiliase 
á  los  náufragos  de  Lampacao,  por  la  sola  circunstancia 
de  que  eran  castellanos.  Al  fin  el  venerable  anciano 
sucumbió  al  peso  de  tantos  trabajos  y  aflicciones;  pues 
enfermó  de  gravedad  en  el  mismo  puerto  de  Macao, 
en  donde,  después  de  haber  recibido  los  santos  sacra- 
mentos, con  no  poco  consuelo  de  su  alma  atribulada, 
entregó  su  alma  al  Criador  en  el  mismo  convento  de 
la  Orden.  Esta  fué  la  tercera  víctima  sacrificada  en  las 
desgraciadas  expediciones  al  reino  de  Camboja;  ha- 
biéndose salvado  solamente  el  P.  Aduarte,  entre  los 
primeros  sacerdotes  que  envió  á  evangelizar  en  aquel 
país  la  provincia  del  Santísimo  'Rosario. 


—  411   — 


CAPITULO  IX. 


Elección  de  Provincial  en  la  persona  del  P.  Fr.  Juan  de  Ormaza. —  Circuns- 
tancias notables  de  esta  elección. —  Disposiciones  interesantes  de  este  capí- 
tulo provincial. —  Progresos  de  las  misiones  de  Cagayan. —  Muerte  de  dos 
religiosos  venerables. —  Fundación  de  la  casa  de  San  Juan  del  Monte. — 
Llega  á  la  provincia  una  misión  de  treinta  religiosos. —  Son  los  primeros 
que  se  hospedaron  en  San  Jacinto. —  Su  viaje  de^Acapulco  hasta  Manila. — 
Son  nombrados  los  primeros  misioneros  de  la  Orden  que  fueron  á  predi- 
car el  Evangelio  en  Japón. 


139.  El  P.  Fr.  Bernardo  de  Santa  Catalina  habia 
terminado  su  cuatriennio  felizmente,  y  los  vocales  pro- 
cedieron á  nueva  elección  el  dia  2  de  Junio  de  1600, 
que  recayó  en  la  persona  del  P.  Fr.  Juan  de  Ormaza 
de  Santo  Tomas.  Aconteció  una  circunstancia  en  esta 
elección  que  no  debe  dejarse  sepultada  en  el  olvido. 
No  era  fácil  hallar  un  sujeto  que  pudiese  llenar  com- 
pletamente el  vacío  que  dejaba  aquel  prelado  venera- 
ble, sin  embargo  de  la  santidad  y  letras  de  que  muchos 
se  hallaban  adornados;  mas  entre  ellos  habia  uno  de 
los  primeros  fundadores,  que  á  manera  de  un  astro  de 
primera  magnitud,  se  distinguía  de  los  otros.  Era  éste 
el  venerable  P.  Fr.  Juan  Ormaza  de  Santo  Tomas, 
vicario  del  partido  de  Bataan,  en  cuyo  ministerio  ha- 
bia trabajado  desde  Setiembre  de  i  ^Sj,  cuando  se  con- 
fió su  conversión  á  la  provincia  del  Santísimo  Rosario. 
Allí  habia  dado  pruebas  de  su  gran  prudencia,  celo  por 
la  gloria  de  Dios,  paciencia  en  los  trabajos,  y  de  una 
amabilidad  que  arrebataba  los  corazones  de  cuantos 
le  trataban.  No  dudaran  los  vocales  en  decidirse  por 
este   venerable   religioso,   cortado  á  medida  del  cora- 


—   412   — 

zon  de  Dios,  sino  temieran  quedarse  luego  sin  pre- 
lado, por  las  muchas  enfermedades  y  achaques  de  que 
adolecia.  El  Provincial  que  concluia  tenía  un  vivo 
interés  en  que  le  sucediese;  pero  tenía  los  mismos  cui- 
dados y  el  mismo  temor  que  los  demás;  y  para  salir 
de  la  incertidumbre  en  que  estaba  por  este  mismo  re- 
celo, consultó  el  asunto  con  un  médico  muy  acredita- 
do que  habia  á  la  sazón  en  Manila,  rogándole  que 
observara  a  aquel  venerable  sacerdote,  y  le  dijera  fran- 
camente si  eran  tales  sus  achaques,  que  obstaran  á  la 
elección  que  se  intentaba  hacer  recaer  en  su  persona. 
A  este  fin,  dos  dias  antes  del  prefijado  para  proceder 
al  nombramiento,  mandó  al  expresado  P.  Ormaza  que 
á  la  hora  de  completas  fuese  á  verse  con  el  médico, 
para  consultarle  acerca  del  estado  de  sus  males,  pero 
sin  darle  á  entender  de  ningún  modo  el  verdadero  fin 
que  se  encerraba  en  la  consulta.  Concluidas  las  com- 
pletas, llamó  el  Provincial  á  una  señora  muy  devota 
que  frecuentaba  la  iglesia,  y  le  habló  de  la  gran  nece- 
sidad en  que  todos  se  hallaban  de  la  asistencia  de  Dios 
para  el  acierto  de  la  próxima  elección ,  suplicándole  al 
propio  tiempo  se  sirviese  encomendar  al  Seíior  aquel 
asunto  en  sus  oraciones  fervorosas.  «Ya  V.  ha  visto  en 
la  Salve,  añadió,  los  muchos  y  venerables  religiosos 
que  han  venido  á  Capítulo;  pues  ha  de  saber  que  la 
mayor  dificultad  que  nos  embaraza  es  la  abundancia, 
en  donde  tantos  hay  buenos  y  ninguno  mejor.»  «Sí, 
contestó  la  Señora :  todos  los  he  visto,  y  alabo  al  Señor 
por  su  piadosa  providencia;  pero  sepa  que  no  ha  estado 
en  la  Salve  el  que  ha  de  ser  Provincial.»  En  efecto, 
sólo  el  P.  Ormaza  habia  estado  ausente,  y  el  Provin- 


—  413  — 
cial  nada  habia  dicho  á  la  devota  del  designio  que  te- 
nía; de  suerte  que  sus  decisivas  expresiones,  parece  que 
fueron  un  oráculo  de  lo  que  Dios  habia  decretado  en 
sus  consejos,  con  el  fin  de  consolar  á  este  prelado  vir- 
tuoso, que  tan  solícito  estaba  para  dar  á  la  provincia 
un  prelado  superior  digno  de  ella.  No  tardó  el  P.  Or- 
maza  en  volver,   ni   el  médico  en   manifestar  su  pa- 
recer, que  fué  cual  se   podria   desear;  pues  que  dijo 
sin  rodeos,  que  si  en  lo  demás  tenía  condiciones  para 
el  caso,  por  lo  que  tocaba  á  la  salud,  bien  podian 
elegirlo  sin  cuidado.  Con  esta  respuesta  favorable,  to- 
dos los  vocales  se  decidieron  desde  luego  en  su  favor, 
y  lo  eligieron  Provincial  resueltamente.  Bien  quisiera 
el  electo  eximirse  de  un  cargo  tan  grave  y  tan  pesado, 
que  su  profunda  humildad  se  lo  representaba  muy  su- 
perior á  sus  fuerzas,  alegando  á  este  propósito  su  avan- 
zada edad  y  sus  achaques;  mas  al  fin  le  fué  preciso  con- 
formarse con  la  voluntad  de  Dios,  y  aceptar  la  prela- 
cia, compelido  por  la  obediencia  religiosa.  Gobernó  la 
provincia  como  era  de  esperar,  y  no  sólo  terminó  sin 
novedad  especial  su  prelatura,  sino  que  ademas  Dios 
le  prolongó  la  vida  hasta  el  año  de    1637;  habiendo 
visto  diez  prelados,  que  le  sucedieron  dignamente  en 
sus  dilatados  dias. 

140.  En  sus  actas  se  renovaron  algunas  ordenacio- 
nes establecidas  ya  en  los  capítulos  anteriores,  con  ex- 
presión de  la  que  prohibía  á  los  religiosos  de  la  provin- 
cia administrar  á  los  indios  como  curas,  ligados  con  el 
vínculo  de  la  justicia;  insistiendo  en  que  su  ministerio 
habia  de  ser  en  todo  tiempo  de  pura  caridad  en  estas 
islas.  Se  ordenaron  ademas  algunas  cosas  dirigidas  á  la 


—  414  — 
conservación  de  la  paz  interior,  tranquilidad  de  con- 
ciencia y  estrecha  observancia  regular,  que  tanto  habia 
honrado  hasta  entonces  á  la  Corporación  en  el  país. 
Tan  celosos  eran  aquellos  venerables  fundadores  de  la 
austeridad  proverbial  de  esta  provincia  religiosa. 

La  casa  y  la  administración  de  Mangaldan,  que  hasta 
entonces  se  habia  mirado  como  visita  y  anejo  del  pue- 
blo de  Calasiao,  fué  separada  y  erigida  en  vicaría,  ala 
cual  se  asignó  desde  luego  un  religioso  con  sufragio  y 
voz  activa  en  el  Capítulo,  y  se  le  dio  como  auxiliar  un 
compaíiero.  Esta  disposición  es  una  prueba  de  los  pro- 
gresos que  nuestros  misioneros  hacian  entre  los  panga- 
sinanes,  tan  tenaces  en  un  tiempo  en  resistir  á  las  ins- 
piraciones de  la  gracia  y  á  la  apostólica  voz  del  misio- 
nero. 

En  Cagayan  eran  todavía  mayores  los  progresos  re- 
ligiosos. Los  PP.  que,  destinados  á  sus  primeros  mi- 
nisterios, tuvieron  que  luchar  en  un  principio  con  tan- 
tas dificultades,  propagaban  ya  la  doctrina  de  la  fe  sin 
oposición  en  todas  partes ,  y  sólo  faltaban  operarios  para 
recoger  la  mies  copiosa  que  ya  estaba  en  sazón  y  ma- 
durez. La  mayor  dificultad  que  en  aquel  tiempo  halla- 
ban los  religiosos  en  el  ministerio  de  las  almas,  eran 
las  supersticiones  é  idolatrías  que  algunos  cagayanes 
practicaban  todavía  en  los  sitios  más  ocultos.  Allí  te- 
nian  sus  adoratorios  escondidos,  en  los  cuales  ofrecian 
al  demonio  pedacitos  de  oro  y  plata,  y  una  especie  de 
piedras  que  apreciaban  mucho,  pidiéndole  en  recom- 
pensa los  librara  de  sus  enfermedades  y  miserias.  En 
ellos  veneraban  unos  idolillos  detestables,  que  miraban 
como  dioses,  y  como  los  genios  tutelares  de  su  hogar. 


—  415  — 
Hasta  los  árboles  de  sus  bosques  y  praderas  eran  teni- 
dos en  suma  veneración  y  en  gran  respeto,  y  nadie  se 
atrevia  á  cortarlos  audazmente  para  las  necesidades  de 
la  vida,  que  hubiera  sido  una  impiedad  para  aquellas 
rudas  gentes.  En  los  pueblos  de  la  costa  eran  más  abun- 
dantes estos  lugares  consagrados  al  padre  de  la  menti- 
ra, y  nuestros  misioneros,  que  ya  gozaban  de  prestigio 
en  toda  aquella  provincia,  se  propusieron  destruirlos, 
y  borrar  para  siempre  su  memoria  de  aquel  país  ya 
cristiano.  Tomadas  las  competentes  precauciones,  que 
dictaba  la  circunspección  y  la  prudencia,  se  presenta- 
ron en  los  adoratorios  escondidos,  rompieron  los  cepi- 
llos en  donde  se  depositaban  las  ofrendas  consagradas 
al  demonio;  sacaron  los  idoliilos  y  tesoros  que  encerra- 
ban, y  después  pegaron  fuego  á  aquellas  inmundas  aras 
de  la  abominación  y  la  impiedad.  En  seguida  practi- 
caron la  misma  operación  con  las  figuras  y  con  todas 
las  ofrendas  del  demonio,  echando  después  sus  restos  y 
cenizas  execrables  á  la  mar.  Entre  tanto  los  cristianos 
estaban  poseídos  de  terror,  y  los  infieles  no  dudaban 
que  Satanás  realizarla  inmediatamente  sus  espantosas 
amenazas  contra  los  profanadores  de  su  culto,  creyen- 
do que  por  lo  menos  morirían  todos  al  momento.  Pero 
vieron  con  asombro  que  no  sucedió  lo  que  temian,  y 
los  PP.  prosiguieron  en  su  celo  la  grande  obra  comen- 
zada, hasta  que  no  quedó  en  todo  el  país  un  solo  al- 
bergue en  donde  se  diesen  al  demonio  aquellos  cultos. 
Esta  medida  fué  de  grande  importancia  y  consecuen- 
cia para  asegurar  la  doctrina  de  la  fe  en  el  corazón  de 
aquella  gente  naturalmente  tímida  y  sencilla;  pues  des- 
engañada de  los  embustes  di;  sus  sacerdotisas  detesta- 


—  4i6  — 

bles,  la  nueva  religión  fué  siempre  ganando  más  ter- 
reno cada  dia,  y  la  mentira  fué  desapareciendo  insen- 
siblemente del  país.  Desde  entonces  las  conversiones 
de  los  cagayanes  de  la  costa  fueron  ya  más  numerosas, 
pidiendo  todos  ellos  con  instancia  el  santo  sacramento 
del  bautismo.  Coincidieron  estos  hechos  con  una  peste 
horrorosa  de  viruelas,  que  se  llevó  muchos  párvulos  al 
cielo.  Los  misioneros  se  apresuraban  á  bautizarlos  á  los 
primeros  amagos  de  aquel  mal,  y  los  infieles  no  hacian 
la  más  leve  oposición  en  esta  parte  á  su  santo  ministe- 
rio. Antes  bien  muchos  de  ellos  presentaban  muy  gus- 
tosos á  sus  hijos  para  que  se  les  bautizaran,  y  no  pocos 
atacados  lograban  la  salud  también  del  cuerpo ,  después 
de  haber  sido  reengendrados  en  su  alma  con  las  aguas 
saludables  del  bautismo. 

141.  Poco  después  de  haberse  terminado  el  capí- 
tulo provincial  de  1600,  falleció  el  P.  Fr.  Damián  Ba- 
laguer,  uno  de  sus  definidores.  Pocos  años  perteneció  á 
la  provincia  del  Santísimo  Rosario  este  esclarecido  mi- 
sionero, mas  puede  gloriarse,  sin  embargo,  de  haber  em- 
pleado santamente  sus  virtudes  y  su  celo  en  beneficio  de 
las  almas  y  en  fomentar  la  extensión  de  sus  misiones. 
Era  natural  del  reino  de  Valencia,  é  hijo  del  convento 
de  Predicadores  de  la  misma  ciudad.  Tuvo  dos  herma- 
nos en  la  Orden,  el  uno  de  los  cuales  honró  las  sillas 
de  Albarracin  y  de  Orihuela,  con  mucho  lustre  de  su 
nombre  y  de  la  corporación  á  que  pertenecia.  Nuestro 
Fr.  Damián  adoptó  desde  luego,  en  su  convento,  un 
tenor  de  vida  muy  austero;  pues  entregado  exclusiva- 
mente al  servicio  del  Seííor,  procuraba  castigar  su  cuer- 
po  con    extraordinarias  penitencias,    para   no  hacerse 


—  41?  — 
reprobo  á  sí  mismo,  según  las  palabras  de  San  Pablo. 
En  la  oración  era  asiduo,  siguiendo  á  la  letra  otro  man- 
dato: «orad  sin  interrupción.»  Celebraba  el  santo  sacri- 
ficio de  la  misa  con  gran  ternura  y  devoción;  y  tuvo  la 
costumbre  de  rezar  diariamente  el  salterio  de  David, 
imitando  á  San  Vicente  Ferrer  en  esta  parte.  El  amor 
de  Dios,  que  ardia  en  su  pecho,  le  hizo  abandonar  un 
dia  la  tranquilidad  del  claustro,  para  procurar  la  salud 
de  los  infieles,  y  con  este  fin  pasó  á  la  provincia  de 
Guaxaca,  á  la  sazón  en  que  el  P.  Fr.  Alonso  Baylo 
proyectaba  dividirla.  Desde  luego  fué  destinado  para 
regentar  los  estudios  de  aquella  capital;  mas,  persua- 
diéndose al  fin  de  que  Dios  lo  habia  separado  de  su 
patria  para  propagar  la  fe  entre  gentiles,  quiso  trasla- 
darse en  tal  concepto  á  la  provincia  del  Santísimo  Ro- 
sario ^  como  lo  verificó  el  año  de  1598.  Enviado  luego 
á  Cagayan,  en  donde  sus  hermanos  empezaban  á  sem- 
brar la  semilla  de  la  fe,  aprendió  en  pocos  meses  el 
idioma  del  país,  y  luego  empezó  á  dedicarse  á  la  ins- 
trucción de  los  infieles  con  un  celo  muy  ardiente  y 
una  caridad  á  toda  prueba.  El  pueblo  de  Abulug  tuvo 
la  dicha  de  haberle  por  su  primer  vicario;  pero  no  pu- 
do disfrutar  por  mucho  tiempo  de  su  paternal  cuidado, 
porque  á  los  dos  años  de  su  llegada  á  la  provincia  fué 
trasladado  al  de  Patta,  en  donde  poco  después  fué  lla- 
mado á  mejor  vida. 

También  perdió  aquella  provincia  en  aquel  tiempo 
al  hermano  Fr.  Domingo  de  San  Blas,  que  habia  tra- 
bajado mucho  con  los  primeros  religiosos  que  fueron 
enviados  á  la  misma,  en  1595,  para  reducirla  al  gre- 
mio de  la  religión  y  de  la  fe.  Era  hijo  de  hábito  del 


a?- 


—  4l8  — 

convento  de  San  Pablo  de  Sevilla,  y  poco  después  de 
su  llegada  á  Filipinas  fué  enviado  con  otros  religiosos 
á  la  provincia  referida  para  la  conversión   y  reducción 
de  aquellos  pueblos.  Aprendió  el  idioma  de  los  natura- 
les del  país,  y  los  catequizaba  dulcemente  con  su  pa- 
labra y  con  su  ejemplo.  Era  para  ellos  ciertamente  co- 
mo otro  Moisés,  que  con  sus  oraciones  les  atraia  las 
misericordias  del  Señor.  El  P.  Fr.  Ambrosio  de  la  Ma- 
dre de  Dios  no  dudaba  atribuir  á  sus  virtudes  las  ma- 
ravillas  que    Dios   se   dignaba   obrar    frecuentemente 
para  consuelo  y  salud  de  aquellos  indios.  En  una  de 
las  fiestas  de  nuestro  Santo  Patriarca  se  halló  el  her- 
mano sin  pescado  para  la  mesa;  estando  bastante  afli- 
gido por  esta  falta,  no  tardó  el  Señor  en  consolarlo, 
porque  luego  se  le  presentó  un  infiel,  trayéndole  uno 
de  los  mejores  peces  que  se  cogen  en  aquella  costa,  con 
la  circunstancia  de  no  conocer  aún  aquel  infiel  á  los  pa- 
dres misioneros.  En  vista  de  este  suceso  dieron  éstos 
muchas  gracias  al  Señor  y  á  su  Santo  Patriarca,  por  la 
providencia  paternal  con  que  se  habia  dignado  aten- 
derlos en  su  necesidad  y  en  su  penuria.  Agradecieron, 
como  era  natural,  aquel  favor  al  infiel  desconocido ,  pero 
todavía  fué  mayor  la  recompensa  que  éste  recibió  poco 
después.  El  mismo  dia  por  la  tarde  cayó  enfermo  grave- 
mente, y  no  tardaron  los  parientes  en  llorarlo  ya  por 
muerto.  Enterados  los  religiosos  de  aquel  caso,  sin  saber 
aún  que  fuese  el  mismo  que  les  habia  regalado  su  pes- 
cado, se  fueron  á  su  casa  desde  luego,  y  lo  hallaron  en 
efecto,  á  su  parecer,  difunto.  Mas  no  por  esto  lo  deja- 
ron abandonado  en  aquel  trance;  antes,  llenos  de  una 
santa  confianza  en  el  Señor,  se  pusieron  en  oración  jun- 


—  4t9  — 
to  al  enfermo,  pidiendo  á  Dios  de  todas  veras  se  dignase 
usar  de  misericordia,  en  aquel  caso,  con  quien  tan  mi- 
sericordioso se  habia  mostrado  para  con  ellos.   \  Cosa 
rara!  No  tardó  el  Señor  en  oir  los  ruegos  de  sus  sier- 
vos; pues  luego  el  que  se  creia  difunto  se  levanto  sano 
y  salvo,  con  admiración  y  asombro  de  todos  los  cir- 
cunstantes. El  infiel  no  fué  ingrato,  por  su  parte,  á  las 
misericordias  del  Señor,  porque  desde  luego  se  entregó 
á  la  instrucción  del  catecismo,  y  á  su  tiempo  recibió 
con  gran  fervor  las  aguas  saludables  del  Bautismo.  En 
el  capítulo  provincial  intermedio  de  1602  se  hizo  men- 
ción del  fallecimiento  de  estos  dos  venerables  misione- 
ros; y  sin  embargo  de  que  los  PP.  no  les  tributaron 
elogio  alguno  en  sus  actas,  por  no  ser  aún  costumbre 
ni  práctica  de  aquel  tiempo,  el  limo.  Aduarte  nos  legó 
una  relación  muy  circunstanciada  de  la  virtud  y  del 
mérito  de  entrambos. 

142.  En  este  capítulo  intermedio  de  1602  pidieron 
los  religiosos  que  se  edificase  una  casa  de  convalecen- 
cia en  las  cercanías  de  Manila,  en  donde  los  religiosos 
achacosos  ó  envejecidos  en  el  ministerio  de  los  indios 
pudiesen  aliviarse  de  sus  dolencias  los  primeros,  y  te- 
ner algún  desahogo  los  segundos.  Aprobado  el  pensa- 
miento, se  fundó  la  casa  de  San  Juan  del  Monte,  en 
una  loma  que  se  halla  poco  menos  de  una  legua  de 
la  capital  de  Filipinas,  donde  hay  algunos  manantiales, 
cuyas  aguas  minerales  son  en  extremo  salubres  y  de 
las  mejores  que  se  conocen  en  toda  la  comarca.  Esta 
casa  se  incorporó  en  el  capítulo  siguiente  al  convento 
de  nuestro  P.  Santo  Domingo  de  Manila;  después  fué 
elevada  al  rango  de  vicaría,  sujeta  inmediatamente  al 


—  4^0  — 

prelado  provincial.  Se  venera  en  su  iglesia  un  Santo 
Cristo  de  talla  regular,  al  cual  los  indios  profesan  una 
devoción  especialísima;  de  suerte  que  siempre  ha  sido 
mirado  como  un  santuario  distinguido,  y  muy  concur- 
rido en  ciertos  casos.  Al  pié  de  la  misma  loma  hay  un 
pueblecito  de  naturales,  que  en  lo  espiritual  están  su- 
jetos al  cura  párroco  del  pueblo  inmediato  de  Santa 
Ana  (i),  administrado  por  los  PP.  Franciscanos. 

143.  Durante  la  celebración  de  este  capítulo  pro- 
vincial, llegó  á  Manila  una  lucida  misión  de  treinta 
religiosos,  entre  los  cuales  se  contaban  catorce  indivi- 
duos pertenecientes  á  varios  conventos  de  la  Orden  de 
las  provincias  de  España.  Su  presidente  fué  el  venera- 
ble P.  Fr.  Tomas  Hernández,  uno  de  los  primeros  re- 
ligiosos de  la  Orden,  que  fueron  enviados  á  predicar  el 
Evangelio  en  el  Japón.  Reunió  esta  misión  el  célebre 
Fr.  Diego  de  Soria,  que  habia  sido  enviado  de  procu- 
rador general  de  la  provincia  á  las  cortes  de  Madrid  y 
Roma.  Estando  estos  religiosos  todavía  en  España,  die- 
ron una  prueba  nada  equívoca  del  celo  y  de  la  voca- 
ción extraordinaria  que  los  conducia  á  Filipinas;  pues 
estando  la  ciudad  en  donde  debian  reunirse  para  la  co- 
mún partida,  invadida  á  la  sazón  por  una  epidemia 
aterradora,  ninguno  retrocedió  por  eso  en  su  camino 
ni  faltó  á  la  cita  convenida,  confiando  plenamente  en 
el  Señor  que  los  libraria  del  azote  que  diezmaba  tris- 
temente la  población  sevillana.  En  esta  ciudad,  donde 
los  estaba  aguardando  aquel  procurador,  empezaron  á 


(i)  Hoy  está  agregado  á  San  Felipe,  conocido  por  Mandaloyon,  que  se 
separó  finalmente  de  Santa  Ana,  y  constituye  pueblo  aparte. 


421    

experimentar  las  ventajas  de  la  vida  común  que  pres- 
cribe la  regla  y  constituciones  de  la  Orden,  y  los  con- 
suelos de  la  observancia  regular  que  se  guardaba  en  la 
provincia  del  Santísimo  Rosario;  pues  ya  se  miraban 
desde  luego  como  desembarazados  para  siempre  de  to- 
dos los  cuidados  de  la  tierra,  para  entregarse  exclusi- 
vamente á  los  del  cielo.  En  la  navegación  entablaron 
un  sistema  de  vida  tan  arreglado  como  si  se  hallaran 
en  algún  convento  de  la  más  rigorosa  observancia  re- 
gular. Antes  de  llegar  á  Vera-Cruz  sufrieron  un  terri- 
ble temporal,  que  averió  todos  los  buques  de  la  flota,  y 
uno  de  ellos  se  fué  á  pique,  sin  que  nadie  se  librara  y 
sin  poder  recibir  socorro  de  los  otros.  El  que  conducia 
la  misión  debia  naturalmente  haber  sufrido  igual  suer- 
te, por  ser  muy  viejo  y  podrido  su  destartalado  casco; 
mas  los  religiosos  imploraron  con  el  mayor  fervor  en 
aquel  trance  el  amparo  de  la  Virgen,  la  cual  sin  duda 
los  libró  de  igual  desgracia;  porque  no  podia  desenten- 
derse de  las  súplicas  fervientes  que  le  dirigian  con  viva 
fe  unos  hijos  tan  queridos.  El  beneficio  y  la  protección 
que  tan  de  veras  imploraban  se  hicieron  visibles  desde 
luego,  y  fué  notoria  para  todos  la  acción  de  la  Provi- 
dencia en  aquel  caso.  Cuando  más  desesperanzados  es- 
taban, en  efecto,  de  remedio,  rezaron  con  devoción  una 
parte  de  rosario,  y  apenas  terminaron  su  plegaria,  cuan- 
do cesó  ds  improviso  la  tormenta. 

144.  En  Méjico  fueron  los  primeros  que  ocuparon 
el  hospicio  de  San  Jacinto,  adquirido  poco  antes  por 
el  P.  Fr.  Diego  de  Soria,  con  el  fin  de  evitar  los  gra- 
ves inconvenientes  que  podian  resultar  de  hospedarse 
las  misiones  en  casas  extrañas  á  la  provincia,  é  inde- 


—  4^2   — 

pendientes  de  ella.  Allí  continuaron  el  tenor  de  vida  que 
habian  observado  estrictamente  desde  su  salida  de  Es- 
paria;  pero  con  menos  incomodidades  que  en  la  mar, 
porque  podian  sin  tropiezo  y  sin  molestia  de  nadie 
orar  en  las  horas  respectivas,  y  levantarse  á  rezar  maiti- 
nes á  media  noche,  como  se  acostumbra  en  la  provincia. 
Guardaban  ademas  todas  las  formalidades  que  regian 
en  los  estudios  de  la  Orden,  y  después  de  la  comida 
los  teólogos  más  sobresalientes  defendian  las  conclusio- 
nes designadas  por  el  que  hacia  el  oficio  de  lector.  Rara 
vez  sallan  por  la  ciudad;  pues  habia  entre  ellos  quien 
hacia  las  veces  de  procurador  para  todos  los  negocios 
que  se  ofrecían.  De  esta  suerte  aprovechaban  aquel 
tiempo  tan  precioso ,  que  después  les  habia  de  faltar  en 
las  misiones.  Entonces  se  estableció  en  esta  santa  casa 
la  norma  y  tenor  de  vida  que  después  guardaron  con 
rigor,  bajo  la  vigilancia  de  celosos  presidentes,  los  re- 
ligiosos que  en  ella  se  hospedaban  de  paso  para  estas 
islas;  lo  cual  duró  hasta  que  la  Nueva  España  se  de- 
claró independiente  de  la  metrópoli,  haciéndose  des- 
de entonces  la  navegación  á  Filipinas  por  el  Cabo  de 
Buena-Esperanza,  llamado  también  de  las  Tormentas. 
145.  Cuando  pensaban  salir  para  Manila,  se  halla- 
ron con  la  triste  novedad  de  que  sólo  debia  salir  un  ga- 
león, y  éste  ocupado  por  la  tropa  que  debia  embar- 
carse entonces  con  el  Gobernador  de  Filipinas,  que  lo 
era  á  la  sazón  D.  Pedro  de  Acuña,  quien  venía  acom- 
pañado también  de  su  familia.  No  perdieron,  sin  em- 
bargo, la  esperanza  de  hacer  aquel  mismo  año  el  viaje 
deseado;  pues  al  efecto  redoblaron  sus  oraciones  fervo- 
rosas, y  celebraron  un  novenario  á  la  Virgen  de  los  Re- 


—  4^3  — 
medios,  para  que  los  consolara  y  proveyese  de  reme- 
dio. Tenian,  en  efecto,  por  un  mal  grave  y  funesto 
para  los  fines  elevados  de  su  misión  y  su  destino  la  de- 
mora de  un  año  más  en  el  hospicio  de  Méjico,  cuando 
su  presencia  hacia  tanta  falta  en  Filipinas.  Ocupados 
en  estas  piadosas  diligencias,  tuvieron  el  gusto  de  saber 
que  habian  llegado  al  puerto  de  Acapulco  otro  galeón 
de  Filipinas  y  otros  dos  más  del  Perú,  y  que  los  tres 
no  debian  tardar  en  hacerse  á  la  vela  para  el  puerto  de 
Manila.  Con  esto  se  tranquilizaron  prontamente,  y  die- 
ron rendidas  gracias  al  Señor  y  á  su  Santísima  Madre. 
A  su  tiempo  salieron  del  hospicio  para  el  expresado 
puerto  de  Acapulco,  y  todos  al  fin  se  embarcaron,  que 
era  lo  que  deseaban,  á  excepción  del  P.  Vicente  Lea- 
ño,  que  murió  en  el  mismo  puerto. 

En  la  navegación  desde  Acapulco  hasta  Manila,  se 
puede  asegurar  que  sus  ejercicios  religiosos  fueron  una 
misión  continuada.  Enseñaban  á  los  marineros  la  doc- 
trina Cristina,  y  les  daban  prácticas  espirituales  con  fre- 
cuencia, las  cuales,  como  iban  acompañadas  con  ad- 
mirables ejemplos  de  virtud,  que  á  todos  eran  mani- 
fiestos, obraron  una  mutación  extraordinaria  en  el  na- 
vio. Todos,  desde  el  General  hasta  el  último  grumete, 
se  acomodaron  muy  gustosos  con  el  orden  que  esta- 
blecieron para  aquellos  ejercicios  espirituales,  y  de  esta 
suerte  pudieron  quedar  perfectamente  impuestos  en  las 
verdades  y  preceptos  de  nuestra  santa  religión,  lim- 
piando al  fin  sus  conciencias  con  una  buena  confesión. 
Llegaron  á  Manila  precisamente  en  una  época  en  que 
la  provincia  del  Santísimo  Rosario  tenía  la  mavor  ne- 
cesidad de  operarios  evangélicos,  ora  para  proveer  las 


—  424  — 

misiones  que  le  estaban  confiadas  en  las  islas  Filipinas, 
ora  para  dar  principio  á  las  que  trataba  de  fundar  en  el 
Japón,  con  motivo  de  haber  invitado  el  Tono  de  Sat- 
zuma  á  nuestros  religiosos  para  que  fuesen  á  predicar  la 
religión  de  Jesucristo  en  sus  dominios.  Es  cierto  que  á 
sus  celosas  miras  se  oponia  un  breve  de  la  Santidad  de 
Gregorio  XIII,  impetrado  por  los  PP.  Jesuítas  portu- 
gueses, que  les  aseguraba  de  un  modo  exclusivo  el 
apostolado  del  Japón;  mas  esta  dificultad  ya  estaba 
zanjada  desde  el  tiempo  de  D.  Gómez  Pérez  Dasma- 
riñas,  y  por  último,  el  breve  fué  absolutamente  dero- 
gado como  nocivo  á  la  propagación  del  Evangelio. 
Abierta  ya  la  puerta  del  Japón  á  los  celosos  misione- 
ros de  Manila,  sólo  faltaba  que  les  llegasen  nuevos  re- 
fuerzos de  hermanos,  para  que,  sin  detrimento  de  las 
misiones  que  administraban  en  Filipinas,  pudiesen  dar 
principio  á  sus  tareas  apostólicas  en  otro  campo  vastí- 
simo, que  ofrecía  abundante  mies  á  su  apostolado  re- 
ligioso. La  provincia  del  Santísimo  Rosario  vio  con  es- 
pecial satisfacción  cumplidos  sus  deseos  con  la  llegada 
de  esta  célebre  misión,  y  por  esto  en  el  mismo  Capítu- 
lo Provincial  de  1602,  aprovechando  la  bella  ocasión 
que  le  ofrecía  el  expresado  Tono  de  Satzuma,  designó 
á  cinco  excelentes  religiosos  para  esta  empresa  evangé- 
lica. Hé  aquí  las  palabras  que  se  leen  en  sus  actas  con 
relación  á  este  objeto  :  « Para  la  misión  del  reino  de  Sat- 
zuma en  el  Japón  nombramos  con  el  oficio  de  vicario 
al  reverendo  P.  Fr.  Francisco  de  Morales,  y  le  asigna- 
mos por  compañeros  á  los  PP.  Tomas  Hernández,  fray 
Alonso  de  Mena,  Fr.  Tomas  de  Zumárraga  y  Fr.  Pe- 
dro de  Santa  María  para  predicar  allí  nuevamente  la  pa- 


—  425  — 
labra  de  Dios,  y  en  donde  queremos  que  se  funde  una 
casa  bajo  la  invocación  de  nuestro  P.  Santo  Domingo.» 
Con  esto  damos  fin  al  primer  libro  de  la  historia  de 
la  provincia  del  Santísimo  Rosario,  para  dar  principio 
al  segundo  con  las  empresas  gloriosas  de  nuestros  apos- 
tólicos hermanos  en  otros  pueblos  infieles,  en  donde 
les  veremos  derramar  su  sangre  en  defensa  y  confirma- 
ción de  la  verdad  que  predicaban. 


LIBRO  SEGUNDO. 


CUARTO  PERIODO. 

COMPRENDE    EL    ORÍGEN    DE    LOS    PRIMEROS    ESTABLECIMIENTOS    RELIGIOSOS 

EN    JAPÓN,    SUS    VICISITUDES    Y    PROGRESOS,     HASTA    EL    CAPITULO     PROVINCIAL 

CELEBRADO    EN     1608    EXCLUSIVE. 


CAPITULO   PRIMERO. 

Principios  de  la  religión  cristiana  en  el  imperio  de  Japón. — Embajada  de 
Taycosama  á  Manila  y  misión  del  B.  Fr.  Pedro  Bautista  y  compañeros. — 
Primeras  perturbaciones  y  obstáculos  á  su  entrada  en  aquel  reino. —  Moti- 
vos que  alegaban  los  PP.  portugueses  para  impedir  la  misión  de  los  pa- 
dres Franciscanos. —  En  Manila  se  resuelve  en  una  junta  el  derecho  indis- 
putable en  favor  de  los  segundos. — Terremotos  espantosos  que  suceden  en 
Japón  por  este  tiempo. —  Pérdida  del  galeón  San  Felipe. —  Infamia  del  ré- 
gulo de  Tosa. —  Impostura  inventada  para  hacer  odiosos  á  los  españoles  en 
Japón. —  Es  decomisado  el  cargamento  del  galeón  de  Manila. — El  B.  Bau- 
tista trata  de  salvarlo. —  Cae  por  esto  en  desgracia  del  Emperador. — Nue- 
vas perturbaciones  ocasionadas  á  los  PP.  Franciscanos. —  Se  decreta  la  pri- 
sión de  todos  los  PP.  misioneros. —  Son  excluidos  los  PP.  y  sacerdotes  por- 
tugueses, y  solo  tres  indígenas  son  presos. —  Reseña  de  su  prisión. —  Les 
cortan  una  oreja  y  los  pasean  ignominiosamente. —  Espectáculo  sorpren- 
dente en  Osaca. —  Son  conducidos  los  confesores  á  Nangasaqui,  en  donde 
son  martirizados. 

I.  La  religión  de  Jesucristo  empezó  á  propagarse 
en  las  islas  de  Japón  el  año  de  1549.  Su  primer  após- 
tol fué  San  Francisco  Javier,  conducido  á  aquel  país 
por  Augüero,  piadoso  japonés,  á  quien  el  Santo  habia 
convertido  en  Malaca,  adonde  habia  ido  con  el  fin  de 
examinar  la  doctrina  del  Señor,  que  aquel  Santo  glo- 
rioso predicaba.  Convertido,  finalmente,  á  Jesucristo,  y 


—  427  — 
enriquecido  con  el  don  precioso  de  la  fe,  trató  de  lle- 
var al  santo  apóstol  á  su  patria.  Este,  que  no  deseaba 
menos  propagar  la  luz  del  Evangelio  en  un  país  tan 
populoso,  se  hizo  luego  á  la  vela  hacia  aquellas  islas, 
y  el  dia  15  de  Agosto  de  aquel  mismo  año  entró  en 
Congojima,  patria  del  feliz  Augüero,  en  donde  dio 
principio  á  su  predicación  con  el  éxito  feliz  que  desea- 
ba. De  allí,  á  principios  de  Setiembre  de  1550,  pasó 
á  Firando,  capital  del  reino  de  Figen. 

Dos  meses  estuvo  solamente  en  esta  corte,  predican- 
do siempre  la  verdadera  religión  de  Jesucristo  y  con- 
firmando con  prodigios  su  doctrina.  Erigió  allí  una 
iglesia,  que  confió  al  cuidado  del  P.  Cosme  Torres;  y 
á  fines  de  Octubre  se  fué  con  el  hermano  Juan  Fer- 
nandez á  la  ciudad  de  Amanguchi,  en  donde  hizo  mu- 
chas maravillas  y  prodigiosas  conversiones.  A  media- 
dos de  Diciembre  se  presentó  el  Santo  en  Meaco,  ca- 
pital y  corte  del  imperio;  mas  habiéndola  hallado  en- 
vuelta en  guerras  desastrosas,  no  tuvieron  otro  efecto 
sus  fatigas  que  el  tomar  en  cierto  modo  posesión  de 
esta  verdadera  Babilonia,  en  nombre  de  aquel  Dios 
santo  que  después  habian  de  anunciar  en  ella  sus  her- 
manos. A  fines  de  Febrero  de  1551  regresó  á  Mangu- 
chi,  y  se  captó  entonces  de  tal  suerte  la  voluntad  y  afec- 
to de  su  Tono,  que  obtuvo  ilimitada  facultad  para  pre- 
dicar el  Evangelio  en  todos  sus  dominios.  Tres  mil  al- 
mas redujo  en  poco  tiempo  la  palabra  de  Francisco  al 
redil  de  Jesucristo,  y  á  la  fama  de  sus  portentos  y  doc- 
trina se  estremeció  todo  el  Japón ,  y  se  movió  el  Tono 
de  Bungo  á  llamarlo  á  su  reino.  Los  bonzos,  al  ver  las 
numerosas  conversiones  del  nuevo  apóstol,  y  el  aprecio 


—  4^8   — 
que  su  Tono  le  mostraba,  empezaron  á  temer  la  deca- 
dencia de  sus  sectas,  y  desde  luego,  como  era  de  te- 
mer,  conspiraron  atrozmente  contra  su  persona  y  su 
doctrina.  Por  entonces  no  se  atrevieron  á  usar  con  él 
de  violencias ;  mas  creyendo  los  más  doctos  que  conse- 
guirían su  intento  si  lograban  confundirlo,  lo  compe- 
lieron á  tener  con  ellos  algunas  discusiones  religiosas. 
El  Santo  no  rehusó  el  reto  infiel,  confiado  en  la  justi- 
cia de  su  causa,  y  de  esta  suerte  quedó  más  acreditada 
la  doctrina  del  Señor,  porque  aquellos  pretendidos  sa- 
bios eran  siempre  confundidos  por  la  fuerza  de  la  ver- 
dad y  de  la  luz.  El  resultado  de  esta  conferencia  fué  el 
pedir  muchos  japones  el  bautismo,  y  pudiera  el  Santo 
haber  reengendrado  á  quinientos  en  un  dia,  según  él 
mismo  aseguró,  si  no  atendiera  más  á  la  virtud  que  al 
guarismo  de  estas  conversiones.  El  Tono,  sin  embar- 
go, se  quedó  en  su  infidelidad,  y  si  bien  el  Santo  lo 
dispuso  para  otra  ocasión  más  oportuna,  se  despidió  de 
él  y  de  Japón  el  dia  20  de  Noviembre    del   referido 
año,  después  de  haber  confirmado  á  sus  neófitos  en  la 
doctrina  de  la  fe  que  les  habia  predicado. 

En  Amanguchi  se  quedaron  el  P.  Cosme  Torres  y 
el  hermano  Juan  Fernandez,  y  después  la  compañía 
procuró  enviarles  compañeros  para  proseguir  la  grande 
obra  que  Francisco  habia  comenzado.  Las  vicisitudes 
de  sus  misiones  fueron  varias:  los  bonzos  fueron  siem- 
pre sus  enemigos  implacables;  mas  los  reyes  de  Meaco, 
Cubosama  y  Nobunanga,  fueron  muy  propicios  á  la 
verdadera  religión.  También  le  fué  muy  favorable  Tay- 
cosama  en  un  principio,  pues  llegó  á  conceder  á  los 
PP.  misioneros  la  más  completa  libertad  para  predicar 


~  429  — 

el  santo  Evangelio  en  sus  dominios,  y  los  eximió  de 
las  cargas  comunales;  pero  al  fin,  en  1587  se  declaró 
su  enemigo,  movido  por  los  bonzos  del  imperio  y  por 
su  brutal  incontinencia.  En  efecto,  expidió  en  dicho 
año  un  edicto  desterrando  á  los  PP.  misioneros  de  to- 
dos los  dominios  del  Japón,  y  prohibiendo,  bajo  pena 
de  la  vida,  que  nadie  predicase  en  lo  sucesivo  la  reli- 
gión de  Jesucristo.  El  motivo  de  esta  mudanza  fatal  de 
Taycosama,  se  dijo  fué  la  resistencia  que  algunas  don- 
cellas cristianas  hablan  hecho  á  su  lascivia,  calificada 
de  inobediencia  por  un  bonzo,  que  tenía  la  detestable 
comisión  de  presentárselas;  haciendo  recaer  toda  la  cul- 
pa en  los  PP.  misioneros.  No  podia,  ciertamente,  aquel 
ministro  del  infierno  haber  tocado  un  resorte  que  pu- 
diera irritar  con  más  facilidad  á  este  emperador;  por- 
que la  ambición  y  el  despotismo  era  su  pasión  predo- 
minante, y  no  disimulaba  la  más  leve  oposición  á  sus 
mandatos.  El  edicto  se  llevó  á  efecto,  y  en  su  conse- 
cuencia se  ordenó  al  capitán  Domingo  Montero,  que 
debia  hacerse  á  la  vela  para  Goa,  se  llevase  á  todos  los 
PP.  jesuítas  que  se  hallaban  en  las  islas  de  Japón. 

El  P.  Gaspar  Vello,  vice-provincial  de  la  Compañía 
en  el  imperio,  se  apresuró  á  tomar  algunas  precaucio- 
nes para  evitar  la  ruina  de  aquella  iglesia  naciente,  y  al 
efecto  dispuso  que  sólo  se  embarcasen  tres  ó  cuatro  mi- 
sioneros, procurando  que  los  demás  se  ocultasen  en  el 
reino  hasta  que  cesase  la  tormenta.  Luego  que  llegó  á 
Goa  la  fatal  noticia  del  destierro  de  los  PP.  jesuítas  de 
Japón,  dispuso  el  Virey  enviar  una  embajada  á  Tayco- 
sama, la  que  confió  al  P.  Valegnani,  de  la  misma  Com- 
pañía, á  quien  dio  cartas  muy  atentas  y  regalos  muy 


—  430  — 
preciosos  para  aquel  orgulloso  emperador.  Mas  esta 
medida  no  produjo  los  efectos  deseados.  El  embajador 
fué  bien  recibido  en  la  corte  del  Japón;  pero  sin  haber 
podido  obtener  un  despacho  favorable  acerca  del  obje- 
to principal  de  su  gestión ,  cual  era  la  libertad  de  los 
PP.  misioneros;  pues  el  edicto  se  sostuvo  con  tesón,  y 
éstos  se  vieron  precisados  á  permanecer  ocultos  para 
salvar  su  existencia  y  no  dejar  enteramente  abandona- 
da una  cristiandad  tan  floreciente. 

2.  Tal  era  el  estado  de  la  iglesia  de  Japón,  cuando 
la  Divina  Providencia  la  quiso  consolar  con  nuevos 
operarios  evangélicos,  que  favorecidos  por  el  mismo 
Taycosama,  dieron  principio  á  sus  misiones  con  éxito 
feliz  en  varias  partes  del  imperio.  Este  emperador  ha- 
bia  llegado  á  la  sazón  al  apogeo  del  poder;  era  el  con- 
quistador más  afortunado  en  sus  empresas  que  hablan 
visto  hasta  entonces  las  islas  de  Japón;  el  único  que 
pudo  subyugar  y  avasallar  á  los  Tonos  y  señores  que 
antes,  como  soberanos  independientes,  las  mandaban  á 
placer,  formando  así  de  todas  ellas  un  imperio  podero- 
so. Envanecido,  pues,  de  su  fortuna,  y  orgulloso,  final- 
mente, de  su  grandeza  y  poderío,  despreciaba  los  mo- 
narcas de  los  países  extranjeros,  y  juzgaba  que  todos 
debian  doblarle  la  rodilla.  Esta  idea  le  inspiró  el  desig- 
nio de  conquistar  el  grande  imperio  de  la  China,  des- 
pués de  haber  sujetado  con  sus  armas  la  Corea.  Ya  he- 
mos visto  también  que,  noticioso  de  que  no  muy  lejos 
de  sus  islas  estaban  las  Filipinas,  sujetas  á  otro  soberano 
poderoso,  quiso  que  le  reconociesen  por  su  señor  ex- 
clusivo y  le  pagasen  vasallaje.  Esto  motivó  las  dos  em- 
bajadas de  Manila,  desempeñada  la  primera  por  nuestro 


—  431  — 
Fr.  Juan  Cobo,  de  la  que  ya  se  hizo  mención;  y  la  se- 
gunda por  el  B.  Fr.  Pedro  Bautista,  de  la  orden  de  San 
Francisco.  Éste  llevaba  la  doble  comisión  de  arreglar 
los  negocios  politicos  entre  Taycosama  y  el  Goberna- 
dor de  Filipinas ,  y  de  propagar  el  Evangelio  en  los  do- 
minios del  Japón,  después  de  haberse  zanjado  las  gran- 
des dificultades  que  presentaba  al  efecto  el  famoso  bre- 
ve de  Gregorio  XIII,  concedido  á  los  misioneros  por- 
tugueses. Las  circunstancias  que  acompañaban  la  mi- 
sión del  segundo  embajador  de  Filipinas  enviado  á  Ja- 
pon,  no  podian  ser  más  oportunas.  Proscritos  los  pa- 
dres Jesuítas  del  imperio  por  los  decretos  del  tirano; 
abandonada  su  cristiandad  naciente,  é  instados  los  pa- 
dres Franciscanos  de  Manila  por  los  fieles  de  aquél, 
para  que  fuesen  á  consolarlos  en  su  lamentable  orfan- 
dad, el  interés  de  la  misma  religión  exigia  imperiosa- 
mente que  se  proveyese  cuanto  antes  de  remedio  á  los 
males  que  los  buenos  deploraban.  Los  misioneros  por- 
tugueses sintieron,  sin  embargo,  vivamente  que  se  in- 
fringiese la  letra  de  aquel  breve,  que  miraban  como  el 
baluarte  de  su  exclusivo  apostolado,  y  desde  luego  se 
propusieron  sostenerlo  con  todos  sus  esfuerzos,  á  pesar 
de  su  precaria  posición  en  el  imperio. 

El  santo  embajador  fué  recit)ido  afectuosamente  por 
el  orgulloso  Taycosama,  y  en  su  consecuencia  quedó 
Manila  libre  de  temores.  Esta  favorable  acogida  lo  ani- 
mó á  dar  principio  a  la  predicación  del  Evangelio,  para 
la  cual  obtuvo  el  permiso  competente,  edificando  des- 
de luego  una  iglesia  y  convento  en  Meaco,  cuyas  obras 
estaban  terminadas  el  dia  4  de  Octubre  de  1  594,  épo- 
ca en  que  debe  fijarse  el  principio  de  la  misión  de  los 


—  432  — 

PP.  Franciscanos  en  el  imperio  de  Japón,  cuarenta  y 
cinco  años  después  de  la  entrada  de  San  Francisco  Ja- 
vier en  Congojima.  Fundada  la  primera  iglesia  de  la 
religión  seráfica,  el  B.  Fr.  Pedro  Bautista  y  compa- 
ñeros empezaron  sus  tareas  apostólicas  con  éxito  bri- 
llante; mas  no  tardaron  en  sufrir  graves  disgustos  por 
parte  de  los  PP.  portugueses,  que  tenian  por  errada  su 
misión.  A  fines  del  mismo  año  se  presentó  aquel  su- 
perior en  Nangasaqui,  llamado  por  los  españoles,  quie- 
nes le  hablan  ofi-ecido  edificar  una  iglesia  para  los  re- 
ligiosos de  su  Orden,  4  fin  de  que  en  ella  pudiesen 
cumplir  sus  deberes  religiosos  en  aquella  cristiandad. 
Mas  este  paso  dio  motivo  á  sucesos  más  ruidosos  to- 
davía que  no  deberían  temerse  ni  esperarse  ciertamente. 
El  dia  1 8  de  Diciembre  llegó  aquel  santo  misionero 
á  Nangasaqui,  y  una  de  sus  primeras  diligencias  fué 
visitar  al  Vice-provincial  de  los  PP.  portugueses,  con 
quien  sostuvo  una  larga  discusión  acerca  del  mencio- 
nado breve,  el  cual,  en  su  concepto,  no  destruía  la  le- 
gitimidad de  su  misión.  Este  superior  se  portó  en  esta 
ocasión  con  la  prudencia  que  las  circunstancias  exigían. 
Tenía  una  carta  del  obispo  del  Japón  D.  Pedro  Mar- 
tínez, escondido  en  otra  parte,  en  la  cual  le  decia  sin 
rodeos  que  la  misión  dc  los  PP.  Franciscanos  no  po- 
día ser  legítima  si  no  tenian  algún  breve  que  deroga- 
se el  de  Gregorio  XIII,  con  cédula  Real  de  S.  M.  so- 
bre su  ejecución;  sin  cuyos  requisitos,  proseguía,  no 
se  les  debía  permitir,  en  buena  conciencia,  el  ejercicio 
del  ministerio  de  las  almas  en  Japón.  Después  de  ha- 
berle manifestado  de  un  modo  tan  terminante  su  dic- 
tamen, le  decia  que,  no  obstante,  examinase  los  moti- 


—  433  — 
vos  que  podían  favorecer  á  los  nuevos  misioneros,  y 
determinase  en  su  nombre  los  que  fuese  más  justo  se- 
gún Dios,  para  lo  cual  le  facultaba.  El  santo  Comisa- 
rio le  mostró  los  documentos  que  habian  tenido  á  la 
vista  los  PP.  de  la  junta  de  Manila,  antes  de  salir  con 
sus  compaíieros  de  esta  capital,  los  cuales  fueron  para 
él  de  tanto  peso,  que  no  tuvo  inconveniente  en  per- 
mitirle ejerciese  por  entonces  el  ministerio  de  las  al- 
mas en  aquella  cristiandad.  Con  esta  especie  de  treguas, 
edificaron  los  PP.  Franciscanos  algunas  iglesias  y  hos- 
pitales, y  predicaron  la  palabra  de  salud  á  los  japones, 
convirtiendo  á  muchos  de  ellos  á  la  fe;  mas  no  tardó 
en  alterarse  esta  bonanza,  permitiendo  el  Señor,  para 
mayor  corona  de  aquellos  celosos  misioneros,  que  fue- 
sen afligidos  por  quien  debia  consolarlos  y  animarlos 
en  sus  tareas  apostólicas. 

3.  Entre  los  PP.  portugueses  habia  misioneros  poseí- 
dos de  un  celo  verdadero  por  la'gloria  de  Dios,  y  creian 
compatible  en  aquel  reino  el  concurso  de  otros  operarios 
evangélicos;  pero  también  los  habia  que  deseaban  se 
mantuviese  en  todo  su  rigor  el  breve  Gregoriano,  que 
les  garantizaba  en  el  Japón  un  apostolado  exclusivo.  Esta 
diversidad  de  pareceres  no  podia  menos  de  amenazar 
un  ruidoso  rompimiento,  el  que  desgraciadamente  se 
verificó  á  la  llegada  de  aquel  obispo  á  la  ciudad  de  Nan- 
gasaqui.  Las  medidas  que  se  tomaron  para  expeler  a 
los  PP.  Franciscanos  de  Japón  pueden  verse  en  la 
crónica  de  la  provincia  de  San  Gregorio,  part.  11 1,  li- 
bro II,  cap.  IX.  En  uno  de  sus  documentos  decia  el 
B.  Fr.  Pedro  Bautista  :  « El  domingo  infraoctavo  de 
Nuestra  Señora  de  Setiembre,  como  soy  informado,  no 

TOMO    I.  28. 


—  434  — 
sin  gran  dolor  y  sentimiento  de  mi  corazón,  por  cartas 
de  VV.  ce.  y  de  otras  personas  que  se  hallaban  pre- 
sentes, y  vinieron  de  Nangasaqui  (donde  el  Sr.  Obispo 
reside),  en  la  iglesia  de  los  PP.  portugueses  y  japones, 
por  mandato  del  Sr.  Obispo,  su  señoría,  én  una  plática 
que  les  hizo,  entre  otras  cosas  que  les  dijo,  ordenó  y 
mandó  fueran  éstas.  Primeramente  publicó  una  desco- 
munión in  scriptis y  añadiendo  la  pena  de  cien  taeles  de 
plata,  á  cualquier  persona  que  trajese  frailes  de  San 
Francisco  ó  de  cualquiera  otra  religión  á  Japón,  por 

virtud  del  breve  de  Gregorio  XIII Lo  segundo  que 

en  dicha  plática  ordenó  el  Sr.  Obispo  (bien  que  no  pu- 
so descomunión,  aunque  dijo  que  podia),  fué  vedar  á 
todas  sus  ovejas,  así  portugueses  como  japones,  que  no 
fuesen  á  oir  misa  ni  sermón,  ni  á  sacramentarse  á  la 
casa  de  los  frailes  de  San  Francisco,  sino  á  la  casa  de 
los  PP.  portugueses.  Lo  tercero  mandó  su  Señoría  que 
no  nos  diesen  ayuda  ni  limosna  para  edificar  convento 
é  iglesia  en  forma,  según  teníamos  de  intento.»  Des- 
pués de  esta  relación,  trae  el  citado  cronista  otras  de- 
claraciones de  lo  que  pasó  á  la  sazón  en  Nangasaqui, 
relativas  al  asunto,  que  manifiestan  el  rigor  con  que 
procedía  aquel  prelado  contra  los  hijos  de  San  Fran- 
cisco; si  bien  debe  salvarse  su  intención,  como  dictan 
la  caridad  y  el  buen  sentido  siempre  que  se  tratan 
asuntos  de  esta  naturaleza  y  de  particular  apreciación. 
Los  temores  procedían  más  bien  de  los  comerciantes 
portugueses  que  de  los  mismos  misioneros;  pues  se 
creia  que,  después  de  los  PP.  Franciscanos,  irian  tam- 
bién los  nuestros  y  los  PP.  Agustinos,  y  con  ellos  los 
mercaderes  españoles  de  Manila,  en  perjuicio  del  lu- 


—  435   — 
crativo  comercio  que  hacian  casi   exclusivamente  los 
portugueses  en  Japón. 

Por  más  fundadas  que  parezcan  las  pretensiones  del 
limo.  Martínez,  eran  ya  á  la  sazón  intempestivas.  La 
cuestión  del  breve  se  habia  presentado  ante  el  tribunal 
del  Papa,  y  sólo  él  podia  dirimirla.  Este  documento 
pontificio,  obtenido  por  los  PP.  portugueses,  habia  sido 
examinado  por  los  varones  más  doctos  de  Méjico  y 
Manila;  los  religiosos  de  Filipinas  eran  los  únicos  que 
podian  consolar  á  los  cristianos  afligidos  de  Japón;  y 
el  Gobernador  de  Manila,  como  vice-patrono  de  estas 
islas,  debia  proveer  lo  conveniente  para  el  bien  de  las 
cristiandades  comprendidas  en  la  demarcación  de  la  co- 
rona de  Castilla,  bajo  de  la  cual  se  consideraban  las  is- 
las de  Japón.  Los  PP.  Franciscanos,  finalmente,  se  ha- 
llaban competentemente  autorizados,  por  breves  del 
mismo  Gregorio  XIII,  para  predicar  el  Evangelio  en 
cualesquiera  países  de  infieles,  sin  haberlos  excluido  de 
este  imperio.  No  era,  pues,  tan  fundada  la  opinión  de 
aquellos  buenos  sacerdotes  para  proceder  de  tal  ma- 
nera contra  aquellos  celosos  misioneros. 

4.  Pero  veamos  los  motivos  que  alegaban  los  pa- 
dres portugueses  para  sostenerse  en  su  opinión.  Su  vi- 
sitador, el  P.  Valegnani,  decia  :  «Me  parece  sin  duda 
que  el  venir  á  Japón  otras  religiones,  no  sólo  no  sería 
buen  remedio,  mas  sería  grande  escándalo,  confusión 
y  perturbación  para  esta  nueva  iglesia;  especialmente 
porque  la  calidad  y  disposición  del  Japón  no  es  capaz 
del  modo  de  proceder  que  tienen  los  religiosos  de  Eu- 
ropa; y  como  esto  no  se  puede  bien  entender  sino  des- 
pués de  mucho  tiempo  y  mucha  experiencia,  viniendo 


—  436  — 

otras  religiones  han  de  dar  primero  en  los  yerros  que 
nosotros  dimos,  que  serán  ahora  peores,  y  no  harán 
más  que  deshacer  lo  que  nosotros  ahora  comenzamos 
á  hacer,  después  de  tanta  experiencia  de  Japón.  Ade- 
mas no  se  ha  de  hacer  fundamento  en  poderse  conser- 
var la  iglesia  de  Japón  por  hombres  extranjeros,  ni  una 
nueva  iglesia  como  ésta  es  capaz  de  diversidad  de  re- 
ligiones.» Aun  eran  más  peregrines  los  pretextos  que 
los  mismos  PP.  portugueses  alegaban  para  conseguir 
su  fin ,  en  una  consulta  que  extendieron  al  efecto.  De- 
cian,  entre  otras  cosas:  que  las  costumbres  del  país  son 
diferentes  de  las  nuestras,  habiendo  grandes  dificulta- 
des tanto  en  el  gobierno  de  la  cristiandad  como  en  la 
conversión  de  los  gentiles...  Que  sería,  en  fin,  un  gran- 
de impedimento  para  una  gente  de  tanto  ingenio  y  tan 
altiva,  si  todos  los  PP.  misioneros  no  guardaban  con- 
formidad en  todo.  Hé  aquí  el  fundamento  del  privile- 
gio exclusivo  de  los  PP.  portugueses  de  Japón.  Esto 
hablan  alegado  para  su  consecución ,  y  con  las  mismas 
razones  pretendían  sostenerlo.  Si  los  japones  eran  de 
tanto  ingenio  como  querían  suponer,  de  la  diversidad 
de  corporaciones  religiosas  debían  deducir  la  verdad  de 
nuestra  sagrada  religión,  predicada  por  diversos  misio- 
neros, que  debían  necesariamente  convenir  en  lo  esen- 
cial de  la  doctrina.  Las  controversias  y  disensiones  que 
temían,  podrían  ser,  con  efecto,  un  mal  funesto  para 
aquella  cristiandad;  mas  la  prudencia  de  los  PP.  mi- 
sioneros podía  y  debía  evitarlas,  sometiendo  sus  opi- 
niones, en  los  puntos  controvertibles,  al  juicio  de  la  Si- 
lla Apostólica.  Hubo  portugueses  que  dijeron  que  los 
japones,  como  tiernos  en  la  fe,  no  conocían  la  pobreza 


—  437  — 

de  San  Francisco,  y  de  aquí  tomaban  pié  para  censu- 
rar la  sencillez  con  que  los  verdaderos  hijos  de  este 
santo  Patriarca  procedian  en  sus  misiones.  Mas  esto  ya 
se  ve  que  era  proceder  según  el  espíritu  humano  y  los 
cálculos  positivos  de  los  comerciantes  portugueses;  cu- 
ya máxima  les  hizo  mucho  daño,  porque  con  ella  cau- 
saron celos  al  tirano  Taycosama ,  y  lo  decidieron  á  sos- 
tener el  decreto  de  proscripción  que  arrojaba  de  sus 
dominios  á  los  sacerdotes  portugueses.  ¡Qué  contraste! 
Mientras  un  emperador  infiel  destierra  de  sus  estados 
á  aquellos  buenos  sacerdotes,  los  portugueses  quieren 
desterrar  á  los  PP.  Franciscanos  de  los  mismos,  y  prac- 
ticaban por  su  parte  diligencias  encaminadas  á  este 
efecto. 

5.  El  santo  comisario  de  los  PP.  Franciscanos,  en 
medio  de  sus  disgustos  y  pesares,  envió  á  Manila  una 
relación  exacta  de  las  medidas  que  se  hablan  tomado 
en  el  Japón  contra  él  y  sus  dignos  compañeros.  Como 
procedía  en  el  asunto  con  la  más  sana  intención,  pro- 
curó que  nada  faltara  en  su  luminoso  informe  para 
ilustrar  la  materia  cuanto  era  de  desear,  y  al  efecto 
tomó  declaraciones  jurídicas  á  los  que  eran  testigos 
presenciales  de  los  hechos  para  corroborar  sus  asercio- 
nes. Consultaba  ademas  la  línea  de  conducta  que  ha- 
blan de  observar  según  conciencia,  en  la  situación  em- 
barazosa en  que  se  hallaban.  Cuando  sus  despachos 
llegaron  á  la  capital  de  Filipinas,  era  su  gobernador 
D.  Francisco  Tello  de  Guzman,  quien  no  dudó  en 
convocar  otra  junta  numerosa  de  teólogos  ilustrados 
para  el  examen  del  asunto,  como  lo  habia  hecho  su 
antecesor  D.  Gómez  Pérez  Dasmariñas.  En  la  junta  se 


—  438   — 

presentaron  cuantos  documentos  se  habían  visto  en  la 
primera,  con  la  relación  y  datos  que  habia  remitido  el 
santo  Comisario,  y  se  ventiló  la  cuestión  profundamente 
con  los  argumentos  que  en  pro  y  en  contra  se  ofrecie- 
ron. Después  de  largas  conferencias,  según  pedia  es- 
trictamente la  gravedad  del  asunto  para  ver  de  qué 
parte  estaba  la  razón,  se  resolvió  por  unanimidad  de 
votos  que  el  breve  de  Gregorio  XIII  en  favor  de  los 
PP.  portugueses  de  Japón  no  podia  tener  fuerza  con- 
tra los  privilegios  de  los  PP.  Franciscanos  para  pre- 
dicar el  Evangelio  en  todas  partes;  añadiendo,  final- 
mente, que,  supuesto  habian  éstos  suplicado  del  mismo 
breve  por  medio  de  la  majestad  católica,  no  estaban 
obligados  entre  tanto  á  conformarse  en  esta  parte  con 
las  exigencias  portuguesas,  hasta  que  Su  Santidad,  des- 
pués de  haber  visto  y  ponderado  las  razones  de  la  sú- 
plica, dispusiese  lo  conveniente  en  este  asunto.  En  con- 
formidad de  esto,  declararon  «que  los  PP.  Francisca- 
nos de  Japón  obraban  en  buena  conciencia  en  la  pre- 
dicación del  Evangelio  en  aquellas  islas,  y  que  no  de- 
bian  de  abandonar  á  los  cristianos  que  se  hallaban  á  su 
cargo.  {Crónica  de  San  Gregorio,  parte  3.^,  lib.  11,  ca- 
pítulo X.) 

6.  Las  medidas  odiosas  que  se  tomaron  en  Japón 
contra  los  PP.  Franciscanos  coincidieron  con  otra  clase 
de  sucesos,  que  consternaron  altamente  á  todos  los  ha- 
bitantes de  ese  país  desgraciado.  No  habia  memoria  en 
la  historia  de  estas  islas  que  hubiesen  sucedido  en  nin- 
gún tiempo  las  catástrofes  terribles  de  que  hace  men- 
ción en  su  Crónica  el  sabio  analista  de  la  provincia  de 
San  Gregorio.  Trascurría  el  año  1596,  cuando  empezó 


—  4-39  — 
á  descubrirse  un  cometa  aciago  y  espantoso  que,  según 
las  ideas  de  los  tiempos,  debia  presagiar  sin  duda  ca- 
lamidades horrendas.  Se  dejó  ver  aquel  astro  por  espa- 
cio de  dos  semanas  solamente.  Su  cola  era  muy  larga, 
y  su  disco  de  poca  elevación,  pero  tan  cargado  de  va- 
pores, que  no  podía  discernirse  su  natural  color.  Los 
japones,  á  su  vista,  exclamaban  ¡iiza,  wzal  ¡triste  cosa, 
triste  cosa!  No  tardaron,  con  efecto,  en  coincidir  con 
el  fenómeno  trastornos  extraordinarios.  El  dia  de  su 
desaparición  en  el  espacio  coincidieron  casualmente 
en  varias  partes  algunas  convulsiones  subterráneas,  de 
las  que  no  se  hizo  mucho  caso  por  entonces.  Mas  el 
dia  4  de  Setiembre  repitieron  con  tanta  violencia  los 
temblores  y  sacudimientos  de  la  tierra,  que  arruinaron 
en  poco  tiempo  innumerables  edificios,  quedando  se- 
pultados en  sus  ruinas  muchos  millares  de  personas 
entre  aquellos  infelices  habitantes.  Duró  este  terremoto 
el  largo  espacio  de  veinte  y  cuatro  horas,  según  datos. 
Después  fué  repitiendo  sucesivamente  en  varias  partes 
del  imperio.  En  la  isla  de  Cami  fueron  sus  estragos 
mucho  más  horrorosos  v  funestos.  En  Meaco  se  arruinó 
la  mayor  parte  de  las  casas  y  fortalezas  que  el  Empe- 
rador habia  mandado  fabricar,  sin  que  se  salvara  el 
suntuosísimo  palacio  recien  hecho.  No  quedaron  más 
que  pocos  templos  de  los  mil  que  se  contaban  en  esta 
capital  tan  populosa,  habiendo  perecido  en  ellos  la  ma- 
yor parte  de  los  diez  y  ocho  mil  bonzos  que  conser- 
vaban el  culto  de  sus  ídolos.  El  famoso  templo  de 
Daybut,  que  Taycosama  habia  mandado  fabricar  á 
toda  costa,  se  arruinó  por  sus  cimientos,  y  su  ídolo, 
hecho  pedazos,  se  vino  rodando  por  el  suelo.  Otros  sun- 


—  440  — 
tuosos  templos  de  la  más  remota  antigüedad  se  des- 
plomaron igualmente  con  estruendo,  castigando  el  Se- 
ñor de  esta  manera  los  pecados  y  las  abominaciones  de 
aquel  pueblo,  que  cerraba  obstinado  sus  miradas  á  la 
luz  de  la  verdad. 

7.  No  fué  aún  el  terremoto  el  azote  que  más  afligió 
á  los  japones  en  aquellos  dias  aciagos;  pues  pareciaque 
los  cuatro  elementos  conspiraban  de  consuno,  para  des- 
truir completamente  aquel  desgraciado  imperio.  En  el 
reino  de  Figen  cayeron,  á  manera  de  saetas,  centellas 
innumerables,  que  causaron  horribles  mortandades.  En 
las  entrarías  de  la  tierra  se  oian  truenos  pavorosos,  co- 
rno descargas  de  gruesa  artillería,  y  á  las  horrendas 
convulsiones  que  trabajaban  la  tierra,  se  abrieron  por 
todas  partes  grandes  boquerones  en  los  campos,  pro- 
fundas grietas  en  las  rocas,  v  desaparecieron  por  com- 
pleto algunos  montes.  Las  iiguas  de  los  rios  salian  de 
sus  madres  con  violencia,  y  se  desbordaban  rebramando, 
sin  poder  alimentar  en  su  seno  á  sus  vivientes.  El  mar, 
no  hallando  salida  en  Ximonojiqui  á  sus  irritadas  hon- 
das, rompió  furiosamente  por  las  partes  de  Ximo  y  de 
Meaco,  anegando  muchos  pueblos  y  ahogando  irre- 
mediablemente á  sus  desgraciados  habitantes.  En  el  rei- 
no de  Bungo  se  internó  el  mar  con  estruendo  unas 
veinte  leguas  por  los  campos,  causando  estragos  hor- 
rorosos. La  villa  de  Vaguinojama  desapareció  comple- 
tamente, y  en  su  sitio  apareció  una  laguna  siniestra, 
que  se  comunicaba  con  la  mar  por  un  extremo.  Las 
pérdidas  y  desgracias  personales  fueron  incalculables  en 
el  reino.  Sólo  en  Sacay  faltaron ,  en  aquel  gran  cataclis- 
mo, más  de  treinta  mil  vecinos.  Es  muy  digna  de  no- 


—  441  — 
tarse  la  particular  observación  que  hace  el  cronista  de 
la  provincia  de  Sa?í  Gregorio  sobre  tan  horrible  ex- 
piación. Después  de  haber  hablado  de  los  estragos  que 
sucedieron  en  esta  capital,  termina  su  relación  en  estos 
términos:  «El  mayor  milagro  entre  tantas  maravillas, 
y  el  argumento  mayor  que  podian  convencer  á  la  pro- 
tervia más  obstinada,  fué  el  haber  quedado  privilegia- 
das de  tan  universales  y  lamentables  ruinas,  y  sin  le- 
sión de  ningún  género,  solas  las  iglesias  con  los  con- 
ventos, hospitales  y  personas  de  los  PP.  Franciscanos; 
las  casas  de  los  RR.  PP.  de  la  Compañía  y  algunos  de 
los  cristianos ,  donde  se  solia  decir  misa  y  administrar  la 
doctrina  cristiana.»  (Parte  3.^,  lib.  11,  cap.  iv.) 

8.  Poco  después  de  estos  extraordinarios  sucesos 
apareció  en  aquellas  islas  el  galeón  de  Filipinas  llamado 
San  Felipe,  que  hacia  su  viaje  á  Nueva  España,  inte- 
resado en  más  de  un  millón  y  medio  de  pesos.  Habia 
sufrido  hasta  allí  un  terrible  temporal,  que  lo  dejó  en 
un  estado  lastimoso.  Vagando  á  manera  de  un  leño 
sin  mástiles  ni  timón,  fué  arrojado  por  las  corrientes  á 
las  costas  de  la  isla  de  Xicon,  que  no  dista  largo  tre- 
cho del  puerto  de  Urando.  Los  habitantes  de  la  isla 
lo  habian  visto  tres  dias  antes  en  aquella  desgraciada 
posición,  y  creyeron  que  debian  dar  aviso  de  la  no- 
vedad á  Chusugami,  señor  de  Tosa,  el  cual  dispuso 
desde  luego  que  el  galeón  fuese  conducido  á  remol- 
que hasta  el  puerto  referido.  En  seguida  mandó  un  re- 
fresco á  los  náufragos  por  su  mismo  secretario ,  y  poco 
después  pasó  á  bordo  con  el  aparente  fin  de  consolarlos 
y  ampararlos,  pero  con  el  designio  verdadero  de  in- 
formarse del  estado  de  la  carga,  para  dar  cuenta  al  Em- 


—  442  — 

perador  de  sus  tesoros.  Ya  se  hallaba  el  galeón  en  el 
fondeadero,  y  su  capitán  trataba  de  anclar,  cuando  el 
pérfido  Chusugami  mandó  más  embarcaciones  para 
conducir  el  galeón  á  un  sitio,  según  decia,  más  seguro. 
Sus  emisarios,  empero,  instruidos  de  antemano,  lo  en- 
caminaron á  un  banco ,  en  donde  quedó  varado  y  per- 
dido enteramente.  La  gente  que  conducia  el  galeón, 
sin  advertir  la  mala  fe  de  aquel  régulo,  desembarcaron 
sus  avíos,  y  todos  se  tenian  por  dichosos  de  haber  sal- 
tado á  tierra  vivos. 

9.  Quien  viera  la  solicitud  de  Chusugami,  y  el  afec- 
to que  mostraba  á  los  náufragos,  creyera  que  se  halla- 
ba animado  de  los  sentimientos  más  filantrópicos;  pero 
no  tardó  en  descubrirse  su  perfidia,  si  bien  procuraba 
siempre  paliar  sus  injustos  procederes.  Mirando  desde 
luego  como  propio  del  Emperador  el  rico  cargamento 
del  navio,  dispuso  fuese  desembarcado  sin  demora,  y  lo 
colocó  en  un  lugar  bien  seguro,  cerrado  con  una  fuer- 
te estacada  bien  guarnecida  de  soldados.  Poco  después 
de  esta  diligencia,  y  estando  el  mar  en  calma,  se  abrió 
el  galeón  por  su  quilla,  lo  cual  movió  á  la  tripulación 
y  pasajeros  á  mostrarse  más  agradecidos  al  Señor,  de 
quien  se  consideraban  protegidos  por  una  extraordina- 
ria providencia.  Quedó,  pues,  la  gente  libre,  sumergi- 
do el  galeón  y  asegurado  el  cargamento,  ignorando  to- 
davía los  españoles  la  suerte  que  les  habia  de  caber 
postreramente.  Entre  tanto  Chusugami,  que  los  tenía 
entretenidos  con  muy  buenas  palabras,  dio  cuenta  á 
Taycosama  del  suceso,  sin  omitir  que,  según  ley,  aque- 
llas riquezas  eran  suyas.  Desde  aquel  momento  empe- 
zó para  los  nuestros  una  serie  de  acontecimientos  tan 


—  343  — 
extraños,  que  la  más  templada  pluma  no  acertara  á 
describirlos  con  la  delicadeza  que  demandan  la  caridad 
y  la  justicia.  Salen  á  la  vez  á  la  palestra  portugueses  y 
españoles,  todos  se  lamentan  de  sus  desgracias  respec- 
tivas, y  á  la  historia  pertenece  restablecer  la  verdad  de 
los  sucesos. 

ID.  Un  autor  tan  favorable  á  los  misioneros  portu- 
gueses, como  poco  enterado  de  las  causas  que  deter- 
minaron tristemente  tan  difícil  situación,  no  tuvo  re- 
paro en  trasmitirnos  una  fábula  insulsa,  que  después 
fué  muy  creida  en  Japón  por  los  enemigos  del  nom- 
bre cristiano.  Aun  no  falta  quien  supone  que  los  au- 
tores del  cuento  fueron  los  herejes  holandeses,  que  no 
debian  mirar  con  buenos  ojos  el  establecimiento  del 
reino  de  Dios  en  el  Japón.  Dice,  pues,  el  candido  his- 
toriador á  que  nos  referimos,  que  uno  de  los  pilotos 
del  navio  San  Felipe  y  al  tomarle  declaración  el  comisio- 
nado que  mandó  á  Urando  Taycosama,  hablando  del 
Rey  de  España  y  Portugal,  ensalzó  en  gran  manera  su 
poder,  y  manifestó  que  para  efectuar  las  conquistas  de 
la  India  y  Nuevo  Mundo  enviaba  por  delante  misio- 
neros que  procuraban  bautizar  á  la  gente  del  país;  y 
que  cuando  ya  contaban  como  suyos  un  buen  número 
de  ellos,  entraba  la  gente  armada,  que,  unida  con  los 
nuevos  cristianos,  despojaban  de  la  tierra  á  sus  señores. 
Por  más  indiscretos  que  se  quiera  suponer  á  los  espa- 
ñoles de  aquel  malogrado  galeón,  no  es  creible  diesen 
una  declaración  tan  falsa  y  tan  perniciosa  á  sus  inten- 
tos; pues  ella  sola  motivara,  á  no  dudarlo,  la  ruina  y 
el  exterminio  de  todos  los  españoles  y  portugueses  que 
habia  á  la  sazón  en  el  imperio.   Esta  fábula,  sin  em- 


—  444  — 
bargo,  ha  sido  creída  por  alguno  sin  razón  y  sin  crite- 
rio, y  de  ella  se  han  valido  los  enemigos  de  la  fe  para 
desacreditar  al  Católico  Monarca  de  Castilla,  y  la  reli- 
gión que  protegía  eficazmente  en  todas  partes. 

1 1 .  El   comisionado ,   hechas  algunas  averiguacio- 
nes de  ceremonia,  mandó  cerrar  de  noche  con  alta  y 
fuerte  estacada  el  recinto  en  donde  estaban  alojados  los 
espaíioles,  quienes  al  siguiente  dia  se  vieron  precisados 
á  salir  sin  más  haberes  que  la  ropa  de  sus  cuerpos,  des- 
pués de  haber   sido  rigorosamente   registrados.    Bien 
quisieran  resistirse  con  las  armas  cuando  se  les  intimó 
esta  despótica  medida;  pero  se  hallaban  encerrados  y 
faltos  de  recursos :  de  suerte  que  cualquiera  tentativa 
hubiera  sido  inútil,  v  les  hubiera  ademas  costado  la 
cabeza,  privados,  como  se  hallaban,  de  todo  medio  de 
defensa.  Desde  luego  procedió  el  comisionado  á  erigir 
su  tribunal  en  la  misma  casa  en  donde  hablan  estado 
alojados  los  indefensos  espaiíoles,  y  mandó  desenfardar 
en  su  presencia  el  cargamento,  tomando  nota  de  las 
piezas  que  contenia  su  registro,  las  que  fueron  aplica- 
das al  tesoro  de  su  emperador.  A  los  españoles  sólo  en- 
tregó algunos  efectos  averiados,  y  los  que  nada  vallan 
en  el  país;  pero  en  cambio  les  mandó,  bajo  pena  de  la 
vida,  que  entregasen  todo  el  oro  que  tuviesen,  hasta 
el  último  real  de  su  bolsillo.   Con  este  nuevo  despojo 
los  dejó  en  la  mendicidad,  atenidos  á  la  caridad  de  al- 
gunos hombres  piadosos,  que  miraban  indignados  la 
tiranía  insoportable  de  aquel  esbirro  imperial.  Los  pa- 
dres Jesuítas  se  portaron,  en  tan  solemne  ocasión,  como 
verdaderos  hijos  de  su  Santo  Patriarca;  pues  enviaron 
un  propio  á  Urando   con   dinero  y  comestibles   para 


—  445  — 
aliviar  en  lo  posible  á  los  despojados  españoles.  Entre 
tanto  el  comisionado  y  Chusugami  embarcaron  en 
funeas  ( i )  el  cargamento  para  trasportarlo  á  la  corte 
imperial,  á  excepción  de  lo  que  se  reservaron  para  sí. 
Entonces  dos  PP.  Franciscanos,  el  general  del  galeón 
y  algunos  españoles  determinaron  presentarse  ante  el 
Emperador  mismo,  para  reclamar  los  intereses  confis- 
cados, en  nombre  de  su  gobierno;  mas  el  comisiona- 
do retardó  con  estudio  la  S2lida  de  aquellos  represen- 
tantes, y  á  su  llegada  ya  estaba  el  negocio  terminado. 
12.  Desde  que  llegaron  á  la  corte  las  noticias  del 
naufragio  del  navio  San  Felipe,  los  PP.  misioneros 
Franciscanos  fueron  mirados  con  la  mayor  desconfian- 
za por  los  aduladores  oficiosos  del  codicioso  Taycosa- 
ma.  El  santo  comisario  Fr.  Pedro  Bautista,  como  re- 
presentante del  gobierno  de  Manila,  había  procurado 
la  restitución  de  las  mercancías  confiscadas  á  sus  due- 
ños, y  este  paso,  que  conceptuó  debia  practicar  en  vir- 
tud del  cargo  de  embajador  que  ejercía,  le  atrajo  el 
odio  del  Emperador  desde  aquel  dia,  preocupado  ya 
por  los  informes  que  le  habia  dado  el  pérfido  Chusu- 
gami. Y  era  así  efectivamente,  pues  que  mientras  el 
infame  entretenía  con  palabras  lisonjeras  á  los  náufra- 
gos en  el  puerto  de  Urando,  labraba  su  ruina  para 
siempre  en  la  corte  del  imperio.  Al  ver  el  santo  Comi- 
sario que  se  le  cerraban  las  puertas  de  palacio,  se  va- 
lió para  vencer  este  obstáculo  de  Güenifoin,  goberna- 
dor de  Meaco,  que  siempre  le  habia  sido  muy  propi- 
cio, y  por  su  medio  se  hablan  librado  los  PP.  misio- 


(l)  Barquichuelo. 


—  446   — 

ñeros  de  las  vejaciones  con  que  los  bonzos  y  gentiles 
habian  tratado  de  mortificarlos  en  toda  ocasión  y  en 
toda  hora.  No  se  negó  este  ilustre  personaje  á  prestar 
en  esta  ocasión  un  nuevo  servicio  al  santo  Comisario; 
mas  entonces  ya  estaba  su  causa  decidida;  pues  no  solo 
habia  sido  aplicado  el  cargamento  del  navio  al  erario, 
sino  que  ademas  se  habia  decretado  quitar  la  vida  á  los 
PP.  misioneros.  Sin  embargo  del  mal  estado  del  nego- 
cio, Güenifoin  hizo  cuanto  estuvo  de  su  parte  en  fa- 
vor de  los  PP.  misioneros;  y  convencido  de  la  imposi- 
bilidad de  conseguir  la  restitución  de  los  intereses  con- 
fiscados, procuró  á  lo  menos  salvar  a  los  proscritos. 
Recordó  en  efecto  á  Tavcosama  las  relaciones  amisto- 
sas  que  siempre  habian  mediado  entre  él  y  el  emba- 
jador de  Filipinas;  la  chapa  ó  licencia  por  escrito  que, 
como  prenda  de  su  seguridad,  le  otorgara,  y  el  per- 
miso en  cuya  virtud  los  PP.  Franciscanos  habian  eri- 
gido sus  iglesias,  casas  y  hospitales,  en  donde  practica- 
ban las  obras  más  heroicas  de  humanidad,  de  lo  cual 
era  testigo,  y  más  de  una  vez  él  mismo  habia  elogiado 
sus  obras. 

13.  No  halló  razones  Taycosama  para  satisfacer  al 
discurso  de  su  gobernador;  estaba  ya  preocupado,  y  la 
codicia  lo  habia  decidido  á  sacrificar  la  inocencia.  Qui- 
so, no  obstante,  dar  algún  color  á  su  inicuo  proceder, 
hablando  muy  colérico  en  los  términos  siguientes : 
«Desde  que  estos  padres  están  en  mis  dominios  110  me 
han  sido  de  provecho.  En  mi  tierra  les  he  dado  casa 
y  sustento,  y  me  han  sido  tan  poco  agradecidos,  que 
aun  ahora  me  quieren  quitar  la  fortuna  que  se  me  ha 
venido  á  las  manos,  practicando  diligencias  para  que  se 


—  447  — 
dé  á  los  castellanos,  que  son  de  su  país,  aquel  navio 
que  por  justo  derecho  y  ley  es  sólo  mió.  No  culpo  tan- 
to á  ellos  como  á  Foranda  Kiemon,  que  me  los  intro- 
dujo, y  á  Fagengaba  Fungen,  que  me  los  alabó  por 
buenos  y  amigos,  asegurándome  que  por  su  respeto 
me  habian  de  venir  grandes  conveniencias  y  ventajas.» 
Estaba  presente  en  esta  conferencia  un  hijo  de  Fun- 
gen, muy  querido  del  Emperador,  que  era  su  paje  de 
catana,  el  cual,  temeroso  de  que  su  padre  cayese  en 
su  desgracia  con  motivo  de  haber  favorecido  á  los  pros- 
critos, se  tomó  la  libertad  de  defenderlo,  y  acriminar  á 
los  PP.  misioneros,  diciendo  que  éstos  habian  predi- 
cado la  ley  de  Jesucristo  en  contravención  a  sus  decre- 
tos, y  que  no  habia  sido  de  la  incumbencia  de  su  pa- 
dre este  cuidado.  Entonces  Taycosama  aparentó  estar 
satisfecho  de  la  conducta  de  Fungen,  y  volvió  á  ma- 
nifestar su  enojo  contra  los  PP.  misioneros.  Al  ver 
Güenifoin  que  no  apreciaba  sus  palabras,  miró  como 
desesperada  la  causa  de  los  padres,  y  desde  entonces 
dejó  de  protegerlos;  quedando  los  proscritos  abando- 
nados á  la  merced  de  una  chusma  miserable  de  ene- 
migos sin  ley  ni  religión.  La  noticia  de  lo  que  pasa- 
ba en  palacio  no  tardo  en  divulgarse :  los  enemigos  de 
la  fe  aplaudian  la  caida  de  los  PP.  misioneros,  y  éstos 
se  iban  preparando  para  la  corona  del  martirio. 

14.  Mientras  en  el  palacio  del  cruel  y  codicioso 
Taycosama  se  trataba  de  la  suerte  que  habia  de  caber 
á  los  proscritos,  entró  en  la  corte  el  Obispo,  manifes- 
tando su  desaprobación  contra  la  misión  de  los  padres 
Franciscanos,  como  lo  habia  hecho  en  Nangasaqui,  por 
su  manera  de  ver  y  de  estimar  sus  derechos.  Esto  ya 


—  448  — 
se  ve  que  era  agravar  la  triste  posición  de  estos  virtuo- 
sos misioneros,  permitiendo  el  Señor,  para  su  mayor 
corona,  esta  nueva  tribulación  y  desconsuelo.  Sin  em- 
bargo de  estas  disposiciones  tan  poco  favorables  del 
Prelado,  el  santo  Comisario  y  compañeros  le  guarda- 
ron los  respetos  que  debian  á  su  dignidad  y  á  su  ca- 
rácter. Noticiosos  de  su  llegada,  fueron  luego  á  visi- 
tarlo, y  preocupado  de  sus  fueros,  que  él  creia  equi- 
vocadamente lastimados,  les  habló  inmediatamente  de 
la  cuestión  tan  debatida,  que  no  podia  serles  grata  en 
aquel  caso.  El  santo  Comisario  defendió  su  causa  con 
el  respeto  y  el  valor  que  le  inspiraba  su  buena  con- 
ciencia; pero  nada  se  adelantó  en  la  materia,  porque 
entrambas  partes  sostuvieron  los  derechos  que,  de  bue- 
na fe  sin  duda,  creían  respectivamente  competirles. 
15.  Entre  tanto  llegaron  á  la  corte  las  mercadurías 
conñscadas,  y  el  Emperador  y  sus  esbirros  sólo  trataron 
de  sacrificar  a  los  que  hablan  procurado,  como  era  jus- 
to, su  restitución.  Entonces  los  enemigos  del  nombre 
cristiano,  viendo  la  actitud  hostil  del  codicioso  Empe- 
rador, creyeron  que  era  llegada  la  ocasión  más  oportu- 
na para  vengarse  vilmente  de  aquellos  inofensivos  sa- 
cerdotes. Estaban  allí  Foranda  Kiemon  y  Xacuin,  alta- 
mente resentidos  de  los  PP.  misioneros  de  ambos  ins- 
titutos, porque  siempre  se  hablan  opuesto  á  sus  per- 
versos planes,  y  no  dudaron  ahora  provocar  la  ira  del 
tirano  contra  ellos.  El  dia  8  de  Diciembre  de  1596 
llegó  á  Meaco  el  cargamento  del  navio  San  Felipe,  y 
en  el  mismo  se  pronunció  sentencia  de  muerte  contra 
todos  los  PP.  misioneros,  en  la  cual  fueron  envueltos 
igualmente  los  PP.  Jesuítas,  si  bien  después  lograron 


—  449  — 
evadirse  casi  todos.  En  su  consecuencia  fueron  cerca- 
das las  casas  religiosas  é  iglesias  de  Osaca  y  Meaco,  y 
en  ellas  fueron  presos  los  PP.  misioneros  que  las  tenian 
á  su  cargo,  con  algunos  cristianos  virtuosos  que  les  ser- 
vían fielmente.  El  Obispo,  que  á  la  sazón  se  hallaba  en 
aquella  ciudad  misma,  al  rumor  de  las  prisiones  de  los 
PP.  Franciscanos,  se  escapó  con  otros  cuatro  PP.  Je- 
suítas, y  se  refugió  con  ellos  en  Sacay,  ocultándose  en 
las  casas  de  algunas  familias  piadosas. 

1 6.  La  prisión  de  los  PP.  misioneros  se  confió  á  Xi- 
robioye,  que  profesaba  un  singular  afecto  á  los  sacer- 
dotes portugueses,  el  cual,  deseoso  de  salvarlos,  fué 
omiso  de  intento  en  su  aprensión,  y  les  dio  lugar  para 
que  pudiesen  eludir  el  tiránico  decreto.  Güenifoin,  por 
otra  parte,  que  tenía  dos  hijos  y  un  sobrino  cristianos, 
que  debian  ser  envueltos  en  la  ruina  de  los  PP.  Jesuí- 
tas, procuró  también  salvarlos  con  todos  sus  esfuerzos 
é  influencia.  A  este  fin  se  presentó  personalmente  á 
Taycosama,  y  le  alabó  la  obediencia  que  los  PP.  Je- 
suítas siempre  hablan  prestado  en  el  imperio  á  sus  dis- 
posiciones y  mandatos.  Como  estos  PP.  portugueses  no 
habian  procurado  la  restitución  del  cargamento  del  na- 
vio San  Felipe,  que  habla  sido  el  principal  motivo  de 
su  cólera  contra  los  PP.  misioneros,  no  le  fué  difícil 
ablandarlo.  Con  esto  logró  excluir  á  los  PP.  Jesuítas  de 
la  sentencia  de  muerte,  pronunciada  ya  sin  distinción 
contra  todos  los  PP.  misioneros.  En  virtud  de  este  in- 
dulto, Xibunojo  quitó  las  guardias  puestas  en  las  casas 
y  viviendas  de  los  PP.  portugueses,  y  tan  sólo  tres  de 
ellos,  naturales  del  país,  pero  de  su  misión  y  de  su  gre- 
mio, fueron  comprendidos  en  la  proscripción   de  los 


29. 


—  45^  — 
demás,  por  un  descuido  o  negligencia,  que  después  se 
hizo  irremediable.  Efectivamente,  cuando  intentaron 
salvarlos  finalmente,  el  Gobernador  de  Osaca  no  quiso 
declararlos  indultados,  temeroso  de  los  cargos  que  le 
pudiera  hacer  el  Emperador  si  con  este  motivo  llegaba 
por  ventura  á  descubrir  que  también  los  PP.  Jesuítas 
tenian  casa  é  iglesia  en  la  ciudad,  y  que  hablan  pre- 
dicado en  ella  el  Evangelio,  cuando  se  le  habia  mani- 
festado lo  contrario. 

17.  Once  eran  los  PP.  misioneros  Franciscanos  que 
á  la  sazón  habia  en  el  imperio,  cinco  de  los  cuales  con- 
siguieron evadirse  finalmente.  El  uno  se  quedó  entre 
los  cristianos  escondido,  y  los  cuatro  restantes  fueron 
expulsados  del  imperio.  Los  que  estaban  condenados  á 
la  pena  capital  fueron  detenidos  desde  entonces  en  sus 
respectivos  calabozos,  hasta  el  dia  30  de  Diciembre,  en 
el  cual  fueron  conducidos  á  la  cárcel  pública  de  la  ciu- 
dad de  Meaco.  Allí  se  les  debian  cortar  bárbaramente 
las  orejas  y  narices,  según  ley,  y  ser  paseados  en  este 
ignominioso  estado  por  las  calles  y  plazas  públicas  de 
la  corte,  y  de  Osaca,  y  de  Sacay  y  otras  ciudades,  has- 
ta en  la  de  Nangasaqui  finalmente,  en  donde  debian 
de  morir  crucificados.  Esta  cruel  disposición  se  mode- 
ró posteriormente,  pues  sólo  se  les  cortó  la  oreja  iz- 
quierda, pero  cumplióse  á  la  letra  lo  demás.  La  senten- 
cia estaba  concebida  en  estos  términos:  «Mando  casti- 
gar á  éstos,  porque  vinieron  de  los  Luzones  en  clase 
de  embajadores,  y  se  quedaron  mucho  tiempo  en  Ja- 
pon,  predicando  la  ley  de  los  cristianos,  que  tengo  pro- 
hibida, y  por  haber  levantado  iglesias  y  hecho  descor- 
tesía; y  después  de  esto,  mando  sean  crucificados  en 


—  451  — 
Nangasaqui.))  Firmada  esta  inicua  sentencia,  se  presen- 
tó el  teniente  de  Xibunojo  en  el  convento  de  Nuestra 
Señora  de  los  Angeles,  para  prender  al  santo  comisario 
Fr.  Pedro  Bautista  y  compañeros,  que  a  la  sazón  es- 
taban en  el  coro  rezando  vísperas.  Noticioso  el  Santo 
del  suceso,  y  terminado  el  rezo,  tomó  el  Crucifijo,  y 
saliendo  con  otros  cuatro  religiosos  como  en  procesión, 
se  entregó  en  manos  de  los  aprehensores.  Al  mismo 
tiempo  fueron  presos  los  tres  niños,  Antonio,  Luis  y 
Tomé,  que  hacian  el  oficio  de  acólitos,  y  algunos  otros 
cristianos  aplicados  al  servicio  de  los  PP.  misioneros  y 
su  iglesia.  Asegurados  ya  los  santos  confesores,  entona- 
ron el  cántico  Te  Deiün,  y  al  salir  de  aquella  santa  casa 
obsequiaron  á  la  Virgen,  su  patrona,  con  el  himno 
O  Gloriosa  Domina.  En  Osaca  habia  otro  P.  Franciscano, 
el  cual  fué  preso  asimismo,  con  tres  japones  cristianos 
que  lo  asistían  en  el  ministerio  de  las  almas.  También 
fueron  presos  en  esta  ciudad  los  tres  japones  jesuítas, 
á  quienes  su  gobernador  no  quiso  indultar,  según  de- 
jamos indicado. 

I  8.  Veinte  y  cuatro  eran  los  santos  confesores  desti- 
nados á  la  muerte,  los  cuales  fueron  sacados  de  la  cár- 
cel el  dia  3  de  Enero  de  1597,  para  cortarles  la  oreja 
y  pasearlos  ignominiosamente  por  la  corte.  La  cruel 
ejecución  se  hizo  en  una  gran  plaza  pública,  en  donde 
habia  una  várela  ó  templo  dedicado  á  los  dioses  de  Ja- 
pon.  Casi  en  la  misma  puerta  de  este  abominable  edi- 
ficio cortaron  los  verdugos  la  oreja  izquierda  á  los  ado- 
radores del  verdadero  Dios,  los  cuales  desde  este  dia 
empezaron  á  derramar  su  sangre  por  la  gloria  de  su 
nombre.  Aquellos  viles  esclavos  del  tirano  arrojaban  con 


—  452  — 

desprecio  en  el  suelo  las  orejas  de  los  santos  confesores; 
mas  los  cristianos  las  recogían  devotamente,  empapando 
al  mismo  tiempo  sus  paííuelos  en  su  sangre.  Acabada 
esta  cruel  ejecución,  fueron  los  santos  confesores  colo- 
cados de  tres  en  tres,  en  unos  carros  tirados  de  una 
vaca,  y  de  esta  suerte,  bien  asegurados,  con  las  manos 
atadas  en  las  espaldas,  los  pasearon  por  las  plazas  y  lu- 
gares públicos  de  aquella  capital.  Después  les  hicieron 
sufrir  la  misma  ignominia  en  otras  ciudades  inmedia- 
tas, montados  en  caballos,  triunfando  así  la  crueldad  de 
la  inocencia,  pero  vencida  aquélla,  en  realidad,  por  la 
virtud  de  los  que  alegres  padecían  contumelias  por  el 
nombre  del  Señor. 

19.  Cuando  fueron  llevados  á  Osaca  para  hacerles 
sufrir  la  misma  ignominia,  tuvo  lugar  un  espectáculo 
digno  de  ser  consignado  por  la  historia.  Poco  antes  ha- 
bla entrado  Taycosama  en  esta  gran  ciudad  con  un  apa- 
rato verdaderamente  imperial,  con  el  fin  de  posesionar 
á  su  hijo  Fideyori  de  una  fortaleza  que  habia  levanta- 
do para  su  seguridad.  Esta  suntuosa  entrada  la  describe 
D.  Bernardino  de  Ávila,  cuyo  relato  copió  el  cronista  de 
la  provincia  de  San  Gregorio  (tomo  iii,  lib.  11,  capítu- 
lo XXI v),  no  dudando  de  su  veracidad.  «Entraron,  dice, 
primero  diez  ó  doce  mil  hidalgos,  todos  ellos  señores 
de  vasallos,  á  caballo;  cada  uno  con  tres  criados,  un  hom- 
bre de  armas  que  le  llevaba  delante  una  nanguinata,  un 
paje  y  un  mozo  de  caballo.  Luego  iban  seiscientos  hom- 
bres de  armas  cubiertos  de  ellas,  con  sus  nanguinatas 
doradas  y  catanas,  puestos  en  orden.  Seguían  á  éstos 
seiscientos  maceros,  con  unas  mazas  gruesas  en  las  ma- 
nos, y  en  la  cintura  grandes  catanas.  Luego  seguían 


—  453  — 
los  hacheros,  que  eran  dos  mil,  y  después  doscientos 
bastoneros  vestidos  de  carmesí.  A  éstos  seguian  treinta 
caballos  muy  hermosos  y  costosamente  enjaezados ;  lle- 
vaban cada  uno  cuatro  japones  vestidos  de  unas  como 
almillas  carmesí,  que  les  llegaban  sólo  á  la  cintura,  y 
embragados  con  sus  paños,  y  lo  demás  descubierto  y 
al  aire.  Luego  venia  un  norimono  cubierto  de  oro  y 
azul  con  quita-sol  muy  rico,  en  que  venía  el  Príncipe, 
que  era  entonces  niño  de  cinco  años.  Al  rededor  de  este 
norimono  iban  los  cuatro  gobernadores  descalzos  y  arre- 
mangados, y  con  ellos  otros  muchos  señores  de  los  prin- 
cipales del  reino,  y  otra  gran  suma  de  gente  de  los  cria- 
dos del  Príncipe.  Venía  después  el  ejército  de  gente  de 
á  caballo  y  á  pié,  en  donde  estaba  Taycosama,  que  se 
recogió  dentro  de  la  soberbia  fortaleza.  Luego  asomó 
el  campo  de  los  santos  mártires,  que  aunque  de  tan  po- 
cos caballeros,  habia  mucho  que  ver  en  él,  y  no  fué  poco 
notado. » 

20.  Es  dÍp-no  ciertamente  de  notarse  un  aconteci- 

o 

miento  tan  sorprendente.  Los  justos  son  despreciados  y 
proscritos,  mientras  los  impíos  son  ensalzados  con  las 
grandezas  de  la  tierra.  Sólo  la  fe  es  capaz  de  manifes- 
tarnos el  misterio  que  se  halla  encerrado  en  tan  extra- 
ordinaria diferencia.  La  Justicia  divina  recompensa  en 
este  mundo  el  bien  que  alguna  vez  practican  acciden- 
talmente los  malos,  y  castiga  las  imperfecciones  de  los 
buenos,  ó  les  ofrece  medios  para  merecer,  y  premiarlos, 
finalmente,  por  toda  la  eternidad  en  la  otra  vida.  Los 
gentiles  miraban  con  asombro  estos  encontrados  espec- 
táculos, mas  los  cristianos  veian  en  ellos  una  lección 
interesante.  No  son  raros  en  el  mundo  estos  contrastes, 


—  454  — 
que  vienen  á  presentarse  á  los  ojos  de  la  razón  y  de  la 
fe  como   un  argumento  poderoso  de  la  existencia  de 
otra  vida,  que  ha  de  restablecer  completamente  la  ar- 
monía del  mundo  moral  y  de  sus  leyes. 

De  estas  extraordinarias  escenas  fueron  testigos  ocu- 
lares algunos  españoles  del  navio  San  Felipe,  que  juz- 
gando por  oportuna  á  su  intento  esta  fiesta,  se  ha- 
blan presentado  en  Osaca;  mas  los  guardias  no  les 
permitieron  entrar  en  donde  estaba  Taycosama,  y  se 
vieron  precisados  á  regresar  á  Nangasaqui,  desesperan- 
zados de  remedio.  Parecia  natural  que  el  tirano,  con 
motivo  de  la  fiesta  con  que  honraba  á  su  hijo,  usara 
de  alguna  indulgencia  con  los  santos  confesores,  que 
harto  hablan  padecido  hasta  entonces;  pero  su  fiereza 
no  conocía  la  clemencia.  Lejos,  pues,  de  indultarlos, 
en  aquellos  mismos  dias  en  que  se  hallaba  embriaga- 
do de  placer,  confirmó  la  sentencia  pronunciada  poco 
antes  en  los  términos  siguientes:  «Por  cuanto  estos 
hombres  vinieron  de  los  Luzones  con  título  de  emba- 
jadores, y  se  quedaron  en  Meaco  predicando  la  ley 
cristiana,  que  yo  habia  prohibido  muy  rigorosamente 
los  años  pasados,  mando  sean  ajusticiados  juntamente 
con  los  japones  que  se  hicieron  de  su  ley.  Y  así  estos 
veinte  y  cuatro  serán  crucificados  en  Nangasaqui.  Y 
vuelvo  á  prohibir  de  nuevo  la  dicha  ley  para  en  ade- 
lante, para  que  venga  á  noticia  de  todos;  y  mando 
sean  ejecutados.  Y  si  alguno  fuese  osado  á  quebrantar 
este  mandamiento,  sea  castigado  con  toda  su  genera- 
ción :  el  primer  año  de  Quercho,  á  los  veinte  dias  de 
la  undécima  luna  (sello  real).»  Pronunciada  esta  defi- 
nitiva é  irrevocable  sentencia,  se  pasaron  tres  dias  so- 


—  455  — 
lamente  en  preparativos  para  conducir  á  los  santos 
confesores  al  lugar  de  su  martirio,  los  cuales  se  ocu- 
paron en  este  breve  tiempo  en  escribir  algunas  cartas 
á  las  personas  á  quienes  estaban  más  obligados,  y  en 
disponerse  para  merecer  la  gracia  del  martirio. 

21.  El  dia  9  de  Enero  salió  de  Osaca  la  santa  pro- 
cesión de  los  confesores  de  la  fe,  con  dirección  á  Nan- 
gasaqui.  Los  padecimientos  que  en  el  largo  trecho  de 
cincuenta  leguas  (i)  españolas  que  hay  entre  ambas 
ciudades  toleraron,  no  es  posible  describirlos.  Iban  des- 
calzos y  poco  abrigados  por  el  hielo,  nieves  y  escar- 
chas, con  las  manos  atadas  en  las  espaldas  y  sogas  en 
el  cuello.  En  sus  semblantes,  sin  embargo,  se  descu- 
bria  una  santa  conformidad  y  alegría,  efecto  de  la  gra- 
cia del  Señor,  que  los  alentaba  para  tolerar  con  forta- 
leza una  muerte  semejante  á  la  suya.  El  P.  Organtino, 
jesuita,  les  envió  desde  Meaco  un  criado  con  dinero, 
para  cubrir  en  lo  posible  las  necesidades  que  debian 
padecer  en  su  largo  viaje.  A  éste  se  agregó  otro  pia- 
doso cristiano,  con  deseos  de  prestar  sus  servicios  á 
los  santos  confesores,  y  ser  participante  de  su  suerte. 
Con  la  mutación  de  conductores  hallaban  estos  celosos 
cristianos  en  unos  benignidad,  pues  disimulaban,  ó 
no  reparaban;  mas  en  otros  encontraban  frecuentes 
motivos  de  padecer  por  su  ardiente  caridad,  hasta 
que  por  fin  dieron  con  unos  soldados  de  tan  mala 
condición,  que  no  les  permitieron  continuar  en  su 
caritativo  ministerio.  Aquellos  fieles  servidores  porfia- 
ban y  no  desistian  de  importunar  á  los  satélites,  para 


(i)  Mas  de  cien  leguas,  según  la  Crónica  de  San  Francisco. 


—  456  — 
proseguir  en  prestar  sus  servicios  á  los  santos  confeso- 
res; mas  ellos  les  correspondían  con  malos  tratamien- 
tos. Su  constancia,  por  fin,  les  mereció  lo  que  tanto  de- 
seaban, porque  preguntados  si  eran  cristianos,  no  tu- 
vieron la  menor  dificultad  en  confesar  su  fe,  y  por  su 
generosa  confesión  fueron  agregados,  por  su  dicha,  al 
coro  predestinado  de  los  santos  confesores,  completan- 
do de  este  modo  el  número  de  veinte  y  seis  campeo- 
nes que  fueron  los  sacrificados  poco  después  en  Nan- 
gasaqui. 

22.  El  4  de  Febrero  llegaron  los  santos  confesores 
á  Conoquí,  distante  ocho  leguas  solamente  del  fin  de 
su  jornada,  y  allí  los  visitaron  dos  PP.  Jesuítas,  con  el 
fin  de  consolarlos  y  administrarles  los  santos  Sacra- 
mentos; mas  los  conductores  no  les  dieron  lugar  para 
prestarles  este  auxilio  tan  consolador  y  necesario  en 
aquellas  circunstancias.  ¡Admirable  religión  católica, 
que  unes  los  entendimientos  en  una  fe,  y  las  volunta- 
des en  unos  mismos  sentimientos,  aun  de  aquellos  que 
están  divididos  en  pareceres  distintos.  El  santo  comi- 
sario Fr.  Pedro  Bautista  tuvo,  no  obstante,  oportuni- 
dad en  esta  ocasión  de  suplicarles,  en  su  nombre  y  en 
el  de  sus  amados  compañeros,  diesen  satisfacción  al 
Sr.  Obispo  y  demás  PP.  portugueses, 'por  las  molestias 
que  de  ellos  hubiesen  recibido :  iban  entonces  á  despe- 
dirse para  siempre  del  Japón  y  de  la  vida  para  ir  á  Je- 
sucristo, que  era  lo  que  aquéllos  hablan  siempre  de- 
seado y  con  vivas  ansias  pretendido.  Fazamburo,  en- 
cargado de  la  ejecución  de  la  sentencia,  temiendo  al- 
gún tumulto  en  Nangasaqui,  en  donde  habia  muchos 
cristianos,  tomó  algunas  precauciones,  que  sólo  sirvie- 


—  457  — 
ron  para  excitar  el  celo  y  la  caridad  de  éstos,  y  la  cu- 
riosidad de  los  gentiles.  Al  efecto  publicó  un  bando, 
prohibiendo,  bajo  pena  de  la  vida,  que  nadie  saliese  á 
recibir  á  los  santos  confesores,  y  para  su  firmeza  man- 
dó poner  guardias  en  los  caminos  por  donde  hablan 
de  pasar;  pero  nada  fué  suficiente  para  contener  á  la 
muchedumbre  piadosa,  que  deseaba  ser  participante  de 
alguna  reliquia  preciosa  de  los  que  iban  á  dar  su  vida 
por  la  fe.  Unos  llevaban  pañuelos  de  seda  y  ricas  toa- 
llas para  recoger  su  sangre,  otros  conduelan  algunos 
refrigerantes  para  confortarlos  de  algún  modo  en  me- 
dio de  los  tormentos,  y  no  pocos  se  arrojaban  á  sus 
pies  para  besárselos  con  amor  y  regarlos  con  sus  lá- 
grimas. Era  esta  piadosa  conmoción  un  espectáculo 
nunca  visto  en  el  país.  Y  no  fué  de  poca  utilidad  en 
aquel  caso  aquella  demostración  extraordinaria;  porque 
con  el  ejemplo  de  los  santos  confesores,  que  iban  como 
corderos  al  lugar  del  sacrificio,  y  con  la  fervorosa  pie- 
dad de  los  cristianos,  manifestada  como  nunca  á  vista 
de  los  tormentos,  los  tibios  se  robustecieron  en  la  fe,  y 
muchos  deseaban,  con  una  santa  emulación,  ser  parti- 
cipantes de  su  muerte. 

El  ejecutor  impío  que  habia  de  llevar  á  cabo  la  sen- 
tencia, avisado  dé  antemano  por  una  orden  de  la  corte 
acerca  del  género  de  muerte  que  habian  de  sufrir  los 
santos  confesores,  habia  mandado  preparar  las  cruces 
en  el  repecho  de  un  montecillo  cercano  á  Nangasaqui, 
á  la  derecha  del  camino  que  dirige  rectamente  á  las 
ciudades  de  Osaca  y  de  Meaco,  en  donde  solían  ajus- 
ticiar á  los  malhechores.  Mas  la  piedad  de  los  cristianos 
no  pudo  tolerar  que  padeciesen  en  aquel  lugar  infame 


—  458  — 

los  atletas  invencibles  de  la  religión  de  Jesucristo.  Así 
que  los  portugueses  y  algunos  buenos  cristianos  supli- 
caron á  Fazamburo  que  mandase  trasladar  las  cruces 
á  la  izquierda  del  camino,  para  librarles  de  la  pena  que 
aquella  ignominia  les  causaba.  El  ejecutor  condescen- 
dió gustoso  en  aquel  caso  con  tan  piadosos  deseos,  y 
aun  añadió  que  si  fuera  arbitro  de  librar  á  los  senten- 
ciados de  la  muerte,  lo  verificara  sin  demora.  Las  cru- 
ces destinadas  á  los  discípulos  amados  del  Señor  tenian 
en  el  centro  un  palo  recorvado  para  apoyarse  las  vícti- 
mas, y  en  las  extremidades  tres  argollas  con  cordeles, 
en  donde  debian  asegurarles  los  pies  y  manos  sin  cla- 
varlos. Trasladáronlas  al  sitio  que  pidieron  los  portu- 
gueses por  favor,  y  las  colocaron  con  simetría  de  Orien- 
te á  Poniente,  á  unas  cuatro  varas  de  distancia,  y  mi- 
rando todas  hacia  el  Sur.  Estaban  en  el  centro  las  que 
habian  de  servir  para  los  seis  santos  Franciscanos,  y  las 
demás  colocadas  en  uno  y  otro  lado  en  línea  recta.  La 
piedad  de  los  fieles,  y  aun  la  historia,  ha  consagrado 
aquel  lugar  con  el  nombre  de  Calvario  de  Nangasaqui, 
en  memoria  de  los  Santos  Mártires. 

23.  Al  descubrir  los  santos  confesores  las  cruces  le- 
vantadas á  lo  alto,  no  pudieron  menos  de  dar  gracias 
al  Señor,  como  el  apóstol  San  Andrés,  por  la  singular 
merced  que  les  hacia  en  concederles  una  muerte  tan 
semejante  á  la  suya.  A  su  llegada  se  apoderaron  de  ellos 
los  verdugos;  los  tendieron  en  las  cruces,  colocadas  á  lo 
largo  sobre  el  suelo;  les  sujetaron  los  pies  y  las  manos 
con  argollas,  y  á  una  señal  del  juez  ejecutor  las  levan- 
taron á  un  tiempo,  causando  su  vista  repentina  una 
conmoción  profunda  en  los  ánimos  de  los  espectadores. 


—  459  — 
Luego  se  oyó  un  grito  de  indignación  contra  uno  de 
los  verdugos,  porque  habiendo  colocado  mal  la  argolla 
de  los  pies  al  santo  Fr.  Felipe  de  Jesús,  con  el  golpe 
que  en  el  hoyo  dio  la  cruz  al  caer  perpendicular  desde 
lo  alto,  se  resbalaron  los  miembros  del  santo  mártir,  y 
se  le  descarnaron  hasta  los  huesos.  Con  la  vehemencia 
del  dolor  invocó  el  dulce  nombre  de  Jesús,  y  en  se- 
guida mandó  el  juez  que  sin  demora  le  quitase  la  vida 
el  verdugo;  lo  que  hizo  de  una  lanzada,  enviando  su 
dichosa  alma  al  cielo  para  recibir  la  palma  del  mar- 
tirio. 

24.  El  santo  Fr.  Francisco  Blanco  fué  el  segundo 
atleta  á  quien  atravesó  con  su  lanza  otro  verdugo.  Con 
la  furia  del  golpe  se  le  separó  la  mano  de  su  argolla; 
mas  el  santo  mártir  la  volvió  á  meter  con  gran  sosiego, 
y  al  segundo  golpe  espiró.  El  tercero  fué  el  santo  fray 
Martin  de  la  Asunción,  el  cual  fué  traspasado  de  otro 
golpe  mientras  estaba  alabando  al  Señor  con  el  salmo 
Laúdate  Domimim  omnes  gentes.  En  seguida  lo  fué  el 
santo  Fr.  Gonzalo  García,  encomendándose  á  Dios,  al 
espirar,  con  las  palabras  que  San  Dímas  decia  al  Re- 
dentor del  mundo,  estando  pendiente  de  la  cruz :  Me- 
mento mei  diim  veneris  in  regniim  tuiím.  Imediatamente 
fué  también  atravesado  el  santo  Fr.  Francisco  de  San 
Miguel,  que  esperaba  aquella  dicha  por  su  turno.  En- 
tre tanto  el  santo  niño  Antonio,  que  sólo  tenía  once 
años  de  edad,  y  se  hallaba  al  lado  del  santo  Comisario, 
al  ver  que  el  verdugo  echaba  mano  de  la  lanza  para 
traspasarlo,  le  dijo:  «Padre,  ¿no  se  acuerda  que  nos 
dijo  en  el  camino  que  cuando  nos  hallásemos  coloca- 
dos en  las  cruces  habiamos  de  cantar  el  salmo  Laúdate 


—  ^6o  — 

pueri  Domhium?  Ea,  padre,  comenzad,  que  ya  es  tiem- 
po.)) El  santo  Comisario,  que  sin  duda  estaba  sumer- 
gido en  la  contemplación  de  las  bondades  del  Señor, 
no  advirtió  lo  que  el  santo  niño  le  decia;  mas  al  ver  el 
santo  niño  que  su  glorioso  maestro  no  se  habia  aperci- 
bido de  su  oportuno  recuerdo,  él  mismo  entonó  aquel 
salmo  y  lo  prosiguió  hasta   el  fin,   acompañado  del 
santo  niño  Luis,  que,  sin  embargo   de   no   tener  más 
que  diez  años  de  edad,  estaba  poseido  en  aquel  trance 
de  tan  inefable  gozo,  que  bailaba  de  alegría  en  el  mis- 
mo madero  de  la  cruz.  Al  terminar  el  Gloria,  fueron 
los  dos  alanceados,  y  sus  venturosas  almas  volaron  jun- 
tas al  empíreo  para  cantar  las  alabanzas  del  Señor  ante 
el  trono  de  Dios  y  del   Cordero.   Aun   estaba  vivo  el 
santo  Comisario,  que,  con  los  ojos  elevados  á  lo  alto, 
imploraba  los  auxilios  del  Señor  para  salir  victorioso 
de  este  valle  de  miserias.  Al  ver  que  el  verdugo  iba  á 
enarbolar  su  lanza  para  traspasarlo,   dijo   con  ternura 
aquellas  últimas  palabras  de  nuestro  divino  Redentor : 
I?i  7naniis  tuas,  Domine,  commendo  spiritum  meum,  y 
concluidas  espiró;  quedando  su  rostro  santo  muy  agra- 
dable á  la  vista,  y  en  una  postura  grave  todo  el  cuer- 
po, con  la  cual  se  daba  bien  á  entender  haber  sido  el 
verdadero  caudillo  de  aquella  celestial  milicia.  Así  fue- 
ron inmolados  sucesivamente  los  restantes,  pasando  á 
recibir  allá  en  el  cielo  la  gloriosa  palma  del  martirio. 
El  Sr.  Obispo  fué  á  verlos,  y  con  lágrimas  de  tierna 
devoción   los   elogió   como   verdaderos   mártires.   Los 
cuerpos,  á  pesar  de  las  medidas  que  preventivamente 
se  tomaron,  fueron  presa  de  los  fieles,  que  todos  de- 
seaban tener  alguna  parte   de   sus   preciosas   reliquias. 


—  4^1   — 

Los  españoles,  que,  como  parte,  después  los  reclama- 
ron, sólo  pudieron  lograr  algunos  pequeños  fragmen- 
tos, que  metidos  después  en  una  caja  hubieron  de  per- 
derse por  desgracia.  El  cielo  no  tardó  en  mostrarse  pro- 
picio á  su  memoria,  obrando  por  su  intercesión  muchos 
prodigios,  que  probados  jurídicamente  en  la  Congre- 
gación de  Ritos,  movieron  á  la  santidad  de  Urbano  VIII 
á  beatificar  solemnemente  á  los  veinte  y  seis  atletas, 
que  pudiéramos  llamar  los  proto-mártires  del  imperio 
del  Japón. 


CAPITULO  11. 

Nueva  persecución  contra  la  religión  cristiana  en  el  Japón. — Llegan  á  Nan- 
gasaqui  otros  dos  PP.  Franciscanos. —  Llega  al  Japón  otro  obispo. —  Mue- 
re Taycosama. — Jeyaso,  rey  del  Kuanto,  nombrado  regente  del  imperio, 
se  hace  cargo  de  su  gobierno  y  toma  el  nombre  de  Dayfusama. — Se  de- 
clara en  favor  de  los  PP.  misioneros. —  Entrada  de  nuestros  religiosos  en 
Satzuma,  y  son  tratados  honoríficamente  por  su  Tono. — Dan  principio  á 
su  misión. — Edifican  una  iglesia  en  Cojiqui  y  otra  en  Ouiodomari. — Con- 
\^ersion  y  martirio  de  un  caballero  llamado  León. —  Misión  en  Camboja. 

—  Su  rey  hace  un  magnífico  recibimiento  á  nuestros  religiosos. — Caso  raro 
y  conversión  de  un  japón  en  aquel  reino. —  Mueren  dos  PP.  misioneros,  y 
el  tercero  se  vuelve  desconsolado  á  Manila. —  Se  sublevan  los  chinos  en 
esta  capital. —  Matan  á  D.  Luis  Pérez  Dasmariñas,  con  otros  espaííoles. — 
Se  libra  la  plaza,  y  los  chinos  se  retiran. — Son  perseguidos  y  exterminados. 

—  El  Gobernador  envia  una  comisión  al  Virey  de  Fo-Kien  para  que  per- 
mita que  los  chinos  vengan  á  Manila,  como  antes. 

25.  Sin  embargo  de  que  los  PP.  portugueses  fueron 
excluidos  de  la  sentencia  de  muerte  que  Taycosama  ha- 
bia  pronunciado  contra  todos  los  misioneros  del  Japón, 
bu  permanencia,  no  obstante,  era  muy  precaria  en  el 
imperio,  y  aun  se  agravó  su  posición  poco  después  por 
un  hecho  ruidoso  que  aconteció  sin  culpa  suya.  Un  so- 


—  4^2   

brino  del  Emperador,  descoso  de  ascender  á  una  digni- 
dad que  no  le  correspondía,  llegó  á  inspirar  celos  á  su 
anciano  y  cruel  tio  con  sus  imprudentes  pretensiones, 
y  de  resultas  fué  condenado  á  pena  capital.  Con  este 
motivo,  sospechando  el  tirano  que  los  PP.  portugueses 
hablan  tenido  alguna  intervención  en  las  pretensiones 
del  sobrino,  expidió  un  nuevo  decreto  de  expulsión  con- 
tra aquellos  misioneros,  permitiendo  solamente  que  se 
quedasen  tres  ó  cuatro  en  Nangasaqui,  para  el  cuidado 
de  los  portugueses  que  tenian  comercio  en  este  puerto, 
pero  con  prohibición  estrecha  de  comunicar  con  los 
gentiles  en  puntos  de  religión.  Esta  nueva  persecución 
causó  incalculables  perjuicios  á  la  iglesia  del  imperio, 
porque,  temerosos  muchos  Tonos  de  caer  en  desgracia 
del  Emperador,  tomaron  un  vivo  interés  por  la  obser- 
vancia del  tiránico  decreto.  Habiéndose  divulgado  en 
la  comarca  de  Ximo  que  el  Emperador  debia  de  tras- 
ladarse á  Nangasaqui  para  continuar  la  guerra  que  ha- 
bla declarado  á  Corea,  fueron  derribadas  todas  las  igle- 
sias. En  los  reinos  de  Arima,  Omura  y  Firando  fue- 
ron destruidas  ciento  y  treinta  iglesias  y  capillas,  sal- 
vándose tan  sólo  la  de  Amacusa,  por  respetos  á  Don 
Agustín,  que  gobernaba  en  el  distrito.  En  vista  del  ri- 
gor con  que  se  ejecutaba  el  decreto  imperial,  salieron 
once  PP.  Jesuítas  para  el  puerto  de  Macao. 

26.  Antes  de  llegar  la  noticia  de  estos  sucesos  á  Ma- 
nila, enviaron  los  PP.  Franciscanos  dos  nuevos  misio- 
neros al  Japón,  con  el  fin  de  proseguir  las  tareas  apos- 
tólicas, que  sus  santos  hermanos  habían  tan  felizmente 
comenzado.  Su  llegada  á  Nangasaqui ,  que  no  tardó  en 
publicarse,  aconteció  cuando  los  PP.  Jesuítas  estaban 


—  463  — 

en  su  mayor  conflicto  con  motivo  del  nuevo  decreto 
imperial.  El  P.  Fr.  Jerónimo  de  Jesús,  uno  de  ellos, 
desembarcado  con  la  mayor  cautela,  logró  burlar  la  vi- 
gilancia de  los  perseguidores,  ocultándose  en  las  cerca- 
nías de  Meaco,  en  donde  estaba  cuando  fueron  presos 
los  primeros;  mas  su  compaíiero  fué  encarcelado,  y  lue- 
go se  reembarcó  para  Manila.  Los  gobernadores  de 
aquel  puerto  practicaron  entre  tanto  las  más  activas  di- 
ligencias para  prender  al  P.  Fr.  Jerónimo;  pero  todo 
fué  en  vano,  porque  el  Señor  lo  conservaba  para  el  bien 
de  la  Iglesia,  perseguida  en  aquel  imperio. 

27.  Poco  después  llegó  también  á  Nangasaqui  el 
limo.  Sr.  D.  Luis  de  Sequeira,  sucesor  del  limo.  Mar- 
tínez, que  habia  muerto  en  el  viaje  huyendo  de  la  per- 
secución. Sus  ideas,  como  buen  portugués,  no  fueron 
menos  estrictas  que  las  de  su  antecesor  por  la  rigoro- 
sa observancia  del  famoso  breve,  ya  citado,  de  Grego- 
rio Xin.  A  su  llegada  no  se  descuidó  en  publicar  que 
la  misión  de  los  PP.  Franciscanos  era  errada,  sin  con- 
siderar que  los  misioneros  portugueses  estaban  tan  em- 
barazados como  los  de  la  Orden  seráfica  para  propagar 
la  religión  que  todos  deseaban  mantener.  Habia  veni- 
do revestido  con  la  calidad  de  embajador  de  Portugal, 
y  como  tal  se  presentó  en  la  corte  de  Meaco;  pero  ya 
no  pudo  desempeñar  su  elevada  comisión  por  hallarse 
Taycosama  á  la  sazón  enfermo  gravemente. 

28.  Era  ya  llegada  la  tremenda  hora,  en  la  que  este 
monarca  poderoso  habia  de  pagar  el  tributo  impuesto 
á  todos  los  mortales.  Educado  en  los  errores  de  la  ido- 
latría, y  acostumbrado  á  verter  sin  compasión  la  san- 
gre de  los  cristianos,  estaba  sumergido  en  una  fria  in- 


—  464  — 

diferencia,  sin  mostrar  remordimientos  de  sus  cruelda- 
des é  injusticias.  Como  reprobo  y  carnal,  sólo  le  mor- 
tificaba la  memoria  de  la  suerte  que  habia  de  caber  al 
imperio  y  á  su  hijo,  que  dejaba  en  la  menor  edad,  sin 
acordarse  un  momento  del  fin  desgraciado  de  su  per- 
versa vida.  Persuadido  de  la  gravedad  de  su  dolencia, 
trato  de  asegurar  lo  que  por  sí  ya  no  podia  conservar. 
A  este  fin  llamó  á  Jeyaso,  rey  de  Kuanto,  el  más  po- 
deroso de  los  Tonos  de  Japón,  que  le  habia  prestado 
servicios  muy  importantes  para  pacificar  y  sujetar  á  los 
señores  de  su  imperio,  y  cuya  decisión  á  su  favor  le  ha- 
bia merecido  la  posesión  de  ocho  reinos,  sin  el  suyo. 
Era,  pues,  muy  natural  que  Taycosama  se  acordase  en 
esta  ocasión  de  este  favorito  para  confiarle  el  cuidado 
de  su  amada  prenda  y  las  riendas  del  imperio  durante 
su  menor  edad.  Puesto  Jeyaso  en  su  presencia  con  otros 
Tonos  y  señores,  le  dirigió  la  palabra,  y  le  dijo:  que  ya 
no  dudaba  de  su  cercana  muerte;  pero  que  no  sentia 
tanto  el  morir,  como  el  dejar  á  su  amado  hijo  en  una 
edad  tan  tierna,  incapaz  de  gobernar  su  vasto  imperio : 
que  habiendo  meditado  acerca  del  sujeto  en  quien  po- 
dria  depositar  su  confianza,  habia  puesto  los  ojos  en  él, 
y  no  dudaba  de  su  fidelidad  que  en  llegando  su  hijo  á 
la  mayor  edad,  lo  pondria  en  posesión  de  la  herencia 
que  le  dejada.  Para  tener  Taycosama  más  obligado  al 
favorito,  añadió:  que  supuesto  tenía  una  nieta,  nacida 
de  su  legítimo  heredero,  deseaba  enlazar  con  ella  á  su 
hijo;  pues  así  sería  la  alianza  más  segura  y  su  muerte 
menos  sensible  y  aflictiva.  Oyó  Jeyaso  con  asombro  el 
discurso  del  moribundo  Emperador;  accedió  gustoso  á 
cuanto  le  propuso,  y  disponiendo  le  trajesen  ala  nieta. 


—  465  — 

se  celebró  desde  luego  el  desposorio,  con  la  fiesta  que 
las  tristes  circunstancias  permitían.  Después  fueron  los 
desposados  trasladados  á  la  fortaleza  de  Osaca,  en  don- 
de Taycosama  habia  hecho  ensanchar  sus  muros  y  cons- 
truir algunos  suntuosos  edificios  para  la  seguridad  y  re- 
galo de  su  hijo,  durante  su  menor  edad;  y  si  bien  que- 
dó algo  tranquilizado,  creyendo  que  así  se  perpetuarla 
en  su  familia  el  imperio  que  habia  levantado  con  su 
valor,  se  retiró,  no  obstante,  á  lo  interior  de  su  pala- 
cio, meditando  acerca  de  la  suerte  que  luego  le  habia 
de  caber.  Algunos  cortesanos,  que  le  eran  más  afectos, 
le  comunicaron  la  llegada  del  Embajador  de  Goa,  ase- 
gurándole que  le  traia  regalos  de  mucha  importancia, 
persuadidos  de  que  le  sería  grata  esta  noticia.  Mas  él  la 
recibió  con  la  mayor  indiferencia,  y  sólo  permitió  que 
entrase  á  visitarle  el  P.  Juan  Ruiz,  intérprete  del  Ilus- 
trísimo  Sequeira,  con  quien  tuvo  una  ligera  conferencia. 
Se  dijo  que  este  sacerdote  trató  de  aprovechar  aquel 
momento  precioso  en  beneficio  de  su  alma;  pero  sus  pa- 
labras no  produjeron  efecto  alguno  en  el  corazón  del  que 
habia  perseguido  con  tanta  crueldad  á  los  ministros  del 
Señor.  Murió,  pues,  en  su  reprobación,  con  la  mancha 
de  cruel,  por  la  mucha  sangre  que  habia  derramado,  y 
con  la  infamia  de  tirano,  por  las  víctimas  que  habia  sa- 
crificado en  odio  de  la  verdadera  religión. 

29.  Por  su  muerte  se  hizo  cargo  de  las  riendas  del 
gobierno  su  regente  Jeyaso,  quien  tomó  el  nombre  de 
Dayfusama;  esto  es,  gobernador  ó  gran  jefe  de  la  re- 
gencia. Desde  luego  se  vio  en  la  necesidad  de  reprimir 
las  pretensiones  de  algunos  Tonos  y  señores,  que  trata- 
ban de  sacudir  el  yugo  que  les  habia  impuesto  Tayco- 


30. 


—  466  — 

sama,  v  recobrar  su  antigua  independencia;  mas  el  Re- 
gente los  contuvo,  y  logró  asegurar  el  absoluto  señorío 
que  le  confiara  el  difunto.  Mas  no  se  limitó  á  esto  su 
intención.  Desvanecido  al  encontrarse  en  la  cumbre 
del  poder,  se  declara  soberano  del  imperio,  haciendo 
traición  á  la  confianza  que  en  él  depositara  su  más  de- 
cidido bienhechor.  Sus  miras  y  su  conducta  acerca  de 
la  religión  de  Jesucristo  fueron  al  principio  más  pro- 
picias que  las  de  su  antecesor.  El  interés  y  la  propia 
conveniencia  le  hicieron  cambiar  por  el  pronto  el  sis- 
tema de  política  que  habia  planteado  Taycosama,  y  en 
vez  de  perseguir  á  los  PP.  misioneros,  se  declaró  abier- 
tamente en  su  favor.  No  tuvo  por  conveniente  á  sus 
estados  el  monopolio  mercantil  que  los  portugueses 
ejercían  en  la  ciudad  de  Nangasaqui,  y  creyó  que  les 
debia  oponer  á  los  españoles  de  Manila,  con  los  cuales 
los  japones  ya  mucho  antes  contrataban  en  esta  misma 
capital.  Noticioso  de  que  se  hallaba  escondido  en  las 
partes  de  Meaco  el  P.  Fr.  Jerónimo  de  Jesús,  hizo 
diligencias  á  fin  de  que  se  le  presentase,  ofreciéndole 
un  salvo-conducto  á  este  propósito.  El  P.  misionero, 
convencido  de  la  buena  fe  con  que  procedía  el  Regen- 
te, se  puso  en  sus  manos  desde  luego,  y  se  entabló  en- 
tre los  dos  una  correspondencia  amistosa  desde  enton- 
ces. Las  primeras  pretensiones  del  Regente  fueron  que 
el  P.  misionero  procurase  atraer  el  comercio  de  las  is- 
las Filipinas  á  sus  puertos,  y  á  este  fin  envió  poco  des- 
pués una  embajada  al  Gobernador  supremo  de  Manila. 
El  P.  Fr.  Jerónimo  se  aprovechó  de  esta  bella  ocasión 
para  procurar  la  libertad  á  la  iglesia  del  imperio,  y 
abrir  su  puerta  á  las  corporaciones  religiosas  de  Ma- 


—  467  — 
nila,  en  atención  á  ser  muy  vasto  el  campo  en  donde 
todas  ellas  podían  trabajar  con  desahogo  en  la  propa- 
gación del  Evangelio.  Con  su  gran  prudencia  y  exqui- 
sitas diligencias,  consiguió,  en  efecto,  lo  que  deseaba, 
y  desde  entonces  principió  en  las  islas  de  Japón  una 
nueva  época  de  gloria  para  la  religión  de  Jesucristo, 
cual  no  se  habia  visto  en  el  Imperio  desde  los  tiempos 
de  San  Francisco  Javier.  Obtuvo  sin  dificultad  un  per- 
miso para  fabricar  una  iglesia  en  Yedo,  metrópoli  de 
Kuanto,  que  tituló  de  Nuestra  Sra.  del  Rosario,  y  los 
cristianos  volvieron  otra  vez  á  ejercer  públicamente  su 
culto  y  sus  actos  religiosos.  Hasta  los  PP.  Jesuitas, 
proscritos  hasta  entonces  aparecieron  con  sus  trajes,  sa- 
liendo de  la  oscuridad  para  continuar  sus  tareas  apos- 
tólicas á  la  sombra  de  la  libertad,  que  les  alcanzó,  como 
era  justo,  un  religioso  Franciscano. 

30.  Tal  era  el  estado  de  la  iglesia  del  Japón  cuando 
nuestros  religiosos  de  la  provincia  del  Santísimo  Rosa- 
rio entraron  en  el  reino  de  Satzuma,  llamados  por  su 
Tono.  Los  japones  convertidos,  á  pesar  de  los  esfuerzos 
del  tirano  Taycosama,  nunca  dejaron  de  profesar  la 
religión  de  Jesucristo,  ni  por  esto  interrumpieron  su 
comercio  con  las  islas  Filipinas.  Mas  éste  fué  luego 
más  activo,  con  la  libertad  que  les  otorgaba  Dayfusa- 
ma.  Estas  mismas  relaciones,  y  el  prestigio  de  que  go- 
zaba en  la  corte  el  citado  misionero  Fr.  Jerónimo  de 
Jesús,  movieron  á  varios  señores  del  imperio  á  pedir 
que  los  religiosos  de  Manila  pasasen  á  sus  reinos  á  pre- 
dicar la  religión  de  Jesucristo;  aunque  no  era,  cierta- 
mente, el  celo  de  la  gloria  de  Dios  lo  que  principal- 
mente les  movia,  sino  el  interés  que  esperaban  de  su 


—  468  — 

trato.  Ellos  creían  atraer  con  su  influjo  el  comercio  de 
los  españoles  á  sus  puertos,  como  lo  habían  hecho  en 
Nangasaquí  los  PP.  Jesuítas  respecto  de  los  comer- 
ciantes portugueses.  Entre  los  buques  de  japones  que 
en  1 6o I  llegaron  á  Manila,  habia  algunos  del  reino 
de  Satzuma,  y  entre  sus  mercaderes  habia  también  va- 
ríos  cristianos,  que  admiraban  altamente  el  esplendor 
y  la  magnificencia  del  culto  que  se  tributaba  al  verda- 
dero Dios  en  los  templos  de  esta  capital.  Con  este  mo- 
tivo solían  frecuentar  las  iglesias  de  las  corporaciones 
religiosas,  y  no  tardaron  en  aficionarse  á  las  mismas, 
ora  por  la  vida  santa  que  sus  individuos  observaban, 
ora  por  el  afecto  con  que  los  recibían  en  todas  partes. 
Uno  de  ellos,  llamado  Juan  Sandayas,  que  frecuenta- 
ba nuestra  iglesia,  llamó  la  atención  del  P.  Fr.  Fran- 
cisco de  Morales  (i),  que  á  la  sazón  era  prior  del  con- 
vento por  su  gran  modestia  y  devoción  en  los  actos 
religiosos.  Un  día  le  llamó  dicho  prior  y  le  preguntó 
si  sería  posible  que  los  religiosos  de  su  Orden  fuesen 
también  á  su  país  para  predicar  en  el  imperio  la  reli- 
gión de  Jesucristo.  El  neófito  japón,  que  no  deseaba 
otra  cosa,  le  contestó  afirmativamente,  y  aun  añadió 
que  él  se  ofrecía  á  conducirlos,  si  se  determinaban  á  ir, 
al  tiempo  de  su  regreso.  Ya  daba  por  concluido  este 
negocio,  según  los  deseos  que  le  habia  manifestado  el 
Prior;  de  suerte  que,  al  despedirse  del  convento,  fué 
á  verse  inmediatamente  con  el  capitán  del  buque  y 
contrató  el  pasaje  de  los  PP.  misioneros  que  se  desig- 
nasen al  efecto.  Finalmente  volvió  á  verse  con  el  men- 


(i)  Está  ya  beatificado  como  mártir. 


—  4^9  — 
Clonado  superior,  asegurándole  que  el  Tono,  su  señor, 
tendría  mucho  gusto  en  verlos  en  su  reino.  El  Prior 
llevó  entonces  á  los  japones  á  la  presencia  del  Provin- 
cial, y  allí  reiteraron  sus  ofrecimientos  y  promesas;  pero 
la  escasez  de  religiosos  que  á  la  sazón  padecía  la  Pro- 
vincia, no  permitió  que  se  realizasen  por  entonces  los 
deseos  de  aquel  celoso  misionero.  El  Provincial,  no 
obstante,  practicó  algunas  diligencias  al  intento,  y  dis- 
puso las  cosas  de  tal  suerte,  que  á  su  tiempo  se  pudiese 
establecer  una  misión  de  religiosos  de  la  Orden  en  Sat- 
zuma.  A  este  fin  escribió  una  carta  muy  atenta  á  su 
Tono,  dejando  muy  alegres  y  esperanzados  á  aquellos 
¡apones  fervorosos,  que  no  dudaban  tener  en  su  país 
algunos  religiosos  Dominicos. 

31.  El  año  siguiente  de  1602  llegó  á  Manila  la  em- 
bajada de  Dayfusama,  de  que  se  ha  hecho  mención 
anteriormente,  en  virtud  de  lo  acordado  entre  éste  y 
el  P.  Fr.  Jerónimo  de  Jesús.  El  mensaje  fué  bien  re- 
cibido y  despachado  por  el  gobierno  de  Manila.  En- 
tonces llegaron  también  á  esta  capital  algunas  cartas  de 
ciertos  señores  de  Japón ,  pidiendo  misioneros  con  ins- 
tancia, y  en  su  vista  se  trató  seriamente  del  asunto.  La 
provincia  del  Santísimo  Nombre  de  Jesús  envió  des- 
de luego  á  los  PP.  Fr.  Pedro  de  Guevara  y  Fr.  Esta- 
cio  Ortiz,  los  cuales  salieron  de  Manila  el  dia  25  de 
Junio  del  mismo  año,  y  llegaron  en  12  de  Agosto  al 
puerto  de  Firando.  La  provincia  del  Santísimo  Rosario 
también  se  decidió  á  enviar  al  imperio  del  Japón  al- 
gunos misioneros,  pues  ademas  de  los  motivos  gene- 
rales que  animaban  á  las  demás  corporaciones,  habia 
recibido  ya  una  carta  del  Tono  de  Satzuma,  que  esta- 


—  470  — 
ba  concebida  en  estos  términos:  «El  maestre  de  campo 
del  reino  de  Satzuma,  Tin-Tionguen,  con  diligencia 
y  vigilancia  escribió  á  los  PP.  de  Santo  Domingo  del 
reino  de  Luzon  respetuosamente.  El  año  pasado  fué 
un  navio  de  mercancía  de  mi  reino  á  ese  reino  precioso, 
y  los  que  iban  en  él  rogaron  á  los  padres  que  viniesen 
con  ellos  á  jsste  mi  reino ,  y  no  tuvo  efecto.  Yo  he  oido 
que  tratáis  muy  bien  á  los  que  van  ahí  de  este  mi  rei- 
no, y  se  les  ha  dicho  á  los  que  viven  en  él  para  que 
lo  sepan.  Yo  os  estoy  esperando  con  gran  contento; 
venid  en  todo  caso  luego,  y  no  faltéis  á  mi  deseo.  Rué- 
goos  no  olvidéis  esta  mi  carta:  el  sexto  ario  del  Key- 
cho,  á  22  del  mes  nono.»  Con  esta  invitación  los  pa- 
dres trataron  seriamente  de  un  negocio  de  tanta  im- 
portancia, y  en  el  capítulo  intermedio,  celebrado  en  27 
de  Abril  de  1602,  se  designaron  cuatro  sacerdotes  y 
un  lego,  todos  religiosos  de  gran  virtud  y  celo,  para 
dar  principio  á  la  misión  dominicana  en  las  populosas 
islas  del  Japón,  como  queda  ya  indicado  al  fin  del  li- 
bro anterior,  núm.  145. 

32.  El  i.°  de  Junio  del  mismo  año,  dia  en  que  ce- 
lebraba la  Iglesia  la  fiesta  de  la  Santísima  Trinidad,  se 
hicieron  á  la  vela  felizmente  para  el  imperio  del  Ja- 
pon  ,  desnudos  en  un  todo  y  para  siempre  de  los  bie- 
nes de  la  tierra,  y  puestas  sus  esperanzas  en  la  divina 
Providencia.  Ni  siquiera  quisieron  llevar  consigo  las 
limosnas  que  los  fieles  les  hablan  dado  para  sus  nece- 
sidades; pues  las  entregaron  á  León  Quizayemon,  su 
conductor,  con  encargo  de  que  en  llegando  á  su  país 
las  distribuyese  entre  los  pobres.  Lo  que  más  aprecia- 
ban era  una  hermosa  imagen  de  Ntra.  Sra.  del  Rosario, 


—  471  — 
de  cara  y  manos  de  marfil,  que  les  había  regalado  el 
devoto  caballero  D.  Luis  Pérez  Dasmariñas,  para  que 
una  tan  amada  y  poderosa  compañera  los  consolase  v 
protegiese  en  las  tribulaciones  tan  frecuentes  que  sue- 
len padecer  los  ministros  evangélicos  en  las  nuevas 
conversiones.  Al  dejar  las  Filipinas,  tuvieron  algunas 
calmas,  que  les  retardaron  la  llegada;  mas  al  fin  vencie- 
ron la  corta  travesía  del  mar  de  China,  y  aportaron 
el  3  de  Julio  á  la  isla  de  Cojiqui,  según  las  instruc- 
ciones que  habia  dado  á  los  conductores  el  Tono  de 
Satzuma,  con  el  fin  de  disponerles  el  honroso  reci- 
bimiento que  habia  tratado  de  hacerles  en  su  corte.  A 
su  llegada,  fueron  hospedados  en  el  mejor  edificio  del 
puerto,  que  era  una  pagoda,  confiada  al  cuidado  de  un 
bonzo,  el  cual,  apenas  vio  á  los  ministros  del  verda- 
dero Dios,  recogió  sus  ídolos  y  los  llevó  á  otra  parte. 
Entonces  nuestros  misioneros  bendijeron  y  purificaron 
este  templo  y  lo  dedicaron  al  Señor,  erigiendo  desde 
luego  un  altar  á  la  Reina  de  los  cielos,  en  el  cual  co- 
locaron su  sagrada  imagen  del  Rosario.  En  vista  de  un 
hecho  tan  extraordinario,  no  pudieron  menos  de  re- 
cordar las  antiguas  maravillas  del  Dios  de  Israel;  pues 
así  como  Dagon  no  pudo  subsistir  delante  del  Arca 
santa,  tampoco  los  falsos  dioses  de  Japón  pudieron 
permanecer  ante  la  imagen  que  representaba  fielmente 
la  verdadera  Arca  del  Verbo  encarnado.  Quince  dias 
estuvieron  allí  nuestros  venerables  misioneros,  en  los 
cuales  se  preparaban  para  combatir  la  idolatría  v  pro- 
pagar la  verdadera  religión,  en  tanto  que  esperaban  las 
órdenes  del  Tono  en  dicho  punto. 

Llegaron  por  fin  el  dia  i8  dos  nobles,  enviados  por 


—  47'2  — 
aquella  autoridad  á  nuestros  misioneros,  á  quienes  sa- 
ludaron respetuosamente  y  felicitaron  en  su  nombre. 
Luego  les  entregaron  algunas  cosas  de  regalo,  según 
costumbre  del  país,  y  en  seguida  los  condujeron  á  la 
corte.  El  viaje  debia  de  durar  cuatro  dias  á  lo  menos, 
y  al  efecto  les  tenian  caballos  preparados  en  la  costa, 
los  que  rehusaron  con  modestia  los  PP.  misioneros,  por 
creer  más  conforme  á  su  pobreza  caminar  á  pié  con  su 
humilde  traje  y  apostura,  que  montados,  al  estilo  de  los 
nobles,  en  caballos  ricamente  enjaezados. 

En  la  corte  fueron  hospedados  en  una  casa  que  se  les 
habia  preparado  de  antemano,  y  a  los  dos  dias  fué  á  vi- 
sitarlos el  mismo  Tono  en  persona,  mostrándoles  estar 
muy  satisfecho  de  su  llegada.  Luego  los  convidó  á  un 
banquete,  que,  sin  embargo  de  haber  sido  uno  de  los 
más  extraordinarios  que  daba  aquel  magnate,  más  sir- 
vió de  molestia  que  de  regalo  á  nuestros  mortificados 
misioneros.  En  una  magnífica  sala  habia  preparadas  sie- 
te mesas,  todas  ellas  bien  provistas  de  manjares  y  ador- 
nadas con  primor  al  estilo  del  país.  La  comida  se  prin- 
cipió al  mediodia,  y  no  se  terminó  hasta  la  noche.  Los 
japones  llaman  á  esta  clase  de  banquetes  Xichigoson, 
que  sólo  se  suelen  dar  á  los  señores  de  mucha  distin- 
ción; pero  ni  las  viandas  estaban  guisadas  al  gusto  de 
los  PP.  misioneros,  ni  podian  avenirse  con  las  raras  é 
importunas  ceremonias  que  los  convidados  les  hacian. 
Terminóse  la  comida  con  la  música,  y  luego  el  Tono 
y  los  demás  señores  se  entretuvieron  en  hacerles  varias 
preguntas  acerca  de  los  usos  y  costumbres  españolas. 
Uno  de  ellos,  admirado  de  su  vida  mortificada  y  peni- 
tente les  preguntó,  por  qué  vivian   de   aquella  suerte. 


—  473  — 
estando  tan  apartados  de  las  ocasiones  y  libres  de  los  vi- 
cios de  los  demás  hombres.  Y  como  entendiese  que  su 
fin  era  asegurar  por  este  medio  la  salvación  eterna,  aña- 
dió que  él  sabía  otro  muy  fácil  y  seguro  para  alcan- 
zarla, cual  era  invocar  al  dios  Amida,  uno  de  los  más 
famosos  de  Japón ,  de  quien  se  asegura  que  vivió  mu- 
chos años  haciendo  penitencias  asperísimas  por  los  pe- 
cados que  los  hombres  cometiesen.  Escucharon  nues- 
tros religiosos  la  respuesta,  y  contestando  á  ella  con 
modestia,  dijeron  que  era  opuesto  á  la  sana  razón  ha- 
cer uno  penitencias  para  que  los  demás  vivan  en  la  di- 
solución. El  Tono,  ora  por  convicción,  ora  por  cum- 
plimiento, que  es  lo  más  probable,  se  decidió  por  la 
sentencia  de  los  PP.  misioneros,  y  con  esto  se  terminó 
la  conferencia.  El  secretario  de  Estado,  primer  minis- 
tro de  Satzuma,  quiso  también  tener  el  gusto  de  con- 
vidar á  nuestros  religiosos,  y  su  banquete,  aunque  no  fué 
de  tanto  lujo  como  el  anterior,  fué,  sin  embargo,  más 
acomodado  á  su  fin;  porque  presentó  buenos  pescados, 
que  era  lo  que  ellos  más  apetecían,  por  ser  su  comida 
propia,  sin  las  enfadosas  ceremonias  del  primero.  Des- 
pués, á  insinuación  del  mismo  Tono,  fueron  á  visitar  á 
su  hermano  en  la  ciudad  de  Tumanguchi,  en  donde  fue- 
ron también  obsequiados  con  un  espléndido  banquete  y 
otros  honores  distinguidos. 

33.  Lo  que  más  llamaba  la  atención  de  los  japones 
era  la  serenidad  que  los  religiosos  conservaban  en  me- 
dio de  los  señores  principales,  sin  haberles  nunca  vis- 
to, y  de  aquí  deducían  que  debia  de  residir  en  ellos 
cierta  superioridad,  que  no  comprendían.  El  traje  reli- 
gioso los  tenía  muy  edificados,  así  como  la  comida  or- 


—  474  — 
diñarla  de  pescado.  La  casa  en  donde  fueron  hospeda- 
dos convirtióse  en  un  convento,  en  donde  observaban 
la  vida  regular  con  el  mayor  rigor.  Rezaban  el  oficio 
divino  á  sus  horas;  se  levantaban  á  media  noche  para 
los  maitines;  tenian  algunas  horas  de  oración  mental, 
y  colocada  la  imagen  sagrada  de  la  Virgen  en  su  altar, 
le  cantaban  la  Salve  diariamente  y  la  obsequiaban  con 
otras  alabanzas,  sin  omitir  el  santo  sacrificio  de  la  misa. 
La  hermosura  y  majestad  de  aquella  preciosa  imagen 
llamó  la  atención  de  los-  señores  que  visitaban  á  nues- 
tros religiosos,  y  á  su  vista,  sin  conocerla,  la  adoraban, 
preguntando  muchos  por  su  nombre  con  respeto.  Los 
religiosos  procuraban  enseñar  la  salutación  angélica  á 
los  que  más  frecuentaban  las  visitas,  y  de  esta  suerte 
los  iban  preparando  para  recibir  la  luz  brillante  de  la 
fe.  En  esta  misma  casa  tuvieron  el  consuelo  de  recoger 
las  primicias  de  su  celo;  pues  admirados  los  dueños  de 
su  santa  vida,  y  prendados  de  la  doctrina  que  predica- 
ban, quisieron  abrazarla  desde  luego,  y  después  fueron 
reengendrados  con  el  santo  sacramento  del  bautismo. 
Quemaron  desde  luego  cuantos  ídolos  tenian;  perse- 
veraron fervorosos  en  la  vida  cristiana,  y  tuvieron  un 
dichoso  fin  en  recompensa  de  sus  merecimientos  y  ser- 
vicios. Después  de  estas  felices  conversiones,  aconteció 
una  desgracia,  cuyo  resultado  fué  muy  satisfactorio 
para  nuestros  religiosos.  Un  verno  del  Tono  habla  tra- 
tado de  apoderarse  de  su  reino,  quitándole  la  vida;  pero 
no  pudo  la  conspiración  ser  tan  secreta  que  no  llegase 
á  traslucirse.  Noticioso  el  Tono  de  los  intentos  de  su 
yerno,  y  deseoso  de  evitar  una  guerra  civil,  se  valió  de 
una  estratagema  para  burlar  su  intentona.  A  este  fin,  le 


—  475  — 
convidó  á  una  diversión  de  caza,  le  condujo  á  un  sitio 
en  donde  le  tenía  preparada  una  emboscada,  y  allí  per- 
dió la  vida  á  manos  de  asesinos.  Pero  la  victoria  del 
Tono  no  pudo  conseguirse  sin  que  le  costase  mucha 
sangre,  porque  los  amigos  del  engañado  yerno  se  de- 
fendieron con  valor,  y  en  la  refriega  quedó  herido,  en- 
tre otros,  un  caballero  de  la  comitiva  de  aquel  régulo. 
Cuando  trataron  de  llevarlo  á  su  casa  para  curarle  las 
heridas,  quiso  que  fuese  conducido  á  la  morada  de  nues- 
tros religiosos,  y  con  este  motivo,  después  de  haberse 
restablecido  de  la  herida,  se  instruyó  en  la  doctrina  de 
la  fe,  y  sin  embargo  de  una  ley  vigente  en  Satzuma, 
que  habia  publicado  Taycosama,  prohibiendo  á  los  no- 
bles, bajo  pena  de  la  vida,  hacerse  cristianos,  recibió  á 
su  tiempo  el  santo  sacramento  del  bautismo. 

Acabados  los  primeros  cumplimientos  de  estilo  en  el 
país,  trataron  nuestros  religiosos  de  dar  principio  al  mi- 
nisterio apostólico,  y  para  prevenir  los  inconvenientes 
que  luego  podrían  ofrecerse,  pidieron  el  permiso  com- 
petente al  que  hasta  entonces  se  les  habia  mostrado 
tan  afecto  y  complaciente.  Mas  en  esta  parte  anduvo 
más  despacio  de  lo  que  nuestros  celosos  misioneros  de- 
seaban. Era  este  Tono  muy  adicto  al  culto  de  los  ídolos, 
y  los  bonzos,  con  la  preponderancia  que  tenian  sobre  él, 
entorpecían  la  marcha  del  negocio.  Por  otra  parte,  no 
le  parecía  decoroso  desairar  á  unos  religiosos  que  él  mis- 
mo habia  llamado  á  su  país,  y  á  quienes  acababa  de 
prestar  obsequios  distinguidos.  Tres  meses  los  tuvo  en 
la  espectativa,  sin  concederles  ni  negarles  la  licencia  ya 
pedida,  atajado  siempre  en  sus  deseos  por  la  oposición 
de  los  bonzos,  á  quienes  no  queria  disgustar.  Esta  de- 


—  476  — 

mora  hizo  perder  á  nuestros  misioneros  las  esperanzas 
de  obtener  la  autorización  que  deseaban,  y  en  su  con- 
secuencia se  decidieron  á  pedirle  que  siquiera  les  per- 
mitiese levantar  una  casa  é  iglesia  en  la  isla  de  Cojiqui, 
en  donde  hablan  desembarcado  á  su  llegada.  En  esto  no 
tuvo  el  Tono  la  menor  dificultad;  pues  creia  que  de  esta 
suerte  quedaba  bien  con  los  bonzos  y  con  los  reli- 
giosos. 

34.   Con  este  requisito  salieron  nuestros  misioneros 
de  la  corte  de  Satzuma  y  se  dirigieron  á  Cojiqui,  acom- 
paiíados  del  mismo  capitán  que  los  habia  traido  de  Ma- 
nila. A  su  llegada  levantaron  una  casa  y  capilla  para  dar 
principio  al  ministerio  apostólico;  mas  estos  edificios, 
que  sólo  costaron  ocho  pesos,  apenas  les  servían  para 
librarlos  de  las  inclemencias  del  tiempo;  pues  las  llu- 
vias, nieves  y  vientos  entraban  por  sus   rendijas  como 
en  campo  descubierto.  Aquí  pasaron,  sin  embargo,  tres 
inviernos  rigorosos,  sin  que  la  comida  miserable  con 
que  se  alimentaban  fuese  capaz  de  desalentarlos  en  su 
empresa.  Todo  su  alimento  se  reduela  á  un  poco  de  ar- 
roz sin  condimento,  y  unos  rábanos  silvestres  de  gran- 
des hojas  y  de  poca  raíz,  que  el  hermano  recogía  en 
los  inmediatos  campos.  A  veces  les  daban  los  vecinos, 
de  limosna,  algunos  pescadillos,  que  para  ellos  eran  un 
regalo  exquisito  en  su  penuria.  Esta  vida  tan  pobre  y 
penitente,  que  no  pudo  ocultarse  al  Tono  de  Satzuma, 
llenaba  de  admiración  á  los  japones,  y  el  mismo  Tono 
no  pudo  menos  de  pensar  más  seriamente  sobre  esto  y 
en  proporcionarles  algún  alivio  en  su  escasez.  Llamó- 
los, pues,  un  dia,  y  les  dijo  que  estaba  determinado  á 
remediar  la  necesidad  que  padecían  en  Cojiqui,  y  que 


—  477  — 
para  ello  les  concedía  las   rentas  de  un  pueblo.   Mas 
aquellos  pobres  misioneros,  que  no  hablan  ido  á  Japón 
en  busca  de  comodidades  ni  de  riquezas,  le  agradecie- 
ron la  merced,  y  le  dijeron  que,  como  pobres,  no  podian 
poseer,  ni  la  corporación  á  que  pertenecían  les  permi- 
tía la  propiedad.  Añadieron,  sin  embargo,  que  si  su  al- 
teza tenía  por  bien  darles  alguna  vez  limosnas,  las  re- 
cibirían con  acción  de  gracias.  Con  esto  quedó  el  Tono 
más  edificado  y  satisfecho  de  nuestros  religiosos,  y  des- 
de luego  les  seríalo  doce  hombres  para  su  servicio  y  el 
de  su  iglesia,  los  que  no  rehusaron  ciertamente,  por- 
que en  realidad  los  necesitaban  para  cuando  se  viesen 
precisados  á  pasar  á  tierra  firme.  Tres  años  estuvieron 
en  la  miserable  isla  de  Cojiqui,  sin  haber  hecho  gran- 
des adelantos  en  la  propagación  del  Evangelio.   Esta 
consideración  poco  halagüeña;  las  fi-ecuentes  travesías 
que  habían  de  hacer  por  un  brazo  de  mar  de  siete  le- 
guas, que  no  siempre  estaba  en  bonanza;  el  tosco  idio- 
ma que  hablaban  aquellos  rudos  isleños,  y  la  necesidad 
de  las  cosas  más  precisas  para  la  vida,  los  decidieron  á 
pedir  al  Tono,  por  segunda  vez,  una  licencia  para  esta- 
blecerse en  tierra  firme.  Éste,  que  ya  estaba  prendado 
de  nuestros  misioneros,  se  compadeció  al  fin  de  sus  tra- 
bajos y  de  su  situación  desventajosa.  Comprendió  que 
nada  podriín  adelantar  entre  aquellos  idiotas  degrada- 
dos, y  en  su  vista  les  otorgó  lo  que  pedían,  concedién- 
doles, en  efecto,  el  permiso  competente  para  levantar 
una  casa  é  iglesia  en  la  ciudad  de  Quiodomarí,  adon- 
de trasladaron  desde  luego  sus  pobres  muebles  y  la  pre- 
ciosa imagen  de  Nuestra  Señora  del  Rosario. 

35.   Era  Quiodomarí  uno  de  los  sitios  más  bellos  y 


—  47^  — 
pintorescos  del  reino  de  Satzuma.  Situado  en  la  orilla 
de  la  mar,  ofrecía  á  la  vista  una  agradable  perspectiva. 
Disfrutaba  de  un  temperamento  saludable,  y  sus  ali- 
mentos eran  buenos  y  abundantes.  El  lugar  que  el 
Tono  designó  para  las  fábricas  de  convento  é  iglesia 
era  ciertamente  muy  ameno,  pero  su  vecindad  tan 
mala  y  tan  molesta,  que  para  evitarla  pudieran  los 
PP.  misioneros  abandonar  gustosamente  las  demás 
ventajas  de  aquel  sitio.  En  frente  de  su  iglesia  habia 
un  templo  de  ídolos,  y  otro  ademas  á  su  lado,  cuyos 
bonzos,  con  sus  cantos  y  gestos  extravagantes,  inter- 
rumpían con  frecuencia  la  tranquilidad  y  el  sosiego  de 
que  necesitaban  los  cristianos  para  sus  actos  religiosos. 
El  venerable  P.  Fr.  Jacinto  Orfanell  (i),  testigo  ocu- 
lar de  estos  hechos,  hablando  en  un  manuscrito  de 
estos  bonzos,  dice,  entre  otras  cosas,  lo  siguiente  :  «Uno 
de  ellos  siempre  rezaba  muy  alto  y  con  un  tonillo 
bien  molesto;  porque  aullaba  al  modo  de  un  perro 
cuando  ladra  y  está  algo  enfadado,  levantando  y  ba- 
jando la  voz  más  ó  menos,  según  los  gestos  y  cere- 
monias que  hacia  delante  del  ídolo.  Era  aquél  un  es- 
pectáculo que  más  parecia  una  burla  que  otra  cosa; 
porque  siempre  que  rezaba  estaba  haciendo  inclinacio- 
nes y  jugando  de  manos,  haciendo  mil  figuras  y  visa- 
jes, todos  tan  á  propósito  para  mover  á  risa,  que  para 
no  provocar  yo  al  lector,  los  dejo  de  poner  aquí.  Este 
bonzo  que  digo,  era  tan  puntual  en  levantarse  á  me- 
dia noche  á  rezar  sus  maitines  al  diablo,  que  bien  po- 


(i)  Hoy  mártir  beatificado. 


—  479  — 
cas  veces  le  ganaban  los   padres  por  la  mano;   antes 
muchas  les  dispertaba  la  campana  del  bonzo.» 

La  iglesia  de  Quiodomari  se  dedicó  á  nuestro  santo 
Patriarca,  según  la  disposición  de  los  PP.  definidores 
del  capítulo  citado  de  1602,  en  que  se  designaron  los 
primeros  religiosos  de  la  Orden  para  predicar  el  santo 
Evangelio  en  los  reinos  del  Japón.  Se  cantó  en  ella  la 
primera  misa  el  dia  2  de  Julio  de  1606,  cuatro  años 
después  de  su  llegada.  La  casa  religiosa,  ó  convento,  de 
esta  ciudad  era  el  centro  de  las  tareas  apostólicas  de 
nuestros  misioneros;  pues  de  él  sallan  para  predicar  la 
palabra  de  salud  en  los  pueblos  y  comarcas  inmediatas. 
Con  su  ardiente  celo,  y  ejemplos  de  una  vida  verda- 
deramente apostólica,  no  tardaron  en  reducir  á  la  grey 
de  Jesucristo  un  considerable  número  de  fieles,  y  fun- 
dar una  iglesia  respetable  de  miembros  vivos  del  Se- 
ñor. Sin  embargo,  era  preciso  que  esta  nueva  iglesia 
fuese  acrisolada  con  el  fuego  de  la  tribulación  y  del 
dolor,  para  su  mayor  corona.  En  efecto,  envidioso  el 
infierno  de  las  conquistas  gloriosas  de  aquellos  santos 
misioneros,  les  declaró  la  guerra  más  atroz,  para  sos- 
tenerse en  un  país  en  donde  siempre  habia  dominado 
á  su  placer.  A  este  fin  movió  al  mismo  Tono,  que  tan 
afecto  se  habia  mostrado  hasta  entonces  á  los  que  él 
mismo  llamara  de  Manila,  para  expelerlos  de  su  reino, 
con  cuantos  cristianos  se  negasen  á  dejar  la  divina  reli- 
gión que  ya  hablan  abrazado. 

36.  Aunque  Dayfusama,  á  instancias  del  P.  Fr.  Je- 
ró¡:imo  de  Jesús,  habia  permitido  que  los  cristianos 
del  Japón  pudiesen  libremente  profesar  la  ley  de  Je- 
sucristo, los  Tonos  ó  señores,  poco  afectos  á  la  misma, 


—  48o  — 

sostenían,  sin  embargo,  con  rigor  la  disposición  de 
Taycosama,  que  prohibia  á  los  nobles,  bajo  pena  de  la 
vida,  la  recepción  del  santo  sacramento  del  bautismo; 
prjhibicion  que  era  sostenida  con  preocupaciones  y 
mentiras  por  la  influencia  de  los  bonzos.  En  las  con- 
versaciones que  estos  fanáticos  tenian  con  el  Tono  de 
Satzuma,  le  aseguraban  que  los  partidos  en  donde  los 
cristianos  abundaban,  habian  sido  desgraciados  en  to- 
das sus  empresas  y  colisiones  políticas.  Para  compro- 
bar su  dicho,  le  traian  á  la  memoria  los  contratiempos 
de  D.  Agustin  Isunotami,  hombre  muy  honrado  y 
poderoso,  que  habia  sido  vencido  con  sus  vasallos  por 
el  Emperador,  en  pena,  decian,  de  haberse  hecho  cris- 
tiano. Por  la  misma  causa,  proseguian,  habia  sido  ven- 
cido y  muerto  D.  Francisco,  rey  de  Bongo;  puesto  que 
tenía  indignados  contra  sí,  por  tal  motivo,  á  los  dioses 
del  imperio.  Que  el  reino  de  Satzuma,  por  el  contra- 
rio, siempre  se  habia  conservado  poderoso,  á  pesar  de 
haber  tenido  tantas  guerras,  porque  los  tenía  propicios 
con  sus  obras,  particularmente  á  Fagiman,  que  entre 
los  japones  es  tenido  como  el  Marte  de  los  griegos  y 
romanos.  Estas  precauciones,  que  los  bonzos  procura- 
ban fomentar  entre  los  Tonos,  tenian  obcecado  á  este 
régulo,  y  eran  el  motivo  principal,  á  no  dudarlo,  de 
haber  mantenido  en  todo  su  vigor  aquella  cruel  dispo- 
sición de  Taycosama. 

37.  La  primera  víctima  que  fué  sacrificaila  en  Sat- 
zuma, en  odio  de  la  verdadera  religión,  fué  un  noble 
militar,  llamado  Xichiemon,  quien,  admirado  altamente 
de  la  vida  ejemplar  de  nuestros  misioneros  y  de  la  su- 
blimidad de  su  doctrina,  trató  de  informarse  detenida- 


—  4^1    — 

mente  de  sus  misterios  y  preceptos,  para  ver  lo  que 
debia  hacer  en  un  asunto  de  tanta  importancia.  Suje- 
tóse como  un  niño  á  la  instrucción  del  catecismo,  se 
impuso  con  el  mayor  cuidado  en  su  doctrina,  y  de  vez 
en  cuando  solia  poner  sus  objeciones  contra  lo  que  no 
podia  entender.  Era  de  un  entendimiento  despejado,  y 
al  mismo  tiempo  no  le  faltaba  la  docilidad  convenien- 
te para  sujetarse  á  las  razones  con  que  los  PP.  misio- 
neros daban  solución  á  sus  dificultades.  Al  fin,  median- 
te el  auxilio  de  la  gracia,  abandonó  el  culto  de  los  dio- 
ses del  país  y  pidió  el  santo  sacramento  del  bautismo. 
El  P.  Fr.  Tomas  de  Zumárraga  (i),  que  lo  catequiza- 
ba ,  noticioso  de  la  ley  que  condenaba  á  pena  capital  á 
los  caballeros  cristianos,  le  manifestó  la  gran  dificultad 
que  se  ofrecía  para  administrarle  las  aguas  de  salud; 
pues  debia  tener  bien  entendido  que,  después  de  bau- 
tizado, era  preciso  morir  antes  que  abandonar  nunca 
esta  enseña  del  cristiano.  De  otra  suerte,  fuera  menos 
mal  para  su  alma  quedarse  en  el  estado  de  gentil,  que 
después  de  haber  recibido  el  bautismo  renunciar  á  la 
fe  de  Jesucristo.  Mas  el  fervoroso  catecúmeno,  con  una 
sonrisa  agradable,  le  contestó  de  esta  manera:   «Yo, 
padre  mió,  por  lo  que  he  oido,  sé  que  hay  salvación 
para  los  hombres,  y  que  ésta  se  alcanza  por  la  religión 
cristiana;  y  así  le  aseguro  que  nada  será  capaz  de  apar- 
tarme de  ella,  aunque  haya  de  perder  la  vida.»  Con 
una  protesta  tan  sincera  de  su  fidelidad  y  su  constancia, 
ya  no  dudó  el  P.  misionero  en  administrarle  el  santo 
sacramento  que  pedia;  lo  que  verificó,  con  gran  satis- 


(i)  Hoy  ya  está  bcacilicado  como  mártir. 

TOMO    1.  31. 


—  4^2   — 

facción  de  los  cristianos,  en  la  iglesia  de  Quiodomari, 
imponiéndole  el   nomb-e  de   León.   Un   capitán  que 
custodiaba  la  fortaleza  de  Firaza  supo  poco  después  la 
novedad,  y  le  pareció  que  no  debia  dejarla  pasar  des- 
apercibida y  sin   castigo.   Al  efecto  llamó  al  neófito 
León;  lo  reprendió  ásperamente  por  el  hecho;  procuró 
que  abandonase  la  religión  que  habia  abrazado,  y  por 
último  le  dijo  que  no   podria  menos  de   proceder   á 
imponerle  la  pena  de  la  ley  si   persistía  tenaz  en   su 
propósito.  Mas  el  neófito,  siempre  más  firme  en  la  fe, 
despreció  las  promesas  y  amenazas  del  capitán  enojado, 
y  desde  entonces  fué  disponiéndose  para  recibir  la  pal- 
ma del  martirio.  Noticiosos  sus  parientes  del  suceso,  se 
apresuraron  á  persuadirle  accediese  á  los  deseos  de  aquel 
jefe  para  librarles  de  la  deshonra  que,   decian,  iba  á 
resultarles  por  su  muerte.  Le  representaron  el  desam- 
paro en  que  su  mujer  é  hijos  quedarían  en  este  mun- 
do, y  las  esperanzas  que  toda  la  familia  podía  prome- 
terse de  su  valor  y  su  talento  en  la  edad  más  hermosa 
de  la  vida,  si  la  empleaba  en  servicio  de  su  Tono.  Mas 
él,  correspondiendo  á  los  auxilios  de  la  gracia,  se  portó 
con  el  valor  y  nobleza  de  León;  pues  se  negó  constan- 
temente á  las  sugestiones  de  la  carne  y  de  la  sangre,  y 
aun  procuró  convertir  á  los  mismos  que  procuraban  su 
prevaricación  y   apostasía.  A  su  mujer  le  dijo  que  si 
de  veras  le  amaba,  no  podria  darle  mejor  prueba  de  su 
amor  que  hacerse  cristiana;  pues  sólo  así  podria  que- 
darle la  esperanza  cierta  de  unirse  otra  vez  con  él  en 
la  patria  de  los  hijos  de  Dios.  Lo  mismo  dijo  á  su  hijo 
mayor,  que  ya  tenía  diez  y  seis  años  de  edad,  aconse- 
jándole que  se  entregase  en  manos  de  los  ministros  de 


-  483  - 

la  verdadera  religión  de  Jesucristo,  para  recibir  la  fe, 
por  la  cual  daba  él  la  vida  muy  gustoso.  También  des- 
tinó otro  hijo  de  siete  años  de  edad  al  servicio  de  la 
iglesia,  con  el  fin  de  que  pudiese  recibir  más  fácilmen- 
te el  santo  sacramento  del  bautismo.  Arreglados  de  esta 
suerte  los  asuntos  de  su  casa,  procuró  tener  una  con- 
ferencia con  alguno  de  los  PP.  misioneros,  para  saber 
lo  que  había  de  hacer  á  la  hora  del  martirio.  Afortu- 
nadamente llegó  poco  después  al  pueblo  inmediato  á 
Firaza  el  P.  Fr.  Jacinto  Orfanell,  y  el  venerable  con- 
fesor, que  bajo  palabra  de  honor  andaba  libre,  fué  á 
visitarlo  á  su  vivienda.  El  P.  misionero  lo  exhortó  elo- 
cuentemente á  sufrir  con  fortaleza  la  muerte  por  la  fe 
de  Jesucristo,  trayéndole  á  la  memoria  el  ejemplo  de 
muchos  valerosos  mártires,  que  admiraron  al  mundo 
con  su  heroico  valor  y  constancia  en  los  tormentos. 
Después  volvieron  los  parientes  á  tentarle,  y  redobla- 
ron el  combate  para  derribar  á  esta  columna  de  la  fe. 
En  esta  ocasión  apoyaron  sus  razones  en  la  obediencia 
que  como  militar  debia  á  su  jefe.  Pero  no  adelantaron 
en  esta  vez  más  que  en  la  primera;  porque  el  invicto 
confesor  de  Jesucristo  sabía  hasta  dónde  llega  la  obe- 
diencia que  se  debe  á  los  hombres,  la  cual  no  debe  ser 
en  perjuicio  de  la  que  debemos  al  Señor,  que  nos  pro- 
hibe estrechamente  abandonar  su  santa  religión.  Los 
tres  dias  de  plazo  que  le  concedió  su  jefe  para  delibe- 
rar sobre  su  suerte,  los  empleó  el  venerable  confesor 
en  prepararse  y  lograr  los  auxilios  de  la  gracia  para 
merecer  en  el  estadio  la  corona  del  martirio. 

Llegó  por  fin  el  dia  17  de  Noviembre  de  1608,  en 
cuya  madrugada,  y  mientras  el  P.  misionero  estaba  ce- 


—  484  - 

labrando  el  santo  sacrificio  de  la  misa,  para  adminis- 
trar al  venerable  el  sacrosanto  cuerpo  del  Señor,  apa- 
recieron en  el  lugar  de  su  morada  ocho  soldados,  en- 
viados por  el  tirano  capitán  para  cortarle  la  cabeza 
por  su  orden.  Sus  primeras  diligencias  se  dirigieron  á 
persuadirle  que  abandonara  para  siempre  una  religión 
que  le  estaba  prohibida;  que  mirase  por  su  vida,  por 
su  honor  y  su  familia,  y  no  persistiese  terco  en  su  re- 
solución; pero  nada  pudieron  conseguir  con  sus  persua- 
siones y  consejos,  porque  el  venerable  confesor  estaba 
profundamente  cimentado  sobre  la  piedra  de  la  fe  y  de 
la  religión  que  habia  abrazado.  Convencidos  ya  de  la 
inutilidad  de  sus  palabras,  se  resolvieron  á  ejecutar  la 
orden  que  tenían  de  su  jefe;  y  como  se  trataba  con  un 
noble,  le  rogaron  que  él  mismo  se  cortase  la  cabeza  al 
estilo  del  país.  Mas  á  esto  contestó  el  venerable  que, 
sin  embargo  de  que  no  ignoraban  su  valor,  no  haria 
en  manera  alguna  lo  que  le  aconsejaban;  porque,  si 
bien  mandaba  la  religión  de  Jesucristo  anteponer  la 
muerte  á  la  apostasía,  prohibía  rigurosamente  el  sui- 
cidio. Tenía  el  venerable  un  vivo  empeño  en  recibir 
la  sagrada  Eucaristía,  pero  los  soldados  no  quisieron 
permitirle  este  consuelo.  Le  dieron,  sin  embargo,  lu- 
gar suficiente  para  disponerse  y  vestirse  á  su  gusto.  Pú- 
sose el  venerable  un  vestido  blanco,  se  lavó  la  cara, 
se  ciñó  dos  catanas  á  la  usanza  del  país,  y  anduvo  por 
sus  pies  hasta  una  encrucijada,  en  donde  quiso  recibir 
la  muerte  en  memoria  del  Salvador  del  mundo,  por 
cuya  causa  la  sufria.  Allí  se  arrodilló,  se  puso  en  una 
mano  el  rosario  y  en  la  otra  una  estampa  que  tenía  el 
descendimiento  de  la  cruz,  orando  en  esta  actitud  una 


—  485  — 

media  hora  por  lo  menos.  Al  fin,  recogiendo  la  ima- 
gen, y  envolviéndose  el  rosario  en  la  muñeca,  des- 
pués de  otro  rato  de  oración,  al  decir  que  ya  habia 
terminado,  de  un  solo  golpe  le  separaron  la  cabeza  de 
los  hombros.  Así  triunfó  gloriosamente  este  neófito  di- 
choso, dejando  á  los  PP.  misioneros  tristes  por  su  pre- 
matura muerte  temporal,  y  alegres  de  su  felicidad  y 
vida  eterna.  Era  también  un  consuelo  para  ellos  el  ver 
coronados  sus  trabajos  apostólicos  con  este  fruto  pre- 
cioso de  su  predicación  y  de  su  celo.  El  cuerpo  del  ve- 
nerable fue  enterrado  y  custodiado  por  los  gentiles; 
pero  la  piedad  de  los  cristianos  consiguió  burlar  su  vi- 
gilancia: á  los  pocos  dias  pudieron,  en  efecto,  recoger- 
lo, colocáronlo  devotamente  en  una  caja,  y  lo  entre- 
garon á  nuestros  religiosos,  que  después  lo  trasladaron 
al  convento  de  Ntro.  P.  Santo  Domingo  de  Manila,  y 
allí  fué  depositado  en  el  capítulo,  en  donde  yacen  los 
restos  de  los  religiosos  de  la  Orden.  Con  las  alternati- 
vas de  calmas  y  tormentas  continuaron  nuestros  reli- 
giosos sus  misiones  en  Satzuma,  Figen  y  Nangasaqui, 
hasta  la  general  persecución  que  levantó  el  mismo 
Dayfusama,  cuya  conducta  fué  al  fin  todavía  más  cruel 
que  la  de  su  antecesor.  Mas  para  llevar  de  frente  todos 
los  acontecimientos  que  deben  ocupar  un  lugar  en  esta 
historia,  es  preciso  suspender  por  ahora  la  narración  de 
los  sucesos  pertenecientes  á  nuestras  misiones  del  Ja- 
pon,  y  retroceder  un  paso  para  variar  la  escena  de  los 
hechos  que  nos  incumbe  referir. 

38.  Era  por  el  año  de  1603,  cuando,  después  de  ha- 
ber principado  nuestros  religiosos  sus  misiones  en  Ja- 
pon  ,  se  les  ofreció  otra  jornada  apostólica  al  reino  de 


—  486  — 

Camboja,  que   no  fué  más  feliz  que   las  de    1596  y 

1598.  La  pérdida  de  los  venerables  misioneros  que  en 
ellas  habia  sufrido  la  Provincia,  v  las  pocas  esperanzas 
que  podia  prometerse  de  la  inconstancia  de  los  cam- 
bojas,  pudieran  haber  desengañado  ya  bastantemente  á 
los  padres  que  á  la  sazón  tenían  la  dirección  de  los  ne- 
gocios; mas  el  celo  por  la  propagación  del  Evangelio, 
que  era  el  primer  móvil  de  aquellos  apostólicos  varo- 
nes, y  los  deseos  de  no  disgustar  al  gobierno  de  Ma- 
nila, los  decidió  finalmente  á  enviar  a  otros  religiosos 
al  expresado  reino  para  promover  su  conversión. 

No  era  ya  el  soberano  de  Camboja  aquel  rey  que, 
por  el  influjo  de  los  portugueses  y  malayos,  habia  re- 
cibido tan  mal  anteriormente  la  embajada  de  Mani- 
la, que  desempeñó  el  P.  Fr.  Juan  Maldonado;  aquel 
inexperto  joven  habia  sido  despojado  del  reino  y  de  la 
vida  por  una  insurrección  malaya,  y  este  país  desgra- 
ciado era  tiranizado  por  esta  pérfida  raza,  que  al  fin 
agotó  completamente  la  paciencia  general  de  los  cam- 
bojas,  y  dio  lugar  á  que  éstos,  capitaneados  con  va- 
lor por  algunos  señores  de  prestigio,  lograran  sacu- 
dir aquel  yugo  degradante,  y  colocar  en  el  trono  á  un 
sobrino  del  difunto.  El  reino,  sin  embargo,  estaba  di- 
vidido ferozmente  en  facciones  tumultuosas,  y  no  era 
fácil  ni  hacedero  al  nuevo  soberano  de  Camboja  el 
conservar  la  pública  tranquilidad  de  sus  estados  sin  el 
auxilio  eficaz  de  algún  aliado  poderoso.  Como  todavía 
era  muy  reciente  la  memoria  de  los  servicios  señalados 
que  los  españoles  habian  hecho  á  sus  predecesores  en 
el  reino,  le  pareció  que  para  consolidar  su  trono  va- 
cilante debia  procurar  á  todo  trance  la  amistad  y  alian- 


—  487  — 

zá  deseada  del  gobierno  de  Manila.  Para  conseguir  más 
fácilmente  el  fin  principal  de  sus  gestiones,  creyó  con- 
veniente el  pedir  con  tal  motivo  algunos  religiosos  de 
la  Orden  para  predicar  la  religión  de  Jesucristo  á  sus 
vasallos.  Con  este  objeto  y  designios,  envió  una  em- 
bajada á  Manila  el  año  de  1603,  gobernando  las  islas 
Filipinas  D.  Pedro  de  Acuña.  Era  este  caballero,  co- 
mo piadoso,  muy  propenso  á  favorecer  en  todo  caso 
las  empresas  religiosas;  pues  deseaba  vivamente  que  el 
nombre  santo  de  Dios  fuese  adorado  en  todas  partes, 
y  no  podia,  en  tal  concepto,  negarse  absolutamente  al 
doble  fin  de  la  embajada.  Por  su  parte  destinó  algunos 
soldados  españoles,  y  al  propio  tiempo  suplicó  á  nues- 
tro P.  Provincial  que  enviase  misioneros  de  la  Orden 
para  predicar  el  santo  Evangelio  en  aquel  reino;  puesto 
que  ya  tenian  hechos  tantos  sacrificios  á  este  fin,  y  lo 
habian  procurado  eficazmente  en  todas  las  expedicio- 
nes anteriores.  No  pudo  negarse  la  Provincia  á  los  de- 
seos piadosos  del  Gobernador  supremo  de  Manila,  y 
desde  luego  designó  para  el  efecto  á  tres  excelentes  re- 
ligiosos, que  fueron  los  PP.  Fr.  Iñigo  de  Santa  Ma- 
ría, Fr.  Jerónimo  de  Belén  y  Fr.  Alonso  Cuéllar  de 
Santa  Catalina.  Luego  se  hicieron  á  la  vela  con  la  tro- 
pa en  una  buena  fragatilla,  que  hizo  felizmente  el  viaje 
hasta  el  famoso  Churdamue,  después  de  haber  costea- 
do los  reinos  de  Cochinchina  y  de  Chiampa. 

39.  Noticioso  el  Rey  de  su  llegada,  les  envió  á  los 
dos  dias  su  propio  elefante  y  caballos  para  conducirlos 
á  la  corte.  Aquel  celoso  animal  estaba  ricamente  ador- 
nado con  un  sillón  suntuoso  de  una  grandeza  real,  y 
en  frente  un  bufete  de  respeto,  con  una  caja  dorada,  en 


—  488  — 

donde  debían  colocarse  los  despachos  que  el  Goberna- 
dor de  Filipinas  le  mandaba.  Los  religiosos,  como  mi- 
sioneros apostólicos,  rehusaron  los  caballos,  y  anduvie- 
ron por  sus  pies  las  ocho  leguas  que  hay  de  aquel  puer- 
to á  la  corte.  También  habia  andado  á  pié  este  camino» 
algunos  años  antes,  el  P.  Fr.  Diego  Aduarte,  en  aque- 
lla jornada  peligrosa  de  que  hase  hecho  mención  en  el 
primer  libro  de  esta  Historia.  Mas  en  esta  ocasión,  pa- 
rece que  se  propuso  el  nuevo  rey  dar  una  satisfacción  la 
más  completa  á  los  enviados  de  Manila  por  los  agra- 
vios que  otros  españoles  habían  recibido  anteriormente 
de  sus  antecesores  y  vasallos.  Desde  el  puerto  los  hizo 
acompañar  con  un  aparato  verdaderamente  regio  por  la 
guardia  Real  hasta  el  palacio,  en  donde  los  recibió  ves- 
tido de  seda  encarnada  y  corona  en  la  cabeza  á  manera 
de  tiara,  acompañado  de  los  grandes  dignatarios.  A  la 
entrada  de  los  religiosos  el  Iley  se  sentó  en  un  estrado 
bajo,  y  los  grandes  lo  hicieron  en  el  suelo  con  las  ma- 
nos tendidas,  que  es  la  mayor  señal  de  reverencia,  se- 
gún las  usanzas  del  país.  En  seguida  fué  saludado  de 
los  nuestros,  y  él  les  dijo  que  se  sentasen  en  las  gradas 
de  su  trono.  Entonces  le  entregaron  los  despachos  y 
le  dieron  la  embajada  con  mucha  gravedad.  La  prime- 
ra pregunta  que  hizo  á  los  padres  fué,  si  debian  que- 
darse en  su  corte;  y  habiéndole  contestado  en  sentido 
afirmativo,  mostró  quedar  muy  satisfecho.  Así  se  ter- 
minó la  primera  audiencia,  que  envolvía  graves  com- 
promisos de  ambas  partes.  Después  hacia  llamar  á  los 
religiosos  con  frecuencia  á  su  palacio,  los  trataba  con 
mucho  agrado,  y  solia  hablarles  de  lo  mucho  que  de- 
bian los  cambojas  á  los  portugueses  y  españoles,  que 


—  489  — 

los  habían  ayudado  en  sus  guerras  contra  los  enemigos 
del  Estado. 

El  afecto  y  familiaridad  con  que  el  Rey  solia  tratar 
á  nuestros  religiosos  excitaron  grandes  celos  en  los  chi- 
nos y  malayos,  que  querian  gobernarlo  á  su  placer. 
Para  indisponerlo  contra  ellos  le  decian  que  los  espa- 
íioles  no  intentaban  otra  cosa  que  apoderarse  de  su  rei- 
no. Mas  él  jamas  dio  acogida  á  sus  palabras  seductoras: 
cada  dia  fué  formando  más  elevado  concepto  de  aque- 
llos ejemplares  misioneros,  y  no  cesó  de  protegerlos 
hasta  donde  alcanzaba  su  poder.  Esta  conducta  gene- 
rosa del  monarca  estimulaba  á  los  demás;  los  señores 
más  distinguidos  de  la  corte  procuraban  imitarlo,  y 
hasta  los  bonzos  principales  tenian  á  mucha  honra  el 
ser  admitidos  en  su  casa.  No  tuvo  el  Rey  dificultad  en 
que  levantasen  una  casa  é  iglesia  á  medida  de  su  gusto, 
cuyas  obras  se  comenzaron  con  la  decencia  que  las  cir- 
cunstancias permitían,  aunque  no  se  pudieron  terminar, 
desgraciadamente ,  por  las  guerras  y  alborotos  que  poco 
después  se  suscitaron.  En  estos  sucesos  peligrosos  mos- 
tró el  Rey  mucho  carácter,  aprovechándose  de  los  con- 
sejos que  le  daban  los  españoles  enviados  de  Manila, 
habiendo  triunfado  así  más  de  una  vez  de  los  pertur- 
badores de  la  paz.  Si  en  esta  ocasión  hubiera  tenido  en 
su  apoyo  una  buena  compañía  de  soldados  españoles, 
hubiera  consolidado,  á  no  dudarlo,  su  trono  mal  segu- 
ro; pero  la  mala  condición  de  los  auxiliares  extranje- 
ros que  tenía  á  su  lado  comprometía  á  cada  paso  el 
orden  y  tranquilidad  de  este  desgraciado  reino.  Entre 
los  hombres  de  armas  que  solia  enviarle  el  soberano  de 
Siam,  había  muchos  malayos  turbulentos,  que  siempre 


-  49°  — 
promovían  disturbios  y  disensiones,  y  eran  precisamen- 
te los  que  más  se  oponian  al  espíritu  religioso  de  nues- 
tros celosos  misioneros.  La  religión,  no  obstante,  hu- 
biera prosperado  con  la  decidida  protección  del  sobe- 
rano, si  el  país  se  hallara  en  un  estado  más  pacífico  y 
en  condiciones  más  estables. 

40.  Un  lance  sucedió,  estando  nuestros  religiosos 
en  Camboja,  que  prueba  la  debilidad  de  aquel  gobier- 
no, agitado  sin  cesar  por  elementos  encontrados.  El 
Rey  de  Cochinchina  habia  enviado  á  la  corte  á  un  chi- 
no en  calidad  de  embajador,  y  los  japones  que  allí  ha- 
bia no  dudaron  en  matarlo.  Este  chino  era  uno  de  los 
asesinos  del  gobernador  D.  Pérez  Gómez  Dasmariñas, 
el  cual  habia  tomado  después  el  oficio  de  pirata.  En 
una  ocasión  se  habia  apoderado  de  un  buque  de  aque- 
llos mismos  japones  que  se  hallaban  en  Camboja.  Lue- 
go que  éstos  lo  reconocieron,  trataron  de  vengar  la 
ofensa  recibida;  pero  habiendo  llegado  á  traslucirse  su 
intención,  nuestros  religiosos  se  apresuraron  á  impe- 
dirlo. Poco  después  llegaron  dos  buques  más  de  su  na- 
ción, y  entonces  ya  no  vacilaron  en  asesinar  á  cara  des- 
cubierta al  antiguo  pirata  y  á  la  sazón  embajador,  con 
cuantos  quisieron  defenderlo.  Estos  desórdenes,  que  su- 
cedían con  frecuencia,  sin  que  el  Rey  pudiese  evitar- 
los ni  menos  contenerlos,  dieron  lugar  á  que  uno  de 
nuestros  religiosos  tuviese  que  venir  á  Manila  para  pe- 
dir un  auxilio  respetable  de  soldados  espaííoles,  y  al- 
gunos otros  compañeros  de  la  Orden  para  dar  un  plan 
más  vasto  á  sus  tareas  apostólicas.  Con  este  fin  se  em- 
barcó para  esta  capital  el  P.  Fr.  Iñigo  de  Santa  Ma- 
ría; pero  desgraciadamente  murió  de  una  enfermedad 


—  49^  — 
que  le  sobrevino  en  el  viaje.  Con  él  se  malograron  las 
esperanzas  que  se  tenian  de  la  misión;  porque  faltando 
quien  agitase  el  negocio  en  Manila,  no  se  envió  el  au- 
xilio deseado  al  reino  de  Camboja.  Murió  también  otro 
de  los  religiosos  que  allí  quedaban,  y  el  tercero,  al  verse 
solo,  sin  seguridad  alguna  en  su  persona,  se  determinó 
á  dejar  aquel  país  y  regresar  á  Filipinas,  después  de 
haber  fabricado  una  iglesia  dedicada  á  S.  Pedro  Mártir. 
No  fueron,  sin  embargo,  infructuosos  los  trabajos 
de  nuestros  religiosos,  en  esta  ocasión,  en  el  reino  de 
Camboja;  pues  los  naturales  ya  frecuentaban  sus  ser- 
mones y  escuchaban  con  afecto  la  doctrina  del  Señor. 
Los  mismos  bonzos  oian  con  admiración  la  palabra  de 
salud,  y  no  cesaban  de  admirar  la  vida  santa  y  peni- 
tente de  nuestros  celosos  misioneros.  El  superior  de 
ellos,  persona  respetada  del  mismo  Soberano,  conven- 
cido en  una  ocasión  de  la  verdad  de  nuestra  sagrada 
religión ,  les  habló  en  estos  términos :  « Padres ,  todos 
deseamos  salvarnos ,  y  lo  que  nosotros  alcanzamos  es  lo 
que  hacemos.  Vosotros  sabéis  más  en  esta  parte,  y  por 
esto  nos  alegramos  de  que  hayáis  venido,  para  que  nos 
enseñéis  lo  mejor.»  Estas  disposiciones  tenian  muy  es- 
peranzados á  nuestros  religiosos  de  que  al  fin  la  pala- 
bra de  la  fe  habia  de  triunfar  de  la  superstición  y  del 
error  en  el  reino  de  Camboja,  como  en  efecto  hubiera 
sucedido  si  los  misioneros  hubieran  podido  permanecer 
pacificamente  algunos  años  más  en  aquel  reino.  Em- 
pero, por  los  juicios  inescrutables  del  Señor,  aquellas 
esperanzas  se  desvanecieron  como  el  humo,  haciéndo- 
se imposible  sostener  en  aquel  país  agitado  y  turbulen- 
to ningún  establecimiento  religioso. 


—  49^  — 
41.   Mientras  estaban  trabajando  nuestros  religiosos 
en  la  conversión  de  los  cambojas,  les  aconteció  un  caso 
que  les  fué  de  gran  consuelo.  Un  japón  muy  devoto 
de  los  ídolos  llamados  Xacá  y  Amida ,  que  son  los  prin- 
cipales de  los  muchos  que  en  su  imperio  se  veneran, 
deseoso  de  conocer  á  los  naturales  de  Camboja  y  de 
Siam,  de  donde  procedieron  dichos  ídolos,  se  propuso 
ir  en  romería  á  estos  reinos,  para  ver  por  experiencia 
la  realidad  de  los  elogios  que  sus  bonzos  les  prodiga- 
ban; pues  decian  que  eran  bienaventurados  los  países 
que  habian  dado  tales  dioses,  con  los  hombres  que  te- 
nian  la  dicha  de  habitarlos.  Llegó,  en  efecto,  el  japón 
al  reino  de  Camboja,  guiado  tan  sólo  de  esta  idea;  ob- 
servó á  los  naturales  del  país  y  sus  costumbres;  mas  al 
verlos  tan  bárbaros  y  viciosos,  le  pareció  muy  indigno 
y  contrario  a  la  razón  y  al  buen  sentido,  el  venerar 
como  bienaventurados  á  unos  hombres  tan  degradados 
y  perversos.  Al  mismo  tiempo  observó  la  vida  santa  y 
ejemplar  de  nuestros  misioneros,  y  de  ella  deducia  que 
debia  ser  muy  santa  y  excelente  la  ley  que  los  forma- 
ba. Inspirado  en  esta  idea,  quiso  enterarse  del  dogma 
de  nuestra  santa  religión,  y  cotejando  después  la  su- 
blimidad de  su  doctrina  con  las  absurdas  creencias  de 
la  abominable  idolatría,  se  convenció  finalmente  de  que 
la  religión  de  Jesucristo  era  la  única  verdadera,  y  en 
fuerza  de  esta  profunda  convicción,  se  decidió  á  recibir 
el  santo  sacramento  del  Bautismo. 

42.  Los  acontecimientos  lamentables  que  sucedie- 
ron en  Manila  el  año  de  1604  contribuyeron  en  gran 
parte  á  que  se  malograran  los  trabajos  de  nuestros  re- 
ligiosos en  Camboja.  En  primer  lugar,  el   dia  3   de 


—  493  — 
Abril  (i)  hubo  un  incendio  en  la  ciudad,  que  en  bre- 
ve tiempo  redujo  á  cenizas  y  pavesas  la  tercera  parte 
de  sus  edificios.  El  fuego  salió  del  hospital  de  los  indí- 
genas ,  que  á  la  sazón  estaba  en  frente  del  convento  de 
San  Francisco,  y  de  allí  fué  propagándose  á  las  casas 
inmediatas  hasta  el  convento  de  Ntro.  P.  Santo  Do- 
mingo, último  edificio  entonces  de  la  ciudad  por  la 
parte  del  rio.  Nuestros  religiosos,  por  haber  atendido 
con  demasiada  solicitud  á  la  necesidad  ajena,  se  olvi- 
daron de  la  propia,  habiendo  descuidado  el  convento 
y  cuanto  en  él  tenian,  que  fué  pasto  de  las  llamas  mien- 
tras los  padres  acudían  al  socorro  de  sus  prójimos.  Sólo 
se  preservó  del  voraz  incendio  una  pequeña  parte  del 
convento,  la  imagen  de  Ntra.  Sra.  del  Rosario,  el  co- 
pón con  las  formas  consagradas,  un  lienzo  de  Nues- 
tro P.  S.  Francisco  y  los  papeles  del  Santo  Oficio.  En 
la  ciudad,  ademas  de  haber  consumido  el  incendio 
muchas  y  magníficas  casas,  perecieron  también  veinte 
y  cinco  personas,  entre  ellas  un  canónigo  de  la  iglesia 
catedral.  La  pérdida  ascendió  á  un  millón  de  pesos  fuer- 
tes ,  la  cual  arruinó  á  un  número  considerable  de  fami- 
lias, que  de  la  opulencia  pasaron  á  la  mendicidad. 

43.  En  el  mismo  año  (2),  por  el  mes  de  Octubre, 
se  sublevaron  los  chinos  ó  sangleyes  que  habitaban  en 
los  contornos  de  Manila.  Estos  hombres  orgullosos  y 
cobardes  con  sus  mismas  imprudencias  se  hicieron  sos- 
pechosos al  gobierno;  y  el  temor,  efecto  de  su  mala 


(1)  Otros  colocan  este  suceso,  como  también  el  levantamiento  de  los  chi- 
nos, en  el  arlo  1603. 

(2)  Véase  la  nota  anterior. 


—  494  — 
conciencia,  los  precipitó  á  cometer  un  atentado  que  la- 
bró su  perdición.  El  año  anterior  habian  venido  á  esta 
capital  tres  mandarines  de  su  nación  en  clase  de  em- 
bajadores. Entraron  con  grande  aparato  en  sillones  do- 
rados y  embutidos  de  marfil,  llevados  por  cuatro  hom- 
bres al  estilo  de  la  China.  No  pareció  tan  extraña  su 
entrada  en  aquella  forma  como  la  idea  insensata  que 
dijeron  habia  motivado  su  venida.  El  Gobernador  los 
recibió  como  convenia  al  decoro  que  se  debia  á  unos 
enviados  de  un  monarca  vecino  y  poderoso;  mas  luego 
que  descubrió  el  fin  de  su  mensaje  los  trató  con  el 
mayor  recelo  y  desconfianza,  como  gente  sospechosa, 
Decian  que  su  emperador  los  habia  enviado  para  ave- 
riguar si  era  cierto  que  la  isla  de  Cavite  era  de  oro, 
como  se  lo  habia  asegurado  Tiong-ong,  que  antes  ha- 
bia estado  en  Manila;  el  cual  se  sujetaba  á  la  pena  ca- 
pital en  el  caso  de  no  ser  verdadera  la  noticia.  Aquel 
jefe,  sin  embargo  de  lo  absurdo  del  pretexto,  y  de  la 
poca  habilidad  para  inventar  otra  filfa  menos  grotesca 
y  ridicula,  les  permitió  que  fuesen  al  expresado  puerto 
con  su  Tiong-ong,  y  viesen  con  sus  ojos  si  era  ó  no  ver- 
dad lo  que  éste  habia  asegurado  á  su  emperador,  según 
ellos  torpemente  aseguraban.  Se  presentaron,  en  efecto, 
los  tres  mandarines  en  Cavite ,  y  al  ver  que  su  suelo  era 
de  arena  ordinaria,  sin  haber  vislumbrado  en  ninguna 
parte  el  oro  pretendido  de  su  fábula,  aparentaron  ha- 
cer cargos  al  chino  delator,  y  se  dijo  que  Tiong-ong 
les  dio  satisfacción  de  esta  manera :  ^>  Si  queréis  que  esta 
isla  sea  oro,  oro  es  (aludiendo  á  los  adornos  de  los  in- 
dios y  riquezas  délos  españolas  que  se  desembarcaban), 
y  si  queréis  que  sea  arena,  arena  es.»  Con  esta  respues- 


—  495  — 
ta  peregrina  aparentaron  quedar  algo  satisfechos,  y  en 
seguida  regresaron  á  Manila.  El  limo.  Sr.  D.  Fr.  Mi- 
guel de  Benavides,  arzobispo  á  la  sazón  de  esta  capi- 
tal, que  habia  tratado  muy  de  cerca  á  estos  extranjeros, 
y  los  religiosos  de  la  Orden,  que  los  adoctrinaban,  ma- 
nifestaron desde  luego  el  peligro  que  amenazaba  á  las 
islas  si  prolongaban  aquí  su  permanencia  aquellos  su- 
puestos embajadores,  tan  insolentes  como  despreciables 
y  ridículos.  En  su  concepto  debia  procederse  contra 
ellos,  ó  despacharlos  cuanto  antes,  porque  de  otra  suerte 
podian  imponerse  fácilmente  de  la  debilidad  de  la  guar- 
nición y  fortificaciones  de  la  plaza,  y  fraguar  algún 
plan  de  rebelión  con  sus  compatriotas,  que  por  enton- 
ces no  bajaban  de  veinte  mil  en  las  inmediaciones  de 
Manila;  siendo  muy  contados  los  españoles  que  podian 
tomar  las  armas  en  aquella  circunstancia  para  oponer- 
se á  sus  intentos.  Desde  entonces  empezaron  los  chinos 
á  verter  expresiones  subversivas,  que  debieran  haberles 
valido  la  expulsión  general  de  Filipinas.  Entre  otras 
cosas,  decian  que  no  tardarian  en  declararse  indepen- 
dientes, auxiliados  por  una  escuadra  poderosa  que  les 
habia  de  venir  de  su  país.  Los  españoles,  por  otra  parte, 
les  aseguraban  que  antes  de  verificarse  este  caso  los  aca- 
barian  á  balazos.  De  esta  suerte  los  ánimos  se  iban  pre- 
ocupando, y  se  preparaban  todos  á  un  sangriento  rom- 
pimiento. Los  chinos  cristianos,  que  eran  los  más  acau- 
dalados, deseaban  la  paz  á  todo  trance;  y  para  que  el 
Gobierno  no  dudase  de  su  fidelidad,  le  comunicaban 
las  ideas  alarmantes  que  los  infieles  hacian  circular  en- 
tre los  suyos.  El  asunto  se  fué  formalizando  de  tal  suer- 
te, que  el  Gobernador  creyó  que  debia  prevenirse  para 


—  49^  — 
un  evento  posible,  reparando  ante  todas  cosas  las  mu- 
rallas. 

44.  Mientras  se  estaba  trabajando  en  las  obras,  Eng- 
cang,  uno  de  los  chinos  que  se  quedaron  en  las  islas 
cuando  vino  á  ellas  Li-ma-ong  con  su  escuadra,  se 
ofreció  á  levantar  un  baluarte  contra  sus  misinos  pai- 
sanos, protestando  adhesión  al  gobierno  de  Manila; 
mas  su  proposición  fué  desechada,  porque  se  presumió 
con  fundamento  que  procedía  con  doblez.  Esta  repul- 
sa, y  el  espionaje  de  los  japones  enemigos  de  los  chi- 
nos, iban  precipitando  á  estos  infelices,  hasta  que  el 
Superior  Gobierno  tuvo  que  asegurarles,  por  medio  de 
las  personas  más  cualificadas,  que  nada  se  meditaba 
contra  ellos.  Sin  embargo,  el  temor  y  la  desconfianza 
de  los  chinos  hacian  mirar  las  garantías  de  la  autori- 
dad como  otras  tantas  prevenciones  para  asegurarse  de 
ellos,  y  sorprenderlos  descuidados  para  degollarlos,  an- 
tes de  que  llegase  la  escuadra.  Esta  persuasión  los  de- 
cidió á  sublevarse  en  masa  el  dia  3  de  Octubre,  víspe- 
ra de  nuestro  P.  San  Francisco.  El  cura  de  Quiapo 
tuvo  noticia  de  la  conspiración  antes  de  verificarse,  por 
medio  de  una  india,  y  lo  comunicó  desde  luego  al 
Arzobispo,  y  éste  al  Gobernador.  Sin  pérdida  de  tiem- 
po se  tomaron  las  mtdidas  más  enérgicas  para  impedir 
los  resultados;  pero  los  chinos  ya  estaban  comprome- 
tidos. A  media  legua  de  Manila,  en  el  territorio  de 
Tondo,  se  habian  fortificado  un  gran  número  de  ellos, 
y  las  primeras  diligencias  del  Gobierno  fueron  convi- 
darlos con  la  paz  y  el  perdón.  A  este  fin  les  envió  al- 
gunos españoles  con  Eng-cang,  que  hasta  entonces  se 
habia  mantenido  fiel   en   la   apariencia,   mostrándose 


—  497  — 
adicto  al  Gobierno;  pero  nada  se  pudo  conseguir  por 
este  medio;  pues  los  enemigos,  confiados  en  el  número, 
eran  cada  vez  más  insolentes. 

45.   Consumada  la  conspiración,  entraron  los  trai- 
dores de  tropel  en  el  pueblo  de  Binondo  al  son  de  ins- 
trumentos bélicos,  y  enarboladas  sus  banderas,  se  lan- 
zaron desatentados  á  la  lid.  Sus  primeras  tentativas  se 
dirigieron  4  reducir  á  los  chinos  cristianos  á  su  bando; 
mas  éstos  se  mostraron  fieles  al  Gobierno;  y  animados 
por  el  valiente  y  piadoso  D.  Luis  Pérez  Dasmariñas, 
los  rechazaron  con  la  mayor  energía,  y  les  obligaron 
á  retirarse  al  pueblo  de  Tondo,  en  cuyo  convento  é 
ielesia  se  hicieron  fuertes.  Pasó  este  dia  sin  haber  los 
enemigos  conseguido  más  ventaja  que  el  engrosar  su 
número  en  su  improvisado  fuerte,  para  proseguir  con 
más  empeño  la  campaña.  Dasmariñas  veló  toda  la  no- 
che por  la  conservación  del  pueblo  de  Binondo,  y  le 
pareció  muy  oportuno  que  el  dia  siguiente  se  atacase 
al  enemigo,  sin  dejarlo  descansar.  Al  efecto  envió  á 
Manila  á  uno  de  nuestros  religiosos,  para  proponer  al 
Superior  Gobierno  su  proyecto,  antes  de  que  los  ene- 
migos pudiesen  contar  con  más  recursos.  El  goberna- 
dor D.  Pedro  Brabo  de  Acuña  trató  el  punto  en  con- 
sejo  de   guerra,  y  en  él  se  resolvió  por   unanimidad 
que  sin  demora  se  llevase  á  efecto  el  plan  de  Dasmari- 
ñas. Todos  los  españoles  querían  tener  parte  en  aquel 
primer  ataque,  y  las  personas  más  condecoradas  eran 
las  primeras  en  ofrecerse  para  presentarse  al  enemigo. 
Ciento  y  treinta  españoles  se  consideraron  suficientes 
para  destruir  el  campo  de  los  chinos,  lo  que  sin  duda 
consiguieran  si  las  primeras   ventajas   que  obtuvieron 


3z. 


—  498  — 

no  los  alucinaran,  ó  se  condujeran  en  el  vencimiento 
con  prudencia  y  desconfianza,  siempre  en  tales  casos 
necesarias.  En  efecto,  el  dia  4  de  Octubre  salieron  es- 
tos valientes  de  Manila.  En  Tondo  los  recibieron  los 
chinos  con  las  armas;  pero  á  los  primeros  tiros  aban- 
donaron sus  ventajosas  posiciones,  retirándose  desorde- 
nadamente por  los  campos,  para  salvar  sus  vidas  en  el 
fuerte  donde  estaba  su  fuerza  principal.  Los  españoles, 
al  ver  la  cobardía  de  los  chinos,  los  persiguieron  im- 
prudentemente hasta  sus  trincheras;  mas  allí,  rechaza- 
dos y  oprimidos  por  un  enemigo  atrincherado  y  mu- 
cho más  numeroso,  perecieron  casi  todos  en  medio  de 
campos  pantanosos,  en  donde  se  atollaban  hasta  la  ro- 
dilla. Murió  en  esta  ocasión  el  noble  y  piadoso  Das- 
mariñas,  los  sobrinos  del  Gobernador  y  del  Arzobispo, 
y  otros  ilustres  espaíioles,  que  no  pudieron  evadirse 
con  la  fuga  de  la  multitud  de  enemigos  que  los  perse- 
guían en  todas  direcciones,  fiados  tan  solamente  en  su 
valor  numérico. 

46.  Esta  desgracia  fatal  cubrió  de  luto  la  ciudad,  y 
se  miraba  ya  como  presagio  de  otras  calamidades  más 
funestas.  Sin  embargo,  fué  preciso  aguardar  al  enemi- 
go, y  salvar  la  capital  á  todo  trance.  Viéronse  entonces 
salir  los  religiosos  del  retiro,  abandonando  sus  conven- 
tos para  cooperar  á  la  común  defensa.  Las  murallas 
estaban  coronadas  de  fieles  defensores,  y  los  más  deli- 
cados echaban  mano  de  la  mecha  ó  del  fusil,  para  opo- 
nerse al  asalto  de  un  enemigo  engreído  con  la  efímera 
victoria  que  acababa  de  ganar.  No  tardaron,  en  efecto, 
en  presentarse  los  insolentes  chinos  en  frente  de  la  ca- 
pital con  una  gritería  espantosa,  llevando  máquinas  de 


—  499  — 
guerra,  escaleras  y  otros  instrumentos  para  el  asalto. 
En  sus  banderas  tenían  escritas  en  grandes  caracteres 
sínicos  las  siguientes  expresiones  :  Ciento  á  uno  y  y  nues- 
tra es  la  victoria.  \  Magnífica  confesión  de  su  valor,  que 
sólo  cifraban  en  el  número!   Pero  esta  misma  muche- 
dumbre, que  tanto  los  insolentaba  en  un  principio,  sólo 
contribuyó  para  que  fuese  más  gloriosa  la  victoria  de 
las  armas  espaííolas.  Luego  que  los  chinos  estuvieron  á 
la  vista  de  la  plaza,  se  dio  principio  al  fuego  de  la  ar- 
tillería y  arcabucería,  y  no  tardó  en  verse  el  campo 
enemigo  cubierto  de  cadáveres :   hubo  tiro  de  caíion 
que  se  llevó  con  su  metralla  á  treinta  chinos,  y  toda 
aquella  orgullosa  muchedumbre,  en  vez  de  avanzar, 
como  al  principio ,  se  procuró  algún  refugio  en  la  der- 
rota, para  no  acabar  de  perecer,  abandonando  cobar- 
demente los  heridos  que  no  pudieron  salvarse  por  sus 
pies.  Los  más  se  refugiaron  en  la  iglesia  y  convento  de 
Dilao,  que  á  la  sazón  estaba  sito  en  Bagumbayan;  pero 
ni  allí  hallaron  la  seguridad  que  deseaban;  pues  luego 
se  destacó  una  compañía  al  mando  de  Gallinato  y  Ve- 
lazco,  para  desalojarlos  de  aquel  sitio  ventajoso.  Entre 
tanto  se  dio  el  Parlan,  ó  pueblo  de  los  chinos,  al  saco 
del  soldado,  con  el  cual  muchos  se  enriquecieron,  y 
perecieron  cuantos  enemigos  se  habian  refugiado  en 
sus  casas.  Se  asegura  que  en  esta  acción  perecieron  más 
de  cinco  mil  chinos,  y  que  nuestro  P.  San  Francisco 
se  apareció  en  las  murallas  defendiendo  la  ciudad,  cuya 
presencia,  dicen  que  acabó  de  desalentar  á  los  enemi- 
gos, como  algunos  de  ellos  después  lo  confesaron.  Al 
ver  los  chinos  la  imposibilidad  de  apoderarse  de  Ma- 
nila, y  que  todas  sus  tentativas  se  frustraban,  trataron 


' —  5o<^  — 
de  internarse  en  las  provincias  para  salvarse  con  la  fuga. 
Al  efecto  se  marcharon  en  gran  número  para  la  de  La- 
Laguna,  y  los  españoles  entre  tanto  dieron  gracias  al 
Señor,  y  mandaron  enterrar  los  muertos  en  el  mismo 
sitio  en  donde  los  hallaron. 

47.   Libre  ya  Manila  del  peligro,  se  trató  de  perse- 
guir al  enemigo  hasta  rendirlo  ó  aniquilarlo.  A  este  fin 
se  destinó  un  buen  destacamento,  compuesto  de  espa- 
ñoles, indios  y  japones,  bajo  el   mando  del  sargento 
mayor  D.  Cristóbal  de  Azcueta,  que  siguiendo  sus  pi- 
sadas, los  alcanzó  en  Cabuyao,  seis  leguas  distante  de 
la  capital,  en  donde  se  dio  el  primer  ataque.  No  con- 
venia hostigarlos  en  demasía,  ni  obligarles  á  un  com- 
bate decisivo,  porque  la   muchedumbre   desesperada 
pudiera  oprimir  á  sus  perseguidores,  que  eran  en  mu- 
cho menor  número.  Lo  más  acertado  era  perseguirlos 
lentamente  y  cansarlos,  hasta  que  la  necesidad  les  obli- 
gara á  dispersarse.  Los  españoles  hablan  tenido  la  pre- 
caución de  llevar  una  estacada  ambulante,  para  for- 
mar su  campamento  doquiera  tuvieran   necesidad   de 
hacer  alguna  detención,  y  con  ella  se  aseguraban  de 
las  acometidas  que  intentara  el  enemigo.  De  allí  pasa- 
ron los  chinos  á  San  Pablo  de  los  Montes,  provincia 
de  Batangas,  en  cuyos  ventajosos  sitios  se  hicieron  fuer- 
tes; pero  con  un  nuevo  refuerzo  que  llegó  á  la  tropa 
de  Manila,  fueron  dispersados  completamente,  y  pere- 
cieron casi  todos  en  manos  de  los  indios.  Los  historia- 
dores contemporáneos  afirman  que  pasaban  de  quince 
mil  los  chinos  que  en  esta  campaña  perecieron,  y  no 
falta  quien  hace  subir  á  veinte  y  cinco  mil  las  víctimas 
miserables  de  tan  loca  tentativa.  Lo  cierto  es,  que  de 


—  501  — 

todos  los  rebeldes  sólo  mil  quedaron  prisioneros,  que 
luego  fueron  condenados  á  galeras.  Otros  más  culpa- 
dos fueron  ahorcados,  y  sólo  dos  mil  quedaron  sin  cas- 
tigo, por  no  haber  tenido  parte  en  la  rebelión.  Eng- 
cang,  que  al  fin  tomó  una  parte  muy  activa  en  la  su- 
blevación de  que  se  trata,  á  pesar  de  sus  mentidas  pro- 
testas, pagó  su  perfidia  con  la  horca,  y  su  cabeza,  co- 
locada en  una  jaula,  fué  expuesta  en  lugar  público,  para 
que  sirviese  de  escarmiento  á  los  traidores.  La  ciudad 
se  reconoció  deudora  á  la  protección  de  San  Francisco, 
en  cuyo  dia  se  habia  dado  el  golpe  decisivo  al  enemi- 
go, por  lo  que  ambos  cabildos  lo  votaron  por  patrón. 
La  memoria  de  este  beneficio  se  recuerda  todavía,  asis- 
tiendo anualmente  ambos  cabildos  á  la  misa  de  su  fies- 
ta, acompañando  la  imagen  del  Santo  Patriarca  desde 
la  iglesia  catedral  hasta  la  de  su  convento. 

48.  Duró  esta  campaña  hasta  el  dia  20  de  aquel  mes 
(Octubre),  en  el  cual  ya  no  habia  enemigos  que  ven- 
cer, porque  los  más  hablan  muerto,  y  los  que  no  se 
entregaron  á  discreción,  anduvieron  errantes  por  los 
montes,  pasando  una  vida  todavía  más  penosa  que  los 
condenados  á  galera.  Quedó  libre  Manila  de  una  fac- 
ción más  temible  por  el  número  que  por  su  valor  en 
las  batallas.  Mas  el  exterminio  de  una  gente  tan  labo- 
riosa y  necesaria  á  la  vida  industrial  de  estos  pueblos 
fué  un  mal  que,  para  remediarlo,  hubo  que  recurrir 
por  precisión  al  país  de  los  vencidos.  En  efecto,  como 
los  chinos  eran  los  que  ejercían  todas  las  artes  mecáni- 
cas, no  habia  en  las  islas  quien  los  sustituyese  en  esta 
parte,  y  el  Gobernador  se  resolvió  á  enviar  al  virey  de 
la  provincia  de  Fo-kien  una  persona,  que,  condecora- 


—  5^^  — 
da  con  el  título  de  embajador,  le  diese  cuenta  del  su- 
ceso con  la  exactitud  posible,  y  le  rogase  que  no  por 
esto  embarazase  la  salida  de  los  que  quisiesen  trasladar- 
se á  Manila,  como  antes,  en  donde  serian  bien  trata- 
dos, con  tal  que  no  provocasen  nuevas  perturbaciones 
y  disturbios  en  estos  dominios  españoles.  La  comisión 
fué  confiada  al  capitán  Marcos  de  la  Cueva  y  al  V.  pa- 
dre Fr.  Luis  Gandullo,  de  cuya  gran  prudencia  y  vir- 
tud nadie  dudaba.  El  Virey  los  recibió  muy  bien;  se 
hizo  cargo  de  la  justicia  con  que  hablan  sido  castiga- 
dos los  rebeldes,  y  no  tuvo  dificultad  en  que  viniesen 
á  Manila,  como  antes,  los  mercaderes,  labradores  y 
artesanos.  De  esta  suerte  volvieron  los  chinos  á  poblar 
el  Parlan  y  las  cercanías  de  Manila,  dedicándose,  como 
antes,  á  la  industria  y  al  comercio,  sin  pensar  en  pro- 
ducir nuevos  trastornos  después  de  un  castigo  tan 
ejemplar  y  espantoso. 


CAPÍTULO  IIL 

Elección  de  provincial  en  la  persona  del  P.  Fr.  Miguel  de  San  Jacinto  en  1604. 
— Llega  una  misión  á  Manila. — Visita  y  viaje  del  provincial  á  Cagayan. — 
Reducción  de  los  pueblos  de  Itaves. —  Nuestra  Señora  de  Piat. —  Muerte  y 
reseña  de  la  vida  del  limo.  Sr.  D.  Fr.  Miguel  de  Benavides. —  Muerte  de 
algunos  religiosos  de  señalada  virtud. —  Es  tomada  la  plaza  de  Temare  por 
la  intercesión  de  Nuestra  Señora  del  Rosario. —  Su  rey  se  pone  en  manos 
del  gobierno  español,  con  algunas  condiciones. — Llega  á  Manila  otra  mi- 
sión.— Muerte  de  dos  religiosos  venerables. 

49.  El  dia  9  de  Mayo  de  1604  celebraron  los  pa- 
dres su  capítulo  provincial  acostumbrado,  y  en  él  eli- 
gieron al  P.  Fr.  Miguel  de  San  Jacinto.  Era  uno  de 
los  primeros  misioneros  que  fueron  enviados  á  Caga- 


—  5^3  — 
yan  para  convertir  á  sus  habitantes  á  la  fe.  Allí  habia 
dado  pruebas  de  un  gran  fondo  de  prudencia,  celo  por 
la  conversión  de  los  infieles  y  una  virtud  nada  común. 
En  las  actas  de  este  capítulo  provincial  se  aceptaron 
las  casas  de  N.  P.  Santo  Domingo  de  Satzuma,  en  el 
Japón ,  de  San  Vicente  Ferrer  de  Daluda  y  Tocolana, 
de  San  Miguel  de  Nassiping,  de  San  Pedro  Apóstol  (i) 
de  Tuguegarao,  de  San  Raimundo  de  Lobo,  de  Santa 
Inés  de  Piat,  de  Santa  Catalina  de  Sena  de  Nabunga 
y  de  Nuestra  Señora  de  la  i\.suncion  de  Talama;  todas 
ellas  en  la  citada  provincia  de  Cagayan ,  y  de  las  cua- 
les ya  se  habian  recibido  algunas  en  congregaciones  an- 
teriores. La  misión  de  San  Raimundo  de  Lobo  lo  ha- 
bia sido  en  1596;  pero  su  fundación  no  pudo  entonces 
llevarse  á  efecto,  por  falta  de  ministros.  Este  pueblo  es 
conocido  en  el  dia  con  el  nombre  de  Tabang,  visita  ó 
anejo  de  Piat.  A  entrambos  se  dio  después  nuevo  pa- 
trón ó  titular,  siendo  el  del  primero  Santa  Inés  de  Mon- 
te Policiano,  y  el  del  segundo  N.  Santo  Patriarca.  En 
el  mismo  año  se  dio  principio  á  la  fundación  del  pue- 
blo de  Tuao,  bajo  la  invocación  de  los  santos  ángeles 
custodios;  y  estos  tres  pueblos,  con  el  de  San  Raimun- 
do de  Malaoeg,  son  los  que  antiguamente  eran  cono- 
cidos por  los  del  valle  y  rio  de  Lobo,  y  hoy  dia  forman 
el  partido  llamado  de  Itaves,  bañado  por  las  aguas  de 
este  rio,  confinante  por  el  O.  con  los  montes  que  me- 
ilian  entre  esta  provincia  é  llocos  Norte. 


(i)  En  las  acras  antiguas  se  encuentra  varias  veces  Tuguegarao  bajo  la  de- 
nominación de  los  santos  apóstoles  Pedro  y  Pablo;  pero  su  patrón  es  San  Pe- 
dro Apóstol,  y  así  fué  aceptada  como  vicaría  la  casa  en  1633. 


—  504  — 
50.  Luego  que  se  terminó  el  capítulo  provincial  de 
este  año,  llegó  á  Manila  la  misión  que  se  esperaba,  or- 
ganizada y  conducida  por  el  Ilmj.  Sr.  D.  Fr.  Diego 
de  Soria  (i),  consagrado  ya  obispo  de  la  Nueva  Sego- 
via,  en  virtud  del  nombramiento  que  S.  M.  habia  he- 
cho en  su  persona,  luego  que  vacó  aquella  silla  por 
traslación  del  Sr.  de  Benavides  al  arzobispado  de  Mani- 
la. Fué  su  vicario  el  P.  Fr.  Bernabé  de  Reliegos.  En  la 
primera  etapa  de  su  viaje,  antes  de  llegar  á  Nueva  Es- 
paíía,  les  sucedieron  dos  lances  lastimosos :  el  primero 
fué  la  pérdida  de  dos  hombres,  que  se  cayeron  en  la 
mar,  y  el  otro  una  furiosa  acometida  de  los  bárbaros, 
que  poblaban  á  la  sazón  la  Guadalupe.  El  general  de 
la  flota  no  ignoraba  la  costumbre  de  aquellos  feroces 
habitantes,  que  solian  asesinar  á  cuantos  aportaban  á 
sus  playas  si  no  tomaban  de  antemano  las  precauciones 
convenientes.  Con  este  fin,  destacó  una  compaííía  de 
soldados  para  contener  sus  irrupciones;  pero  la  dema- 
siada confianza  de  los  que  bajaron  á  la  isla  cubrió  de 
luto  á  la  flota.  En  la  playa  se  habia  celebrado  el  santo 
sacrificio  de  la  misa  con  el  mayor  contento  y  regocijo, 
y  cuando  se  hallaban  más  desprevenidos  principiaron  á 
llover  sobre  ellos  innumerables  saetas,  que  los  bárbaros 
lanzaban  desde  los  matorrales  inmediatos.  Cuando  los 
incautos  advirtieron  el  peligro,  ya  el  daño  estaba  he- 
cho; pues  de  la  primera  rociada  quedaron  varios  heri- 
dos, de  cuyas  resultas  murieron  seis  de  nuestros  religio- 


(i)  Esta  misión  es  la  segunda  que  organizó  el  limo.  Sr.  Fr.  Diego  de  So- 
ria, y  distinta  de  la  que  mandó  siendo  procurador  de  la  provincia.  Véase  el 
cap.  IX  del  libro  primero,  núm.  143. 


—  sos  — 
sos,  con  algunos  españoles  (i).  Los  demás  se  salvaron 
con  la  fuga,  y  luego  se  ocultaron  los  salvajes  en  sus 
bosques,  satisfechos  de  haber  ensayado  de  algún  modo 
su  barbarie.  La  flota,  después  de  llorar  esta  desgracia, 
y  de  hacer  la  aguada  necesaria  para  el  resto  del  cami- 
no, se  hizo  á  la  vela  desde  luego,  en  proseguimiento 
de  su  viaje.  La  misión  de  nuestros  religiosos,  que  con- 
taba veinte  individuos  al  salir  de  la  Península,  quedó 
reducida  entonces  á  catorce  solamente,  los  que  llegaron 
felizmente  á  Filipinas,  y  luego  fueron  repartidos  en  di- 
ferentes ministerios,  según  las  necesidades  de  nuestra 
administración. 

51.  El  nuevo  Provincial  emprendió,  poco  después 
de  la  llegada  de  esta  misión  desgraciada,  la  visita  anual 
de  la  provincia,  y  al  salir  para  la  de  Cagayan,  en  donde 
habia  trabajado  tantos  años  en  la  conversión  de  los  in- 
fieles, escogió  cuatro  religiosos  de  los  nuevos  misione- 
ros y  se  los  llevó  consigo.  Hizo  el  viaje  embarcado,  y 
llegó  sin  novedad  especial  hasta  el  cabo  Bojeador,  en 
donde  le  sobrevino  un  peligro  inminente  de  naufragio. 
Antes  de  doblar  el  promontorio  bajó  de  improviso  de 
los  inmediatos  montes  una  nube  muy  espesa,  y  tras  de 
ella  un  furioso  torbellino,  que  ni  siquiera  dio  tiempo 
á  la  tripulación  para  arriar  velas.  Los  religiosos,  en  vista 
del  peligro,  rezaron  las  oraciones  que  la  Iglesia  tiene 
prevenidas  para  semejantes  casos,  y  observaron  con  sor- 
presa que  cedia  el  torbellino  mientras  practicaban  este 


(i)  Según  la  historia  de  la  provincia  por  el  limo.  Aduarte  (Lib.  i,  capí- 
tulo Lxxvi),  cinco  de  estos  religiosos  murieron  en  el  acto,  y  el  otro  después 
por  las  heridas. 


—  £06  — 

medio,   y   repetía  con  más  furia  cuando  dejaban  de 
rezar.    Estas  circunstancias,  que  observaron   por  tres 
veces,   les  dio   á  entender  bastantemente  que  alguna 
extraordinaria   virtud  causaba  este  raro  temporal,  que 
Dios  preparó,  sin  duda,   para  probar  una  vez  más  la 
fortaleza  de  su  fe,  su  resignación  y  su  confianza.  En- 
tonces el  Provincial,  esperanzado  en  el  Señor,  le  pro- 
metió sinceramente  que  si  los  libraba  del  peligro  de- 
dicaria   á   los    Santos   Angeles    Custodios   uno  de   los 
pueblos   cristianos   que   de   nuevo   se  fundasen  en  la 
provincia  mencionada.  Apenas  formulado  dicho  voto 
cesó  repentinamente  aquella  peligrosa  tempestad.  Este 
pueblo  es  el  de  Tuao,  que  hasta  hoy  se  ha  conservado 
en  un  estado  floreciente,  bajo  el  favor  y  la  tutela  de  tan 
poderosos  protectores.  Otro  suceso,  no  menos  extraor- 
dinario, les  sucedió  poco  después:  el  viento  era  contra- 
rio, las  corrientes  más  poderosas  que  los  remos,  y  á 
juicio  de  los  mismos  marineros,   iban  á  estrellarse  sin 
remedio  en  unos  arrecifes  inmediatos,  adonde  la  fuer- 
za de  las  olas  iba  empujando  el  bajel  rápidamente.  A 
vista  de  aquel  peligro,  uno  de  los  religiosos  echó  al 
agua  una  reliquia  de  San  Raimundo,  envuelta  en  un 
lienzo,  con  respeto,  y  al  momento  experimentaron  el 
favor  y  la  protección  visible  de  este  Santo.  Al  recibir 
las  aguas  el  contacto  de  aquella  reliquia  prodigiosa  se 
calmaron  las  olas  de   repente;  y  para  que  fuese  más 
completa  la  merced  que  recibieron,  se  les  tornó  el  vien- 
to favorable,  que  los  condujo  tranquilamente  al  rio  Iba- 
nag,  que  era  su  ruta. 

También  experimentaron  las  misericordias  del  Se- 
ñor al  llegar  á  Cagayan.  El  Provincial  debia  proveer 


—  507  — 
de  misioneros  á  los  pueblos  de  nueva  creación ,  pero  á 
su  arribada  habia  enfermado  uno  de  ellos  gravemente. 
Los  de  Nassiping,  deseosos  de  iniciarse  en  la  doctrina 
de  la  fe,  le  pidieron  con  instancias  que  les  diese  un 
religioso  que  les  instruyese  y  bautizase;  mas  el  Pro- 
vincial les  contestó  que  lo  baria  inmediatamente  que 
el  P.  Fr.  Francisco  Jurado  de  la  Cruz  se  mejorase  de 
su  grave  enfermedad.  Desde  aquel  momento  se  fué  éste 
restableciendo  de  su  mal,  hasta  que  recuperó  perfecta- 
mente la  salud.  Este  pueblo  habia  sido  erigido  mucho 
antes,  y  en  el  capítulo  provincial  de  este  año  se  le  dio 
el  título  de  San  Miguel,  quedando  el  primitivo  de  Santa 
Catalina  de  Sena  para  su  anejo  de  Gattáran,  lo  que  se 
confirmó  en  el  definitorio  del  capítulo  siguiente. 

52.  Los  pueblos  del  valle  de  Lobo,  ó  partido  de  Ita- 
ves,  sin  embargo  de  haberse  aceptado  y  recibido  en  el 
capítulo  presente,  todavía  carecían  de  ministros  que  los 
adoctrinasen.  El  Provincial  debia  de  satisfacer  los  de- 
seos de  los  definidores,  y  á  este  fin  destinó  á  tres  de  los 
cuatro  que  habia  sacado  de  Manila,  los  cuales  empe- 
zaron desde  luego  sus  tareas  evangélicas  para  conver- 
tir las  rancherías  de  infieles  que  habia  en  aquel  risueño 
valle  y  en  todo  el  partido  que  se  extiende  desde  Nas- 
siping á  Malaoeg.  Estos  indios  eran  los  más  fieros  y 
valientes  que  habia  en  toda  la  provincia,  particular- 
mente los  que  habitaban  en  las  cercanías  del  pueblo, 
que  ahora  se  llama  Malaoeg.  Por  la  facilidad  de  re- 
montarse á  sitios  inaccesibles,  y  por  ser  su  reducción 
tan  difícil  y  costosa,  los  habían  dejado  hasta  entonces 
en  la  más  completa  independencia;  pero  cuando  pare- 
cía que  estaban  más  lejanos  del  camino  de  salud,  el 


—  5o8  — 

Señor  se  apiadó  de  ellos,  enviándoles  finalmente  após- 
toles fervorosos,  á  quienes  escucharon  con  la  mayor 
docilidad.  La  extraordinaria  y  repentina  mutación  de 
estos  bravos  habitantes  la  describió  uno  de  los  prime- 
ros misioneros  que  entraron  en  sus  pueblos.  Sus  pala- 
bras, tales  como  nos  las  ha  trasmitido  el  limo.  Sr.  Don 
Fr.  Diego  Aduarte  (Lib.  i,  cap.  59),  en  su  Historia, 
son  un  testimonio  nada  equívoco  de  las  mercedes  del 
Señor,  que  se  dignó  llamarlos  finalmente  al  cristia- 
nismo con  una  voz  poderosa,  que  penetró  todos  los  se- 
nos de  su  corazón  y  de  su  alma.  «Como  la  mano  del 
Señor,  dice,  ha  andado  tan  fi"anca  en  estos  indios,  por 
las  de  los  religiosos  que  asisten  entre  ellos,  ha  sido 
grande  y  maravillosa  su  mudanza  de  un  extremo  á 
otro,  casi  sin  pasar  por  el  medio,  después  que  los  reli- 
giosos los  tienen  á  su  cargo,  siendo  ellos  antes  tan  libres, 
sin  Dios,  sin  ley  y  sin  rey,  sin  persona  á  quien  respe- 
tasen en  orden  á  sus  gustos  y  pasiones,  de  que  son  tes- 
tigos las  guerras  que  sin  orden  ni  traza  han  tenido  en- 
tre sí,  y  las  borracheras  é  insultos  que  han  cometido 
sin  respeto  á  Dios  y  á  los  hombres.  Antes,  el  que  era 
temido  entre  ellos  era  más  borracho,  porque,  como 
más  rico,  alcanzaba  más  que  beber.  Casábanse  y  des- 
casábanse cada  dia  con  una  y  con  muchas  mujeres;  al 
fin,  gente  bárbara  en  todo  género  de  insolencias.  Con 
ser  esto  así,  en  entrando  el  ministro  entre  ellos  le  es- 
taban tan  sujetos  como  si  toda  la  vida  hubieran  apren- 
dido á  obedecer,  y  con  ponerles  el  religioso  luego  un 
general  entredicho  á  todos  sus  vicios  tan  antiguos,  y 
obligarlos  á  que  hagan  compañía  sólo  con  sus  legí- 
timas mujeres,  y  á  muchos  á   que  dejen  su   tierra  y 


—  509  — 

pueblos  antiguos  para  que  vengan  adonde  hay  doctri- 
na, y  finalmente,  á  que  entren  de  golpe  y  por  punto 
en  policía  divina  y  humana,  no  saben  á  cosas  de  estas 
decir  de  no;  y  esto  sin  castigos  ni  apremios,  sino  con 
blandura  y  mansedumbre;  de  manera  que  los  que  no 
sabian  más  que  matar  y  beber  hasta  caer,  y  correr 
tras  todo  género  de  vicios  desenfrenadamente,  ya  no  se 
acuerdan  de  esto  para  ponerlo  en  ejecución,  como  yo 
vi  en  estos  tres  primeros  pueblos  de  este  partido  de 
Itaves.  El  dia  que  entramos  en  ellos,  los  hallamos  á 
todos  echados  por  las  calles,  borrachos  perdidos,  y  des- 
pués acá,  si  ha  habido  alguno,  no  ha  sido  hasta  lle- 
gar á  perder  el  juicio;  y  esta  misma  reforma  ha  habi- 
do en  todas  las  demás  cosas;  pues  no  les  obligó  á  ello 
el  miedo  de  los  españoles;  pero  en  entrando  los  religio- 
sos se  redujeron  á  pueblos  grandes  para  poder  ser  mejor 
adoctrinados,  estando  antes  repartidos  en  muchos  pe- 
queños á  modo  de  rancherías.»  Tal  es  la  pintura  del 
estado  lastimoso  de  Tabang,  Piat  y  Tuao,  antes  de 
que  la  benéfica  influencia  de  la  religión  obrase  sobre 
ellos  tal  mudanza,  y  después  que  recibieron  su  doc- 
trina. 

53.  Tan  cierto  es  que  sólo  el  Evangelio  es  capaz  de 
domar  las  costumbres  más  feroces  de  los  bárbaros  y  redu- 
cirlos finalmente  á  vida  política  y  social.  Los  tres  pueblos 
referidos  todavía  subsisten  en  el  dia,  y  sus  vecinos  son 
muy  buenos  cristianos,  muy  afectos  á  los  religiosos  que 
los  administran,  y  muy  sumisos  á  la  autoridad  civil  de  la 
provincia.  Sin  embargo,  la  conversión  de  los  Itaves  no 
se  realizó  sin  sacrificios.  De  los  tres  misioneros  que  en- 
traron en  sus  pueblos,  los  dos  enfermaron  muy  pronto 


de  peligro,  y  el  uno  falleció  poco  después,  llevándolo 
Dios  á  mejor  vida.  Mas  la  provincia  del  Santisi?jio  Ro- 
sario se  tenia  por  bien  recompensada  de  esta  pérdida, 
por  los  frutos  abundantes  que  de  sus  fatigas  recogía  en 
aquella  viíía  del  Señor.  Tampoco  faltaron  prodigios  en 
favor  de  los  Itaves,  acreditando  con  ellos  el  señor  la 
doctrina  que  sus  ministros  predicaban.  El  limo,  señor 
Aduarte,  al  fin  del  capítulo  citado,  refiere  algunos  ca- 
sos singulares,  que  prueban  mi  aseveración,  dando  fin 
á  su  relato  con  las  palabras  que  se  siguen :  c  A  este  modo 
suceden  cada  dia  casos  maravillosos,  con  que  se  ve  el 
cuidado  del  Señor  para  salvar  estos  pobres  indios,  con 
que  los  religiosos,  animados,  pasan  alegremente  los  mu- 
chos trabajos  que  al  ministerio  acompañan.» 

54.  Al  hablar  de  Cayagan,  cumple  al  deber  del  nar- 
rador dedicar  algunas  líneas  al  célebre  santuario  que 
allí  existe,  sumamente  concurrido  en  todo  tiempo.  Se 
venera,  con  efecto,  en  una  ermita  de  Piat  una  prodi- 
giosa imagen  de  Nuestra  Señora  del  Rosario,  que  ha 
sido  siempre  el  consuelo  universal  de  toda  la  provin- 
cia. Es  de  talla,  fabricada  en  Macao,  y  traida  á  Mani- 
la por  nuestros  religiosos,  que  la  llevaron  á  Cayagan 
desde  el  principio  de  aquella  cristiandad,  y  la  colo- 
caron desde  luego  en  la  iglesia  de  la  ciudad  de  la 
Nueva  Segovia.  Cuando  los  Itaves  empezaron  á  ini- 
ciarse en  la  doctrina  de  la  fe,  esta  sagrada  imagen 
fué  colocada  en  la  iglesia  de  Piat,  y  se  veneró  por 
mucho  tiempo  en  uno  de  sus  altares  colaterales.  El 
P.  Fr.  Juan  de  Santa  Ana,  que  fué  vicario  de  este 
pueblo  en  el  provincialato  del  P.  Fr.  Miguel  Ruiz,  por 
los  años  de   1622,  deseoso  de  tener  una  imagen  más 


—  511  — 
hermosa ,  la  mandó  hacer  en  Manila  y  la  colocó  en  lu- 
gar de  la  primera,  cediendo  ésta  á  la  iglesia  de  Tugue- 
garao.  Luego  que  los   de  Piat  advirtieron   que  se  les 
habia  quitado  la  imagen  primitiva,  se  mostraron  tan 
sentidos  é  hicieron  tales  instancias  á  fin  de  que  se  les 
devolviese  su  tesoro,  que  el  Vicario  se  vio  en  el  caso 
de  acceder  á  sus  deseos,  y  al  efecto  mandó  pintar  otra 
igual  y  reclamó  la  imagen  ya  cedida.  Informado,  con 
este  motivo,  de  las  maravillas  que  los  indios  afirmaban 
haber  obrado  la  Virgen  mediante  esta  imagen  prodi- 
giosa, y  vista  la  extraordinaria  devoción  que  les  inspi- 
raba dicha  Virgen,  trató  de  levantar  una  ermita  entre 
los  pueblos  de  Piat  y  de  Tuao,  y  dedicarla  á  su  culto 
especialmente,  para  que  pudiera  ser  de  todos  venerada 
con  más  comodidad  en  aquel  sitio.  Propuesta  la  idea  á 
entrambos  pueblos,  vinieron  en  ello  muy  gustosos,  y 
desde  luego  se  dio  principio  á  la  obra,  que  terminó  fe- 
lizmente en  el  año  de  1623.  Después  se  dispúsola  tras- 
lación de  la  imagen ,  que  se  hizo  con  una  pompa  y  so- 
lemnidad extraordinarias,  el  dia  de  San  Esteban  del 
mismo  año.  Más  tarde  se  edificó  otra  ermita  más  sóli- 
da y  capaz  en  el  mismo  territorio  de  Piat,  y  el  viajero 
ó  peregrino  saludan  hoy  aquel  santuario  en  una  emi- 
nencia que  se  eleva  al  lado  del  rio  Chico,  á  poco  me- 
nos de  una  milla  de  la  iglesia  parroquial.  La  devoción 
de  los  pueblos  cagayanes  hacia  la  sagrada  imagen  no 
se  ha  entibiado  con  el  tiempo;  pues  hasta  hoy  solem- 
nizan su  fiesta  aniversaria  con  demostraciones  extraor- 
dinarias de  piedad.  Andan  muchas  leguas  para  visitar 
aquel  santuario,  y  pagan  el  tributo  de  sus  votos  á  la 
divina  Señora,  que  aquella  devota  imagen  representa, 


—    512    — 

en  agradecimiento  de  los  muchos  beneficios  que  reci- 
ben y  han  recibido  siempre  de  su  mano. 

§^.  Desde  el  origen  de  estos  cultos  se  ha  mostrado 
la  Virgen  generosa  en  favor  de  sus  devotos,  quienes, 
sin  embargo  de  ser  aún  muy  tiernos  en  la  fe,  acudían 
á  implorar  su  poderosa  protección.  Un  hecho  extraor- 
dinario refiere  el  limo.  Aduarte  (Lib.  i,  cap.  lx),  que 
comprueba  lo  que  llevo   indicado.   Aconteció  por  el 
año  de   1624  una  horrible  sequedad  en  el  partido  de 
Itaves,  que  tenía  consternados  á  sus  infelices  habitan- 
tes. Tres  veces  hicieron  la  siembra  de  sus  granos,  y  tres 
veces  se  perdió  aquella  semilla  por  falta  de  lluvias  opor- 
tunas. Los  vicarios  de  Piat  y  Tuao,  que  lo  eran  á  la 
sazón  los  PP,  Fr.  Francisco  de  Santa  Ana  del  primero, 
y  Fr.  Andrés  de  Haro  del  segundo,  conferenciaron  en- 
tre sí  sobre  la  conveniencia  de  hacer  una  rogativa  pú- 
blica para  lograr  del  cielo  el  remedio  de  aquella  ca- 
lamidad que  los  pueblos  padecían.  Sólo  abrigaban  el 
temor  de  que,  si  no  se  lograban  sus  deseos,  podrían 
aquellos  neófitos  atribuir  el  resultado  á  falta  de  poder  y 
providencia  en  el  Señor.  Era,  en  efecto,  fundado  este 
recelo,   habida  consideración  á  la  corta  capacidad  de 
aquellas   gentes,   y   á   la  infancia   y   debilidad   de  sus 
creencias;  pero  como  la  necesidad  era  tan  apremiante 
y  espantosa,  se  decidieron,  por  fin,  á  realizar  su  pensa- 
miento. Ante  todas  cosas,  el  vicario  de  Piat  manifestó 
su  propósito  á  los  principales  de  su  pueblo,  y  los  halló 
muy  bien  dispuestos  para  aquella  expiación  y  desagra- 
vio que  debian  á  Dios  por  sus  pecados.  Luego  hizo  á 
todo  el  pueblo  una  plática  enérgica  sobre  las  calami- 
dades públicas,  y  los  medios  con  que  los  fieles  suelen 


—  S^3  — 
obtener  el  remedio  de  sus  males.  Les  manifestó   que 
los  vicios  y  pecados  de  los  pueblos  son  la  causa  de  las 
desgracias  generales  con  que  Dios  les  aflige  alguna  vez 
en  su  justicia,  y  que  sólo  una  verdadera  penitencia  pue- 
de aplacar  sus  enojos.  Al  efecto  les  manifestó  la  con- 
veniencia de  que  se  dispusiesen  desde  luego  para  reci- 
bir los  santos  sacramentos  de  confesión  y  comunión,  é 
implorar  la   misericordia  de  la   Virgen,   celebrándole 
una  fiesta  en  su  santuario.  La  propuesta  del  vicario  de 
Piat  halló  en  sus  neófitos  la  más  favorable  acogida;  des- 
de luego  se  fueron  disponiendo  para  confesarse  como 
con  venia,  y  fueron  tantas  las  personas  que  respondie- 
ron á  tan  piadoso  llamamiento ,  que  los  dos  vicarios  no 
pudieron  satisfacer  á  los  deseos  de  todos.  El  dia  de  do- 
mingo era  el  designado  para  las  comuniones,  y  los  veci- 
nos de  ambos  pueblos  acordaron,  de  común  consenti- 
miento, que  si  en  dicho  dia  no  llovia,  el  lunes  irian  en 
procesión  á  la  ermita  de  la  Virgen  para  cumplir  el  voto 
deseado.  Mas,  satisfecha  de  antemano  esta  celesti-al  Se- 
ñora de  la  fe  y  disposición  de  los  de  Piat,  los  consoló 
desde  luego,  enviándoles  en  la  noche  de  aquel  mismo 
dia  una  lluvia  copiosa  y  fecundante.  Cuando  el  Vica- 
rio vio  á  la  gente  reunida  el  dia  siguiente  para  ir  en 
procesión  á  la  ermita  celebrada,  juzgando   haber  sido 
la  lluvia  general  en  la  provincia,  les  dijo:  que  ya  no 
era  necesaria  por  entonces  aquella  solemnidad,  y  que 
bastaba  se  cantase  una  misa  en  la  iglesia  del  pueblo,  en 
acción  de  gracias  á  la  Virgen  por  el  beneficio  recibido. 
Mas  los  indios,  poseidos  de  un  santo  entusiasmo,  res- 
pondieron desde  luego  que  deseaban  se  prosiguiese  la 
procesión  proyectada  y  prometida,  y  se  cantase  la  misa 

TOMO    I.  33. 


en  el  mismo  santuario.  El  Vicario  accedió  á  la  segunda 
parte  del  programa;  pero  no  á  la  primera,  por  estar  el 
camino  verdaderamente  intransitable.  Iban  aquellos 
habitantes  poseídos  de  religión  y  de  piedad  á  cumplir 
su  promesa  fervorosa,  admirando  á  la  vez  la  eficacia 
de  los  santos  sacramentos  para  aplacar  las  iras  temero- 
sas del  Señor,  y  el  poder  inmenso  de  la  Virgen  para 
impetrar  toda  gracia  y  toda  misericordia  del  Altísimo. 
Pero  su  admiración  subió  de  punto  al  encontrarse  en 
la  ermita  con  la  gente  de  Tuao,  que  habia  hecho  hasta 
allí  su  procesión  de  rogativa,  por  no  haber  llovido  en 
su  pueblo  todavía.  Entonces  los  mismos  indios  cono- 
cieron que  la  Virgen  no  habia  oido  sus  clamores,  por- 
que aun  no  se  hablan  confesado  ni  limpiado  desús  cul- 
pas. Desde  aquel  dia  solemne  los  habitantes  de  Tuao, 
bien  así  como  los  que  en  Piat  no  hablan  podido  practicar 
tan  piadosa  diligencia,  se  apresuraron  á  purificar  sus 
conciencias  en  las  aguas  saludables  de  la  vida.  Termi- 
nada la  función  de  la  mariana,  cantaron  por  la  tarde 
una  Salve  solemnísima  á  la  Virgen  de  su  esperanza  y 
de  su  amor,  y  en  seguida  se  volvieron  á  sus  pueblos 
respectivos  llenos  de  conpuncion  y  de  piedad.  En  aque- 
lla misma  noche  empezó  el  cielo  á  cubrirse  de  nubes 
consoladoras,  que  derramaron  por  tres  dias  una  lluvia 
abundantísima.  Con  este  beneficio  extraordinario  de 
los  cielos  quedó  más  acreditada  la  eficacia  de  los  San- 
tos Sacramentos  entre  los  neófitos  de  Itaves,  y  acreció 
la  devoción  á  la  sagrada  imagen  de  la  Virgen,  que  se 
venera  en  el  santuario  de  Piat.  Desde  entonces  ha  sido 
su  ermita  un  gran  centro  de  piedad,  que  los  devotos 
cagayanes  visitan  á  cada  paso  con  toda  la  fe  sentida  de 


—  s^s  — 

su  corazón  sencillo,  para  ofrecer  rendidos  sus  obsequios 
á  la  Reina  de  los  cielos  ante  el  pedestal  sagrado  de  su 
imagen. 

56.  Mientras  los  hijos  de  la  provincia  recogian  ale- 
gres el  fruto  de  sus  fatigas  en  aquella  provincia  reli- 
giosa, se  cubria  esta  capital  de  luto  y  de  dolor  por  la 
muerte  tan  sentida  de  su  dignísimo  arzobispo,  el  ilus- 
trísimo  Sr.  D.  Fr.  Miguel  de  Benavides,  que  con  tanto 
lustre  de  la  Orden  habia  gobernado  las  dos  sillas  de 
Nueva  Segovia  y  de  Manila.  Era  natural  este  grande 
hombre  de  Carrion  de  los  Condes,  en  Castilla,  com- 
prensión del  obispado  de  Falencia.  A  los  quince  años  de 
edad  tomó  el  hábito  de  la  Orden  en  el  convento  de  San 
Pablo  de  Valladolid,  y  por  sus  grandes  talentos  fué  nom- 
brado colegial  de  San  Gregorio,  en  donde  sólo  ingresa- 
ban las  capacidades  distinguidas.  Allí  tuvo  la  gloria  de  oir 
las  sabias  lecciones  del  insigne  maestro  Fr.  Domingo 
Bañes,  verdadera  lumbrera  de  la  ciencia.  No  desmintió 
nuestro  joven  las  esperanzas  que  de  él  hablan  concebi- 
do los  prelados,  pues  apenas  terminó  su  carrera  litera- 
ria mereció  regentar,  y  regentó  con  gran  aplauso,  las 
cátedras  de  filosofía  y  teología,  en  cuyo  desempeño  se 
hallaba  precisamente,  cuando  llegó  á  su  noticia  la  cir- 
cular del  P.  Fr.  Juan  Crisóstomo,  convocando  misio- 
neros para  fundar  esta  provincia  del  Santísifno  Rosario. 
Con  este  motivo  abandonó  los  honores  de  la  cátedra, 
deseoso  de  consagrar  el  resto  de  sus  dias  á  la  propaga- 
ción del  Evangelio.  En  Manila  presidió  las  conclusio- 
nes con  que  solemnizaron  nuestros  venerables  funda- 
dores la  primera  fiesta  de  nuestro  Santo  Patriarca,  y  fué 
también  el  primer  ministro  que  tuvieron  los  sangleyes 


en  Manila.  En  este  cargo  aprendió  su  difícil  idioma,  y 
luego  pasó  á  su  imperio  con  el  provincial  Fr.  Juan  de 
Castro.  En  esta  jornada  padeció  muchos  trabajos  por  la 
gloria  del  Señor :  fué  preso  y  tratado  como  espía;  mas 
Dios  le  libró  con  su  mano  poderosa,  y  lo  restituyó  sin 
lesión  á  Filipinas,  sin  haber  podido  dar  principio  á  la 
predicación  del  Evangelio  en  aquel  país  abyecto,  que 
era  el  principal  objeto  de  aquella  expedición  sin  resul- 
tado. Poco  después  tuvo  que  acompañar  al  Sr.  obispo 
Salazar  en  su  viaje  á  España,  y  en  él  tuvo  la  desgracia 
de  caerse  á  la  mar,  si  bien  el  Prelado  venerable  lo  libró, 
con  sus  oraciones,  de  la  muerte,  como  todo  queda  di- 
cho en  el  primer  libro  de  esta  obra.  En  la  corte  apoyó 
con  todos  sus  esfuerzos  al  limo.  Prelado;  le  ayudó  con 
sus  escritos  á  desvanecer  los  proyectos  que  contra  nue- 
vas misiones  allí  se  agitaban ,  según  en  su  lugar  queda 
referido,  y  cooperó  eficazmente  al  logro  de  sus  propó- 
sitos. Como  á  la  vez  desempeñaba  el  cargo  de  procu- 
rador general  de  la  Provincia,  hizo  cuanto  estuvo  de 
su  parte  para  enviarle  misioneros,  y  al  efecto  tuvo  va- 
rias conferencias  con  el  Real  Consejo  de  las  Indias.  En 
una  de  las  sesiones,  preocupado  un  consejero  por  los 
informes  que  siniestramente  le   habian  dado   algunos 
desafectos  á  la  Orden,  contrarió  sus  pensamientos.  No 
dejó  el  P.  Benavides  de  contestar  á  su  objeción,  y  le 
habló  inmediatamente  en  estos  términos:  «Por  lo  que 
á  nosotros  toca,  no  tenemos  necesidad  de  pasar  á  In- 
dias; y  lo  que  pretendemos,  pasando  á  ellas,  esta  capa 
pobre  lo  indica.»  La  capa  vieja  y  remendada  que  al  de- 
cir estas  palabras  mostró  á  los  señores  consejeros  fué 
la  razón  más  enérgica  que  los  edificó  á  todos,  y  con- 


~  517  — 
fundió  para  siempre  al  preocupado  consejero.  Tres  mi- 
siones muy  lucidas  envió  en  su  tiempo  de  procurador  á 
la  Provincia,  y  tuvo  la  gran  satisfacción  de  acompañar 
la  última  á  estas  islas,  nombrado  ya  y  consagrado  pri- 
mer obispo  de  la  silla  de  Nueva  Segovia.  Al  llegar  á 
Manila  en  esta  ocasión,  dio  principio  á  la  defensa  de 
los  indios  en  un  sermón  que  predicó,  dando  cuenta  al 
auditorio  de  las  amplias  facultades  que  S.  M.  le  habia 
confiado  en  beneficio  de  los  mismos.  Procuró  poco  des- 
pués ejecutar  su  espinosa  comisión,  y  obtuvo  que  los 
indios  reconociesen  nuevamente  la  obediencia  que  de- 
bian  al  Rey,  nuestro  señor,  subsanando  de  este  modo 
los  defectos  de  los  primeros  capitanes,  consiguientes  á 
la  perturbación  primitiva  de  estos  pueblos. 

Muerto  el  arzobispo  Santibañez,  se  vio  precisado  el 
nuevo  Obispo  á  presentarse  por  dos  v-eces  en  Manila, 
con  el  fin  de  componer  algunas  disensiones  que  se  ha- 
bian  suscitado  en  esta  capital;  y  sabida  en  la  corte  la 
noticia  del  fallecimiento  de  aquél,  fué  trasladado  a 
esta  silla,  con  aplauso  universal  de  estas  provincias,  por 
ser  tan  conocidas  sus  virtudes.  Con  la  nueva  digni- 
dad, no  abandonó  jamas  la  austeridad  inflexible  de  su 
vida  mortificada  y  penitente.  La  pobreza  y  sencillez  de 
su  persona  eran  las  de  un  perfecto  religioso.  Su  profunda 
humildad  se  ve  retratada  en  una  carta  que  en  los  últi- 
mos años  de  su  vida  escribió  á  los  religiosos  de  la  Or- 
den, que  habia  dejado  en  Cagayan  ocupados  en  la  pro- 
pagación del  Evangelio.  «Un  pobre  hermano  de  vues- 
tras reverencias,  les  decia,  harto  falto  de  salud,  y  harto 
lleno  de  trabajos  y  miserias  propias,  escribe  ésta  á  vues- 
tras reverencias,  sus  verdaderos  hermanos,  que  en  sus 


-5i8- 

descansos  y  nuevas  dehesas  del  verdadero  paraíso  andan 
apacentando  las  manadas  del  gran  Pastor,  y  regalando 
sus  almas  con  los  juegos  y  corredillas  que  los  nuevos 
corderinos  hacen  por  las  laderas  de  los  collados,  al  sa- 
lir la  luz  del  verdadero  sol.  Regálense  vuestras  reveren- 
cias, y  coman  de  esa  celestial  leche,  que  cria  maná  en- 
vuelta en  miel  por  esos  montes :  gocen  del  buen  tiem- 
po ahora  que  lo  es,  que  yo  ya  algún  tiempo  probé  de 
esos  gustos,  aunque  me  duró  poco,  por  mis  pecados  y 
soberbia,  y  ahora  me  veo  cual  ningún  ruin  como  yo 
se  vea Páguenme  en  moneda  de  amor  y  compa- 
sión. Válete  in  Domifio,  viscera  mea  :  felices ,  válete  in 
atermim.))  Sus  expresiones  eran  tan  conformes  con  sus 
verdaderos  sentimientos,  que  no  sabía  hablar  de  sí  mis- 
mo de  otro  modo.  De  este  conocimiento  de  su  nada, 
y  del  gran  respeto  con  que  miraba  á  la  majestad  de 
Dios,  provenían  los  escrúpulos  que  con  frecuencia  pa- 
decía, porque  temia  siempre  disgustarle. 

57.  Como  verdadero  sabio,  era  muy  amante  de  la 
ciencia  divina;  razón  por  la  que  profesaba  un  singular 
afecto  á  la  doctrina  del  Angélico  Doctor,  y  en  sus  cris- 
talinas fuentes  habia  bebido  su  grande  sabiduría.  Esta 
inclinación  lo  decidió  á  procurar  con  el  mayor  empeño 
la  fundación  de  un  colegio  público  en  Manila,  en  don- 
de existiesen  los  estudios  necesarios  para  la  carrera  ecle- 
siástica. Entre  tanto  no  pudo  realizar  su  pensamiento, 
mantenía  en  su  iglesia  una  cátedra  especial  para  expli- 
car la  Suma  teológica  á  los  que  debian  ascender  al  sa- 
cerdocio, dejando  después  cuanto  tenía  para  su  proyec- 
tada fundación.  Su  extraordinaria  virtud  la  debia  á  la 
devoción  que  profesaba  á  la  Santísima  Virgen  del  Ro- 


—  5^9  — 
sario,  á  quien  amaba  tiernamente,  y  a  la  que  rezaba 
el  Ave  María  siempre  que  debia  principiar  alguna 
obra  en  el  discurso  del  dia.  Esta  práctica  devota,  según 
él  mismo  confesó  al  Sr.  Dean  de  su  cabildo,  D.  Fran- 
cisco de  Arellano,  se  la  habia  inspirado  esta  celestial 
Seííora  por  sí  misma.  Su  vigilancia  pastoral  fué  el  gran 
peso  de  sus  dias,  hasta  los  últimos  instantes  de  su  vida. 
El  pueblo  de  Mari  veles,  que  por  falta  de  sacerdotes 
del  clero  secular,  á  quien  estaba  confiado,  se  hallaba 
casualmente  sin  ministro  durante  la  última  enfermedad 
de  aquel  prelado,  tenía  harto  inquieta  su  conciencia,  y 
para  su  tranquiliditd  en  tal  extremo  llamó  al  provincial 
de  los  PP.  Dominicos,  y  le  suplicó  encarecidamente 
destinase  á  cubrir  por  el  pronto  aquel  vacío  con  alguno 
de  sus  subditos.  La  contestación  favorable  que  era  de 
esperar  en  aquel  caso  de  nuestro  P.  Provincial,  le  dejó 
algo  descansado,  y  desde  entonces  creyó  que  sólo  de- 
bia atender  á  los  cuidados  de  su  alma.  Nuestros  reli- 
giosos, que  lo  miraban  como  padre,  estaban  notable- 
mente afligidos  por  su  pérdida;  mientras  él  con  ánimo 
sereno  iba  exhalando  su  vida  gradualmente,  encomen- 
dando su  alma  á  la  Virgen  del  Rosario  y  á  su  Santo 
Patriarca,  para  hallar  á  Dios  propicio  al  despedirse  de 
este  mundo.  Llegó  por  fin  y  por  desgracia  su  hora  fa- 
tal al  gran  Prelado,  y  espiró  dulcemente  en  el  Señor, 
el  dia  26  de  Julio  de  1605,  después  de  haber  gober- 
nado santamente  por  espacio  de  cinco  años  la  iglesia 
de  la  Nueva  Segovia,  y  por  tres  la  de  Manila.  Su 
cuerpo  fué  tratado  con  la  veneración  y  el  gran  respeto 
que  sus  virtudes  merecían.  A  las  insignias  pontificales 
se  añadió  en  fin  una  palma,  como  símbolo  precioso  de 


—  5^<^  — 
su  virginidad  angelical;  y  al  llegar  á  su  presencia  la 
comunidad  de  los  PP.  Franciscanos,  dijo  el  superior 
(que  lo  era  el  venerable  P.  Fr.  Vicente  Valero)  estas 
palabras:  «Este  cuerpo  santo  es,  y  como  tal  debe  ser 
tenido.»  En  seguida  le  besó  los  pies  humildemente,  y 
á  su  imitación  hicieron  lo  mismo  los  religiosos  de  su 
Orden  y  todos  los  presentes  á  la  escena.  Se  le  hicieron 
las  exequias  con  la  mayor  solemnidad,  y  su  cadáver 
fué  enterrado  al  lado  del  Evangelio  en  el  presbiterio 
de  la  iglesia  catedral.  Su  muerte  fué  muy  sentida  y  llo- 
rada de  nuestros  religiosos,  y  su  memoria  vivirá  para 
siempre  muy  impresa  en  el  corazón  de  esta  Provincia, 
que  tanto  ilustró  con  sus  cuidados  y  virtudes. 

58.  Por  este  mismo  tiempo  fallecieron  otros  religio- 
sos con  opinión  de  santidad.  Se  distinguía  entre  ellos  el 
P.  Fr.  Pedro  de  San  Vicente,  natural  de  Zalamea,  é  hijo 
del  convento  de  San  Esteban  de  Salamanca,  de  donde 
salió  en  1594  para  la  provincia  del  Santísimo  Rosario. 
La  obediencia  lo  destinó  primero  al  partido  de  Bataan, 
y  después  al  pueblo  de  Binondo;  y  fué  de  gran  prove- 
cho en  uno  y  otro  ministerio  para  la  salud  espiritual 
de  sus  vecinos.  Era  sabio,  prudente  y  muy  edificante 
para  todos  en  todos  los  detalles  de  su  vida.  Por  tan 
apreciables  dotes,  y  por  su  gran  desinterés,  era  de  todos 
muy  amado.  En  1604  fué  nombrado  para  asistir  al  ca- 
pítulo general  que  á  la  sazón  debia  celebrarse  en  Eu- 
ropa, y  se  le  confió  al  mismo  tiempo  el  distinguido 
cargo  de  procurador  general  en  ambas  cortes.  Mas  en 
el  viaje  á  la  Península,  terminó  por  desgracia,  el  curso 
de  sus  dias.  Era  tan  amante  de  la  pobreza  religiosa, 
que,  sin  embargo  de  haber  estado  diez  aíios  en  las  is- 


—    521    — 

las  Filipinas,  y  administrado  á  los  chinos  mucho  tiem- 
po, á  la  hora  de  la  muerte  sólo  tenía  una  manta  pobre, 
única  herencia  que  dejó  á  un  criado  que  lo  acompaña- 
ba; protestando  que  moria  como  religioso  dominico, 
sin  oro,  ni  plata,  ni  otra  cosa  alguna  de  valor;  circuns- 
tancia que  edificó  en  gran  manera  á  todos  los  pre- 
sentes. 

59.  No  fué  menos  sentida  la  muerte  del  P.  Fr.  Ja- 
cinto Pardo,  que  aconteció  hacia  el  mismo  tiempo. 
Era  natural  de  Cuéllar,  é  hijo  del  convento  de  San 
Pablo  de  Valladolid.  Poco  después  de  haber  llegado  á 
Manila  fué  destinado  á  Cagayan ,  en  donde  trabajó  con 
celo  muy  ardiente  en  la  conversión  de  los  fieles.  Desde 
luego  procuró  adquirir  con  la  perfección  posible  el 
idioma  Ibanag,  que  sólo  se  hablaba  por  entonces  en  la 
costa  y  en  Siguiran,  y  fué  el  primero  que  lo  sujetó  á 
ciertas  reglas,  para  facilitar  su  adquisición  á  los  nue- 
vos misioneros.  Trasladado  al  pueblo  de  Tuguegarao, 
aprendió  también  el  peculiar  idioma  de  la  Irraya,  que 
hablaban  comunmente  sus  vecinos,  y  de  esta  suerte  sus 
sermones  y  pláticas  devotas  eran  de  todos  perfecta- 
mente comprendidos.  En  su  tiempo  tuvo  el  gravísimo 
disgusto  de  presenciar  una  sublevación  en  este  último 
partido,  todavía  semibárbaro,  en  la  cual  sus  feroces  ha- 
bitantes mataron  á  un  encomendero  en  un  acceso  de 
furor  y  de  locura.  El  misionero  también  fué  amena- 
zado con  la  muerte  por  los  mismos  sublevados,  si  no  se 
retiraba  de  su  presencia;  pero  tan  lejos  estuvo  de  temer 
sus  amenazas,  que  permaneció  entre  ellos  con  la  ma- 
yor intrepidez,  procurando  apaciguarlos  con  la  dulce- 
dumbre celestial  de  su  palabra,  y  reducirlos  finalmen- 


—  5^^  — 
te  á  la  obediencia  del  Gobierno.  Mas  no  pudo  sopor- 
tar por  mucho  tiempo  las  molestias  y  disgustos  que 
tuvo  que  sufrir  por  esta  causa;  pues  á  los  pocos  dias 
enfermó  de  gravedad,  y  luego  falleció  á  muy  poco 
tiempo.  Los  españoles  de  aquella  provincia  opinaron 
que  fué  envenenado  por  los  mismos  sublevados,  que 
no  querían  les  hablase  de  religión  ni  obediencia. 

También  murió  entonces  el  P.  Fr.  Juan  de  la  Cruz, 
uno  de  los  primeros  fundadores  de  la  provincia,  desti- 
nado en  un  principio  á  la  conversión  de  los  pangasina- 
nes.  Esta  sola  circunstancia  es  el  elogio  más  completo 
que  puede  hacerse  de  su  mérito  y  de  su  virtud  á  toda 
prueba.  Padeció  entre  aquellos  bárbaros  las  contradic- 
ciones y  molestias  de  que  ya   ha   hecho   mención   el 
primer  libro,  las  cuales  fueron  minando  su  salud  pro- 
fundamente.  Enviado  á  Manila  para  curarse  de  sus 
males,  y  restablecido   ya   de   sus   dolencias,   hubiera 
vuelto  muy  gustoso  á  padecer  nuevos  trabajos  en  aque- 
llos penosos  ministerios,  si  la  obediencia  á  los  Prelados 
no  dispusiera  otra  cosa.  Pero,  temeroso  nuestro  Padre 
Provincial  de  perder  á  un  misionero  tan  celoso  en  la 
primavera  de  sus  dias,  si  lo  destinara  otra  vez  á  la  pro- 
vincia en  donde  habia  contraido  una  enfermedad  tan 
peligrosa,  lo  envió  al  partido  de  Bataan ,  que  por  ser 
de  un  temperamento  más  benigno,  lo  conceptuó  más 
acomodado  ciertamente  á  su  débil  complexión.  Aquí 
se  vio  en  la  necesidad  de  entregarse  al  estudio  de  un 
nuevo  idioma,  y  lo  adquirió  con  tal  perfección  y  tal 
primor,  que  dejó  varios  tratados  escritos  con  mucha 
elegancia  en  esta  lengua;  tratados  que  tenía  en  mucha 
estima  el  P.  Fr.  Francisco  de  San  José,  reputado  por 


—  S'^3  — 
el  Cicerón  de  los  tagalos,  y  de  los  cuales  se  aprovechó 
para  dar  á  luz  sus  obras,  que  hasta  hoy  son  tenidas 
como  clásicas  por  todos  los  maestros  de  este  idioma. 
En  este  nuevo  ministerio  contrajo  la  penosa  enferme- 
dad del  asma,  que,  con  otros  achaques  y  dolencias  que 
venía  padeciendo,  lo  tenía  en  un  continuo  martirio. 
No  por  esto,  sin  embargo,  dejaba  de  trabajar  con  to- 
dos sus  esfuerzos  en  el  ministerio  de  las  almas.  Mas  el 
arzobispo  Benavides,  compadecido  al  fin  de  sus  traba- 
jos, y  deseoso  de  aprovecharse  de  sus  conocimientos  y 
virtudes,  lo  eligió  por  su  confesor  y  secretario  privado, 
cuyos  cargos  desempeñó  á  gusto  del  prelado  virtuoso, 
y  á  cuyo  fallecimiento  sobrevivió  muy  poco  tiempo.  Es 
de  creer  que  el  Señor  le  premiarla  sus  trabajos  y  fati- 
gas con  la  corona  de  los  justos  en  la  gloria.  De  su 
muerte  se  hace  mención  en  las  actas  del  capítulo  pro- 
vincial celebrado  en  i6  de  Abril  de  1806,  aunque  no 
se  lee  elogio  alguno  de  su  mérito,  porque  todavía  no 
se  habia  introducido  la  costumbre  de  honrar  por  esta 
manera  la  memoria  de  los  reliííiosos  beneméritos. 

60.  En  este  capítulo  se  aceptó  el  breve  de  Clemen- 
te VIII  De  ¡argitione  munerum^  con  algunas  declara- 
ciones dirigidas  á  tranquilizar  las  conciencias  de  los  re- 
ligiosos de  la  Provincia.  En  el  mismo  se  dispuso  que 
los  PP.  asignados  al  ministerio  de  Pilitan,  que  com- 
prendía una  gran  parte  de  la  Irraya,  en  Cagayan,  pro- 
curasen con  esmero  que  los  indios  hablasen  el  idioma 
ibanag,  que,  como  ya  queda  indicado,  era  peculiar  de 
la  costa  y  de  Siguiran.  Esta  sabia  providencia  ha  con- 
tribuido en  gran  manera  á  que  todos  los  pueblos  de 
aquella  gran  provincia,  desde  Gamú  hasta  la  mar,  pue- 


—  5^4  — 
dan  ser  administrados  con  un  solo  idioma;  siendo  así 
que  en  un  principio  eran  necesarios  cuatro,  á  saber:  el 
ibanag  y  el  itaves,  el  irraya  y  el  gaddan.  Mas  la  serie 
de  los  tiempos  nos  obliga  á  cambiar  notablemente  la 
decoración  histórica,  y  á  variar  el  escenario  de  la  nar- 
ración frecuentemente,  retrocediendo  algún  tanto  en  la 
carrera  de  los  años,  para  dar  la  explicación  de  los  su- 
cesos y  sus  causas. 

Coincidió  efectivamente  con  los  hechos  anteriores 
la  bienhadada  noticia  de  la  victoria  completa  que  las 
armas  españolas  reportaron  en  Ternate.  Con  ella,  la 
Provincia  tuvo  doble  motivo  de  congratularse  en  la  jor- 
nada; porque,  ademas  de  la  común  satisfacción  consi- 
guiente á  un  triunfo  tan  glorioso,  era  público  y  noto- 
rio el  haberse  conseguido  victoria  tan  señalada  por  la 
devoción  piadosa  á  la  Virgen  del  Santísimo  Rosario.  La 
división  tan  antigua  entre  castellanos  y  portugueses,  re- 
tardaba la  sujeción  de  los  ternates  y  facilitaba  al  holan- 
dés la  entrada  en  aquellos  mares,  para  posesionarse  de 
sus  islas,  y  destruir,  si  fuese  dable,  la  religión  de  Jesu- 
cristo que  San  Francisco  Javier  habia  tan  gloriosa- 
mente predicado  á  los  ternates.  El  dia  i.°  de  Febrero 
de  1605  se  dejaron  ver  aquellos  enemigos  de  la  fe  en 
frente  de  Amboyno  con  una  escuadra  poderosa,  com- 
puesta de  diez  buques  mayores,  cuatro  pataches  y  vein- 
te embarcaciones  bien  montadas  de  malayos  auxiliares. 
La  sola  presencia  de  esta  armada  consternó  profunda- 
mente á  la  guarnición  portuguesa  de  aquel  punto.  Su 
capitán  era  quizás  el  único  que  se  hallaba  dispuesto  á 
defenderlo  hasta  morir;  pero  como  la  empresa  era  ar- 
riesgada, juntó  ante  todas  cosas  su  consejo  para  deter- 


—  s^s  — 

minar  lo  conveniente  en  tan  apremiadoras  circunstan- 
cias. La  primera  resolución  de  aquel  consejo  fué,  que 
debia  defenderse  la  fortaleza  á  todo  trance,  y  que  se 
enviase  una  comisión  al  enemigo,  para  interpelarle  so- 
bre el  fin  y  designio  de  aquella  visita  sospechosa,  pero 
con  el  verdadero  objeto  de  explorar  el  estado  de  sus 
fuerzas.  La  contestación  del  almirante  holandés  fué  ruda 
y  amenazadora.  Dijo  terminantemente  que  su  objeto 
era  bombardear  su  fortaleza  y  posesionarse  de  aquel 
punto.  Aún  añadió,  por  via  de  consejo,  que  se  abstuvie- 
sen de  toda  resistencia;  porque  de  otra  suerte  toda  la 
guarnición  sería  pasada  a  cuchillo.  Oida  aquella  con- 
testación aterradora,  volvió  el  capitán  á  consultar  con 
los  jefes  de  la  guarnición,  manifestando  á  lajuntaque, 
si  bien  estaba  determinado  á  defender  la  fortaleza,  no 
queria  aventurar  la  vida  de  los  demás;  que  tuviesen  pre- 
sente la  poca  gente  que  tenian,  la  escasez  de  víveres  y 
municiones,  y  el  poder  colosal  del  enemigo  con  aque- 
lla escuadra  formidable.  Todos  fueron  de  dictamen,  oí- 
das sus  razones  poderosas,  que  el  partido  más  pruden- 
te era  capitular  en  aquel  caso,  y  entregar  la  fortaleza 
con  ventajosas  condiciones,  puesto  que  la  defensa,  so- 
bre inútil,  parecía  temeraria.  Así  se  hizo  con  efecto; 
mas  el  enemigo  aleve,  aceptando  aquellas  condiciones 
por  el  pronto,  no  cumplió  lo  estipulado  y  se  apoderó  á 
placer  de  aquella  fortaleza  lusitana.  De  esta  suerte  em- 
pezaron los  holandeses  sus  conquistas  en  la  grande  Oc- 
ceanía,  fundando  un  imperio  marítimo  sobre  las  reli- 
quias mal  guardadas  de  las  posesiones  portuguesas,  que 
hubieran  podido  conservarse  con  el  auxilio  eficaz  de 
las   armas  españolas   que  Portugal  rechazaba  por  sus 


—  5^6  — 
antiguas  querellas,  aun  después  de  estar  sujeto  á  la  co- 
rona de  España. 

6i.  A  la  toma  de  Amboyno  se  siguió  la  de  Tidore; 
mas  ésta  no  salió  tan  barata  al  enemigo,  pues  le  costó 
mucha  sangre,  por  hallar  en  esta  plaza  hombres  valien- 
tes y  aguerridos,  que  supieron  defender  con  dignidad 
el  honor  de  su  nación.  El  capitán  Abreu,  que  mandaba 
la  guarnición,  tuvo  noticia  anticipada  del  plan  del  ene- 
migo, y  se  propuso  oponerle  una  resistencia  heroica. 
Al  efecto  compró  algunas  provisiones  de  guerra,  y  se 
allegó  otros  recursos  que  le  ofreció  un  buque  inglés  es- 
tacionado en  sus  aguas.  No  tardaron  los  holandeses  en 
presentarse  á  su  vista;  pero  antes  de  intimar  la  rendi- 
ción procuraron  atraer  á  su  partido  al  reyezuelo  de  la 
isla,  el  cual  no  quiso  por  entonces  decidirse  á  su  fa- 
vor. Contaban,  para  salir  bien  de  la  empresa,  con  cua- 
tro navios  formidables,  otros  tantos  pataches  bien  ar- 
mados y  el  poder  de  los  ternates  que  trajeron  á  su  alian- 
za. Sin  embargo  de  que  los  portugueses  no  tenian  más 
que  dos  malos  navios,  trataron  de  atacar  á  la  escuadra  po- 
derosa de  la  Holanda  antes  de  que  hiciese  el  desembar- 
que. Sostuvieron  un  combate  porfiado,  con  ventaja  por 
su  parte  en  el  principio;  pues  herido  el  almirante  ho- 
landés, iba  á  decidirse  la  victoria  en  favor  de  Portu- 
gal; mas  entonces,  avergonzados  los  holandeses  de  su 
debilidad  escandalosa,  hicieron  posteriormente  prodi- 
gios desesperados  de  valor,  y  obligaron  á  los  portugue- 
ses á  retirarse  a  su  presidio.  Dueños  ya  los  enemigos  de 
la  mar,  intimaron  á  aquéllos  la  entrega  de  la  fortaleza 
con  las  mismas  amenazas  que  en  Amboyno;  pero  su 
capitán  les  contestó  que  los  reveses  de  la  mar   no   ha- 


—  527  — 
bian  abatido  el  valor  de  la  gente  que  mandaba,  y  que 
sólo  con  su  muerte  podrían  conseguir  lo  que  exigían 
con  sus  bravas  amenazas.  A  respuesta  tan  digna  y  ter- 
minante ya  no  le  quedaba  al  jefe  holandés  otro  recur- 
so que  retirarse,  ó  batirse  de  una  manera  sangrienta. 
Creyendo,   sin   embargo,  que  no  podrían  resistir  por 
mucho   tiempo   los  asendereados  portugueses  después 
de  la  derrota  naval  que  habían  sufrido,  hizo  el  des- 
embarque desde  luego  sin  oposición  alguna;  levantó 
sus  trincheras  en  frente  del  baluarte  portugués,  y  dio 
principio  á  un  combante  porfiado,  que  sostuvo  la  vic- 
toria indecisa  por  tres  dias,  hasta  que  al  fin  lograron 
los  holandeses  enviar  la  muerte,  con  sus  fuegos,  al  cau- 
dillo lusitano  y  tomar  la  fortaleza  por  asalto.  Ya  can- 
taban los  holandeses  la  victoria,  y  parece  que  no  que- 
daba más  arbitrio  á  los  defensores  que  rendirse;   mas 
la  fortuna  de  las  armas  varió  repentinamente,  obligando 
al  enemigo  á  emprender  una  retirada  vergonzosa,  y  á 
abandonar  su   proyecto   para   ocasión  más   favorable. 
Vueltos  ya  los  holandeses  á  sus  naves,  la  victoria  esta- 
ba al  fin  decidida  por  los  defensores  del  presidio;  mas 
un  suceso  imprevisto  volvió  á  cambiar  tristemente  la 
suerte  de  la  jornada.  Entregados  los  portugueses  á  los 
excesos  de  alegría  que  suele  inspirar  el  vencimiento, 
vieron  arder  de  improviso  los  edificios  del  presidio,  sin 
poderlos  apagar  por  ningún  medio.  El  incendio  se  pro- 
pagó rápidamente,  y  volaron  al  instante  sesenta  barri- 
les de  pólvora,  con  todas  las  municiones  y  pertrechos 
del  baluarte.  Murieron  abrasados  por  las  llamas  veinte 
y  seis  hombres  de  guerra.  A  tan  horrible  desgracia  aban- 
donaron los  demás  aquella  plaza  de  muerte,  y  se  refu- 


—  528  — 

giaron  desde  luego  entre  los  vasallos  del  reyezuelo  de 
la  isla.  Los  holandeses,  que  ya  estaban  dispuestos  á  par- 
tir sin  haber  logrado  sus  designios,  volvieron  á  des- 
embarcar toda  su  gente;  se  apoderaron  del  presidio  sin 
la  menor  oposición,  y  se  declararon  á  sí  mismos  seño- 
res absolutos  del  país.  Los  fugitivos  portugueses  fueron 
tratados  vilmente  en  su  desgracia  por  el  innoble  reye- 
zuelo, á  cuyo  amparo  se  hablan  acogido  en  tal  extre- 
mo; pues  les  negó  el  inhumano  los  alimentos  más  pre- 
cisos, y  las  atenciones  garantidas  en  semejantes  circuns- 
tancias por  el  derecho  de  gentes.  En  tal  situación  se  re- 
solvieron á  salir  de  un  país  enemistado,  del  cual  ya  nada 
podian  prometerse;  y  á  este  fin  pidieron  á  los  holande- 
ses los  auxilios  necesarios  para  trasladarse  á  las  islas  Fi- 
lipinas. Con  tres  pataches  bien  armados  y  una  galeota 
de  guerra,  aportaron  á  Zebú,  en  donde  estaban  aún  los 
que  hablan  entregado  poco  antes  la  fortaleza  de  Am- 
boyno,  y  luego  prosiguieron  juntamente  su  viaje  hasta 
Manila,  en  donde  ofrecieron  sus  servicios  al  goberna- 
dor de  la  colonia. 

62.  Tal  era  el  estado  de  las  Molucas  cuando  el  ca- 
ballero D.  Pedro  de  Acuña  concibió  el  atrevido  pen- 
samiento de  recuperar  á  viva  fuerza  con  las  armas  es- 
pañolas todo  lo  que  hablan  perdido  los  desgraciados 
portugueses.  A  este  fin  reunió  una  escuadra  poderosa, 
y  determinó  humillar  ante  todo  4  los  ternates,  que  eran 
los  amigos  más  decididos  y  valientes,  con  quienes  con- 
taban los  holandeses  para  asegurar  sus  posesiones  usur- 
padas. Antes  de  salir  de  las  islas  Filipinas,  celebró  un 
armisticio  con  los  enemigos  de  Visayas,  con  quienes  te- 
nía entonces  sus  querellas,  y  por  Febrero  de   1606  ya 


—  S'^9  — 
tenía  todas  las  fuerzas  reunidas.  Estas  consistían  en  mil 
trescientos  espaíioles,  seiscientos  indios  de  las  cercanías 
de  Manila,  y  los  portugueses  con  sus  auxiliares  que  ha- 
blan salido  de  Amboyno  y  de  Tidore.  Entre  los  cape- 
llanes de  esta  fuerza  estaba  el  P.  Fr.  Andrés  de  Santo 
Domingo,  de  nuestra  Orden,  el  cual,  como  verdadero 
hijo  de  nuestro  Santo  Patriarca,  procuró  fundar  en  el 
campo  católico  de  Otong  (i)  la  cofradía  del  Santísimo 
Rosario,  para  lograr  por  este  medio  la  protección  y  los 
auxilios  de  la  Reina  de  los  cielos.  Bajo  su  amparo  po- 
deroso, no  dudaba  que  se  conseguirla  el  deseado  fin  de 
aquella  empresa.  El  sargento  mayor,  á  quien  el  devoto 
religioso  comunicó  su  proyecto,  se  dirigió  al  General  y 
demás  capitanes  del  ejército,  persuadiéndoles  la  gran 
conveniencia  pública  de  adoptar  esta  medida,  que  fué 
de  todos  acogida  con  el  mayor  entusiasmo.  El  Obispo 
de  Zebú  con  su  autoridad  fomentó  el  fervor  de  los  sol- 
dados, y  éstos  fueron  inscribiendo  desde  luego  sus  nom- 
bres respectivos  en  aquella  devota  sociedad,  bajo  los 
auspicios  de  María.  Después  se  celebró  una  solemne 
función,  cuya  misa  cantó  este  prelado,  y  en  ella  predi- 
có el  P.  Fr.  Andrés,  conforme  á  las  constituciones  pon- 
tificias, por  ser  el  único  religioso  dominico  que  habia 
en  la  escuadra  española.  Al  fin  se  dio  la  comunión  á  los 
soldados,  y  el  Gobernador,  con  los  demás  jefes  del  ejér- 
cito, ofrecieron  á  la  Virgen  del  Rosario  una  parte  de 
sus  sueldos  para  mantener  su  culto,  y  fundar  la  mis- 
ma cofradía  en  la  primera  ciudad  que  se  ganase  á  los 


(i)  En  la  isla  de  Panay,  una  de  las  Visayas. 

TOMO  I.  34. 


~  S30  — 

ternates.  Prometieron  asimismo  dar  al  primer  pueblo 
conquistado  el  glorioso  nombre  del  «Rosario»,  en  me- 
moria del  beneficio  que  todos  esperaban  de  su  divina 
patrona.  Después  de  estas  funciones  religiosas,  en  las 
que  resplandece  vivamente  la  levantada  piedad  de  aque- 
llos tiempos,  se  paseó  en  procesión  la  sagrada  imagen 
de  la  Virgen,  pintada  en  actitud  de  entregar  su  santí- 
simo Rosario  al  Gobernador,  capitanes  y  soldados  de  la 
escuadra,  disponiendo  el  General  que  se  bordase  aquel 
cuadro  religioso  en  el  real  estandarte.  El  entusiasmo 
ferviente  que  con  estas  piadosas  ceremonias  se  apode- 
ró del  soldado  era  tan  extraordinario,  que  no  sufria  di- 
ques su  impaciencia  por  ir  á  medir  sus  armas  con  los 
enemigos  de  la  religión  y  de  la  patria.  Animados  de 
este  espíritu,  dejó  por  fin  aquel  puerto  (el  de  Otong) 
nuestra  escuadra,  é  hizo  su  viaje  felizmente  hasta  las 
islas  del  Moluco. 

63.  En  Tidore  celebraron  la  Semana  Santa  en  paz 
y  en  recogimiento,  cumpliendo  todos  allí  con  la  comu- 
nión pascual,  y  encomendando  el  resultado  de  su  em- 
presa al  poderoso  Señor  de  las  batallas.  Luego  celebra- 
ron sus  tratados  con  los  régulos  amigos  de  la  isla,  y 
con  los  de  Siacao  y  de  Bac-kan.  En  la  única  factoría 
que  los  holandeses  hablan  levantado  en  la  isla,  sólo  se 
hallaron  dos  hombres  de  esta  nación  orgullosa,  los  cua- 
les fueron  hechos  prisioneros,  y  sus  haberes  confisca- 
dos. Con  el  refuerzo  de  los  nuevos  aliados,  y  las  noti- 
cias recientes  que  tuvieron  del  país,  trazó  el  General 
el  plan  de  campaña  antes  de  emprender  sus  primeras 
operaciones  militares.  De  allí  salió  nuestra  escuadra 
para  la  isla  y  corte  de  Ternate,  adgnde  llegó  el  últi- 


mo  día  de  Marzo,  fondeando  á  tiro  de  canon  de  su 
fortaleza  principal.  El  Rey,  confiado  en  su  ventajosa 
posición  y  auxilio  que  los  holandeses  le  prestaban,  no 
se  amedrentó  con  la  vista  imponente  de  aquella  arma- 
da española,  que  se  dispuso  desde  luego  á  rechazar  con 
todos  sus  esfuerzos.  El  sábado  de  la  semana  de  Pascua, 
un  dia  después  de  su  llegada,  dispuso  nuestro  general 
el  desembarque  de  sus  tropas,  que  se  llevó  á  cabo  fe- 
lizmente y  sin  la  menor  oposición.  Luego  se  manifes- 
tó de  repente  un  entusiasmo  extraordinario  en  todo  el 
ejército  espariol,  que  hizo  presagiar  á  todos  el  desen- 
lace feliz  de  la  campaña.  Lo  habia  motivado  una  voz 
desconocida  y  misteriosa,  que  resonando  propicia  en 
el  espacio,  les  aseguraba  la  victoria,  y  cuyo  eco  celes- 
tial, nadie  vaciló  en  atribuir  á  la  Virgen  del  Rosario, 
que  los  alentaba  á  la  pelea  en  aquel  dia  señalado  que 
la  Iglesia  dedica  especialmente  á  las  solemnidades  de 
su  culto.  Hacia  el  mediodía  se  dio  principio  al  com- 
bate. iVnte  todo  se  batieron  los  muros  de  la  fortaleza 
enemiga,  y  en  seguida  avanzaron  las  columnas  sobre 
ella,  despreciando  con  audacia  los  fuegos  del  enemigo. 
Una  desgracia  aconteció  desde  los  primeros  momentos 
del  ataque,  capaz  de  entorpecer  el  valor  de  nuestros 
combatientes,  si  no  se  hallaran  animados  de  un  valor 
superior  á  toda  prueba  :  una  de  las  piezas  enemigas  se 
llevó  de  un  solo  tiro  á  siete  valientes  españoles,  que 
recibieron  á  boca  de  jarro  su  metralla;  mas  esta  con- 
trariedad no  podia  abatir  en  aquel  caso  el  valor  español, 
una  vez  comprometido  á  pelear.  Antes  bien  iníiamó 
los  corazones  á  la  lid,  para  vengar  la  memoria  de  sus 
muertos.  Por  eso  es  que  se  arrojaron  con  la  mayor  in- 


—  S3^  — 
trepidez  sobre  la  brecha,  y  cual  sangrientos  fantasmas 
escalan  la  fortaleza  con  la  rapidez  del  pensamiento,  de- 
jando petrificados  de  estupor  á  los  molucos  y  holande- 
ses. Poseidos  de  terror  y  sorprendidos  de  espanto,  hu- 
yeron por  todas  partes,  abandonando  sus  posiciones  y 
baluartes  á  las  huestes  vencedoras.  El  Rey  y  sus  auxi- 
liares se  escaparon  embarcados,  y  se  refugiaron  todos 
á  la  isla  del  Moro,  ó  Batachina.  Los  nuestros  se  pose- 
sionaron en  seguida  de  la  fortaleza  principal,  del  pala- 
cio del  Rey,  factoría  holandesa  y  demás  puntos,  sin 
hallar  en  parte  alguna  enemigos  que  vencer. 

64.  Cuando  el  General  recibió  de  improviso  la  no- 
ticia inesperada  del  asalto  y  de  la  toma  instantánea  de  la 
plaza,  estaba  postrado  delante  de  una  imagen  de  la  Vir- 
gen, y  al  oir  tan  feliz  nueva  dirigió  á  la  divina  Seíiora 
estas  palabras:  «Humildad  os  pido;  pues  por  Vos  se 
ha  ganado  la  victoria.»  (Aduarte,  lib.  i,  cap.  lxiii.)  El 
dia  siguiente  dispuso  que  se  levantase  un  altar,  y  se  co- 
locase en  él  la  imagen  de  Ntra.  Sra.  del  Rosario,  de- 
lante de  la  cual  estuvo  postrado  humildemente  con  to- 
dos los  capitanes  y  soldados  del  ejército,  mientras  se  le 
cantó  solemnemente  una  misa  con  Te  Deum,  en  ac- 
ción de  gracias  por  el  triunfo  que  acababan  de  obtener 
tan  felizmente.  Terminados  estos  actos  religiosos,  se 
sacó  de  la  mezquita  el  sillón  ceremonial ,  en  donde  los 
sectarios  de  Mahoma  solian  explicar  el  libro  del  Co- 
ran, y  la  que  hasta  entonces  habia  sido  asiento  de  la 
mentira,  fué  trasformada  de  repente  en  cátedra  inmor- 
tal de  la  verdad,  habiendo  predicado  en  ella  por  la  pri- 
mera vez  el  P.  Andrés,  que  magnificó  oportunamente 
las  glorias  y  la  grandeza  de  María,  á  quien  rindió  hu- 


—  S33  — 
mildes  gracias,  en  nombre  del  campo  español,  por  la 
victoria  conseguida.  Luego  se  dio  cumplimiento  á  la 
promesa  que  se  habia  hecho  en  Otong,  y  en  su  con- 
secuencia titularon  aquella  capital  y  fortaleza  de  Ter- 
nate  con  el  nombre  glorioso  del  Rosario  ^  y  fundaron 
su  célebre  cofradía  en  la  iglesia  nuevamente  erigida  á 
tal  efecto. 

65.  Cumplidos  los  votos  del  ejército,  trató  el  Ge- 
neral español  de  pacificar  la  isla  y  de  reducirla  á  la 
obediencia  de  los  reyes  de  Castilla.  Guiado  por  esta 
idea,  envió  á  la  Batachina  á  mil  valientes  con  los  me- 
jores capitanes,  y  con  algunos  religiosos,  asociados  tam- 
bién ala  jornada.  El  rey  prófugo  estaba  indefenso  y  des- 
provisto, y  muy  pronto  hubiera  sido  presa  de  la  hueste 
castellana,  si  la  prudencia  no  aconsejara  por  entonces 
otras  miras,  que  estaban  en  armonía  con  el  intento  de- 
seado. Se  le  propuso,  pues,  la  paz  al  rey  vencido,  y  se 
le  dio  un  salvo-conducto  para  que  pudiese  presentarse 
sin  temor  ante  el  General  en  jefe,  á  fin  de  conferenciar 
personalmente  con  el  mismo  sobre  las  bases  convenien- 
tes de  un  arreglo  estable  y  amistoso.  Así  se  verificó  efec- 
tivamente el  dia  9  de  Abril,  pasando  el  rey  destronado 
al  campo  de  los  nuestros,  y  aceptando  á  la  letra,  una  por 
una,  las  siguientes  condiciones  :  i.^  Que  él  y  demás 
reyezuelos  de  la  isla  jurarian  para  siempre  vasallaje  al 
Monarca  de  Castilla,  y  entregarian  todas  las  plazas  y 
todas  las  fuerzas  de  la  misma.  2.^  Que  restituirían  des- 
de luego  todos  los  cautivos,  tanto  cristianos  como  in- 
fieles, que  fueran  ó  hubieran  sido  subditos  de  Su  Ma- 
jestad Católica.  3.'^  Que  harian  igual  entrega  de  todos 
los  holandeses  que  estaban  en  su  poder,  así  como  tam- 


—  534  — 
bien  délos  españoles  que,  traidores  á  su  patria,  hubie- 
sen pasado  á  su  servicio.  4.^  Que  también  entregarian  to- 
dos los  pueblos  de  la  isla  Batachina,  que  hablan  sido  cris- 
tianos en  un  tiempo,  con  los  de  Morayta  y  del  Herrao, 
y  toda  su  artillería.  5.^  y  última.  Que  él  deberla  trasla- 
darse con  la  escuadra  á  la  ciudad  de  Manila,  y  podria 
nombrar  en  todo  caso  á  quien  mejor  le  pareciese  para 
gobernar  la  isla  en  todo  el  tiempo  de  su  ausencia.  Acep- 
tadas y  firmadas  estas  cinco  condiciones  por  el  Rey, 
con  los  demás  señores  de  Ternate,  nombró  el  monar- 
ca vencido  por  sus  gobernadores  y  regentes  á  sus  dos 
celebres  tios,  Cachil  Sugui  y  Cachil  Quipat.  Orillado 
ya  este  asunto,  todos  ellos  prestaron  juramento  de  fide- 
lidad al  Rey  de  España  en  manos  del  General,  sentado 
bajo  de  dosel  para  este  acto  imponente.  Luego  se  acor- 
dó el  regreso  de  la  escuadra  á  Filipinas,  y  entre  tanto 
se  dispuso  lo  necesario  y  conveniente  para  asegurar 
una  conquista  tan  rápida  y  asombrosa.  A  este  fin  nom- 
bró el  General  en  jefe  por  su  lugar-teniente  en  la  isla 
de  Ternate  al  maestre  de  campo  D.  Martin  de  Esqui- 
vel,  dejándole  desde  luego,  para  hacerse  respetar  y  obe- 
decer de  aquellas  gentes,  seiscientos  infantes,  doce  ar- 
tilleros, sesenta  y  cinco  gastadores,  dos  galeotas  y  otros 
tantos  bergantines.  En  Tidore  dejó  de  comandante  al 
capitán  D.  Pascual  de  Alarcon  con  cien  soldados.  Lue- 
go se  hizo  á  la  vela  con  el  resto  de  la  escuadra,  tra- 
yendo por  delante  á  los  reyes  vencidos  de  ambas  islas, 
con  veinte  y  cuatro  señores  principales  de  las  mismas, 
que  pudieran  perturbar  en  cualquier  caso  la  tranquili- 
dad y  el  orden  de  los  pueblos  conquistados.  La  escua- 
dra regresó  prósperamente,  y  el  dia  último  de   Mayo 


—  535  ~ 
del  mismo  año  entraba  en  la  bahía  de  Manila.  Noti- 
ciosa la  ciudad  del  éxito  feliz  de  la  jornada,  determino 
hacer  un  recibimiento  extraordinario  al  General,  que 
rehusando  modestamente  el  honor  de  la  victoria,  dis- 
puso por  su  parte  que  se  hiciera  desde  luego  una  so- 
lemne procesión  en  acción  de  gracias  por  el  triunfo  de 
las  armas  españolas,  y  protestando  altamente  que  si 
bien  el  valor  de  sus  soldados  habia  rayado  en  heroísmo 
fabuloso,  la  victoria  se  debia  principalmente  á  la  pro- 
tección visible  de  la  Virgen  del  Rosario  (i). 

66.  Después  de  un  acontecimiento  tan  glorioso,  re- 
cibió la  Provincia  un  refuerzo  de  veinte  y  ocho  reli- 
giosos, muy  necesarios  por  cierto,  para  poder  ir  cu- 
briendo sus  crecientes  atenciones.  El  Sr.  Aduarte  sólo 
dice  de  esta  misión  fervorosa,  que  llegó  á  principios  de 
Agosto,  sin  expresar  en  su  Historia  el  número  de  reli- 
giosos que  traia,  ni  la  circunstancia  especial  de  que  en- 
tre éstos  habia  seis  colegiales  de  Alcalá  y  uno  de  Va- 
lladolid,  trece  individuos  del  convento  de  Salamanca  y 
algunos  de  otros  conventos.  Sin  embargo,  según  la  dife- 
rencia que  se  nota  en  las  actas  de  los  capítulos  de  i  606 
y  1608,  en  cuyo  intermedio  llegaron,  su  número  de- 
bió de  ser  el  referido.  Algunos  religiosos  de  esta  céle- 
bre misión  fallecieron  en  el  viaje.  El  mismo  Aduarte 
hace  mención  especial  del  P.  Fr.  Pedro  Rodriguez, 
religioso  de  singular  virtud,  á  quien  se  llevó  Dios  cuan- 
do la  nao  ya  estaba  en  frente  de  la  contra-costa  de  Lu- 


(i)  Así  se  probó  en  juicio,  por  información  que  se  mandó  abrir  posterior- 
mente sobre  el  caso,  ante  el  tesorero  D.  Luis  Herrera  de  Sandoval,  provisor 
que  era  de  este  arzobispado  por  el  año  1609. 


—  53^  — 
zon,  como  á  otro  Moisés  al  acercarse  á  la  tierra  pro- 
metida. Su  temprana  muerte  fué  muy  sentida  de  sus 
amados  compañeros  de  viaje;  porque,  si  bien  creian  que 
habia  pasado  á  mejor  vida,  miraban  á  la  provincia  del 
Sanfísmo  Rosario  privada  de  un  joven  de  grandes  es- 
peranzas, á  quien  habian  ademas  cobrado  mucho  afecto 
por  su  vida  santa  y  su  gran  conformidad  en  los  traba- 
jos sufridos  en  su  larga  enfermedad.  Solo  pudo  recibir 
el  santo  sacramento  de  la  Extremaunción;  pues  no  era 
posible  administrarle  el  Viático  en  el  mar.  Murió  plá- 
cidamente en  el  Señor,  después  de  haber  pronunciado 
los  dulcísimos  nombres  de  Jesús  y  de  María,  y  su  cuer- 
po fué  sepultado  al  lado  del  Evangelio  de  la  iglesia  de 
Casiguran. 

Otro  religioso  no  menos  apreciable  murió  también 
por  aquel  tiempo,  que  habia  trabajado  con  mucho  ce- 
lo en  la  Provincia  desde  su  fundación.  Era  éste  el  cé- 
lebre P.  Fr.  Domingo  de  Nieva,  el  verdadero  apóstol 
del  partido  de  Bataan,  y  gran  ministro  de  Binondo. 
Era  natural  de  Villoría  de  Campos,  é  hijo  del  conven- 
to de  San  Pablo  de  Valladolid.  Habiendo  llegado  á 
Manila  en  1587  con  los  primeros  fundadores,  y  siendo 
aún  diácono,  fué  destinado  á  la  conversión  de  los  in- 
dios de  la  provincia  ya  citada.  Allí,  como  más  joven 
que  los  otros,  aprendió  con  más  facilidad  el  idioma  del 
país,  y  en  él  predicaba  y  enseñaba  el  catecismo  á  los 
indígenas,  sirviendo  muchas  veces  de  intérprete  á  los 
demás  compañeros  en  el  ministerio  y  conversión  de  las 
almas.  Después  fué  trasladado  al  ministerio  de  los  chi- 
nos de  Binondo,  en  donde  aprendió  también  su  difícil 
idioma,  y  en  él  compuso  varios  tratados  religiosos,  que 


—  537  — 
fueron  de  grande  utilidad  posteriormente  para  los  re- 
ligiosos que  le  sucedieron  en  el  cargo.  Tradujo  ade- 
mas, en  caracteres  sínicos,  el  Memorial  de  la  vida  cris- 
tiana ^  compuesto  por  el  venerable  P.  Fr.  Luis  de  Gra- 
nada, y  escribió  en  los  mismos  caracteres  varios  cua- 
dernos piadosos  sobre  asuntos  de  meditación  y  de  ora- 
ción, con  otros  relativos  al  sacramento  de  la  penitencia 
y  comunión.  También  desempeñó  el  honroso  cargo  de 
prior  del  convento  de  Manila,  y  nombrado  procurador 
general  de  ambas  cortes,  falleció  en  el  mismo  viaje, 
antes  de  llegar  al  puerto  de  Acapulco.  En  sus  últimos 
momentos  tuvo  el  consuelo  de  poder  asegurar  que  no 
le  remordía  la  conciencia  de  haber  dicho  ó  hecho  cosa 
alguna  que,  advirtiéndolo  él,  hubiese  podido  ser  de 
escándalo  á  los  chinos  ni  á  los  indios  que  él  adminis- 
trara en  estas  islas,  durante  el  largo  período  de  los  diez 
y  nueve  años  que  estuvo  viviendo  entre  ellos,  y  que 
por  lo  mismo  moria  muy  conforme  con  la  voluntad 
divina. 


538 


QUINTO  PERIODO. 

COMPRENDE    DESDE    EL    AÑO     1608    HASTA    LA     SEGUNDA    SUBLEVACIÓN     DE     LOS 

INDIOS    DE    LA    IRRAYA,    Y    DEMÁS     SUCESOS     POSTERIORES,    OCURRIDOS 

EN    EL    aSO    DE     1615. 


CAPITULO   IV. 

Elección  de  Provincial  en  la  persona  del  P.  Fr.  Baltasar  Fort  en  1608,  y  se 
admite  el  pueblo  de  Manaoag.  —  También  se  admiten  las  casas  de  Malaoeg 
é  Iguig  en  Cagayan.  —  Se  sublevan  los  indios  de  aquel  punto,  y  son  luego 
reducidos.  —  Primera  sublevación  de  la  Irraya.  —  Progresos  de  la  fe  en 
Iguig.  —  Muerte  de  dos  venerables  religiosos.  —  Llega  una  misión  de  la 
Península.  —  Reducción  de  los  fotoles.  —  Se  edifica  una  iglesia  en  Ba- 
taoag.  —  Muerte  de  algunos  religiosos  virtuosos.  —  Capítulo  provincial 
de  1610.  —  Entran  nuestros  misioneros  en  Figen.  —  El  Tono  los  admite, 
previa  consulta  con  un  famoso  bonzo.  —  Se  fundan  allí  varias  iglesias. — 
Conversión  singular  de  un  gentil.  —  El  Tono  de  Satzuma  expele  á  nues- 
tros misioneros  de  su  reino,  y  prohibe  la  religión  de  Jesucristo.  —  La  fe 
progresa  en  Figen. — Reseña  de  la  vida  del  P.  Fr.  Luis  Gandullo. 

67.  Las  misiones  de  la  provincia  del  Santísimo  Ro- 
sario estaban  por  este  tiempo  en  un  estado  floreciente. 
En  Bataan  ya  no  habia  indios  que  convertir.  Sólo  los 
aetas  6  negritos,  que  hasta  hoy  andan  errantes  y  ocul- 
tos en  la  espesura  de  los  montes,  eran  los  que  perma- 
necían sumergidos  en  las  tinieblas  de  la  infidelidad;  y 
esto  no  por  falta  de  celo  y  diligencias,  que  desplegaron 
en  grande  escala  nuestros  fervorosos  misioneros  para 
atraerlos  á  la  sociedad  cristiana,  sino  por  su  instinto, 
casi  irresistible  á  la  vida  montaraz.  En  Pangasinan  las 
rancherías  más  rebeldes  humillaban  su  cerviz  al  yugo 
suave  de  la  fe;  los  pueblos  ya  constituidos  y  formados 
iban  siempre  progresando  en  la  vida  social  y  religiosa, 
y  la  palabra  de  salud  era  oida  con  respeto  en  todas  par- 


—  539  — 
tes.  En  Cagayan  faltaban  ya  obreros  para  recoger  los 
frutos  copiosos  que  la  gracia  producia  abundantemente 
en  aquella  gran  viña  del  Seiíor;  pues  los  cristianos  obe- 
decían sumisos  á  la  voz  de  sus  pastores,  y  los  infieles 
procuraban  con  empeño  entrar  en  el  redil  de  Jesucris- 
to. Hasta  en  el  Japón  se  propagaba  felizmente  la  luz 
celestial  del  Evangelio,  que  nuestros  misioneros  lleva- 
ban por  todas  partes  con  su  palabra  y  con  su  ejemplo; 
pues  si  bien  el  inconstante  Tono  de  Satzuma  empe- 
zaba á  molestarlos  por  desgracia  en  aquel  reino,  se  les 
franqueaba  la  entrada  en  Figen  y  en  Nangasaqui, 
donde  trabajaban  sin  descanso  con  un  celo  infatigable 
en  el  ministerio  de  las  almas. 

68.  En  medio  de  estos  prósperos  sucesos  tuvo  la  sa- 
tisfacción de  acabar  su  cuatrienio  el  P.  Fr.  Miguel  de 
San  Jacinto,  y  la  Provincia  procedió  á  nueva  elección 
el  dia  26  de  Abril  de  1608,  la  que  recayó  acertada- 
mente en  la  persona  del  P.  Fr.  Baltazar  Fort,  que  re- 
unía á  sus  virtudes  grandes  prendas  de  gobierno.  En 
este  capítulo  provincial  se  aceptó  la  casa  de  Manaoag, 
en  Pangasinan,  cuyo  pueblo  administrábala  Provincia 
desde  el  año  de  1605.  Sus  primeros  cristianos  hablan  sido 
bautizados  por  los  PP.  Agustinos  que  residían  en  Lin- 
gayen,  los  cuales,  según  el  P.  Gaspar,  lo  hablan  acep- 
tado en  la  congregación  que  celebraron  el  31  de  Oc- 
tubre del  año  1600.  En  él  hablan  levantado  una  casa  é 
iglesia  bajo  la  advocación  de  Santa  Mónica,  la  que 
cuidaban  celosos  desde  aquella  apartada  residencia.  Esta 
administración  debía  serles  muy  gravosa;  pues  necesi- 
taban dos  dias  de  viaje  para  servirla  y  atenderla,  dada 
la  falta  de  caminos  y  difíciles  comunicaciones  de  aquel 


—  540  — 
tiempo.  La  reducida  cristiandad  de  aquel  remoto  mi- 
nisterio, las  pocas  esperanzas  que  daba  de  aumentarse, 
la  imposibilidad  de  poder  asegurarle  por  entonces  un 
padre  misionero,  y  su  distancia,  por  fin,  de  Lingayen, 
donde  los  PP.  Agustinos  estaban  establecidos,  les  mo- 
vieron á  dejarlo  en  manos  del  diocesano,  el  limo.  Se- 
ñor D.  Fr.  Diego  de  Soria,  quien  la  encomendó  in- 
mediatamente á  los  misioneros  dominicos,  que  desde 
Mangaldan  podian  atender  más  fácilmente  á  su  admi- 
nistración, pues  sólo  dista  dos  leguas  de  aquel  punto. 
Su  primer  vicario  fué  el  P.  Fr.  Juan  de  San  Jacinto, 
misionero  de  gran  celo,  constancia  y  caridad,  el  cual 
logró  finalmente  reducir  las  rancherías  de  infieles  que 
habia  en  sus  inmediaciones,  y  formar  con  estos  grupos 
un  pueblo  regular  y  organizado. 

69.  Manaoag  era  en  aquel  tiempo  molestado  por 
las  frecuentes  correrías  de  los  igorrotes  y  negritos,  que 
habitaban  en  las  vertientes  de  sus  vecinos  montes,  cuyas 
razas  bravias  degollaban  cruelmente  á  sus  vecinos,  y 
después  se  llevaban  á  sus  niños  y  mujeres  para  vender- 
los como  esclavos  á  otros  infieles  más  distantes,  tan 
degradados  y  feroces  como  aquéllos.  Las  frecuentes 
agresiones  de  estos  bárbaros  tenian  en  continua  alarma 
á  los  infelices  habitantes  de  Manaoag,  que  hubieran 
abandonado  mil  veces  sus  hogares,  si  la  sombra  tutelar 
de  nuestros  buenos  religiosos  no  los  protegiera  y  ani- 
mara en  sus  desgracias.  Para  atajar  aquellos  males,  que  al 
fin  hubieran  aniquilado  por  completo  á  esta  población 
cristiana,  de  donde  debia  partir  la  propagación  del 
Evangelio  á  las  partes  más  distantes  de  aquella  provin- 
cia, no  hallaron  nuestros  religiosos  otro  medio  que  la 


—  541  — 
protección  constante  de  la  Santísima  Virgen  del  Rosa- 
rio, su  patrona,  á  la  cual  dedicaron  desde  luego  una 
iglesia  más  capaz  que  la  antigua  y  primitiva  de  aquel 
pueblo.  Su  erección  se  celebró  con  una  solemnidad  ex- 
traordinaria, y  con  un  entusiasmo  fervoroso  de  los  pue- 
blos inmediatos.  Contribuyó  especialmente  a  dar  inte- 
rés marcado  á  aquel  acto  religioso  la  circunstancia  de 
bautizarse  felizmente  en  aquel  dia  un  gran  número  de 
catecúmenos,  en  tanto  que  muchos  otros  se  animaban 
también  para  en  su  dia  hacerse  dignos  de  igual  gracia. 
La  población  de  Manaoag,  después  de  aquel  dia  so- 
lemne, y  por  muchos  conceptos  memorable,  no  tardó 
en  ser  toda  cristiana,  habiendo  recibido  al  poco  tiempo 
el  santo  sacramento  del  Bautismo  todos  los  infieles  y 
salvajes  de  las  vecinas  rancherías.  La  sagrada  imagen 
de  la  Virgen  del  Rosario  que  se  venera  en  dicho  pue- 
blo se  ha  hecho  posteriormente  muy  famosa,  por  los 
favores  singulares  que  por  su  medio  é  intercesión  han 
recibido  siempre  sus  devotos.  Un  cristiano  muy  piado- 
so ( i )  edificó  después  á  sus  expensas  una  iglesia  de  la- 
drillo muy  hermosa,  que  donó  á  la  provincia  del  San- 
tísimo Rosario^  y  es  hoy  el  célebre  santuario  de  Ma- 


(l)  El  nombre  de  este  bienhechor  no  se  puede  aquí  omitir.  Llamábase  don 
Gaspar  Gamboa,  vecino  de  Manila  y  residente  en  Lingayen,  profeso  de  nues- 
tra V.  Tercera  Orden.  La  escritura  de  donación  de  la  iglesia  y  humilladero  (ó 
sea  un  camarin  que  estaba  á  la  salida  del  pueblo,  hasta  donde  llevaban  en 
procesión  la  devota  imagen  déla  Virgen)  está  hecha  en  Lingayen,  el  ario  1722, 
y  fué  dada  por  buena  en  1733  por  el  Sr.  Alcalde  de  Pangasinan  con  presen- 
cia de  Doña  Ágata  Yangta,  viuda  de  Gamboa.  Hay  en  el  archivo  de  Ma- 
nauag  traslado  legal  de  la  escritura  de  donación,  y  una  copia  en  el  archivo  de 
Provincia.  El  actual  Vicario  de  Manauag  ha  escrito  la  historia  de  varias  gra- 
cias y  favores  que  la  provincia  de  Pangasinan  ha  recibido  de  la  Virgen,  se- 
gún las  noticias  que  ha  podido  recoger  de  padres  antiguos. 


—  542  — 
naoag,   en   donde  suelen   ir  en   romería  de  todas  las 
provincias  inmediatas,  para  ofrecer  sus  homenajes  á  la 
celestial  Seriora. 

70.  En  el  mismo  capítulo  provincial,  de  que  hemos 
hecho  mención,  se  admitieron  las  casas  de  Malaoeg  é 
Iguig,  con  la  administración  de  los  indios  que  habita- 
ban en  la  ciudad  de  la  Nueva  Segovia,  á  solicitud  é 
instancias  de  su  obispo  (i).  La  iglesia  del  primero  se 
fabricó  en  el  sitio  llamado  de  Nalfotan ,  que  era  como 
centro  y  cabeza  del  partido  conocido  con  el  nombre  de 
Malaoeg.  Se  le  dio  por  patrón  al  glorioso  San  Raimun- 
do de  Peñafort,  y  se  principió  desde  luego  la  conver- 
sión de  los  infieles  que  lo  poblaban.  Los  vecinos  de 
estas  rancherías  eran,  sin  disputa,  los  más  valientes  y 
belicosos  de  toda  la  provincia,  y  robustecidos  con  la 
alianza  que  tenian  con  los  infieles  de  Gattáran  y  Ta- 
lapa,  nunca  hablan  sido  subyugados  por  otras  hordas 
salvajes.  Ya  la  religión  era  conocida  y  acatada  de  toda 
la  provincia,  según  dejamos  indicado  en  el  libro  pri- 
mero de  esta  Historia,  cuando  los  bravos  malagueyes 
yacian  todavía  por  desgracia  en  la  sombra  de  la  infide- 
lidad. Mas  el  Señor  se  dignó  iluminarlos  finalmente 
con  la  luz  del  Evangelio,  franqueándoles  el  tesoro  de  la 
religión  y  de  la  fe,  mediante  un  joven  caudillo,  llamado 
Pagulayan,  á  quien  los  habitantes  de  Nalfotan  obede- 
cían como  jefe.  Era  valiente  á  toda  prueba,  y  dotado 
al  mismo  tiempo  de  un  corazón  generoso,  nacido  para 


(i)  Habia  alguna  razón  para  que  el  Obispo  así  lo  desease,  puesto  que 
nuestros  religiosos  fueron  los  que  habían  formado  y  amamantado  en  cierto 
modo  aquella  cristiandad,  desde  los  primeros  albores  de  su  fe. 


—  343  — 
hacerla  felicidad  de  cuantos  le  obedecían,  que  no  sin- 
tieron jamas  el  suave  yugo  de  su  mando.  Cuando  supo 
que  en  Taban  y  en  Piat  y  en  Tuao  habian  recibido 
sus  vecinos  la  religión  de  Jesucristo,  y  noticioso  de  los 
efectos  maravillosos  que  producía  entre  ellos,  suavizan- 
do su  carácter  y  moralizando  sus  costumbres,  se  sintió 
hondamente  conmovido,  y  animado  por  un  súbito  deseo 
de  abrazarla  y  de  proponerla  desde  luego  á  su  tribu 
respectiva.   Después  de  esta  santa  inspiración  estuvo 
meditando  algunos  dias  acerca  de  un  punto  de  tanta 
gravedad,  hasta  que  al  fin  se  resolvió  á  manifestar  su 
pensamiento  á  los  suyos,  que  adoptaron  sin  oposición 
su  grande  idea,  conformándose  con  la  voluntad  de  su 
Señor.  Aun  estaba  en  Cagayan  el  provincial  Fr.  Mi- 
guel de  San  Jacinto  girando  su  visita  regular,  cuando 
Pagulayan,  acompañado  de  algunos  principales  de  su 
tribu,  se  le  presentó  en  Nueva  Segovia,  pidiéndole  con 
instancias  les  diese  un  religioso  misionero  para  instruir- 
les en  la  doctrina  de  la  fe;  si  bien  tuvo  que  contentarse 
por  entonces  con  promesas  y  esperanzas,  porque  el  pre- 
lado no  tenía  sujetos  disponibles.  Empero  los  deseos 
del  caudillo  eran  tan  ardientes  y  sinceros,  y  tal  su  afán 
por  instruirse  en  la  ley  del  Evangelio,  que  no  quiso  re- 
gresar al  distrito  de  Nalfotan  sin  llevar  siquiera  en  su 
compañía  algún  sujeto  iniciado  en  aquella  religión,  que 
ya  amaba  sin  saberlo,  y  con  quien  pudiese  aprender  los 
rudimentos  de  la  fe.  Llevóse  en  efecto  á  un  niño  per- 
fectamente  instruido  en  la  doctrina  cristiana,  y  tan 
luego  hubo  regresado  á  sus  hogares,  dio  principio  á  la 
construcción  de  una  capilla,  para  tener  más  obligado 
al  Provincial.  Vio  Pagulayan  al  fin  realizados  sus  de- 


—  544  — 
seos  por  Agosto  de  1607  (i),  y  el  prelado  Provincial 
cumplió  fielmente  su  palabra,  destinando  al  P.  Fray- 
Pedro  de  Santo  Tomas  para  misionero  de  Nalfotan. 
Cuando  llegó  a  dicho  punto  halló  acabada  la  capilla, 
y  fué  recibido  con  extraordinarias  demostraciones  de 
afecto  y  de  alegría  por  aquellas  rudas  gentes.  El  P.  mi- 
sionero, al  ver  el  grande  entusiasmo  con  que  los  nal- 
fotanos  se  apresuraban  á  recibir  el  Evangelio,  se  con- 
venció de  que  la  obra  era  de  Dios,  y  se  propuso  desde 
luego  consumarla  por  su  parte  con  el  empeño  que  su 
ardiente  celo  le  inspiraba.  Mas  el  enemigo  del  hom- 
bre, que  por  tantos  siglos  habia  ejercido  su  reinado 
entre  estos  infelices,  no  pudo  mirar  con  indiferencia  el 
despojo  que  iba  á  sufrir  su  tiranía. 

71.  Empezó  el  P.  Fr.  Pedro  sus  tareas  apostólicas, 
anunciando  la  palabra  del  Señor  por  los  valles  y  mon- 
tañas del  nebuloso  Malaoeg.  Ora  se  le  veia  trepar  por 
aquellos  riscos,  como  un  pastor  amoroso,  que  busca 
por  todas  partes  á  la  oveja  descarriada,  para  conducirla 
sobre  sus  hombros  al  redil  de  Jesucristo;  ora  sentado  y 
tranquilo  á  la  orilla  de  un  torrente,  en  medio  de  tur- 
bas bravas  que  bajaban  de  los  montes  á  escucharle  con 
placer.  Así  fué  como  los  habitantes  del  país  iban  aban- 
donando las  tinieblas  en  presencia  de  la  luz,  y  suavi- 
zando sus  bárbaras  costumbres  al  soplo  civilizador  del 
Evangelio.  Mas,  cuando  la  obra  de  Dios  iba  progre- 
sando felizmente,  el  espíritu  del  mal  empezó  á  turbar 


(i)  Como  se  ve,  estos  hechos  se  refieren  al  provincialato  anterior,  siendo 
precisado  el  narrador  á  este  ligero  retroceso  para  ligar  los  ac®ntecimientos, 
haciéndolos  remontar  hasta  su  origen. 


—  545  — 
la  paz  y  á  destruir  en  sus  principios  lo  que  con  tan  be- 
llos auspicios  se  habia  comenzado.  Valióse  al  efecto  de 
Caquenga,  que,  como  sacerdotisa  del  infierno,  servia 
con  gran  fidelidad  á  sus  designios.  Esta  mala  hembra 
tuvo  tal  habilidad  de  representar  perfectamente  el  pa- 
pel de  Satanás ,  que  consiguió  sembrar  en  breve  tiempo 
la  discordia  feroz  en  los  hogares,  y  encender  el  fuego 
de  la  rebelión  en  las  montañas.  Como  no  todos  los  in- 
dios querían  variar  de  religión,  Caquenga  fomentaba 
su  mala  disposición  con  sus  discursos,  y  les  decia  á 
todas  horas  que  serian  los  hombres  más  ingratos  si 
abandonaban  las  costumbres  que  les  habían  legado  sus 
mayores.  Y  después  de  amenazarles  con  toda  suerte  de 
males,  concluía  asegurando  que  serian  unos  impíos  si 
cambiaban  su  antigua  religión  y  sus  costumbres  por 
las  que  les  proponía  un  visionario  extranjero.  Al  propio 
tiempo  procuraba  aprovecharse  de  todas  las  coyuntu- 
ras favorables  á  sus  miras  para  separar  á  los  amigos  de 
Pagulayan  de  los  que  no  pensaban  como  ellos,  repre- 
sentando papeles  enteramente  distintos,  con  el  fin  de 
inducirlos  á  un  violento  rompimiento.  Al  fin  las  tra- 
mas diabólicas  de  esta  mujer  infernal  produjeron  sus 
efectos;  pues  sublevándose  en  los  montes  algunos  in- 
dios mal  aconsejados  por  aquella  pitonisa  del  demonio, 
se  pasaron  al  partido  de  los  que  hasta  entonces  hablan 
sido  enemigos  de  Nalfotan.  Pagulayan,  siempre  fiel  á 
sus  principios,  hizo  cuanto  estuvo  de  su  parte  para  con- 
tener á  los  rebeldes.  A  este  fin  mandó  á  uno  de  sus 
principales  confidentes  para  que  se  viese  con  Furaga- 
nan  en  las  montañas  (jefe  de  los  sublevados ) ,  y  le  per- 
suadiese eficazmente  las  conveniencias  de  la  paz,  ofre- 

TOMO    I.  35. 


—   54é  — 

ciéndole  el  perdón  bajo  la  palabra  sacerdotal  del  padre 
misionero,  si  aceptaba  la  amistad  que  le  ofrecía;  y  que 
de  lo  contrario  sería  severamente  castigado,  con  los  su- 
yos, por  los  soldados  de  la  Nueva  Segovia,  si  persistía 
en  su  rebelión  escandalosa.  Para  que  Furaganan  no  du- 
dase de  la  buena  fe  con  que  procedía  en  el  asunto,  el 
emisario  le  mostró  un  libro  del  misionero,  que  le  habia 
entregado  á  este  propósito,  y  en  esta  sencilla  garantía 
vio  el  jefe  de  los  rebeldes  una  prueba  suficiente  de  ha- 
ber empeñado  el  misionero  su  palabra  en  su  favor.  En 
vista  de  todo  esto,  depuso  toda  su  ferocidad  y  sus  eno- 
jos; prometió  verse  con  el  padre,  y  en  seííal  de  su 
amistad  y  buena  fe  entregó  al  emisario  la  cuchilla  de 
que  usaba  para  degollar  á  sus  contrarios.  Con  este  rasgo 
expresivo  de  su  levantado  corazón  quiso  dar  á  entender 
que  desde  entonces  quedaba  desarmado  en  su  presen- 
cia, para  que  el  P.  misionero  pudiese  tratarlo  con  fran- 
queza. Bajó,  en  efecto,  Furaganan  el  dia  designado,  lleno 
de  altivez  y  gallardía;  oyó  con  docilidad  la  elocuente 
peroración  del  P.  misionero,  y  se  mostró  muy  enojado 
contra  la  infame  Caquenga,  que  con  su  doblez  y  malas 
artes  á  todos  tenía  engafiados. 

72.  Restablecida  la  paz  en  las  tribus  de  Nalfotan,  y 
entabladas  las  buenas  relaciones  de  armonía  entre  los 
jefes  del  partido,  creyó  el  P.  misionero  que  ya  estaba 
terminado  aquel  asunto.  Mas  aquella  misma  noche, 
estando  muy  tranquilo  el  religioso  rezando  sus  maiti- 
nes, tuvo  el  disgusto  y  la  amargura  de  ver  arder  la  igle- 
sia y  convento,  con  otras  casas  cercanas,  que  hablan  in- 
cendiado alevemente  los  partidarios  del  pérfido  Fura- 
ganan. Pagulayan  acudió  sin  pérdida  de  tiempo  á  sal- 


—  547  — 
var  al  P.  misionero,  á  quien  libró  de  la  voracidad  del 
fuego,  con  lo  más  precioso  que  tenía,  que  era  el  recado 
para  celebrar  el  santo  sacrificio  de  la  misa,  y  un  lienzo 
de  Nuestra  Señora  del  Rosario,  con  algunas  otras  co- 
sas del  servicio  de  la  iglesia.  Con  este  acontecimiento 
creyó  que  debia  por  entonces  abandonar  á  Nalfotan,  en 
donde  su  vida  peligraba,  con  la  de  los  adictos  al  fiel 
Pagulayan.  Ocultó  lo  que  se  habia  preservado  del  in- 
cendio en  un  sitio  adonde  no  creia  llegasen  los  rebel- 
des, y  se  fué  rio  abajo  con  algunos  indios  fieles  para 
refugiarse  con  ellos  en  Tuao.  Los  rebeldes,  siguiendo 
sus  pisadas,  hallaron  los  sagrados  ornamentos  escondi- 
dos, y  como  gente  sin  Dios,  ni  religión,  ni  cultura, 
los  profanaron  de  mil  modos,  sin  respetar  á  una  imagen 
de  la  Virgen,  que  insultaron  igualmente  con  sacrilegas 
maneras.  Este  hecho  escandaloso  fué  castigado  después 
ejemplarmente;  pues  su  principal  autor  fué  á  expiarlo 
á  las  galeras,  en  donde  sufrió  su  merecido  de  sus  mis- 
mos compañeros,  por  haberlos  inducido  á  impiedad 
tanta. 

73.  Por  aquellos  mismos  tiempos  se  sublevaron  los 
infieles  de  las  llanuras  de  Zimboey  y  de  la  Irraya;  pues 
aun  no  tenian  misioneros  que  los  adoctrinasen  en  la 
fe  y  en  la  religión  cristiana.  En  el  calor  del  alzamiento 
degollaron  á  su  encomendero  D.  Luis  Enrique,  á  quien 
odiaban.  Después  de  asesinarle  ferozmente,  hicieron 
pedazos  de  su  cuerpo,  y  compusieron  de  sus  huesos 
una  escalera  siniestra  para  subir  á  la  casa  del  principal 
que  los  regía.  Tan  luego  como  la  noticia  de  estos  he- 
chos detestables  llegó  á  la  capital  de  Filipinas,  la  Real 
Audiencia  que  á  la  sazón  tenía  el  gobierno  de  las  islas, 


—  54B  — 

envió  á  la  provincia  de  Cagayan  á  D.  Cristóbal  de  Az- 
cueta,  con  la  gente  necesaria  para  castigar,  como  era 
justo,  crueldades  tan  nefandas.  Este  jefe,  á  su  llegada, 
antes  de  proceder  hostilmente  contra  ellos,  quiso  infor- 
marse de  la  verdadera  causa  que  los  habia  inducido  á 
sublevarse,  y  no  tardó  en  descubrir  que  los  embustes  y 
dobleces  de  Caquenga  habían  precipitado  á  los  de  Nal- 
fotan,  y  la  poca  prudencia  de  D.  Luis  Enrique  á  los 
de  Zimboey  y  sus  llanuras.  Procedió  luego  á  castigar  á 
los  jefes  principales  de  aquellas  sublevaciones,  perdo- 
nando á  los  de  Nalfotan,  porque  se  adelantaron  á  pe- 
dirle perdón  de  su  delito,  suplicándole  á  la  vez  que 
volviese  á  su  pueblo  el  misionero  que  ya  habia  princi- 
piado su  enseñanza. 

Pudiera  el  P.  Fr.  Pedro  haberse  excusado  razona- 
blemente de  volver  á  unas  rancherías  cuyos  indios 
lo  habian  tratado  con  tanta  indignidad;  mas  el  celo 
que  lo  habia  conducido  á  la  provincia,  y  las  mues- 
tras de  cariño  que  Pagulayan  y  algunos  de  los  suyos 
le  habian  mostrado,  le  hicieron  olvidar  los  agravios 
recibidos,  y  lo  decidieron  á  exponerse  otra  vez  á  sus 
insultos.  La  prudencia,  no  obstante,  de  este  excelente 
misionero ,  y  la  caridad  con  que  solia  atender  á  los  que 
más  le  habian  ofendido,  le  hicieron  olvidar  pronto  las 
injurias  de  la  anterior  rebelión,  y  fueron  preparando 
aquel  terreno  lleno  de  malezas  y  cizañas,  para  recibir 
la  semilla  de  la  fe.  Fué  tan  extraordinaria  la  mudanza 
de  los  que  más  rebeldes  se  habian  mostrado  hasta  en- 
tonces á  la  fe  de  Jesucristo,  que  se  trasformaron  final- 
mente todas  aquellas  rancherías  de  gente  dura  y  feroz 
en  un  pueblo  fervoroso  de  verdaderos  creyentes;  y  de- 


—  549  — 
jando  su  antiguo  nombre  de  Nalfotan,  se  apropió  des- 
de entonces  el  de  Malaoeg,  que  hoy  conserva,  y  que 
era  el  de  todo  el  partido  anteriormente.  Pagulayan  y  su 
hermana  fueron  los  primeros  que  recibieron  las  aguas 
saludables  del  Bautismo,  cuya  piedad  y  fe  santa  fueron 
el  alma  y  la  vida  de  esta  cristiandad  naciente;  pues  con 
su  ejemplo  los  demás  dejaban  gustosamente  sus  anti- 
guas supersticiones  idolátricas,  y  entraban  de  todas  par- 
tes al  redil  de  Jesucristo.  A  los  diez  y  ocho  años  de 
esta  fecha,  el  número  de  bautizados  en  Malaoeg  y  en 
sus  montañas  era  de  cuatro  mil  seiscientos  y  setenta, 
sin  contar  con  los  que  hablan  recibido  el  santo  Sacra- 
mento á  la  hora  de  la  muerte. 

74.  Por  este  mismo  tiempo  se  levantó  la  iglesia  de 
Iguig.  Hubo  por  patrón  al  apóstol  Santiago,  bajo  cuya 
protección  ha  prosperado  y  perseverado  hasta  el  pre- 
sente, si  bien  sujeto  á  peripecias  y  á  las  vicisitudes 
de  los  tiempos.  Este  pueblo,  distante  una  jornada  y 
media  de  la  Nueva  Segovia,  habia  sido  mucho  antes 
reducido  á  la  obediencia  del  Gobierno  por  sus  enco- 
menderos; mas  descuidando  éstos,  por  desgracia,  el  pro- 
curarles misioneros  que  los  adoctrinasen  en  la  fe  y  en 
la  religión  de  Jesucristo,  habia  adelantado  poco  en  los 
caminos  de  la  vida.  Convencidos  al  fin  aquellos  seño- 
res de  que  la  mano  de  Dios  se  habia  agravado  sobre 
ellos  con  toda  suerte  de  desgracias,  por  la  indiferencia 
con  que  miraban  á  sus  encomendados  en  punto  á  la 
religión  y  á  la  moral,  tolerando  entre  ellos  la  idolatría 
con  sus  prácticas  nefandas,  tuvieron  al  fin  mejor  acuer- 
do, y  procuraron  recurrir  á  nuestro  P.  Provincial  para 
pedirle  misioneros,  según  las  instrucciones  de  la  Ma- 


—  SSO  — 
jestad  Católica,  empeñando  su  palabra  de  no  volver  á 
turbarles  en  su  santo  ministerio.  Con  esta  sola  diligen- 
cia, aquel  pueblo  de  idólatras  vióse  trasformado  al  poco 
tiempo  en  un  pueblo  de  cristianos.  ¡Tanta  era  la  bue- 
na disposición  de  aquellas  gentes  para  recibir  el  Evan- 
gelio! 

La  iglesia  de  este  pueblo  ha  sido  reedificada  cuatro 
veces,  y  la  actual  está  situada  en  una  eminencia  que 
corona  un  vistoso  panorama,  adonde  no  pueden  llegar 
las  inundaciones  del  gran  rio  (el  Ibanag)  que  la  ciñe 
como  una  cinta  de  plata,  bañando  y  fertilizando  las 
hermosas  vegas  que  domina.  Con  estas  mutaciones,  el 
pueblo  de  Iguig  hubiera  desaparecido,  á  no  dudarlo, 
de  la  carta,  si  los  PP.  misioneros  que  lo  han  adoctri- 
nado con  su  caridad,  celo  y  constancia,  no  hubieren 
sido  para  él  sus  ángeles  tutelares,  consolando  y  ayu- 
dando á  sus  vecinos  en  todas  sus  vicisitudes  y  desgra- 
cias. 

75.  Por  este  tiempo  fallecieron  los  PP.  Fr.  Juan 
Bautista  Gacet  y  Fr.  Miguel  del  Oro,  ambos  religio- 
sos de  gran  mérito.  El  primero  era  hijo  del  convento 
de  Predicadores  de  Valencia,  y  tuvo  la  dicha  de  pasar 
el  noviciado  bajo  la  disciplina  de  San  Luis  Beltran,  cu- 
yas lecciones  sublimes  de  santidad  comprobada  no  po- 
dian  menos  de  conducirle  á  un  grado  muy  superior  de 
perfección  y  de  virtud.  No  fueron  menores  los  pro- 
gresos que  hizo  en  la  carrera  literaria,  que  le  hubieran 
proporcionado,  sin  disputa,  los  primeros  honores  de  la 
Orden,  si  su  profunda  modestia  no  procurara  evitarlos. 
Con  este  fin,  habia  concebido  el  pensamiento  de  ale- 
jarse de  su  patria,   trasladándose  á  la  Nueva  España 


—  55^  — 
para  trabajar,  humilde  obrero,  en  aquella  viña  del  Se- 
ñor, adonde  fué  con  efecto  destinado  en  calidad  de 
socio  consultor  del  P.  Maestro  Fr.  Juan  Baylo,  á  quien 
el  Maestro  General  y  Su  Majestad  Católica  habian  con- 
ferido la  alta  y  delicada  comisión  de  separar  las  pro- 
vincias de  Guaxaca  y  de  Santiago.  Como  su  vocación 
era  la  conversión  de  las  gentes,  se  propuso  ejercer  su 
apostolado  en  donde  hubiese  mayor  necesidad  de  ope- 
rarios evangélicos,  y  en  tal  concepto  se  agregó  á  una 
misión  que  pasaba  á  la  provincia  del  Saiitísimo  Rosario^ 
presidida  por  el  P.  Fr.  Pedro  de  Ledesma.  Por  su 
avanzada  edad  no  fué  destinado  á  las  provincias  leja- 
nas, cuyo  idioma  le  hubiera  sido  difícil  adquirir;  mas 
en  Manila  no  cesó  de  trabajar  en  beneficio  de  las  al- 
mas, predicando  y  confesando  y  adquiriendo  nuevos 
méritos  para  el  reino  de  los  cielos  con  su  vida  peni- 
tente, que  recordaba  el  fervor  de  los  primitivos  tiem- 
pos de  la  Orden.  Finalmente,  en  1607,  satisfecho  el 
Señor  de  sus  merecimientos  y  virtudes,  lo  llamó  para 
sí  amorosamente  con  la  dulce  muerte  de  los  justos. 

El  P.  Fr.  Miguel  del  Oro  era  hijo  del  convento  de 
San  Pablo  de  Valladolid,  y  terminó  la  gloriosa  carrera 
de  sus  dias  en  la  Nueva  Segovia,  el  20  de  Julio  del 
mismo  año,  dejando  viva  para  siempre  su  memoria  en 
el  corazón  de  sus  ovejas.  Este  venerable  misionero,  aun- 
que no  llegó  á  poseer  con  mucha  perfección  el  idioma 
de  los  indios,  por  su  avanzada  edad,  fué,  sin  embar- 
go, muy  útil  en  aquellas  nuevas  conversiones  por  su 
ejemplar  y  santa  vida,  que  suele  ser  el  móvil  principal 
para  la  propagación  del  Evangelio;  siendo  ademas  el 
prudente  consejero  y  director  de  los  más  jóvenes.  Su 


—  55^  — 
penitencia  era  extraordinaria,  y  entre  los  aflictivos  ins- 
trumentos con  que  mortificaba  sus  miembros,  según 
el  mandamiento  de  San  Pablo,  llevaba  ceñida  á  la  raíz 
de  las  carnes  una  cadena  de  hierro  de  diez  libras  de 
peso,  la  cual,  en  un  país  como  las  islas  Filipinas,  en  don- 
de el  sudor  es  siempre  constante,  debia  ser  insoporta- 
ble. Aun  parece  más  increíble  este  hecho,  por  otra  par- 
te incontestable,  habida  consideración  á  su  ancianidad 
y  á  la  natural  debilidad  de  su  existencia.  Con  estas  mor- 
tificaciones asombrosas ,  procuraba,  como  el  Apóstol,  su 
propia  santificación  y  la  ajena,  temeroso  de  merecer  su 
propia  reprobación,  mientras  trabajaba  con  ardor  en  la 
salvación  de  los  demás.  Llegó  por  fin,  con  un  tenor  de 
vida  tan  austero,  al  término  feliz  de  aquellos  dias  que 
deseaba  dejar  por  Jesucristo,  á  quien  se  unió  postrera- 
mente en  las  eternas  moradas  de  su  reino. 

76.  La  falta  de  estos  religiosos  ejemplares,  y  la  de 
otros  que  fallecieron  en  el  cuatrienio  pasado,  fué  reem- 
plazada felizmente  por  una  nueva  misión,  que  el  dia 
II  de  Abril  de  1608  llegó  á  la  capital  de  Filipinas, 
con  su  gobernador  D.  Juan  de  Silva.  Su  vicario  y  pre- 
sidente, desde  Cádiz  hasta  Méjico,  fué  el  P.  Fr.  Ga- 
briel Quiroa  (ó  Quiroga),  hijo  del  convento  de  Oca- 
íia,  que  algunos  años  antes  habia  dejado  la  Provincia, 
por  no  haber  podido  aprender  como  queria  el  idioma 
de  los  chinos,  á  cuyo  ministerio  habia  sido  destinado  a 
su  llegada,  que  fué  en  1795.  Las  prendas  extraordina- 
rias de  que  se  hallaba  adornado,  y  la  nobleza  de  su  al- 
curnia le  merecieron  en  la  corte  el  afecto  de  los  gran- 
des, cuyos  aplausos  lo  hubieran  conducido  tal  vez  al 
precipicio,  si  el  Señor  no  lo  mirara  con  ojos  de  miseri- 


—  S53  — 
cordia  y  de  piedad.  Lleno  de  remordimientos  por  ha- 
ber interrumpido,  siquiera  por  breve  tiempo,  el  curso 
de  su  carrera,  pidió  licencia  al  maestro  de  la  Orden  para 
reunir  una  misión  en  la  Península,  y  volver  con  ella  á 
Filipinas.  Recabó  efectivamente  del  General  de  la  Or- 
den el  permiso  que  pedia  en  1607;  mas  cuando  ya  es- 
taban los  PP.  misioneros  en  Sevilla,  faltó  la  flota  que 
habia  de  salir  para  la  América,  y  tuvieron  que  regre- 
sar á  sus  conventos.  No  debian,  sin  embargo,  esperar 
mucho  tiempo  su  partida.  A  fines  del  mismo  año,  de- 
biendo embarcarse  para  Méjico  el  Gobernador  de  Fili- 
pinas, anteriormente  mencionado,  el  P.  Quiroa  volvió 
á  reunir  sus  misioneros,  y  con  treinta  excelentes  reli- 
giosos se  hizo  alegremente  á  la  vela,  para  volver  á  es- 
tas playas,  que  nunca  pudo  olvidar  en  la  Península.  Las 
incomodidades  del  viaje,  y  los  contratiempos  que  sufrie- 
ron en  la  navegación,  le  agravaron  la  enfermedad  de 
asma  que  padecía  de  muchos  años,  cortándole  el  hilo 
de  la  vida  cuando  iba  á  empezar  de  nuevo  una  carre- 
ra gloriosa;  pues  llevaba  en  sus  despachos,  sin  saberlo, 
el  real  nombramiento  de  obispo  de  Nueva  Cáceres. 
Esta  noticia  aumentó  más  el  sentimiento  que  su  falle- 
cimiento habia  causado  á  sus  compañeros  de  viaje.  És- 
tos, con  la  falta  de  su  amado  director  y  de  su  guía,  las 
molestias  que  hablan  padecido  en  la  navegación  hasta 
aquel  punto,  la  falta  de  navio  que  pudiese  conducirlos 
por  entonces  á  Manila,  y  el  deseo  de  trabajar  en  la  viña 
del  Señor,  que  abraza  toda  la  tierra,  inclinó  el  celo  de 
algunos  á  fijar  su  apostolado  en  los  países  dilatados  de 
la  América,  que  ofrecian  un  campo  inmenso  á  los  ope- 
rarios evangélicos. 


—  554  — 
jj.  Los  misioneros  que  prosiguieron  su  viaje  hasta 
las  islas  Filipinas  fueron  un  grande  consuelo  para  la 
provincia  del  Santísimo  Rosario^  porque  con  ellos  pudo 
cubrir  por  entonces  las  bajas  de  los  difuntos,  proveer 
al  ministerio  de  Fotol,  y  hubiera  dado  también  misio- 
neros fervorosos  á  los  habitantes  del  valle  de  Ituy,  si  no 
se  hubiese  frustrado  su  proyecto.  Fotol  estaba  situado 
á  las  orillas  del  rio  de  Abulug,  distante  media  jorna- 
da de  este  pueblo.  Se  compuso  en  un  principio  de  unas 
tribus  montaraces  y  feroces,  que  no  reconocian  otra  ley 
que  la  de  sus  bárbaras  costumbres.  Los  españoles  hablan 
conseguido,  finalmente,  que  pagasen  algunas  bagate- 
las, en  señal  de  reconocimiento  y  vasallaje  al  Monarca 
de  Castilla.  Mas  era  preciso  ir  bien  armados  y  preve- 
nidos á  cobrarlas,  habida  consideración  á  su  barbarie. 
Solia  acompañar  á  los  soldados,  en  estas  espediciones, 
alguno  de  nuestros  religiosos,  y  entonces  procuraba 
atraer  el  afecto  de  los  bárbaros,  para  disponerlos  gra- 
dualmente á  recibir  en  su  día  el  espíritu  civilizador  del 
cristianismo.  Con  los  lances  y  ocurrencias  que  solian 
tener  lugar  frecuentemente  en  esta  clase  de  visitas,  co- 
nocieron  los  fotoles  cuan   útil   les   sería  la   presencia 
permanente  entre  ellos  de  algún  P.  misionero,   cuya 
idea  les  inspiró  el  pensamiento  de  pedirlo,  y  al  efecto 
se  presentaron  al  P.  Fr.  Miguel  de  San  Jacinto,  vica- 
rio de  Abulug,  rogándole  les  concediese  un  religioso 
siquiera,  que  les  enseñase  el  catecismo.  Este,  que  lo  de- 
seaba más  que  ellos,  les  envió  al  P.  Fr.  Diego  Carlos, 
el  cual  fué  recibido  con  extraordinarias  demostraciones 
de  afecto  por  aquellas  tribus  bárbaras.  Sus  tareas  apos- 
tólicas muy  pronto  produjeron  los  efectos  deseados,  por- 


—  sss  — 

que  los  fotoles  se  dedicaron  con  una  santa  emulación 
á  instruirse  en  las  verdades  de  nuestra  religión  santa,  y 
muy  en  breve  se  hizo  Fotol  un  verdadero  pueblo  de 
cristianos,  que  no  se  distinguían  de  los  demás  de  la 
provincia.  Se  dio  el  título  de  Nuestra  Seííora  del  Ro- 
sario á  la  iglesia  que  en  él  se  erigiera  en  un  principio, 
y  después  de  doscientos  años  de  existencia,  su  pobla- 
ción fué  decayendo,  hasta  que  los  pocos  cristianos  que 
al  fin  contaba  en  su  seno,  fueron  trasladados  totalmen- 
te al  antiguo  pueblo  de  Abulug.  Muchos  otros  pueblos 
de  Cagayan  han  tenido  que  sufrir  la  misma  suerte,  efec- 
to, ya  de  la  escasez  de  religiosos  que  los  administrasen, 
ya  de  la  insalubridad  de  la  provincia,  ya  por  otras  cau- 
sas, que  no  han  permitido  el  desarrollo  de  la  población 
como  en  otras  partes  de  las  islas. 

78.  En  Bataoag,  pueblo  situado  en  las  orillas  del 
rio  Ibanag,  y  constituido  por  el  celo  del  P.  Fr.  Luis 
Flores  (que  después  fué  glorioso  mártir  en  Japón),  se 
edificó  también  hacia  este  tiempo  una  iglesia  muy  ca- 
paz. Habia  subido  á  aquel  punto  este  celoso  misione- 
ro solo  y  desarmado,  sin  más  auxilio  que  la  firme  con- 
fianza en  la  divina  Providencia,  y  comenzó  á  predicar 
la  ley  santa  del  Señor  á  sus  feroces  habitantes,  que  lo 
escuchaban  como  á  un  ángel  de  caridad  y  de  dulzura. 
En  breve  se  formó  un  pueblo  respetable  de  cristianos, 
de  donde  debia  partir  la  luz  del  Evangelio  á  otras  bár- 
baras naciones,  que  habitaban  en  sus  vecinos  montes. 
iMas  la  inconstancia  natural  de  unos  salvajes  acostum- 
brados á  vivir  como  fieras  en  los  bosques,  y  de  la  que 
tantas  pruebas  tenían  dadas  otros  pueblos,  contribuyó  á 
la  ruina  desastrosa  de  aquella  cristiandad;  pues  cansa- 


-  556- 
dos  al  fin  de  la  nueva  vida  social  y  cristiana,  se  remon- 
taron como  fieras  á  sitios  inaccesibles,  para  vivir  en  sus 
guaridas  como  sus  antepasados. 

79.  En  medio  de  estas  alternativas  de  progresos  y 
reveses,  en  esta  lucha  constante  de  la  civilización  con 
la  barbarie,  perdió  la  Provincia  algunos  religiosos  de 
singular  virtud  y  santidad,  que  la  honraban  altamente. 
El  año  de  1609  fué  uno  de  los  más  fatales  para  ella  en 
tal  concepto.  Murió  con  efecto  por  entonces  en  la  pro- 
vincia de  Cagayan  el  V.  P.  Fr.  Juan  de  Anaya,  natu- 
ral de  San  Pedro  de  las  Dueñas,  é  hijo  de  San  Pablo  de 
Valladolid.  Habia  llegado  á  Manila  en  1598,  y  desti- 
nado a  aquella  provincia  desde  luego,  trabajó  como  un 
apóstol  en  la  conversión  de  los  infieles.  Persuadido  del 
gran  valor  de  una  sola  alma  convertida,  no  perdonaba 
trabajos  ni  fatigas  para  procurarles  la  salud;  y  á  este  fin 
andaba  por  las  breñas  y  por  las  aberturas  de  las  rocas, 
á  imitación  del  buen  Pastor,  para  reducir  á  la  oveja  des- 
carriada al  redil  de  Jesucristo.  Haciéndose,  como  el 
Apóstol,  todo  para  todos  dulcemente,  con  el  fin  de  ga- 
narlos para  Dios,  ademas  de  la  doctrina  de  la  religión 
cristiana,  enseñaba  á  los  indios  á  labrar  sus  tierras  con 
su  ejemplo,  siendo  el  primero  en  coger  el  arado  con  su 
mano,  y  sembrar  las  semillas  en  sus  campos,  para  fa- 
miliarizar aquellas  gentes  con  la  agricultura  y  el  traba- 
jo. Con  su  celo,  constancia  y  paciencia  inagotable  atra- 
jo á  vida  social  y  cristiana  á  un  gran  número  de  bár- 
baros, que  yacian  tristemente  en  sombras  de  muerte  y 
de  pecado.  Era  tal  el  amor  que  profesaba  á  sus  neófi- 
tos, que  le  afectaban  más  sus  males  que  los  propios. 
Sus  desgracias  le  causaban  las  mayores  amarguras,  y  sus 


—  557  — 
calamidades  eran  tan  sensibles  á  su  tierno  corazón,  que 
al  fin  lo  condujeron  al  sepulcro.  Habiendo  acontecido, 
con  efecto  una  grande  inundación  en  el  pueblo  de  Pi- 
litan,  en  donde  estaba  de  vicario,  lo  afectó  de  tal  suer- 
te este  siniestro,  que  enfermó  de  gravedad,  y  murió 
poco  después  en  el  Señor. 

A  su  muerte  sucedió  la  del  P.  Fr.  Vicente  Alonso, 
natural  del  reino  de  Valencia  é  hijo  del  convento  de 
Predicadores  de  aquella  ciudad;  religioso  muy  carita- 
tivo y  muy  humilde,  que  jamas  hizo  paz  con  el  demo- 
nio en  los  caminos  de  la  iniquidad  y  del  pecado.  Como 
verdadero  misionero,  su  principal  ocupación  era  ins- 
truir por  sí  mismo  á  los  indios  más  rudos  y  salvajes,  á 
quienes  cuidaba  ademas  con  sus  propias  manos  en  sus 
enfermedades  asquerosas,  como  una  madre  solícita  llena 
de  sensibilidad  y  de  ternura.  A  los  pobres  y  desnudos 
los  cubria  con  su  ropa,  y  partía  con  ellos  su  alimento 
con  la  mayor  caridad.  Las  fatigas  que  su  celo  le  oca- 
sionaba á  cada  paso  por  la  salud  eterna  de  las  almas; 
sus  muchas  penitencias,  ayunos  y  maceraciones  inau- 
ditas lo  debilitaron  de  tal  suerte,  que  no  pudo  sopor- 
tar la  fuerza  devoradora  de  una  fiebre  perniciosa  que 
después  le  sobrevino.  Recibidos  con  gran  devoción  los 
Santos  Sacramentos,  llegó  al  fin  de  su  carrera,  pasando 
á  vida  mejor  para  reunirse  á  Jesucristo. 

Falleció  también  por  aquel  tiempo,  en  Pangasinan, 
el  P.  Fr.  Francisco  Martínez,  vicario  de  Binalatongan, 
era  natural  de  Zacatecas  é  hijo  del  convento  de  Méjico. 
Se  distinguió  en  la  observancia  regular,  ajustando  en 
un  todo  sus  acciones  y  su  sistema  de  vida  á  las  consti- 
tuciones de  la  Orden  y  ordenaciones  primordiales  de 


—  ss^  - 

esta  Provincia  religiosa.  Mas  no  por  esto  dejaba  de 
trabajar  con  todos  sus  esfuerzos  en  la  salud  y  provecho 
de  las  almas.  Empleaba  la  mayor  parte  del  dia  en  el 
tribunal  de  la  penitencia  y  en  la  instrucción  de  los  in- 
dios que  le  estaban  encomendados,  y  de  noche  se  de- 
dicaba especialmente  al  estudio  de  su  idioma  con  aque- 
lla perfección  que  era  posible,  para  escribir  en  su  len- 
gua los  sermones  doctrinales  y  los  ejemplos  de  los  San- 
tos, que  eran  para  todos  de  mucha  utilidad  y  gran  pro- 
vecho. En  una  ocasión,  por  su  desgracia,  cayó  en  ma- 
nos de  unos  piratas  japones,  que,  como  gente  feroz  y 
sanguinaria,  lo  maltrataron  cruelmente,  y  lo  amenaza- 
ron de  muerte  varias  veces.  Mas  el  Señor  le  propor- 
cionó por  fin  la  libertad,  mediante  un  rescate  provi- 
dencial y  oportuno  que  le  facilitó  para  el  efecto.  Des- 
pués prosiguió  tranquilamente  en  sus  tareas  apostóli- 
cas, y  al  llegar  precisamente  en  sus  piadosos  escritos  á 
la  petición  del  Padre  nuestro,  venga  á  nos  el  tu  reino, 
le  asaltó  una  terrible  enfermedad,  de  que  murió  poco 
después,  recibidos  con  toda  la  devoción  de  un  alma 
pura  los  Santos  Sacramentos. 

8o.  Pasaron  también  á  mejor  vida,  en  la  ciudad  de 
Manila,  dos  venerables  religiosos  que  habian  merecido 
siempre  bien  de  la  religión  y  del  país.  Eran  éstos  el  pa- 
dre Fr.  Bartolomé  de  Nieva  y  Fr.  Pedro  Rodríguez. 
Aquél  habíase  ausentado  de  su  patria  siendo  todavía 
joven  y  del  estado  secular;  mas  obedeciendo  en  Méji- 
co á  los  impulsos  de  la  gracia,  que  lo  llamaba  á  la  Or- 
den con  una  voz  secreta  y  poderosa,  fué  recibido  a  la 
misma  en  el  convento  de  nuestro  P.  Santo  Domingo, 
que  él  visitaba  con  frecuencia  en  aquella  capital  ame- 


—  459  — 
ricana.  Allí  empezó  sus  estudios  desde  la  gramática  la- 
tina; cursó  después  filosofía,  y  pasó,  finalmente,  á  la  pro- 
vincia del  Santísimo  Rosario  con  la  misión  que  condu- 
ela el  P.  Fr.  Alonso  Delgado,  uno  de  los  primeros 
fundadores.  Su  avanzada  edad  no  le  permitió  aprender 
con  perfección  el  idioma  de  los  indios;  mas  no  por  eso 
estuvo  ocioso,  ni  dejó  de  ser  útil  operario  en  la  viña 
del  Señor,  donde  hay  trabajo  para  todos  cuando  arde 
en  el  alma  el  celo  santo  por  la  gloria  del  Señor.  Desti- 
nado en  un  principio  al  ministerio  de  los  chinos,  cuan- 
do aun  no  se  habia  trasladado  á  Binondo,  su  parroquia, 
atraía  con  caridad  los  paganos  de  la  fe,  y  aliviaba  con 
su  celo  al  vicario  de  la  casa  en  aquella  administración 
harto  penosa.  Desde  allí  acudía  con  frecuencia  á  la  igle- 
sia de  Manila,  cuyo  pulpito  y  confesonario  frecuenta- 
ba con  buen  éxito,  conduciendo  a  muchas  almas  por 
las  sendas  misteriosas  de  la  perfección  cristiana.  Cele- 
braba el  santo  sacrificio  de  la  misa  con  gran  recogi- 
miento y  devoción,  y  era  tan  exacto  en  la  oración,  á 
la  que  dedicaba  muchas  horas,  que  por  nada  ni  por 
nadie  la  omitía,  como  no  fuese  en  beneficio  de  las  al- 
mas. Era  muy  mortificado  y  penitente;  ayunaba  y  cas- 
tigaba su  cuerpo  debilitado  con  disciplinas  y  cilicios ,  y 
no  salía  del  convento  sino  para  el  servicio  de  Dios  ó 
de  sus  prójimos.  Sus  enfermedades  eran  continuas  y 
penosas;  y  sin  embargo,  era  el  primero  en  celebrar  el 
santo  sacrificio  de  la  misa,  en  la  asistencia  del  coro  y 
en  el  cumplimiento  exacto  de  los  demás  deberes  reli- 
giosos. Ocupado  habítualmente  en  estos  santos  ejerci- 
cios, se  le  agravaron  sus  achaques  al  extremo  de  pos- 
trarlo para  siempre  en  el  lecho  del  dolor,  para  no  salir 


—  ^6o  — 

de  él  sino  para  la  eternidad,  que  era  su  dicha.  Treinta 
dias  estuvo  padeciendo  en  la  postura  más  aflictiva  y 
trabajosa;  y  entonces,  cuando  no  le  era  ya  posible  le- 
vantarse de  su  lecho  para  ir  á  coro  á  todas  horas,  re- 
zaba en  la  cama  sus  maitines  á  las  doce  de  la  noche, 
como  lo  practica  el  coro  y  la  comunidad  en  el  con- 
vento, según  la  ley  de  la  Provincia.  Así  perseveró  aquel 
varón  fuerte  hasta  el  fin  de  su  carrera;  de  suerte  que 
en  la  última  noche  de  su  vida  rezaba  en  la  misma  hora 
el  oficio  parvo  de  la  Virgen,  pasando  á  ofrecerla,  final- 
mente, sus  obsequios  filiales  en  el  reino  de  los  cielos. 
El  religioso  Fr.  Pedro  Rodriguez  fué  uno  de  los 
primeros  fundadores  de  esta  provincia  religiosa.  Ayudó 
desde  un  principio  al  Vicario  general  en  la  construc- 
ción del  convento  de  Manila,  y  cuando  se  hubo  fun- 
dado el  hospital  para  el  cuidado  de  los  chinos,  á  él  se 
debió  principalmente  el  buen  resultado  de  esta  empre- 
sa; pues,  ocupados  los  demás  en  el  ministerio  de  las 
almas,  él  cuidaba  con  amor  de  los  pobres  enfermos  y 
apestosos,  los  consolaba  en  sus  males,  recogia  limosnas 
y  socorros  para  sus  necesidades,  y  no  perdonaba  di- 
ligencias para  dar  impulso  y  desarrollo  á  un  estableci- 
miento tan  benéfico.  Tres  veces  se  reedificó  aquella 
fábrica  durante  el  curso  de  sus  dias,  y  en  la  última  fué 
trasladado  el  hospital  á  la  isla  de  Binondo,  en  donde 
fueron  mayores  sus  cuidados,  por  haberse  aumentado 
con  este  motivo  los  enfermos.  Su  caridad  no  se  limita- 
ba á  procurarles  la  sola  salud  del  cuerpo;  pues  su  ma- 
yor solicitud  se  dirigia  á  facilitarles  la  salvación  eterna 
de  sus  almas,  y  muy  particularmente  cuando  la  en- 
fermedad se  iba  agravando,  y  reclamaban  más  cuidado 


-  ;6i  - 

las  almas  y  los  cuerpos  juntamente.  Por  esto  era  muy 
raro  el  enfermo  que  moria  sin  el  santo  sacramento  del 
Bautismo.  Desde  el  año  de  1590  hasta  el  de  i  609,  que 
tuvo  a  su  cargo  el  hospital,  fueron  bautizados  más  de 
dos  mil  y  seiscientos  chinos  en  la  hora  de  la  muerte, 
con  otros  muchos,  ademas,  que  después  de  bautizados 
recuperaban  la  salud,  como  él  mismo  lo  atestiguó  en 
un  escrito  que  aun  existe  en  el  archivo  general  de  la 
Provincia,  firmado  de  su  mano  poco  antes  de  entregar 
su  alma  á  Dios. 

Sus  modales  religiosos  eran  tan  edificantes ,  que  ins- 
piraban el  mayor  respeto  hasta  á  las  personas  distingui- 
das. El  gobernador  D.  Juan  de  Silva,  poco  después  de 
haber  llegado  á  Manila,  quiso  visitar  el  hospital,  y  al 
ver  delante  de  sus  ojos  á  tan  venerable  religioso,  noti- 
cioso ya  de  sus  virtudes ,  le  besó  la  mano  con  el  mayor 
respeto  y  reverencia,  y  le  ofreció  todo  el  favor  que  po- 
día dispensarle  en  beneficio  de  la  casa.  Mas,  se  aproxi- 
maba finalmente  este  hombre  justo  al  término  feliz  de 
su  carrera.  Enfermó,  pues,  de  gravedad,  y  conociendo 
que  su  hora  era  llegada,  se  dispuso  para  ir  á  Jesucristo, 
cuyo  reino  se  acercaba  para  aquel  varón  glorioso.  En 
esta  dulce  confianza  recibió  los  últimos  auxilios  de  la 
religión  y  de  la  Iglesia,  entregando  su  alma  al  Criador 
en  la  casa  de  Binondo. 

De  todos  estos  venerables  religiosos  se  hizo  mención 
especial  en  el  Capítulo  intermedio  que  celebró  la  Pro- 
vincia en  8  de  Mayo  de  1610;  y  hablando  en  particu- 
lar del  último  que  se  cita,  se  expresaron  los  padres  ca- 
pitulares en  los  términos  siguientes:  «En  la  doctrina 
de  Binondo  murió  Fr.  Pedro  Rodríguez,  de  la  obe- 

TOMO    I.  36. 


—    ^62   — 

diencia,  uno  de  los  primeros  religiosos  que  vinieron 
para  fundar  esta  Provincia,  y  muy  benemérito  del  hos- 
pital de  San  Gabriel  de  los  chinos,  el  cual  habiendo 
sido  destruido,  lo  reedificó  tres  veces,  y  hasta  el  fin 
de  su  vida  trató  caritativamente  á  los  infieles  enfermos, 
los  curó  y  favoreció,  y  sabemos  positivamente  que  con 
su  diligencia,  celo  y  buen  ejemplo,  muchos  de  ellos 
fueron  convertidos  á  la  fe.» 

8 1.  En  este  Capítulo  provincial  se  aceptaron  las  ac- 
tas de  los  generales  celebrados  en  Roma  y  Valladolid 
en  1 6o I  y  1605,  con  ciertas  explicaciones  que  se  die- 
ron acerca  de  algunas  disposiciones  especiales,  de  las 
cuales  se  suplicó  en  sentido  reverente,  según  los  privi- 
legios primitivos  de  esta  Provincia  religiosa,  por  no  ser 
aquí  posible  su  rigorosa  observancia.  En  el  mismo  se 
aceptaron  como  vicarías  de  la  Orden  las  casas  de  Tu- 
guegarao  (á  la  cual  se  agregó  como  visita  la  de  Iguig), 
de  Manaoag  y  de  Fotol,  con  las  de  Meaco  y  Nanga- 
saqui,  en  el  imperio  del  Japón.  Después  se  acordaron 
algunas  disposiciones  relativas  á  la  administración  de 
los  Santos  Sacramentos  a  los  indios,  con  el  fin  de  con- 
servar la  uniformidad  posible  entre  todos  los  religiosos 
de  la  Orden  encargados  de  la  administración  espiri- 
tual en  las  provincias. 

La  erección  de  las  dos  casas  que  se  aceptaron  en  el 
imperio  del  Japón,  la  una  en  la  misma  corte,  y  la  otra 
en  el  puerto  principal  de  aquel  imperio,  nos  descubre 
los  progresos  religiosos  que  hacian  nuestros  misioneros 
en  aquellas  regiones  apartadas.  Es  verdad  que  el  Tono 
de  Satzuma,  al  ver  que  no  llenaban  sus  miras  codiciosas, 
trataba  ya  de  expelerlos  de  su  reino;  mas  entre  tanto  el 


—  S^3  — 
Señor  les  abrió  la  puerta  de  otro  campo  más  espacioso 
todavía,  adonde  podrían  libremente  llevar  con  su  apos- 
tolado la  esplendorosa  luz  del  Evangelio.  Este  era  el  rei- 
no de  Figen,  uno  de  los  más  ricos  y  poblados  del  Japón , 
cuyos  habitantes  apenas  hablan  oido  todavía  la  palabra 
de  Dios  en  su  país.  Nuestros  religiosos,  pues,  deseaban 
fundar  en  él  una  misión ,  lo  que  no  era  fácil  conseguir 
por  los  medios  ordinarios,  por  ser  su  Tono  muy  adicto 
al  abominable  culto  de  los  ídolos.  Mas  al  fin  vieron 
cumplidos  sus  deseos  en  el  año  de  1606,  con  motivo 
de  un  suceso  que  en  manera  alguna  podian  prever  los 
misioneros. 

Habiendo  ido,  con  efecto,  el  P.  Fr.  Alonso  de  Mena 
á  Nangasaqui  para  asuntos  relativos  á  la  misión  domi- 
nicana, tuvo  noticia  que  habia  arribado  á  Fucafori,  en 
dicho  reino  de  Figen,  un  capitán  español  con  un  bu- 
que mercante  de  Manila.  Este  honrado  español,  que 
se  llamaba  Francisco  Moreno  Donoso ,  era  muy  afecto 
á  los  PP.  misioneros,  muy  conocido  ademas  de  nues- 
tros religiosos  de  Manila,  y  bienhechor  especial  de 
nuestra  Orden;  lo  que  no  ignorando  el  P.  Mena,  se 
hizo  un  deber  de  visitarle  y  de  ofrecerle  sus  servicios; 
atención  que  él  debia  apreciar  por  mucho  en  aquellas 
circunstancias,  hallándose  en  un  país  cuyo  idioma  ig- 
noraba totalmente.  Donoso  habia  salido  de  Manila  con 
algunos  PP.  Franciscanos  para  uno  de  los  puertos  del 
Kuanto;  mas  un  incidente  providencial  é  inesperado 
le  obligó  á  tocar  en  Fucafori,  como  vamos  á  referir 
sucintamente. 

82.  Habia  salido  de  Manila  el  dia  22  de  Julio,  y  el 
viaje  habia  sido  feliz  hasta  el  20  de  Agosto,  en  que  le 


—  564  — 

asalto  una  tempestad  amenazadora  y  espantable,  que 
desarboló  completamente  su  bajel.  Sin  velas  y  sin  los 
mástiles,  y  rota  la  caña  del  timón,  ya  no  quedaba  otra 
esperanza  á  los  afligidos  navegantes  que  la  de  Dios  y 
de  María.  Acudieron,  en  efecto,  á  la  oración,  y  parece 
que  el  Señor  tenía  reservada  en  sus  consejos  la  gloria 
de  librarlos  del  naufragio  a  su  Madre  clementísima 
bajo  la  dulce  advocación  del  Santísimo  Rosario.  Por  eso 
que  la  tormenta,  á  pesar  de  sus  plegarias,  iba  en  progre- 
sión creciente,  y  todos  estaban  ya  en  la  firme  persua- 
sión de  que  era  inevitable  su  naufragio.  Sin  embargo,  el 
dia  de  San  Bartolomé,  lleno  el  capitán  Donoso  de  una 
secreta  confianza,  preguntó  por  el  patrón  de  la  iglesia 
del  Kuanto,  y  habiendo  averiguado,  por  su  dicha,  que 
era  Nuestra  Señora  del  Rosario,  la  invocó  de  todo  co- 
razón en  aquel  trance,  y  la  ofreció  para  su  culto  dos 
lámparas  de  plata  de  ciento  y  cincuenta  pesos  de  valor 
cada  una,  realzando  con  su  piedad  aquella  ofrenda.  No 
tardó,  con  efecto,  mucho  tiempo  en  ser  oido;  pues  si 
bien  siguió  la  tormenta  todavía,  al  picar  el  palo  mayor 
bajo  el  amparo  y  en  nombre  de  la  Virgen  del  Rosario, 
cesó  casi  de  repente  aquel  peligro;  pues  replegando  la 
tempestad  sus  negras  alas,  la  mar  contuvo  sus  iras,  y 
sobreviniendo  en  seguida  la  bonanza,  un  viento  fresco 
y  favorable  los  condujo  desde  luego  al  puerto  de  Nan- 
gasaqui.  Donoso,  que  conocia  el  carácter  de  los  portu- 
gueses, y  los  inconvenientes  que  pudiera  ofrecerle  una 
arribada  en  aquel  punto,  pasó  de  largo  aquellas  aguas, 
y  aportó  en  Fucafori  para  componer  sus  averías.  Con 
este  motivo  la  presencia  del  P.  Mena  le  fué  de  utilidad 
y  gran  consuelo  en  aquellas  desgraciadas  circunstancias. 


-  565  - 

Sabida  por  el  Tono  su  llegada,  ordenó  inmediata- 
mente á  Nichizayemon ,  gobernador  de  aquel  distrito, 
que  fuese  personalmente  á  visitarle,  y  le  prestase  á  la 
vez  todos  los  auxilios  necesarios.  En  esta  ocasión  se 
dio  a  conocer  el  P.  Mena  á  este  gobernador,  el  cual 
quedó  muy  prendado  y  satisfecho  de  su  trato  cariñoso, 
y  le  manifestó  que  sería  de  su  gusto  de  que  lo  visitase 
en  su  fortaleza  con  frecuencia.  Informado  de  las  ver- 
dades de  nuestra  santa  religión,  hablaba  de  ella  con 
respeto,  asegurando  al  P.  misionero  que  cuanto  ense- 
ñaban las  sectas  del  país  era,  en  su  comparación,  verda- 
dera locura  y  necedad.  Desde  entonces  se  mostró  muy 
inclinado  á  recibir  el  santo  sacramento  del  Bautismo; 
más  no  llegó  á  realizar  aquellos  votos,  temeroso  de 
caer  en  desgracia  de  su  Tono,  en  cuyos  dominios  es- 
taba en  todo  su  vigor  la  ley  de  Taycosama,  que  pro- 
hibía á  los  nobles,  bajo  pena  de  la  vida,  profesar  la  ley 
de  Jesucristo.  ¡Juicios  y  consejos  formidables  del  Altí- 
simo! ¡Conocía  la  verdad,  y  se  adhirió  por  temor  á  la 
mentira!  Queria,  no  obstante,  y  deseaba,  que  el  padre 
Mena  se  quedase  en  su  distrito,  en  donde  podria  des- 
empeñar su  ministerio  libremente.  Por  entonces  no 
creyó  oportuno  el  P.  misionero  aceptar  los  ofrecimien- 
tos de  este  gobernador;  pero  se  aprovechó  de  su  afecto 
y  valimiento  para  dar  principio  á  la  predicación  del 
Evangelio  en  la  misma  corte  de  Figen. 

83.  El  P.  Alonso  prosiguió  desde  allí  su  viaje  a  la 
ciudad  de  Nangasaqui,  y  el  Gobernador  de  Fucafori 
debia  presentarse  entre  tanto  á  la  corte  de  su  Tono. 
Como  aquél  le  habia  manifestado  que  deseaba  fundar 
una  misión  en  aquel  reino  con  los  requisitos  necesarios. 


—  566  — 

le  encargó  el  caballero  que  á  su  vuelta  se  le  hiciese  en- 
contradizo en  la  misma  corte,  en  donde  esperaba  fa- 
vorecer sus  pretensiones.  Hízolo  así  el  P.  Mena;  mas 
la  primera  entrevista   no  fué  favorable  á  sus  deseos, 
porque  el  caballero  halló  de  mal  humor  al  Tono,  y  no 
creyó  conveniente  hablarle  de  un  asunto  que  presumia 
no  le  sería  grato  en  aquel  caso,  é  insistió  en  que  podría 
predicar  el  Evangelio  en  su  distrito.  Nada  parecia  más 
opuesto  á  los  deseos  del  P.  misionero,  que  la  mala  dis- 
posición del  Tono  de  Figen;  pues,  atendido  su  carác- 
ter, ni  aun  en  el  distrito  de  Nichizayemon  le  sería  fá- 
cil el  fundar  con  seguridad  una  iglesia,  ni  establecer 
allí  su  apostolado.  Pero  Dios,  en  cuyas  manos  están 
los  corazones  de  los  reyes,  dispuso  las  cosas  de  tal 
suerte,  que  todo  salió  postreramente  á  medida  de  su  vo- 
luntad y  sus  deseos.  Por  la  noche  de  aquel  mismo  dia, 
el  Gobernador  de  Fucafori,  en  una  conversación  que 
tuvo  con  el  Tono,  le  habló  en  favor  del  P.  Mena;  le 
aseguró  que  era  un  hombre  extraordinario,  lleno  de 
santidad  y  de  virtudes,  y  de  un  trato  dulce  y  agrada- 
ble, que  cautivaba  al  instante  los  corazones  bien  naci- 
dos. Estas  alabanzas  justas,  y  la  noticia  simultánea  de 
que  hablaba  perfectamente  el  idioma  del  país,  excita- 
ron la  curiosidad  del  Tono,  y  lo  interesaron   por  el 
P.  misionero,  aun  antes  de  conocerle  ni  tratarle.  Al 
dia  siguiente  de  estos  hechos  recibía  el  P.  misionero 
un  aviso  de  atención,  poniendo  en  su  conocimiento 
que  el  Tono  deseaba  conocerle  y  recibirle  en  su  pa- 
lacio. 

Coincidió  la  llegada  del  P.  Mena  á  la  corte  de  Fi- 
gen con  la  del  capitán  Donoso,  que  también  deseaba 


—  5^7  — 
visitar  al  Tono,  á  quien  traia  algunas  cosas  de  regalo 
para  ganarle  el  afecto;  cuya  circunstancia  fué  también 
muy  favorable  á  las  pretensiones  y  designios  del  padre 
misionero.  Pasaron  entrambos  a  palacio  para  sus  fines 
respectivos,  y  Donoso  entregó  al  Tono  sus  presentes, 
que  recibió  con  demostraciones  expresivas  de  gratitud 
y  de  afecto.  Cuando  el  Tono  hubo  de  corresponder, 
según  usanzas,  con  algunos  obsequios  de  su  parte.  Do- 
noso se  contentó  con  recibir  una  catana  que  aquél  se 
habia  quitado  de  su  cinta;  y  aun  le  dijo  con  finura 
que  se  quedaba  con  aquella  prenda  de  su  estima,  por 
ser  cosa  de  su  Alteza;  pero  añadió  que  se  reservaba 
pedirle  una  gracia  de  otro  orden,  que,  si  tenía  el  gusto 
de  lograrla,  se  tendría  por  bien  recompensado.  Llevaba 
Donoso  un  hermoso  sombrero,  engalanado  con  cintas 
y  plumas  muy  vistosas,  que  llamó  la  atención  del  Tono, 
el  cual  quiso  tener  el  gusto  de  ponérselo.  Los  señores 
que  lo  acompañaban  lo  aplaudieron  altamente,  dicién- 
dole  que  sentaba  muy  bien  á  su  persona.  Satisfecha  su 
curiosidad,  lo  iba  á  devolver  al  capitán;  mas  éste  re- 
husó admitirlo,  diciendo  que  se  lo  cedia  muy  gustoso. 
A  este  rasgo  de  generosidad  añadió  una  preciosa  espa- 
da y  la  daga  que  traia,  con  lo  cual  dejó  al  Tono  tan 
contento  que  le  dijo  podia  pedir  lo  que  gustase,  pues 
estaba  dispuesto  á  concedérselo.  El  piadoso  capitán, 
más  amante  de  la  gloria  de  Dios  que  de  sus  conve- 
niencias temporales,  se  limitó  á  suplicarle  que  se  sir- 
viese conceder  á  los  padres  de  nuestra  Orden  su  per- 
miso para  predicar  y  propagar  la  religión  de  Jesucristo 
en  sus  estados.  Su  contestación  no  fué  tan  favorable 
como  era  de  esperar;  pues  le  dijo  que,  si  bien  le  otor- 


—  568  — 

gaba  desde  luego  la  merced  que  deseaba,  no  quería  se 
edificasen  iglesias  en  la  corte  contra  la  voluntad  del 
bonzo  Gaco,  con  quien  solia  consultar  frecuentemente 
los  asuntos  de  gravedad  y  trascendencia. 

84.  Esta  segunda  condición  disgustó  en  gran  manera 
al  P.  Mena;  porque  temia  que  Gaco  no  habia  de  con- 
sentir se  pertnitiese  la  predicación  del  Evangelio,  tan 
contrario  á  las  doctrinas  que  su  secta  enseñaba  á  sus 
prosélitos.  Era  el  bonzo  natural  del  reino  de  Figen; 
habia  estudiado  en  el  Kuanto,  y  habiéndose  distingui- 
do en  su  carrera  sobre  sus  contemporáneos,  mereció  el 
afecto  del  mismo  Dayfusama,  quien  lo  tenía  siempre 
á  su  lado,  oyendo  sus  consejos  y  dictámenes  con  el 
mayor  respeto  y  deferencia.  A  la  sazón  habia  venido  á 
su  patria  para  visitar  á  sus  parientes,  y  creyó  el  Tono 
en  su  caso  que,  hallándose  presente  dicho  bonzo,  debia 
contar  con  su  anuencia  para  conceder  la  libre  predica- 
ción del  Evangelio.  Al  efecto  le  envió  su  propio  secre- 
tario, por  medio  del  cual  le  manifestó  sus  intenciones, 
y  las  circunstancias  que  hablan  mediado  para  hacerle 
la  propuesta.  Le  alabó  las  cualidades  del  P.  misionero, 
ensalzó  su  gran  modestia  y  su  desinterés  reconocido,  y 
le  dio  á  entender  muy  claramente  que  tendría  mucho 
gusto  en  conceder  la  merced  que  le  pedian,  para  lo 
cual  contaba  con  su  asentimiento  en  aquel  caso.  Gaco, 
ora  fuese  por  condescender  con  los  deseos  del  Tono, 
ora  movido  tal  vez  por  una  virtud  secreta,  de  la  cual 
no  podia  aún  darse  cuenta,  le  contestó  desde  luego  que, 
siendo  el  misionero  un  varón  justo,  tal  como  se  lo  ha- 
bia pintado  el  secretario,  bien  podia  concederle  sin 
peligro  el  permiso  que  pedia.  Con  esta  respuesta  favo- 


—  569  — 

rabie  quedó  el  negocio  terminado;  pues  el  Tono  dio 
al  P.  Mena  la  licencia  deseada  para  extender  y  propa- 
gar la  religión  de  Jesucristo  en  el  reino  de  Figen ,  y 
éste  se  apresuró  á  dar  principio  á  su  misión  fervorosa, 
anunciando  en  todas  partes  la  nueva  del  Evangelio. 

85.  La  primera  iglesia  de  Figen  se  fundó  en  La- 
mamachi,  bajo  la  invocación  de  Nuestra  Señora  del 
Rosario,  en  contemplación  á  los  deseos  del  capitán 
Donoso,  que  habia  sido  el  instrumento  principal  de 
una  concesión  tan  favorable.  Luego  se  levantó  otra  en 
Caxima,  dedicada  á  San  Vicente  Ferrer,  y  posterior- 
mente otra  en  Sanga,  corte  de  aquel  mismo  reino, 
cuyo  permiso  se  habia  denegado  en  un  principio.  Otras 
muchas  iglesias  se  hubieran  podido  levantar,  si  no  fal- 
taran ministros  evangélicos  para  tenerlas  bien  servidas; 
pero  los  pocos  que  habia  gozaron  de  la  más  completa 
libertad  por  largo  tiempo,  y  el  mismo  Tono  era  su 
bienhechor  especial  en  aquel  reino.  De  esta  suerte  se 
comprende  que  nuestros  misioneros  pudieran  formar 
una  cristiandad  floreciente  en  sus  estados,  cuando  an- 
tes apenas  era  conocido  el  nombre  del  Señor  de  aque- 
llas gentes. 

86.  Una  de  las  muchas  conversiones  que  obró  el 
Señor  en  este  reino  por  el  ministerio  santo  del  célebre 
P.  Mena,  fué  la  de  un  gentil,  muy  rico  de  bienes  de 
fortuna;  pero  que  sentia  profundamente  la  necesidad 
de  un  bien  absoluto  y  soberano,  superior  á  todos  los 
bienes  de  la  tierra.  Guiado  por  esta  idea,  se  habia  con- 
sagrado mucho  tiempo  al  estudio  de  las  sectas  cono- 
cidas del  país;  pero  ninguna  podia  satisfacer  á  sus  de- 
seos, ni  calmaba  la  inquietud  que  atormentaba  su  alma. 


—  570  — 

También  había  examinado  la  doctrina  de  nuestra  san- 
ta religión;  pero  como  los  japones,  con  quienes  habia 
consultado  en  aquel  caso,  no  tenian  la  instrucción  sufi- 
ciente para  desatar  sus  argumentos,  se  quedaba  en  su 
infidelidad  y  en  sus  zozobras.  El  P.  Mena  tuvo  noticia, 
por  fin,  de  las  diligencias  que  este  gentil  habia  practi- 
cado tanto  tiempo  para  buscar  la  verdad;  y  persuadido 
de  la  buena  fe  que  le  guiaba  en  su  constante  inquisi- 
ción, se  le  hizo  en  una  ocasión  encontradizo,  y  le  ha- 
bló seriamente  del  asunto  que  tan  inquieto  y  pertur- 
bado le  traia.  Le  demostró  palmariamente,  en  sus  lar- 
gas conferencias,  que  no  hallarla  la  salud  eterna  de  su 
alma  en  ninguna  de  las  sectas  conocidas,  y  que  sólo 
podria  proporcionarle  esta  dicha  deseada  la  religión  de 
Jesucristo,  única  y  verdadera  revelación  del  Criador, 
que  encierra  en  su  seno  los  destinos  y  la  felicidad  de 
los  mortales.  En  cuanto  al  primer  aserto,  no  tenía  cosa 
alguna  que  oponer,  porque  ya  estaba  convencido  por 
sí  mismo  de  que  las  sectas  del  Japón  eran  una  mentira 
y  una  farsa,  insuficientes,  por  tanto,  para  dirigirle  en  los 
caminos  de  la  verdad  y  del  bien.  Mas  en  cuanto  al  otro 
punto  opuso  sus  dificultades,  que  el  celoso  é  ilustra- 
do P.  Mena  resolvió  perfectamente,  dejándole  tan  con- 
vencido y  satisfecho,  que  abriendo  el  gentil  los  ojos 
á  la  luz  de  la  verdad,  abandonó  para  siempre  la  idola- 
tría nefanda  y  entró  en  la  iglesia  de  Dios  por  el  Jor- 
dán sagrado  del  Bautismo.  Su  fe  era  tan  sincera,  que 
probada  después  por  algún  tiempo  con  el  fuego  de  la 
persecución  y  los  trabajos,  lo  convirtió  en  un  caudillo 
valeroso  de  los  cristianos  de  Figen,  á  muchos  de  los 
cuales  hizo  triunfar  en  la  lucha  con  las  potestades  del 


—  571  — 
abismo,  enseñándoles  á  pelear  varonilmente  las  batallas 
del  Señor  con  la  fuerza  poderosa  de  su  palabra  y  de 
su  ejemplo. 

87.  Poco  después  de  haber  obtenido  nuestros  reli- 
giosos el  permiso  para  predicar  la  religión  de  Jesucristo 
en  el  reino  de  Figen,  fueron  expelidos  de  Satzumapor 
el  mismo  Tono  de  aquel  reino,  que  los  habia  llamado 
anteriormente.  Su  designio  al  invitarles  no  habia  sido 
ciertamente  el  celo  por  el  bien  espiritual  de  sus  vasa- 
llos, sino  el  interés  y  la  codicia;  pues  creia  que  por  su 
medio  el  comercio  de  Manila  se  hubiera  dirigido   á 
sus  mercados.  Mas  al  ver  que  después  de  tanto  tiempo 
los  PP.  misioneros  de  la  Orden  sólo  trataban  de  la  pre- 
dicación del  Evangelio,  y  no  se  ocupaban  para  nada 
en  sus  intereses  temporales,  se  convenció,  finalmente, 
que  nada  adelantarla  por  esta  parte  con  retenerlos  y 
protegerlos  en  su  reino.  Este  manifiesto  desengaño  de 
sus  miras  codiciosas,  su  celo  por  las  sectas  de  los  dio- 
ses del  país,  y  las  instancias  de  los  bonzos  que  le  habla- 
ban sin  rebozo  contra  nuestros  misioneros,  fueron  el 
origen  verdadero  de  la  conducta  desleal  é  inconsecuente 
de  aquel  Tono  despreciable. 

Sin  embargo  de  todo  esto,  no  quiso  por  de  pronto 
declararse  abiertamente  contra  ellos;  si  bien  creyó  que 
podria  llevar  á  cabo  su  perfidia ,  quedando  en  buen  lu- 
gar en  todo  caso,  por  medio  de  una  estratagema  que 
abortó  por  dicha  nuestra.  Resuelto,  pues,  á  expeler  á 
los  religiosos  de  su  reino,  los  llamó  á  su  presencia,  y  les 
dijo  brevemente :  que  el  Regente  le  habia  dirigido  una 
queja  contra  ellos  porque  no  se  le  habian  presentado  to- 
davía, como  cumplia  á  su  deber,  y  que  por  consiguiente 


—  572  — 
era  preciso  que  cumplieran  cuanto  antes  esta  indis- 
pensable diligencia.  Ya  el  P.  Fr.  Alonso  Mena  habia 
cumplido,  en  esta  parte,  con  el  Regente  del  imperio,  y 
los  demás  religiosos  podian  igualmente  desmentirle;  maS 
con  esto  sólo  hubieran  conseguido  exasperarlo,  y  cre- 
yeron más  oportuno  contestarle  que  no  tenian  incon- 
veniente en  subsanar  esta  falta,  conforme  á  su  indica- 
ción y  á  sus  deseos.  No  esperaba  el  Tono  ciertamente 
esta  respuesta  y  vistos  frustrados  sus  intentos,  trató  de 
imposibilitar  aquello  mismo  que  dijo  era  indispensable; 
pues  les  dijo  que  para  presentarse  todos  ellos  al  Re- 
gente, debian  prepararle,  ante  todas  cosas,  un  regalo, 
según  la  costumbre  del  imperio,  y  que  de  tan  digno 
obsequio  él  mismo  les  daria  la  minuta.  Entrególes,  en 
efecto,  una  lista  de  algunas  cosas  preciosas,  cuyo  valor 
fabuloso  no  podia  soportar  su  conocida  pobreza.  No  se 
negaron  abiertamente  nuestros  religiosos  á  la  manifes- 
tación disimulada  de  su  perverso  designio;  mas  le  di- 
jeron que,  si  bien  les  era  imposible  presentarse  al  Re- 
gente del  imperio  con  el  regalo  precioso  que  él  les  ha- 
bia designado,  procurarian,  no  obstante,  en  Nangasa- 
qui,  que  los  españoles,  sus  paisanos,  les  ayudasen  al 
efecto,  para  no  faltar  á  su  deber  en  aquel  punto.  El 
Tono  se  conformó,  al  parecer,  con  su  contestación  y  su 
promesa,  y  los  PP.  misioneros  resolvieron  desde  luego 
que  el  P.  Fr.  Francisco  de  Morales,  como  superior  de 
la  misión,  se  presentase  en  nombre  de  todos  al  Re- 
gente. En  orden  al  regalo  sobredicho,  no  todos  los  re- 
ligiosos eran  de  un  mismo  parecer :  algunos  opinaban 
que  sin  este  requisito  no  tendria  aquella  visita  un  re- 
sultado favorable,  y  aun  dudaban  de  la  posibilidad  de 


—  573  — 
conseguir  la  entrada  en  palacio  en  aquel  caso  sin  algún 
obsequio  de  valor.  Otros  decian,  por  el  contrario,  que 
supuesto  no  podian,  como  pobres,  presentar  un  regalo 
muy  costoso ,  sería  tal  vez  más  conveniente  el  omitirlo. 
Se  adoptó,  por  fin,  la  opinión  de  los  segundos,  y  el  pa- 
dre Morales  se  puso  en  camino  para  Meaco,  ponién- 
dose enteramente  en  las  manos  amorosas  de  la  divina 
Providencia.  Su  primera  diligencia,  á  su  llegada,  fué 
encomendar  el  negocio  á  su  buen  Dios,  del  cual  no  fué 
desatendido  en  tal  extremo,  pues  logró  visitar  al  Re- 
gente sin  presentes ,  aseguró  ademas  la  permanencia  de 
sus  religiosos  en  Japón,  y  obtuvo  por  escrito  un  per- 
miso terminante  para  residir  en  Nangasaqui,  que  era 
lo  que  él  deseaba,  por  ser  esta  gran  ciudad  uno  de  los 
puntos  más  seguros  y  como  el  verdadero  emporio  de  los 
comerciantes  europeos.  De  esta  suerte  el  Tono  de  Sat- 
zuma,  que  se  habia  propuesto,  en  su  falsía,  tender  un 
lazo  engañoso  á  los  pobres  misioneros,  quedó  burlado 
en  sus  designios;  mas  no  por  esto  desistió  de  llevar  á 
cabo  su  proyecto  de  expeler  de  sus  estados  á  nuestros 
buenos  religiosos.  Noticioso,  sin  duda,  del  buen  éxito 
que  habia  tenido  la  visita  del  P.  Morales  al  Regente, 
sin  aguardar  siquiera  su  regreso,  expidió  un  decreto 
draconiano  contra  todos  los  PP.  misioneros,  desterrán- 
dolos á  todos  de  su  reino,  é  incluyendo  en  esta  pros- 
cripción á  los  cristianos  sus  vasallos.  Ordenó  también 
al  mismo  tiempo  que  fuesen  derribados  desde  luego 
todos  los  templos  cristianos  que  se  habian  levantado  en 
sus  estados,  lo  que  se  llevó  á  efecto  sin  demora  en  to- 
dos los  extremos  del  decreto. 

¿Cuál  sería  h.  sorpresa  del  P.  Fr.  Francisco  de  Mo- 


—  574  — 
rales  al  regresar  tan  alegre  y  contento  de  la  corte,  y 
hallarse  con  la  novedad  de  aquella  ley,  que  destruía  su 
misión  de  un  solo  golpe,  á  pesar  de  las  garantías  que 
habia  recabado  del  Regente?  Prisiones,  destierros,  cas- 
tigos y  toda  suerte  de  violencias  estaban  tolerando  á  la 
sazón  aquellos  buenos  cristianos,  sin  otra  causa  para 
ello  que  haber  abrazado  una  religión  autorizada  y  pro- 
tegida por  las  autoridades  del  imperio.  La  principal 
iglesia  fué  destruida  por  los  mismos  cristianos  de  Fi- 
gen ,  con  el  fin  de  que  no  fuese  profanada  por  los  ene- 
migos de  la  fe,  y  de  poder  conservar  las  piezas  de  ma- 
dera de  que  estaba  construida,  las  que  fueron  traslada- 
das en  seguida  á  Nangasaqui.  Muchos  fieles  fervorosos 
acompañaron  á  los  PP.  misioneros  en  su  proscripción 
á  todas  partes,  y  no  faltaban  entre  ellos  personas  ricas 
y  opulentas  que  prefirieron  el  padecer  por  Jesucristo, 
á  los  bienes  de  fortuna,  de  la  familia  y  de  la  patria. 
Todos  los  tesoros  que  nuestros  religiosos  sacaron  de 
Satzuma  consistieron  en  las  maderas  de  la  iglesia,  en 
algunos  lazarientos  que  se  llevaron  consigo  para  man- 
tenerlos y  asistirlos  en  su  asquerosa  enfermedad,  y  en 
el  cuerpo,  finalmente,  del  venerable  León,  cuyo  mar- 
tirio glorioso  queda  ya  referido  en  su  lugar. 

Los  PP.  Fr.  Jacinto  Orfanell  y  Fr.  José  de  San  Ja- 
cinto, que  á  la  sazón  estaban  trabajando  con  gran  celo 
en  los  estados  de  Satzuma,  fueron  enviados  finalmente, 
el  primero  al  reino  de  Figen,  y  el  segundo  á  la  corte 
de  Meaco,  en  donde  edificó  una  iglesia  con  el  título 
de  Ntra.  Sra.  del  Rosario.  Preciso  era  que  el  P.  Fr.  José 
visitase  á  su  llegada  á  Dayfusama  y  tuvo  el  gusto  de 
tratar,  con  tal  motivo,  al  famoso  Masamune,  Tono  del 


—  575  — 
reino  de  Voxu,  que  entonces  se  hallaba  en  la  corte 
casualmente.  Este  príncipe  leal  y  bien  nacido  deseaba 
que  nuestro  misionero  fuese  á  predicar  la  religión  de 
Jesucristo  en  sus  estados,  á  cuyo  fin  le  ofi-eció  su  pro- 
tección y  sus  tierras  para  levantar  iglesia  en  sus  domi- 
nios ;  mas  la  escasez  de  operarios  que  la  misión  de  la 
Orden  padecía,  no  permitió  se  realizasen  sus  deseos,  y 
el  P.  José  se  vio  precisado  á  quedarse  por  entonces  en 
Meaco.  Entre  tanto  el  P.  Fr.  Francisco  de  Morales  se 
estaba  ocupando  en  edificar  una  iglesia  en  Nangasa- 
qui,  bajo  la  misma  advocación  de  Ntra.  Sra.  del  Ro- 
sario ,  con  los  materiales  de  la  que  habia  sido  destruida 
en  Quiodomari,  perteneciente  al  reino  de  Satzuma. 

Con  la  tormenta  levantada  por  el  Tono  de  este  rei- 
no, nuestros  religiosos  conocieron  la  gran  merced  que 
les  habia  hecho  el  gran  padre  de  familias,  trasladando 
su  heredad  al  hermoso  reino  de  Figen.  Esta  misión  fer- 
vorosa era  el  ameno  campo  destinado  á  sus  tareas  apos- 
tólicas, en  donde  la  obra  de  la  fe  progresaba  felizmen- 
te de  una  manera  asombrosa.  Allí  trabajaban  sin  des- 
canso casi  todos  en  aquella  rica  viña  del  Señor,  sin  aban- 
donar por  esto  las  reliquias  preciosas  de  su  iglesia,  que 
como  primicias  de  su  predicación  se  hablan  quedado 
en  Satzuma,  en  donde  destruidos  los  altares  y  las  aras 
de  la  Cruz,  los  corazones  cristianos  eran  verdaderos 
templos  del  Señor. 

88.  Tal  era  el  estado  de  nuestras  misiones  en  Japón, 
cuando  el  P.  Fr.  Juan  Ormaza  de  Santo  Tomas  hubo 
de  pasar  á  Nangasaqui,  para  visitar  solícito  á  nuestros 
celosos  misioneros,  que  trabajaban  allí  en  la  propaga- 
ción del  Evangelio.  Empero,  más  bien  que  una  visita, 


—  576  — 
el  verdadero  objeto  de  su  viaje  era  para  ser  testigo  de 
las  maravillas  de  la  gracia,  y  animar  con  su  presencia 
á  aquellos  operarios  del  Señor.  Este  prelado  venerable 
habia  tenido  la  gloria  de  enviar,  durante  su  gobierno, 
los  primeros  misioneros  de  la  Orden  á  Satzuma  (i); 
y  si  bien  á  su  llegada  la  cristiandad  de  este  reino  esta- 
ba sufriendo  los  efectos  de  la  más  cruel  persecución,  en 
cambio,  la  de  Figen,  gozaba  por  su  fortuna  de  los  bene- 
ficios de  la  paz.  El  fervor  de  sus  neófitos ,  los  progresos 
de  su  fe,  y  las  grandes  esperanzas  que  habia  de  reducir 
aquel  rebaño  al  redil  de  Jesucristo,  eran  motivos  pode- 
rosos para  llenar  de  consuelo  al  santo  anciano,  que  tan- 
to habia  trabajado  por  la  prosperidad  de  aquella  iglesia 
y  por  ver  glorificado  el  nombre  de  Dios  en  el  Japón. 
89.  Mas  no  se  limitaban  los  afanes  de  nuestros  reli- 
giosos á  los  pueblos  en  donde  habian  levantado  ya  al- 
gún templo;  hacian  ademas  sus  excursiones  apostólicas 
á  otros  puntos  muy  distantes,  y  de  ellos  solian  regresar 
siempre  triunfantes,  con  alguna  conquista  religiosa.  Al 
pasar  el  P.  Fr.  Juan  Rueda  de  los  Angeles,  en  una  de 
estas  jornadas,  por  un  puente  solitario  y  poco  transitado 
de  las  gentes,  advirtió  que  habia  debajo  una  mujer 
abandonada,  y  no  quiso  pasar  más  adelante  sin  averi- 
guar la  novedad  y  la  verdadera  causa  de  aquel  aconte- 
cimiento. Bajó,  con  efecto,  adonde  estaba  aquel  ser  in- 
fortunado, y  vio  con  admiración  á  una  vieja  ya  caduca, 
de  setenta  años  de  edad,  muy  debilitada  y  consumida, 
tirada  quizás  por  sus  parientes  en  aquel  sitio  apartado. 


(i)  Habia  sido  Provincial,  y  después  pasó  al  Japón  como  Vicario  Provin- 
cial de  la  misión ,  acompaííado  del  hermano  Fr.  Antonio  de  San  Vicente. 


—  577  — 
para  que  allí  acabara  la  infeliz  el  resto  miserable  de  sus 
dias.  A  vista  de  aquella  escena  tan  desgarradora  y  tris- 
te, se  le  conmovieron  al  misionero  sus  entrañas  de  mi- 
sericordia y  compasión;  sacó  á  la  infeliz  mujer  de  aquel 
lugar  escondido,  donde  yacia  olvidada  y  moribunda.  Al 
respirar  el  aire  libre,  y  al  sentir  el  suave  calor  del  sol 
naciente,  volvió  en  sí  la  pobre  anciana,  y  el  misionero 
procuró  catequizarla  para  administrarle  inmediatamen- 
te el  santo  sacramento  del  Bautismo;  lo  que  se  verificó, 
con  gran  consuelo  de  aquella  alma  predestinada,  des- 
pués de  una  breve  explicación  de  la  doctrina.  Habian 
trascurrido  aún  pocos  instantes,  cuando  su  espíritu  di- 
choso pasaba  al  seno  de  Dios  adornado  con  las  galas 
de  la  gracia  bautismal.  Este  mismo  misionero,  que  era 
la  visible  providencia  de  todos  los  desgraciados,  halló 
en  Firando  a  un  pobre  anciano,  envuelto  groseramente 
con  un  pedazo  de  estera,  lleno  todo  de  inmundicias  y 
abandonado  de  los  suyos,  que  le  miraban  con  desprecio 
y  con  horror,  como  un  mueble  ya  gastado  que  sólo 
sirve  de  estorbo  al  propietario.  ¡Todavía  no  eran  cris- 
tianos! El  caritativo  misionero  no  pudo  menos  de  con- 
moverse y  lastimarse  al  ver  aquel  espectáculo,  y  pro- 
curó al  infeliz  la  salud  eterna  de  su  alma,  ya  que  la  del 
cuerpo  no  era  dable,  ni  ofrecía  esperanza  alguna  de  vi- 
vir por  mucho  tiempo.  Lo  lavó,  sin  embargo,  con  sus 
manos,  y  le  asistió  con  ropa  y  con  medicinas  y  alimen- 
tos que  pedia  de  limosna  á  los  cristianos;  finalmente,  le 
instruyó  en  los  misterios  más  principales  de  la  fe,  y  le 
administró  igualmente  el  santo  sacramento  del  Bautis- 
mo, para  enviarlo  á  Jesucristo  ceñido  con  la  estola  del 
Cordero.  Estos  y  otros  prodigios  de  la  gracia,  que  su- 

TOMO   I.  37. 


-  J78- 
cedían  con  frecuencia  en  el  Japón,  endulzaban  las  fa- 
tigas de  aquellos  varones  apostólicos,   cuyo  principal 
designio  era  promover  en  todas  partes  la  gloria  de  Dios 
y  de  su  templo. 

90.  Por  este  mismo  tiempo  falleció,  en  el  convento 
de  N.  P.  Santo  Domingo  de  Manila,  el  V.  P.  Fr.  Luis 
GanduUo,  varón  esclarecido  á  toda  luz  por  su  santidad 
y  sus  virtudes.  Nació  en  Aracena,  del  reino  y  arzobis- 
pado de  Sevilla,  y  habiendo  pasado  á  América,  fué  re- 
cibido al  santo  hábito  en  el  convento  de  la  Puebla,  en 
Nueva  España.  Antes  de  profesar  solemnemente  le 
aconteció  un  contratiempo  que  lo  llenó  de  sinsabores 
y  amarguras,  retardando,  á  su  pesar,  la  consumación 
del  sacrificio  y  la  santa  profesión  que  deseaba.  Habia 
prestado  mucho  antes  una  fianza  que,  bien  examinada 
por  los  padres  del  convento  de  la  Puebla,  en  manera 
alguna  le  obligaba  en  el  fuero  interior  de  la  concien- 
cia, y  ni  aun  pro  foro  externo  y  si  la  parte  interesada  hu- 
biera querido  confesar  todo  lo  que  de  verdad  habia  en 
el  caso.  Llegó  el  tiempo  de  la  profesión  prescrito  por 
el  derecho,  y  los  padres  volvieron  á  examinar  la  natu- 
raleza de  aquel  crédito;  y  sin  embargo  de  que  forma- 
ron la  misma  conciencia  sobre  el  caso,  le  dilataron  la 
profesión  por  algún  tiempo;  mas,  después  de  algunas 
vicisitudes,  que  no  es  de  este  momento  el  referir,  pro- 
fesó solemnemente  como  tanto  deseaba.  Vivió  sin  no- 
vedad en  aquel  religiosísimo  convento  algunos  años, 
con  notable  aprovechamiento  de  su  alma,  hasta  el  de 
1588,  en  que  pasó  á  la  provincia  del  Santísimo  Rosa- 
rio, desterrado  por  el  Virey  de  Nueva  España,  con  mo- 
tivo de  haber  predicado  con  santa  libertad  contra  los 


—  579  — 
vicios  de  que  resultaba  cómplice  aquel  alto  dignatario, 
si  bien  el  orador  se  dirigia  al  público  en  general,  y  se 
abstenía,  discreto,  de  hacer  referencias  personales.  Por 
este  medio  logró  este  venerable  misionero  lo  que  habia 
deseado  mucho  tiempo,  adorando  los  juicios  del  Señor  en 
esta  parte,  por  la  providencia  especialísima  con  que  le 
condujo  á  su  destino.  Poco  después  de  haber  llegado  á 
Manila,  fué  destinado  á  la  provincia  de  Pangasinan, 
en  donde  trabajó  con  mucho  celo  en  la  conversión  de 
los  infieles,  con  los  primeros  misioneros  de  la  Orden  que 
emprendieron  con  tanta  constancia  y  heroísmo  aquella 
conquista  religiosa.  El  campo  más  principal  de  sus  tareas 
apostólicas  fué  el  pueblo  de  Calasiao,  en  donde  el  Señor 
se  valió  de  su  virtud  para  obrar  algunas  maravillas  en 
beneficio  de  los  indios.  Entre  otros  casos  prodigiosos 
que  refieren  nuestras  crónicas,  y  de  los  que  habla  el  au- 
tor de  la  primera  parte  de  la  Historia  primordial  de 
la  Provincia,  se  refiere  la  resurrección  de  un  niño, 
muerto  después  del  bautismo  (lib.  i,  cap.  lxxi).  Lla- 
mado, pues,  este  venerable  religioso  para  que  viese  al 
difunto,  lo  halló  en  efecto  sin   vida,  de  lo  cual  tuvo 
gran  pena;  y  fué  mayor  su  sentimiento  al  oir  los  im- 
píos insultos  de  un  indio  muy  principal,  llamado  Ca- 
tongal,  que  delante  de  todos  le  decia  toda  suerte  de 
improperios.  Afirmaba  el  insolente  que  los  religiosos 
mataban  con  el  bautismo  á  los   infantes,   puesto  que 
muchos  de  los  que  recibían  aquellas  aguas   lústrales 
morian  á  muy  poco  tiempo.  Esto  en  parte  era  verdad, 
porque  los  pangasinanes  al  principio  sólo  permitían  que 
sus  niños  fuesen  bautizados  en  la  hora  de  la  muerte,  y 
no  era  de  extrañar  que  muchos  de  ellos  se  muriesen 


—  58o  — 

después  de  bautizados.  El  buen  P.  misionero  trató  con 
su  acostumbrada  mansedumbre  de  apaciguar  a  Caton- 
gal,  pero  fué  vano  su  empeño;  porque  este  hombre  fe- 
roz y  de  condición  airada  siempre  se  mostraba  más  co- 
lérico contra  los  ministros  del  Señor,  á  quienes  aborre- 
cia  profundamente.  Era,  pues,  necesario  amortajar  al 
niño  ya  cadáver,  y  el  P.  misionero  dio  la  orden  de  con- 
ducirlo á  la  iglesia  para  enterrarlo  en  sagrado,  á  fin  de 
evitar  con  esto  las  supersticiones  detestables  que  en  se- 
mejantes circunstancias  practicaban  generalmente  los 
infieles.  Mas  antes  de  emprender  la  marcha  fúnebre, 
sintió  el  religioso  en  su  interior  un  impulso  extraordi- 
nario de  rezar  en  presencia  del  difunto  el  Evangelio  de 
San  Juan :  In  principio  erat  Verbum.  Al  fin  hizo  la  se- 
ñal de  la  cruz  sobre  el  cadáver;  y  animado  su  semblan- 
te de  una  santa  inspiración,  pronunció  conmovido  es- 
tas palabras:  «Señor,  yo  no  os  pido  milagros;  mas  si 
conviene  por  ventura  á  vuestra  gloria,  al  crédito  de 
vuestra  fe  y  á  la  conversión  de  estos  gentiles,  hacedlos 
por  esta  vez»;  y  poniendo  en  seguida  la  mano  sobre  la 
cabeza  del  cadáver,  añadió  con  voz  ferviente:  Evangéli- 
ca lectio  sit  tibi  salus  et  protectio.  Dichas  estas  palabras 
poderosas ,  el  niño  resucita  al  instante,  sano  y  salvo,  con 
asombro  y  estupor  de  todos  los  circunstantes,  que  lo 
vieron  aplicar  con  afán  su  tierna  boca  á  los  pechos  de 
su  madre,  con  la  sonrisa  del  ángel,  como  si  despertara 
á  la  sazón  de  un  dulce  sueño. 

En  proporción  de  las  mercedes  con  que  le  favorecia 
el  Señor  en  todo  tiempo,  aumentaba  este  venerable  mi- 
sionero sus  mortificaciones  cotidianas,  y  trabajaba  con 
más  celo  en  la  conversión  de  los  gentiles.  No  satisfecho 


-  jSi  - 

aún  de  los  frutos  abundantes  que  recogía  á  manos  lle- 
nas en  aquella  viña  de  su  cargo,  deseaba  en  gran  ma- 
nera que  el  nombre  del  Señor  fuese  conocido  y  adora- 
do en  el  grande  imperio  de  la  China,  con  cuyo  objeto 
acompañó  muy  gustoso  á  un  alto  representante  del  go- 
bierno de  Manila,  enviado  á  la  provincia  de  Fo-kien 
para  reclamar  oficialmente  lo  que  habian  robado  y  des- 
truido los  asesinos  del  gobernador  D.  Gómez  Pérez 
Dasmariñas.  Mas  en  esta  expedición  no  tuvo  otro  con- 
suelo su  buena  alma  que  el  de  haber  reducido  y  re- 
conciliado con  la  Iglesia,  en  la  provincia  de  Cantón,  al- 
gunos malos  cristianos,  que  escapados  de  Macao  vivian, 
como  los  infieles,  entregados  á  las  supersticiones  ido- 
látricas. 

Desempeñó  con  mucho  lustre  de  la  Orden  y  gran 
reputación  pública  el  oficio  de  prior  del  convento  de 
Manila.  Después  fué  enviado  a  Cagayan,  en  donde  su 
presencia  fué  muy  útil  para  consolar  y  animar  á  sus 
hermanos,  ocupados  en  las  nuevas  conversiones  de  aque- 
lla naciente  cristiandad.  Sin  embargo  de  que  no  llegó 
á  poseer  el  idioma  del  país,  jamas  faltó  pábulo  á  su 
celo  en  la  viña  del  Señor;  pues  adoctrinaba  á  los  sol- 
dados, y  administraba  por  sí  mismo  los  santos  sacra- 
mentos á  todos  los  españoles  que  guarnecian  la  ciudad 
y  tenian  su  residencia  en  la  capital  de  la  provincia. 
Varios  de  los  pacificadores  primitivos  de  aquella  pro- 
vincia belicosa  necesitaban  en  efecto  toda  la  virtud  y 
la  prudencia  de  este  venerable  misionero  para  avenirse 
á  la  razón  y  al  buen  consejo  en  ciertos  casos.  Como 
varón  adornado  de  tan  eminentes  cualidades,  era  al 
mismo  tiempo  el  confesor  y  director  del  Obispo,  y 


—  582  — 

como  tal  lo  acompañaba  en  la  visita  y  en  las  confir- 
maciones de  la  diócesis.  Conociendo,  finalmente,  que 
su  vida  no  podia  ser  ya  duradera,  con  la  venia  del 
Obispo  y  de  nuestro  P.  Provincial  se  retiró  al  con- 
vento de  Manila  con  el  fin  de  disponerse  para  la  últi- 
ma jornada.  Aquí  toleró  postreramente  con  una  pa- 
ciencia santa  los  dolores  tormentosos  de  una  breve  en- 
fermedad, que  lo  condujo  al  sepulcro,  después  de  reci- 
bidos á  su  tiempo  los  santos  Sacramentos,  lleno  de  fe 
y  de  esperanza  en  las  promesas  de  Dios  y  de  su  reino. 
El  corto  elogio  que  los  Padres  del  Capítulo  provincial 
celebrado  en  1 6 1 2  hicieron  de  este  venerable  misione- 
ro, nos  descubre  claramente  su  perfección  religiosa. 
«En  el  convento  de  Manila,  dicen,  murió  en  el  Señor 
Fr.  Luis  Gandullo,  sacerdote  y  padre  antiguo,  varón 
observantísimo  y  esclarecido  ejemplar  de  todas  las  vir- 
tudes.» No  fué  menos  gloriosa  la  memoria  que  los 
padres  del  Capítulo  general  celebrado  en  161 5  hicie- 
ron del  mismo  venerable;  pues  se  leen  en  ella  estas 
palabras  tan  expresivas  y  elocuentes:  «Siendo  de  seten- 
ta años  de  edad,  volvió  al  Señor  su  alma  santísima.» 


-  583  - 

CAPÍTULO  V. 


Elección  de  Provincial  en  la  persona  del  P.  Fr.  Miguel  de  San  Jacinto 
en  161 2. —  Fundación  del  colegio  de  Santo  Tomas  de  Manila. —  Bases 
principales  y  escritura  de  su  fundación. —  Cédulas  de  nuestros  reyes  y 
bulas  de  Su  Santidad  para  erigirlo  en  universidad. —  Verdadero  origen 
de  sus  rentas. —  A  instancias  del  Sr.  Obispo  de  Macao  pasan  á  aquel 
puerto  dos  religiosos  de  la  Orden ,  y  son  expelidos  por  las  autoridades  por- 
tuguesas.—  Origen  de  la  persecución  que  luego  se  declaró  contra  la  reli- 
gión de  Jesucristo  en  el  imperio  del  Japón. —  Nuestros  misioneros  son  ex- 
pelidos de  Figen. —  Conversión  extraordinaria  del  Gobernador  de  Con- 
gu. —  Martirio  de  algunos  caballeros  de  Arima. —  El  P.  Fr.  Baltazar  Fort 
en  Nangasaqui. —  Edicto  contra  la  religión  de  Jesucristo. —  Suplicios  igno- 
miniosos que  inventan  los  tiranos  para  que  los  cristianos  apostaten  de  la 
fe. —  Milagroso  valor  y  fortaleza  de  una  doncella  cristiana  en  Sacay. 


91.  En  1 6 1 2  celebró  la  Provincia  su  Capítulo  cor- 
respondiente á  aquella  fecha,  en  el  cual  eligió  segunda 
vez  por  su  prelado  Provincial  al  P.  Fr.  Miguel  de  San 
Jacinto.  En  sus  actas  se  admitió  la  fundación  del  cole- 
gio de  Santo  Tomas  de  Manila,  y  en  ellas  fué  nom- 
brado el  P.  Fr.  Domingo  González  para  lector  de  teo- 
logía, á  quien  los  padres  encargaron  que  procediese 
desde  luego  á  organizar  y  perfeccionar  debidamente  la 
enseñanza  en  este  establecimiento  religioso. 

No  hablan  faltado  en  la  Provincia,  desde  su  funda- 
ción, varones  doctos,  que  hubieran  podido  honrar  con 
sus  talentos  las  más  célebres  universidades  de  la  Euro- 
pa; mas  como  el  objeto  principal  que  los  habia  sepa- 
rado de  su  patria  y  de  sus  conventos  respectivos  era  la 
propagación  del  Evangelio  por  toda  la  haz  de  la  tierra, 
sólo  por  necesidad  destinaba  la  Provincia  algún  reli- 
gioso á  la  enseñanza  para  explicar  teología,  y  aun  fi- 
losofía alguna  vez ,  4  los  religiosos  jóvenes  que  aun  no 


—  SH  — 
habían  podido  concluir  estos  estudios  en  los  conventos 
de  España.  A  esta  escuela  conventual  solian  asistir  al- 
gunos hijos  de  españoles  que  deseaban  entrar  en  la  car- 
rera eclesiástica,  habiéndose  aumentado  con  el  tiempo 
estos  alumnos  externos,  hasta  el  punto  de  hacerse  ne- 
cesario un  establecimiento  público  en  donde  pudiera 
darse  con  más  comodidad  esta  enseñanza.  El  ilustrísi- 
mo  Sr.  D.  Fr.  Miguel  de  Benavides,  arzobispo  de 
Manila,  lo  procuró  con  todos  sus  esfuerzos,  como  quien 
conocia  por  experiencia  la  necesidad  de  sacerdotes.  Este 
varón  venerable  y  en  todo  concepto  insigne  estaba  en 
la  persuasión  de  que  los  religiosos  de  la  Orden  no  lle- 
narían perfectamente  el  fin  de  su  institución,  si  todos 
ellos  se  hablan  de  consagrar  exclusivamente  á  las  mi- 
siones, sin  dedicarse  también  á  la  enseñanza,  en  la  que 
se  han  de  formar  continuamente  nuevos  operarios  evan- 
gélicos, para  trabajar  en  el  ministerio  de  las  almas 
como  dignos  sacerdotes  del  Señor.  Hondamente  poseído 
de  tan  alto  pensamiento,  apenas  fué  promovido  á  la 
silla  metropolitana  de  Manila,  nombró  á  un  religioso 
de  la  Orden  para  explicar  en  la  iglesia  catedral  la  suma 
de  Santo  Tomas  á  los  jóvenes  seglares  que  deseaban 
ascender  á  las  órdenes  sagradas,  por  no  ser  aun  bastan- 
te á  cubrir  esta  necesidad  la  reducida  escuela  conven- 
tual de  Santo  Domingo  de  Manila.  Esto  le  movió  á 
idear  la  fundación  de  un  colegio  en  donde  se  perpe- 
tuase aquella  cátedra,  lo  que  no  pudo  llevar  á  efecto 
por  su  muerte  prematura.  Dejó,  no  obstante,  á  este  fin 
todo  lo  que  tenía,  con  su  hermosa  biblioteca;  pero 
sus  expolios  fueron  de  tan  poca  importancia,  que  todo 
su  valor  no  pasó  de  mil  y  quinientos  pesos,  suma  insu- 


-  s^s  - 

ficiente  á  toda  luz  para  llevar  á  su  término  una  em- 
presa tan  costosa.  Es  preciso,  sin  embargo,  confesar  en 
obsequio  de  la  justicia  y  la  verdad,  que  esta  idea  gene- 
rosa era  también  de  la  Provincia,  y  estaba  en  su  pen- 
samiento antes  que  nadie  promoviese  esta  gestión.  Por 
eso  se  apresuró  á  realizarla  por  medio  de  su  represen- 
tante el  P.  Fr.  Bernardo  de  Santa  Catalina,  albacea  del 
Sr.  de  Benavides,  y  encargado  especial  de  la  proyec- 
tada fundación,  el  cual  halló  algunos  bienhechores  que 
le  facilitaron  algunos  recursos  para  dar  principio  á  di- 
cha obra.  Tales  fueron  D.  Pablo  Rodriguez  de  Arau- 
jo,  D.  Andrés  Hermosa  y  D.  Juan  Morales,  que  le 
ofrecieron  al  efecto,  el  primero  tres  mil  seiscientos  cua- 
renta pesos,  el  segundo  dos  mil,  y  el  tercero  ochocien- 
tos solamente.  Poco  después  el  obispo  de  la  Nueva 
Segovia,  D.  Fr.  Diego  de  Soria,  legó  también  su  li- 
brería, y  tres  mil  ochocientos  duros  ademas,  para  el 
mismo  fin  y  objeto.  Cantidades  que  sirvieron  para 
comprar  algunas  casas,  donde  se  daba  en  un  principio 
la  enseñanza,  y  más  tarde  se  destinó  su  local  para  le- 
vantar el  edificio  que  hoy  existe,  si  bien  ensanchada, 
finalmente,  su  planta  primitiva  con  otras  fincas  y  ane- 
jos, que  sucesivamente  se  compraron  á  expensas  de  la 
corporación. 

92.  Hasta  el  año  161 1  no  se  publicaron  las  bases 
de  la  nueva  fundación,  porque  no  contaba  todavía  la 
Provincia  con  suficientes  fondos  para  llevarla  á  efecto. 
La  escritura  de  fundación  se  otorgó  en  28  de  Abril  de 
este  año,  ante  el  escribano  real  D.  Juan  Ulan,  firmada 
por  el  Provincial,  el  P.  Fr.  Baltazar  Fort  y  los  padres 
Fr.  Francisco  Minayo,  prior  del  convento  de  Manila, 


—  586  — 

y  Fr.  Bernardo  de  Santa  Catalina,  ya  citado,  comisio- 
nado especial  del  limo.  Sr.  de  Benavides  para  cumplir 
en  esta  parte  su  última  voluntad.  En  ella  se  declara : 
que  el  Colegio  se  fundaba  con  los  mil  quinientos  du- 
ros de  los  expolios  de  este  limo.  Prelado,  y  cantidades 
de  los  tres  bienhechores  mencionados :  que  como  fun- 
dadores de  esta  casa,  querían  que  el  Provincial  de  la 
Orden  tuviese  la  prerogativa  y  privilegio  de  nombrar 
todos  los  lectores  que  fuesen  necesarios  con  el  tiempo 
para  llenar  el  objeto  de  esta  piadosa  fundación  :  que  el 
estudio  de  Humanidades,  Filosofía,  Teología  dogmá- 
tica y  moral,  debia  estar  á  cargo  siempre  de  los  reli- 
giosos de  la  Provincia;  y  finalmente,  dispusieron  lo 
conveniente  para  asegurar  la  propiedad  de  las  rentas  y 
bienes  del  colegio.  Efectivamente  se  previene  en  la 
escritura  que  si,  en  algún  caso  posible,  alguna  potes- 
tad constituida  tratase  de  entrometerse  en  su  gobierno, 
ó  quisiese  perturbar  ó  intervenir  la  administración  de 
este  instituto,  se  traslada  el  dominio  de  sus  bienes  ha- 
bidos y  por  haber  á  la  Provincia  religiosa  del  Santísi- 
mo Rosario.  «Establecemos  y  ordenamos,  dicen,  que 
por  cuanto  el  dicho  colegio  se  funda  con  la  limosna 
que  para  él  dedicó  el  dicho  Sr.  Arzobispo  y  los  de- 
mas  difuntos,  como  está  declarado,  al  arbitrio  de  mí 
el  dicho  P.  Fr.  Bernardo  de  Santa  Catalina,  queremos 
y  es  nuestra  voluntad  que  si  en  algún  tiempo  preten- 
diere  de  hecho  y  de  derecho  tener  algún  dominio,  por 
via  de  patronazgo,  ó  en  otra  cualquier  manera,  algún 
príncipe  eclesiástico  ó  seglar,  para  querer  disponer  de 
los  bienes  y  rentas  del  dicho  colegio,  y  de  entrome- 
terse en  la  administración  y  gobierno  de  él,  ó  impedir 


-  587  - 
y  perturbar  su  efecto,  por  cualquier  modo  y  forma  que 
sea,  y  por  cualquier  juez  ó  persona  poderosa,  ú  otro 
cualquier  que  lo  haga;  desde  luego  para  entonces  apli- 
camos los  dichos  bienes  y  hacienda  con  que  se  funda 
el  dicho  colegio  á  la  dicha  Provincia  y  religiosos  de 
la  Orden,  para  que  todo  ello,  con  las  dichas  casas  y 
colegio,  y  sus  aumentos  y  mejoras,  lo  haya  y  goce 
como  bienes  propios,  adquiridos  con  justo  y  derecho 
título,  y  damos  por  nula  y  ninguna  esta  fundación, 
como  si  no  se  hubiera  hecho,  con  cargo  de  tener  cui- 
dado la  dicha  Orden  de  decir  misas  y  otros  beneficios 
y  sufragios  para  las  almas  del  dicho  Sr.  Arzobispo  y 
los  demás  con  cuya  limosna  y  bienes  se  da  principio  á 
esta  fundación,  y  de  los  demás  que  adelante,  en  cual- 
quier tiempo  y  manera,  dejaren  y  aplicaren  algunos 
otros  bienes  para  ella,  de  manera  que  por  este  modo 
se  haga  satisfacción  por  parte  de  la  dicha  Provincia  de 
las  dichas  limosnas  á  los  dadores  de  ellas.)) 

Los  recursos  con  que  contaban  los  fundadores  por 
entonces  eran  insuficientes  ciertamente  para  la  realiza- 
ción del  pensamiento;  por  esto  los  primeros  catedráti- 
cos, incluso  el  Rector  de  este  colegio,  que,  según  las 
actas  del  Capítulo  provincial  de  1616,  ya  estaba  insti- 
tuido en  este  año,  vivieron  por  algún  tiempo  en  el  con- 
vento de  Santo  Domingo,  y  hasta  el  año  de  161 9  no 
se  dio  la  última  mano  á  dicha  obra.  En  el  Capítulo  pro- 
vincial que  se  celebró  en  aquella  fecha,  fué  instituido 
rector  el  ex-provincial  Fr.  Baltazar  Fort,  uno  de  sus 
fundadores ,  á  quien  asociaron  por  entonces  dos  catedrá- 
ticos de  teología,  uno  de  filosofía  y  dos  hermanos  legos 
de  la  Orden.  En  el  mismo  año  la  Provincia  solicitó  del 


—  5^8  — 
superior  Gobierno  de  estas  islas,  y  de  los  dos  cabildos 
eclesiástico  y  civil,  de  esta  ciudad,  el  permiso  competen- 
te para  la  erección  formal  y  apertura  del  colegio,  contan- 
do con  el  de  S.  M.  C.  que  se  obtuvo  a  su  tiempo  para 
el  caso.  En  su  virtud,  el  dia  15  de  Agosto  de  aquel 
año,  el  Rector  dio  la  beca  á  doce  colegiales  españoles, 
hijos  de  las  primeras  familias  de  Manila,  a  los  que  des- 
pués se  agregaron  otros  muchos.  En  esta  forma  quedó 
establecida  por  entonces  la  enseñanza  pública  y  compe- 
tentemente autorizada  de  establecimiento  literario.  El 
Sr.  D.  Felipe  IV  aprobó  y  confirmó  dicha  enseñanza, 
con  el  permiso  y  autorización  anteriormente  obtenidos, 
por  una  cédula  real,  fechada  en  27  de  Noviembre  de 
1623,  que  ha  formado  la  ley  53,  tít.  xxii,  lib.  i  de  la 
Recopilación  de  Indias,  en  los  términos  siguientes :  «Por 
cuanto  con  licencia  del  Ordinario  y  Gobernador  de  las 
islas  Filipinas,  y  acuerdo  de  la  Real  Audiencia  de  ellas, 
los  religiosos  de  la  Orden  de  Santo  Domingo,  en  la 
ciudad  de  Manila,  fundaron  un  colegio,  donde  se  lea 
gramática,  artes  y  teología,  en  que  pusieron  dos  reli- 
giosos de  cada  facultad  y  veinte  colegiales  seglares,  de 
que  ha  resultado  y  resulta  grande  provecho  á  la  juven- 
tud, predicación  del  santo  Evangelio  y  enseñanza  de 
los  hijos  de  los  vecinos ;  mandamos  que  usen  los  dichos 
religiosos  de  la  licencia  que  el  Gobernador  les  dio  para 
fundar  el  colegio  y  leer  en  él  las  dichas  facultades. » 

93.  Los  sumos  pontífices  Paulo  V  y  Urbano  VIII, 
por  sus  breves  de  1  i  de  Marzo  de  1 6 1 9  y  7  de  Enero 
de  1629,  concedieron  facultad  á  nuestra  Orden  para 
que  pudiesen  conferir  los  grados  de  bachiller ,  licencia- 
do, doctor  y  maestro  á  los  alumnos  de  sus  colegios  es- 


—  589  — 

tableados  en  las  Indias  Occidentales,  los  que  fueron 
extendidos  á  los  de  las  islas  Filipinas  por  el  Real  Con- 
sejo de  las  Indias.  Después,  en  20  de  Noviembre  de 
1 645 ,  la  santidad  de  Inocencio  X  concedió  al  colegio 
de  Santo  Tomas  el  título  de  universidad,  cuyo  breve, 
que  sólo  hablaba  de  las  facultades  de  artes  y  teología, 
fué  extendido  por  Clemente  XII  á  las  de  derecho  ca- 
nónico y  civil,  y  demás  que  en  el  trascurso  del  tiem- 
po se  fundasen,  por  una  bula  despachada  en  2  de  Se- 
tiembre de  1734.  Todas  estas  gracias,  no  sólo  obtu- 
vieron el  competente  pase  regio,  sí  que  también  hanse 
obtenido  á  instancia  de  S.  M.  C;  confiriendo,  en  vir- 
tud de  ellas,  los  rectores  de  dicho  establecimiento,  to- 
dos los  grados  académicos  en  las  expresadas  facultades 
á  los  alumnos  en  quienes  concurran  los  expresados  re- 
quisitos prescritos  por  los  estatutos  de  la  universidad. 
Posteriormente,  por  cédula  Real  de  17  de  Mayo  de 
1680,  S.  M.  recibió  la  universidad  bajo  su  Real  pro- 
tección, y  declaró  ser  su  patrono  á  instancias  de  la  Pro- 
vincia. Finalmente,  y  por  otra  Real  cédula  de  7  de 
Marzo  de  1785,  le  confirió  el  título  de  Real,  eleván- 
dola al  rango  de  las  universidades  más  ilustres  de  la 
monarquía  española. 

Como  el  objeto  principal  que  se  propusieron  los 
fundadores  del  colegio  habia  sido  el  educar  ala  juven- 
tud de  Filipinas ,  y  darla  por  este  medio  la  instrucción 
más  conveniente  para  que  pudiesen  aspirar  y  ser  pro- 
movidos dignamente  al  sacerdocio  los  que  fuesen  lla- 
mados por  Dios  al  verdadero  servicio  de  su  templo,  se 
contentaron  al  principio  con  establecer  las  cátedras  de 
gramática  latina,  retórica,  artes  y  teología  dogmática 


—  590  — 
y  moral,  para  cuyo  desempeño  ha  destinado  siempre 
la  Provincia  un  número  conveniente  de  religiosos  que 
pudiesen  ilustrarla  con  su  saber  y  buen  ejemplo.  Em- 
pero estas  facultades,  si  bien  llenaban  el  objeto  de  aque- 
llos venerables  fundadores,  no  bastaban  á  satisfacer  las 
exigencias  y  necesidades  del  país,  que  echaba  de  me- 
nos desde  entonces  la  carrera  del  derecho  en  este  plan 
incompleto  de  enseñanza.  Persuadido  S.  M.  de  las  ra- 
zones que  aconsejaban  llenar  este  vacío,  autorizó  y  or- 
denó posteriormente  la  enseñanza  general  de  ambos 
derechos  para  abrir  á  los  hijos  del  país  las  puertas 
del  foro  y  de  la  Iglesia.  Organizados  de  esta  suerte  los 
estudios  de  esta  universidad,  nadie  tiene  necesidad  de 
abandonar  este  su  país  nativo  para  seguir  una  carrera 
en  la  Península,  ni  hacer  gastos  al  efecto,  que  los  más 
no  podrian  soportar  seguramente. 

94.  Las  rentas  que  en  el  dia  posee  este  colegio  han 
sido  todas  ellas  adquiridas  por  los  mismos  religiosos, 
pues  los  donativos  gratuitos  que  los  primeros  bienhe- 
chores franquearon ,  fueron  invertidos  en  la  compra  de 
algunas  casas  que  después  han  sido  derribadas  para  le- 
vantar en  sus  solares  una  parte  de  la  fábrica  que  en  la 
actualidad  existe.  Entre  las  obras  pías  que  la  santa  mesa 
de  la  Misericordia  administra,  habia  algunas  mandas 
destinadas  para  costear  dos  becas  de  colegiales;  pero  se 
han  cobrado  pocas  veces ,  y  en  el  dia  bien  poco  se  co- 
bra, efecto  de  los  siniestros  y  grandes  vicisitudes  que 
han  debido  sufrir  aquellos  fondos.  Con  el  producto  de 
algunas  capellanías,  cuyas  cargas  desempeñaban  los  re- 
ligiosos profesores ,  y  con  las  tierras  que  sucesivamente 
se  fueron  adquiriendo,  gravándolas  al  efecto  con  toda 


-  591  — 
suerte  de  censos  é  hipotecas,  es  como  los  religiosos  de 
la  Orden  han  podido  asegurar  su  subsistencia,  sin  ser 
gravosos  al  Estado,  ni  depender  del  erario  este  gran  es- 
tablecimiento de  enseñanza.  Mantienen  ademas  los  re- 
ligiosos dominicos,  en  este  colegio  de  su  cargo,  nu- 
merosas becas  de  españoles,  completamente  gratuitas,  y 
sin  que  la  Corporación  esté  obligada  á  tan  grande  sa- 
crificio por  ninguna  fundación  que  exista  para  el  efecto. 

Aquí  tienen,  pues,  los  hijos  de  las  honradas  familias 
españolas  un  recurso  inapreciable  para  dedicarse  á  los 
estudios  sin  gastos  ni  gravamen  alguno  de  sus  padres, 
que  entregando  sus  hijos  desde  niños  á  nuestros  reli- 
giosos profesores ,  pueden  estar  seguros  de  recibirlos  á 
su  tiempo  perfectamente  educados  en  los  deberes  cris- 
tianos y  civiles,  sin  haber  tenido  que  hacer  expensa 
alguna  en  este  establecimiento. 

95.  Por  este  mismo  tiempo  trataba  la  Provincia  de 
fundar  una  misión  en  el  vecino  y  populoso  imperio  de 
la  China.  Con  este  fin  habia  destinado  dos  insignes  re- 
ligiosos en  el  Capítulo  provincial  de  1 6 1 2,  que  fueron 
enviados  á  Macao  con  el  limo.  Sr.  D.  Juan  Pinto  de 
la  Piedad,  obispo  de  aquella  diócesis,  al  regresar  de 
estas  islas  á  su  iglesia.  Este  prelado  venerable  habia 
tratado  muy  de  cerca  á  nuestros  religiosos  residentes  en 
aquella  Capital,  y  los  miraba  con  mayor  respeto  cada 
dia  por  su  conducta  edificante  y  ejemplar.  Deseaba,  por 
otra  parte,  en  gran  manera  extender  por  todas  partes  el 
reino  de  Jesucristo  en  los  países  que  le  habian  sido  enco- 
mendados, y  trató  con  la  Provincia  de  llevarse  algunos 
misioneros  de  su  seno,  sin  reparar  por  entonces  que  eran 
religiosos  españoles,  á  quienes  los  de  su  nación  mira- 


—  592  — 
ron  siempre  con  la  mayor  desconfianza.  Escribiendo  al 
Maestro  General  de  nuestra  Orden,  después  de  haber 
elogiado  sus  virtudes,  su  pobreza  religiosa  y  su  celo, 
finalmente  por  la  conversión  de  los  infieles,  le  decia 
conmovido  estas  palabras:  «Cuando  me  acuerdo  que 
he  de  volver  a  Macao,  muero  de  pesar.  Sólo  un  reme- 
dio espero,  y  es  que  será  nuestro  Señor  servido  de  con- 
solarme por  medio  de  V.  Rma.,  el  cual  será  en  gran- 
dísimo servicio  de  Dios,  nuestro  Señor,  bien  y  honra 
de  nuestra  sagrada  religión,  y  aumento  de  la  cristian- 
dad de  la  China,  y  consuelo  mió  y  de  los  infieles,  y 
es  restituir  V.  Rma.  á  estos  PP.  españoles  el  convento 
que  sus  pasados  edificaron  en  Macao,  y  que  esté  suje- 
to á  esta  provincia  de  Manila,  que  con  esto  se  refor- 
mará y  volverá  á  su  perfección.  Hay  aquí  religiosos 
que  saben  la  lengua  china  grandemente,  y  que  harán 
grande  fruto  en  la  tierra  donde  resido  y  en  las  demás 
que  están  por  cultivar.»  La  carta  de  este  celoso  obispo 
de  Macao,  fechada  en  Manila  á  25  de  Junio  de  1610, 
llegó  á  Europa  cuando  estaba  para  celebrarse  el  Capí- 
tulo general  de  París  de  1 6 1 1 ,  en  el  cual  se  vio  y  aten- 
dió su  petición;  pues  se  confirmó  en  él  el  derecho,  mu- 
cho antes  declarado,  que  la  Provincia  del  Santísimo  Ro- 
sario tenía  sobre  nuestro  covento  de  Macao,  y  perpetuó 
en  sus  actas  una  memoria  muy  grata  á  esta  provincia 
religiosa.  «Con  gran  gozo  de  todos  nosotros,  decíanlos 
definidores,  hemos  sido  informados  con  relación  cierta 
que  nuestra  Provincia  del  Santísimo  Rosario  de  Fili- 
pinas ha  hecho  y  hace  cada  dia  grandes  frutos  en  la 
conversión  de  los  gentiles  de  aquel  orbe;  y  que  está 
muy  en  su  vigor  la  observancia  regular;  y  aunque  pe- 


—  593  — 
quena  en  el   número  de  religiosos,  con  todo  esto  ha 
extendido  larga  y  anchamente  sus  ramas  aun  en  los 
reinos  del  Japón;  y  cuáles  hayan  sido  las  ganancias  que 
allí  han  tenido,  puédese  colegir  de  que  algunos  de  los 
japones  por  ellos  enseriados,  aun  recien  convertidos  á 
nuestra  santa  fe,  están  tan  crecidos  en  caridad,  que  mu- 
rieron por  ella,  como  en  relación  cierta  é  impresa  se 
nos  ha  referido;  y  aun  no  contentos  con  esto,  se  apres- 
tan para  enviar  algunos  de  sus  religiosos  al  pobladísimo 
reino  de  la  China,  adonde  los  llama  el  limo,  prelado 
D.  Fr.  Juan  de  la  Piedad,  obispo  de  Macao,  portugués.» 
Estas  honoríficas  y  consoladoras  letras  aun  no  se  ha- 
blan recibido  en  Manila  cuando  la  Provincia  celebró 
el  Capítulo  de  1 6 1 2,  en  el  que  se  destinaron  para  China 
á  los  RR.  PP.  indicados  para  llenar  los  deseos  de  aquel 
ilustrísimo  prelado.  Eran  los  PP.  Fr.  Tomas  Mayor  y 
Fr.  Bartolomé  Martínez,  ambos  instruidos  en  el  difí- 
cil idioma  de  los  chinos,  y  ministros  muy  celosos  de  la 
gloria  de  Dios  y  de  su  templo.  Llegaron,  con  efecto, 
muy  animosos  á  Macao,  confiados  en  el  valimiento  del 
Obispo,  quien,  como  padre  y  prelado,  podia  y  debia 
procurar  á  todo  trance  fervorosos  misioneros  á  la  in- 
mensa muchedumbre  de  paganos,  esparcidos,  por  su 
mal,  en  el  vastísimo  campo  de  su  diócesis.  Pero  los  nue- 
vos misioneros  no  eran  portugueses,  como  es  visto;  y 
como  habia  sucedido  en   el  Japón,   hallaron  también 
en  la  China  la  oposición  más  obstinada;  oposición  que 
no  podian  superar  ni  sus  virtudes,  ni  su  celo,  ni  aun  la 
autoridad  de  aquel  prelado,  que  los  habia  llamado  motu 
propio  para  anunciar  en  la  China  la  religión  de  Jesu- 
cristo. Contrariados,  pues,  nuestros  religiosos  por  los 

TOMO    I.  3^" 


—  594  — 
portugueses  de  Macao,  desistieron  por  entonces  de  su 
empresa.  El  resultado  fué,  que  el  P.  Fr.  Tomas  Ma- 
yor, al  ver  frustrados  sus  deseos  de  predicar  en  la  gran 
China  el  Evangelio  de  Dios,  se  desanimó  hasta  el  pun- 
to de  regresar  á  su  convento,  y  el  P.  Martínez  se  vol- 
vió á  Filipinas,  esperando  que  el  Señor  le  ofreciera  otra 
ocasión  más  oportuna  para  ejercitar  su  celo  en  la  sal- 
vación eterna  de  las  almas. 

96.  En  el  Japón  también  sufrían  por  entonces  nues- 
tros celosos  misioneros  la  oposición  de  los  sacerdotes 
portugueses,  que  en  unión  con  el  Obispo  que  allí  te- 
nían, y  en  su  manera  de  ver,  aun  creian  subsistente  el 
breve  de  Gregorio  XIII,  después  que  habia  sido  re- 
vocado por  la  Silla  Apostólica,  que  lo  declaró  sin  efec- 
to tan  luego  como  llegó  á  entender  que  aquel  privi- 
legio exclusivo,  obtenido  sin  instrucción  bastante  de  las 
causas,  redundaba  en  perjuicio  de  la  fe,  que  se  debia 
de  propagcir  por  todo  el  mundo.  Aun  existe  una  carta 
original  en  nuestro  archivo  de  Manila,  del  P.  Fr.  Alon- 
so de  Mena,  vicario  provincial  de  nuestros  religiosos 
en  aquellas  islas,  en  la  que  se  quejaba  amargamente  de 
las  molestias  que  sufrían  de  aquellos  sacerdotes  portu- 
gueses. «Uno  de  los  mayores  trabajos  que  tenemos,  de- 
cía, es  el  no  poder  convencer  á  estos  ministros  de  Dios 
de  las  razones  que  tenemos  para  poder  predicar  á  Je- 
sucristo en  estos  reinos,  y  ahora  el  Obispo  que  todavía 
nos  cita  el  breve  de  Gregorio  XIII,  y  ha  mandado  que 
no  nos  den  en  sus  iglesias  recado  para  decir  misa;  lo 
cual  guarda  al  pié  de  la  letra:  y  así  al  P.  Fr.  Tomas  de 
Zumárraga  y  á  mí  nos  sucedió,  estos  dias  pasados,  que 
andando  el  camino  llegamos  á  una  visita  de  estos  bue- 


—  595  — 
nos  sacerdotes,  y  el  padre  que  está  una  legua  de  allí  en- 
vió á  mandar  al  sacristán  que  no  nos  dejase  decir  misa; 
y  así,  aunque  nosotros  llevamos  todo  recado  de  decir- 
la, y  no  pediamos  más  que  el  altar,  no  nos  dejaron,  y 
nos  volvimos  con  harta  vergüenza,  porque  estaban  ya 
muchos  esperando  para  oiría;  y  ellos  nos  tuvieron  har- 
ta lástima.»  Era  muy  triste,  por  cierto,  que  mientras  las 
autoridades  paganas  del  Japón  no  tenian  el  menor  re- 
paro en  que  los  religiosos  españoles  predicasen  la  ley 
de  Jesucristo  en  sus  dominios,  los  ministros  portugue- 
ses les  molestaban  de  mil  modos  para  que  abandonasen 
las  tareas  apostólicas,  que  tan  felizmente  hablan  co- 
menzado en  aquel  reino.  Los  inconvenientes  que  de 
esto  debian  naturalmente  resultar,  fueron  quizás  los  que 
principalmente  provocaron  la  persecución  general  que 
sobrevino  á  todos  los  cristianos  del  Japón.  Daremos  al- 
gunos antecedentes,  sin  embargo,  sobre  otras  causas, 
que  pudieron  exacerbar  las  circunstancias,  y  que  la  his- 
toria severa  debe  consignar  en  sus  anales. 

Era  por  los  años  de  1609,  cuando  apareció  en  las 
aguas  de  Macao  un  buque  del  Tono  de  Arima  con 
efectos  mercantiles.  Los  marineros  japones  de  su  bor- 
do hablan  tenido  una  contienda  muy  reñida  con  algu- 
nos portugueses,  que,  capitaneados  por  Andrés  Pezón, 
quitaron  la  vida  á  varios  de  ellos  de  una  manera  san- 
grienta. El  mismo  año  fué  este  portugués  á  Nangasa- 
qui  con  un  buque  de  su  nación ,  y  tuvo  varios  encuen- 
tros con  Safioye,  gobernador  gentil  de  la  ciudad.  Este, 
que  no  ignoraba  el  suceso  desagradable  de  Macao,  se 
propuso  arruinar  á  su  imprudente  adversario,  que  no 
habia  sabido  prever  el  resultado  fatal  de  esta  jornada. 


—  S9^  — 
El  gobernador  Safioye,  que  acechaba  la  ocasión  de  sa- 
crificarle á  su  venganza,  elevó  contra  él  una  terrible 
acusación  á  Dayfusama.  La  respuesta  del  Regente  fué, 
que  se  asegurase  el  cargamento  del  navio  portugués,  y 
la  persona  de  Pezón  fuese  desde  luego  remitida  á  la 
corte  de  Meaco.  El  acusador  japón,  al  recibir  la  orden 
del  Regente,  trató  de  llevarla  á  efecto,  auxiliado  del 
Tono  de  Arima.  Era  un  dia  nebuloso,  cuando  el  bu- 
que portugués  apareció  de  repente,  rodeado  de  embar- 
caciones numerosas,  montadas  por  gente  armada,  de 
cuya  fuerza  formidable  no  le  era  posible  ya  evadirse. 
Mas  no  por  esto  el  portugués  se  rindió  á  sus  enemi- 
gos, y  en  la  desesperación  de  su  coraje  puso  fuego  á  la 
pólvora  del  buque,  pereciendo  él  mismo  en  la  explo- 
sión, con  la  tripulación  y  el  cargamento.  Este  aconte- 
cimiento desgraciado,  al  paso  que  irritó  más  á  Day- 
fusama, le  reconcilió  al  mismo  tiempo  con  el  Tono  de 
Arima,  que  habia  caido  anteriormente  de  su  gracia. 
Desde  entonces  el  Regente  le  prodigaba  con  frecuen- 
cia toda  clase  de  favores,  que  motivaron  su  ruina  es- 
trepitosa. Envanecido  este  régulo  con  la  nueva  privan- 
za del  Regente,  se  dejó  llevar  de  sus  codiciosos  senti- 
mientos, pretendiendo  á  todo  trance  la  indemnización 
completa  de  unas  ricas  posesiones  que  habia  perdido  en 
la  guerra.  Para  conseguir  su  fin,  comprometió  en  su 
negocio  á  algunos  cristianos  tépidos,  cuya  conducta  no 
fué  nada  conforme,  en  aquel  caso,  con  la  sencillez  y  pu- 
reza de  intención  que  prescribe  el  Evangelio.  Tenía 
relaciones  este  régulo  con  D.  Pablo  Dayfachi,  secreta- 
rio de  magnate  del  imperio  y  gran  privado  del  Regen- 
te. Con  su  cooperación  y  por  su  medio  creyó  que  le  se- 


—  597  — 
ría  fácil  y  hacedero  llevar  adelante  su  propósito,  ha- 
biendo en  cuenta  el  afecto  interesado  que  éste  le  mos- 
traba á  todas  horas.  Para  llevar  á  cabo  su  designio,  fran- 
queaba todas  las  sumas  que  Dayfachi  le  pedia,  pero  sin 
adelantar  mucho  en  su  negocio.  Cansado  ya  de  esperar 
y  gastar  inútilmente,  le  dijo  finalmente,  despechado, 
que  le  devolviese  su  dinero,  ó  le  alcanzase  la  gracia  pro- 
metida; ó  que,  en  caso  negativo,  lo  acusaria  al  Re- 
gente de  sus  crímenes.  Mas  como  quiera  que  el  mal- 
vado no  pudiese  cumplir  ningún  extremo  de  aquella 
disyuntiva  indeclinable,  el  Tono  realizó  sus  amenazas, 
y  en  su  consecuencia,  fue  Dayfachi  condenado  final- 
mente al  suplicio  de  las  llamas,  como  estafador  infame 
del  imperio.  Esta  sentencia  horrorosa,  que  parecía  por 
el  pronto  el  triunfo  de  la  justicia  en  aquel  régulo,  fué 
la  causa  principal  y  determinante  de  su  ruina;  pues  los 
parientes  y  deudos  del  desgraciado  Dayfachi,  resenti- 
dos hondamente  de  aquel  Tono,  juraron  destruirlo  para 
siempre  y  consumar  su  exterminio.  Para  conseguir  el 
fin  de  su  venganza,  hicieron  conocer  á  Dayfusama  la 
iniquidad  de  los  medios  con  que  trataba  de  recuperar 
las  posesiones  de  que  habia  sido  justamente  despojado, 
y  en  fuerza  de  sus  revelaciones  espantosas  fué  conde- 
nado al  último  suplicio  con  dos  hijos,  de  los  cuales  sólo 
pudo  salvarse  D.  Miguel,  por  estar  casado  con  su  nie- 
ta. Estos  hechos  espantables  exacerbaron  hondamente 
el  ánimo  del. Regente,  y  sus  iras  temerosas,  que  nece- 
sitaban desbordarse,  vinieron  á  estrellarse,  finalmente, 
contra  todos  los  cristianos.  Desde  luego  promulgó  un 
edicto  furibundo,  disponiendo  que  todas  las  iglesias  del 
Camí  y  del   Kuanto  fuesen  inmediatamente  derriba- 


-  598  - 
das,  y  que  todos  sus  vasallos  que  hubiesen  abrazado  el 
cristianismo  renegasen  para  siempre  de  su  Dios  y  de 
su  fe.  El  tiránico  decreto  se  ejecutó  sin  pérdida  de  tiem- 
po en  todas  partes,  y  sólo  se  libraron  las  iglesias  de  los 
PP.  Franciscanos  de  Fugimi,  la  nuestra  de  Meaco  y 
una  de  los  PP.  Jesuítas,  que  pudieron  finalmente  res- 
catar. Desde  esta  época,  que  comenzó  en  1612,  data  la 
segunda  persecución  que  padeció  la  iglesia  del  Japón, 
que  no  cesó  ya  de  ensangrentarse  contra  los  adoradores 
de  la  cruz,  mientras  hubo  sacerdotes  y  cristianos  que 
sacrificar  á  su  furor. 

97.  El  Tono  de  Figen  todavía  toleró  a  nuestros  mi- 
sioneros algún  tiempo,  á  pesar  del  edicto  que  habia 
publicado  el  Regente;  pero  temiendo  caer  en  su  des- 
gracia si  llegaba  á  su  noticia  que  protegía  en  sus  esta- 
dos la  religión  verdadera  que  él  se  habia  propuesto  des- 
truir, el  dia  23  de  Setiembre  de  16 13  les  pasó  un  avi- 
so atento  para  que  se  fuesen  buenamente,  por  haberlo 
ordenado  así  (según  decia)  el  regente  Dayfusama.  Des- 
de este  dia  nefasto  cesó  ya  la  protección  á  los  PP.  mi- 
sioneros, y  todos  se  dispusieron  á  partir  de  aquel  país 
desgraciado.  Renunciamos,  por  imposible,  á  describir 
las  escenas  de  ternura,  de  sentimiento  y  de  dolor  que 
no  pudo  menos  de  producir  tan  triste  y  desgarrador 
apartamiento  en  todos  los  corazones  fervorosos  de  aque- 
lla perseguida  cristiandad. 

98.  Estaban  en  Figen  á  la  sazón  los  PP.  Fr.  Alonso 
de  Mena,  Fr.  Jacinto  Orfanell  y  Fr.  Juan  de  Rueda; 
los  dos  primeros  salieron  para  la  ciudad  de  Nangasa- 
qui  el  dia  8  de  Octubre,  y  el  tercero,  vestido  deja- 
pon  ,  se  fué  al  reino  de  Omura  para  animar  y  consolar 


—  599  — 
á  los  cristianos,  que  ya  se  estaban  disponiendo  para  el 
último  combate.  La  llegada  consoladora  y  oportuna  de 
este  venerable  misionero  fué  muy  útil,  en  efecto,  para 
aquella  grey  amenazada;  pues  los  fieles  de  aquel  reino 
estaban  hondamente  poseidos  de  su  profunda  desgra- 
cia, y  con  su  dulce  presencia  cobraron  ánimo  y  va- 
lor. A  los  PP.  Alonso  y  Orfanell  les  ocurrió,  en  su 
viaje  á  Nangasaqui,  un  caso  providencial,  que  debe  y 
merece  consignarse  en  letras  de  oro.  Altamente  pre- 
ocupados de  la  gran  calamidad  que  pesaba  sobre  ellos, 
les  sale  al  encuentro,  en  el  Congu,  un  mandatario  del 
gobernador  de  aquel  distrito,  suplicándoles  por  Dios  y 
por  el  cielo,  de  parte  de  su  señor,  que  pasasen  un  mo- 
mento á  su  morada;  pues  deseaba  comunicarles  un  se- 
creto de  urgente  necesidad  y  alta  importancia.  Los  pa- 
dres misioneros  accedieron  gustosos  á  una  indicación 
tan  grave,  presintiendo  interiormente  algún  desenlace 
extraordinario  de  la  gracia,  cuyos  efectos  milagrosos 
solian  experimentar  frecuentemente.  Al  acercarse,  en 
efecto,  á  la  casa-habitacion  de  aquel  funcionario  pú- 
blico, les  sale  al  encuentro  presuroso,  vertiendo  de  sus 
ojos  abundantes  lágrimas  y  articulando  apenas  algunas 
palabras  inconexas  de  sentimiento  y  de  dolor.  Compa- 
decidos los  padres  de  su  pena,  le  dijeron  con  ternura 
que  si  estaba  en  su  mano  el  consolarle  en  aquel  caso, 
les  manifestase  francamente  el  motivo  de  sus  penas. 
Entonces  cobrando  el  afligido  prefecto  algún  aliento  y 
confianza,  les  habló  de  esta  manera :  «Yo,  padres  mios, 
soy  el  hombre  peor  del  mundo,  é  indigno  de  besarlos 
pies  al  último  criado  de  mi  casa;  porque,  por  condes- 
cender con  la  voluntad  del  Tono  de  Arima,  á  quien 


—  6oo  — 

estoy  sujeto,  he  abandonado  la  fe  de  mi  Dios  y  mi 
Señor.»  Por  la  confesión  espontánea  de  este  caballero, 
conocieron  los  PP.  misioneros  que  Dios  lo  llamaba  á 
penitencia  por  su  misericordia.  Su  caida  habia  sido  rui- 
dosa á  la  verdad,  y  la  reparación  completa  del  escán- 
dalo debia  ser  muy  difícil;  mas,  como  estaba  dispuesto 
á  todo,  y  se  prestó  sin  dificultad  á  las  instrucciones  y 
penitencias  que  le  dieron,  no  dudaron  los  PP.  misio- 
neros en  reconciliarlo  con  la  Iglesia,  y  administrarle 
desde  luego  el  santo  sacramento  de  la  Penitencia,  que 
pedia. 

El  parentesco  que  el  miserable  Tono  de  Arima  ha- 
bia contraido  con  el  regente  Dayfusama,  después  de 
haberlo  inducido  á  la  más  vergonzosa  apostasía,  lo  iba 
precipitando  cada  dia  en  un  abismo  sin  fondo,  donde 
se  agitaba  su  conciencia,  atormentada  sin  cesar  por  sus 
maldades.  Mas,  no  contento  el  Regente  con  la  con- 
ducta criminal  de  aquel  cobarde  desertor  del  cristia- 
nismo por  lo  que  tocaba  á  su  persona,  quiso  ademas 
que  indujese  á  los  de  Arima,  con  su  palabra  y  con  su 
ejemplo,  á  que  abandonasen  para  siempre  la  religión  de 
Jesucristo.  Persuadido  Dayfusama  de  lo  difícil  y  arries- 
gado de  su  empresa  (casi  todo  el  reino  era  cristiano), 
le  asoció  en  esta  obra  de  impiedad  un  hábil  bonzo,  para 
que  lo  ayudase  en  su  proyecto  con  su  astucia  prover- 
bial y  malas  artes.  Este  ministro  del  diablo  acompaííó, 
con  efecto,  al  Tono  infame  por  las  principales  ciudades 
de  su  reino  en  prosecución  de  su  demanda;  mas  su 
apostolado  impío  no  produjo,  ni  de  mucho,  los  efectos 
prodigiosos  que  se  habia  propuesto  el  tirano  en  su  de- 
lirio. Creyendo  el  bonzo,  finalmente,  que  la  esterilidad 


—  6oi  — 

de  sus  amaños  contra  la  obra  de  Dios  procedía  de  la 
tibieza  con  que  el  Tono  se  conducia  en  la  persecución 
de  los   cristianos,  lo  acusó  á  Safioye  (diputado  espe- 
cial de  Dayfusama  para  destruir  la  religión  de  Jesu- 
cristo en  aquel  reino),  diciéndole  claramente  que,  si 
bien  en  lo  exterior  habia  renegado  de  la  fe,  en  lo  in- 
terior debia  ser  aún  cristiano,  habida  consideración  al 
poco  celo  con  que  procuraba  cumplir  en  esta  parte  el 
rigoroso  mandato  del  Regente.  En  virtud  de  esta  de- 
nuncia escribió  Safioye  desde  luego  al  apóstata  de  Ari- 
ma,  y  le  reprendió  ásperamente  por  su  culpable  ti- 
bieza en  el  cumplimiento  rigoroso  de  su  deber  oficial 
en  aquel  punto.  Y  para  obligarle  por  el  temor,  que  era 
su  flaco,  á  desplegar  más  energía  en  la  persecución  de 
los  cristianos,  le  prevenía  desde  luego  que  le  denun- 
ciarla á  la  corte  si  no  daba  cumplimiento  con  más  es- 
tricta exactitud  á  lo  que  se  le  habia  ordenado  con  tanta 
seguridad  por  el  Regente  del  imperio,  si  no  secundaba 
sus  designios  con  mayor  actividad.  Apretado  el  após- 
tata de  Arima  por  estas  severas  amenazas,  suplicó  á  sus 
criados  que  apostatasen  á  su  ejemplo,  para  que  de  esta 
suerte  pudiese  dar  alguna  prueba  de  obediencia  á  Day- 
fusama, y  cubrir  de  algún  modo  su  responsabilidad  en 
aquel  caso.  Pero  aquellos  cristianos,  más  amantes  de 
su  fe  que  de  su  Tono,  despreciaron  su  propuesta,  y  no 
quisieron  acceder  á  sus  deseos.  Al  ver  frustrados  por 
esta  via  sus  intentos,  é  instado  siempre  por  Safioye  y 
por  su  consorte,  aun  infiel,  motivo  principal  de  su  caida, 
hizo  llamar  á  ocho  caballeros  de  su  reino,  y  les  rogó 
que  se  compadeciesen  de  su  triste  y  desgraciada  posi- 
ción, abandonando  la  religión  de  Jesucristo,  que  todos 


—  6o2  

ellos  profesaban,  siquiera  fuese  en  lo  exterior,  para  sa- 
carlo del  grave  compromiso  en  que  se  hallaba.  No  faltó 
alguno,  por  desgracia,  que,  por  una  compasión  mal  en- 
tendida, se  prestó  cobardemente  á  tan  impía  exigencia, 
abandonando  á  su  Dios  por  conservar  á  todo  trance 
aquella  efímera  amistad  que  su  señor  les  prometía. 
Uno  de  estos  miserables  era  el  Gobernador  del  Congu, 
á  quien  nos  venimos  refiriendo,  y  por  cuya  falta  fué 
abandonado  justamente  de  su  cristiana  consorte  y  de 
sus  fieles  criados ,  después  de  haberle  afeado  su  abomi- 
nable conducta.  Desde  entonces,  acosado  por  los  remor- 
dimientos incesantes  de  su  culpa,  y  avergonzado  y  con- 
fuso por  su  debilidad  inexcusable,  se  entregaba  noche  y 
dia  á  la  más  triste  pesadumbre,  hasta  que  por  fin  halló 
el  consuelo  de  purificarse  de  esta  mancha  ,  y  de  limpiar 
su  conciencia  en  las  aguas  saludables  de  la  vida  por 
medio  de  una  sentida  y  dolorosa  confesión  de  sus  pe- 
cados. Los  otros  régulos  cómplices,  arrepentidos  tam- 
bién postreramente  de  su  nefanda  apostasía,  se  presen- 
taron al  mismo  Tono,  su  señor,  y  le  dijeron  que  ha- 
blan hecho  mal  en  renegar  de  su  fe;  que  entendiese 
para  siempre  que  eran  cristianos  como  antes,  y  que  se 
hallaban  muy  dispuestos  á  morir,  si  era  preciso,  por 
Dios  y  sus  creencias.  Mas  el  Tono,  que  sólo  habia  da- 
do aquel  paso  para  salvar  su  compromiso,  no  trató  de 
molestarlos  en  su  caso. 

99.  Los  otros  religiosos  caballeros,  que  se  hablan 
negado  firmemente  á  las  sugestiones  del  apóstata,  con- 
siguieron poco  después  la  gloriosa  palma  del  martirio; 
pues,  noticioso  Safioye  de  su  noble  y  generosa  resis- 
tencia, mandó  al  miserable  Tono  que  los  prendiese  al 


—  6o3  — 

momento,  y  los  hiciese  arrojar  en  una  pira  para  ser 
abrasados  por  las  llamas,  con  sus  hijos  y  mujeres  jun- 
tamente. La  prisión  de  estos  caudillos,  que  se  verificó 
el  dia  6  de  Octubre  de  aquel  año,  fué  una  de  las  más 
famosas  y  más  célebres  que  se  hablan  visto  jamas  en 
el  imperio.  A  esta  noticia  funesta,  que  voló  por  todas 
partes  con  la  rapidez  del  rayo,  se  presentaron  en  la 
cárcel  y  en  sus  alrededores  y  cercados  más  de  quince 
mil  cristianos,  que  apenas  podian  convencerse  de  lo 
mismo  que  veian.  No  podian,  en  efecto,  comprender 
que  tres  caballeros  distinguidos,  tres  Tonos  acredita- 
dos, tres  régulos  del  imperio,  se  viesen  encarcelados 
por  haber  sido  fieles  á  su  Dios,  y  por  orden  y  minis- 
terio de  aquel  mismo  que  profesaba  poco  antes  la  mis- 
ma religión  y  el  mismo  culto.  Asustado  el  bonzo  in- 
fame á  vista  de  aquella  innumerable  muchedumbre  de 
cristianos,  y  temiendo  desde  luego  alguna  subleva- 
ción aterradora,  dio  parte  inmediatamente  al  sangui- 
nario Safioye,  que  residía  á  la  sazón  en  Nangasaqui. 
Asustado  también  éste  de  la  imponente  actitud  de  los 
cristianos,  no  tuvo  más  arbitrio,  que  llamar  á  los  re- 
gidores del  distrito,  que  todos  eran  cristianos,  á  fin  de 
que  le  sugeriesen  algún  medio  para  evitar  las  conse- 
cuencias de  aquella  reunión  espantadora,  que  se  habia 
agrupado  prestamente,  y  como  por  encanto  incom- 
prensible, en  derredor  de  la  cárcel  de  los  Tonos  cris- 
tianos. Sin  embargo  de  que  le  aseguraron  por  de  pron- 
to que  nada  tenía  que  temer,  el  dia  siguiente  los  ve- 
nerables confesores  fueron  conducidos  al  último  supli- 
cio, antes  que  cundiese  más  el  movimiento  y  fuese  más 
peligrosa  la  actitud  amenazadora  de  los  pueblos. 


—  6o4  — 

Apenas  rayó,  en  efecto,  aquel  dia  memorable,  sa- 
caron de  la  cárcel  tenebrosa  á  los  campeones  de  la  fe, 
para   llevarlos,  cual  víctimas,  al  lugar  del  sacrificio. 
Aquélla  fué  una  escena  nunca  vista,  un  espectáculo, 
un  hecho  desconocido  é  inenarrable  en  las  islas  del  Ja- 
pon.  Iban  vestidos  los  Tonos  con  unas  túnicas  blancas, 
y  llevando  reverentes  una  cruz  en  las  espaldas,  y  otra 
ademas  en  el  pecho,  como  símbolo  glorioso  de  su  reli- 
gión y  de  su  fe.  Los  hermanos  y  asociados  de  una  santa 
cofradía,  á  que  pertenecian  aquellos  régulos,  los  acom- 
paííaban  al  suplicio  con  candelas  encendidas  y  con  ro- 
sarios en  sus  manos,  cantando  en  procesión  pública  la 
letanía  de  la  Virgen  con  la  más  solemne  entonación. 
El  aspecto  de  los  venerables  confesores  infundía  reve- 
rencia á  toda  aquella  muchedumbre,  que  se  agrupaba 
piadosa  al  andar  de  su  camino.  Lejos  de  temer  aquellas 
víctimas  los  efectos  de  las  llamas,  en  medio  de  las  cua- 
les iban  á  ser  sacrificadas  muy  en  breve,  mostraban  en 
sus  semblantes  una  alegría  y  majestad  incontrastable, 
con  la  cual  alentaban  á  los  débiles  y  llenaban  de  con- 
fusión á  los  gentiles.  Llegaron,  por  fin,  los  campeones 
al  lugar  del  sacrificio,  y  mientras  los  ministros  de  jus- 
ticia estaban  levantando  una  estacada  al  rededor  de  la 
hoguera,  los  fieles  procuraban  cambiar  su  ropa  y  sus 
prendas  con  las  de  los  venerables  confesores,  para  con- 
servarlas siempre  como  reliquias  preciosas.  Ya  estaba 
la  leíía  prevenida,  y  los  verdugos  siniestros  con  las  teas 
en  la  mano  iban  ya  á  encender  la  pira,  cuando  León 
Taquedomi,  uno  de  aquellos  paladines  de  la  cruz,  ha- 
blando en  nombre  de  todos,  levantó  su   voz  y   dijo: 
«Morimos,  Señores,  por  la  fe  que  hemos  recibido  en 


—  6o5  — 

el  bautismo.  Debemos  este  homenaje  al  autor  de  nues- 
tra vida,  que  es  el  verdadero  Dios  de  los  cielos  y  de 
la  tierra.  Él  nos  da  á  conocer  su  santo  nombre,  y  mo- 
rimos libremente  por  su  religión  y  por  su  culto.  Esta 
es  la  fe  verdadera,  que  deben  conservar  siempre  todos 
los  cristianos  del  Arima.»  En  seguida  se  encaminó  con 
la  mayor  serenidad  y  grandeza  de  espíritu  al  lugar 
que  le  estaba  prevenido.  Entonces  sacó  de  su  seno  una 
imagen  religiosa,  la  adoró  devotamente,  y  en  segui- 
da la  entregó  con  expresión  de  ternura  á  su  mujer, 
que  no  estaba  muy  distante  de  su  esposo.  Era  cristia- 
na como  él,  y  también  iba  á  morir  por  su  Dios  y  por 
su  fe.  Encendida  ya  la  leña,  y  colocados  los  atletas  ve- 
nerables en  medio  de  las  llamas,  no  dieron  señal  algu- 
na de  flaqueza  al  sentirse  devorados  por  el  fuego.  El 
venerable  León  Taquedomi  vio  quemarse  las  amarras 
con  que  sin  necesidad  le  sujetaban,  y  sin  moverse  del 
fuego  espiró  poco  después,  haciendo  la  señal  de  la  cruz 
sobre  su  frente.  Un  niño  tierno  y  hermoso,  que  se  lla- 
maba Jacobo,  al  ver  también  abrasadas  sus  ataduras  y 
sus  cuerdas ,  se  encaminó  por  sus  pies  en  el  estado  más 
lastimoso  y  más  horrible  adonde  estaba  padeciendo  su 
dulce  y  piadosa  madre,  y  al  verla  ya  moribunda,  sólo 
se  oyeron  estas  voces :  «¡Madre  mia!  ¡Hijo  mió!  ¡Jesús! 
I  Jesús !«  Al  espirar  en  sus  labios  este  dulcísimo  nombre, 
volaron  al  cielo  juntamente  sus  almas  predestinadas  para 
no  separarse  yajamas  el  hijo  y  la  madre  en  la  otra  vida. 
¡Qué  espectáculo!  ¡Qué  escena!  ¡Qué  religión  y  qué 
grupos!  Si  Tito  Livio  ó  Genofonte  hubieran  presenciado 
este  suceso  en  las  plazas  de  Roma  ó  de  la  Grecia,  hu- 
bieran hecho  de  su  narración  una  epopeya,  y  hubieran 


—  6o6  — 

hecho  resonar  toda  la  tierra  con  las  cien  trompas  de  la 
fama.  De  esta  suerte  consumaron  estos  venerables  con- 
fesores del  Señor  el  sacrificio  de  sus  vidas  por  la  fe  que 
profesaban ,  dejando  á  las  generaciones  venideras  un 
ejemplo  de  constancia  y  de  fortaleza  invictas,  capaces 
de  alentar  en  los  combates  de  la  religión  y  de  la  fe  á 
los  cristianos  más  débiles  y  corazones  más  tímidos. 

Por  entonces  cesó  la  persecución  en  el  reino  de  Ari- 
ma,  y  el  apóstata,  su  Tono,  en  pago  de  la  fidelidad  con 
que  trataba  de  dar  gusto  á  Dayfusama,  fué  privado 
para  siempre  de  la  herencia  de  los  suyos,  y  trasladado 
al  reino  infeliz  de  Finga,  mucho  más  pequeño  y  po- 
bre que  el  que  dejaba  por  sus  vicios.  Sin  embargo,  no 
por  esto  dejó  de  ser  un  vil  esclavo  del  anciano  Dayfu- 
sama, á  quien  procuraba  complacer  para  conservar  su 
vida.  Para  darle  gusto  en  todo,  hacia  alarde  á  todas 
horas  de  su  apostasía  nefanda,  y  caminando  de  este 
modo  de  precipicio  en  precipicio,  llegó  á  ofrecer  in- 
cienso, finalmente,  y  adorar  con  torpes  cultos  á  las  dei- 
dades del  imperio.  A  tan  infeliz  estado  de  abyección 
se  vio  reducido,  finalmente,  aquel  Tono  despreciable, 
en  castigo  formidable  de  sus  abominaciones. 

ICO.  En  medio  de  estos  contratiempos,  casi  todos 
los  PP.  misioneros  se  hablan  retirado  á  Nangasaqui, 
ora  lanzados  con  violencia  por  las  autoridades  del  país, 
ora  de  su  propio  movimiento,  á  esperar  otra  ocasión 
más  oportuna  para  volver  á  reedificar  el  destruido  tem- 
plo del  Señor.  El  ex-Provincial  de  ésta,  Fr.  Baltasar 
Fort,  que  á  la  sazón  desempeñaba  el  oficio  de  Vicario 
Provincial  de  nuestros  misioneros  en  aquella  ciudad 
célebre,   al   ver  tantos   sacerdotes   reunidos   en   aquel 


—  6o7  — 

puerto  famoso,  despachó  á  dos  de  sus  subditos  para 
alentar  en  todas  partes  a  los  cristianos  perseguidos,  y 
administrarles  también  en  todo  caso  los  santos  sacra- 
mentos. El  uno  se  quedó  para  este  efecto  en  las  aldeas 
de  Arima  y  Amaguza,  y  el  otro  fué  al  reino  de  Figen 
con  las  precauciones  necesarias  para  el  caso.  Otros  re- 
ligiosos dieron  principio  en  este  mismo  tiempo  á  esta 
clase  de  misiones,  que  pudiéramos  llamar  conservado- 
ras, y  que  fueron  de  grande  utilidad  para  los  fieles;  pero 
que  no  pudieron  ocultarse  a  la  suspicaz  política  del  ti- 
rano Dayfusama.  Luego  que  traspiró  el  nuevo  sistema 
de  estas  misiones  dispersas,  se  publicó  otro  decreto  del 
Regente,  dirigido  á  todos  los  Tonos  del  imperio,  por 
el  cual  les  comunicaba  bajo  las  penas  más  severas  que 
prendiesen  inmediatamente  á  todos  los  PP.  misioneros 
de  sus  distritos  respectivos,  y  los  enviasen,  bien  asegu- 
rados, a  la  ciudad  de  Nangasaqui.  También  se  les  man- 
daba al  mismo  tiempo  que  derribasen  do  quier  todos 
los  templos  cristianos,  y  obligasen  con  su  autoridad  á 
sus  vasallos  á  que  abjurasen  públicamente  la  religión  y 
la  ley  de  Jesucristo.  Uno  de  nuestros  religiosos  fué  sor- 
prendido en  su  retiro  con  tres  PP.  Jesuítas  y  dos  mi- 
sioneros Agustinos,  estando  juntos  en  Usaqui.  Mas  este 
incidente  desgraciado,  lejos  de  abatir  el  ánimo  y  el  va- 
lor de  los  demás,  los  inflamó  de  tal  modo  por  la  glo- 
ria de  Dios  y  de  su  reino,  que  abandonaron  por  fin  sus 
retiros  ignorados,  y  se  esparcieron  sin  temor  por  los 
cuatro  vientos  del  imperio  á  la  faz  de  los  cielos  y  la 
tierra.  No  podian  en  efecto  contener  los  arrebatos  de 
su  celo,  al  ver  á  los  cristianos  perseguidos  y  los  peligros 
que  corria  la  causa  de  la  religión  y  de  la  fe.  Nuestro 


—  6o8  — 

venerable  P.  Fr.  José  de  San  Jacinto  fué  enviado  por 
esta  causa  á  la  misma  corte  de  Meaco,  en  donde  el 
peligro  y  la  necesidad  era  mayor,  y  trabajó  allí  por 
mucho  tiempo,  sin  haber  sido  denunciado  felizmente 
por  los  perseguidores  de  la  cruz,  á  pesar  de  las  pocas 
6  ningunas  precauciones  que  tomaba. 

I  oí.  Publicado,  finalmente,  el  último  decreto  del 
Regente,  se  llevó  á  efecto  en  todas  partes  con  todo  ri- 
gor y  todo  apremio.  A  la  prisión  y  destierro  de  los 
PP.  misioneros  se  seguia  la  destrucción  de  sus  altares 
y  sus  templos,  y  luego  toda  clase  de  resortes  y  de  me- 
dios vergonzosos  para  pervertir  á  todo  trance  la  fe  y  el 
corazón  de  los  cristianos.  No  reparaban  los  monstruos 
de  aquella  persecución  universal  en  la  elección  de  los 
medios  si  podian  conducir  á  sus  designios,  por  más 
horrendos  que  fuesen  á  los  ojos  de  la  humanidad  y  del 
pudor.  Algunos  de  ellos  publicaron  que  los  inobedien- 
tes y  tenaces  serian  ignominiosamente  paseados  por  las 
calles  y  por  los  lugares  públicos,  desnudos  enteramente, 
sin  exceptuar  a  las  doncellas;  y  que  éstas,  después  de 
todo,  serian  arrojadas  finalmente  a  los  lupanares  del  im- 
perio, para  que  juntamente  con  la  honra  perdiesen 
también  la  castidad.  Este  ardid  de  los  infiernos  fué  la 
ruina  miserable  de  muchas  cristianas  débiles,  que  pres- 
cindiendo de  este  caso  hubieran  dado  muy  gustosas  la 
vida  en  medio  de  las  llamas,  antes  que  sufrir  tamaña 
afrenta.  Muchos,  sin  embargo,  permanecieron  cons- 
tantes en  la  fe,  despreciando  con  razón  las  impruden- 
tes amenazas  de  los  Tonos.  Entre  los  pocos  que  su- 
frieron esta  clase  de  suplicio  se  distinguió  especialmen- 
te un  cristiano  fervoroso,  llamado  Benito  por  su  nom- 


—  6o9  — 

bre,  con  Águeda,  su  mujer,  v  con  Juan  y  Melchor,  dos 
hijos  suyos.  Después  de  haberlos  desnudado  enteramen- 
te, fueron  paseados  por  Faqueda,  ciudad  del  reino  de 
Bungo,  y  no  satisfecha  aún  la  crueldad  de  los  tiranos 
con  haberles  hecho  padecer  tan  vergonzosa  ignominia, 
los  metieron  al  fin  en  unos  sacos  llenos  de  paja  de  ar- 
roz, y  los  amontonaron  en  el  suelo,  burlándose  en  su 
impiedad  de  aquellas  víctimas.  Así  fué  como  Benito 
murió  allí  mismo  á  los  tres  dias,  oprimido  y  asfixiado, 
como  es  justo  comprender.  Su  cuerpo  fué  luego  entre- 
gado á  las  llamas  ya  cadáver,  y  sus  cenizas  lanzadas  á 
las  aguas  de  un  torrente,  para  privar  á  los  devotos  cris- 
tianos de  la  posesión  de  sus  reliquias. 

102.  En  Tucuta,  ciudad  del  reino  de  Chicuyen, 
padecieron  por  la  fe,  hacia  el  mismo  tiempo,  algunos 
cristianos,  que  se  prepararon  desde  luego  con  los  santos 
sacramentos  para  salir  victoriosos  en  el  dia  de  los  com- 
bates. Entre  los  que  practicaron  estas  santas  diligencias 
con  nuestro  misionero,  el  venerable  P.  Fr.  Juan  de  Rue- 
da, se  ha  conservado  la  memoria  de  un  médico  del 
país,  llamado  Joaquin  desde  el  bautismo,  con  la  de 
otro  cristiano,  llamado  Tomé  en  la  ciudad,  y  muy  co- 
nocido en  la  población  por  su  religiosidad  y  sus  virtu- 
des. Siendo  estos  buenos  cristianos  tan  fervorosos  y 
exactos  en  el  cumplimiento  de  la  ley  santa  del  Señor, 
fueron  los  primeros  en  sufrir  los  efectos  de  la  persecu- 
ción y  del  furor,  que  provocaron  en  el  reino  la  noticia 
y  la  publicación  aterradora  del  decreto  neroniano.  Ata- 
dos, en  efecto,  por  un  pié  á  las  ramas  de  algún  pino, 
fué  probada  de  varios  modos  su  constancia,  hasta  que 
cansados  los  tiranos  de  hacerlos  padecer  inútilmente, 

TOMO   I.  39. 


' —  élO  — 

los  bajaron   maltratados,  y  en  seguida  les  cortaron  la 
cabeza  á  golpe  de  hacha. 

103.  En  Meaco,  Osaca,  Sacay  y  Fugimí  padecie- 
ron también  á  la  sazón  todos  los  cristianos  del  país 
grandes  tribulaciones  y  trabajos  por  la  fe  de  Jesucristo, 
si  bien  no  experimentaron,  felizmente,  las  crueldades 
nefandas  que  en  otras  partes  del  imperio,  por  la  gene- 
rosa índole  de  sus  gobernadores  respectivos.  Hacura- 
dono,  que  lo  era  de  Meaco,  se  contentaba  tan  sólo  con 
meter  en  unos  sacos  á  los  que  permanecian  más  cons- 
tantes, y  los  amenazaba  con  la  muerte  si  persistían  en 
su  creencia;  mas  todos  sus  rigores  y  amenazas  no  pa- 
saban de  palabras,  porque  trataba  solamente  de  salir 
del  paso  en  estos  lances,  y  cubrir  de  cualquier  modo 
el  expediente  y  las  apariencias  de  la  ley.  El  de  Osaca 
desterró  algunos  cristianos,  y  el  de  Sacay  sólo  procedió 
con  rigor,  en  sus  dominios,  contra  una  pobre  doncella, 
llamada  Catalina  según  el  nombre  de  bautismo,  é  hija 
de  padres  infieles,  que  la  arrojaron  de  su  casa  por  no 
querer  abjurar  de  ningún  modo  la  religión  de  Jesu- 
cristo. Noticioso  el  Gobernador  del  hecho,  se  empeñó 
en  combatir  la  fe  robusta  de  aquella  virgen  cristiana; 
mas  halló  en  su  alma  preciosa  un  castillo  inexpugna- 
ble, capaz  de  resistir  á  los  ataques  de  todas  las  potes- 
tades del  infierno.  Cansado  de  exhortarla  inútilmente 
á  que  renegase  de  su  fe,  la  mandó  desnudar  de  medio 
cuerpo  y  colgarla  de  un  gran  palo  en  actitud  vergon- 
zosa, expuesta  á  las  burlas  é  indecencias  de  los  hom- 
bres inmorales.  Sufrió  la  virgen  heroica  tan  afrentoso 
tormento  por  espacio  de  tres  dias  con  una  constancia 
milagrosa,  hasta  que  los  cristianos  obtuvieron  el  per- 


—  6ii  — 

miso  de  bajarla  medio  muerta.  Mas  un  hermano  de  la 
Orden  de  nuestro  P.  San  Francisco  la  curó  perfecta- 
mente, y  vivió  aquella  heroina  hasta  una  edad  avanza- 
da. Otros  muchos  venerables  mártires  y  confesores  del 
Seíior  hubo  en  el  imperio  del  Japón  por  este  tiempo, 
que  sólo  son  conocidos  en  la  presencia  de  Dios.  Estos 
ataques,  sin  embargo,  que  entonces  sufrió  la  religión 
en  el  imperio,  sólo  fueron  los  preludios  de  la  persecu- 
ción general  y  prolongada,  que  no  tardó  en  declararse 
bajo  la  tiránica  opresión  de  Dayfusama,  en  toda  la  ex- 
tensión de  sus  dominios. 


CAPITULO  VI. 

Capítulo  intermedio  del  P.  Fr.  Miguel  de  San  Jacinto. —  Se  constituyen  y 
organizan  las  vicarías  de  provincia. —  Se  admiten  las  casas  de  Lingayen  y 
de  Bagnotan,  hoy  Dagupan. — Diferencias  y  transacciones  entre  his  pro- 
vincias del  Santísimo  Rosario  y  Santísimo  Nombre  de  Jesús,  sobre  la  fiesta 
del  Corpus  y  otras  gestiones  pendientes. —  Muerte  y  reseña  de  la  vida  del 
limo.  Sr.  D.  Fr.  Diego  de  Soria. —  ídem  del  V.  P.  Fr.  Francisco  Minayo. 
—  Se  sublevan  los  indios  deja  Irraya. — Llega  á  Manila  una  misión  de 
treinta  y  dos  religiosos  de  la  Orden. —  Sucesos  y  vicisitudes  de  su  viaje. 

104.  Por  los  años  de  1 614  se  celebraba  en  Manila 
el  Capítulo  intermedio  del  P.  Fr.  Miguel  de  San  Ja- 
cinto. Constituidos  en  sesión  los  PP.  capitulares,  dis- 
cutieron varios  puntos  que  se  conceptuaron  necesarios 
para  el  bienestar  orgánico  y  gobierno  general  de  la 
Provincia.  En  primer  lugar,  determinaron  que  los  vi- 
carios provinciales  ocupasen  el  lugar  preferente  al  su- 
perior, y  que  en  todos  los  actos  de  comunidad,  estando 
ausente  el  Prior  ó  el  vicario  de  la  casa,  presidiese  á  los 


6l2    

demás,  no  estando  á  la  sazón  el  Provincial  dentro  de  la 
vicaría  ó  de  su  circunscripción.  Luego  declararon,  con 
autoridad  apostólica  habida  para  el  efecto,  algunos  pun- 
tos de  las  constituciones  de  la  Orden,  determinando 
al  mismo  tiempo  que  sus  declaraciones  eran  de  per- 
petua duración  por  su  importancia  y  gravedad.  Entre 
las  disposiciones  saludables  que  se  tomaron  entonces,  se 
acordó  señalar  en  cada  provincia  ciertos  distritos  espe- 
ciales, con  el  nombre  particular  de  Vicarías,  en  las  cua- 
les residia  un  superior,  que  debía  ejercer  su  autoridad 
sobre  todos  los  religiosos  misioneros  de  su  peculiar  ju- 
risdicción. En  Cagayan,  las  vicarías  designadas  fueron 
éstas :  el  convento  de  la  ciudad  de  la  Nueva  Segovia, 
con  un  sacerdote  y  un  lego;  las  casas  de  Santa  María 
Magdalena  de  Patta,  Abulug,  Massi,  Fotol  y  Capi- 
natan,  con  un  vicario  y  seis  sacerdotes;  las  de  Cama- 
lanyugan,  Aparri,  Buguey,  Tocolana,  Gattaran  y  Nas- 
siping,  con  un  vicario,  seis  sacerdotes  y  un  lego;  las 
de  Tabang,  Tuao,  Piat,  Malaoeg  y  Santa  Cruz,  con 
un  vicario,  cinco  sacerdotes  y  un  lego;  las  de  Tugue- 
garao  é  Iguig,  con  un  vicario  y  tres  sacerdotes.  La  pro- 
vincia de  Pangasinan  se  organizó  en  dos  distritos,  á  sa- 
ber:  las  casas  de  Binalatongan,  hoy  San  Carlos,  Ba- 
lunguey,  Telban,  Lingayen  y  Binmaley,  con  un  vica- 
rio, cinco  sacerdotes  y  un  lego;  y  las  de  Calasiao,  Man- 
galdan,  Manaoag,  San  Jacinto  y  Bagnotan,  con  un  vi- 
cario y  cuatro  sacerdotes.  Así  se  clasificaron  y  dividie- 
ron otras  vicarías.  Todo  el  partido  de  Bataan  se  redujo 
á  una  sola  vicaría,  con  un  vicario  y  tres  sacerdotes.  Bi- 
nondo  fué  también  clasificado  como  vicaría,  á  la  que 
se  destinó  un  vicario  con  tres  sacerdotes  y  un  lego.  En 


—  6i3  — 

Japón  habia  entonces  nueve  misioneros  sacerdotes  de 
la  Orden,  y  todos  ellos  fueron  asignados  al  convento 
de  la  ciudad  de  Nangasaqui;  los  demás  de  la  provincia 
lo  fueron  al  de  N.  P.  Santo  Domingo  de  Manila,  á  ex- 
cepción del  procurador  de  Méjico,  que  lo  fué,  con  un 
sacerdote  y  un  lego,  al  hospicio  de  San  Jacinto,  que 
formaba  también  su  vicaría. 

Esta  sabia  ley  orgánica  era  sin  duda  por  entonces  la 
más  adecuada  y  oportuna,  habida  consideración,  como 
era  justo,  á  la  razón  de  los  tiempos,  para  mantener  en 
todo  su  vigor  la  observancia  regular  de  esta  Provincia. 
De  esta  suerte,  los  religiosos  destinados  al  ministerio 
de  los  indios  tenian  un  superior  inmediato,  que  podia 
fácilmente  vigilar  su  proceder,  según  las  medidas  é  ins- 
trucciones que  en  el  mismo  Capítulo  provincial  se  adop- 
taron al  efecto.  Cuatro  veces  al  año  debian  los  vicarios 
visitar  las  casas  de  sus  distritos  respectivos,  y  debia  du- 
rar esta  visita  una  semana  completa  en  cada  residencia 
religiosa,  en  cuyo  tiempo  tenian  lugar  suficiente  para 
poder  informarse  v  observar  lo  conveniente  respecto  al 
celo  particular  de  cada  uno,  y  á  la  manera  de  condu- 
cirse en  sus  pueblos  y  cristiandades  respectivas.  Medi- 
da muy  conveniente  en  aquel  tiempo  de  organización 
social  y  religiosa. 

105.  En  este  Capítulo  provincial  se  aceptaron  las  ca- 
sas de  Lingayen  y  de  Bagnotan,  en  la  provincia  de 
Pangasinan,  y  la  que  se  debia  fundar  á  breve  plazo  en 
los  rnayidayas  de  Cagayan,  según  estaba  resuelto  y  acor- 
dado. Lingayen  habia  sido  desde  antiguo  la  población 
principal  de  la  provincia,  que  los  PP.  Agustinos  hablan 
adoctrinado  con  gran  celo,  desde  que  sus  naturales  re- 


—  6l4  — 

conocieron  al  Gobierno.  Mas  sus  conquistas  religiosas 
en  aquellos  tiempos  primitivos,  y  antes  que  nuestros 
religiosos  tomaran  á  su  cargo  esta  provincia,  se  limita- 
ron casi  á  los  indios  de  aquella  sola  población,  por  la 
tenaz  oposición  y  resistencia  que  los  demás  ofrecían  á 
su  fervoroso  apostolado.  Nuestros  misioneros,  sin  em- 
bargo, tomaron  con  el  mayor  empeño  y  eficacia,  como 
hase  visto  anteriormente,  el  ablandar  la  dureza  de  aque- 
lla gente  feroz,  y  con  el  auxilio  de  la  gracia  y  una  cons- 
tancia tenaz,  consiguieron  su  objeto  finalmente,  y  triun- 
faron de  su  obstinación  y  de  su  braveza;  quedando  los 
PP.  Agustinos  por  entonces  como  aislados  de  algún 
modo  en  la  circunscripción  de  Lingayen.  Mas  su  celo, 
siempre  activo,  ensayó  posteriormente  la  reducción  de 
Manaoag ,  que  luego  se  vieron  precisados  á  resignar  en 
manos  del  Obispo  por  la  mucha  distancia  de  aquel  pun- 
to, y  la  difícil  comunicación  tan  necesaria  con  su  resi- 
dencia principal.  Esta  sola  circunstancia  y  demás  pre- 
cedentes indicados  les  ponian  en  el  caso  de  ceder  á  la 
provincia  del  Santísimo  Rosario  el  pueblo  de  Lingayen, 
tan  luego  como  se  les  ofreciese  alguna  coyuntura  de- 
corosa y  favorable.  Esto  se  verificó  en  1 6 1  3  con  mo- 
tivo de  una  transacción  honrosa  para  las  dos  corpora- 
ciones, con  la  que  terminó  el  ruidoso  pleito  sobre  la 
preferencia  en  celebrar  la  fiesta  del  Corpus  en  el  do- 
mingo infraoctavo,  que  ambas  comunidades  pretendían. 
Los  PP.  Agustinos  fundaban  su  pretensión  y  su  dere- 
cho en  la  posesión  en  que  estaban  de  esta  gracia  antes 
que  llegasen  los  PP.  Dominicos  á  Manila,  y  ademas 
en  un  breve  de  Clemente  VIII,  que  obtuvieron  al  efec- 
to durante  el  tiempo  del  litigio.  A  nosotros  nos  favo- 


redan  igualmente  los  breves  de  S.  Pío  V,  de  Grego- 
rio XIII  y  otro  del  mismo  Clemente  VIII.  De  esta 
suerte,  creyendo  las  dos  corporaciones  tener  derecho  de 
su  parte,  hacian  la  cuestión  interminable.  Al  fin,  re- 
solvióse en  dicho  año  á  satisfacción  de  todos,  con  mo- 
tivo de  un  incidente  desagradable  que  aconteció  en 
Narvacan,  de  la  provincia  de  llocos,  en  donde  admi- 
nistraba un  religioso  de  la  Orden  por  disposición  y  en- 
cargo del  Obispo. 

Extraño  parecería  á  primera  vista  que  nuestros  reli- 
giosos se  hubiesen  encargado  de  la  administración  de 
aquel  distrito,  que  no  les  habia  confiado  el  vice-patrono 
de  las  islas,  circunvalado  ademas  por  otros  pueblos, 
cuya  administración  estaba  á  cargo  de  otra  corporación 
religiosa.  La  Historia  del  limo.  Sr.  D.  Fr.  Diego  Aduar- 
te  (lib.  II,  cap.  xLiv),  haciendo  mención  del  venera- 
ble P.  Fr.  Tomas  Gutiérrez,  asegura  que  fué  ministro 
de  aquel  pueblo  por  espacio  de  un  año;  y  añade  des- 
pués á  este  propósito,  que  estando  los  demás  pueblos 
de  la  provincia  de  llocos  á  cargo  de  los  PP.  Agusti- 
nos, nuestra  Orden  entregó  la  administración  de  Nar- 
vacan á  dichos  padres,  por  otro  pueblo  de  la  provincia 
de  Pangasinan,  que  es  su  limítrofe  (i),  para  que  de 
esta  suerte  toda  la  administración  de  esta  provincia  fue- 
se de  nuestros  religiosos,  así  bien  que  la  de  aquélla  per- 
teneciese igualmente  á  los  PP.  Agustinos.  Mas  el  ilus- 
trísimo  Aduarte  no  refiere  el  motivo  principal  de  esta 
permuta,  que  se  aclara  en  un  manuscrito  interesante  que 


(i)  Hoy  no  lo  es,  por  la  provincia  de  la  Union,  que  está  por  medio,  y  que 
formaba  parte  en  un  principio  de  la  provincia  de  llocos. 


—  6i6  — 

existe  en  el  archivo  del  convento  de  nuestro  padre  San- 
to Domingo  de  Manila.  Era  á  la  sazón  obispo  de  aque- 
lla diócesis,  que  comprende  ambas  provincias,  el  ilus- 
trísimo  Sr.  D.  Fr.  Diego  de  Soria,  y  tenía  un  empeíio 
decidido  en  abrir  una  comunicación  por  el  centro  de 
los  montes  entre  Pangasinan  y  Cagayan,  que  pertene- 
cia  también  á  su  obispado.  En  aquella  época  lejana, 
sólo  eran  conocidos  los  primeros  pueblos  que  se  hallan 
al  otro  lado  del  monte  Caraballo,  situados  en  el  valle 
y  territorio  de  Ituy,  ignorándose  la  posición,  y  la  dis- 
tancia y  demás  condiciones  topográficas  del  país,  que 
se  extiende  desde  allí  hasta  los  últimos  pueblos  de  Ca- 
gayan, ya  reducidos  por  nuestros  celosos  misioneros. 
Las  grandes  esperanzas  que  se  tenian  por  entonces  de 
un  descubrimiento  tan  precioso,  hacian  mirar  este  pro- 
yecto como  de  grande  importancia,  y  para  llevarlo  á 
cabo  consideraba  el  Obispo  como  necesaria  é  indispen- 
sable la  reducción  de  aquel  país,  aun  desconocido,  por 
medio  de  nuestros  religiosos,  que  ya  administraban  los 
extremos  de  aquellas  provincias  apartadas. 

Nuestra  corporación,  que  ya  abundaba  en  los  mis- 
mos sentimientos,  suplicó  al  gobernador  D.  Juan  de 
Silva  que  le  encomendase  la  reducción  definitiva  de 
aquel  valle,  cuyos  industriosos  habitantes,  con  motivo 
del  beneficioso  tráfico  que  venian  manteniendo  con  los 
pangasinanes  en  su  tiempo,  habian  cobrado  mucho  afec- 
to á  los  religiosos  de  la  Orden,  que  adoctrinaban  ya  en- 
tonces á  los  de  esta  Provincia.  Silva  no  tuvo  dificultad 
en  conceder  la  gracia  suplicada  por  los  nuestros;  gra- 
cia que  nadie  hasta  entonces  habia  pretendido  ni  ges- 
tionado formalmente  en  los  términos  explícitos  que  lo 


-  6i7  - 

verificó  nuestra  Provincia.  Más  los  PP.  Franciscanos, 
noticiosos  al  fin  de  esta  gestión  de  los  PP.  Dominicos, 
reclamaron  para  sí  esta  concesión,  fundándola  en  la 
proximidad  reconocida  de  los  montes  de  Baler,  en  don- 
de ellos  hablan  principiado  sus  misiones.  Entonces  el 
Gobernador  revocó  la  gracia  otorgada  á  la  provincia 
del  Santísimo  Rosario^  para  que  los  PP.  Franciscanos 
pudiesen  ejercer  su  celoso  ministerio  en  el  deseado  va- 
lle. Al  ver  el  Obispo  fi'ustrado  su  proyecto,  y  como 
hombre  poseido  de  tan  levantado  pensamiento,  conci- 
bió la  posibilidad  de  realizar  su  gran  proyecto  por  otra 
parte  distinta,  y  creyó  que  Narvacan,  cuyas  vecinas 
montarías  estaban  habitadas  por  infieles  de  la  raza  tin- 
guiana,  que  trataba  de  reducir  y  de  civilizar  cristiana- 
mente, sería  también  conveniente  como  punto  de  par- 
tida para  abrir  la  famosa  comunicación  de  Cagayan. 
Este  pueblo  pertenecía  por  entonces  al  clero  secular  de 
aquella  diócesis,  y  hallándose  vacante  á  la  sazón,  el  pre- 
lado debía  proveerlo  en  aquel  caso  de  un  sacerdote  ca- 
paz de  administrarlo  espiritualmente.  Mas  no  pudien- 
do  al  efecto  disponer  de  ningún  sacerdote  secular,  lo 
entregó  al  P.  Gutiérrez,  que  á  la  vez  ejercía  en  aque- 
lla diócesis  el  oficio  de  su  vicario  general.  Empero  omi- 
tiendo hacer  mención  de  las  diferencias  que  mediaron 
con  semejante  motivo  entre  ambas  corporaciones,  al  fin 
hubo  honrosas  transacciones  de  ambas  partes,  que  se 
zanjaron  felizmente  sin  la  menor  oposición.  En  su  vir- 
tud, los  PP.  Agustinos  se  quedaron  con  el  partido  de 
Narvacan,  que  comprendía  los  anejos  de  Santa  María, 
San  Esteban  y  Santiago,  y  nosotros  con  Lingayen,  como 
se  ha  dicho;  sobreseyendo  también  la  provincia  del  San- 


—  6i8  — 

tísimo  Nombre  de  Jesús  sobre  el  derecho  que  preten- 
día acerca  del  barrio  de  Baybay,  habitado  por  los  chi- 
nos cristianos,  incorporados  desde  antiguo  con  el  pue- 
blo de  Binondo.  El  clero  secular  de  la  Nueva  Segovia 
fué  indemnizado  también,  por  el  derecho  que  con  el 
ministerio  de  Abra  tenía  á  Narvacan,  que  los  padres 
Agustinos  habian  reducido  á  la  fe  desde  un  principio. 
Finalmente,  se  arregló  la  competencia  sobre  el  dia  ani- 
versario para  la  ñesta  del  Corpus,  del  modo  más  satis- 
factorio y  fraternal.  De  suerte  que  los  PP.  Agustinos, 
al  tenor  de  este  convenio,  deben  celebrarla  un  año  en 
nuestra  iglesia,  y  á  su  vez  los  Dominicos  deben  cele- 
brarla otro  año  en  la  iglesia  conventual  de  los  prime- 
ros, alternando  de  este  modo  fraternal  en  sus  funcio- 
nes, y  siempre  con  asistencia  de  ambas  comunidades 
religiosas.  Esta  célebre  é  ingeniosa  transacción  se  cele- 
braba por  Julio  de  1613,  y  se  autorizó,  hnalmente,  en 
toda  forma,  por  una  escritura  pública,  ante  el  escribano 
de  número  de  Manila,  D.  Diego  de  Rueda,  con  la 
sanción  poderosa  de  los  señores  el  gobernador  de  las 
islas  Filipinas  D.  Juan  de  Silva,  el  arzobispo  de  Ma- 
nila D.  Diego  Vázquez  de  Mercado,  el  obispo  de  la 
Nueva  Segovia  D.  Fr.  Diego  de  Soria,  todos  los  pro- 
vinciales de  las  órdenes  religiosas  de  Manila  y  los  pa- 
dres más  graves  de  cada  corporación,  residentes  por  en- 
tonces en  la  misma  capital.  De  esta  suerte  quedó  la  paz 
restablecida,  y  se  dio  solución  satisfactoria  á  todas  las 
diferencias  suscitadas. 

106.  El  limo.  Sr.  D.  Diego  de  Soria  sobrevivió 
muy  poco  tiempo  al  convenio  referido;  pues  en  el  Ca- 
pítulo provincial  de  este  año  se  hace  mención  de  su  fa- 


—  619  — 

llecimiento,  elogiando  los  padres  su  memoria.  Era  na- 
tural de  Yébenes  é  hijo  del  convento  de  Ocaña.  Des- 
tinado al  colegio  de  Alcalá,  después  de  haber  emitido 
la  solemne  profesión,  se  aplicó  con  gran  cuidado  al  es- 
tudio de  las  ciencias  y  de  las  virtudes  de  los  santos,  ob- 
servando con  rigor  todas  las  leyes  y  constituciones  de 
la  Orden.  Luego  que  oyó  en  la  soledad  de  su  retiro  la 
primera  circular  del  P.  Fr.  Juan  Crisóstomo,  hacien- 
do un  llamamiento  fervoroso  á  todos  los  escogidos,  para 
fundar  en  Filipinas  una  provincia  religiosa  destinada  á 
anunciar  y  propagar  el  Evangelio  en  los  países  infieles, 
pidió  con  humildad  ser  admitido  entre  ellos,  y  desde 
luego  abandonó  las  esperanzas  con  que  su  talento  y  sus 
virtudes  pudieran  acariciarle  en  la  Península.  Incorpo- 
rado, pues,  á  la  misión  organizada  por  los  primeros 
fundadores,  y  tan  luego  como  aportara  á  este  país,  el 
Vicario  general  lo  destinó  para  fundar  y  dirigir  el  con- 
vento de  esta  capital,  del  cual  fué  nombrado  su  primer 
vicario  por  el  pronto,  y  finalmente  prior.  En  este  car- 
go importante  descubrió  un  gran  fondo  de  prudencia, 
con  la  cual  subyugaba  siempre  las  voluntades.  La  en- 
tereza con  que  decia  la  verdad  y  seííalaba  á  todos  el  pe- 
ligro de  perderse  en  los  caminos  del  pecado,  le  con- 
quistaron por  fin  una  gran  reputación  pública.  Es  por 
demás  interesante  el  hecho  que  vamos  á  referir  en  com- 
probación de  esta  verdad.  Confesaba  en  cierta  ocasión 
á  un  personaje  de  superior  jerarquía  y  de  alta  repre- 
sentación en  estas  islas;  y  habiéndose  atravesado  una 
cuestión  de  conciencia,  éste  decia  que  su  opinión  en  la 
materia  era  ajustada  á  la  razón  y  á  la  justicia;  el  P.  So- 
ria sostenía  lo  contrario,  y  al  ver  que  su  penitente  sos- 


620    

tenia  con  insistencia  su  opinión,  altamente  poseido  de 
su  ministerio  y  su  carácter,  le  dijo  de  esta  manera : 
«V.  S.  en  este  asunto  está  sujeto  al  fuero  de  la  con- 
ciencia, y  siendo  reo  en  este  tribunal,  no  puede  ser  juez 
al  mismo  tiempo;  yo  tengo  bien  meditada  la  materia, 
y  no  puedo  formar  otro  juicio;  y  si  no  quiere  acomo- 
darse á  mi  sentencia,  puede  desde  luego  buscar  otro 
confesor.»  El  personaje,  que  no  dudaba  de  la  gran  ca- 
pacidad del  P.  Soria,  y  menos  de  su  virtud,  miró  me- 
jor el  punto  de  la  cuestión  y  no  tardó  en  desengarzar- 
se. Entonces  fué  personalmente  á  visitarle,  y  le  suplicó 
con  mucha  humildad  lo  confesase;  pues  estaba  ya  re- 
suelto á  seguir  en  todo  su  dictamen. 

Después  de  haber  desempeñado  dignamente  el  ofi- 
cio de  prior,  fué  destinado  á  los  penosos  ministerios  de 
Pangasinan,  como  ya  es  dicho,  en  donde  participó  de 
los  trabajos  y  amarguras  con  que  fué  probada  la  cons- 
tancia de  los  primeros  misioneros  de  la  Orden,  á  quie- 
nes se  confió  su  conversión.  Allí  desplegó  todo  su  celo 
y  su  caridad  sin  límites  en  cristianizar  aquellas  gentes 
supersticiosas  é  idolátricas.  Mas  Dios  le  tenía  reserva- 
do en  sus  consejos  otro  campo  más  vasto  todavía,  para 
derramar  en  él  la  semilla  celestial  de  su  palabra.  Esta 
heredad  predilecta  del  gran  Padre  de  familias  era  la 
provincia  de  Cagayan,  con  sus  montarías  y  sus  valles,  y 
las  hermosas  riberas  de  sus  rios.  Don  Luis  Pérez  Das- 
mariñas  la  encomendó  á  la  provincia  del  Santísimo  Ro- 
sarioy  cuando  sus  entonces  feroces  habitantes  yacían  to- 
davía en  las  tinieblas  de  la  gentilidad  y  del  error.  Em- 
pezada ya,  bajo  su  auspicio,  aquella  conquista  religiosa, 
se  vio  precisado  á  abandonarla,  porque  Manila  tenía 


621    

necesidad  de  su  presencia.  Era  la  segunda  vez  que  lo 
nombraban  prior  de  Santo  Domingo,  cuya  casa  con- 
ventual acreditó  en  gran  manera  con  su  virtud  y  santa 
vida.  Mas  como  la  corporación  tenía  gran  necesidad 
de  personal  en  proporción  que  se  dilataba  el  horizonte 
de  sus  trabajos  apostólicos,  creyó  el  Provincial  que  na- 
die mejor  que  el  P.  Soria  podria  sacarla  del  ahogo  en 
que  se  hallaba  á  la  sazón  por  la  escasez  de  ministros. 
Con  este  fin,  fué  nombrado  representante  y  procura- 
dor general  de  la  Provincia  en  las  cortes  de  Roma  y  de 
Madrid,  adonde  tuvo  que  trasladarse  en  desempeño  de 
su  cargo. 

Sus  primeras  diligencias,  al  llegar  a  Nueva  España, 
fueron  la  adquisición  de  una  casa,  en  donde  se  debian 
hospedar  los  religiosos  enviados  á  la  provincia  del  San- 
tisimo  Rosario;  proyecto  que  no  habia  podido  realizar 
el  limo.  Sr.  D.  Fr.  Miguel  de  Benavides,  por  más  que 
lo  habia  deseado. 

En  Madrid  fué  luego  conocido  por  su  alta  reputa- 
ción de  santidad  y  por  sus  grandes  talentos;  bien  que 
por  su  larga  experiencia  y  conocimiento  especial  de 
este  país,  merecían  todo  concepto  sus  gestiones  en  la 
corte.  No  tardó,  efectivamente,  en  ser  el  profundo 
oráculo  del  Real  Consejo  de  las  Indias,  que  no  resol- 
vía jamas  ningún  asunto  importante  sin  haber  oido 
antes  su  dictamen.  Hasta  las  personas  reales  le  dispen- 
saban su  confianza,  honrando  sus  altas  prendas  con  mil 
consideraciones  y  respetos.  Predicaba  con  frecuencia  en 
la  capilla  de  los  Reyes,  que  oian  siempre  con  placer 
sus  elocuentes  discursos. 

Entre  tanto  vacó  la  silla  de  Nueva  Segovia,  por  la 


—   dll   — 

promoción  de  su  primer  obispo  al  arzobispado  de  Ma- 
nila, y  S.  M.  C.  puso  al  momento  los  ojos  en  el  padre 
Soria,  sin  haber  precedido  gestión  alguna  en  este  asunto. 
Era  un  pensamiento  espontáneo  y  privativo  del  Mo- 
narca. La  Reina  queria  conservarlo  en  la  corte,  ó  pro- 
moverlo á  otra  silla  en  la  Península;  mas  él  se  resistió 
constantemente  á  su  emperío,  y  le  manifestó  que  en 
todo  caso  admitiria  solamente  la  primera,  por  haber 
trabajado  muchos  arios  entre  los  naturales  de  estas  islas, 
á  quienes  amaba  tiernamente  como  hijos  predilectos,  á 
muchos  de  los  cuales  habia  reengendrado  en  Jesucris- 
to. Entonces  cedió  la  Reina  de  su  empeño,  se  libró  al 
P.  Soria  el  real  despacho,  y  confirmado  por  el  Papa, 
recibió  en  la  misma  corte  la  consagración  episcopal.  Al 
aproximarse  su  partida,  fué  el  limo,  anciano  á  despe- 
dirse de  los  Reyes,  que  quisieron  darle  en  aquel  caso 
una  prueba  más  del  alto  aprecio  que  les  merecia  su 
persona.  Efectivamente,  al  levantarse  para  darles  cor- 
dialmente  su  última  despedida,  la  Reina  se  quitó  un 
precioso  anillo  de  su  dedo,  y  lo  entregó  al  nuevo  Obis- 
po, diciendo  de  esta  manera:  «Tomad  este  anillo  para 
vuestro  pontifical,  y  deseo  que  os  sea  de  recuerdo  para 
encomendar  á  Dios  al  Rey  mi  señor  y  á  mí.«  Confuso 
quedaria  realmente  aquel  humilde  prelado  en  vista  de 
una  distinción  tan  honorífica;  pero  ninguno  de  tantos 
favores  hacian  mella  á  su  virtud,  porque  los  miraba  di- 
rigidos más  á  la  dignidad  que  á  la  persona. 

Llegó  á  Filipinas  en  1604  con  una  misión  de  reli- 
giosos de  la  Orden,  que  habia  organizado  en  la  Penín- 
sula, como  se  ha  dicho  de  pasada  en  su  lugar.  Colo- 
cado ya  en  su  silla  episcopal,  se  portó  con  sus  ovejas 


—  623  — 

como  un  pastor  amoroso  y  tierno  padre,  siendo  su 
alivio  y  consuelo  en  las  desgracias,  y  trabajando  siem- 
pre por  su  bien.  Su  renta,  á  excepción  de  una  pequeña 
parte  que  se  reservaba  para  cubrir  sus  necesidades  más 
precisas,  era  el  patrimonio  de  los  pobres  y  del  esplen- 
dor del  templo.  El  trato  que  daba  á  su  persona  era  el 
más  austero  y  penitente.  Su  comida  cotidiana  eran 
hierbas  y  pescado  solamente,  con  algún  huevo  ademas, 
como  plato  extraordinario  en  las  festividades  muy  so- 
lemnes. Su  vestido  era  de  lana,  y  tan  escaso  de  todo, 
que  le  faltaban  con  frecuencia  túnicas  para  mudarse. 
Su  oración  era  continua,  pues  aun  estando  fuera  del 
oratorio  y  del  palacio,  prorumpia  con  frecuencia  en 
soliloquios  fervientes.  Profesaba,  sobre  todo,  una  devo- 
ción especial  al  Santísimo  Sacramento  del  altar,  al  que 
acompañaba  siempre,  cuando  salia  el  Viático,  donde 
quiera  que  se  ofrecia  aquel  venturoso  encuentro.  Por 
este  amor  inefable  á  tan  divino  Sacramento  jamas  omi- 
tía la  celebración  del  santo  sacrificio  de  la  misa,  ni  aun 
en  sus  viajes  y  jornadas,  que  fueron  asaz  frecuentes.  De 
esta  manera  llegó  al  término  de  sus  dias,  después  de 
haber  trabajado  veintisiete  años  cumplidos  en  la  salud 
de  las  almas  y  en  beneficio  de  los  indios.  Hé  aquí  al- 
gunas circunstancias  de  su  muerte  bienhadada. 

Era  á  principios  del  año  1614,  y  hallábase  á  la  sa- 
zón en  la  Villa  Fernandina,  su  ordinaria  residencia, 
cuando  le  sobrevino  de  repente  una  violenta  calentura, 
que  lo  avisó  previamente  de  su  última  partida.  Inme- 
diatamente se  dispuso  para  hacer  una  confesión  gene- 
ral con  el  párroco  de  Vigan ,  porque  no  tenía  entonces 
á  su  lado  ningún  sacerdote  de  la  Orden.  El  párroco  de 


—  624  — 

la  Villa  no  podia  persuadirse  del  peligro  en  que  se  ha- 
llaba su  Prelado,  y  le  aconsejaba  que  aplazase  aquella 
grave  diligencia  para  cuando  la  calentura  le  cesase ;  á 
lo  que  el  Obispo  contestó  en  términos  bien  concretos 
y  precisos,  como  quien  estaba  cierto  interiormente  de 
que  su  hora  era  llegada.  «Me  muero,  dijo,  y  muy 
pronto:  ésta  es  la  calentura  de  la  muerte.»  En  seguida 
dispuso  de  la  pobreza  que  tenía;  escribió  edificantes 
cartas  de  última  despedida  al  Arzobispo  de  Manila,  á 
diferentes  religiosos  y  á  varios  amigos  personales,  y 
procuró  también  con  eficacia  que  fuese  con  gran  pre- 
mura alguno  de  sus  hermanos  para  auxiliarle  y  conso- 
larle á  la  hora  de  la  muerte;  y  aunque  los  más  próxi- 
mos á  Vigan  eran  nuestros  misioneros  de  Pangasinan, 
consiguió  por  fin  este  consuelo  de  su  corazón  y  de  su 
alma.  Recibió  con  la  mayor  devoción  los  santos  Sacra- 
mentos, y  después  de  veintisiete  dias  de  enfermedad,  es- 
piró plácidamente  en  el  seno  del  Señor,  á  quien  siempre 
habia  procurado  agradar  en  este  mundo. 

Su  venerable  cuerpo  fué  enterrado  en  la  iglesia  de 
Vigan,  y  á  los  diez  ó  doce  años  fué  trasladado  á  la 
de  Nueva  Segovia.  Legó  tres  mil  pesos  y  su  buena  li- 
brería al  colegio  de  Santo  Tomas,  recien  fundado,  y 
el  sobrante  del  gran  pobre  fué  repartido  también  entre 
los  pobres.  Su  muerte  fué  muy  sentida  y  llorada  en  estas 
islas,  y  la  provincia  del  Santísimo  Rosario  y  que  él  tanto 
habia  engrandecido  y  honrado  por  mil  conceptos,  per- 
dió en  el  venerable  Obispo  un  padre  amoroso  y  tierno, 
y  una  de  sus  columnas  más  robustas. 

107.  También  se  hizo  mención,  en  este  mismo  ca- 
pítulo, del  fallecimiento  harto  sensible  del  V.  P.  Fray 


—  625  — • 

Francisco  Minayo,  varón  de  vida  ejemplar  y  de  virtu- 
des apostólicas.  Era  natural  de  Arévalo,  en  Castilla  la 
Vieja,  é  hijo  del  convento  de  San  Pablo  de  Valladolid, 
que  tantos  hombres  ilustres  ha  dado  á  nuestra  provin- 
cia. Pasó  á  ella  por  los  años  de  1595  en  compañía  del 
limo.  Sr.  D.  Fr.  Miguel  de  Benavides  que  regresaba 
á  Filipinas,  consagrado  ya  primer  Obispo  de  la  Nueva 
Segovia.  Destinado  por  el  pronto  á  Cagayan ,  desplegó 
desde  luego  un  celo  heroico  por  la  conversión  de  los 
infieles;  pues  no  satisfecho  todavía  con  procurar  la  sa- 
lud eterna  de  las  almas  á  los  que  ya  estaban  reunidos 
en  los  pueblos,  hacia  frecuentes  expediciones  á  los  mon- 
tes para  evangelizar  entre  los  riscos  á  las  rancherías  de 
los  bárbaros  que  coronaban  las  alturas,  disponiéndolos 
con  dulzura  y  suavidad  para  recibir  la  fe  de  Jesucristo, 
y  procurando  que  bajasen  á  las  hermosas  llanuras  de 
Cimboey,  en  donde  podian  ser  más  cómodamente  adoc- 
trinados é  instruidos.  Con  su  virtud  y  paciencia  ganó 
el  afecto  amoroso  de  aquella  gente  bravia,  y  recorría 
solo  con  frecuencia  aquellos  sitios  fragosos  con  la  mayor 
seguridad  de  su  persona.  ¡Dijérase,  ciertamente,  que 
era  el  ángel  tutelar  de  sus  montañas,  ó  sea  el  genio  po- 
deroso de  la  religión  cristiana,  que  cernia  sus  blancas 
alas  sobre  las  horrendas  sombras  de  la  infidelidad  y  la 
barbarie !  Confiado  el  grande  hombre  en  la  divina  Pro- 
videncia, se  propuso  destruir  á  todo  trance  los  cultos 
abominables  que  aquellas  míseras  gentes  daban,  en  su 
ceguedad,  al  espíritu  satánico,  y  á  este  fin  se  internaba 
sin  temor  en  sus  bosques  apartados  para  destruir  uno 
por  uno  sus  adoratorios  infernales.  No  dejaba  Satanás 
de  manifestar  sus  quejas  á  los  indios,  por  el  desamparo 

TOMO    I.  4°' 


que  sufría  de  los  suyos,  que  se  trasladaban  con  sus  tien- 
das al  reino  de  Jesucristo.  Unas  veces  se  les  aparecia 
en  sueños  bajo  formas  espantables;  otras,  poblaba  sus 
bosques  de  visiones  y  de  vestiglos  horribles,  y  hacia  re- 
sonar los  montes  con  voces  y  ruidos  infernales,  ame- 
nazando á  los  infieles  porque  habian  admitido  en  sus 
hogares  á  los  de  los  dientes  blancos  (así  llamaba  á  los 
PP.  misioneros,  porque  aquellos  indios  se  los  teñian  de 
negro),  y  porque  tan  fácilmente  se  dejaban  seducir  de 
su  palabra.  Eran  curiosos  los  diálogos  que  solian  tener 
lugar  en  estos  casos  entre  el  demonio  y  los  paganos. 
Estos  solian  replicarle  que  si  él  era  tan  poderoso  como 
blasonaba  á  todas  horas,  ¿por  qué  no  arrojaba  de  allí 
inmediatamente  á  aquel  pobre  é  indefenso  misionero? 
A  este  argumento  les  contestaba  Satanás,  con  mucha 
gracia,  que  no  lo  ejecutaba  desde  luego  por  no  de- 
gradarse hasta  ese  punto,  entrando  en  lid  manifiesta 
con  adversario  tan  débil.  Pero  entre  tanto  la  verdad 
ganaba  más  terreno  cada  dia,  al  paso  que  la  mentira 
iba  abandonando  el  campo,  porque  las  razas  infieles 
llegaron  á  comprender  que  los  PP.  misioneros  eran 
muy  superiores  en  poder  al  que  hasta  entonces  habia 
sido  el  objeto  de  su  culto. 

Trabajando  de  este  modo  en  su  acostumbrado  mi- 
nisterio, y  hallándose  un  cierto  dia  con  sus  queridos 
salvajes,  supo  que  Guiab  el  bravo,  uno  de  sus  princi- 
pales y  más  valientes  caudillos,  estaba  enfermo  de  mu- 
cha gravedad  en  la  montaíia,  y  que  los  curanderos  del 
collado  le  habian  recetado  la  sangre  de  un  niño,  que 
debian  degollar  para  su  cura.  Con  esta  triste  noticia, 
el  compasivo  misionero  se  apresuro  á  impedir  á  todo 


—  '627  — 

trance  aquella  abominación,  que  ya  estaba  decretada 
por  el  consejo  fatal  de  los  ancianos.  Cuando  llegó  á  la 
casa  del  enfermo,  la  pobre  é  inocente  víctima  estaba 
ya  muy  próxima  á  ser  sacrificada,  y  con  sus  exhorta- 
ciones elocuentes,  y  con  el  efecto  mágico  de  aquella 
voz  conocida,  que  habia  triunfado  tantas  veces  de  su 
ferocidad  y  su  barbarie,  consiguió  al  fin  que  no  se  lle- 
vase á  efecto  aquel  designio,  y  no  llegara  á  consumarse 
el  sacrificio  nefando.  La  docilidad  con  que  Guiab  obe- 
deció sin  replicar  á  este  venerable  misionero  le  mere- 
ció la  salud  eterna  de  su  alma,  ya  que  su  enfermedad 
era  mortal,  y  no  se  encontraron  medios  hábiles  para 
salvarse  la  vida.  Recibió  con  efecto,  y  sin  demora,  las 
aguas  saludables  del  Bautismo,  y  murió  muy  resignado 
en  el  seno  de  la  Iglesia.  El  niño,  librado  finalmente  de 
las  garras  de  la  muerte,  fué  también  bautizado  desde 
luego,  dándole  el  P.  misionero  el  nombre  nuevo  de 
Félix,  por  la  dicha  de  haber  recibido  el  beneficio  de  la 
vida  temporal  y  de  la  gracia. 

Era  en  extremo  compasivo  este  buen  religioso  con 
los  indios,  á  quienes  acudia  con  el  mayor  afecto  en  sus 
necesidades  y  en  sus  cuitas,  en  particular  cuando  tenían 
alguna  enfermedad  grave.  Entonces  no  se  desdeiíaba 
de  servirles  y  auxiliarles  con  sus  manos,  por  nausea- 
bundas que  fuesen  sus  enfermedades  y  dolencias.  To- 
leraba en  todo  caso  sus  impertinencias  mansamente. 
Cumpliendo  de  esta  manera  con  los  deberes  de  padre 
y  de  perfecto  misionero,  quiso  el  Seííor  purificarlo  en 
el  crisol  de  las  tribulaciones  y  amarguras,  permitiendo 
que  un  malvado  lo  acusase  de  un  crimen  horroroso,  del 
cual  debia  conocer  la  santa  Inquisición.  El   acusador 


—  628  — 

dio  tales  visos  de  verdad  á  la  calumnia,  que  la  hizo 
creible  aun  á  los  mismos  religiosos,  que  tenian  bien 
probada  la  profunda  solidez  de  su  virtud.  El  venerable 
P.  Fr.  Luis  Gandullo,  vicario  provincial  de  Cagayan 
y  juez  en  la  materia,  quedó  asombrado  del  suceso,  y 
sin  embargo  se  vio  precisado  á  proceder  contra  el  ino- 
cente religioso,  el  cual,  á  pesar  de  su  virtud  y  de  su 
gran  corazón,  sintió  de  tal  manera  la  imputación  in- 
fame de  un  pecado  que  no  estaba  en  su  conciencia, 
que  empezó  á  perder  las  fuerzas  y  la  salud  corporal, 
llegando  hasta  desmayarse  en  el  santo  sacrificio  de  la 
misa.  Era  llegada  la  hora  de  proceder  contra  él,  y  en- 
tonces el  supuesto  reo,  que  ya  habia  recuperado  el  va- 
lor del  corazón,  que  la  inocencia  le  inspiraba,  dijo  al 
juez  estas  palabras  con  la  mayor  serenidad:  «Míreme 
vuestra  paternidad  muy  bien,  y  averigüe  cuanto  fuere 
servido;  que  no  ha  de  hallar  en  mí  la  menor  cosa  del 
mundo. »  Ambos  religiosos  eran  santos :  el  juez  y  el 
supuesto  reo  rogaban  con  instancias  al  Señor  sincera- 
mente que  se  dignase  descubrir  la  verdad  en  un  asun- 
to tan  delicado  y  tan  grave,  que  podia  comprometer 
el  honor  y  la  inocencia  de  aquel  venerable  religioso. 
No  podia  Dios  desoir  esta  plegaria  de  sus  siervos.  En 
efecto,  el  mismo  encargado  de  presentar  la  acusación 
en  nombre  y  representación  del  calumniador  infame, 
y  que  estaria  sin  duda  en  el  secreto,  dióse  trazas  al 
momento  para  que  se  pudiese  descubrir  fácilmente  la 
calumnia.  Se  procedió  entonces  al  examen  de  los  tes- 
tigos presentados,  los  cuales  no  temieron  declarar  que 
nada  habia  de  lo  dicho,  y  que  hablan  sido  inducidos  á 
confirmar  con  su  dicho  la  calumnia.  En  su  vista,  de- 


—  629  — 

clarada  la  inocencia  del  venerable  acusado,  fué  puesto 
inmediatamente  en  libertad,  y  honrado  luego  con  el 
priorato  del  convento  de  nuestro  P.  Santo  Domingo 
de  Manila.  Mas  el  falso  acusador  no  tardó  en  experi- 
mentar, por  su  desgracia,  los  efectos  pavorosos  de  la  jus- 
ticia divina,  que  más  tarde  ó  más  temprano  siempre 
suele  volver  por  la  inocencia,  y  vengar  con  mano  aira- 
da sus  agravios.  Efectivamente,  al  poco  tiempo  fué 
asesinado  en  su  lecho  el  calumniador  infame  por  los 
bárbaros  del  monte,  sin  haber  logrado  los  auxilios  de 
la  religión  ni  de  la  gracia  que  él  habia  despreciado  en 
todo  tiempo  con  su  vida  escandalosa.  Castigo  horrendo 
y  espantoso,  que  más  de  una  vez  se  ha  reservado  por 
la  cólera  de  Dios  al  calumniador  de  la  inocencia. 

Durante  su  oficio  de  prior,  se  reedificó  el  convento, 
y  sin  embargo  de  su  notoria  pobreza  y  escasez,  nunca  le 
faltó  la  divina  Providencia  para  poder  continuar  aque- 
lla obra.  La  devoción  hacia  la  Virgen  del  Rosario  se 
acrecentó  extraordinariamente  en  su  tiempo  y  por  su 
amor  á  la  divina  Señora.  Al  mismo  debió  su  imagen 
muchos  adornos  preciosos,  y  le  dedicó  ademas  un  re- 
tablo devotísimo.  Al  fin  volvió  á  Cagayan,  ejerció  por 
algún  tiempo  todavía  el  ministerio  apostólico,  y  lleno 
de  merecimientos  y  virtudes,  murió  con  la  muerte  de 
los  justos  en  la  ciudad  de  la  Nueva  Segovia,  después 
de  haber  recibido  con  todo  el  fervor  de  su  alma  pura 
los  santos  sacramentos.  La  opinión  de  su  extraordina- 
ria virtud  habíase  extendido  á  todas  partes,  y  por  lo 
mismo  su  muerte  fué  muy  sentida  y  llorada  de  las  gen- 
tes, y  muy  particularmente  de  sus  queridos  hermanos. 

108.  Otra   pérdida    tuvo    la    Provincia  hacia  este 


—  630  — 

tiempo,  que  le  fué  todavía  más  sensible:  tal  debia  ser 
y  tal  fué  el  desgraciado  hn  de  Hs  misiones  que  nues- 
tros religiosos  habian  fundado  con  tantos  sacrificios  y 
trabajos  en  los  últimos  confines  de  Cagayan  y  sus  mon- 
tañas. Era  que  los  feroces  habitantes  de  la  Irraya,  mu- 
dables como  las  hojas  de  sus  bosques  y  el  viento  mur- 
murador de  sus  collados,  se  retiraron  de  nuevo  á  la 
espesura  de  sus  antiguos  matorrales.  Nacidos  estos  neó- 
fitos en  medio  de  las  selvas,  y  familiarizados  con  la  vida 
libre  y  licenciosa  del  salvaje,  no  se  acomodaban  fácil- 
mente á  vivir  en  sociedad,  y  como  poco  cimentados 
todavía  en  la  fe  de  Jesucristo,  sentian  gravoso  y  pesado 
el  suave  yugo  de  su  ley.  Los  habitantes  de  Bataoag 
habian  empezado  á  bautizarse  de  algunos  años  atrás,  y 
no  obstante  la  influencia  de  la  religión  cristiana  cuando 
está  bien  arraigada  en  el  corazón  de  un  pueblo,  aun  no 
habia  domado  las  feroces  y  las  bárbaras  costumbres  de 
la  tribu.  Era,  pues,  lógico  y  consiguiente  suponer  que, 
faltándoles  el  freno  de  la  fuerza,  abandonaran  también 
las  conveniencias  sociales  que  aun  no  conocian  bastan- 
temente, para  gozar  á  su  arbitrio  de  su  antigua  liber- 
tad. Tuvo  su  origen  siniestro  este  suceso  desgraciado 
en  las  vanas  observancias  de  unas  viejas,  que  ejercian 
aún  ocultamente  un  ministerio  nefando.  Eran  unas 
verdaderas  pitonisas  del  espíritu  infernal,  y  cometian 
toda  clase  de  abominaciones  idolátricas  en  el  ejercicio 
impío  de  su  profesión  escandalosa.  El  religioso  encar- 
gado de  administrar  este  pueblo  no  pudo  descubrir  tan 
pronto  como  fuera  deseable  las  abusiones  infames  de 
las  viejas,  y  cuando  trató  de  aplicar  el  remedio  conve- 
niente á  tanto  mal,  ya  fué  tarde  por  desgracia.  Sus  pri- 


—  631  — 

meras  diligencias  se  encaminaron  á  descubrir  los  auto- 
res del  desorden  que  trataba  de  cortar,  lo  que  sabido 
con  tiempo  por  aquellas  Medusas  infernales,  persua- 
dieron á  los  indios  á  que  se  retirasen  á  los  montes  para 
vivir  á  sus  anchuras  la  vida,  que  tenian  por  feliz,  de  los 
salvajes.  La  seducción  triunfó  completamente  de  estos 
indios  inconstantes;  pues  al  oir  este  discurso  se  suble- 
varon al  momento,  y  abandonaron  aquel  pueblo  ape- 
nas constituido,  sin  que  pudiese  detenerlos  la  poderosa 
voz  del  misionero.  Estos  cambios  repentinos  suelen 
producir  entre  los  bárbaros  una  diminución  muy  no- 
table de  las  razas;  pues,  al  desbordarse  libremente  sus 
pasiones  comprimidas,  se  consumen  y  perecen  en  la 
misma  embriaguez  de  sus  excesos.  En  esta  vez,  por  for- 
tuna, estuvieron  comedidos  con  los  PP.  misioneros,  y 
no  intentaron  siquiera  la  más  pequeña  violencia  contra 
ellos.  Sólo  se  hicieron  sordos  para  siempre  á  sus  exhor- 
taciones y  consejos,  resueltos  á  vivir  en  sus  montañas 
y  riscos  inaccesibles,  sin  más  ley  que  su  fiereza  como 
sus  antepasados.  Luego  se  retiraron  los  afligidos  misio- 
neros de  aquel  ya  desierto  aprisco,  con  algunos  cristia- 
nos consecuentes,  que  no  quisieron  en  manera  alguna 
abandonar  á  sus  pastores.  Mas  tarde  fueron  bajando  al- 
gunos otros,  acosados  por  los  remordimientos  é  inquie- 
tudes de  su  negra  apostasía;  pero  quedaron  remonta- 
dos aún  muchos  infieles,  que  hasta  hoy  viven  como 
salvajes  en  la  espesura  de  los  bosques. 

109.  Poco  después  de  este  suceso  lamentable  con- 
soló el  Señor  á  la  Provincia  con  la  llegada  de  treinta  y 
dos  misioneros  de  la  Orden,  que  el  P.  Fr.  Diego  Aduar- 
te  habia  reunido  en  la  Península  y  conducido  hasta 


—  632  — 

Méjico.  El  objeto  de  este  ilustre  religioso  era  regresar 
á  Filipinas,  curnplida  esta  comisión;  mas  estando  en 
aquella  capital,  recibió  carta  del  Prelado,  en  que  le  sig- 
nificaba sus  deseos  de  que  regresase  á  la  Península,  por 
la  dificultad  de  mandar  á  la  sazón  un  sujeto  compe- 
tente que  estuviese  á  la  altura  de  aquel  cargo.  El  Pa- 
dre Aduarte  miró  la  carta  de  su  Provincial  como  un 
mandato,  y  en  tal  concepto  nombró  presidente  de  la 
misión  hasta  Manila  al  P.  Fr.  Ángel  Ferrer  Orsuchi, 
vicario  que  era  de  San  Jacinto,  y  después  glorioso  már- 
tir del  Japón. 

Aun  no  habian  abandonado  el  suelo  patrio,  cuando 
estos  celosos  misioneros  empezaron  á  ejercer  su  minis- 
terio. Vivia  á  la  sazón  en  Cádiz  una  doncella  famosa, 
á  quien  un  alférez  corrompido  habia  sacado  furtiva- 
mente de  un  convento  de  Jerez  para  vivir  con  ella  en 
mal  estado.  Esta  desgraciadci  joven  llegó  á  enfermar  de 
peligro  á  consecuencia  de  un  mareo,  que  habia  sufrido 
en  el  trayecto  de  Santa  María  á  Cádiz.  Hubo  de  ser 
este  accidente  tan  peligroso  y  violento,  que  todos  creian 
por  el  momento  que  no  habia  salvación  para  su  vida. 
Noticiosos,  por  fortuna,  los  que  la  asistían  en  su  lecho 
de  la  llegada  de  nuestros  religiosos  á  aquel  puerto,  su- 
plicaron al  superior  de  la  misión  se  sirviese  destinar  á 
dos  de  ellos  para  velar  á  la  enferma,  y  confesarla,  si 
era  dable,  en  los  cortos  intervalos  que  la  dejaba  el  ac- 
cidente. Fueron  inmediatamente  enviados  con  este  en 
cargo  los  PP.  Fr.  Pedro  Muriel  y  Fr.  Pedro  Mártir,  que 
procuraron  ejercer  eficazmente  los  deberes  amorosos  de 
confesores  y  enfermeros.  La  desgraciada  doliente  no 
tardó  en  mejorar  con  sus  cuidados  de  su  grave  enfer- 


—  ^33  — 
medad,  y  entonces  descubrió  las  hondas  llagas  de  su 
corazón  y  de  su  alma  á  nuestros  venerables  misioneros, 
que  procuraron  remediar  aquel  escándalo  con  la  cau- 
tela necesaria,  después  de  haberla  confesado  y  purifi- 
cado su  conciencia.  La  joven  arrepentida  no  tuvo  difi- 
cultad en  volver  á  su  convento,  del  cual  habia  sido  ex- 
traida  con  engaño,  y  los  mismos  religiosos  dispusieron 
el  negocio  de  tal  modo,  que  fué  restituida  al  monaste- 
rio con  todo  el  sigilo  y  precauciones  que  reclamaba 
estrictamente   la  naturaleza  del  asunto.  Así  salvaron 
aquella  alma  de  las  garras  del  demonio  sin  ruidos  y 
sin  escándalos,  que  tanto  eran  de  temer  en  aquel  caso, 
lio.   En  Méjico  tuvo  lugar  otro  suceso  no  menos 
consolador  para  aquellos  santos  misioneros  que  el  de  la 
doncella  de  Jerez.  Habia  en  la  cárcel  de  la  corte  de 
aquella  gran  capital  un  preso  sevillano,  muy  famoso  por 
su  vida  aventurera,  y  acusado,  finalmente,  de  un  crimen 
asaz  nefando.  Encerrado  el  infeliz  en  un  oscuro  calabo- 
zo, permaneció  inconfeso  y  negativo  por  espacio  de  diez 
meses;  pero  como  habia  contra  él  pruebas  harto  con- 
vincentes, procedió  el  juez  á  la  tortura,  según  la  usanza 
terrible  de  aquellos  remotos  tiempos.  Por  este  medio 
espantable  el  reo  se  confesó  culpable  de  aquel  crimen, 
y  en  seguida  reveló  también  algunos  cómplices,  que  no 
se  pudieron  haber  por  la  justicia.  El  infeliz  habia  to- 
mado el  partido  de  citar  nombres  supuestos  para  librar- 
se del  tormento;  pero  sólo  sirvió  para  fundar  contra  él 
otras  sospechas,  que  movieron  al  juez  de  aquella  causa 
á  volverlo  á  la  tortura,  con  el  fin  de  que  manifestase 
claramente  los  cómplices  verdaderos   que  se  suponia 
tener  en  el  delito.  Entonces  varió  de  rumbo,  y  empezó 


—  634  — 
á  amontonar  nombres  de  personas  respetables,  pero  de 
inocencia  conocida  y  reputación  sin  mancha.  Como 
buen  andaluz,  y  sevillano  á  mayor  abundamiento,  se 
despachaba  á  su  gusto,  mareando  á  los  jueces,  acumu- 
lando mentiras  y  vomitando  revelaciones  horrorosas. 
Su  objeto  era  embrollarlo  todo,  y  aburrir  al  juez  de 
aquel  proceso  para  que  no  sacara  nada  en  limpio.  En 
solas  tres  ocasiones  ensartó  treinta  y  ocho  nombres  res- 
petables, cuya  complicidad  supo  pintar  con  tan  deta- 
lladas circunstancias,  que  los  más  inocentes  é  inculpa- 
bles temblaban  de  sólo  oirlo.  Dos  de  los  infelices  de- 
latados, á  quienes  también  dieron  tormento,  murieron 
en  esta  prueba,  y  padecieron  otros  muchos  por  la  cruel- 
dad y  la  sevicia  de  aquel  juez  desapiadado.  Coincidió 
con  estos  hechos  la  llegada  de  nuestros  religiosos,  y  no 
se  hablaba  entonces  de  otra  cosa  en  aquella  capital 
americana.  Era  general  el  pánico  y  la  consternación  y 
la  zozobra  en  todos  sus  habitantes.  Muchos  prelados  y 
religiosos  venerables  habian  ido  á  visitar  á  dicho  preso, 
que  se  llamaba  á  sí  mismo  mozo  cruo,  y  le  aconsejaban 
que  enmendase  el  camino  errado  en  un  principio;  mas 
era  pedir  peras  al  olmo:  aferrado  el  mozo  cruo  en  sus 
embrollos  y  en  sus  mentiras  colosales,  creyó  más  con- 
veniente aturdir  toda  la  tierra  con  sus  salidas  estupen- 
das, para  ver  si  de  ese  modo  le  dejaban  en  libertad  por 
imposible,  y  porque  no  aumentase  más  enredos  á  la 
madeja  horrorosa  de  su  causa.  La  noticia  escandalosa  de 
estos  hechos  llegó  al  hospital  de  San  Jacinto,  y  nues- 
tros buenos  misioneros,  compadecidos  de  aquel  hombre 
harto  miserable  y  desgraciado,  se  resolvieron  también 
á  visitarle  para  ver  si  podrian  reducirlo  á  la  razón. 


—  635  — 
El  mismo  P.  Muriel,  con  la  venia  del  Vicario  del 
hospicio,  salió  de  su  retiro  y  soledad  para  visitar  al  pre- 
so sevillano.  Obtenido  el  permiso  competente,  entró  en 
la  cárcel  de  la  corte,  se  avistó  con  el  reo  que  buscaba, 
y  tuvo  con  él  una  larga  conferencia  sobre  cosas  indife- 
rentes y  triviales,  sin  hablarle  una  palabra  del  asunto 
principal.  Esto  es  conocer  á  fondo  el  corazón  de  los 

hombres Al  fin  le  regaló  una  cajita  de  conserva,  y 

se  despidió  de  él,  dejándolo,  al  parecer,  muy  consolado. 
Pero  antes  de  salir  le  preguntó  si  gustarla  de  que  re- 
pitiese sus  visitas;  á  lo  cual  el  preso  contestó,  que  po- 
día hacerlo  con  frecuencia,  y  que  aun  se  lo  suplicaba 
encarecidamente,  porque  la  dulzura  de  su  conversación 
le  habia  enternecido  el  alma,  al  paso  que  se  la  hablan 
endurecido  los  rigores  con  que  otros  lo  trataban.  Por  la 
tarde  de  aquel  dia  volvió  el  padre  á  visitarle;  le  hizo 
otro  pequeño  obsequio,  y  empezó  á  tocarle  con  la  ma- 
yor suavidad  el  asunto  de  su  alma.  Las  palabras  fueron 
en  esta  ocasión  tan  penetrantes  y  la  gracia  del  Señor 
tan  generosa  y  eficaz,  que  no  tardó  en  ablandarse  la 
dureza  y  la  grande  obstinación  de  aquel  culpable,  que 
era  tenido  poco  antes  como  reprobo.  El  primer  sínto- 
ma que  dio  de  la  revolución  profunda  de  su  espíritu 
fué  convertir  sus  pupilas  en  dos  torrentes  de  lágrimas. 
Como  tocado  de  repente  por  un  resorte  divino,  dijo 
en  seguida  al  misionero,  con  una  resolución  incontras- 
table, que  se  queria  confesar  sinceramente  arrodillado 
á  sus  plantas,  y  que  desde  aquel  momento  se  entrega- 
ba enteramente  en  sus  manos  bienhadadas,  dispuesto  á 
practicar  literalmente  cuanto  se  sirviese  ordenarle  en 
su  conciencia,  para  alcanzar  el  perdón  de  sus  pecados. 


-636- 

Las  primeras  diligencias  fueron  reparar  en  lo  posible 
el  escándalo  causado  á  tantas  gentes,  y  restituir  el  ho- 
nor que  habia  quitado  con  sus  falsas  delaciones  á  tan- 
tos inocentes  y  almas  justas.  Al  efecto  declaró  en  au- 
diencia pública  que  sólo  habia  levantado  aquellos  fal- 
sos testimonios  para  librarse  del  tormento  que  le  pre- 
paraba el  tribunal,  y  que  por  su  parte  se  hallaba  ya 
muy  dispuesto  á  sufrir  todo  castigo  que  quisiesen  im- 
ponerle por  sus  crímenes,  y  por  razón  especial  de  sus 
escándalos.  Luego  se  dispuso  lo  mejor  que  pudo  en  su 
conciencia  para  hacer  una  confesión  general  de  sus  pe- 
cados con   el  mismo  P.  misionero,  en  la  cual  ocupó 
exclusivamente  los  quince  dias  completos  que  duró  su 
causa  aún,  hasta  la  sentencia  definitiva  de  garrote  y  la 
combustión  de  su  cadáver  por  el  delito  nefando.  Su  ar- 
repentimiento y  su  dolor  fueron  extraordinarios;  pues 
recibió  dos  veces  todavía  con  profunda  y  sentida  devo- 
ción el  divino  Sacramento  del  altar  en  los  tres  dias  que 
estuvo  en  la  capilla  expiatoria,  derramando  con  fre- 
cuencia muchas  lágrimas  de  verdadera  compunción  y 
de  dolor.  Desde  que  estuvo  en  capilla,  ya  no  se  separó 
un  momento  de  su  lado  el  ángel  de  su  consuelo,  hasta 
recoger  en  el  patíbulo  el  postrimer  aliento  de  su  vida. 
A  la  salida  de  la  cárcel  hizo  otra  declaración  pública 
como  la  que  habia  hecho  anteriormente,  y  caminó  ha- 
cia el  lugar  del  suplicio  con  la  mayor  tranquilidad,  se- 
guro ya  en  su  conciencia  sobre  la  eternidad  de  sus  des- 
tinos. Ejecutada  la  sentencia,  su  rostro  se  tornó  plácido 
y  bello,  con  admiración  de  todos,  sin  que  nadie  dudase 
que  su  alma  habia  pasado  á  mejor  vida. 

Este  hecho  providencial  y  extraordinario,  en  que  se 


—  637  — 
mostraron  tan  visiblemente  los  efectos  de  la  misericor- 
dia de  Dios  y  de  su  gracia,  fué  de  gran  consuelo  y  sa- 
tisfacción para  los  padres,  al  ver  que  ya  empezaban  á 
recoger  los  frutos  de  su  celo,  animándolos  a  proseguir 
su  largo  viaje ,  á  pesar  de  la  demora  que  sufrieron  por 
haber  faltado  en  aquel  año  galeones  de  Acapulco,  que 
pudieran  conducirlos  a  Manila.  Hasta  el  principio  del 
año  siguiente  de  1615  no  tuvieron  proporción  para 
embarcarse  y  continuar  su  viaje  a  Filipinas,  adonde  lle- 
garon, finalmente,  el  dia  19  de  Junio  del  mismo  año, 
sin  más  novedad  ni  contratiempo  que  pertenezca  á  la 
historia.  Esta  nueva  falange  religiosa  llenó  de  gozo  y 
de  satisfacción  á  esta  Provincia;  pues,  entre  los  misio- 
neros que  llegaron,  habia  muchos  sujetos  de  altas  pren- 
das, que  fueron  destinados  finalmente  al  imperio  del 
Japón ,  en  donde  pelearon  lealmente  las  batallas  de  la 
cruz,  y  murieron  al  fin  por  Jesucristo  y  por  el  adve- 
nimiento de  su  reino. 


638  — 


SEXTO  PERIODO. 

COMPRENDE     LA     NARRACIÓN    DE    LOS    SUCESOS    OCURRIDOS    DESDE     1616    HASTA 
LOS    GRANDES    TERREMOTOS    DE     1619,    Y    FIN    DEL    LIBRO    II. 

CAPITULO  VII. 

Elección  de  Provincial  en  la  persona  del  P.  Fr.  Bernardo  Navarro  de  Santa 
Catalina  en  1616.  —  Muere  en  el  primer  año  de  su  oficio.  —  Se  da  no- 
ticia de  SU  vida.  —  La  religión  cristiana  es  de  nuevo  perseguida  en  el  Ja- 
pon. —  Rogativas  públicas  en  Nangasaqui.  —  Llega  Safioye  á  la  ciudad, 
y  ejecuta  la  orden  de  expulsar  á  todos  los  PP.  misioneros.  —  Se  embar- 
can, y  vuelven  muchos  á  desembarcarse  ocultamente.  —  Persecución  en 
Arima.  —  Crueldades  que  ejecutan  los  verdugos.  —  Manda  el  tirano  abra- 
sar en  Nangasaqui  todos  los  objetos  de  religión  que  pudo  haber  á  sus  ma- 
nos.—  Martirio  glorioso  de  cuatro  caballeros  cristianos.  —  Fideyori ,  legí- 
timo sucesor  de  Taycosama,  se  declara  contra  el  tirano  y  usurpador  Day- 
fusama.  —  Treguas  pérfidas  ofrecidas  por  el  usurpador.  —  Las  acepta  Fide- 
yori, y  de  nuevo  es  atacado  y  vencido.  —  Tareas  apostólicas  de  los  padres 
misioneros  durante  la  guerra.  —  Dos  PP.  Franciscanos  son  presos  y  encar- 
celados.—  Situación  espantosa  de  la  cárcel. 

III.  Cuando  aportaba  á  las  islas  esta  célebre  mi- 
sión, el  provincial  Fr.  Miguel  de  San  Jacinto  habia 
entrado  en  el  cuarto  año  de  su  alta  prelatura,  y  con 
este  refuerzo  poderoso  dejó  provisto  el  servicio  de  to- 
dos los  ministerios  y  misiones  que  tenía  á  su  cargo  la 
Provincia.  Su  cuatrienio  terminó  el  dia  30  de  Abril 
de  1 616,  y  en  el  mismo  se  reunieron  los  vocales  en  el 
convento  de  nuestro  P.  Santo  Domingo  de  Manila, 
para  elegir  en  su  lugar  el  P.  Fr.  Beniardo  Navarro  de 
Santa  Catalina,  que  ya  habia  gobernado  la  provincia 
por  cuatro  años,  según  base  dicho  en  su  lugar.  Mas  no 
tardó  en  enlutarla  con  su  muerte,  que  aconteció  el  mis- 
mo año,  estando  de  visita  en  Cagayan. 


—  ^39  — 
Era  natural  este  venerable  misionero  de  Villanueva 
de  la  Jara,  comprensión  de  la  provincia  y  del  obispado 
de  Cuenca,  é  hijo  ademas  del  convento  antiguo  de 
Villa-escusa,  de  la  misma  provincia  y  obispado.  En- 
viado al  colegio  de  Alcalá  para  cursar  la  carrera  de  la 
Orden,  se  distinguió  de  tal  manera  entre  sus  muchos 
condiscípulos,  que  le  confiaron  sus  catedráticos  la  defen- 
sa de  unas  conclusiones  públicas  habidas  en  un  capítulo 
provincial  que  tuvo  lugar  entonces  durante  sus  estudios 
académicos.  Apenas  terminó  los  cursos  designados  por 
las  leyes,  fué  nombrado  lector  de  artes  en  el  convento 
de  Tríanos.  Su  talento  pudiera  haberle  facilitado  cier- 
tamente  los  grados  mas  honrosos  de  la  Orden,  si  hu- 
biese continuado  la  carrera  del  profesorado  en  la  Pe- 
nínsula; pero  como  su  vocación  era  el  apostolado  de  las 
gentes,  luego  que  supo  que  el  P.  Fr.  Juan  Crisóstomo 
convocaba  religiosos  para  fundar  una  provincia  de  la 
Orden  en  las  islas  Filipinas,  pidió  ser  admitido  en  el 
número  de  los  que  se  inscribieron  al  efecto,  y  fué  uno 
de  los  primeros  fundadores.  A  los  dos  meses  de  su  lle- 
gada á  Manila,  fué  nombrado  superior  de  los  primeros 
misioneros  que  el  Vicario  general  envió  á  la  provincia 
de  Pangasinan  para  cristianizar  á  sus  feroces  y  supersti- 
ciosos habitantes.  Lo  que  en  esta  penosísima  misión 
padeció  por  la  gloria  de  Dios  y  de  su  Cristo,  es  im- 
posible consignarlo  en  los  reducidos  límites  á  que  nos 
hemos  circunscrito.  Algo  se  ha  dicho  ya  en  el  primer 
libro  de  esta  Historia  de  la  tenaz  oposición  que  los  pan- 
ga.sinanes  hicieron  á  nuestros  misioneros,  desde  los  pri- 
meros años  de  su  lucha  gigantesca  con  las  potestades 
del  abismo;  y  es  preciso  confesar  que  este  venerable 


—  640  — 

religioso,  como  superior  de  los  demás,  era  el  blanco 
favorito  de  su  odio,  y  el  que  más  tenía  que  sufrir  del 
rencor  y  aversión  que  les  tenian.  Sin  embargo,  su  cons- 
tancia fué  tan  firme,  que  ni  las  persecuciones  de  los  in- 
dios, ni  las  erradas  persuasiones  de  algunos  españoles, 
ni  los  deseos  que  personas  respetables  habian  manifes- 
tado al  prelado  provincial  para  que  abandonasen  nues- 
tros religiosos  la  empresa  comenzada,  pudieron  doble- 
garla ni  rendirla.  Su  fuerza  de  voluntad  incontrastable 
y  sus  oraciones  fervorosas  consiguieron ,  finalmente, 
ablandar  la  dureza  de  aquella  gente  indomable,  y  atraer- 
la á  los  destinos  de  la  civilización  y  del  cristianismo. 

Fué  testigo  en  su  penoso  ministerio  de  muchas  ma- 
ravillas y  prodigios,  con  que  plugo  á  Dios  acreditar 
aquel  glorioso  apostolado.  El  limo.  Aduarte  (cap.  iv, 
lib.  11)  refiere  algunas  cosas  admirables  de  este  varón 
de  dolores,  que  son  una  prueba  nada  equívoca  de  la 
privanza  que  tenía  con  la  Majestad  de  Dios,  por  quien 
trabajaba  noche  y  dia  en  el  establecimiento  de  su  reino. 
Su  vida  era  verdaderamente  santa,  y  poseia  las  virtudes 
del  sacerdote  y  del  apóstol  en  el  grado  más  heroico.  La 
abstinencia,  la  mortificación  y  el  celo  más  laborioso  é 
infatigable  por  la  salvación  eterna  de  las  almas,  se  veian 
retratadas  en  este  venerable  misionero,  como  en  uno 
de  aquellos  héroes  y  centinelas  avanzados  de  Israel  que 
Dios  suele  escoger  entre  millares,  para  esforzar  con  su 
ejemplo  á  los  demás  operarios  evangélicos. 

En  1596,  hallándose  tan  útilmente  ocupado  en  su 
ministerio  apostólico,  fué  elegido  provincial,  con  harto 
sentimiento  de  su  alma,  porque  esta  prelacia  le  obli- 
gaba á  dejar  por  algún  tiempo  á  sus  ovejas,  á  quienes 


— ■  641  — 

profesaba  un  amor  de  verdadero  padre,  pues  los  había 
reengendrado  en  Jesucristo.  El  que  era  en  el  ministe- 
rio  de  los  indios  un  ejemplar  de  misioneros,  lo  fué 
también  de*  prelados ,  promovido  al  gobierno  y  direc- 
ción superior  de  la  Provincia.   Dejando  á  un  lado  los 
honores,  y  escogiendo  para  sí  lo  más  penoso  de  su  car- 
go, hacia  sus  visitas  á  pié  generalmente,  y  pocas  veces 
embarcado ;  sólo  el  que  ha  estado  en  los  países  que  él 
ha  corrido  con  su  báculo,  puede  formar  algún   con- 
cepto de  lo  que  debia  padecer  en  sus  jornadas,  en  unos 
tiempos  en  que  no  habia  comunicaciones  aún  de  nin- 
gún género,  y  era  preciso  caminar  por  entre  brerias  y 
bosques   impenetrables,  habitados   solamente   por  las 
fieras  y  salvajes  primitivos.  Su  gobierno  era  verdade- 
ramente paternal,  y  nunca  se  veia  precisado  á  proceder 
como  juez  entre  los  suyos.  Terminado  el  tiempo  de  su 
oficio,  deseaba  regresar  al  primitivo  aprisco  de  su  grey; 
pero  llamado  por  voluntad  y  mandamiento  superior  al 
desempeño  de  la  comisaría  del  Santo  Oficio,  tuvo  que 
fijar  su  residencia  en  esta  capital  por  la  causa  de  la  fe. 
Pasados  los  intersticios  prescritos  por  la  ley,  fué  pro- 
movido por  segunda  vez  al  gobierno  superior   de  la 
Provincia.  Pero  sus  fuerzas  naturales  ya  estaban  ago- 
tadas por  los  trabajos  de  su  vida  laboriosa,  y  no  pudie- 
ron soportar  por  mucho  tiempo  las  penalidades  que 
eran  consiguientes  á  los  deberes  sao-rados  de  tan  ardua 
prelacia. 

En  efecto,  á  fines  del  mismo  ario  en  que  fué  elegi- 
do provincial  segunda  vez,  trató  de  pasar  á  Cagayan 
con  el  fin  de  visitar,  animar  y  consolar  á  sus  amados 
subditos.  Al  efecto  se  embarcó  en  un  pequeño  buque, 

TOMO   I.  4'- 


—    6^2   — 

y  navegó  sin  novedad  por  la  costa  de  llocos  hasta  do- 
blar el  cabo  Bojeador.  Mas  allí  empezaron  á  soplar 
con  violencia  los  arrebatados  vientos  del  nordeste,  que 
en  aquellos  meses  suelen  ser  muy  peligrosos  en  el  norte 
de  Luzon,  y  se  vio  precisado  á  arribar,  para  salvarse,  á 
las  playas  solitarias  y  desiertas  que  hay  á  lo  largo  de 
las  costas  de  llocos  y  Cagayan,  con  el  capitán  D.  Pe- 
dro Rojas,  que  lo  acompañaba  en  aquel  viaje.  Allí, 
para  colmo  de  sus  penas,  le  sobrevino  un  furioso  hu- 
racán y  lluvias  fuertes,  que  le  obligaron  a  pasaren  una 
desprovista  y  mala  choza,  teniendo  que  p"oseguir  des- 
pués su  viaje  por  una  tierra  ignorada.  Aquel  camino 
de  fieras,  largo,  escabroso  y  sombrío,  cortado  frecuen- 
temente por  barrancos  espantables,  no  pudo  menos  de 
debilitar  profundamente  las  fuerzas  de  entrambos  vian- 
dantes, los  cuáles  al  fin  llegaron  al  remoto  pueblo  de 
Abulug  desconocidos  y  acabados. 

Todas  las  ansias  y  afán  de  nuestro  anciano  venera- 
ble, en  medio  de  sus  penas  y  fatigas,  se  limitaban  al 
deseo  de  llegar  al  primer  pueblo  de  Cagayan  para  te- 
ner el  consuelo  de  morir  con  los  Santos  Sacramentos 
entre  sus  amados  hijos :  por  esto  solia  decir  entonces  al 
Seííor :  «No,  mi  Dios,  no  aquí:  dejadme  llegar  en 
donde  haya  sacramentos.»  Llegó,  por  fin,  como  desea- 
ba, al  citado  pueblo  de  Abulug,  y  no  tardó  en  ir  á  visi- 
tarlo un  médico  que  habia  en  Nueva  Segovia.  El  esta- 
do del  capitán  Rojas  era  más  grave,  al  parecer,  que  el 
del  P.  Provincial;  de  suerte  que  el  médico  dipuso  desde 
luego  que  le  administrasen  los  Santos  Sacramentos,  lo 
cual  tenía  en  extremo  afligido  el  venerable  Prelado, 
porque  consideraba  su  vida  más  necesaria  que  la  suya 


—  643  — 
propia,  y  que  le  habia  sucedido  este  trabajo  por  haber 
querido  acompañarlo.  En  medio  de  sus  penas,  pidió  á 
Dios  que  se  dignase  librar  al  compañero  de  la  muerte, 
ofreciéndole  la  suya  en  recompensa.  Apenas  acabó  su 
fervorosa  oración,  dijo  á  Rojas,  mientras  le  adminis- 
traban el  Viático,  «que  confiaba  mucho  en  que  recu- 
peraria  la  salud,  porque  así  lo  habia  pedido  al  Señor, 
á  quien  habia  ofrecido  su  vida  en  sustitución  y  cam- 
bio de  la  suya.))  El  éxito  mostró  poco  después  que  su 
divina  Majestad  habia  aceptado,  en  efecto,  su  caritati- 
vo sacrificio.  Rojas,  sin  embargo  de  que  deseaba  la  sa- 
lud, no  queria  fuese  á  costa  de  la  vida  de  su  amado 
padre  y  amigo,  y  sintió  se  le  hubiese  comunicado  tal 
noticia,  porque  ya  no  dudaba  de  la  realidad  al  saber 
que  era  un  favor  pedido  con  eficacia  al  Hacedor  de  la 
existencia  por  el  anciano  y  venerable  provincial.  ¡Tanta 
era  la  fe  que  tenía  en  sus  oraciones!  No  debia  tardar 
el  Sr.  Rojas  en  experimentar  los  efectos  de  aquella  santa 
plegaria.  Su  mejoría  fué  visible  desde  entonces,  hasta 
que  recuperó  completamente  la  salud  providencial  que 
le  redimiera  con  su  vida  el  amigo  de  sus  dias.  Entre 
tanto  se  agravó  en  Camalanyugan  la  enfermedad  del 
Provincial,  y  entonces  ya  no  dudó  de  que  Dios  habia 
oido  sus  ruegos  anteriores,  y  se  dispuso,  por  fin,  para  la 
última  jornada.  Hízose  llevar  á  la  enfermería  del  con- 
vento de  Nueva  Segovia,  en  donde,  después  de  haber 
recibido  con  gran  consuelo  y  devoción  los  Santos  Sa- 
cramentos, murió  en  la  paz  del  Señor. 

El' dia  8  de  Novic.nbre,  en  medio  de  su  enferme- 
dad y  sus  dolencias,  habia  escrito  una  carta  pastoral  á 
la  provincia  de  su  cargo,  como  verdadero  padre,  que 


—  ^44  — 
al  despedirse  de  sus  hijos  en  el  lecho  de  la  muerte,  se 
complace  en  inculcarles  sus  últimas  exhortaciones  y 
consejos.  Les  recomendó  particularmente  las  ordena- 
ciones primordiales  de  esta  Provincia  religiosa,  que 
miraba  como  el  sosten  y  manantial  de  su  prosperidad 
y  desarrollo.  La  observancia  de  las  leyes,  la  santifica- 
ción propia  y  la  salvación  eterna  de  las  almas,  eran  el 
gran  testamento  que  les  legaba  á  sus  hijos  aquel  padre 
cariñoso.  Llegó,  por  fin,  á  Manila  la  noticia  de  su  fa- 
llecimiento, que  fué  sentido  en  gran  manera  de  todos 
nuestros  religiosos,  y  aun  de  todos  los  particulares  que 
habian  tenido  la  dicha  de  conocerle  y  de  tratarle.  Los 
indios  de  Pangasinan,  que  lo  miraban  como  un  ángel 
que  Dios  les  habia  enviado  de  lo  alto  para  su  salud 
eterna,  participaron  también  del  general  sentimiento, 
y  lo  demostraron  con  sus  obras.  Agradecidos  por  los 
muchos  beneficios  que  de  él  habian  recibido,  hicieron 
aplicar  en  todas  partes  un  gran  número  de  misas  en 
sufragio  de  su  alma  :  cosa  rara  entre  neófitos  que  to- 
davía son  tiernos  en  la  fe  y  no  conocen  bien  á  fondo 
la  eficacia  y  el  poder  de  los  sufragios.  En  Manila  se  le 
hicieron  unas  honras  muy  solemnes,  con  oración  fúne- 
bre y  sentida,  que  dijo  el  P.  Fr.  Juan  de  Santo  Domin- 
go, su  más  antiguo  y  amado  compañero.  Los  oficiales 
del  Santo  Oficio  también  quisieron  honrar,  por  su 
parte,  la  memoria  de  su  venerable  comisario,  hacién- 
dole, por  su  parte,  sus  honras  extraordinarias,  en  las 
que  predicó  el  P.  Fr.  Antonio  Gutiérrez. 

I  I  2.  No  debe  darse  al  olvido  una  circunstancia  es- 
pecialísima  con  que  plugo  á  Dios  honrar  la  memoria 
de  este  venerable  religioso,  y  de  la  que  hace  mención 


—  ^45  — 
el  autor  de  nuestra  Crónica.  En  Pangasinan  habia,  á 
la  sazón,  un  religioso,  á  quien  el  difunto  provincial 
estimaba  especialmente  por  sus  grandes  virtudes  y  ta- 
lentos. Luego  que  tuvo  noticia  de  su  muerte,  quiso 
celebrarle  muchas  misas  para  pagarle  de  algún  modo 
su  especial  benevolencia.  Estando  una  tarde  muy  triste 
y  afligido,  pensando  en  la  muerte  de  su  amado  padre. 
Se  acostó  hondamente  impresionado  de  este  sentimiento, 
cuando  hé  aquí  que  á  primera  noche  notó  fuera  del 
convento  una  extraordinaria  claridad;  levantóse  al  mo- 
mento de  su  lecho,  y  vio  con  admiración  una  blanca 
nubecilla  del  tamaño  y  de  la  forma  de  un  hombre,  que, 
hermosa  y  resplandeciente,  subia  perpendicular  hacia 
el  empíreo,  hasta  perderla  de  vista  en  las  alturas.  Con 
esta  visión  exraordinaria  quedó  muy  contento  y  conso- 
lado aquel  excelente  religioso,  y  entendió  perfecta- 
mente que  Dios  le  habia  querido  mostrar  la  gloria  de 
su  amigo,  por  el  grande  amor  que  le  habia  profesado 
en  este  mundo. 

El  Capítulo  provincial  que  se  celebró  el  año  siguiente 
dejó  en  sus  actas  una  honorífica  memoria  biográfica 
de  este  varón  admirable,  que  traducida  en  romance, 
dice  así :  « En  el  convento  de  nuestro  P.  Santo  Domin- 
go, de  la  Nueva  Segovia,  murió  el  M.  R.  P.  provin- 
cial Fr.  Bernardo  Navarro  de  Santa  Catalina,  uno  de 
los  primeros  y  principales  fundadores  de  esta  Provincia, 
que  habiendo  echado  desde  un  principio  profundísi- 
mas raíces  de  humildad  y  paciencia  en  la  religión,  fué 
creciendo  de  tal  suerte  en  estas  y  en  las  demás  virtudes, 
que  elevado  á  la  perfección  de  la  caridad,  hablando 
siempre  de  Dios  ó  con  Dios  afectuosamente,  provo- 


—  646  — 

caba  aun  á  los  tibios  al  amor  divino.  La  conversión  de 
los  indios  de  Pangasinan  fué  fruto  muy  especial  de  sus 
virtudes,  pues  á  los  que  no  pudieron  domar  las  armas 
españolas  sujetó  él  sin  ellas.  Colocado,  efectivamente, 
entre  ellos  con  muy  pocos  compañeros,  contra  la  opi- 
nión y  las  esperanzas  de  los  hombres,  después  de  haber 
sufrido  innumerables  trabajos  por  Jesucristo,  venció  á 
aquellas  gentes  indómitas,  ofreciéndolas  á  Dios  cual 
pacíficas  ovejas  sujetas  al  suave  yugo  de  la  fe;  y,  final- 
mente, abrasado  con  el  celo  de  la  religión,  mientras 
desempeñaba  por  segunda  vez  el  alto  cargo  de  prelado 
provincial,  murió  alegre  en  el  Señor,  consumido  de 
trabajos,  habiendo  llegado  al  fin  de  su  carrera,  que  él 
tanto  deseaba,  lleno  de  méritos  para  con  Dios,  para 
con  los  españoles  y  para  con  los  indios,  llorado  con 
muchas  lágrimas  de  todos,  como  padre  común  de  cada 
uno.»  Mas  las  leyes  de  la  narración  nos  obligan  á  va- 
riar por  un  momento  la  escena  de  los  acontecimientos, 
para  llevar  de  frente  los  sucesos  que  pertenecen  á  esta 
historia. 

113.  Como  es  visto  anteriormente,  la  iglesia  del 
Japón  venía  sufriendo,  hacia  tiempo,  los  ataques  más 
temibles  por  parte  del  Regente  y  de  sus  Tonos.  Des- 
de la  muerte  del  tirano  Taycosama,  no  se  habia  observa- 
do en  los  perseguidores  y  enemigos  de  la  fe  un  empeño 
tan  feroz  en  destruirla  y  aniquilarla  para  siempre  en  sus 
dominios.  El  terrible  Safioye,  muy  parecido,  en  el  odio 
que  abrigaba  contra  la  religión  de  Jesucristo,  á  los  fe- 
roces prefectos  y  magistrados  romanos  enviados  á  to- 
das partes  para  perseguir  doquier  á  los  cristianos  afli- 
gidos, no  desistia  de  la  empresa  que  el  tirano  Dayfu- 


—  647  — 
sama  le  habia  recomendado  eficazmente.  En  primer 
lugar,  habia  apurado  todos  los  ardides  y  mentiras  que  le 
inspiraba  su  astucia  para  reunir  á  todos  los  sacerdotes 
del  Señor  en  la  ciudad  de  Nangasaqui;  y  conseguido 
su  intento,  finalmente,  expidió  decretos  fulminantes  y 
tomó  las  medidas  más  severas  para  que  todos  se  em- 
barcasen desde  luego  con  dirección  á  Macao,  si  no 
querian  regresar  á  Filipinas.  Como  no  ignoraba  la  di- 
ficultad de  poder  llevar  á  cabo  su  proyecto,  estando 
aún  en  la  corte  de  Meaco,  escribió  una  carta  llena  de 
amenazas  é  improperios  á  los  cristianos  de  aquel  puer- 
to, con  el  fin  de  amedrentarlos  y  de  anular  su  influen- 
cia poderosa  en  Nangasaqui.  Era  esta  ciudad  famosa 
el  gran  mercado  del  Asia  para  los  pueblos  de  Occiden- 
te; y  todos  sus  habitantes,  salvas  raras  excepciones,  es- 
taban bautizados  felizmente.  Es  la  razón  verdadera  por- 
que sus  iglesias  y  sus  aras  habian  sido  hasta  entonces 
respetadas,  y  nadie  se  habia  atrevido  á  insultar  á  sus  mi- 
nistros, ni  maquinar  la  ruina  de  sus  templos.  Mas  esta 
vez  llegó  á  temerse  con  razón  que  su  floreciente  cris- 
tiandad no  sería  de  mejor  condición  que  las  otras  del 
imperio.  Antes  de  la  llegada  del  tirano ,  aquellos  fervo- 
rosos cristianos  se  apresuraron  á  pedir  á  Dios  su  gracia 
para  tolerar  con  fortaleza  los  tormentos  y  la  muerte, 
antes  que  renunciar  á  Jesucristo  y  su  evangelio.  A  este 
fin  hacian  rogativas ,  procesiones  y  demostraciones  pú- 
blicas de  extraordinarias  penitencias,  para  atraer  sobre 
sus  almas  las  misericordias  del  Señor. 

114.  La  procesión  inaudita  que  el  segundo  dia  de 
Pentecostés  de  16 14  salió  del  templo  católico  de  los 
misioneros  Dominicos,  fué  una  de  las  más  extraordi- 


—  648  — 

narias  que  jamas  se  habian  visto  y  conocido  en  las  is- 
las del  Japón.  Un  sacristán,  con  una  cruz  en  alto,  en 
son  de  trofeo  religioso,  acoir. panado  también  de  dos 
acólitos,  rompia  la  marcha  solemne  de  aquella  con- 
gregación penitenciaria  de  cristianos  afligidos.  Luego 
seguían  los  asistentes  ó  catequistas  de  los  PP.  misio- 
neros, vestidos  de  sobrepellices,  con  los  niños,  que  can- 
taban á  dos  coros  las  letanías  de  los  santos.  Tras  de  és- 
tos venian  más  de  dos  mil  mujeres,  ordenadas  en  dos 
filas,  entre  las  cuales  se  contaban  las  matronas  y  don- 
cellas más  nobles  de  la  ciudad.  Su  traje  era  en  extremo 
edificante  :  llevaban  unas  tánicas  blancas  con  velos  ne- 
gros, que  les  cubrían  hasta  medio  cuerpo;  una  corona 
de  espinas  en  la  cabeza,  y  en  las  manos  crucifijos,  ro- 
sarios y  otros  símbolos  religiosos.  Seguían  después  unos 
ocho  mil  cristianos  con  túnicas  blancas  y  candelas  en- 
cendidas, y  en  seguida  la  comunidad  de  nuestros  reli- 
giosos, que  acompañaba  un  alto  crucifijo  cubierto  con 
un  velo  negro.  El  Gobernador  cristiano  de  la  ciudad, 
con  sus  hijos,  seguía  enternecido  esta  procesión  fúne- 
bre, y  un  inmenso  concurso  la  admiraba  consternado. 
En  todos  estos  dias  estuvo  expuesto  el  Santísimo  en  las 
iglesias  de  la  Orden  y  en  las  de  los  PP.  Jesuítas,  y  las 
confesiones  fueron  esta  vez  innumerables.   Todos  los 
cristianos,  en  fin,  se  concertaron  de  palabra  y  por  es- 
crito, ofreciéndose  y  comprometiéndose  á  morir,  pade- 
ciendo por  su  Dios  toda  suerte  de  tormentos  antes  de 
negar  la  verdadera  religión  de  Jesucristo.  Mas  Safioye 
sólo  trataba  por  entonces  de  quitarles  sus  pastores,  bien 
persuadido  de  que  sin  ellos  no  sería  muy  difícil  doble  - 
garles  y  hacerles  abandonar  su  religión. 


—  649  — 

115.  El  día  23  de  Junio  llegó  el  perseguidor  á  Nan- 
gasaqui,  y  disimuló  al  principio  sus  intentos;  de  suerte 
que  se  dejó  visitar  de  los  prelados ,  á  quienes  recibió  con 
muestras  afectadas  de  cariño,  según  usanzas  del  Japón 
cuando  se  respira  el  mayor  odio.  Por  eso  apenas  dejaron 
los  umbrales  de  su  casa,  les  mandó  notificar  una  orden 
del  Regente ,  en  la  que  se  disponía  que  todos  los  sacer- 
dotes de  la  religión  de  Jesucristo  existentes  en  las  islas 
del  Japón,  debian  de  salir  de  ellas  en  el  otoño  inme- 
diato, y  que  entre  tanto  procurasen  algún  buque  que  los 
condujese  á  Macao,  á  no  preferir  tal  vez  su  regreso  á 
Filipinas.  Esta  orden  terminante  hubo  de  turbar  en 
gran  manera  la  cristiandad  de  Nangasaqui,  y  los  pros- 
critos trataron  desde  luego  de  eludirla,  con  el  fin  de  no 
dejar  desamparada  aquella  iglesia,  que  ellos  hablan  edi- 
ficado en  Jesucristo.  Mas  el  ciego  y  obstinado  Dayfu- 
sama  habia  decretado  exterminarla,  y  sus  ejecutores  no 
perdonaban  diligencias  para  llevar  á  cabo  su  designio. 

Por  Agosto  envió  el  tirano  á  Nangasaqui  al  sagaz 
Surugadono,  para  coadyuvar  á  Safioye  en  su  obra  de 
destrucción  y  de  exterminio.  Con  su  cooperación  y  sus 
consejos,  Safioye  desplegó  aún  más  energía.  Desde  lue- 
go pasó  éste  una  orden  á  los  superiores  de  los  PP.  mi- 
sioneros, dándoles  el  mes  de  Octubre  por  término  im- 
prorogable  para  salir  del  imperio ,  si  querían  salvar  sus 
vidas.  Por  Setiembre  reiteró  la  misma  orden.  Su  des- 
confianza era  tal ,  que  sin  embargo  de  haberle  contes- 
tado que  ya  tenian  preparados  buques  al  efecto,  no 
quedó  satisfecho  hasta  saber  sus  nombres  y  su  ruta. 
Poco  después  hizo  llamar  á  los  regidores  de  la  ciudad, 
y  les  hizo  firmar  un  documento  por  el  cual  se  debian 


—  650  — 

obligar,  bajo  pena  de  la  vida,  con  la  de  sus  hijos  y  mu- 
jeres, y  confiscación  de  sus  haciendas,  á  que  ninguno 
de  ellos  ocultarla  ni  permitirla  ocultarse  en  sus  calles  y 
distritos  respectivos  á  ningún  misionero  ni  sacerdote 
cristiano,  para  quedarse,  finalmente,  en  el  imperio. 
Luego  hizo  firmar  la  misma  obligación  á  todos  los  pre- 
sidentes de  las  juntas  y  corporaciones,  y  por  último 
publicó  un  bando  dirigido  al  mismo  fin,  imponiendo 
igual  pena  á  todos  los  habitantes  de  la  ciudad  y  sus 
contornos.  En  aquellos  dias  de  conflicto  estaban  los 
cristianos  oprimidos  de  tristeza  y  de  dolor,  por  la  pér- 
dida de  sus  amados  padres  y  maestros,  que  temian  les 
abandonasen  para  siempre.  Y  queriendo  aprovechar 
aquellos  últimos  momentos,  fi-ecuentaban  la  confesión 
y  comunión  para  encontrarse  más  fiaertes  en  el  gran 
dia  de  la  prueba,  y  los  PP.  misioneros  se  veian  tan 
agobiados  con  la  muchedumbre  de  cristianos  que  se 
presentaban  á  sus  pies  para  limpiar  su  conciencia,  que 
apenas  les  quedaba  tiempo  para  el  oficio  divino. 

El  1 1  de  Octubre  volvió  Safioye  á  repetir  sus  ór- 
denes apremiantes,  y  señaló  entonces  el  dia  16  del 
mismo  mes  como  plazo  perentorio  para  la  salida  de- 
cretada de  todos  los  misioneros.  Entonces  los  superio- 
res le  dijeron  que  por  su  parte  ya  estaban  prevenidos 
y  dispuestos;  pero  que  no  les  era  posible  dar  cumpli- 
miento á  su  orden  en  el  dia  designado,  por  no  estarlo 
los  buques  fletados  al  efecto.  Esta  contestación  era 
ciertamente  razonable,  y  en  ella  pudieran  los  proscri- 
tos descansar  para  retardar  su  salida  algunos  dias  más; 
pero  nuestros  religiosos,  que  no  esperaban  condescen- 
dencia alguna  del  inexorable  Safioye,  arrancaron  las 


-  651  - 

cruces  que  tenían  en  el  patio  de  su  iglesia  y  cemente- 
rio, y  recogieron  ademas  todos  los  cuadros  y  símbolos 
religiosos,  para  que  no  fuesen  profanados  en  su  dolo- 
rosa  ausencia.  El  dia  siguiente  consumieron  el  Santísi- 
mo, apagaron  su  lámpara  sagrada  y  quitaron  el  velo 
que  cubría  la  custodia,  consagrando  un  suspiro  á  cada 
objeto  que  retiraban  del  culto.  Estos  actos  fueron  pre- 
senciados por  una  multitud  inmensa  de  cristianos  y 
gentiles,  que  lloraban  confundidos  en  un  mismo  senti- 
miento; pues  hasta  los  paganos  respetaban  la  divina 
Majestad  de  nuestros  templos.  Al  fin  recogieron  la 
custodia  y  levantaron  los  altares,  dejando  únicamente 
las  paredes  de  aquel  recinto  sagrado.  Poco  después  hi- 
cieron lo  mismo  los  padres  de  la  Compañía  de  Jesús, 
y  todos  embarcaron  sus  reliquias,  reservando  solamen- 
te algunos  ornamentos  para  los  que  se  habían  deter- 
minado á  quedarse  en  el  imperio,  con  peligro  inmi- 
nente de  la  vida,  por  no  abandonar  enteramente  aque- 
lla gran  cristiandad. 

Hasta  el  dia  25  no  se  había  dado  cumplimiento  á 
las  órdenes  apremiantes  del  activo  Safioye,  el  cual  dis- 
puso, en  tal  concepto,  que  el  dia  27  de  aquel  mes  todos 
los  PP.  misioneros  se  trasladasen  al  puerto  de  Firando, 
en  donde  deberían  embarcarse  para  salvar  su  existen- 
cia, tan  pronto  como  los  buques  que  debían  conducir- 
los estuviesen  prevenidos.  Esta  orden  se  llevó  á  efecto 
sin  demora,  y  desde  luego  dispuso  el  tirano  que  todas 
las  iglesias  de  la  ciudad  de  Nangasaqui  fuesen  derriba- 
das al  niomento,  con  la  circunstancia  de  que  los  mis- 
mos regidores  cristianos  debian  ser  los  ejecutores  de  la 
orden.  Mas  alegando  éstos  el  cansancio  motivado  por 


—  652  — 

las  tribulaciones  y  fatigas  de  aquellos  dias  agitados,  les 
admitió  la  disculpa  y  mandó  que  la  demolición  se  hi- 
ciese por  los  gentiles  bajo  la  inmediata  dirección  de  los 
Tonos  de  Omura  y  de  Firando.  Esta  fué  la  prueba  más 
cruel  que  habian  sufrido  hasta  entonces  aquellos  cris- 
tianos afligidos,  presagio  de  otras  desgracias  y  otros 
males  todavía  más  funestos,  porque  no  podian  menos 
de  oir  con  estremecimiento  y  con  horror  el  ruido  acia- 
go y  siniestro  producido  por  la  ruina  estrepitosa  de  los 
templos,  al  desplomarse  con  estruendo  bajo  el  golpe 
redoblado  y  estridente  de  la  piqueta  destructora. 

1 16.  Sin  embargo  de  las  precauciones  y  medidas  ri- 
gurosas que  habian  adoptado  previamente  los  astutos 
prefectos  del  imperio  para  llevar  á  efecto  á  todo  trance 
el  decreto  del  tirano,  su  vigilancia  fué  burlada  por  la 
intrepidez  y  el  valor  santo  de  treinta  y  siete  campeo- 
nes, que  despreciando  los  peligros  de  la  vida  y  los  te- 
mores de  una  muerte  despiadada  y  tormentosa,  se  de- 
terminaron á  quedarse  en  las  islas  del  Japón  por  la  sa- 
lud de  sus  hermanos.  Entre  los  buques  fletados  para 
conducir  á  los  proscritos  habia  uno  de  Toan,  gober- 
nador cristiano  de  la  ciudad  de  Nangasaqui,  y  en  él  se 
embarcaron,  finalmente,  los  que  se  habian  decidido  á 
permanecer  en  el  imperio  y  afrontar  todos  los  riesgos 
de  su  proceder  heroico.  Ya  la  nave  bienhadada  daba 
sus  lonas  al  viento,  y  los  centinelas  puestos  por  las  au- 
toridades en  su  bordo  la  habian  desamparado,  muy  aje- 
nos del  piadoso  contrabando  que  encerraba,  cuando  á 
las  pocas  horas  salieron  á  encontrarla  dos  embarcacio- 
nes de  cristianos  decididos,  que  la  aguardaban  escon- 
didos detras  de  unas  isletas  y  arrecifes  para  recibir  en 


—  ^53  — 
ellas  á  los  venerables  misioneros.  Eran  estos  siete  Clé- 
rigos indígenas,  veinte  Jesuitas,  seis  Franciscanos,  un 
Agustino  y  siete  religiosos  de  la  Orden,  que  todos,  ó 
casi  todos,  derramaron  á  la  postre  su  sangre  generosa 
por  la  fe,  con  un  valor  muy  parecido  al  de  los  prime- 
ros héroes  de  la  Iglesia. 

Los  que  no  miran  con  los  ojos  de  la  fe  los  grandes 
hechos  y  virtudes  de  los  varones  inmortales  que  con 
peligro  de  la  vida  predican  á  Jesucristo  en  las  regiones 
paganas,  tendrán  quizás  por  temeraria  la  resolución 
sublime  de  estos  sacerdotes  del  Señor,  volviendo  á  in- 
ternarse en  un  imperio  de  donde  eran  expulsados  por 
sus  gobernadores  y  prefectos,  y  aun  los  juzgarán  tal 
vez  como  culpables,  por  no  obedecer  fielmente  á  las 
autoridades  constituidas  del  país;  pero  si  se  quiere  re- 
cordar el  noble  ejemplo  que  nos  dieron  los  apóstoles, 
es  preciso  repetir,  con  el  gran  Céfas,  que  primero  se 
debe  obedecer  á  Dios  que  á  los  hombres  en  tal  caso,  y 
que  la  caridad  todo  lo  arrostra  por  amor  de  Jesucristo. 
No  volvieron,  ciertamente,  á  sus  misiones  por  su  pro- 
pia conveniencia,  ni  guiados  por  las  miras  de  conse- 
guir la  palma  gloriosa  del  martirio,  sino  con  el  fin  su- 
blime y  altamente  generoso  de  consolar  en  aquel  trance 
á  los  cristianos  afligidos,  animar  á  los  flacos  en  la  lucha, 
y  conservarlos  en  la  fe  que  con  tantos  trabajos  y  fati- 
gas habian  conseguido  al  fin  introducir  en  el  imperio. 
Disfrazados  en  traje  de  paisanos,  se  ocultaron  por  de 
pronto  en  las  comarcas  más  inmediatas  á  la  ciudad  de 
Nangasaqui,  y  desde  allí  se  trasladaron  á  otras  partes 
más  distantes,  en  donde  los  cristianos  perseguidos  te- 
nían mayor  necesidad  de  misioneros.  El  P.  Fr.  Alonso 


—  654  — 
Navarrete,  religioso  de  la  Orden,  andaba  por  los  rios 
y  riberas  en  donde  los  cristianos  tenian  sus  pobres  do- 
micilios, á  quienes  aparecía  de  tiempo  en  tiempo  como 
una  visión  del  cielo,  para  animarlos  al  combate,  si  com- 
batir era  preciso.  El  P.  Fr.  José  de  San  Jacinto,  de  la 
misma,  se  internó  atrevidamente  hasta  los  contornos  de 
Meaco,  en  donde  el  riesgo  era  mayor,  y  más  terribles 
aún  las  tribulaciones  de  los  fieles,  por  estar  á  la  vista 
el  tirano.  ¡Qué  lejos  estaba  éste  de  pensar,  á  la  sazón, 
que  tenía  cerca  de  sí  aquel  paladín  de  Jesucristo!  El 
P.  Fr.  Juan  de  los  Angeles,  su  compaíiero  y  hermano, 
se  habia  refugiado  al  principio  en  una  choza  miserable, 
colocada  en  la  espesura  de  un  bosque  triste  y  sombrío; 
mas  luego  se  trasladó  al  mismo  reino  de  Arima,  en 
donde  el  sanguinario  Safioye,  á  manera  de  un  tigre  ó 
de  pantera,  despedazaba  ferozmente  á  los  cristianos  que 
se  negaban  con  valor  á  sus  impías  exigencias.  En  el 
mismo  reino  estaba  el  P.  Fr.  Jacinto  Orfanell,  cuya 
presencia  era  también  necesaria  en  aquellas  azarosas 
circunstancias,  que  constituían  á  los  cristianos  con  fre- 
cuencia en  la  dolorosa  alternativa  de  abandonar  el  don 
inestimable  de  la  fe,  ó  sufrir  los  tormentos  más  crue- 
les. El  P.  Fr.  Alonso  de  Mena  se  fué  al  reino  de  Fi- 
gen,  su  antigua  residencia,  y  cuyos  fieles  lo  miraban 
como  un  ángel  que  Dios  enviaba  á  sus  hogares  para 
procurarles  la  salud  eterna  de  sus  almas  y  animarlos 
con  su  ejemplo  á  las  batallas  de  la  cruz.  Los  demás  re- 
ligiosos de  la  Orden  permanecieron  ocultos  en  la  mis- 
ma ciudad  de  Nangasaqui,  con  no  menos  riesgo  de 
caer  en  manos  de  los  perseguidores  de  la  fe.  Todos,  en 
fin,  arrostrando  peligros  y  dificultades  inauditas,  tra- 


-655  - 
bajaban  sin  cesar  ocultamente  en  aquella  viña  muy 
amada  del  Señor,  sin  amedrentarles  ni  el  furor  de  los 
tiranos,  ni  la  falta  de  alimento,  ni  la  privación  com- 
pleta de  las  cosas  más  necesarias  á  la  vida,  ni,  en  fin, 
las  pesquisas  rigurosas  de  aquellos  tristes  heraldos  del 
abismo,  que  sospechaban  sin  duda  su  presencia  en  el 
imperio. 

117.  Las  crueldades  con  que  el  tirano  Safioye  pro- 
bó la  fe  de  los  cristianos  de  Arima,  sólo  pueden  com- 
pararse con  las  de  Diocleciano  y  Maximiano  en  los 
primeros  siglos  de  la  Iglesia.  Sediento  de  sangre  y  vi- 
das cual  tigre  devorador,  habia  obtenido  un  decreto  es- 
pecial de  Dayfusama,  según  el  cual,  todos  los  objetos 
adorables  de  nuestra  religión  santa  debian  ser  entrega- 
dos á  los  jueces,  y  los  cristianos  renegar  inmediatamente 
de  su  fe,  so  pena  de  ser  juzgados  como  reos  de  esta- 
do, y  rebeldes  á  los  mandatos  imperiales.  Desterrados 
los  PP.  misioneros  de  las  playas  japonesas,  y  derriba- 
dos los  templos  de  la  religión  cristiana,  creia  el  tirano 
prefecto  que  le  sería  fácil  la  ejecución  de  su  proyecto; 
y  como  los  cristianos  de  este  reino  eran  el  principal 
objeto  de  su  odio  por  la  generosa  resistencia  que  hablan 
hecho  á  las  órdenes  impías  de  su  Tono,  y  al  bonzo 
infernal  que  le  inspiraba,  empezó  á  desbordarse  su  fu- 
ror contra  los  habitantes  de  Figen,  como  fieles  adora- 
dores de  la  cruz. 

El  dia  17  de  Noviembre  se  presentó  en  este  reino, 
acompañado  de  una  turba  numerosa  de  satélites.  El 
pueblo  de  Cochintra  oyó  por  la  vez  primera  el  edicto 
draconiano,  y  vio  á  sus  ejecutores  á  sus  puertas,  ame- 
nazando con  cadenas,  y  prisiones  y  destierros  á los  con- 


__  ese  — 

traventores  de  la  ley.  Al  principio  aseguraban  a  los  fie- 
les que  no  trataban  de  quitarles  en  absoluto  la  existen- 
cia, para  que  no  creyesen  que  en  la  muerte  hallarían, 
por  su  dicha,  la  gloriosa  corona  del  martirio;  pero  que 
debian  estar  en  la  inteligencia  que  no  por  esto  serian 
menores  sus  trabajos,  pues  se  les  atormentarla  hasta  el 
extremo  de  inutilizar  sus  miembros  para  los  oficios  de 
la  vida,  y  que  sus  hijas  y  mujeres  serian  colocadas  en 
las  casas  públicas,  y  entregadas  á  disposición  de  todo 
infame  que  las  quisiese  violar  en  su  torpeza.  Desde  allí 
pasó  a  la  capital  del  mismo  reino;  publicó  también  allí 
su  fiero  edicto,  y  en  seguida  envió  sus  mandatarios  á  las 
casas  principales  de  los  fieles,  para  obligarles  á  pres- 
tar obediencia  á  lo  mandado.  Muchos  infelices  se  de- 
jaron vencer  de  su  flaqueza;  pero  también  mostraron 
otros  el  valor  y  la  constancia  que  inspira  siempre  al 
cristiano  la  conciencia  de  su  fe  y  la  gracia  de  Dios  en 
todo  caso.  Entre  los  muchos  que  entonces  padecie- 
ron por  la  fe,  se  distinguieron  tres  caballeros  cristia- 
nos, naturales  de  Figen,  que  hablan  sido  desterrados 
desde  antes  con  nuestros  celosos  misioneros.  Noticiosos 
al  fin,  de  los  combates  que  los  fieles  de  Arima  iban  á 
sufrir  por  aquel  tiempo,  y  movidos  por  sus  sentimien- 
tos religiosos,  dejaron  la  ciudad  de  Nangasaqui,  anti- 
gua mansión  de  su  destierro,  y  se  encaminaron  ani- 
mosos á  la  capital  de  aquel  reino,  en  donde  Safioye  ha- 
bla erigido  su  sangriento  tribunal.  Su  espontánea  apa- 
rición llamó  la  atención  del  juez  tirano,  y  en  su  vista 
les  preguntó  de  dónde  eran,  y  por  qué  se  le  hablan 
presentado  de  aquel  modo,  sin  haber  sido  llamados.  A 
esta  pregunta  severa  no  temieron  contestar  que  eran 


—  657  — 
cristianos,  antiguos  habitantes  de  la  ciudad  de  Nanga- 
saqui,  y  que  noticiosos,  finalmente,  de  la  gran  perse- 
cución que  iban  a  sufrir  por  aquel  tiempo  los  fieles  de 
Arima,  habian  venido  para  dar  testimonio  de  su  fe  y 
vindicar  la  religión  que  profesaban.  Esta  respuesta  ge- 
nerosa enfureció  al  juez  tirano,  el  cual  mandó  a  sus  sa- 
télites que  inmediatamente  los  apaleasen  á  su  vista,  y 
en  seguida  los  condenó  á  muerte  á  todos,  sufriendo  aque- 
llos atletas  los  tormentos  más  atroces  con  la  mayor  re- 
signación, hasta  inmolar  su  existencia  en  las  aras  amo- 
rosas de  su  religión  y  de  su  fe. 

1 1 8.  Entre  tanto  envió  Safioye  á  otras  provincias  de 
Arima  algunos  jueces  subalternos  tan  crueles  como  él, 
de  los  cuales  existe  todavía  la  memoria  detestable  de 
Gozayemon  y  Matagiro,  que  llevaban  el  espanto  y  el 
terror  por  todas  partes.  En  Ariye  prendieron  á  un  cris- 
tiano de  alta  y  noble  jerarquía,  llamado  por  nombre 
Adriano,  que  tentado  inútilmente  con  amenazas  y  pro- 
mesas, no  pudieron  sacarle  otra  respuesta  que  «yo  soy 
cristiano,  y  no  más.»  Cansados  ya  los  satélites  de  mor- 
tificar en  vano  su  constancia,  lo  abandonaron  por  el 
pronto  á  los  rudos  combates  de  la  carne  y  de  la  sangre 
para  vencerle  en  la  lid,  en  tanto  se  desbordaba  su  fu- 
ror en  otros  pueblos.  Algunos  de  sus  amigos,  que  ha- 
bian caido,  como  flacos,  en  el  estadio  sangriento,  lo  in- 
citaban con  su  ejemplo  á  la  defección,  por  lo  menos 
exterior,  de  sus  creencias;  mas  él,  siempre  constante  ser- 
vidor de  Jesucristo,  rechazaba  victoriosamente  su  ne- 
fanda apostasía,  y  les  manifestaba  el  deber  indeclinable 
en  que  todos  se  hallaban  de  reconciliarse  prestamente 
con  su  Dios  y  con  su  Iglesia;  echándoles  en  cara  de  esta 

TOMO    I.  4*- 


—  658  — 

suerte  su  criminal  debilidad.  Entraron  luego  sus  hijos 
y  sus  nietos  y  sobrinos,  rogándole  tiernamente,  con  lá- 
grimas abundantes,  que  siquiera  por  el  amor  que  les 
debia  y  que  le  profesaban  todos  ellos,  accediera  á  la  vo- 
luntad y  á  los  deseos  del  poderoso  prefecto;  no  siendo 
posible  de  otra  suerte  librarse,  en  su  situación ,  de  una 
muerte  ignominiosa,  ni  evitar  la  deshonra  general  de 
la  familia.  Mas  el  atleta  generoso  les  contestaba  con  fir- 
meza que,  si  bien  amaba  la  vida  temporal,  como  era 
justo,  por  ser  un  don  muy  precioso  de  su  Hacedor  so- 
berano, prefería,  sin  embargo,  las  delicias  de  la  eterna, 
y  no  dudaba  sacrificar  por  un  momento  la  primera  por 
no  perder  la  segunda,  siendo  traidor  á  su  Dios.  «No  os 
han  de  matar,  le  replicaban,  sino  que  os  cortarán  á  pe- 
dazos los  miembros  de  vuestro  cuerpo,  hasta  dejaros 
inhábil  para  todo. — No  importa  nada  de  esto,  contesta- 
ba vivamente  el  venerable  confesor,  porque  de  esta  suer- 
te viviré  más  satisfecho,  padeciendo  por  mi  Dios  y  mi 
Señor.))  Los  satélites  infames,  que  no  esperaban  un  re- 
sultado tan  contrario  á  sus  intentos,  volvieron  de  nue- 
vo á  maltratarlo,  y  luego  lo  llevaron  al  tribunal  de  Ma- 
tajiro,  el  cual,  noticioso  y  cerciorado  de  su  constancia 
invencible,  ordenó  que  fuese  inmediatamente  degolla- 
do. Los  crueles  ejecutores  le  cortaron  por  el  pronto  to- 
dos los  dedos  de  las  manos,  y  preguntado  por  ellos  si 
le  dolian  las  heridas,  el  mártir  de  Jesucristo  contestó 
de  esta  manera:  «Soy  hombre,  y  como  tal,  no  puedo 
prescindir  de  los  dolores;  mas  yo  espero  en  el  Criador 
del  cielo  y  de  la  tierra,  á  quien  los  cristianos  adora- 
mos, que  me  premiará  en  lo  alto  lo  que  por  su  amor 
padezco.»  Entonces,  desesperanzados  los  verdugos  de 


vencer  con  sus  tormentos  á  aquel  varón  de  dolores, 
cortaron  el  hilo  precioso  de  sus  dias  al  redoblado  golpe 
de  su  acero.  Fué  martirizado  á  los  sesenta  y  un  años  de 
su  edad. 

Cansado  el  tirano  Matajiro  de  atormentar  á  los  cris- 
tianos de  Ariye ,  fué  á  incorporarse  con  su  digno  com- 
pañero Gozayemon,  y  los  dos  mancomunados  fueron 
á  levantar  su  sangriento  tribunal  en  Cochinotra,  en  el 
mismo  sitio  donde  se  levantaba  poco  antes  el  templo 
de  los  cristianos.  Inmediatamente  se  dispersaron  sus  sa- 
télites con  gente  armada  por  el  pueblo,  con  orden  de 
conducir  á  su  presencia  á  cuantos  cristianos  persistiesen 
en  confesar  á  Jesucristo.  El  que  tenía  valor  para  opo- 
nerse á  renegar  de  su  Dios,  era  desde  luego  atormenta- 
do cruelmente  por  los  sayones  impíos.  Después  de  apa- 
learle con  horror  hasta  reventar  la  sangre  de  sus  venas, 
le  cortaban  las  extremidades  de  los  dedos  y  le  apreta- 
ban las  piernas  con  dos  palos,  hasta  que  apostataba  de 
la  fe  ó  perdia  los  sentidos  con  la  violencia  del  tormen- 
to. Entre  los  muchos  campeones  que  en  esta  ocasión 
suprema  dieron  un  brillante  testimonio  de  su  fe,  sobre- 
salió un  coreano  avecindado  en  el  Japón.  En  medio  de 
las  torturas  y  de  los  procedimientos  más  atroces,  no 
abria  la  boca  el  grande  atleta  sino  para  proferir  los  dul- 
císimos nombres  de  Jesús  y  de  María.  Fatigados  los 
verdugos  de  mutilarle  y  despedazar  inútilmente  sus  des- 
coyuntados miembros  le  atravesaron  el  pecho  con  una 
daga  homicida,  y  con  día  dieron  fin  á  su  existencia  ge- 
nerosa. 

Durante  el  estrago  impío  de  esta  borrasca  furiosa, 
el  P.  Fr.  Jacinto  Orfanell  se  hallaba  en  las  cercanías 


—  66o  — 

de  la  capital  del  reino,  confesando  á  los  cristianos  que 
acudian  para  el  efecto;  y  no  siéndole  posible  entrar  en 
la  ciudad  misma,  envió  un  cristiano  principal,  que  es- 
taba en  su  compañía,  para  invitar  de  su  parte  á  los  fie- 
les cochinotras  á  que  fuesen  sin  cuidado  adonde  él  es- 
taba hospedado  ocultamente,  para  animarlos  á  la  per- 
severancia en  los  combates,  y  fortalecer  su  espíritu  en 
el  dia  de  la  lucha.  Todos  los  PP.  misioneros  estaban 
entonces  escondidos  en  albergues  solitarios,  no  porque 
temiesen  los  tormentos  y  la  muerte,  que  ellos  deseaban 
padecer  por  Jesucristo,  sino  para  consagrarse  al  minis- 
terio espiritual  de  los  cristianos,  que  tanto  lo  habian 
menester  en  aquellas  circunstancias.  Y  era  verdad  que 
en  su  retiro  ejercian  sus  funciones  apostólicas,  como 
pudieran  hacerlo  en  tiempo  de  seguridad  y  de  bonan- 
za. Los  que  se  hallaban  en  los  contornos  de  Nangasa- 
qui  apenas  tenian  una  hora  de  reposo,  porque  temien- 
do que  Safioye,  después  de  haber  saciado  su  fiereza  en 
los  cristianos  de  Arima,  volveria  contra  ellos  los  rayos 
de  su  furor,  procuraban  disponerse  á  la  lid  aterradora 
con  el  sagrado  banquete  del  altar.  Mas  por  entonces  no 
llegaron  á  verificarse  sus  temores,  porque  comenzó  a 
divulgarse  la  noticia  de  la  guerra  que  Fideyori,  legíti- 
mo sucesor  de  Taycosama,  habia  declarado  ya  al  Re- 
gente que  trataba  de  usurparle  el  trono  y  la  corona 
del  imperio.  Esta  grave  circunstancia  obligaba  por  en- 
tonces al  miserable  Safioye  á  suspender  sus  trabajos  de 
persecución  y  de  venganza  para  presentarse  en  la  cor- 
te á  su  señor,  como  uno  de  sus  más  adictos  servidores. 
Antes  de  salir  de  Nangasaqui,  ya  que  no  le  era  posi- 
ble por  entonces  consumar  el  sacrificio  de  todos  sus  ha- 


—  66i  — 

hitantes  (eran  cristianos  casi  todos),  quiso  atérrales  con 
un  acto  capaz  de  irritar  á  los  cristianos  más  indiferen- 
tes y  más  tépidos.  Mando  formar  en  una  plaza  una  pira 
levantada  de  cruces,  imágenes  sagradas,  rosarios  y  otros 
objetos  de  nuestra  religión  santa,  que  habia  arrebatado, 
impío,  á  los  cristianos  de  Arima,  y  lo  mandó  quemar 
públicamente.  El  P.  Fr.  Alonso  Navarrete  dio  un  bri- 
llante testimonio  de  su  piedad  y  de  su  fe  en  aquel  tran- 
ce supremo;  pues  al  ver  que  por  abominación  y  por 
desprecio  eran  entregados  á  las  llamas  aquellos  objetos 
tan  sagrados,  se  arrojó  sobre  la  pira  para  salvar  alguna 
cosa  con  sus  manos,  y  manifestar  á  los  enemigos  de  su 
Dios  que  no  temia  arrostrar  sus  iras  cuando  se  trataba 
de  vindicar  la  religión  de  sus  ultrajes.  Su  celo  le  costó 
algunos  golpes  violentos,  que  le  dieron  los  míseros  ser- 
vidores del  tirano;  pero  también  le  cupo  la  gran  satis- 
facción de  haber  dado  á  los  cristianos  un  ejemplo  de 
heroísmo,  y  una  lección  elocuente  á  los  paganos. 

119.  Al  incendio  de  los  símbolos  sagrados  añadió 
aquel  cruel  prefecto  otro  acto  de  barbarie,  que  por  sí 
solo  nos  descubre  su  carácter  inhumano.  El  tirano  de 
Arima,  D.  Miguel,  habia  despojado  de  sus  bienes  á 
cuatro  caballeros  de  alta  alcurnia  que  no  quisieron  aban- 
donar la  fe  de  Jesucristo;  pero  les  otorgaba  todavía  el 
beneficio  de  la  vida.  Retirados  desde  entonces  á  un 
monte  muy  apartado,  se  alimentaban  de  la  caza,  y 
preferían  vivir  en  la  miseria  á  la  apostasía  final  de  sus 
creencias.  Noticioso  Safioye  del  suceso,  no  se  confor- 
mó con  la  condescendencia  del  prefecto,  y  se  propuso, 
antes  de  abandonar  á  Nangasaqui,  hacerles  renegar  de 
Jesucristo,  ó  quitarles  la  vida  cruelmente.  A  este  fin 


—  662  — 

envió  sus  ministros  al  collado  en  donde  habitaban  aque- 
llos nobles  confesores  de  la  fe,  á  quienes  intimaron  des- 
de luego  la  orden  inesperada  del  tirano.  Mas  los  atle- 
tas de  Dios,  que  habian  tolerado  hasta  entonces  las  pri- 
vaciones del  destierro  y  el  abandono  completo  de  sus 
bienes  y  familia  por  no  rendir  vasallaje  á  Satanás  y  á 
sus  obras,  se  opusieron  con  igual  valor  á  esta  exigen- 
cia. Desengañados  los  satélites  de  poderlos  reducir  á 
su  propósito  con  palabras  solamente,  procedieron  á  las 
obras.  Ante  todas  cosas  les  cortaron  las  narices  cruel- 
mente; después  los  dedos  de  los  pies  y  de  las  manos;  á 
continuación  los  marcaron  con  hierros  candentes  todo 
el  cuerpo,  y  por  fin  los  despeñaron  a  un  arroyo,  con 
prohibición  severa  de  que  nadie  los  sacase  ni  socorriese 
en  aquel  trance.  Dos  de  ellos  no  tardaron  en  pasar  á 
mejor  vida,  y  los  otros  dos  salieron  de  aquel  sitio  me- 
dio muertos,  no  sin  especial  providencia  del  Señor, 
para  animar  con  su  constancia  á  los  fieles  de  aquel  rei- 
no perseguido.  Tal  fué  por  entonces  el  fin  de  esta  per- 
secución general;  pues  ocupados  los  tiranos  en  la  guer- 
ra, no  pudieron  llevar  á  efecto  en  todas  sus  partes  el 
edicto  neroniano  del  ambicioso  Regente. 

1 20.  Esta  guerra  que  Fideyori  habia  declarado  á 
Dayfusama  era  sin  duda  más  justa  por  su  parte.  Se 
miraba  el  infeliz,  no  sólo  despojado  de  su  herencia,  sino 
también  amenazado  en  su  vida  á  todas  horas;  porque, 
abusando  el  tirano  de  su  imperial  omnipotencia,  habia 
determinado  perpetuar  la  corona  del  imperio  en  su  fa- 
milia por  línea  recta  de  varón,  poniéndola  desde  luego 
en  las  sienes  de  su  hijo.  Sus  planes  ya  eran  conocidos 
de  antemano.  Tres  años  antes  habia  dado  á  entender 


-663  - 
á  Fideyori  que  debia  hacerle  una  visita,  siquiera  para 
tributarle  las  atenciones  que  como  yerno  le  debia;  á 
cuya  invitación,  que  por  otra  parte  parecía  justa  y  ra- 
zonable, no  pudo  negarse  el  inexperto  y  joven  prínci- 
pe. Con  este  fin  salió  por  la  primera  vez  de  la  forta- 
leza de  Osaca,  acompañado  de  varios  señores  que  ha- 
blan servido  fielmente  a  su  padre,  y  entró  en  la  corte 
de  Meaco,  en  donde  residía  Dayfusama.  Este  lo  recibió 
con  extraordinarias  demostraciones  de  afecto;  lo  festejó 
según  la  calidad  de  su  persona,  y  le  convidó  á  un  es- 
pléndido banquete,  al  fin  del  cual  le  ofreció  de  propia 
mano  una  taza  de  té,  que  los  amigos  del  Príncipe  tu- 
vieron por  sospechosa.  Este,  sin  embargo,  para  no  des- 
airar al  suegro,  la  aceptó;  mas  entonces  Gazayemon, 
Tono  de  Fingo,  que  habia  sido  uno  de  los  principales 
capitanes  de  Taycosama  y  profesaba  un  singular  afecto 
á  Fideyori,  se  anticipó  á  su  señor;  alargó  la  mano  a  la 
misteriosa  taza;  dijo  que  su  soberano  no  podia  tomar 
té  en  aquella  ocasión,  por  estar  algo  indispuesto,  y  ha- 
ciendo una  profunda  reverencia  á  entrambos,  tomó  la 
fatal  bebida  en  presencia  y  con  espanto  de  todos  los 
circunstantes.  No  se  dio  por  ofendido  el  pérfido  Re- 
gente con  la  acción  aterradora  de  este  Tono,  que  si 
bien  frustraba  su  proyecto ,  á  lo  menos  le  libraba  de  un 
poderoso  rival,  que  le  servia  de  estorbo.  En  efecto,  no 
hablan  transcurrido  muchas  horas,  y  moria  Gazaye- 
mon en  medio  de  los  dolores  más  acerbos. 

Descubierto  de  un  modo  tan  espantoso  el  pérfido 
designio  del  tirano,  pudiera  desde  luego  Fideyori  pe- 
dir la  satisfacción  debida  á  su  persona;  mas  aquél  era 
depositario  del  poder,  y  se  habia  creado  un  gran  par- 


—  664  — 
tido  en  los  muchos  años  que  habia  tenido  en  sus  ma- 
nos las  riendas  del  imperio :  en  tal  concepto,  creyó  que 
debia  por  entonces  disimular  con  prudencia  la  ofensa 
recibida.  Entre  tanto  Dayfusama  se  iba  desprendiendo 
de  los  Tonos  y  señores  que  podrian  oponerse  á  sus 
ambiciosas  miras,  despachando  á  unos  con  venenos  y 
á  otros  con  su  pérfida  política;  y  por  fin  acusó  al  Prín- 
cipe de  haber  faltado  al  respeto  que  le  debia  como  Re- 
gente del  imperio,  con  motivo  de  un  incidente  el  más 
sencillo.  Habia  Fideyori  hecho  fundir  á  sus  expensas 
una  magnífica  campana  para  el  templo  de  Daybut,  y 
en  ella  hizo  inscribir  su  nombre,  omitiendo  el  de  Day- 
fusama, sin  la  menor  intención  de  faltarle  ni  ofenderle. 
Noticioso  éste  del  suceso,  se  quejó  de  él  amargamente, 
lo  que  visto  por  el  yerno,  y  agotado  ya  su  sufrimiento, 
no  dudó  declararse  contra  él  abiertamente.  Desde  lue- 
go se  le  adhirieron  los  muchos  confinados  inculpables 
y  cristianos  perseguidos,  con  varios  Tonos  y  señores 
de  superior  jerarquía,  que  hablan  sido  favorecidos  por 
su  padre;  y  su  partido  no  tardó  en  ser  el  de  la  gran 
mayoría  del  imperio.  A  los  pocos  meses  de  haber  sa- 
cudido Fideyori  el  ominoso  yugo  de  aquella  larga  tu- 
tela, ya  no  se  dudaba  de  su  triunfo.  Dayfusama,  sin 
embargo,  como  diestro  general,  juntó  á  la  brevedad 
posible  todas  las  fuerzas  de  que  podia  disponer  á  la  sa- 
zón, y  sin  cuidarse  de  batallas  parciales,  se  precipitó  con 
la  rapidez  del  pensamiento  sobre  Osaca,  para  sorpren- 
der á  su  adversario.  Mas  la  buena  posición  de  esta  gran 
plaza,  el  valor  de  los  que  la  defendían  y  el  rigor  de  la 
estación  no  le  permitieron  finalizar  con  un  golpe  atre- 
vido la  campaña.  Puso  cerco  á  la  ciudad,  ya  que  no 


—  ees  — 

pudo  tomarla  por  sorpresa;  intentó  varias  veces  el  asal- 
to, é  hizo  cuantas  tentativas  su  larga  experiencia  le 
dictaba;  pero  siempre  sin  efecto,  porque  sus  tropas, 
acampadas  sin  abrigo,  estaban  debilitadas  y  ateridas 
por  el  rigor  del  invierno.  Convencido  al  fin  de  la  im- 
posibilidad de  apoderarse  de  la  plaza,  y  temiendo,  por 
otra  parte,  la  deserción  de  sus  mejores  tropas,  echó  mano 
de  la  perfidia,  tan  proverbial  á  su  carácter,  para  conse- 
guir por  el  engaño  lo  que  no  podia  por  la  fuerza  de 
las  armas.  Por  el  pronto  ofreció  la  paz  á  los  sitiados, 
con  algunas  condiciones,  que  para  mayor  seguridad  del 
cumplimiento  firmó  con  la  sangre  de  sus  venas,  y  las 
confirmó  con  el  más  solemne  juramento  por  los  dioses 
imperiales.  Las  primeras  eran  muy  favorables  al  incau- 
to Fideyori,  mas  la  última  contenia  el  veneno  que  ha- 
bia  de  perder  á  este  infeliz,  muy  fácil,  por  otra  parte, 
de  descubrirse,  si  en  Osaca  no  existieran  traidores,  que 
habian  determinado  venderlo  á  su  rival.  En  ella  se  le 
exigia  que  habia  de  allanar  uno  de  los  tres  muros  que 
aseguraban  su  castillo,  y  cegar  completamente  todos 
los  fosos  y  reductos  que  cercaban  el  castillo.  Para  co- 
honestar su  pretensión,  alegaba  que  su  retirada,  sin 
haber  logrado  ninguna  clase  de  ventajas,  sería  muy  in- 
decorosa á  su  persona,  lo  que  él  debia  evitar  en  todo 
caso.  El  muro,  pues,  fué  derribado,  los  fosos  se  cega- 
ron y  el  pérfido  Regente  se  retiró  con  los  suyos  á 
Meaco  por  Enero  de  1615,  dejando  muy  satisfecho  á 
Fideyori,  que  se  creia  seguro  con  el  juramento  de  un 
traidor,  que  no  reparaba  en  atropellar  las  leyes  más 
inviolables  y  sagradas. 

Pasada  la  estación  de  aquel  invierno,  y  concluidas 


—  666  — 

las  fiestas  del  año  nuevo  que  empezaba,  trató  Dayfu- 
sama  de  consumar,  finalmente,  la  obra  de  iniquidad 
que  le  inspiraba.  Ante  todas  cosas  buscó  nuevos  moti- 
vos para  volver  á  romper  con  Fideyori,  y  al  efecto  le 
hizo  escribir  una  carta  confidencial  y  amistosa,  por  me- 
dio de  su  mismo  secretario,  aconsejándole  que  despi- 
diese de  su  servicio  á  varios  señores  que  citaba,  en  aten- 
ción á  no  serle  necesarios  y  consumirle  inútilmente  sus 
tesoros.  Esta  carta  llenó  de  indignación  á  los  partida- 
rios del  príncipe  imperial,  porque  desde  luego  pene- 
traron los  designios  del  tirano.  Contestó,  sin  embargo, 
Fideyori  con  política  y  finura,  diciéndole  en  breves 
términos  que  los  señores  que  lo  acompañaban  más 
eran  amigos  que  soldados,  y  que  no  podia  desconocer 
los  servicios  y  la  lealtad  de  sus  adictos.  Después  le  ma- 
nifestó algunas  otras  exigencias  cuyo  cumplimiento  era 
imposible,  y  por  fin  el  mes  de  Junio  volvió  otra  vez 
con  su  ejército  sobre  los  muros  de  Osaca,  que  ya  no 
se  hallaban  en  disposición  de  resistir  por  mucho  tiem- 
po á  sus  fuerzas  poderosas.  Pocos  dias  bastaron,  en  efec- 
to, para  apoderarse  por  asalto  de  aquella  ciudad  infausta, 
habiendo  perecido  en  la  refriega  el  desgraciado  Fide- 
yori, con  otros  muchos  señores  y  partidarios  de  su 
bando. 

Estaban  allí  á  la  sazón  los  PP.  Fr.  Apolinario  Fran- 
co, de  la  Orden  Seráfica,  Fr.  Hernando  de  Ayala,  Agus- 
tino calzado,  y  el  presbítero  Toan,  hijo  del  Goberna- 
dor de  Nangasaqui,  que  habian  concurrido  á  aquella 
plaza  con  el  fin  de  asistir  á  los  muchos  cristianos  que 
servian  á  Fideyori.  Los  dos  primeros  se  salvaron  con 
la  fuga;  mas  el  tercero  sucumbió  bajo  la  cuchilla  ven- 


—  667  ~ 

cedora.  Con  esta  acción  decisiva  quedó  terminada  la 
campaña,  y  al  fin  del  mismo  mes  entró  Dayfusama 
como  en  triunfo  en  la  ciudad  de  Suruga,  aclamado  por 
los  pueblos,  siempre  aduladores  del  más  fuerte.  Desde 
aquel  dia  se  consideró  el  tirano  como  emperador  legí- 
timo de  las  islas  de  Japón;  varió  la  era  primitiva,  que 
habia  regido  hasta  entonces,  y  mandó  derribar  las  for- 
talezas del  imperio,  á  excepción  de  las  que  habia  en 
las  capitales  para  la  seguridad  de  sus  gobernadores  y 
habitantes.  El  exterminio  y  la  venganza  amenazaban 
de  cerca  á  los  que  habian  seguido  el  partido  del  malo- 
grado Fideyori.  Perdonó  tan  sólo  en  parte  á  un  hijo 
que  habia  dejado  este  infeliz,  conmutándole  la  pena 
capital  en  la  de  muerte  civil;  pues  mandó  se  le  cortase 
el  pelo  como  infame,  y  que  fuese  encerrado  en  un 
monasterio  de  bonzos,  en  donde  acabó  su  triste  vida. 
Entonces  fueron  mayores  los  conflictos  de  los  PP.  mi- 
sioneros, pues  habiendo  sido  desafectos  al  tirano  en  la 
guerra  con  el  Príncipe,  temian  con  razón  que  proce- 
diera desde  luego  contra  ellos. 

12  1.  En  medio  de  los  trastornos  que  eran  consi- 
guientes á  los  azares  de  aquella  breve  camparía,  los  pa- 
dres misioneros  y  ministros  que  con  traje  del  país  re- 
sidían en  la  ciudad  de  Nangasaqui,  aprovechando  las 
treguas  que  les  concedían  los  enemigos  del  nombre 
cristiano,  salieron  sin  precauciones  para  ejercer  el  mi- 
nisterio apostólico  en  otras  provincias  del  imperio.  Los 
nuestros  recorrían  animosos  los  reinos  más  apartados  y 
distantes,  y  en  todas  partes  fructificaba  felizmente  la 
palabra  del  Señor.  Sólo  en  el  reino  de  Arima  el  padre 
Fr.  Juan  de  Rueda  reconcilió  con  la  Iglesia  á  más  de 


—  668  — 

mil  miserables,  que  tan  sólo  por  evitaren  aquel  trance 
los  tormentos  y  la  muerte  hablan  apostatado  exterior- 
mente  de  la  fe.  El  P.  Fr.  Tomas  de  Zumarraga  fué 
enviado  á  las  comarcas  de  Meaco,  después  de  la  toma 
de  Osaca,  con  motivo  de  haber  enfermado  el  P.  fray- 
José  de  San  Jacinto,  que  habia  trabajado  por  aquellas 
partes  hasta  entonces.  El  P.  Fr.  Jacinto  Orfanell  ejer- 
citó su  celo  fervoroso  en  los  reinos  de  Chicugo,  Chi- 
cuyen,  Bungo  y  Buyen,  en  los  cuales  estaban  los  cris- 
tianos absolutamente  destituidos  de  ministros.  En  Nan- 
gasaqui  se  quedaron  por  entonces  los  PP.  Fr.  Alonso 
Navarrete  y  Fr.  Francisco  de  Morales,  que  cuidaban 
con  esmero  de  aquella  grey  numerosa.  Su  mayor  peli- 
gro les  venia,  á  la  sazón,  de  las  pesquisas  rigorosas  con 
que  los  emisarios  del  tirano  perseguían  sin  compasión 
á  los  que  habian  defendido  á  Fideyori. 

122.  A  consecuencia  de  estas  averiguaciones  y  pes- 
quisas, cayeron  en  poder  de  los  esbirros  dos  religiosos 
Franciscanos.  El  P.  Fr.  Diego  de  San  Francisco,  que 
era  uno  de  los  dos  aprisionados,  fué  encerrado  desde 
luego  en  un  espantoso  calabozo,  cuyos  horrores  des- 
cribía él  mismo,  en  una  carta,  con  los  términos  si- 
guientes: «Nunca  leí  en  las  historias  una  cárcel  tan 
cruel;  porque  se  mataban  los  presos  unos  á  otros,  y  de 
noche  mataban  á  los  enfermos,  echándolos  contra  las 
bigas;  y  porque  los  reprendí,  me  respondieron,  que  con 
esto  se  les  hacia  un  bien,  quitándoles  de  presto  las 
penas  que  padecían.  Del  hambre  que  por  allí  se  padecía 
no  digo  nada,  porque  habia  siempre  más  de  treinta 
que  no  tenían  quien  les  diese  de  comer,  y  vivían  algu- 
nos dias  con  lo  que  arrebataban  á  los  otros,  que  no  te- 


nian  para  sí.  La  sed,  como  es  más  penosa  de  sufrir, 
para  aliviarla  recogian  con  una  vasija  el  agua  que  se 
caia  de  la  cabeza  de  los  que  yo  bautizaba.  Estábamos 
tan  estrechos,  que  á  veces  se  hallaba  uno  vivo  entre 
dos  muertos,  envidiando  la  suerte  de  ellos,  los  cuales 
solian  quedar  casi  podridos,  sin  que  los  quitasen  de  la 
misma  cárcel  en  muchos  dias.  El  hedor  y  la  corrupción 
era  el  mayor  tormento  que  yo  sentia.  Estos  cadáveres, 
con  la  hediondez  que  despedían,  corrompían  á  los  cuer- 
pos vivos,  y  así  estábamos  todos  leprosos;  é  yo  de  pies 
á  cabeza  no  tenía  cosa  sana,  con  una  comezón  tan  ra- 
biosa, que  no  podia  concluir  el  decenario  sin  echar  las 
uñas  á  las  carnes,  y  como  las  tenía  tan  largas,  que  sólo 
podia  cortarlas  con  los  dientes,  me  lastimaban  grande- 
mente.» En  este  horrible  calabozo  estuvo  este  venera- 
ble misionero  por  espacio  de  año  y  medio,  padeciendo 
los  trabajos  y  agonías  de  la  muerte.  Mas  al  fin  logró 
su  libertad  y  se  embarcó  para  Manila,  con  motivo  de 
una  embajada  que  habia  enviado  á  Japón  nuestro  ca- 
tólico Monarca.  El  otro  misionero  era  el  venerable 
P.  Fr.  Juan  de  Santa  María,  preso  por  el  Tono  de 
Omura,  el  cual,  después  de  haber  sufrido  con  admira- 
ble resignación  tres  años  de  prisión  y  de  tormentos,  fué 
condecorado,  finalmente,  con  la  palma  del  martirio. 


—  670 


CAPITULO  VIII. 


Progresos  de  la  devoción  del  Santísimo  Rosario  en  el  imperio  del  Japón. — 
Muerte  desastrosa  del  tirano  Dayfusama. —  El  nuevo  emperador  se  propo- 
ne abolir  la  religión  en  todos  sus  dominios. —  Martirio  de  dos  PP.  misio- 
neros en  Omura. —  Los  PP.  Navarrete  y  Ayala  entran  á  predicar  en  el 
mismo  reino,  y  son  luego  capturados. —  Conducidos  á  otras  islas,  son  por 
fin  decapitados. — Resefia  de  su  vida. —  Entran  otros  misioneros  en  Omu- 
ra, y  son  asimismo  capturados. —  Martirio  de  Lino  |irobioye.  —  Constan- 
cia prodigiosa  de  un  criado  del  venerable  Zumarraga. —  Encono  del  Tono 
de  Omura  contra  los  venerables  confesores. —  Conversión  y  martirio  de 
Juan  Niyemon. 


123.  Corriaii  hacia  su  fin  los  años  de  1 6 1 6 ,  y  cuan- 
do iba  á  empezar  para  la  iglesia  del  Japón  una  época 
todavía  más  cruel  que  la  pasada,  infundió  el  Señor  en 
los  corazones  de  los  fieles  una  inclinación  extraordina- 
ria á  la  devoción  del  Santísimo  Rosario.  Su  cofi-adía  se 
habia  fundado  en  Nangasaqui  desde  los  primeros  años 
en  que  nuestros  religiosos  entraron  en  el  imperio  (i); 
pero  sus  progresos  datan  especialmente  de  este  año,  con 
motivo  de  haberse  publicado  allí  las  muchas  gracias  y 
favores  con  que  los  sumos  pontífices  han  enriquecido 
esta  hermosa  institución  del  cristianismo.  El  entusias- 
mo con  que  aquellos  perseguidos  cristianos  abrazaban 


(i)  La  cofradía  del  Santísimo  Rosario  la  fundaron  también  los  PP.  Fran- 
ciscanos en  una  iglesia  que  tenían  en  Yeddo,  bajo  h.  advocación  de  Nues- 
tra Sra.  del  Rosario,  con  autorización  de  nuestra  Orden  y  letras  de  funda- 
ción, otorgadas  por  el  provincial  de  Santo  Domingo  de  Manila.  Existe  un  li- 
brito,  impreso  en  1626  y  reimpreso  en  1868,  escrito  por  el  entonces  vicario 
de  Binondo,  el  P.  Fr.  Francisco  Carrero,  bajo  el  nombre.  Triunfo  del  Santo 
Rosario  y  Orden  de  Santo  Domingo  en  los  reinos  del  Japón.  Comprende  la 
historia  de  la  persecución  del  Japón  y  los  martirios  de  los  cofrades  del  Santí- 
simo Rosario,  desde  1617  a  1624. 


—  éyi  — ■ 
una  devoción  tan  saludable,  mostraba  bien  claramente 
que  aquel  movimiento  extraordinario  de  los  ánimos  no 
era  obra  de  los  hombres.  De  todas  partes  se  elevaba  á 
las  alturas  el  concierto  de  aquel  salterio  divino,  y  no 
habia  cristiano  ferviente  que  no  procurase  poseer  al- 
guna imagen  de  la  Virgen  del  Rosario  que  á  este  fin 
se  habia  grabado  en  Nangasaqui.  Los  frutos  abundosos 
y  admirables  que  este  santo  ejercicio  producía  en  sus 
devotos,  eran  de  todos  conocidos,  y  entre  ellos  debe 
contarse  la  reforma  de  costumbres  de  los  fieles,  aun  de 
los  que  hasta  entonces  solo  hablan  sido  cristianos  en 
el  nombre.  A  la  misma  se  debe  atribuir  aquel  valor 
nunca  vencido  con  que  tantos  cristianos  entregaban  la 
vida  por  su  Dios;  bien  así  como  el  haberse  conservado 
en  aquel  punto  la  verdadera  fe  de  Jesucristo  por  mucho 
tiempo  después  de  haber  faltado  á  los  cristianos  sus  sa- 
cerdotes y  sus  templos.  El  venerable  P.  Fr.  Jacinto  Or- 
fanell,  en  un  escrito  que  compuso,  relativo  á  los  últimos 
sucesos  del  Japón,  decia  así:  «¡Qué  de  cristianos,  que 
vivian  como  medio  desesperados  de  su  salvación,  por 
la  devoción  del  Santísimo  Rosario  han  vuelto  a  cobrar 
aliento ,  y  viven  muy  consolados !  i  Qué  de  hombres  per- 
didos y  pecadores  públicos  vemos  que  se  han  converti- 
do, y  cada  dia  se  convierten!  Verdaderamente  es  esta  de- 
voción como  una  lima,  que  poco  á  poco  va  comiendo 
el  candado  de  los  vicios  con  que  el  demonio  nos  tiene 
presos,  y  cuando  menos  lo  pensamos  nos  hallamos  libres 
y  totalmente  trocados;  y  si  no,  véase  en  muchos,  que 
antes  de  esto  se  hallaban  fiacos  en  las  cosas  de  la  fe,  que 
al  primer  empellón  cayeron;  y  después  que  entraron 
en  la  cofradía,  y  trataron  de  veras  de  rezar  el  Rosario, 


—  (i']1  — 

se  hallaron  muy  trocados  y  fuertes.»  En  confirmación 
de  esto,  refiere  algunos  hechos  admirables  de  constan- 
cia con  que  muchos  devotos  del  Rosario  acreditaron 
fielmente  que  sabían  morir  en  el  estadio  antes  que  re- 
nunciar á  Jesucristo.  El  mismo  fué  testigo  presencial 
de  la  respuesta  generosa  que  los  cofrades  del  Rosario 
dieron  á  un  Tono  de  Arima,  cuando  queria  obligarles 
por  la  fuerza  á  contribuir  con  sus  personas  é  intereses 
á  la  construcción  famosa  de  un  templo  pagano.  «Nos- 
otros, dijeron,  somos  cristianos,  y  no  podemos  coope- 
rar á  una  obra  de  esta  naturaleza :  mándanos  otra  cosa 
permitida,  y  no  dudes  que,  aunque  sea  más  gravosa, 
daremos  cumplimiento  á  tus  mandatos.»  Por  esta  sola 
resistencia  pudiera  el  Tono  condenarlos  á  la  pena  ca- 
pital, según  las  leyes  vigentes  del  imperio,  lo  cual  aque- 
llos cristianos  no  podian  ignorar  de  modo  alguno;  mas 
por  entonces  no  pasó  más  adelante  este  negocio,  y  tu- 
vieron la  satisfacción  de  haber  cumplido  con  su  deber 
sin  ulteriores  consecuencias,  que  ellos  hubieran  afron- 
tado en  todo  caso;  pues  estaban  prevenidos  para  toda 
contingencia.  Bella  y  edificante  perspectiva  de  aquella 
grey  perseguida,  muy  satisfactoria,  ciertamente,  para 
nuestros  misioneros,  los  cuales  se  tenian  por  muy  feli- 
ces al  ver  el  buen  resultado  de  sus  trabajos  apostólicos. 
124.  Así  las  cosas  del  imperio,  y  sin  embargo  de  no 
ignorar  Dayfusama  que  muchos  de  los  cristianos  ha- 
blan seguido  el  partido  de  su  yerno  Fideyori,  ocupado 
á  la  sazón  en  perseguir  y  castigar  á  los  señores  que  le 
hablan  sido  desafectos,  no  los  molestaba  por  entonces 
con  el  rigor  que  se  temia.  Quiso,  no  obstante,  dar  al- 
gunas pruebas  en  la  corte  de  que  no  los  tenía  olvida- 


—  ^73  — 
dos,  y  que  aun  vivia  en  su  corazón  su  antiguo  é  im- 
placable odio  contra  el  Cristo  del  Señor.  Por  su  orden 
fueron  presos,  en  efecto,  y  martirizados  en  Suruga  doce 
valientes  de  Israel.  Mandó  ademas  degollar  á  seis  cris- 
tianos leprosos,  y  á  otros  seis  les  hizo  cortar  los  dedos 
de  las  manos,  descoyuntarles  los  huesos  y  marcarles  con 
hierros  candentes  todo  el  cuerpo,  en  cuyos  tormentos 
indecibles  espiraran  dos  de  ellos.  Más;  se  acercaba  la 
hora  postrera  de  aquel  monstruo,  que  habia  logrado 
asegurar  en  la  frente  de  su  hijo  la  diadema  imperial, 
que  habia  usurpado.  Era  por  el  mes  de  Julio  de  aquel 
mismo  año,  y  habia  salido  á  divertirse  con  sus  criados 
á  la  caza.  Las  peripecias  y  fatigas  de  aquella  partida  pe- 
ligrosa le  produjeron  una  especie  de  desmayo,  que  vino 
á  interrumpir  fuera  de  tiempo  aquella  malhadada  di- 
versión. Los  que  estaban  á  su  lado  echaron  mano  al 
momento  del  repuesto  en  donde  solia  tener  algunos  cor- 
diales á  propósito  para  estos  casos  posibles;  pero,  sin  sa- 
berlo ni  advertirlo,  le  suministraron  la  bebida  de  un 
frasco  emponzoñado,  que  él  solo  conocia  perfectamen- 
te. Vuelto  en  sí  del  parasismo,  preguntó  de  qué  frasco 
le  habian  dado  la  bebida,  y  averiguada  la  verdad,  ase- 
guró (según  dicen)  que  no  podia  vivir  más  tiempo.  Re- 
tiróse inmediatamente  á  su  palacio,  se  puso  en  cura 
inútilmente,  y  á  los  pocos  dias  de  haber  tomado  aque- 
lla pócima  acabó  su  vida  abominable  en  medio  de  los 
dolores  más  horribles.  ¡Digno  fin  de  aquel  tirano,  que 
habia  dado  tantas  veces  igual  género  de  muerte  á  los 
caballeros  más  honrados,  y  sacrificado  de  este  modo 
á  muchos  cristianos  inocentes,  sin  más  causa  ni  motivo 
que  no  querer  abandonar  la  verdadera  religión  de  Je- 

TOMO    I.  43' 


—  674  — 
sucristo!  Dios  suele  herir  al  impío  con  aquellas  mis- 
mas armas  que  él  ha  usado  por  ventura  para  extermi- 
nar al  justo. 

125.  Con  la  muerte  del  tirano  Dayfusama  parecia 
que  los  cristianos  hablan  de  hallar  algún  alivio  en  sus 
penas  y  amarguras;  pero  no  sucedió  así.  Los  dignata- 
rios del  imperio,  que  tenían  en  sus  manos  la  dirección 
y  las  riendas  del  gobierno,  eran  los  mismos  por  des- 
gracia, y  el  nuevo  príncipe,  conocido  con  el  nombre  de 
Jogunsama,  aun  más  cruel  y  sanguinario  que  su  pa- 
dre, se  propuso  con  empeño  destruir  enteramente  el 
nombre  cristiano  en  sus  dominios.  Así  se  comprende 
bien  que  muy  poco  después  de  coronado  emperador 
del  Japón,  tan  malamente  heredado  por  la  usurpación 
triunfante  de  su  padre,  lo  empezó  á  manchar  con  san- 
gre de  víctimas  inocentes.  Yedo,  Meaco  y  demás  ciu- 
dades del  Cami  presenciaron  con  horror  sus  cruelda- 
des nefandas;  pues  renovó  desde  luego  los  tiránicos  edic- 
tos, que  los  Tonos  ya  miraban  con  alguna  indiferencia. 
Con  este  motivo,  Acuradono,  señor  de  una  gran  co- 
marca, á  pesar  de  su  genio  apacible  y  bondadoso,  creyó 
que  debia  afectar  algún  rigor  por  no  aparecer  omiso, 
cuando  sólo  se  trataba  de  agradar  por  este  medio  al 
nuevo  monarca  del  Japón.  Entre  tanto  el  Gobernador 
de  Chicugo  quitaba  la  vida  cruelmente  á  un  pobre  la- 
brador de  su  distrito,  y  atormentaba  á  otros  muchos 
por  adoradores  de  la  cruz.  Llamábase  Luis  el  uno  de 
ellos;  era  ademas  muy  devoto  del  Santísimo  Rosario,  y 
bienhechor  especial  de  los  PP.  misioneros.  Toleró  con 
invicta  paciencia  el  tormento  de  las  cañas,  con  que  le 
atravesaron  los  muslos  en  varias  y  distintas  direcciones. 


—  675  — 
Colgado  después  de  una  viga  en  la  actitud  más  violen- 
ta, estuvo  mucho  tiempo  así  pendiente,  como  un  san- 
griento espectáculo  entre  los  cielos  y  la  tierra. 

La  nueva  tempestad  que  habia  estallado  al  aparecer 
el  astro  horrendo,  cuya  malhadada  faz  y  disco  infaus- 
to hacia  presagiar  muy  tristes  dias  para  los  hijos  de  Is- 
rael, rugia  también  por  todas  partes  en  el  reino  de  Fi- 
gen.  Una  de  las  muchas  víctimas  sacrificadas  en  odio 
de  la  religión  y  de  la  cruz  fué  el  mayordomo  de  la 
cofradía  del  Rosario,  conocido  con  el  nombre  de  Pa- 
blo entre  los  cristianos  de  aquel  reino.  Con  su  ejemplo 
se  animaron  muchos  fieles  y  devotos  del  Rosario  á  per- 
der antes  la  vida  que  abandonar  á  Jesucristo.  Asimis- 
mo daba  testimonio  de  su  fe  un  joven  de  alta  jerarquía, 
crucificado  en  Bayen  por  sostener  varonilmente  su  doc- 
trina. 

El  puerto  de  Nangasaqui ,  que  hasta  entonces  habia 
sido  tratado  por  todos  los  tiranos  del  imperio  con  más 
consideración  que  otras  ciudades,  empezó  también  á 
perturbarse  por  Diciembre  de  este  año,  con  motivo  de 
haber  sabido  Safioye  que  allí  se  hallaba  Nayquidono, 
cristiano  muy  distinguido  é  hijo  de  Amjicadono,  uno 
de  los  capitanes  más  valientes  que  habían  sostenido  la 
causa  del  infortunado  Fideyori.  Con  el  fin  de  captu- 
rarlo, envió  á  este  puerto  con  sigilo  á  dos  pesquisido- 
res de  confianza,  que  con  sus  procedimientos  espanta- 
bles alborotaron  la  ciudad  por  todas  partes.  A  fuerza  de 
tormentos  v  violencias  pudieron  averiguar  que  habia  es- 
tado Nayquidono  con  im  P.  Jesuíta,  y  el  resultado  in- 
mediato de  esta  delación  infame  fué  reducir  á  prisión 
á  un  pobre  hermano  de  la  misma  Compaiíía,  que  á  los 


^  676  — 

tres  años  de  su  encierro  murió  gloriosamente  por  la  fe. 
Estos  y  otros  descubrimientos,  obtenidos  por  la  policía 
siniestra  de  los  Tonos,  les  hicieron  comprender  que  aun 
habia  en  el  imperio  sacerdotes  cristianos,  cuyo  exter- 
minio era  urgente  para  secundar  las  miras  del  nuevo  y 
sanguinario  emperador.  Con  el  fin  de  precaver  los  re- 
sultados, algunos  misioneros  se  trasladaron  á  los  reinos 
más  remotos,  y  otros  aparentaron  nuevamente  que  re- 
gresaban á  Manila. 

126.  Cuando  se  supo  en  la  corte  que  habían  queda- 
do todavía  misioneros  en  las  islas,  el  Tono  de  Omura, 
que  estaba  allí  casualmente,  tuvo  que  sufrir  una  repren- 
sión muy  dura  de  los  ministros  imperiales,  por  lo  mo- 
roso que  habia  sido  en  esta  parte.  Para  sincerarse  de 
este  cargo  hizo  alarde  y  vanidad  de  su  abominable  apos- 
tasía,  y  de  hijo  que  habia  sido  de  la  Iglesia,  se  convir- 
tió desde  entonces  en  su  perseguidor  infatigable.  A  su 
vuelta  de  \:\  corte  mostró  un  empeño  decidido  en  pren- 
der con  mano  armada  á  cuantos  sacerdotes  y  ministros 
se  hallaban  en  la  ciudad  de  Nangasaqui;  pero,  sabido  su 
intento,  se  tomaron  precauciones  oportunas,  que  frus- 
traron finalmente  sus  más  exquisitas  diligencias.  Al  ver 
que  se  cansaba  sin  provecho,  se  marchó  disgustado  de 
aquel  puerto;  mas  luego  envió  de  repente  á  su  privado 
Jirobioye  para  ensayar  una  sorpresa  cuando  estuviesen 
más  descuidados  los  cristianos  y  los  sacerdotes  allí  ocul- 
tos. Empero  sus  engaños  y  pesquisas  tampoco  produ- 
jeron esta  vez  los  efectos  que  los  perseguidores  espera- 
ban. Es  verdad  que,  por  desgracia,  lo  que  no  pudieron 
conseguir  en  Nangasaqui,  lo  consiguieron  al  fin  en  una 
de  las  aldeas  ó  pueblos  circunvecinos;  pues  cayeron  en 


—  677  ~ 
sus  manos  los  PP.  Fr.  Pedro  de  la  Asunción,  religioso 
Franciscano,  y  el  P.  Juan  Bautista  Machado  de  Ta- 
vora,  de  la  Compañía  de  Jesús,  que  murieron  por  la  fe 
el  dia  22  de  Mayo  de  1617  (i). 

127.  Creia  el  tirano  de  Omura  que  en  vista  del  ri- 
gor y  los  tormentos  usados  á  tal  extremo  con  los  pri- 
meros sacerdotes  que  habian  caido  en  sus  manos,  los 
demás  se  marcharían  del  imperio,  ó  se  ocultarían  de 
tal  suerte,  que  no  llegase  á  la  corte  la  noticia  de  su  per- 
manencia en  el  Japón;  pero  también  se  engañó  por  esta 
vez.  Los  PP.  Fr.  Alonso  Navarrete,  vicario  provincial 
de  nuestros  misioneros,  y  Fr.  Hernando  de  Ayala,  re- 
ligioso agustiniano,  llenos  de  un  santo  celo  por  la  cau- 
sa de  la  fe,  no  temieron  exponerse  á  las  iras  del  após- 
tata, bien  persuadidos  entrambos  de  que  con  su  predi- 
cación y  con  su  ejemplo,  é  inmolando  en  todo  caso  su 
existencia  en  las  aras  de  la  cruz,  los  fieles  se  levanta- 
rían finalmente  del  abatimiento  en  que  yacian.  El  mar- 
tirio de  aquellos  venerables  misioneros,  de  que  hase  he- 
cho mención  en  los  anteriores  números,  produjo  efec- 
tivamente una  sensación  profunda  en  todos  los  cristia- 
nos del  imperio,  por  ser  los  primeros  misioneros  que 
en  esta  persecución  perdieron  la  vida  por  la  fe.  El  ve- 
nerable Navarrete,  luego  que  tuvo  noticia  del  suceso, 
pensó  seriamente  sobre  la  conducta  que,  como  supe- 
rior de  sus  hermanos,  deberla  adoptar  en  aquel  caso,  y 


(i)  Por  estos  dos  mártires  empieza  la  seria  cronología  de  los  que  nuestro 
santísimo  pudre  Pío  IX  henificó  solemnemente  en  7  de  Julio  de  1867,  que 
comprende  los  niartiriziidos  desde  esa  fecha  (22  de  Mayo  de  1617)  hasta  el  3 
de  Setiembre  de  1632. 


—  678  — 

pidió  al  Señor  le  iluminase  en  circunstancias  tan  difí- 
ciles. Al  fin,  sintiéndose  inspirado  por  un  superior  im- 
pulso, creyó  que  era  llamado  á  h\  barrera  de  la  religión 
que  predicaba,  para  dar  un  brillante  testimonio  de  su 
fe.  Ocupado  en  estas  reflexiones,  llegó  la  víspera  del 
Corpus,  que  señaló  para  siempre  su  resolución  definiti- 
va. Llamó,  en  efecto,  á  su  presencia  á  su  catequista  Pa- 
blo, en  quien  tenía  mucha  confianza,  y  le  habló  de  esta 
manera:  «Ya  sabes,  Pablo,  que  antes  de  ayer  martiri- 
zaron á  los  benditos  PP.  Fr.  Pedro  de  la  Asunción  y 
Fr.  Juan  Bautista,  ¿tendrás  valor  para  ir  allá  y  traerme 
sus  cuerpos  venerables?»  Le  hizo  el  P.  Navarrete  esta 
propuesta,  con  el  único  objeto  de  explorar  la  disposi- 
ción en  que  estaria  respecto  á  seguirle  en  todo  caso, 
como  luego  se  lo  manifestó  más  claramente.  Pablo,  po- 
seido  de  un  santo  entusiasmo  religioso,  le  contestó  in- 
mediatamente que  á  todo  se  atrevia  por  su  Dios.  En- 
tonces lo  llevó  delante  de  un  altar,  se  postró  con  él  hu- 
mildemente, hizo  una  breve  oración,  y  en  seguida  le 
dio  su  bendición,  haciéndole  tomar  agua  bendita.  Des- 
pués de  esta  breve  ceremonia,  le  dijo  sencillamente: 
«Escucha,  Pablo,  y  guárdate  de  descubrir  á  persona  al- 
guna lo  que  ahora  te  voy  á  manifestar.  Sepas  que  yo 
estoy  resuelto  á  presentarme  en  Omura  para  ayudar  á 
los  afligidos  cristianos,  y  aconsejar  al  Tono  que  desista 
ya  de  sus  maldades;  lo  cual  espero  que  será  muy  pro- 
vechoso para  los  fieles  de  Nangasaqui,  que  se  hallan 
poseidos  de  temor.  Dime  ahora  francamente:  ¿tendrás 
valor  para  seguirme  y  decir  al  Tono  lo  que  yo  te  or- 
denare? Pablo  contestó,  sin  vacilar,  que  á  todo  estaba 
dispuesto,  y   el  venerable   Navarrete  aceptó  gustosa- 


—  679  — 
mente  su  espontáneo  ofrecimiento.  Al  dia  siguiente  co- 
mulgaba fervorosamente  el  catequista,  preparando  su 
alma  pura  con  el  pan  divino  de  los  fuertes  para  se- 
guir á  todas  partes  al  venerable  maestro,  dispuesto  á 
morir  en  todo  caso  por  su  Dios  y  por  su  fe.  El  dueño 
de  la  vivienda  en  donde  estaban  hospedados ,  llamado 
Gaspar  Ficoyuro,  sin  embargo  del  sigilo  con  que  ha- 
bian  tratado  aquel  asunto,  traslució  su  pensamiento,  y 
animado  de  los  mismos  sentimientos,  dijo  al  P.  misio- 
nero: «Yo  entiendo,  mi  padre  amado,  que  habéis  de- 
terminado ir  al  reino  de  Omura;  si  verdaderamente  es 
así,  os  suplico  que  me  llevéis  en  vuestra  compañía,  por- 
que estoy  resuelto  á  sufrir  el  martirio  si  fuese  necesa- 
rio, y  dar  la  vida  y  mi  sangre  por  mi  señor  Jesucristo.)) 
A  una  manifestación  tan  espontánea,  que  revelaba  la  fe 
viva  y  extraordinaria  de  su  huésped,  no  pudo  negarse 
el  venerable  misionero,  y  le  dijo  que  se  preparase  para 
la  marcha  sin  pérdida  de  tiempo. 

Como  superior  que  era  el  venerable  Navarrete  de 
nuestros  misioneros  en  Japón,  creyó  que  no  debia  lle- 
var á  efecto  su  arriesgado  pensamiento,  sin  disponer 
lo  conveniente  para  su  gobierno  y  sustitución  de  su 
persona  en  el  caso  de  morir  en  la  demanda.  A  este  fin 
les  escribió  una  carta  edificante,  que  muestra  asaz  á  las 
claras  la  pureza  de  su  celo.  «Ya  ven  vuestras  reveren- 
cias, les  decia,  como  esta  cristiandad  se  va  acabando 
poco  á  poco,  y  así  es  menester  dar  buen  ejemplo  á  es- 
tos cristianos;  por  lo  cual  pido  á  vuestras  reverencias, 
por  las  entrañas  de  nuestro  buen  Jesús,  procuren  ser 
hijos  de  nuestro  Padre  Santo  Domingo,  y  tener  mu- 
cha paz  y  hermandad  con  los  demás  religiosos.  Yo  voy 


—  68o  — 

á  Omura  á  confesar  y  consolar  á  aquellos  cristianos  : 
ahora  es  buen  tiempo  para  eso;  pues  con  la  sangre  de 
los  mártires  estarán  más  animados.  ¡Plegué  á  su  divina 
Majestad  sea  de  algún  servicio  suyo  mi  vida!  Y  por- 
que pudiera  ser  que  me  pusiesen  en  la  cárcel,  dejo  en 
mi  lugar  al  P.  Fr.  Francisco  de  Morales.  Y  si  acaso 
me  quitasen  la  vida,  podrán  vuestras  reverencias  nom- 
brar un  P.  Vicario  Provincial,  que  les  gobierne,  como 
disponen  las  Constituciones.  Y  perdónenme  por  amor 
de  Dios  el  mal  ejemplo  que  les  he  dado,  y  no  se  olvi- 
den de  mí  en  sus  oraciones  y  sacrificios.  Pido  á  vues- 
tras reverencias  muy  encarecidamente  que  á  la  mujer 
de  Pablo  y  su  hijo  sustenten,  pues  él  va  conmigo  para 
ayudar  á  los  cristianos,  y  podria  ser  lo  martirizasen 
igualmente.  La  obra  de  los  niños  perdidos  (i)  se  la 
encomiendo  mucho.  Hoy  dia  de  la  traslación  de  nues- 
tro Padre  Santo  Domingo,  á  24  de  Mayo  de  16 17. — 
Fr.  Alonso  Navarrete.» 

Profesaba  este  venerable  misionero  una  amistad  es- 
pecial al  venerable  P.  Fr.  Hernando  de  Ayala,  ya  cita- 
do, vicario  provincial  que  también  habia  sido  de  los 
misioneros  Agustinos,  el  cual  vivia  casi  siempre  con 
los  nuestros,  á  quienes  amaba  como  hermanos.  La  casa 
en  donde  habitaba  el  venerable  Navarrete  no  distaba 
mucho  de  la  suya,  y  como  eran  tan  parecidos  en  el 


(i)  Se  refiere  á  una  casa  de  expósitos  que  fundó  con  medios  que  habia  es- 
cogitado y  limosnas  que  recogía  en  aquel  país,  devastado  por  las  guerras  y 
persecuciones,  en  cuya  casa  recogía  y  alimentaba  á  los  niiíos  y  niíías  que  por 
pobreza  ó  por  crueldad  de  sus  padres  eran  abandonados.  Así  se  practicaba 
entonces  la  bella  obra  de  la  Sntita  Infancia ,  que  en  la  actualidad  con  tanto 
celo  se  va  desplegando  en  la  Europa. 


—  68i  — 

celo,  le  comunicó  su  pensamiento.  El  venerable  Aya- 
la,  aunque  abundaba  en  los  mismos  sentimientos,  te- 
mia  emprender  una  obra  tan  heroica  sin  el  mandato 
superior  de  su  prelado,  que  no  tenía  en  el  Japón.  Sin 
embargo,  como  se  confesaba  con  el  venerable  Navar- 
rete,  se  puso  en  sus  manos  á  este  fin,  y  le  prometió 
obediencia  si  le  mandaba  acompañarle.  ¡Sublime  ejem- 
plo de  humildad  y  de  abnegación  cristiana!  Con  este 
rasgo  de  heroismo  quedó  muy  consolado  y  satisfecho 
nuestro  venerable  Navarrete,  y  ante  todas  cosas  encar- 
gó á  su  nuevo  subdito  que  encomendase  de  veras  al 
Señor  aquel  negocio  tan  grave,  á  fin  de  que  se  digna- 
se inspirarles  en  tal  caso  lo  que  fuese  más  conforme  á 
su  divina  voluntad.  Al  terminar  el  venerable  Ayala  su 
fervorosa  oración,  se  ofreció  de  nuevo  á  la  voluntad  y 
al  mandamiento  del  venerable  Navarrete,  y  éste,  mo- 
vido sin  duda  por  el  espíritu  de  Dios,  le  mandó  que 
lo  siguiese  en  la  expedición  que  habia  determinado 
hacer  al  reino  de  O  mura.  Entonces  escribió  una  carta 
muy  devota  á  los  misioneros  del  imperio  y  á  sus  her- 
manos de  Manila.  Estos  hechos  ocurrian  el  dia  25  de 
Mayo,  y  en  aquella  misma  noche  salian  los  dos  vene- 
rables religiosos  de  la  ciudad  de  Nangasaqui,  y  se  hos- 
pedaron juntamente  en  la  morada  de  Pablo,  sita  en 
uno  de  los  arrabales  de  la  misma.  Por  la  noche  fueron 
visitados  con  sigilo  por  el  P.  Fr.  Francisco  de  Mora- 
les. Este  insigne  misionero  se  propuso  examinar  el  es- 
píritu verdadero  que  les  movia  á  emprender  una  jor- 
nada tan  arriesgada  y  tan  difícil.  Todavía  se  conservan 
algunos  pormenores  importantes  de  esta  célebre  visita, 
que  debia  decidir  postreramente  de  su  glorioso  desti- 


—  682  — 

no.  «Aunque  la  obra  es  tan  santa  y  perfecta,  les  decía, 
deben  vuestras  reverencias  reflexionar  si  sería  más 
conveniente  aguardar  un  poco  más,  para  ver  en  qué 
para  la  tormenta :  puede  suceder  muy  bien  que  no  les 
quiten  la  vida  si  los  prenden,  sino  que  los  echen  del 
Japón,  ó  los  tengan  detenidos  por  mucho  tiempo  en 
una  cárcel.  También  se  dice  que  ha  de  haber  perse- 
cución en  Nangasaqui,  y  por  lo  mismo  es  necesario 
considerar  si  se  podrán  abandonar  tantos  cristianos, 
que  van  á  quedar  por  estos  sitios  como  ovejas  sin  pas- 
tor.)) Contestaron  desde  luego  aquellos  venerables  mi- 
sioneros de  un  modo  satisfactorio  á  los  dos  reparos 
enunciados;  de  suerte  que  el  venerable  Morales  nada 
tuvo  que  oponer.  «¿Es  acaso  algún  asunto  de  poca  en- 
tidad, decian,  el  padecer  cárceles  y  destierro  por  el 
nombre  de  Jesús?  ¿No  sería  hacer  un  gran  servicio  á 
la  causa  de  la  religión  y  de  la  fe  el  dar  este  ejemplo  de 
valor  á  los  fieles  del  Japón ,  para  que  no  rehusen  estas 
penas  y  esta  persecución  siempre  creciente,  que  es  un 
verdadero  martirio  prolongado?  La  tempestad  que  ame- 
naza á  Nangasaqui  es  dudosa  todavía,  y  no  parece  ra- 
zonable dejar  lo  cierto  por  lo  incierto;  y  dado  que  lle- 
gue este  caso,  hay  allí  suficientes  sacerdotes  para  aten- 
der á  las  necesidades  de  su  cristiandad,  lo  que  no  su- 
cede en  Omura  ciertamente.  Vamos,  pues,  á  desem- 
peñar nuestro  sagrado  ministerio,  y  venga  lo  que  vi- 
niere. Nosotros  no  tratamos  de  obtener  la  dignidad 
grande  del  martirio,  sino  de  ayudar  en  lo  que  pode- 
mos á  los  perseguidos  cristianos.))  Al  despedirse  el  ve- 
nerable Morales  pidió  la  bendición  al  venerable  Na- 
varrete,  su  vicario,  y  antes  de  marcharse   recordó   al 


-  683  — 
venerable  Ayala  cierto  contrato  piadoso,  que  habian  ce- 
lebrado anteriormente,  de  aplicar  el  que  sobreviviese 
de  los  dos  doce  misas  por  el  alma  del  que  primero  fa- 
lleciese, y  añadió,  «si  era  su  voluntad  que  se  las  apli- 
case en  todo  caso,  aun  en  la  suposición  tan  verosímil 
de  que  le  quitasen  la  vida  por  la  fe  en  los  sangrientos 
combates  que  tal  vez  le  esperaban  en  Omura.»  A  lo 
cual  el  venerable  Ayala  contestó  «que  en  tal  caso  le 
condonaba  la  obligación,  y  que  no  pasase  cuidado 
por  ella.» 

128.  A  los  primeros  albores  de  la  mañana  siguiente 
se  pusieron  en  camino,  y  no  pasaron  de  una  aldea  si- 
tuada á  tres  horas  de  distancia  de  la  ciudad  de  Nanga- 
saqui.  Se  detuvieron  tres  dias  en  aquel  pueblo  cristia- 
no, para  confesar  á  muchos  que  les  suplicaban  esta 
gracia.  Entre  estos  hombres  devotos  compareció  tam- 
bién el  gobernador  de  aquel  distrito,  que  pocos  dias 
antes  habia  cooperado  á  la  prisión  del  venerable  padre 
Fr.  Pedro  de  la  Asunción,  según  se  ha  visto.  Mas  ahora, 
avergonzado  de  su  vil  apostasía,  se  confesó,  con  señales 
muy  sensibles  de  un  verdadero  arrepentimiento.  Desde 
allí  se  trasladaron  los  venerables  misioneros  á  otra  al- 
dea, en  donde  se  vieron  precisados  á  detenerse  también 
algunos  dias  por  la  misma  causa  y  necesidad  que  en  la 
anterior.  La  tercera  etapa  de  su  viaje  fué  la  ciudad  po- 
pulosa de  Nangaye,  uno  de  los  puertos  principales  de 
Omura:  allí  estuvieron  algún  tiempo,  trabajando  siem- 
pre en  el  ministerio  de  las  almas,  y  consagrados  ente- 
ramente al  bien  y  provecho  espiritual  de  los  cristianos, 
que  de  todas  partes  les  salian  al  encuentro  en  su  ca- 
mino. En  aquellos  pocos  dias,  que  habian  de  ser  los 


—  684  — 

postreros  de  su  predicación  y  de  su  vida,  su  palabra 
produjo  frutos  admirables  de  virtud  en  aquella  viña 
predilecta  del  Señor.  Bautizaron  á  muchos  niños  y 
adultos,  que  estaban  ya  preparados  al  efecto,  y  recon- 
ciliaron con  Dios  á  una  inmensa  multitud  de  pecado- 
res de  todos  sexos,  edades  y  condiciones.  Con  sus  plá- 
ticas sentidas  y  ejercicios  espirituales  animaban  á  los 
fieles  para  conservar  el  don  precioso  de  la  fe,  que  su 
Tono  les  queria  arrebatar  á  mano  airada.  ¡Como  si  el 
hombre  pudiera  arrancar  del  corazón  esa  semilla  del 
cielo  cuando  ha  echado  hondas  raíces  en  la  conciencia 
cristiana!  El  concurso  extraordinario  de  aquella  grey 
fervorosa  iba  en  progresión  creciente,  hasta  el  punto 
de  verse  precisados  á  ejercer  su  ministerio  bajo  un  tol- 
do de  ramaje,  y  disponer  allí  mismo  un  altar  en  la  flo- 
resta para  que  todos  pudiesen  asistir  al  santo  sacrificio 
de  la  misa,  y  escuchar  atentamente  los  postrimeros 
acentos  de  su  palabra  divina.  ¡Qué  espectáculo  tan 
bello!  El  Dios  del  amor  hermoso  y  de  las  gracias  ce- 
lestes recibiendo  en  la  enramada  la  adoración  de  un 
gran  pueblo  sobre  una  alfombra  de  flores  (era  en  Mayo), 

al  son  arrebatador  de  cantadoras  avecillas! Entonces 

conocieron  ciertamente  aquellos  hombres  de  Dios  que 
la  noticia  de  su  proximidad  y  de  su  permanencia  en 
aquel  punto  no  podria  ocultarse  al  fiero  apóstata,  y  que 
no  tardarían  en  ser  presos  de  su  orden.  En  esta  con- 
vicción é  inteligencia  se  abrieron  la  corona  con  pres- 
teza y  se  vistieron  con  sus  trajes  religiosos,  para  tener 
siquiera  el  gran  consuelo  de  llevar  por  algún  tiempo 
estas  insignias  venerables  de  su  estado,  pues  ya  era  in- 
útil su  disfraz  en  aquel  trance.  No  se  equivocaban,  en 


^  685  — 

efecto :  á  la  mañana  siguiente,  cuando  se  estaban  dis- 
poniendo para  celebrar  el  santo  sacrificio  de  la  misa, 
vieron  tres  embarcaciones  que  se  dirigian  á  aquel  puer- 
to, en  las  que  venian  los  emisarios  del  apóstata  Omu- 
radono  con  orden  de  capturarlos  y  de  conducirlos  á  la 
cárcel.  No  se  alteraron  los  venerables  misioneros  con 
su  vista,  ni  trataron  siquiera  de  ocultarse,  pues  su  prin- 
cipal intento  era  animar  á  los  fieles  con  su  ejemplo, 
para  mantenerlos  firmes  en  las  luchas  formidables  que 
se  preparaban  á  su  fe.  A  su  llegada  les  hicieron  los  es- 
birros una  profunda  reverencia  al  estilo  del  país,  y  to- 
mando en  seguida  uno  de  ellos  la  palabra,  dijo  así : 
«Padres  mios,  mucho  nos  pesa  de  venir  á  lo  que  veni- 
mos; pero  somos  mandados,  y  no  podemos  hacer  otra 
cosa,  so  pena  de  perder  nuestras  rentas  y  la  vida :  el 
Tono,  nuestro  señor,  nos  manda  que  os  prendamos.» 
Al  oir  estas  palabras,  los  cristianos  prorumpieron  en 
llantos  inconsolables,  capaces  de  enternecer  al  corazón 
más  insensible;  pero  los  venerables  confesores  los  ani- 
maban, diciéndoles  que  no  debían  en  manera  alguna 
entristecerse  por  su  prisión,  sino  dar  gracias  al  Señor 
porque  les  concedia  la  gran  dicha  de  padecer  por  la 
gloria  de  su  nombre. 

Estando  ya  los  atletas  de  la  cruz  en  poder  de  los  mi- 
nistros, sólo  trataron  de  disponerse  para  recibir  en  el 
estadio  la  corona  del  martirio.  Lejos  de  manifestarse 
disgustados  por  la  traición  infame  del  apóstata,  hicieron 
algunos  regalos  á  sus  verdugos  y  aprehensores,  y  el  ve- 
nerable Navarrete,  sacando  del  bolsillo  una  carta  que 
tenía  prevenida,  la  entregó  á  uno  de  ellos,  rogándole 
humildemente  que  la  pusiese  en  manos  de  su  Tono.  Su 


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contenido  era  el  siguiente : » Los  superiores  de  San  Agus- 
tin  y  Santo  Domingo,  andando  escondidos  ayudando 
á  esta  cristiandad,  supimos  como  habiais  hecho  marti- 
rizar á  dos  padres,  de  lo  cual  quedamos  muy  maravi- 
llados, porque  semejante  pecado  entre  gentiles  es  muy 
grande,  y  en  los  que  están  bautizados  es  gravísimo.  Por 
lo  cual,  lastimados,  señor,  de  vos  y  de  vuestros  vasa- 
llos, hemos  venido  aquí  para  amonestaros  que  os  ar- 
repintáis de  tan  gran  pecado,  os  confeséis  y  permitáis 
que  vuestros  vasallos  se  levanten  y  conviertan,  porque 
de  otro  modo  os  iréis  al  infierno  sin  remedio;  y  os  en- 
viamos por  delante  esta  carta,  para  que  os  sirva  de  avi- 
so.» El  que  recibió  la  carta  les  aseguró  de  todos  modos 
que  llegarla  á  su  destino;  pero  se  ignora  si  dio  cumpli- 
miento á  su  palabra.  El  fervoroso  y  valiente  dueño  de 
la  casa  en  donde  habia  estado  hospedado  el  venerable 
Navarrete  en  Nangasaqui,  al  ver  que  los  ministros  sólo 
se  apoderaban  de  los  padres,  se  dirigió  al  que  manda- 
ba la  cuadrilla,  y  le  habló  de  esta  manera:  «Yo  soy, 
señor,  el  que  he  tenido  en  mi  casa  por  tres  años  á  es- 
tos padres  contra  el  mandato  del  Emperador;  si  por  esto 
me  queréis  prender  y  quitarme  la  vida,  aquí  me  tenéis 
dispuesto.))  ¿  Quién  puede  inspirar  al  hombre  sentimien- 
tos tan  sublimes.?  Sólo  la  verdadera  religión  de  Jesu- 
cristo. Esta  sola  confesión  era  de  sí  suficiente  para  con- 
denarlo á  muerte,  según  los  edictos  imperiales;  mas  ni 
él  ni  el  buen  catequista  Pablo  fueron  presos  por  su 
Dios,  como  tanto  deseaban,  pues  los  esbirros  misera- 
bles no  tenian  orden  del  Tono  para  ello. 

Fué  tan  estrepitosa  la  prisión  de  estos  venerables  mi- 
sioneros, que  apenas  empezó  á  divulgarse  su  noticia, 


acudió  de  todas  partes  una  muchedumbre  innumerable 
de  cristianos  y  gentiles  al  puerto  en  donde  debian  em- 
barcarlos; los  unos  atraidos  instintivamente  por  la  no- 
vedad del  caso,  y  los  otros  para  darles  el  adiós  postri- 
mero de  la  vida.  Cuando  los  ministros  de  justicia  se  los 
llevaban  á  sus  naves,  acercábanse  los  fieles  para  besar- 
les las  manos  y  las  extremidades  del  vestido,  y  los  más 
atrevidos  y  piadosos  llegaban  á  cortarles  alguna  parte 
de  sus  hábitos,  para  conservarlos  en  su  poder  como  re- 
liquias del  cielo.  Tal  era  la  fe  y  la  devoción  de  aquellos 
cristianos  fervorosos,  que  poco  antes  estaban  amedren- 
tados de  terror.  Al  llegar  los  venerables  á  la  mar,  no 
faltaron  cristianos  decididos  que  intentaron  impedir  los 
embarcasen;  mas  ellos  les  disuadian  su  atrevida  preten- 
sión, asegurándoles  que  con  la  muerte  esperaban  alcan- 
zar una  vida  más  dichosa,  y  favorecer  más  eficazmen- 
te á  los  cristianos  cabe  al  trono  del  Altísimo.  Todo  su 
empeño  en  esta  parte  era  animar  á  los  fieles  de  Omu- 
ra,  y  quitarles  el  horror  de  la  muerte  sufrida  por  la 
gran  causa  de  la  religión  y  de  la  fe.  Embarcáronse  por 
fin,  y  aquella  muchedumbre  de  cristianos  afligidos  los 
seguia  por  el  agua  hasta  donde  pudieron  hacer  pié,  y 
hasta  que  los  ministros  de  justicia  los  trasbordaron  á 
otra  nave  fondeada  más  adentro,  haciéndose  á  la  vela 
prestamente.  Aun  entonces  los  acompañaban  por  la 
playa,  hasta  que  desaparecieron  enteramente  de  su  vis- 
ta. ¡Oh  religión!  ¡Oh  imán  del  cielo,  que  así  atraes  y 
encadenas  con  amorosa  lazada  el  corazón  de  los  hom- 
bres en  la  tierra!  ¡Qué  tristeza!  ¡qué  dolor!  ¡qué  pesa- 
dumbre para  aquella  grey  piadosa  el  separarse  para 
siempre  de  sus  amados  misioneros!  No  podemos  resis- 


—  688  — 

tir  á  dar  la  copia  de  un  hermoso  trozo  de  Aduarte  so- 
bre esta  circunstancia  singular. 

« Lo  que  pasó  desde  la  casa  donde  estaban  hasta  el 
embarcadero,  ¿quién  podrá  explicarlo?  Estaba  toda  la 
playa  llena  de  hombres  y  mujeres  de  toda  suerte,  y  entre 
ellas  muchas  principales,  que  á  la  fama  de  los  benditos 
padres,  habian  venido  á  pié  tres  y  cuatro  leguas  (cosa 
bien  ajena  de  su  costumbre),  pasando  muchos  malos 
caminos,  lodosos  y  de  cuestas,  rios  y  arroyos,  que 
como  entonces  llovió  tanto,  habia  muchos,  y  todos  los 
pasaban  á  pié  y  descalzos,  sin  sentir  nada  de  esto,  con 
el  deseo  que  tenian  de  recibir  la  bendición  de  los  que 
debian  ir  al  martirio;  pues  como  ellas  y  toda  la  otra 
multitud  de  gente  que  allí  se  habian  congregado  vie- 
sen que  los  santos  se  iban  á  embarcar,  y  entendiendo 
que  no  los  verian  más,  se  afligían,  lloraban  á  gritos  y 
alaridos,  y  de  golpe  acudieron  todos,  procurando  be- 
sarles las  manos  y  los  hábitos,  y  fué  tanto  el  concurso 
de  la  gente,  que  corrian  peligro  los  benditos  padres,  y 
los  lastimaron  con  el  aprieto,  queriéndolos  más  que  á 
sus  propias  vidas.  Los  soldados  de  guardia  no  estaban 
entonces  ociosos;  antes  procuraban  apartar  la  gente, 
atropellando  y  derribando  algunos  por  los  suelos,  dan- 
do á  otros  con  palos  y  pegándoles  achas  encendidas  á 
las  caras.  Pero  los  devotos  cristianos  decian  que  los 
quemasen  ó  apaleasen,  que  por  todo  pasarian.  Y  di- 
ciendo y  haciendo,  se  entraban  por  los  palos  y  por  el 
fuego,  por  llegar  á  sus  padres  amantísimos,  quedando 
tristes  y  desconsolados  los  que  no  podian  llegar,  que 
fueron  muchos. 

)jLos  que  llegaron  se  pagaron  del  trabajo  que  les  ha- 


—  689  — 
bia  costado,  tomando  por  reliquias  los  hábitos  de  los 
religiosos;  y  como  los  que  tomaban  eran  tantos,  en 
breve  rato  los  hicieron  nesgas,  sin  que  les  quedase  fi- 
gura de  hábitos;  tanto,  que  el  santo  Fr.  Alonso  tuvo  ne- 
cesidad de  ponerse  otro,  porque  de  la  capilla  abajo  le 
habían  quitado  todo  el  escapulario,  y  de  la  saya  no  le 
habian  dejado  la  mitad;  otros  se  contentaban  con  be- 
sarles la  mano  ó  el  hábito,  tocarles  ó  alcanzarles  á  mi- 
rar, ó  ser  vistos  de  ellos;  algunos  de  los  que  más  cerca 
llegaron,  abrazándose  con  los  benditos  padres,  quisieran 
estorbar  la  prisión,  aunque  les  costara  la  vida;  pero  los 
santos  con  palabras  dulces  los  sosegaban  y  consolaban, 
diciendo  que  se  alegrasen  de  su  bien;  pues  en  el  suelo 
no  le  hay  mayor  que  padecer  y  morir  por  Cristo.  En 
oyendo  muerte  y  entendiendo  que  no  los  habian  de  ver 
más,  el  sentimiento  y  llanto  era  grandísimo,  semejante 
al  de  los  cristianos  cuando  San  Pablo  se  despidió  de  ellos 
en  Efeso,  caminando  al  martirio  y  diciéndoles  que  no 
les  habian  de  ver  más. 

Al  embarcarse  los  benditos  padres  fué  el  sentimien- 
to de  todos  tal,  y  tal  el  grito  que  todos  á  una  voz  le- 
vantaron, que  parecía  se  rompian  las  nubes,  y  sin  sa- 
ber lo  que  se  hacian,  olvidados  de  sí  mismos,  hombres 
y  mujeres  se  entraban  por  el  agua,  deseosos  de  seguir- 
los, sin  reparar  en  que  se  les  mojasen  ó  echasen  á  per- 
der los  vestidos,  y  por  más  que  se  lo  estorbaban,  en- 
traron tantos  en  la  embarcación,  que  se  iban  anegan- 
do; y  así  pasaron  á  los  santos  á  otra,  con  los  dos  mozos 
que  les  habian  dado  para  su  compañía;  y  comenzaron 
á  caminar,  siguiéndolos  toda  aquella  multitud  por  la 
playa  adelante,  dando  gritos  que  los  ponian  en  el  cielo. 


44- 


—  690  — 

Fué  este  espectáculo  de  mucho  sentimiento,  donde 
mostraron  los  japones  gran  devoción  y  espíritu,  porque 
por  grande  rato  se  quedaron  en  la  playa  suspensos  y 
llorando;  y  así  hablaban  ya  con  los  santos,  ya  consigo, 
ya  con  el  Tono,  ya  con  los  ministros  de  justicia,  ya  con 
la  embarcación  que  los  llevaba,  ya  con  el  mar  por  don- 
de iban,  y  decían: 

«¡Oh  santos  mártires  (que  como  á  tales  los  trataban 
ya  en  vida),  para  vosotros  es  la  dicha,  que  con  tantas 
ventajas  vais  á  gozar  de  Dios  para  siempre!  ¡Cuitados 
de  nosotros,  si  se  nos  van  los  pastores,  cuáles  quedare- 
mos en  medio  de  los  lobos  carniceros!  ¡Oh  Omura- 
dono,  que  tal  mandas!  ¿No  te  acuerdas  que  recibiste 
el  agua  del  Bautismo  y  que  eres  hijo  de  la  Iglesia? 
Pues  ¿cómo  te  has  hecho  tan  cruel  contra  tu  misma 
Madre?  ¿Dónde  los  lleváis,  sacrilegos  ministros?  ¿Por 
qué  no  nos  lleváis  en  su  compaíiía?  ¡Oh  embarcación, 
que  los  llevas  al  puerto  de  claridad  eterna!  ¡Oh  mar, 
que  has  de  ser  sepultura  de  tan  preciosos  cuerpos!  ¡Oh 
Dios  omnipotente,  que  tanto  amáis  á  la  cristiandad, 
pues  la  regáis  con  tan  excelente  sangre!  ¡Oh  sagradas 
Ordenes,  cuánto  os  debemos;  pues  tanto  os  cuesta 
cultivar  esta  viña!»  ^  Aduar  te  y  lib.  11,  cap.  vil.)  Sus 
querellas  más  sentidas  se  dirigian  á  su  Tono  por  haber 
ordenado  la  prisión  de  aquellos  ministros  del  Señor, 
á  quienes,  como  hijo  de  la  Iglesia,  y  en  su  carácter  de 
cristiano  por  ehsanto  sacramento  del  Bautismo,  debia 
proteger  á  todo  trance  contra  todas  las  potestades  de  la 
tierra. 

Mas  este  vil  esclavo  de  la  corte  no  estaba,  de  otra 
parte,  muy  tranquilo  por  la  entrada  de  nuestros  venera- 


—  691  — 

bles  en  su  reino,  y  la  ruidosa  prisión  ejecutada  en  sus 
personas.  Temia,  como  hombre  cobarde,  que,  sabido 
en  la  corte  aquel  suceso,  se  le  agravarla  por  mucho  el 
cargo  que  se  le  hiciera  anteriormente  por  su  poca  vi- 
gilancia en  este  punto.  Llevado  de  este  temor,  juntó 
secretamenre  su  Consejo,  y  le  pidió  su  dictamen  acerca 
de  su  proceder  en  aquel  caso.  Como  los  sujetos  de  que 
se  hallaba  rodeado  eran  todos  enemigos  de  nuestra  re- 
ligión santa,  el  resultado  de  su  acuerdo  no  podia  ser 
dudoso.  En  él  se  pronunció  por  voto  unánime  senten- 
cia impía  de  muerte  contra  los  venerables  confesores, 
la  que  debia  ejecutarse  en  una  isla  despoblada,  á  fin  de 
que  no  se  divulgara  su  noticia.  También  se  habia  adop- 
tado á  este  propósito  la  medida  extraordinaria  de  pro- 
hibir severamente  que  saliese  por  entonces  persona  al- 
guna de  la  corte;  mas  á  esto  se  opuso  tenazmente  el 
ministro  que  debia  ejecutarla,  por  la  gran  dificultad  que 
presentaba,  la  que  manifestó  al  Tono  con  este  lacóni- 
co discurso:  «Las  leyes,  señor,  se  publican  para  que 
la  gente  tema:  estos  hombres,  esto  es,  los  cristianos, 
no  temen  la  muerte;  es,  pues,  inútil  publicar  lo  que 
no  ha  de  ser  obedecido.»  En  esto  no  iba  mal  fundado; 
pues  habia  aún  en  aquella  capital  muchos  cristianos 
que  no  habian  adjurado  su  creencia,  y  no  habia  que 
esperar  de  ellos  que  pudieran  obedecer  aquel  mandato. 
Y,  en  efecto,  muchos  de  ellos,  sin  embargo  del  rigor 
de  aquella  ley,  se  marcharon  á  la  isla  de  Usujima,  en 
donde  estaban  detenidos  los  venerables  varones,  luego 
que  tuvieron  noticia  de  estos  hechos.  Entre  aquella 
piadosa  muchedumbre  se  hallaban  la  abuela  y  una  tia 
de  aquel  Tono,  deseosas  de  confesarse  con  los  santos 


—  692  — ' 

misioneros,  y  a  las  que  los  ministros  no  pudieron  ne- 
garles el  permiso,  agrupándose  en  su  torno  otros  mu- 
chos cristianos  para  practicar  con  ellas  la  misma  dili- 
gencia. 

La  proximidad  de  aquella  isla  no  era  muy  acomo- 
dada á  los  designios  del  tirano,  que  ya  no  ignoraban 
sus  ministros.  Esta  circunstancia  explica  por  qué  tras- 
ladaron los  venerables  confesores  á  otra  mucho  más 
distante,  conocida  con  el  nombre  de  Ameyora  ó  Ama- 
gera;  pero  ni  allí  pudieron  sustraerlos  á  la  piadosa  mu- 
chedumbre que  á  todas  partes  les  seguia,  y  los  condu- 
jeron á  Coguchi,  adonde  llegaron  el  último  dia  de 
Mayo.  Al  amanecer  aparecieron  en  las  aguas  de  esta 
isla  algunas  embarcaciones  con  ministros  de  justicia,  y 
mucha  gente  allegada  por  la  curiosidad  que  les  inspi- 
raba aquel  acontecimiento.  Los  esbirros  llevaban  la  sen- 
tencia de  muerte  pronunciada  contra  los  dos  sacerdotes 
del  Seíior,  y  los  cuerpos  de  los  venerables  que  antes 
habian  sido  degollados  en  O  mura  por  la  misma  causa, 
con  un  venerable  catequista  llamado  León,  que  habia 
servido  al  P.  Fr.  Francisco  de  Morales  en  sus  viajes  y 
peregrinaciones  apostólicas.  Esta  novedad  extraña  re- 
veló desde  luego  á  nuestros  venerables  misioneros  el 
verdadero  fin  de  su  venida;  y  al  ver  que  con  rodeos 
rehusaban  notificarles  la  sentencia,  los  provocaron  ellos 
mismos  á  que  les  manifestasen  la  verdad;  «pues  nos 
hallamos,  decian,  muy  dispuestos  á  sufrir  la  muerte 
por  la  fe  que  hemos  predicado.»  Entonces  uno  de  los 
ministros,  con  modo  cortés  y  muy  urbano,  hubo  de 
hablar  en  estos  términos:  «Padres  mios,  el  Tono,  á  quien 
conocéis,  os  manda  quitar  la  cabeza:  aparejaos,  pues. 


—  693  — 
para  el  efecto,  porque  ha  de  ejecutarse  presto  la  sen- 
tencia, sin  que  nosotros  podamos  obrar  de  otra  suerte.» 
No  se  asustaron  los  venerables  confesores  al  oirle;  an- 
tes bien  le  dijeron  y  afirmaron  que  no  podia  haberles 
comunicado  una  noticia  más  alegre.  ¿  Cómo  os  llamáis, 
le  preguntó  el  venerable  Navarrete?  y  dicho  que  se 
llamaba  «Yoyemon»  (que  en  lengua  del  país  quiere 
decir  bueno) ^  añadió  el  venerable:  «¡Oh  qué  bueno! 
¡Buenas  nuevas!  ¡Todo  bueno!  ¿Qué  os  podré  yo  dar 
en  albricias?  Tomad  esa  frazada,  pues  no  tengo  otra 
cosa  mejor  y  de  más  valía  que  daros.»  A  este  regalo 
añadió  el  venerable  Ayala  un  cobertor,  y  desde  enton- 
ces ya  no  pensaron  entrambos  sino  en  prepararse  inte- 
riormente para  ser  dignos  del  martirio,  y  morir  por 
defender  el  arca  santa,  como  los  fuertes  de  Israel. 

No  pareció  aún  aquella  isla  bastante  retirada  á  los 
esbirros  para  llevar  á  su  efecto  la  sentencia  del  tirano, 
por  cuyo  motivo  se  trasladaron  á  Tacajima.  En  el  tra- 
yecto escribieron  los  venerables  confesores  algunas  car- 
tas expresivas  á  sus  prelados  de  Manila  y  á  otros  mi- 
sioneros de  Japón,  suplicando  encarecidamente  á  los 
primeros  que  se  apresurasen  á  enviar  religiosos  misio- 
neros para  sostener  aquella  cristiandad,  sin  reparar  en 
las  dificultades  que  debian  presentarse,  y  exhortando 
á  los  segundos  á  que  viviesen  en  paz  y  armonía,  pro- 
metiéndoles su  ayuda  desde  el  cielo.  Todas  estas  cartas 
estaban  llenas  de  una  unción  y  alegría  extraordinarias, 
y  se  descubria  en  ellas  el  espíritu  del  Señor,  de  que  es- 
taban poseídos  sus  autores.  Al  llegar  al  lugar  de  su  mar- 
tirio repartieron  los  libros  y  pobres  alhajas  que  tenian 
entre  los  cristianos,  á  quienes  los  ministros  de  justicia 


—  694  — 

despacharon  inmediatamente,  para  que  no  viesen  y 
asistiesen  al  triunfo  de  sus  amados  padres  y  maestros. 
Algunos,  sin  embargo,  se  quedaron,  confundidos  con 
los  marineros,  y  pudieron  después  atestiguar  su  fin 
dichoso. 

Al  dia  siguiente,  que  era  el  i .°  de  Junio  de  1 6 1 7 ,  es- 
taba todo  preparado  para  la  ejecución  de  la  sentencia. 
Llegado  el  supremo  instante  tan  vivamente  deseado, 
fueron  conducidos  al  suplicio  los  venerables  confesores, 
alegrándose  de  morir  por  Jesucristo  para  hacerse  dignos 
de  su  reino.  Una  vez  en  el  estadio,  postróse  el  venera- 
ble Navarrete  en  la  presencia  del  Señor,  y  le  ofreció  el 
sacrificio  de  su  vida  con  la  efusión  más  amorosa  de 
su  corazón  y  de  su  alma.  Lo  mismo  hicieron  el  vene- 
rable Ayala  y  el  catequista  León,  que  estaban  postra- 
dos á  su  lado.  Los  verdugos  los  trataron,  sin  embargo, 
con  el  mayor  respeto  y  reverencia,  y  ni  siquiera  se  opu- 
sieron esta  vez  á  sus  espansiones  santas.  El  venerable 
Avala  quiso  darles  en  aquellos  últimos  momentos  una 
prueba  de  valor,  y  manifestarles  el  amor  que  le  ins- 
piraban hasta  los  instrumentos  de  su  muerte;  pidió  su 
catana  al  verdugo  que  debia  cortarle  la  cabeza,  la  besó 
con  gran  respeto,  la  puso  sobre  su  cabeza,  y  luego  se 
la  devolvió  con  alegría.  Finalmente  dirigió  su  palabra 
elocuente  al  gran  concurso,  compuesto,  en  su  mayoría, 
de  cristianos  renegados,  y  les  dijo  de  este  modo:  «Oid- 
me,  señores,  con  atención:  nosotros,  como  sabéis,  he- 
mos venido  de  tierras  muy  lejanas,  dejando  á  nuestros 
padres  y  parientes,  no  para  ganar  reinos  ni  riquezas, 
sino  con  el  fin  de  enseñaros  el  camino  de  la  salvación 
y  de  la  gloria.  No  entendáis  que  somos  tan  ignorantes. 


—  hs  — 

que  no  estimemos  la  vida  como  es  debido;  mas  el  per- 
derla ahora  de  nuestra  voluntad,  es  porque  esperamos 
con  la  muerte  alcanzar  bienes  innumerables  y  eternos- 
Volveos  á  Dios,  hermanos  mios,  y  entended  que  todo 
lo  demás  es  nada.  Sabed  que  la  muerte  que  ahora  va- 
mos á  sufrir  es  una  carta  viva  firmada  con  nuestra  san- 
gre, que  pasará  á  España  y  Roma  á  pedir  ministros 
para  esta  tierra,  y  por  cada  uno  que  matéis  han  de  ve- 
nir otros  muchos.»  Después  les  suplicó  que  le  dejasen 
descansar  un  breve  rato  :  recogióse  unos  momentos; 
levantó  después  la  mano  para  darles  á  entender  que  ha- 
bia  terminado  su  oración,  y  el  verdugo  le  cortó  de  un 
solo  golpe  la  cabeza.  Entre  tanto  el  venerable  Navar- 
rete  estaba  como  extasiado  en  la  contemplación  más 
elevada,  con  una  cruz  en  una  mano  y  una  candela  con 
el  rosario  de  la  Virgen  en  la  otra,  cuando  el  verdugo, 
temblando,  descargó  su  primer  golpe  por  debajo  de  sus 
sienes,  siendo  preciso  que  le  hiriese  por  tres  veces  para 
cortar  el  débil  lazo  de  su  preciosa  existencia.  Tal  era 
el  estremecimiento  que  sentia  al  segar  con  su  cuchilla 
aquella  vida  generosa.  A  continuación  dieron  la  muer- 
te al  venerable  catequista.  El  cuerpo  del  venerable  Na- 
varrete  fué  colocado  en  la  misma  caja  en  donde  estaba 
encerrado  el  del  venerable  P.  Bautista,  y  el  del  venera- 
ble Ayala  lo  fué  en  la  que  contenia  los  restos  del  vene- 
rable P.  Fr.  Pedro  de  la  Asunción,  las  que  asegura- 
das, finalmente,  con  unas  piedras  enormes,  fueron  ar- 
rojadas á  la  mar. 

Luego  que  la  noticia  del  martirio  llegó  á  la  ciudad 
de  Nangasaqui,  se  trató  de  recobrar  á  todo  trance 
aquellos  restos  venerandos,  y  á  este  fin  los   superiores 


—  696  — 

de  las  órdenes  religiosas  hicieron  un  convenio  de  prac- 
ticar solidariamente  las  diligencias  necesarias,  con  la 
precisa  condición  de  que  los  cuerpos  se  entregarian  in- 
mediatamente á  las  corporaciones  respectivas.  Para  el 
logro  de  esta  empresa  dispusieron  desde  luego  varias 
embarcaciones  con  garfios  y  redes  dirigidas  por  el  pia- 
doso D.  Andrés  Tocuan,  hijo  del  Gobernador  de  Nan- 
gasaqui,  á  quien  acompañaban  muchos  fieles,  deseosos 
de  contribuir  al  hallazgo  del  tesoro  que  buscaban.  Mas 
no  tuvieron  la  ventura  de  ver  satisfechos  sus  deseos,  á 
pesar  de  los  esfuerzos  que  hicieron  para  conseguirlo.  Por 
fin ,  á  los  dos  meses  salió  á  la  playa  una  de  las  dos  cajas, 
impelida  por  las  olas,  y  en  ella  se  hallaron  los  cuerpos 
de  los  venerables  Fr.  Pedro  de  la  Asunción  y  Fr.  Her- 
nando de  Ayala,  quedando  nuestros  religiosos  y  los  pa- 
dres de  la  Compaíiía  de  Jesús  privados  del  consuelo  de 
poseer  las  reliquias  preciosas  de  sus  mártires. 

Aunque  Dios  suele  conceder  la  gracia  del  martirio 
á  quien  le  place,  no  faltan  razones,  sin  embargo,  para 
suponer  que  los  merecimientos  y  virtudes  de  estos  at- 
letas cristianos  obtuvieron  esta  gracia,  de  muchos  ape- 
tecida y  á  no  pocos  denegada.  Habian  profesado  am- 
bos un  particular  afecto  á  todos  los  PP.  misioneros  que 
trabajaban  en  Japón,  procurando  conservar  la  paz  y 
buena  armonía  entre  ellos,  trabajando  á  la  vez  con  un 
celo  infatigable  en  levantar  á  los  caidos,  enfervorizar  á 
los  más  tépidos  y  convertir  en  todas  partes  á  los  que 
yacian  en  las  tinieblas  de  la  infidelidad  y  del  pecado. 
El  venerable  Ayala  tenía  también  una  particular  devo- 
ción á  las  almas  del  purgatorio,  en  cuyo  sufragio  ha- 
bía celebrado  más  de  tres  mil  misas,  y  algún  tiempo 


—  697  — 
antes  de  su  martirio  glorioso  aplicaba  ademas  todas  las 
obras  satisfactorias  que  ordinariamente  practicaba.  Si 
alguna  vez  le  ofrecian  limosnas  para  celebrar  por  otros 
fines,  las  entregaba  á  otros  sacerdotes,  á  fin  de  tener  la 
intención  libre,  y  poder  continuar  de  esta  manera  su 
obra  de  caridad;  prefiriendo  padecer  algunas  necesida- 
des personales  á  privar  de  los  sufi'agios  á  las  almas,  que, 
sin  embargo  de  ser  esposas  muy  amadas  del  Señor,  se 
ven  precisadas  á  expiar  en  la  otra  vida  el  reato  de  sus 
faltas  y  defectos  temporales.  De  sus  virtudes  heroicas 
dan  testimonio  sus  obras  y  su  celo  extraordinario  por 
la  salvación  eterna  de  las  almas.  El  espíritu  de  Dios  y 
la  continua  oración,  en  que  se  inspiraba  su  alma  pura, 
eran  el  móvil  secreto  de  su  vida. 

128.  El  venerable  P.  Fr.  Alonso  Navarrete  era  na- 
tural de  la  ciudad  de  Logroño,  é  hijo  del  convento  de 
San  Pablo  de  Valladolid.  Se  incorporó  á  esta  Provincia 
y  aportó  á  las  playas  de  Manila  por  los  años  1598,  y 
fué  luego  destinado  á  la  conversión  de  los  infieles,  que 
se  estaba  llevando  á  feliz  término  en  la  provincia  de 
Cagayan  y  sus  comarcas.  Aquí  trabajó  con  fruto  y  con 
celo  infatigable;  mas  no  tardó  en  alterarse  su  salud  de 
una  manera  alarmante;  motivo  por  que  pidió,  y  obtuvo 
fácilmente  el  permiso  deseado  de  regresar  á  su  conven- 
to en  la  Península.  Restablecido  ya  de  su  salud,  pidió 
al  General  de  la  orden  la  autorización  correspondiente 
para  reunir  y  organizar  una  misión  con  destino  á  esta 
Provincia,  que  él  mismo  presidió  y  condujo  felizmente 
á  las  islas  Filipinas,  desembarcando  los  treinta  que  eran 
en  estas  playas  por  los  años  de  161  i.  Como  su  mérito  y 
virtudes  eran  harto  conocidas,  fué  recibido  en  esta  ca- 


r-    698    — 

pital  con  un  afecto  singular,  y  no  tardó  en  ser  destinado 
á  las  islas  del  Japón,  en  donde  su  ardiente  celo  halló  un 
anchuroso  campo  para  ejercer  la  caridad  de  su  elevado 
ministerio.  Fundó  allí  la  cofradía  del  Santísimo  Nom- 
bre de  Jesús;  una  obra  pía  para  el  amparo  de  los  niños 
expósitos;  y  auxiliado  por  los  PP.  Franciscanos  y  Agus- 
tinos, una  hermandad,  que  tituló  de  la  Caridad  Cris- 
tiana, destinada  al  socorro  de  las  necesidades  espiritua- 
les y  temporales  de  los  pobres.  Comprendido  en  la  ex- 
pulsión decretada  por  Safioye,  de  todos  los  PP.  misio- 
neros del  imperio,  fué  embarcado,  finalmente,  en  el 
puerto  de  Firando  con  los  demás  misioneros;  mas  su 
celo  inextinguible  le  obligó  á  regresar  ocultamente  á 
Nangasaqui,  con  grave  peligro  de  la  vida.  Desde  su 
retiro  solitario  asistia  con  su  caridad  acostumbrada  á 
los  fieles  del  contorno,  y  les  administraba  con  sigilo  los 
santos  sacramentos,  realzando  su  misión  con  su  palabra 
y  con  su  ejemplo.  Su  intrepidez  y  su  celo  le  habian 
merecido  anteriormente  el  sufrir  en  este  mundo  por  el 
nombre  del  Señor  cuando  el  tirano  Safioye  mandó  que- 
mar públicamente  en  Nangasaqui  las  imágenes  sagra- 
das de  nuestra  religión  santa,  y  la  sublime  grandeza  de 
su  alma  le  inspiró,  como  ya  es  visto,  el  osado  pensa- 
miento de  marchar,  como  los  héroes,  á  morir  sobre  la 
brecha,  donde  acababan  de  perder  la  vida  por  la  fe  dos 
PP.  misioneros.  Todas  sus  empresas  religiosas  llevaban 
el  sello  remarcable  de  sus  grandes  concepciones,  y  de 
aquella  caridad  ilimitada  que  encerraba  en  su  seno  al 
universo.  Por  eso  es  que  al  despedirse  de  la  vida,  no 
podia  olvidarse  de  aquella  piadosa  institución  que  de- 
jaba en  testamento  á  los  fieles  del  Japón,  destinada  á 


—  ^99  — 
recoger  y  cristianizar  á  los  niños  expósitos  y  abando- 
nados de  sus  padres.  Todavía  existe  el  contenido  de 
una  carta  que  en  el  último  dia  de  su  vida  escribió  á  un 
cristiano  fervoroso,  capitán  español,  llamado  Pablo  Car- 
rucho, de  la  ciudad  de  Nangasaqui,  dirigida  á  reco- 
mendar eficazmente  la  conservación  y  el  desarrollo  de 
aquella  obra  piadosa.  Hé  aquí  algunas  palabras  de  su 
texto.  «Jesús  sea  en  el  alma  de  V.  y  le  dé  mucha  sa- 
lud. No  se  olvide  V.  de  llevar  adelante  la  limosna  de 
los  niños  expósitos,  que  es  de  muy  gran  servicio  de 
Dios.  Ésta  la  escribo  en  una  isla  despoblada,  donde  nos 
tienen ,  aguardando  la  muerte :  el  Señor  haga  lo  que 
fuere  servido  de  nosotros.  Hoy  nos  matan  :  ya  nos  han 
notificado  la  sentencia.  No  me  olvidaré  de  V. — Fray 
Alonso  Navarrete.»  ¡Qué  palabras!  ¡Qué  serenidad, 
y  qué  grandeza  en  su  misma  sencillez!  Y  esto  en  el  mo- 
mento mismo  de   morir Sólo   Dios  y  su   doctrina 

pueden  hacer  estos  milagros. 

Su  determinación  de  trasladarse  al  reino  de  Omura 
en  aquellas  circunstancias  parecía  á  primera  vista  te- 
meraria; mas  los  frutos  abundantes  que  á  su  martirio 
se  siguieron  son  una  prueba  evidente  de  que  Dios  les 
inspiraba  aquella  empresa.  Desde  luego  se  observaron 
innumerables  conversiones  en  la  ciudad  de  Nangasa- 
qui y  sus  contornos.  Los  fieles  frecuentaban  mucho 
más  los  santos  sacramentos,  y  los  que  antes  no  se  atre- 
vían á  recibir  á  los  PP.  misioneros  en  sus  casas,  eran 
los  primeros  en  llamarlos,  depuesto  todo  temor  y  todo 
respeto  humano.  En  el  reino  de  Omura,  donde,  por 
haber  sido  expulsados  mucho  antes  los  venerables  mi- 
sioneros, abundaban  en   todas  partes  los  apóstatas,  se 


—  yoo  — 

notó  desde  el  martirio  de  estos  varones  de  Dios  una 
reacción  tan  repentina,  que  muchos  confesaban  públi- 
camente sus  excesos;  se  reducian  al  gremio  de  la  Igle- 
sia, y  clamaban  por  sacerdotes  que  les  ayudasen  á  salir 
del  mal  estado  en  que  se  hallaban.  Esta  mutación  ma- 
ravillosa fué  progresando  de  tal  suerte,  que  el  superior 
de  nuestros  religiosos  no  pudo  menos  de  enviar  allí  á 
dos  misioneros  de  la  Orden,  que,  asociados  con  un  pa- 
dre Franciscano,  fueron  de  grande  utilidad  para  la  salud 
de  los  cristianos.  Este  acontecimiento  tan  notable  inau- 
guró con  efecto  una  era  más  dichosa  para  las  misiones 
del  Japón,  y  los  asuntos  de  la  religión  mudaron  de  as- 
pecto en  todas  partes;  pues  los  fieles,  animados  con  el 
ejemplo  de  los  mártires,  no  temian  oponerse  á  la  volun- 
tad de  los  tiranos,  que  para  destruir  la  religión  se  vie- 
ron precisados  á  echar  mano  de  los  tormentos  más 
crueles,  excitando  de  este  modo  el  heroismo  que  ins- 
pira siempre  la  verdad,  cuando  es  contrariada  por  la 
fuerza. 

129.  Los  misioneros  que  entraron  en  los  estados  de 
Omura  después  del  martirio  de  los  venerables  Ayala  y 
Navarrete,  fueron  los  PP.  Fr.  Tomas  de  Zumarraga, 
Fr.  Juan  Rueda  de  los  Angeles  y  Fr.  Apolinario  Fran- 
co, los  dos  primeros  Dominicos,  y  Franciscano  el  ter- 
cero. Empezaron  á  ejercer  el  ministerio  de  las  almas 
con  las  más  prudentes  precauciones,  y  sin  embargo,  no 
descansaban  un  momento,  trabajando  noche  y  dia  en 
el  prolijo  desempeño  de  sus  funciones  sagradas.  Aver- 
gonzados, en  efecto,  los  cristianos  de  su  culpable  co- 
bardía, trataban  con  eficacia  de  volver  á  los  caminos 
de  la  verdad  y  del  bien,  de  los  cuales  se  habian  des- 


70I    — ' 


viado  tristemente,  acosados  sin  cesar  por  las  amenazas 
del  tirano.  Pero  el  consuelo  de  estos  infelices  no  fué 
de  larga  duración,  por  su  desgracia;  pues  antes  de  cum- 
plirse los  dos  meses  de  aquella  renovación  piadosa  de 
sus  almas,  dos  de  los  tres  misioneros  (el  P.  Fr.  Tomas 
de  Zu márraga  y  el  P,  Fr.  Apolinario  Franco)  fueron 
á  dar  en  las  manos  de  los  perseguidores  de  la  Cruz, 
habiéndose  librado  el  P.  Fr.  Juan  de  Rueda  por  una 
particular  providencia  del  Señor.  Con  el  venerable  pa- 
dre Franco  prendieron  á  siete  cristianos,  y  á  seis  con 
el  venerable  P.  Fr.  Tomas  de  Zumarraga,  entre  los 
cuales  se  contaba  un  catequista  que  los  habia  auxiliado 
grandemente  en  sus  tareas  apostólicas,  y  aquel  famoso 
y  buen  Pablo,  que  lo  habia  sido  también  del  venerable 
Navarrete.  La  prisión  del  venerable  Tomas  de  Zumar- 
raga se  verificó  en  una  isla,  en  donde  se  hallaba  admi- 
nistrando los  santos  sacramentos  á  los  fieles,  é  instru- 
yendo á  los  paganos  en  las  verdades  divinas  de  nuestra 
religión  santa.  El  fervor  de  los  cristianos,  y  sus  deseos 
de  limpiar  sus  conciencias  angustiadas,  lo  delataron,  fi- 
nalmente, á  los  tiranos.  Al  ver  el  venerable  confesor 
el  concurso  numeroso  que  se  agolpaba  á  su  morada, 
temiendo  con  fundamento  lo  que  no  podia  dejar  de  su- 
ceder, trató  de  marcharse  á  otra  parte  ocultamente, 
siquiera  para  no  comprometer  con  su  presencia  al  due- 
ño de  aquel  asilo  hospitalario;  mas  éste,  que  deseaba  en 
gran  manera  obtener  la  gracia  del  martirio,  no  se  lo 
permitió  de  ningún  modo.  Sus  temores  no  tardaron  en 
verificarse  exactamente;  pues  en  aquel  mismo  dia  vio 
aparecer  á  los  umbrales  de  su  mansión  escondida  á  los 
esbirros  del  Tono,  con  orden  de  prenderle  desde  lué- 


go,  y  de  conducirle  asegurado  á  las  cárceles  del  reino. 
El  venerable  misionero  sin  la  menor  turbación  ni  so- 
bresalto salió  á  recibir  á  sus  verdugos,  dando  gracias  al 
Señor  por  la  merced  que  le  hacia  de  ofrecerle  ocasión 
de  padecer  por  su  amor  y  por  la  gloria  inefable  de  su 
nombre.  Asegurado  el  venerable  misionero,  prendieron 
á  cuantos  lo  acompañaban  en  su  asilo,  incluso  el  hués- 
ped fervoroso,  que  celebraba  interiormente  aquella  ha- 
zaña. Inmediatamente  los  llevaron  á  sus  veleros  bajeles, 
y  de  allí  á  la  cárcel  de  Satzuma,  distante  dos  leguas 
solamente  de  la  fortaleza  de  Cujima,  en  donde  el  após- 
tata Omuradono  solia  tener  establecida  su  ordinaria 
residencia.  Allí  encontraron  encerrados  al  venerable 
Franco  y  compañeros,  de  quienes  fueron  recibidos 
como  confesores  de  la  fe,  esperando  todos  vivamente 
la  felicidad  suprema  de  rubricar  con  su  sangre  la  ver- 
dadera religión  de  Jesucristo. 

I  30.  Como  la  prisión  de  estos  venerables  confesores 
también  habia  sido  harto  ruidosa,  no  se  creyó  prudente 
por  entonces  imponerles  la  pena  capital,  sin  consultar 
aquel  caso  con  el  nuevo  emperador.  Con  este  fin  hizo 
su  viaje  á  la  corte  el  Tono  de  aquel  distrito,  dejando  por 
su  lugar-teniente  en  los  estados  de  Omura  á  su  gran 
privado  Jirobioye,  á  quien  habia  confiado  anterior- 
mente la  captura  de  los  PP.  misioneros,  que,  según  sus 
presunciones,  se  hallaban  ó  debian  hallarse  en  la  ciudad 
de  Nangasaqui.  Mas  este  terrible  Saulo,  que  con  tanto 
furor  habia  perseguido  el  nombre  cristiano,  fué  troca- 
do felizmente  en  vaso  de  elección  por  la  mano  pode- 
rosa del  Señor.  Esta  mudanza,  verdaderamente  prodi- 
giosa, ya  se  habia  principiado  á  manifestar  en  cierto 


—  703  — 
modo  cuando  fueron  aprendidos  los  venerables  padres 
Fr.  Pedro  de  la  Asunción  y  Juan  Bautista;  mas  aun 
no  se  habia  querido  declarar,  tal  vez  para  conservarse 
en  la  gracia  de  su  Tono.  Empero,  fortalecido  con  el 
tiempo  en  la  fe  de  Jesucristo,  de  la  que  viviera  algu- 
nos años  en  un  triste  apartamiento,  juzgó  que  ya  no 
debia  permanecer  un  solo  momento  más  en  aquel  es- 
tado lamentable,  que  le  tenía  divorciado  de  la  religión 
y  de  su  Dios.  Asistido,  finalmente,  con  los  auxilios  de 
la  gracia,  se  declaró  públicamente  cristiano  durante  la 
ausencia  de  su  Tono;  manifestó  un  sincero  arrepenti- 
miento de  sus  culpas,  y  empezó  á  predicar  por  todas 
partes  las  grandezas  de  la  misma  religión  que  antes 
habia  perseguido  cruelmente.  Con  su  ejemplo  muchos 
gentiles  se  convirtieron  á  la  fe;  un  gran  número  de  re- 
negados lloró  amargamente  su  caida,  y  la  cristiandad 
atribulada  empezó  á  levantarse  desde  luego  de  su  pro- 
fundo abatimiento.  El  Tono,  á  su  vuelta  de  la  corte, 
apenas  podia  persuadirse  de  la  realidad  milagrosa  de 
aquel  cambio;  mas  los  bonzos,  que  bramaban  de  coraje 
por  la  mutación  inesperada  del  privado,  se  lo  confir- 
maron con  sus  actos  públicos  é  incontestables,  y  le  pre- 
dispusieron contra  él  profundamente.  Los  venerables 
confesores,  á  quienes  Jirobioye  hubo  de  favorecer  en 
lo  posible,  fueron  las  primeras  víctimas  de  la  indigna- 
ción de  aquel  tirano  :  les  redobló  las  guardias  de  la  cár- 
cel; les  privó  del  gran  consuelo  que  los  cristianos  les 
proporcionaban  en  su  encierro  con  obras  de  caridad; 
.  les  quitó  los  ornamentos  con  que  celebraban  el  santo 
sacrificio  de  la  misa,  y  los  puso,  finalmente,  en  la  in- 
comunicación más  rigorosa.  Luego  mandó  prender  á 


—  704  — 

todo  trance  a  un  caballero  cristiano,  llamado  Domingo 
Yamanguchi,  por  haberse  reconciliado  con  la  Iglesia, 
él  y  toda  su  familia,  después  de  haber  apostatado  de  la 
fe  y  de  las  ignominias  de  la  cruz.  Por  el  pronto  lo  con- 
denó, inexorable,  á  un  ostracismo  cruel,  y  después  á  la 
pena  capital,  que  mandó  ejecutar  el  i.°  de  Noviembre 
de  1 6 17. 

Con  este  acto  de  rigor,  ejecutado  en  un  noble,  creyó 
el  Tono  de  Omura  que  podria  vencer  á  su  privado,  su- 
poniéndolo espantado  por  este  rasgo  de  su  cólera.  Para 
cerciorarse  por  sí  mismo  de  aquella  simple  conjetura, 
le  hizo  venir  á  su  presencia  y  le  habló  de  aqueste  modo: 
«¿Es  verdad,  Jirobioye,  que  sois  cristiano.? — Sí,  señor. — 
¿Es  verdad,  prosiguió  el  Tono,  que  en  mi  ausencia 
habéis  persuadido  eficazmente  á  los  mismos  á  quienes 
vos  habláis  hecho  renegar,  que  se  reconciliasen  con  su 
Dios? — Es  verdad)),  contestó  el  noble  confesor  serena- 
mente. Entonces,  enfurecido  el  tirano  contra  él ,  prosi- 
guió de  esta  manera:  «Pues  ahora  mismo,  aquí,  en 
mi  presencia,  habéis  de  retractaros  de  todo  eso.))  Pero 
al  verle  siempre  firme  en  la  profesión  cristiana  de  su 
fe,  y  desesperanzado  de  poderlo  inducir  segunda  vez  á 
su  nefanda  apostasía,  entró  bramando  de  furor  en  su 
retrete,  y  pronunció  sentencia  de  muerte  contra  él. 
Moria  Jirobioye  degollado  por  la  fe  de  Jesucristo,  el 
dia  4  de  Noviembre,  tres  dias  después  del  martirio  de 
Domingo  Yamanguchi. 

131.  Por  aquellos  mismos  tiempos  daba  testimonio 
de  su  fe  un  fervoroso  catequista,  discípulo  muy  nota- 
ble del  venerable  P.  Fr.  Tomas  de  Zumarraga,  y  cuyo 
nombre  era  Andrés  por  la  gracia  de  la  religión  y  del 


—  705  — 

Bautismo.  Deseoso  de  ver  y  saludar  á  su  amantísímo 
padre,  se  presentó  con  la  mayor  intrepidez  en  la  cár- 
cel tenebrosa  de  los  venerables  confesores;  pero  los  cen- 
tinelas que  guardaban  aquella  prisión  horrenda  no  qui- 
sieron permitirle  el  pasar  de  sus  umbrales.  Preguntado 
por  los  mismos  acerca  de  su  persona,  de  su  religión  y 
de  su  estado,  no  temió  el  joven  contestar  rotundamen- 
te que  era  cristiano  puro  y  neto,  y  discípulo,  ademas, 
del  venerable  Zumarraga,  y  que  habia  estado  mucho 
tiempo  en  las  aldeas  de  Omura,  animando  á  los  cris- 
tianos para  que  permaneciesen  fieles  á  su  Dios,  á  cuyo 
fin  les  leia  algunos  libros  excelentes  que  le  habian  dado, 
por  su  dicha,  los  PP.  misioneros.  Indignados  al  oir  una 
confesión  tan  generosa,  lo  detuvieron  en  la  cárcel,  sin 
dejarle  ver  á  su  maestro,  y  lo  denunciaron  al  tirano. 
Este  malvado  Nerón,  que,  endurecido  en  su  malicia,  se 
mostraba  cada  dia  más  cruel,  se  propuso  derribar  á 
esta  columna  de  la  fe  con  rigores  y  tormentos  inaudi- 
tos. Al  efecto  mandó  fabricar  una  jaula  bien  segura,  y 
encerró  en  ella  al  valiente  confesor,  exponiéndolo  des- 
nudo á  las  inclemencias  del  invierno  y  á  los  frios  rigo- 
rosos propios  de  aquella  estación.  Allí  estuvo  el  atleta 
del  Señor  muy  cerca  de  un  mes  encerrado,  sin  más 
cama  ni  abrigo  que  una  simple  esterilla  que  le  propor- 
cionó la  caridad  cristiana,  tolerando  con  valor  y  resig- 
nación cristiana  las  lluvias,  nieves  y  escarchas,  que  caian 
á  todas  horas  sobre  sus  desnudos  miembros.  Atendida 
la  condición  humana,  no  era  posible  que  el  venerable 
confesor  sobreviviese  mucho  tiempo  en  tal  estado;  pero 
Dios,  que  para  confundir  al  soberbio  babilonio  preser- 
vara en  otro  tiempo  á  los  tres  santos  mancebos  de  la 

TOMO   I.  45- 


—  ■]o6  — 

voracidad  de  las  llamas,  quiso  ahora  preservar  de  los 
rigores  del  frió  á  su  siervo  muy  amado,  para  animar 
con  su  ejemplo  y  la  constancia  de  su  fe  á  los  demás 
paladines  de  la  cruz.  Para  mayor  confusión  de  sus  ti- 
ranos, el  venerable  catequista  aseguraba  á  los  verdugos 
que  nunca  se  habia  sentido  más  feliz  que  en  aquel  es- 
tado, tan  lastimoso  y  miserable  á  los  ojos  de  los  hom- 
bres. Viendo,  por  fin,  el  tirano  que  nada  se  adelantaba 
por  este  medio  cruel,  y  que  la  constancia  del  venera- 
ble confesor  confirmaba  aún  más  á  los  cristianos  en  la 
fe  de  Jesucristo,  dispuso  que  lo  sacasen  de  la  jaula  y 
lo  encerrasen  en  la  cárcel,  con  separación  completa  de 
los  otros  confesores.  Allí  permaneció  siempre  constan- 
te por  espacio  de  tres  meses,  aguardando  con  impa- 
ciencia la  sentencia  de  muerte,  que  esperaba  con  todo 
el  ardor  de  su  fe  viva;  mas  no  pudo  por  entonces  ver 
cumplidos  sus  deseos;  pues  avergonzado  y  confuso  Sa- 
fioye  de  no  poder  vencer  en  el  estadio  á  aquel  atleta  de 
Israel,  le  dio  por  fin  libertad,  y  el  venerable  confesor 
de  Jesucristo  volvió  al  antiguo  servicio  de  los  PP.  mi- 
sioneros de  la  Orden  que  todavía  estaban  libres,  y  an- 
daban ejerciendo  ocultamente  el  ministerio  de  las  al- 
mas en  diferentes  cristiandades  del  imperio. 

132.  Coincidió  por  este  tiempo  la  conversión  de  un 
gentil  muy  distinguido,  llamado  Niyemon,  á  quien 
habia  catequizado  Jirobioye,  é  iniciado  en  los  miste- 
rios de  nuestra  religión  santa.  Era  muy  adicto  á  la  doc- 
trina de  las  sectas  del  país;  mas,  convencido  á  la  postre 
de  su  falsedad  impía,  deseaba  ardientemente  hallar  la 
verdad  donde  estuviere,  para  abrazarla  y  sostenerla  con 
toda  la  energía  de  su  alma.  Persuadido,  finalmente,  de 


—  707  — 
que  sólo  en  la  religión  de  Jesucristo  hallaría  su  cora- 
zón lo  que  tanto  deseaba,  se  trasladó  á  Nangasaqui,  en 
donde  aprendió  el  catecismo  y  recibió  postreramente 
el  sacramento  del  Bautismo.  Habiendo  vuelto  ya  cris- 
tiano á  los  estados  de  Omura,  visitaba  con  frecuencia 
á  los  venerables  confesores,  oia  con  gusto  sus  devotas 
pláticas,  y  de  esta  suerte  su  fe  se  hacia  cada  dia  más 
robusta  y  remontaba  su  vuelo  sobre  los  montes  de  Dios. 
Luego  se  alistó  en  la  cofradía  del  Rosario;  predicaba  á 
los   demás  las  magnificencias  de  María  y  las  bellezas 
inefables  de  nuestra  religión  santa.  Los  hechos  de  este 
neófito,  y  la  fama  ruidosa  de  su  nombre,  llegaron  por 
fin  á  oidos  del  miserable  tirano,  el  cual  no  pudiendo 
tolerar  de  ningún  modo  la  santa  libertad  con  que  anun- 
ciaba las  verdades  de  la  fe,  lo  mandó  prender  á  sus  es- 
birros, dándole  al  pronto  por  cárcel  su  misma  casa,  cus- 
todiada noche  y  dia  por  una  guardia  numerosa.  Desde 
entonces  comprendió  perfectamente  su  destino,  y  sólo 
pensó  en  prepararse  y  disponerse  á  morir  por  Jesucris- 
to. Publicada  su  prisión,  iban  de  todas  partes  los  cris- 
tianos á  visitarle  y  animarle  en  la  barrera  de  lid,  pi- 
diéndole ademas  sus  oraciones  para  el  gran  dia  de  Dios. 
Mas,  entre  los  hijos  de  la  gracia,  no  debia  faltar  un 
Satanás,  que  fuera  á  mortificar  con  sus  blasfemias  á 
aquel  héroe  de  la  fe.  Era  un  miserable  bonzo,  que  ins- 
pirado en  aquel  trance  por  el  espíritu  del  mal,  fué  á 
visitarlo  en  su  morada  el  dia  de  Navidad.  Allí  le  pon- 
deró los  beneficios  de  la  libertad  y  de  la  vida;  le  habló 
de  la  necedad  de  una  muerte  voluntaria;  pintó  con  vi- 
vos colores  el  soberano  bien  de  la  existencia;  pulsó  to- 
dos los  resortes  de  la  carne  y  de  la  sangre,  y  acabó  por 


—  7o8  — 

aconsejarle  el  abandono  final  de  sus  creencias.  «Supues- 
to que  no  tienes  más  delito,  le  decia,  que  profesar  una 
religión  proscrita,  ¿no  es  una  lástima  perder  por  ella 
una  vida  tan  apreciable? »  Mas  el  confesor  de  Cristo, 
sin  entrar  en  contestaciones  con  aquel  ministro  del 
error,  le  dio  á  entender  con  una  mano  que  no  temia 
dar  la  vida  por  la  fe,  y  con  la  otra  que  se  fuese.  Salióse 
el  bonzo,  corrido  y  despechado,  de  la  casa,  é  inmedia- 
tamente se  presentaron  en  la  misma  los  ministros  de 
justicia,  enviados  por  el  Tono  para  cortarle  la  cabeza. 
No  se  turbó  el  venerable  con  su  vista;  recibiólos  cortes- 
mente;  regaló  un  vestido  al  ejecutor  de  la  sentencia,  y 
se  puso  en  oración  para  ofrecer  á  Dios  el  sacrificio  de  su 
vida.  Arrodillado  en  seguida  bajo  la  cuchilla  del  verdu- 
go, rodó  su  cabeza  á  un  solo  golpe,  y  su  dichosa  alma 
salió  triunfante  de  la  lucha,  para  recibir  allá  en  el  cielo  la 
gloria  y  los  honores  del  martirio.  En  vano  fué  que  los 
verdugos  cebasen  cruelmente  sus  catanas  en  su  venera- 
ble cuerpo,  haciéndolo  pedazos  diminutos  para  ocul- 
tarlo á  los  cristianos;  pues  éstos  allegaron  cuidadosa- 
mente aquellos  restos  venerandos,  con  toda  la  sangre 
que  pudieron  recoger  en  sus  vestidos. 

133.  Cesaron  por  entonces  las  crueldades  del  apósta- 
ta; los  PP.  misioneros  prosiguieron  trabajando  en  su  ele- 
vado ministerio,  y  los  venerables  confesores  imploraban 
en  la  cárcel  las  misericordias  del  Señor  en  beneficio  de  la 
cristiandad  perseguida  del  imperio.  Entre  tanto  la  fama 
de  los  mártires  sacrificados  hasta  entonces  voló  á  los 
reinos  de  Europa,  y  muchos  religiosos  se  animaron  á 
traspasar  el  Océano  para  llenar  el  vacío  que  dejaban 
tantos  mártires  en  las  misiones  famosas  del  Japón.  Los 


—  709  — 

que  habitaban  en  la  ciudad  de  Nangasaqui  disfrutaban 
de  alguna  más  libertad  en  esta  parte;  pero  no  les  era 
permitido  ejercer  públicamente  su  sagrado  ministerio. 
Algunos  se  habian  internado  en  el  imperio,  arrostran- 
do con  valor  todos  los  peligros  de  una  vida  proscrita 
por  los  tiranos;  y  si  bien  no  eran  infructuosos  los  tra- 
bajos de  su  misión  apostólica,  aquella  iglesia  desolada 
corria  con  velocidad  hacia  su  ruina,  por  la  porfiada  re- 
sistencia y  persecución  tenaz  de  aquellos  Tonos,  inspi- 
rados al  efecto  por  las  potestades  del  abismo. 


CAPÍTULO  IX. 

Elección  de  Provincial  en  la  persona  del  P.  Fr.  Melchor  del  Manzano  en  1617. 
—  Fúndase  el  ministerio  del  Parlan,  bajo  el  cuidado  de  un  Vicario. —  Se 
reedifica  varias  veces  su  iglesia. — Se  publica  en  Manila  un  jubileo. — Caso 
de  un  pecador  escandaloso. — Vuelve  el  P.  Fr.  Bartolomé  Martínez  á  Ma- 
cao. —  Se  intenta  fundar  una  misión  en  el  reino  de  Corea. —  Se  admiten 
varias  casas  en  el  Capítulo  provincial  de  1619. —  Reducción  de  los  indios 
de  las  islas  Babuyanes. —  Origen  del  convento  de  Cavite. — Terremotos  es- 
pantosos de  1619. — Muerte  de  tres  venerables  religiosos. 

I  34.  Durante  la  tempestad  que  nuestros  santos  mi- 
sioneros venian  afrontando  con  valor  en  los  reinos  del 
Japón,  la  provincia  del  Santísimo  Rosario  se  vio  pre- 
cisada á  celebrar  un  Capítulo  extraordiario  con  motivo 
del  fallecimiento  del  V.  Fr.  Bernardo  Navarro  de  San- 
ta Catalina,  ya  conocido  en  esta  Historia.  El  lugar  de- 
signado á  este  propósito  por  el  Capítulo  anterior  habia 
sido  el  convento  de  Manila,  y  sin  embargo,  lo  celebra- 
ron en  el  de  Binalatongan,  quizás  para  honrar,  como 
era  justo,  la  memoria  del  difunto,  que   habia  sido  el 


JIO    

apóstol  inmortal  de  aquel  partido.  Al  efecto  se  junta- 
ron en  San  Carlos  los  vocales  que  pudieron  concurrir, 
y  el  dia  1 6  de  Abril  de  1 6 1 7  eligieron  al  P.  Fr.  Mel- 
chor del  Manzano,  sujeto  de  todas  prendas  y  de  una 
virtud  probada.  Era  hijo  y  profeso  de  la  Orden  en  el 
convento  de  Ocaña,  y  habia  pasado  á  la  provincia  en 
1606.  En  esta  congregación  se  renovaron  algunas  or- 
denaciones antiguas,  y  se  hicieron  otras  nuevas,  en  ar- 
monía con  las  nuevas  necesidades  de  la  corporación  en 
el  país. 

135.  En  este  mismo  año  se  reformó  también  el  mi- 
nisterio espiritual  de  los  sangleyes,  que  habitaban  en 
las  cercanías  de  Manila.  Ya  queda  referido  extensamen- 
te cómo  la  Provincia  se  hizo  cargo  de  la  conversión  y 
administración  espiritual  de  aquesta  raza  desde  que  sus 
primeros  fundadores  llegaron  a  las  islas  Filipinas.  Tam- 
bién hase  dicho  en  su  lugar  la  traslación  que  se  hizo 
de  los  cristianos  sangleyes,  que  habitaban  el  Parian  y 
barrio  de  Baybay,  al  pueblo  y  feligresía  de  Binondo. 
Esta  medida  se  habia  mirado  en  aquel  tiempo  como 
muy  ventajosa  á  los  intereses  de  la  religión  y  de  la  fe, 
para  alejar  el  peligro  que  corrian  los  recien  cristianiza- 
dos, á  vista  del  mal  ejemplo  y  supersticiones  idolátri- 
cas que  los  demás  chinos  practicaban  en  el  interior  de 
sus  hogares.  Empero,  si  esto  era  un  bien  en  un  sentido 
concreto,  en  cambio  se  retardaba  la  conversión  de  los 
infieles,  y  venía  á  ser  inútil  la  creación  de  aquel  pri- 
mitivo ministerio  originariamente  instituido  para  redu- 
cirlos á  la  fe.  Y  era  preciso  que  así  fuera;  pues  si  bien 
los  vicarios  de  Binondo  aprendian  perfectamente  el  idio- 
ma de  los  chinos,  los  infieles  del  Parian  no  se  cuidaban 


—  yii   — 

de  ir  á  su  iglesia  para  oir  sus  instrucciones,  ni  aquéllos 
podian  dedicarse  exclusivamente  á  su  enseñanza,  por- 
que harto  tenian  en  que  entender  con  el  cuidado  de 
sus  propios  feligreses.  Esta  gran  dificultad  sólo  podia 
zanjarse  creando  otra  casa-ministerio  en  el  Parian,  cuyo 
vicario  no  tuviese  otro  deber  que  el  de  procurar  la  con- 
versión de  los  infieles  que  habitaban  en  su  pueblo.  Per- 
suadida la  Provincia  de  las  ventajas  que  este  nuevo  mi- 
nisterio debia  necesariamente  producir  en  beneficio  de 
la  fe,  levantó  á  su  costa  una  iglesia  y  convento  vicarial, 
bajo  la  advocación  y  patrocinio  de  los  santos  reyes.  Es- 
tos edificios  se  principiaron  en  1617,  y  el  ministerio 
se  aceptó  en  el  Capítulo  provincial  celebrado  en  1 6 1 9, 
como  vicaría  de  la  Orden,  con  voto  futuro  en  los  Ca- 
pítulos que  después  se  celebrasen. 

La  iglesia  primitiva  de  este  ministerio  fué  de  corta 
duración;  pues  habiéndose  edificado  de  madera  en  un 
sitio  pantanoso,  no  tenía  condiciones  para  resistir  por 
mucho  tiempo  á  la  acción  siempre  constante  del  calor 
y  la  humedad.  El  P.  Fr.  Bartolomé  Martínez,  que  á 
la  sazón  era  su  vicario,  emprendió  una  nueva  fábrica 
más  consistente  y  capaz  que  la  primera,  sin  contar  para 
el  efecto  con  más  recursos  pecuniarios  que  los  que  po- 
dría depararle  la  divina  Providencia.  Para  dar  principio 
á  la  nueva  obra  fué  necesario  destruir  la  primitiva,  y 
en  esta  operación  ocurrió  una  circunstancia  singular, 
que  pudiera  haber  debilitado  en  gran  manera  el  crédi- 
to invulnerable  de  nuestra  religión  santa  en  el  concep- 
to de  una  gente  que  suele  atribuir  todas  las  adversida- 
des de  la  vida  á  los  genios  y  divinidades  de  su  antiguo 
paganismo.  Habíase  principiado  á  destechar  el  antiguo 


712 


edificio,  sin  haber  tomado  antes  las  convenientes  pre- 
cauciones, cuando  hé  aquí  que  de  improviso  se  des- 
ploma la  techumbre  y  quedan  sepultados  en  sus  ruinas 
algunos  diez  operarios,  que  fueron  oprimidos  bajo  el 
peso  material  del  edificio.  Al  ruido  acudió  la  gente  para 
socorrer  á  los  peones,  que  ya  se  suponían  muertos,  ó  por 
lo  menos  contusos  y  en  gran  manera  maltratados;  pero 
todos  quedaron  sorprendidos  cuando  los  vieron  salir  de 
entre  las  ruinas  sin  lesión  alguna  corporal  que  les  pu- 
diese inutilizar  para  el  trabajo.  Admirados  los  gentiles 
de  este  hecho  providencial,  se  inclinaban  á  creer  en  la 
omnipotencia  é  inefable  bondad  de  nuestro  Dios,  que 
así  velaba  por  sus  hijos  y  por  la  gloria  de  su  templo. 
Este  singular  fenómeno,  que  no  era  fácil  explicar  por 
el  curso  ordinario  de  la  naturaleza  y  de  sus  leyes,  mo- 
vió á  muchísimos  paganos  á  pedir  de  corazón  el  santo 
sacramento  del  Bautismo. 

I  36.  La  nueva  iglesia  de  los  chinos  se  hizo  también 
de  madera;  pero  con  tanta  gracia,  solidez  y  maestría, 
que  llamaba  la  atención  de  todos  los  inteligentes  en  el 
arte.  Todas  sus  piezas  estaban  trabadas  con  muezcas  y 
espigas  de  una  manera  admirable,  y  debian  levantarse 
á  la  vez,  para  dejar  constituido  el  edificio.  Cuando  ya 
sólo  faltaba  esta  última  operación ,  enfermó  gravemen- 
te el  propio  artífice,  y  nadie  se  creia  capaz  de  ejecu- 
tarla sin  su  presencia  y  dirección.  Más  el  orden  con  que 
estaban  numeradas  las  tres  mil  piezas  hermosas  de  que 
se  componia  el  edificio,  y  las  explicaciones  que  él  daba 
desde  el  lecho  del  dolor,  facilitaron  al  fin  su  colocación 
esbelta  y  elegante,  y  quedó,  con  su  auxilio,  terminada 
aquella  iglesia,  que  semejaba  de  algún  modo,  por  su 


—  713  — 
construcción  y  por  su  forma,  el  antiguo  tabernáculo  de 
Dios  en  medio  de  los  pabellones  de  Israel.  El  Señor  se 
dignó  recompensar  con  un  premio  inestimable  aque- 
lla hermosa  concepción  y  su  trabajo,  recibiéndolo  en 
su  reino  después  del  santo  sacramento  del  Bautismo, 
que  pidió  de  todas  veras  en  las  horas  postrimeras  de  su 
vida.  Su  cuerpo  fué  sepultado  dentro  de  aquel  mismo 
templo,  que  él  habia  edificado  por  su  dicha. 

Este  precioso  monumento,  que  nacionales  y  extran- 
jeros admiraban  altamente,  por  el  primor  y  buen  gusto 
con  que  estaba  ejecutado,  fué  poco  tiempo  después  pre- 
servado maravillosamente  de  un  incendio.  El  fuego  se 
habia  presentado  desde  un  principio  voraz  y  amenaza- 
dor por  todas  partes.  Todos  los  edificios  inmediatos, 
como  construidos  de  madera  y  elementos  combustibles, 
fueron  pábulo  bien  pronto  de  las  llamas,  y  nuestra  igle- 
sia, enclavada  en  medio  de  aquel  grande  arrabal,  devo- 
rado ya  por  el  incendio,  debiera  de  haber  sufrido  la 
misma  suerte  en  su  caso,  á  juzgar  tan  solamente  por  el 
orden  de  las  causas  naturales  y  de  las  leyes  que  las  ri- 
gen. Los  mismos  infieles  se  burlaban  de  nuestro  Dios 
y  Seríor,  y  retaban  su  poder  en  estos  términos:  «Va- 
mos á  ver  si  el  Dios  de  los  cristianos  preserva  ahora  su 
casa  del  incendio.))  Mas  el  cielo  se  burló  de  aquellos 
mofadores  del  santuario:  la  casa  de  Dios  quedó  preser- 
vada enteramente  del  fuego  devorador  en  medio  de  las 
cenizas  de  aquel  pueblo.  Este  prodigio  acreció  la  devo- 
ción de  los  cristianos  hacia  aquel  templo  admirable, 
que  se  miraba  protegido  por  una  especial  providencia 
del  Seíior.  Los  mismos  infieles  del  Parian  no  podian 
dejar  de  respetarlo,  y  se  sentían  atraídos  por  un  impul- 


—  7H  — 
so  interior  á  renunciar  en  sus  aras  su  impotente  paga- 
nismo. Mas  la  hermosa  perspectiva  de  aquel  templo  en- 
cantador tampoco  debía  de  ser  muy  duradera,  por  las 
mismas  causas  que  abreviaron  la  efímera  existencia  del 
primero.  La  pobreza  y  escasez  de  los  recursos  obliga- 
ba muchas  veces  á  este  género  de  construcción  más 
económica,  que,  por  muy  acabada  que  ella  fuese,  al  fin 
sólo  podia  ser  provisional.  Entonces  idearon  una  cons- 
trucción más  sólida  y  duradera,  y  se  hubiera  llevado  á 
efecto  finalmente  si  la  seguridad  de  la  plaza  permitiera 
obras  de  mampostería  en  el  radio  seíialado  para  la  de- 
fensa de  sus  muros.  Logróse  postreramente  edificarla 
de  pilares,  y  con  algunas  precauciones  que  dictaba  la 
experiencia,  resultó  un  templo  capaz  y  de  bastante  con- 
sistencia. Adornáronlo  después  con  muchos  cuadros  y 
con  pinturas  preciosas,  que  representando  los  miste- 
rios de  nuestra  santa  religión ,  avivaban  la  fe  y  la  devo- 
ción de  los  cristianos.  Los  frutos  abundantísimos  de 
este  nuevo  ministerio  eran  ya  de  todos  conocidos.  Mu- 
chos infieles  que  miraban  con  la  mayor  indiferencia 
nuestra  santa  religión  y  sus  creencias,  se  fueron  acris- 
tianando por  el  celo  y  la  instrucción  de  sus  vicarios,  y 
los  enfermos  que  no  cabian  en  el  hospital  de  San  Ga- 
briel, recibían  casi  todos  en  la  hora  de  la  muerte  el  san- 
to sacramento  del  Bautismo;  cuando  antes  no  era  posi- 
ble el  sorprender  en  todo  caso  aquellos  últimos  momen- 
tos de  la  gracia,  para  salvar  tantas  almas  en  las  postri- 
merías formidables  de  la  vida.  La  estadística  religiosa 
de  aquel  tiempo  viene  á  confirmar  el  resultado  satis- 
factorio que  daba  aquel  ministerio.  Desde  el  año  1618 
hasta  el  de   1633  se  sumaban  cuatro   mil  seiscientos 


—  7^5  — 
cincuenta  y  dos  bautismos;  los  dos  mil  cincuenta  y  cin- 
co administrados  en  estado  perfecto  de  salud,  y  los  res- 
tantes en  el  artículo  inminente  de  la  muerte. 

Más  tarde  pudo  edificarse  la  iglesia  de  este  ministe- 
rio de  piedra  sillar  perfectamente  labrada,  y  era  tenida 
comunmente  por  la  más  bella  de  cuantas  se  habian  fa- 
bricado hasta  entonces  en  las  islas.  Estaba  adornada  con 
lámparas,  frontales,  gradillas  y  sagrario  preciosísimos, 
con  hermosos  candelabros  y  riquísimos  adornos.  Allí  se 
celebraban  con  religiosa  pompa  y  gravedad  los  sacro- 
santos misterios  de  nuestra  religión  consoladora.  Pero 
este  precioso  templo,  con  el  pueblo  en  donde  estaba  edi- 
ficado, fué  destruido,  de  orden  del  superior  Gobierno, 
á  fines  del  siglo  último,  por  razones  elevadas  de  públi- 
ca seguridad  y  de  política.  La  parroquia  fué  trasladada, 
á  solicitud  del  seíior  Gobernador,  á  la  capilla  del  anti- 
guo hospital  de  San  Gabriel,  de  la  propiedad  de  esta 
Provincia,  la  cual  no  tuvo  inconveniente  en  cederla  á 
este  propósito,  mientras  los  chinos  cristianos  edificasen 
otra  iglesia,  que  hasta  hoy  no  han  pensado  en  cons- 
truir. Desde  entonces  todos  los  chinos  cristianos  de  las 
islas  se  consideraron  agregados  á  esta  iglesia,  cuyo  re- 
sultado debia  ser  la  nulidad  del  ministerio;  pues  su  pár- 
roco no  podia  velar  sobre  las  ovejas  que  le  estaban  con- 
fiadas (i). 

I  37.  Era  también  por  este  tiempo  cuando  llegó  á 
Manila  el  gobernador  D.  Alonso  Fajardo  de  Tensa,  y 


(1)  Posteriormente  los  chinos  fueron  agregados  á  las  parroquias  respecti- 
vas donde  se  hallan  radicados,  y  las  del  arrabal  de  Binondo  están  á  cargo  de 
un  ministro,  que  los  administra  espirirualmente,  y  debe  saber  su  idioma  para 
desempeñar  este  destino. 


-  7i6- 

con  él  un  breve  de  la  santidad  de  Paulo  V,  que  conce- 
día un  jubileo  especial  de  quince  dias.  Esta  gracia  ex- 
traordinaria con  que  la  Silla  Apostólica  facilitaba  los  te- 
soros de  la  Iglesia  á  todos  los  fieles  de  la  tierra,  abria 
al  mismo  tiempo  á  la  caridad  y  al  celo  de  los  sacerdo- 
tes de  Manila  un  nuevo  y  fecundo  campo  para  traba- 
jar en  él,  y  recoger  á  manos  llenas  frutos  abundantes  de 
salud.  Su  publicación  se  habia  acordado  para  Noviem- 
bre de  1618,  y  entonces  precisamente  apareció  en  la 
bahía  de  esta  capital  una  escuadra  holandesa,  compues- 
ta de  seis  navios,  para  hostilizar  estas  riberas.  Muchos 
opinaban  que,  pidiendo  el  jubileo  mucho  recogimien- 
to religioso  para  conseguir  eficazmente  los  elevados  fi- 
nes de  esta  gracia,  no  parecían  aquellas  circunstancias 
oportunas;  pues  nadie  podia  ocuparse  entonces  de  otra 
cosa  que  de  los  preparativos  de  defensa  contra  un  ene- 
migo poderoso.  Otros,  animados  quizá  de  sentimientos 
más  piadosos,  discurrían  de  otra  manera,  y  sostenían 
firmemente  que  la  misma  necesidad  en  que  se  halla- 
ban de  ocurrir  á  Dios  para  que  los  protegiese  en  aquel 
trance,  les  ponía  en  el  caso  de  aprovecharse  mejor  del 
jubileo,  con  oraciones,  confesiones  y  ejercicios  espiri- 
tuales, fundándose  para  esto  en  que  la  protección  y  la 
misericordia  del  Altísimo  es  la  defensa  más  segura  de 
las  ciudades  y  los  pueblos.  Esta  piadosa  opinión  pre- 
valeció generalmente;  y  en  su  consecuencia,  el  jubileo 
quedó  publicado  para  el  día  1 1  de  Noviembre  de  aquel 
año. 

Los  beneficios  de  este  jubileo  no  se  limitaron  á  los 
alrededores  de  Manila;  pues  las  misiones  vivas  se  ex- 
tendieron á  otros  pueblos,  predicando  los  padres  sus  ser- 


—  717  — 
mones  en  idioma  del  país.  Quizás  no  se  habia  visto  en 
todo  el  orbe  un  jubileo  más  universalmente  concurri- 
do. Manila  era  en  aquel  tiempo  el  emporio  del  Orien- 
te. Se  agitaban  en  su  pequeño  recinto,  ademas  de  los 
espaiíoles  y  naturales  del  país,  muchos  chinos  y  japo- 
nes, negros  del  Congo  y  de  Angola;  malabares,  coro- 
mandeles,  bengalas,  ternates,  bornees,  tidores,  minda- 
naos,  joloes,  malayos,  parias,  tártaros  y  macedonios; 
turcos,  armenios  y  griegos;  numerosos  europeos  de  di- 
ferentes reinos  y  naciones;  canarienses,  en  fin,  y  ame- 
ricanos, y  toda  raza  de  gentes  y  de  pueblos.  Dij érase 
que  Manila  era  verdaderamente  un  mundo  abreviado 
en  aquel  tiempo. 

138.  Muchos  se  aprovecharon  ciertamente  de  aque- 
lla gracia  fecunda,  que  debia  traer  sobre  estos  pueblos 
las  misericordias  del  Señor;  pero  tampoco  faltaron  hom- 
bres inmorales  y  perversos  que  miraron  con  la  mayor 
indiferencia  estos  dias  aceptables  de  penitencia  y  de  sa- 
lud. Las  historias  nos  refieren  un  hecho  raro  y  sorpren- 
dente que  sucedió  por  entonces,  capaz  de  hacer  estre- 
mecer profundamente  á  todo  pecador  que  abusa  de  las 
bondades  y  de  las  misericordias  del  Altísimo.  Habia  en 
Manila,  á  la  sazón,  un  mercader  sevillano  de  mucha 
celebridad  y  nombradía.  Era  rico  y  poderoso ,  y  tan  fe- 
liz á  los  ojos  de  los  hombres  como  miserable  á  los  de 
Dios,  que  es  el  verdadero  apreciador  del  corazón  y  de 
las  acciones  de  los  hombres.  En  medio  de  sus  placeres 
y  riquezas,  vivia  olvidado  enteramente  de  su  Dios  y  de 
sí  mismo,  sin  querer  romper  los  lazos  de  la  iniquidad 
y  del  pecado.  En  aquel  estado  lamentable  de  corrup- 
ción y  de  impiedad,  se  vio  de  improviso  á  los  umbra- 


—  7i8  — 

les  de  la  eternidad  de  Dios,  sorprendido  por  su  Ira  en 
las  delicias  del  pecado.  Los  que  le  asistian  de  cerca  en 
el  lecho  del  dolor  llamaron  á  un  padre  de  la  Compa- 
pañía  para  que  lo  confesase  en  tal  extremo,  á  fin  de  que 
el  público  y  la  gente  creyese  que  por  lo  menos  moria 
como  cristiano  el  que  habia  vivido  como  impío.  Cuan- 
do llegó  el  confesor,  sus  disposiciones  parecían  á  los  cir- 
cunstantes las  mejores;  pues  al  verlo  empezó  á  llorar 
amargamente.  Mas  luego  significó  que  sus  lágrimas  no 
eran  efecto  de  una  verdadera  contrición,  sino  produ- 
cidas por  el  horror  que  le  causaba  la  memoria  del  in- 
fierno, que  ya  tenía  como  cierto  por  la  muchedumbre 
de  sus  culpas.  ^Yo  me  hallo  tal  y  tan  apretado,  decia 
al  confesor,  que  me  ahogaran  con  un  hilo  de  estambre. 
La  vida  se  me  va  acabando,  y  muero  con  el  mayor  des- 
consuelo, porque  no  me  queda  esperanza  alguna  de  sal- 
varme. Mis  pecados  son  tales,  que  me  han  colocado  en 
el  extremo  á  que  hombre  alguno  pueda  llegar.  Vues- 
tra reverencia  óigame  con  gran  cuidado  lo  que  dijere, 
sin  interrumpirme;  pues  quiero  desahogar  mi  corazón, 
y  después  me  dirá  lo  que  tuviere  por  conveniente.  Ni 
repare  en  que  mis  pecados  se  publiquen,  pues  han  de 
ser  notorios  finalmente  en  el  tribunal  de  Dios,  y  me 
parece  que  este  Juez  inexorable  ya  me  está  juzgando 
con  todo  el  rigor  de  su  justicia.» 

Luego  que  acabó  este  preámbulo  terrible,  empezó  á 
confesar  en  voz  alta  sus  pecados,  cuya  relación  aterra- 
dora hizo  estremecer  al  mismo  sacerdote,  mayormen- 
te cuando  advirtió  que  á  cada  maldad  interpolaba  al- 
guna merced  que  de  Dios  habia  recibido.  «Yo  (dijo  en- 
tre otras  cosas)  me  embarqué  años  pasados  en  uno  de 


—  719  — 
nuestros  galeones,  llevando  en  mi  compañía  la  causa  de 
mi  perdición.  Levantóse  en  alta  mar  una  tempestad  tan 
recia,  que  dándonos  todos  por  perdidos,  pediamos  á  Dios 
misericordia.  En  este  conflicto  se  estrelló  la  nao  en  una 
de  las  costas  de  Japón;  yo,  que  era  el  más  digno  de  que 
Dios  me  quitase  la  vida  en  el  naufragio,  debí  á  su  pie- 
dad una  tabla,  con  que  me  pude  mantener,  viendo  con 
mis  ojos  perecer  á  muchos  de  mis  compañeros  de  via- 
je. Todo  era  confusión  y  llanto,  y  lástimas  y  clamores. 
Entonces  vi  batallar  entre  las  olas  á  la  infeliz  ocasión 
de  mi  ruina,  y  que,  para  mayor  tormento  mió  y  peli- 
gro de  mi  alma,  se  asió  de  la  misma  tabla  que  yo  te- 
nía. Pero  ¡qué  mudados  estaban  nuestros  corazones  á 
la  vista  del  peligro!  Detestábamos  las  culpas  cometi- 
das; haciamos  propósitos  de  la  enmienda;  clamábamos 
á  Dios  sinceramente,  y  le  ofrecíamos  emplear  nuestras 
vidas  en  su  servicio,  con  mil  votos  y  promesas;  y  al  fin 
se  dignó  Su  Majestad  que  cesase  la  furia  de  los  vientos 
y  se  aplacasen  las  olas,  y  saliéramos  á  tierra  salvos  ya 
de  aquel  peligro.  Besábamos  la  playa  cuando  hubimos 
pisado  sus  arenas,  y  no  acabábamos  de  dar  gracias  á 
Dios,  porque  habiendo  visto  tantas  muertes  y  desdichas 
de  nuestros  conocidos  y  compañeros  de  mar,  nos  vi- 
mos en  tierra  libres  de  la  furia  de  las  olas.  Mas  ¡oh  fla- 
queza del  corazón  humano!  luego  que  se  pasó  el  susto, 
olvidados  ya  de  él,  como  si  nada  dijera  aquel  aviso  del 
cielo  á  nuestra  vida  pecadora,  volvimos  á  la  comuni- 
cación antigua,  y  en  ella  hemos  continuado  hasta  aho- 
ra, o  De  estos  antecedentes  criminales,  el  infeliz  sacaba 
por  consecuencia  que,  después  de  tantas  recaídas,  su 
mal  era  ya  incurable,  y  en  su  vista  llenaba  el  aire  da 


—  -jio  — 

suspiros,  derramaba  de  sus  ojos  lágrimas  de  compun- 
ción, y  le  parecía  que  ya  estaba  á  las  puertas  del  infier- 
no, al  repasar  en  su  mente  la  historia  horrorosa  de  sus 
vicios. 

Duró  la  relación  más  de  dos  horas;  y  sin  embargo 
de  que  el  confesor  estaba  ya  estremecido  de  tanta  abo- 
minación y  tanto  escándalo,  procuró  animar  al  enfer- 
mo como  pudo;  le  habló  como  convenia  de  la  infinita 
misericordia  del  Señor,  y  le  mostró  que  aun  podia  ob- 
tener el  perdón  de  sus  pecados,  si  aprovechaba  al  efec- 
to los  momentos  fugaces  de  existencia  que  el  Señor  le 
concediese.  Al  decir  esto  el  Sacerdote,  exclamó  el  mi- 
serable con  presteza:  «¡Cómo!  ¿aun  hay  perdón  para 
mí? — Sí,  señor,  replicó  el  confesor  serenamente;  pero 
ante  todas  cosas,  añadió,  es  necesario  que  V.  arroje  de 
su  casa  y  compañía  á  la  que  ha  tenido  tanta  parte  en 
sus  pecados. — ¡Que  salga,  pues,  dijo  el  enfermo,  y  oja- 
lá nunca  la  hubiera  conocido!»  Echaron  en  efecto  de 
la  casa  á  la  manceba,  y  él  se  confesó  inmediatamente, 
al  parecer  muy  compungido.  En  todo  lo  halló  el  con- 
fesor muy  bien  dispuesto :  prometió  el  doliente  obede- 
cer á  cuanto  le  ordenase  por  su  bien,  y  fué  absuelto, 
finalmente,  de  sus  culpas,  con  señales  inequívocas  de 
una  verdadera  penitencia. 

Con  esta  saludable  medicina  quedó  su  alma  tan  ali- 
viada de  la  pesadumbre  de  sus  crímenes,  que  comuni- 
cando al  cuerpo  el  interior  consuelo  de  su  espíritu,  em- 
pezó á  mejorar  visiblemente  de  aquella  peligrosa  en- 
fermedad. Con  tal  motivo  los  amigos  le  daban  la  en- 
horabuena, y  él  correspondía  á  la  buena  voluntad  que 
le  manifestaban,  prorumpiendo  en  mil  elogios  y  ala- 


—  "Jll  — 

banzas  de  su  confesor  y  padre,  á  quien,  después  de  su 
Dios,  se  reconocia  deudor  de  su  alivio  y  mejoría.  Cuan- 
do, al  parecer,  ya  estaba  fuera  de  todo  peligro^  las  visi- 
tas eran  más  frecuentes,  y  entre  sus  falsos  amigos  no 
faltó  quien  reprobase  como  ligereza  del  confesor  el 
haberle  ordenado  la  separación  de  su  manceba.  Con 
este  fatal  recuerdo  su  corazón  empezó  de  nuevo  á  en- 
ternecerse, se  fué  olvidando  de  los  sentimientos  que  la 
gracia  le  habia  inspirado  anteriormente,  y  renaciendo 
más  viva  la  pasión,  exclamó  de  esta  manera:  «¡Oh! 
¡cuántos  trabajos  habrá  pasado  la  infeliz!  Traigan  otra 
vez  á  mi  morada  á  esa  joven  sin  ventura.»  Se  la  traje- 
ron, en  efecto;  mas  al  acercarse  la  malvada  principió 
á  quejarse  amorosamente  de  su  inicuo  proceder,  y  con- 
cluyó por  hacerle  mil  caricias,  que  él  no  supo  recha- 
zar como  debiera.  Entonces  se  desbordó  la  cólera  del 
Altísimo  sobre  aquel  pecador  incorregible,  y  sobrevi- 
niendo un  accidente  aun  más  terrible  y  fulminante  que 
el  primero,  ni  siquiera  le  dio  lugar  á  confesarse.  Lla- 
maron, en  efecto,  al  cura  párroco;  mas  su  presencia  fué 
inútil,  pues  sólo  pudo  llegar  á  tiempo  para  verlo  ya 
cadáver  al  lado  de  su  manceba  desvergonzada  y  pro- 
caz. Este  horroroso  suceso,  que  no  tardó  en  publicarse, 
motivó  muchas  conversiones  en  Manila  y  extramuros; 
y  se  comprende  muy  bien  que  habiendo  sido  tan  no- 
torio el  castigo  como  lo  fuera  el  escándalo,  muchos 
abandonaran  para  siempre  los  caminos  culpables  de  su 
vida. 

139.  Libre  ya  esta  capital  de  aquella  escuadra  ho- 
landesa, que  habia  tomado  otro  rumbo,  se  trató  de  im- 
pedir de  todos  modos  que  cayesen  en  sus  manos  las  ri- 

TOMO    I.  46. 


—  7!iü  — 
cas  y  valiosas  mercancías  que  de  las  plazas  de  China  se 
exportaban  á  estas  islas.  A  este  fin  dispuso  inmediata- 
mente el  Gobernador  de  Filipinas  que  el  P.  Fr.  Barto- 
lomé Martinez  se  presentase  en  los  puertos  de  Cantón 
y  de  Chincheu  para  prevenir  á  los  mandarines  respec- 
tivos que  no  permitiesen  por  entonces  la  salida  de  nin- 
gún buque  mercante  para  el  puerto  de  Manila,  por- 
que la  escuadra  holandesa  tenía  bloqueadas  de  algún 
modo  estas  islas  españolas.  La  provincia  del  Santísimo 
Rosario  accedió  gustosa  á  los  deseos  del  Gobierno;  pues, 
ademas  de  la  utilidad  que  los  intereses  públicos  pudie- 
ran reportar  de  este  mensaje,  era  de  esperar  que  aquel 
excelente  religioso  procurarla  allanar  todas  las  vias  para 
que  nuestros  misioneros  pudiesen  establecerse  en  algu- 
na parte  del  imperio,  con  el  fin  de  propagar  en  la  gran 
China  la  verdadera  fe  de  Jesucristo,  que  era  el  objeto 
constante  de  sus  piadosas  ambiciones. 

A  principios  de  Enero  de  1 6 19  se  hizo  el  bajel  a 
la  vela  con  rumbo  al  puerto  de  Macao,  para  dirigirse 
desde  allí  á  los  puntos  designados  por  el  superior  go- 
bierno de  Manila.  Mas  á  los  pocos  dias  de  navegación, 
y  á  la  altura  de  Zambales,  sobrevino  un  furioso  tempo- 
ral, que  rompió  el  palo  mayor  de  la  fragata,  y  luego 
arrojó  su  casco  sobre  unos  arrecifes  espantosos,  en  don- 
de perdió  el  timón  y  una  gran  parte  de  la  popa.  La 
tripulación  procuró  salvarse  en  el  esquife,  y  el  P.  Mar- 
tinez se  quedó  espontáneamente  en  la  destrozada  nave, 
con  el  santo  fin  de  confesar  y  disponer  para  la  muerte 
á  los  que  no  pudieron  salir  con  los  primeros.  Quiso 
Dios  que  toda  la  gente  se  salvase;  pero  la  fragata  que- 
dó abandonada  enteramente  al  arbitrio  de  las  olas,  que 


—  m  — 

se  estrellaban  con  furor  sobre  su  quilla.  De  allí  pasaron, 
por  fin,  á  Pangasinan,  de  cuya  provincia  no  distaban, 
y  el  P.  Martinez  dio  cuenta  á  Manila  del  siniestro  que 
acababa  de  ocurrir,  aguardando  en  Lingayen  la  deter- 
minación que  el  Gobierno  hubiese  de  tomar  en  aquel 
caso.  Entre  tanto  concibió  la  noble  idea  de  reducir  á 
la  fe  á  los  numerosos  chinos  que  se  hallaban  en  aque- 
lla población  ocupados  solamente  en  sus  intereses  tem- 
porales, y  olvidados  por  completo  de  sus  destinos  eter- 
nos. A  su  breve  y  fervorosa  misión  de  pocos  dias  de- 
bióse la  conversión  de  unos  veinte  mercaderes,  á  quie- 
nes administró  el  santo  sacramento  del  Bautismo.  Des- 
de Lingayen  se  trasladó,  previo  aviso,  á  Cagayan,  en 
donde  recibió  á  muy  poco  tiempo  una  orden  del  Go- 
bierno para  proseguir  el  viaje  comenzado,  en  otro 
buque  que  se  le  mandó  para  el  efecto.  Apenas  perdió 
de  vista  las  costas  de  Cagayan,  cuando  le  asaltó  de 
nuevo  un  temporal  horroroso,  que  le  obligó  á  refu- 
giarse por  dos  veces  á  los  puertos  de  Formosa;  y  con 
este  motivo  reconoció  toda  la  isla,  auxiliado  en  esta 
empresa  por  un  muy  hábil  piloto,  que  dirigia  la  derro- 
ta, llamado  Gaspar  de  Nuñez.  Era  que  tomaba  pose- 
sión de  la  Formosa  en  el  nombre  augusto  de  la  patria, 
por  elevadas  razones  de  justicia,  que  se  dirán  más  ade- 
lante. 

Por  fin  continuó  su  ruta  hasta  Macao,  en  donde  fué 
recibido  por  las  autoridades  portuguesas  con  la  mayor 
indiferencia.  Mejor  dicho  todavía :  lo  recibieron  con 
desconfianza  y  con  recelo,  y  en  vez  de  ayudarlo  eficaz- 
mente en  la  interesante  comisión  que  el  gobierno  de 
Manila  le  habia  confiado  en  tal  extremo,  le  opusieron 


—  7^4  — 
desde  luego  dificultades  y  obstáculos,  que  no  pudo  su- 
perar de  ningún  modo.  En  tal  concepto  opinó  que, 
para  evitar  desavenencias  y  disgustos,  debia  regresar  á 
las  islas  Filipinas,  sin  haber  podido  secundarlas  eleva- 
das miras  del  Gobierno  ni  las  grandes  esperanzas  de 
esta  Provincia  religiosa. 

140.  Entonces  se  ensayaron  otras  vias  para  llevarla 
luz  del  Evangelio  al  imperio  de  la  China.  La  gran  Co- 
rea, bañada  por  los  mares  de  Japón,  aun  no  habia  sido 
visitada  por  ningún  predicador  de  Jesucristo.  Su  situa- 
ción ventajosa  ofrecia  las  más  lisonjeras  esperanzas  á 
aquellos  apostólicos  varones,  cuyas  principales  miras 
eran  extender  el  reino  de  Dios  por  todas  partes.  De«de 
allí  pudieran  fácilmente  internarse  en  la  Tartaria  y  en 
las  provincias  septentrionales  del  imperio,  y  tener  un 
refugio  en  todo  caso  para  sus  hermanos  perseguidos  en 
los  reinos  del  Japón.  Empero,  genios  ocultos,  que  la 
historia  no  revela,  frustraron  también  por  esta  vez  su 
magnífico  proyecto.  La  ocasión  que  se  ofreció  no  po- 
día ser  más  favorable  y  oportuna.  Vivia  por  entonces 
en  Manila  un  cristiano  coreano,  hijo  de  un  gran 
privado  del  monarca  que  regía  los  destinos  del  pais. 
Este  joven  sin  ventura  habia  tenido  la  desgracia  de 
caer,  con  otros  nobles,  en  manos  del  famoso  Taycosama 
en  la  desoladora  guerra  que  declaró  á  la  Corea,  y  en 
el  desvalido  estado  de  esclavitud  en  que  gemia  tuvo  la 
dicha  inefable  de  ser  iluminado  finalmente  por  el  espí- 
ritu de  Dios  y  de  recibir  el  santo  sacramento  del  Bau- 
tismo. Habiendo  logrado  fugarse  del  Japón,  y  muy 
verosímilmente  en  algún  buque  de  Manila,  aquí  tuvo 
intimidad  con  nuestros  religiosos  de  aquel  tiempo,  con 


—  7^5  — 
quienes  mantuvo  siempre  relaciones  amistosas.  Su  pa- 
dre, que  llegó  á  obtener  la  dignidad  de  secretario  ó 
primer  ministro  del  soberano  de  su  reino,  lloraba  su 
ausencia  sin  cesar,  y  mandaba  á  todas  partes  numero- 
sos emisarios  para  averiguar  su  suerte  y  su  destino.  Al 
fin  sintió  volver  á  su  seno  la  dicha  paternal,  que  habia 
perdido,  al  saber  que  su  hijo  amado  vivia  en  la  ciudad 
de  Manila,  libre  de  toda  servidumbre  y  bastante  aco- 
modado. Cuando  estuvo  bien  seguro  de  su  descubri- 
miento venturoso  despachó  en  su  demanda  á  un  deudo 
de  la  familia,  para  que  pudiera  restituirse  con  toda  se- 
guridad á  los  hogares  paternos,  donde  nadie  podia  ser 
feliz  con  su  triste  apartamiento.  Al  recibir  el  neófito 
este  mensaje  amoroso,  lo  consultó  desde  luego  con 
nuestros  religiosos  de  Manila,  y  les  rogó  que  le  dijesen 
francamente  lo  que  debia  hacer  en  aquel  caso.  Ante 
todo  les  previno  que,  si  bien  deseaba  complacer  á  su 
buen  padre  y  regresar  á  su  país,  como  parecía  natural, 
sin  embargo,  que  prefería  la  religión  á  todas  las  con- 
sideraciones de  otro  género,  y  que  tuviesen  presente  el 
riesgo  á  que  se  exponia  regresando  á  una  nación  ente- 
ramente pagana,  donde  el  verdadero  Dios  carecía  ab- 
solutamente de  templo  y  de  sacerdotes.  Concluía,  final- 
mente, por  añadir,  que,  á  su  juicio,  deberían  acompa- 
ñarle en  todo  caso  algunos  religiosos  de  la  Orden,  con 
la  esperanza  de  hallar  á  la  sombra  de  su  padre  una  ver- 
dadera tolerancia  para  la  verdadera  religión  de  Jesu- 
cristo, y  de  poder  anunciar  el  reino  de  Dios  Qitre  los 
suyos. 

Las  observaciones  del  fervoroso  coreano  parecieron 


—  7^6  — 

muy  sensatas  á  los  PP.  Dominicos,  quienes  trataron  el 
asunto  con  la  circunspección  y  la  cordura  que  su  gra- 
vedad pedia;  y  después  de  haber  pesado  las  razones  que 
por  una  y  otra  parte  militaban,  resolvieron,  finalmen- 
te, enviar  á  tres  religiosos  en  compañía  del  neófito, 
que  debian  dar  principio  á  una  misión  dominicana  en  la 
Corea,  aprovechando  al  efiscto  circunstancias  tan  pro- 
picias. El  punto  más  conocido  y  más  inmediato  á  di- 
cho reino  era  la  ciudad  de  Nangasaqui,  y  el  dia  13  de 
Junio  de  161 9  zarparon  de  esta  bahía  con  dirección  á 
aquel  puerto.  Esta  primera  etapa  de  su  viaje  se  habia 
hecho  felizmente  y  sin  contradicción  de  ningún  géne- 
ro; mas  no  tardaron  en  experimentar  dificultades  que 
no  habian  podido  prever.  Dispuestos  á  llevar  á  cabo 
aquella  empresa,  fletaron  un  bajel  para  el  efecto,  y  cuan- 
do debian  hacerse  á  la  vela  en  dirección  á  su  destino, 
uno  de  los  gobernadores  de  la  ciudad,  movido  por  una 
mano  oculta  (dicen  las  antiguas  crónicas),  opuso  su 
autoridad  á  su  salida.  No  por  esto  se  desanimaron  nues- 
tros celosos  misioneros;  pues  no  les  faltaron  fiadores 
que  respondiesen  en  todo  caso  de  la  inocencia  de  sus 
miras.  Pero  los  opositores  habian  decidido  impedir  á 
todo  trance  la  proyectada  misión  de  los  PP.  Domini- 
cos, y  al  fin  lograron  su  intento,  procurando  que  uno 
de  los  fiadores  se  retirase  de  su  empeño,  y  manifestase 
algún  recelo  con  reticencias  ofensivas.  Con  esto  ya  no 
hallaron  nuestros  religiosos  ningún  buque  que  pudiese 
conducirlos,  y  el  neófito  se  vio  en  la  necesidad  de  par- 
tir solo;  pero  en  la  firme  resolución  de  que  en  llegan- 
do á  la  Corea,  les  enviarla  embarcación  de  su  confianza, 


—  1^1  — 

que  les  conduciría  sin  tropiezo  al  término  deseado  de 
su  viaje.  Pero  desgraciadamente  los  asuntos  del  Japón 
fueron  siempre  empeorando,  y  en  la  agitación  cons- 
tante en  que  se  hallaban  los  ministros  del  santuario  por 
la  persecución  sangrienta  que  venian  sufriendo  en  el 
imperio,  nuestros  religiosos  no  tuvieron  más  noticia 
de  aquel  fervoroso  cristiano,  que  tal  vez  les  buscaba 
con  afán,  sin  hallar  ocasión  para  conducirlos  á  su  reino. 
El  P.  Fr.  Juan  de  Santo  Domingo,  uno  de  los  desti- 
nados para  la  misión  de  la  Corea,  se  quedó  en  Nan- 
gasaqui,  y  sufrió  después  la  muerte  por  la  fe.  Los  otros 
dos  regresaron  á  Manila,  finalmente,  quedando  así 
desvanecidas  las  hermosas  esperanzas  que  de  esta  mi- 
sión frustrada  se  habia  prometido  la  Provincia. 

141.  El  celo  y  la  solicitud  con  que  nuestros  santos 
misioneros  procuraban  extender  el  reino  de  Jesucristo 
en  países  extranjeros,  en  nada  perjudicaba  á  las  misio- 
nes de  las  islas  Filipinas.  El  Capítulo  Provincial  que 
se  celebró  en  Nueva  Segovia  el  dia  20  de  Abril  de  1 6 1 9 
habia  acordado  la  admisión  de  muchos  ministerios  y 
doctrinas  que  se  fueron  creando  nuevamente,  y  que 
prueban  en  la  historia  el  desarrollo  de  nuestra  admi- 
nistración espiritual  en  el  país.  Dan  testimonio  de  esto 
las  residencias  vicariales  de  Malaoeg,  Telvan,  Parlan, 
Búhi,  Sumpao,  Massi,  Malabbu,  Gacu,  Bafulayan, 
Bacurauan  y  otras,  con  el  convento  de  San  Telmo  de 
Cavite.  Los  habitantes  de  algunos  de  estos  pueblos  es- 
taban ya  cristianizados,  según  es  visto  en  esta  Historia; 
pero  sus  casas  aun  no  hablan  sido  erigidas  formalmen- 
te en  vicaría,  por  la  escasez  de  operarios  que  habia 
padecido  hasta  entonces  la  Provincia.  Mas  esta  razón 


—  7^8  — 

ya  no  existia,  por  haber  llegado  en  el  año  anterior  una 
misión  de  veinte  y  cuatro  religiosos  (i). 

142.  La  conversión  de  los  indios  que  habitaban  las 
islas  Babuyanes,  á  donde  pertenecía  el  pueblo  citado  de 
Gacu,  habia  sido  proyectada  mucho  antes,  pero  nunca 
realizada  hasta  aquel  tiempo,  ora  por  falta  de  arbitrios 
para  establecerse  en  aquel  punto,  ora,  y  muy  especial- 
mente, por  la  escasez  de  misioneros.  Estas  islas  misera- 
bles están  situadas  al  Norte  de  Luzon,  y  casi  á  la  vista 
de  sus  costas.  Las  primeras  distan  unas  ocho  leguas 
solamente  de  la  barra  del  gran  rio  conocido  en  esta 
Historia  con  el  nombre  de  Ibanag.  Después  se  encuen- 
tra otro  grupo  más  distante,  que  son  las  islas  Batanes, 
y  que  ya  no  dista  demasiado  de  Formosa.  Los  infelices 
babuyanes  solian  ir  en  el  buen  tiempo  á  Cagayan,  en 
donde  cambiaban  algunos  comestibles  y  productos  por 
otros  muy  necesarios,  de  que  solian  ellos  carecer.  Los 
religiosos  de  la  Orden  que  residían  en  la  costa  de  Ca- 
gayan los  observaban  con  estudio,  y  al  verlos  tan  hu- 
mildes y  sumisos,  sentían  en  el  alma  la  imposibilidad 
de  poder  establecer  una  misión  en  su  país;  medio  in- 
dispensable para  llevar  á  sus  playas  la  revelación  del 
cristianismo.  Sus  deseos  se  cumplieron,  finalmente, 
hacia  este  tiempo,  enviando  la  Provincia  á  dichas  islas 
á  los  PP.  Fr.  Jerónimo  Morer  y  Fr.  Andrés  Sánchez, 
los  cuales  dieron  principio  á  la  fundación  de  un  minis- 
terio bajo  la  advocación  de  Santa  Úrsula,  que  se  con- 
servó por  muchos  años,  hasta  que  sus  habitantes  fue- 
ron trasladados  por  fin  á  tierra  firme,  y  se  establecie- 


(i)  Diez  y  nueve,  según  otros. 


—  729  — 
ron,  finalmente,  en  Cagayan.  Por  entonces  quedaron 
aquellas  islas  casi  desiertas;  mas  después  se  han  ido  re- 
poblando de  toda  suerte  de  prófugos  y  de  gente  fora- 
gida,  procedente  en  su  gran  parte  de  las  islas  de  Luzon 
y  de  Visayas.  Obedeciendo  á  nuestro  plan  de  ir  siguien- 
do paso  á  paso  el  desenvolvimiento  de  la  vida  y  orga- 
nización religiosa  de  esta  Provincia  de  la  Orden,  cum- 
ple á  nuestro  pensamiento  el  decir  alguna  cosa  sobre 
el  origen  histórico  del  convento  de  Cavite,  y  la  razón 
especial  de  su  existencia. 

143.  El  convento  de  San  Telmo  de  Cavite  ha  sido 
siempre  de  un  carácter  puramente  regular,  sin  tener 
cura  de  almas  ni  administración  espiritual  obligatoria. 
En  tanto  duró  el  comercio  de  Manila  con  Nueva  Es- 
paña, fué  siempre  de  mucha  importancia  esta  casa  re- 
ligiosa, por  los  grandes  elementos  de  animación  y  de 
vida  que  se  agitaban  entonces  en  su  seno.  En  Cavite 
se  fabricaban  y  carenaban  los  galeones,  pataches  y  ga- 
leras que  cruzaban  estos  mares;  se  cargaban  las  ricas 
mercancías  que  se  remitian  á  Acapulco,  y  desembar- 
caban allí  los  pasajeros  que  pasaban  á  las  islas  con  to- 
dos los  efectos  y  capitales  que  traian.  Era  mirado  en- 
tonces este  puerto  como  la  segunda  capital  de  Filipi- 
nas, en  donde  podian  ocuparse  santamente  muchos 
religiosos  y  ministros  en  el  confesonario  y  en  el  pulpi- 
to, siquiera  no  tuviesen  á  su  cargo  la  administración 
espiritual ,  como  ya  es  visto.  La  cofradía  del  Santísimo 
Rosario,  que  se  fundó  y  radica  todavía  en  la  iglesia  de 
San  Telmo,  se  propagó  maravillosamente  entre  los  ha- 
bitantes de  aquel  puerto,  y  se  ha  conservado  siempre 
con  fervor,  celebrándose  al  efecto  su  fiesta  aniversaria 


—  730  — 
con  toda  la  solemnidad  que  permiten  sus  recursos. 
También  es  notable  el  culto  y  la  devoción  especialísi- 
ma  con  que  se  honra  á  San  Vicente  en  aquel  templo. 
Dado  el  concurso  extraordinario  de  navegantes  y  de 
buques  procedentes  de  todas  las  partes  de  la  tierra,  y 
dado  también,  como  es  sabido,  que  San  Pedro  Telmo 
es  el  patrón  de  todos  los  marineros,  dicho  se  está  que 
su  iglesia  es  una  especie  de  santuario  para  todo  mari- 
nero que  ha  invocado  á  su  patrón  en  medio  de  las 
tormentas.  Esta  casa  vicarial  tiene  voto  en  los  Capí- 
tulos. 

144.  Por  este  tiempo  hubo  de  sentirse  un  terremo- 
to, cuya  trepidación  extraordinaria  se  notó  en  toda  la 
zona  que  se  extiende  desde  Cagayan  hasta  Manila. 
Ninguno  de  los  historiadores  antiguos  de  las  islas  hace 
mención  de  este  fenómeno,  á  excepción  del  limo,  se- 
ñor D.  Fr.  Diego  Aduarte.  Empero,  los  detalles  es- 
pantosos de  su  terrible  relación,  y  la  circunstancia  muy 
notable  de  ser  autor  contemporáneo  el  narrador,  dejan 
fuera  de  duda  la  verdad  de  tan  aciago  suceso.  Dice  así 
el  ilustre  autor  :  « A  últimos  de  Noviembre  de  1 6 1 9, 
dia  de  San  Andrés,  hubo  en  estas  islas,  desde  Manila 
hasta  lo  último  de  la  provincia  de  Nueva  Segovia,  que 
son  como  200  leguas,  ó  algo  menos,  un  terrible  temblor 
de  tierra,  que  nunca  se  habia  visto  semejante;  hizo  mu- 
cha impresión  y  daño  en  toda  esta  tierra.  En  la  provin- 
cia de  llocos  enterró  palmares  por  doquier,  dejando  solo 
los  cogollos  defuera;  dándose  los  unos  montes  contra 
otros  con  la  gran  furia  del  temblor,  derribando  muchos 
edificios  y  matando  gentes;  pero  su  mayor  furia  fué  en 
la  Nueva  Segovia,  donde  abrió  los  montes  y  descubrió 


—  731  — 
nuevas  bocas  de  agua.  Escupía  la  tierra  grandes  golpes 
de  arena,  y  temblaba  de  suerte,  que  no  pudiéndose  la 
gente  tener  en  pié,  se  sentaban  los  hombres  en  el  sue- 
lo, y  se  mareaban  en  tierra  como  si  estuviesen  en  la  mar 
atormentada.  En  los  altos  de  los  indios  llamados  Man- 
dayas  se  cayó  un  monte,  cogiendo  un  pueblo  debajo, 
lo  arruinó  y  mató  la  gente  que  en  él  halló.  Una  gran 
parte  de  la  tierra  junto  al  rio  se  hundió,  y  siendo  en- 
tonces montecillos,  y  lo  más  de  ella  alta,  está  ahora 
casi  igual  con  la  margen  del  agua.  En  la  madre  del 
rio  era  tan  grande  el  movimiento ,  que  levantaba  cres- 
pas ondas  como  si  fuera  en  el  mar,  ó  como  si  sus  aguas 
estuviesen  azotadas  por  un  furioso  viento.  Los  edificios 
de  piedra  sintieron  mayor  daño:  la  iglesia  y  convento 
de  la  ciudad  de  Nueva  Segovia  se  vino  todo  abajo,  fal- 
tando por  partes  los  mismos  cimientos  por  haberse 
hundido  la  tierra.  Y  no  fué  poco  consuelo  el  poder 
hallar  el  Santísimo  Sacramento  en  tan  lastimosa  ruina, 
sin  que  se  quebrase  ni  padeciese  detrimento  alguno 
ninguna  de  las  formas  consagradas.  Habia  nueve  reli- 
giosos entonces  en  el  convento  de  Nueva  Segovia,  de 
los  cuales  tres  se  hallaban  fuera  de  casa,  y  los  demás 
escaparon,  no  sin  particular  providencia  divina.  El  pa- 
dre Fr.  Ambrosio  de  la  Madre  de  Dios,  que  era  el 
vicario,  se  quedó  en  el  hueco  de  una  ventana,  habién- 
dose caido  todo  lo  que  al  rededor  estaba.  Personas  hubo 
que  atestiguaban  haber  visto  por  encima  de  la€  paredes 
de  la  casa  venir  una  matrona  con  el  traje  y  manto  que 
suele  tener  Nuestra  Señora;  y  no  fuera  nuevo  el  venir 
tan  soberana  Princesa  á  favorecer  á  sus  hijos  en  un  apu- 
ro tan  grande;  pero,  con  la  mucha  turbación  y  descuido 


—  73^  — 
que  ordinariamente  se  tiene  de  la  religión  en  estos  ca- 
sos, se  dejó  de  averiguar  esta  verdad.»  (Lib.  ii,  capí- 
tulo XV.)  No  debe  confundirse  este  terremoto  con  el 
que  sucedió  en  el  mismo  dia  el  año  de  1644,  porque 
en  éste  el  Sr.  Aduarte  ya  no  existia,  habiendo  fallecido, 
como  es  cierto,  por  los  años  de  1637. 

145.  Poco  antes  de  haber  acontecido  el  terremoto 
referido,  perdió  la  Provincia  en  el  mismo  Cagayan  un 
religioso  venerable ,  cuya  falta  fué  de  todos  muy  senti- 
da. Era  el  P.  Fr.  Juan  Leiva,  natural  de  Greñon,  en 
la  Rioja,  é  hijo  del  convento  de  Ntra.  Sra.  de  Atocha. 
Desde  sus  primeros  años  perdió  á  su  madre  querida, 
pero  halló,  por  su  ventura,  en  la  que  lo  es  de  todos,  el 
consuelo  y  la  protección  de  su  débil  existencia.  Era, 
en  efecto,  muy  devoto  de  la  Virgen  y  su  hijo  predi- 
lecto. Recomendado,  en  su  orfandad,  4  una  persona 
muy  honrada,  que  lo  llevó  consigo  á  Valencia  del  Cid, 
vióse  otra  vez  desamparado  de  los  hombres  por  falle- 
cimiento de  su  querido  protector.  Entonces,  que  ya 
tendria  unos  doce  años  de  edad,  se  trasladó  el  pobre 
niño  á  la  villa  de  Madrid,  y  en  el  viaje  que  hizo  á  pié 
experimentó  sensiblemente  el  amparo  de  María.  En  la 
iglesia  de  Atocha  le  rindió  humildemente  sus  obse- 
quios; le  mostró  su  tierno  agradecimiento  con  toda  la 
efusión  de  su  alma  pura,  y  la  Virgen  le  proveyó  de  un 
nuevo  y  generoso  protector,  que  le  dio  una  educación 
cristiana,  y  le  facilitó  los  medios  para  instruirse  en  los 
primeros  rudimentos  de  las  ciencias.  Después  tomó  el 
santo  hábito  en  el  mismo  convento  de  Ntra.  Sra.  de 
Atocha,  á  cuya  sagrada  imagen  profesó  toda  su  vida 
la  más  tierna  devoción.  Deseoso  después  de  empicarse 


—  733  — 
en  la  conversión  de  los  infieles,  resolvió  para  el  efecto 
pasar  á  Filipinas,  como  lo  verificó  en  realidad  por  los 
años  de  1608.  Destinado  por  la  obediencia  al  ministe- 
rio de  Binondo,  empezó  a  dedicarse  con  ahinco  al  es- 
tudio del  idioma  de  los^chinos.  Mas  por  el  movimiento 
del  personal  religioso,  tan  fi-ecuente  en  la  Provincia,  su 
presencia  se  hizo  luego  más  necesaria  en  Cagayan,  en 
donde  habia  mucha  mies  y  muy  pocos  operarios.  Allí 
aprendió  con  admirable  perfección  el  Ibanag;  y  desde 
luego  reveló  las  disposiciones  más  brillantes  para  do- 
minar con  el  poder  de  la  palabra  aquella  raza  bravia, 
y  afirmar  á  los  neófitos  en  la  doctrina  recibida.  Era 
en  todo  muy  pulcro  y  aseado,  y  muy  particularmente 
en  la  casa  del  Señor.  Él  cuidaba  por  sí  mismo  de  la 
lámpara  sagrada,  que  ardia  continuamente  ante  las  aras 
de  Dios.  En  la  oración  era  continuo,  muy  parco  en  la 
comida,  y  á  todos  atraia  con  el  suave  olor  de  santidad 
que  exhalaba  por  doquier  el  purísimo  vergel   de  sus 
virtudes.  En  Iguig  salvó  de  la  muerte  á  un  indio  con 
el  extraordinario  poder  de  su  oración.  Asistía  á  los  en- 
fermos con  mucha  caridad  en  todas  partes,  y  parecia 
multiplicarse  su  existencia  para  estar  siempre  presente, 
como  los  genios  benéficos,  á  todos  los  que  yacian  en  la 
miseria  y  el  dolor.  Solícito  á  la  vez  que  de  las  almas, 
de  las  necesidades  y  sufrimientos  de  los  cuerpos,  era  el 
médico  y  el  padre  de  aquellos  pueblos  incultos.  Col- 
mada ya  la  medida  de  sus  venturosos  dias,  murió  al  fin 
en  el  Señor,  después  de  recibidos  con  fervor  los  úl- 
timos sacramentos  de  la  vida.  Falleció  en  Tuguegarao, 
y  en  las  actas   del   Capítulo  provincial  por  los  años 
de   1 62 1    se  hizo  de  este  venerable  religioso  la  me- 


—  734  — 
moria  postuma  que  sigue :  « En  la  casa  de  Tugue- 
garao,  provincia  de  la  Nueva  Segovia,  murió  el  pa- 
dre Fr.  Juan  Leiva,  sacerdote  y  padre  antiguo,  vicario 
de  aquella  casa,  varón  verdaderamente  pío  y  devoto, 
muy  sediento  de  la  salud  espiritual  de  los  indios,  y  muy 
aplicado  al  provecho  temporal  y  espiritual  de  ellos.» 

Otros  dos  varones  eminentes  perdió  por  este  mismo 
tiempo  la  Provincia,  cuyo  nombre  debe  ocupar  justa- 
mente un  lugar  muy  distinguido  en  los  antiguos  ana- 
les de  nuestra  Corporación.  El  uno  de  ellos  falleció  en 
el  hospicio  de  San  Jacinto  (Méjico),  y  el  otro  en  el 
mar  Océano,  cuando  iba  á  sustituirle.  Era  el  primero 
el  P.  Fr.  Atanasio  de  Moya,  pariente  muy  cercano 
de  Santo  Tomas  de  Villanueva.  Recibió  el  santo  há- 
bito en  el  convento  de  Segovia,  en  donde  hizo  progre- 
sos admirables  en  la  vida  religiosa.  En  la  horrorosa  epi- 
demia que  despoblaba  esta  ciudad  por  los  años  de  iJ^g 
brilló  cual  hermoso  astro  el  P.  Moya,  por  el  fuego 
inextinguible  de  su  caridad  ardiente;  asistiendo  perso- 
nalmente á  los  enfermos  con  otros  religiosos  de  la  Or- 
den, constituidos  como  él  en  la  mansión  del  dolor,  y 
sin  querer  abandonar  el  hospital  mientras  hubo  un 
sólo  enfermo  que  asistir.  Esta  misma  caridad  le  inspiró 
el  gran  pensamiento  de  afiliarse  á  esta  Provincia  para 
poderse  dedicar  á  la  conversión  de  los  infieles,  como  lo 
verificó  efectivamente  en  la  misión  organizada  el  año 
de  1 6o I.  Era  tan  observante  de  las  leyes  de  la  Orden, 
y  tan  penitente  fué  su  vida,  que  hizo  á  pié  todo  el  ca- 
mino desde  la  ciudad  de  Méjico  hasta  el  puerto  de 
Acapulco,  cuando  aun  los  jinetes  se  fatigan  en  aquel 
largo  trayecto.  Llegado  que  hubo  á  Manila,  fué  desti- 


—  735  — 
nado  al  poco  tiempo  a  la  provincia  de  Bataan ,  en  don- 
de trabajó  con  mucho  celo  en  la  evangelizacion  de 
aquellas  gentes.  Después  de  haber  desempeñado  algu- 
nos años  felizmente  aquella  antigua  misión ,  fué  trasla- 
dada al  hospicio  de  San  Jacinto  de  Méjico,  donde  pu- 
diera decirse  que  habia  resucitado  en  su  persona  el  fer- 
vor primitivo  de  la  Orden.  Vivia  en  la  austeridad  y 
en  la  pobreza;  tenía  las  horas  de  oración  que  prescri- 
ben las  ordenaciones  primordiales;  rezaba  en  el  coro 
diariamente  todo  el  oficio  divino;  se  levantaba  á  me- 
dia noche  para  los  maitines  de  costumbre ,  según  la  ley 
de  la  Provincia,  y  practicaba,  finalmente,  las  macera- 
ciones  y  asperezas  que  pudieran  envidiar  los  más  rígi- 
dos anacoretas  del  desierto.  Con  su  presencia  venerable 
infundia  el  mayor  respeto  á  cuantos  cultivaban  su  amis- 
tad, y  era  el  dechado  perfecto  de  todos  los  religiosos 
de  la  Orden  que  pasaban  de  España  á  esta  Provincia, 
á  quienes  con  su  palabra  y  con  su  ejemplo  enseñaba  á 
todas  horas  lo  que  debian  de  ser  y  practicar  en  las  islas 
Filipinas.  Llegó,  por  fin,  para  él  la  hora  postrimera  de 
su  vida,  en  que  Dios  tenía  determinado  abrirle  las  puer- 
tas de  su  reino,  para  ceñir  á  sus  sienes  la  corona  de  los 
santos.  Sufrió  muy  paciente  y  resignado  las  postrime- 
ras dolencias  de  su  vida;  recibió  con  devoción  y  con 
ternura  los  Santos  Sacramentos,  y  pasó  á  vivir  con  Je- 
sucristo en  las  moradas  eternas  de  la  celestial  Jerusalen, 
Parece  que  el  Señor  le  reveló  la  hora  postrera  de  su 
vida;  pues,  habiendo  preguntado  al  enfermero,  en  la  úl- 
tima noche  de  sus  dias,  qué  horapodria  ser  á  la  sazón, 
y  habiéndosele  contestado  que  las  diez,  exclamó  pres- 
tamente en  estos  términos:  «Válgame  Dios,  dijo,  que 


-736- 
aun  me  faltan  dos  horas  de  vida!»  Daban,  efectiva- 
mente, las  doce  de  aquella  noche  cuando  espiró   dul- 
cemente en  el  seno  amoroso  del  Señor. 

Luego  qne  se  supo  en  Manila  la  noticia  de  su  falle- 
cimiento, harto  sentido,  fué  nombrado  inmediatamente 
el  P.  Fr.  Juan  Anaya  para  sucederle  en  aquel  cargo. 
Mas  el  Señor,  que  se  habia  dignado  conducir  á  este 
siervo  muy  amado  por  la  senda  dolorosa  de  la  cruz, 
cortó  repentinamente  el  hilo  precioso  de  sus  dias  antes 
de  llegar  á  su  destino.  Era  natural  de  Aragón  é  hijo  del 
convento  de  Calatayud.  Desde  los  primeros  años  de  su 
vida  religiosa  puso  el  mayor  cuidado  en  cultivar  su  in- 
teligencia con  el  estudio  de  las  letras,  y  su  hermoso 
corazón  con  el  ejercicio  general  de  las  virtudes.  Nada 
prueba  mejor  el  mérito  extraordinario  de  sus  prendas, 
que  el  haber  sido  nombrado,  siendo  muy  joven  aún, 
maestro  y  director  de  los  novicios,  desplegando  en  el 
desempeño  de  este  cargo  las  más  elevadas  dotes  de  san- 
tidad y  de  prudencia.  Profesaba  una  devoción  muy 
tierna  á  la  Reina  de  las  vírgenes,  bajo  la  piadosa  advo- 
cación de  su  Santísimo  Rosario.  Por  medio  de  esta  ple- 
garia libró  de  la  esclavitud  en  que  yacia  á  una  mujer 
desgraciada,  que  posesa  y  agitada  por  el  espíritu  del 
mal,  proferia  sin  querer  mil  blasfemias  horrorosas,  con 
espanto  universal  de  cuantos  estaban  al  alcance  de  sus 
terribles  acentos.  Por  fin ,  Dios  le  llamó  de  lo  alto  para 
llevar  su  santo  nombre  á  la  muchedumbre  y  á  la  for- 
taleza de  las  gentes,  y  al  efecto  hubo  de  incorporar- 
se á  la  misión  que  llegó  á  esta  provincia  por  los  años 
de  1604. 

En  Guadalupe  tuvo  la  desgracia  de  ser  uno  de  los 


—  737  — 
que  fueron  acometidos  por  los  bárbaros,  según  queda 
referido  en  su  lugar;  mas  el  Seiior  se  dignó  librarlo  de 
sus  manos  de  un  modo  maravilloso.  Atacado  de  impro- 
viso, no  tuvo  más  arbitrio  para  salvar  su  existencia,  que 
meterse  más  adentro;  pero  la  resaca  era  tal,  que  por 
tres  veces  lo  puso  en  evidente  riesgo  de  ahogarse.  En 
una  de  estas  ocasiones  vio  cerca  de  sí  á  un  bárbaro  que 
cortaba  la  cabeza  á  una  mujer;  y  al  observar  que  el  sal- 
vaje se  preparaba  después  para  hacer  lo  mismo  con  la 
suya,  sumergió  en  el  mar  todo  su  cuerpo,  dejando  tan 
sólo  á  descubierto  su  cabeza  para  poder  respirar  fuera 
del  agua.  El  bárbaro,  sin  embargo,  le  disparó  con  gran 
fuerza  un  flechazo,  que  le  pasó  un  brazo  parte  á  parte. 
En  aquel  grave  conflicto  invocó  de  todo  corazón  á  Dios, 
y  luego  vio  á  dos  hombres  muy  robustos  tirando  pie- 
dras á  los  bárbaros,  y  acometiéndolos,  espada  en  mano, 
por  la  playa.  Merced  á  este  auxilio  extraordinario,  que- 
dó el  campo  libre  de  enemigos;  pero  él  no  vio  desde 
entonces  á  sus  libertadores  generosos,  y  dio  gracias  al 
Señor,  que  tan  visiblemente  lo  habia  librado  de  la  muer- 
te. Anduvo,  sin  embargo  más  tiempo  por  el  agua,  y  la 
resaca  lo  arrebató  mar  adentro  con  violencia  tan  irre- 
sistible y  poderosa,  que  ya  se  daba  por  perdido.  Enton- 
ces invocó  de  nuevo  á  Dios,  y  ve  de  repente  á  un  hom- 
bre que  se  coloca  á  su  lado  con  el  pecho  atravesado  de 
una  flecha,  el  cual,  asiéndolo  fuertemente  de  una  mano, 
le  dirigió  estas  palabras :  «Démonos  prisa,  P.  Fr.  Juan; 
no  sea  que  vuelvan  los  bárbaros.»  Y  mientras  este  buen 
padre  se  arreglaba  su  vestido  para  poder  andar  con  más 
agilidad,  desapareció  también  aquel  genio  tutelar,  sin 
verlo  después  en  parte  alguna.  Este  hecho  extraordi- 

TOMO    1.  47 


-  73^  — 
nario  acabó  de  confirmarle  en  la  verdad  de  que  Dios 
habia  velado  por  su  vida  en  tan  apurada  situación.  Por 
fin  llegó  á  los  navios,  dio  gracias  á  Dios,  como  era  jus- 
to, por  una  merced  tan  grande,  y  lloró  con  los  demás 
el  horrible  destrozo  que  los  bárbaros  habian  hecho  en 
sus  hermanos  y  compaíieros  de  viaje. 

Poco  después  de  haber  llegado  á  Manila  fué  destina- 
do á  Cagayan,  cuya  provincia  estaba  todavía  á  la  sazón 
muy  poblada  de  infieles;  vasta  y  hermosa  viña  aun  in- 
culta del  gran  padre  de  familias,  donde  podia  desple- 
gar las  anchas  alas  de  su  caridad  y  de  su  celo.  Más  el 
Seííor,  quizás  para  probar  por  este  medio  los  muy  su- 
bidos quilates  de  su  heroica  paciencia,  le  envió  una  en- 
fermedad muy  peligrosa,  que  por  espacio  de  un  ario  lo 
inhabilitó  para  el  trabajo  en  aquel  laboratorio  de  la  re- 
ligión y  del  Evangelio.  Su  enfermedad  iba  progresando 
con  el  tiempo,  sin  dar  seríales  de  cortarse,  hasta  que  otro 
religioso  muy  devoto  le  aconsejó,  por  su  dicha,  que  se 
pusiese  enteramente  en  las  manos  de  la  Virgen.  En  efec- 
to, el  dia  de  su  Visitación,  con  el  permiso  competente 
del  Prelado,  le  hizo  un  voto  religioso,  formulado  en  los 
términos  siguientes:  "Yo,  Fr.  Juan  Anaya,  puesto  en 
esta  larga  enfermedad,  considerándome  muy  impedido 
para  el  ministerio  á  que  de  Espaíia  vine,  humilde  y  de- 
voto cuanto  puedo,  hago  voto  desde  ahora  y  prometo 
á  la  Santísima  Virgen  María,  mi  Seííora,  que  adminis- 
traré á  los  indios  en  este  ministerio,  estando  y  asistien- 
do en  él  á  voluntad  de  mis  prelados,  en  reverencia  y 
honor  de  esta  Santísima  Virgen,  mi  Seríora,  por  siete 
arios  continuos,  desde  el  dia  de  su  Visitación,  contados 
á  2  de  Julio  de  1605 ,  si  se  digna  de  alcanzarme  de  su 


—  739  — 
Santísimo  Hijo,  nuestro  Señor  Jesucristo,  la  compe- 
tente salud,  con  que  pueda  practicar  lo  que  es  necesa- 
rio para  el  ministerio;  y  alcanzado,  ejercitarlo.))  Sus  vo- 
tos fueron  oidos,  en  efecto,  ante  el  trono  poderoso  de 
xMaría;  pues  al  mes  de  aquella  fecha  ya  estaba  sano  y 
robusto,  y  empezó  á  trabajar  en  las  misiones,  confor- 
me á  sus  ofrecimientos  y  deseos.  Y  para  que  no  llega- 
se á  dudar  en  ningún  tiempo  que  su  salud  era  obra  de 
la  Virgen,  á  los  siete  años  de  su  voto  se  sintió  de  nue- 
vo enfermo  con  síntomas  alarmantes  y  señales  precur- 
soras de  una  muerte  prematura.  Entonces  repitió  á  la 
Virgen  su  voto  primitivo  por  solos  cuatro  años  más,  y 
volvió  á  recuperar  la  salud  que  habia  perdido,  traba- 
jando sin  descanso  en  la  cristianización  de  aquellos 
pueblos. 

Era  tal  el  valimiento  que  este  venerable  misionero  te- 
nía con  María  Santísima  en  el  cielo  y  en  la  tierra,  que 
en  una  ocasión  aciaga  apagó  con  su  rosario  un  incendio 
pavoroso.  Hallábase  de  Vicario  en  Abuatan,  antiguo 
pueblo  de  la  Irraya,  cuando  á  la  una  de  la  noche,  es- 
tando orando  en  el  coro  con  otros  religiosos  de  la  Or- 
den, prendió  fuego  en  una  casa  de  las  principales  que 
cercaban  la  residencia  vicarial.  Advertido  el  pueblo  del 
peligro,  se  alborotó  en  gran  manera;  pero  sin  poder  re- 
mediar aquel  siniestro,  que  se  extendía  amenazador  por 
todas  partes.  Al  observar  el  P.  A  naya  que,  según  la  di- 
rección y  la  violencia  aterradora  de  los  vientos,  todo  el 
pueblo  corria  peligro  de  ser  pasto  de  las  llamas,  poseí- 
do de  una  fe  robusta  como  su  amor  y  su  confianza  en 
la  Virgen,  se  puso  de  rodillas  á  rezar  devotamente  su 
rosario  en  frente  de  aquel  incendio  formidable.  jCosa 


—  740  — 
prodigiosa!  Al  segundo  padre  nuestro  el  viento  cambió 
de  dirección  completamente  y  el  fuego  se  volvió  de  la 
otra  parte.  Mas  entonces  se  dirigia  hacia  los  graneros; 
y  al  observar  este  cambio  el  devoto  religioso,  levantó 
en  alto  su  rosario,  como  imperando  con  él  á  todos  los 
elementos,  y  calmó  el  viento  de  improviso,  sin  que  el 
fuego  devorante  avanzase  un  paso  más  en  su  carrera. 
Con  esta  maravilla  tan  visible  la  devoción  del  Rosario 
se  arraigó  profundamente  en  el  corazón  de  aquellos 
pueblos,  y  la  fama  se  encargó  de  hacer  resonar  en  to- 
das partes  el  nombre  y  la  santidad  del  P.  Anaya. 

Sin  embargo  de  que  era  un  dechado  en  todas  las  vir- 
tudes, sobresalió  particularmente  en  la  oración,  que  le 
ocupaba  muchas  horas,  y  parecía  ser  en  cierto  modo 
el  continuo  pensamiento  de  su  vida.  Habido  conoci- 
miento de  la  muerte  del  P.  Moya  en  San  Jacinto  de 
Méjico,  fué  nombrado  para  sucederle  en  el  cargo  de 
Vicario  de  aquel  establecimiento;  mas  la  navegación  ha- 
bla sumado  el  número  precioso  de  sus  dias,  y  después 
de  una  breve  enfermedad,  en  la  que  se  confesó  gene- 
ralmente, murió  la  muerte  del  justo  el  dia  de  San  Juan 
Bautista.  Los  pasajeros  que  hablan  tenido  ocasión  de 
experimentar  su  santidad,  no  dudaban  atribuirle  la  sal- 
vación y  la  vida,  en  las  grandes  tempestades  que  sefía- 
laron  aquel  viaje.  El  capitán  de  la  nave  quiso  interro- 
garle en  los  últimos  momentos  de  su  vida,  si  termina- 
rían por  fin  aquella  navegación  tan  azarosa,  y  á  una  se- 
ñal afirmativa  que  pudo  hacer  con  la  cabeza,  quedó 
aquél  tranquilizado.  Espiró  aquel  santo  religioso  á  las 
nueve  de  la  noche,  y  su  cuerpo  venerando,  lejos  de  cau- 
sar horror,  infundía  amor  y  respeto  á  todos  los  circuns- 


—  741  — 
tantes.  Toda  la  pobreza  de  sus  ropas  y  prendas  de  su 
vestido  fueron  repartidas  desde  luego  entre  los  pasaje- 
ros del  bajel  como  reliquias  de  un  santo.  A  los  pocos 
dias  de  su  fallecimiento  calmó  el  recio  temporal  que 
estaban  atravesando,  y  tuvieron  á  la  postre  vientos  más 
propicios  en  su  viaje.  Al  observar  esta  bonanza,  todos 
decian  á  una  voz:  «El  P.  Fr.  Juan  se  ha  visto  con  Dios, 
y  nos  envia  viento  favorable.»  Y  llegaron  en  efecto  al 
deseado  fin  de  su  jornada,  sin  más  novedad  ni  contra- 
tiempo, según  les  habia  asegurado  el  P.  Anaya. 

Las  actas  del  Capítulo  provincial  de  1621,  hicieron 
memoria  de  este  venerable  misionero  en  los  términos 
siguientes:  «El  P.  Fr.  Juan  Anaya,  sacerdote  y  padre 
antiguo,  murió  en  la  mar,  viajando  para  la  casa  de  San 
Jacinto  de  Méjico,  de  la  cual  era  Vicario.  Mucho  an- 
tes habia  empezado  á  derramar  su  sangre  por  Jesucris- 
to, traspasado  con  saetas  por  los  bárbaros  de  la  isla  de 
Guadalupe,  mientras  venía  á  esta  Provincia,  en  donde, 
con  muchos  progresos  de  religión  y  de  virtud,  amado 
de  Dios  y  de  los  hombres,  mereció  el  nombre  de  san- 
to en  su  muerte,  tanto  de  los  religiosos  de  nuestra  y 
demás  órdenes,  como  de  los  seglares  que  en  la  misma 
nave  viajaban;  y  venerado  de  todos  como  tal,  se  distri- 
buyeron entre  sí  con  mucho  afecto  sus  vestidos,  disci- 
plinas y  otras  cosas,  para  conservar  de  esta  suerte  la  me- 
moria de  su  santidad.»  La  Historia  le  llama  Naya;  pero 
varios  documentos  antiguos  le  apellidan  TVnaya. 

FIN  DRL  TOMO  PRIMERO. 


índice 


DE  LAS  MATERIAS  CONTENIDAS  EN  ESTE  TOMO  PRIMERO. 


Páginas. 

Dedicatoria  á  la  gloriosa  Virgen-Madre,  reina  del  Santísimo  Rosario.       vii 

Al  lector IX 

Protesta   del  Autor xi 


NOTICIAS  PRELIMINARES 

X    LA    HISTORIA    DE    LA     PROVINXIA    DEL    SANTÍSIMO    ROSARIO    DE    FILIPINAS. 

Sección  primera. — Geografía  y  estado  de  las  Islas  Filipinas. —  Situa- 
ción.—  Clima. —  Montes  y  Llanuras. —  Rios  y  lagos. — Aguas  ter- 
males.— Volcanes. —  Minerales. — Vegetales. —  Reino  animal. —  Po- 
blación.—  Razas. —  Estadística. —  Parte  política  y  administrati\'a. — 
Parte  eclesiástica 

Sección  segunda. —  Idea  general  histórica. —  Primera  época  hasta  la 
toma  de  Manila  por  Legaspi. —  Magallanes. —  Su  empresa. —  Descu- 
brimiento del  estrecho  que  lleva  su  nombre. — Visicitudcs  de  su  na- 
vegación.— Descubrimiento  de  estas  islas. —  Llegada  de  Magallanes 
á  Cebú. —  Su  muerte. —  Serrano  es  nombrado  en  su  lugar  jefe  de  la 
expedición. — Su  muerte  alevosa  con  otro.-,  compaíícros. — Le  sucede 
en  el  mando  Juan  Carballo. — Su  tratado  con  Almanzor  en  la  isla  de 
Tidorc. —  Regreso  á  España  de  la  fragata  Victoria  al  mando  de 
D.  Sebastian  Elcano. —  Nueva  expedición  á  las  Molucas  bajo  la 
conducta  del  general  Loavsa. — Otra  expedición  á  las  Molucas,  or- 
ganizada en  Acapulco,  al  mando  de  D.  Alvaro  Saavedra. —  Muerte 
de  Saavedra. — Tratado  de  paz  con  los  portugueses,  y  nueva  línea 
divisoria  de  sus  posesiones. — Varias  otras  expediciones  al  mar  del 
Sur. —  Nueva  expedición  á  las  islas  Filipinas  al  mando  de  Villalo- 
bos,—  Muerte  de  este  jefe. — Nueva  expedición  á  estas  islas  al  man- 
do del  general  Legaspi,  por  orden  de  Felipe  II. — Urdaneta. —  Nue- 
va posesión  de  las  islas  Filipinas  por  el  adelantado  Legaspi. —  Sus 


--  744  — 

Páginas. 

primeras  operaciones  y  tratados  en  las  islas  Visayas. —  Se  establece 
después  en  Cebú  como  centro  y  base  de  sus  operaciones. —  Regreso 
á  Nueva  Espaiía  y  á  la  corte  del  P.  Urdaneta. —  Su  vuelta  á  Nueva 
España  y  su  muerte. — Llegada  á  Cebú  del  navio  San  Jerónimo,  pro- 
cedente de  Méjico. — Horrores  y  desgracias  de  su  viaje. —  Nuevos 
proyectos  de  hostilidad  por  parte  de  los  portugueses. —  El  goberna- 
dor portugués  de  las  Molucas  se  presenta  en  Cebú  con  una  escuadra, 
disputando  á  Legaspi  sus  derechos  sobre  las  islas  Visayas. —  Es  re- 
chazado en  el  terreno  de  las  negociaciones  y  de  las  armas. —  La  es- 
casez de  víveres  obliga  á  Legaspi  á  trasladar  el  campo  á  la  isla  de 
Panay,  al  mando  de  Salcedo. —  Ovación  de  Legaspi  en  la  isla  de 
Panay. —  Libra  sus  costas  de  piratas. —  Expediciones  con  este  obje- 
to.—  Primera  expedición  á  Manila  al  mando  de  D.  Martin  Goiti. — 
Sus  tratados  con  el  régulo  llamado  Raja  Matanda. — Alevosía  y  hos- 
tilidades de  Solimán  su  sobrino. —  Su  derrota  y  escarmiento  por  los 
espaííoles. — Regreso  de  Goiti  á  la  isla  de  Panay. — Fundación  de  la 
villa  de  Cebú  por  Legaspi  bajo  la  denominación  del  Santísimo  Nom- 
bre de  Jesús 67 

Sección  tercera. —  Segunda  época  desde  la  toma  de  Manila  por  Le- 
gaspi hasta  la  fundación  de  la  provincia  del  Santísimo  Rosario  en 
1587. — Legaspi  se  posesiona  de  esta  capital. — Un  moro  desafia  á  los 
españoles  y  muere  en  Bancusay. — Fundación  de  la  ciudad  de  Mani- 
la.—  Muerte  de  Raja-Matanda. —  Sujeción  de  Taytay  y  Cainta. — 
Sujeción  de  la  Laguna  y  viaje  de  Salcedo  á  Paracale. —  Sujeción  de 
Betis  y  Lubao, —  Se  sublevan  algunos  pueblos  de  Visayas,  vejados 
por  los  encomenderos. —  Expedición  de  Salcedo  á  Cagayan,  y  su 
vuelta  por  la  contra-costa. —  Muere  Legaspi  v  le  sucede  Lavezares. 
—  Expedición  de  Goiti  á  Pangasinan  é  llocos,  y  pacificación  del  rio 
del  Vicol. — Viaje  de  Salcedo  á  Vigan,  y  llegada  del  corsario  Li- 
ma-hon. —  Manila  es  atacada  por  Sioco,  su  general. —  Es  atacada  con 
todo  su  ejército,  y  huye  su  escuadra  de  la  bahía. —  Sublevación  del 
Raja  Solimán  y  Lacandola. —  Expedición  mandada  por  Salcedo  con- 
tra Li-ma-hon. —  Sitio  del  corsario  y  su  fuga. —  Llega  á  Manila  el 
gobernador  Sande,  y  muere  Salcedo. —  Pacificación  de  algunos  pue- 
blos de  Camarines. —  Expedición  á  Borneo. —  Sujeción  de  Minda- 
nao  y  utilidad  de  los  PP.  misioneros. —  Llegan  á  Manila  los  padres 
Franciscanos. —  El  Arzobispo  de  Méjico  nombra  sus  delegados  á  las 
islas  Filipinas. —  Llega  á  las  islas  el  gobernador  Ronquillo.^  El  pri- 
mer Obispo  de  Filipinas. —  Hecho  escandaloso  de  un  encomende- 
ro.—  Pacificación  de  Cagayan. —  Expedición  desgraciada  á  la  isla  de 
Témate  y  muerte  de  Ronquillo. —  Le  sucede  su  sobrino. —  Gobier- 
no de  Vera - 13^ 

PLAN  GENERAL  DE  LA  HISTORIA  DE  LA  PROVINCIA  DEL  SANTÍSIMO  ROSA- 
RIO  DE    FILIPINAS 203 


—  745  — 

HISTORIA  DE  LA   PROVINCIA 

DEL   SANTÍSIMO    ROSARIO   DE  FILIPINAS. 

LIBRO  PRIMERO. 

Primer  período. —  Comprende  la  fimdaciotí  de  esta  Provincia  v  los  primeros 
trabajos  de  los  misioneros ,  hasta  el  primer  Capitulo  provincial  celebrado 
en  1588. 

Páginas. 

Capítulo  primero. — El  señor  obispo  Salazar  parte,  con  una  misión 
de  religiosos  de  la  Orden,  para  Manila,  y  mueren  casi  rodos  en  el 
viaje. —  El  P.  Fr.  Juan  Crisóstomo  es  enviado  desde  Méjico  á  Ma- 
drid y  Roma,  para  organizar  la  fundación  de  la  Provincia. —  Es  des- 
pachado favorablemente  por  el  general  de  la  Orden  y  por  el  Papa. 

—  Halla  dificultades  en  Madrid  á  su  proyecto. —  Sus  mciivos. — 
Obtiene  finalmente  el  permiso  de  S.  M.  para  embarcar  una  misión. 

—  Su  viaje  hasta  Sanlúcar. —  Contradicciones  que  padecen  los  pri- 
meros fundadores. —  Llegan  á  Veracruz,  y  enferman  en  la  Puebla. 
— Son  tentados  en  Méjico  á  fijar  allí  su  residencia,  y  el  P.  Alonso 
Sánchez  trata  de  impedir  la  prosecución  de  su  viaje. —  El  Virey 
permite  que  se  embarquen  hasta  veinte. —  Ordenaciones  primordia- 
les de  la  Provincia. —  Se  embarcan  tres  de  los  fundadores  para  Ma- 
cao  y  quince  para  Manila. — Viaje  de  los  primeros. — Fundan  un 
convento  en  aquel  puerto  y  son  expelidos  para  Goa. —  Dos  de  ellos 
prosiguen  su  viaje  hasta  Espafia,  y  el  uno  funda  un  colegio  en  aque- 
lla capital. —  Viaje  de  los  quince. —  Padecen  una  tormenta  antes  de 
llegar  á  la  bahía  de  Manila. —  Su  entrada  en  esta  capital. — El  señor 
Obispo  los  hospeda  en  su  palacio. — Primera  fiesta  de  nuestro  Santo 
Rosario 207 

Cap.  II. —  Los  fundadores  de  la  Provincia  se  trasladan  al  convento  de 
N.  P.  San  Francisco,  en  donde  son  tratados  con  mucha  caridad. — 
El  Vicario  general  los  destina  á  las  misiones. —  Fundación  del  con- 
vento de  N.  P.  Santo  Domingo  de  Manila,  y  circunstancias  extra- 
ordinarias que  mediaron  al  efecto. —  Primeras  provincias  donde  se 
han  establecido  nuestros  celosos  misioneros. —  Preocupaciones  supers- 
ticiosas en  la  provincia  de  Bataan. —  Su  desaparición  y  su  remedio. 
— Frutos  de  nuestros  religiosos  en  esta  capital. —  Se  reedifica  la  Igle- 
sia varias  veces. — Limosnas  para  este  objeto. —  Imagen  milagrosa 
de  Nuestra  Señora  del  Rosario. —  Conversión  de  su  escultor, — De- 
voción extraordinaria  de  los  fieles  hacia  ella. —  Milagro  con  que  alar- 
gó la  vida  á  un  devoto. — Prodigios  que  obra  hasta  hoy  por  su  vestido.      232 

Cap.  III. —  Estado  del  partido  de  Bataan. —  Fatigas  de  nuestros  religio- 
sos en  su  reducción. —  Muere  el  P.  Bolaños,  uno  de  ellos. —  Reseña 
de  su  vida. —  Progresos  en  las  nuevas  conversiones. — Acredítase  la 
ley  de  Dios  y  el  Bautismo. —  Reducen  los  PP.  misioneros  las  muchas 

TOMO    I.  48, 


—  74^  — 

Páginas. 

rancherías  del  partido  en  pueblos. —  Mala  disposición  de  los  panga- 
sinanes  para  reducirse  á  la  fe. —  ídolo  llamado  Ana-gaoley. —  Enmu- 
dece el  demonio. — Trabajos  de  nuestros  misioneros. —  Inocencia 
vindicada. —  Empiezan  los  pangasinanes  á  convertirse. — Razón  y 
motivo. —  Caso  prodigioso  de  un  bautismo. — Casipit  y  su  conver- 
sión.—  Cambio  radical  de  esta  provincia  obrado  por  la  religión  y  por 
la  fe. — Resurrección  de  un  difunto. —  Otro  caso  prodigioso. .     .     .     249 


Segundo  período — Comprende  desde  el  primer  Capítulo  provincial  celebrado  en 
1588,  hasta  el  nuevo  y  voluntario  vasallaje ,  prestado  por  los  habitantes  de 
estas  islas  á  la  corona  de  España,  á  últimos  del  siglo  xvi. 

Cap.  IV. —  Llegan  á  Manila  otros  cuatro  reliosos  de  la  Orden. —  Pri- 
mer Capítulo  provincial  en  1588. —  Patronato  de  Santa  María  Mag- 
dalena.— Aceptación  de  las  primeras  casas  de  la  Provincia. —  Mue- 
re el  P.  Fr.  Gregorio  de  Ochoa, —  Primera  visita  del  provincial  fray 
Juan  de  Castro. —  Llegan  otros  religiosos  y  se  da  principio  al  minis- 
terio de  los  chinos. —  Fundación  del  hospital  de  San  Gabriel. — 
ídem  de  la  iglesia  y  convento  de  Binondo. — Viaje  del  padre  provin- 
cial y  Fr.  Miguel  de  Benavidcs  al  imperio  de  China. —  Sus  trabajos 
y  regreso  á  Manila. —  Gobierno  y  visita  del  P.  Fr.  Juan  Cobo. — 
Muerte  del  venerable  P.  Fr.  Juan  Crisóstomo 27 1 

Cap.  V. — Llega  á  Manila  el  gobernador  D.  Gómez  Pérez  Dasmariñas 
y  suprime  la  real  Audiencia  de  las  islas. —  Sus  competencias  con  el 
Obispo. —  Conducta  que  en  ellas  observan  nuestros  religiosos. —  El 
Obispo  se  resuelve  á  presentarse  personalmente  en  la  corte. —  Su 
viaje. — Trata  sus  asuntos  con  el  Rey. — Divididas  las  islas  en  un  ar- 
zobispado y  tres  sufragáneos,  es  nombrado  arzobispo  del  primero  y 
muere  antes  de  recibir  las  bulas. —  Reseña  de  su  vida. —  Celebra  la 
Provincia  su  Capítulo  en  1 592  ,  y  el  P.  Fr.  Alonso  Jiménez  es  elec- 
to provincial. —  Sus  disposiciones  acerca  de  las  vicarías. —  Muerte 
del  P.  Fr.  Juan  Castro  y  reseña  de  su  vida. —  Embajada  del  Empe- 
rador de  Japón  al  gobierno  de  Manila. —  Intrigas  de  Foranda. —  Se 
celebra  en  Manila  una  junta,  y  el  P.  Fr.  Juan  Cobo  es  nombrado 
embajador. —  Su  llegada  á  Japón  y  nuevas  intrigas  de  Foranda. — 
Infieles  relaciones  de  algunos  sujetos  acerca  de  esta  embajada. —  El 
P.  Cobo  desempeña  felizmente  su  comisión,  y  muere  en  su  regreso. 
— Vuelta  de  Foranda  á  Manila 291 

Cap.  VI. —  Dasmariñas  organiza  una  expedición  para  posesionarse  de 
las  Molucas,  y  es  asesinado  por  los  chinos  de  su  galera  en  el  viaje. 
—  Observación  acerca  de  su  muerte. —  Le  sucede  en  el  gobierno  su 
hijo  D.  Luis,  y  envía  al  P.  Fr.  Luis  Gandullo  á  China  para  recu- 
perar lo  que  los  asesinos  de  su  padre  hablan  robado. — Frutos  de  su 
viaje. —  Llegan  á  Manila  algunos  mandarines  chinos. — Junta  inter- 
media de  1594. —  La  administración  espiritual  de  Cagayan  es  entre- 


—  747  — 

Páginas, 
gada  á  la  Provincia. —  Conquista  final  de  Cagayan  por  Carrion. — 
Su  combate  con  unos  corsarios  japones. —  Guiab  y  los  dos  herma- 
nos.—  Sujeción  de  la  provincia. —  Los  PP.  Agustinos  en  la  Nueva 
Segovia. — La  dejan  y  entran  en  su  lugar  los  nuestros. — Primeros  mi- 
sioneros de  la  Orden  que  dan  principio  á  la  predicación  del  santo 
Evangelio  en  sus  pueblos. —  La  sacerdotisa  Fulangan  desaparece  en 
Cabicungan. — Conversión  de  Siriban. —  Primeros  bautismos  en  Lal- 
lo. — Tratan  los  de  Abulug  de  expeler  á  los  PP.  misioneros.  —  Se 
convierten  por  último  á  la  fe. — Tenaz  resistencia  de  los  de  Camalan- 
yugan. — Conversión  de  Siguiran.  —  Prestan  espontánea  obediencia 
al  Rey,  nuestro  seflor,  mediante  las  diligencias  de  nuestros  religiosos. 
—  Relación  del  Sr.  D.  Fr.  Miguel  de  Benavides 318 


Tercer  período. —  Comprende  desde  el  año  1595  ^  expedición  al  reino  de 
Camboja,  hasta  el  capítulo  provincial  celebrado  en  1602,  en  que  se  acuer- 
da la  ida  de  nuestros  primeros  misioneros  á  Japón ,  y  se  da  fin  al  primer 
libro. 

Cap.  Vn. — Llega  una  misión  á  la  provincia  en  1595.  —  Expedición  la 
reino  de  Camboja  de  los  PP.  Fr.  Alonso  Jiménez  y  Fr.  Diego 
Aduarte.  —  Sus  trabajos  en  la  mar.  —  Estado  del  reino.  —  Exploran 
el  ánimo  de  su  gobernador.  —  Su  viaje  á  Churdamuc. — Visita  el  pa- 
dre Aduarte  un  monasterio  de  bonzos. —  Los  chinos  molestan  á  los  es- 
pañoles, y  son  privados  de  sus  champanes. —  El  P.  Jiménez  se  pre- 
senta en  la  corte,  y  averigua  que  el  intruso  trató  de  matarle  con  los 
suyos." — Vuelve  solo  á  Churdamue,  y  el  P.  Aduarte  va  á  consolar  á 
los  españoles  detenidos.  —  Atacan  éstos  de  noche  el  palacio,  para 
librarse  de  las  manos  del  intruso.  —  Se  frustran  sus  intentos.  —  Su 
heroica  retirada.  —  Vadean  un  rio,  á  pesar  de  los  esfuerzos  de  sus 
perseguidores. —  Llegan  felizmente  á  Churdamue. —  Llega  al  mismo 
punto  Gallinato,  jefe  de  la  expedición,  y  salen  para  Cochinchina. 
—  El  rey  del  país  se  declara  contra  los  españoles.  —  Salen  para  Ma- 
nila.—  Nuevos  trabajos  del  P.  Aduarte.  —  Combate  peligroso  con 
unos  piratas.  —  Se  libran  los  españoles  de  sus  manos  y  llegan  á  Ma- 
laca  348 

Cap.  VIIL — Elección  de  provincial  en  la  persona  del  P.  Fr.  Ber- 
nardo de  Santa  Catalina  en  1596,  y  se  admiten  algunas  administra- 
ciones.—  Misión  del  P.  Ledesma. —  El  Sr.  de  Benavides,  obispo  de 
la  Nueva  Segovia,  procura  reunir  otra  misión,  y  llega  con  ella  á  Ma- 
nila.— Junta  intermedia  de  1598. —  Se  admiten  muchos  pueblos  y 
se  resuelven  casos  importantes. —  Segunda  embajada  del  Rey  de 
Camboja  al  gobierno  de  Manila. —  Expedición  desgraciada  á  este 
reino,  organizada  por  D.  Luis  Pérez  Dasmariñas. —  El  P.  Aduarte 
naufraga  en  Babuyanes,  va  á  Cagayan  y  regresa  á  Manila. — Traba- 
jos de  Dasmariñas  en  Lampacao,  en  donde  habia  naufragado. — El  pa- 
dre Aduarte  hace  un  viaje  para  librarlo  con  su  gente. — Sus  trabajos 


—  748  — 

Página». 

en  Cantón. — Sale  Dasmariñas  para  Manila,  y  el  P.  Aduarte  para 
Macao. — Viaje  de  los  PP.  Fr.  Juan  Maldonado  y  Fr.  Pedro  de  la 
Bastida  á  Camboja. —  Muere  éste  en  Churdamue. —  Entra  el  prime- 
ro en  Siam, —  Crueldades  de  su  rey. —  Combate  naval  para  salvar  á 
un  padre  portugués. —  Muere  el  P.  Maldonido. —  Reseíía  de  su  vida. 

Muerte  y  reseíía  de  la  vida  del  P.  Fr.  Alonso  Jiménez 383 

Cap.  IX. —  Elección  de  provincial  en  la  persona  del  P.  Fr.  Juan  de 
Orma/,a. —  Circunstancias  notables  de  esta  elección. —  Disposiciones 
interesantes  de  este  capítulo  provincial. —  Progresos  dé  las  misiones 
de  Cagayan. —  Muerte  de  dos  religiosos  venerables. —  Fundación  de 
la  casa  de  San  Juan  del  Monte. — Llega  á  la  provincia  una  misión 
de  treinta  religiosos. —  Son  los  primeros  que  se  hospedaron  en  San 
Jacinto. — Su  viaje  de  Acapulco  hasta  Manila. —  Son  nombrados  los 
primeros  misioneros  de  la  Orden  que  fueron  á  predicar  el  Evangelio 
en  Japón 411 

LIBRO  SEGUNDO. 

Cuarto  PERfooo. —  Comprende  e¡  origen  de  los  primero:  establecimientos  reli- 
giosos en  Japón,  sus  vicisitudes  y  progresos ,  hasta  el  capítulo  provincial  ce- 
lebrado en  1 608  exclusive. 

Capítulo  primero. —  Principios  de  la  religión  cristiana  en  el  imperio 
de  Japón. —  Embajada  de  Taycosama  á  Manila  y  misión  del  beato 
Fr.  Pedro  Bautista  y  compañeros. —  Primeras  perturbaciones  y  obs- 
táculos á  su  entrada  en  aquel  reino. —  Motivos  que  alegaban  los  pa- 
dres portugueses  para  impedir  la  misión  de  los  PP.  Franciscanos. — 
En  Manila  se  resuelve  en  una  junta  el  derecho  indisputable  en  fa- 
vor de  los  segundos. — Terremotos  espantosos  que  suceden  en  Japón 
por  este  tiempo. —  Pérdida  del  galeón  San  Felipe. —  Infamia  del 
régulo  de  Tosa. —  Impostura  inventada  para  hacer  odiosos  á  los  es- 
pañoles en  Japón. — Es  decomisado  el  cargamento  del  galeón  de 
Manila. —  El  beato  Bautista  trata  de  salvarlo. —  Cae  por  esto  en  des- 
gracia del  Emperador. —  Nuevas  perturbaciones  ocasionadas  á  los  pa- 
dres Franciscanos. — Se  decreta  la  prisión  de  todos  los  padres  mi- 
sioneros.— Son  excluidos  los  padres  y  sacerdotes  portugueses,  y  sólo 
tres  indígenas  son  presos. — Reseña  de  su  prisión. —  Les  cortan  una 
oreja  y  los  pasean  ignominiosamente. —  Espectáculo  .sorprendente 
en  Osaca. —  Son  conducidos  los  confesores  á  Nangasaqui,  en  donde 
son  martirizados 426 

Cap.  II. —  Nueva  persecución  contra  la  religión  cristiana  en  el  Japón. 
—  Llegan  á  Nangasaqui  otros  dos  PP.  Franciscanos. —  Llega  al  Ja- 
pon  otro  obispo. —  Muere  Taycosama. — Jeyaso,  rey  del  Kuanto, 
nombrado  regente  del  imperio,  se  hace  cargo  de  su  gobierno  y  toma 
el  nombre  de  Dayfusama. —  Se  declara  en  favor  de  los  PP.  misio- 
neros,—  Entrada  de  nuestros  religiosos  en  Satzuma,  y  son  tratados 


—  749  — 

Páginas. 

honoríficamente  por  su  Tono. — Dan  principio  á  su  misión. —  Edi- 
fican una  iglesia  en  Cojiqui  y  otra  en  Quiodomari. —  Conversión  y 
martirio  de  un  caballero  llamado  León. —  Misión  en  Camboja. —  Su 
rey  hace  un  magnífico  recibimiento  á  nuestros  religiosos. —  Caso  raro 
y  conversión  de  un  japón  en  aquel  reino. —  Mueren  dos  PP.  misio- 
neros, y  el  tercero  se  vuelve  desconsolado  á  Manila. —  Se  sublevan 
los  chinos  en  esta  capital. —  Matan  á  D.  Luis  Pérez  Dasmariiías,  con 
otros  españoles. —  Se  libra  la  plaza,  y  los  chinos  se  retiran. —  Son 
perseguidos  y  exterminados. —  El  Gobernador  envia  una  comisión 
al  VLrey  de  Fo-Kien,  para  que  permita  que  los  chinos  vengan  á  Ma- 
nila, como  antes 461 

Cap.  IIL — Elección  de  provincial  en  la  persona  del  P.  Fr.  Miguel  de 
San  Jacinto  en  1604. —  Llega  una  misión  á  Manila. — Visita  y  viaje 
del  provincial  á  Cagayan. —  Reducción  de  los  pueblos  de  Itáves. — 
Nuestra  Seiíora  de  Piat. —  Muerte  y  reseña  de  la  vida  del  limo,  se- 
ñor Fr.  D.  Miguel  de  Benavides. —  Muerte  de  algunos  religiosos  de 
señalada  virtud. —  Es  tomada  la  plaza  de  Ternate  por  la  intercesión 
de  Nuestra  Señora  del  Rosario. —  Su  rey  se  pone  en  manos  del  go- 
bierno español  con  algunas  condiciones. — Llega  á  Manila  otra  mi- 
sión.—  Muerte  de  dos  religiosos  venerables 502 


Quinto  período. —  Comprende  desde  el  año  1608  hasta  la  segundasubleva- 
cion  de  los  indios  de  la  Irraya ,  y  demás  sucesos  posteriores ,  ocurridos  en  el 
año  de  1 6 1 5 . 

Cap.  IV. —  Elección  de  provincial  en  la  persona  del  P.  Fr.  Baltasar 
Fort  en  1608,  y  se  admite  el  pueblo  de  Manaoag.  —  También  se 
admiten  las  casas  de  Malaoeg  é  Iguig  en  Cagayan.  —  Se  sublevan  los 
indios  de  aquel  punto,  y  son  luego  reducidos.  —  Primera  subleva- 
ción de  la  Irraya. — Progresos  de  la  fe  en  Iguig.  —  Muerte  de  dos 
venerables  religiosos. — Llega  una  misión  de  la  Península. — Re- 
ducción de  los  fotoles.  —  Se  edifica  una  iglesia  en  Bataoag. — 
Muerte  de  algunos  religiosos  virtuosos.  —  Capítulo  provincial  de 
16 1  o.  —  Entran  nuestros  misioneros  en  Figen. —  El  Tono  los  ad- 
mite, previa  consulta  con  un  famoso  bonzo.  —  Se  fundan  allí  varias 
iglesias. —  Conversión  singular  de  un  gentil.  —  El  Tono  de  Satzu- 
ma  expele  á  nuestros  misioneros  de  su  reino,  y  prohibe  la  reli- 
gión de  Jesucristo. —  La  fe  progresa  en  Figen.  —  Reseña  de  la  vida 
del  P.  Fr.  Luis  Gandullo 53» 

Cap.  V. —  Elección  de  provincial  en  la  persona  del  P.  Fr.  Miguel  de 
San  Jacinto  en  161  z. —  Fundación  del  colegio  de  Santo  Tomas  de 
Manila. —  Bases  principales  y  escritura  de  su  fundación. —  Cédulas 
de  nuestros  reyes  y  bulas  de  Su  Santidad  para  erigirlo  en  univer- 
sidad.—  V^crdadero  origen  de  sus  rentas. — A  instancias  del  Sr.  Obis- 
po de  Macao  pasan  á  aquel  puerto  dos  religiosos  de  la  Orden ,  y 


—  750  — 

Páginas. 

son  expelidos  por  las  autoridades  portuguesas. —  Origen  de  la  perse- 
cución que  luego  se  declaró  contra  la  religión  de  Jesucristo  en  el 
imperio  del  Japón. —  Nuestros  misioneros  son  expelidos  de  Figen. — 
Conversión  extraordinaria  del  Gobernador  de  Congu. —  Martirio 
de  algunos  caballeros  de  Arima. —  El  P.  Fr.  Baltasar  Fort  en  Nan- 
gasaqui. —  Edicto  contra  la  religión  de  Jesucristo. —  Suplicios  igno- 
miniosos que  inventan  los  tiranos  para  que  los  cristianos  apostaten 
de  la  fe. —  Milagroso  valor  y  fortaleza  de  una  doncella  cristiana  en 

Sacay 583 

Cap.  VI. —  Capítulo  intermedio  del  P.  Fr.  Miguel  de  San  Jacinto. — 
Se  constituyen  y  organizan  las  vicarías  de  provincia. —  Se  admiten 
las  casas  de  Lingayen  y  de  Bagnotan,  hoy  Dagupan. — Diferencias 
y  transacciones  entre  las  provincias  del  Santísimo  Rosario  y  Santí- 
simo Nombre  de  Jesús  sobre  la  fiesta  del  Corpus,  y  otras  gestiones 
pendientes. —  Muerte  y  reseña  de  la  vida  del  limo.  Sr.  D.  Fr.  Diego 
de  Soria. —  ídem  del  V.  P.  Fr.  Francisco  Minayo. —  Se  sublevan 
los  indios  de  la  Irraya. — Llega  á  Manila  una  misión  de  treinta  y 
dos  religiosos  de  la  Orden. —  Sucesos  y  vicisitudes  de  su  viaje.    .     .     611 


Sexto  período. —  Comprende  la  narración  de  los  sucesos  ocurridos  desde  161 6 
hasta  los  grandes  terremotos  de  1 6 1 9 ,  j  fin  del  libro  segundo. 

Cap.  vil — Elección  de  provincial  en  la  persona  del  P.  Fr.  Bernardo 
Navarro  de  Santa  Catalina  en  1616.  —  Muere  en  el  primer  año  de 
su  oficio.  —  Se  da  noticia  de  su  vida.  —  La  religión  cristiana  es  de 
nuevo  perseguida  en  el  Japón.  —  Rogativas  públicas  en  Nangasa- 
qui. — Llega  Safioye  á  la  ciudad,  y  ejecuta  la  orden  de  expulsar  á 
todos  los  PP.  misioneros.  —  Se  embarcan,  y  vuelven  muchos  á 
desembarcarse  ocultamente.  —  Persecución  en  Arima.  —  Crueldades 
que  ejecutan  los  verdugos.  —  Manda  el  tirano  abrasar  en  Nangasa- 
qui  todos  los  objetos  de  religión  que  pudo  haber  á  sus  manos. — 
Martirio  glorioso  de  cuatro  caballeros  cristianos.  —  Fideyori,  legí- 
timo sucesor  de  Taycosama ,  se  declara  contra  el  tirano  y  usurpador 
Dayfusama.  —  Treguas  pérfidas  ofrecidas  por  el  usurpador.  —  Las 
acepta  Fideyori,  y  de  nuevo  es  atacado  y  vencido.  —  Tareas  apostó- 
licas de  los  padres  misioneros  durante  la  guerra.  —  Dos  PP.  Francis- 
canos son  presos  y  encarcelados.  —  Situación  espantosa  de  la  cárcel.     638 

Cap.  VIII. —  Progresos  de  la  devoción  del  Santísimo  Rosario  en  el 
imperio  del  Japón. — Muerte  desastrosa  del  tirano  Dayfusama. — 
El  nuevo  emperador  se  propone  abolir  la  religión  en  todos  sus  do- 
minios.—  Martirio  de  dos  PP.  misioneros  en  Omura. —  Los  padres 
Navarrete  y  Ayala  entran  á  predicar  en  el  mismo  reino,  y  son  lue- 
go capturados. —  Conducidos  á  otras  islas,  son  por  fin  decapitados. 
—  Reseña  de  su  vida. —  Entran  otros  misioneros  en  Omura,  v  son 
asimismo  capturados. —  Martirio  de  Lino  jirobioye.  —  Constancia 


—  751  — 

Páginas. 

prodigiosa  de  un  criado  del  venerable  Zumarraga. —  Encono  del 
Tono  de  Omura  contra  los  venerables  confesores. —  Conversión  y 

martirio  de  Juan  Niyemon 670 

Cap.  IX. —  Elección  de  provincial  en  la  persona  del  P.  Fr.  Melchor  del 
Manzano  en  161 7. — Fúndase  el  ministerio  del  Parían,  bajo  el  cui- 
dado de  un  Vicario. —  Se  reedifica  varias  veces  su  iglesia. — Se  pu- 
blica en  Manila  un  jubileo. — Caso  de  un  pecador  escandaloso. — 
Vuelve  el  P.  Fr.  Bartolomé  Martínez  á  Macao. —  Se  intenta  fundar 
una  misión  en  el  reino  de  Corea. —  Se  admiten  varias  casas  en  el 
Capítulo  provincial  de  16 19. —  Reducción  de  los  indios  de  las  islas 
Babuyanes. —  Origen  del  convento  de  Cavite. — Terremotos  espan- 
tosos de  1 6 19. — Muerte  de  tres  venerables  religiosos 709 


FIN   DEL  Índice  del  tomo  primero. 


/ 


.  \ 


Como  Davao.   . 
Depende  directamci 
ídem 

ídem 


AWIIISTRACION  POLÍTICA  Y  RELIGIOSA  W  LAS  ISLAS  FILIPINAS. 


DENOMINACIÓN 


Míndoro I  Provi 


Cebú 

Distrito 

Negros  (lalft  de) 

Ide» 

Leyte 

Ramar 

Bohol 

iden,: :  : ; :  : 

Conceiwion 

Distrito 

Iloilo 

Provincift 

líomblon 

Distrito 

CBlaminnes 

ídem 

EN  LA  ISLA  DE  LUZON. 


/ 

Manila. 

p„,¡„l„ 

267.309 

19 

> 

|l-»jUpino 

We»; 

130,923 

24 

4 

k'.vll. 

P,ori„cH 

119.373 

9 

8 

/Corregírlúr  (lala  del).  , 

Esublecim."  militar.. 

500 

1, 

1 

JMoroiig 

plc'Sia'  ■  ■  '  : 

4H.2G0 
238.01» 

24 

;, 

;  Pftmpangft 

ídem 

Porac 

/  Panguinai 

272.133 

28 

Union 

rdem 

90.8(0 

12 

IlocoíSor 

ídem 

181.104 

12 

5 

■Nueva  Écija. 

próvi'neia..'    '.'.'.'. 

12 

pl»=¡l» 

üiatrito 

9l.lr.8 

20 

/Nueva  Vifcaya 

Provincia 

34.260 

9 

\B»»E«el 

Dimito 

»■ 

pontee 

ídem 

» 

> 

'Upanto. 

ídem 

„ 

„ 

„ 

J{io  Saltan 

Ualangaa 

ídem 

U2,«9 

ídem 

8 

2J 

a.8C3.43» 

309 

89 

1  Comandante  H.. 


Provincia..    .    . 
Distrito.    .    .    . 
ídem 

.    .             54.678 
.     .               13,025 

'! 

1 

69.033 

" 

14 

GoberriíMlor  P,  1 


Comandante  H..  . 
Qobemador  P.  U.  . 
'omandántc  P.  M.. 


I  Lai  generales  gubernat: 


Gobierno  Superior  C 


Obispado 


o  Infanta,  y  depender 


Obispado  de  Naera  Cáceres.. 
'   Eobi^ado  de  Manila.    .    . 


o  la  liAguna  y  Bnla< 

o!a  Laguna  y  Bulat 
o  Infanta  y  Tarlac, 


¡lependiendodel  Alcalde  de  Nucí 


Las  generales,  y  dcpcndcnci 


Como  Bontoc,  y  depender 


,  y  dependencia  de  Isabela. . 


Como  Bulacan  y  la  Laguna. 


Oobemailor,  qne  es  ai 

8u  Oobcniador  es  un 

allf  estacionada. . 

Oobornador,  que  es  u 

ídem! 

Oobtrnador,  que  es  u 


■\  Capitán  de  Ejército. 


OBSERVACIONES. 


¡nU'nte  dr  Narto.  Jefe  il 
Capitán  de  Rjército. 


Como  In  Laguna  y  Butaca 
Como  Infanta  y  Tarlac. 
Gobernador,  que  es  un  Cu) 


liento  militar,  donde,  Aezcepoion  de  los  empli 
[i-l<^grafo,  los  habitantes  son  todos  aforados. 


1  Coman  (tañí 


Como  Uniú 

Como  Bulacan  y  la  Lagunii. 


BulacE 


c  Administrador. 


EN  LAS  ISLAS  DEL  MAR  DE  MINDORO. 


u  Teniente  de  Ejército. 
1  Capitán  de  Ejército. 


Poiioc.  ....■; 

Uosilaii ;    ídem.    .    . 

IMnoipe  Alfonso  (Isla  de    k^„m^í„  „ 

Balaobtc).  .    .    .    ,    .1  '^«lableeim." 

Mañanas  (Islas),'    '.    '    '    " 


EN  LAS  ISLAS  VISAYAS. 

Ob¡.p«Jod.Cebü t''"^™'viU^*¿°..'^'''.'"°''!™^'°.'°'^'°'°.'''■.'°°'*':l<:obe™, 


Obispado  de  Jaro. 


Como  Isla 
ídem! 


Depende  del  Gobernador  de  Negros.. 
Como  '  ■    '    " 


I  Depende  del  Gobernador  de  Iloilo, 


Idcm ,  pero  el  Jefe  ei 


ídem;  su  Uobernadoi 
Como  Encalante. 


)  Isla  de  Negros J '^"rador""^" ' 

....  I  Como  BñrloK. 


EN  LAS  ISLAS  ÜK  .MINDANAO  V  ADYACENTES. 


j  )  Lab  generales,  bajo  inspección  d 

Cebú I  Depende  de  Zamboanga.  ,    .    . 

ídem I  Depende  de  Misamis 


8n  «obcrnadori'S  un  Comondanto.  Tien 

Alcalde  y  A.lminislriidor. 

Como  Escalante. 

Como  Escalante. 

Como  Zomboanga:  no  time  Aloalili-. 

Como  Escalante. 

ídem. 

amoeatacaa... 

Sn  Jefe  civil  oa  un  Capitán  de  Prngota. 

No  tiene  jni.K.  pero  si  Administrador.  8 

ílSde''m"áiS-Tm'plí¡¡í<; 

A  bien  un  Establecimiento  militar  a 


Nota.  —  La  población  de  alguna»  lU  las  Comandancias 
militares  eftd  incluida  en  el  censo  de  la  provincia  en  la  que 
aquéllas  están  enclavadas  y  á  la  que  pertenecen  en  algunos 
de  lof  ramos  ilf  administración. 

Cnlculando  im  sacerdote  para  Cttdo  1.000  tributos,  lu 
que  ciertament<^  no  es  mucho,  se  necesitarían  1.2.'i0  para 
la  aUministrncion  e^pirituai  del  arobípiélago. 

La  estadística  se  hizo  en  vista  de  loa  datos 
dos  pni-  los  RIl.  Curas  párrocos  on  el  año  prA; 


.  ¡himxngu  ilf  M>mi/„,  1.    ,/r  Enen 


i 


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